AB PADRE BAZAN

A PROPÓSITO DEL SEXO

EL AMOR

Tal es el tema de muchas canciones. Buena parte de todas las poesías que se han escrito le han sido dedicadas. La literatura ha llenado millones de páginas para desentrañar su misterio. Y así seguimos todavía hoy.

Pues en realidad eso es el amor: un misterio. Y lo es porque su origen está en Aquel de quien san Juan escribe: "Dios es amor".

AMAR ES POSIBLE

No todo el mundo cree en el amor, y es que el mismo es muy fácil de falsificar. Son millones, por eso, los que han quedado desilusionados al contacto con sus imitaciones.

Amar es posible, pero difícil. Quien no acepte esta condición nunca sabrá lo que es conjugar, en primera persona y en la realidad diaria, este verbo del que todos aparentan conocer el secreto.

El amor es difícil porque se trata de un despojamiento de nosotros mismos para alcanzar al OTRO, sea Dios, o una persona humana. Por ese OTRO somos capaces de cualquier cosa, y así lo sentimos. Mientras se está enamorado nada es difícil con tal de agradar y complacer al ser amado.

NUESTRA INCONSTANTE NATURALEZA

Quizás la mayor dificultad en el amor la plantea nuestra propia naturaleza. Esta es inconstante por antonomasia, y se cansa fácilmente. Por eso es proclive a cambiar, con mucha frecuencia, el objeto del amor.

¿No vemos en la propia Escritura lo difícil que ha resultado guardar fidelidad a un solo Dios? Con cuanta mayor razón resulta difícil mantener la fidelidad a un solo hombre o una sola mujer.

La experiencia nos dice que, con frecuencia, aun aquellos que se aman con mayor ternura, poco a poco van perdiendo el prístino embeleso para llegar a sentir tedio y rutina.

Mantener la frescura del amor es requiere esfuerzo. El mismo Dios se queja, en el Apocalipsis, de la iglesia de Efeso, diciéndole: "... tengo en contra tuya que has dejado el amor primero" (2,4).

Pienso que sólo con una ayuda especial del Cielo podríamos perseverar en un amor sin claudicaciones. El que más y el que menos, llegado el momento, ha caído en traición aunque sea de pensamiento.

No debemos olvidar que nuestra naturaleza humana nunca fue perfecta, por cuanto en el plan de Dios no parece se planteara que el ser humano estuviera dotado de cualidades como la de los ángeles.

Con todo, al claudicar en el pecado, el ser humano quedó afectado grandemente, siéndole mucho más difícil acercarse al ideal para el que había sido creado.

No es pues nada raro que hoy veamos cómo nuestros mejores deseos se esfuman en un momento, y nuestras más caras aspiraciones se aniquilan en segundos. Así lo reconoce san Pablo: "Porque el querer lo excelente lo tengo a mano, pero el realizarlo no; no hago el bien que quiero; el mal que no quiero eso es lo que ejecuto" (Romanos 7, 18-19).

CUANDO EL AMOR ES CARIDAD

El nivel más alto de amor que podemos alcanzar es el que el propio Pablo describe en su Primera Carta a los Corintios: "El amor es paciente, es afable; el amor no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, no es grosero ni busca lo suyo, no se exaspera ni lleva cuentas del mal, no simpatiza con la injusticia, simpatiza con la verdad. Disculpa siempre, confía siempre, espera siempre, aguanta siempre. El amor no falla nunca" (13,4-8).

Esto es lo que los antiguos llamaban CARIDAD. Lo que ocurre es que esta palabra ha perdido en nuestros días su sublime significado, de tal manera que cuando la mencionamos casi siempre pensamos en dar una limosna o cosa parecida.

Siendo posible la existencia de distintos niveles o grados en el amor, por eso se le distinguía con diversos nombres. Hoy en día, para evitar confusiones, llamamos amor a todo, con lo que seguimos confundidos, pues no se puede equiparar ese amor maravilloso descrito por Pablo a lo que algunos llaman así no siendo más que puro egoísmo.

La única forma de saber que amamos es si estamos dispuestos a sacrificarnos por el otro, Esa fue la regla impuesta por Cristo: "Nadie tiene amor más grande por los amigos, que uno que da la vida por ellos" (Juan 15,13).

EL PESO DEL CUERPO

Cuando hablamos de amor tenemos que saber distinguir entre aquel que es posible entre los seres humanos sin distinción, y el otro tan especial que sólo cabe entre un hombre y una mujer. En éste entra en juego un nuevo elemento: el cuerpo.

Si fuésemos nada más que espíritu es probable que amar fuera mucho más fácil, ya que sería algo perteneciente sólo a las potencias volitivas del alma. Pero el problema es que también tenemos cuerpo.

El ser humano, debilitado en su voluntad por el pecado, siente con fuerza el impulso de lo carnal, que se confunde inexorablemente con ese sentimiento que llamamos amor. Atracción carnal y amor pueden ir juntos, pero no necesariamente. Y esto hace más difícil las cosas.

La mayor parte de las traiciones provienen del apetito carnal por otra persona distinta a aquella que se ama. Después de un tiempo de convivencia matrimonial, es fácil que el atractivo físico que la persona amada ejerce sobre el cónyuge llegue al borde del cansancio, lo que abre la puerta a la tentación adúltera.

Dominar el cuerpo es un ideal que ha sido desde siempre el caballo de batalla de los que desean mantenerse fieles al amor. Todo el mundo sabe que un leve descuido y la traición queda consumada.

Pero precisamente en la dificultad es que se demuestra la belleza y el valor del amor. Sólo el que vence su egoísmo y es capaz de darse sin medida, puede saborear ese AMOR que se eleva hasta lo divino.

PLACER Y DEBER

Desde que tenemos conciencia aprendemos a distinguir entre aquellas sensaciones que nos resultan agradables y otras que no lo son. Antes las sentíamos, pero no podíamos apreciarlas.

El placer y el dolor acompañan al hombre desde su nacimiento. Es curioso, por demás, que el primer sonido que emite el ser humano sea un quejido. El llanto del niño es la primera señal de que está vivo.

El bebé, sin darse cuenta, disfruta con fruición de la succión del pecho materno, reaccionando a cada instante, con risas o llantos, a lo que le agrada y acepta, o desagrada y rechaza.

Una cosa es clara: desde el primer instante a todos nos gusta el placer y rechazamos el dolor con toda energía. Poco a poco aprendemos, sin embargo, que no todo lo que produce placer es bueno ni es posible rechazar o evitar siempre el dolor.

LOS DESIGNIOS DE DIOS

Nadie podrá negar que ha sido el propio Dios quien ha querido asociar el placer a un gran número de las actividades humanas, y que el dolor es consecuencia del pecado y no del expreso deseo de Dios.

Veamos en el libro de la Sabiduría: "Dios no hizo la muerte, ni se alegra de la perdición de los mortales. Pues todo lo creó para que sea: las criaturas del mundo son para bien nuestro; las fuerzas de la naturaleza no están envenenadas o sometidas a algún reino infernal" (1,13-14).

Somos naturalmente sensibles al placer, inclinados a él en grado máximo, de forma que experimentamos una debilidad extrema cada vez que entra en juego la lucha entre el placer y el deber.

A menudo se ha presentado la religión como enemiga del placer. Esto no sería correcto, por más que haya numerosos motivos para sacar esa impresión. Siempre aparecen fanáticos que ponen excesivo énfasis en algunos puntos y éstos no han faltado, tampoco, dentro del cristianismo, para hacer creer que el placer es esencialmente malo y está en contra del plan de Dios.

Lo verdadero es que, a fuerza de combatir las exageraciones del otro lado, que quisiera que todo fuera desenfreno y libertinaje, la religión ha tenido que soportar el "sambenito" de perenne aguafiestas, de parte de aquellos que quieren vivir sólo para el placer y rechazan todo freno a sus propósitos.

MATERIALISMO Y PAGANISMO

El cristianismo nace en Palestina, pero pronto se predica el Evangelio entre los paganos, cuyos vicios, como lo sabemos por la HIstoria y la misma Sagrada Escritura, chocaban directamente con la enseñanza cristiana.

El mensaje de Jesús ofrece una nueva visión del mundo y de las cosas, de tal modo que tiene que resultar incomprensible a los que, sea por no creer en Dios o por excesivo materialismo, sólo valoran lo que puede proporcionar situaciones ventajosas o agradables.

Nadie puede, sin embargo, llegar a la conclusión de que Jesús condena el placer ni de que exige de sus discípulos una vida de total renunciamiento a lo que es placentero, sino que todo se haga en función del Reino, sin dejar que los bienes materiales o el placer primen por encima de los espirituales y de la salvación eterna.

EL PLACER COMO MEDIO

Todo deber exige renunciamientos y sacrificios pero, al mismo tiempo, Dios ha querido acompañarlo con placer. Así encontramos placer en el comer, que es una necesidad para la vida del organismo. Este placer sería un obstáculo para el plan de Dios si sólo comiéramos lo que nos gusta o hiciéramos, como se dice era frecuente en la Roma Antigua, una pura diversión del comer, vomitando una y otra vez para volver a sentir el placer de llevar exquisitos manjares a la boca.

Lo mismo ocurre con el sexo. Quizás sea éste la fuente de mayor placer para el ser humano y una causa de constantes conflictos entre el placer y el deber.

Es innegable que el sexo fue considerado por algunos escritores cristianos, ya desde los primeros tiempos, como un instrumento exclusivo de la procreación, lo que en modo

alguno puede deducirse de las Sagradas Escrituras, por más que algunas frases de san Pablo parezcan indicarlo, en el afán del Apóstol de combatir los excesos del mundo pagano.

Un tal pensamiento crea, necesariamente, infinidad de conflictos interiores, privando a los esposos del medio normal de su comunicación amorosa dentro del plan del propio Creador.

Despojar a los esposos del derecho a disfrutar de lo que es querido y creado por Dios es un absurdo, como lo sería despojar al sexo de toda responsabilidad y convertirlo en un puro instrumento de placer indiscriminado y egoísta.

Es innegable, sin embargo, que los prejuicios sobre el sexo han ido demasiado lejos, de un lado y del otro, causando graves desajustes y dando como resultado que el sexo sea, al mismo tiempo que una fuente de placer, cauce inagotable de decepciones, sufrimientos y horribles torturas morales y espirituales de todo orden.

PLACER Y FELICIDAD

Muchos han llegado a creer que el placer es sinónimo de felicidad. La experiencia nos dice que, al menos en esta vida, no siempre viajan juntos. Pero es razonable que cuando hablamos de felicidad excluyamos toda idea de dolor o sufrimiento.

El Apocalipsis nos describe el cielo como la Nueva Jerusalén, donde Dios enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no existirá ni muerte, ni duelo, ni gemidos, ni pesar, porque todo lo anterior ha pasado (ver 21,4).

Desde muy antiguo vemos que el ser humano tiende al placer y lo busca a como dé lugar, pasando muchas veces por encima de las razonables leyes de Dios. La Biblia es pródiga en relatos que lo prueban, y vemos que hasta hombres llenos de fe, como David, cayeron frecuentemente en esta búsqueda del placer sexual.

Sin embargo, Dios parece no ser muy severo con estas debilidades, y pone más bien el énfasis en otras realidades que son mucho más serias y hacen del hombre un ser peligroso para sus semejantes.

Cuando David cometió el adulterio con Betsabé, la mujer de Urías (ver 2º libro de Samuel, capitulo 11), y habiendo ella quedado encinta, quiso el rey borrar toda prueba de su participación. Al encontrarse el engañado esposo en los campos de batalla lo mandó buscar, tratando de convencerlo de que estuviese con su esposa.

Al no conseguir sus propósitos, David mandó a Urías a una muerte segura, dando órdenes al jefe de su ejército para que lo pusiera en el lugar más peligroso durante alguna batalla.

Siempre el adulterio fue considerado en el pueblo de Dios como un gran pecado, pero lo que mereció realmente el castigo de Dios, en este caso, fue la criminal conducta de David al asesinar a Urías.

Posteriormente David retendrá a Betsabé como una de sus esposas y Dios le concederá a ambos un hijo que será el heredero de la corona, Salomón.

Cristo, al describir dramáticamente el Juicio Final, no dedica una sola palabra al tema del sexo. Todo el énfasis lo pone en el trato que tengamos para con el prójimo. Esto sera lo que, en definitiva, decidirá nuestra suerte eterna.

¿Quiere esto decir que se puede usar del sexo como cada uno quiera, sin que ello conlleve responsabilidad moral alguna?

Desde luego que no. Pablo dirá: "La voluntad de Dios es que se hagan santos, que no tengan relaciones sexuales fuera del matrimonio, que cada uno sepa unirse con su esposa con santidad y respeto, en vez de dejarse llevar por el deseo, como hacen los paganos que no conocen a Dios; que en esta materia nadie ofenda o perjudique a su hermano. El Señor pedirá cuentas de todas esas cosas, como ya se lo hemos dicho y probado. En efecto, Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad" (1ª Tesalonicenses 4, 3-8).

HAY QUE DAR AL SEXO SU JUSTO VALOR

Lo que sí podemos asegurar es que, de ninguna manera, los pecados contra el sexto mandamiento son los más graves, como se entendió durante cierto tiempo, ni que la moral cristiana convierte al sexo en un puro instrumento procreativo, sin otra función posible.

Si aceptáramos esto último tendríamos que concluir que el sexo es legítimo en muy contadas ocasiones de la vida, y que un esposo estéril no tendría derecho a la relación sexual, como tampoco se podría después que ha pasado el período fértil de la mujer, es decir, cuando ésta ha llegado a la menopausia.

Los pecados contra el recto uso del sexo son, en la absoluta mayoría de los casos, producto de la debilidad del ser humano ante lo que produce placer. Esto es lo que determina su menor gravedad esencial, por cuanto no implican, necesariamente, una corrupción del corazón ni un rompimiento interior con Dios.

Muchas personas, que incluso tienen una intensa vida religiosa, sufren grandemente por esta dualidad que les impide ser todo lo bueno que quisieran, ya que con frecuencia son débiles ante la tentación de la carne. Estas personas suelen estar arrepentidas aún antes de que el pecado ocurra, pero son incapaces de superar la tentación.

LA CASTIDAD: UN ALTO, PERO DIFÍCIL, IDEAL

Sólo los hipócritas o tarados son capaces de negar el poderoso influjo que ejerce el placer sexual en toda vida humana, y lo difícil que resulta, aún para personas con una vida sexual normal, ser totalmente fieles al ideal cristiano.

Pero no olvidemos que todo ideal es una meta a conseguir y no una realidad que podemos tocar todos los días. Ser cristiano no es haber conseguido, definitivamente, el dominio de toda inclinación, sino estar en lucha cosntante por lograrlo.

El mismo Pablo, que parece mostrarse tan severo cuando del sexo se trata, tiene una frase misteriosa cuando, en su segunda carta a los Corintios, dice: "Por eso, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne, un mensajero de Satanás, para que me abofetée y no tenga soberbia. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él, pero me contestó: "Te basta con mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad" (12,7-8).

¿Se refiere el Apostol a tentaciones carnales? No lo sabemos, pero no es improbable. ¿Acaso no era Pablo un ser humano?

Poco es lo que se ha hablado de los conflictos sexuales de los santos, ya que ha existido siempre un recato, que podríamos considerar excesivo, a tocar estos temas, pero es indudable que casi todos ellos, de una manera u otra, tuvieron que luchar contra la tentación de la carne. Ha sido tan frecuente describir a los santos como dechados de virtud desde el nacimiento, que casi los hemos convertido en seres extraterrestres.

CON TODO, EL CONTROL ES POSIBLE

Nadie tiene derecho a decir que sea imposible el dominio de los impulsos sexuales, pero sería una tontería decir que es un asunto fácil. La persona que lo logra tiene, necesariamente, que conseguir primero un convencimiento interior y poner luego los medios necesarios, tanto de tipo espiritual como humano.

No creo que un control total sobre impulsos tan fuertes pueda ser posible sin una gracia sobrenatural, pues se trata de un dominio ejercido "por causa del Reino" y no algo totalmente natural. Por eso es tan importante la oración, el ayuno y la practica frecuente

de los sacramentos.

Los recursos humanos son aplicables, sobre todo, a la huida de las ocasiones y al control sobre las fantasías. Estas últimas juegan un papel importante, pues la excitación corporal comienza en la mente.

LA REPRESIÓN NO ES LA RESPUESTA

Es conocido el recurso a la represión. Esto funciona a veces con grave daño sicológico para el sujeto, pues si bien es cierto que puede ayudar al control sexual, es posible que conduzca, a la larga, a otros trastornos y a la creación de situaciones tanto o más pecaminosas, como el egoísmo o la agresividad.

La Iglesia se vio inclinada, quizás cuando no se conocían demasiado los mecanismos sicológicos, a aceptar la represión como un buen método, pero hoy esto tendría que verse como una auto-mutilación.

Si bien es cierto que Jesús habló, aparentemente, a favor de esta última, cuando dijo: "Si tu mano o tu pie te pone en peligro, córtatelo y tíralo lejos: más te vale entrar manco o cojo en la vida..."(Mateo 18,8-9), estas palabras se han interpretado en un sentido figurado, no literal, y la Iglesia nunca ha aceptado que la auto-mutilación sea correcta, y parece que por ello ha rehusado canonizar a Orígenes, un reconocido Padre de la Iglesia, que para evitar la tentación se castró, tomando al pie de la letra las palabras de Jesus: "Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el reinado de Dios. El que pueda con eso, que lo haga" (Mateo 19,12).

Otra cosa es la violencia que uno tiene que ejercer contra sí mismo, pues de lo contrario nada se conseguiría. Si nos dejamos llevar de las inclinaciones, sería imposible conseguir control alguno.

REMAR CONTRA CORRIENTE

La mayoría de la gente, hay que aceptarlo, no logra controlar sus impulsos sexuales. Es más, ni siquiera hace intentos serios para conseguirlo. Hay demasiados pretextos y excesiva propaganda a favor de la licitud de todo lo que sea placentero, y demasiados estímulos exteriores que lo provocan.

Hoy en día la mayoría se inclina a buscar lo fácil y placentero, como ha ocurrido en casi todas las épocas. En realidad, el control de los sentidos es sólo posible para los que descubren los valores del espíritu y, por ellos, están dispuestos a luchar contra corriente. No sólo el cristianismo propugna un control de los impulsos sexuales. Otras religiones lo hacen también, como medio para alcanzar la elevación espiritual.

San Pablo cita el esfuerzo de los atletas para estar en forma, por lo que han de controlar sus deseos e impulsos, a fin de poder ganar la corona de los vencedores (ver 1a. Corintios 9,24-27).

Para descubrir los maravillosos regalos que Dios nos tiene reservados necesitamos elevarnos por encima de lo puramente carnal. El placer no puede ser todo lo que busquemos en la tierra. Hay algo mucho mejor que nos está aguardando. Por ello vale la pena luchar y hasta morir.

LA HOMOSEXUALIDAD

Hoy en día se presenta a los científicos un tremendo desafío al tratar de definir lo que es la homosexualidad. Casi nadie se atreve a definirla como una enfermedad o una desviación natural, en parte porque no hay una seguridad de lo que realmente es, y en parte por miedo al activismo agresivo que se ha desarrollado en los últimos tiempos, que nos hacen pensar en un "gay power" que pide una carta de derechos para poder exhibir el homosexualismo sin barrera alguna.

Yo, personalmente, no tengo una definición segura, ni creo que nadie en realidad la tenga. La homosexualidad, para mí, sigue siendo un misterio inexplicable, que impide a un ser humano, destinado a comportarse de acuerdo a su sexo y con las características propias del mismo, realizarse como tal, ocurriendo entonces la existencia como de una lucha interior entre lo que se es y lo que se siente.

Un homosexual es un hombre o una mujer que sienten de una manera diferente a como deberían sentir un hombre y una mujer. No hay vuelta de hoja. No existe un tercer sexo del que podamos decir que aún teniendo los atributos de un sexo específico tenga que sentir precisamente como el sexo contrario. Sé que algunos parecen querer inventarlo.

Todo en el hombre y la mujer está destinado a la complementación, y cuando ésta no puede realizarse porque no hay compatibilidad entre los dos, se produce una situación que tendríamos que considerar anormal, aunque quien la padezca no tenga culpa alguna en ello.

Que en tiempos pasados los que padecían esta situación tuvieran que sufrir la discriminación, la burla y hasta el odio gratuito de otras personas, lo que era y sigue siendo una clara injusticia, no justifica el que ahora se quiera hacer de la homosexualidad un tercer sexo idealizado, que parecería el "non plus ultra" de la sexualidad.

La agresividad de los activistas homosexuales puede encontrar justificación en las pasadas humillaciones, pero no en la ciencia. Creo que hay razón para exigir respeto y parar toda clase de discriminación por concepto de una situación específica, pero de ninguna manera la hay para convertir la homosexualidad en una situación privilegiada que exige su reconocimiento legal ante la sociedad.

Condeno con todas mis fuerzas las acciones de aquellos que hacen de los homosexuales objeto de burla, discriminación o persecución, pero en modo alguno acepto que se nos quiera imponer un estilo homosexual como si fuera el ideal para las futuras generaciones.

Creo que el activismo homosexual se presenta con ínfulas desproporcionadas, haciendo gala, a veces, de una desfachatez increíble. Ya existe hasta un sellito, que veremos más y más en los billetes de distintas denominaciones. que dice "gay money", o dinero homosexual. ¿No es esto una prueba de esa agresividad?

Lo mismo, cuando en desfiles de protesta se realizan actos deshonestos que nada tienen de edificantes ni tienen por qué ser aceptados por la sociedad en general.

Es como si una pareja heterosexual se quisiera exhibir públicamente haciendo toda clase de acciones. ¿Habría justificación alguna para ello? De ninguna manera.

Ahora bien, hay que aclarar que la Iglesia tampoco ha podido ser muy precisa con respecto a la homosexualidad, ya que durante siglos esta condición era muy difícil de diagnosticar o comprender. Sé que esto ha contribuido al mal comportamiento de muchos con respecto a los homosexuales. Y creo que se debe rectificar en todo aquello que pueda ser considerado abusivo y discriminatorio, aun cuando en modo alguno se acepte que la situación tenga que ser admitida como fuente de derechos inalienables, como sería el que dos homosexuales pudieran contraer un matrimonio legal, cosa que ya se ha conseguido en algunos países, como un claro triunfo del activismo agresivo, que tiene sus cabildeos en todos los centros de poder.

No creo que hoy podamos tomar al pie de la letra las palabras de san Pablo en su primera carta a los Corintios: "Ni los impuros, ni los idólatras, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios" (6,9-10).

Aquí el apóstol cometió un error de apreciación muy comprensible, dadas las ideas de su época, pero que hoy tendríamos que traducir en otra forma, pues la Palabra de Dios, nunca lo olvidemos, es también palabra de hombre, y tenemos que admitir que la mentalidad de ciertas épocas se hizo presente, sin lugar a dudas, en las Escrituras.

¿Acaso no fue Pablo el que prohibió a las mujeres permanecer con la cabeza cubierta durante la Liturgia, o pidió que las mismas se callasen durante los oficios? (Ver 1a. Corintios 11, 4-16 y 1a. Timoteo 2,11).

Sabemos que esto era parte de su mentalidad judía, que mantenía a la mujer relegada a un segundo plano.

Voy a explicar por qué del error de apreciación de Pablo. Al citar los actos intrínsecamente malos, es decir, aquellos que nos apartan del Reino, Pablo confunde la homosexualidad y el afeminamiento, que son condiciones inculpables, con las acciones directamente deshonestas que la personas consienten en realizar libre y conscientemente. Allí sí que habría culpabilidad. Desde luego que en el caso de los borrachos también se puede alegar una situación de enfermedad, como hoy se admite.

Cuando hablamos de un adúltero nos estamos refiriendo a una persona que acepta cometer conscientemente un pecado, al tener relaciones con otra persona distinta de su cónyuge.

Lo mismo podríamos decir de los ladrones, los idólatras y todos los otros citados. En los idólatras, por ejemplo, podría haber hasta más ignorancia que malicia.

En modo alguno podemos mezclar una cosa con la otra. Las inclinaciones desviadas, anormales o como se les quiera llamar, mientras no conduzcan a actos deliberadamente aceptados, no son pecado. El homosexual no es un pervertido por el hecho de serlo. Tenemos que estar claros en esto, pues no es lo mismo decir anormalidad que perversión. En lo primero no hay culpa alguna. En lo segundo sí. Y la perversión nada tiene que ver con la inclinación sexual, sino con las propias decisiones que hace cada individuo en momentos determinados.

¿Hemos de decir que san Pablo se equivocó y que la Escritura nos engaña? De ninguna manera. Lo que tenemos es que afirmar que si tomamos la Escritura al pie de la letra, sin examinar el por qué se dice cada cosa, podemos hacer decir a la Biblia muchos disparates.

Eso es, precisamente, lo que hacen los fundamentalistas, al interpretar la Biblia como si fuera un libro de ciencia o algo que fue escrito con la mentalidad de nuestro tiempo.

De todos modos, algo que es aceptado por todos los que creemos en la Biblia como fuente de la Revelacion divina, es que Dios tuvo la intención de crear al ser humano, y tambien a otros seres de la creación, como casi todos los animales, con sexo diferente, para que así pudiera haber atracción y apareamiento a fin de llegar a la procreación.

Claro que en el caso de los seres humanos no se trata sólo de una simple atracción, sino que la intención de Dios era que surgiese el amor que llevara a la pareja a la mutua compenetración, tanto que vendrían a ser no dos, sino uno solo.

Está bien claro que en la intención del Creador no había lugar para matrimonios homosexuales, y que una relación entre dos personas del mismo sexo hay que considerarlo contrario a la misma naturaleza sexual. Es como una contradicción de principio.

Un homosexual honesto, no de esos que quieren hacer de su tendencia una bandera, tratando de imponerla a toda costa para que sea aceptada como una cosa totalmente natural y sin consecuencia alguna, podría preguntarnos:

Pero, ¿es que nosotros los homosexuales estamos condenados a no disfrutar de nada en la vida, y tenemos que cargar con esta condena como una maldición?

La pregunta es válida, y la respuesta no es nada fácil. Pero creo que todo homosexual honesto merece una respuesta honesta.

Si nosotros miramos las cosas desde un punto de vista totalmente materialista y despojamos a la vida de toda trascendencia, tendríamos que decirle que no importa nada lo que uno haga, porque, total, al final todos iremos a lo mismo, al hoyo y nada más.

Esa es la respuesta que dan los ateos o aquellos que ven la vida como algo sin importancia ni trascendencia. Si todo lo que pudieramos esperar al final de la vida fuese un hoyo, entonces ¡Que viva la Pepa!

Ahora bien, si un cristiano tiene que responder la pregunta podríamos decirle a ese homosexual que de ninguna manera la vida es fácil cuando la queremos vivir honestamente.

Tampoco los heterosexuales tienen derecho, ante Dios, a hacer lo que les venga en ganas en materia de sexo, sino que tienen que atenerse, si quieren cumplir su Voluntad, a los mandatos que exigen abstinencia fuera del matrimonio.

Pongamos ahora a las personas casadas que se guardan mutua fidelidad. ¿Es que todo es agradable para ellos? ¿Es que por el hecho de poder tener relaciones sexuales ya toda la vida se vuelve color de rosa?

Pongamos inclusive aquellos que viven en el desenfreno sexual, sean hetero u homosexuales. ¿Es que por ello son necesariamente más felices que los que no tienen relaciones sexuales?

Y, ¿qué decir de aquellas personas que han nacido con problemas congénitos, heredados o no? Por ejemplo, digamos de una persona que nació sin brazos ni piernas, u otros que, posteriormente a su nacimiento, padecieron de polio o perdieron ciertas facultades por algún accidente.

Muchas de estas personas, no importa su tendencia sexual, son incapaces de realizar actos sexuales. ¿Tendríamos que decir que son malditos de Dios por esto?

Pues si la homosexualidad supone una anormalidad, en modo alguno podemos decir que sea una maldición, ni un castigo, ni nada por el estilo, sino parte del riesgo que conlleva la misma existencia humana, y cada uno de nosotros ha de dar cuenta a Dios de acuerdo a lo que ha recibido.

Yo no creo que la peor situación que pueda existir sea la de tener una tendencia homosexual, pues otros tienen que sufrir cosas mucho peores.

Ahora bien, sabemos que el impulso sexual tiene una fuerza enorme y que no podemos engañarnos diciendo que todo se puede cuando uno quiere. Eso sería querer tapar el sol con un dedo.

Si hay algo difícil de dominar, como si se tratara de un potro salvaje de esos que no se dejan domar fácilmente, es el impulso sexual. Que es posible no puede dudarse, sobre todo si uno pone todos los medios al alcance, sobre todo la oración, la práctica de los sacramentos y una constante lucha por ejercer el dominio de la voluntad.

Con todo, no podemos pedir peras al olmo, y hay personas que nunca han aprendido a disciplinarse ni han tenido la suficiente formación religiosa como para poner en práctica todos los medios que son comunes en un cristiano formado.

Por eso tenemos que aceptar que los pecados de la carne son, posiblemente, los más frecuentes y todos tenermos que hacernos violencia para poder evitarlos.

Esto pasa con cualquier tendencia sexual. Y no se puede pensar que un homosexual tenga mayor fuerza para controlar sus impulsos que un heterosexual, más cuando es tan fácil la promiscuidad, pues nadie ve mal que dos hombres o dos mujeres anden juntos, mientras que rápidamente se sospecharía de un hombre y una mujer a quienes se les ve con frecuencia haciéndose compañía. ¿Tenemos que ser más severos con los homosexuales sólo por el hecho se serlo? ¿No sería esto otro motivo de discriminación? Por supuesto que sí.

Y aquí sí que tenemos que estar muy claros. La misma Iglesia que es Maestra para enseñarnos los principios, lo mismo que rechaza que la tendencia homosexual cuente con razones para reclamar un tratamiento que le permita acceder al matrimonio, es la primera que, como Madre, acoge a sus hijos, no importa la tendencia, cuando se trata de perdonarlos en nombre de Dios y de ayudarlos a mantenerse en estado de gracia.

Nunca puede un confesor rechazar a un homosexual, por serlo, no importa los pecados que haya cometido. Claro que tendrá que decirle que debe luchar para evitar el pecado, pues esa es la obligación de todo el que se confiesa. Pero eso mismo se lo dirá a aquel

hombre o mujer que, siendo heterosexual, ha realizado actos sexuales adúlteros o simplemente fuera del matrimonio.

La Iglesia, al enseñarnos estas cosas, no lo hace para discriminar a los homosexuales. Eso es un invento de los activistas agresivos, que están dispuestos a arremeter contra todos los que no acepten sus puntos de vista, y usan de la táctica, que les ha resultado muy beneficiosa por cierto, de usar de la discriminación como un arma para salirse con la suya.

Así han logrado ir metiéndose en los círculos políticos, en la prensa, en la radio y televisión, para lograr que la gente acepte incluso lo inaceptable.

Yo amo a mis hermanos homosexuales, y estoy dispuesto siempre a defender sus derechos. Como ya dije, condeno cualquier abuso que se haya cometido, se cometa en el presente o se pueda cometer en el futuro, pero no puedo aceptar que existan razones para dar a los homosexuales un tratamiento preferencial. Lo que está mal, está mal para todos.

Pero pasemos a otro punto espinoso en este problema, que es el alegado derecho de los homosexuales a adoptar niños.

En modo alguno creo que haya derecho para ello, y pienso que entregar un niño a una pareja homosexual sería condenarlo fácilmente al homosexualismo.

Sabemos muy bien que la militancia homosexual es tan beligerante que hasta incluso tiende al proselitismo, de tal forma que existen quienes tratan de convertir, por todos los medios, en homosexuales a jovencitos en esa etapa transitoria que es tan peligrosa y tan propensa a cualquier tipo de desviación.

Tenemos que estar claros de que sólo una parte de los homosexuales lo son por razones hormonales, genéticas o fisiológicas. Decir que uno nace homosexual en todos los casos sería un disparate. El homosexual puede nacer así, pero también puede hacerse, por una serie de influencias negativas que va recibiendo durante la niñez y la adolescencia.

Nunca hay que olvidar que durante los diez primeros años la mente de un niño es como una cera amoldable, y de las influencias que reciba puede depender su futuro. Es en estos años donde se desarrolla la base de lo que el individuo ha de ser, sicológicamente, a lo largo de su vida.

Inclusive si una pareja homosexual tiene las mejores intenciones del mundo, y no tratara de ninguna manera de proselitizar al niño que se le haya entregado en adopción, con el fin de que se haga homosexual, siempre habría la posibilidad de que la influencia tan cercana de dos personas con esa tendencia pudiera hacer mella en la mente del sujeto. ¿Cómo permitir que se corran estos riesgos?

Esto no quiere decir tampoco que todas las parejas heterosexuales debieran tener derecho a la adopción.

Yo tengo la firme convicción de que los únicos que tienen derecho a procrear son las parejas unidas con el propósito de mantener la unión en forma permanente, por lo que sólo daría opción a la adopción a aquellos que tienen derecho a procrear, pero que por las razones que sea no han podido tener hijos o, pese a tenerlos, desean ampliar su hogar aceptando uno o más hijos adoptivos.

Este problema, lo sabemos, seguirá siendo polémico, pues es lógico suponer que los activistas que tratan de imponer agresivamente el "gay power" no cejarán hasta lograr que exista una ley que les permita la adopción.

Sin embargo, yo me pregunto, ¿cómo podrían ser verdaderos padres quienes no tienen la capacidad biológica para serlo? ¿Tenemos derecho a poner en peligro la identidad sexual de estos niños? ¿Hay acaso alguna autoridad científica que pueda asegurar lo contrario, es decir, que no existe ningún peligro de desviación de un niño que se críe en un hogar homosexual? Esto último lo dudo mucho.

Yo he visto casos de jovencitos que, no sé si eran homosexuales o no, pero sí ciertamente afeminados, que se habían criado en hogares donde las mujeres eran dominantes, fuera porque la prole consistía en varias hembras y un solo varón, sea porque no existía ninguna figura masculina en el hogar con quien identificarse.

Y esto de la identificación es algo muy importante, pues como dicen los especialistas, la presencia masculina en el hogar juega un papel importante en la definición sexual de los hijos.

¿Para qué correr riesgos? Habiendo tantos hogares bien constituidos que podrían ser los recipientes de los niños adoptables, no veo por qué haya que ceder en algo que no parece en modo alguno conveniente. Si alguien puede demostrarme que estoy equivocado le agradecería que lo intentase.

Por supuesto que las personas individuales pueden decirnos que ellas hacen lo que les da la gana y que nadie tiene que meterse en su vida ni darles reglas de conducta.

Podríamos responder que mientras no traten de corromper a nadie, ni de hacer ostentación pública de sus actuaciones, la sociedad no tiene por qué intervenir, ya que sólo ellos tendrán que dar cuenta a Dios de sus actos individuales. Esto vale para todos, sin importar la tendencia sexual.

Y eso es, en realidad, lo que está haciendo la mayoría de la humanidad desde tiempos inmemoriales. No creo que ningún homosexual o heterosexual haya sido llevado preso por sus actuaciones privadas.

Pero la ostentación o alarde público, pongamos el caso de dos legítimos esposos, en situaciones que podrían ser totalmente válidas dentro del marco privado, constituirían una ofensa al pudor y al derecho que tiene la sociedad, como colectividad humana, de exigir que se respeten ciertos principios que, al ser violados, podrían traer a todos desagradables consecuencias.

PLACER SOLITARIO

Sobre esta forma de procurar el placer sexual se han adoptado dos posturas extremas, que quizás han impedido una total y correcta comprensión del problema que la masturbación plantea.

Es indiscutible que el placer suele descubrirse, en los primeros años de la vida, con el manoseo de los propios genitales. Al principio, eso está claro, no se trata de sensaciones sexuales, sino algo sensual, que no alcanza siquiera a comprenderse, pues el niño es incapaz de ello.

Las manifestaciones de aparentes masturbaciones precoces no son más que juegos inocentes en busca de una sensación placentera pero sin intención deliberada.

La represión de estas manifestaciones puede resultar contraproducente, por lo que los educadores harían mucho mejor en tratar de afrontar esta realidad como cualquier otra actividad no deseada en el niño. Así como si un padre ve a su hijo que se introduce frecuentemente los dedos en la nariz trataría de convencerlo de que no lo haga, así también debería insistir, pero sin insinuar ninguna posible malicia, con el pequeño que recurre al manoseo de sus genitales en busca de placer.

Más adelante, cuando todo el aparato genital comienza a despertar y el sujeto empieza a experimentar deseos sexuales, las zonas erógenas son por sí misma una constante invitación a la búsqueda de placer.

El asunto no es reprimir, sino conseguir el necesario dominio para lograr que el placer no se convierta en un fin en sí mismo, lo que podría constituir un grave obstáculo para el descubrimiento del íntimo gozo en el encuentro con el otro.

El que, en su búsqueda, se contenta sólo con el descubrimiento del placer físico puede fácilmente permanecer estancado en una fase primaria, sin desarrollar todo su potencial humano, lo que ocurre con frecuencia.

Todo crecimiento supone riesgos, dificultades, caídas. El ser humano, en su descubrimiento del amor y su desarrollo sico-sexual, necesita de una educación que lo lleve al aprendizaje y ejercicio de una sexualidad adulta, responsable y comprometida.

Pretender que todo este crecimiento se haga sin fallos es una utopía, algo así como un ideal inalcanzable, como no sea por una especialísima gracia de Dios. Esto explica que en una absoluta mayoría de casos la masturbación aparezca como una práctica constante, es decir, como un hábito, sobre todo en la adolescencia y juventud.

Cuando una persona desarrolla normalmente sus impulsos sexuales, y logra realizarse sanamente en este aspecto, la masturbación desaparece como por arte de magia. Cuando un adulto se masturba hay que suponer que a) o no quiere o no puede tener relaciones sexuales o b) que algo no está funcionando bien en su vida sexual.

Esto nos hace mirar la masturbación como un riesgo del crecimiento o un simple escape a una situación no solucionada. La sexualidad adulta, sana, responsable y comprometida descarta totalmente esta forma de búsqueda del goce sexual, sencillamente porque no puede competir con las formas normales de satisfacción.

Todo lo que he dicho hasta ahora es sólo una explicación somera del fenómeno, y no una valoración de tipo moral. Han sido tantos los disparates que se han dicho acerca de la masturbación que resulta un poco difícil dar una exacta apreciación de la misma. Es imposible valorar moralmente sin tener en cuenta todos los aspectos que determinan una cierta actividad humana.

Para un adolescente perturbado por los fantasmas sexuales que trata de tocar por medio de la masturbación, no puede considerarse una verdadera ayuda el que se le diga, simplemente, que lo que hace es un horrendo pecado que lo llevará directamente al infierno. Quien diga esto no entiende una palabra de sicología humana ni de sana teología.

No es que se niegue el carácter pecaminoso de la masturbación, por ser una actividad contraria al ideal de la sexualidad humana. Pero el control sobre las propias pasiones y las reacciones naturales del propio cuerpo no son cosa de juego, algo que se consigue en un par de días.

El planteamiento correcto sería, pues, el orientar al adolescente por el camino del crecimiento sexual, del que tiene que aceptar estos fracasos en la búsqueda de su realización adulta y el descubrimiento del amor y el gozo íntimo con la persona amada, responsable y comprometidamente.

Las dos posturas de las que hablabamos al principio son: 1) La masturbación es un pecado horrible y un vicio asqueroso que ocasiona, además de la condenación eterna, numerosas consecuencias físicas y mentales, como esquizofrenia, debilitamiento cerebral y hasta parálisis de distintas partes del cuerpo.

2) La masturbación es algo glorioso, que produce un placer mucho mejor que la relación sexual, ya que uno lo hace sin tener que comprometerse con nadie ni soportarle a nadie sus exigencias. Mientras más uno lo haga es mejor.

Hay que rechazar ambas posturas por mentirosas. Ni la masturbación es causa de trastornos físicos o síquicos, ni tampoco es un ideal en sí misma, algo que se debe conseguir para una realización aceptable del sexo.

La primera postura es la de los "santurrones". La segunda la de los libertinos. Ninguna de las dos da una respuesta humana y cristiana al problema de la masturbación. Ambas se van a los extremos, perdiendo el contacto con la realidad de la auténtica sexualidad humana.

Lo correcto sería afirmar que la masturbación es un fenómeno que se presenta, ordinariamente, en la adolescencia, como una consecuencia de la fuerte tendencia a satisfacer los impulsos sexuales, que acompañan el desarrollo del aparato genital en su fase de iniciación de sus funciones básicas.

Se equivocaría quien dijese que ya que los órganos sexuales funcionan, deben ser utilizados de todas maneras. La sexualidad humana, precisamente porque no es puramente instintiva, requiere la unión de las fuerzas físicas con las espirituales y afectivas, lo que hace posible que se llegue a su plena realización en el disfrute del encuentro sexual a su nivel más alto y humano.

Hemos de admitir, sin embargo, que un adolescente no está dotado de una voluntad suficientemente educada, y que sus conceptos están en una fase de contestación, por lo que su dominio sobre el deseo es bastante endeble.

Hay pues que contar, en el mejor de los casos, con un alto porcentaje de fugas hacia la satisfacción solitaria de los impulsos. Esto sólo representa un fallo en la responsabilidad del sujeto ante Dios y ante sí mismo, ya que nadie sale lesionado y no suele haber malicia de ningún tipo en esta actividad, sino sólo debilidad antes los propios impulsos desenfrenados.

El cuerpo, en estos casos, actúa como un caballo salvaje, un potro "cerrero", indomado, que necesita ser domesticado. ¿Cómo lograrlo sin caídas y rasponazos? Aunque los recursos sobrenaturales son muy importantes, y hay que recurrir a la oración, al ayuno y la práctica de los sacramentos, no debemos olvidar que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona, y que el desarrollo normal de una persona por los caminos de la sexualidad exigen estos fracasos que permitirán, posteriormente, un dominio del espíritu sobre la materia. Lo otro es pecar de angelismo.

Aterrrorizar a los adolescentes con amenazas ha demostrado ser un método que no sirve para nada, como no sea para crear angustias y complejos de culpa que no son, precisamente, un buen aliado para un sano desarrollo ni para la acción de la gracia divina.

Glorificar la masturbación hasta el punto de hacerla preferible o, por lo menos, comparable con el acto sexual, es esconder la raíz del problema y hacer de un placer, que puede tener mucho de egoísta e irresponsable, un ideal humano.

Es preciso destacar que la masturbación, cuando se fija en la vida adulta, haciéndola una forma única y preferible de actividad sexual, hay que considerarla una desviación patológica, a no ser que se la practique sólo como un sustituto o escape ante la imposibilidad de una relación normal y sana.

Como en todos los casos, la valoración moral de la masturbación dependerá de algo objetivo y subjetivo. Considerada en sí misma es una actividad incompleta, solitaria y centrada en el mismo sujeto, aunque se utilicen fanatasías sexuales, por lo que debe ser catalogada de desorden moral que implica pecado.

Desde el punto de vista subjetivo la valoración ha de depender de la edad, de la capacidad de dominio sobre los impulsos y responsabilidad frente a la búsqueda misma de los fantasmas sexuales. No es lo mismo en un adolescente que en un adulto. No lo es en una persona con trastornos afectivos que en uno no perturbado. No es lo mismo en uno que busca conscientemente la estimulación de agentes externos, como la pornografía, a otro que sólo padece los fantasmas propios de su mente.

No hay que confundir la masturbación con caricias sexuales en que el agente es otra persona. La masturbación hay que definirla, fundamentalmente, como la búsqueda solitaria del placer sexual, no importando las formas utilizadas para conseguirlo. Cuando la acción es compartida con otra persona, sin llegar al acto propiamente dicho, no importa las formas empleadas, no se podría hablar de masturbación.

LA PROSTITUCIÓN

Aunque aparentemente la prostitución es algo propio de los países subdesarrollados, hay que advertir que existe también en los altamente desarrollados. En los Estados Unidos, por ejemplo, nadie sabe el número siquiera aproximado de prostitutas y prostitutos.

Aunque es una tontería mil veces repetida decir que es la profesión más antigua de la humanidad, es muy cierto que existe desde muy antiguo, como lo atestigua la propia Biblia.

La prostitución habría que definirla como una entrega carnal realizada por dinero, aunque en un sentido más amplio, y como fruto de la continuada discriminación de la mujer, cualquiera que tenga relaciones con varios hombres es considerada como prostituta. (A ningún hombre se le acusará de algo semejante no importa el número de mujeres con las que haya tenido experiencias sexuales).

Ciertamente, y siguiendo la definición antes dada, la prostitución - y esto también desde antiguo -, no es monopolio femenino, ya que existen hombres que tienen relaciones sexuales, por dinero, sea con mujeres o con otros hombres.

Las causas de la prostitución son muy complejas y diversas. En unos casos, quizás la mayoría, el motivo principal es la necesidad de supervivencia. Esto ocurre sobre todo en aquellos países donde a una mujer le resulta harto difícil conseguir un trabajo estable y, por tanto, no logra los necesarios medios de vivir decorosamente.

Sea que se proceda de un hogar demasiado pobre donde las jovencitas se ven impulsadas a trabajar o buscarse la vida demasiado pronto; sea en otros casos en que mujeres ya casadas o en matrimonio de ley común se ven abandonadas - a veces con varios hijos -, y no encuentran el medio para enfrentarse solas a tal situación.

Es frecuente también, en esos países, que muchas niñas se vean pervertidas en la más tierna edad, sobre todo por la promiscuidad en que se crían, de manera que muy pronto comienzan a tener relaciones sexuales sin que les importe mucho con quien lo hacen. De ahí a la prostitución, sobre todo cuando se tiene necesidad de dinero, no hay más que un paso.

En los países desarrollados parece que la principal motivación obedece al deseo de lujos y vida muelle, que muchas consiguen fácilmente por esta vía, sobre todo si son jóvenes y bonitas, y han podido relacionarse con agencias que les buscan clientes entre hombres de buena posición económica.

Otra importante causa es el abuso que muchos jóvenes padecen en sus hogares, especialmente si sus padres están divorciados, optando no pocos por escapar del hogar. Se dice que, estadísticamente, un veinticinco por ciento de las prostitutas en Estados Unidos han sufrido algún tipo de abuso durante la niñez y se han visto obligadas a abandonar el hogar paterno prematuramente.

La prostitución masculina parece florecer, sobre todo, entre jovencitos, homosexuales o no, que se ofrecen por dinero a hombres maduros o viejos. No parece existir algún tipo de estadística sobre este particular.

En este país la prostitución es una actividad de mujeres relativamente jóvenes con hombres relativamente viejos. Los jóvenes, por el libertinaje sexual acentuado que existe en los últimos tiempos, no sienten la necesidad de recurrir a alguien que, por dinero, acceda a sus deseos.

Antiguamente era la prostitución la puerta más usada en las primeras relaciones sexuales. Hoy parece estarse reservando para las últimas. Existen personas que, por algún tipo de complejos, prefieren las relaciones con prostitutas, quizás porque no les exige relación espiritual de ningun tipo y se trata de un acto animal sin mayor trascendencia.

No debemos olvidar un tipo de prostitución más moderna que está bastante en boga. Se trata de aquellos que se prestan, por dinero, a realizar todo tipo de actos sexuales ante las cámaras, confeccionando así películas pornográficas. Es difícil demostrar que estas personas que actúan sexualmente por dinero como supuestos actores de e stas peliculas, no ejerzan una verdadera prostitución, que por otro lado tiene una mayor trascendencia, ya que desbordando los límites de un burdel o de un rincón privado, hacen compartir estas experiencias a los espectadores.

La existencia misma de la prostitución es una demostración de lo difícil que se hace al ser humano descubrir la grandeza del sexo en toda su dimensión física y espiritual.

Al rebajarse el acto sexual a un comercio, hombre y mujer despojan su unión de todo significado. El primero mirará aquel cuerpo como un puro instrumento que ha alquilado para desahogar una pasión. La mujer despreciará, en su ser más profundo, a quien es incapaz de conquistar su corazón y su cuerpo, consiguiendolo sólo por el dinero que, quizas desesperadamente, necesita ella para vivir.

Esta relación destruye los auténticos valores de la relación personal de la que, al final, no podrán sentirse contentos ninguno de los dos. Uno y otro quizás se sentirán satisfechos, pero por diversos motivos, en los que no intervendrá para nada el haberse encontrado el uno con el otro.

Por confesión propia se sabe que la mayoría de estas mujeres, como no sea aquellas que han hecho de la prostitución un vicio de gozo personal, no encuentran en este tipo de relaciones placer alguno. Sólo lo hacen por dinero y desean que el cliente termine lo antes posible.

El hombre que disfruta habitualmente de este tipo de relación es porque ha quedado atado a una sexualidad inmadura, superficial e irresponsable, de la que sólo espera un alivio momentáneo a sus deseos, pero nunca podrá saciar su más profunda hambre de ternura y afecto.

Luchar contra la prostitución en forma legal ha probado ser inútil en todos aquellos países en que se ha intentado. No olvidemos que, además, existen organizaciones dedicadas a explotar este negocio, en el que están involucrados, en algunos países, hasta figuras investidas de autoridad.

Pero aunque nada de esto existiese, un decreto prohibiendo la prostitución no puede hacer desaparecer un comercio cuya materia son las personas mismas.

La prostitución quizás pueda dar pasos a otras formas más o menos libertinas de relación sexual, pero mientras haya hombres y mujeres que actúen en los niveles más primitivos y bajos de la sexualidad, algún tipo de prostitución seguirá existiendo.

Lamentable, pero cierto.

VIVIR SIN MORAL

¿Debería estar todo permitido? ¿No sería mejor olvidarnos de tantas reglas morales y vivir conforme a nuestros propios criterios?

¿Por qué, por ejemplo, no tener una regla de conducta basada en el respeto a los derechos de los terceros?

Esto obligaría a evitar todo aquello que hiciera daño a alguien, pero nos permitiría disfrutar de todo lo que nos agrade.

¿No es eso, en definitiva, lo que gusta a todos? ¿Por qué, entonces, ponernos tantas trabas?

Para poder llegar a un consenso sobre esto tendríamos, primero, que responder a algunas preguntas. La conclusión sería que no habría ningún acuerdo. Cada uno va a responder según sus propias convicciones religiosas, filosóficas y morales.

Pero hay otra cosa que podemos preguntarnos: Si cada uno hiciera lo que le viniese en ganas, ¿viviríamos más felices?

La experiencia vivida por la humanidad nos dice que no. Hoy, por ejemplo, hay muchísima gente que trata de hacer todo lo que quiere, sin importarle mandamientos ni reglas. Lo único que tienen en cuenta, si acaso, es la posibilidad de ser descubiertos y tener que enfrentar el fallo de un tribunal. Pero todo lo demás los tiene sin cuidado.

¿Es esa gente feliz? Sabemos que no. La mayoría absoluta de ellos trata, por todos los medios, de engañarse, agarrándose a cualquier cosa para aparentar que son felices. Sin embargo, dentro de ellos lo que existe es un tremendo vacío que no se puede llenar con nada de lo que ellos están tratando de conseguir.

El ser humano, tenemos que saberlo, ha sido creado por Dios con un plan específico, que incluye no sólo una estadía en la tierra, sino también, después, la vida eterna.

Cuando una persona humana se aparta del plan de Dios y pretende hacer las cosas al revés de como fueron pensadas por el Creador, lo que hace es degradarse y, con ello, lo único que se está labrando es la eterna separación de todo lo bello que Dios le tiene reservado.

Por supuesto que hay gente que niega a Dios y no quiere saber nada de valores religiosos ni espirituales. Para ellos lo único valioso es todo lo que puedan conseguir de placentero mientras vivan en este mundo. En el momento en que no haya manera de conseguir placer ya la vida no tiene sentido, y lo mejor es desaparecer.

Estas personas caen en tal depresión moral y sicológica, que no les importa morirse cuando les es imposible satisfacer sus deseos. Han perdido todo valor moral y espiritual. Dios nada significa para ellos. Su negación del plan divino en sus vidas los hace incapaces de salvación, pues están, de hecho, cometiendo el único pecado que no puede ser perdonado, es decir, lo que Jesús llama la blasfemia contra el Espíritu Santo, que es ese rechazo voluntario y constante a la gracia de Dios.

Si somos sinceros tenemos que reconocer que no les ha ido nada bien a los que se apartan de Dios y se ufanan de no respetar sus mandamientos. Inclusive en esta vida el pecado tiene su precio y, a la larga, el organismo humano se cobra de los abusos que contra él se cometen. Por ejemplo, sabemos que el SIDA, en la mayoría de los casos, es consecuencia directa del abuso y la promiscuidad sexual, o del consumo de drogas. Estas, además, causan otros muchísimos estragos en el organismo, sobre todo en la mente. Incluidas entre las drogas tenemos el alcohol, que sabemos es la causa de muchos desastres, tanto orgánicos como mentales y sociales.

Si seguimos la lista podemos ver cómo una gran cantidad de enfermedades están relacionadas con el fumar, que aparentemente es un placer, pero dañino. El abuso del sexo no sólo es causa del SIDA, sino también de otras enfermedades, comúnmente llamadas venéreas.

La pasión por el juego lleva a muchas personas a la misma ruina económica. Sobre los tableros de juego han quedado verdaderas fortunas, y no pocos individuos, luego de quedarse sin nada, han encontrado, como única opción, el escape del suicidio. ¿Es esto felicidad?

El vicio siempre ha tenido mayor cobertura de los medios de comunicación, al igual que los escándalos. Se dedican innumerables revistas a explotar la pornografía, incluso infantil, y el uso de los vídeos y películas con el mismo fin son incontables. El negocio de los vicios produce miles de millones de dólares en ganancias a quienes están detrás de ellos, lo mismo que las drogas y otro tipo de negocios ilícitos, como el contrabando de mujeres para dedicarlas a la prostitución, y de otros géneros.

Mucha gente se deslumbra ante tanto poder. Tal parece como si el mal consiguiera imponerse por encima de todo. Ya el descaro ha ido ganando tanto terreno que se rinden pleitesías a los que se declaran abiertamente enemigos de la virtud.

¿Estamos consiguiendo un mundo más feliz?

A todo eso tenemos que sumar la violencia descontrolada, que parece invadirnos por todos los rincones. Hace treinta o cuarenta anos la violencia en el cine y la televisión casi se reducía a las películas del oeste o de "gansters", y el bien siempre acababa por triunfar. Hoy, con tantos recursos tecnológicos, las truculencias que se ven en el cine dejan chiquiticos todos los excesos que pudieron cometerse en el pasado. Hoy hay películas que parecen tener más sangre que celuloide.

Esa combinación de sexo y violencia está arrastrando a muchos a una vida miserable y desgraciada. Porque la violencia no puede llevar a nadie a conseguir la felicidad y, por el contrario, se la quita a muchísima gente. Y el sexo degradado y degradante nunca hará feliz a nadie, por más que el impulso de la pasión pueda hacer creer que se está logrando un cierto grado de felicidad.

No es posible para el ser humano ser dueño de sí mismo sin una buena dosis de gracia divina. La experiencia de los creyentes, es decir, de aquellos que buscan a Dios sinceramente y le dedican tiempo a la oración y al ejercicio de la virtud, es que vencer al mal siempre resulta difícil, por cuanto tenemos una inclinación bien marcada a desviarnos de los caminos trazados por el Creador.

Si esto ocurre contando con el auxilio de los medios recomendados por el propio Jesús para vencer el mal, ¿qué será cuando una persona se entrega en cuerpo y alma al libertinaje, buscando sólo lo que le agrada y dejando a un lado todo lo que signifique elevación espiritual?

Podemos apostar que una persona así hará de su vida una total ruina, y jamás podrá ser totalmente feliz. Y de eso es de lo que se trata.

El problema fundamental es que los seres humanos hemos sido creados con un fin, y cuando este fin se tuerce, no hay manera que logremos encontrar lo que el Creador se propuso en su amoroso plan de salvación para nosotros.

Esta más que claro que en ese plan divino la principal razón para vivir no puede estar en placeres ocasionales y transitorios, sino en alcanzar el crecimiento espiritual al que hemos sido invitados. En el momento en que nos empeñemos en hacer lo contrario estamos arruinando todas las posibilidades.

Esa es la historia de Adán y Eva en el primer libro de la Biblia. Se olvidaron completamente que dependían de Dios, y que debían toda su felicidad a Aquel que los había creado.

Es más, llegaron a creerse que era posible independizarse de Dios, vivir según sus propias reglas y así, para reafirmar su propia voluntad en contra de la de Dios, desobedecieron la Ley por El impuesta. En una frase, quisieron enmendarle la plana a Dios.

Con ello, ¿qué consiguieron? Pues que lo arruinaron todo y atrajeron la desgracia para sí y sus descendientes.

Lo lamentable es que hoy seguimos actuando de la misma manera. Ahí tenemos el caso de esa terrible plaga conocida como el SIDA. No vamos a cometer la tontería de decir que es un castigo de Dios, ni mucho menos. Pero lo que nadie podría negar es que se trata de una consecuencia directa del libertinaje sexual al que se ha lanzado, desaforadamente, una buena parte de la humanidad.

Y, ¿qué es lo que se está pretendiendo hacer para luchar contra este mal que amenaza con diezmar la población mundial?

Pues lo que se está haciendo, aparte de los esfuerzos científicos y humanitarios que son del todo laudables y merecen el irrestricto apoyo de todos, es caer en la gran falacia de creer que el mal puede evitarse, simplemente, tratando de que el relajo sea con orden, de que al libertinaje se le envuelva en una seguridad profiláctica.

Eso es realmente criminal, y debemos señalar tanto a las figuras de los gobiernos como a todos esos grupos, no importa de cual índole, que abogan por hacer del libertinaje sexual el gran TABÚ del siglo XXI, usando del SIDA como tapadera, al tratar de esconder las causas para sólo combatirlo usando de mentiras y trapisondas.

La gran causa del Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida (SIDA), como su nombre mismo indica, es la transmisión directa, adquirida de otras personas, ordinariamente por medio del acto sexual, aunque también podría transmitirse al compartir jeringuillas que se usan para el uso de drogas, lo que también es inmoral. Contagiarse del virus por puro accidente es realmente raro.

Quiere esto decir que los que contraen SIDA, por más compasión que tengamos que tener con ellos, ayudándolos en todo lo que podamos y mostrándoles el amor que Dios les tiene pese a sus pecados, es el producto directo de una acción contraria al plan del Creador.

Mientras andemos por las ramas, hablando tonterías y echando las culpas a la mojigatería y a las normas morales, que esto sí que es el colmo, estaremos cometiendo un gravísimo crimen, pues las cosas seguirán igualitas, por más latex que se use para fabricar más y más preservativos.

Lo que se está proponiendo oficialmente por todos los medios posibles, es decir, el uso de condones para acabar con el SIDA, encierra una gran mentira. Con ello se está diciendo que si todos usan estos artefactos el SIDA va a ser vencido, lo que no es verdad ni mucho menos.

Por otro lado, se está diciendo que el problema no está en donde está, es decir, en la promiscuidad y el libertinaje sexual, sino en la falta de profilaxis. Es decir, que nadie tiene que andar controlándose ni dominándose en nada, sino que la solución está en esos sobrecitos salvadores que todo el mundo debe usar.

¡Qué pena de la humanidad con líderes tan cobardes!

Lo que necesitamos no son condones, sino hombres y mujeres capaces de entender que lo único que nos libra de esta plaga es volver a Dios y cambiar nuestras vidas. Lo otro es poner mercurocromo a un tumor maligno.

Pero por lo visto hay gente con una vocación suicida, ya que prefieren continuar con el juego del libertaje antes que entrarle con la manga al codo a lo que es la verdadera causa del problema.

A una amenaza tan colosal, como es el SIDA, sólo se le puede atacar con medidas radicales, que tienen que ser aplicadas, necesariamente, por los propios individuos.

Esta medidas radicales sólo lo podrán ser si se ataca la raíz del problema. Y si la raíz del problema, en el caso del SIDA, está en la promiscuidad y el libertinaje sexual o el uso de las drogas, por aquello de las jeringuillas compartidas, lo que se impone es un cambio radical en las formas de mirar el sexo.

Dios creó el sexo no para que de él recibiéramos, simplemente, un placer egoísta e irresponsable, sino que, como todo acto humano, deber mirar a un fin. La unión sexual de dos personas que se aman y están comprometidas seriamente por el vínculo matrimonial es el ideal, y podemos estar seguros que entre estas dos personas, si se guardan mutua fidelidad, nunca habrá peligro de contraer SIDA, como no sea por un accidente fatal, debido al manejo inconsciente de material contaminado.

Podríamos ir más lejos: Aún cuando no resulte legítimo desde el punto de la moral cristiana, podríamos afirmar que una pareja cualquiera, casados o no, que mantenga mutua fidelidad, no tendría nada que temer de esta plaga maligna.

¿Quiénes son los que pueden considerarse en riesgo de contraer la enfermedad? Aquellos para quienes el sexo es un pasatiempo, un deporte que se practica con no importa quién, o aquellos que comparten jeringuillas al usar drogas.

¿Por qué afirmar que la única relación sexual segura es la que se realiza usando los famosos preservativos?

¿Por qué no decir que una persona que se mantenga pura, o una pareja que guarde la mutua fidelidad, nada tiene que temer del SIDA?

Pero, por lo visto, eso no interesa para nada. La cuestión es dar vía libre al relajo. La cuestión es condonar la inmmoralidad por medio del uso de condones que nada condonan.

Me apuesto cualquier cosa a que esta plaga seguirá como una maldición que se busca la propia estupidez humana, por más condones que se usen. Los fabricantes seguirán millonarios, pero los jóvenes continuarán muriendo, pues lo que está en juego es que los gobiernos queden bien con todos los grupos de presión y los funcionarios se laven las manos, como Pilato, ante esta tremenda atrocidad que se está cometiendo, pretendiendo que están cumpliendo con su deber.

SOBRE EL ABORTO

¿Cuándo comienza la vida humana?

Para los ateos y todos aquellos que no han descubierto la dimensión sobrenatural del ser humano, lo único que los descorazona es ver que alguien ya nacido pueda sufrir.

Por eso no es raro descubrir que entre los entusiastas del aborto los haya que, por otro lado, resulten acérrimos defensores de los animales y sean capaces de ver un criminal en quien mata un gato y no en el que destruye la vida en el seno de una madre humana.

Uno podría discutir, si quiere, que en un embrión de varias semanas haya una persona completa dotada ya de alma espiritual. Esto dependerá, más que nada, de la fe.

Lo que nadie puede negar es que, en ese aparente amasijo de nervios y tejidos existe ya una vida real, desarrollándose hasta alcanzar su completa madurez. Hoy es posible fotografiar dentro del útero materno. Supongamos que unos padres lograran que un fotógrafo especializado captara, en los meses sucesivos del embarazo, las distintas fases del desarrollo del embrión y del feto, para con ellas comenzar el álbum de la vida del que va a nacer.

Al cabo de los años este sujeto, con su álbum de fotografías, podría señalar a los amigos: -Este era yo cuando tenía 15 años; aquí cuando hice mi Primera Comunión; aquí a los dos días de nacido; ése era yo a los dos meses de concebido.

Esta última frase sería muy importante para entender la gravedad del aborto. Porque desde el primer instante en que el gameto masculino se unió al femenino, fecundándolo, cada uno de nosotros podría decir: ése era yo.

Si la intervención de un criminal hubiera destruido mi vida, sencillamente yo no hubiera nacido. Pero yo ya estaba allí.

Hay personas que se ofenden porque se llame crimen al aborto. ¿De qué otro modo podría llamársele? Porque asesinar es suprimir una vida humana y eso es lo que se hace con el aborto.

Se puede llamar legalmente asesino al que mata a un niño acabado de nacer. ¿Por qué no usar la misma calificación para quien actúa aún antes de que uno haya nacido?

El embrión o el feto destruido será alguien a quien no se le permitió vivir. ¿Hay derecho a ello?

Hay quienes inventan múltiples excusas para justificar el aborto. Podríamos comprender algunas, pero la gran mayoría demuestra un absoluto desprecio por el don de la vida y los derechos de los no nacidos.

Hay médicos que, dando de lado a los sagrados principios de una profesión dedicada a combatir la enfermedad y la muerte, se dedican, precisamente, a producirla.

Nos horrorizamos ante la montaña de cadáveres de los campos de concentración nazis, pero si pudiera conocerse el número de todos los abortos que se realizan en el mundo, una legión de diminutos cadáveres cubriría la tierra.

Nos quejamos de Dios por el hambre, las guerras, las drogas, los asesinos a sueldo, y todas las catástrofes y tragedias, mientras legalizamos el crimen en casi todos los países, permitiendo que los inocentes sean triturados, sofocados, envenenados, succionados o terriblemente descuartizados, sin que apenas encuentren quien los defienda y saque la cara por ellos.

Los cristianos no podemos ser cómplices de esta situación. Por eso tenemos que llamar por su nombre este genocidio que muchos consideran algo muy moderno, y hasta una conquista de la ciencia. Nadie tiene derecho a hacer pagar a otros por los propios errores. Pero, para permitir que el libertinaje sexual siga a todo vapor no queda otro remedio que suprimir las vidas concebidas por egoísmo e irresponsabilidad, que no por amor.

Gracias a Dios que nuestros padres no tuvieron, con nosotros, la misma idea.

LOS SUPERMACHOS

Algo que ha sido parte de ciertas culturas y que hoy vuelve a tener resonancia, al menos aparente, especialemente entre los jóvenes, es el machismo, quizás por aquellos "ídolos" del deporte y de la música.

Si bien la palabra "machismo" tiene connotaciones mucho más amplias, pues incluye toda una filosofía de la vida y la manera de comportarse en la sociedad, lo que más contribuye a la fama del macho son sus "hazañas sexuales", que en realidad pueden ser, en algunos casos, el producto de una fértil imaginación.

Aceptemos, sin embargo, que el "macho" tiene muchas "experiencias" sexuales, con nombres y fechas concretas, aunque éstas suelen pasar fácilmente al olvido y ser enterradas como cosas del pasado.

El macho es promiscuo, y le importa muy poco quien le sirve de pareja, con tal de que sea del sexo femenino y esté dispuesta a la entrega. Lo demás lo tiene sin cuidado. ¿Que cómo se llama? ¡Qué más da! ¿Que quedó embarazada? ¡Allá ella con su problema! ¿Que está enamorada? ¡Pobrecita de ella!

NO HAY MACHOS SIN HEMBRAS

El macho tiene un comportamiento exclusivamente animal. Se relaciona con una mujer por puro instinto, aprovechando, ordinariamente, el deseo que la hembra le demuestra.

No suele el macho obligar a la mujer a que se le entregue, pues algo que le place mucho es sentir la atracción que ejerce sobre la mujer y su poder de subyugarla. Luego, claro, se olvida, pues se trata de continuar la cacería. Como el caballo, el toro o el burro, que en el fondo se trata del mismo impulso, aunque las bestias lo tienen controlado por el instinto mismo.¿Cómo puede un macho tener relaciones con cientos o miles de mujeres, como algunos se ufanan, si no es porque encuentras hembras (que no mujeres), dispuesta a entregarse, atraídas por la fama, el dinero, el encanto o lo que sea?

Si las llamo hembras es porque se asemejan a las del mismo sexo entre los animales, ya que no usan la razón para dirigir sus vidas, sino se dejan llevar por sus impulsos descontrolados.

Eso es lo que muchos no acaban de comprender, y por eso achacan todas las culpas al hombre, como si se pudieran realizar ciertas hazañas sin el concurso de otras personas dispuestas a compartirlas.

¿EXISTEN LAS HAZAÑAS SEXUALES?

En realidad yo diría que el ser humano nunca podría vanagloriarse de logros que nada aportan al bien y la felicidad de sus congéneres.

Si un hombre se ufana de haber tenido relaciones con miles de mujeres, nadie tendrá que levantarle un monumento, como no sea a su egoísmo, a su grosera hambre de placer y su desprecio por la mujer, a la que sólo toma como un instrumento para satisfacer sus deseos.

Eso lo podría hacer cualquiera que goce de buena salud y esté disfrutando de una situación que le permita atraer a mujeres con el mismo tipo de apetencias, como ocurre tan frecuentemente con los atletas, los artistas, los famosos de toda especie y los ricos.

Pero, ¿en qué se beneficia con ello la humanidad? Pues lo que podríamos descubrir es que todas esas personas envueltas en tal actividad lo que han hecho es embrutecerse un poquito más, tomando el sexo de la misma forma que otras utilizan las drogas o el alcohol.

Es más, ¿en qué se benefician estas mismas personas? Pues fuera de un rato de placer, es poco lo que un verdadero ser humano puede conseguir con ese tipo de relación egoísta y pasajera.

Por eso podemos afirmar que el macho (o la hembra en su contrapartida femenina), es un ser insatisfecho, que se ve obligado a continuar su búsqueda, ya que no logra encontrar lo que, en realidad y apenas sin saberlo, anda buscando.

LOS PROTOTIPOS DE HOMBRES HOMBRES

No creo que nadie pueda presentar a los machos como el tipo de hombres que adolescentes y jóvenes deberían imitar. Por el contrario, hemos de ayudar a éstos a descubrir lo que realmente constituye el ideal hacia el cual un ser humano debe encaminarse.

La satisfacción carnal que produce el sexo queda en el terreno de lo animal, por lo que, por sí misma, nunca podrá satisfacer completamente al ser humano.

El abuso que la sociedad de hoy está cometiendo sin ningún reparo o freno no conduce a nada bueno, porque, en lugar de hacer felices a la gente, multiplica los problemas.

El ideal para el adolescente y el joven sigue siendo el control de sí mismo, para llegar al descubrimiento del sexo en el marco del amor, y no en todos esos sustitutos baratos que lo prostituyen y lo degradan.

Por el control se llega al dominio, y por éste al goce del placer más puro y refinado que pueda existir. Lo que los machos nunca podrán gozar, porque sólo sienten con el cuerpo, lo puede hacer quien sea capaz de desarrollar el equilibrio que permita el disfrute del sexo hunmano, que tiene que ser carnal y espiritual al mismo tiempo.

AMOR Y SEXO: FÓRMULA DE LA FELICIDAD CONYUGAL

Quien pretenda que el amor y el sexo tienen que andar separados lo único que consigue es destruir el primero y prostituir el segundo. Las dos cosas han sido puestas para disfrutarse juntas, según las leyes del Creador.

Hoy en día mucha gente se inclina a considerar el sexo como un pasatiempo inofensivo, como si se tratara de una función inocua en la que no existen responsabilidades morales ni sociales.

Todo lo contrario. Cuando al sexo se le despoja del contenido verdaderamente humano, que es la entrega amorosa y comprometida, se le animaliza, convirtiéndosele en un enemigo de la felicidad y en el causante de muchos trastornos sociales y sicológicos.

Los machos nada tienen que enseñar, como no sea que son émulos de los toros o los burros. Los verdaderos supermachos son los que logran descubrir el verdadero sentido humano del sexo, dando a su pareja la felicidad a la que tiene derecho, no por un rato, sino a lo largo de una unión que es fuente, para ambos, del más grande placer que pueda existir sobre la tierra.

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Página fue modificada: 22/09/2008 15:11

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