AB PADRE BAZAN

El SEXO EN LA BIBLIA

Hoy, que tanto se habla del sexo, es importante conocer lo que sobre el tema nos dicen unas de las principales fuentes de la fe cristiana, que son los libros de la Sagrada Escritura o Biblia.

Salta a la vista que en todo momento se da en los libros sagrados un tratamiento respetuoso, pero al mismo tiempo totalmente natural, del tema sexual, sin que en ningún momento pueda ligarse a un concepto de algo sucio ni nada que se le asemeje.

Desde el primer libro de la Biblia, el Génesis, nos encontramos con el tema del sexo, y es allí donde podemos sacar un principio claro: Dios es el creador del sexo.

LA CREACIÓN

Dos son las narraciones que el Génesis nos trae con respecto a la creación del ser humano, según dos distintas tradiciones que influyen en los escritores del texto sagrado.

En la primera, que aparece en el capítulo primero, versículos 26 al 30, se nos dice que "macho y hembra los creó, y luego: "Dios los bendijo, diciéndoles: -Sean fecundos y multiplíquense".

Es importante recalcar que fue a Dios a quien se le ocurrió el que existieran dos sexos diferentes, pues muy bien pudo haber hecho las cosas de otra manera. Dos sexos, por tanto, destinados a la mutua unión, de la que saldrían, como fruto de bendición, los hijos.

La segunda narración es aún más explícita. Aparece en el capítulo segundo, versículos 7 al 25. En ella tenemos una serie de datos que nos permiten sacar en conclusión que la atracción sexual es querida por Dios como un bien que pertenece a la unión formal de la pareja, es decir, al matrimonio.

De los versículos antes citados vamos a entresacar lo que más nos interesa al respecto.

"Después dijo Yahvé: -No es bueno que el hombre esté solo. Haré, pues, un ser semejante a él para que le ayude... Yahvé hizo caer en un profundo sueño al hombre y éste se durmió. Y le sacó una de sus costillas tapando el hueco con carne. De la costilla que Yahvé había sacado al hombre, formo una mujer y la llevo ante el hombre. Entonces el hombre exclamo: Esta si que es hueso de mis huesos y carne de mi carna. Esta sera llamada varona, porque del varon ha sido formada. Por eso el hombre deja a sus padres para unirse a una mujer, y formar con ella un solo ser. Los dos estaban desnudos, hombre y mujer, pero no por eso se avergonzaban".

Lo primero que encontramos es que Dios no considera bueno que el hombre esté solo. En realidad no estaba éste totalmente solitario, pues a su alrededor había muchísimos animales, pero no podía encontrar ninguno al que poder llamar en verdad su semejante.

Hemos de hacer constar que toda esta historia es como una alegoría poética, y hoy los principales exégetas sólo ven en ella una forma literaria para expresarnos una verdad: Dios crea.

Esta narración fue escrita miles de años después de sucedidos los hechos, y se entiende que si bien su autor fue inspirado por Dios, no se trata de que el Creador le haya contado la historia letra por letra, sino que el ropaje literario es invención del escritor.

De acuerdo a la primera narración los dos, hombre y mujer, fueron creados juntos. No hay contradicción en el hecho de que la segunda nos presente lo de la costilla. Como dije, es una manera de expresar, en lenguaje poético, algo que sucedió realmente, aunque no necesariamente en la forma en que se narra.

Lo que queda claro en el texto es que Dios prefiere que existan dos sexos, por lo que cada uno toma sus peculiares características. Es posible que el aditamento de la anécdota de la costilla sea una influencia del ambiente que rodeaba al autor, en el que ya se consideraba a la mujer como dependiente del hombre. Hay como un trasunto de machismo, que luego aparecerá más claro en la historia del pueblo hebreo, donde se ve que por esos tiempos antiguos la mujer vivía totalmente sumisa al hombre.

No deja de resaltar la alegría que ocasiona en el varón la aparición de aquel ser, por una parte tan semejante a sí mismo, y por la otra con encantos que la hacen apetecible y en extremo atractiva. Así, el primer piropo de la historia sale de la boca del varón sin el menor esfuerzo.

También la acotación del autor de que por unirse a su mujer el hombre deja el hogar de sus padres para integrarse en una nueva situación junto a la esposa, lo que hace referencia a la institución matrimonial. Esto viene a ser como una reflexión del autor que se coloca en su tiempo y mira lo que ya es usual en la comunidad en la que vive.

Por último se recalca el hecho de que estaban desnudos y no se avergonzaban de ello. También en esto debemos ver una opinión del autor, que al mismo tiempo que narra algo que sucedió, pero tal y como él lo concibe, va agregando comentarios que son reflejo del pensamiento de su propia época.

Si todo el mundo posteriormente andaba cubierto, el hecho de que los primeros humanos anduviesen desnudos, sin avergonzarse, se atribuyó al que aún no habían cometido ningún pecado.

Así luego, en el capítulo tercero, se verá que es después de la caída en la desobediencia a las órdenes de Dios, que el hombre y la mujer buscan cubrirse, porque se avergonzaron de andar desnudos.

Es posible que por ello algunos hayan sacado en conclusión que el pecado de la primera pareja fue de índole sexual. Como veremos, nada en la Biblia autoriza a pensar de semejante manera. El pecado mismo estuvo en la rebeldía contra el Creador más que en una acción concreta, sea ésta la que fuese.

Volviendo a lo de la desnudez, hoy sabemos que no pudo tener una relación directa con un pecado original, pues los primitivos habitantes de lo que es hoy América solían andar desnudos, y también ellos se supone que estarían marcados por el pecado de la primera pareja humana.

Así podemos colegir que en la Biblia, sin quitar un punto a la inspiración divina, hay mucho de la mentalidad y la cultura de aquellos que Dios usó como instrumentos para transmitirnos su Palabra.

EL PECADO

El pecado de Adán y Eva fue una trangresión motivada por el deseo de llegar a la paridad con Dios. Eso es lo que se desprende de la narración bíblica:

"Replicó la serpiente: -De ninguna manera morirán ustedes. Es que Dios sabe muy bien que el día que ustedes comieren de él (del árbol), se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal" (Génesis 3,1-5).

Algunos quieren ver en la presencia de la serpiente un símbolo fálico, insinuando la especie de pecado hacia el cual era arrastrada Eva. En realidad, aquí la serpiente es usada como representación del demonio, ya que en el folklore oriental este reptil suele encarnar los espíritus malignos que molestan a los hombres.

En la misma Biblia vemos posteriormente esta explicación. Así en Sabiduría, 2,24: "... mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo".

El mismo Jesús, contestando a los judíos que atacaban su doctrina, les dice: "El padre de ustedes es el diablo y ustedes quieren cumplir los deseos de su padre. Este fue homicida desde el principio" (Juan 8,44).

En estas palabras podemos ver una clara alusión a la tentación primera. Esta misma idea la vemos expuesta por Juan en su primera carta: "Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio" (3,8).

Y en el libro del Apocalipsis: "Dominó a la serpiente, la Serpiente antigua - que es el Diablo y Satanás - y la encadenó por mil años" (20,2).

En esta última cita no hay dudas de que se identifica a la serpiente con un disfraz usado por Satanás. Con ello podemos concluir que no hay razón para usar del argumento del simbolismo fálico, pues en este caso parece haber otro género de alegorías.

Es muy cierto que en ningún momento antes de la tentación se alude a la relación sexual entre el hombre y la mujer, como luego hace en Génesis 4,1: "Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín..." Pero esto no sería suficiente para explicar la naturaleza sexual del primer pecado.

Todo el contexto del relato bíblico alude a una acción destinada a llegar a ser como Dios. Se trata, pues, de un acto de soberbia o, si se quiere, de falta de fe en la Palabra divina, ya que Adán y Eva llegan a suponer que Dios los ha engañado al prohibirles comer de aquel árbol, para evitar así la posibilidad de tenerles como rivales.

Es el orgullo humano quien reacciona frente a la sugestiva insinuación de la serpiente. No se trata, pues, de un acto pasional, sino intelectual. Antes del pecado la primera pareja poseía un perfecto equilibrio entre su razón y sus pasiones. Por eso, "estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer, pero no se avergonzaban uno del otro" (Idem 2,25).

Sin embargo, despues del pecado el equilibrio quedó roto, y así: "-¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol que te prohibí comer?" (Idem 3,11).

Más adelante dirá que "Yahveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió" (3,21).

En este último versículo habría que ver una explicación del origen del sentimiento del pudor que parece ser instintivo, natural y universal, aunque no necesariamente tenga el mismo significado en todas las culturas.

Es curioso notar, por ejemplo, que en muchas esculturas griegas, del período clásico, las mujeres se muestran desnudas, pero con un gesto de rubor que las lleva a taparse la región genital con una mano.

Y precisamente son los griegos los que se distinguen por su amplio naturalismo, de modo que no vacilan en presentarnos a sus propios dioses sin ropa alguna.

De todos modos, nadie puede sacar que usar vestido es algo así como un precepto divino. Pero de sobra sabemos que la visión del cuerpo desnudo suele perturbar los sentidos, precisamente porque ya no tenemos aquel equilibrio de que gozaban Adán y Eva antes del pecado.

Por último, podría verse en el castigo infligido a Eva alguna relación con la posibilidad de un pecado sexual:

"A la mujer le dijo: -Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con trabajo parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Idem 3,16).

Como ya se dijo, todo este capítulo es una gran alegoría. En este versículo se quiere explicar el origen de los dolores de parto y la pérdida que, por el pecado, sufrió el hombre de aquellos dones preternaturales de los que estaba adornado.

Concluyendo: Del texto bíblico nada nos autoriza a decir que el pecado descrito en el capítulo tercero del Génesis fue de naturaleza sexual. Su gravedad consiste, precisamente, en que el hombre pretende desentenderse de Dios, haciéndose un igual a El. Un pecado sexual sería una debilidad carnal que, dado el equilibrio del que hemos hablado, no podría suponerse en aquellos momentos.

POLIGAMIA

A pesar de que en el primer capítulo del Génesis. y sobre todo en el segundo, se hace ver que en el plan original de Dios el hombre y la mujer debían formar un matrimonio monógamo, de uno con una, luego la realidad viene a ser prontamente otra.

Algunos quieren explicar esta tendencia a la poligamia por la exigencia de los primeros tiempos, que apremiaban un aumento en la procreación.

Con todo, de las primeras parejas que se citan en la Biblia, parece deducirse el mantenimiento de la monogamia.

Del primero que se tiene noticia por el libro sagrado de que tuviera dos mujeres es Lamec:

"Lamec tomó dos mujeres: una llamada Ada y otra llamada Sila. Ada dio a luz a Yabal, el antepasado de los pastores nómadas; su hermano se llamaba Yubal, el antepasado de los que tocan la cítara y la flauta" (Idem 4, 19-21).

Es posible, sin embargo, que antes de Lamec ya muchos hombres hubiesen seguido la práctica de la bigamia.

En el capítulo sexto del mismo Génesis aparecen unas palabras difíciles de interpretar, de las que sólo cabe concluir que en la tierra llegó un momento en que reinaba una corrupción total. Esto fue lo que llevó a Dios, si esto fuese posible, a "arrepentirse" de haber creado al hombre, enviando un diluvio que alcanzó a hombres y animales, salvándose solamente Noé y su familia. A este patriarca se le presenta como practicante de la monogamia, y como hombre justo y respetuoso de Dios.

Pero el Diluvio, a pesar de que permitió una nueva humanidad, nacida de Noé y sus hijos, no fue un remedio eficaz, pues no pasó mucho tiempo sin que los hombres volviesen a sus andadas, y de nuevo la tierra quedó infestada de corrupción. Con todo, Dios se había comprometido con Noé a no volver a destruir la humanidad (ver Génesis 9,11).

En el capítulo 12 aparece ya la figura del gran patriarca Abraham, iniciador, por vocación divina, de un nuevo pueblo que sería el de los siervos del verdadero Dios.

A Abraham se le presenta también como casado con una sola mujer, Sara, de quien se afirma que era muy bella. Con todo, la moral del patriarca todavía está muy lejos de ser ejemplar, ya que por salvar la vida, en una estadía en Egipto, prefiere entregar a su esposa, de la que dice es su hermana, para que el faraón la tenga en su harem (ver Génesis 12,14 y siguientes). Nada pasa porque Dios le hace ver al faraón la real identidad de aquella mujer.

Luego será la propia Sara la que, molesta por su esterilidad, induce a Abraham a unas relaciones con su esclava Agar, pues era costumbre reconocer como hijo propio el que pariera una esclava en el regazo de su dueña.

Si de Isaac nada sabemos en este sentido, de Jacob conocemos que tuvo doce hijos de cuatro mujeres diferentes. Dos eran sus esposas Lía y Raquel, las hijas de Labán. Las otras dos eran esclavas: Bhila de Raquel y Zilpa de Lía.

Polígamos fueron, ya en tierra de Canaán y asentados los israelitas como un reino, primero único y luego dividido, prácticamente todos los reyes tanto de Judá como de Israel.

Saúl, David y Salomón, los tres que conservaron en sus manos un reino unido, tuvieron numerosas mujeres.

En el capítulo 11 del primer libro de los Reyes se dice:

"Pero el rey Salomón se enamoró de muchas mujeres extranjeras, además de la hija del Faraón: moabitas, amonitas, edomitas, fenicias e hititas, de las naciones de quienes había dicho el Señor a los de Israel: "No se unan con ellas ni ellas con ustedes, porque se desviará el corazón tras sus dioses". Salomón se enamoró perdidamente de ellas. Tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas. Y así, cuando llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor, como el corazón de David, su padre" (1-4 ).

Esto nos indica que el libro sagrado no da un juicio moral negativo sobre Salomón por el número de mujeres, sino porque las había escogido entre aquellos pueblos idólatras, de modo que por complacer a las tales, pervirtió su corazón y se apartó del culto al verdadero Dios.

Sabemos que David, a pesar de que siempre mantuvo su fidelidad a Dios, en cuestión sexual no fue precisamente un modelo de castidad. Por el contrario, el episodio de Betsabé que nos narra el capítulo 11 del segundo libro de Samuel es significativo a este respecto.

La tal Betsabé era mujer de Urías, y David, una tarde que desde la azotea de su palacio la vio desnuda mientras se bañaba, quedó arrebatado de pasión y la mandó a buscar, aprovechando que su esposo estaba en el frente de guerra como oficial que era. Luego, para encubrir el embarazo que provocara su relación adúltera, pretendió que Urías estuviese con su esposa, pero al no conseguirlo, lo mandó a matar.

Fue el profeta Natán el encargado de humillar a David haciéndole reconocer su pecado. Le hace ver, además, que su pecado mayor, más que el adulterio en sí mismo, fue el de aumentar éste con la muerte de Urías. David se arrepintió y fue perdonado.

Es de notar que, a pesar de la promulgación del Decálogo en el Monte Sinaí, la moral sexual de los israelitas dejaba mucho que desear. Si esto ocurría en el pueblo elegido de Dios, ya podemos pensar lo que sucedería en los otros pueblos y culturas, donde los excesos sexuales eran hasta incrementados por sus propias creencias y rituales religiosos.

PENTATEUCO

La primera ley que tuvieron los hijos de Israel fue la dada por Dios a Moisés en el Monte Sinaí, conocida como el Decálogo, y completada por una serie de leyes que fueron recopilándose con el tiempo, y que aparecen en varios libros del llamado Pentauteuco o Torá. Estos cinco libros son los que contienen "la Ley", y eran constantemente estudiados por los israelitas en sus sinagogas.

Tenemos, por ejemplo que en el Exodo, capítulo 20, aparece el Decálogo. Entre estos diez mandamientos hay dos que tienen que ver con lo sexual:

"No cometerás adulterio" y "No codiciarás la mujer de tu prójimo" (Versículos 14 y 17).

En realidad los dos estan correlacionados y tienen que ver también con el concepto de propiedad que el hombre oriental tenía sobre la mujer. De todos modos el adulterio era prohibido también al hombre, aunque, como veremos, la severidad de las penas caían, especialmente, sobre la mujer.

Quedándonos en el libro del Exodo, vemos que en el capítulo 22, versículo 18 se dice: "El que se acueste con bestias es reo de muerte". Con esto se prohíbe claramente la relación carnal con los animales, lo que hoy se llama zoofilía o bestialidad.

Este versículo nos revela que ya por aquellos tiempos antiguos tal aberración sexual existía, y aunque no parece fuera muy frecuente entre los israelitas, se le sanciona severísimamente para extirpar toda posibilidad de que la misma se extiendiera.

Hemos de pensar que la zoofilía o bestialidad podría constituir una tentación en un pueblo de pastores. Sabemos que los que cuidan de las ovejas se pasan, a veces, varios días sin regresar a sus casas, llevando a los animales por distintos sitios hasta encontrar alimento. Esto induciría fácilmente al pecado de la bestialidad que con tajante dictamen se condena en el Exodo.

En el libro del Levítico encontramos una seria de prescripciones que miran, todas ellas, a una purificación ritual, con el ánimo, segun puede entenderse fácilmente, de preservar al pueblo de contaminaciones y epidemias.

Hay que suponer que la higiene no era precisamente una cualidad muy arraigada entre los pueblos nómadas ni entre los orientales. Todavía hoy se nota esa falta de aseo en casi todos los pueblos que habitan en regiones frías. Tal costumbre se mantiene a veces hasta en los meses de calor abrasador.

Si eso es ahora, con tantos medios de higiene, ¿qué sería en los tiempos bíblicos? Esta es, a mi modo de ver, la causa de la minuciosidad con que se describen en el Levítico ciertas prescripciones sobre impurezas, que exigen ritos de purificación, con baños rituales y el ofrecimiento de diversos sacrificios.

En Levítico 12, por ejemplo, se dan reglas concretas sobre los partos, y la impureza que a ellos está aparejada:

"Dí a los israelitas: Cuando una mujer conciba y dé a luz un hijo, quedará impura durante siete días, como en la impureza por menstruación. El octavo día circuncidarán al hijo, y ella pasará treinta y tres días purificando su sangre: no tocará cosa santa ni entrará en el templo hasta terminar los días de su purificación".

Del mismo modo que otras muchas enfermedades, también la blenorragia o gonorrea, ya conocida en aquellas épocas, era causa de impureza legal:

"Cuando un hombre padezca de gonorrea, es impuro. Estas son las normas de impureza en caso de gonorrea, sea fluida o espesa, pues ambas son impuras. La cama en que se acueste el enfermo, quedará impura. El asiento que use, quedará impuro. El que toque la cama del enfermo, lavará sus vestidos, se bañará y quedará impuro hasta la tarde. El que se siente donde ha estado sentado el enfermo, lavará sus vestidos, se bañará y quedará impuro hasta la tarde. El que toque al enfermo, lavara sus vestidos, se bañará y quedará impuro hasta la tarde. Si el enfermo escupe a uno que esté puro, éste lavará sus vestidos, se bañará y quedará impuro hasta la tarde" (Levítico 15,3-9).

En este tenor siguen varios versículos más, dictaminando impurezas sobre objetos o personas que tengan simple contacto con el enfermo.

Por todo lo dicho se desprende que no se trata tanto de ver las cosas desde el punto de vista de pecado sino de evitar descuidos en materia de higiene que pudieran tener consecuencias desastrosas para toda la comunidad.

Esa es la razón por la que se multiplican hasta la exageración estas impurezas legales, aunque no debemos desconocer que también en todo lo relacionado con lo sexual tenían los hebreos, como otros pueblos orientales, ideas rayanas en lo supersticioso.

Leemos en la Biblia Comentada, BAC, tomo I, página 695: "Para dar razón de considerar impuro al hombre y a la mujer que padecen flujo seminal o de sangre hay que acudir a creencias ancestrales de los hebreos, que primitivamente pudieron tener origen supersticioso, y que consideran todo lo relacionado con el sexo como algo desordenado. El mismo flujo seminal parece un desorden orgánico inmundo para el que no considera sus causas fisiológicas científicamente. En las legislaciones egipcias, babilónicas y árabes se supone que las relaciones sexuales incluyen cierta impureza ritual".

De esta manera tenemos que "cuando un hombre tenga una polución, se bañará y quedará impuro hasta la tarde. También la ropa o el cuero adonde haya caído el semen, se bañará y quedará impuro hasta la tarde. Si un hombre se acuesta con una mujer y tiene una polución, se bañarán los dos y quedarán impuros hasta la tarde" (Levítico 15,16-18).

De esto último los modernos gnósticos han sacado en conclusión que el derrame del semen es el mayor pecado que pueda existir, cuando en realidad sólo se habla de impureza legal, sin entrar en consideraciones de tipo moral.

LEVÍTICO

Todo el capítulo 18 del libro del Levítico está dedicado a leyes relacionadas con lo sexual. Lo que se busca no es simplemente prohibir, cuanto incitar al pueblo a la santidad de vida, rechazando las costumbres tanto de los egipcios, con quienes los israelitas habían convivido por espacio de más de cuatrocientos años, como de los cananeos y otras razas, que habitaban en la tierra a donde se dirigían los descendientes de Abraham en su peregrinación por el desierto.

De ahí que se invite al cumplimiento de los preceptos del Señor que dan vida al que los cumple.

La mayor parte de las leyes del capítulo 18 están relacionadas con el incesto, que como se sabe consiste en sostener el coito con personas consanguíneas o afines. Esto, posiblemente, tenía como fin obligar a la exogamia, ya que de lo contrario los lazos familiares quedarían siempre dentro de un círculo demasiado reducido.

En los versículos finales también se agregan otras prohibiciones que, de alguna manera, ya se han resaltado anteriormente, como no tener relaciones durante la menstruación, o mantener trato sexual con personas del mismo sexo o con animales.

Es curioso que en estos últimos casos se recalque su gravedad, agregando una expresión realmente dura. Así leemos en el versículo 22: "No te acostarás con un hombre como con una mujer. Es una abominación".

Y en el 23:

"No te acostarás con un animal. Quedarás impuro. La mujer no se ofrecerá a un animal para que la cubra. Es una depravación".

Por el énfasis que se pone en tales prohibiciones podemos deducir que estas cosas eran comunes entre los pueblos con quienes los israelitas debían mantener un trato frecuente, por lo que se trata de evitar que en el pueblo de Dios ocurran cosas semejantes.

Esto lo da a entender muy claramente la exhortación que aparece al final del capítulo que comentamos, al decir:

"Porque todas esas abominaciones las cometían los habitantes que les precedieron en la tierra, y la tierra quedó impura. ¡Que no los vaya a vomitar también a ustedes por haberla manchado, como vomitó a los pueblos que les precedieron! Porque todo aquel que cometa una de esas abominaciones será excluido de su pueblo" (versículos 27-29).

Démonos cuenta que por las descripciones del libro del Génesis se infiere que las costumbres de muchos pueblos antiquísimos no pudieron ser más depravadas en material sexual. Y aunque no podamos estar de acuerdo con un rigorismo rayano en el tabú, tampoco se puede aceptar que los hombres tengan al sexo como un fin en sí mismo, como si la vida sólo consistiera en procurarse el placer sexual del modo que sea.

Conociendo de sobra los peligros que pesaban sobre el pueblo de Israel a este respecto, Dios quiso evitar serias desviaciones que habrían invalidado, totalmente, el fin para el que se destinaba a aquel pueblo: preparar la venida del Salvador.

Por eso en el capítulo 19, versículo 2 se insiste: "¡Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo!" Esta es, en realidad, la suprema finalidad a la que debe conducir la ley. No a un simple prohibir, sino a conseguir que aquel pueblo se distinga por su conducta ejemplar, como corresponde al que ha sido elegido por Dios como su propio pueblo.

Ciertamente que en el trasfondo de la ley se descubre un acento humano, es decir, que se comprende que los destinatarios de la misma son seres limitados, y por eso se pasan por alto otras formas de relación extra-matrimonial que no conllevan la gravedad de las que taxativamente se prohíben.

Con todo, en el capítulo 19, versículo 29 se lee:

"No profanes a tu hija prostituyéndola. No se prostituya el país llenándose de depravación".

A pesar de ello, sabemos que la prostitución existía también entre los israelitas, y hoy los comentaristas suponen que la prostitución más condenable a sus ojos era la que se realizaba en los santuarios de dioses paganos, donde se mantenían relaciones sexuales como parte de los ritos religiosos.

NÚMEROS

Otras de las leyes relacionadas con lo sexual, por cierto una de las más curiosas, aparece en el libro de los Números. Se trata de los celos y cómo resolver el problema cuando un marido, que se considera engañado pero no tiene pruebas, puede condenar a su mujer.

Sería demasiado largo transcribir todo el pasaje, que el que desee puede leer en los versículos 11 y siguientes del capítulo 5. Lo cierto es que cuando algo así sucedía, fuera o no culpable la mujer, se hacía lo que luego se llamó "Juicio de Dios", lo que en la Edad Media se practicaría con el nombre de "Ordalía".

Se procedía a realizar diversas pruebas, suponiendo que Dios haría pasar con bien a la inocente, y mostraría claramente la que fuese culpable.

Un poco ingenuo, si queremos, pero era lo que más o menos hacían otros muchos pueblos en aquellos tiempos, como ha quedado más que probado sucedía en Asiria o Babilonia.

Una cosa que salta a la vista - y de la que ya hablé anteriormente -, es que se castiga mucho más severamente a la mujer, lo que demuestra que también el "machismo" estaba arraigado en el mundo antiguo y que tal proceder no es tan de los latinos como algunos han podido concluir un poco a la ligera.

DEUTERONOMIO

El Deuteronomio, o "segunda Ley", es el último de los cinco primeros libros de la Biblia.

Conteniendo numerosas leyes, algunas de ellas ya incluidas en los libros anteriores, no podemos menos de encontrarnos algunas que se relacionan con el sexo.

Trataré de entrasacar las que considere más originales a este respecto.

Así, en el capítulo 21, versículos 10 y siguientes, se nos habla de las cautivas de guerra. Si un soldado encontrase, entre las mujeres de un pueblo vencido en la guerra, a una que le gustase especialmente, podía llevarla a su casa, y sólo después de cumplimentar una serie de ritos durante un mes, podía tener relaciones con ella y hacerla su esposa. Pero, si al cabo del tiempo esa mujer dejare de gustarle, la podía dejar marchar, aunque se le prohibía venderla, ya que había sido su mujer.

A seguidas habla del hombre que teniendo dos mujeres (21,15-17) y queriendo a una más que a la otra, pero siendo el primogénito hijo de la menos querida, no por eso podía quitarle su derecho.

Curioso es lo que en el capítulo 22 se habla acerca de lo que hoy conocemos como trasvetismo. Versículo 5:

"La mujer no llevará artículos de hombre ni el hombre se vestirá con ropas de mujer, porque el que así obra es abominable para el Señor, tu Dios".

Es de suponer que por aquellos tiempos tal costumbre era utilizada entre depravados sexuales, y el legislador de la Biblia quiere evitar que esas formas penetren dentro del pueblo de Israel. No podemos, con todo, tomando este versículo al pie de la letra, deducir que con ello se condena la moderna costumbre de que la mujer use pantalones o algo por el estilo.

Lo que se quiere condenar es, expresamente, un uso malintencionado de prendas del otro sexo, ya que la ropa en sí misma no tiene ninguna importancia y será de un sexo u otro de acuerdo a las costumbres que se vayan imponiendo.

Como dije antes, el uso de prendas de vestir propias del otro sexo, con el fin de buscar excitación sexual, se conoce como "trasvetismo", y aunque no es algo frecuente, existe en determinado número de individuos, habiendo hasta "shows" en clubes exclusivos con gente de esta categoría.

En el mismo capítulo 22 se presenta el caso que, todavía hoy, se da con cierta frecuencia en algunos lugares: el marido que reclama que la mujer con la que se ha casado no es virgen. Claro que la única prueba que los padres de la esposa despreciada podrían presentar sería la posible sangre producto del rompimiento del himen. Estas son las pruebas que el Deuteronomio manda presentar (versículos 15-17) ante los ancianos de la ciudad: "Y extenderán la sábana ante los ancianos"

De todas maneras hay que suponer que simpre podría aparecer alguno cuya mujer no hubiese sangrado, lo que es muy posible según lo comprobado por la ciencia, llegando a afirmarse que esto ocurre en una cuarta parte de los casos. El problema es que si la falta de sangre no concluye que la mujer sea virgen, sí parece afirmarlo lo contrario.

Ni siquiera hoy, a pesar de los adelantos, es posible decidir sobre esta cuestión, como no sea certificando previamente la virginidad de la esposa. Y aun así se podrían encontrar casos más complicados, como aquellos en los que existe una ausencia total de himen en forma natural.

De todos modos, el legislador israelita concluye que si los padres prueban ante los ancianos de la ciudad que su hija sí era virgen, éstos deberán condenar al marido, por difamador, a pagar una multa y a quedarse con su mujer toda la vida, sin poderla despedir nunca jamás.

Lo más grave sucedía - y estos son fallos propios de una época de barbarie - cuando los ancianos consideraban que la denuncia era verdadera, o lo que es lo mismo, cuando los padres de la esposa no podían presentar prueba alguna, porque no aparecían rastros de sangre en la sábana.

La condenación para la mujer era morir apedreada, lo que nos induce a pensar que pudieron darse algunos casos de vírgenes que, por no haber sangrado su himen, fueron víctimas de la ignorancia y del machismo de sus esposos y de sus jueces.

Repito, a pesar del tiempo transcurrido, todavía hoy hay maridos que, no viendo sangre, estiman que han sido engañados, dando con ello mayor importancia al himen que a la persona misma de la mujer a la que han confesado su amor. Hay gente que, por lo visto, quieren disfrazar su egoísmo de cualquier manera.

Por último, el versículo 22 del capítulo 22 dice:

"Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos: el que se acostó con ella y la mujer. Así extirparás la maldad de ti".

Aunque consideremos bastante drástico este método para combatir las inmoralidades, en este caso al menos existe una total equidad, ya que es más común encontrar que a la mujer se le castigue con mayor severidad que al hombre.

No debemos olvidar que de acuerdo a la mentalidad bíblica, el matrimonio confiere derechos inalienables a los cónyuges, especialmente al varón, sobre el cuerpo del otro. Entregarse a prácticas sexuales con un tercero es una injusticia que se realiza en contra del cónyuge engañado, y por eso se extreman los rigores de la ley para evitar que cosas de esta naturaleza formen parte de la vida del pueblo de Dios.

En este mismo capítulo, versículo 23 se lee:

"Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo".

En este caso no se trata tampoco de un simple acto sexual, sino de la ofensa a un tercero, al que se le debe respeto porque ha obtenido derechos sobre aquella mujer, aunque sólo fuese su prometido.En este último caso se trata de una "joven prometida", lo que indica que no estaba casada, pero tampoco era verdaderamente soltera. Entre los israelitas el hecho de haber quedado "prometida" o "desposada" suponía que, legalmente, ya la mujer era como esposa, por lo que un acto sexual con tercero suponía el adulterio.

Por supuesto que en esta oportunidad se ha hecho la salvedad que la joven violada no pidió socorro estando dentro de un poblado, suponiendo con ello que de haberlo hecho seguramente no habría ocurrido nada.

A renglón seguido presenta el caso de otra que le ocurre lo mismo pero en un sitio donde gritar no le hubiera servido de nada. En tal situación sólo cabe la condena al violador, debiendo quedar absuelta la mujer.

Mucho menor es la pena si se tratase de una mujer soltera, como se indica en los versículos 28 y 29, ya que el hombre que se acostó con la joven dará a su padre cincuenta siclos de plata y tendrá que aceptarla como mujer por haberla violado, no pudiendo despedirla en toda su vida.

Esto último parece justo, aunque no sea lo más conveniente en todos los casos. Pero debemos contar con la mentalidad oriental de los israelitas, muy distinta de la nuestra.

Quiero decir con ello que si bien parece justo que un hombre "salve la honra" de la mujer que ha ofendido, casándose con ella, es muy posible que la que salga perdiendo sea la propia joven a la que se pretende defender, ya que, además de tener que sufrir la deshonra de una violación, tendrá que soportar a aquel hombre como marido aún en el supuesto caso de que no sienta ningún amor por él. Lo más probable es que sus sentimientos sean todo lo contrario.

Pese a lo dicho anteriormente sobre la diferencia de mentalidades, hoy se encuentran padres que si saben que una de sus hijas ha sido violada, son capaces de ir a buscar al culpable y obligarlo a casarse con ella a punta de pistola.

Creo que si legalmente este gesto puede tener algún valor, sobre todo en aquellos lugares donde la virginidad es todavía un requisito necesario para que un hombre acepte casarse con una mujer que ha permanecido soltera, hay que evitar en absoluto que tal matrimonio se contraiga por la Iglesia, ya que se supone que lo que se busca es un simple "lavado de la ofensa" y no que permanezcan casados, como era requisito en la letra del Deuteronomio.

Es posible que el legislador israelita no contara con la voluntad de la víctima, ya que por aquellos tiempos era frecuente que la mujer aceptase sin discutir las decisiones de sus mayores.

En el siguiente capítulo, el 23, siguen algunas otras leyes relacionadas con lo sexual.

En el versículo primero leemos:

"No tomará nadie a la mujer de su padre, no descubrirá lo que es de su padre".

Con ello no se está haciendo referencia, necesariamente, a la esposa legítima, sino hasta las concubinas. El término "descubrirá lo que es de su padre" se refiere al manto cobertor que los israelitas usaban para dormir. Se supone que al descubrir un ángulo de dicho manto uno expresaba la intención de tener intimidad sexual.

Esta ley, ciertamente, busca alejar del incesto, pecado que se define como la relación sexual entre parientes próximos. Aquí, si bien se indica la prohibición, no se habla de ninguna pena especial. Sólo después, en el capítulo 27, versículo 20, se dirá: "¡Maldito quien se acueste con la mujer de su padre!"

Es posible, sin embargo, que aparte de ser considerado como un delito de mayor envergadura, también al hijo adúltero le caía la condenación del capítulo 22,22 que condena a muerte a ambos adúlteros.

El incesto, desde luego, se daba también en otras culturas. Asi dirá Pablo en su primera carta a los Corintios:

"Se oye hablar entre nosotros, como si nada, de un caso de inmoralidad, y una inmoralidad de tal calibre que no se da ni entre paganos: uno que vive con su madrastra. ¡Y ustedes siguen engreídos en lugar de ponerse de luto y echar de su grupo al que ha cometido eso! Por lo que a mí toca, ausente con el cuerpo, pero presente en espíritu, ya he tomado una decisión, como si estuviera presente, respecto al que ha hecho eso; reunidos ustedes - y yo en espíritu - en nombre de nuestro Señor Jesús, con el poder de nuestro Señor Jesús, entreguen ese individuo a Satanás: humanamente quedará destrozado, pero la persona se salvará el día del Señor" (5,1-5)

Pablo, un israelita profundamente instruido en la ley, conoce las durezas de sus prescripciones, y no quiere que entre los cristianos sea diferente. Casos como ése hay que evitarlos - parece decir - a toda costa.

PROVERBIOS

Los libros que corresponden al Antiguo Testamento de la Biblia, aparte del Pentateuco o Torá, han sido divididos en tres clases: históricos, proféticos y morales. A estos últimos pertenece el libro de los Proverbios, atribuido a Salomón, aunque no existe un consenso general a este respecto.

En Proverbios encontramos varias alusiones al tema sexual. En varias ocasiones se refiere el libro sagrado a las rameras o prostitutas, a las que siempre se tilda de mujeres peligrosas, lo mismo que en otros libros de la Biblia.

Alguien dijo que la prostitución es una de las "profesiones" más antiguas, y aunque esto no pueda ser totalmente verificado, si podemos comprobar que ya se conocía en la más lejana antigüedad.

Por de pronto, en Proverbios 2,16 se dice que "para librarte de la ramera, de la prostituta que halaga con sus palabras, hay que tener la sensatez que sólo Dios puede darnos".

En los versículos siguientes se describe a la prostituta como la que abandonó al esposo, olvidó a Dios, para hacer caer a otros en el abismo.

Una nueva alusión a la prostituta se hace "in extenso", en el capítulo 5. Allí se le dedican catorce versículos para demostrar que a pesar de que los labios de la ramera destilan miel y su paladar es más suave que el aceite", lo mejor es alejarse de ella si no se quiere perder la juventud, la fortuna y hasta la vida misma.

Como contraposición a las relaciones con prostitutas se elogia la vida matrimonial, a la que se dedican los siguientes nueve versículos. Es decir que todo el capítulo 5 de Proverbios es una presentación de las dos caras de una misma moneda: la prostitución y el matrimonio. Sólo en el segundo se puede encontrar la felicidad ya que es el camino que agrada a Dios.

En esos versículos podemos notar un elogio al goce sexual entre los esposos - lo que en algunas épocas fue visto como pecaminoso - ya que, entre otras cosas dice: "...goza con la esposa de tu juventud: cierva querida, gacela hermosa, que siempre te embriaguen sus caricias y continuamente te deleite su amor".

A renglón seguido volverá a insistir en la necesidad de apartarse del trato con la ramera, lo que significa perdición.

Un poco más adelante se hace mención del adulterio, en el capítulo 6, sin dejar de mencionar nuevamente a la ramera y a la mala mujer. Esta última se entiende que es la mujer casada, cuyo trato es peligroso porque es como jugar con fuego. Así se pregunta:

"¿Podrá uno caminar sobre ascuas sin quemarse los pies? Pues lo mismo es el que se junta con la mujer del prójimo, y el que la toca, no quedará impune" (6,27-29).

En el versículo 32 de ese mismo capitulo insiste: "El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo", haciendo referencia a los líos en que suelen meterse aquellos que andan tras mujeres ajenas.

El capítulo 7 está destinado a describir, en una forma poética de innegable belleza, la estrategia seductora que utiliza la adúltera. Extraigo algunas palabras que el autor pone en boca de la mujer que trata de convencer a un joven inexperto: "Ven, vamos a embriagarnos de caricias, a saciarnos de amores; porque mi marido no está en casa, ha emprendido un largo viaje, tomó la bolsa del dinero, y hasta la luna llena no volverá a casa".

Con palabras así logra seducirlo, y "el infeliz se va detrás de ella como buey al matadero, como ciervo que se enreda en el lazo, hasta que una flecha le desgarra el flanco, como pájaro que vuela a la trampa sin saber que le va la vida".

Si en estos primeros siete capítulos hemos visto diversas alusiones al tema sexual, es curioso que en los veinticuatro capítulos restantes apenas se dediquen breves frases a la ramera o a la adúltera, lo que puede ser un buen signo de que Proverbios no es obra de un solo autor.

Algo que se deja ver claramente es que, sin excusar a la prostituta, se le considera menos culpable que la casada infiel, ya que la primera trata de encontrar lo que necesita a cambio de los placeres que ofrece, mientras que la otra sólo busca satisfacer sus apetitos carnales.

Toda la exposición de los capítulos 5,6 y 7 de Proverbios tiene un fin eminentemente didáctico. Se trata de apartar a los jóvenes del mal y hacerles ver los peligros a los que se exponen con el trato de mujeres a las que no se ama, sino que se persiguen para unos momentos de placer.

Aunque el Decálogo de Exodo 20 prohibe terminantemente el adulterio, no hace referencia directa a algunas formas de relación sexual que fueron luego tenidas como pecaminosas. El autor de Proverbios insiste más bien en las consecuencias físicas, morales o sociales que pueden sobrevenir a los que se apartan de la verdadera sabiduría, sin echar mano de ningún tipo de castigo ulterior a esta vida. Con todo, se supone que sus enseñanzas son una pauta generalmente aceptada en el pueblo de Israel, en el que la prostitución fue introducida principalmente por los extranjeros.

No debemos olvidar que por esas épocas la corrupción moral era cosa frecuente, y en otros pueblos fuera del israelita se daba muy poca importancia a lo sexual, que era tenido como una fuente de placer sin que mediase ningún tipo de responsabilidad.

Sólo en el Nuevo Testamento podremos ver alusiones directas y concretas a una moral sexual propiamente dicha, aunque posteriormente se añadiesen conceptos y formas de interpretación que llegaron a convertir al sexo en el gran culpable de todos los males de la humanidad, cosa que está muy lejos de la mente de los autores de la Biblia.

ECLESIÁSTICO

El Eclesiástico es otro de los libros considerados morales o sapienciales, y fue llamado así por el abundante uso que hizo de él la Iglesia desde los primeros tiempos, pero que se podría titular mejor la Sabiduría de Ben Sirá.

Como los Proverbios, este libro es una larga serie de sentencias rebosantes de sabiduría, escritos en forma poética. Sin embargo nada se sabe con certeza de su autor ni de la época en la que fue redactado.

Los textos originales hebreos se perdieron a principios de la era cristiana, usándose más bien sus traducciones griega y latina. Más tarde se encontraron algunos manuscritos hebreos, pero no lograron sobrevivir sino por partes, de modo que actualmente sólo se posee algo más de dos tercios de los textos originales.

Entrando en la materia que nos ocupa diremos que este libro dedica varios párrafos al tema sexual, siguendo más o menos la tónica general de los sapienciales, que es moralizante ( de ahí que también se les llame libros morales).

Veamos, por ejemplo, el capítulo 9, versículos 1 al 9:

"No seas celoso de tu propia mujer, no le enseñes a obrar mal contra ti; no tengas celos de la mujer que amas, y no te pisoteará; no te acerques a mujer ajena, y no caerás en sus redes; no intimes con la ramera, y no te cazará en sus lazos; no trates con la que canta coplas, y no te quemarás en su boca; no te fijes demasiado en la doncella, y no te entramparás por su causa; no te enredes con la ramera, y no le cederás tu fortuna: sus miradas te enloquecerán y te arruinarás con tu casa. Cierra los ojos ante la mujer hermosa y no te fijes en belleza que no es tuya; por las mujeres se han perdido muchos, y su amor abrasa como fuego; con mujer casada ni comas ni te sientes con ella a beber, porque te arrastrará el corazón y dará con tu vida en la fosa".

Podemos darnos cuenta de que, como en casi todos los libros del Antiguo Testamento, en lo que más insiste el autor es en evitar las mujeres casadas y las rameras. Lo primero por un estricto sentido de justicia, ya que se suponía que el adulterio era lo más parecido al robo. Esto significa que no se trata de mirar el asunto desde un punto de vista estrictamente sexual, sino salir en defensa de la estabilidad conyugal tan necesaria para el recto equilibrio de la sociedad.

Algo parecido ocurre con el trato de las prostitutas, a quienes se considera un peligro para la propia seguridad social, ya que pueden hacer que un hombre pierda la cabeza - como ha ocurrido tantas veces - y se convierta en un ser arruinado espiritual y materialmente.

Muy bonito, por otra parte, el consejo con que comienza el párrafo acerca de los celos. Completamente acorde con la sicología mo-derna, ya que los celos sólo pueden destruir el amor y la unidad matrimonial.

Vuelve a insistir en el tema de las prostitutas en el capítulo 19, aunque agregando, esta vez, el vicio del alcóhol, que era - y sigue siendo - una de las desgracias humanas:

"Quien se da a la bebida, no se hará rico... Vino y mujeres extravían a hombres inteligentes, el que anda con prostitutas se vuelve descarado; podre y gusanos se apoderarán de él, y su descaro será aniquilado" (2-3).

Un poco más amplios resultan algunos versículos del capítulo 23 donde se extiende la condenación del sabio a toda lujuria incontrolada, aunque siempre manteniendo el énfasis en la infidelidad conyugal:

"Dos clases de hombres multiplican pecados y una tercera provoca la cólera de Dios: el sensual que arde como fuego, no se apagará hasta consumirse; el que fornica con una pariente, no acabará hasta consumirse; el lujurioso que encuentra dulce cualquier pan, no parará hasta que el fuego lo consuma. El que es infiel al lecho matrimonial, diciéndose: ¿quién me ve?, la oscuridad me rodea, las paredes me encubren, nadie me ve, ¿por qué temer? el Altísimo no tendrá en cuenta mis pecados... Lo mismo que la mujer que abandona al marido y engendra un heredero de un extraño: en primer lugar desobedece la ley del Altísimo; en segundo lugar, ofende a su marido; en tercer lugar se prostituye en adulterio y engendra hijos de un extraño..." (16-23).

Este texto, sin decirlo claramente, sí insinúa la necesidad de controlar los apetitos carnales, pues los excesos de la lujuria, como todo abuso en contra de las leyes divinas puestas en la naturaleza, traen consecuencias perniciosas.

No podemos dejar de observar que en muchos de los párrafos de los libros bíblicos se transmite la tendencia antifeminista de su tiempo, en el sentido de considerar a la mujer sometida al hombre, a quien debe agradar y servir. Esto vendría a ser la vara para medir las bondades femeninas, de ahí que se diga: "Dichoso el marido de una mujer buena: se doblarán los años de su vida. La mujer hacendosa hace prosperar al marido, él cumplirá sus días en paz. Mujer buena es un buen partido que recibe el que teme al Señor: sea rico o pobre, estará contento y tendrá cara alegre en toda sazón" (26,1-4).

Por otro lado - y esto encierra ciertamente una gran dosis de verdad - se destaca la gravedad del mal en la mujer, lo que se considera un desastre peor que la maldad en el hombre: "ninguna maldad como la de la mujer, ninguna pelea como las de las rivales, ninguna venganza como las de las émulas; y no hay veneno como el de la serpiente ni hay cólera como la de la mujer; más vale vivir con leones y dragones que vivir con mujer pendenciera" (25,13-16).

Y así sigue en varios capítulos con frases por el estilo.

Creo que no podemos negar que, aparte de esa clara tendencia de toda la Antiguedad a despreciar a la mujer, el Eclesiástico dice verdades como puños y hace afirmaciones sobre la mujer que resisten cualquier análisis científico moderno.

Debemos recordar que si bien los libros de la Biblia han sido inspirados por Dios, no por ello tenemos que suponer que esto consiste en un dictado al pie de la letra, sino que queda al autor humano del texto sagrado una gran dosis de libertad, influida ésta, ciertamente, por el ambiente, las costumbres y creencias de su tiempo.

No podemos extrañarnos, por ello, de que también los autores de la Biblia hayan dejado traslucir sus propios pesimismos, sentimientos y preferencias, incluyendo la extendida manera de proceder de los hombres con las mujeres.

De todas maneras, esto no significa que falte un halo de respeto, pues en definitiva, los judíos estaban conscientes de que, ante Dios, hombre y mujer son iguales, y los dos sexos corresponsables ante el Creador de poblar la tierra y someterla.

CANTAR DE LOS CANTARES

Cualquier mojigato se escandalizaría de que, entre los libros de la Biblia, aparezca uno como el "Cantar de los Cantares". Sin embargo, no debemos olvidar que el amor, todo amor, cuando es verdadero, tiene su fuente en Dios.

Algunos estudiosos preferirían que el libro se llamase "El mejor Cantar" o "El más bello Cantar", pero el título "Cantar de los Cantares" ha llegado hasta nosotros desde que se comenzaron a utilizar las primeras versiones bíblicas en castellano y así es más conocido.

Pese a que su autor no desdeña usar frases y expresiones con un sentimiento obvio, nada hay en él que pueda ser considerado sucio u obsceno. Por el contrario, este librito es delicioso cuando se lee con ojos limpios. Así debe ser leída, en realidad, la Palabra de Dios.

Los críticos consideran el "Cantar de los Cantares" como una colección de poemas o cantos de amor, de autor desconocido, pero que hace gala de un sentido magnífico, tanto que se puede considerar como una preciosa joya de la literatura hebrea.

Se supone que sean diálogos de amor entre dos recién casados. En sus palabras se entremezclan los suspiros de un alma apasionada con expresiones de deseo que todo el ser siente por la persona amada.

Adentrándonos en el libro vemos ya que en el mismo versículo dos del primer capítulo prorrumpe ella: "¡Que me bese con besos de su boca! Para seguir: ¡Ah, llévame contigo, sí, corriendo, a tu alcoba condúceme, rey mío: a celebrar contigo nuestra fiesta y alabar tus amores más que el vino!"

Sigue luego en los siguientes versículos, un diálogo precioso lleno de sabor bucólico que recuerda el ambiente pastoril de los hebreos. También hay alusiones a la flora y fauna, como cuando ella dice (vers.14): "Mi amado es para mí como un ramo florido de ciprés de los jardines de Engadí", para luego replicar (vers.15): "Tus ojos son palomas", y más adelante (2,2): "Azucena entre espinas es mi amada entre las muchachas", para que ella responda (2,3): "Manzano entre los árboles silvestres es mi amado entre los jóvenes".

En el mismo capítulo segundo siguen unos bellos cantos que muy bien podrían servir a los enamorados de hoy - con música adecuada - para dar buenas serenatas. Así (2,13-14):

"¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí! Paloma mía que anidas en los huecos de la peña, en las grietas del barranco, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz, porque es muy dulce tu voz y es hermosa tu figura".

O este bello nocturno del capítulo 3, 1-4:

"En mi cama por la noche, buscaba el amor de mi alma:

lo busqué y no lo encontré.

Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y las plazas

buscando el amor de mi alma;

lo busqué y no lo encontré.

Me han encontrado los guardias que rondan por la ciudad:

- ¿Visteis el amor de mi alma?

Pero apenas los pasé encontré el amor de mi alma: lo agarré y ya no lo soltaré, hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me llevó en sus entrañas".

Ya en el capítulo cuarto se deslumbra él con el descubrimiento del cuerpo de la amada, que va describiendo con bellísimas comparaciones como "tu pecho es un rebaño de cabras descolgándose por las laderas de Gallad" (vers. 1), o "son tus dientes un rebaño esquilado recién salido de bañar".

No aconsejo a ningún enamorado, por supuesto, que se ponga a copiar estas bellas expresiones para lanzárselas en la cara a su amada, pero no estaría mal que entre ambos leyesen estos hermosos versos, especialmente si están bien traducidos.

Veamos por ejemplo, este bellísimo poema que nos regala el capítulo 5:

"Estaba durmiendo, mi corazón en vela,
cuando oigo a mi amado que me llama:
Abreme, amada mía, mi paloma sin mancha,
que tengo la cabeza cuajada de rocío,
mis rizos, del relente de la noche.
Ya me quité la túnica,
¿cómo voy a ponérmela de nuevo?
Mi amor mete la mano por la abertura:
me estremezco al sentirlo,
al escucharlo se me escapa el alma.
Ya me he levantado a abrir a mi amado:
mis manos gotean perfume de mirra,
mis dedos mirra que fluye
por la manilla de la cerradura.
Yo misma abro a mi amado;
abro, y mi amado se ha marchado ya.
Lo busco y no lo encuentro; lo llamo y no responde.
Me encontraron los guardias que rondan la ciudad.
Me golpearon e hirieron,
me quitaron el manto los centinelas de las murallas.
Muchachas de Jerusalén, os conjuro
que si encontrais a mi amado
le digais..., ¿qué le direis?...
Que estoy enferma de amor" (5,2-8).

Como vemos, hasta hay su poco de coquetería, de negar y querer, algo tan típico femenino. Pero también el rechazo del hombre y la búsqueda infructuosa. De modo que el autor no sólo muestra sus grandes dotes de poeta sino que hace gala de profundos conocimientos de sicología.

La descripción que ella hace del cuerpo del amado rivaliza con la que antes hiciera él del cuerpo de la amada. Y siempre con comparaciones tomadas del ambiente pastoril y campesino de los vecinos de Palestina.

En el mismo capítulo 5 ella compara los ojos de él como a "dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca", y a sus piernas como "columnas de mármol apoyadas en plintos de oro", pero también habla de que "es muy dulce su boca, todo ella pura delicia" (vers. 12,15,16).

Más sensual, si se quiere, es la descripción que de ella hace el coro en el capítulo 7:

"Tus pies hermosos en las sandalias, hija de príncipes;
esa curva de tus caderas como collares, labor de orfebre;
tu ombligo, una copa redonda, rebosando licor,
y tu vientre, montón de trigo, rodeado de azucenas;
tus pechos, como crías mellizas de gacela;
tu cuello es una torre de marfil..." (2,5a).

El, quizás invitado por el coro, se muestra más expresivo:

"Tu talle es de palmera; tus pechos, los racimos.
Yo pensé: treparé a la palmera a coger sus dátiles;
son para mí tus pechos como racimos de uvas;
tu aliento, como aroma de manzanas" (vers.7,8 y 9).

Pero ella no se queda atrás y contesta:

"Yo soy de mi amado y él me busca con pasión.
Amado mío, ven, vamos al campo,
al abrigo de enebros pasaremos la noche,
madrugaremos para ver las viñas,
para ver si las vides ya florecen,
si ya se abren las yemas
y si echan flores los granados,
y allí te daré mi amor..." (11-13).

Siendo Dios amor, como lo define san Juan en su primera carta, no es raro que en la Biblia, la Palabra escrita de Dios, se dedique todo un libro a cantar al amor. Amor de hombre y de mujer; amor de dos que se desean y buscan saciarse, el uno en el otro, todos los anhelos del corazón; amor que es reflejo de Dios porque lo ha creado.

EVALUACIÓN

En todo lo dicho anteriormente he tratado de analizar el lugar que ocupa el sexo en los libros del Antiguo Testamento, para adentrarme, quizás más tarde, en el estudio del mismo tema dentro del Nuevo Testamento.

No quedaría completo, sin embargo, lo dicho hasta aquí, si no se hiciera una especie de evaluación de lo que el sexo significa en el Antiguo Testamento, y eso es lo que me propongo ahora.

Una cosa queda clara desde el principio: el sexo es creación de Dios. La idea original divina es que el hombre y la mujer se complementen y lleguen a su realización personal en pareja, aportando cada uno su propio esfuerzo.

Esto será especialmente necesario para lograr la educación y adecuada preparación de los hijos, que han de recibir de los padres no sólo ejemplos, sino también estímulos y ayudas en los primeros años de la vida.

Este designio original fue frustrado prontamente por la soberbia humana que, rebelándose en contra del Creador, desvió los fines propios del sexo para convertirlo, egoístamente, en un puro instrumento de placer.

El hombre rompió el equilibrio puesto por Dios para la pareja. Utilizando su mayor fuerza y habilidad manual doblegó a la mujer, convirtiéndola no ya en la compañera que Dios le había dado, sino en una verdadera esclava que debía estar siempre dispuesta a servir sus caprichos.

Por esa razón el hombre no se mantuvo fiel al principio monogámico, sino que prontamente optó por el libertinaje en esta materia, sin que la mujer hiciera poco o mucho para evitar su condición oprimida.

Ni siquiera en el pueblo elegido de Dios, constituido por los descen-dientes de Abraham, se pudo lograr un comportamiento diferente. Los israelitas varones se arrogaron el derecho de ser ellos los jefes naturales del hogar, dejando a la mujer una participación secundaria en las tareas de la comunidad.

Esto se va a reflejar en algunos detalles; la circuncisión sería exigida solamente a los hombres como señal de pertenencia al pueblo de Israel, sin que hubiera ningún rito equivalente para la mujer. Será el hombre el que decida dar libelo de repudio a su esposa si así lo creyere conveniente, pero la mujer no disfrutaría del mismo derecho. Luego de la existencia de la obligación de ir a Jerusalén en tres ocasiones al año, esto sólo se vuelve una exigencia para los hombres, ya que las mujeres podían ir si querían, pero la Ley prácticamente las ignora. Sabemos que en la sinagoga sólo tenían derecho a hablar los hombres, mientras ellas debían sentarse atrás y guardar silencio.

Podríamos agregar otros datos a esta lista, pero con lo dicho es suficiente. Lo cierto es que por el tiempo del nacimiento de Jesús la mujer no gozaba, ni siquiera en el pueblo de Israel, de una situación muy halagüeña.

En general, los únicos que decidían eran los hombres, que a su propia manera hacían la historia. La mujer estaba hecha para trabajar y dar hijos al hombre, sin que siquiera esto le mereciera muchas consideraciones.

El Antiguo Testamento refleja las costumbres de los diversos tiempos en que sus numerosos libros fueron redactados. Así salen a relucir la prostitución, incluyendo la sagrada - que se estilaba en muchos templos paganos -, el adulterio, la homosexualidad, la bestialidad y algunas otras desviaciones que parece eran comunes entre los gentiles o paganos, sobre todo en las ciudades más pobladas.

Para apartar a los israelitas de estas costumbres depravadas que eren frecuentes entre sus vecinos, notamos que las leyes son bastante rigurosas, al extremo de que el adulterio, sobre todo el de la mujer, es condenado con la pena máxima. Otros pecados parecidos son castigados también en grado extremo.

Ni que decir tiene que el Antiguo Testamento nos presenta a uno de los pueblos más cultivados en materia espiritual, aunque no vayamos a creer por ello que se trataba de un pueblo de santos. No es el objetivo de los diversos libros darnos una visión equivocada.

Por el contrario, aún los más grandes personajes del pueblo de Dios son presentados tal cual, con todas sus virtudes y defectos, sin que se ande con tapujos sobre sus actividades en materia sexual.

Así se narran las aventuras de David o las de Salomón, y se consigna el número de mujeres que tuvieron los distintos reyes, tanto de Judá como de Israel, y eso sin ofrecer prácticamente ningún juicio moral. Se tenía como cosa normal que un rey tuviera varias mujeres. El gran pecado era la idolatría y se condena a los que, por culpa de mujeres extranjeras, pervirtieron sus corazones yéndose tras dioses falsos.

Puede afirmarse que el sexo es tratado en todo el Antiguo Testamento sin considerarlo un tabú, sino una actividad que debe estar regida, eso sí, por el amor, como un ideal, y enmarcada dentro del legítimo matrimonio.

Se nota en algunos casos cierta condescendencia con algunas transgresiones que no implican mayor trascendencia.

Quizás por ello se muestre tan severo con respecto al adulterio femenino, al que todavía hoy se le reconocen ciertos aspectos que lo hacen mucho menos deseable, sin que ello signifique que el hombre deba tener el derecho a hacer lo que la mujer no puede. Al adulterio masculino se le podría considerar un mal menor, aunque siempre un mal.

Con todo, hubo épocas en que la bigamia era legítima dentro de la manera de entender las leyes divinas, y asi lo reflejan varios de los libros del Antiguo Testamento. En la época de Jesús notamos que ya existe una depuración, con una marcada tendencia a la monogamia, aunque siempre con el reconocimiento de que el hombre podía hacer uso del derecho al repudio si encontraba que la mujer no reunía las cualidades suficientes que la hicieran una digna compañera.

Muchas de esas costumbres y licencias van a encontrar una nueva explicación en la predicación de Jesus, lo que marcará indefectiblemente todo el Nuevo Testamento con un sello propio.

Sin analizar con detalle lo que al sexo se refiere en el Nuevo Testamento, quiero hacer un comentario somero de este tema, en espera de realizar algo más amplio en un futuro.

LOS EVANGELIOS

El Nuevo Testamento es el complemento cristiano al canon de los libros sagrados usados tradicionalmente por los judíos, que son considerados por ellos - y también por los cristianos - como la Palabra escrita de Dios.

Los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento son los llamados "Evangelios", que escritos por dos apóstoles y dos discípulos, nos transmiten los hechos más importantes de la vida de Jesús, aparte de sus enseñanzas más valiosas.

No sólo con respecto al sexo, sino a toda actividad humana, se puede notar que existe en la doctrina del Hijo de Dios una nueva visión, una óptica totalmente diferente. Tanto que El mismo recalca en varias oportunidades que "a ustedes se les dijo... pero yo les digo ahora..."

No hay, sin embargo, una sola frase en los cuatro evangelios que denote una condena del sexo, y los pecados sexuales son tratados con bastante comprensión. Eso sí, se abre un camino nuevo en la forma de ver no sólo la actividad sexual, sino también la posibilidad a una renuncia de la misma.

Por de pronto tanto el precursor Juan el Bautista, como el propio Jesús, fueron célibes, y así se destaca, cosa que no era frecuente entre los judíos, a no ser entre los miembros de algunas sectas, como la de los esenios.

Por otro lado, el nacimiento de Jesús fue virginal, lo que no significa en modo alguno una condenación al sexo legítimo, sino una manera de recalcar la filiación divina del Mesías,

que no necesitó de padre humano, aunque sí tuvo una madre como cualquiera que posea nuestra humana naturaleza.

Mucho se ha discutido sobre si María había hecho un voto de castidad previamente, ya que, cuando un ángel le anunció que iba a ser madre, se extraña de la posibilidad de la concepción, respondiendo que "no conozco varón".

Me inclino personalmente a creer que ella, que estaba desposada con José, pensaba casarse normalmente cuando llegara el tiempo acostumbrado. Como el ángel le anuncia que la concepción va a ocurrir de inmediato, María, que sabe que faltan algunos meses para su boda, tiene motivos suficientes para extrañarse (ver Lucas, capítulos 1 y 2).

Ciertamente Jesús enseña que son "dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mateo 5,8) y que "les han dicho: No cometerás adulterio. Pues yo les digo: Todo el que mira a una mujer casada excitando su deseo por ella, ya ha cometido adulterio en su corazón" (Mateo 5,28).

Más adelante afirmará: "Se mandó también: El que repudia a su mujer que le dé acta de divorcio. Pues yo les digo: Todo el que repudia a su mujer, fuera del caso de unión ilegal, la empuja al adulterio, y el que se case con la repudiada comete adulterio" (Ver Mateo 5,27 y siguientes).

No se trata, como dirá él, de suprimir sino de perfeccionar. Por eso cuando unos fariseos le preguntan si le está permitido a uno repudiar a su mujer por cualquier motivo, él responderá: "-¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra, y dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos un solo ser. De modo que ya no son dos, sino un solo ser; luego lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre" (Mateo 19,4-6).

Cambia totalmente, con estas palabras, el hasta entonces aceptado modo de obrar judío por el cual la mujer tenía que aceptar a su marido, pero éste podía, si en un momento dado no estaba conforme con su consorte, echarla sin ningún escrúpulo. Para que tuviese un carácter legal se le entregaba el llamado "libelo de repudio".

Y cuando sus oyentes le insisten en el asunto y le preguntan el por qué entonces Moisés prescribió lo del acta de divorcio él afirma tajantemente:

"- Por lo incorregibles que son ustedes, por eso les consintió Moisés repudiar a sus mujeres, pero al principio no era así. Ahora les digo que si uno repudia a su mujer - no hablo de unión ilegal - y se casa con otra, comete adulterio" (Mateo 19, 8-9).

No es fácil, por tanto, la doctrina de Jesús sobre este particular. Exige mucho más que Moisés y hasta llega a elogiar a los que, por amor al reino de los cielos están dispuestos a la renuncia total de la actividad sexual, como vemos en Mateo 19,11-12.

Con todo, Jesús se muestra siempre muy comprensivo con los pecadores, sobre todo si sus culpas tienen que ver con el sexo. Así perdona a la pecadora que aprovecha su presencia en casa de un fariseo para llorar a sus pies (Lucas 7,36).

Salva a una adúltera de morir apedreada (Juan 8,2) y comprende a la samaritana que le confiesa que ha tenido cinco maridos (Juan 4,18).Con todo, a la primera le recuerda que no debe volver a pecar.

El no ha venido a condenar sino a salvar. Por eso, mientras enseña el ideal y nos invita a alcanzar la perfección del Padre, como conoce profundamente el corazón del ser humano y sus grandes limitaciones, está dispuesto a perdonar a todo el que de veras busca la salvación.

Es curioso que, pese a la supervaloración de los pecados sexuales en el cristianismo posterior, cuando Jesús habla del juicio final en ningún momento alude a ellos, lo que no significa, ni mucho menos, que El permita el libertinaje en esta materia.

Lo que eso quiere decir es que la principal fuente del conocimiento de la doctrina cristiana, que son los evangelios, en ningún momento presenta el sexo como un monstruo, ni los pecados sexuales como el peor de los males. Se enseña el control del mismo, dentro del marco del matrimonio, pero el tema del sexo ocupa realmente pocas páginas en los evangelios, lo que induce a pensar que el Divino Maestro nunca tuvo la intención de hacer del mismo un valor preponderante ni un motivo constante de censura.

A los discípulos se les exige una visión nueva del mundo, una conversión que implica un cambio real de la vida. Para los paganos, sobre todo, el sexo era instrumento de un placer desenfrenado y egoísta. Al reducir el marco natural de la actividad sexual al amoroso intercambio entre los que han contraído legítimo matrimonio, Jesús está condenando el libertinaje sexual, obstáculo normal al ejercicio del verdadero amor y a la vida de santidad y consagración a Dios propia del discípulo.

Pero Jesús sabe también comprender al ser humano en su justa dimensión y, por ello, mientras le presenta el ideal, le muestra el camino del arrepentimiento cuando sus fuerzas hacen crisis y no consigue mantenerlo.

El mensaje del Evangelio sobre el sexo es diáfano: Un regalo de Dios que sólo usan correctamente los que aman y, sin egoísmo, se entrega el uno al otro en el compromiso matrimonial. Lo que no deja de ser un ideal que, bien llevado, ahorraría muchos sufrimientos y lágrimas, si todos fuesen capaces de buscar la gracia de Dios para conseguirlo.

SAN PABLO

Si las referencias al sexo en los cuatro evangelios son realmente escasas, más lo son en la mayoría de los restantes libros del Nuevo Testamento.

Nada se dice de ello en los Hechos de los Apóstoles. Ni siquiera una ligera insinuación sobre el tema. El asunto pasa totalmente desapercibido, en esta ocasión, para su autor, san Lucas.

Quien en todo el Nuevo Testamento habla más del sexo y los problemas que a ello atañen es san Pablo.

Es este apóstol el que asume las posiciones más duras, lo que no significa en modo alguna que tengan que ver solamente con su manera privada de pensar ni con su propia personalidad.

Por supuesto que no es posible que una persona, por muy consagrada a Dios que se encuentre y muy inspirada por el Espíritu Santo, deje de reflejar en sus opiniones y enseñanzas los resabios de su formación y las limitaciones de su humana sicología. Siempre podríamos, por lo mismo, encontrar en los escritos de Pablo algunas formas de pensar que no tienen que ser tomadas, necesariamente, como dogmas de fe.

Pablo era un hombre de su tiempo, lógicamente, y reacciona frente a los problemas de una manera peculiar. No olvidemos que era judío, fariseo y que, luego de una época en que se dedica a perseguir a los cristianos - precisamente por su carácter impetuoso e inflamado - se convirtió en un ferviente apóstol de Jesucristo.

Todo esto lo digo como preámbulo al estudio que intentaré sobre el pensamiento de san Pablo en torno a la cuestión sexual, ya que es muy difícil sacar conclusiones sensatas si no comprendemos la situación peculiar en que vivió este gran divulgador del mensaje del Evangelio.

La primera referencia paulina al sexo aparece en la primera de sus cartas - según el orden comúnmente aceptado, que no es necesariamente el cronológico - que es la dirigida a los Romanos.

Se trata de una constatación de la vida que llevaban los paganos en la antigua Roma:

"Por eso, abandonándolos a sus deseos, los entregó Dios a la inmoralidad, con la que degradan ellos mismos sus propios cuerpos, por haber sustituido ellos al Dios verdadero por uno falso... Por esa razón los entregó Dios a pasiones degradantes; sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras innaturales, y los hombres lo mismo; dejando las relaciones naturales con la mujer, se consu-mieron de deseos unos por otros; cometen infamias con otros hombres, recibiendo en su persona el pago inevitable de su extravío..." (1,24-27).

Este párrafo habla claramente de las relaciones homosexuales que habían llegado a ser harto frecuentes en los ambientes paganos de aquella época y que Pablo atribuye a esa falta de conocimiento del verdadero Dios y de la doctrina de Jesús.

Nadie duda de que en esto tiene razón, porque aun cuando encontramos personas religiosas que puedan padecer algunas desviaciones sexuales, es cierto que la inmoralidad propia del que vive ausente de toda idea de Dios le lleva por caminos extraviados.

Pablo no se limita a constatar una realidad tangible de su tiempo, sino que afirma sin ambages que las relaciones sexuales naturales son las que se realizan entre hombre y mujer, y que los actos homosexuales constituyen una infamia.

¿Podríamos pedirle a Pablo que fuera menos severo?

Creo que sólo ahora, dado el desarrollo de las ciencias sicológicas, estamos en capacidad para tratar de comprender la homosexualidad, sin que por ello tengamos que justificar las actividades homosexuales. Por supuesto que el apóstol mirará como una infamia otras muchas cosas que nada tienen que ver con el sexo.

Las costumbres depravadas que proliferaban por todas partes eran motivo de seria preocupación para quien desease que los discípulos de Jesús lograran romper tales cadenas y liberarse de su pernicioso influjo.

El comparará el pecado con una esclavitud, de la que debemos liberarnos por gracia de Dios, para así vivir de una forma nueva:

"... igual que antes cedieron ustedes sus cuerpos como esclavos a la inmoralidad y al desorden, para el desorden total, cédanlo ahora a la honradez, para su consagración" (Idem 6,19).

Para Pablo existe en el hombre una condición de muerte que lo impulsa al pecado, y por eso se deja llevar de toda clase de deseos inconvenientes cuando no busca a Dios ni actúa bajo el impulso del Espíritu Santo: "Así, la exigencia contenida en la Ley, puede realizarse en nosotros, que ya no procedemos dirigidos por los bajos instintos, sino por el Espíritu" (Idem 8,4).

Siguiendo esa línea de pensamiento insiste en los versículos siguientes:

"Porque los que se dejan dirigir por los bajos instintos tienden a lo bajo, mientras los que se dejan dirigir por el Espíritu tienden a lo propio del Espíritu; de hecho, los bajos instintos tienden a la muerte; el Espíritu, en cambio, a la vida y a la paz" (Idem 8,6-7).

Cuando Pablo habla de "los bajos instintos" no se está refiriendo, necesariamente, a lo relacionado con lo sexual, pues en ningún momento afirma el apóstol que esto sea algo malo o depravado. Se trata del libertinaje en que vivía la mayoría - hoy ocurre algo por el estilo - sencillamente porque no pensaba en una forma superior de existencia, sino que todo lo buscaba en los placeres terrenales.

Es contra ese libertinaje, y no contra el sexo como tal, que Pablo reacciona. Pablo no era un hombre obsesionado con el sexo, sino con la total libertad del hombre, por lo que insiste una y otra vez en la condición de esclavitud en que se encuentra aquel que, abandonado todo control racional de sí mismo, se pervierte por los caminos extraviados del vicio y el pecado.

Si es exigente respecto al sexo es porque - habiéndosele permitido contemplar la realidad de la vida eterna - no concibe que podamos poner en riesgo la posesión de la gloria para alcanzar en su lugar un placer pasajero o disfrutar de una vanidad sin importancia.

En el capítulo 13 de la misma carta a los Romanos san Pablo resume, en una frase, su concepto del mal:

"El amor no causa daño al prójimo y, por tanto, el cumplimiento de la Ley es el amor" (versículo 10).

Efectivamente, es el daño al prójimo, físico, moral o espiritual, lo que marca el nivel del pecado que cometemos. Lo que ocurre es que, a veces, no estamos conscientes del daño que causamos y hasta pretendemos que con nuestras malas obras estamos beneficiando a alguien.

Pablo, en el versículo anterior, había dicho:

De hecho, el "no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás" y cualquier otro mandamiento que haya se resume en esta frase "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (versículo 9).

Es mucho más fácil comprobar el daño físico que se realiza al prójimo, ya que es hasta posible fotografiarlo, tocarlo, palparlo. Pero a nadie se le ocurriría negar que el daño peor es el que se hace a nivel espiritual, sicológico, mental. Aunque no sea posible catalogarlo y menos medirlo y ponderarlo.

¿Qué tipo de daño se está causando a tantos niños que contemplan, cada día, novelas y programas que se ofrecen en la televisión sin recato alguno?

¿Hasta dónde es perjudicial la visita temprana que hacen muchos jóvenes a los burdeles, o la relaciones sexuales en la adolescencia, o su contacto con películas y material pornográfico en revistas o en el Internet?

Esto no es fácil de decir, pero es imposible pensar que no lo sea y gravemente.

¿Nos hemos puesto a pensar, alguna vez, en muchos sufrimientos morales, y a veces hasta físicos, que sufren esas mujeres que con tanta ligereza llamamos de "la vida alegre"? ¿Que fantasmagorías impulsan a hombres y mujeres a cometer tantos disparates en materia de sexo?

Negar que Pablo pone el dedo en la llaga sería grave error. El gran problema de nuestro mundo moderno es que hemos querido liberar al sexo sin liberar al hombre. "Fuera los tabúes", hemos dicho, pero al romper ciertas cadenas también se han ido los naturales cerrojos del pudor y la vergüenza, como ocurría frecuentemente en tiempos de Pablo, y la gente se ha lanzado a buscar el placer a cómo dé lugar, sin disfrutar de lo más importante, que es lo que da al sexo su verdadero sentido: el amor.

Esa es la gran razón por la que la gran mayoría de las personas, aún teniendo una vida sexual muy activa, no sienten que son felices. Ahí tenemos a hombres y mujeres, buscando, en el constante cambio de compañeros, la verdadera satisfacción que no acaban de sentir. Es lo que explica la gran cantidad de divorcios y fracasos que conocemos. El sexo sin amor se vuelve engaño, un globo que se infla por la pasión, pero que luego rápidamente pierde la consistencia.

No dudo que Pablo, ante el espectáculo de las grandes corrupciones que se veían en su tiempo, quisiera hacer resaltar ante los cristianos que hay gozos muy superiores y que el sexo, en definitiva, no es el todo para el hombre. Por eso, y quizás también influido por la expectativa de un retorno rápido de Cristo, insiste una y otra vez en que se busquen los placeres espirituales y que se deje el sexo en un lugar secundario.

Estoy de acuerdo en que no podemos tomar al pie de la letra todas las consideraciones de Pablo a este respecto, ya que algunas de ellas responden a determinado tiempo y circunstancias, pero siempre serán valederas sus preocupaciones porque el hombre no se vuelva un animal para quien el sexo es lo único realmente importante.

Personalmente he oído decir a varios que el día que sean incapaces de la relación sexual se pegan un tiro. ¿Qué clase de animales son?¿Es que puede el hombre ser medido sólo por sus órganos genitales o su capacidad sexual?

Es muy lamentable comprobar que la gran mayoría de las relaciones sexuales que se practican entre seres humanos son dominadas por el simple deseo egoísta, cuando no guiadas por un impulso ciego en el que la ingerencia de bebidas alcohólicas ha tenido mucho que ver.

Entre los latinos son bastante frecuentes las "parrandas". Los hombres se juntan y se ponen a beber y acaban visitando burdeles o teniendo relaciones sexuales con mujeres fáciles, sin siquiera estar, muchas veces, totalmente conscientes de lo que hacen. Uno me decía que ya cuando estaba sereno ni se acordaba de lo que había hecho. ¿Se puede llamar a eso "disfrutar de la vida"?

No olvidemos que el hombre es un ser eminentemente social y con una tendencia grande al gregarismo. Esto incide poderosamente en sus actos sexuales, ya que casi desde el principio lo que impulsa a muchos jóvenes a iniciar la actividad sexual es la influencia de los compañeros de su edad y aún de personas mayores.

¡De qué nos estamos perdiendo si, en lugar de seguir los bajos instintos y correr detrás del puro placer, como insectos deslumbrados por la luz, lográsemos siempre guiarnos por el amor y disfrutar de las maravillas que sólo él puede ofrecernos!

Creo que en realidad la mayoría de los seres humanos nunca ha logrado comprender que el amor les tiene reservados goces muy superiores a los carnales. Esto así, porque hasta en los mismos matrimonios notamos que el sexo se busca en función del placer carnal y, con frecuencia, ni aún eso se logra plenamente.

El hombre ha avanzado muy poco en este sentido, quizás porque al sexo se le ha dado siempre una importancia sinónima de malicia, de placer prohibido.

Amor y sexo: he ahí el plan de Dios que el hombre ha prostituido claramente. Es difícil encontrar a ambos legítima y armoniosamente entrelazados.

Creo que con esto es suficiente para entender, al menos un poco, el mensaje de san Pablo. Terminemos, pues, con esta frase del propio apóstol:

"Comportémonos como en pleno día, con decoro: nada de comilonas y borracheras, nada de orgías y desenfrenos, nada de riñas y de porfías. En vez de eso, revístanse del Señor Jesús, Mesías, y no den ustedes pábulo a los bajos deseos" (Romanos 13,14).

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Página fue modificada: 22/09/2008 15:33

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