AB PADRE BAZAN

EL SEXO EN EL PLAN DE DIOS

1. PLACER Y FELICIDAD

Es muy frecuente ver asociados, en la mente de muchas personas, placer y felicidad, como si ambos términos fueran sinónimos o complementarios.

Es como si se dijera: "Todo lo que da placer causa felicidad y todo lo que produce sufrimiento es la causa directa de la infelicidad"

Nadie puede sentirse contento con el sufrimiento y de ninguna manera podemos hacerle propaganda.

Lo que se trata es de descubrir que, si bien el sufrimiento no puede ser sinónimo de felicidad, no siempre el placer es la fuente de la misma.

Al placer lo podríamos definir como lo que causa sensaciones agradables a nuestros sentidos corporales.

Ordinariamente esto lo asociamos con el bienestar y, como nos gusta, lo buscamos constantemente.

Sin embargo, en la vida vamos descubriendo que no siempre es posible obtener el placer por buenos caminos, y que, con frecuencia, hemos de elegir entre aquello que nos causa placer o el cumplimiento de un deber.

El ser humano no es simplemente cuerpo, tambien es espíritu. Ese es el gran problema que plantea el placer, que va dirigido, casi únicamente, a producir agrado a los sentidos corporales, olvidando, con facilidad, los valores del espíritu.

No son pocas las personas que viven sólo para su cuerpo. Lo de ellos es procurarse todos los placeres sensibles que puedan, utilizando todos los medios a su alcance, y sin detenerse ante ningún obstáculo.

Puestos en esta situación, crean una escala de valores en que lo único que sirve es el placer en todas sus formas. El sufrimiento tiene que ser evitado a como dé lugar.

Estas personas, teniendo que elegir entre algo placentero o el cumplimiento de un deber se inclinan definitivamente por lo primero, descartando todo escrúpulo moral, cívico o religioso con tal de procurarse aquello que creen es el ideal más alto de sus vidas.

Esto tendría una razón de ser si sólo contásemos con esta vida terrenal y sólo tuviéramos estos pocos años para gozarlos.

Lo que explica el proceder de muchas personas es su convicción de que no existe nada más que esta vida terrena y que, no aprovechar el tiempo para el placer, es perderlo miserablemente.

Cuando descubrimos los valores del espíritu y la vida sobrenatural, es decir, cuando logramos conocer el plan de Dios, entonces el placer cobra otra magnitud y, sin tener por qué desvalorizar el cuerpo y las sensaciones propiamente corporales, las subordinamos al fin último del hombre.

Es entonces cuando descubrimos que el placer, lejos de ser siempre la fuente de la felicidad, puede convertirse en su terrible enemigo, que destroza, destruye y aniquila todo esfuerzo para conseguirla.

El gran error de muchos incrédulos ha sido convertir el placer corporal en la razón de ser de sus vidas, como también fue un error de muchos creyentes aborrecer el cuerpo y convertirlo en el culpable de todos los pecados.

Ambas apreciaciones son erróneas porque se olvidan del verdadero plan de Dios que ni quiere que sus hijos reduzcan la felicidad al gozo pasajero de los sentidos, ni tampoco conviertan sus vidas, durante su paso por la tierra, en un constante combatir y dominar su cuerpo.

El placer es también parte del plan de Dios. Sólo se trastorna cuando se le convierte en el centro de la existencia humana.

Si el ser humano tiene un fin trascendente, y su vida, por tanto, no puede reducirse a un simple perseguir el placer, hemos de aceptar que tiene deberes que cumplir, los que no siempre le procurarán placer, pero que siempre estarán dirigidos a la felicidad o el bienestar de alguien.

El panadero que desde muy tempranito ha de estar ante el horno, puede considerar como un tremendo fastidio el cumplimiento de ese deber, pero otros se beneficiarán del mismo al poder saborear el pan caliéntico mientras nutren su cuerpo con el necesario alimento.

Todo deber supone un beneficio y los ejemplos pueden multiplicarse.

El estudiante podrá pensar que sus sacrificios actuales le permitirán ayudar a mucha gente de muchas maneras.

El profesional, el obrero, el intelectual, el maestro, el sacerdote, las amas de casa, las religiosas, en fin, todos y cada uno de los que no viven como parásitos en la sociedad, saben muchas veces anteponer el deber a sus naturales inclinaciones, y están creando así, de alguna manera, la posibilidad de que sus esfuerzos, sus sacrificios, sus afanes y hasta sus sufrimientos, se traduzcan en placer, bienestar y felicidad para muchos de sus semejantes.

Si esto lo llevamos al plano de las relaciones entre un hombre y una mujer tendríamos que sacar, exactamente, las mismas consecuencias.

Un hombre que sólo mira en la mujer un instrumento de placer, ya comienza a resbalar por una pendiente de destrucción e infelicidad.

Pues en este tipo de relación lo que no va dirigido a la felicidad del otro procura más bien su ruina física, espiritual y moral.

¿Qué bien podrá sacar una mujer de la relación con un hombre que sólo la usa como instrumento para su propio placer, o viceversa?

Es posible que, en un primer momento, ambos lo acepten como algo normal, pues mientras él espera satisfacer la urgencia de su deseo, ella, si no busca lo mismo, estará tratando de conseguir otras ventajas, como asegurar la relación, o recibir algún beneficio material.

Las relaciones pasajeras no dan tiempo, a veces, ni a plantearse para qué han servido, y son muchas veces un recuerdo que se borra en la distancia.

Pero cuando la relación se ha prolongado lo suficiente como para dejar huellas, la simple utilización para el placer supondrá una ruptura dolorosa, una decepción amarga, una horrible frustración.

Por supuesto que esto se da, sobre todo, en aquellos que, por más que lo procuren, no han hecho desaparecer totalmente sus innatos sentimientos dirigidos a algo más que el placer.

Cuando todo eso ha quedado borrado, quizás con la ayuda de los estupefacientes o el alcohol, entonces ya no se sentirán los clamores de una conciencia que, o ha sido asesinada o está tan abotagada que no puede levantar la voz.

El placer corporal logra levantar raudo vuelo cuando se asocia al placer espiritual. Este brota del gozo interior de lo que profundamente se siente por Dios, por sí mismo, por el otro y por los demás.

Cuando una persona, en lugar de empeñarse en quedar amarrada al muelle, suelta las sogas y se adentra en la inmensidad del océano, descubre toda la belleza de la armonía entre cielo y tierra, entre materia y espíritu.

Hay hombres y mujeres que son capaces de sentirse totalmente satisfechos después de un acto físico con un "otro" sin nombre. Están atados a la orilla.

Hay quienes no sienten ningún entusiasmo si no se adentran al interior del otro y logran entrelazar con él o ella no sólo el cuerpo sino también el alma, para hacer que el disfrute sea al unísono, produciendo una sinfonía de amor y pasión, gozo y deseo, sentimientos y emociones. Estos se adentran en el océano.

Los primeros dirán: "- ¡Qué bien lo hemos pasado!" Para ellos eso era lo único a lo que podían aspirar.

Los segundos pensarán que aún les queda mucho por descubrir e intentarán, en cada ocasión, ir más allá, a puertos más lejanos y desconocidos, siempre abiertos a la inmensidad de las posibilidades del ser humano, tan complejo y tan grande en su vocación de infinito.

Para conseguir esto último la persona sabe que no todo puede ser placer.

Hay también que tener responsabilidad. El otro se hace tan importante como uno mismo, y hay momentos que más. Todo egoísmo tiene que ser absorbido por el amor, el cuerpo por el alma, el placer por la fruición.

Es entonces que se cumple el plan de Dios. Y frente a esto ¡qué empequeñecidos quedan los empeños de aquellos que se conforman con tan poco! ¡Qué pena que sean sólo unos cuantos quienes logran descubrirlo!

2. SEXO, PLACER, y AMOR

Es indudable que, sobre todo en la mentalidad masculina, la relación amorosa con una mujer debe conducir a la intimidad sexual.

La mente del hombre ha sido preparada, desde milenios, para ver en la mujer un instrumento de placer que sólo puede ser empleado a fondo en eso que llamamos "acto sexual".

Esto ha traído, sin duda alguna, grandes incapacidades en la relación hombre-mujer, pues ha desvirtuado, de antemano, lo que significa un encuentro verdaderamente amoroso entre los sexos.

Hoy en día lo que la mayoría de los jóvenes sigue buscando en sus citas con muchachas es llegar al "acto".

Esto, no sólo por el placer que con ello puedan conseguir, sino por la "hazaña" que representa haberlas sometido al vasajalle viril.

En la mentalidad masculina, tanto antigua como moderna, no conseguir "eso" es verse totalmente frustrado.

La llamada "revolución sexual" no ha conseguido "liberar" a la mujer, como algunos pregonan, sino hacer más fácil el sueño varonil de posesión, pues las hembras presentan menos obstáculos al creer que con ello están consiguiendo ser "más mujeres".

En la práctica muchas quedan totalmente decepcionadas y frustradas.

La penetración parece ser una obsesión masculina. Esto está plenamente demostrado en los estudios que sobre el tema se han hecho, pues se sabe que la mayoría de los hombres, después de muy pocos o ningún preámbulo, intenta el asalto a la vagina, aunque esto suponga que todo el "asunto" dure apenas unos minutos y no logre despertar en la mujer ni siquiera el más mínimo deseo.

No es que el ideal sea una relación sin penetración, lo que tendrá su lugar adecuado después del matrimonio, pero hemos de reconocer que la ignorancia y la persistencia de la obsesión penetrativa del varón han traído muchos fracasos en la relación sexual de no pocas parejas.

Esto, desde luego, tiene una explicación de tipo fisiológico, que influye poderosamente en la sicología masculina.

Porque cuando un hombre siente la cercanía de la mujer nota de inmediato que su cuerpo reacciona como si se preparara para una rápida embestida.

Si la mente no logra descubrir este desfasamiento, se lanzará a una loca carrera para conseguir el orgasmo, lo que no daría tiempo a la mujer a prepararse para una relación satisfactoria.

Esto nos indica que en el acto sexual parece mandar el cuerpo sobre la mente.

Podríamos aventurar la hipótesis de que el hombre, frente a la mujer, ha tratado siempre de demostrar su superioridad, y al poner ésta en el poder de su órgano para consumar la penetración y por tanto la posesión de la mujer, instintivamente se prepara físicamente para la acción, aun cuando la mente no se encuentre realmente preparada para ello.

La reacción rápida del hombre en lo fisiológico le impulsa a la premura por conseguir el orgasmo, lo que es posiblemente uno de los mayores enemigos que ha tenido la pareja humana para encontrar un verdadero acoplamiento.

De dejarse llevar el varón por sus impulsos corporales, no encontrará el camino para lograr la armonía con las emociones más controladas de la mujer.

Esto no quiere insinuar siquiera que la mujer sea inferior al hombre en sus reacciones sexuales. Hemos hablado sólo de rapidez, que es una cosa muy diferente.

Lo cierto es que si uno de los fines más importantes del sexo es llenar de satisfacción a la pareja, se está muy lejos de conseguirlo aun con la presencia del amor. Como tantas personas confiesan, muchas veces la relación sexual resulta decepcionante.

¿Cómo no va a serlo si es el hombre el que impone todas las reglas del juego?

Porque es bien conocido que, durante siglos, lo usual era que el hombre actuara como si se tratara de un ejercicio personal en el que la mujer sólo tenía que adoptar una postura pasiva, de la que no tenía realmente nada que esperar. Ella estaba para complacer al hombre y nada más.

Pese a todo lo que ha llovido, y de los cacareos de "sabiduría sexual" que el hombre moderno produce, ya que muchos se han creído que el libertinaje sexual que hoy se estila ha conducido a un sexo verdaderamente libre, poco es lo que realmente se ha conseguido en la humanización del sexo.

Si hay que liberar a éste de todos los tabúes que lo han atosigado por muchos siglos, no es menos cierto que hay que liberarlo también de esa otra cara de la moneda que es el libertinaje.

Sólo en las películas pornográficas y los cuentos de relajo, que se producen para sacar dinero a los ignorantes y corrompidos, o a los que padecen algún tipo de desviación, es que el sexo libertino produce felicidad, aunque sea aparente, a los participantes.

Pero la verdadera satisfacción, cuando hablamos de seres humanos, no puede estar ligada a las puras sensaciones físicas. Hombre y mujer requieren, para disfrutar en profundidad, que la relación interiorice en lo espiritual, en eso que llamamos ternura y sentimiento.

Reducir al ser humano a una masa de carne palpitante es una ofensa grave a la dignidad humana. Si en él no hay también reacciones verdaderamente espirituales, es que algo importante está fallando, lo que necesariamente reduce todas las posibilidades y hace muy pobre aquella actuación, aunque el sujeto piense que ha sentido un gran placer y que ha pasado por una magnífica experiencia. A la larga, lo que de ella quedará será un borroso recuerdo.

3. LO SEXUAL COMO UN TODO

El encuentro sexual de una pareja puede no siempre tener resultados placenteros, pues esto depende mucho de la forma en que se haga y de la relación espiritual que exista entre ambos.

Es sabido que es difícil que un hombre no llegue a una aparente satisfacción total u orgasmo si consigue la eyaculación. La reacción fisiológica de sus órganos tiene mucho que ver, por tanto, con su capacidad para el puro placer físico.

Esto no ocurre, usualmente, de igual forma en la mujer, que al no estar limitada por la eyaculación, que en ella no existe, lo mismo puede costarle más trabajo reaccionar ante los estímulos, que ser capaz de prolongarlos por mucho más tiempo, si logra repetir, en breve espacio de tiempo, la experiencia orgásmica.

Lo importante de un encuentro sexual es que ambos se sientan felices de experimentarlo juntos, tratando ambos de lograr para su consorte el mayor placer posible, tanto en lo físico como en lo espiritual.

Para conseguirlo ayudará bastante el que exista una amplia confianza que permita la comunicación sincera de sus anhelos. Hay parejas que no funcionan porque son incapaces de decirse, uno al otro, lo que esperan de esos íntimos momentos y la mejor manera en que cada uno cree que el otro puede actuar.

Hay esposos que han repetido, durante años, una relación sexual carente de verdadero interés, sólo porque se conformaron con un patrón estereotipado, pensando, quizás, que una innovación provocaría el desagrado del otro, porque no se atrevían a expresar con claridad sus deseos frente a la persona que afirman amar más en la vida.

Es lamentable que los esposos pierdan oportunidades tan preciosas para aumentar su unión y disfrutar de algo absolutamente querido por Dios, pues para algo ha puesto en la vida conyugal esas sensaciones placenteras que pueden y deben constituir una fuente de satisfacción para ambos.

Algo que los esposos deben tener muy presente es que son ellos los únicos que, legítimamente, tienen derecho a disfrutar al máximo de las posibilidades del sexo, pues lo realizan por amor y en un ámbito de compromiso.

No se trata de una relación egoísta en la que uno usa al otro o ambos se usan mutuamente, sino una verdadera entrega en la que prima el interés por la felicidad del otro, motivo principal de la propia felicidad.

No hay que sentir vergüenza de lo que ha sido creado por Dios para bien de los esposos.

Precisamente porque la vida es dura sólo puede ser endulzada por el amor, vivido y realizado de forma plena en la unión sexual, que de ninguna manera puede reducirse al coito propiamente dicho, sino que tiene que ser considerado como todo el conjunto de acciones que lleven a la pareja a expresarse el amor que sienten el uno por el otro, utilizando todas las posibilidades que Dios les concede.

En todo esto es importante tener en cuenta que el cuerpo no representa, en modo alguno, el papel más importante. Este es un error que debe ser corregido.

Es muy cierto que al cuerpo se le ha hecho culpable de muchas atrocidades, pero es porque se ha olvidado, con inusitada frecuencia, que el ser humano nunca actúa en una forma totalmente física, y que el cuerpo, con excepción de sus funciones puramente fisiológicas, que se ejercen en forma propiamente automática, no puede actuar desligado del alma o de la mente.

La sicología moderna ha ayudado a comprender esta íntima interrelación entre ambos componentes del ser humano. La pareja que actuase de una manera exclusivamente física estaría recibiendo un mínimo de gratificación en su relación sexual, aquella que disfrutan sus sentidos corporales.

Una pareja que se ama verdaderamente, y logra romper toda barrera a su mutuo entendimiento, de forma que consigue la comunicación mutua más perfecta posible, es capaz de elevar a una altísima potencia sus capacidades sexuales, descubriendo todo lo que el llamado "acto de amor" es capaz de ofrecer.

Demás está decir que cuando una pareja ha logrado un grado de acoplamiento suficiente, siempre podrá hacer, cuando no haya razones de otra índole que lo impida, que sus encuentros sean verdaderamente placenteros.

Es tonto discutir qué es lo que más placer ocasiona a una mujer o a un hombre. Algunos dicen que el acto sexual propiamente dicho, es decir, lo que que va desde la penetración a la eyaculación masculina, no logra llevar a la mujer a la cima del placer.

Es probable que siglos de estupidez, machismo y explotación de lo sexual para puro beneficio del egoísmo masculino haya creado unos patrones negativos que impidan a muchas mujeres el disfrute del encuentro sexual, pues no debemos olvidar que sobre estos temas se impusieron absurdos tabúes que llevaron a considerar el acto sexual como aceptable sólo como medio para la procreación.

De todas formas, la respuesta sexual no siempre puede ser la misma, y la principal razón para la variación no ha de encontrarse, de ordinario, en el cuerpo sino en la mente. Si algo no funciona bien es porque existen muchos bloqueos mentales que predisponen a una acción negativa del cuerpo.

Esa es la razón por la que nunca se insistirá bastante en la necesidad de que los primeros tiempos después de la boda deberían dedicarse a ese necesario acoplamiento de mentes y cuerpos, a fin de lograr un total conocimiento mutuo de los esposos no sólo en lo físico sino en sus anhelos y aspiraciones más profundas.

Es posible que la mayoría de las parejas actúe sobre la base de una mutua desconfianza que le impida, sobre todo al principio, un total relajamiento físico y mental. Esto es lo primero que habrá que conseguir, para que todo el amor que acumulan los corazones pueda expresarse en forma de gestos, palabras y acciones que conforman el vehículo de lo sexual y hacen posible que dos personas, unidas por el vínculo matrimonial, logren que su unión sea cada vez más fuerte y hermosa.

4. MORAL SEXUAL

Cada vez que se habla de moral hay personas que no resisten una mueca, como diciendo: "-Ya nos fastidiamos".

Ciertamente la palabra moral ha llegado a ser, para algunos, sinónimo de reglas y, sobre todo, prohibiciones, que tienen como fin "aguar la fiesta" y evitar que uno pueda hacer aquello que más le gusta.

El problema de la moral es que, en ocasiones, se la ha querido imponer a la fuerza, creándose algo así como una "moral civil" que, al menos en el fuero externo, debe exigirse a toda costa.

A nadie se le ocurriría pensar, desde luego, que los Estados deban aceptar una política de que cada uno haga lo que le venga en ganas, lo que ha ocurrido no pocas veces sobre todo en el terreno de lo social o laboral, pues entonces no habría manera de defender el Bien Común y los más fuertes o descarados se impondrían sobre todos los demás.

Si fuera posible andar desnudos - cosa que requeriría una cultura especial, como la de los primitivos, y no un simple decreto estatal -, no habría manera de controlar a ciertos energúmenos a quienes ya cuesta trabajo contener aun vestidos.

Si se permitiera que las parejas que así lo quisieran practicasen el acto sexual en la calle y a plena luz del día, se estaría limitando el derecho de otros muchos que consideran tales acciones propias de la intimidad de la alcoba y se sentirían legítimamente ofendidos por el afán de exhibicionismo de unos pocos.

En fin, si bien no se puede exagerar, cosa que se ha hecho con frecuencia, tampoco podemos caer en los otros extremos, que sólo conducen a llevar a la sociedad a un plano tal de degradación que todo respeto se habría perdido.

Con todo, lo que el Estado puede instaurar son normas conducentes a la buena marcha de la sociedad y a la preservación del Bien Común, que incluye, desde luego, el evitar los conflictos que necesariamente surgirían de la satisfacción de los deseos, caprichos o puro descaro de unos y otros.

La moral es otra cosa, puesto que obedece no a reglas impuestas desde fuera sino a convicciones personales profundas. No podemos hablar de leyes morales, sino de personas morales.

Lógicamente, es muy posible que al hablar de moral nos encontremos con que existen varias"morales", pues éstas varían de acuerdo a las convicciones de los diferentes sujetos. ¿Puede esto ser posible?

Pensamos que sí, pues lo otro sería negar que hay diversas ideologías, religiones y maneras de pensar en el mundo.

Y de las ideologías, religiones y maneras de pensar es que surgen las "morales".

El asunto ha estado en que, desde muy antiguo, se trató de implantar, al menos en los países de mayoría cristiana, una moral acorde con el Evangelio.

Esto estuvo muy bien mientras fue decisión propia de los que profesaban el cristianismo y tenían a gala tratar de conformar sus vidas con las enseñanzas de Jesús.

Pero llegó un momento en que, aun sin que la mayoría siguiera siendo verdaderamente cristiana en su pensamiento, se le quiso imponer, a la fuerza, una moral que no correspondía con sus auténticos sentimientos.

Esto trajo como resultado un rechazo, a veces brutal, de unas normas de conducta que se dictaban en contra de la voluntad de los sujetos.

Las normas públicas no pueden ser jamás dictadas en nombre de la ideología, de la religión o las formas de pensar, sino por la única razón de que son necesarias para la paz, la armonía, el mutuo respeto y el decoro público.

Cuando se dictan por otros motivos casi siempre engendran descontentos y rechazos que no conducen a nada bueno.

Visto esto así se entiende que uno acepte que se prohíba ir por las calles en cualquier dirección, o andar desnudos, o no orinarse en el sitio que uno quiera.

El Estado lo impone como una regla general que parece buena, al menos en este momento y lugar. Hay partes en que las leyes son diferentes y el Bien Común también puede ser preservado.

La moral se acepta siempre por las buenas, no es algo que pueda nadie imponer a otros. Dios, al menos, jamás impone nada.

La moral se ve entonces como una consecuencia de las propias formas de pensar y de ver el mundo, como parte de una mística. Aquí nadie tendrá que obligar pues cada uno sabe lo que debe hacer.

No es que sea algo innato que no necesita aprendizaje. Lo innato corresponde a lo que llamamos ley y moral natural, que no pasa de unas cuantas reglas fundamentales de conducta que, ciertamente, muchos también ignoran.

Pero cuando uno acepta a Jesucristo, por ejemplo, y conoce sus enseñanzas y sus mandatos, es lógico suponer que uno acepte, al mismo tiempo, las consecuencias que de ello se deriva.

La vida misma, con las maneras de pensar y de actuar, cambian radicalmente, enfilándose por nuevos derroteros. Se ha comenzado a vivir una moral.

Cuando una persona dice: "Yo soy más moral que tú", puede que esté usando un lenguaje inexacto si la otra persona no comparte una misma escala de valores.

Es inútil, por ejemplo, que un cristiano le diga a un musulmán: "Yo soy más moral que tú", pues el otro de ninguna manera podría entenderlo.

Cuando las personas condenan la sociedad actual por inmoral, están partiendo de sus propios valores, vividos o no, que se quieren imponer a otros. Esto no es legítimo.

Lo correcto es realizar la obra evangelizadora que Jesús encomendó a sus discípulos, de forma que la sociedad logre transformarse.

Es correcto que exijamos al gobierno normas de conducta que faciliten las relaciones pacíficas entre los miembros de una misma comunidad.

Pero imponer a todos los principios de una moral determinada, que es lo que en definitiva hicieron los comunistas, lo mismo que antes trataron de hacer muchos gobiernos supuestamente cristianos, es totalmente incorrecto y atentatorio a los derechos ciudadanos.

El fracaso de esta forma de actuar se evidencia por el hecho de que, según el Evangelio, la moral no puede ser reducida a lo estrictamente sexual, como algunos parecen dar a entender, sino que tiene que extenderse a todas las manifestaciones humanas.

Esto hizo que se dieran contradicciones como éstas: Prohibir que las parejas se besaran en público, o que se publicaran revistas pornográficas, mientras se permitía abiertamente la explotación de los obreros o se aceptaba el robo del tesoro público, las componendas y otros delitos como parte del engranaje del poder.

Una persona es moral si su vida se adecúa a la escala de valores que dice practicar. Esto es mucho más verdadero a medida que es más grande el compromiso realizado.

Desde el punto de vista cristiano es indudable que muchas de las manifestaciones de la sociedad actual son inmorales, pero no es legítimo que pretendamos hacer entrar a los demás dentro de nuestras normas por la fuerza.

Lo que hace que una persona deje de ser inmoral, desde el Evangelio, es su sincera conversión interior, que lo capacita para recibir la Gracia y entender el significado de la nueva vida que de él o ella se exige.

Un ejemplo de ello lo tenemos en el caso de Pablo. Cuenta el Libro de los Hechos de los Apóstoles que, siendo todavía Saulo, y apenas un muchacho, aceptó cuidar las ropas de los que apedreaban a Esteban. En este caso Saulo actuaba siguiendo los principios de la moral judaica, por lo que se suponía que actuaba correctamente.

Más tarde, cuando ya era un hombre, Saulo, siempre guiado por el sincero celo por la causa de Dios, del Dios de sus padres cuya religión veía en peligro a causa de la predicación de los discípulos de Jesús, se dedicó fervientemente a hacer todo lo posible por impedirlo, convirtiéndose en un activo perseguidor.

Todas las acciones de Saulo eran correctas desde una moral concreta, pero su fanatismo resultaba inmoral a la luz de una religión que predicaba el amor aún a los enemigos y decretaba respeto absoluto por los demás.

Saulo, posteriormente, conocerá a Jesús en el camino de Damasco, ciudad a la que se encaminaba lleno de malas intenciones en contra de los discípulos, y su conversión marcará un cambio total en sus formas de pensar y de actuar. Aunque seguirá orgulloso de su condición de judío, su fe anterior había sido transformada totalmente por la gracia.

Pero Pablo no tratará de emplear la fuerza para convencer a sus compatriotas ni cambiar la mente de las personas, sino que, como los otros apóstoles y discípulos, empleará la fuerza de la persuasión.

El denunciará, a la luz del Evangelio, las inmoralidades de su tiempo, que sólo podían ser curadas por la conversión de los corazones.

Así aconseja a los esclavos que no se rebelen contra sus amos, temiendo que una rebelión pudiera empeorar las cosas, pero al propio tiempo enseña que todos somos iguales ante Dios y que un cristiano no puede considerar a nadie inferior ni menos esclavo suyo, sino hermano querido en el Señor.

Las diversas cruzadas que se han organizado para acabar con los vicios, la prostitución, la pornografía, etc., siempre terminan por dejar las cosas como estaban, ya que es imposible imponer a nadie la moral cristiana a la fuerza.

Frente a una situación inmoral - o que nos parezca como tal a la luz del Evangelio -, sólo queda un camino: la persuasión que conduzca a la conversión.

Aquí podría surgir una pregunta: ¿Y no sería posible que nos equivocáramos y pusiéramos la etiqueta de inmoral a algo que no lo es? ¿No hemos podido exagerar y atribuir al Evangelio lo que pertenece a una forma de pensar ajena al mismo?

A lo largo de los siglos es indudable que el pensamiento cristiano se ha visto influenciado por ideas provenientes de otras filosofías o ideologías, y sobre todo en materia sexual se llegó a gravísimas exageraciones que mucho daño han hecho a la salud mental y espiritual de los cristianos.

Hubo épocas en que se miraba el matrimonio como una condescendencia a la debilidad humana, poniéndose demasiado énfasis en la virginidad. Cualquier tipo de familiaridad era vista como sospechosa y aun las relaciones sexuales dentro del matrimonio fueron puestas en entredicho si no conducían, casi necesariamente, a la procreación.

La moral sexual cristiana no ha sido siempre totalmente evangélica, pues se han aceptado conceptos y opiniones que no se fundamentan en el mensaje del Señor. El sexo fue rebajado y el placer si no condenado, al menos tenido como una debilidad poco menos que indigna del cristiano.

Otro indudable mal lo fue reducir casi totalmente la moral a lo sexual. Mientras se enfatizaban los pecados del sexo, se olvidaban importantes matices de otros preceptos, como lo relacionado con la justicia social.

La moral adquirió una tonalidad más bien negativa. En lugar de ser camino de luz se tornó en senda de angustia y preocupación. En lugar de ser instrumento de liberación lo fue de tortura.

Esto ha permitido pensar que la moral cristiana es voluble, cambiante, y que lo que hoy es pecado puede dejar de serlo mañana.

Lo que no es cierto. Lo que ocurre es que, si en una determinada época se vieron algunas cosas en forma distorsionada, en consecuencia se llamaba pecado a lo que en realidad no lo era. Corregir esto no es cambiar la moral, sino orientar mejor su derrotero.

Una nueva y más correcta visión de las mismas Escrituras nos conduce a interpretar de una manera más positiva la aparente negatividad del mensaje de Pablo, por ejemplo, con respecto al sexo.

Ya hoy somos capaces de distinguir lo que es permanente y lo que fue dicho en momentos de lucha en contra de una situación concreta.

Pablo se dirige a los cristianos de su tiempo, en una época turbulenta, y en medio de la influencia devastadora de un paganismo corruptor. Su visión nos suena, en algunos casos, apocalíptica, y en otros francamente negativa.

Si no sabemos distinguir podemos sacar conclusiones totalmente erróneas y dar a los cristianos una idea que no corresponde a la verdad evangélica y que los puede conducir a la angustia y al error.

Toda la personalidad de Pablo se desborda en sus cartas. El mismo en alguna ocasión hace distinción entre lo que es mandato del Señor de lo que es consejo personal suyo:

"En orden a las vírgenes, precepto del Señor yo no lo tengo; doy, sí, consejo, como quien ha conseguido del Señor la misericordia de ser fiel ministro suyo" (1a. Corintios 7,25).

Sabemos que la inspiración de las Escrituras no impide al autor reflejar sus propios puntos de vista ante situaciones concretas que hoy no podríamos entender de la misma manera.

Veamos, a manera de ejemplo, lo que dice en la misma carta sobre el uso del velo:

"Todo hombre que ora o que profetiza teniendo la cabeza cubierta, deshonra su cabeza. Al contrario, mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra su cabeza, siendo lo mismo que si se rapase. Por donde si una mujer no se cubre con un velo la cabeza, que se la rape también. Que si es cosa fea a una mujer el cortarse el pelo, o raparse, cubra por lo mismo su cabeza" (11,4-6).

No ha cambiado la moral, sino las circunstancias en que las personas se desenvuelven. Los criterios fundamentales siguen siendo los mismos. Las aplicaciones pueden ser diferentes.

Hoy tenemos que aplicar esos criterios a casos que ningún apóstol podía vislumbrar, y para los que Jesús sólo nos dejó una enseñanza general. Hoy existen nuevas formas de inmoralidad que nunca antes pudieron existir, como el uso de las drogas, los secuestros o la pornografía.

Pero la auténtica moral no se dirige a condenar, sino a salvar. No busca rechazar sino orientar. Es constructiva y se basa en el amor.

No utiliza gazmoñerías propias de mentes perturbadas, sino las directrices de quien fue capaz de decir a los fariseos que "los publicanos y las rameras los precederán y entrarán en el reino de Dios (Mateo 21,31).

Tenemos que salvar la moral de la inmoralidad de los mal intencionados. Porque posiblemente no hay peor inmoralidad que la de aquellos que se dedican a llamar inmorales a los otros, haciendo grande la paja en el ojo del vecino, pero sin percatarse de la viga que hay en el propio (ver Mateo 7, 3-5).

Hay personas que juzgan a los demás por sus propios pensamientos, y decretan que tal mujer es una prostituta sólo por su manera de caminar o de hablar.

Hay quienes dicen que una mujer está vestida inmoralmente porque se han pasado todo el tiempo comiéndosela con los ojos, mientras la interesada, a lo mejor, ni cuenta se ha dado de la reacción que provocaba.

El cristiano tiene que tener los ojos limpios para ver sin andarse escandalizando prematuramente. Una actitud moralmente cristiana es la de quien trata de vivir el Evangelio intensamente, tratando de ser un testigo fiel de Jesucristo, sin reducir los mandamientos sino a aquellos dos que el propio Cristo enseña:

Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente: el segundo es semejante a éste, y es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está cifrada toda la ley y los profetas" (Mateo 22,37-40).

No se puede ser moralmente cristiano sólo porque uno sea sexualmente irreprochable. Los fariseos, al menos en las apariencias, lo eran, y sin embargo fueron criticados duramente por Jesús.

Ser moralmente cristiano no es ser impecable. "Aquel de ustedes que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra", dijo Jesús a los fariseos con referencia a la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8,6). El mismo Juan, en su primera carta, dice:

"Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros" (1,8).

La moral cristiana es una guía para la construcción de un mundo nuevo, que exigirá la destrucción de todo lo malo, pero no de los malos; una guía para la felicidad y la libertad, pero no para complejos y angustias; una ayuda para que hombres y mujeres puedan vivir en armonía, amor y paz, y no en odios, divisiones, mutuas explotaciones y guerras. La moral cristiana es el Evangelio vivido cada día, con la gracia del Espíritu.

5. EL SECRETO DE LA INTIMIDAD SEXUAL

Son muchas las parejas que jamás han conocido la verdadera intimidad sexual, pues para ellas todo ha terminado con el orgasmo.

El hombre parece tener una tendencia natural a ver la relación sexual como algo puramente carnal, de forma que todo su afán es lograr el clímax o máxima satisfacción, luego de lo cual parece no esperar nada más.

Esto es, posiblemente, la principal razón para que alguien llamara al varón, después del orgasmo, un "animal triste".

No hay ninguna teoría totalmente comprobada al respecto, pero es muy probable que esto no sea tan natural como a primera vista parece, sino que en realidad resulte el producto de condicionamientos sicológicos a lo largo de muchos milenios.

No debemos olvidar que el hombre casi siempre ha sido, hablando del sexo, un macho que busca a la mujer con el fin primordial de satisfacerse. Esa es la razón por la que, en cuestión de sexo, parece darle lo mismo una que otra, y mientras más mejor, con tal de que reúnan las condiciones mínimas para colmarlo de gusto.

Esto, sin embargo, no fue ni mucho menos el plan de Dios, tal y como se refleja en las primeras páginas del Génesis y que luego sería reafirmado por Jesús.

La monogamia sexual tiene que ser considerada, definitivamente, como el mejor camino para que, tanto el hombre como la mujer, encuentren una máxima satisfacción en su unión íntima.

No se podría siquiera comparar la relación llevada a cabo por amor con aquella que se hace por simple satisfacción carnal. Con todo, a fuerza de buscar esta última, el macho humano tiende a descuidar muchos valores que le impiden descubrir la diferencia, lo que permite que, con apabullante frecuencia, el casado busque satisfacciones extra-maritales, demostrando con ello no haber encontrado lo que debía en la relación conyugal. Y no porque allí no estuviese.

Los sentimientos de la mujer no parecen haber sido tan dañados por los equivocados conceptos que han primado durante milenios sobre la relación sexual, ya que la represión en esta materia se dirige más a los varones, a quienes la promiscuidad y el vagabundeo sexual se les presentan como verdaderos ideales.

Por el contrario, a lo largo del tiempo se ha dado fuerza a los valores espirituales en la mujer, aunque esto haya sido al precio de obligarla a sacrificar sus reales derechos a una satisfacción verdadera en la relación conyugal, lo que ha sido realmente lamentable.

La relación sexual es para el hombre, muy frecuentemente, algo intrascendente, que se hace como un desahogo, como una "necesidad fisiológica" y no como un encuentro con el tú de la persona amada.

Esto no es, como algunos querrían hacer ver, ninguna ventaja, sino un serio obstáculo para la felicidad conyugal, pues dificulta al hombre el cumplimiento de sus compromisos al hacerlo proclive a la infidelidad.

Todo el mundo está de acuerdo en que la mujer arriesga mucho más en una relación sexual, pues de ordinario no busca una pura satisfacción o un desahogo, sino la entrega amorosa de la que espera felicidad.

El hombre mira la relación como un ejercicio de su potencia viril, del que alegremente hace uso con la primera que se muestre obsequiosa, sin medir consecuencias ni sospechar siquiera el daño afectivo que tal ligereza puede infligir a su eventual compañera.

No hay que dudar que existen mujeres para quien el romance, al menos aparentemente, ocupa un lugar secundario, sea porque lo hacen únicamente por conseguir dinero o ventajas materiales, o porque sicológicamente están incapacitadas para la verdadera entrega por amor.

Esto, con todo, hay que verlo como una excepción. La mujer, generalmente, espera mucho más de la relación sexual, y si con frecuencia se ve frustrada es por la forma incompleta que muchos hombres tienen de actuar sexualmente.

El célebre axioma: "No hay mujeres frígidas, sino maridos inexpertos" tiene que ver con todo esto. No se trata, lógicamente, de una falta de experiencia puramente carnal, de la que los hombres, en general, suelen ufanarse.

El problema estriba en que esta misma aparente "amplia experiencia" de actuar sexualmente, reduce las posibilidades del hombre para valorar a la mujer en toda su magnitud, llegando a reducirla a un simple instrumento de placer del que se sirve a su antojo sin importarle mucho lo que la otra pueda disfrutar.

Es fácil conocer a muchos de esos machotes que se precian de ser potentísimos ejemplares de virilidad, únicamente porque logran repetir el acto sexual con inusitada frecuencia, convirtiendo a las esposas en unas frustradas que ven el sexo como un juego masculino en las que ellas sólo llevan la peor parte.

El "mecanismo sexual", es decir, las reacciones fisiológicas y las acciones instintivas que conducen a la unión física del hombre y la mujer son prácticamente idénticos en el ser humano y los animales superiores. Para esto no hace falta ningún aprendizaje. Todo funciona mecánicamente.

Si a eso se redujera todo, no podríamos hablar de una actuación verdaderamente humana. Y eso es lo que ocurre con frecuencia. Que todo queda en la carne, sin que la excitación y la satisfacción del clímax se conviertan en un trampolín para darle al acto sexual su dimensión realmente humana, cuando se proyecta, más allá del orgasmo, en la íntima satisfacción de las potencias espirituales.

El secreto de la intimidad sexual estaría, pues, en saber utilizar el mecanismo sexual que conduce desde la excitación al orgasmo, momento éste en que los sentidos quedan totalmente saturados, para entonces abrirse a los valores espirituales del sexo y entrar en esa íntima comunión de dos personas conscientes del amor que sienten la una por la otra.

Huelga decir que dos personas que se unen sin amor jamás podrán descubrir lo que no tienen. Este desarrollo espiritual o prolongación del orgasmo más allá de la saturación física, que de ordinario toda mujer anhela pero que muchos hombres nunca han conocido por aquello de que, a través de los siglos, se ha ejercido una represión sobre sus sentimientos para dejar aflorar sólo la pasión animal, es lo que da a la unión conyugal esa dimensión exclusiva y única, irrepetible, que concede a la unión monógama todo su sentido y plenitud.

El hombre, hemos de reconocerlo, ha sufrido lo que podríamos llamar una "castración afectiva", que le hace mirar al sexo como un instrumento de placer puramente carnal.

Pero, aunque el hombre no lo quiera, su ser es también espiritual. Esa es la razón por la que la relación sexual, aunque casi siempre satisfactoria para él desde el punto de vista físico, lo suele dejar insatisfecho y hambriento en lo espiritual.

Esto ocurre también con la esposa si en el matrimonio se siguen repitiendo los mismos esquemas y se reproduce el patrón mecanicista que el hombre ha empleado en sus relaciones pre-matrimoniales o extra-maritales.

Esto explica el por qué muchos no logran satisfacer plenamente el hambre espiritual y afectiva, ni siquiera con la persona amada, pues al no haber descubierto la dimensión única e irrepetible del amor, es decir, la plena satisfacción que se consigue más allá del orgasmo, exclusivamente con la persona amada, se siga buscando indefinidamente la misma, pensando que se encontrará con alguien con el que o la que aún no se ha experimentado.

¡Tremendo error!, pero que es la base de la constante inclinación que muchos sienten hacia la infidelidad conyugal.

Suele ocurrir que el hombre, después del orgasmo, tienda a relajarse totalmente y dar por terminada la función. Lo que él buscaba ha sido conseguido. Si acaso aguarda un poco hasta que la esposa haya logrado lo mismo, pero nada más. Son menos los que dan importancia a esos momentos que casi todas las mujeres suelen anhelar porque lo intuyen, ya que ordinariamente para ellas la vivencia del orgasmo no es simplemente carnal, sino también fuertemente espiritual.

Como los mecanismos afectivos de la mujer no han sido tan matratados como los del hombre, ella tiene casi toda su capacidad para vivir los valores espirituales que en el hombre han sido seriamente aminorados. La vivencia del orgasmo no pasa en ella tan rápido, sino que se prolonga en un hambre de afecto que no suele ver colmado si existe una actitud negativa por parte del esposo.

6. ENTRE IDEAL Y REALIDAD

Si es muy cierto que la moral cristiana plantea un ideal de vida que exige ciertas posturas radicales frente a toda situación humana, es innegable que no siempre es posible cumplir esta meta.

Nunca debemos olvidar que la naturaleza humana, como explican los teólogos, quedó debilitada por el pecado original, de tal forma que le cuesta mucho trabajo superar ciertas situaciones.

Esto obliga, necesariamente, a buscar un equilibrio entre el llamado a la perfección que hemos recibido (ver S.Mateo 5,48), y la realidad que vivimos cada día.

Un joven, por ejemplo, llegado a la adolescencia, siente fuertemente los impulsos de la carne. A esto se juntan los criterios mundanos que se reciben hasta de los propios progenitores, pues

no es raro ver a ciertos padres impulsando a sus hijos varones a tener relaciones sexuales para que demuestren temprano su virilidad.

Hoy todo parece invitar a los jóvenes a la promiscuidad sexual y el libertinaje, pues por todas partes se ve el abuso de lo sexual como algo normal y hasta necesario. ¿No son acaso muchas las muchachas que intentan perder su virginidad a toda costa para no sentirse "fuera de onda"?

La pornografía, abundantemente servida por los poderosos medios audiovisuales, no deja de ser un factor que está jugando un papel importante para que los jóvenes miren lo sexual con ojos golosos y se convenzan de que hay que aprovechar el tiempo y no perder una sola oportunidad de gozar con cuanta mujer esté dispuesta a consentir. Este mismo influjo, algo atenuado por las todavía existentes presiones familiares, lo reciben las muchachas, como ya quedó dicho.

El asunto es que Dios no está equivocado y el libertinaje nunca llega a formar hombres y mujeres completos. Pero podemos comprender que todo esto de la llamada

"revolución sexual" ha tenido mucho que ver con la represión que existió, sin lugar a dudas, durante mucho tiempo.

Aceptar que el camino hacia la maduración tiene que pasar por riesgos y fracasos es una cosa, y afirmar que no se puede poner traba alguna a lo sexual es otra.

Lo que ocurre es que el libertinaje sexual, como casi todo, es explotado con gran éxito económico, por no pocos mercaderes, que ven en el asunto una mina inagotable de oro.

Sólo tenemos que pensar en las millonarias ganancias que están obteniendo los productores de pornografía, a veces con una inversión ridícula, para convencernos por dónde es que va el gran interés que muchos muestran de que exista y se extienda el libertinaje sexual.

Yo pienso que, después de todo, tenemos que creer en las reservas morales innatas que tiene la persona humana, pues aun con tanta cantidad de veneno no se ha conseguido contaminar a toda la juventud como para convertir a todos los muchachos y muchachas en unos libertinos.

La mayoría de los jóvenes, gracias a Dios, siguen creyendo en el amor y lo buscan pese a sus tropiezos y a sus descalabros en medio del esfuerzo por llegar a madurar.

Esa es la razón por la que vemos, cada año, a millones de parejas intentar una seria convivencia en el matrimonio. Que los fracasos sean más numerosos que los éxitos es una de las tristes consecuencias de la nefasta siembra que hacen los mercaderes, empeñados en crear putrefacción a todos los niveles.

Por eso muchos llegan al matrimonio con bases muy pobres, y de ahí tantos fracasos.

7. EL LENGUAJE SEXUAL

El ser humano se caracteriza por su capacidad de comunicación con sus semejantes. Lógicamente, esto lo hacen también, en cierta forma, todos los seres vivos, pues todos los animales tienen maneras para comunicarse los unos con los otros, pero no en la forma inteligente y espontánea a la que puede llegar el ser humano.

El lenguaje, por decirlo así, de los seres vivos no inteligentes, es instintivo, y sirve para que unos y otros puedan cumplir las tareas que el Creador les ha asignado. Así los animales, en su absoluta mayoría, tienen también relaciones sexuales.

El ser humano, precisamente por ser más perfecto, tiene que pasar primero por un aprendizaje de sus medios de comunicación, que son varios y diferentes. Esto lo obliga a un esfuerzo que, de no existir, lo limita considerablemente.

No basta, por ejemplo, que una persona crezca hablando un idioma cualquiera.

Para poder usarlo debidamente se requiere de estudio y dedicación, pues de lo contrario su vocabulario quedaría reducido y sus formas de construir las frases serían muchas veces incorrectas.

Ahí tenemos el lenguaje del arte. Sabemos que muchos lo usan a su modo, pero su perfeccionamiento requiere de paciente estudio, a veces durante muchos años.

Cada arte tiene un lenguaje especial que, de ser mal usado, sólo producirá chapucerías y nunca verdadero arte.

El sexo tiene también su lenguaje. Esto podría parecer disparatado, pero no olvidemos que se trata de un importante medio de comunicación, aunque una gran parte de las veces se use inadecuadamente.

Hay personas que tienen relaciones sexuales en una forma totalmente primitiva, salvaje, es decir, instintiva. Para ellas el único objetivo es disfrutar del placer que la unión carnal proporciona.

Estas personas, por supuesto, limitan la relación a un intercambio de caricias y gestos, pero el verdadero lenguaje está ausente.

¿Cómo se puede transmitir algo que queda sólo en uno mismo?

Efectivamente, lo que el otro captaría sería el deseo de utilización con un fin meramente egoísta, por lo que aquella relación sólo puede provocar, al final, frustración o resentimiento, a no ser que los dos estén buscando lo mismo, por lo que ninguno de ellos va a echar de menos algo para lo que no están preparados. Ya alguien dijo que no se ha hecho la miel para la boca del burro.

Muchos, en el intercambio sexual, se parecen a dos personas que estuvieran hablando, cada una, en un idioma distinto. Esto sólo podría ser aceptable para dos insensatos.

No hay manera de juntar, por mucho tiempo, a dos que desconozcan el lenguaje del otro.

Una causa importante de los fracasos matrimoniales se debe, precisamente, a la incapacidad para la comunicación sexual. Pocos son, ciertamente, los que resultan impotentes o inhábiles desde el punto de vista físico, pero el número de los que reducen todo el asunto a ese nivel es astronómico.

El lenguaje sexual es una mezcla de deseo, pasión, ternura, cariño, comprensión, afinidad, atracción y, sobre todo, amor.

Sin estos componentes básicos todo quedará reducido a un simple encuentro de dos cuerpos animados por un instinto animal que muy pronto tiende a la rutina y el aburrimiento.

El mejor entrenamiento para el lenguaje sexual no está, como muchos piensan, en las experiencias previas al matrimonio, pues casi todas éstas no son más que muestras del mal uso de la auténtica comunicación por el sexo, pues lo que prima en ellas es el egoísmo y la lujuria.

Muchos hombres han creído saber mucho del sexo porque habían tenido, antes de su matrimonio, innumerables relaciones con toda clase de mujeres.

Pensaban, a la luz de las mismas, que eran unos "machos bien preparados" para hacer sentir a la esposa todo lo que ella pudiera esperar, para luego encontrarse con que fracasaban lastimosamente, ya que repetían los mismos estereotipos de sus juegos egoístas con mujeres sin mayor interés que el pasar un rato o ganar dinero.

Como medio de comunicación que es, el lenguaje sexual necesita de un transmisor y un receptor.

Podríamos, sin embargo, andar muy errados si pensáramos que uno sólo es el transmisor y otro es el receptor. Este es un camino de doble vía, en que ambos son transmisores y receptores al mismo tiempo.

Se ha repetido tantas veces que la mujer debe adoptar una actitud pasiva que algunos han llegado a creérselo.

Esto es falso. Hombre y mujer, en lo sexual, son activos, pues cada uno, a su manera, tratará de transmitir al otro, por medio del lenguaje del sexo, todo el amor que tiene, al mismo tiempo que captará del otro lo que éste transmite.

En este lenguaje no existen pausas para que el otro pueda comunicarse, pues en el mutuo darse, si usan adecuadamente las claves correctas, estarán comunicando y recibiendo simultáneamente.

La prueba de que se está transmitiendo correctamente es la percepción de lo que el otro siente.

Muchas parejas han realizado actos sexuales infinidad de veces, sin percatarse para nada de lo que el otro estaba percibiendo. Así se actúa pero no se comunica. El lenguaje sexual estará ausente.

Uno y otro, además, han de estar conscientes de que existen dos tiempos en esta íntima comunicación: el de los sentidos y el del espíritu.

El primero, desde luego, ocupa el primer período, por ser el menos profundo. Pero antes se requiere un tiempo de preparación que permita a la pareja el suficiente preámbulo para una unión satisfactoria.

Una vez preparado el ambiente, (factor importante que muchos hombres olvidan por ser mucho más rápidos que las mujeres en el impulso carnal, impidiéndoles, frecuentemente, una adecuada actuación), todo quedará dominado por la pasión.

Es la hora de los sentidos, que terminará, si todo funciona correctamente, en un clímax de placer que recibe el nombre técnico de "orgasmo".

A este primer tiempo, que es el que únicamente conoce la inmensa mayoría de las parejas, ha de seguir el momento del espíritu, que es el que eleva a niveles insospechados la unión del hombre y la mujer, reafirmando en ellos su deseo de ser exclusivamente el uno para el otro, ya que este nivel de comunicación sólo es posible para los que se aman.

Ya dijimos anteriormente que al hombre se le ha llamado, después del orgasmo, "animal triste". Esto se debe a su tendencia a pensar que todo ha terminado después de la hora de los sentidos, ya que sus deseos fisicos han sido totalmente satisfechos.

No es lo mismo en la mujer, que descubre, por exquisiteces de su ser femenino, que no todo puede terminar en el cuerpo y ansía, después del clímax carnal, una prolongación en el goce del espíritu.

Si el hombre no aprende a sublimar esta etapa de su relación podríamos decir que anda perdido, ocasionando una inmensa frustración a su consorte y condenando su relación a una pura mediocridad.

Por eso mismo no es raro ver hombres que, disfrutando físicamente del acto sexual con sus esposas, corren detrás de otras mujeres o hasta se procuran el placer por medio de la masturbación, sencillamente porque no han conocido el importantísimo lugar que ocupa el espíritu en el ejercicio del sexo.

Con esto notamos que el lenguaje sexual es difícil, porque si no la mayoría de las parejas lo utilizaría correctamente. Pero por desgracia no es así.

Su aprendizaje requiere varias etapas: a) Desarrollo sico-sexual. b) Adolescencia y juventud. c) El noviazgo. d) el matrimonio mismo.

A) DESARROLLO SICO-SEXUAL

Durante los primeros años de la vida se afianzan en el ser humano las influencias positivas o negativas con respecto al sexo. Tanto el ambiente mismo del hogar como los amigos y aun las posibilidades de primeras experiencias en este campo pueden marcar definitivamente al sujeto. La correcta orientación de padres y educadores es valiosísima para la futura proyección del interesado.

B) ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

Con la adolescencia comienza la actividad de los órganos genitales y, por consiguiente, la apertura de los sentidos. Esta es una etapa dificilísima en que, la mayoría de las veces, el sujeto se encuentra solo o mal acompañado.

Aunque esto ha cambiado algo en los últimos tiempos, hay que reconocer que los padres no han sabido explicar a sus hijos, en la mayoría de los casos, todo el misterio que nace en ellos, por lo que se inicia esta etapa en una completa ignorancia de lo que está sucediendo. No es raro, pues, que se cometan muchos errores.

Llegó la hora del placer sensual, la atracción por el sexo opuesto y la conmoción interna y externa de los sentidos. Es comprensible que se quieran estrenar estas nuevas sensaciones, siendo la masturbación el recurso más fácil, auxiliado, sobre todo los varones, por la contemplación de fotografías y la lectura de literatura pornográfica que hoy se encuentran en cualquier parte.

Como vemos, lo espiritual está ausente, pues pocos son los jóvenes que cuentan con una orientación que les permita ver lo que este aspecto juega en todo lo que siente.

Es muy cierto que, sobre todo en el pasado, se ha tratado de hablar a los jóvenes de la relación entre el espíritu y lo sexual, pero casi siempre en forma negativa, enfatizando el peligro de pecado y la ilegitimidad del placer, sin descubrir casi nunca los valores maravillosos que encierra el sexo para aquellos que lo encauzan por las vías del amor.

Ultimamente, es innegable, que se han hecho esfuerzos en ese sentido, pero no parece que todavía sean suficientes.

Por otro lado, no debemos olvidar que el tremendo poder del impulso sexual, por un lado, y la enorme maquinaria de explotación del sexo, por el otro, hace mucho más difícil la tarea, pues todo parece ir dirigido a la idea de convencer al adolescente y al joven de que el único valor del sexo reside en el placer carnal que puede proporcionar.

C) EL NOVIAZGO

El noviazgo debería ser una cosa pero, por desgracia, resulta muchas veces otra. Esto se debe, sobre todo, al hecho de que se ha creado la idea de que no vale la pena perder tiempo tan precioso en conversar, sino que lo más importante es actuar.

Antiguamente, los padres solían plantar una sólida vigilancia sobre la pareja, de modo que no los dejaban ni a sol ni a sombra, para evitar que pudieran cometer un desliz.

Pese a todos los cuidados, eran frecuentes los casos de parejas que buscaban los medios para verse a solas y entregarse al sexo, lo que solía a veces tener resultados imprevistos, pues no pocas la aventura terminaba en un embarazo que descubría todo y obligaba a una boda apresurada o a un rompimiento vergonzoso.

Hoy en día no deja de haber padres que hacen todo lo posible para evitar que, sobre todo sus hijas, tengan encuentros indebidos con novios o enamorados.

Todo, sin embargo, conspira en su contra, pues las libertades conquistadas por la juventud hacen improbable una verdadera vigilancia, y quienes desean una entrega sexual no encuentran muchas dificultades para ello.

No es que yo esté en contra de la solicitud de los padres por el bien de sus hijos.

El problema es que si éstos van a comportarse bien sólo si se les vigila, hemos de concluir que la educación que se les ha dado no sirve para nada.

Esa era la razón por la que, con bastante frecuencia, los padres se asombraban, llenos de rabia y tristeza, de que alguna hija saliese embarazada a pesar de tantos desvelos. Los hijos, hay que saberlo, no suelen agradecer que se les cuide tanto.

La facilidad de hoy en día tiene sus ventajas a este respecto, pues los padres, por más que quieran, están obligados a confiar en sus hijos y en la calidad de la educación que les han impartido.

Es lógico, ciertamente, que desconfiemos de la demostrada debilidad del ser humano para enfrentarse a las tentaciones sexuales, pero no se puede forzar tanto las cosas que los hijos se sientan sometidos a un régimen policial que en modo alguno les ayudará a usar la propia responsabilidad para actuar como se debe.

En el ambiente moderno, el que quiere ser bueno tiene la oportunidad de ejercer su propia libertad, pues pocas son las trabas que se encuentran y la vigilancia de los padres, por más severa que logren realizarla, es muy fácil de burlar.

Hemos de poder transmitir a los jóvenes la importancia que tiene el control de la sexualidad con el fin de descubrir los íntimos placeres que sólo pueden lograrse con el disfrute total de todo el ser, alma y cuerpo, dentro del cuadro propicio del amor conyugal.

Si los novios no son capaces de construir una verdadera relación espiritual entre ellos, están corriendo el grave riesgo de no poder desarrollar, posteriormente, una verdadera vida conyugal, y su unión quedará reducida a una aventura que durará mientras arda entre ellos el fuego de la pasión carnal.

D) EL MATRIMONIO

Una pareja que llega al matrimonio deberá pasar, necesariamente, un tiempo de acoplamiento, para poder desarrollar así toda la capacidad del lenguaje sexual.

Por muchas razones es improbable que sigan el consejo dado por el antiguo libro indio "Kama Sutra", de que los esposos deberían esperar varios días antes de llegar a una entrega sexual completa.

Hay como un impulso inconsciente a consumar el matrimonio lo antes posible, lo que, como advierten algunos autores, hace que muchas parejas caven la tumba de su amor la misma noche de bodas.

Lo que debe ser "luna de miel" se convierte, frecuentemente, en "noche de hiel", pues ambos terminan frustrados y desilusionados.

Más vale, pues, que los nuevos esposos gasten un tiempo, todo el que sea necesario, para aprender el uso práctico del lenguaje sexual, que ha de ser para ellos un factor importantísimo en el éxito matrimonial.

Si dos esposos logran una íntima comunicación de cuerpos y almas, realizando el mandato de Dios de que "dos sean uno", estarán bien preparados para resistir los embates de la vida, las tentaciones y avatares que todo amor ha de soportar, logrando que sus encuentros sean no ya algo mecánico que se realiza como por obligación, sino el gozo de un amor siempre renovado, que es capaz de superar toda prueba y seguir adelante por encima de las limitaciones de toda índole.

8. ¿PUEDE EL SEXO SER AMORAL?

Hay quienes, tratándose del sexo, abogan por una permisividad total. Se trata, segun ellos, de una actividad "sana", no importa que sea entre un hombre y una mujer, entre dos hombres o entre dos mujeres, con tal de que no se haya obligado a una de las partes o se le cause un perjuicio.

Vistas las cosas así todo parece muy bonito. ¡Qué sabroso es poder disfrutar de toda clase de placeres sin ninguna responsabilidad! Dos cuerpos que se juntan sin mayor trascendencia.

Pero, ¿es cierto todo eso? ¿Es posible que actividades "humanas" puedan realizarse sin que intervenga, al mismo tiempo, la responsabilidad, y sin que haya ninguna trascendencia en lo que hacemos?

Muchos hombres han visto así las cosas desde tiempos inmemoriales. Montones de mujeres han caído en la trampa dejando en ella jirones de su alma y de su cuerpo.

¿Es que se puede actuar de forma tan inconsciente tratándose de una relación entre dos personas humanas?

¿LIBERTAD O LIBERTINAJE?

He conocido hombres y mujeres para los que el sexo era lo mismo que beberse un vaso de agua en un momento de gran sed. Pero, a la larga se quedaban con una sed mayor.

Lo normal no es que el sexo sea una pura excitación corporal con un deseo casi incontrolable de saciarlo.

No se trata, digámoslo claramente, de una necesidad fisiológica. Está científicamente comprobado que nadie se muere por no tener relaciones sexuales.

El sexo es mucho más. Y cuando se le despoja de "eso más" se le deja en el puro esqueleto.

Lo que se obtiene es una placer egoísta que, al final, lo único que deja es desilusión y, muy probablemente, algún tipo de desviación sicológica o de enfermedad orgánica.

Veamos, por ejemplo, lo que está ocurriendo con el AIDS o SIDA. No es un castigo, desde luego, a los actos pecaminosos de muchos, sino una consecuencia de la promiscuidad y del abuso de los dones que Dios ha puesto en el ser humano. En fin, algo que se debe, casi directamente, en la mayoría de los casos, al libertinaje.

El libertinaje sexual, que nada tiene que ver con el ejercicio de la verdadera libertad, ha sido la guía de muchos hombres y mujeres a lo largo del tiempo.

¿Podríamos asegurar que estas personas se han sentido más felices y han disfrutado del sexo de una forma más sana y satisfactoria que aquellos que han tratado de controlarse y guardar los mandatos de Dios?

Yo creo que no hay nada que nos autorice a decir una cosa semejante, sino todo lo contrario.

En mi experiencia como consejero espiritual he tenido que encontrarme con muchas personas que, durante una parte de su vida, fueron tramendamente licenciosos.

La absoluta mayoría de ellas me afirmaba, algunas veces hasta llorando, que su vida había sido un total desastre, y que habían perdido lo mejor por andar tras la búsqueda equivocada del placer.

Creo que esto mismo podrían atestiguar otros sacerdotes, consejeros, siquiatras y sicólogos. Los libertinos que nunca se arrepienten de serlo es porque se encuentran incapacitados, quizás por su propia culpa, para descubrir el tesoro del amor. Cuando alguno lo logra, todo libertinaje le parece una terrible y triste pérdida de tiempo.

CREADOS PARA EL AMOR

No podemos corregir la plana a Dios, y El nos ha creado para el amor y la auténtica felicidad.

Es una realidad innegable que el pecado ha resquebrajado nuestras potencias espirituales y nos cuesta mucho trabajo controlar nuestras inclinaciones.

Pero que lo bello, lo hermoso, lo sano, lo útil, lo conveniente, lo recomendable, lo deseable y lo mejor sea dar rienda suelta a toda pasión y dejar que el sexo, como pura expresión carnal, domine nuestra vida, sería una aberración más dañina que cualquiera de los tabúes que sobre el sexo han existido.

Hemos de trabajar para limpiar el sexo de todo lo que lo empaña. Hemos de educar sanamente a los niños y jóvenes para que, llegada la hora, sean capaces de controlar sus inclinaciones y así descubir el amor y todas las cosas bellas que éste conlleva.

Hemos de orientar a los futuros esposos a fin de que puedan disfrutar del sexo en su plenitud, dentro del marco propio que le corresponde: el amor.

Pero eso de propagar que el sexo sin fronteras es lo bueno, me parece un disparate que sólo puede hacer crecer las frustraciones y convertir al ser humano en un bruto sin ideales superiores ni crecimiento espiritual de ningún género.

He sido testigo de la transformación que opera el amor en muchas personas. He podido comprobar la felicidad que brota del amor compartido entre dos seres que se entregan, el uno al otro, no por pura pasión, sino porque entre los dos hay una comunión espiritual que hace de su unión algo único e irrepetible.

Todo lo que se quiere afirmar acerca del sexo-animal como ideal de los seres humanos no es más que una manera de hacer propaganda a algún negocio, que hoy hasta los vehículos parece que no pueden venderse si no es rebajando a la mujer a la condición de objeto sexual al servicio de los impulsos del varón.

El amor y el sexo no son la panacea de todos los problemas. Una pareja, por más que se ame, tendrá que enfrentarse a muchas dificultades.

Pero el sexo que algunos pregonan lo único que hace es multiplicar los enfermos, embrutecer a los que lo practican, y crear un mundo de angustias y frustraciones.

¡Hablemos claro! El ser humano ha sido creado con un destino superior.

Los animales tienen sus instintos controlados por naturaleza. Toca al hombre y a la mujer ser dueños de sus actos. De ellos tendrán que dar cuenta. Mientras más desarrollo logren de sus facultades físicas y espirituales más hombre o mujer serán.

Cuando actúan sin control, dejándose llevar de los impulsos, se vuelven esclavos, animales, seres disminuidos.

Levantemos, pues, al ser humano. Sexo sí, pero del bueno. Disfrute del sexo, sí, pero con amor y compromiso.

Lo otro sería confundir las cosas y hacer de algo tan bello una simple caricatura, propia de quienes no acaban de encontrar su identidad como seres llamados a lo más alto.

No olvidemos, además, que el sexo tiene consecuencias, pues es tambien el vehículo de propagación de la especie humana.

¿Qué pasa cuando una pareja se entrega al placer sexual irresponsablemente?

Pues que puede ocurrir, como tantos millones de veces ha sucedido, que la mujer quede encinta y entonces se presente el gran dilema: tener o abortar al nuevo ser.

No es un secreto que la absoluta mayoría de los abortos se debe a que se tiene sexo como una deporte, como una diversión, sin pensar en nada más.

Luego vienen las lamentaciones. Y muchísimos hombres se lavan las manos. Y muchísimas mujeres optan por el aborto. Y otras, que deciden tenerlo, comienzan su maternidad sin la debida preparación y sin el compañero adecuado para afrontar juntos la tarea de la educación del hijo o hija que han tenido.

A todo esto lleva el sexo cuando se hace sin amor, sin responsabilidad, ni compromiso matrimonial. Y quienes pagan las consecuencias son las inocentes víctimas de la ceguera de unos seres humanos que sólo vieron en el sexo un intrumento de placer y nada más.

El sexo es un gran regalo de Dios que tenemos que saber agradecer, respetar y santificar. Lo otro es prostituirlo y degradarlo. El que ve el sexo sólo con ojos terrenos nunca apreciará, ni disfrutará de lo que el sexo significa de verdad para un ser humano.

Que el sexo sea, pues, un medio y no un fin en sí mismo. Un medio para disfrutar no sólo de placer, sino de lo más sublime que el amor puede ofrecer.

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