AB PADRE BAZAN

LA PARROQUIA COMO COMUNIDAD

PREÁMBULO

Todos los católicos pertenecemos a una parroquia. No importa lo lejos que vivamos de una iglesia, necesariamente estamos en el área de una comunidad que agrupa a todos los fieles católicos que en ella viven.

Tú, si eres católico, perteneces a una parroquia. Aunque, quizás, hace ya mucho tiempo que no vas a la iglesia, esa es tu casa, y allí siempre serás bienvenido.

El Código de Derecho Canónico, que es el conjunto de leyes que rigen las actividades de la Iglesia, nos dice en el canon 515: "La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular..."

No se trata, pues, de una institución hecha para brindar tales o cuales servicios, como administrar los sacramentos o repartir comida a los necesitados, sino, por encima de todo, la parroquia es una "COMUNIDAD".

Pero no una comunidad cualquiera, sino una "COMUNIDAD DE FIELES", que es lo mismo que decir de "CREYENTES", de personas comprometidas con Jesucristo a vivir conforme a sus enseñanzas.

Muchas personas se confunden fácilmente, y creen que son muy buenos católicos sólo porque rezan y van a Misa cuando se les ocurre y donde les resulta más cómodo. Esto explica que haya muchos "católicos por la libre", que no se comprometen a nada, sino que tratan de alimentar sus gustos espirituales a la manera que más les agrada y satisface.

Con personas así no se puede construir una parroquia, pues, en realidad, no son verdaderos católicos. Para que haya una parroquia se requiere de personas bautizadas y confirmadas que estén conscientes de que han elegido a Jesús como su Salvador en forma personal y libre.

Un católico "TIENE QUE ESTAR" involucrado en la actividad de su parroquia como comunidad de fe. En ella vive sus convicciones religiosas, en ella realiza sus proyectos apostólicos, en ella trata de practicar el amor a Dios y al prójimo.

Una verdadera parroquia no es aquella donde hay muchos bautizos, matrimonios y donde mucha gente "asiste" a la Misa, sino la que ES una comunidad de católicos dispuestos a vivir, en forma comprometida, según las exigencias del Evangelio de Jesús.

COMUNIDAD EVANGELIZADA

Una verdadera comunidad no se mide por el número de gente que la integra, sino por el grado de cohesión que existe entre sus miembros. Una parroquia, por tanto, tiene que estar constituida por un grupo de personas que han aceptado plenamente a Jesucristo y están unidos en El por la fe y el amor.

Esto, lamentablemente, no siempre es verdad. Hay personas que participan con frecuencia en la Liturgia y, sin embargo, no han dado el paso final de conversión, lo que supone el compromiso de envolverse activamente en la comunidad.

El cristiano es alguien que vive un proceso constante de conversión, de crecimiento interior, pero no sólo en forma individual, sino también en unión con otros. No se puede ser cristiano de manera aislada, pues nuestra relación con Dios implica, necesariamente, la existencia de una comunidad.

Estar evangelizado significa haber recibido la Buena Noticia de la salvación que Cristo nos vino a traer, y habernos dejado transformar por ella. Cuando creemos vagamente en una serie de verdades, pero éstas no han llegado realmente a tocar nuestras vidas, es señal cierta de que no estamos convertidos.

La conversión supone un cambio visible en nuestras maneras de pensar y de actuar, proceso que nunca termina, pues mientras estemos en la tierra siempre tendremos capacidad para mejorar más y más.

Una parroquia que no sea una comunidad de hombres y mujeres que han cambiado toalmente sus vidas por la acción del Espíritu Santo, podrá ser considerada una oficina de servicios espirituales o un club para gente buena, pero no lo que debe ser a la luz de toda la Historia de la Salvación, tal y como aparece claramente en los dos Testamentos.

COMUNIDAD MISIONERA

Si la Parroquia, como ya se dijo, es una comunidad de hermanos en la fe, tiene también, por obligación, que ser comunidad misionera.

Esto significa que tiene que cumplir con lo que Jesús mandó a todos sus discípulos, y no sólo a los apóstoles, que fue llevar la Buena Noticia de la salvación hasta los confines del mundo.

Pero la evangelización, como también se dice, no consiste simplemente en salir a las calles a vocear o ir de puerta en puerta visitando la gente. Esto puede ser un método de evangelización, que resultará oportuno o no de acuerdo a cómo se aplique.

La verdadera evangelización comienza por nosotros mismos, ya que ésta no tendría ninguna importancia si no encuentra, como la semilla, un buen terreno para poder fructificar. Y nadie puede evangelizar si no está evangelizado.

¿Cómo ir a predicar el amor de Dios si no lo estamos viviendo primero? ¿Cómo ir a decirle a la gente que hay que amarse unos a otros, y no nos conocemos, ni nos llevamos bien, ni nos ayudamos unos a otros?

La comunidad misionera es aquella que vive intensamente las enseñanzas de Jesús. Así, necesariamente, proyectará su luz hacia afuera, y la gente no podrá evitar sentirse tocada por su influencia, ya que sus frutos están a la vista.

Para lograr esto es necesario, primero, que los miembros de la comunidad se integren, se conozcan, se organicen, se envuelvan en los proyectos, en una palabra, estén activos, no sólo asistiendo a la Misa dominical, sino actuando cada uno de acuerdo a sus reales posibilidades, para que el Reino de Dios sea conocido y deseado.

De esta forma la parroquia estará cumpliendo su misión de ser una célula viva de esa otra comunidad que es la Iglesia Universal.

Porque la Iglesia de Jesús es eso: una Comunidad formada por muchas comunidades, al igual que una parroquia es el conjunto de las pequeñas comunidades familiares que la componen y de los grupos y movimientos que oran, estudian y trabajan dentro de ella.

COMUNIDAD ORANTE

Si la parroquia es una comunidad de hombres y mujeres que se confiesan seguidores de Jesucristo, es innegable que una de sus características como grupo es la oración.

No se puede ser cristiano sin oración. Cristo mismo nos dio ejemplo de esa comunicación íntima con el Padre, dedicando largas horas a orar. En muchas ocasiones destacó la importancia de la oración, que es la vía para crecer interiormente e ir descubriendo los tesoros y las maravillas de Dios.

Pero no basta con que cada uno ore individualmente. Esto, con ser muy importante, no llega serlo tanto como lo es la oración de la Iglesia reunida con su Cabeza, el propio Jesús.

A esta oración oficial y comunitaria la llamamos Liturgia, y de ella habló el Concilio Vaticano II con estas palabras: "La Liturgia es la cumbre a la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (Sacrosanctum Concilium, número 10).

Cuando la parroquia se reúne oficialmente el domingo como Pueblo de Dios, está rindiendo un homenaje de adoración, acción de gracias y alabanza a Aquel que todo lo merece por ser nuestro Creador, Dueño y Señor. El mismo ha querido que este culto le sea rendido, pero en forma espontánea, como fruto del verdadero amor.

Por eso no debemos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece cada domingo. Es en la Eucaristía que se estrechan los lazos de unión con Dios y con los hermanos. Es en la Asamblea que expresamos nuestro deseo de ser una verdadera comunidad de creyentes, conscientes de que, así reunidos, Dios derrama sus más abundantes bendiciones sobre nosotros, acercándonos más a El y a los demás.

COMUNIDAD PARTICIPANTE

En teoría no debía existir un solo católico que no perteneciera a una parroquia. Pero no sólo para asistir a la Misa dominical, sino también para actuar en ella como miembro responable y consciente.

Sabemos, sin embargo, que es muy difícil funcionar cuando son muchos los que se reúnen. Es necesario fragmentar la gran comunidad para que florezcan pequeñas comunidades donde los católicos puedan realizarse como cristianos, orando juntos, estudiando juntos la Palabra de Dios, reflexionando juntos sobre ella y trabajando juntos por el Reino.

En realidad no tenemos que inventar nada nuevo, porque esto ya existe. En todas las parroquias tenemos asociaciones y movimientos y hay para todos los gustos. Es más, siempre que sea con licencia del párroco, tenemos la posibilidad de fundar nuevos grupos que tengan una finalidad específica dentro de la comunidad.

Estas pequeñas comunidades de relativamente pocos miembros (aunque hay asociaciones que agrupan a un amplio número de personas) permiten la diversidad y la variedad dentro de la unidad. Y, sobre todo, facilitan el que la parroquia cumpla su misión de ser centro de comunión y de vida, para sus miembros y para todos los que son tocados por su influencia.

Si en una parroquia existieran, simultáneamente, un buen número de pequeños grupos que se reúnen para orar, estudiar, reflexionar y trabajar apostólicamente, podemos estar seguros de que allí tiene que notarse claramente la presencia del Señor y los éxitos saltarían a la vista.

Si tú, que estás leyendo este mensaje, sólo te has contentado hasta ahora con ir a la Misa, ¿por qué no te preguntas: qué más puedo hacer y dónde podría integrarte para hacerlo mejor?

La parroquia necesita de tu participación para llevar a cabo, cada día con mayor eficacia, el ministerio de salvación que el propio Cristo te ha encomendado.

COMUNIDAD SOLIDARIA

Leemos en el libro de los Hechos:

"Los creyentes vivían unidos y tenían todo en común: vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno" (2,44-45).

Esto que hacían los primeros cristianos en Jerusalén no necesariamente es posible hacerlo en todas partes, aunque queda el ideal de acercarnos a ello lo más que podamos.

Ser solidarios es estar dispuestos a compartir lo que somos y tenemos. Y aunque no siempre es practicable una total puesta en común de los bienes, como se practica en las comunidades religiosas y hasta en los "kibbutz" de Israel, al menos se puede compartir con los demás en la medida de las posibilidades de cada quien.

No creo que se pueda hablar de cristianismo dentro de un grupo en el que falta la solidaridad entre sus miembros. Pablo considera esto como característica fundamental de los discipulos de Jesús. En su primera carta a los Corintios hace la bella comparación de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, con el cuerpo humano (ver capítulo 12), concluyendo que todos los dones recibidos tienen que ser puestos al servicio de todos. Esto es solidaridad.

Viviendo así los cristianos lograron un gran impacto entre los paganos, que no conocían unos conceptos tan elevados, reinando entre ellos más bien la envidia y la ambición. Igual que ocurre hoy con casi todos los que no se han dejado transformar por la acción del Espíritu Santo.

Una de las razones por las que hoy parece imperar de nuevo el paganismo en el mundo es, precisamente, porque falta ese espíritu de solidaridad entre los cristianos. ¡Cuánta necesidad tenemos de que nuestras comunidades vuelvan a ser, si no iguales, al menos parecidas a aquella primitiva comunidad de Jerusalén! ¡Qué distinto sería!

COMUNIDAD HOSPITALARIA

Una comunidad parroquial está compuesta por un número impreciso de personas, que puede aumentar o disminuir de acuerdo a muchos factores. Lo ideal sería que la parroquia, como tal, creciera constantemente. Esto dependerá, en gran parte, de la acogida que demos a los que vienen.

Si una persona participa en la Liturgia por primera vez, y encuentra que en ella no hay vida, no hay adecuada participación, la gente está presente pero sin entusiasmo, contestando con gruñidos apenas audibles a las exhortaciones del que preside, y haciendo caso omiso a los cantos, seguramente quedará con pocas ganas de volver.

Lo mismo ocurriría si nota que el sacerdote celebra con desgano, o con prisas, o habla sin haberse preparado debidamente. También si la música es sólo un entretenimiento y no parte de la celebración.

O ve que los lectores, los ministros, o los acólitos funcionan como autómatas, y no ejerciendo un ministerio ante su Señor.

Nunca podremos estar contentos con el número de los que vienen, pues siempre serán más los que no vienen. Esos que no vienen deben constituir una constante preocupación para los miembros conscientes de una comunidad cristiana.

No podemos disfrutar egoístamente de las gracias del Señor. Tenemos que acoger a los que vienen esporádicamente, haciéndoles saber que los amamos y que los esperamos. Haciéndoles sentir bien entre nosotros para que queden con ganas de volver.

Una comunidad hospitalaria es atrayente de por sí. Atraigamos a otros con nuestra manera de comportarnos con todo el que acude a nuestra iglesia, a las oficinas, a las reuniones, aunque sea como un simple curioso. De ello puede depender la salvación de muchos hermanos.

COMUNIDAD GENEROSA

Donde quiera vivamos siempre tenemos a los pobres cerca de nosotros. Esos nunca faltan en ninguna parte, menos aquí.

Tenemos, además, los inmigrantes, sobre todo haitianos, que quieren encontrar entre nosotros una mejor forma de vida, como tantos dominicanos la buscan emigrando a los Estados Unidos.

Una verdadera comunidad cristiana no puede quedarse encerrada en sus miembros, sino que tiene que salir de sí misma pra ir en busca de los que más necesitan. Si bien es cierto que "la caridad bien entendida empieza por casa", no lo es menos que la que se queda en casa fácilmente deja de ser caridad.

Ese ejercicio del amor generoso debe hacerse tanto individual como colectivamente. Los miembros de la comunidad, cada uno por su cuenta, podrán aliviar una necesidad, o socorrer al pobre que toca a sus puertas, pero también debe haber una forma organizada de acudir a los que tienen problemas, no importa que no sean de nuestra misma fe, cultura o raza.

En muchos países existe una organización que se conoce como "Sociedad de San Vicente de Paul". Hay estatutos que se pueden conseguir y sería muy fácil de organizar en cualquier parroquia. Sus miembros se comprometen a ver a Cristo en el pobre, y se dedican a auxiliar a los necesitados que acuden en busca de ayuda, o que son remitidos por cualquiera.

Aunque sean relativamente pocos los miembros de la Sociedad, con todo, es la parroquia misma, es decir, todos los católicos que a ella pertenecen, los que se comprometen a ayudar por su medio a los más desamparados.

Sea San Vicente o cualquier otra organización, lo importante es que la parroquia misma la sienta como algo propio, pues por medio de ella se está llegando a los que verdaderamente necesitan o pueden ser socorridos por toda la comunidad, ya que todos cooperan de una manera u otra a que la ayuda sea una realidad.

Con ello no estamos más que cumpliendo con una obligación impuesta por el propio Jesús, que nos mandó ensanchar nuestros corazones, para que en ellos cupiesen nuestros hermanos menos favorecidos.

COMUNIDAD JERÁRQUICA

En estos tiempos en que todos estamos tan conscientes de nuestras libertades y derechos, y quizás no tanto de nuestros deberes, hablar de una comunidad que debe aceptar directrices de arriba puede parecer un tanto desfasado.

Sin embargo, no olvidemos que una comunidad parroquial se nutre de las enseñanzas de Jesús, y acepta sus mandamientos. Fue El quien fundó su Iglesia de una forma jerárquica, de modo que entregó a los apóstoles y a sus sucesores, y a aquellos que colaboran con ellos, los sacerdotes, el ministerio de pastorear su rebaño.

Esto no quiere decir que los pastores tengan que convertirse en dictadores o "mandamases" de la grey, cosa que, lamentablemente, ha sucedido con frecuencia. Por el contrario, deben estar al servicio de toda la comunidad para alimentar, orientar y dirigir.

Con todo, toca a los sacerdotes encargados de una parroquia transmitir el criterio evangélico con el que han de orientarse todas las actividades parroquiales, dejando a los seglares suficiente margen para que su actuación no quede mutilada ni menos aniquilada.

Cuando hay un buen entendimiento entre todos los miembros de la comunidad, pues todos se saben guiados por el Señor, no tiene por qué haber ningún problema, ya que se tiene que imponer el amor en las relaciones mutuas, que es el vínculo de unidad cristiana.

Los laicos deben obeder a los pastores en todo aquello que concierne al gobierno de la comunidad, pues han sido elegidos por el propio Cristo, independientemente de sus méritos personales o sus hablilidades humanas.

Los sacerdotes, por su parte, deberán comprender a los laicos, respetando los dones que éstos han recibido, y alentándolos en sus iniciativas, con tal que las mismas estén de acuerdo con los criterios evangélicos y sirvan para la edificación de la comunidad y al servicio del Bien Común.

COMUNIDAD ORGANIZADA

Si la comunidad parroquial tiene encargados expresamente nombrados poe el obispo, como el párroco, los vicarios y los diáconos, también necesita de líderes laicos que promuevan y mantengan la fe de sus hermanos, con su trabajo comprometido por el Reino de Dios.

De entre esos líderes deben surgir los miembros de un Consejo Pastoral que se ocupe de aconsejar y ayudar al párroco en las decisiones que han de tomarse en la comunidad.

Estos líderes, ordinariamente, son también los que impulsan los distintos movimientos y grupos apostólicos, que son los que dan vida a la comunidad por medio de sus diversas actividades.

Esto quiere decir que la parroquia no es un conjunto de personas que acuden a la iglesia llevadas por su devoción o su hambre de Dios en forma dispersa y desorganizada, sino que es una organización que cuenta con líderes, con metas, con horarios, con presupuestos, con sentidos de su existencia y su finalidad.

A la iglesia pueden acudir muchas personas para hablar a solas con Dios, sin conciencia de que forman Esta frase fue siempre una vergüenza para los católicos, pues con ella lo que se hacía era reconocer la propia ignorancia. Si bien a nadie se le exige que sea un doctor o un experto en teología y Sagradas Escrituras, a todo buen católico sí se le pide una preparación suficiente, que le permita enfrentarse a las principales objeciones de los adversarios sin vacilación alguna.

Esto sólo puede conseguirse a través del estudio, que debe ser parte importante en la vida de la comunidad parroquial. Estudio y reflexión sobre la Palabra de Dios no conseguirán aumentar la fe, pero sí hacer que esa fe sea más profunda y más ilustrada.

COMUNIDAD ECLESIAL

La parroquia no es un ente aislado, un organismo que existe sin relación con otros. Por el contrario, si una comunidad parroquial no está conectada firmemente con toda la Iglesia, deja de tener sentido.

Por eso es importante que nos demos cuenta de la unión que ha de existir entre la parroquia y el Obispo y también entre ella y las demás parroquias, pues juntas forman la diócesis o arquidiócesis, que es la porción de la Iglesia presidida por uno de los sucesores de los apóstoles.

La Iglesia Universal o Católica, presidida por el Papa, está subdividida en diócesis, a cuyo frente se encuentra un obispo. Este tiene como sus colaboradores inmediatos a los presbíteros o sacerdotes, que tienen a su cargo el liderazgo en las comunidades parroquiales.

Sacerdotes, diáconos y fieles, sin olvidar las personas consagradas por los votos religiosos en una Orden, Congregación o Instituto, forman junto al Obispo la comunidad diocesana, que por ser demasiado grande necesita dividirse en parroquias.

La comunidad parroquial, pues, es la célula más pequeña de la iglesia diocesana, aunque a veces resulte incluso demasiado grande y necesite, a su vez, de subdivisiones, que permitan a todos sus miembros el adecuado ejercicio de sus compromisos cristianos.

Lo maravilloso de la Iglesia es que nunca se aminora el poder de la gracia en ella por más que se divida, con tal de que estas divisiones sean sólo de caracter funcional, pero conservando siempre el espíritu de unión y amor entre todos los miembros de la familia universal.

Si la división lleva a una comunidad a apartarse de la Iglesia, se produce un cisma, que es una situación dolorosa, pues la parroquia perdería su carácter de célula del pueblo de Dios, conviertiéndose en un cáncer, en un mal ejemplo que puede extraviar a no pocos seguidores de Jesús.

COMUNIDAD IGUALITARIA

El apóstol Santiago tiene unas palabras que ilustran muy bien lo que es una comunidad igualitaria. Dice así: "Supongamos que en su reunión entra un personaje con anillos de oro y traje nuevo y entra también un pobretón con traje mugriento. Si atienden al del traje nuevo y le dicen: "Tú siéntate aquí cómodo", y dicen al pobretón: "Tú, quédate de pie o siéntate aquí en el suelo junto a mi asiento", ¿no han hecho discrininaciones entre ustedes? Y ¿no se convierten en jueces de pésimos criterios?" (2,2-4).

La comunidad cristiana tiene que estar abierta a todos. Nunca se puede convertir en un "club exclusivo" de personas que se consideran importantes, ni un "ghetto" reservado a una minoría atemorizada.

Cristo muere en la cruz para dar la salvación a toda la humanidad. Sus primeros discipulos salieron de entre los más humildes. En Roma el cristianismo comenzó por conquistar el corazón de los esclavos y los libertos (gente que había sido esclava). Nunca se excluyó a nadie, como no fuera en aquellos lugares donde el nombre de cristiano se convirtió en un lujo, en un apellido, en una forma de distinción que nada tenía que ver con Jesús de Nazaret.

Por eso no se pueden aceptar parroquias que sean comunidades cerradas, donde hay exclusivismos de razas o de lenguas, de posición económica o de importancia social. Esas no son comunidades cristianas.

Por el contrario, la comunidad parroquial admite a todos por igual y en ella se codean, con toda naturalidad, el pobre y el rico, el sabio y el ignorante, el gobernante y el súbdito, el de arriba y el de abajo, pues para un cristiano no hay mejor nobleza que la del alma.

La única exigencia para entrar en una comunidad cristiana es la de vivir como discípulo de Jesús, tratando de poner en práctica sus enseñanzas y preceptos. Lo otro se lo dejamos a los del mundo, pues no caben divisiones ni acepción de personas entre los que han de heredar el Reino de Dios.

COMUNIDAD HUMANA

Algo que nunca se puede olvidar es que los miembros de una comunidad cristiana son, sin excepción, personas humanas con muchas cualidades, ciertamente, pero también con muchos defectos.

Esto hace que en toda agrupación, y las parroquias no son la excepción, encontremos muchos problemas, que provienen de esa misma condición de ser todos hijos de Eva. Toda comunidad es imperfecta por naturaleza.

El gran error de algunos es tratar de resolver los problemas acusando a los otros, y apartándose de ellos para poner tienda aparte, pretendiendo que van a realizar, por fin, el sueño de ser miembros de una comunidad perfecta.

Eso no se ha dado ni siquiera en los primeros tiempos del cristianismo. Recordemos, a modo de ejemplo, el regaño que da Pablo a la comunidad de Corinto (ver 1a. Cor. 11,17 ss.). Esos abusos se han repetido una y otra vez, y los culpables han sido miembros de la comunidad a todos los niveles.

¿Qué ganamos con criticar y despotricar, cuando lo importante es sanar? Lo que pasa es que lo primero resulta mucha más fácil. Para lo segundo se necesita una gran dosis de comprensión y de humildad.

Quien quiera mejorar una comunidad tiene que comenzar por aportar lo mejor de si mismo, con espiritu fraternal y sinceridad total. Quien se fija unicamente en los defectos de sus projimos y nada hace para ayudarlos a mejorar en sus cualidades, solo creara divisiones y aumentara los problemas.

En una comunidad donde sus miembros sean capaces de reconocer las limitaciones, y donde reina el espiritu de comprension y de perdon, Cristo se encargara de poner lo que falta.

COMUNIDAD DE AMOR

Cuando el apóstol san Pablo habla de la Iglesia nos dice que es como el cuerpo humano (ver 1a. Corintios 12), donde cada miembro tiene una función que realizar en beneficio de todos los demás.

Así, no se puede concebir una comunidad cristiana si no es de esa forma, pues los dones que recibimos de Dios son para que los pongamos a trabajar para el bien de todos.

Si bien unos pueden aparecer con más autoridad, o con más inteligencia, o con mayor habilidad, lo cierto es que todos pueden aportar mucho al conjunto, pues si bien no todos podemos hacerlo todo, sí todos podemos hacer algo.

Bien claramente lo intuyó Pablo cuando, al hablar de los diversos dones del Espíritu, exhorta a que se pidan a Dios aquellos que "construyen la comunidad" (Idem 14,12), pero pone por encima de todos el amor.

A este tema dedica unoa bellísimos párrafos (Idem 13), donde nos dice que sin amor no somos nada, y que el amor está por encima de toda otra virtud, pues es la única que ha de permanecer para siempre.

Todo el mensaje de Cristo va dirigido a que formemos en la tierra una comunidad que se parezca, lo más posible, a la del cielo. Nuestra tarea en la tierra es imitar la vida de las tres divinas Personas que componen la Santísima Trinidad.

Juan nos dice:

"Amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor" (1a Juan 4,7-8).

Nos puede parecer esto como una meta inalcanzable, es cierto. Pero en modo alguno lo es cuando todos estamos empeñados en lo mismo. La participación en una comunidad cristiana nos exige un esfuerzo constante por superar el egoísmo, unica manera de ser aptos para amar.

El ideal cristiano es demasiado alto, y sólo podremos acercarnos a él viviendo en una comunidad de amor. Esta es una invitación del propio Jesús:

"- Esto les mando: que se amen unos a otros" (Juan 15,17).

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Página fue modificada: 22/09/2008 15:03

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