AB PADRE BAZAN

Religión Y Cristianismo

¿MONOPOLIO DE LA VERDAD?

Toda religión cree poseer la clave para descubrir los enigmas más ocultos de la humana inteligencia. Sea por simples especulaciones o apoyados en la revelación divina que afirman tener, lo cierto es que cada una de las religiones, especialmente las de doctrina más elaborada, nos ofrecen afirmaciones tajantes sobre la verdad.

Con mayor razón el hombre tiene delante de sí un elemento capaz de confundirlo. ¿Dónde está la verdad? ¿Qué es la verdad?

Es lógico que los millones de personas que aceptan los postulados de una u otra religión consideren su opción como la mejor posible.

El fenómeno religioso aparece en muchos como por inercia. Nacidos en un lugar , y de una familia que tiene contacto con una religión dada, lo más natural es que la propia existencia se vea directamente afectada por este hecho.

La actitud de muchos católicos demuestra que una de sus principales razones para creer está en sus antepasados. "No voy a cambiar la religión que desde pequeño me enseñaron. Moriré en la misma religión en que nací".

Si estas personas hubieran visto la luz en muy diferentes circunstancias es posible que su religión fuera otra por los mismos motivos.

Con esto tenemos que llegar al problema de lo objetivo y lo subjetivo. Aunque la verdad sólo puede ser una e inmutable, la forma de mirar esa verdad tomará los innumerables matices de las diferencias personales.

Para los hombres nacidos en China, India, Japón o algun otro país en que el cristianismo apenas ha penetrado, nuestras creencias resultan incomprensibles. La mayor parte de la humanidad, según afirman las estadistícas, con una proporción de cuatro a uno, no es cristiana.

Sin embargo, nosotros tenemos la seguridad de que Jesús es el verdadero Hijo de Dios que vino a salvarnos, y hasta estamos dispuestos, al menos en muchos casos, a afirmar esta creencia con nuestra propia vida. Así ha quedado probado infinidad de veces.

Es legítimo que un creyente consciente, después de haber realizado una opción enteramente libre, testifique su fe con la afirmación rotunda de que está adherido a la única verdad posible.

Lo que no lo es tanto es creerse dueño del monopolio de la verdad, de manera que pueda juzgar a los demás desde sus propios puntos de vista.

La Verdad, que sólo puede ser una, tiene multitud de aspectos que permiten ser compartidos. Todas las religiones parecen tener numerosos puntos en contacto que no siempre han sido tenidos en cuenta.

Una de las cosas más absurdas en la historia humana han sido las estériles discusiones sostenidas a propósito de la Verdad, que en ocasiones han llegado a desatar violentas pasiones traducidas en sangrientas luchas en nombre de la religión.

El prurito de poseer toda la verdad termina por desajustar los más importantes valores religiosos. La convivencia fraternal de todos los hombres, ideal supremo de cualquier creyente, ha tenido que soportar la prevalencia de la lucha por la Verdad.

En este caso, son los mismos creyentes los que, combatiéndose denodadamente unos contra otros, imposibilitan la marcha hacia el ideal, haciendo sucumbir peligrosamente bajo el fardo del dogmatismo más cerrado, toda posible convivencia fraternal.

Esto, quiérase o no, es causa de numerosas defecciones. Por querer asir, de una manera tangible, la Verdad, se nos escapa el más caro anhelo a toda religión: el amoroso encuentro con Dios de una humanidad que vive en el empeño de amarse y comprenderse.

¿MIEDO A LA VERDAD?

Por paradójico que parezca, a veces el excesivo apego a la propia verdad que se posee, con exclusión radical de los puntos de vista de los supuestos contrarios, puede suponer un escondido temor a estar equivocados.

Aunque hoy difícilmente se encuentran actitudes tan cerradas como en el pasado, se produce todavía una especie de mecanismo de defensa frente a cualquier opinión que amenace la propia certidumbre.

Este "ponerse en guardia" ha sido bien frecuente entre los católicos. No se ha superado del todo la época de los anatemas en los que caían todos aquellos que se atrevían a aventurar opiniones consideradas peligrosas.

Muchos libros fueron incluidos en un Indice de prohibidos de modo que su lectura estaba vedada a los creyentes. Teorías modernas que posteriormente han encontrado una actitud más conciliable tuvieron que sufrir, durante un tiempo, todo el rigor de la censura.

Está claro que la Iglesia hace bien en defender su propia doctrina y tratar de evitar a los creyentes la posibilidad de desviación, pero sin caer en los extremismos en que muchas veces se ha incurrido.

Si la Verdad es inmutable no se debe temer que puedan aparecer errores en los conceptos emitidos por los hombres. Si es humano equivocarse, también lo es la responsabilidad de abrir nuevos horizontes a la Verdad.

Ciertamente, si no hubiera habido individuos capaces de correr riesgos, no tendríamos ningún avance en los distintos órdenes del conocimiento. Esos son lo que Cristo alaba en la parábola de los talentos.

Del choque de las opiniones sale la luz, y basta con que alguien busque la Verdad con sinceridad para que mereza el respeto a sus ideas, aunque éstas deban ser rebatidas por considerárselas erróneas.

La libertad que tantas veces invocamos no siempre la aceptamos cuando se trata de permitir la investigación y el avance de las ciencias de todo género si de ella esperamos un ataque a nuestras posiciones.

La Verdad no puede ser defendida con miedo, pues éste nos hace ponernos a la defensiva y tal actitud genera una agresividad que casi nunca resulta saludable.

EL DIOS DEFORMADO

Tratando de entender y comprender a los incrédulos, lo que creo una obligación de todo creyente, hay que confesar que se encuentran no pocos argumentos a su favor en la presentación que tan a menudo se hace del Dios viviente.

Aquí podríamos recordar aquellas palabras que no recuerdo a quien se atribuyen: "Con estos amigos no me hacen falta enemigos".

Efectivamente, Dios ha tenido muchos amigos que a fuerza de querer defenderlo han afeado su figura. Y esto, después que hemos recibido el maravilloso retrato que nos traen los evangelios.

Todavía se podría perdonar a los antiguos el no tener una imagen clara de Dios en sus relaciones con los hombres, pero después de la venida de Cristo esto resulta inaceptable.

No es que el Nuevo Testamento nos permita conocer a Dios tal cual es. San Pablo nos advierte sobre sus inexcrutables misterios y que ahora sólo podemos imaginarlo imperfectamente.

Lo que afirmo es que hay suficientes elementos en la Revelación para formarnos una idea muy distinta de las representaciones que tan frecuentemente se ofrecen.

¿A qué viene pensar en un Dios de acuerdo con el sufrimiento de los pobres, que tan caro ha sido a los bien instalados de todos los tiempos?

Un Dios perseguidor y atormentador, que espera a la vuelta de la esquina para descargar su furia sobre los pecadores, ¿se parece en algo al Padre del Hijo Pródigo?

Un Dios que exige la aceptación sumisa de las realidades presentes, prometiendo el cielo a cambio de resignación, ¿se parece en algo al Señor de la parábola de los talentos?

La historia de la religión nos muestra a un Dios a menudo deformado, así como la historia de la incredulidad nos enseña una rebeldía contra ese Dios inaceptable a la conciencia de los espíritus rectos.

Sería una grave injusticia no reconocer que hay formas de incredulidad provocadas por una religiosidad extravagante y malsana, que repugna a una mente crítica. Hay incrédulos que rezuman razón al rechazar una imagen de Dios que en nada se parece al Padre de Jesús. No es siempre su culpa el desconocer la diferencia.

Lo verdaderamente lamentable es que muchas de estas formas desviadas de presentar a Dios hayan sido aceptadas, si no oficialmente como parte del cuerpo doctrinal, si en la práctica con la aceptación de una religiosidad que bien puede llevar el título de alienante.

Aunque de la Biblia sólo puede extraerse el principio de la igualdad de los hombres ante Dios, no siempre se le dio suficiente énfasis a esta verdad, aceptando como normal las tremendas diferencias sociales que se atribuyen a menudo a que "las cosas tienen que ser así" y no a una situación de injusticia contra las que hay que luchar o al menos oponerse.

Es significativo que dentro de la Iglesia se hayan aceptado tambien irritantes diferencias, francamente discriminatorias,a pesar de las severas advertencias que encontramos en el Nuevo Testamento. Por citar sólo una veamos ésta de Santiago:

Hermanos míos, no intenten conciliar la fe de nuestro glorioso Señor Jesucristo con la distinción de personas.

Porque si entrando en su congregación un hombre con sortija de oro y ropa preciosa, y entrando al mismo tiempo un pobre con un mal vestido,

ponen ustedes los ojos en el que viene con vestido brillante, y le dicen: Siéntate tú aquí en este buen lugar, diciendo por el contrario al pobre: Tú estate allí en pie, o siéntate acá a mis pies, ¿no es claro que forman un tribunal injusto dentro de ustedes mismos, y se hacen jueces de sentencias injustas?

Oigan, hermanos míos muy amados: ¿No es verdad que Dios eligió a los pobres en este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que tiene prometido a los que le aman?

Ustedes, al contrario, han afrentado al pobre. ¿No son los ricos los que los tiranizan, y no son ésos mismos los que los arrastran a los tribunales?

¿No es blasfemado por ellos el buen nombre de Cristo, que fue sobre ustedes invocado?

Si es que cumplen la ley regia de la caridad conforme a las Escrituras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacen ustedes; pero si son aceptadores de personas, cometen un pecado, siendo reprendidos por la ley como transgresores (2,1-9).

No digamos nada de la mujer, que ha sufrido en la Iglesia la misma discriminación que dentro de la sociedad civil, llegando a ser considerada casi un agente diabólico destinado a la perdición de los hombres.

A un Dios deformado se le sigue una religión deformada. De ahí que se prefiriera la construcción de suntuosos templos, propios más para halagar la vanidad de los asistentes que para alabanza del Creador.

Con esta visión se hace mayor hincapié en lo material que en lo espiritual, ya que el mismo culto, que Cristo definió "en espíritu y verdad", ha vuelto a estar atado, por largos períodos, a los mismos moldes que presidieron las celebraciones en el Antiguo Testamento.

Templos de piedra ocuparon la primacía debida a los templos vivos de Dios. Mientras se gastaba en grandiosas construcciones y en adornar con pedrerías y minerales preciosos imágenes y altares, la gente sufría hambre y desnudez.

No se puede sacar, honradamente, de ninguna página del Evangelio, que la Iglesia deba marchar por una vía triunfal. Por el contrario, el camino trazado por Cristo para sus seguidores es el estrecho que lleva a la vida (Mateo 7,14).

Insisto en esto porque es justo confesar los propios errores si queremos comprender los motivos de incredulidad que nosotros, creyentes, ofrecemos a los hermanos más débiles. La Iglesia ha de reconocer sus pecados si quiere cumplir con la tarea que le toca de atraer a las ovejas descarriadas.

No es con fulminantes anatemas - método harto fácil por cierto - como se convence a los equivocados de que se encuentran en el error. Muchos que han renegado de Dios es posible que tuvieran mucha más fe que aquellos que, farisaicamente, los condenaron a no creer a fuerza de escandalizarlos con su testimonio antievangélico.

Y aunque es cierto que una propaganda tendenciosa trata de exagerar los errores cometidos, no podemos ser tan ingenuos ni tan obsecados como para no reconocer que en los argumentos de los incrédulos se encierran muchas verdades que no podemos pasar por alto.

¿ESTÁ PERDIÉNDOSE LA BATALLA?

Yo, personalmente, soy muy optimista. Y es que el creyente tiene que estar seguro del triunfo definitivo de la Verdad, que en definitiva, será el triunfo de todos los que la han buscado ansiosamente, aunque en el intento hayan cometido errores y se hayan equivocado estrepitosamente.

No creo que exista una lucha de las mentes sino de los corazones. Y en verdad el juicio, de acuerdo a la descripción de Jesús, será dirigido a escrutar los corazones más que la manera de pensar (Ver Mateo 25, 31-46).

No hay dictámenes sobre el creer sino sobre el obrar. ¿No afirmaba Santiago que la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma (2,17)?

Y ¿no escribió Pablo una de las más bellas páginas dedicada a cantar la excelsitud del amor (1a. Corintios 13)?

A la larga, quienes tendrán razón serán los buenos, aunque hayan proferido opiniones no tan ortodoxas. ¿No eran los fariseos el prototipo de rigorismo doctrinal? Sin embargo, ningún grupo recibió peores reprimendas que las que contra ellos dirigiera el propio Jesús.

Es más de fiar un incrédulo que vive al servicio de sus hermanos, que un supuesto creyente egoísta y ambicioso. Lo que no significa que los serviciales tengan que renegar de la práctica religiosa, sino todo lo contrario.

El afianzamiento de la religión no se demuestra exclusivamente por el incremento de la práctica religiosa. Esto puede ser engañoso y llevarnos a un pietismo estéril difícilmente compatible con el verdadero Evangelio.

El cristianismo se demuestra sobre todo en la forma de vivir en la fe y por la fe las diarias contingencias.

Es curioso que en muchos de los países llamados cristianos impere el odio, la absoluta diferencia entre ricos y pobres, explotadores y oprimidos, y abunden los desempleados, los enfermos, los analfabetos e ignorantes, en fin, los miserables.

No puede haber mayor paradoja. Porque si la mayoría de un país es cristiana tiene que ser responsable de la situación allí imperante. No hay vuelta de hoja. Y aunque los explotadores fueran ateos y todos los oprimidos fueran creyentes, culpa tendrían de soportar la opresión sin hacer nada para evitarla.

Creo, por tanto, que si bien no podemos caer en la simpleza de echarnos la culpa de todo lo que pase, lo que constituiría un complejo de culpa injustificable, tampoco tenemos derecho a rehuir nuestra parte al haber incumplido tan abiertamente con la tarea que el propio Maestro nos asignara

Si los creyentes empezáramos por un examen de conciencia y un acto de contrición al analizar el problema de la incredulidad, creo estaríamos orientando soluciones que si bien no van a desterrarla, al menos ahorrarían los motivos que nosotros mismos damos para justificarla

¿SON IGUALMENTE VÁLIDAS TODAS LAS RELIGIONES?

El hombre, en su afán de encontrar respuestas a sus inquietudes, elevó su mirada hacia lo alto. No podía - como tampoco ahora - explicar el origen de lo que se movía a su alrededor, sin evocar la imagen de una inteligencia superior que fuese su causa

Pero en su reflexión no siempre pudo ver clara la figura de la divinidad, que se le mostraba en su obra pero se ocultaba tal como era.

Por ello el sentido religioso, falto de auxilio, representó a Dios de muchas maneras imaginables. Lo encontró en el sol o en la luna, en las estrellas y hasta en la naturaleza.

Sólo la Revelación pudo esclarecer, en parte, las tinieblas del ser humano. Y digo en parte porque la Revelación no significa una develación total del misterio, sino su enunciación.

Es lógico que nada puede ser, al mismo tiempo, verdad o mentira. Pero la percepción que uno tenga del objeto puede verse oscurecida por muchos factores, de manera que una verdad puede apreciarse en formas muy distorsionadas.

De las lejanísimas estrellas lo único que llega a captar el ojo humano, cuando esto es posible, son sólo puntos titilantes. Esa percepción es tan engañosa que creemos ver lo que en realidad ya no existe de la misma manera, pues la luz que llega a nuestra retina salió hace millones de años de su punto de partida.

La verdad en toda su dimensión resulta inabarcable para el hombre, que aun dotado de inteligencia siente sobre sí el peso de sus limitaciones.

Si esto ocurre con los astros, ¿qué será cuando debemos adentrarnos en el conocimiento del Creador? Su verdad es tan amplia, tan profunda, que apenas podemos llegar al umbral.

Es tal nuestra limitación que el mismo Dios tiene dificultad para darnos a conocer algo de Sí mismo, y procede por etapas, develando en mínima parte el contenido de su identidad.

Es algo así como si un gran científico quisiera explicar a un niño las intríngulis de los secretos del átomo. Tendría que darse por vencido antes de conseguir alguna comprensión de la otra parte.

Esta dificultad en la comunicación, que sólo podría ser resuelta alterando nuestra naturaleza o llegando a un perfeccionamiento actualmente inalcanzado, plantea una serie de riesgos que me imagino han sido totalmente previstos por la mente divina. Creo que está más que probado que Dios sabe correr riesgos.

Lo que estamos analizando corrobora el aserto. Si no, ¿cómo entender la tan gran falta de datos precisos que al hombre han hecho mucho más difícil su conocimiento de Dios?

Es cierto que el "abandono" de Dios algunos lo explican como producto del pecado, pero no puede ser tan rotunda una conclusión que deja al hombre prácticamente impotente ante las tinieblas que le rodean.

Hemos de confesar que el objetivo perseguido por Dios al apartarse del hombre y dejarlo vagar casi a su suerte debe tener una explicación que hasta ahora no hemos podido encontrar. Al menos a mí nada de lo expuesto me convence y lo acepto como parte del misterio.

El caso es que el hombre tiene muchas preguntas que quedan sin respuesta. Y esto lo intranquiliza y le impulsa a buscarla en una parte u otra.

Todas las religiones intentan dar respuestas al hombre y ninguna - es preciso decirlo - es capaz de colmar su ansia de saber.

San Agustín expresaba: "Señor, nuestro corazón está inquieto y no descansará hasta que te encuentre".

Conste que el obispo de Hipona no hablaba de encontrar la verdadera religión sino al propio Dios, tal como lo veremos en el Reino.

Es decir, que según Agustín, no podemos hallar en la tierra el sosiego, porque nuestras inquietudes no podrían nunca ser saciadas del todo.

Esto no significa que no pueda existir una religión de la Verdad. El cristianismo se presenta como la respuesta más convincente a las angustias del hombre, porque se basa en la Persona y en la Palabra del Hijo de Dios, Jesucristo, que vino expresamente a revelarnos - de acuerdo a la capacidad humana - lo que de Dios podíamos y debíamos saber.

Y, efectivamente, en la enseñanza cristiana encontramos una explicación creíble de Dios y su identidad, su existencia y sus atributos, aunque no haya llegado la hora de abrírsenos con toda claridad el misterio divino.

San Pablo, vislumbrando un conocimiento más perfecto nos dice: Ahora no vemos a Dios sino como en un espejo, y bajo imágenes oscuras; pero entonces le veremos cara a cara. Yo no le conozco ahora sino imperfectamente; mas entonces le conoceré con una visión clara, a la manera que soy yo conocido (1a. Corintios 13,12).

Es el mismo Pablo quien atestigua de alguien a quien se le ha permitido una vivencia del cielo y no encuentra palabras para comunicar sus impresiones por sobrepasar los límites de nuestra actual comprensión (Ver 2a. Corintios 12,2-4).

Pero si bien asignamos, como creyentes y cristianos, la condición de verdadera a la enseñanza de Jesús continuada por medio de los apóstoles y de la Iglesia, no podemos dejar de reconocer que ésta no ha podido llegar sino a un limitado número de personas.

Las interrogantes que los demás se plantean encuentran respuestas parciales en otras religiones que, de alguna manera, aquietan el ansia del conocimiento divino. Siempre quedan individuos a quienes no llega ninguna respuesta, o a quienes no convence ninguna de las que se les han dado.

Con ello tenemos que concluir que: 1) Si bien no todas las religiones dan una respuesta verdadera, todas se afanan por hacerlo. Sería injusto ver en sus esfuerzos falta de sinceridad y de autenticidad. 2) Todas las religiones persiguen el bien como reflejo de la bondad divina. 3) El testimonio de fe y amor de muchos grupos religiosos es ejemplarizador aún para los cristianos. 4) Todo el que busca con sinceridad la verdad está en el camino de encontrarla, aunque momentáneamente se vea perdido entre los obstáculos que se la ocultan. 5) Es posible que aunque lleguemos a un conocimiento más perfecto de la intimidad divina, siempre quede un resquicio oculto y misterioso que no lograremos entender jamás. 6) Todas las religiones cumplen, de alguna manera, la misión confiada a la Iglesia, de conducir a los hombres a la eterna salvación. 7) Sólo el cristianismo posee la Verdad en toda su plenitud, ya que la ha recibido del propio Hijo de Dios, Jesucristo. Esto no significa que todos sus miembros la puedan conocer en forma total. 8) Los cristianos no son mejores que los demás seres humanos. Más que un privilegio, ha recibido la responsabilidad de transmitir, con su palabra y sus obras, la enseñanza de Jesucristo. 9) Todos los hombres pueden salvarse con tal de que busquen la verdad y sean consecuentes en sus actos con la sinceridad de sus convicciones.

RELIGIÓN FATALISTA

Llámase fatalismo a la aceptación resignada de los acontecimientos, frente a los que no hay ninguna posibilidad de reacción, pues están determinados por una fuerza superior.

Es conveniente saber que este tipo de mentalidad es bastante común incluso entre los católicos que no tienen un contacto profundo con la Iglesia, a la que acuden en forma individual y buscando solución a sus problemas terrenales por medios sobrenaturales.

El profundo sentimiento religioso de la masa, que no ha recibido una conveniente evangelización y catequización, entre otros motivos por la falta de un suficiente número de sacerdotes y otros agentes de pastoral, se orienta por vías que son fácilmente explotadas por los detentores del poder.

¿Qué mejor aliado para los poderosos que una religión hecha a la medida de sus pretensiones? ¿No es fantástico encontrar un medio por el cual los explotados acepten con resignación su triste suerte?

Y ¡qué bien han sabido muchos utilizar estos mecanismos!

La culpa de la Iglesia ha sido no haber descubierto a tiempo la utilización que se daba a un cierto tipo de predicación.

Pero ¿cómo luchar contra los que más ayudaban a las obras de apostolado? ¿Cómo disgustar a los mejores contribuyentes?

El fruto de tan tremenda ingenuidad lo estamos viendo ahora que nos enfrentamos a una progresiva descristianización de las masas.

La mejor prueba de lo grato que resultaba a algunos sectores la pasividad de la Iglesia frente a los conflictos sociales la tenemos en su reacción frente a los nuevos planteamientos formulados, especialmente a raíz del Concilio Vaticano II.

Muchos han vivido sufriendo la miseria más espantosa teniendo como única esperanza de liberación que les llegue la muerte para ir al Cielo. Esta situación, producida en muchos países por flagrantes injusticias sociales, era aceptada como irremediable, en vista de que no se estaba consciente de la realidad.

¿Tuvieron los hombres y mujeres de Iglesia conciencia clara de su misión frente a esta realidad? Es triste decirlo, pero no. Con miedo a provocar una sublevación y a incurrir en las iras de los poderosos, perdiendo de paso sus ayudas y facilidades, los dirigentes se contentaron con mantener alimentada esa religiosidad con lo que ella naturalmente exigía. A la verdad que se contentaban con poco.

¡Qué otro hubiera sido el curso de la Historia si gran parte del énfasis de la Iglesia se hubiera puesto al servicio de la liberación de los oprimidos, no oponiendo el Cielo a las realidades presentes, sino enseñando a crear un mundo lo más parecido a la Patria Eterna!

¿No consiste en esto la construcción del Reino?

No piense nadie que es una pretensión de mi parte convertirme en acusador y menos aún en juez del pasado. ¡Lejos de mí tal cosa! Sólo pretendo ser un humilde analista que, con mucho amor a la Iglesia, pretendo descubrir las causas de los enormes conflictos que hoy padecemos, para contribuir a comprenderlos mejor y ayudar a encontrar mejores soluciones a los mismos.

Esto lo aclaro, porque en toda apreciación se puede caer en generalizaciones enormemente injustas. No es mi propósito decir que todo lo hecho con anterioridad fue un disparate, pero es nuestra obligación tratar de descubrir los errores cometidos para no seguir cayendo simplonamente en ellos.

Lo cierto es que una buena parte del pueblo hispanoamericano, casi todo él profundamente religioso, ha alimentado su fe en la esperanza del futuro más que en la vivencia presente del amor.

Esto, desde luego, tiene sus causas. La verdadera situación de las mayorías ha sido, por siglos, bastante difícil e ingrata. Unos pocos han podido disfrutar de todo lo que se les ha antojado, a costa ¡claro está! de los demás. Estos han tenido que sufrir las consecuencias de una sociedad injusta, viviendo en una pobreza - en muchos casos terrible miseria -, donde se carece de lo más elemental para poder hablar de una vida plenamente humana.

El trabajo ha sido su actividad primordial, cuando no una vagancia obligada por no encontrar nada que hacer. Los desocupados siempre han sido numerosos, teniendo que contentarse, para poder subsistir, con cualquier ocupación temporal que ponga ligero alivio a su desesperación. Esto quizás no sea fácil entenderlo para los que viven en Estados Unidos u otros países desarrollados, pero lo saben muy bien los pobladores de la mayoría de los países del mundo.

Incluso aquellos que podían trabajar permanentemente casi nunca sacaban un beneficio adecuado a sus esfuerzos, viéndose explotados inmisericordemente por los dueños de las tierras o de las fábricas. Y esto que pongo en tiempo pasado sigue ocurriendo, lamentablemente, en el presente.

Con una comida insuficiente, faltándoles una habitación conveniente, sin servicios de salud ni escuelas donde capacitarse ni enviar a los hijos, la vida se convierte con frecuencia en una pesadilla que es mejor tratar de olvidar.

Los vicios de los pobres se comprenden mejor dentro de estas perspectivas. La bebida y el placer sexual constituyen sus casi únicas diversiones y medios de escaparse de la realidad agobiante que les rodea.

De la misma manera, la religión ha constituido un vehículo propicio para aliviar las penas y solazarse con la esperanza de un futuro mejor. El cauce más adecuado, desde luego, no lo constituye una forma plena y consciente de experiencia religiosa, que muchas veces desconocen, sino sus sucedáneos y maneras desviadas, que ofrecen mayor atractivo a los que han perdido toda real esperanza de salir de su actual condición.

Así, toma un papel preponderante en la religiosidad popular la superstición. Se cree en todo aquello que permite hacerse ilusiones. A falta de médicos se visita al curandero. A falta de sacerdotes al brujo.

La piedad popular está plagada de errores e inconsecuencias que tienen como causa la ignorancia y la situación de miseria que se experimenta. Ello palia la desesperación y actúa como un sedante frente a las realidades que se viven a diario.

No es extraño, por tanto, que la labor pastoral encuentre obstáculos en derribar los predios que la superstición ha ido ganando en tanto tiempo, especialmente si persisten las causas que la hacen surgir.

Es curioso que una buena parte de la religiosidad popular esté centrada en torno al culto de los muertos y que exista una verdadera preocupación por la suerte de los mismos. Las creencias populares se proyectan hacia el futuro ya que del presente es poco lo que puede esperarse, como no sea sufrimientos y frustraciones.

En su contacto con la Iglesia mucha gente encuentra confirmación a sus actitudes. También ella se orienta hacia el futuro y habla de la muerte como una liberación.

Desde luego que, en su doctrina, nada tiene la Iglesia de fatalista, y si se proyecta hacia el más allá, no es porque olvide las presentes responsabilidades y la necesidad de vivir la actual etapa existencial en forma plena. Pero, muy a menudo, se recarga el énfasis en lo escatológico, dando a entender que lo único que importa es la eterna salvación.

Es verdad que ésta es la más alta finalidad perseguida por el peregrino: llegar a la Patria prometida. ¿No habla Cristo, claramente, de que de nada vale ganar todo el mundo si al fin uno se pierde? (Ver Mateo 16,26). ¿No dice que debemos atesorar en el cielo, donde nunca perderemos lo que hayamos guardado? (Ver Lucas 12,33).

Por supuesto que estas palabras van en contra de la ambición y la codicia, pero con frecuencia son interpretadas como forma de reforzar lo que se considera - no muy ortodoxamente - la única preocupación plausible para el creyente.

No debemos olvidar, por otro lado, que el contacto de gran número de personas con la Iglesia se reduce a la asistencia - como cumplimiento social más que nada - a los funerales y bodas de personas relacionadas.

Hay sobre todo en los primeros una obligada referencia a la vida mas allá de la muerte, que permite en la mentalidad popular la reducción de lo religioso a la preocupación por el más allá.

También es preciso recordar que los novísimos: muerte, juicio, infierno y gloria, fueron temas de los que se usó y abusó en cierta predicación. Instrumentos utilizados para convencer a los simples, acabaron por ser elementos propios de la religiosidad popular. Todo ello encajaba con la concepción que de la religión se han formado gran número de personas.

Al entrar la Iglesia en una época renovadora por virtud del Concilio Vaticano II, la nueva predicación ha chocado no poco con hábitos pre-establecidos. El fatalismo es más fácil que el compromiso cristiano. Y mucho más fácil al pastor mantener que transformar.

Es preciso, con todo, recalcar que los cambios de orden religioso tienen que estar ligados a un esfuerzo con proyección terrenal. No se trata de pensar en el cielo para olvidarse de la tierra, sino para transformarla en reflejo de lo que imaginamos nos espera al final del camino.

Una frase que leí hace años en una revista española ya desaparecida, y que se llamaba "Surge", me impresionó sobremanera: "Si en el cielo vamos a estar todos unidos, ¿por qué no empezamos a estarlo desde ahora?"

FE Y OBRAS

Quiero resaltar un factor indispensable en la vida de todo creyente, que aunque ha ido saliendo tanto explícita como implícitamente, merece un tratamiento especial. Me refiero al testimonio o lo que es lo mismo, a las obras de la fe.

Bien claramente ha quedado expuesto en las páginas de la Escritura el lugar que corresponde a lo que podríamos llamar las consecuencias de la fe. Santiago lo dice con palabras precisas:

"Así también la fe: si no tiene obras, está muerta en sí misma" (2,17)

Y en el siguiente versículo lo ratificará:"También se puede decir: "Tú tienes fe, yo tengo obras; muéstrame tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe" (2,18).

De la misma manera san Juan nos habla de la necesidad del amor al prójimo: "Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con hechos y de verdad" (1a 3,18), para luego recalcar: "Si alguno dice: "Yo amo a Dios", y odia a su hermano es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1a 4,20).

También san Pablo, que en sus cartas a los Romanos y a los Galatas insiste en que es la fe la que nos salva y no las obras de la Ley, dice en su 1a Carta a los Corintios: "Aunque mi fe fuese tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy" (13,2).

Todas estas expresiones, y muchas otras que pudieran citarse, no son más que el eco de la misma enseñanza de Jesús, quien revela que en el día del juicio se nos sentenciará por la forma en que hemos tratado al prójimo (Ver Mateo 25,31-46).

Creer, por tanto, en un sentido plenamente cristiano, no es simplemente una adhesión intelectual a una serie de verdades, sino un compromiso de todo el ser frente a la divina Revelación.

No se trata, por tanto, de ejercer una dicotomía entre el creer y el existir, sino de impregnar toda la existencia de un especial olor que se desparrama en cada acción que realizamos.

Las huellas de la fe quedan grabadas al paso del creyente por la vida. Sin que abra la boca para confesar la fe está demostrándola con su forma de comportarse. ¿No decían los paganos de los primitivos cristianos, con justa admiración: "¡Miren cómo se aman!"? Sólo eso bastaba para distinguirlos.

En la vida de san Francisco de Asís se recuerda una preciosa anécdota que bien merece consignarse por lo bien que encaja con lo dicho anteriormente.

Invitó un día el santo a su compañero fray León para que fueran ambos a predicar. Nada dijeron al caminar por las calles de Asís, que recorrieron largo rato hasta llegar de vuelta a la puerta del convento. Pensando fray León en un involuntario olvido de Francisco, le pregunta por fin: "- Pero, hermano Francisco, ¿no íbamos a predicar?" Toda la respuesta que recibió fue más o menos ésta: "-Ya lo hemos hecho, hermano León".

Efectivamente, el comportamiento es más elocuente que muchos sermones. Las obras más claras que las palabras.

¿No ha sido queja general de no pocos incrédulos que hay muchos que toman la religión como un manto para ocultar sus egoísmos y ambiciones?

Nada más cierto. Precisamente todas las quejas e invectivas de Jesús contra los fariseos se fundamentan en su doblez de vida.

Pero el hecho de que haya falsos creyentes no justifica, en modo alguno, que sea negado el valor de la fe. Siempre se podrá exponer el testimonio de todos aquellos que unieron a una fe inconmovible un amor a toda prueba, rayano, con frecuencia, en el heroísmo. ¿Cómo no fijarse en el ejemplo de éstos más que en el antitestimonio de aquéllos?

Con toda razón invitaba Jesús a sus discípulos a no esconder sus buenas obras, para que éstas sirvieran como luz que irradiara el mensaje de la verdad entre los hombres (Ver Mateo 5,14-16).

Lo que no significa, ni mucho menos, que haya que actuar bien para conseguir alabanzas placenteras a la propia vanidad.

Si el mal puede disfrazarse de bien no por ello hay que pensar que toda acción buena carezca de autenticidad.

De todos modos, si bien el socorro a los necesitados es muy importante, mucho más lo es el cumplimiento de los deberes de justicia. Y en este terreno sí que se podrá aducir un sinnúmero de acusaciones que demuestran hasta dónde ha llegado el divorcio entre la fe y las obras.

Con el pretexto de que "los negocios son los negocios" encontramos un cristianismo mal aplicado que permite componendas, triquiñuelas y mentiras con las que algunos han de salir necesariamente perjudicados. Esta comprensión acomodaticia del Evangelio sólo puede satisfacer al que suprime, intencionalmente, muchas páginas del mismo, o sencillamente las pasa por alto.

Porque, ¿será creyente el que roba, explota, saquea sin compasión a su prójimo? De ninguna manera. Y si, a pesar de todo, quien eso hace tranquiliza su conciencia y considera que actúa de buena fe, hay que admitir el grado de ofuscación al que pueden llegar algunos en su afán de lucro.

No estoy negando que no existan estos "creyentes" inescrupulosos, sino que aclaro que, a la luz del Evangelio, no se les puede considerar como tales, por mucho que ellos se empeñen en proclamarlo.

También Jesús afirmó: - No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mateo 7,21).

Esto no significa, desde luego, que el creyente sea impecable. Pero una cosa son las debilidades de un momento, que todos podemos tener, y otra bien distinta la manera habitual de comportarse en medio de la comunidad.

El creyente, dígase lo que se diga, tiene su propia forma de actuar. Quien, cegado por el egoísmo, mantiene un comportamiento reñido con el Evangelio, no es cristiano, por mucho que rece, haga limosnas o participe en la Misa. Todo eso también es propio del creyente, pero nunca disociado de una integridad de vida, en la que relucen la justicia y el amor.

Otra cosa es decir que el monto de nuestras buenas obras es lo que nos merece la salvación. Es doctrina constantemente aceptada que la herencia del Reino la recibimos por don gratuito de Dios. Sólo Cristo nos ha salvado.

Lutero hizo hincapié en la fe como único medio de salvación y, al parecer, o fue mal comprendido o no se explicó claramente. Lo cierto es que levantó una ruda polémica a este propósito. Se hizo célebre su frase: "Peca fuerte y cree más fuertemente".

No creo que Lutero haya querido incitar a sus seguidores a cometer toda clase de excesos. Con tales palabras lo que quería expresar, a mi modo de ver, era que, como enseña Pablo, no son las obras las que deciden la salvación sino la voluntad salvífica de Dios, que nos envió al Hijo para salvarnos, y a quien nosotros aceptamos por la fe.

El creyente sabe que si Cristo no hubiera muerto y resucitado no tendría acceso al Reino de Dios. El cristiano ha aceptado el Mensaje y cree firmemente en las enseñanzas de Jesús.

Tiene fe, que es lo mismo que decir que acepta la salvación que Dios le ofrece de modo gratuito.

Pero la aceptación de Cristo como Salvador produce una transformación, una conversión. Después de esto ya no se es el mismo. Los criterios del Evangelio ocupan la mente y los mandatos del Señor el corazón.

Esto ningún cristiano osaría negarlo. Ni creo que nadie, en su sano juicio, afirmaría que el egoísmo, la mentira, la ambición, la injusticia, el crimen, en una palabra, el pecado, en forma habitual y permanente, es compatible con la fe en Jesucristo.

El cristiano, por mucha fe que tenga, sigue siendo pecador. Así lo debe reconocer con toda humildad. Pero es alguien que lucha constantemente por conseguir su propia superación. Cae y se levanta, confiado en el auxilio de la gracia divina. Si en algo confía el creyente, en orden a la vida eterna, no es en sus obras sino en el amor del Padre que nos salva por su Hijo. Esto es la fe.

Ahora, como ya se ha dicho, las obras tienen su importancia en cuanto proyectan nuestro amor y lo hacen fructificar. Cristo quiere aclarar este concepto en una forma muy visual, al condenar una higuera que no tenía fruto (Ver Mateo 11, 13-14). No se trataba de castigar al árbol, sino de servirse de esta parábola en acción para dar a entender a su auditorio que el árbol que no da fruto es cortado y arrojado al fuego (Ver Mateo 7,19).

Por eso, que nadie piense que tiene bastante con una fe que, a fuerza de gritar, ha llegado a convencerse de su grandeza. Los gritos de la fe son las obras. Por ellas hemos de ser juzgados, pues por los frutos es que se conoce el árbol (Ver Mateo 7,20).

EL CRISTO ROTO

Uno de los grandes escándalos que reciben incrédulos y paganos es la visión de un Cristo dividido en pedazos, como si su Iglesia pudiera estar dispersa en mil grupos diferentes.

Si esta triste realidad encuentra una explicación, nunca una justificación. La misma naturaleza humana, con sus tendencias a la corrupción, han hecho posible que lo que debía ser un solo rebaño bajo un solo pastor, se haya convertido en un mosaico de divergentes credos y opiniones.

Hay que reconocer que, por parte de Roma hubo incomprensión e intransigencia. El prurito de conservar la unidad trajo consigo un radicalismo en torno a la cátedra de Pedro que hizo mucho daño. Lejos de preservar la unidad contribuyó a su resquebrajamiento.

Por otro lado ciertas cuestiones importantes, como el relajamiento de la moral, el abuso de la autoridad, la ambición de algunos y la indisciplina de los más estaban reclamando, desde hacía tiempo, una reforma profunda en la Iglesia.

Fue lamentable que los clamores de ésta no fuesen percibidos por sus dirigentes en toda su claridad, descuidando una gran oportunidad que habría evitado las grandes heridas del desgarramiento posterior.

A todo esto se unió el afán de los políticos por usar una situación interna de la Iglesia para sus propios fines. Los príncipes, en constantes guerras unos con otros, recibieron un nuevo motivo para continuar en sus estériles luchas. La religión fue combustible que inflamó la hoguera de mil batallas, trayendo más tristeza, luto y horror al ya ennegrecido campo de la discordia doctrinal y disciplinaria.

Fueron tantos los motivos que se coaligaron que en el siglo XVI se produce una ruptura mucho más profunda y dolorosa que la ocasionada siglos atrás con el llamado "Cisma de Oriente".

Desde esas fechas llevamos sobre las espaldas el precio del pecado. Una Iglesia dividida que pugna por encontrarse a sí misma.

¿Fueron Lutero, Calvino, Zwinglio y otros unos monstruos salidos del averno o unos hombres llenos de buena voluntad? La respuesta habría que matizarla, aunque negando lo primero pero afirmando que si bien existía lo segundo, hubo en estos hombres gran confusión que los llevó a cometer también tremendo errores.

En definitiva, aunque tengamos que reconocer en el movimiento "protestante" un intento importante de reforma, y en sus líderes un celo, claramente desviado, pero sincero, por la causa de Dios, ninguno tuvo la razón de su parte.

Lo que se consiguió no fue la reforma sino la división de la Iglesia. Tanto así que luego los "protestantes" se separaron unos de otros, llegando a crear confesiones autónomas que hoy nadie sabría cuántas son.

La unidad de la fe también sufrió un daño considerable, pues con la separación cada uno se sintió libre de profesar doctrinas diversas, y al faltar entre ellos una autoridad suprema que sirviera de árbitro en las cuestiones difíciles, la diversidad de opiniones minó lo que siempre fue considerado como una nota característica en la Iglesia de Cristo: Un solo Señor, una fe, un bautismo; un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos (Efesios 4,5-6).

Los difíciles tiempos que se corrían, con los príncipes metidos en los asuntos de la Iglesia, hicieron de un problema interno la causa de una conflagración política que acabó por perturbar a los unos y a los otros.

El diálogo entre las partes se hizo poco menos que imposible. Al lenguaje hablado siguió el de las armas. Intereses creados en uno y otro bando impidieron un encuentro franco y sincero.

Por otro lado en aquellos tiempos se estaba muy lejos de un espíritu abierto a las críticas. Si la autoridad eclesiástica era celosa en guardar los principios de la fe, posiblemente lo era más cuando de defenderse a sí misma se trataba.

En resumen, la reforma no llegó a cristalizar, a pesar de lo mucho que se la necesitaba. ¿Era eso lo que pretendían Lutero y los demás? ¿Tenían en su mente una total separación o más bien un cambio profundo dentro de la Iglesia?

Creo que los líderes de la fracasada reforma fueron sinceros al atacar los males de una Iglesia minada por la corrupción, el materialismo y el espíritu mundano. Pero luego no supieron controlarse, y mal orientados acabaron por crear un mal peor que la misma enfermedad que intentaban curar.

No fue sólo su culpa. En la Iglesia, como ya he dicho, hubo muchos pecados y errores en torno a este asunto que nos obliga a llorar juntos por el drama de la Iglesia.

La realidad actual demuestra que la reforma protestante fue un fracaso, pues no logró el objetivo principal que hubo de proponerse. Hoy, los cristianos que viven según el espíritu de la reforma del siglo XVI representan alrededor del veinticinco por ciento del total de los que se sienten seguidores de Cristo. Su número asciende a unos 200 millones y se dividen en unas mil cien iglesias diferentes.

En cuanto a doctrina, aunque todos aceptan la Biblia como única fuente y norma de fe, existen importantes diferencias que, a veces, hacen que se sientan entre sí tan alejados como lo puedan estar de los católicos.

EL ECUMENISMO

Este cuadro lamentable ofrecido por el Cristianismo, que por otro lado se presenta como la única religión verdadera, no ha dejado de atormentar a todos aquellos que aman a la Iglesia.

Justo es reconocer que los católicos se preocuparon por la ruptura que desgajó de su tronco a ramas tan importantes, tratando de recomponer, en el Concilio de Trento, aquello que estaba dañado, limpiando la faz de la Iglesia de las impurezas que en ella se habían introducido.

A pesar de la buena voluntad de los Papas y de los obispos reunidos en uno de los más largos concilios ecuménicos, y de las reformas que se promovieron, en esa ocasión, no se logró llevar a la práctica todos los cambios necesarios, que permitiesen a los disidentes de buena voluntad convencerse de que era posible la reconciliación.

Muchos de los males que aquejaban a la Iglesia se mantuvieron. Algunos escándalos continuaron, de tal forma que en 1832 escribía el célebre filósofo y erudito Antonio Rosmini su obra "Las Cinco Llagas de la Santa Iglesia" que, no por errores teológicos, sino por las iras desatadas en algunos implicados, mereció ser incluida en el Indice de libros prohibidos, donde estuvo hasta 1966, después de que su autor fuera rehabilitado luego del Concilio Vaticano II.

En esta obra Rosmini señala, como las cinco llagas de la Iglesia: 1) La división entre pueblo y clero en el culto público o Liturgia. 2) La insuficiente educación del clero. 3) La desunión de los obispos. 4) El nombramiento de los obispos dejado en manos del poder laical. 5) La servidumbre de los bienes eclesiásticos.

Aunque ya algunas de estas llagas han desaparecido y otras están en trance de sanar, toda la argumentación de Rosmini demuestra que, a pesar de las reformas de Trento, en su tiempo existía una situación dolorosa, poco propicia para convencer de que aquella era la verdadera Iglesia fundada por Cristo.

Por otro lado, los "protestantes", excitados por una lucha que había adquirido tintes muy marcados, y divididos entre sí por las formas de interpretar las Sagradas Escrituras, sólo se preocuparon de la Iglesia romana para fustigarla y denunciarla, de manera que el abismo de la separación fue abriéndose cada vez más, sin que fuera posible tender puentes entre una parte y la otra.

Si los "protestantes" consideraban mal a los católicos, éstos hacían lo mismo con aquéllos. Cada grupo estaba convencido de tener la razón y acusaba al otro de todos los males sufridos por la Iglesia.

No es de extrañar, por tanto, que hubiera que esperar siglos para encontrar algún movimiento encaminado a restañar las heridas y rellenar el abismo de separación.

Este movimiento - hay que reconocerlo - se notó primero entre algunos grupos "reformados", ya que les resultaba más fácil llegar a un entendimiento. En el informe del Secretario General al Comité Central del Congreso Mundial de las Iglesias, celebrado en Enugu, Nigeria, en enero de 1965, el Dr. W. A. Vissert Hooft comenzó recordando a los pioneros del movimiento ecuménico: el obispo Brent, padre del "Faith and Order"; el Dr. John R. Mott, padre del "International Missionary Council" y el Arzobispo Nathan Söderblom, padre de "Life and Work". Los tres nacidos en la década 1860-70. El primero anglicano, el segundo metodista y el tercero luterano.

De sus esfuerzos resultó posteriormente el Consejo Mundial de las Iglesias, que agrupa a una gran parte de las iglesias "protestantes".

Después del Concilio Vaticano II se han dado positivos pasos para un diálogo más fecundo entre la Iglesia Católica y el Consejo Mundial. También se han logrado algunos acuerdos con los dirigentes de la Iglesia Ortodoxa, lo que es augurio de más felices acontecimientos.

¿Significa esto que está cerca el día de un total restablecimiento de la unidad?

No podríamos contestar afirmativamente, cuando se sabe que primero hay que preparar y limpiar un terreno donde han crecido todos los cardos y ortigas de la discordia. Pero el camino está trazado y la meta señalada.

Hoy soplan nuevos vientos y la gracia encuentra los corazones más abiertos y sensibles. Si no tenemos la seguridad de que pronto se logrará una unificación por tanto tiempo soñada, al menos la esperanza encuentra firmes pilares para sostenerse.

El rehacer el rebaño de Cristo bajo el cayado de un solo Pastor es tarea y obligación de todos los cristianos. No faltarán grupos sectarios que, inspirados en una interpretación arbitraria de la Biblia, seguirán obsesionados con su propia pureza, colmando de constantes injurias a los demás. Nadie puede pensar que la unión será de absolutamente todos los que se llaman cristianos. Algunos quedarán fuera por su propia voluntad, lo que siempre será menos lamentable que el espectáculo que hoy ofrecemos.

OPIO DEL PUEBLO

Es muy conocida la frase de Marx: La religión es el opio del pueblo.

¿A qué religión se refería el padre del comunismo?

Muchos han pensado que Marx tenía razón si se refería a algunas desviaciones que hacen de la religión un factor alienante. Pero la verdad es que tanto Marx como sus seguidores lo entendieron como de la religión misma, de modo que hicieron como un pacto solemne para acabar con ella.

No ha sido la primera vez que esto ha sucedido. Lo cierto es que desde que Marx escribiera esa frase hasta hoy, mucha ha sido la devastación causada por sus devotos en el campo religioso.

No podemos negar que una religión que se utiliza para convencer al pueblo de que sólo importa la vida más allá de la muerte, y de que aquí debemos resignarnos a nuestra suerte, permitiendo que los malos arrasen con todo, ya que a tiempo les llegará su condena, es una forma desviada y sumisa de entender las doctrinas reveladas.

En ninguna parte de la Biblia se habla de pasividad ante las injusticias. Por el contrario se afirma categóricamente que el Reino de Dios ha de ser conquistado con violencia, dando a entender que del esfuerzo presente dependerá la victoria final.

Claro que la violencia de que habla el Evangelio es contra uno mismo, pues debemos violentarnos para poder seguir los mandatos de Dios y las enseñanzas de Jesús.

Es preciso reconocer que no siempre el ideal evangélico ha sido presentado con toda la riqueza de su contenido. Por otra parte, a la religión se la ha utilizado, en ocasiones, para mantener situaciones de injusticia, convirtiéndola en refugio de los pobres que, a falta de otros consuelos, encuentran en los ritos sagrados una satisfacción que compensa, al menos en parte, sus miserias.

Los engreídos en sus privilegiadas posiciones ven con agrado que los expoliados acepten su situación como dictamen de la voluntad divina. De ahí que muchas veces parezcan alentar la religión, dándole ciertas concesiones, con tal de que no se salga del marco fijado e irrumpa en el plano de las luchas sociales.

"La Iglesia no debe meterse en política", es su consigna. Es el gran pretexto para maniatarla y disminuir su campo de acción. Todo lo que, de acuerdo a esta concepción, debe de hacer la religión, es ocuparse de lo puramente espiritual, del Cielo, de la salvación eterna de las almas.

Al replegar la acción de la Iglesia fuera de su campo, los dueños de la situación pueden dormir tranquilos, seguros de que sus posiciones no se verán amenazadas. Cada uno en su puesto, que esto es lo que Dios quiere en la presente vida. Luego se verá lo que pasa más allá de la muerte.

Es innegable que durante algún tiempo la Iglesia, inconscientemente, hizo el juego a esta sucia tergiversación de la religión. No hay que olvidar que muchos eclesiásticos estaban también situados en una posición de privilegio, y esto hacía más difícil un cambio en las formas de predicar la verdadera doctrina.

Con ello se hacía verdad, al menos a lo que esta presentación de la religión concierne, que la misma es opio, estupefaciente para el pueblo, al permitir que las mayorías acepten su situación resignadamente, pues tal es lo que conviene a su salvación ulterior.

EL PLAN DE DIOS

Una visión real de la religión, al menos tal y como es concebida por el Cristianismo, tiene necesariamente que llevar a conclusiones totalmente diferentes.

Según esto, Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, con una dignidad tal que puede considerarse la obra maestra de Dios sobre la tierra. Por ello, todo lo que existe en el planeta ha sido puesto al servicio del hombre.

Pero, al hablar del hombre nos referimos a toda la humanidad, ya que ante el Creador todos los hombres, aunque con características diferentes, gozan de una igual dignidad.

Aunque pareciera que luego de la transgresión al mandato divino ocurrida en el paraíso, tal y como nos lo presenta la Biblia, Dios se desentendiera del hombre, vemos como posteriormente forma un pueblo para preparar la realización de la promesa hecha en el mismo jardín del Edén: que la humanidad tendría un Salvador.

La venida de Jesús concreta aún más algunas enseñanzas luminosas que conforman el meollo de su doctrina. Dios es nuestro Padre y nos ama. El Hijo de Dios ha venido a dar su vida para salvar a todos los hombres, pues Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta de su conducta y que viva (Ezequiel 18,23).

Por la muerte y la resurrección de Jesús todos los hombres adquieren la posibilidad de una salvación eterna. La vida actual ha de considerarse una etapa importante de nuestra existencia, pues es el tiempo de preparación al Reino.

Los que quieran participar del mismo deben aceptar a Dios como Padre y amarse unos a otros como verdaderos hermanos. El que no ama a su prójimo tampoco es capaz de amar a Dios (1ª Juan 4, 20) y no podrá tener participación en la gloria con el Padre.

Vistas algunas de las verdades que forman parte del fundamento del pensamiento cristiano, se entiende que los que creen en las mismas tienen que luchar por un orden justo, comenzando ellos mismos por practicar las enseñanzas de su Maestro.

Un auténtico cristiano, por tanto, no podrá aprobar una sociedad donde se destruye la posibilidad de adorar a Dios públicamente, como tampoco aquella en la que hay hermanos que sufren vejaciones, hambre, miseria, en fin, donde sus más sagrados derechos son conculcados.

La sociedad concebida en cristiano tiene que ir más allá de la justicia, para constituir una comunidad donde el amor entre los seres humanos sea no sólo posible, sino una realidad de cada día.

Gran ideal para llegar al cual sabemos de sobra que existen múltiples dificultades. El hombre no es un ser perfecto y adolece de inclinaciones que lo llevan a cometer las más execrables acciones contra sus semejantes.

Por ello se requiere de la autoridad que norme la conducta de la sociedad y haga posible la armoniosa convivencia de unos con otros.

Pero esa autoridad no puede ejercerse en contra de los derechos de los seres humanos, sino ordenada al Bien Común, a fin de evitar excesos y abusos por parte de los que no quieran someter sus actos a la recta razón.

La sociedad que propone la doctrina cristiana es, pues, una donde todos tienen los mismos derechos y obligaciones, debiendo cada uno poner al servicio de los demás los dones recibidos en inteligencia, aptitudes y capacidad.

Esta igualdad de derechos y obligaciones no supone, necesariamente, una absoluta igualdad en todos los órdenes, pues la misma naturaleza ha hecho a unos más capaces que otros, y hay quienes se ven limitados en su actuación y disfrute por su salud mental o física.

Por tanto, es indiscutible que estas desigualdades naturales han de acarrear, como consecuencia lógica, desigualdades en la vida social, sin que ello tenga que considerarse injusto, pues a nadie debe faltar la oportunidad de realizarse plenamente de acuerdo a sus propias capacidades.

Lo que no puede aceptar un cristiano es una sociedad donde los hombres sean discriminados por su inteligencia, su oficio, su raza, sus creencias, su idioma o su linaje.

Para el cristiano sólo existen hombres, hijos de Dios, que tienen derecho a disfrutar de lo que el Creador ha hecho para todos, siempre que estén dispuestos a colaborar en la obra común del desarrollo del mundo.

PLURALISMO IDEOLÓGICO

Es un hecho que los hombres andan divididos en lo más profundo del pensamiento. El fenómeno es normal, pues no todos tienen el mismo grado de captación, ni la misma perspectiva, ni son capaces de comprender, de la misma manera, las opiniones de los demás. El pluralismo ideológico es tan viejo como el mismo hombre.

Ante un acontecimiento cualquiera las opciones de un grupo humano pueden ser tantas como individuos lo formen. Por eso, desde antiguo, se comprendió la necesidad de una autoridad que zanjara las diferencias y tomara las decisiones en nombre de todos. De lo contrario nunca se llegaría a un acuerdo.

La disciplina militar parte del mismo principio. Es seguro que en una acción bélica cada uno de los oficiales tenga sus propias teorías y quiera ponerlas en práctica. Es posible también que muchos soldados se sientan más capaces que sus jefes y quieran demostrarlo.

Pero, ¿qué sucedería si en vez de un mando único, que puede estar equivocado, cada oficial o soldado aplicase sus propios sistemas a fin de ganar la guerra?

Lo seguro, a no ser que en el otro campo sucediese algo parecido, es que los del grupo anárquico van a experimentar un terrible descalabro.

Muchos otros ejemplos podrían aducirse para ratificar la necesidad de una autoridad que permita una concreción en los planes, con el fin de lograr el objetivo que se pretende.

Pero, si bien la autoridad es necesaria, el abuso de ella llega a resultar insoportable y puede producir consecuencias catastróficas.

¿No fue acaso el abuso del absolutismo real lo que trajo como consecuencia la revolución?

El sistema monárquico, viciado en sus entrañas por el germen del despotismo, se destruyó a sí mismo al pretender concentrar todo el poder en una sola persona. Esto causó tal irritación en los príncipes y los nobles que luego, como por ósmosis, la semilla de la discordia pasó al mismo pueblo, abriendo éste los ojos a la realidad de sus propios derechos.

El abuso del poder real engendró, pues, la revolución. Y ésta impuso un cambio total que trastocó la forma de gobierno hasta entonces conocida. Había nacido como una fuerza arrolladora la era del poder popular. La democracia entraba, por fin, y con paso firme, en la Historia.

Son de sobras conocidas todas las vicisitudes que la democracia ha tenido que confrontar, precisamente porque siempre se tiene que estar defendiendo de sus dos principales enemigos: la dictadura y la anarquía.

Cuando a la democracia se le entiende como la forma de hacer cada uno lo que le venga en ganas, estamos contemplando su disolución.

La autoridad es necesaria en todo sistema de gobierno, aunque la democracia se considera el mejor porque tiene siempre en cuenta las opiniones de las mayorías sin descuidar por ello los derechos de las minorías.

Democracia no significa, por tanto, que cada uno haga lo que quiera o proceda según sus antojos. Aunque algunos vieron como posible un sistema sin autoridad, cabe pensar que eso es pura utopía, imposible de llevar a cabo.

Fue la Iglesia, podemos afirmarlo, la primera en dar un ejemplo categórico de democracia, pues aun cuando sus autoridades primeras le fueron dadas por el propio Cristo, era el clero y el pueblo de cada lugar quienes escogían, con toda libertad, sus propios pastores.

Cada uno de ellos se rodeaba de consejeros aptos, y había periódica consulta al propio pueblo. No se determinaba sino aquello que más convenía a la Iglesia de Dios, según el parecer de todos con el auxilio del Espíritu Santo (Ver Hechos 6.2-6).

San Pablo, en su primera carta a los Corintios, dedica el capítulo 12 a explicar los diversos carismas y su misión dentro de la vida eclesial, lo que significa que todos tienen algo que hacer en la comunidad.

Con todo, la radical limitación del hombre le hace incapaz de formular la verdad en forma absoluta. Cualquier historia del pensamiento humano nos muestra la multitud de autores y de escuelas contradiciéndose los unos a los otros. Lo que alguien afirma como "la verdad" es rechazado por una nueva teoría que comporta argumentos dispuestos a pulverizar la anterior concepción. ¿Quién tiene la razón entre tantos como han pretendido poseer toda la verdad?

Frente a esa incapacidad humana, la Iglesia, sin negar la libertad del hombre para pensar y exponer sus propias ideas, tuvo que cambiar los métodos, para poder proclamar la verdad recibida de Dios por medio de los antiguos patriarcas y profetas, y más específicamente a través de las enseñanzas de Jesucristo transmitidas por medio de sus apóstoles.

No se quiere significar que ya todo camino quede cerrado para la reflexión personal del ser humano, pero la Iglesia se siente autorizada por el mismo Dios para servir de árbitro y señalar los verdaderos caminos que conducen a la Verdad en su plano más absoluto.

Esta es, en realidad, la misión de la Iglesia: El que a ustedes oye, a mí me oye, afirmó el propio Jesús ( Lucas 10,16).

Ya se sabe que muchos califican tal misión como una arbitraria pretensión de la Iglesia y la rechazan. Esta es, a mi modo de ver, la línea divisoria que separa a los creyentes católicos de los incrédulos y aun de otros creyentes.

Con todo, conociendo que de Dios, de sus atributos y de todas aquellas verdades que sobrepasan la capacidad cognoscitiva del hombre sólo Dios puede hablarnos, no parece absurdo, en modo alguno, el que poseamos tal Revelación y que dependa de una autoridad concreta el señalar su correcta interpretación. De lo contrario, la misma incapacidad humana antes señalada, haría derivar hacia meros subjetivismos el contenido de lo revelado.

No puede existir, por tanto, un concepto democrático al hablar de la interpretación, como hicieron los protestantes, que al caer en el "libre examen" abrieron las puertas a una diversidad de opiniones que se concretó en una multiplicidad de iglesias diferentes.

Sin embargo, es derecho del hombre reflexionar sobre el contenido de la Revelación y aportar ideas que puedan, eventualmente, ayudar a una mejor y más amplia comprensión del mismo. Esta ha sido la gran aportación de los teólogos en la constante ampliación de la doctrina eclesial.

Ahora bien, el teólogo no es un ser extraterrestre sino un hombre que reflexiona sobre Dios en Sí mismo considerado y en sus relaciones con el ser humano.

Esta tarea no es monopolio de un grupo oficial previamente designado para efectuar tal labor, sino de cualquier individuo que sienta el deseo y la capacidad de hacerlo. Es posible que algunas de sus conclusiones, lejos de significar un aporte a la doctrina resulten un escollo a causa de sus errores. En este caso se requiere suficiente humildad para someterse al dictamen de la autoridad legítimamente constituida para dirimir tales cuestiones.

Aunque el miedo a la condenación expresa de la Iglesia - especialmente en épocas inquisitoriales - pudo frenar el trabajo de los teólogos, no creo deba haber razón para tal cosa, ya que hasta las mismas equivocaciones pueden servir como punto de partida para profundizar en la verdad.

Es lógico suponer que este trabajo presenta sus riesgos. La divulgación de doctrinas consideradas erróneas puede llevar a muchos a la confusión y hasta la rebelión. Esto es algo con lo que se debe contar de antemano. No todos tendrán la virtud suficiente para acatar, en un momento dado, la decisión de las autoridades de la Iglesia, aunque ésta haya sido tomada con el espíritu paternal de la que debe estar animada toda su acción.

Sin embargo, es de reconocer que en todos los tiempos han aparecido espíritus sumamente lúcidos que han sabido acatar los dictámenes de la autoridad, no por miedo, sino por verdadero amor a la Iglesia y a Quien ella representa.

Ahora bien, como ha quedado demostrado en muchas oportunidades, existe la posibilidad de un dictamen equivocado, ocasionado más por interpretaciones exageradas sobre el alcance de la Revelación y de la autoridad.

No hay que esforzarse mucho para probar lo terrible que resultó para la Iglesia el tenebroso período de la Inquisición. Jamás una palabra de las Sagradas Escrituras podrá servir de justificación para condenar a un solo individuo a penas corporales en nombre de la defensa de la fe.

La comunidad cristiana podía imponer la excomunión a los que transgredían sus normas, o penitencias aun corporales - atendiendo a la mentalidad de cada época - pero siempre con la aceptación libre y voluntaria del sujeto.

También podrían equivocarse los papas y los obispos en materias en las que no les está comprometida la asistencia del Espíritu Santo. ¿No tuvo que reconocer el propio Pedro su error a propósito de los judaizantes? (Ver Hechos 11,17).

¿No tuvieron que aceptar los padres del I Concilio de Jerusalén, en el mismo primer siglo, la opinión de Pablo de no obligar a los gentiles que se convertían al cristianismo a cumplir reglas propias de los judíos? (Ver Hechos. cap. 15 ). En esto varios andaban bastante confundidos.

¿No llamó Pablo la atención a Pedro por una actitud que consideraba equivocada? Las palabras del apóstol de los gentiles no pudieron ser más fuertes: Pero cuando Pedro fue a Antioquía tuve que encararme con él, porque se había hecho culpable. Antes que llegaran ciertos individuos de parte de Santiago, comía con los paganos; pero llegados aquellos empezó a retraerse y ponerse aparte, temiendo a los partidarios de la circuncisión (Gálatas 2,11-12).

Así podríamos multiplicar ejemplos para probar la posibilidad de equivocación por parte de papas y obispos, sin que por ello se vea en peligro ni la unidad ni la seguridad de la Iglesia.

La infabilidad es un don del Espíritu concedido a los papas y a los obispos reunidos en Concilio sólo cuando decretan algo como materia de fe, que es lo que se llama "hablar ex-cathedra", para así poder guiar a toda la comunidad eclesial.

FE Y RAZÓN

Si la inteligencia humana tiene sus limitaciones y ha de esperar de Dios la suficiente iluminación para poder captar, aunque sea imperfectamente, lo que sobrepasa su propia capacidad, existe un campo enorme en el que ella se desenvuelve con dominio pleno.

Esto último no significa que la inteligencia humana haya sido ya capaz de abarcar todo su horizonte, sino que para lograrlo no tiene necesidad de un auxilio sobrenatural, pues Dios ya la capacitó de antemano para tal fin.

Uno podría preguntarse: "-¿Y por qué no fue capacitada con una amplitud aún mayor? ¿Por qué se enfrenta a tantas dificultades cuando se trata del conocimiento de Dios, de sus atributos, y del futuro mismo del hombre más allá de la muerte?

No tenemos, es la verdad, respuestas válidas para tales interrogantes. Si pudiéramos captar a Dios como hacemos con los seres humanos, y pudiésemos descubrir los secretos que el futuro nos depara, tendríamos que reconocer que estamos disfrutando de una calidad existencial mucho más desarrollada que aquella en la que nos encontramos en el momento presente. Nos ahorraría, ciertamente, tener que ir subiendo etapa por etapa. Pero parece estar claro que el plan del Creador es de constante evolución y estar claro que el plan del Creador es de constante evolución y superación para llegar a la cumbre en el Reino de Dios.

Tal teoría, desde luego, no la podemos entender según los principios brahmánicos de la reencarnación. De acuedo a ellos esa progresiva superación se realiza por constantes renacimientos en otros seres, hasta alcanzar una total purificación que permita la entrada en la etapa final o de plenitud.

No carece de lógica tal argumentación, si comparamos lo corta que es la vida del hombre en la tierra con la eternidad. ¿Será suficiente preparación el espacio de tiempo que vivimos aquí?

Nada, sin embargo, en la Revelación cristiana, nos permite hablar de posteriores reencarnaciones. Las palabras de Cristo son categóricas: Dios no es Dios de muertos sino de vivos (Mateo 22, 32).

La fe sigue caminos diferentes a los de la razón. Mientras ésta se desliza abiertamente ante el inmenso espacio que le ofrece el Universo conocible, aquélla no puede andar sino apoyada en la Palabra divina. Podemos decir, sin embargo, que ambas se complementan.

La razón ha tenido que ir lentamente abriéndose camino, conquistando paso a paso nuevos progresos, y construyendo paulatinamente ese gran edificio que es la ciencia humana.

La fe, por su parte, también ha logrado progresar. De la intuición de los primitivos, pasando por todo el mundo nuevo abierto por la comunicación de Dios a partir de Abraham, encuentra su culminación en la venida de Cristo y la enseñanza de sus apóstoles y su Iglesia.

No desdeñamos, por supuesto, el lugar importante que ocupan las otras religiones. Todas han aportado al hombre una nueva luz en su deseo de explicar las verdades trascendentes que le son incapaces de captar con la sola razón.

La Revelación ilumina la inteligencia para que pueda entrar en el mundo de lo sobrenatural. La razón, así, es capaz de recibir tal iluminación, pues no se podría concebir fe sin razón. Por eso sólo el hombre, y aquellos otros seres que en la entera Creación posean cualidades semejantes, son los hábiles receptores de dicha luz.

Además, como ya se ha dicho, una inteligencia cada vez más desarrollada supone una mejor comprensión del mensaje divino.

El día en que la inteligencia logre captar la verdad sin las penumbras actuales, la fe habrá desaparecido, para dar paso a la visión beatífica de los bienaventurados.

LA APOSTASÍA DE LAS MASAS

Pocas veces en la historia se ha podido contemplar un abandono tan masivo de la vida religiosa como en los tiempos que corren.

En unos países las corrientes ideológicas y en otros el materialismo y el consumismo, lo cierto es que se ha llegado a vaciar de contenido espiritual a una enorme cantidad de personas.

La preocupación de la vida diaria casi se concentra, en multitud de casos, en lo estrictamente terrenal. Se vive para comer, trabajar, divertirse y descansar.

Los pensamientos elevados que tiendan a la trascendencia son escasos. Hasta la misma religión es usada con frecuencia como un sucedáneo, casi un tranquilizador, pues muchos buscan en su visita a la Iglesia la paz interior más que el encuentro con Dios.

¿No es común pedir sobre todo por las necesidades de orden material? ¿No se llega a la osadía de querer insmiscuir a Dios en la lotería o las patas de los caballos? ¿No se amenaza a los santos cuando éstos se muestran como intercesores poco efectivos?

Tenemos, es preciso confesarlo, hasta una religión materialista, que usa los ritos y las prácticas piadosas como mero encubrimiento de ambiciones y ruines egoísmos.

Esto ya lo practicaron en la Antigüedad aquellos que se fabricaban dioses a su medida, para acallar todo vestigio de remordimiento. Los devotos seguidores de Baco, ¿acaso no eran bebedores empedernidos?

Aunque el mismo concepto de religión parece estar en contradicción con el materialismo, es tal la influencia de éste sobre la vida del hombre que podemos fácilmente hallar esa rara paradoja.

No debe extrañarnos, por tanto, que al cristiano siempre se le haya pedido un esfuerzo para saber sublimar los valores del espíritu y luchar contra el imperio de la carne.

Que este esfuerzo haya llevado a exageraciones, es lamentable. No vamos a negar que se ha llegado a presentar lo material como enemigo de lo espiritual, lo que es falso, ya que ambas realidades han sido creadas por Dios.

Lo que el cristiano debe conseguir es la armonía entre lo uno y lo otro, lo que no es tarea fácil, dado que, por el otro lado, se pretende el definitivo dominio de lo material.

¿Qué otra cosa, si no, es lo que nos quiere presentar el ambiente mundano de los tiempos actuales? ¿No se tasa el valor de la mujer por sus medidas anatómicas? ¿No se otorga una importancia exagerada al dinero?

El mundo ha perdido, en general, esa deseable armonía que entra en el plan divino. Para algo ha creado Dios lo material y lo espiritual al mismo tiempo.

Ahora, ¿cuáles son las aspiraciones de una gran parte de los humanos? Que se sepa, éstas no van más allá de satisfacer necesidades puramente terrenales. A ello se subordina todo lo demás.

Esta es, a mi modo de ver, la principal causa de que muchos hayan abandonado la religión. Como en la parábola del sembrador (ver Mateo 13,2-8) las preocupaciones mundanas ahogan todo vestigio de la Palabra de Dios.

Comer, vestir, divertirse, parecen ser los únicos moviles que impulsan a la mayoría de los humanos. Y aún los esfuerzos culturales, el estudio de una carrera o el aprendizaje de una tecnología están en función de un mejoramiento del confort de la vida presente.

Ni que decir tiene que aquellos que se encuentran imposibilitados de disfrutar de lo que les es estrictamente necesario, como las masas hambreadas de los países subdesarrollados, encuentran graves dificultades para descubrir los valores del espíritu.

¿Cómo puede creer en la trascendencia aquel a quien tanto trabajo le cuesta subsistir en la hora presente?

De modo que los polos se juntan. Por una parte le es difícil al rico desligarse de los placeres mundanos y por la otra se le dificulta al pobre superar su indigencia espiritual en medio de las preocupaciones por la subsistencia.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que todo esté perdido. Pero ¿hasta dónde se hacen esfuerzos para contrarrestar la ola del materialismo que amenaza con tragarnos a todos?

Cada grupo religioso trabaja por conseguir lo que considera es su misión, aunque con frecuencia carecen de la necesaria persuasión para lograrlo.

Y es que convencer a la gente de la Verdad trascendente no resulta nada fácil, sobre todo en nuestros días, pues como ha quedado dicho, todo parece conspirar en contra de los valores espirituales.

Además, el mismo hecho de que existan muchas religiones es un obstáculo, ya que mucha gente puede sentirse confundida frente al fenómeno religioso.

Por lo que atañe al cristianismo notamos esa lamentable fisión que ha desmembrado la Iglesia de Cristo en mil pedazos. ¿En cuál de ellos está la Verdad? se preguntarán los incrédulos.

Hoy existe una sincera preocupación por terminar esta situación. Sin embargo, el daño está hecho, y se necesitarán muchos esfuerzos para lograr la unión después de tantos siglos de antagonismos que han llegado hasta el enfrentamiento armado, al odio y al más grosero vituperio. Y todo esto en nombre de Dios y de la Verdad.

Todavía hoy quedan resabios entre algunos cristianos, a los que hay considerar bastante alejados del Evangelio, pues rompen el sagrado compromiso del amor con la excusa de que buscan la salvación de los hombres, dedicándose, más que a predicar el mensaje cristiano, a atacar a los que no están de acuerdo con sus ideas.

Es justo reconocer que no siempre la Iglesia fue modelo de comprensión y de hermandad evangélica, como he dicho anteriormente. Con todo, nadie podría negar hoy que todo eso ha desaparecido y que los católicos estamos decididos, en general, a lograr la unidad que tanto necesitamos.

Ahora que estamos llegando a un nuevo milenio nos encontramos frente a un reto tremendo. Frente a un mundo descristianizado o falto de evangelización, los cristianos debemos demostrar que somos los que podemos dar al género humano la Palabra que salva y la gracia que transforma.

El mundo espera de nosotros más hechos que palabras. Es hora que nos decidamos a llevar de verdad el mensaje de Jesús hasta los últimos rincones, sin imposiciones ni altanerías, sino con aquella humildad de la que fue ejemplo nuestro Divino Salvador.

El nos enseñó una Verdad y nos envió a dársela a los demás. Esa es nuestra tarea. ¡Pobres de nosotros si pasamos por el mundo sin cumplirla!

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Página fue modificada: 30/08/2008 11:43

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