AB PADRE BAZAN

Para Seguir A Jesús

¿QUIERES SER CRISTIANO?

Hasta ahora, por las razones que sean, te has mantenido al margen de la religión. No sabes en realidad de qué se trata. Siempre la has tenido como algo que no tiene que ver contigo para nada. Hasta, quizás, has pensado que es cosa de personas ignorantes o débiles de carácter.

Sin embargo, últimamente te has estado interesando en ella, pues has conocido personas creyentes que consideras dignas de admiración, o simplemente has sentido en tu corazón un llamado de Alguien al que tú no conoces, pero intuyes que es un personaje muy importante.

Para ayudarte a descubrir el camino que conduce a ese Alguien se han escrito estas páginas. Léelas como una guía que te puede servir para llegar al conocimiento del tesoro más grande al que el hombre puede aspirar: LA ETERNA FELICIDAD.

1. PARA QUÉ ESTAMOS EN EL MUNDO

Una pregunta que tarde o temprano nos hacemos es ésta: ¿Para qué estoy en el mundo?

Algunos la responden diciendo que estamos aquí por pura casualidad, por puro azar, y que nada tenemos que esperar de esta vida, como no sea tratar de gozar lo más que se pueda de todo lo que aquí encontremos de sabroso y agradable, pues después que nos muramos desapareceremos irremisiblemente.

Esta visión tan negativa parece tener una confirmación en lo que ven nuestros ojos. Pero no olvidemos que "las apariencias engañan".

La razón, que es esa luz que llevamos dentro y que nos ayuda a descubrir lo que es bueno o malo, lo que es correcto, justo y "razonable", se rebela contra esa forma de ver las cosas, pues tendríamos entonces que llegar a la conclusión de que sólo los malos saben vivir esta vida, y que los que busquen ser buenos son unos tontos que se están perdiendo lo único que vamos a conseguir durante nuestra estancia en la tierra.

Por otro lado, habría también que concluir, como dice Joan Manuel Serrat, un compositor popular incrédulo, en una de sus canciones: "...porque morir o vivir es... indiferente" (Pueblo Blanco).

¿Qué más da que seamos buenos o malos? ¿Qué más da que suframos o disfrutemos mucho o poco? ¿Qué más da que seamos ricos o pobres? ¿Qué más da todo lo que pase a nuestro alrededor, si, a fin de cuentas, vamos a morir y desaparecer?

Pero a eso la razón dice: NO PUEDE SER.

2. LA RAZÓN DEL CREYENTE

Pero el creyente, además, tiene otra 'razón", y es que ha recibido una "revelación".

Esta puede ser una visión más o menos clara de que las cosas son de otro modo, la que llega a su máxima expresión con la definitiva presencia de Dios entre nosotros, para hacernos conocer la verdad de su plan al crearnos.

Efectivamente, la razón del creyente se encuentra en Dios. Por eso es importante que nos hagamos esta pregunta: ¿QUIÉN ES ÉL?

La verdad es que nadie tiene una respuesta a la misma. Dios mismo se apareció un día a un hombre llamado Moisés, según nos narra el Éxodo, uno de los libros de la Biblia, que los judíos y los cristianos consideramos que contienen la Palabra de Dios, y cuando éste le preguntó que quién era Él, sólo se limitó a responder: YO SOY EL QUE SOY.

Pero luego Él se fue dando a conocer a través de otras personas que pudieron tener un contacto más estrecho con su Persona, sobre todo unos a quienes llamamos profetas, que tuvieron la misión de hablar en su nombre.

Esta revelación de Dios al pueblo de Israel duró unos dos mil años, y fue preparando el camino para el advenimiento de quien sería llamado el Mesías o Ungido de Dios, que tendría como misión liberar a la humanidad de la pesada carga del pecado, para que así pudiera acercarse a Dios como a un Padre y recibir de Él la salvación eterna.

3. ¿QUIÉN ES DIOS?

Cuando hablamos de Dios no nos referimos a una sola Persona, sino a Tres, que forman lo que llamamos la Santísima Trinidad. Esto significa que Dios, siendo UNO, es realmente

una comunidad de tres Personas que llamamos el PADRE, el HIJO y el ESPÍRITU SANTO.

Complicado, ¿verdad?

Pues sí que lo es, tanto que a muchas cosas que conocemos sobre Dios les llamamos misterios, y así decimos EL MISTERIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD.

Y es que debemos reconocer que nosotros, personas muy limitadas, no tenemos la capacidad para entender realmente a Dios, y sólo podemos conocer de Él aquello que Él nos ha revelado, aunque no podamos comprenderlo del todo.

Por eso decimos que para las cosas de Dios necesitamos tener FE, lo que significa que debemos aceptarlo tal y como Él nos lo ha enseñado, pero sin entenderlo.

Y esto sucede incluso en las cosas de la tierra. Por ejemplo, la absoluta mayoría de las personas no sabrían explicar la electricidad, pero saben que si presionan el interruptor van a tener luz. Nadie anda pensando en lo que es la electricidad cuando enciende el televisor, aunque sabe muy bien que sin ella no podría ver nada en dicho aparato.

No necesitamos explicar a Dios para saber que existe. En nuestra relación con Dios hay algo mucho más importante que comprenderlo, y es AMARLO. Dios se nos revela como un PADRE que nos ama. En realidad El es la fuente del amor, y por amor es que Él creó todo lo que existe.

Dios es ETERNO: Ha existido siempre. No ha tenido principio ni tendrá fin. No hay que tratar de romperse la cabeza para entenderlo, pues para nosotros es imposible. Por no entenderlo muchos terminan por negar su existencia, y eso es absurdo.

Dios todo lo puede: es TODOPODEROSO. Y usó de ese poder para compartir su felicidad con otros seres que pueblan el Universo, e incluso con otros que pertenecen a un mundo diferente, como los ángeles.

Dios crea con amor y todo lo hizo bueno, ya que El tiene un plan de felicidad y salvación para todos.

4. EL PLAN DE DIOS

Lo que Dios ideó desde el principio fue hacer cosas buenas y hermosas, y ¡vaya si las hizo!

Sólo tendríamos que examinar con cuidado una flor, una simple hoja, o algo tan complicado como el cerebro humano. ¡Qué de maravillas!

Todos nos admiramos, en una noche sin luna, de lo preciosas que lucen las estrellas, pero nos quedamos boquiabiertos cuando aprendemos de los astrónomos que existen miles de millones de ellas, y que las que parecen más cerca están a miles de millones de kilómetros de nosotros.

Tal parece como si fuera un gran desperdicio, pero es que el poder de Dios es ilimitado, y Él se goza creando cosas hermosas.

Pero Dios no se contentó con hacer cosas materiales, por más que las que creó fueron fantásticamente buenas.

Él también quiso crear seres inteligentes que pudieran apreciar su obra y disfrutar de ella. Y así creó a los ángeles, y hasta lo que sabemos, a los seres humanos en la tierra. Es posible que algún día descubramos que también hay seres inteligentes en otras partes del Universo. Eso es un reto a nuestra capacidad de aprendizaje, pues Dios nada nos ha dicho al respecto.

5. ¿QUÉ SE PROPONE DIOS?

Todo lo que Dios busca es el bien de sus criaturas. El nos creó para que fuéramos felices. Por eso nos dotó de una serie de cualidades que recibimos en forma desigual, es cierto, pero también proporcionadamente, de modo que todos podamos darle gloria y gozar con todo lo que Él nos ha dado.

Por eso vemos, según nos lo narra en forma un poco novelada la Biblia, que Dios coloca a los primeros seres humanos en un jardín al que llamamos el PARAÍSO TERRENAL.

Allí el hombre tenía que trabajar, muy cierto, pero sin la fatiga propia de las labores que ahora realiza. Todo era dentro de un plan armónico, algo que llenaba de felicidad a los seres humanos, pues todo marchaba de acuerdo al plan primigenio del Creador.

Dios sólo quería el bien y la felicidad de sus criaturas. Que todas viviesen en conformidad los unos con los otros, amándose, respetándose y ayudándose, a fin de saborear y disfrutar de todo lo que el Padre había puesto a su disposición.

6. LA DESGRACIA

Pero lamentablemente el ser humano no supo reconocer lo que Dios le había dado. Todavía quería más, por lo que comenzó a cavilar la manera de escalar una posición más alta hasta alcanzar el poder del mismo Creador.

Meter en la cabeza del ser humano estas ideas fue la obra del Diablo, un ángel que había lidereado una rebelión contra Dios en el mismo cielo y que había recibido el permiso divino para poner a prueba al hombre.

No tardó mucho en dar su fruto la tarea del Tentador. Pues cuando Dios le dio a la primera pareja una orden que debían cumplir, ellos, por el contrario, desobedecieron, causando la ruina no sólo propia, sino también la de sus descendientes, entre los que nos encontramos todos nosotros.

Esa rebelión de la primera pareja contra su Creador es lo que llamamos el PECADO ORIGINAL, que lanzó a toda la humanidad a la desgracia de verse separada del amor de su Padre.

7. EL REENCUENTRO

Parecería que Dios se desentendió de sus principales criaturas en la tierra, y que las dejó de su mano sin importarle ya nada. Pero, en realidad, no fue así.

Dios, pese a todo, no dejó de amar a los seres humanos. Aunque no podemos entender por que dejó pasar tanto tiempo antes de dárseles a conocer de nuevo, tenemos que pensar que sus motivos tendría, y que quizás algún día conoceremos.

No olvidemos lo que dice san Pedro: Un día es para el Señor como mil años y mil años como un día (2da. Pedro 3,8).

Pero bien, llegó el momento en que Dios decide comenzar una nueva relación con el ser humano. Él no tiene prisa. Prepara todo muy despacio.

Un día, pues, se presentó a un hombre llamado Abram, que vivía en un pueblo situado en lo que hoy es Irak, y se le da a conocer, prometiéndole que ha de ser no sólo "padre de pueblos" que era lo que significaba "Abram", sino "padre de numerosos pueblos" que era el significado del nuevo nombre que Dios le puso: ABRAHAM.

Este fue el comienzo de una nueva relación que se mantendría por poco más de dos mil años con un pueblo formado por parte de los descendientes de aquel hombre: el pueblo de Israel, más conocido desde antes del tiempo de Jesús como el pueblo judío.

Esta relación con ese pueblo considerado "elegido" tenía un fin: preparar el día en que todos los pueblos de la tierra pudieran conocer y adorar al verdadero Dios.

Pero ¿qué pasó mientras tanto con los otros seres humanos que no pertenecían a Israel?

Dios tiene sus caminos que no podemos conocer si Él no nos los revela. Pero podemos estar seguros de que NADIE se pierde para siempre si es una persona que busca sinceramente el bien y trata de agradar a Dios aún sin conocerlo. Todos los justos, conozcan o no al Señor que se reveló a Abraham, han tenido la oportunidad de salvarse.

8. LA SALVACIÓN

Pero, ¿de qué clase de salvación se trata? Pues hay algo que vemos y que no nos deja engañarnos: la vida del hombre sobre la tierra es muy corta y está preñada de peligros, dificultades, ansiedades, angustias, luchas, sufrimientos y, al final, la muerte.

Efectivamente, en el plan original de Dios nada de esto tenía que existir. Pero todos esos males entraron en el mundo al romper los seres humanos, tanto los primeros como los que hoy poblamos la tierra, los planes del Creador, queriendo enmendarle la plana pensando que así sacaríamos mayor provecho a nuestra existencia.

El ser humano se deslumbra frente a las posibilidades que tiene delante y con frecuencia no se da cuenta de lo que pierde. Se cree que la salvación está en la tierra.

Dios, por el contrario, concibió la tierra sólo como una etapa, corta por cierto, que permitiera al hombre aprender a obedecerlo y poner a prueba ese don precioso que quiso darle: la libertad.

Pero el hombre no supo usar de su libertad. Creyó que lo mejor para él era "liberarse" de la tutela de Dios, y desobedeció sus leyes. Con esto no sólo perdió muchos de los bienes que Dios había dispuesto para él en la tierra, sino que, perdió también lo más preciado que podía haber recibido: ser hijo de Dios.

Ese era el gran regalo que Dios había reservado para sus criaturas los seres humanos: elevarlos a la categoría de hijos suyos.

Y esto conlleva el vivir una primera etapa en la tierra, por pocos años, para luego, pasada la prueba, entrar en posesión del Reino que, como herencia, les ha preparado su Padre para toda la eternidad.

9. DIOS SE REVELA

Hacer conocer al hombre su plan fue obra de tiempo. Si Dios se dio a conocer a la primera pareja, luego pasó siglos sin dejarse escuchar.

La primera experiencia fue desastrosa, pues aquel hombre y aquella mujer se apartaron de Dios por seguir sus propias apetencias: querían ser como el Creador.

Pero cuando Dios se da a conocer a Abraham, éste le obedece y se muestra dispuesto a hacer su voluntad.

Con todo, así como en el Jardín del Edén puso a prueba a Adán y Eva, según el relato del primer libro de la Biblia, el Génesis, así también pondrá a prueba a Abraham.

A éste le había concedido un hijo de su esposa Sara, a pesar de que ésta había pasado ya la edad natural de concebir. Este hijo se llamó Isaac.

Cuando Isaac tenía unos doce años, nos narra el Génesis, Dios pidió a Abraham que llevase al niño a un monte y allí lo matase y lo ofreciese en sacrificio.

Era la prueba. Y Abraham la pasó satisfactoriamente, pues estuvo dispuesto, a pesar del inmenso dolor que le causaba, a cumplir la voluntad del Señor.

Pero Dios no permitió que Abraham llevara a cabo tal cosa. La fe de Abraham había quedado demostrada. Era digno de ser el padre del Pueblo de Dios.

10. QUÉ ES LA BIBLIA

Lo que Dios fue enseñando a Abraham y a sus descendientes se fue escribiendo poco a poco. No fue obra de meses o años, sino de siglos.

Dios iba inspirando a distintas personas que pusieran por escrito aquellas cosas que El quería que pasaran a la posteridad, para que todos pudieran conocer el amor que tiene a los seres humanos y su deseo salvador para cada uno de ellos.

Así fueron quedando redactados unos libros que eran leídos en las reuniones de la comunidad. En total fueron cuarenta y cinco, que hoy conocemos con el nombre de ANTIGUO TESTAMENTO.

En algunos de ellos se cuenta la historia de Israel, el Pueblo Elegido de Dios. En otros se encuentran todas las leyes que se fueron dando, algunas directamente del Señor, para que el pueblo caminara por las sendas de la justicia y del amor. También hay libros llenos de sabios consejos que ayudan a mejorar la conducta y a cuidarse de los ejemplos o influencias de los malvados.

Entre los libros más importantes tenemos la recopilación de las enseñanzas que Dios transmitió al pueblo por medio de unos hombres que hablaron en su nombre, y a quienes se les llamó profetas. No todos los profetas, que fueron muchos, escribieron libros, ni todos los libros que llevan sus nombres fueron escritos por ellos, pero todos guardan grandes enseñanzas que preparan a los justos para buscar la salvación en Dios.

Existen también unos poemas bellísimos que exaltan la bondad y la sabiduría de Dios, y fueron usados para alabar y bendecir su nombre. Llevan el nombre de SALMOS y son todavía usados tanto por los judíos como por los cristianos.

Todos estos libros, escritos en su mayoría por autores desconocidos, son, sin embargo, la Palabra de Dios, pues quienes los escribieron lo hicieron inspirados por el Espíritu Santo que los animó a poner por escrito lo que se necesitaba saber para alcanzar la salvación.

Los cristianos completaron la Biblia con otros libros, que son los que de verdad hacen comprender los más antiguos, y que forman parte de lo que llamamos el NUEVO TESTAMENTO. Del contenido de estos libros hablaremos más adelante.

11. EL MESÍAS

Al pueblo de Israel se le confió una misión, que fue la de preparar el gran día en que Dios se revelaría a todos los pueblos de la tierra.

Este momento llegaría cuando apareciera en la tierra Alguien que estaría ungido especialmente por Dios para cumplir la misión de anunciar la Buena Noticia de la salvación para todos, y de lograr esa salvación por medio de su entrega a la muerte en expiación por los pecados de toda la humanidad.

Aunque los propios judíos no pudieron comprenderlo totalmente, ya el advenimiento de ese "Ungido" o Mesías fue anunciado desde los comienzos.

Después del pecado de Adán y Eva, Dios anuncia que, un día, alguien del linaje de la mujer quebrantaría la cabeza de la serpiente (Ver Génesis 3), aludiendo al Diablo que logró convencerlos de que desobedecieran a Dios "disfrazado" de serpiente.

También hubo un velado anuncio del día del Mesías cuando Dios cambia el nombre a Abram para llamarlo Abraham, que significa "padre de numerosos pueblos", lo que se cumpliría con la llamada de todos los pueblos a la salvación que haría el Mesías, convirtiendo así a Abraham en padre, en la fe, de todos los pueblos de la tierra.

Pero donde aparece más claramente el anuncio de la venida del Ungido es en los libros de los profetas, donde en muchas ocasiones se hacen alusiones al mismo. También en los salmos hay frases que lo mencionan, aunque sólo sea en forma poética.

El día del Mesías fue anunciado por Isaías, uno de los profetas, de esta manera:

El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afligidos, a los afligidos de Sión; para cambiar su ceniza en corona, su luto en perfume de fiesta, su abatimiento en traje de gala (61,1-3).

El mismo profeta pudo ver también que el Mesías tendría que padecer crueles torturas para salvarnos, pues cargaría sobre sus hombros los pecados de toda la humanidad:

Depreciado, lo tuvimos por nada; a él, que soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, lo tuvimos por un contagiado, herido de Dios y afligido. El, en cambio, fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Sobre el descargó el castigo que nos sana y con sus cicatrices nos hemos curado (53,3-5).

El pueblo de Israel esperaba ese Mesías. Todavía gran parte de ese pueblo lo sigue esperando.

12. JESÚS ES EL MESÍAS

Pero el Mesías llegó en la persona de Jesús. Los dirigentes del pueblo de Israel no creyeron en Él y por eso lo rechazaron, llegando a condenarlo a muerte, cumpliéndose lo que ya Isaías había anunciado.

¿Por qué creemos los cristianos que Jesús es el Mesías anunciado por Dios y esperado por el pueblo de Israel?

Pues porque en Él, efectivamente, se cumplieron todas las profecías. Porque su vida y su doctrina son credenciales suficientes para convencernos de que no hay otro.

Para que así lo veas tú también, querido lector, vamos a hablar un poco acerca de quién fue Jesús.

Antes de su nacimiento un ángel se apareció a una muchacha que vivía en un villorrio de la región de Galilea, la parte norte de Palestina, llamado Nazareth. La joven se llamaba María.

Ese ángel, que no sabemos si ella lo vio o simplemente lo oyó en su corazón, le anunció:

Vas a concebir, darás a luz un hijo y le pondrás de nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David su antepasado; reinará para siempre en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin (Lucas 1,31-33).

Cualquiera creería que iba a nacer de una princesa y en un palacio, pero fue todo lo contrario, pues Dios escogió como madre a una humilde muchacha sin abolengo alguno, y vino Jesús a nacer en una cueva destinada a albergar animales, en el pequeño pueblo de Belén, allí donde había nacido también David.

Si su nacimiento fue adornado con algunos prodigios que permitieron a unos pocos pastores y a unos magos de Oriente conocer que, por fin, había nacido el Salvador, la gran mayoría no se enteró de nada.

Poco hay que decir de su infancia y juventud. El evangelista Lucas recoge los datos que se conocen, un poco completados por lo que dice Mateo. Pero infancia y juventud pasan de forma normal, sin ningún hecho apenas que pudiera delatar la presencia del Mesías.

El mismo se encargaría luego de revelarnos que no era un hombre común y corriente, sino nada menos que el Hijo de Dios, compartiendo con el Padre y el Hijo la divina naturaleza, pero asumiendo nuestra humana naturaleza para hacerse uno de nosotros en todo menos en el pecado. Así podría Él pagar por nuestro rescate, como dijo Isaías.

13. JUAN EL BAUTISTA

Se calcula que Jesús vivió en la tierra unos treinta y tres años, de los cuales treinta los pasó en la oscuridad, sin que hiciera nada extraordinario que pudiera llamar la atención.

Pero llegada la hora dispuesta por el Padre Jesús comenzó su misión. Y lo hace con un acto solemne que confirmaría que El era el Ungido de Dios.

Por ese tiempo predicaba en Judea, cerca del río Jordán, el último de los profetas del Antiguo Testamento, considerado el precursor del Mesías, Juan el Bautista, llamado así porque bautizaba a la gente que acudía a él para escuchar su palabra, llena de la unción del Espíritu Santo.

Su prédica despertaba recelos y hasta enconos en los más encumbrados, pues a cada uno le decía lo que le correspondía. Por ejemplo, a un reyezuelo llamado Herodes Antipas, que tenía autoridad en Galilea y Perea, lo acusó públicamente de vivir con la mujer de su hermano Filipo, lo que provocó las iras no tanto del rey como de la mujer.

Esto último, más que nada, provocaría primero la prisión y luego la muerte de Juan, quien fue decapitado por orden de Herodes pero a petición de la infame mujer.

Juan fue escogido por Dios para preparar la venida del Mesías. Como bien explicaría él: Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no soy digno de desatar la correa de las sandalias. El los bautizará con Espíritu Santo y fuego (Lucas 3,16).

Y ese Alguien se presentó un día en las orillas del Jordán pidiendo ser bautizado. Juan dudaba, pues no se consideraba digno de tal cosa, sabiendo quién era Aquel que le pedía el bautismo. Pero Éste lo convenció y Juan lo bautizó. Y en ese instante sucedió algo admirable: una paloma, que representaba al Espíritu Santo, revoloteó sobre Jesús, y la voz del Padre se dejó escuchar diciendo: Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco (Lucas 3,22).

Fue en ese momento solemne que Jesús fue ungido para la misión que se le había encomendado: anunciar la Buena Noticia de la salvación que Dios quería para todos, y luego cargar sobre sus hombros todas las culpas de la humanidad y pagar por ellas con su muerte en la cruz.

14. LA VIDA PÚBLICA

Lo primero que hizo Jesús después de su bautismo y unción en el Jordán fue retirarse al desierto, donde estuvo en ayuno y oración por cuarenta días completos. Esto nos enseña que todo lo que se hace sin contar con Dios no puede tener éxito verdadero.

Después de esos días comenzó una etapa de su vida hasta entonces totalmente desconocida. Nadie, hasta ese momento, lo había oído hablar en público. En adelante su fama se extendería por todas las comarcas de Palestina.

Su hablar era sencillo, sin amaneramientos ni rebuscamientos, pues no trataba de impresionar sino de exponer lo que era el Reino de Dios.

El vino a enseñar lo que hasta entonces había permanecido oculto a la humanidad, pues sólo los del pueblo de Israel sabían en parte lo relativo al verdadero Dios.

Tenemos la suerte de conocer un resumen de esas palabras, pues algunos de los que las oyeron, u otros que trataron de investigar con los testigos presenciales, nos las conservaron en lo que llamamos los EVANGELIOS.

El que quiera conocer la vida de Jesús tiene allí todo lo que sabemos sobre Él.

Algo que resalta en las páginas de estos libros es su compasión por los pobres y los enfermos. El mismo fue pobre desde la cuna hasta la cruz. Cuando alguien le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas, Jesús le respondió: Las zorras tienen madrigueras y los

pájaros del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mateo 8,19-20).

Era entre los pobres que andaba con mayor frecuencia, aunque no despreciaba a los ricos, y supo aceptar la invitación de algunos de ellos, a quienes visitó y anunció también la salvación, pues Dios, como Él nos enseña, no tiene acepción de personas, y todos están llamados a convertirse y salvarse.

Pero eran los pobres su predilección, pues aparte de ser la mayoría de la población, eran los que más fácilmente lo escuchaban y seguían.

Otra cosa de la que dan testimonio las páginas de los evangelios son sus milagros, es decir, hechos extraordinarios que hacía, más que nada, para favorecer a aquellos que los necesitaban.

Fueron numerosas las curaciones de

ciegos, cojos, paralíticos, leprosos, sordos

y mudos, aparte de otras

enfermedades. Hasta una vez, con

ocasión de una boda, y a petición

de María, su madre, que notó que se

estaba acabando el vino, cambió el agua

de varios garrafones en un vino exquisito.

15. LA PASIÓN

También Jesús, al igual que Juan, tuvo problemas con los dirigentes judíos y personas más influyentes, que en esos tiempos se dividían en dos grupos principales: los saduceos y los fariseos. La causa la podemos imaginar: su predicación causaba escozor, pues denunciaba los males de unos y de otros, sobre todo la hipocresía de escribas y fariseos, que mientras trataban de aparecer como dechados de virtud, estaban muy lejos de serlo.

Esto fue preparando sus ánimos para complotar contra él y buscar su muerte. Si no lo hicieron antes fue porque, dada la popularidad de Jesús, temían provocar al pueblo. Todo debía hacerse de acuerdo a la Ley, por lo que tramaron la manera de acusarlo en forma tal que tuviera que ser condenado a muerte.

En esto se unió la mala voluntad de los enemigos de Jesús: sacerdotes, escribas, fariseos y saduceos, que eran los personajes más influyentes en el pueblo judío de entonces, y la voluntad del Padre.

Estos individuos no actuaron obligados ni presionados por Dios, como si fueran actores de un drama cuyo director fuera el Padre. Dios no juega con las personas, sino que respeta sus libres decisiones.

Pero todo esto sucedió en conjunción con el plan de Dios que había enviado a su Hijo a salvarnos de la forma más extraña a nuestra manera de pensar. Aquel que no permitió a Abraham sacrificar a su hijo Isaac, ahora no perdona a su Hijo, y lo destina a la muerte para que la humanidad entera pudiera encontrar el camino de la redención eterna.

Los acontecimientos se precipitaron después que Jesús hizo un gran milagro que conmovió a gran número de personas: la resurrección de Lázaro, su amigo, a quien muchos conocían. Esto convenció a los enemigos de que si no actuaban prontamente perderían toda la ascendencia y autoridad sobre el pueblo, pues estaban tan equivocados con Jesús que pensaban que sus verdaderas intenciones eran las de coronarse rey e implantar un nuevo gobierno en Palestina.

¡Qué lejos estaban de conocer la verdad! Sin embargo, este argumento fue decisivo, pues lo esgrimieron nada menos que delante de la autoridad romana, ya que por entonces los judíos, como gran parte del mundo conocido, estaban sometidos al Imperio Romano.

Cuando ya estaba todo preparado se valieron de los servicios de un traidor, uno de los Doce del grupo de Jesús, llamado Judas y apodado "el Iscariote". Este, por treinta monedas, se comprometió a entregarlo.

Aprovechando la celebración anticipada de la cena pascual, que Jesús había decidido hacer con los apóstoles, a sabiendas de que para el día de la fiesta ya habría muerto, y conociendo Judas el sitio donde se reunirían después, se apartó del grupo y fue a buscar a los encargados de prender al Maestro.

Fue en un huerto de olivos llamado Getsemaní que llevaron a cabo su misión, y lo llevaron atado a casa del Sumo Sacerdote. Allí aguardaban los dirigentes, dispuestos a condenarlo fuese como fuese. Pero como lo que querían era su muerte, no tuvieron más remedio que acudir a Pilato, el Procurador romano, con la acusación de que Jesús preparaba una rebelión contra los romanos para hacerse coronar como rey.

Esto fue decisivo. Pilato, aunque convencido de la inocencia de Jesús, no queriendo buscarse problemas, lo entregó a una jauría feroz asuzada por los dirigentes, que lo condujeron entre gritos, golpes y insultos, al lugar de la ejecución: el monte Calvario.

El relato completo de todo lo que Jesús padeció en aquellas horas en que estuvo en poder de sus enemigos puede ser leído con más detenimiento en cada uno de los cuatro evangelios. Ellos forman parte de lo que llamamos el NUEVO TESTAMENTO, que viene a significar la NUEVA ALIANZA de Dios con su pueblo por medio de Jesucristo.

A los evangelios hay que agregar otros 23 libros, como Hechos de los Apóstoles, Apocalipsis y 21 cartas de distintos apóstoles, sea que fuesen escritas por ellos o atribuidas a ellos.

Los cristianos aceptamos todos estos libros en el mismo nivel de los del Antiguo Testamento, o de la Antigua Alianza, pues también fueron escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo. Todo lo que creemos está fundamentado de alguna manera en lo que dicen estas Sagradas Escrituras.

16. LA MUERTE DE JESÚS

Que aquel predicador extraordinario, que acompañaba su palabra con hechos aún más extraordinarios, terminara derrotado por sus enemigos que, al fin, lograron condenarlo a muerte y verlo clavado en una cruz, podría parecer el peor de los fracasos.

Sin embargo, nunca fue mayor verdad aquello de que "Dios sabe escribir derecho con renglones torcidos".

Dice el evangelista Juan que en una reunión del Sanedrín o Senado judío, Caifás, el Sumo Pontífice, tomó la palabra y dijo: ¿No se dan cuenta de que es preferible que muera un solo hombre por el pueblo, a que toda la nación sea destruida?

Y el evangelista añade este agudo comentario: Caifás no hizo esta propuesta por su cuenta, sino que, como desempeñaba el oficio de sumo sacerdote aquel año, anunció bajo la inspiración de Dios que Jesús iba a morir por toda la nación; y no solamente por la nación judía, sino para conseguir la unión de todos los hijos de Dios que estaban dispersos (11, 49,52).

Si ha habido alguna muerte importante en el mundo ha sido ésta. Ninguna otra tuvo la virtud de salvar. Esta nos salvó a todos. Dice Pablo: Con su muerte, el Hijo nos ha obtenido la redención y el perdón de los pecados (Efesios 1,7).

Una reflexión que podríamos hacernos es ésta: ¿Dónde estaban aquellas multitudes que antes seguían a Jesús? ¿Dónde estaban, incluso, sus más allegados colaboradores y discípulos?

Pues sólo uno de ellos, Juan, al igual que unas pocas mujeres, con María, la madre, a la cabeza, le fueron fieles hasta el final.

La actitud de la gran mayoría fue de una absoluta desilusión frente a lo que consideraban el gran fracaso del Maestro. Había predicado muy bonito, pero al final no había podido vencer a los que buscaban su mal.

¡Qué equivocados estaban todos! O, ¡qué mala memoria tenían! Pues Jesús, en varias ocasiones, como lo consignan los propios evangelistas, había predicho no sólo su muerte, sino su triunfo posterior.

Veamos lo que nos dice, por ejemplo, san Mateo: Miren, estamos subiendo a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre va a ser entregado a los jefes de los sacerdotes y maestros de la ley, que lo condenarán a muerte, y lo entregarán a los paganos, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, pero al tercer día resucitará (20,18-19).

Pero eso no era lo que ellos estaban pensando en aquellos tristes momentos. Se creían totalmente derrotados por la adversidad que estaban confrontando.

Sin embargo era todo lo contrario. Jesús, muriendo, venció a la muerte, y con su resurrección nos dio la vida.

Pues lo que antes había predicho se cumplió exactamente. Jesús se levantó del sepulcro para asegurarnos a todos que también nosotros vamos a vivir para siempre.

17. EL ACONTECIMIENTO QUE CONMOVIÓ AL MUNDO

Aunque pocos seres humanos pudieron percibirlo, al tercer día de morir Jesús ocurrió el hecho que cambió para siempre la suerte de toda la humanidad.

Cristo, el aparente derrotado, venció triunfante la muerte para darnos vida.

Esta es la verdad fundamental del cristianismo. Porque, como dice san Pablo, si Cristo no hubiera resucitado nada tendría sentido para nosotros. Leamos sus palabras: Si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes carece de sentido y siguen aún hundidos en sus pecados. Y por supuesto también habremos de dar por perdidos a los que han muerto en Cristo. Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres (1a. Corintios 15,17,19).

Algo que resalta de todo esto es la forma tan especial que Dios tiene para actuar. Pese a que fue el acontecimiento más trascendental que ha podido ocurrir en la historia de la humanidad, todo pasó en una forma sencilla, sin alharacas ni espectaculares demostraciones de poder.

Apenas unos pocos se enteraron de lo que había ocurrido. Unos quinientos, precisará Pablo (Ver 1a. Corintios 15,6). Es decir, lo vieron los que merecían y necesitaban verlo, aquellos que habían creído en El, pese a todo, y serían sus testigos para toda la humanidad.

Frente a un mundo descreído Dios sólo exige una cosa: fe incondicional en su Palabra. Los que no estén dispuestos a creer sin ver no verán prueba alguna que les permita aceptar lo que Dios enseña "porque lo han visto o comprendido".

Tenemos que reconocer que los primeros que se sentían dudosos y sorprendidos fueron sus discípulos más cercanos. Pero todo cambió después que "vieron" las pruebas. A ellos, que hasta entonces habían seguido al Maestro a cambio de nada, se les permitió tenerlas.

Ese mismo primer día de la resurrección Jesús se apareció a los apóstoles reunidos, con excepción de Tomás, llamado el Mellizo, que no estaba con ellos, y de Judas Iscariote, que ya había muerto.

Cuando Tomás regresó de su viaje se encontró con la alegría de sus compañeros que le hablaban de la resurrección y de cómo Jesús se les había hecho presente. Pero él no creyó, alegando que tendría que ver y tocar las llagas de pies y manos.

Cuando Jesús se apareció de nuevo invitó a Tomás, el incrédulo, a acercarse y tocarle, para que se cerciorara de que era El en persona. Ya no hubo más dudas, y Tomás cayó rodillas en tierra exclamando: Señor mío y Dios mío.

Allí fue donde Jesús agregó estas palabras tan tremendas: ¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto (Juan 20,28-29).

18. EL ENVÍO

Unos cuarenta días permaneció todavía Jesús en la tierra, sin que podamos saber a ciencia cierta en qué empleaba su tiempo. Los apóstoles sólo lo vieron en contadas ocasiones, pues ya no andaba con ellos como antes, sino que se les aparecía cuando lo creía oportuno.

Llegado el tiempo señalado, Jesús convocó a sus discípulos al pie de un monte para despedirse de ellos. Ya antes les había anunciado que muy pronto recibirían una fuerza, el Espíritu Santo, que estaría con ellos y los ayudaría a cumplir la misión que El les encomendaría.

Fue allí, poco antes de partir, que les dijo claramente: Vayan por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará, pero el que no crea, se condenará (Marcos16,15-16).

Ellos se fueron a esperar al anunciado, al Paráclito, y se prepararon para recibirlo manteniéndose en oración. Esa es la forma que siempre ha empleado la comunidad cristiana para recibir las mejores gracias de lo alto. Así, aquella primera comunidad de apóstoles y discípulos iba a recibir la CONFIRMACIÓN de todo lo que Jesús les había enseñado, para que con la fuerza del Espíritu pudieran lanzarse a la aventura más grandiosa que haya podido imaginar la humanidad: LA CONQUISTA DEL REINO DE DIOS.

19. LA VENIDA DEL eSPÍRITU SANTO

Unos diez días después que Jesús ascendió al cielo delante de apóstoles y discípulos, estando un buen grupo reunido, quizás más de cien de ellos, sucedió lo que estaban aguardando con tanto deseo.

Se celebraba una de las grandes fiestas anuales de los judíos: Pentecostés. Y ese día, mientras oraban, los sorprendió la venida del Espíritu Santo que Jesús les había prometido.

Su presencia se dejó sentir por el ruido de un viento impetuoso y la aparición de unas como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos.

Lo que se produjo en los presentes fue algo indescriptible. Su reacción inmediata fue alabar a Dios y sentir un profundo deseo de salir a compartir la alegría y la paz que sentían con todos los que quisieran escucharles.

Por ser día de fiesta grande las calles estaban abarrotadas de gente venidas de muchas partes, todos judíos que habían venido a adorar a Dios.

Los apóstoles y discípulos hablaban en su lengua y los demás, muchos de ellos judíos venidos de países con otro idioma, los entendían todos en su propio lenguaje.

Aunque no todos se entusiasmaron de igual manera, luego de un fogoso discurso de Pedro varios miles se sintieron dispuestos a aceptar a Jesús como su Salvador y se bautizaron. Aquel día nacía la comunidad de la Iglesia.

Desde entonces, los que creen en Cristo y aceptan su doctrina son agregados, por el bautismo, al Pueblo de Dios que es la Iglesia, y en ella y con ella caminan gozosos, en medio de las tribulaciones y padecimientos de esta vida, conscientes de ser peregrinos que marchan hacia la verdadera Patria, la Casa del Padre, a impulsos del Espíritu Santo.

20. SEGUIR A CRISTO

Jesús lo dijo claramente: Les doy un mandamiento nuevo: Amense los unos a los otros. Como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros. Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que ustedes son discípulos míos (Juan 13,34-35).

En el amor a Dios y al prójimo se resume toda la Ley y los Profetas, como El mismo señaló.

Por eso vemos que el primer efecto de la venida del Espíritu fue la creación de una comunidad de hermanos, que todo lo compartían, y que oraban juntos, disfrutando de la Palabra de Dios y la Eucaristía, que era lo que Jesús mandó hacer cuando, antes de morir, reunidos con sus apóstoles para comer la cena de Pascua, tomó un pedazo de pan, diciendo que aquello era su cuerpo, y también una copa con vino diciendo que aquella era su sangre que había sido derramada para la salvación de todos.

Un seguidor de Cristo, un cristiano, es el que trata cada día de vivir de acuerdo a estas enseñanzas.

Nadie dice que ser cristiano sea fácil. Lo que nos presenta Jesús es un desafío a nuestra conciencia, tantas veces adormilada por los afanes del mundo y las tentaciones de la carne.

Por vivir en el mundo estamos recibiendo cada día influencias nefastas que nos impulsan a devolver mal por mal, a la venganza, al odio, a dejarnos llevar por los deseos lujuriosos que pugnan por dominarnos, a sacar partido de cualquier situación.

Como bien dice san Pablo, éstos son los frutos de la carne: fornicación, impureza, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades, discordias, rivalidad, ira, egoísmo, disensiones, cismas, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes. Los que hacen tales cosas - se lo repito, no heredarán el reino de Dios (Gálatas 5,19).

El cristiano es aquel que ha sido transformado en el bautismo para vivir una vida diferente, la del Espíritu, por la que somos familia de Dios y herederos con Cristo de una gloria eterna.

El cristiano se deja llevar por el Espíritu y recibe los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre, y dominio de sí mismo (Gálatas 5,22-23).

Vivir en cristiano supone, pues, que contamos con la fuerza del Espíritu más que con la nuestra. Eso significa que buscamos cada día, por medio de la oración y de los sacramentos, la gracia necesaria para amar a Dios y a los hermanos, para apartarnos de las tentaciones malignas y para trabajar por el mejoramiento del mundo.

21. LA IGLESIA

Jesús quiso que sus seguidores formáramos el nuevo Pueblo de Dios. Después de la venida del Espíritu Santo vimos que se formó una primera comunidad de creyentes en Jerusalén. Poco a poco el número de seguidores iría creciendo y extendiéndose a muchas partes, y en muchas ciudades y pueblos comenzaron a existir comunidades de cristianos.

Al principio fue bastante difícil mantener la fe, pues primero los judíos y luego los gobernantes romanos, que por esos tiempos dominaban gran parte del mundo conocido, trataron de evitar la propagación del cristianismo por medio de la persecución.

Fueron muchos miles los que cayeron víctimas del odio que suscitaba en los poderosos la nueva doctrina del Maestro galileo. Pero Jesús había dicho: Sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de este mundo (Mateo 28,20).

Esto se lo dijo a sus apóstoles, que fueron como la primera célula de esa Iglesia, y les prometió: Las fuerzas del infierno no prevalecerán contra ella (Mateo 16,18).

Desde entonces esa Iglesia, que la constituimos todos los bautizados que tratamos de seguir a Cristo, ha sufrido por los de afuera y por los de adentro.

Desde afuera la persiguen, la calumnian y tratan de silenciarla. Desde dentro porque los mismos cristianos, papas, cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas y laicos, hemos cometido muchos errores y pecados que han impedido que Ella cumpla mejor su misión.

Pero no nos queda la menor duda de que, a pesar de todo, seguimos siendo la Iglesia de Jesús, pues ni nosotros mismos hemos podido destruirla.

Ella está llamada a dar testimonio y seguir luz para todos los pueblos, anunciando la Buena Noticias del amor de Dios por sus hijos, todos los seres humanos sin excepción, y su deseo universal de salvación.

A ella se le ha confiado ser la depositaria de la Verdad, que debe defender y enseñar. A ella se le ha confiado la santificación de todos por medio de la administración de los medios de gracia a través de los cuales Dios actúa y que llamamos los sacramentos.

Pertenecer a ella no significa, simplemente, estar bautizados. Se necesita participar en su vida litúrgica, asistiendo cada domingo a la Asamblea oficial que llamamos Misa, y manteniendo nuestra unión con Dios por medio de la oración y la práctica de los sacramentos.

Esto nos permite conseguir la fuerza para cumplir los mandamientos de Dios y poner en práctica las enseñanzas de Jesús.

22. LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA

Dios no tiene acepción de personas. Por eso en la Iglesia no puede haber privilegiados. Todos tenemos el mismo valor ante Dios.

Pero, como nos enseña san Pablo, cada uno de nosotros ha recibido del Espíritu Santo una serie de dones o carismas que nos capacitan para servir mejor a Dios y al prójimo.

Estos carismas son muy diversos. Por eso en la Iglesia hay quienes están para enseñar, para administrar los sacramentos, para ser líderes, mientras otros deberán llevar el Evangelio en primer lugar a su propia familia y luego allá donde ejercitan su profesión, trabajo u oficio.

En general se dividen los miembros de la Iglesia en el clero y el laicado. Los primeros son todos aquellos que han recibido el sacramento del Orden Sagrado en alguno de sus niveles: episcopado, presbiterado y diaconado.

Los segundos los constituyen todos los demás. De entre éstos los hay que se han comprometido de manera especial, por medio de unos votos o promesas: son las religiosas, a quienes llamamos también monjas, y los religiosos, que pertenecen a alguna orden o congregación de hombres. No a todos los religiosos varones se les llama monjes, sino sólo a los que se dedican a una vida de contemplación y trabajo en silencio. La mayor parte de los religiosos forman parte del clero por ser sacerdotes.

Si bien los miembros del clero son los llamados a presidir las ceremonias litúrgicas, a predicar, y a enseñar, no por ello tienen mayor valor ante Dios. Cada hijo de Dios tiene una dignidad y ha recibido sus propios dones para ponerlos al servicio de los demás.

Y si tratamos con mucho respeto a los obispos, sacerdotes y diáconos, no es porque sean mejores, sino porque representan a Cristo en medio nuestro. Ellos tienen una grave responsabilidad de la que tendrán que dar cuenta a Dios.

Al frente de la Iglesia se encuentra el Sumo Pontífice, a quien llamamos Papa, que es una forma de decir padre. Su título es: obispo de Roma, pero, por ser el sucesor de san Pedro, quien fue el primer obispo de la capital del otrora poderoso Imperio, se le considera el Vicario de Cristo, y tiene precedencia sobre todos los demás obispos.

El tiene la grave obligación de mantener, junto a los otros obispos, la unión de la Iglesia y de conservar el tesoro de la Revelación y de la Tradición, afirmando o negando aquello que debemos creer o negar.

Fue a Pedro a quien Jesús dijo: Yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo (Mateo 16,18-19).

23.LOS SACRAMENTOS

Jesús nos dejó diversos medios para que pudiéramos recibir las gracias que necesitamos en nuestra vida de hijos de Dios. Estos son los que llamamos sacramentos. Para conocerlos mejor hay que estudiarlos más detenidamente. Aquí pongo un resumen de lo que ellos son y significan para los cristianos católicos.

Son siete: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia o Reconciliación, Orden Sagrado, Matrimonio y Unción de los Enfermos.

El BAUTISMO hay que recibirlo el primero, pues es como nacer de nuevo a la vida de los hijos de Dios. Mientras no estemos bautizados no podemos recibir ningún otro.

Por medio del bautismo somos transformados por la fuerza del Espíritu Santo para vivir la vida nueva que nos hace hijos adoptivos de Dios.

Jesús dijo a un fariseo llamado Nicodemo: Yo te aseguro que nadie puede entrar en el reino de Dios, si no nace del agua y del Espíritu (Juan 3,5).

Esa vida nueva tiene que seguir creciendo con la fuerza del Espíritu, la que nos permite dar testimonio cristiano, según la promesa del propio Jesús: Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra (Hechos 1,8).

Esto se realiza por medio del sacramento de la CONFIRMACIÓN. Actualmente este sacramento se recibe, de ordinario, cuando se ha llegado a una edad conveniente, para así poder apreciar su significado y llegar a un compromiso serio en el seguimiento del Señor.

La EUCARISTÍA es uno de los sacramentos más importantes, pues Jesús nos lo dejó como un medio para que pudiéramos estar siempre bien alimentados en el espíritu.

En un discurso que dejó confusos a muchos, Jesús anunció algo inaudito: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo (Juan 6,51).

Esto lo hizo realidad en vísperas de su pasión y muerte cuando, comiendo con sus discípulos la Cena Pascual, tomó un pedazo de pan y dijo: Tomen y coman; esto es mi cuerpo. Y al final de la cena, teniendo en sus manos una copa con vino dijo: Beban todos de ella, porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados (Mateo 26,26-28).

Desde el primer momento los apóstoles entendieron perfectamente el sentido de las palabras de Jesús, del tal modo que cumpliendo su mandato de hagan esto en memoria mía (Lucas 22,19), después de la ascención de su Maestro comenzaron a celebrar la Eucaristía, palabra que significa acción de gracias, seguros de que ese pan y ese vino eran ya el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Esto es lo mismo que hacemos nosotros cada día, pero sobre todo el domingo, día del Señor, en que nos reunimos en Asamblea oficial para adorar y alabar a Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.

Comulgar es entrar en comunión con Jesús y con los hermanos. Pero para comulgar necesitamos estar preparados espiritualmente, en estado de gracia, es decir, sin pecado, pues como dice san Pablo, quien coma el pan o beba el caliz del Señor indignamente, se hace culpable de profanar el cuerpo del Señor (1a. Corintios 11,27).

Pero Dios tiene también el remedio. El nos conoce muy bien y sabe de nuestra fuerte inclinación al pecado. Por eso nos dejó el sacramento del perdón, que llamamos PENITENCIA o RECONCILIACIÓN.

Este sacramento es el único que, junto al Bautismo, puede recibirse en estado de pecado. Cuando confesamos nuestros pecados los estamos reconociendo humildemente ante el Señor, que por medio del ministro nos da la absolución.

Este regalo se lo dejo Jesús a la Iglesia cuando dijo a sus apóstoles, después de la resurrección: Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá (Juan 20,22-23).

El perdón de los pecados no depende de la santidad del ministro, que es también un pecador, sino del amor de nuestro Padre, que es misericordioso, y de nuestro sincero arrepentimiento. La absolución sacramental es un signo externo que, como el de los otros sacramentos, representa la acción salvífica de Dios al limpiar nuestras culpas.

Hay dos sacramentos que están dirigidos al bien espiritual de toda la comunidad y a la santificación de las parejas y de las familias: el ORDEN SAGRADO y el MATRIMONIO.

El Matrimonio es la unión de un hombre y una mujer que, por haber sido bautizados, por tanto, elevados a una vida superior de comunicación con Dios su Padre, santifican tambien su amor y lo viven de acuerdo al plan divino.

Este sacramento da a los esposos las gracias necesarias para que su amor se mantenga firme y creciente, como también para que puedan cumplir sus deberes con relación a la procreación y educación de sus hijos.

El Orden Sagrado da a los que han sido llamados por Dios a una especial vocación de servicio, a consagrar su vida al culto divino, la predicación, la administración de los sacramentos y la ayuda a todos los necesitados de su cuidado pastoral.

Este sacramento tiene tres niveles: el EPISCOPADO, que lo reciben aquellos que, después de ordenados sacerdotes, son promovidos a la alta dignidad de sucesores de los apóstoles, y tienen a su cargo una comunidad diocesana, o ayudan al obispo de la diócesis en sus tareas. Los obispos son nombrados directamente por el Papa, con ayuda de las Conferencias de obispos de cada país.

Aparte del gobierno de las diócesis los obispos son los ministros ordinarios de los sacramentos de la Confirmación y el Orden Sagrado. Sólo los obispos pueden ordenar a otros obispos, a los presbíteros y a los diáconos.

El PRESBITERADO es recibido por aquellos que dedicarán sus vidas al ministerio pastoral, sea en parroquias o en otras labores de evangelización, instrucción y santificación de los fieles.

Son llamados también sacerdotes, pues su principal función es presidir la Eucaristía, en representación de Cristo, el único y verdadero Sacerdote.

Sus funciones son muy variadas, pues acompañan al cristiano desde el nacimiento hasta la tumba. En el Bautismo lo hacen nacer a la vida de hijos de Dios. En la Penitencia o confesión aconsejan, alientan y perdonan al pecador en nombre del Señor. Presiden la Eucaristía, repartiendo el doble pan de la Palabra y del Cuerpo de Cristo. Acompaña a los esposos en el momento trascendental en que unen sus vidas en el sacramento matrimonial, fungiendo como testigo cualificado de la Iglesia. Asiste a los enfermos en sus momentos angustiosos, llevándoles el consuelo de la Palabra de Dios y los sacramentos de la Iglesia, sobre todo el de la Unción. Prepara a los moribundos al paso de esta vida al Padre. Ora por los vivos y los difuntos cuando, en nombre de la Iglesia, ofrece el rezo diario del Oficio Divino.

El DIACONADO fue instituido por inspiración del Espíritu Santo para ayudar a los apóstoles con las labores de caridad y asistencia a los necesitados. Luego tambien asumieron los diáconos funciones litúrgicas.

Hoy distinguimos entre los diáconos temporales, que son aquellos que luego serán ordenados sacerdotes, y los diáconos permanentes, quienes, sin abandonar su familia ni su profesión u oficio, dedican parte de su tiempo a labores pastorales y sacramentales.

El diácono puede bautizar, predicar, asistir al sacerdote en la Eucaristía, participar como testigos cualificados de la Iglesia en el sacramento matrimonial, presidir los funerales, y trabajar en cualquier otra labor que le sea asignada por el párroco en la parroquia a la que ha sido designado.

Todavía pueden contar los cristianos con otro sacramento cuando se encuentran con su salud seriamente quebrantada: la UNCIÓN DE LOS ENFERMOS.

Hay que recalcar que éste no es un sacramento para moribundos, sino para cualquiera que esté pasando por una enfermedad que se considere seria, o haya llegado a una edad avanzada que requiera de especial ayuda espiritual. Atrasar la recepción del sacramento para cuando la persona esté prácticamente incapacitada o en estado de coma es un grave error, pues se estará perdiendo los principales efectos del mismo.

El apóstol Santiago dice: Si alguno de ustedes cae enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y lo unjan con óleo en nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo; el Señor lo restablecerá, y le serán perdonados los pecados que hubiera cometido (5,14-15).

Si bien los moribundos pueden recibir también este sacramento, lo normal es que se llame al sacerdote inmediatamente se sabe que uno tiene una enfermedad seria. Muchos son los que, después de recibir este sacramento, se han recuperado completamente, pues eso es lo que primordialmente se pide durante su celebración.

Todos los sacramentos son para el bien de los que los reciben con conciencia limpia y recta intención. Todos son vehículos de gracia y nos ayudan a acercarnos a Dios y cumplir nuestra misión como hijos de Dios y discípulos de Jesucristo.

24. LOS MANDAMIENTOS

La Biblia nos dice en el libro del Exodo que Dios dio a Moisés, un gran caudillo del pueblo de Israel, las "tablas de la Ley" con los diez mandamientos.

Estos son sencillas reglas destinadas a regir la conducta de los que quieran ordenar sus vidas según el plan divino.

Estos mandamientos no van dirigidos a fastidiarnos la existencia, sino, por el contrario, a ayudarnos a encontrar el camino correcto que nos conduce a la verdadera felicidad.

Estos mandamientos pueden dividirse en dos: los tres primeros estarían destinados a regular nuestra conducta hacia Dios y los otros siete hacia nuestros prójimos.

Si todos los seres humanos cumplieran estos pocos mandamientos podríamos estar seguros de que todo sería diferente. Pero, desde el principio, los humanos hemos demostrado poco interés y deseo en hacer caso a Dios, creyendo insensatamente que así somos más libres y más felices.

Alguien decía que algo es pecado porque es malo y no porque Dios lo prohiba. Es decir, que puesto en sentido contrario, tendríamos que afirmar que si Dios prohibe algo es porque es dañino.

Veamos cada uno de estos mandamientos:

1). AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS

Este es un precepto que busca poner a Dios en el lugar que le corresponde como Creador y Dueño, al mismo tiempo que Padre. Dios tuvo necesidad de recordárnoslo, pues es muy común que sólo le prestemos atención cuando tenemos alguna necesidad, y fácilmente vivimos dándole las espaldas. No deberíamos olvidar nunca que cuando nos acercamos a Dios y lo amamos de veras, no es El quien se beneficia, sino nosotros. El nos ama sin esperar nada a cambio, pues en realidad nada podemos darle, como no sea nuestro amor.

2). NO TOMAR EL NOMBRE DE DIOS EN VANO

El nombre de Dios es sagrado. No podemos usarlo de cualquier manera, ni menos para jurar o menos aún para blasfemar. Un buen hijo nunca habla mal de un Padre que tanto lo ama. Los judíos ni siquiera pronunciaban el nombre de Dios. Los cristianos lo usamos, pero siempre con respeto y cariño.

3). SANTIFICAR LAS FIESTAS

En el Antiguo Testamento el sábado era el día de la semana en el que se descansaba, honrando con ello al Creador. Luego se agregó la obligación de asistir a una reunión en la que se escuchaba la Palabra de Dios y se oraba y alababa al Señor. Los cristianos sintieron, desde el principio, que el día dedicado a honrar a Dios tenía que ser el "primero de la semana", que es el que hoy llamamos domingo, que significa día del Señor.

La reunión oficial de este día es lo que llamamos la Eucaristía o Santa Misa.

4). HONRAR PADRE Y MADRE

No debería ser motivo de obligación el amar, obedecer y ayudar a aquellos que no sólo nos dieron el ser, humanamente hablando, sino que amorosamente nos cuidaron y ayudaron a ser lo que somos. Pero para que no lo olvidemos ni lo consideremos algo sin importancia, Dios quiso hacer de ello uno de sus mandatos.

5). NO MATAR.

El crimen entró en el mundo demasiado pronto. La Biblia nos dice que de los primeros hijos de la primera pareja humana, uno fue el asesino de su hermano. Desde entonces ha corrido demasiada sangre entre los hombres, provocada por el odio, la ambición, la pasión, los celos y toda clase de deseos perniciosos.

Suprimir la vida de un semejante es algo dañino, pues rompe el equilibrio y la armonía que deben existir para que haya paz. El que mata es un asesino, alguien que ha puesto su corazón lejos de Dios. Hasta la vida de quien se prepara en el seno de la madre para nacer es sagrada y debe ser respetada.

Pero no sólo matar. Tenemos que respetar la integridad física de los demás. Estamos llamados a hacer siempre el bien y nunca el mal a nuestros semejantes.

6). NO COMETER ACCIONES IMPURAS.

Dios ha permitido que en el cuerpo sintamos, ordinariamente, la atracción por el cuerpo de un semejante del sexo opuesto. Pero esto no significa que debamos dejarnos llevar por los impulsos que sentimos, pues somos responsables de moderarlos y encauzarlos.

No somos animales, que proceden por instinto. El ser humano tiene una voluntad por la cual puede decidir. Y aunque los impulsos carnales son muy fuertes, es posible controlarlos.

El ideal es que la atracción sexual sea canalizada hacia lo que es su verdadero fin: la unión del hombre y la mujer dentro del marco de un amor comprometido, en lo que llamamos el matrimonio.

Sabemos que no nos es fácil llevar a la práctica esos ideales, por lo que muchas veces los olvidamos o procedemos en su contra, pero tenemos que seguir tratando. Ese esfuerzo es el que demuestra nuestro deseo de obedecer a Dios y servirlo. El nos dará siempre el perdón cuando lo busquemos arrepentidos. Y El nos ayudará a superar las tentaciones, hasta lograr el dominio de nosotros mismos.

7). NO ROBAR.

El respeto al derecho ajeno es el principio de la armonía y la paz entre los seres humanos. Cada persona tiene sus propios derechos, por lo que los míos terminan donde empiezan los del vecino.

Pero ha sido una constante en la historia humana las frecuentes transgresiones a los derechos de los demás. Los que son más fuertes casi siempre han abusado de los débiles.

Esto ha provocado guerras y enfrentamientos, amén de crímenes sin cuento y horrores de todos los tipos.

Robar es apropiarse de algo a lo que no tenemos derecho. Cuando lo hacemos, a no ser que sea porque no tenemos nada para comer, y entonces mi derecho a la vida está por encima del derecho del otro a poseer, cometemos pecado.

El no robar tiene que ver con la justicia, que nos obliga a dar a cada uno lo que le corresponde. Roba el que paga menos a sus obreros. Roba el obrero que no trabaja lo suficiente. Roba el profesional que admite tratos sucios o cobra elevadas sumas a sus clientes o pacientes abusando de la necesidad que tienen en un momento determinado. Roba el político que entra en malos manejos. Todo el mundo puede robar en un momento determinado.

Eso nos dice que no todos los robos son a mano armada ni teniendo que entrar a una tienda, negocio o casa ajena. Hay muchas formas de robar. Y el que quiera cumplir la voluntad de Dios debe apartarse de este abuso, pues con ello estamos poniéndonos al margen de su amor.

8). NO LEVANTAR FALSO TESTIMONIO NI MENTIR.

Todos buscamos excusas para decir mentiras, y las hay que no causan daño a nadie, y son más bien para ocultar algo que no queremos que se sepa. Pero una mentira puede causar también grave daño al prójimo, sobre todo si decimos cosas falsas de otras personas. Esto es como lanzar una chispa en medio de un campo seco. El incendio que provoca puede ser devastador.

El ideal es que nunca digamos nada contrario a la verdad. Pero al menos debemos procurar que las mentiras no causen daño a nadie, respetando la fama ajena, y haciendo de nuestro lenguaje algo diáfano, que permita a los otros confiar en que lo que decimos es digno de ser tenido en cuenta.

9). NO CODICIAR LA MUJER DE TU PRÓJIMO.

Esta formulación está en concordancia con la mentalidad machista de la gente desde tiempos antiguos. Pero en modo alguno significa que este mandamiento esté dirigido sólo a los hombres. También la mujer tiene que respetar al esposo de su prójima.

El adulterio es un grave pecado contra la justicia, que ha traído serias consecuencias. Cristo afirma: Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que todo el que mira con malos deseos a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en su corazón (Mateo 5,28).

No son pocos los crímenes cometidos por quienes se han sentido traicionados, aparte de que una gran cantidad de matrimonios se han visto arruinados por este pecado.

Por eso nadie debe ir al matrimonio si no está seguro de lo que siente por el otro y de lo que el otro siente por uno. Cuando una pareja se junta sin amor, el adulterio será siempre una tentación. Cuando hay descuidos en el trato, o abusos de uno para con otro, también el adulterio se abre como una posibilidad de desahogo. Y esto es muy grave, pues rompe el equilibrio que debe existir entre los cónyuges.

Las promesas que se dan los esposos cristianos son muy claras al respecto: Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.

10). NO CODICIAR LOS BIENES AJENOS

No debe confundirse la codicia con el legítimo deseo de superación que pueda tener una persona.

La codicia supone un deseo ilegítimo, pues admite la posibilidad de quitar al otro lo que tiene, hasta a la fuerza si fuese necesario.

La codicia es parienta de la envidia. El codicioso es un malvado dispuesto a todo con tal de conseguir salirse con la suya.

Cuando vemos que alguien tiene algo que es bello o práctico, nos dan ganas de tenerlo nosotros también. Esto no es nada malo, siempre que busquemos las maneras lícitas para obtenerlo. Lo malo es cuando lo pensamos obtener de cualquier modo. Algunos por la codicia llegan hasta a matar. Por la codicia se han cometido muchos crímenes y hasta han existido muchas guerras. El saldo de la codicia ha sido trágico para la humanidad, por lo que hacemos muy bien cuando ponemos atención a este mandato del Señor.

25. LA CONVERSIÓN

Hasta aquí has estado leyendo sobre el cristianismo y lo que se necesita para ser buen cristiano. Ahora te toca tomar tus propias decisiones.

Sólo tú, y nadie más, puede abrir tu corazón y decir que sí al Señor. Nadie nace católico. Ni siquiera el bautismo recibido en la niñez puede asegurar que uno será cristiano. La decisión siempre quedará como algo personal que cada uno tiene que tomar en algún momento de la vida.

Puede que lo leído hasta ahora no te haya convencido y necesites mayor información para lograr dar un paso en este sentido. Quizás nada de lo que se te diga o leas logre convencerte. Eso ya queda entre tu conciencia y Dios. Si eres sincero y tu decisión se hace con toda honestidad, sólo Dios será tu juez y nadie tendrá derecho a criticarte.

Si por el contrario estas páginas te han ayudado a encontrar el camino que conduce al descubrimiento de Dios y de la eterna felicidad que El nos ofrece, te invito a que des el paso decisivo y te entregues de lleno al amor de tu Padre, siendo un miembro activo y consciente de la Iglesia Católica.

Si no estás bautizado, necesitarás ponerte en contacto con tu parroquia, a fin de que seas preparado para recibir los sacramentos de la iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Si estás bautizado, pero no has recibido ningún otro sacramento, también en tu parroquia te ayudarán a prepararte a recibir los que ahora necesitas.

Pero, ¿qué significa en realidad la conversión?

Un cambio total en tus maneras de pensar y de existir, pues, de ahora en adelante, si de verdad has aceptado a Jesús como tu salvador, tendrás que guiarte por sus enseñanzas y pensar de acuerdo a sus criterios.

A los comienzos los primeros cristianos fueron todos judíos, a quienes les fue relativamente fácil entender lo que Jesús enseñaba, pues ya conocían al verdadero Dios y contaban con el Antiguo Testamento, teniendo, por tanto, los mismos mandamientos.

Por supuesto que un judío que se convertía al cristianismo tenía que hacer cambios, pero los mismos no eran tan radicales como los que debían hacer los convertidos de la gentilidad o paganismo.

Para éstos las cosas eran muy diferentes, pues en la mayoría de los casos creían en muchos dioses, y su vida estaba guiada por muchísimas supersticiones y falsas creencias, algunas de las cuales siguen fascinando todavía hoy a mucha gente.

Estos nuevos cristianos tuvieron que hacer un cambio radical, ya que, además de abjurar y rechazar de todos esos falsos dioses en los que creían, tuvieron que aceptar una moral exigente, a la que en nada estaban acostumbrados.

La inmoralidad en las costumbres era cosa común entre los paganos, como lo recuerda Pablo en su carta a los Romanos (Ver capítulo 1, versículos 18 al 32).

No es diferente la situación de aquel que se convierte hoy a Jesús, pues por todas partes parece imperar un sentimiento de amoralidad, como si todo fuese bueno y permitido.

Por otro lado, también hoy, pese al tiempo transcurrido, el ser humano, cuando no conoce al verdadero Dios, se aferra a toda clase de supersticiones y aberraciones que parecen estar bastante de moda en algunos ambientes.

El que se convierte al cristianismo tiene que dejar atrás todas esas supercherías y creer sólo en lo que Jesús nos enseñó, verdades que están contenidas en las Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia.

Pero, no tengas miedo. Toda la Iglesia ora para que tu conversión sea algo definitivo y puedas adentrarte con gozo en una vida de servicio a Dios y al prójimo, para que la voluntad de Dios sea tu guia y puedas un día, con todos los santos, pasar a la gloria que nos aguarda en el Reino del Padre.

26. SOMOS PEREGRINOS

¿Para qué estamos en la vida?

Después de haber leído las páginas precedentes podemos llegar a la conclusión de que una sola cosa es importante: alcanzar la vida eterna en el Reino de Dios. Lo demás es secundario.

Así lo expresó el propio Jesús, cuando dijo: - ¿De qué vale a uno ganar todo el mundo si al final se pierde? (Mateo 16,26 ).

La mayor parte de la humanidad no parece estar consciente de eso. Y vemos, como también afirma el Divino Maestro, que son muchos los que han escogido el cámino fácil que conduce a la perdición ( Ver Mateo 7,14-14).

Pero nosotros debemos estar claros, pues lo que está en juego es nuestro futuro.

La gente se esfuerza por conseguir una profesión u oficio que le permita asegurar el futuro. Vemos que, desde pequeños, se nos exige ir a la escuela y gastar varios años en preparar el futuro. Hasta los inversionistas saben que primero tienen que arriesgar una cantidad si quiere luego tener un éxito futuro.

Pero ¿qué futuro es el que estamos preparando?

La mayoría lo único que se preocupan es por el futuro inmediato, ese que ha de llegar en muy pocos años y que ha de durar, en el mejor de los casos, solamente unas cuantas décadas. Aunque ese futuro también debe ser preparado como parte de nuestra misión en la vida presente, es insensato que nos olvidemos del verdadero futuro, el que ha de durar para siempre, pues seguiremos viviendo mas allá de nuestra estancia en la tierra.

San Pablo compara el esfuerzo que debemos hacer aquí con los que hacen los atletas en un estadio. Así dice él: Los atletas se abstienen de todo con el fin de obtener una corona corruptible, mientras que nosotros aspiramos a una incorruptible (1a Corintios 9,25).

Vale la pena, pues, el esfuerzo. Lo que nos aguarda es un lugar en la Casa de nuestro Padre. No vayamos a perder ese tesoro maravilloso por recibir aquí recompensas que no pueden, en modo alguno, llenar nuestro corazón.

Quiera el Señor que tú y yo, amable lector o lectora, nos encontremos un día muy felices allá junto a El.

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