AB PADRE BAZAN

¡QUE NO LO ENGAÑEN! CONOZCA A LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

INTRODUCCIÓN

Estamos en una época de gracia. Comenzamos un nuevo milenio, el tercero de la era cristiana.

El papa Juan Pablo II está empeñado en que hagamos, en estos comienzos del siglo XXI, un esfuerzo especial para lograr la unidad cristiana.

Creo que podemos asegurar que la mayor parte de los hermanos separados están también interesados en esta tarea común por conseguir el deseo del propio Jesús: "Que todos sean uno" (Juan 17,11).

Pero hay otros que, lamentablemente, ponen todo su empeño en lo contrario. Lo de ellos es continuar la desunión, dedicando su tiempo y su dinero no tanto a extender el reinado de Cristo, como a criticar, despotricar y tratar de destruir la Iglesia Católica.

Para ellos Ella es "la Gran Babilonia, madre de las prostitutas y de las abominaciones de la tierra" que debe ser aniquilada, leyendo como les parece y adaptando a su antojo Apocalipsis 17,5.

De entre estos últimos es posible que los más virulentos en sus ataques sean los llamados "TESTIGOS DE JEHOVÁ", que no pierden ocasión para desbarrar contra las enseñanzas de la Iglesia, desconociendo completamente que si ellos hoy pueden leer el Nuevo Testamento es porque esa Iglesia tan vilipendiada no sólo lo conservó, sino que fue la que con su autoridad emanada de Dios decidió cuáles eran los libros que podían ser considerados de inspiración divina.

Si los Testigos estuvieran predicando entre paganos nada tendríamos que decirles. El problema es que a los Testigos no les importa para nada el que en el mundo apenas una de cada cinco personas sea cristiana, sino que su único interés, al parecer, es convencer a los católicos y a los otros cristianos de que estamos equivocados.

Lo malo es que logran atraer a no pocos, dado que hay muchos que se llaman católicos pero que no conocen en realidad lo que la Iglesia enseña, por lo que caen fácilmente, dada su ignorancia, en las trampas que los Testigos están constantemente tendiendo, no tanto para llevar a Cristo nuevos discípulos, cuanto para quitar a la Iglesia los más adeptos posibles.

Esa es la razón por la que quiero dedicar este folleto a poner de manifiesto los errores de los Testigos de Jehová. Con ello no pretendo convencer a ninguno de ellos, pues cuando uno llega al fanatismo no atiende razones, y ni el propio Jesús que se les apareciera les haría cambiar fácilmente.

Este folleto está dirigido a los católicos de cualquier nivel de instrucción, pues a todos nos es importante conocer lo que otros dicen y enseñan, no tanto para rebatirlos y convencerlos, como para que estemos más seguros de lo que pensamos y creemos.

Sería muy triste que un católico se dejase convencer por los Testigos, pues estaría dando crédito a puros errores.

Por supuesto que éste no es un llamado a que despreciemos o ataquemos a los Testigos. La gran mayoría de ellos son personas muy buenas que creen sinceramente que están en lo cierto y somos nosotros los equivocados. Oremos por ellos.

En cuanto a aceptarlos en nuestras casas, no creo que saquemos algún bien con ello. Tratémoslos con amor, como corresponde a cristianos. Pero no perdamos el tiempo discutiendo con ellos. Invitémoslos a rezar juntos, y que luego se marchen con su música a otra parte. Hagámosles saber que los amamos, pero que estamos muy seguros de lo que creemos y no vamos a cambiar por más que ellos se empeñen.

Sería bueno recordar aquí aquello que en su tiempo pedía san Agustín a los católicos a propósito de otros tan equivocados como los Testigos:

"Les conjuramos, pues, hermanos, por las entrañas de caridad, con cuya leche nos nutrimos, con cuyo pan nos fortalecemos, les conjuramos por Cristo, nuestro Señor, por su mansedumbre, a que usemos con ellos de una gran caridad, de una abundante misericordia, rogando a Dios por ellos, para que les dé finalmente un recto sentir, para que reflexionen y se den cuenta que no tienen en absoluto nada que decir contra la verdad; lo único que les queda es la enfermedad de su animosidad, enfermedad tanto más débil cuanto más fuerte se cree" (De los Comentarios de S. Agustín sobre los salmos: CCL 38, pag. 273).

1. QUIÉNES SON LOS "TESTIGOS"

Los Testigos provienen de una llamada Asociación Internacional de Estudiantes de la Biblia, que fue fundada en Pittsburgh, Pensilvania, por Charles T. Russell en el año 1872.

El nombre fue escogido por el sucesor de Russell, Joseph F. Rudherford, quien imprimió a la organización gran parte de la agresividad que ha demostrado a través de los años, enviando a sus miembros a convencer a la gente por todos los medios posibles.

El sucesor de Rudherford, Nathan H. Knorr fue quien fundó la Escuela de la Atalaya (Watch Tower) para entrenar a los misioneros. Fue durante la dirección de Knorr que los Testigos hicieron una traducción de la Biblia dirigida más que nada a hacer decir a las Escrituras lo que a ellos convenía.

Son en realidad un grupo raro, que se aísla no sólo de toda organización política o civil, sino inclusive religiosa, pues para ellos todo lo que no sea su propia organización está inficionado por Satanás. Con ello se busca el total dominio de los dirigentes sobre los miembros, a quienes se da un entrenamiento basado en un verdadero lavado de cerebro.

Los Testigos, hay que decirlo, son una "secta", que no una denominación religiosa. Como todos los sectarios, para ellos los únicos buenos son ellos mismos. Han creado un sistema teocrático que, en realidad, se convierte en una auténtica dictadura.

Rechazan los gobiernos, los partidos políticos, no participan en las elecciones, no saludan la bandera, no aceptan servir en las fuerzas armadas.

En su interpretación de la Biblia, (su Biblia), son fundamentalistas en grado extremo, tanto que han sacado en conclusión, siguiendo algunas profecías bíblicas, que Cristo vendrá a establecer en la tierra su Reino, en el que todos los que no sean Testigos quedarán fuera.

El propio Russell se atrevió a anunciar que Cristo volvería de forma invisible en 1874, y que en 1914 se terminaría el "tiempo de los gentiles", para comenzar el Reino. Por supuesto que tuvieron que inventar nuevas fechas o nuevas teorías, dado el estrepitoso fracaso de lo anunciado por uno de sus fundadores.

Algunas de sus creencias los apartan considerablemente de lo que piensan los cristianos, pudiendo estar más cerca de la mentalidad judía de los tiempos de Cristo.

Para ellos, en realidad, Jesús no es el Hijo de Dios, sino una especie de profeta que Jehová, como ellos se empeñan en llamar a Dios, usó para establecer la teocracia y reconciliar al pecador con Dios.

No creen en el infierno, y piensan que al morir, los pecadores son aniquilados, desaparecen para siempre.

No aceptan los sacramentos, y usan sólo el bautismo por inmersión, más que nada como un medio masivo de propaganda.

Con su especial modo de interpretar la Biblia han llegado a la conclusión de que está prohibido el uso de transfusiones de sangre.

Hemos de reconocer, sin embargo, que la mayoría trata de vivir de acuerdo a los mandatos de Dios tal y como ellos los entienden. Suelen ser, también, muy fieles en sus compromisos con la organización, dedicando muchas horas a la difusión de su mensaje.

Para evitar parecerse a otras organizaciones religiosas, evitan el uso de la palabra "iglesia" y llaman a sus lugares de reunión "Salones del Reino".

Pese a que son muy atrasados en sus formas de interpretar la Escritura y en sus conceptos en contra de la sociedad, no han dejado por ello de usar de los medios más avanzados de difusión para expandir sus doctrinas.

Así, apoyados en las leyes que ellos mismos desprecian, han creado diversas corporaciones para la publicación de revistas, libros, panfletos, folletos, etc., que distribuyen por millones. Sus principales publicaciones son las revistas "Atalaya" y "Despertad" que se difunden en unas cien lenguas con una circulación de varios millones de ejemplares. Los mismos miembros se encargan directamente de su difusión. Por eso no es raro ver en cualquier esquina a dos o más de ellos tratando de venderlas a todo el que pasa.

En esto, indiscutiblemente, dan un ejemplo de dedicación y entusiasmo por la causa en la que creen, que ya quisiéramos ver en muchos católicos.

2. EL NOMBRE "JEHOVÁ"

El nombre de Dios era considerado tan sagrado por los israelitas que jamás lo pronunciaban. De ahí que buscaran sustitutos, como el Eterno, el Más Alto, etc.

Con todo, el más importante nombre en el Antiguo Testamento para referirse a Dios aparecía sólo escrito, y eran cuatro letras, llamadas "tetragrámaton", que corresponden, en nuestro idioma, a YHWH. En esta forma aparece 6,800 veces. No es fácil saber cómo se pronunciaba realmente, aunque hoy se dice en español Yavhé.

De todos modos, para evitar un mal uso del nombre, los judíos solían pronunciar en su lugar la palabra ADONAI, que significa "Mi gran Señor", es decir que cuando aparecía el "tetragrámaton", no decían Yavhé o lo que fuera, sino Adonai.

Un grupo de expertos llamados "masoretas" hicieron un monumental trabajo de codificación y publicación de los textos hebreos, y como esa lengua no tiene vocales, les agregaron unos punticos para ayuda de su lectura. Entre las vocales del "tetragrámaton" pusieron los puntos correspondientes a las vocales de la palabra Adonai, para recordar a los lectores que debían pronunciar ésta y no Yavhé.

En la Edad Media algunos traductores cristianos cometieron el error de mezclar las consonantes de Yahvé con las vocales de Adonai y resultó el híbrido Yehová o Jehová, a todas luces un error debido a la ignorancia de esos traductores de la lengua y costumbres del pueblo de Israel, error que no ha sido corregido todavía y sigue en uso sobre todo en las biblias publicadas por denominaciones protestantes.

Con todo, es bueno aclarar que los cristianos no usaron realmente la palabra Yavhé. Sólo tendríamos que acudir a los textos originales del Nuevo Testamento para darnos cuenta de que no aparece ni una sola vez. Se usa, simplemente, Dios, para referirse a nuestro Padre y Creador.

Pero los Testigos demuestran en muchas cosas pertenecer más al Antiguo que al Nuevo Testamento, de ahí su insistencia en el uso de la palabra Jehová, tanto que se autodenominan sus verdaderos "Testigos".

3. LA TRINIDAD

Los Testigos no creen en la Trinidad Divina. Siguen en el Antiguo Testamento. No se han enterado de lo que Jesús nos revela.

En el Antiguo Testamento no se habla de la Trinidad, ya que Dios ha ido revelándose paulatinamente, y no le pareció conveniente mostrar a los israelitas una realidad que podría haberles creado grandes confusiones.

Frente a las creencias de prácticamente todos los pueblos de la Antigüedad, que aceptaban muchos dioses (eran politeístas), la Revelación pone el énfasis en la UNIDAD de Dios: HAY UN SOLO DIOS VERDADERO.

Hablar de tres Personas en ese Único Dios hubiera sido un elemento perturbador para un pueblo que tendría que ir asimilando, poco a poco, lo que se le iba revelando.

Por eso en el Antiguo Testamento hay un silencio casi total sobre la Trinidad, aunque aparecen algunas veladas alusiones, como los tres personajes que visitan a Abraham (Génesis 18, 2), o las varias veces que se presenta a Dios hablando en primera persona del plural, como en "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Génesis 1,26).

De la Trinidad sólo comenzamos a saber por boca de Jesús, que para la gran mayoría de los cristianos, que aceptamos la verdad Trinitaria, es el Hijo de Dios, es decir, la Segunda Persona de esa Trinidad, pero no para los Testigos, quienes tienen a Jesús sólo como un profeta o especial instrumento que Dios usó para la salvación de los elegidos.

La mejor prueba que tenemos de que los cristianos entendieron muy bien, desde el principio, que cuando Jesús hablaba del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se estaba refiriendo a esa comunidad de personas que son el Dios Único y Verdadero, es que, fuera de los Testigos y de algún que otro grupo sectario, ésa es una verdad que une a la absoluta mayoría de los seguidores de Jesús.

Pero los Testigos tienen una manera muy peculiar de entender la Escrituras. Es decir, las interpretan a su modo y manera, de acuerdo, no a lo enseñado por Jesús, sino a lo que sus líderes han entendido, pues éstos son la autoridad suprema para todo lo relacionado con las algunas supuestas verdades "reveladas" por Dios.

Los Testigos, digámoslo de una vez, NO SON CRISTIANOS. Ellos son creyentes de una religión más ligada al Antiguo Testamento que a las enseñanzas de Jesús.

Pero después que han pasado por el "lavado de cerebro" al que los someten sus dirigentes, ya pierden casi toda capacidad para reaccionar, y se sienten felices de pertenecer al grupo selecto de los elegidos que, gobernados por Cristo y los ciento sesenta mil señalados - de los que se habla en Apocalipsis 14,1 - que verán desaparecer no sólo a los aborrecidos católicos, sino también a todos los protestantes y demás seres humanos, creyentes o no, de este planeta.

LA TRINIDAD EN LA BIBLIA Y LA TRADICIÓN

San Atanasio, un obispo y teólogo del siglo IV , decía: "Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal" (Carta 1 a Serapión).

Pero los Testigos están tan apartados del cristianismo que los católicos ni siquiera podemos reconocer su bautismo, como reconocemos, sin embargo, el de la absoluta mayoría de los cristianos, y esto por un sencilla razón: los Testigos no bautizan en nombre de la Trinidad, como mandó el propio Jesús:

"Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautícenlos para consagrárselos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenles a guardar todo lo que les mandé" (Mateo 28,19-20).

Cierto que no hay una sola vez en la que el Nuevo Testamento diga: Dios es uno en tres Personas distintas. Esa formulación la hicieron posteriormente los cristianos. Pero fue porque entendieron claramente que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de los que tanto se habla en todo el Nuevo Testamento eran esas tres Personas distintas que forman el Dios Uno.

Jesús nos habla del Padre, se refiere a Sí mismo como el Hijo y nos promete enviar, y de hecho envía, a Alguien que nos daría la fuerza para seguirlo, el Espíritu Santo o Paráclito.

No es Jesús un profesor universitario que se dedique a dictarnos formulas teológicas, sino Alguien que vive inmerso en esa Trinidad a la que pertenece por entero. De ahí que debamos deducir de sus palabras la clara enseñanza que nos ha querido transmitir, y de la que parece que los Testigos son de los pocos que no se han enterado, de entre los que decimos seguir a Jesús.

En la Última Cena Jesús se dirige al Padre y le dice:

" -Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti" (Juan 17,1).

Y un poco después:

"Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo el mundo podrá creer que tú me has enviado" (Juan 17,21).

¿Qué hombre podría hablar a Dios de esa manera?

Ya antes había dicho a sus apóstoles:

"-Todo lo que tiene el Padre, es mío también; por eso les he dicho que todo lo que el Espíritu les dé a conocer, lo recibirá de mí" (Juan 16,15).

Pero los Testigos no creen que el Espíritu Santo sea Dios, sino algo así como un efluvio o fuerza misteriosa que emana de Dios.

¿Podría entenderse así de estas palabras de Jesús: "Les he dicho todo esto mientras estoy con ustedes; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que ustedes recuerden lo que yo les he enseñado y se lo explicará todo" (Juan 14,25-26)?

No creo que nadie hable así de un ente sin personalidad, como podría ser una emanación o simple fuerza espiritual. Jesús se refiere al Espíritu Santo como una Persona muy unida a El y al Padre, es decir, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

El mismo san Atanasio en su carta antes citada dice: "Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza, y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera, queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo".

Muchas otras citas podríamos aducir de la Escritura y la Tradición, algunas de las cuales serán usadas en el próximo capítulo. Terminemos éste con las palabras de san Pablo al final de su segunda carta a los Corintios:

"La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos ustedes" (13,13).

4. LA DIVINIDAD DE JESÚS

En esto los Testigos son consecuentes con su negación de la Trinidad Divina. Si no hay Trinidad, es decir, no hay Padre, Hijo y Espíritu Santo, entonces Jesús no puede ser Dios, pues decimos que El es el Hijo de Dios que se hizo hombre.

Dice César Vidal Manzanares:

"Contra lo que piensan la mayoría de las personas (y es un error muy repetido en diversas publicaciones), los Testigos de Jehová no niegan la divinidad de Cristo, sino su plena divinidad. Es decir, para ellos Cristo es un dios (o el arcángel san Miguel), pero no es Dios" (Las Sectas frente a la Biblia, página 24).

El autor se basa para decir eso en que los Testigos, en su Biblia llamada Versión del Nuevo Mundo, traducen Juan 1,1 de esta manera: "En (el) principio la Palabra era, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era un dios".

Esta es una muestra de las muchas tergiversaciones que en dicha versión hacen los Testigos para hacer decir a la Biblia lo que les viene en ganas.

Pero bien, lo que nos interesa es que, en la práctica, aunque puedan reconocer en Jesús algún carácter divino, los Testigos niegan que Jesús sea realmente Dios. El es para ellos, sencillamente, la más elevada de todas las criaturas.

LA DIVINIDAD DE JESÚS EN EL NUEVO TESTAMENTO

Sin embargo, la divinidad de Jesús está implícita en casi todas las páginas del Nuevo Testamento, y en muchas de ellas se afirma su divinidad en forma totalmente explícita.

Veamos lo que nos dice al respecto:

En los evangelios vemos distintos pasajes donde Jesús, aunque en forma velada, da a entender que es Dios, pues tiene el poder de Dios, aunque casi siempre se llame a sí mismo "hijo del hombre" o "este hombre" como traduce la Nueva Biblia Española.

Su misma forma de hablar y sus milagros dejan admirados a todos. Después de calmar las aguas del lago los discípulos dijeron:

"-¿Quién será éste, que hasta el viento y el agua obedecen?" (Mateo 8,27).

En diálogo con los dirigentes judíos Jesús afirma que Abraham había visto su venida y se había llenado de alegría, a lo que los dirigentes replicaron:

"-¿No tienes todavía cincuenta años y has visto a Abraham en persona? Les contestó Jesús: Pues sí, se lo aseguro: Desde antes de que existiera Abraham, soy yo lo que soy" (Juan 8,56-58).

Tan claramente entendieron los judíos lo que Jesús quería decir que en el versículo siguiente dice Juan:

"Tomaron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo" (8,59).

No es de extrañar, pues, que en el juicio traten de hacerle decir lo que sería el mejor argumento para condenarlo. Por eso, delante del Sanedrín, el Sumo Sacerdote le preguntó: "-¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Jesús contestó: -Yo soy, y ustedes verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo. El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras y dijo: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia" (Marcos 14, 61-64).

¿Por qué blasfemia? Pues porque estaba diciendo claramente ser el Hijo de Dios.

Los apóstoles entendieron muy bien, sobre todo después de la Muerte y Resurrección de su Maestro, que Jesús no era un simple profeta o el más excelso de todos los hombres, sino Dios mismo.

Así lo confiesa Tomás, el apóstol que, ausente en la primera aparición de Jesus a los apóstoles, no quiso creer en el testimonio de sus propios compañeros, y exigió pruebas para aceptar que el Maestro había resucitado. Frente a Jesús que lo invitaba a meter sus dedos en las llagas, Tomás sólo pudo pronunciar estas palabras:

"-¡Señor mío y Dios mío! " (Juan 20,28).

Otros apóstoles, en sus escritos, también reconocerán la divinidad de Jesús. Veamos algunos ejemplos:

Romanos 9,5: "Suyos son los patriarcas y de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo, que está sobre todas las cosas y es Dios bendito por siempre".

Filipenses 2,5-7: "Tengan, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres".

Colosenses 2,9: "Porque es en Cristo, hecho hombre, en quien habita la plenitud de la divinidad".

Tito 2,13:" ... aguardando nuestra bienaventurada esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo".

1a. Juan 5,20: "Y estamos en el verdadero, en su Hijo, Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna".

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre" (Número 464).

Así lo acepta la Iglesia Ortodoxa como también la absoluta mayoría de las confesiones protestantes que, junto a nosotros, se adhieren al Credo del Concilio de Nicea del año 325:

"Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho".

5. LA INMORTALIDAD DEL ALMA

Muchas de las creencias de los Testigos se asemejan más a la de los judíos del Antiguo Testamento que a la de los cristianos.

Esa es la razón por la que los miembros de esta secta están tan lejos de los católicos como de la mayor parte de las denominaciones protestantes.

Por ejemplo, los Testigos no creen en la inmortalidad del alma. Por el contrario piensan que después de la muerte uno va al "sheol", que viene a traducirse por la tumba.

El Antiguo Testamento contiene parte de la Revelación de Dios, que comienza como un proceso lento con la llamada de Abraham y termina con la venida del Mesías, Cristo Jesús.

Antes de Jesús los israelitas no tenían toda la Revelación, por lo que muchas verdades que ahora nosotros conocemos les eran totalmente desconocidas.

Uno de los libros del Antiguo Testamento, el Eclesiastés, prácticamente niega la vida más allá de la muerte. Y en tiempos de Jesús sabemos que había una gran división de criterios, pues mientras los fariseos creían en la inmortalidad, los saduceos la negaban.

El concepto expresado en el Antiguo Testamento es que el alma va al "sheol", lo mismo que hoy repiten los Testigos, que era "el lugar de los muertos" de donde sólo Dios podía sacarla. Ese era para ellos un lugar de oscuridad, donde el alma está como en un profundo sueño, sin conciencia alguna.

El Antiguo Testamento sólo puede ser leído por un cristiano a la luz del Nuevo. De lo contrario resulta ininteligible, sobre todo porque nuestros conceptos son totalmente nuevos, como nuevo fue el mensaje de Jesús, quien con su predicación, ilumina todo el contenido de las Escrituras correspondientes a la Antigua Alianza.

El mensaje de Jesús es fundamental para nosotros, pues es la base de nuestra fe. Y es lo que han creído desde el principio los verdaderos cristianos.

En él encontramos, claramente, que el que muere sigue viviendo, para su bien o para su mal. El alma es inmortal. Al final de los tiempos "resucitaremos", es decir, volveremos a tener un cuerpo, aunque no el mismo que ahora tenemos, como nos dice Pablo en su 1a. Carta a los Corintios, 15, 43-44:

"Se siembra algo corruptible, resucita incorruptible; se siembra algo mísero, resucita glorioso; se siembra algo débil, resucita pleno de vigor; se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual".

Es necesario analizar lo que Jesús nos enseña con relación a la vida más allá de la muerte.

Los tres evangelistas sinópticos - Mateo, Marcos y Lucas -, nos narran el enfrentamiento de Jesús con algunos saduceos, el grupo que no creía en la resurrección ni en la inmortalidad del alma, que le plantearon un caso con el fin de inducirlo a decir algún disparate.

Pero Jesús les responde con toda precisión:

"-Y que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: "El Dios de Abraham y Dios de Isaac y Dios de Jacob". Y Dios no lo es de muertos, sino de vivos; es decir, que para El todos ellos están vivos" (Lucas 20,37-38).

En la parábola de Lázaro y el rico Jesús presenta a ambos personajes después de su muerte. Lejos de decir que están durmiendo o inconscientes allá en el "sheol" o lugar de los muertos, coloca a Lázaro junto a Abraham, y al rico en un lugar de tormentos. Lo cual nos enseña que después de la muerte seremos juzgados y nuestra situación eterna quedará definida, como dice la Carta a los Hebreos:

"Por cuanto es destino del hombre morir una vez, y luego un juicio..." (9,27).

Dirigiéndose a Marta, la hermana de su amigo Lázaro, que hacía algunos días había fallecido, Jesús le afirma:

"-Yo soy la resurrección y la vida: el que tiene fe en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que está vivo y tiene fe en mí, no morirá nunca" (Juan 11.25-26).

Podemos también citar otros textos del Nuevo Testamento que demuestran que la fe de los discípulos siempre fue que después de la muerte, y no al final de este mundo, podrían disfrutar de la corona en el Reino de Dios.

Creo que el más contundente de todos es el de Pablo en su carta a los Filipenses 1,20-26:

"Tal es mi expectación y mi esperanza, que en ningún caso saldré fracasado, sino que, viva o muera, ahora como siempre se manifestará públicamente en mi persona la grandeza de Cristo. Porque para mí vivir es Cristo y morir ganancia. Por otra parte, si vivir en este mundo supone trabajar con fruto, ¿qué elegir? No lo sé. Las dos cosas tiran de mí: deseo morirme y estar con Cristo (y esto es con mucho lo mejor); sin embargo, quedarme en este mundo es más necesario para ustedes".

¿Hablaría así el apóstol de creer que habría de esperar hasta el final de los tiempos para estar consciente junto a Cristo en la gloria?

Clarísimo que no. Estas palabras son de un hombre que cree que, inmediatamente después de la muerte, podremos estar con Cristo gozando, junto a El, en la Casa del Padre.

Esto significa que entre los mismos judíos convertidos al Cristianismo la idea judía de que habría que esperar hasta el final en un lugar de oscuridad e inconsciencia ya había desaparecido, para dar paso a la creencia de que, si bien la resurrección no llegará hasta el final de los tiempos, el alma seguirá viviendo separada del cuerpo y la persona humana, toda ella entera en ese estado espiritual, estará consciente de lo que le sucede tanto en el cielo como en el infierno.

Si ibamos a seguir creyendo con las limitaciones que tenían los judíos del Antiguo Testamento, ¿para qué necesitábamos que viniera Cristo a revelarnos más claramente todo lo que necesitábamos saber?

Pero los Testigos se empeñan en permanecer en el Antiguo Testamento, por lo que ignoran las enseñanzas claras del Nuevo Testamento sobre muchos puntos importantes de la doctrina cristiana.

Así, los Testigos repiten una y otra vez en sus publicaciones que no creen que el alma sea inmortal, ni que uno pueda ir a ninguna parte, como no sea a la tumba, después de la muerte.

Ellos creen, sí, en la resurrección, pero sólo para los elegidos, y aún éstos, después de la muerte, se mantendrán en un estado de inconsciencia hasta que les llegue el día.

La creencia de los Testigos sobre este particular se puede resumir en estas palabras tomadas de una de sus publicaciones:

"Cuando una persona muere está muerta en cualquier forma: el alma muere, el cuerpo muere, el espíritu (o aliento de vida) no tiene conocimiento ni actividad. Todo aquello que forma el ser humano viene a ser totalmente inconsciente y no puede, bajo ninguna circunstancia, tener contacto con los vivientes" (Traducción de "Amazing Facts that affect you", publicado por los Testigos).

Como ya dije, esta forma de pensar de los Testigos se debe a que toman al pie de la letra el Antiguo Testamento, sin pensar que la Revelación de Dios sólo fue completada con el advenimiento del Mesías. Siguen pensando con una mentalidad propia del judío anterior a Jesús.

Si Pablo no hubiera dejado a un lado su mentalidad semita, para así abrir su corazón a la enseñanza que Jesús nos transmitió, hubiera pensado igual que los Testigos, pero él, por el contrario, deseaba morir "para estar con Cristo".

Esa fue, precisamente, la promesa que hizo Jesús a uno de los malhechores crucificados con El, y que le pedía: "Acuérdate de mí cuando vuelvas como rey". El le contestó:

"Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23,42-43).

6. EL PROBLEMA DE LA SANGRE

Si hay algo que ha ganado severas críticas a los Testigos es su creencia vetero-testamentaria, de que la prohibición de comer sangre está todavía vigente.

Como ya he dicho en varias ocasiones, los Testigos no se han enterado de todos los cambios que, por la autoridad de Jesucristo, hicieron los cristianos.

Cuando surgieron las discusiones de los llamados judaizantes, que pretendían que los paganos convertidos al Cristianismo aceptasen las normas judías, Pablo logró convencer a los apóstoles, en el llamado Concilio de Jerusalén (Hechos 15), que no impusiesen cargas demasiado severas sobre los cristianos venidos de la gentilidad.

Después de orar y deliberar, los apóstoles y los responsables allí reunidos decidieron enviar una carta a los cristianos convertidos del paganismo en la que entre otras cosas se decía:

"Porque hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: abstenerse de carne sacrificada a los ídolos, de sangre de animales estrangulados y de uniones ilegales. Harán bien en guardarse de todo eso" (15,28-29).

Esto fue necesario para aplacar a los sectarios que tanta guerra estaban haciendo a Pablo, y para evitar divisiones innecesarias, pero en ningún modo significaba que era algo intocable, pues posteriormente se fueron entendiendo mejor las cosas, y se hizo caso omiso de esas prohibiciones que tenían sentido en el Antiguo Testamento de acuerdo a la mentalidad semita del pueblo de Israel.

Pablo, en su primera carta a los Corintios dirá a propósito de las carnes sacrificadas a los ídolos:

"No será la comida lo que nos recomiende ante Dios: ni por privarnos de algo somos menos, ni por comerlo somos más; pero cuidado con que esa libertad de ustedes no se convierta en obstáculo para los inseguros. Porque si uno te ve a ti, "que tienes conocimiento", sentado a la mesa en un templo, ¿no se animará su conciencia, insegura y todo, y comerá carne del sacrificio? Es decir, que por tu conocimiento irá al desastre el inseguro, un hermano por quien el Mesias murió. Al pecar de esa manera contra los hermanos, haciendo daño a su conciencia insegura, pecan contra el Mesías. Por esa razón, si un alimento pone en peligro a un hermano mío, nunca volveré a probar la carne, para no poner en peligro a mi hermano".

Este ejemplo es muy importante, pues también en la carta de los apóstoles y dirigentes reunidos en Jerusalén se hace mención de las carnes sacrificadas a los ídolos.

Según Pablo el comer de estas carnes no sería nada malo, pues los cristianos no creen que existan otros dioses, por lo que esas carnes serían sencillamente inocuas.

Pero si al comer de esas carnes se estaría poniendo a otros en peligro de perder la fe, mejor uno se abstiene, no porque sea algo malo, sino para evitar escandalizar al hermano.

Esa fue la razón por la que muchas cosas se fueron cambiando poco a poco, hasta que hubiera sido eliminado el peligro de poner en peligro la fe de los más débiles.

LA SANGRE EN LA MENTALIDAD SEMITA

Para un israelita la sangre era la vida. Así dice el libro del Levítico:

"Cualquier israelita o emigrante residente entre ustedes que coma sangre, me enfrentaré con él y lo extirparé de su pueblo. Porque la vida de la carne es la sangre, y yo les he dado la sangre para uso del altar, para expiar por sus vidas. Porque la sangre expía por la vida. Por eso he prescrito a los israelitas: ni ustedes ni el emigrante residente entre ustedes comerá sangre" (17,10-12).

Los que entienden que la Biblia fue un dictado hecho por Dios, de tal manera que hay que entenderlo todo al pie de la letra, como si todo eso fuera mandado directamente por Dios, claro que no pueden pensar que un precepto así pueda ser cambiado.

Pero también estaba mandada la circuncisión, y el evitar comer ciertas clases de animales, y otras cosas, que tenían más bien carácter higiénico o respondían a una mentalidad muy definida, y todo eso se cambió porque no era realmente algo que Dios quisiera imponer a todos y por todo el tiempo. Fueron preceptos que tuvieron su importancia en un momento determinado, pero que hoy no tenemos por qué considerarlos en vigencia, pues Jesús vino a ampliar nuestros horizontes para que podamos mirar las cosas de otra manera.

Sobre este particular dice el Vocabulario de Teología Bíblica, página 830: "2. Prohibición de la sangre como alimento. La prohibición de comer la sangre y la carne no sangrada ritualmente (Dt. 12,16; 15,23; cf 1Sa 14,32-35) es muy anterior a la revelación bíblica (cf Gen 9,4). Sea cual fuere su sentido original, en el AT recibe motivaciones precisas: la sangre, como la vida, pertenece sólo a Dios; es su parte en los sacrificios (Lev 3,17); el hombre no puede servirse de ella sino para la expiación (Lev 17,11 s). Esta prohibición de la sangre persistirá durante algún tiempo en los orígenes cristianos, para facilitar la comunidad de mesa entre judíos y paganos convertidos (Hech 15,20-29)".

¿Podremos convencer de esto a un Testigo? Claro que no, pues han pasado por un lavado de cerebro que les impide descubrir la verdad de la Biblia, para aceptar sólo lo que les dicen sus dirigentes, que son para ellos los únicos intérpretes correctos de la Palabra de Dios.

Pero aquí no se trata de convencer a los Testigos, sino de iluminar a los católicos y otros cristianos, a fin de que no se vayan a dejar convencer por ellos.

Los Testigos han llegado tan lejos que se exponen a morir y ponen en peligro las vidas de sus hijos antes que aceptar una transfusión de sangre.

En una revista de los Testigos se declaraba héroe a un joven, que por otro lado demostró una gran fe y aceptación de lo que creía era la voluntad de Dios, sólo porque murió al no aceptar una transfusión (¡Despertad! 22 de octubre de 1992, página 15).

¿Es ésta, realmente, la voluntad de Dios?

Para los israelitas el sábado era algo tan ságrado como lo podría ser la sangre. Sin embargo, Cristo dijo al responder una pregunta que le hicieron sobre si se podía curar en sábado o no:

"Supongamos que uno de ustedes tiene una oveja, y que un sábado se le cae en una zanja, ¿la agarra y la saca o no? Pues ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por lo tanto está permitido hacer bien en sábado" (Mateo 12, 9-12).

De igual manera diría El hoy, si tuviera que enfrentarse a los Testigos: ¿Van a dejar morir a un hijo de Dios sólo por mantener un precepto higiénico dado en otros tiempos y otras circunstancias?

Pero los Testigos son fanáticos, y no harán caso de lo que otros les digan. Ellos creen ser los únicos que tienen razón en todo, así que no hay que molestarse en tratar de convencerlos.

Pero al menos deberían pensar lo que dice san Pablo:

"Antes de que llegara la fe éramos prisioneros de la ley y esperábamos encarcelados que se nos revelara la fe. La ley nos sirvió de acompañante para conducirnos a Cristo y alcanzar así la salvación por medio de la fe. Pero al llegar la fe ya no necesitamos acompañante" (Gálatas 3,23-25).

7. EL INFIERNO

Los Testigos niegan la existencia del infierno. En realidad para ellos el infierno es la extinción de la vida, es decir, que el que no esté incluido en el número de los elegidos, o sea, como miembro de su secta, al morir sencillamente desaparecerá.

Con esto niegan la palabra misma de Cristo, como ya he dicho al hablar del tema de la inmortalidad del alma.

Pero a ellos la palabra de Jesús les importa menos que lo que digan los escritos de sus dirigentes y la interpretación que éstos han dado a las Escrituras.

Sin embargo Cristo sí habló del Juicio Universal y del Infierno.

Es muy cierto que sobre este último se ha abusado demasiado, pues algunos predicadores y escritores cristianos, sobre todo en el pasado, cargaron las tintas en los tormentos que allí se padecen, de los que en realidad no sabemos nada, regodeándose en describir la forma en que los diablos se gozan en atormentar a los condenados.

La Revelación es muy parca al hablarnos de lo que sucede en el infierno. Pero lo que nos dice es suficiente para enterarnos de que será algo terrible para los que se hayan separado de los caminos del amor.

En la parábola del rico y Lázaro, Jesús dice claramente que después que el primero murió fue al infierno. Aquí no se trata, obviamente, del sheol al que se refiere el Antiguo Testamento como lugar de los muertos, sino de un lugar de tormento. Jesús pone en boca del rico estas palabras dirigidas a Abraham:

"-Padre Abraham, ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, que me atormentan estas llamas" (Lucas 16,24).

Dice el Vocabulario de Teología Bíblica, en las páginas 424-425: "Si acaso es problemático sacar de la parábola del rico avariento una afirmación decisiva del Señor sobre el infierno, en todo caso hay que tomar en serio a Jesús cuando utiliza las más violentas y más despiadadas imágenes escriturísticas del infierno: "el llanto y crujir de dientes en el horno ardiente" (Mateo 13,42), "la gehena, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga" (Marcos 9, 43,48; cf. Mt. 5,22), donde Dios puede perder el alma y el cuerpo (Mateo 10,28). La gravedad de estas afirmaciones está en que son formuladas por el mismo que tiene poder para arrojar al infierno. Jesús no habla sólo del infierno como una realidad amenazadora: anuncia que él mismo "enviará a sus ángeles a arrojar en el horno ardiente a los fautores de iniquidad" (Mateo 13,41 s) y pronunciará la maldición: "¡Apártense de mí, malditos, al fuego eterno" (Mateo 25,41). Es el Señor quien declara: "No los conozco" (25,12), "¡Arrójenlos fuera, a las tinieblas!" (25,30)".

Los dirigentes de los Testigos, cuya autoridad está por encima de la propia Biblia, vieron en el infierno una verdad atemorizante, y al suprimirla pensaron que muchos se sentirían inclinados más fácilmente a hacerse miembros del grupo.

Por eso hicieron una traducción especial de la Biblia, de modo que pueda decir lo que convenga a sus enseñanzas.

8. ¿Y EL CIELO?

Aunque no lo nieguen tan tajantemente como hacen con el infierno, los Testigos no creen propiamente en el cielo, pues, para ellos, sólo un "rebaño pequeño", es decir, sólo 144,000 personas, va al cielo.

¿En qué se basan para creer semejante cosa?

Nunca piense que los Testigos afirman algo sin tratar de demostrarlo con la Escritura en la mano. Claro que usan la Biblia, pero a su modo y manera.

Como se han empeñado en decir que el cielo es inalcanzable para la mayoría de los seres humanos, y que la felicidad de los justos se encontrará en la tierra, como veremos luego, hacen decir al libro del Apocalipsis algo que no tiene asidero de ninguna clase.

Dice así el libro sagrado, 14,1-5: "Volví a mirar y he aquí que el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión. Estaban con él los ciento cuarenta y cuatro mil que tenían su nombre y el nombre de su Padre escrito en la frente. Y oí una voz que venía del cielo, voz como de aguas caudalosas y truenos fragorosos. Sin embargo, la voz que oí era como el sonido de citaristas tocando sus cítaras. Cantaban un cántico nuevo delante del trono, de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Un cántico que nadie podía aprender, excepto aquellos ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra. Estos son los que se mantuvieron vírgenes y no se prostituyeron con la idolatría, los que siguen al Cordero a dondequiera que va, los rescatados de entre los hombres como primeros frutos para Dios y para el Cordero, los de labios sinceros y conducta irreprochable".

De este texto sacan los Testigos, o sus líderes, la enseñanza de que sólo estos ciento cuarenta y cuatro mil podrán ir al cielo.

Para probar lo contrario bastarían los argumentos que ya dimos al hablar de la inmortalidad del alma.

Podríamos agregar muchos textos más. Por ejemplo, ¿cómo interpretar estas palabras de Pablo: "Por eso todo lo soporto por amor a los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación de Jesucristo y la gloria eterna" (2 Timoteo 2,10)?

¿Es que Pablo habla aquí solamente de esos ciento cuarenta y cuatro mil? Por supuesto que no. Para él esa vida eterna es estar con Cristo en el cielo, ese cielo del que Cristo nos habla al decir: "En la Casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya se lo habría dicho; ahora voy a prepararles ese lugar. Una vez que me haya ido y les haya preparado el lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que ustedes puedan estar donde voy a estar yo. Ustedes ya saben el camino para ir adonde yo voy" (Juan 14,2-4).

Pero por lo visto, para los Testigos la Casa del Padre, es decir, el cielo, es muy pequeñita, y allí sólo caben unos cuantos, pues cuando Jesús dice que "hay lugar para todos" se está refiriendo solamente a los ciento cuarenta y cuatro mil. ¿O no?

¿Es eso manera de entender las cosas?

El libro del Apocalipsis no es fácil de entender. Si lo aplicamos al pie de la letra, como hacen los Testigos, podemos sacar conclusiones que están muy lejos de la verdad.

Pero eso ¿qué les importa a ellos, que han demostrado que no les interesa para nada la verdad bíblica, sino mantenerse como un grupo aparte de privilegiados y así demostrar que los demás cristianos somos unos apóstatas y sólo ellos están en el verdadero camino de salvación?

Ni que decir tiene que de los ciento cuarenta y cuatro mil señalados la gran mayoría tiene que provenir de los Testigos, pues de los demás cristianos parece que no habrá ninguno o, si acaso, unos pocos.

Sin embargo, el mismo libro del Apocalipsis o Revelación se encarga de desmentir a los Testigos.

¡Leamos esto!: "Y oí el número de los marcados con el sello: eran ciento cuarenta y cuatro mil procedentes de todas las tribus de Israel" (7,4).

Y especifica: "De la tribu de Judá, doce mil marcados; de la tribu de Rubén, doce mil..." (7,5-8). Y así menciona a las doce tribus, una por una.

¡Pobres de los Testigos que se creyeron que ellos estaban entre esos ciento cuarenta y cuatro mil! Pues, que yo sepa, ninguno de ellos pertenece a alguna de las doce tribus de Israel.

Lo que ocurre es que los números en las Escrituras tienen un significado simbólico. Tomarlos al pie de la letra nos hace decir disparates, como es un disparate mayúsculo el creer que sólo ese número va a ir al cielo.

Pero es que hay mucho más, para consuelo no sólo nuestro, sino también de los Testigos, a los que nosotros no sólo no negamos el derecho a la salvación eterna, sino que, además, creemos que se han de salvar, no por las tonterías en las que creen, sino porque en su absoluta mayoría son sinceros y tratan de servir a Dios con una fidelidad que ya quisieran para sí muchos cristianos.

Leamos lo que dice el mismo libro del Apocalipsis: "Después de esto, miré y vi una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua: estaban de pie delante del trono y del Cordero. Vestían de blanco, llevaban palmas en las manos y clamaban con voz potente, diciendo: A nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero, se debe la salvación" (7,9-10).

Sí, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1a Timoteo 2,3). El no ha creado el Cielo para unos pocos, sino para todos los que quieran ir a él siguiendo a Jesús, nuestro Salvador.

Los católicos creemos que todo el que busca sinceramente la verdad y trata de amar a Dios y al prójimo, está en camino de salvacion, que no es monopolio de ningún grupo, pues el Señor tiene sus medios para llevar a todo el que no lo rechace, por las sendas que conducen a la eterna felicidad en esa Casa en la que tenemos reservada una morada para siempre.

9. UN REINO EN LA TIERRA

Los Testigos de Jehová creen que muy pronto Jesús vendrá a inaugurar su Reino, pero no en el Cielo, sino en la mismísima tierra.

Por eso están negados a aceptar las autoridades de este mundo, que consideran ilegítimas, y es la razón por la que rechazan el saludo a la bandera y el obedecer las leyes que van en contra de sus principios.

Pero estos principios no son ciertamente los de Dios, ni los aprueba la Escritura.

EL RESPETO A LA AUTORIDAD SEGÚN LA ESCRITURA

San Pablo, en su carta a los Romanos, dice:

"Sométase todo individuo a las autoridades constituidas; no existe autoridad sin que lo disponga Dios y, por tanto, las actuales han sido establecidas por él. En consecuencia, el rebelde a la autoridad se opone a la disposición de Dios y los que se le oponen se ganarán su sentencia. De hecho los que mandan no son una amenaza para la buena acción, sino para la mala. ¿Quieres no tener miedo a la autoridad? Sé honesto y tendrás su aprobación, pues ella es agente de Dios para ayudarte a lo bueno. En cambio, si no eres honesto, teme, que por algo lleva la espada: es agente de Dios, ejecutor de su reprobación contra el delincuente. Por eso forzosamente hay que estar sometido, no sólo por miedo a esa reprobación, sino también por motivo de conciencia. Y por la misma razón pagan ustedes impuestos, porque ellos son funcionarios de Dios, dedicados en concreto a esa misión. Paguen cada uno lo que le deban: impuesto, contribución, respeto, honor, lo que le corresponda" (13,1-7).

Creo que esta larga cita de Pablo sería suficiente para decir que a los Testigos no les importa lo que digan las Escrituras, pues son rebeldes a las autoridades legítimamente constituidas.

Pero todavía podríamos citar otros pasajes que, para no cansar a los lectores, simplemente consigno: Tito 3,1; 1a. Pedro 2,13; 2a. Pedro 2,10.

EL MILENARISMO

Casi desde los comienzos del Cristianismo se suscitaron ideas de un reinado terreno de Cristo, basadas en un pasaje del libro del Apocalipsis o Revelación, 20, 1-7:

"Vi entonces un ángel que bajaba del cielo llevando la llave del abismo y una cadena grande en la mano. Agarró al dragón, la serpiente primordial, el diablo o Satanás, y lo encadenó para mil años. Lo arrojó al abismo, echó la llave y puso un sello encima, para que no pueda extraviar a las naciones antes que se cumplan los mil años. Después tiene que estar suelto por un poco de tiempo.

Vi también tronos, donde se sentaron los encargados de pronunciar sentencia; vi también con vida a los decapitados por dar testimonio de Jesús y proclamar el mensaje de Dios, los que no habían rendido homenaje a la fiera ni a su estatua y no habían llevado su marca en la frente ni en la mano. Estos volvieron a la vida y fueron reyes con el Mesías mil años. (El resto de los muertos no volvió a la vida hasta pasados los mil años). Esta es la primera resurrección. Dichoso y santo aquel a quien le toca en suerte la primera resurrección, sobre ellos la segunda muerte no tiene poder: serán sacerdotes de Dios y del Mesías y serán reyes con él los mil años. Pasados los mil años soltarán a Satanás de la prisión".

Como vemos, aquí hay expresiones difíciles de interpretar, y de hecho hubo cristianos confundidos, a quienes se llamó los "milenaristas", que creyeron al pie de la letra las palabras del Apocalipsis y pensaban en un Reino con Cristo que duraría en la tierra mil años.

El mismo Pedro parece salir al paso de estas ideas que se iban desarrollando, como las de otros que pensaban que Jesús volvería pronto a instaurar el Reino:

"Pero no olviden una cosa, amigos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. No retrasa el Señor lo que prometió, aunque algunos lo estimen retraso: es que tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca, quiere que todos tengan tiempo para enmendarse. El día del Señor llegará como un ladrón, y entonces los cielos acabarán con estrépito, los elementos se desintegrarán abrasados y la tierra y lo que se hace en ella desaparecerán. En vista de esa desintegración universal, ¿qué clase de personas deberán ustedes ser en la conducta santa y en las prácticas de piedad, mientras aguardan y apresuran la llegada del día de Dios? Ese día incendiará los cielos hasta desintegrarlos, abrasará los elementos hasta fundirlos. De acuerdo con su promesa, aguardamos un cielo nuevo y una tierra nueva en la que habite la justicia" (3,8-14).

Esto, como podemos ver, va en contra de la idea de que el Señor instaurará un Reino en la tierra, y más bien enseña que ésta, llegado el momento, desaparecerá por completo.

Ya recordamos en el apartado anterior las palabras que Jesús dirigio a sus apostoles durante la Última Cena:

"No se inquieten. Confíen en Dios y confíen también en mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya se lo habría dicho; ahora voy a prepararles ese lugar. Una vez que me haya ido y les haya preparado el lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que ustedes puedan estar donde voy a estar yo" (Juan 14,1-3).

¿Qué significa esto? ¿Que Jesús vendrá a inaugurar su Reino en la Tierra, como dicen los Testigos, o que vendrá a llevarnos a la Casa del Padre, que no está en la tierra?

Parece muy claro que es lo segundo, lo que demuestra que los Testigos están equivocados.

¿SON LOS TESTIGOS "MILENARISTAS"?

Aunque la idea de los Testigos tiene semejanzas con las de los "milenaristas" de los primeros tiempos, lo cierto es que éstos pensaban, tomando las palabras del Apocalipsis al pie de la letra, que Jesus reinaría en la Tierra por mil años.

Pero los Testigos, en realidad, creen que este Reino ya es el definitivo. Así lo dice claramente un artículo aparecido en la edición del 22 de octubre de 1992 de ¡Despertad!, en la página 10.

Después de hablar de las cualidades de vida que tendrá ese Reino o gobierno mundial, en el que cabrán solamente los Testigos, dirigidos por Jesucristo como Rey, quien será auxiliado por 144,000 "personas de espíritu" - interpretando incorrectamente lo dicho en Apocalipsis 14,1-3 -, afirma sin género de dudas: "Si un gobierno humano le ofreciera una terapia que le garantizara recuperar el 50% de todas sus funciones corporales durante un año y por tan sólo un precio nominal, ¿no se apresuraría a ser de los primeros en someterse a dicha terapia? Pues este nuevo gobierno mundial garantiza un rejuvenecimiento total, del 100%, gratis y, además, no sólo por un año ni por cinco ni por cincuenta, SINO POR TODA LA ETERNIDAD" (las mayúsculas son mías).

Como vemos los Testigos utilizan la Biblia a su antojo. Cogen, dejan, cambian, y todo para decir lo que les viene en ganas a sus fundadores y principales dirigentes.

Esa utopía del Reino en la Tierra no está en la Biblia. Cuando Cristo habla de su retorno al final de los tiempos dice que se sentará para juzgar a todas las naciones, y lo que seguirá después será la salvación o la condenación eternas.

El libro del Apocalipsis, del que tanto usan los Testigos a su modo y manera, dice:

"Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Habían desaparecido el primer cielo y la primera tierra y el mar ya no existía" (21,1).

Creo que no hay que ser muy inteligente para comprender que esta tierra, como tal, va a desaparecer.

Pero como si lo dicho hasta ahora fuera poco, veamos lo que afirma Pedro:

"Pero el día del Señor llegará como un ladrón. Y ese dia, los cielos se derrumbarán con estrépito, los elementos del mundo se desintegrarán presa del fuego, y la tierra y todo lo que se haya hecho en ella quedará al descubierto" (2a. 3,10).

10. EL CLERO Y LOS LAICOS

Un principio que defienden los Testigos es que entre los cristianos verdaderos (que son ellos), no existe distinción entre clero y laicos.

Si por distinción entendemos una preeminencia en el sentido de que unos se deben considerar mejores que otros, estamos de acuerdo.

Pero san Pablo dice claramente que si bien todos hemos recibido dones del Espíritu Santo, no todos los dones son iguales, y así : "Dios ha asignado a cada uno un puesto en la Iglesia: primero están los apóstoles, después los que hablan en nombre de Dios, a continuación los encargados de enseñar, luego vienen los que tienen el don de hacer milagros, de curar enfermedades, de asistir a los necesitados, de dirigir la comunidad, de hablar un lenguaje misterioso. ¿Son todos apóstoles? ¿Hablan todos en nombre de Dios? ¿Enseñan todos? ¿Tienen todos el poder de hacer milagros, o el don de curar enfermedades? ¿Hablan todos un lenguaje misterioso, o pueden todos interpretar ese lenguaje?" (1a. Corintios 12, 28-30).

Quiere decir que sí hay una distinción, aunque sólo para el servicio.

Es muy cierto que, a través de la Historia, han existido abusos de autoridad, y que unos se han arrogado derechos que no les correspondían.

Pero la Iglesia, pese a todo estos abusos propios de seres humanos, ha mantenido intacta la doctrina de Jesús en cuanto a que el que ocupa el primer lugar es realmente el servidor de sus hermanos.

Que desde el principio existió una jerarquía de autoridad no hay duda alguna. El mismo Jesús se encargó de dar a Pedro la primacía entre sus iguales, los demás apóstoles. Así cuando le cambió el nombre de Simón a Piedra diciéndole: "Yo te digo, tú eres Piedra (Pedro), y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo" (Mateo 16,18-19).

También, después de la resurrección, Jesús ratifica el lugar de Pedro al preguntarle por tres veces si lo ama, y luego de la respuesta del apóstol Jesús le dice, en dos ocasiones: "Apacienta mis ovejas", y en una: "Apacienta mis corderos" (Juan 21, 15-17).

Los demás apóstoles recibieron también autoridad y poder espiritual. Así, en la primera ocasión que se les aparece después de resucitado, Jesús les dice: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá" (Juan 20, 22-23).

Pablo, apóstol por elección del propio Jesús, recibió el mismo poder, y lo transmitió a otros. Así dice a Timoteo: "Por ello te aconsejo que reavives el don de Dios que te fue conferido cuando te impuse las manos" (2a. Timoteo 1,6).

En la primera carta dirigida a este discípulo suyo, a quien había conferido la responsabilidad de ser obispo, da Pablo una serie de consejos con respecto a cada uno de los miembros de la jerarquía, que por aquel entonces estaba todavía en formación. Sin embargo, Pablo hace clara distinción entre obispos, presbíteros y diáconos, que es la presente jerarquía de enseñanza y servicio que existe en la Iglesia Católica y también en algunas confesiones protestantes.

Sobre los obispos dice: "Puedes estar seguro de que el que aspira al episcopado, desea una noble función. Pero es preciso que el obispo sea un hombre sin tacha, casado solamente una vez, sobrio, prudente, cortés, hospitalario, capaz de enseñar; no dado al vino, ni violento, sino ecuánime, pacífico, desinteresado; que sepa gobernar bien su propia casa, y educar a sus hijos con autoridad y buen juicio; pues si no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?" (1a Timoteo 3,1-5).

Sin embargo los Testigos rechazan la figura del obispo, que, según ellos, fue un invento de la Iglesia apóstata (léase Católica).

Habla luego el apóstol, también en esa carta, de las cualidades de los diáconos (3,8-13). La institución de este ministerio está claramente descrita en el libro de los Hechos de los Apóstoles 6, 1-6.

Por último, sobre los presbíteros, a quienes llamamos ahora también sacerdotes, habla Pablo diciendo: "Los presbíteros que cumplen bien sus funciones son dignos de un gran aprecio; sobre todo los que se dedican a la predicación y a la enseñanza" (5,17).

Y después de dar a Timoteo algunos consejos sobre su comportamiento con los mismos agrega: "No impongas las manos a nadie a la ligera, no sea que te hagas cómplice de los pecados ajenos" (5,22).

Esto último nos dice claramente que es a los obispos a quienes toca la ordenación, por la imposición de las manos, de los presbíteros y diáconos, como hace hoy la Iglesia Católica.

Que muchos miembros de la Jerarquía hayan faltado a sus deberes, o hayan confundido las cosas y en lugar de servir se hayan servido de los demás, no quita que la doctrina que la Iglesia enseña sobre este particular sea correcta y basada en la más sana interpretación de la Escritura.

11. LAS SECTAS

Desde los primeros tiempos el Cristianismo tuvo que tropezarse con el fenómeno de las sectas. Y es natural, ya que no es posible poner de acuerdo a toda la gente ya sea en lo fundamental o en lo accesorio.

Ni siquiera se logró entre los apóstoles y primeros discípulos, pues tuvieron diferencias en temas importantes, sobre los que no fueron capaces, al menos por un tiempo, de lograr un consenso. Recordemos, por ejemplo, el asunto de los llamados "judaizantes", que tantos dolores de cabeza dieron a Pablo.

Hoy en día tenemos una verdadera profusión de sectas que, sin duda alguna, ganan adeptos, ya que hay muchísima gente hambrienta de Dios que no es tocada por ninguna de las confesiones establecidas, sea por falta de interés de sus miembros, o porque no ofrecen el alimento espiritual que muchos esperan.

Tal realidad es un verdadero reto a la capacidad apostólica de los católicos, dirigentes o simples militantes, aunque sin tener que considerarla una desgracia.

Siempre habrá gente que se resiste a creer y pensar en la forma en que lo hace la mayoría, y Dios puede valerse de otros medios no tan oficiales para hacerles vivir su amor.

Una buena parte de esas personas, por su peculiar forma de pensar o vivir, nunca serían católicas, pudiendo encontrar al Señor, aunque imperfectamente, en una de estas sectas.

LAS SECTAS Y EL PROBLEMA VOCACIONAL EN LA IGLESIA

En mi opinión el problema de las sectas y su crecimiento tiene mucho que ver con la disponibilidad de liderazgo dentro de la Iglesia Católica.

Es un hecho indiscutible que toda comunidad cristiana necesita líderes y pastores que la conduzcan espiritualmente. Sin ellos podemos decir que es casi imposible que una comunidad se forme adecuadamente.

La Iglesia Católica y las grandes confesiones separadas de ella exigen pastores ordenados, con un mínimo de preparación teológica y de entrenamiento pastoral. Es sabido que los sacerdotes católicos han de estudiar no menos de siete años después de concluido el bachillerato.

Las sectas no tienen este problema: sus líderes son casi siempre individuos con indudables dotes de mando, muchos de ellos autodidactas y autodenominados para el cargo de pastores, que sin contar con superior alguno se lanzan a predicar y fundan sus iglesias en cualquier rincón.

LA IGLESIA SE QUEDA ATRÁS

Nosotros no tenemos que temer que la Iglesia se hunda o desaparezca, pues siempre contará con el auxilio de lo alto y la promesa de Jesús de que estará con ella.

Sin embargo, el crecimiento de la Iglesia no depende de milagros, sino del trabajo de los obreros apostólicos.

Por tradición la Iglesia ha sido muy estricta en cuanto a entregar el liderazgo de una comunidad a quien no haya recibido la ordenación sacerdotal. Al menos es casi imposible canónicamente dar el título de párroco a alguien que no sea sacerdote.

Si ya es difícil conseguir que jóvenes solteros estén dispuestos a renunciar para siempre al matrimonio a fin de ser ordenados como presbíteros de la Iglesia, mucho más lo es cuando - sobre todo en ciertas regiones del mundo - se les exige también ser hombres de letras, preparados en filosofía y teología, capaz de estar a la altura de un profesional.

Esto último puede que no sea una gran limitación en los países desarrollados, donde cualquier joven tiene la oportunidad de estudios superiores, pero sí lo es en países donde el acceso a la cultura académica es algo a veces excepcional.

¡Cuántos buenos candidatos perdidos por esa exigencia!

Pienso que los principales responsables de la Iglesia, el Papa y los obispos, han de pensar en una mejor utilización de los recursos humanos disponibles, o seguiremos viendo cómo esos propagadores de ideas contrarias multiplican sus seguidores entre los que han sido bautizados en la Iglesia Católica.

12. LAS SECTAS CONTRA LOS CATÓLICOS

Los católicos somos el blanco principal de los ataques de los sectarios.

Tal parece que no tienen otra cosa que decir, y nos dedican toda clase de insultos y diatribas, haciéndonos culpables de todos los males del mundo.

Esto no es nada raro, pues desde los primeros tiempos del Cristianismo comenzaron a aparecer grupos que ponían todo el énfasis en atacar a la Iglesia y sus miembros.

¿Por qué lo hacen?

Hay una razón muy poderosa por la que los sectarios nos atacan, y es porque tienen que buscar, de cualquier manera, una justificación a su obsecación. Es como una necesidad que sienten de explicar por qué están separados y por qué enseñan tantas cosas diferentes a lo que enseña la Iglesia.

Sus críticas no son constructivas sino que buscan la destrucción de la Iglesia y atraer a los católicos a sus grupos.

Para ello se valen de verdades y mentiras, que mezclan muy hábilmente, a fin de poder engañar a los ignorantes. Y ya sabemos que, en materia religiosa, la ignorancia abunda.

La Iglesia, como somos los primeros en reconocer, es una institución divina y humana. Si no fuera por lo primero ya hace mucho tiempo que hubiera desaparecido, pues los errores y pecados que han cometido muchos de sus miembros, incluyendo no pocos en posiciones elevadas, han sido numerosos.

¿Qué podríamos esperar de una institución compuesta de hombres y mujeres? ¿Acaso no tuvo Jesús a un Judas entre sus doce apóstoles? ¿Acaso no lo traicionaron hasta los mismos que más lo amaban?

La Historia de la Iglesia abarca veinte siglos. Podemos asegurar, sin lugar a dudas, de que existen muchos, pero muchísimos más buenos ejemplos que malos. Podemos asegurar, también, que todos los miembros de la Iglesia, desde el Papa hasta el último de los católicos, somos pecadores.

Pero Jesús sostiene a su Iglesia. Así lo prometió El cuando le dice a Simón:

"-Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer" (Mateo 16,18).

Efectivamente, a Simón le cambia el nombre por el de piedra (Pedro), para que nos diéramos cuenta de que su Iglesia estaría edificada sobre algo frágil. ¿Quién le da la fuerza a la Iglesia? ¿Será acaso Pedro? Desde luego que no. Es El, Jesús, y el Espíritu Santo que El envía desde el Padre, quienes la sostienen y han permitido que, a pesar de todos los errores y pecados, ella siga adelante, siendo faro de luz para todos los pueblos.

Esta es, quizás, la mejor demostración de que es realmente la Iglesia de Cristo.

Por eso los católicos debemos reconocer que muchas críticas que se nos hacen son fundadas, lo que nos ayudará a mejorar y rectificar los errores que otros o nosotros mismos hayamos cometido en el pasado.

Pero lo que no podemos es dejarnos convencer para que abandonemos nuestra Iglesia, porque en ninguna otra parte podríamos encontrar lo que ella tiene por la gracia de Dios.

Los católicos tenemos que ser muy respetuosos de la opinión de los demás, creyentes o incrédulos. Por otra parte debemos tener gran interés en terminar con la terrible desunión que existe entre los cristianos, de la que nos sentimos tan culpables como cualquiera.

Reconocemos todas las cosas buenas que hay en las diferentes religiones y, de manera especial, en las congregaciones de nuestros hermanos separados.

Sabemos muy bien que el Señor también obra maravillas entre sus hijos no católicos, y está presente en sus reuniones porque en la absoluta mayoría de ellos existe un gran amor y un gran deseo de servir a Dios y a los demás.

Reconocemos que incluso entre los sectarios se encuentra la presencia de Dios, pues pese a sus obsecaciones y sus graves errores, la gran mayoría está de buena fe y tratan de servir a Dios lo mejor posible.

Eso es lo triste, que en nombre de Dios se dediquen a perseguir a quienes deberían tener como hermanos, si es que de veras creen en Jesucristo, a quien nosotros también tratamos de seguir y servir con lo mejor de nuestras vidas.

En nombre de Dios exigimos respeto. Jamás la Iglesia envía a los católicos a tratar de convertir a un Testigo o a un miembro de otra iglesia. Si nos creen equivocados o condenados, pues que nos dejen así, y en paz.

13. ¿SOMOS

LOS CATÓLICOS

UNOS IDÓLATRAS?

Cada domingo los católicos del mundo entero repetimos en la celebración de la Eucaristía: "CREO EN UN SOLO DIOS VERDADERO".

Esto significa que somos MONOTEÍSTAS, como los judíos y los musulmanes.

Con la mayoría de los cristianos compartimos, además, la fe en un Dios que es una comunidad de Personas, LA SANTÍSIMA TRINIDAD.

QUÉ ES UN IDÓLATRA

Un idólatra es aquel que cree que existen uno o muchos dioses, los que representa por medio de imágenes o estatuas de muy diversas figuras, sea de seres humanos, de animales, de seres fantásticos y hasta de cosas. Los idólatras, generalmente, son POLITEÍSTAS, es decir, que creen que hay muchos dioses.

Cuando Dios dio al pueblo de Israel los mandamientos, los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob formaban, entre todos los pueblos, el único que creía en un solo Dios verdadero. Los demás adoraban una multitud de dioses y los representaban con los llamados ídolos o imágenes de esos dioses, por lo que se les llamó idólatras, o sea, adoradores de ídolos.

Para proteger a su pueblo de la tentación de la idolatría, que ejercía un atractivo muy fuerte en los israelitas, el Señor les prohibió todo tipo de imágenes, a fin de que no tuvieran la más mínima posibilidad de adorar dioses falsos.

LA LEY Y LA LIBERTAD CRISTIANA

Como recalca el apóstol Pablo multitud de veces, los cristianos hemos recibido de Jesús una luz nueva, por lo que dejamos de estar sometidos a la Ley del Antiguo Testamento, sobre todo en aquellas cosas que no eran fundamentales.

Por esa razón vemos que, bien pronto, los cristianos se sintieron libres para representar la figura de Jesucristo y de la Virgen y otros símbolos religiosos, por medio de pinturas, como todavía puede verse en las Catacumbas de Roma.

¿Es que los cristianos rompieron con la Ley para convertirse en idólatras? De ninguna manera. Lo que ellos comprendieron, y así nos lo transmitieron, es que lo importante es el espíritu y no la letra de la Ley.

Y que lo que está prohibido es la ADORACIÓN de cualquier persona, animal o cosa. Sólo podemos adorar a Dios.

EL ALCANCE DEL PRIMER MANDAMIENTO

Según algunos hermanos separados, entre ellos, desde luego, los Testigos de Jehová, que en esto no están solos, los católicos somos idólatras porque tenemos imágenes. Esto es demostrar una total ignorancia de la historia del Cristianismo y de la misma Biblia, la que interpretan a su modo y manera, a fin de poder atacar a los católicos. ¡Vaya manera de predicar el Evangelio de Jesucristo!

Si analizamos detenidamente lo que dice el capítulo 20 del libro del Éxodo, podríamos darnos cuenta de que esos que llaman idólatras a los católicos no son más que unos intrigantes. Su fanatismo anti-católico no les deja ver la contradicción en la que caen, producto de su ignorancia.

Así dice el libro sagrado:

"No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua bajo tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto" (20,3).

Cualquiera que tenga dos dedos de frente puede darse cuenta de que eso ya NADIE lo cumple, ni entre los católicos, ni entre ningún otro grupo humano, incluyendo a los Testigos de Jehová y a todos los que acusan a los católicos de idólatras.

Todo el que sepa leer puede entender que si tuviéramos que cumplir la letra de esta ley tendríamos que hacer desaparecer TODOS LOS CUADROS, FOTOGRAFÍAS, ESCULTURAS Y OBRAS DE ARTE.

¿Por qué esos fanáticos son tan hipócritas que, mientras tienen fotografías, esculturas y obras de arte, tratan de hacer creer que las únicas fotografías e imágenes prohibidas son las que los católicos usamos para recordar a los que han sido héroes del Cristianismo a través de los siglos?

¿O es que acaso podemos tener una estatua de Washington o de Lincoln y no la de los apóstoles o la de algún otro gran cristiano?

LA INTENCIÓN ES LO QUE VALE

Cuando un idólatra se prosterna ante uno de esos ídolos que cree dioses y lo adora, está haciendo un acto de idolatría.

Cuando un católico reza ante la imagen de un santo, lo único que hace es pedir la intercesión de ese amigo de Dios, como podría pedírsela, igualmente, a cualquier cristiano.

Nadie niega que podamos y debamos comunicarnos directamente con Dios, como hacemos y enseñamos constantemente los católicos. Pero está muy claro en el Nuevo Testamento que la oración intercesora de unos hermanos por otros es algo que Dios aprecia.

Y eso es lo que nosotros creemos que hacen María y los santos con mayor propiedad que los que todavía seguimos en la tierra.

Nunca la Iglesia nos ha enseñado que un santo es como un dios. Eso lo dirán otros, pero no los católicos.

Los santos son solamente servidores de Dios, que durante su vida se distinguieron por su abnegación y total dedicación a Dios y a sus hermanos. Por ello merecen nuestra admiración y nuestro cariño. Y como sabemos que están en el cielo junto al Señor, por eso les pedimos que intercedan por nosotros.

Quede claro, además, que la Iglesia nunca ha obligado a nadie a ser devoto de un santo, ni a pedir la intercesión de ninguno. Pero, ¿cómo no querer y admirar a María, la madre de Jesús y ejemplo de entrega a Dios, o a aquellos santos cuyas vidas hemos podido conocer y apreciar?

Un consejo a los católicos: No nos dejemos confundir. Si en nuestra casa puede haber cuadros de patriotas o de familiares, que no falte tampoco la imagen de Jesús, e María o de aquellos santos cuya vida mejor conocemos y admiramos. Su ejemplo será fuente de inspiración para ayudarnos a ser cada día mejores cristianos e hijos de Dios.

En cuanto a los Testigos de Jehová, ya sabemos que ellos no creen que nadie esté en el cielo, pues para ellos, cuando un justo muere, se mantiene en un estado de inconsciencia hasta la venida del Señor.

Pero ya hemos probado, con citas de la misma Palabra de Dios, que eso no es lo que enseñan las Escrituras, sino todo lo contrario.

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Página fue modificada: 22/09/2008 15:24

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