AB PADRE BAZAN

El Sacramento Matrimonial

NOCIÓN DE SACRAMENTO

Cuando hablamos de los sacramentos estamos haciendo referencia, necesariamente, a ese don maravilloso de Dios que llamamos GRACIA, de la que ellos son los canales de distribución. Esta gracia es nada más y nada menos que la vida divina que Dios quiere compartir con nosotros.

A esta vida divina nacemos en el primero de los sacramentos, el Bautismo, como nos dice el propio Jesús, al hablar con aquel fariseo llamado Nicodemo: Si uno no nace de nuevo no puede entrar en el Reino de Dios (Juan 3,3).

Esto es, por tanto, un renacer, no ya a la misma vida a la que nacimos desde el vientre de nuestra madre, sino a la vida de hijos de Dios.

Como explica Jesús: De la carne nace carne, del Espíritu nace espíritu (Juan 3,6).

San Pablo, en su carta a los Romanos, nos hace ver esta realidad bautismal. Dice el apóstol: ¿Han olvidado que a todos nosotros, al bautizarnos vinculándonos al Mesías Jesús, nos bautizaron vinculándonos a su muerte? Luego aquella inmersión que nos vinculaba a su muerte nos sepultó con él, para que, así como el Mesías fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, también nosotros empezáramos una vida nueva (Romanos 6,3-5).

Está clarísimo, pues, que se trata de un don que es fruto de la muerte y la resurrección de Jesús, que fue enviado al mundo para rescatarnos del pecado y de la muerte.

El nos dice: Yo he venido para que las ovejas tengan vida y la tengan abundante (Juan 10,10).

Esta nueva criatura que surge del Bautismo necesita crecer y desarrollarse. Para ello ha de contar, necesariamente, con el auxilio de Dios. Y aunque los medios que Dios ofrece son múltiples, los sacramentos son, sin lugar a dudas, los más importantes.

No todos los sacramentos son igualmente necesarios. De los siete que Jesús dejó a su Iglesia para su debida distribución, hay dos que son destinados a una misión específica de interés comunitario: el Orden Sagrado y el Matrimonio. No son necesarios para la salvación, a no ser que existiera un rechazo positivo de aquellos que han recibido de Dios tal vocación.

Como aquel joven rico del Evangelio (Mateo 19,13-15), que se negó a aceptar el llamado de Jesús, podemos poner en riesgo la salvación si nos negamos a lo que Dios nos pide.

No es que podamos afirmar que aquel joven fue necesariamente apartado de la gracia y de la salvación. Eso queda en manos de Dios. El sólo puede juzgar la responsabilidad que cabe en uno que actue así.

Lo que es mucho más frecuente es el rechazo a recibir el sacramento matrimonial. En países con una mayoría de bautizados se puede notar la realidad de la presencia del cristianismo por el número de personas que asisten regularmente a la Misa dominical y por el número de parejas casadas por la Iglesia. Las estadísticas suelen ser decepcionantes.

Hay países donde quizás el numero de bautizados llega a más del 80 % de la población y donde no hay ni un 20 % de parejas casadas por la Iglesia.

Esto tiene una repercusión directa en la vida espiritual de estas personas, pues al haber roto el ritmo sacramental, el alejamiento de Dios y de la Iglesia es algo evidente, aunque haya quienes pretendan alegar lo contrario.

Fuera de esto, hay que afirmar que nadie está obligado a casarse, al igual que no todos pueden recibir el sacramento del Orden. Sólo unos pocos, mientras no haya un cambio en la legislación actual, pueden recibir ambos sacramentos: los diáconos, que siendo casados reciben el sacramento en su tercer grado; los sacerdotes de rito oriental si se ordenan despues de casados y los viudos que optan por el sacerdocio como un medio de servir mejor al Señor.

No hay que dudar que, en un futuro quizás no lejano, podamos ver hombres casados ordenados también en la Iglesia latina. En cuanto a las mujeres, no sé si algún día lo veremos, pues nunca ha habido en la Iglesia la tradición de mujeres ordenadas ni de hombres ordenados que después se casen.

SIGNOS SENSIBLES DE SALVACIÓN

La definición general de los sacramentos es que son señales sensibles de la invisible gracia de Dios. Esto nos indica la delicadeza que Dios tiene con nosotros, pues mientras estemos en el mundo ni lo podemos ver a El ni podemos ver sus acciones.

Y eso también son los sacramentos: acciones salvíficas de Dios. Si El no actuase el valor de lo que llamamos sacramentos quedaría totalmente aniquilado. Pero ha sido El mismo quien, en Cristo, ha instituido los sacramentos, para que pudiese llegar hasta nosotros el fruto de la RedencIón.

Muy cierto que Cristo murió por todos y que todos hemos sido salvados por El. De eso no hay duda para los que somos sus discípulos. Pero, como dice san Agustín" Aquel que te creo sin ti, no te salvara sin ti.

Esto significa que hemos de cooperar con la gracia de Dios. Tenemos que aceptar por fe lo que El nos ofrece, poniendo en práctica lo que El exige de nosotros.

La fe que no está comprometida es nula. O como diría Santiago: La fe sin obras es cosa muerta (2,26).

Si bien los sacramentos son signos eficaces de la gracia de Dios, si no sabemos de qué se trata nos pasaría como a alguien a quien se le da una joya de gran valor y la tira a un rincón por creer que no vale nada. ¿No cambiaban los indígenas de América el oro por un espejito cualquiera?

Al enviar a sus apóstoles antes de su Ascensión, Jesús les dice: Vayan por el mundo entero predicando la Buena Noticia a toda la humanidad (Marcos 16,15).

Al final Marcos añadirá: Ellos se fueron a predicar el mensaje por todas partes y el Señor cooperaba confirmándolo con las señales que los acompañaban (16,20).

No tendría razón de ser dar un sacramento a uno que no sabe lo que está recibiendo. Todo sacramento exige fe en el sujeto que lo recibe. Sólo en el caso de los niños la Iglesia les presta su fe, pero exige - aunque esto no siempre se cumple - que los padres y padrinos den garantía de que el niño tendrá una educación en la fe que le permita más adelante conocer el valor de lo que ha recibido.

CASARSE POR LA IGLESIA

¿Qué valor tiene el casar por la Iglesia a uno que no vive los valores de su bautismo? Ninguno.

Lo que ocurre es que la Iglesia, aunque podría tratar de disuadir con ciertas exigencias a los que no demuestran estar preparados, no podría negar totalmente lo que es un derecho de todo bautizado.

Por eso seguiremos viendo muchas bodas en la Iglesia de las que tenemos derecho a dudar que no reúnen todos los requisitos.

Puestos a prometer, los que piden el matrimonio lo prometen todo, lo que obliga a la Iglesia a no rechazar su petición.

Con todo, se supone que todo bautizado debe vivir unido a Cristo, consciente de que en la tierra somos peregrinos en busca de su Patria definitiva.

El bautismo nos ha dado una nueva ciudadanía: la del Reino de Dios. Somos los hijos de Dios. Y también sus herederos, con tal que aceptemos en nuestra vida su plan de amor.

El bautismo nos hizo miembros del Pueblo de Dios, la Iglesia, por lo que, en adelante, todo lo tenemos que hacer como tales.

Los que hemos resucitado con Cristo, todo lo hacemos en el Señor. Su gracia nos acompaña a lo largo de la vida.

Por tanto, llegada la hora, una pareja de bautizados no puede olvidarse de Dios cuando decide comenzar su vida en común. No puede tampoco dar las espaldas a la Iglesia.

El sacramento se vuelve una obligación o aquella vida cristiana que en ellos latía se apaga totalmente. Lo que sigue será una vida en pecado, en desgracia de Dios.

¿Es que casarse por la Iglesia aporta algo a la pareja fuera de una bella ceremonia para ser recordada?

Tenemos que afirmar rotundamente que la ceremonia es lo de menos. Los que vayan a casarse por la Iglesia sólo por lucir bonitos trajes, o para disfrutar de una ceremonia y una recepción inolvidables, saldrán con el alma vacía. Todos esos aditamentos que las exigencias sociales y la misma vanidad han agregado a la ceremonia nupcial pueden, y de suyo son, un contrasentido.

Lo que Dios ve, bendice y transforma son los corazones de dos que se aman profundamente y quieren santificar la misma esencia de su vida en común.

Hacer de aquella ceremonia un signo eficaz de la gracia de Dios que los ha de acompañar toda su vida.

Hacer de aquel consentimiento mutuo un canal de gracia y amor por el que se comprometen a cuidar el uno del otro, a ser fieles a las promesas que se dan, y a aceptar tanto el matrimonio como el don de la paternidad, como una misión recibida de Dios.

Que esto sea hecho en una iglesia majestuosa, con música de órgano o hasta de una orquesta, con cardenales u obispos opresidiendo, y con una audiencia de personas encopetadas, o en una iglesita hecha de madera y yaguas, sin música ni oropeles, poco importa. No hay diferencia alguna.

La eficacia del sacramento depende de la limpieza de los corazones de los que se casan, que no de la pompa externa.

¿Lo entienden esto los muchos que se desviven por casarse en las iglesias más bellas y con toda clase de lujos? Me temo que no.

Es difícil, con todo, sustraerse al ambiente pagano y materialista que nos rodea. Hay familias que, aún sin poder,

"tiran la casa por la ventana" con tal de halagar la vanidad propia y las exigencias, a veces crueles, de hijas malcriadas, que piensan más en los peinados y los vestidos, y el lugar de la recepción, por sólo mencionar algunos detalles, que en las gracias que van a recibir para ayudarles a ser felices toda la vida.

¡Qué chasco cuando aquello que comenzó con tantos bombos y platillos termina en un ruidoso divorcio después de unos pocos meses o años! ¡Cuántas fotografias tiradas a la basura o cortadas por la mitad!

Vidas rotas cuyos hijos, si los hay, pagarán también parte de las consecuencias.

He visto, sin embargo, muchas parejas cuyo matrimonio fue celebrado en medio de la alegría de una comunidad cristiana y de familias practicantes, donde faltaba el lujo y la pompa, pero donde había fe y amor. ¡Qué buen comienzo para una vida en comunión!

Sólo la perseverancia puede darnos el valor de una boda. Nunca la midamos por los oropeles o la calidad y número de los invitados, sino por el número de años que han de vivir juntos, sin nunca lamentar la decisión tomada, sino reafirmando cada día, más con acciones que con palabras, el consentimiento con el que sellaron su compromiso ante Dios.

LO QUE APORTA EL SACRAMENTO

Pues nada menos que la presencia asegurada de Dios en medio de aquella pareja, pues es la Santísima Trinidad misma la que ha de habitar en aquel hogar.

Así promete Jesús: Uno que me ama cumplirá mi mensaje, mi Padre lo amará, vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él (Juan 14,23).

¿Es que acaso es poca cosa tener a Dios viviendo a nuestro lado? ¿No habrá allí felicidad, comprensión, alegría y paz, que son frutos del Espíritu?

De eso se trata, pues todo sacramento ofrece un incremento en la unión con Dios de aquellos que lo reciben, o dicho de otro modo, un aumento de la vida divina en los mismos.

Los que vayan a buscar en un sacramento, con una mentalidad pagana, un aumento de bienes materiales, estarían cometiendo un grave error. La felicidad no la pueden producir ni el dinero, ni los carros, ni una casa lujosa, ni las muchas joyas, sino el amor ardiente y creciente de dos corazones que vibran al unísono.

El Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et Spes), se expresa de esta manera: El genuino amor conyugal es asumido por el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvadora de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios (Número 48,b).

Como vemos, se trata de algo muy elevado, de un llamamiento a la santidad en pareja, de una vocación a la que sólo pueden responder los que desean que su amor sea cada vez más fuerte, con la gracia de Dios.

Y esto, podemos adivinarlo, sería la gran medicina capaz de superar cualquier crisis, cualquier escollo, que pueda presentarse en la vida de una pareja.

Nadie podrá decir que el sacramento asegura que no habrá obstáculos en el camino. Siempre los hay. Pero cuando se está fortificado con la gracia especial del sacramento, todo podrá ser superado.

El Señor ha prometido a los que están cansados y agobiados que si acuden a El, encontrarán alivio y consuelo (Ver Mateo 11,28). Esto es especialmente verdadero para aquellos que, unidos sacramentalmente, confrontan un escollo que amenaza con hacer naufragar su matrimonio. Acudir a Jesús es la primera medida que se ha de tomar.

Pero, ¿qué decir de aquellos esposos que nunca se unen para orar, que nunca van juntos a la iglesia, que no comparten una vida de fe?

El naufragio puede ser un final seguro si no reaccionan a tiempo y, haciendo uso de sus derechos sacramentales, buscan en Dios el auxilio para hacer frente a la dificultad.

San Agustín, citado por Pio XI en su encíclica "Casti Connubii" sobre el matrimonio cristiano, señala como los bienes concedidos por Dios al verdadero matrimonio estos tres: la prole, la fidelidad y el sacramento.

Es lógico que el amor y la felicidad de la pareja es algo anterior a los hijos, pues sin su unión éstos no existirían.

Es innegable que sin el matrimonio, tal como Dios lo pensó, el género humano no podría propagarse en forma adecuada. Ya conocemos de sobra las consecuencias de traer hijos al mundo en forma irresponsable.

Un mandato de Dios aparecido desde el principio es Crezcan y multiplíquense. Dios quiere, pues, que el hombre y la mujer que se unen por amor tengan hijos. Lo que no invalida un matrimonio que no los tenga, si es por algún motivo ajeno a su voluntad.

Dice Pío XI en la encíclica antes citada: De donde fácilmente aparece cuán grande don de la divina bondad y cuán egregio fruto del matrimonio sean los hijos, que vienen a este mundo por la virtud omnipotente de Dios, con la cooperación de los esposos (Número 6).

Los hijos deben ser razón, que no obstáculo, al amor de los esposos. Sin la permanencia del matrimonio sería imposible dar a los hijos un verdadero hogar, donde se formen en una ambiente propicio para captar los valores cristianos, no por explicaciones solamente, sino sobre todo por la experiencia vivida en el mismo.

No por azar una de las características fundamentales que adornan el matrimonio es la indisolubilidad, pues algo que pudiera romperse fácilmente demostraría su poca solidez. Quien no está dispuesto a un compromiso para toda la vida es porque duda del amor que pueda tener por su pareja.

Educar a los hijos, por otro lado, requiere un buen número de años. Incluso en una familia poco numerosa, obliga a una atención sostenida que tiene que durar hasta que el último de los hijos esté en capacidad de abandonar el hogar.

Es entonces cuando la pareja debe entrar en un período más tranquilo, en que su amor maduro se goce mutuamente con todas las vivencias tenidas hasta entonces, disfrutando, además, de la presencia esporádica de los nietos, que no deben, en modo alguno, ser considerados una responsabilidad de los abuelos, pues la educación de los mismos ha de corresponder, exclusivamente, a sus padres.

LA FIDELIDAD Y EL RECHAZO DE LAS TENTACIONES

Sobre la fidelidad es bueno recalcar que es en la que se basa, en primer lugar, la fórmula del consentimiento en el rito sacramental. Esto demuestra su importancia.

Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

En realidad debería decirse todos los días de tu vida, pues se sabe que cuando el cónyuge muere, el otro queda en libertad para contraer un nuevo matrimonio, una legislación sabia de Dios, pues a veces se llega a la viudez a temprana edad, cuando aún los hijos necesitan protección y ayuda.

Además, la soledad de la persona que queda viuda le lleva a buscar una compañía adecuada, lo que es totalmente legítimo.

La fidelidad exige vigilancia y cuidado. Las tentaciones se presentan todos los días, tanto al hombre como a la mujer. El que sale de su casa puede encontrar fácilmente ocasión de pecado, sobre todo si la anda buscando.

San Pablo da una medida del amor conyugal al decir: Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia (Efesios 5,25). Ya sabemos que cuando dice Iglesia se está refiriendo a todos nosotros. El se sacrificó por nuestra salvación.

El amor exige sacrificio. Aquel que ande buscando tentaciones, ¿estará demostrando amor? ¿Cómo se podrá cumplir con el precepto de la indisolubilidad matrimonial si ponemos en peligro la unión?

Cristo lo dijo claramente: Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre (Mateo 19,6).

El ha prometido las gracias necesarias para conseguir este propósito. Pero no hay que obligarlo a hacer milagros.

Hoy en día una de las formas más fáciles de adulterio es la pornografía. Muchos hay - pues esto se ha convertido en una epidemia y en un negocio multimillonario - que, desgraciada-mente, buscan gozarse con esas mujeres que aparecen en revistas y películas, y ahora también en el Internet, y a veces hasta pretenden que la esposa participe en fantasías que desdicen totalmente de la santidad y dignidad del matrimonio.

Esto es degradante y debe evitarse a toda costa.

Que nadie alegue que hay cosas que no se pueden hacer con la esposa. No se requiere este tipo de inmoralidad para disfrutar plenamente del sexo con el cónyuge. Nada hay que sea prohibido si se hace por amor y con amor, con tal de que ambos estén de acuerdo y sea de mutuo agrado.

Cuando se busca recurrrir a esas fantasías en que entran otras personas, aunque sólo sea en videos o películas, se está permitiendo que la semilla de la corrupción se apodere del lecho conyugal y de ahí a un adulterio real no hay más que un paso.

El adulterio es nefando y hay que evitarlo por todos los medios. Pero hay también que inyectar la unión con un renovado atractivo, para que se pueda evitar más fácilmente la tentación.

El mismo Pablo alega esto cuando dice que no se debe negar el débito (la relación sexual), a no ser que sea de mutuo acuerdo, no por mucho tiempo, y sólo para dedicarse a la oración, a fin de no dar entrada al diablo (Véase 1a. Corintios 7,5).

Maridos y esposas deben procurar la mutua satisfacción, haciendo lo posible por atraer al otro con las gracias propias de cada sexo. La conquista no puede cesar con la boda. No hay que dar por descontado que el otro me pertenece para siempre, porque firmamos un contrato. Se trata de que el amor no muera, por lo que hay que alimentarlo. Y el amor se alimenta con delicadezas, con palabras bonitas, con esmero en el vestir y en la apariencia personal, con caricias de todo género, con todo aquello que agrade y haga feliz al cónyuge.

En esto muchos se descuidan. Y cuando el sexo se vuelve rutina, y el trato mutuo desabrido y tosco, sufre el cariño y el amor comienza a descender. ¡Peligro! Es hora de reavivar el fuego y dar debida atención a lo que más debe interesar a una persona verdaderamente enamorada. Siempre habrá remedio si se aplica a tiempo.

El sacramento es todo esto y mucho más. Cuando la pareja está empeñada en la búsqueda sincera de Dios, muchas cosas se van descubriendo.

Por tanto, vivan su amor. Cuiden su tesoro. No olviden que Dios estará con Uds. Pero recuerden tambien que a Dios rogando y con el mazo dando, lo que significa poner todo lo que esté a su alcance para lograr el éxito.

EL MATRIMONIO EN EL PLAN DE DIOS

No hay duda alguna de que en el plan original de Dios con respecto a los seres humanos, el matrimonio tuvo un lugar especial.

Incluso entre los animales, que en gran parte habían ya aparecido antes de la creación del hombre y la mujer, la regla fue la existencia de dos sexos que se complementaban para la supervivencia de las especies.

Pero entre los animales todo fue diferente, pues al no poseer conciencia y, por tanto, personalidad, no eran capaces de tomar decisiones y sus acciones eran dirigidas por lo que llamamos el instinto.

La Biblia nos narra (Génesis 2,7), que Dios creó primero al varón y le hizo saber que todo lo existente en la tierra estaba a su servicio.

Tanto así que hizo pasar delante de sus ojos a los animales de todas las especies, para que el hombre les pusiera un nombre. Fue motivo de gran decepción para él que, entre todos ellos, no había nadie que se le asemejara. En una palabra, no podía entrar en una verdadera comunicación con ninguno de ellos, pues carecían de "eso" que los haría ser sujetos, personas inteligentes capaces de ser interlocutores con sus semejantes.

Ya antes (Génesis 1,26), la Biblia había puesto en boca del propio Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.

¿Qué significaban estas palabras?

Ser imagen de Dios puede implicar muchas cosas. Creo que podemos estar de acuerdo en que las más importantes cualidades que tiene el ser humano confirman el expreso deseo del Creador.

Para ser imagen de Dios el hombre tenía que ser inteligente, es decir, capaz de "entender" lo que le rodeaba para poder usarlo en su propio beneficio y en el de sus semejantes.

Tenía que estar dotado de una voluntad que lo hiciera capaz de tomar decisiones. Esta voluntad indica la presencia de un elemento que es imposible detectar en los animales: el componente espiritual que llamamos "alma". Si Dios es espíritu el hombre, para ser imagen de su Creador, tenía que tener también espíritu.

Este componente, que junto al cuerpo hacen realidad la existencia de un ser humano, es el que marca la gran diferencia entre el hombre y los animales.

El hombre es capaz de ser dueño de sí mismo y también de dominar a los animales y completar, así, la obra de Dios en la tierra.

Esa fue, precisamente, la tarea que Dios encomendó a la primera pareja: Crezcan, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los vivientes que reptan sobre la tierra (Génesis 1,28).

Es claro, pues, que el ser humano es rey en la tierra, y ejerce su señorio sobre todo lo aquí creado.

Pero la semejanza con Dios no termina en su capacidad intelectual y su superioridad sobre los animales.

Por ser también espiritual el hombre es capaz de amar. Esto le permitirá realizar lo que ha de ser su vocación primordial a lo largo de toda la Historia: entrar en comunión con su cónyuge, formando un hogar, y con sus semejantes para formar una comunidad.

Esto constituye un doble movimiento en la dinámica del plan de Dios. De ahí que ante la soledad del ser humano, el propio Creador exclame: No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle el auxiliar que le corresponde (Génesis 2,18).

¿Podría la soledad del hombre llenarse con la presencia de la mujer?

Esto era sólo un principio. La Biblia recalca, en el capítulo 2° del Génesis, la creación de la mujer, para afirmar la importancia que Dios da, desde el comienzo, a la unión matrimonial.

Esto no quiere decir, con todo, que el Creador planeara una sociedad cerrada, en la que el hombre sólo tendría comunicación con la mujer y con los hijos de ambos, sino que el concepto de comunidad - vivir en comunión - tendría una dimensión reducida - la familia - y una más amplia formada por los miembros de varias familias, que en los albores de la humanidad se llamaría clan o tribu y que luego se transformaría en villas, pueblos, ciudades, naciones, Patria. En lo espiritual llegaríamos desde la celula familiar a lo que hoy llamamos Iglesia.

El encuentro del primer hombre con la primera mujer fue un amor a primera vista.

Nada más ver a aquella que en adelante iba a ser su compañera, salió de la boca del hombre, que se encontraba totalmente emocionado, el primer piropo de la Historia: Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne (Génesis 2,23).

Podemos imaginar el alborozo con que el hombre pronunció tales palabras. Se había enamorado.

No podía ser menos, pues el primer matrimonio de la Historia tenía que ser, necesariamente, basado en el amor.

Pronto, sin embargo, llegarían los conflictos, lo que no anularía aquella palabra de Dios que sentenciaba: Por eso un hombre abandona padre y madre, se junta a su mujer y se hacen una sola carne (Génesis 2,24).

En esto hay un reflejo directo de la realidad íntima de Dios, que nos es revelada por Jesús: que Dios, aunque uno, es trino en personas. Las tres forman la comunidad divina: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es curioso que aunque esta verdad no era conocida en el Antiguo Testamento, de alguna manera aparece en la redacción del pasaje: Y dijo Dios: - Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Génesis 2,26).

El autor sagrado, sin saberlo, pone en plural la expresión que atribuye a Dios de que el hombre fuera hecho a su imagen y semejanza.

Sí, el hombre ha sido llamado a vivir en comunidad, como Dios es comunidad.

Habiendo hecho al hombre rey en la tierra, no quiso el Creador, con todo, que se olvidara de que El estaba por encima del hombre, y que este debería siemrpe reconocerlo.

De ahí que le pusiera al hombre una prueba. No podría comer de la fruta de un árbol que se encontraba en el centro del Jardín del Edén.

Esta narración, debemos aclararlo, no debe ser tomada al pie de la letra. El autor del texto, no conocía los detalles de la forma en que Dios obró. De ahí que se valiera de una alegoría, algo así como un cuento que, de alguna manera, expresara lo que el Creador había hecho. Podemos estar seguros que si los detalles no fueron los mismos, en el fondo subyace la verdad de la acción divina.

Lo cierto es que por un hombre el pecado entró en el mundo y por el pecado la muerte (Romanos 5,12). Esto trajo un cambio definitivo en la relación entre hombre y mujer y entre los seres humanos en general.

Esto se desprende del mismo relato bíblico. Cuando Dios llama a Adán y Eva para pedirles cuenta, éstos habían descubierto que estaban desnudos. Esto significa que había entrado en ellos un elemento nuevo: la malicia (Génesis 3,7).

Luego, cuando el Creador les pregunta sobre lo ocurrido, el hombre se defiende acusando a la mujer (3,12).

Del pecado surgen consecuencias, como las descritas en Génesis 3,16-19:

A la mujer le dijo:

-Mucho te haré sufrir en tu preñez,
parirás hijos con dolor,
tendrás ansia de tu marido,
y él te dominará.

Al hombre le dijo:

- Porque le hiciste caso a tu mujer
y comiste del arbol prohibido,
maldito el suelo por tu culpa;
comerás de él con fatiga mientras vivas;
brotará para ti cardos y espinas,
y comerás hierba del campo.
Con sudor de tu frente comerás el pan,
hasta que vuelvas a la tierra,
porque de ella te sacaron;
pues eres polvo y al polvo volverás.

La más importante de todas las consecuencias para el matrimonio fue la desconfianza.

El pecado alteró la interdependencia de ambos. Vino el abuso y la degradación de la mujer. Esta se convirtió en casi una esclava y objeto sexual.

De ahí que del plan original de Dios, en que la mujer debería ser compañera, se pasa a considerarla inferior y sierva. La condición de la mujer sigue siendo hoy, en muchos países, la misma que en épocas pasadas, en que a la mujer no se le reconocían sus derechos.

Y lo que fue mucho peor, con el pecado desapareció la relación con Dios y se cayó en la superstición, la idolatría y el culto aberrante que exigía hasta sacrificios humanos.

La Historia confirma que la rebelión primera del ser humano en contra del plan de Dios se ha perpetuado. Y la situación actual de la familia es una consecuencia de siglos en los que el matrimonio fue abusado en mil formas, desde la intromisión de los padres en la elección del consorte, hasta la aceptación del adulterio como algo imposible de erradicar, pasando por toda clase de aberraciones sexuales.

Con todo el plan de Dios sigue siendo el ideal para todo el que desee encontrar la felicidad en el amor. Dios no podía equivocarse al hacer del matrimonio el mejor medio para el bienestar de la pareja y la buena educación de la prole.

Esto último es muy importante, pues está ligado a la misión misma que Dios dio a la primera pareja humana: Crezcan y multiplíquense (Génesis 1,28).

Esto no quiere decir que el hombre tenga que proceder como los animales.

El ser humano es, posiblemente, el más desvalido de la tierra. Mientras casi todos los animales están listos para actuar por su cuenta en unos pocos días, semanas o meses, el niño necesitará de años para estar totalmente preparado al ejercicio de sus funciones como adulto.

Son los padres, desde luego, los que han recibido la misión principal de ayudar a los hijos a formarse bien, para ser los hombres y mujeres que la sociedad necesita.

DIFERENTES PARA COMPLEMENTARSE

Hombre y mujer han sido creados para una mutua complementación.

Uno y otra tienen diferencias corporales y sicológicas que apuntan a ser complementadas las unas con las otras.

La mujer tiene una característica única que la hace especialmente diferente del varón: su capacidad para ser madre.

Esto le representa, desde muy joven, una carga emocional que tiene relación con las descargas hormonales que recibe para prepararla a esa función tan propia y tan femenina.

El hecho de ovular hace que todo su cuerpo se prepare, en un ciclo que se repite regularmente durante muchos años, a la posibilidad de un embarazo.

Ovulación y menstruación marcan a la mujer con una característica singular. Su vocación a la maternidad le será recordada con precisión constante.

No es que todo sea diferente, pero los órganos sexuales y reproductores son lo suficiente para marcar la diferencia.

Esto se refleja también en lo sicológico.

Mientras el hombre razona y actúa en ciertas formas, la mujer lo hace en otra clave.

Esto se nota, sobre todo, en la manera en que reacciona ante el amor.

La mujer puede ser tanto o más apasionada que el hombre. Es más, su cuerpo tiene una capacidad superior a la del hombre para disfrutar del placer sexual. El varón está limitado prácticamente a una zona erógena alrededor del órgano sexual. La mujer, por el contrario, posee zonas más amplias que no se limitan a la vagina y el clítoris.

Por otro lado el hombre no sobrepasa a la mujer en cuanto al número e intensidad del orgasmo, pues está limitado por la eyaculación. No así la mujer, que al no tener que eyacular, puede repetir los orgasmos en rápida sucesión.

Es cierto que la mujer es más lenta para reaccionar sexualmente, pero si todo sucede como se debe, no hay por qué pensar que no logre tanta o mayor satisfacción que la que pueda disfrutar el varón.

En esto es muy importante el acoplamiento de la pareja en sus mutuas caricias, y la conciencia que ambos deben tener de que cada uno debe esforzarse por satisfacer al otro.

Los fracasos suelen ser siempre producto del egoísmo o la ignorancia. Ya se decía desde antiguo que "no hay mujeres frígidas sino maridos inexpertos".

Todo lo ha puesto Dios para la total satisfacción de la pareja. Y es su voluntad que así suceda para que su amor se profundice y agrande, de modo que su unión no sólo pueda ser cauce de nuevas vidas sino también canal de renovado amor.

Por eso deberá el hombre ser muy cuidadoso para, conociendo estas diferencias, no buscar su propia satisfacción dejándose llevar de la premura por lograr el orgasmo, sino que debe dar tiempo a la esposa, llevándola delicadamente a la consumación del acto amoroso.

Estas diferencias se extienden también a lo que ocurre después del orgasmo.

El hombre sufre de la tendencia a creer que logrado el mismo ya está todo hecho, lo que le produce algo así como una desilusión. Quizás por esto se ha dicho desde antiguo que "después del orgasmo el hombre es un animal triste". Esto lo lleva a entregarse al sueño lo antes posible. Lo que significa ignorancia de lo que ordinariamente le ocurre a la mujer.

Esta, por el contrario, entra después del orgasmo en un período de tiempo que, si no es compartido, puede llevarla también a la desilusión, como muchas veces ocurre.

Si antes del orgasmo lo que prevalece es el desencadenamiento de todas la potencias corporales ligadas a lo sexual, después del orgasmo sucede un tiempo de plenitud espiritual, de felicidad que debe ser aprovechado por ambos para exteriorizar su mutuo amor con palabras y caricias que ya no buscan la excitación de los sentidos sino el pleno disfrute del deleite interior.

Ya se decía que una mujer aprecia y agradece más un beso después del orgasmo que mil antes del mismo. Estos pueden buscar sólo un disfrute egoísta del sexo, mientras que después son una manifestación de puro amor.

Esto es lo que va haciendo de la unión de la pareja algo único, insustituible, que los llena a ambos de satisfacción verdaderamente humana, tanto física como espiritual, agrandando y profundizando su amor más y más.

Las diferencias sicológicas deben ser conocidas y respetadas para lograr la complementariedad necesaria, de modo que la pareja pueda conseguir el ideal de la indisolubilidad.

INDISOLUBILIDAD

Las palabras de Jesús: Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre (Mateo 19,6), confirman que el matrimonio es una institución divina, que requiere una unión tan íntima que permita a ambos convertirse en un solo ser que ya resulta inseparable.

La indisolubilidad es requerida por el mismo amor. El que de verdad ama no puede menos de desear que su amor perdure. ¿Qué clase de amor sería ése que sólo dura unos pocos meses o años?

Al menos hay que asegurar que si alguna vez fue bueno, no se le cuidó lo suficiente y comenzó a perder su calidad hasta que no fue capaz de resistir los embates de la tentación.

Los que aman sienten, con toda sinceridad, lo que dicen cuando afirman: Te amaré toda la vida.

¿Cómo sonaría en los oídos una expresión como ésta: Te amaré hasta que me encuentre otra que me guste más?

La indisolubilidad es requerida también por esa altísima misión que Dios encomienda a los esposos, de convertirse en padres de familia, procreando y educando a los hijos frutos de su mutuo amor.

Ya se dijo que esta tarea toma muchos años y que la verdadera educación del hogar sólo es posible cuando existe un verdadero amor entre los esposos.

No podemos olvidar que la educación de los hijos sufre un golpe muy severo cuando se interrumpe la relación materno-paterna. Otro "padre" o "madre", sobre todo después de cierta edad, dificílmente serán sustitutos válidos del original.

Las consecuencias del pecado, como se dijo, trajeron costumbres contrarias a la dignidad de la mujer y la estabilidad del matrimonio.

Incluso en el pueblo de Israel se ve que aunque se practica la monogamia, los reyes suelen tener varias esposas y concubinas, sentando así un mal ejemplo a sus súbditos.

Con todo, durante mucho tiempo la poligamia fue aceptada, como lo reflejan algunos textos bíblicos.

Por ejemplo Deuteronomio 21,15-17:

Si uno tiene dos mujeres, una muy querida y otro menos, y las dos, la más querida y la otra, le dan hijos, y el primogénito es hijo de la menos querida, al repartir la herencia entre los hijos no podrá enriquecer al hijo de la primera a costa del hijo de la segunda, que es el primogénito; reconocerá al primogénito, hijo de la menos querida, dándole dos tercios de todos sus bienes, porque es la primicia de su virilidad y es suya la primogenitura.

Esto fue poco a poco suprimido, aunque no dejaba de haber personas que transgredían las leyes de la monogamia.

Por otro lado la opinión de las mujeres apenas era tenida en cuenta. En caso de adulterio, aunque se castigaba con la muerte a ambos, como reza en Levítico 20,20: Si una comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte, casi nunca el hombre sufría las consecuencias, mientras que muchas mujeres murieron por este delito. Al hombre casado que tenía relaciones con una mujer soltera no se le castigaba por ello.

Lo mismo ocurría con el divorcio. Sólo el hombre tenía el derecho a dar el libelo de repudio, no así la mujer. Esto demuestra que la interpretación de las leyes de Dios estuvo enmarcada dentro de los conceptos machistas predominantes, lo que se refleja en el mismo relato de la creación de la mujer de una costilla del hombre.

No fue Dios, sino el ser humano, el que retuerce el plan del Creador y lo adapta a su aparente conveniencia.

Esto lo dice claramente Jesús cuando unos fariseos le preguntaron si estaba permitido repudiar a la mujer por cualquier motivo.

El Divino Maestro recuerda el plan original, y cuando le insisten en que fue Moisés el que prescribió darle a la mujer un acta de divorcio cuando se le repudiaba, El contestó:

- Por lo incorregibles que son, por eso les consintió Moisés repudiar a sus mujeres, pero al principio no era así. Ahora les digo yo que si uno repudia a su mujer - no hablo de unión ilegal - y se casa con otra, comete adulterio (Mateo 19,3-9).

Y es que no podía ser de otro modo, por cuanto la voluntad del Creador era que los esposos vivieran felizmente y el divorcio demuestra que las cosas no han marchado como se esperaba.

Ahora bien, el ser humano no es perfecto. Adolece, pues, de limitaciones. Puede equivocarse sin culpa alguna al elegir con quién ha de compartir la vida.

Antes, cuando esto sucedía, la solución no era fácil, pues el proceso resultaba largo y complicado.

Para bien de aquellos que de buena fe creyeron contraer matrimonio adecuadamente, pero pronto descubrieron su error al ir notando que su unión no funcionaba, pues le faltaban los requisitos necesarios, la Iglesia ha aligerado los trámites para subsanar el error.

Hoy día es relativamente fácil conseguir un decreto de nulidad, siempre que se pruebe que en verdad ese matrimonio no podía funcionar normalmente, ya que desde el principio presentó problemas que así lo confirmaban.

Otra cosa es cuando existen todos los elementos necesarios para que funcione, y de suyo lo ha estado haciendo por algún tiempo, y luego, culpablemente, se introducen elementos que todo lo trastornan y lo hacen fracasar.

Si Ud. compra un vehículo u otro aparato cualquiera que funciona perfectamente, no podrá ir a reclamar que se lo cambien si fue Ud. quien lo daño por una imprudencia o un mal manejo.

Y aunque nunca las comparaciones son buenas, se podría poner otro ejemplo. En el banco le dieron un billete nuevecito. Ud. lo puso en un bolsillo y luego, distraídamente, pone la camisa donde aquél se encontraba en una lavadora. ¿a quién va a reclamar cuando vea que el billete quedó reducido a pedacitos de papel por su olvido o negligencia?

Es lógico que los matrimonios no son como los aparatos. Por ejemplo, hay matrimonios que nunca han funcionado como tales, pero que se mantienen unidos sea por los hijos que han tenido o por razones de cualquier otra índole.

El tiempo transcurrido no sería óbice para obtener una declaracion de nulidad, aunque haría el proceso más complicado, pues después de algún tiempo se hace mucho más difícil probar que aquel matrimonio nunca funcionó como debería esperarse.

EL IDEAL DEL AMOR O EL AMOR IDEAL

Podríamos preguntarnos: ¿Es dificil conseguir el ideal del amor, ése que estuvo en el plan original de Dios?

Difícil sí, pero no imposible. Como todas las cosas humanas - aunque hay en el amor mucho de divino -, no podríamos nunca llegar a la perfección.

Pero cuando dos personas se aman de verdad, luchan denodadamente por ir superando todos los obstáculos que impiden que su amor logre parecerse lo más posible al ideal.

Eso es parte también de la tarea de los esposos. Como dos buenos jardineros, deben mantener la bella flor de su amor siempre fresca, rociada con la fina lluvia de los pequeños detalles que buscan complacer.

No menos importante es mantener limpio el entorno de las malas yerbas del egoísmo, la estrechez de miras, la lujuria y otros vicios que son un peligro mortal al amor.

La dulzura en el trato, la ternura exquisita, la sincera preocupación por el bien del otro, tanto en el orden natural como en el sobrenatural, son elementos importantísimos en la vida de la pareja.

Sin que se olviden la oración y la práctica de la religión en la asidua participación en la vida de la Iglesia, Pueblo de Dios.

GRACIA SACRAMENTAL

El matrimonio adquiere una nueva dimensión después de la venida de Cristo. No porque se olviden las enseñanzas que sobre el mismo nos da el Antiguo Testamento, sino porque todo esto logra una mayor altura y profundidad.

Ya no se ve la unión de los esposos sólo como una institución divina para beneficio de los mismos y la procreación y conservación de la prole, sino también como un medio de santificación y unión de la pareja y la familia misma con su Creador y Padre.

Para que esto se logre instituye Jesús un sacramento especial que bendice y santifica los gozos y las esperanzas de los cónyuges, y les otorga las gracias necesarias para cumplir las promesas que ambos se dan ante Dios.

Pablo recuerda esta elevación del matrimonio que debe ser reflejo de la relación de Cristo con la Iglesia, en su carta a los Efesios:

Sean sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, El que es salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo.

Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia. El se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie, jamás, ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.

"Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne". Es éste un gran misterio; y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de ustedes ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido (5,21-33).

Aquí se trazan las normas de lo que haría del matrimonio el ideal que Dios forjó. Pablo amonesta a ambos, esposa y esposo, a complacerse mutuamente, a tener un amor sin medida: como Cristo ama a la Iglesia.

Algunos han podido interpretar este texto como si pusiera a la mujer en inferioridad con respecto al hombre. Pero en realidad no es así.

Pablo era un hombre de su tiempo, y en él las mujeres eran tratadas como propiedad del marido. El apóstol no podía - al igual que cuando habla de la esclavitud en su carta a Filemón - romper de un golpe con el sistema establecido. Ni siquiera Jesús lo intentó.

Pero Pablo, siguiendo a su Maestro, dicta normas que son la base de un gran cambio en la relación del hombre y la mujer.

O ¿es que acaso pedir al hombre que ame a su mujer como Cristo amó a la Iglesia, es decir, estar dispuesto a cualquier sacrificio por ella, no era algo inaudito en aquellos tiempos?

A la docilidad que pide a las mujeres para con sus maridos, contrapone Pablo estas palabras luminosas, que por eso repetimos: Amar a su mujer es amarse a sí mismo, y nadie ha odiado nunca su propio cuerpo, al contrario, lo alimenta y lo cuida, como hace Cristo con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo (5,29-30).

Esto no es más que el reflejo de lo que dijera el propio Jesús: No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Juan 15,13).

Si Jesús pedía a sus discípulos - más bien exigía como su mandamiento - que nos amásemos unos a otros, ¡con cuánta mayor razón pedirá a los esposos que se amen con un amor sin medida!

Este amor es el que da sustancia y fundamento al matrimonio. Sin él el matrimonio no puede funcionar de veras. Sólo será una caricatura mal hecha.

Este amor es el que convierte a una casa en un hogar, donde hay ese calor especial, ese ambiente único, donde los hijos crecen sanos en sus mentes y sus corazones. Pues del amor de los esposos se nutren los hijos, aprendiendo a ser en el futuro, también ellos, buenos esposos y esposas, y buenos padres y madres.

Concluyendo, podemos decir que, efectivamente, el Matrimonio, como institución, entró desde el principio en el plan de Dios.

Sus objetivos eran claros: el bien de la propia pareja y la conservación de la especie.

Para ello Dios puso en el hombre y la mujer no el simple instinto de los animales para aparearse, sino una profunda atracción, susceptible de convertirse en amor, base indispensable para que ambos puedan formar una auténtica unión conyugal. Así serían capaces de cumplir a cabalidad la misión que se les encomienda realizar en la tierra.

Pero llegó el pecado y todo cambió. El ser humano desobedece a Dios haciéndose un daño que sólo Dios sería capaz de reparar.

El original divino fue dejado a un lado, para que, en su lugar, imperara el egoísmo en las relaciones entre hombre y mujer y entre los seres humanos.

Así se impusieron toda clase de abusos en lo que vino a ser "la ley del más fuerte". Los débiles, lógicamente, llevaron la peor parte en todos los órdenes de la vida.

Con todo, de alguna manera se mantuvo la impronta que el mismo Creador había impreso en el corazón humano, y el matrimonio, pese a las múltiples dificultades que hubo de confrontar a lo largo de los siglos, logró sobrevivir.

Muchas veces será sólo una caricatura, algo que se parece de lejos al plan original, pero que demuestra que no se ha conseguido inventar nada que pueda superar el modelo primigenio.

Hoy, muy cierto, hay una gran crisis familiar en el mundo. Esto no demuestra que el matrimonio como institución haya fracasado.

Los principios sobre los que éste se sustenta siguen siendo instrumentos válidos para lograr el objetivo de parejas felices que, por amor, tienen sus hijos y los educan en un ambiente lo más propicio a su correcto desarrollo.

Lo que hay en el mundo, en realidad, es una crisis moral. Se han perdido muchos valores. A Dios se le deja en un rincón o se le pone en un lugar secundario. Hoy prima la búsqueda de lo material. El dinero se ha convertido en un dios para mucha gente y gran parte se ha trazado como meta de su vida el llegar a ser ricos y poderosos.

Existe una crisis espiritual en una gran cantidad de matrimonios, pues a veces, por conseguir más dinero y tener mayores comodidades tienen que trabajar por tiempos más prolongados, por lo que no pueden disfrutar de una relación armoniosa y privan a los hijos de su presencia.

Todo esto, desde luego, tiene remedio, pero a condición de que las parejas vuelvan a Dios y estén conscientes de que no estamos en la tierra sino de paso, preparándonos para disfutar eternamente de las promesas de nuestro Padre Dios si cumplimos sus mandatos.

La felicidad es posible en la tierra si la buscamos donde verdaderamente se encuentra, que nunca será en cosas pasajeras que no pueden llenar el corazón.

LAS BODAS DE CANÁ

Este hecho lo narra el evangelio de Juan en el capítulo 2, 1-11, donde comienza diciendo: Hubo una boda en Caná de Galilea.

Comencemos por situarnos en el lugar y el tiempo. Galilea se encontraba al norte, en Palestina, y era una de las tres principales regiones habitadas por los israelitas - también llamados hebreos o judíos -, en tiempos de Jesús. Las otras dos eran Samaria y Judea.

Unos seis siglos antes, una de ellas, Samaria, en la que se encontraba situado el reino de Israel (que se había formado por la división ocurrida a la muerte de Salomón), había sido invadida por los asirios que se habían llevado a todos sus habitantes, de modo que se volvió una tierra habitada por extranjeros.

En Galilea también los había en buen número, por lo que era conocida por los de Judea, un tanto despectivamente, como "Galilea de los gentiles".

Galilea era, y sigue siendo, bastante fértil, pues en su territorio se encontraba el lago de Genesareth o Tiberíades, conocido también como "Mar de Galilea" en forma harto exagerada.

Como la gran mayoría desconocía que Jesús había nacido en Belén de Judea, y sabiendo que al menos se había criado en Nazareth, fue llamado "el Galileo". También, aunque no tanto, "el Nazareno".

Pues bien, Caná era una pequeña población cercana a Nazareth. Unos la identifican hoy con Kefr Kenna, a unos siete kilómetros al nordeste de Nazareth, donde ya en el siglo IV hubo una iglesia cristiana.

Otros la ubican algo más lejos, en Khirbet Qana, a 14 kilómetros al nordeste de Nazareth. San Jerónimo, que tradujo toda la Biblia al latín y vivió varios años en Palestina, se inclina por el primero de los dos lugares.

Lo que de seguro podemos colegir es que Caná y Nazareth estaban cerca, y es más que probable que hubiese cierta relación hasta familiar entre sus habitantes que, por otro lado, no eran muchísimos.

Con todo, parecía existir - como todavía ocurre hoy entre pueblos vecinos - cierta animadversión entre unos y otros, pues la amistad y la familiaridad no son óbice para las envidias y las rivalidades.

Hay un dato que nos ofrece el propio evangelista Juan, que confirma esto. En el capítulo 1, versículos 45-46, se narra el encuentro de Felipe, que ya había conocido a Jesús, con Natanael o Bartolomé, de quien el propio Juan dirá en 21,2 que era de Caná. Al elogiar Felipe la persona de Jesús diciendo, además, que era de Nazareth, Natanael respondió con una pregunta cargada de ironía: - ¿Es que de Nazareth puede salir algo bueno?

Hay que recordar que por esos lugares, y parece que especialmente cerca de Caná, había muy buenos viñedos. Es decir, que la región era productora de vino.

Visto el lugar, Caná, pequeña población cercana a Nazareth, en Galilea, pasemos a otro punto.

LA BODA

Una boda judía en tiempos de Jesús era un verdadero acontecimiento, sobre todo en un pueblo pequeño.

La fiesta solía durar siete días, desde el momento en que la novia era conducida, al anochecer, acompañada por su corte, sus familiares e invitados, a la casa del novio.

Recordemos que entre los judíos había primero lo que se llamaba "desposorios", algo así como la petición formal de mano, que ligaba a la pareja muy profundamente. Aunque se podía romper ese compromiso, no era lo común. Era ya casi como si estuvieran casados, de modo que una infidelidad equivalía al adulterio. Al término de un año se celebraba la boda propiamente dicha, aunque parece que no era infrecuente que los novios, quizás para evitarse los gastos de una celebración tan prolongada, se pusieran a vivir juntos sin que nada pasara. Se consideraba totalmente legítimo su matrimonio. Nunca se nos ha hablado, por ejemplo de que María y José tuvieran una fiesta de bodas, y por lo que narran los evangelios, parece que no la hubo, dadas las circunstancias del embarazo imprevisto de María sin haber convivido con José.

Las bodas en los pequeños pueblos, podemos adivinar, eran un jolgorio en el que participaban casi todos los habitantes, no siendo raro sentirse invitados sin estarlo formalmente.

Por otro lado podemos imaginar la gran cantidad de alimentos y vino que se requería para quedar bien con todos. Siete días con muchos invitados comiendo y bebiendo era como para arruinar a cualquier familia.

Es posible que los mismos invitados, o al menos parte de ellos, aportaran algún regalo que serviría para sufragar una porción de gastos tan enormes.

Una boda es siempre - o debe serlo - una fiesta de amor. Allí donde hay dos almas que se aman y quieren compartir su vida para siempre, se eleva el más sublime de los sentimientos.

Casarse es entregarse, comprometerse, dejar de ser absoluta individualidad para compartir con otra persona, el amado o la amada, una absoluta unidad donde nadie más cabe, fuera de Dios.

Pero para llegar a ello se requiere toda una preparación. No es posible lograr un compromiso tan total sin antes llegar al convencimiento de que aquella otra persona ES la que puede llegar a reinar en las reconditeces del propio corazón.

Ha habido épocas y lugares en que los padres se han ocupado de todo. Auxiliados por alguien que tenía como oficio ser "casamentera" oficial, decidían la suerte de dos jóvenes que, a veces, nunca se habían visto. Era un abuso incalificable contra el derecho de cada persona a ser quien tome tan delicada decisión.

El amor quedaba así a un lado. Primaban los intereses de las familias por encima de los derechos de los individuos. Aquello era un desastre que trajo mucho descrédito al matrimonio.

Esto era causa de casi seguros adulterios, pues una persona unida a otra por obligación tiene su corazon vacío, y tarde o temprano lo llenará con el amor hacia alguien con quien ya legalmente no tiene derecho. Esto sigue sucediendo todavía hoy en algunos países.

Pero el que ambos sujetos tomen su propia decisión no asegura tampoco que sea correcta, pues muchos usan del matrimonio como un escape, o como una aventura en la que el corazón no toma parte.

La ilusión de disfrutar de una mejor vida sigue siendo para muchas jovencitas, en algunas partes, la causa de aceptar a una persona a la que no se ama. Para los hombres es frecuente confundir atracción física con amor, siendo impulsados al matrimonio más por la pasión que por los sentimientos más profundos hacia su pareja.

Esto se demuestra facilísimamente al ver el gran número de divorcios que existen y la forma en que muchas personas cambian de pareja como si se tratara de un traje, o una máscara.

El matrimonio, sin embargo, es una institución que no tiene sustituto. Se han tratado de inventar muchas variantes, sucedáneos, caricaturas, imitaciones, pero nada ha podido suplantar al original que el mismo Dios creó.

Todos esos falsos sustitutos terminan en el más absoluto fracaso. Que si el amor libre, el concubinato, los períodos de prueba o hasta la comunidad de parejas. ¿Qué se consigue con todo ello? Nada, pues ninguna de esas experiencias lleva consigo la felicidad, si no hay amor del verdadero.

Si éste existe tenemos la BASE indispensable para la construcción de la comunión de amor que es el matrimonio. Dios, desde el principio, como nos dice la Biblia, instituyó el matrimonio. Esto ocurrió antes de que la primera pareja cayera en el pecado, al pretender ser igual a Dios.

El libro del Génesis nos dice: Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó, los bendijo Dios y les dijo Dios: Crezcan, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla (1, 27-28).

Algo más tarde dirá el mismo libro sagrado, después de una nueva narración de la creación del hombre y de la mujer, donde ofrece más detalles de lo hecho por Dios, aunque en una forma alegórica que nos ayuda a descubrir el fondo real de lo ocurrido: Por eso un hombre abandona padre y madre, se junta a su mujer y se hacen una sola carne (2,24).

Fue, pues, un designio de Dios, algo que entraba en su plan de salvación y felicidad para el género humano, el que hombre y mujer se gustasen, se atrajesen, se amasen y se casasen, abandonando cada uno el hogar paterno para hacer de esa otra persona su número UNO en la tierra. Ninguna otra puede estar por encima fuera de Dios.

Ni padres ni hijos; ni hermanos ni amigos; ni negocios ni trabajos; ni dinero ni intereses. Pero para que esto pueda ser una realidad, lo repitemos una vez más, se necesita de un amor total, que esté dispuesto a todo sacrificio por aquel a quien se ama.

Esto parece hoy imposible a mucha gente. Algo tan elevado no parece estar al alcance de quienes están tan materializados o tan corrompidos, que ven a la otra persona sólo como un estímulo para la vida, pero no como alguien que, aparte de Dios, debe ser el CENTRO de su vida.

Volviendo a las páginas del Génesis vemos que la primera pareja disfrutaba de la presencia de Dios. El Señor dialogaba con ellos. Pero cuando sucumbieron a la tentación ya no fue igual. Habían roto con su Creador, al que traicionaron. En adelante todo sería diferente. Ya Dios quedó ausente de sus vidas.

Si algo vemos aparecer en las bodas de Caná, como algo discreto pero eficaz, es la presencia de Jesús.

Ya su madre, María, se encontraba en la fiesta, algo que se desprende del propio relato.

Nunca hemos sabido quiénes eran aquellos jovenes ni a que familia pertenecían. ¿Serían parientes de María y, por ende, de Jesús?

Es probable, aunque nada se nos dice de ello. Pero la misma presencia activa de María, atenta a lo que estaba pasando en la propia despensa de aquel hogar, parece sugerirlo. Si no era pariente debió ser amiga cercana.

No era raro en aquellos tiempos que familiares y amigos cercanos auxiliasen con los tantos detalles que había que tener presentes en una fiesta de bodas.

Llegó Jesús con sus discípulos...

Parece, por lo que se dirá después, que no llegó el primer día, sino probablemente el tercero, por aquello de que el párrafo comienza con esta frase: Al tercer día hubo una boda... No tenemos seguridad en esto, pues también el relato parece sugerir que la fiesta estaba por terminarse o al menos estaba al final de uno de los días.

¿Quién invitó a Jesús? No lo sabemos. Como tampoco si fue invitado desde antes o, habiéndose unido al grupo por esos días aquel Natanael o Bartolomé, que era de Caná, decidieron llegarse al pueblo y allí se encontraron con la fiesta de bodas, a la que entonces fueron invitados. Por otra parte, la presencia de María hace suponer que Jesús también conocía aquella familia.

Lo cierto es que el Maestro se encontro allí al menos uno de los días de la fiesta.

¡Qué suerte para aquellos novios! Pues a pesar de todos los cuidados y previsiones, el vino, llegado un momento, estaba a punto de acabarse. ¡Qué vergüenza hubieran pasado, al igual que la familia!

Fue María la que dio la voz de alerta, y fue por lo bajo, pues sólo se lo dijo a su Hijo: No tienen vino. El entendió perfectamente. ¡Cómo no ayudar cuando se tiene el poder! Pero se hace de rogar. Hasta entonces no había hecho ningún milagro. No había llegado su hora.

Mucho se ha escrito y discutido sobre la interpretación de las palabras de Jesús a su madre. Algo así como ¡Mujer! ¿Qué nos importa a ti y a mí? Traducidas suenan fuertes y algo desagradables. Pero no hay una explicación que satisfaga, de las muchas que dan los exégetas o estudiosos de la Escritura. La mejor respuesta es la de los hechos. A pesar de lo que Jesús pudiera haber dicho o no, complace a su Madre.

Este es otro aspecto que podríamos resaltar al hablar de un matrimonio. La gran influencia de los padres en general y de las madres en particular, sobre sus hijos.

He leído muchos testimonios donde diversas personas mencionan siempre a la madre como una de las influencias beneficiosas que los acercó al conocimiento de Dios. Y aunque en Jesús no podía darse esto por ser el Hijo de Dios, por tanto unido al Padre y al Espíritu Santo, es de notar ese conocimiento profundo y confianza ilimitada que tenía María de Jesus y en Jesús.

Sabía, desde luego, por revelación del Angel, quién era su Hijo. Pero también sabía lo mucho que El la amaba, por lo que no se negaría a complacerla.

Fijémonos que ella nada pide. Sólo le dice: No tienen vino. Eso solo bastó para que El, pese a sus palabras enigmáticas, al menos como hoy se traducen, se dispusiera a complacerla.

De modo que ella siguió adelante. Y con autoridad propia de la que sabe que puede, dijo a los sirvientes: Hagan lo que El les diga. No se hubiera atrevido María a decir algo así sin estar convencida de la reacción de su Hijo.

Y allí entra de lleno el poder del Señor. Manda a los sirvientes que llenen con agua seis tinajas que servían para las abluciones rituales. Cada tinaja contenía unos cien litros. Estamos hablando en total de unos ciento cincuenta galones. Juan indica que fueron llenadas hasta el borde. Parece que los sirvientes, presintiendo algo grande, no quisieron escatimar ni una gota.

Llenas las tinajas, sin que hubiese ningún gesto de Jesús, que ni siquiera las tocó, les mandó que las llevasen a la persona encargada de la dirección de la fiesta: el maestresala.

Este quedó sorprendido, pues no se imaginaba siquiera que hubieran mantenido guardado un vino de tan altísima calidad, cuando ya la fiesta estaba en sus finales.

Esas son las delicadezas del Señor. Pero lo más importante de aquella fiesta no fue el milagro, sino la simple presencia del Salvador. Eso lo cambió todo.

El quiere estar presente en todos los momentos de nuestra vida. El quiere santificar todos los actos humanos que sean legítimos y buenos.

El pecado, como ocurrió en el Paraíso, lo obliga a ausentarse. Donde no hay santidad no hay tampoco lugar para Dios.

¿Es que Dios, acaso, está en contra de la felicidad humana? Todo lo contrario. ¿Acaso no hay sido El el autor de la felicidad misma?

Pero el pecado, el desorden, el libertinaje, no pueden producir felicidad, aunque algunos se engañen creyendo haberla conseguido por medios ilícitos.

Donde Dios está presente hay alegría, gozo y paz. Jesús quiere estar presente en la vida de sus discípulos, proveyendo, con su presencia santificadora, las gracias necesarias para el eficaz cumplimiento de los fines para los que el matrimonio fue instituido.

Dice bellamente Walter Farrell en su libro "My Way of Life": Pero en el matrimonio cristiano no están solos los dos en la alianza: son tres. Y la presencia del Tercero es decisiva. Jamás vacilarán sus fuerzas si El está allí: El mismo que asistió a las Bodas de Caná. Y cuando a los pobres novios se les agote el vino embriagador del amor primero, El posee la divina alquimia de trocar en el mejor vino la vulgaridad cotidiana del agua insípida en el pozo casero; de volver a cambiar en idilio la rutina y ordinariez de una vidas; El, que ha hecho, de un contrato que se enmohece y pesa con el tiempo, un Sacramento que, como tal, seguirá siendo manantial perenne de gracia y vida

Podemos estar seguros que la auténtica presencia de Cristo será seguro y salvaguarda para toda pareja que se ame. Si vemos tantos divorcios y adulterios aún entre esposos cristianos (o que se llaman así), es porque dieron las espaldas a Jesucristo.

Bien sabemos que hay muchos que se casan con los mejores augurios y prometiendo de todo al Señor, pero luego comienzan a derivar hacia la mediocridad espiritual, abandonando los compromisos debidos a Dios.

Cuántas parejas hay que ven la asistencia a la Misa dominical como algo pesado y difícil, que dejan a un lado al menor pretexto. Si acaso van de vez en cuando, es decir, cuando se les ocurre. Pierden la unión con Dios y con sus hermanos, para luego comenzar a perder, poco a poco, la unión y el amor a su cónyuge. ¡El vino se les vuelve agua!

Cuántas parejas hay que en sus momentos de dificultades, que siempre aparecen, piensan en un sicólogo, en un consejero, pero se olvidan de orar y de acudir a Aquel que nos dijo Vengan a mi todos los que están cansados y agobiados, que Yo los aliviaré. ¡El vino se les vuelve agua!

Cuántas parejas hay que en cuanto a los hijos toman decisiones que tienen más que ver con la economía, la comodidad y otras razones sin importancia, antes que con el amor, la generosidad y la prontitud para aceptar la misión que Dios les encomienda. ¡El vino se les vuelve agua!

Cuántas parejas hay que no buscan primero el bien y la felicidad del cónyuge sino su propia comodidad, actuando por egoísmo y no por amor. ¡El vino se les ha vuelto agua!

DOBLE MISIÓN MATRIMONIAL

La presencia de Cristo en el matrimonio es un serio compromiso que El hace con una pareja cuyos integrantes estan empeñados en hacer realidad su propia tareal conyugal.

Los esposos tienen una doble misión: como pareja y como padres de familia. En lo primero su tarea será hacerse felices mutuamente, ayudándose en todo lo que sea necesario para alcanzar las mejores metas en esta vida y la salvación eterna.

Como padres su tarea es tener sus hijos, actuando con una mentalidad abierta a la vida. Pero no todo se queda ahí: hay que educarlos cristianamente, lo que significa: ayudarlos a que sean hombres y mujeres de provecho, al mismo tiempo que buenos hijos de Dios y ciudadanos del Reino.

Los padres no son responsables de que sus hijos no alcancen esas metas, si han hecho todo lo que ha estado a su alcance para ayudarlos a conseguirlas.

Así dice el Concilio Vaticano II en el documento sobre la Iglesia en el Mundo Actual: La educación de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la responsabilidad, seguir la vocación, aún la sagrada, y escoger estado de vida; y si éste es el matrimonio, puedan fundar una familia propia en condiciones morales, sociales o económicas adecuadas. Es propio de los padres o de los tutores guiar a los jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír con gusto, al tratar de fundar una familia, evitando, sin embargo, toda coacción directa o indirecta, que les lleve a casarse o a elegir determinada persona (Gaudium et Spes nº 52).

Volviendo a lo primero tenemos que recordar que hacer feliz al otro es hacer todo lo que esté al alcance por complacerlo en lo que humanamente sea posible.

Esto sólo puede lograse si uno busca, en primer lugar, la felicidad del otro. ¿Cómo podría estar alegre el que ve a su cónyuge triste? ¿Cómo no estar triste con él o ella si algo le causa tristeza?

Deberíamos recalcar esto: QUE NUNCA SEA UNO LA CAUSA DE LA TRISTEZA DEL OTRO, SINO TODO LO CONTRARIO.

Hay que decirle al otro que se le ama. Hay de hacerle ver con palabras y con hechos que es la persona más importante para uno en la tierra. ¡Ay! ¡Esos esposos mudos que nada dicen a sus cónyuges! No se olviden de que hay que expresar lo que se siente, pues el otro puede no enterarse.

Desde luego que si los sentimientos no existen, si al menos uno de los dos no ama, ese matrimonio está fracasado.

El matrimonio no es sólo para tener hijos, no. Sin el amor de los esposos, ¿podría haber una buena educación de los hijos? Podríamos afirmar rotundamente que dos esposos que no se aman podrán dar todo lo material a sus hijos, pero serán incapaces de transmitirles ese fuego de amor que será la herencia que les permita, a su vez, dar amor del bueno a sus cónyuges cuando llegue su momento.

La mejor escuela de amor está en el hogar, sobre todo si es un hogar cristiano.

Hacer feliz al cónyuge supone también la plena satisfacción en el acto amoroso por excelencia. Ya sabemos cuántos fracasos ha habido en esto por culpa del egoísmo o de la ignorancia.

Es ahí donde debe mostrarse ese amor que busca la felicidad del otro. El acto sexual debe convertirse en una fiesta de amor siempre que se realice. Si no hay las condiciones para lograrlo sería mejor no hacerlo.

Es muy frecuente que los hombres piensen que todo termina con el orgasmo. Esto es un gravísimo error. Allí termina la exaltación de los sentidos, para comenzar el deleite espiritual de dos almas que se envuelven una en la otra, en confidencias que entran en lo más recondito de la intimidad conyugal. Esos momentos son los que marcan la diferencia entre un acto animal y un acto esencialmente humano. Esos momentos son los que preservan, sostienen y aumentan el amor.

Sin eso no habría matrimonio que pudiera subsistir manteniendo el fuego sagrado y el vino añejo de un amor siempre renovado.

Maridos y esposas: ¡Sean felices! Se lo manda el Señor. ¡Háganse felices uno al otro! No pongan a nadie por encima de ustedes ni a la par de ustedes fuera de Dios. No pongan en peligro su amor. Cuídenlo como a un tesoro.

Doy fin a este folleto con un consejo que suelo dar a las parejas que se casan: Hagan un trono en su corazón y en su hogar para Dios. Que El reine en medio de ustedes y de su familia. Nunca se arrepentirán. Si lo hacen así siempre disfrutarán del constante milagro de ver cambiar el agua en el vino más sabroso.

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