AB PADRE BAZAN

LosSacramentos

INTRODUCCIÓN

Cuando hablamos de los sacramentos nos estamos refiriendo a los medios que el propio Jesús ha dado a sus discípulos para vivir la vida del Espíritu y pertenecer a su Reino.

Se han definido estos medios como signos sensibles instituidos por Cristo que significan y dan la gracia. También como acciones de Cristo y de su Iglesia.

Sacramento es una palabra que nos habla de "misterio sagrado", es decir, una acción que representa otra, mucho más profunda e importante, que no podemos entender todavía, pues se trata del mismo Dios realizando su obra salvifíca en nosotros.

Lo que vemos, por tanto, es algo exterior, carente, si queremos, de importancia, pues lo que verdaderamente vale se desarrolla en el interior de una persona, la que recibe el sacramento.

Estos gestos o ceremonias que constituyen los sacramentos son los signos o señales de la transformación profunda que opera Dios en el alma. Como lo sobrenatural es imposible de ser visto con ojos humanos, Dios ha querido representar esa realidad, misteriosa por incomprendida y elevada, con gestos que la expresen humanamente.

Nunca olvidemos que Dios respeta la naturaleza de sus criaturas y actúa con ellas contando siempre con su realidad presente. Si es cierto que las formas de conocer del ser humano no pueden reducirse a lo que capten los cinco sentidos corporales, lo es también que éstos realizan un importante papel que no podemos desdeñar. Dios, al menos, no lo hace.

Los sacramentos, por tanto, son realidades sagradas que, al mismo tiempo que transmiten la gracia divina, se representan por gestos o ceremonias confiadas por Jesús a su Iglesia. Los ministros que ella autoriza son los únicos capaces de conferirlos.

Ha sido por medio de la Iglesia que hemos conocido que nuestro Redentor instituyó siete sacramentos, sin que podamos estar siempre seguros del lugar y momento de la institución.

La Iglesia ha deducido que estos siete son medios para transmitir o aumentar la gracia de Dios, de acuerdo a lo enseñado en el Nuevo Testamento.

Estos sacramentos, desde luego, no funcionan de manera mecánica ni automática, sino que suponen la fe de los que los reciben. Por esa razón sólo pueden ser administrados a personas que han demostrado, suficientemente, que están preparados para recibirlos.

Los sacramentos están ligados entre sí, pues todos son variantes de una misma realidad: la salvación que nos hace hijos de Dios y nos permite vivir su vida.

Por eso es el Bautismo el que va en primer lugar, ya que por él se recibe la vida de la gracia, "volviendo a nacer" a una vida nueva.

Cuando la gracia se pierde por el pecado es necesario recuperarla por la Penitencia, que es el sacramento del perdón. Bautismo y Penitencia son conocidos como los "sacramentos de muertos", porque quienes los reciben están generalmente muertos a la gracia. La Penitencia puede ser recibida también en "estado de gracia", como un medio para aumentarla y recibir fuerzas para la lucha en contra del pecado.

Todos los demás sacramentos exigen un estado previo de gracia, de modo que si se recibieran en pecado mortal, conscientemente, se cometería un sacrilegio o profanación. La gracia misma del sacramento no podría recibirse hasta que la persona, debidamente arrepentida, recibiese la absolución sacramental. Esa es la razón por la que a éstos se les llama "sacramentos de vivos".

Hay tres sacramentos que imprimen un carácter especial que dura para siempre, y que son el Bautismo, la Confirmación y el Orden Sagrado. Por tal motivo sólo pueden ser recibidos un sola vez en la vida.

Los demás sacramentos pueden ser repetidos. Unos, con la frecuencia que se desee, como la Penitencia y la Eucaristía. La Unción de los Enfermos puede ser repetida cada vez que una persona vuelva a contraer una grave enfermedad o, habiéndose repuesto suficientemente, recaído en ella.

Todos los sacramentos tienen un ministro, que debe contar con la aprobacion de la Iglesia. El ministro ordinario del Bautismo es el obispo, el sacerdote o el diácono. En peligro de muerte CUALQUIERA puede administrar este sacramento, siempre que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia y derrame agua tres veces sobre la cabeza del bautizando, al mismo tiempo que pronuncia las palabras sacramentales: YO TE BAUTIZO EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO, Y DEL ESPÍRITU SANTO.

El de la Confirmación es ordinariamente el obispo, aunque éste puede delegar en un sacerdote. El ministro de la consagración eucarística es el obispo o el sacerdote, aunque para la distribución de la comunión puede actuar también el diácono, o en función extraordinaria aquellos que han recibido tal misión. En la Penitencia actúan obispos y sacerdotes. En el Orden sólo los obispos. El Matrimonio es administrado por los mismos contrayentes, con un obispo, sacerdote o diácono como testigo cualificado de la Iglesia. El obispo y el sacerdote confieren la Unción de los enfermos.

En los sacramentos hay una materia y una forma. La primera es lo que se utiliza para realizar el sacramento y la segunda suelen ser las palabras que se emplean en la parte central del mismo.

En el Bautismo, por ejemplo, la materia es el agua y la forma las palabras: "Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo".

Los sacramentos son una manifestación del amor del Padre a través de Cristo, que es en definitiva el gran sacramento o medio de salvación a través del cual Dios desarrolla todo su plan salvífico para bien de la humanidad.

Se supone que cuando recibimos el Bautismo es para luego completar la obra de Dios con los otros sacramentos. De lo contrario nuestro crecimiento interior y espiritual quedará incompleto. Nuestra transformación sobrenatural se realiza en la tierra a través de los sacramentos.

PARA QUÉ SON LOS SACRAMENTOS

Algo que es necesario aclarar es que los sacramentos son para la vida. Esto significa que no podemos conferir los mismos como si fueran acciones aisladas que la gente recibe "para estar bautizada", "para estar confirmada", o "para haber hecho la primera comunión".

Por muchos bautizados o confirmados que haya, si éstos no actúan como tales es como si hubiéramos malgastado la gracia de Dios, pues ésta no ha resultado verdaderamente eficaz.

Aquí podríamos recordar que los sacramentos obran "por la fuerza de lo realizado" (ex opere operato), pero también "por la fuerza de quien lo realiza o recibe" (ex opere operantis).

Efectivamente, Dios es quien obra en los sacramentos y nos da su gracia sin que nosotros la merezcamos, pues la recibimos en forma totalmente gratuita. El obra pese a nosotros, pero nunca sin nosotros. Como decía san Agustín: "Aquel que te creo sin ti no te salvará sin ti".

Esto supone que nosotros tenemos que completar la acción de Dios con nuestra fe y nuestra disposición. Si aceptamos que el bautismo se dé a los niños sin uso de razón, no podemos pensar que éstos, luego de llegados a la edad de la conciencia, se mantengan indiferentes ante el don recibido.

De igual manera ocurre con todos los otros sacramentos, pues todos tienen como finalidad que la persona, después de haber nacido a la vida del Espíritu por medio del bautismo, crezca y se desarrolle espiritualmente a través de los demás sacramentos.

Esta vida y crecimiento sólo puede tener lugar en la Iglesia, el Pueblo de Dios, ya que es el medio puesto por el propio Jesús para que su obra redentora se prolongue y llegue a todos.

Por eso es tan importante que los sacramentos sean celebrados en una comunidad concreta, en la que el cristiano ha de desarrollar su actividad espiritual, moral y apostólica.

Un bautizado que no estuviera comprometido dentro de una comunidad corre el riesgo de andar a ciegas, sin saber concretamente cuáles son sus deberes y sus derechos, y lo que de él puede esperarse.

Esa es la razón por la que muchos, habiendo sido bautizados y hasta confirmados, luego no continúan su crecimiento, aunque mantengan algunos lazos con Dios, como orar de vez en cuando, esto es demasiado poco para mantener funcionando la nueva vida que recibieron.

De ahí que luego digan que ellos "se confiesan directamente con Dios", o "no entiendan que haya que casarse ante un ministro de la Iglesia".

Todos los sacramentos tienen que ver, ciertamente, con Dios, su amor, su gracia, y la eterna salvación que El nos promete.

Todos los sacramentos tienen que ver con Jesucristo, por cuanto fue de su costado abierto que salieron, como siete canales, los signos de gracia que El nos mereciera con su entrega en la cruz. Todos los sacramentos tienen que ver con el Espíritu Santo, por cuanto éstos se realizan por una acción directa suya y producen los dones y frutos propios de la transformación que en nosotros opera.

Sin embargo, todos los sacramentos tienen que ver, también, con la Iglesia, sacramento, ella misma, del amor de Dios, ya que fuera de ella no hay posibilidad de recibirlos, y es para vivir como miembros vivos, conscientes y crecientes de ella, que se nos da cada uno de ellos.

Es absurdo, pues, que los sacramentos sirvan de excusa para celebraciones que nada tienen que ver con su significado. Es trágico que se reciban sin la debida preparación. Es lamentable que muchos que los reciben jamás hagan uso de sus frutos y si los han recibido es poque no pudieron decir que no o los aceptaron con pasiva indiferencia.

Todo esto nos indica que, en la práctica, no siempre hemos andado bien encaminados en la manera de enfocar la preparación y celebración de los sacramentos, que lucen como puntos aislados y no un proceso que culminará en el Reino.

Podríamos pensar que en esto ha influido poderosamente el esfuerzo por llevar "a todos" a la salvación, como si enrolando a la gente por un procedimiento cuasi-mágico, que es lo que sería el uso, o más bien el abuso, del "ex opere operato", estuviéramos cumpliendo la misión que Jesús encomendara a sus discípulos.

No debemos olvidar que la acción misionera de la Iglesia no consiste en la administración de los sacramentos, sino, en primer lugar, en la predicación de la Buena Nueva. Ahí tenemos casi el grito de san Pablo: ¡pobre de mí si no anunciara el evangelio! (1ª Corintios 9,16).

Sólo cuando el sujeto ha aceptado el mensaje y ha convertido su corazón a Dios, comprometiéndose con las exigencias del Evangelio, es que comienza su proceso de renacimiento y crecimiento en la vida del Espíritu.

La acción misionera es "hacia afuera", mientras que la acción sacramental es "hacia dentro". Se predica a los que no conocen el designio salvífico de Dios. Se santifica a los que, habiéndolo conocido, quieren formar parte de su pueblo y convertirse en peregrinos que caminan hacia la Casa del Padre.

La celebración de los sacramentos ha adolecido - y esto es una responsabilidad muy seria de los pastores -, de una desconección entre la misma realización y la aceptación del compromiso por parte de quienes los reciben.

Es frecuente, por ejemplo, que confirmación y primera comunión estén ligados, entre nosotros, a una experiencia que es parte de una tradición familiar o escolar.

Los alumnos de las escuelas católicas - y aún de otras privadas se supone que hagan su primera comunion y sean confirmados.

Esto, en la mente de los muchachos, es algo que no se discute, sino que se recibe como algo que se hace porque hay que hacerlo. Y aunque se trata de dar a los alumnos la oportunidad de obrar convencidos, ya que deben pasar previamente por un proceso de conversión que los lleve a la convicción de que estos sacramentos son importantes para su vida, no es raro, sin embargo, que encontremos que, para muchos, la confirmación es como la "despedida" de la vida colegial (fin de la primaria ).

Maestros y catequistas, si son dejados a su natural entusiasmo, difícilmente desaconsejarán a un sujeto a que no haga su primera comunión o no reciba la confirmación, a no ser que se encuentren con un caso de franca rebeldía o abierto rechazo, cosa que no es de esperar en un alumno de escuela católica.

Con todo, no debemos extrañarnos de que muchos de los que se acercan a la mesa eucarística o presentan su frente al obispo, en el fondo, quizás porque han aceptado su participación en forma sumisa y pasiva, tengan una actitud de indiferencia y real apatía. Dentro de un tiempo no sabrán ni por qué se acercaron a comulgar o fueron confirmados.

Todo esto es más o menos cierto según que el sujeto tenga la oportunidad de contar con una ambiente hogareño propicio o no. Cuando los padres practican con entusiasmo la vida cristiana se puede esperar un futuro retoñamiento.

Sí, los sacramentos son para ser vividos. La experiencia gozosa del Evangelio, en medio de dificultades y tropiezos, aún con la presencia eventual del pecado, es el fruto de esa vida que se recibe en la fuente bautismal, se apoya en la confirmación, se sostiene con la penitencia y la eucaristía y, por ende, el orden sagrado, y se prolonga, en la mayoría de los casos, en el matrimonio. Cuando llegue la hora también se verá reforzada con la unción de los enfermos.

Todo esto tiene que ser realizado en la vivencia del amor dentro de la comunidad familiar - la pequeña iglesia -, y la comunidad parroquial, diocesana y universal. Sin esa convicción de pertenencia concreta, consciente y organizada al pueblo de Dios, los sacramentos pierden su eficacia y hasta su razón de ser.

EL BAUTISMO

El primero en hablarnos del bautismo fue Juan, quien, escogido por Dios (ver Lucas 1,15), se preparó en el desierto donde, llegada la hora (Lucas 3,2), comenzó a predicar un "bautismo de conversión".

Antes de Juan los judíos utilizaban ciertos baños rituales de purificación con los "prosélitos" que, sin ser judíos de raza, se convertían a la religión mosaica.

Fue Juan, sin embargo, el primero en sumergir a la gente en el agua, con el fin específico de expresar el arrepentimiento de los pecados.

El bautismo de Juan, ciertamente, no era sino una preparación. Como él mismo diría: Yo bautizo en agua, pero pronto va a venir el que es más poderoso que yo, al que no soy digno de soltarle los cordones de un zapato; El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego (Lucas 3,16).

Jesús, más tarde, explicaría a Nicodemo, el prominente fariseo que lo visitó en medio del sigilo de la noche que ...nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba (Juan 3,3).

El bautismo de Jesús, por tanto, se define como un "nacer a una vida nueva, la del Espíritu".

Esto supone una disposición interior, por parte del sujeto, que llamamos conversión, lo que se expresa en un cambio de vida.

Para ser bautizado hay que creer primero. Como dijo Jesús al despedirse de sus discípulos: Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará. El que se resista a creer se condenará (Marcos 16,15-16).

Por eso es tan importante el anuncio de la Buena Nueva - la gran noticia de la salvación que Jesús vino a traernos, entregándose a la muerte y luego resucitando. Esto es lo que llamamos evangelizar.

Después que se ha evangelizado hay que respetar la libertad de cada uno para aceptar o rechazar a Jesús. Sólo el que lo proclama conscientemente como su Salvador puede ser bautizado.

Es lo que ocurrió el día de Pentecostés, después que Pedro dirigió un inspirado discurso a una multitud de judíos. Los que creyeron fueron bautizados y, ese día, se les unieron alrededor de tres mil personas (Hechos 2,41).

El Bautismo se nos presenta como una demostración del amor maravilloso del Padre que envía a su Hijo para rescatarnos del poder del mal, en el que habíamos caído desde el primer pecado (Ver Génesis, capítulo 3).

Juan proclama: Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Único, para que todo el que crea en El no se pierda, sino que tenga Vida Eterna. Dios no mandó a su Hijo a este mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo. El que cree en El no se pierde; pero el que no cree ya se ha condenado, por no creerle al Hijo Único de Dios (Juan 3,16-19).

Por eso, aquellos que hemos sido bautizados debemos distinguirnos por nuestra manera de amar y tratar a los demás.

En el libro de los Hechos se muestra el tremendo cambio que dieron en sus vidas los nuevos discípulos: Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la convivencia, a la fracción del pan y a las oraciones. Toda la gente estaba asombrada ya que se multiplicaban los prodigios y milagros hechos por los apóstoles. Todos los creyentes vivían unidos y compartían todo cuanto tenían. Vendían sus bienes y propiedades y se repartían de acuerdo a lo que cada uno de ellos necesitaba. Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo y con un mismo espíritu y compartían el pan en sus casas, comiendo con alegría y sencillez. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo; y el Señor cada día integraba a la comunidad a los que habían de salvarse (2,42-47).

Y es que no podía ser de otro modo, pues Jesús nos había dejado un mandamiento nuevo que todos tenemos obligación de poner en práctica: -Yo les ordeno esto: que se amen unos a otros (Juan 15,17).

El bautismo tiene como primer efecto el hacernos hijos de Dios, porque fuimos rescatados por la muerte y resurrección de Jesús, cuyos méritos se nos aplican en este sacramento.

Así nos dice san Pablo: Ustedes no recibieron un espíritu de esclavos para volver al temor, sino que recibieron el Espíritu que los hace hijos adoptivos, y que los mueve a exclamar: ¡Abba, Padre! El mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos. Nuestra será la herencia de Dios, y la compartiremos con Cristo; pues si ahora sufrimos con El, con El recibiremos la gloria (Romanos 8,15-17)

LA CONFIRMACIÓN

Un sacramento de lo más olvidado - por no decir descuidado - por parte de muchos católicos es, sin duda alguna, la Confirmación. Esto lo demuestra el hecho de que no pocos de los que asisten a Misa regularmente y comulgan con frecuencia no lo hayan recibido.

La razón es obvia: creen que este sacramento no tiene mayor importancia y piensan que no les hace la menor falta para vivir cristianamente.

Sin embargo no es así.

Veamos, por ejemplo, este pasaje de los Hechos de los Apóstoles:

En Jerusalén los apóstoles supieron que los samaritanos habían aceptado la Palabra de Dios, y les mandaron a Pedro y Juan. Estos vinieron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; ya que todavía no había bajado sobre ninguno de ellos, y sólo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo (8,14-17).

Por estas palabras, precisamente, nos enteramos de que la imposición de manos y la recepción del Espíritu Santo se consideraba un sacramento diferente del Bautismo, ya que en casi todos los textos del Nuevo Testamento lo encontramos unido al Bautismo como un todo indisoluble.

Y así fue en la práctica, ya que durante varios siglos, y aún hoy en las Iglesias orientales, al Bautismo sucede a la Confirmación en forma inmediata.

En la Iglesia latina, sin embargo, se ha tratado de retrasar la Confirmación para que este sacramento sea recibido de manera más consciente y resulte una ratificación de los compromisos contraídos en el Bautismo.

La Confirmación está íntimamente ligada a lo ocurrido en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, tal y como lo había prometido Jesús:

-Ustedes... van a recibir una fuerza, el Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los límites de la tierra (Idem 1,7-8).

En su discurso el día de Pentecostés Pedro dirá que lo ocurrido ya había sido anunciado por el profeta Joel, quien dijo:

-Sucederá en los últimos días, dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres; sus hijos y sus hijas profetizarán; y los jóvenes tendrán visiones, y los ancianos tendrán sueños. En esos días yo derramaré mi Espíritu sobre mis siervos y mis siervas y profetizarán (Idem 2,16-18).

Sabemos que los mismos apóstoles, pese a haber estado tan cerca de Jesús y recibido directamente sus enseñanzas, no estaban muy firmes ni decididos, de tal forma que llegada la hora de la Pasión de su Maestro lo abandonaron masivamente.

Luego de la resurrección, si bien con mayor entusiasmo, siguieron indecisos y hasta con miedo, como lo atestigua el libro de los Hechos. Sólo cuando recibieron la fuerza del Espíritu Santo se vieron transformados completamente y ya no tuvieron temor y salieron a las calles a alabar a Dios y a predicar su mensaje de salvación.

Aunque es muy cierto que en el mismo bautismo ya recibimos el Espíritu Santo, es para nacer a una nueva vida, la de los hijos de Dios. Con todo, por la confirmación recibimos esa fuerza que nos convierte en testigos y profetas de Cristo, lo que nos hace cristianos adultos y apóstoles militantes.

Esto no significa que hemos de cambiar nuestra vida hasta el punto de abandonar nuestra profesión o nuestros hogares. El cristiano ha sido llamado al apostolado precisamente allí donde Dios lo ha colocado y en el estado que libre y legítimamente ha escogido.

Se trata, pues, de llevar el mensaje de Cristo a las oficinas, a los talleres y fábricas, a los clubes y playas, a todas partes. Dondequiera hay un cristiano debe notarse por su forma de comportarse.

Ser testigo de Cristo supone que el cristiano actúa en forma diferente a los incrédulos, lo que puede resumirse en la famosa oración de san Francisco de Asís:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que allí donde haya odio, pongo yo amor; que allí donde haya ofensa, ponga yo perdón; que allí donde haya discordia, ponga yo armonía; que allí donde haya error, ponga yo verdad; que allí donde haya duda, ponga yo la fe; que allí donde haya desesperación, ponga yo esperanza; que allí donde haya tinieblas, ponga yo tu luz; que allí donde haya tristeza, ponga yo alegría. ¡Oh Maestro!, que no me empeñe tanto en ser consolado, como en consolar; en ser comprendido, como en comprender, en ser amado, como en amar.

Esto es acomodar la vida a los dictados del Evangelio, lo que no es precisamente fácil. Por tal razón es que necesitamos de la fuerza especial del Espíritu Santo.

Profeta no es aquel que anuncia lo porvenir, sino el que habla en nombre de Dios. Ciertamente el don de profecía es un carisma especial del Espíritu que no todos reciben (Ver 1ª Corintios 12,29). Pero todo cristiano, y especialmente todo confirmado, debe llevar el mensaje de la Buena Noticia de la salvación a los que le rodean, simplemente viviendo con alegría su condición de hijo de Dios.

Sabemos que el ejemplo es mucho más poderoso que todas las palabras. Cuando actuamos como quienes hemos asimilado los principios del Evangelio, estamos anunciando a Jesucristo y haciendo realidad sus deseos de que seamos "luz y sal de la tierra".

-No se enciende una lámpara para esconderla en un tiesto, sino para ponerla en un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Así, pues, debe brillar la luz de ustedes ante los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mateo 5, 15-16).

Si tú, amigo o amiga que esto lees, no estás confirmado (a), ve a tu parroquia y pide información para prepararte a recibir este sacramento tan importante, que te dará la fuerza para ser testigo y profeta de Jesús ante tus hermanos.

LA EUCARISTÍA

El que pueda parecer disparatado que un pedazo de pan y un poco de vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo, no tiene nada de extraño. Nuestra razón suele rechazar todo lo que no tiene una explicación lógica.

Como señala el apóstol Juan en su evangelio, los judíos tampoco pudieron comprender lo que Jesús les decía al anunciarles que tenían que comer su cuerpo y beber su sangre (Ver 6,52).

Sin embargo, las palabras de Jesús son categóricas:

-En verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no viven de verdad. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es comida verdadera y mi sagre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí, y yo en él. Como el Padre que vive me envió, y yo vivo por él, así, quien me come a mí tendrá de mí la vida. Este es el pan que bajo del cielo, no como el que comieron sus antepasados, los cuales murieron. El que coma este pan vivirá para siempre (Juan 6,53-58).

Esto entra en la categoría del misterio o verdad revelada que no nos es posible comprender por el momento, dadas nuestras actuales limitaciones.

Pero lo cierto es que Dios quiso darnos medios efectivos para sostener la vida nueva que recibimos en el bautismo, y esta comida celestial es, sin lugar a dudas, una forma de nutrir la vida sobrenatural de los creyentes.

Lo que Jesús anunció lo hizo realidad en la Última Cena. Fue allí donde, reunido con sus discípulos, instituye este sacramento de amor y de unidad.

Si escoge el pan y el vino es porque ambos eran - y siguen siendo todavía hoy en muchos países del mundo - dos alimentos muy comunes.

Por otro lado ambos son, en sí mismos, símbolos de unidad y comunión, ya que el pan es el resultado de la molienda de muchos granos de trigo y el vino de la prensión de muchos granos de uva.

Tres de los evangelistas, Mateo, Marcos y Lucas, dan fe de que Jesús no dejó lugar a dudas al afirmar: -Esto es mi cuerpo, ésta es mi sagre (Mateo 26,26-28; Marcos 14,22-24; Lucas 22,19-20).

San Pablo reafirma esta enseñanza en su 1ª Carta a los Corintios: Yo recibí esta tradición del Senor, lo que a mi vez les he transmitido: Que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias lo partió, diciendo: "Esto es mi cuerpo que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía". De la misma manera, tomando la copa después de haber cenado, dijo: "Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Siempre que beban de ella, háganlo en memoria mía". Así pues, cada vez que comen de este pan y beben de la copa, están anunciando la muerte del Señor hasta que venga. Por lo tanto, si alguien come el pan y bebe de la copa del Señor indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Por esto, que cada uno examine su conciencia antes de comer del pan y beber de la copa. De otra manera, come y bebe su propia condenación al no reconocer el Cuerpo (11,23-29).

Que los apóstoles entendieron claramente que Jesús les había ordenado repetir lo que El había hecho, de forma que fuera un memorial perpetuo de su Pasión, Muerte y Resurrección, nos lo hace ver la práctica constante de la llamada fracción del pan o reunión eucarística, creyendo que Jesús se hacía presente en el pan y en el vino.

Son numerosos los testimonios de los primeros tiempos que hablan de la altísima estima que los cristianos tuvieron por la Eucaristía, tanto en su aspecto de memorial como en el de alimento espiritual del pueblo de Dios.

Así, en la Catequesis 22 de Jerusalén, obra del siglo II, leemos: Si fue El mismo quien dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si fue El quien aseguró y dijo: Esta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre? Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la figura del vino, la sangre; para que al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un solo cuerpo y una sola sangre con El. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros , nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina.

Poco más adelante añadirá: No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica y asegura la verdadera realidad. La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aun cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; por eso, ya en la antigüedad, decía David en los salmos: "El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro"; fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual , y da brillo al rostro de tu alma (Catequesis 22 (Mistagógica 4), 1,3-6.9: PG 33, 1098-1106).

También san Justino, quien murió mártir y escribió unas apologías en defensa de los cristianos en el siglo II, dirigidas al emperador romano, para convencerlo de quiénes eran los cristianos y cuáles sus maneras de proceder, nos habla, en la primera de las dos que se han conservado, sobre la celebración de la Eucaristía: A nadie es lícito participar de la Eucaristía si no cree que son verdad las cosas que enseñamos y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó. Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que, así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tuvo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó. Los apóstoles, en efecto, en sus tratados llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: "Hagan esto en conmemoración mía. Es mi cuerpo"; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias y dijo: "Esto es mi sangre", dándoselo a ellos solos. Desde entonces seguimos recordándonos siempre unos a otros estas cosas; y los que tenemos bienes acudimos en ayuda de los que no los tienen, y permanecemos unidos (Caps. 66-67; PG 6, 427-431).

LA MISA

Desde hace varios siglos se da el nombre de Misa a la reunión litúrgica que cada domingo congrega a los miembros de la Iglesia, el pueblo de Dios.

Esta palabra, curiosamente, poco tiene que ver con la realidad de lo que se celebra y si entró en el lenguaje de la Iglesia fue por pura casualidad.

En los primeros tiempos sólo podían participar de la reunión eucarística, como es natural, sólo los bautizados.

Cuando la Iglesia pudo desenvolverse libremente aumentó notablemente el número de los que pedían el bautismo, quienes durante el tiempo de preparación recibían el nombre de catecúmenos. A los catecúmenos se les permitió, como un elemento de su formación, participar de la primera parte de la Asamblea, es decir, de la Liturgia de la Palabra. Terminada ésta se les despedía (Missa catechumenorum), quedando únicamente los bautizados. Inexplicablemente, la palabra Missa (por despedida), quedó como propia para nombrar la reunión misma.

La Misa, o Asamblea Eucarística, o simplemente Eucaristía, es la reunión de los creyentes para celebrar el amor de Dios que por la muerte y resurrección de Jesús nos dio una viva nueva y la participación en su Reino.

Jesús celebró la primera Eucaristía el mismo día que cayó en poder de sus enemigos. La hizo coincidir con la celebración de la fiesta de la Pascua, la más importante de las que celebraban los israelitas.

Esto no era una simple coincidencia, ya que la liberación de los israelitas, el Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, de la esclavitud en Egipto, fue como un anticipo histórico de la real y completa liberación que de toda la humanidad iba a realizar Jesús.

Cada año los judíos celebraban con una gran fiesta el recuerdo de la primera Pascua. (Esta palabra significa Paso). En ella comían, como lo hicieron sus antepasados, un cordero junto con panes azimos (sin levadura) y hierbas amargas, acompañados con una salsa y una copitas de vino.

Jesús, en la Última Cena dio por terminada la Antigua Alianza. Ya no habría que recordar la liberación de Egipto como aconte-cimiento principal, sino la salvación de toda la humanidad por el misterio pascual, su Paso de la muerte a la vida, es decir, su muerte y resurrección.

Por eso, el "memorial" ya no se haría con un cordero, sino con su cuerpo y su sangre, presentes realmente bajo las especies de pan y de vino. El era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1,29), y el Pan vivo bajado del cielo (Juan 6,51).

En adelante, cada vez que comen de este pan y beben de la copa, están anunciando la muerte del Señor hasta que venga (1ª Corintios 11,26).

La Misa es el memorial del sacrificio de Jesús que hace presente y actualiza su pasión y muerte para que todos podamos participar de su beneficio y ser salvos.

Sobre esto nos dice el Concilio Vaticano II: Nuestro Salvador, en la última cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz, y a confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, "en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gacia y se nos da una prenda de la gloria venidera (Constitución "Sacrosanctum Concilium", número 47).

RECONCILIACIÓN, PENITENCIA O CONFESIÓN

Aunque su nombre es Penitencia o Reconciliación, se suele llamar confesión al sacramento a través del cual Dios nos otorga su perdón.

Esta palabra, confesión, tiene que ver con uno de los elementos integrantes del sacramento, como veremos más adelante.

Penitencia hace alusión a la conversión interior que se requiere para que los pecados puedan ser perdonados.

Dios, sobre todo a través de su Hijo, Jesucristo, se nos muestra como un Padre que nos ama y comprende, respeta nuestras decisiones erróneas, aunque no las comparta, y está siempre dispuesto a perdonarnos cuando volvemos a El arrepentidos.

La parábola del Hijo Pródigo (Lucas 15,11-32) es un magnífico retrato que hace Jesús de la amorosa disposición de Dios para con sus hijos pecadores.

La decisión de pedir perdón tiene que ser tomada por cada uno en forma espontánea y libre. Dios nunca niega su misericordia al que la busca.

Vemos, sin embargo, que la salvación la recibimos por los méritos de Jesucristo y que se nos aplican a través de los signos sagrados que El mismo instituyó como canales de la gracia divina.

El pecado nos apartó de la amistad con Dios. Por medio del bautismo fuimos reconciliados con El, quedando perdonados todos nuestros pecados.

Pero Dios no ha querido hacernos impecables. Por eso, pese a la acción sanadora del bautismo, seguimos siendo pecadores mientras dure nuestra condición de peregrinos.

Esa es la razón por la que necesitamos de otro sacramento que nos devuelva la vida divina que perdemos por el pecado.

Jesús, en la primera aparición a sus discípulos, después de resucitado, sopló sobre ellos y les dijo: -Reciban el Espíritu Santo, a quienes ustedes perdonen, queden perdonados, y a quienes ustedes no libren de sus pecados, queden atados (Juan 20,21-23).

Ya antes había dicho a Pedro: -Y ahora, yo te digo: Tú eres Pedro (piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, que los poderes del infierno no podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y lo que desates en la tierra será desatado en los cielos (Mateo 16,18-19).

A pesar de esto hay muchos que dicen que ellos se confiesan directamente con Dios, pero no lo hacen con un hombre.

Sin embargo, Dios es quien puede poner condiciones. Sería absurdo que queramos ponérselas a El que ha sido el ofendido por nuestros pecados.

Y El quiere que pongamos remedio a la soberbia que nos condujo al pecado, humillándonos al acudir a su ministro para confesar nuestras culpas.

Lo otro es un engaño de la propia soberbia, que hace recordar la figura de Anmán, general sirio, que aparece en el segundo libro de los Reyes (5,1-17).

Anmán enfermó de lepra. Y cuando parecía que ya no habría remedio para él, Dios lo iluminó a través de una muchacha israelita que servía como esclava de su propia esposa.

Aquella informó que si su amo iba a la tierra de Israel podría ser curado por un gran profeta. Anmán aceptó el consejo y preparó el viaje, llegando cargado de regalos hasta el palacio real de Israel.

Eliseo, el profeta del Señor, avisó al rey que le mandara al general sirio. Cuando hubo llegado Anmán a donde se hospe-daba Eliseo, éste le mandó a decir a través de su criado: Ve y lávate siete veces en el río Jordán y quedarás limpio de tu lepra.

Anmán, frente a lo que creyó ser un desaire, montó en cólera y se negó a hacer lo que se le pedía, alegando que el profeta ni siquiera se había dignado a venir a hablar con él. Después de muchos ruegos sus ayudantes lo convencieron de que aceptara las condiciones impuestas por el profeta, si con ella iba a poder conseguir la curación.

Efectivamente, después de lavarse siete veces en el río Jordán, Anmán quedó completamente sano.

¿Cómo, pues, no aceptar las condiciones de Dios que, a través de su criado, el ministro del sacramento, nos baña en el Jordán de la Penitencia? Poco es lo que se nos exige a cambio de un don tan precioso.

De la misma Escritura podríamos tomar otra comparación. En el pueblo judío, cuando alguien enfermaba de lepra, quedaba separado de la comunidad, como una medida destinada a evitar el contagio. Si un leproso creía sentirse curado tenía derecho a acudir al Templo para que un sacerdote ratificara su curación y certificara su vuelta a la comunidad (Ver Lucas 17,14).

Nosotros formamos parte de un pueblo santo que es la Iglesia. Cuando pecamos rompemos los lazos que nos unen a los hermanos y nos vemos apartados de la comunidad.

Dios perdona nuestros pecados cuando estamos arrepentidos, pero necesitamos que el sacerdote ratifique con la absolución sacramental el perdón del Señor y certifique nuestro regreso a la comunión con Dios y con los hermanos.

Si por un ministro fuimos admitidos en el bautismo como miembros del Pueblo de Dios, otro ministro nos readmite cuando, separados por el pecado, buscamos arrepentidos el perdón.

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Los sacramentos constituyen ayudas especiales para transmitir gracias precisas en los distintos momentos de la vida. Cuando el cristiano está enfermo también puede lograr la ayuda de Dios, sea en la curación física o al menos en el alivio de su condición, al mismo tiempo que recibe el perdón de los pecados.

Antiguamente este sacramento recibía el nombre de "Extrema-Unción", lo que venía a significar la unción que se daba en el "extremo" de la vida, pero esto se prestaba a confusiones y muchas personas llegaron hasta a suponer que recibido el sacramento la muerte tenía que ser inminente. Los propios familiares se ocupaban - y todavía muchos se ocupan -, por esta creencia popular, de impedir al sacerdote llegar hasta la cabecera del enfermo, aduciendo frecuentemente que éste podría ponerse nervioso pensando que su estado es tan grave que se va a morir de todas maneras.

Dice el Concilio Vaticano II: La "extremaunción", que también, y mejor, puede llamarse "unción de los enfermos", no es sólo el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida. Por tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez (Constitución "Sacrosanctum Concilium", número 73).

Ciertamente no se trata de abusar y conferir el sacramento en cualquier oportunidad, aún con ocasión de una ligera enfermedad. Está claro que, según el espíritu propio del sacramento, éste es para los que padecen una enfermedad grave o ya están muy ancianos.

Con todo, el sacramento no está destinado a preparar al enfermo o al anciano a bien morir. Veamos lo que dice el apóstol Santiago: Si alguno de ustedes cae enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y lo unjan con óleo en nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo; el Señor lo restablecerá, y le serán perdonados los pecados que hubiera cometido (5,14-15).

Lo que se pide para el enfermo es, en primer lugar, la salud, si es que ésta conviene. No es que se piense que la sanación se produce por un efecto automático, pues puede ser que la persona no se cure, pero quedará reanimada y con más ánimo para, en todo caso, aceptar la voluntad de Dios.

Por regla general solemos considerar la enfermedad como una desgracia. No siempre es así. Mirándolo desde una perspectiva cristiana, y sabiendo que el principal bien que hemos de perseguir en esta vida es la eterna salvación, una enfermedad, muchas veces, puede considerarse una gracia singular y especialísima de Dios, pues muchos que estaban alejados de su amor han podido acercarse a El en medio del sufrimiento.

El mismo Concilio dice: Con la Unción de los enfermos y la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda los enfermos al Señor paciente y glorificado, para que los alivie y los salve, e incluso los exhorta a que, asociándose voluntariamente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyan al bien del Pueblo de Dios (Constitución "Lumen Gentium", número 11).

Siempre el sacramento, si es recibido con fe, producirá efectos positivos, sea que procure la salud, o que aumente el ánimo y la fortaleza espiritual del enfermo, como también lo disponga a aceptar el bien que su enfermedad pueda suponer para la salvación eterna propia o de otros.

En los momentos de dificultades y peligros necesitamos en forma especial la fuerza del Señor, y a esto va destinado, precisamente, este sacramento. Y, como dice el Concilio, no se debe retrasar su recepción pues se pueden perder los mejores frutos del mismo.

La exhortación de Santiago es que cuando alguien esté enfermo haga llamar a los presbíteros, no esperar a que se esté muriendo. Al retraso de la recepción de este sacramento, dejando ya para cuando no queda esperanza alguna, es que puede deberse la "mala fama" que lo acompañó por mucho tiempo.

Siendo un sacramento de vivos debe ser recibido en estado de gracia, aunque en caso de que una persona previamente dispuesta lo reciba en estado inconsciente, podría servir también para perdonar todos sus pecados.

Este sacramento puede recibirse todas las veces que sean necesarias, pues una misma persona puede confrontar graves enfermedades en distintos momentos de su vida. Si se padece de una enfermedad grave de la que se ha repuesto suficientemente y luego viniese una recaída, también es legítimo repetir la Unción.

De ninguna manera puede confiarse que este sacramento tendrá efecto si es recibido estando el enfermo sin conocimiento. Si se ha retrasado hasta ese momento porque el paciente, estando lúcido, no lo quiso recibir, hay que dejarlo todo a la misericordia del Señor. En todo caso, a no ser que se trate de un cristiano consciente que ha sido sorprendido por una situación inesperada, como un ataque fulminante, el sacerdote tendrá que administrarlo "bajo condición".

Los familiares pueden entorpecer, por temores infundados, la recepción de este sacramento. Esto demostraría una falta absoluta de fe. No se sabe de nadie que haya muerto a consecuencias de un susto recibido por ver a su lado a un ministro de Dios, pero es probable que algunos hayan perdido la oportunidad de salvarse por no tener a su lado, durante su enfermedad, a un sacerdote que le administrara este sacramento.

Si es triste ver morir a un familiar, mucho más debe serlo, para todo cristiano, el que alguien muera sin el auxilio de la gracia divina, sólo por infundados temores. Cuando se llama al sacerdote a tiempo son muchas las maravillas que Dios puede obrar.

EL ORDEN SAGRADO

En la elección y posterior preparación de doce hombres que, con el nombre de apóstoles, Jesús iba a constituir sus principales colaboradores, podemos ver una clara intención de instituir un cuerpo dedicado a enseñar y santificar a los demás miembros de su Iglesia.

Ya en el Antiguo Testamento existía toda una tribu, la de Leví, dedicada exclusivamente al culto sagrado. De ella salían los sacerdotes y sus más directos colaboradores.

Pero el sacerdocio del Antiguo Testamento estaba destinado, casi exclusivamente, al culto ejercido en el Templo, mientras que el sacerdocio cristiano está ligado estrechamente a la misión salvadora de Cristo, del que es continuador y partícipe.

Por el bautismo todo cristiano forma parte de un pueblo sacerdotal, según lo dicho por Pedro: Ustedes son una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios eligió para que fuera suyo y proclamara sus maravillas (1ª Pedro 2,9).

Prontamente, sin embargo, se vio que dentro de la comunidad cristiana existía una jerarquía, no para que unos mandaran y otros obedecieran, sino para que los que Dios había elegido fueran los servidores de sus hermanos.

Dice la Carta a los Hebreos: Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y es establecido para ser su representante ante Dios. Le corresponde presentar a Dios ofrendas y víctimas por el pecado, y para eso tiene que sentirse solidario con los ignorantes y los extraviados. En realidad, a él mismo lo asedia su propia debilidad, y por eso debe ofrecer sacrificios por el pecado, tanto por sí mismo como por el pueblo. Además, ninguno se apropia esta dignidad, sino que debe ser llamado por Dios, tal como lo fue Aarón (5,1-5).

Es san Pablo quien, en sus cartas, nos ofrece una descripción de lo que son y lo que se espera de los tres grados de la jerarquía: obispos, presbíteros y diáconos.

En su primera carta a Timoteo dice: Es(3,1). Y luego pasa a describir las cualidades de las que debe estar dotado: Marido de una sola mujer, hombre serio, juicioso, de buenos modales, que fácilmente reciba en su casa y sea capaz de enseñar. No debe ser bebedor ni peleador, sino indulgente, amigo de la paz y desinteresado del dinero. Un hombre que sepa dirigir su propia casa y cuyos hijos le obedecen y respetan (3,2-5).

En este mismo capítulo habla también de los diáconos: Los diáconos también han de ser hombres respetables y cumplidores, moderados en el uso del vino, y que no busquen dinero mal ganado, hombres que guardan el misterio de la fe en una conciencia limpia. Que primero se pongan a prueba y después, si no hay nada que reprocharles, sean aceptados como diáconos (3, 8-10).

Más adelante, en el capítulo 5, Pablo hablará sobre los presbíteros: Los presbíteros que cumplan bien su oficio recibirán doble honor y remuneración, sobre todo los que trabajan en la predicación y en la enseñanza (5,17).

Después, como obispo que es Timoteo, y ya que está tocando el tema de los presbíteros, le dirá: No impongas a nadie las manos a la ligera, no sea que te hagas cómplice de los pecados de otro (5,22).

Por el libro de los Hechos y por Pablo sabemos que la imposición de manos forma parte de la ordenación de los obispos, presbíteros o diáconos. Así, cuando fueron escogidos los primeros diáconos los presentaron a los apóstoles, quienes después de orar les impusieron las manos (Hechos 6,7).

Así dirá también Pablo a Timoteo: No descuides el don espiritual que posees y que recibiste de mano de profeta cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos (1a. Timoteo 4,14. Ver también 2a. Timoteo 1,6).

La principal actividad de los miembros de la jerarquía está en la predicación y la enseñanza, así como en el ofrecimiento de la Eucaristía. A los diáconos se les asignaban, sobre todo al principio, tareas de administración, como la atención de las viudas y los huérfanos.

La razón que dan los apóstoles para su designación es que ellos mismos deben dedicarse al servicio de la Palabra: No es conveniente que descuidemos la Palabra de Dios por el servicio de las mesas (Hechos 6,2). muy cierto que si alguien aspira a ser obispo aspira a un cargo muy noble Poco a poco se irán delineando los campos y habrá una distinción más clara entre obispos, presbíteros y diáconos, pero siempre teniendo en cuenta que se trata de un servicio al Pueblo de Dios, como administradores que son de la gracia divina.

Por el Nuevo Testamento y otros escritos cristianos de los primeros tiempos sabemos que es a los miembros de la jerarquía a quienes corresponde, aunque de manera diferente, aparte de la predicación y la enseñanza, la administración de los sacramentos.

Al ser elegidos por Dios, reciben, cada uno según su grado, la imposición de manos y la ordenación sacramental a fin de que sirvan a las necesidades espirituales de los fieles.

Desde los primeros tiempos vemos que la comunidad cristiana no marcha sola ni todos actúan de la misma manera. Hay una organización y existe una jerarquía: obispos, presbíteros y diáconos.

La diferencia entre unos y otros obedece a las mismas necesidades pastorales. Si los obispos son los encargados de cada iglesia particular, los presbíteros son sus auxiliares más inmediatos y éstos tendrán, a su vez, como una ayuda, a los diáconos.

Este último grado del Orden Sagrado quedó prácticamente relegado, durante siglos, en la Iglesia latina. Hoy, gracias al Concilio Vaticano II, ha sido restaurado el diaconado permanente, con gran beneficio espiritual para todos.

SUCESIÓN APOSTÓLICA

Se llama sucesión apostólica al ininterrumpido fluir de la gracia divina que consagra a aquellos que han de ser considerados ministros válidos de los sacramentos.

Jesús mismo ordenó a los apóstoles, lo más probable con la excepción de Judas Iscariote, en la Última Cena, cuando instituyó también el sacramento eucarístico.

Estos, a su vez, transmitieron este poder a otros, por la imposición de las manos, como ya se ha dicho.

El mismo apóstol, en su carta a Tito, nos da una idea de como se fueron organizando las comunidades, nombrando en ellas a los que serían luego considerados obispos o presbíteros: Mi intención al dejarte en Creta era que acabaras de organizar lo que faltaba y nombraras responsables en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di yo (1,5).

Estos responsables de los que habla Pablo debieron ser los obispos encargados de apacentar el rebaño de Cristo, por lo que seguramente Tito, que era obispo, los ordenó debidamente.

Desde el principio la comunidad cristiana celebró la Eucaristía. No hubo dudas de que para que ésta tuviera lugar se requería de alguien que pudiera presidirla en nombre de Jesús.

Fueron primero los apostoles y sus sucesores quienes tendrían el encargo de presidir la Asamblea y consagrar el pan y el vino eucarísticos. Estos tendrían la ayuda de aquellos que, dentro de la comunidad, eran considerados los ancianos o presbíteros, es decir, los que eran designados para auxiliar al obispo en el desempeño del ministerio apostólico.

Cuando las comunidades fueron creciendo y otras se fueron formando en distintos puntos distantes de la sede del obispo, éste comenzó a enviar a sus presbíteros para que presidieran la Eucaristía en su lugar. El presbítero fue considerado, desde entonces, como ministro ordinario de este sacramento.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando una comunidad se reúne pero no hay un ministro debidamente ordenado, sea obispo o presbítero? (No olvidemos que a los presbíteros se les llama también sacerdotes).

Pues que puede haber una experiencia bella de la presencia de Dios, y una Asamblea que ora y alaba a su Señor, pero no la Eucaristía propiamente dicha, ya que faltará la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Hoy en día muchas comunidades católicas tienen que reunirse de esta manera, por falta de sacerdotes, y el Sacramento se conserva o se lleva para ser repartido por un ministro apto, sea un diácono o un "ministro extraordinario de la Eucaristía".

Para que un obispo o un presbítero se consideren válidamente ordenados tiene que darse esta condición imprescindible: el obispo ordenante debe haberlo sido por otro válidamente ordenado y así, en sucesión retrospectiva, hasta llegar a los apóstoles. Esto es lo que se llama sucesión apostólica.

Esta nunca se ha roto en la Iglesia Católica, por supuesto, así como tampoco en las ramas que se separaron de ella en el siglo XI, y que hoy se conocen como "iglesias ortodoxas".

En el caso de las comunidades no católicas se pueden dar estas tres situaciones: 1) Que la misma sea de las separadas de Roma, pero habiendo conservado la sucesión, como los "ortodoxos". 2) Que celebren la Eucaristía, pero habiendo perdido la sucesión, como el caso de los anglicanos y luteranos. 3) Que no crean en la presencia real de Cristo y su celebración sea sólo simbólica, como ocurre con la mayoría de las confesiones protestantes.

Para estos últimos, que ponen especial énfasis en la celebración de la Palabra y tienen la Eucaristía como un simple símbolo-recuerdo de la Última Cena, no hay ningún problema. Que sus ministros no sean válidamente ordenados para la celebración eucarística no cambia nada, pues en definitiva no creen que Jesús se haga presente en las especies del pan y del vino.

Podríamos pensar, sin embargo, en lo difícil que resulta a aquellos que sí creen en tal presencia, y que celebran la Eucaristía con la mejor devoción, y que por falta de la validez que otorga la sucesión no pueden consagrar de verdad y, por tanto, convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Puede darse el caso curioso de que, entre los anglicanos y luteranos encontremos ministros válidos y ministros que no lo son. Pero ¿quién sabe a estas horas los que son lo uno o lo otro?

Cuando los luteranos y los anglicanos se separaron de la Iglesia Católica, sus ministros, fuesen obispos o sacerdotes, eran todos válidamente ordenados. Lo que ocurrió fue que, posteriormente, simples sacerdotes se arrogaron el derecho de llamarse obispos, y éstos, a su vez, comenzaron a ordenar otros obispos y sacerdotes. Es allí donde se rompe la sucesión apostólica, teniendo como resultado que los así ordenados no pueden ser considerados verdaderos obispos o sacerdotes.

A la Iglesia Católica no le quedó más remedio que negar la validez de las ordenaciones, sin poder distinguir unos de otros, cosa que nunca ha ocurrido con las iglesias ortodoxas, que aunque consideradas "cismáticas", por no reconocer la primacía del Obispo de Roma, es decir, del Papa, nunca rompieron la sucesión, por lo que sus ministros son reconocidos como válida aunque ilícitamente ordenados, y sus consagraciones son, por tanto, verdaderas.

EL MATRIMONIO

No por ponerlo en el último lugar tenemos que pensar que el Matrimonio es el menos importante de los sacramentos. Podemos decir que todos los sacramentos forman parte de una única realidad salvífica, por lo que todos son importantes.

Claro que no es un sacramento necesario, puesto que nunca ha sido obligatorio contraer matrimonio. Pero todo cristiano que quiera casarse no podrá pasar por alto la importancia de hacerlo "en la Iglesia", o de lo contrario se encontraría en una situación irregular que le impediría la recepción de los otros sacramentos.

Es curioso que mucho antes de que el matrimonio fuera elevado por Jesús a la categoría de sacramento, ya existía como una institución querida por Dios, como bien claramente se consigna en el libro del Génesis: Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola cosa (2,24).

Esa es la razón por la cual todavía hoy la Iglesia sigue considerando válidos los matrimonios realizados entre personas no bautizadas, aunque sólo sea civilmente, pues allí prevalece la institución primordial sin la elevación posterior a la categoría sacramental hecha por Jesús.

A algunos les cuesta trabajo creer que el matrimonio pueda ser un sacramento, y de hecho, en casi todas las confesiones protestantes no se le considera como tal.

Pero ya desde el principio podemos notar que no fue así en la Iglesia, pues se insistía en que aquellos que habían sido renovados por el baño bautismal consideraran su matrimonio como algo sagrado, que no puede ser efectuado sino dentro de la comunidad cristiana. Así se expresan varios de los Padres en sus escritos, insistiendo en la enseñanza de Pablo, de que en el matrimonio se refleja la unión de Cristo con su Iglesia.

En el texto clásico de la carta a los Efesios (5,25-30), el Apóstol dice: Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para consagrarla, purificándola por medio del agua y la palabra. Se preparó así una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida; una Iglesia santa e inmaculada. Igualmente los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama, pues nadie odia a su propio cuerpo, antes bien lo alimenta y lo cuida como hace Cristo con su Iglesia, que es su cuerpo, del cual nosotros somos miembros.

Dos líneas después dirá: Gran misterio es éste, que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia (5,32).

Las palabras "gran misterio" algunos las traducen por "gran sacramento", pues como sabemos todo sacramento no es más que el signo sagrado que nos lleva al conocimiento de la obra de amor que Dios hace en nosotros, y que se refleja de modo especial en el amor de los esposos.

CARACTERÍSTICAS DEL MATRIMONIO

Esto es lo que Dios quiso desde el principio, y lo que el propio Jesús ratifica, no sólo con su presencia en las bodas de Caná (Juan 2,1-11), sino también con sus palabras.

Veamos este pasaje de Marcos:

Vinieron entonces a él unos fariseos, y le preguntaban por tentarlo si es lícito al marido repudiar a su mujer.

Pero él, en respuesta, les dijo: -¿Qué les mandó Moisés?

Ellos dijeron: -Moisés permitió repudiarla, precediendo escritura legal del repudio.

A los cuales replicó Jesús: -En vista de la dureza de su corazón les dejó mandado eso. Pero al principio, cuando los creó Dios, formó a un hombre y a una mujer; por cuya razón, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se juntará con su mujer; y los dos no compondrán sino una sola carne, de manera que ya no son dos, sino una sola carne: No separe, pues, el hombre lo que Dios ha unido (10,2-9).

Allí claramente proclama Jesús la indisolubilidad del matrimonio, es decir, que cuando es verdadero, tiene que ser para siempre, sin que sea lícito a nadie romper lo que Dios ha hecho.

Por otro lado proclama también la unidad del matrimonio, en el sentido de que sólo puede existir entre un hombre y una mujer que se hacen una sola carne por la fuerza del amor.

Estas dos serán características muy especiales del matrimonio: la unidad y la indisolubilidad.

El hecho de que hoy muchos vean en el matrimonio algo pasajero y sin importancia, que se puede deshacer cuantas veces se quiera, es una prueba más de la dureza de corazón de los seres humanos, que solemos ir en contra del plan salvador de Dios. Pero el ideal sigue estando allí, y es lo que la Iglesia tiene la obligación de proclamar aunque muchos no lo comprendan ni lo aprecien.

Cristo lo dijo sin ambages: -Cualquiera que repudia a su mujer, y se casa con otra, comete adulterio; y lo comete también el que se casa con la que ha sido repudiada por su marido (Lucas 16,18).

FINES DEL MATRIMONIO

Los fines del matrimonio están claramente expuestos en las palabras del Génesis:

Y dijo Dios: -Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que ellos dominen los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y todos los reptiles.

Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; los creó varón y hembra. Y les echó Dios su bendición y dijo: -Crezcan y multiplíquense, y llenen la tierra, y enseñoréense de ella, y dominen a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra (1, 26-28).

De aquí podemos deducir que se trata de cumplir una misión concreta: ser imágenes de Dios. Así el Creador los hace hombre y mujer, para que mutuamente se complementen, en una unión bendecida por El.

Como dirá en otro pasaje (Génesis 2,24), esto los llevará a entrar en una total comunión - una sola carne -, en la que ambos cuidarán uno del otro y también de todo lo que Dios ha puesto a su servicio.

Pero existe tambien otro fin específico: la procreación, a fin de asegurar la continuación de la especie humana.

Esta tarea no se terminará con el hecho procreativo, sino que se completará con la educación que ha de darse a la prole, lo que exigirá una atención muy concreta y especial de ambos progenitores.

Con todo, no hay que olvidar que para llevar a cabo esta misión la pareja necesitará, desde un plano puramente humano y espiritual, amarse mutuamente, para que su unión no se deshaga fácilmente, pues de lo contrario sería prácticamente imposible lograr lo que de ella se espera.

Esto nos lleva a considerar que existen tres planos en los que el hombre y la mujer deben trabajar: a) Su labor individual, pero también comunitaria, para conseguir la transformación y desarrollo del mundo que ha recibido del Creador. b) Su dedicación al cónyuge, como tarea propia de los esposos, cuidando de su amor y tratando de lograr la felicidad del otro. c) Su obra procreativa y educadora, a fin de que la prole pueda encontrar un hogar acogedor y propicio a un desarrollo armonioso, donde el amor sea la divisa fundamental.

Puede surgir una pregunta: ¿cuál sería el fin más importante del matrimonio?

No creo sea un atrevimiento afirmar, sin por eso decir que es más importante, que el amor de la pareja y el esfuerzo por procurar el bien y la felicidad del otro es lo primero, pues sin esto sencillamente no habría matrimonio.

Una pareja puede casarse válidamente incluso si de antemano sabe que no va a tener hijos. Pero si no existe el verdadero amor, si no hay una determinación de compartir la vida hasta la muerte de uno de ellos, el matrimonio sería nulo.

Lo que se exige a la pareja es que estén abiertos a la vida, pues también está claro que anularía el matrimonio la decisión de al menos uno de los contrayentes de no tener hijos de ninguna manera.

Por otro lado, la única forma de cumplir cabalmente con la obligación procreadora y educadora es que la pareja se ame y cree las condiciones para que su amor perdure.

En definitiva, los hijos nacerán, crecerán, llegarán a la edad de partir, pero los padres continuarán unidos como esposos, y esto es algo que hay que cuidar a toda costa, pues el matrimonio es anterior y posterior a los hijos.

No estoy con ello disminuyendo la importancia del fin procreativo, sino poniéndolo en su real perspectiva. Puede existir la tendencia en algunos de sobrevalorar la función de los progenitores por encima de la relación de la pareja como esposo y esposa, lo que ha ido muchas veces en detrimento no sólo del matrimonio sino también del sano desarrollo de la progenie.

Pensemos en esas madres que se sienten más obligadas con los hijos que con el esposo, abandonando muchas veces sus obligaciones de esposa, para terminar arruinando el mismo matrimonio y legando a sus hijos la triste herencia de un hogar destruido.

Antes que padres los esposos tienen que ser cónyuges amantes, celosos de la responsabilidad que a cada uno toca de mantener su amor vivo y creciente. Esa será la base para que su labor procreadora y educadora se realice en un ambiente de armonía, sana libertad y apertura al diálogo y la comunicación más sincera.

Olvidar esto arruina los matrimonios y, por ende, hace un daño irreparable a los hijos, que habrán perdido la oportunidad de crecer en la adecuada atmósfera que les permita tener eso que tanto escasea en estos momentos: educación hogareña.

SIGNO EFICAZ DE LA GRACIA

Para que haya un sacramento se requiere que exista un signo que sea portador eficaz de la gracia. Los Padres, el Magisterio y los teólogos demuestran que el Matrimonio es sacramento precisamente porque, en el intercambio del consentimiento, dado libre y espontáneamente, sin presión ni coacción alguna, cada contrayente transmite al otro la gracia que hace de su unión algo sagrado, signo de la unión de Cristo con la Iglesia.

Esto, por supuesto, sólo puede darse entre bautizados, pues éstos ya han sido consagrados por medio del sacramento bautismal, por lo que están preparados para elevar todos los actos de su vida a una categoría sobrenatural, aceptando la vocación de santificación propia y de la prole que el mismo Dios ha dado a la pareja.

De ahí que hablemos de alianza, para recordar que los casados son el reflejo de la alianza perfecta que hace Cristo, como cabeza de la Iglesia, con la Divinidad, permitiendo que la humanidad pueda ser santificada y elevada a esa especial condición de hijos adoptivos de Dios.

Cuando dos bautizados se casan estan también elevando su unión, dándole un carácter especial y sagrado que no sólo les ayudará a cumplir con las obligaciones propias de su nuevo estado, sino que será para siempre un medio de santificación que les permitirá asumir como pareja su íntima relación con Dios.

No significa esto, por supuesto, que siempre las cosas funcionen de acuerdo al plan de Dios. Al igual que ocurre con los demás sacramentos, la gracia actuará más o menos eficazmente de acuerdo al grado de preparación, decisión y aceptación de los que lo reciben.

Sabemos que una multitud de bautizados viven tan lejos de Dios como pudieran estarlo los paganos que nunca han oído hablar de Jesucristo y su redención.

Incluso hay quienes se acercan a recibir la Eucaristía sin verdadera fe, pensando quizás que se trata de un símbolo bello, o de algo sin importancia, sin tener la más mínima conciencia de que están entrando en comunión con el propio Jesús.

Y ¿qué decir de los que, por culpa propia o de otros, sólo llegan a recibir la Unción de los Enfermos en un coma profundo?

Es muy cierto, pues, que muchos que se acercan al sacramento matrimonial no tienen la menor idea de que entran en un terreno sagrado, que requiere un empeño constante por mantener la presencia de Dios en sus vidas.

Son muchos los que hacen toda clase de promesas, antes de casarse, de que asistirán a Misa y buscarán tiempo para orar en común, con tal de que no se les niegue su deseo.

¿Qué pasa luego? Pues que quizás una buena parte de esas parejas no se sienten parte de un pacto sagrado, y viven su compromiso matrimonial igual que cualesquiera otros cónyuges que no aceptaron nunca asumir tal responsabilidad.

Se dice que el sacramento de la Confirmación requiere, precisamente, que quien lo reciba deba tener una conciencia de las obligaciones que acepta y los compromisos que contrae. Son infinidad, lamentablemente, los que, después de la bella ceremonia, se olvidan completamente de todo, como si nada hubiera pasado en sus vidas.

Todo esto es un reto a la labor pastoral de la Iglesia. Pues quizás una mayoría de los "católicos", que han hecho su Primera Comunión y han recibido la Confirmación se pasan luego años sin acercarse a los sacramentos, para hacerlo cuando deciden contraer matrimonio sagrado.

Hoy en día se hacen serios esfuerzos para que la recepción de los sacramentos sea lo más consciente posible. Hay programas de todo tipo tanto para los padres y padrinos antes del bautismo de hijos y ahijados, como para los niños y jóvenes que se preparan a la Eucaristía y Confirmación, o los adultos que desean recibir los sacramentos de la Iniciación.

Los retos están ahí, no sólo para los agentes de pastoral, sino también para los que los reciben.

No se puede jugar con la gracia impunemente. Y sería preferible

que una persona que no está decidida a entrar de lleno en una vida verdaderamente cristiana, no reciba los sacramentos, antes que hacerlo de cualquier manera.

Pero para los que están dispuestos a aceptar el reto: ¡qué maravilla! ¡Cuántas gracias están reservadas a las parejas que, conscientes de que su amor viene de Dios y ha de desarrollarse en El, permiten que el Espíritu Santo esté presente constantemente en sus vidas!

Quienes son santificados por este signo de gracia que ellos mismos se entregan uno al otro como miembros de la Iglesia, pueden estar seguros de que Dios estará con ellos no sólo en el momento de la ceremonia matrimonial, sino durante toda la vida.

El, que los santifica, los ayudará a hacer realidad constante en su amor y en su nueva identidad como pareja, ese reflejo del amor de Cristo por la Iglesia.

Y aunque este sacramento no imprime carácter, sí mantiene una perenne identidad que sólo ha de romperse con la muerte.

Cristo dijo que en el cielo no habría matrimonio (Ver Mateo 22,30). Esta, es, pues, una realidad sagrada para ser vivida en la tierra. Pero a los que aceptan sus compromisos a conciencia les estará reservada una recompensa grande en el Cielo, pues habrán llevado adelante la misión recibida del Señor con todas sus alegrías y sus dificultades.

No en balde se prometen uno al otro amarse y respetarse, no sólo en la salud sino también en la enfermedad, no sólo en la alegría, sino también en la tristeza, todos los días de su vida.

Si esto se cumple con la ayuda de Dios, ¡cuán legítimo es pensar que allí se está dando una auténtica proyección de la unión de Cristo con su Iglesia!

Termino con estas palabras del Cantar de los Cantares:

Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable (8,7).

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Página fue modificada: 30/08/2008 11:55

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