AB PADRE BAZAN

SABOREANDO LA PALABRA:

LA ORACIÓN

1.

"Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas; a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa" (Mateo 6,5).

Orar no puede ser, en modo alguno, algo que se hace para brillar o para quedar bien con la gente. La única oración posible es la que se hace con un corazón sincero.

Orar, lo sabemos, es entrar en comunicación íntima con Dios, por lo que no puede haber otra intención sino la de acercarnos a El y recibir de El todos su beneficios.

Si uno fuese a la iglesia con la intención de ser visto estaría cometiendo una gran tontería, por cuanto su visita allí no tendría ningún valor. ¿A quién va a engañar? Sólo se engañaría a sí mismo. Eso es lo que llamaríamos exhibicionismo del peor.

Es verdad que hay quienes padecen de lo contrario: se esconden para que no los vean orando.

Ni una cosa ni la otra. Todo lo que hacemos tiene que estar determinado por una completa sinceridad, una convicción, pues lo otro es teatro, payasería, que no conduce a nada.

No es que para orar tengamos que buscar, necesariamente, un lugar oculto, sino meternos dentro de nosotros mismos, en ese templo interior que es nuestra alma, para así comunicarnos con nuestro Padre, que sabemos está atento a lo que nuestro corazón siente por El.

No se trata simplemente de exponerle necesidades, aunque esto también podemos hacerlo, sino de un estar frente a El, cerca de El, como están los amigos o los enamorados, pues se trata de amistad y de amor.

Aquel que sólo va a la oración cuando tiene una necesidad, lo hace en forma egoísta y utilitaria. Esa es la manera de los paganos.

Los verdaderos hijos de Dios acuden a El constantemente, sin alharacas ni ganas de llamar la atención, pero sin esconderse tampoco, pues cuando actuamos con sinceridad no tenemos por qué avergonzarnos.

Acudamos, pues, a la fuente de gracia que es Dios, solos o acompañados, pero llenos del deseo de agradarlo. Que nunca saldremos defraudados cuando acudimos a Aquel que está siempre dispuesto a regalarnos lo mejor de Sí mismo.

2.

"Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mateo 6,6).

Cuando Jesús habla aquí de habitación no está refiriéndose, necesariamente, a aquella que tenemos en nuestra casa, aunque es también recomendable que busquemos un lugar adecuado cuando queramos orar.

Lo importante es lograr ese silencio interior que nos permite la comunicación con Dios, y esto, con un poco de esfuerzo, podríamos conseguirlo hasta en medio del bullicio y del ruido. Claro que la concentración encuentra un auxilio poderoso si disponemos de un lugar en el que reine la paz.

Hoy en día esto es cada vez más difícil, por cuanto en casi todos los hogares hay un sinnúmero de artefactos que producen ruido, llámense televisión, radio, cassettes o discos compactos. Todo conspira para entretenernos y apartarnos de ese silencio interior que debe existir cuando queremos desarrollar nuestra vida espiritual y unión con Dios.

Es importante subrayar que la oración no es un simple hablarle a Dios. Esto es, precisamente, lo que suelen hacer los paganos, pues lo de ellos es que sus "dioses" los escuchen y les resuelvan los problemas que les plantean.

El que ha conocido al verdadero y único Dios sabe que cuando nos comunicamos con El se entabla un diálogo amoroso, en el que Dios toma también parte, aún cuando no podamos escuchar ningún sonido apreciable por los sentidos.

Esto se consigue en ese trato continuo con el Señor y que, desde luego, no podrá lograr aquel que sólo se dirige a El en momentos de necesidad real o aparente.

Poco a poco, cuando dedicamos tiempo a la oración, dejando que el corazón se llene de amor y se dirija al Creador en alabanza, acción de gracias y súplicas, dejando que el Espíritu tome su parte e inspire y dirija nuestros anhelos interiores, iremos experimentando ese diálogo, que se manifiesta por medios misteriosos e inexplicables.

Vayamos pues ante el trono de gracia. Apartémonos del mundanal ruido y dejémonos llevar por los deseos de unión con Dios. El completará lo que a nosotros nos falte.

3.

"Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan" (Mateo 6,7 -8).

Los maestros de la vida espiritual, desde antiguo, nos amonestan sobre el modo de nuestra oración, siguiendo esta lección del Divino Maestro.

¿Cuál es la mejor oración? La mayoría concuerda en que lo importante no son las palabras, sino esa especial conexión con Dios, esa íntima relación de amor que nos hace vivir en su presencia desde lo más profundo de nuestro ser.

De ahí que, si bien no se niegue la importancia a la oración vocal, ni tampoco a las peticiones que hacemos, se ponga el máximo énfasis en la concentración interior que permite a nuestra alma estar abierta a la manifestación del Espíritu.

Entonces lograremos que sea el Espíritu el que ore en nosotros, como dice Pablo: "Y asimismo, también el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables, y el que escudriña los corazones conoce cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede por los santos según Dios" (Romanos 8,26-27).

Es así, pues, como debemos orar, dejándonos llevar por las mociones del Espíritu, sin andar contando las palabras ni creer que son éstas las que nos consiguen las gracias del Altísimo. El sabe muy bien lo que necesitamos, y si le pedimos, como dice san Agustín, no es para que El se entere, sino para que nosotros reconozcamos la necesidad que de El tenemos.

Orar, pues, no es asunto de palabras. Eso es cosa de paganos. El cristiano ora más bien con el corazón. Y si bien necesitamos de las palabras, sobre todo cuando nos reunimos para orar en común o participar de la Liturgia, en privado debemos saber apreciar el don del silencio, permitiendo que Dios hable a nuestra alma, pues si hablamos todo el tiempo , puede que nos estemos cerrando a las manifestaciones del Espíritu, perdiendo así los mejores regalos que el Señor quiera concedernos mientras nos mantenemos en comunión con El.

4.

"Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal" (Mateo 6,9-13).

A petición de sus apóstoles Jesús les da como un modelo para dirigirse a Dios.

Lo primero es que deben hacerlo con confianza y familiaridad, pues se trata de nuestro Padre, alguien cercano a quien podemos decir "Papá".

Así dirá después Pablo: "No han recibido ustedes el espíritu de siervos para recaer en el temor, antes han recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos ¡Abbá! ¡Papá!" (Romanos 8,15).

Algunos, equivocadamente, han supuesto que éste es un modelo que debemos repetir constantemente, de modo que no saben orar si no es repitiendo esta fórmula una y otra vez.

No es que no lo podamos hacer, pero se supone que la lección de Jesús es para que cada uno la aplique a su propia oración, empleando las propias palabras que salgan de su alma cuando se comunica con su Padre.

La Iglesia usa la fórmula de Jesús en cada Liturgia, pero una sola vez, para acentuar que en ella tenemos el modelo perfecto, pero que no impide que dejemos volar nuestra alma libremente cuando entramos en contacto con Dios.

Podríamos decir que el "Padrenuestro" contiene una enorme riqueza, pues toca los temas fundamentales que preocupan al ser humano, al mismo tiempo que destaca la primacía de Dios y el lugar que debe ocupar en la vida de sus hijos.

Sería necio que repitiéramos esta fórmula apresuradamente, sin pensar en lo que decimos. Cada vez que la recemos deberíamos hacerlo concentrando nuestra atención en cada palabra, pues cada una de ellas nos eleva y nos hace sentir más cerca de Aquel que, siendo nuestro Creador, ha querido acercarse a nosotros con un amor íntimamente tierno, dándonos la seguridad de que somos algo muy suyos, sus hijos, su familia.

5.

"Aconteció por aquellos días que salió El hacia la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando llegó el día llamó a sí a los discípulos y escogió a doce de ellos, a quienes dio el nombre de apóstoles" (Lucas 6,12-13).

Una constante en la vida de Jesús es su comunicación con el Padre por medio de la oración. Y es también parte de su misterio, pues no podremos entender nunca cómo su divinidad actuaba mientras duró su misión en la tierra.

Los evangelistas señalan, en varias ocasiones, esta actividad. Unas veces será en un lugar desierto, otras en la montaña o cerca del lago, pero en todas vemos a Jesús en profunda oración, a la que dedicaba largas horas de día o de noche.

No debemos olvidar que Jesús se comporta en todo como un ser humano, lo que nos demuestra que su forma de orar es un modelo para todos nosotros. Es el que han imitado, por cierto, una gran cantidad de cristianos, que dedican largas horas del día al contacto con Dios.

¿Cómo sería la oración de Jesús? Se hace difícil responder a esta cuestión, pues tendríamos que adentrarnos en esa enigmática personalidad del Hijo de Dios y del hombre para poderlo saber.

Pero si bien nadie sería capaz de orar como El, si es posible seguir su ejemplo en esa entrega personal a Dios y en ese esfuerzo de concentración y unión que ha sido la vida de tantos místicos y contemplativos a través de los tiempos.

Esa ha sido la forma utilizada primero por los ermitaños y luego por los monjes y monjas, que apartados del mundo han dedicado su tiempo al trabajo y la oración, como todavía hoy hacen miles de ellos en numerosos monasterios.

Incluso entre los no cristianos vemos serios esfuerzos por encontrar la unión con Dios, como sucede con monjes de diversas religiones que, por diversos caminos, se empeñan en adentrarse en la sublimidad del encuentro con Dios.

Podríamos decir que no todos somos capaces de una oración tan intensa, pero si bien no todos podemos ser místicos o contemplativos en el pleno sentido de la palabra, con todo la invitación de Jesús de una oración intensa y constante es para todos, sin excepción. Pues todos hemos sido llamados a unirnos a Dios con el corazón y con el alma.

6.

"Sucedió, pues, que cerca de ocho días después de dichas estas palabras, tomó consigo a Pedro, y a Santiago, y a Juan, y subió a un monte a orar. Y mientras estaba orando, apareció diversa la figura de su semblante, y su vestido se volvió blanco y refulgente" (Lucas 9,28-29).

Por esos días se estaba celebrando una de las tres fiestas principales del pueblo judío: la de los Tabernáculos o de las Tiendas, que recordaba los cuarenta años que el pueblo de Israel hubo de vivir en tiendas de campaña durante su travesía por el desierto.

Con esa ocasión invita Jesús a tres de sus discípulos a que lo acompañen, y con ellos sube al monte Tabor. No se nos dice que los invite a orar, sino sólo que El subió con esa intención.

Allí fue que se produjo la transfiguración, es decir, un cambio en la figura física de Jesús, debido a esa unión íntima con el Padre. Esto, por supuesto, fue algo asombroso para los tres discípulos, que nunca antes habían visto cosa igual.

De ahí que les entrase miedo, como señala Marcos al relatar este pasaje (9,6). Mateo y Lucas dirán que estaban aterrados, sobre todo después de escuchar la voz del Padre.

El contacto con la divinidad ha causado temor desde tiempos muy antiguos, tanto que se repite varias veces en el Antiguo Testamento la creencia popular de que quien viera a Dios moriría.

Esto hace que muchos no quieran adentrarse en ese mundo desconocido que es la oración y la relación íntima con Dios.

Para un cristiano, que ya ha conocido el gran amor que el Padre nos tiene, es un contrasentido sentir miedo ante la presencia divina. Por el contrario, hemos de pensar que siempre que estamos en unión con Dios experimentamos paz y consuelo, pues recibimos de El la fuerza para enfrentarnos al mal y soportar las tribulaciones y sufrimientos que son parte de esta vida.

Los discípulos aprendieron esa lección y luego disfrutaron del encuentro con Dios de tal modo que insisten en lo importante que es para todo creyente.

Que el miedo nunca sea un obstáculo para acercarnos a la oración. Con la fuerza que ella nos da venceremos todo temor y alcanzaremos la paz que sólo el Señor nos puede dar.

7.

"Un día Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos" (Lucas 11,1).

Ver a Jesús orando tenía que ser para sus discípulos algo que les produciría una especial emoción. Podemos imaginarnos la profunda entrega y concentración del Maestro en su comunicación con el Padre.

Esto ocurría muy a menudo, pues de seguro Jesús acudía diariamente a la oración y se mantendría orando por un largo espacio de tiempo.

Por eso un día se decidieron, posiblemente después de haber comentado entre ellos la sensación que les producía la oración de su Maestro, y acudieron a El para pedirle que les enseñara a orar.

Esto era algo lógico, pues en varias ocasiones Jesús les había dicho que El era su Maestro, el único del que podrían aprender todo lo relativo al Reino de Dios.

Orar, para alguien que no está acostumbrado a ello, puede resultar algo arduo y difícil. Más todavía en el mundo de hoy, tan lleno de distracciones, de aparatos produciendo sonidos o imágenes, y donde el silencio es tan poco apreciado.

En aquellos tiempos la gente se concentraba más fácilmente, pues no existía nada de eso, pero aún así, se requería de un asesoramiento para que la oración no fuera una simple recitación de palabras. Los apóstoles llegaron a ese convencimiento y no dudaron de que tenían junto a ellos a Aquel que mejor podría enseñarles.

Hoy no es diferente. Para aprender a orar tenemos que acudir a Jesús. El sigue siendo nuestro Maestro. En estos veinte siglos transcurridos han sido millones los cristianos que han elevado su espíritu en altos vuelos siguiendo el ejemplo de Jesús.

No hay que ser erudito, ni disponer siquiera de una iglesia o capilla donde poder recogerse. En cualquier parte Dios está atento a nuestro deseo de comunicación. Sólo necesitamos amar a Dios intensamente. Lo demás viene por sí solo.

La oración no es otra cosa que ese trato amoroso, como decía santa Teresa, con Aquel que sabemos que nos ama. Esa es la única condición para que nuestra oración sea conforme con la enseñanza de Jesús.

8.

"También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre" (Lucas 11,9-10).

Las palabras de Jesús son claramente afirmativas: aquel que pida, busque o llame será escuchado y recibirá aún lo que no espera de parte de Dios.

Muchas personas se quejan de que cuando ruegan a Dios no reciben lo que están pidiendo. Piensan, pues, que existe como una contradicción con lo que Jesús ha prometido.

Si analizamos un poco el contexto de estas palabras podemos ver que unos párrafos más adelante Lucas añade otras del Divino Maestro que pueden ser la clave para comprender su mensaje: "Pues si ustedes, aún siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?" (11,13).

El que ora con fe sabe de sobras que Dios conoce sus necesidades y confía en que su petición será respondida de la mejor manera posible. Esto significa que el creyente está seguro de que el Padre conoce muy bien lo que es mejor, y le dará, precisamente, lo mejor.

Es como el niño que pide a su padre algo que no le conviene. ¿Se lo dará el padre? Por supuesto que no. Más bien buscará el darle aquello que es lo mejor para él.

Si eso hacemos nosotros, ¿qué hará nuestro Padre del cielo?

Esto lo han experimentado aquellos que acuden a Dios con espíritu filial, y no como egoístas que sólo se acuerdan de que El existe cuando tienen alguna necesidad material, y lo hacen hasta con el chantaje de asegurar que, si no son escuchados, dejarán de creer en ese Dios que no los oye.

El que busca a Dios sinceramente sabe de las muchas veces en que creía que la solución de sus problemas estaba en lo que él buenamente pensaba, para descubrir luego que la respuesta de Dios superó todas sus expectativas y resultó ser mucho mejor que lo que estaba pidiendo.

Quien quiera saber cómo Dios actúa, que pida, llame, toque con insistencia, consciente de que la respuesta, quizás, no será como se la imagina, pero confiado en que lo mejor, y no otra cosa, será lo que recibirá de su Padre.

9.

"Cuando se pongan en pie para orar, si tienen alguna cosa contra alguien, perdónenlo primero, para que su Padre, que está en los cielos, los perdone a ustedes de sus pecados" (Marcos 11,25).

Una condición indispensable para orar conforme al espíritu de Jesús es estar libre de odio, rencores o deseos de venganza. Esto es fundamental en la oración de un cristiano.

Y esto lo impone nuestra propia condición de pecadores, pues antes de presentarnos ante Dios hemos de limpiar nuestras conciencias pidiendo que El perdone cualquier ofensa que tengamos pendiente.

Unicamente así podríamos presentarnos al que nos ha dicho: "Sean santos, porque Yo, el Señor, su Dios, soy santo" (Levítico 19,2). La santidad, llamada también justicia en las Escrituras, es esencial para acudir a la oración.

¿Significa esto que un pecador no puede acudir a Dios?

Desde luego que sí, pero a condición de que primero se purifique con el arrepentimiento sincero. Esa es la razón por la que comenzamos siempre la Eucaristía con un acto penitencial que nos haga capaces de participar eficazmente en ella.

El que vaya a la oración sin antes buscar esa purificación estaría demostrando que su intención no es sincera, pues sólo buscaría al verdadero Dios como el que pide ayuda a los falsos dioses del paganismo.

Lo dijo también Jesús de otra manera: "Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda" (Mateo 5,23-24).

No fue otra la intención del Divino Maestro cuando enseñó a orar a sus discípulos e incluyó, en el Padre Nuestro, esa cláusula que nos compromete al perdón para ser perdonados.

Con odio en el corazón no podemos acercarnos a Quien nos ha enseñado que sólo el amor es capaz de transformar al mundo. Si alguien nos cae mal, pase, pero sin que tengamos para esa persona ningún mal deseo sino todo lo contrario, pues sólo así nos haremos dignos de entrar en el recinto sagrado en el que Dios habita. Allí sólo reina el amor, y nada manchado podría penetrar en él.

10.

"Les dijo una parábola para mostrar que es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer, diciendo: Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres" (Lucas 18,1).

Como sabemos, Jesús se valía de parábolas para enseñar a la gente, y en esta ocasión que nos narra Lucas se trataba de convencer sobre la necesidad de orar sin desánimo.

La comparación trae a un juez inicuo a quien una pobre viuda importunaba para que le hicera justicia frente a alguien que la estaba perjudicando.

El juez, quizás porque sabía que la viuda no tenía dinero con qué pagarle, o porque el otro le estaba ofreciendo alguna dádiva, lo cierto es que no hacía ningún caso a la pobre mujer, y así pasaba el tiempo sin darle una solución satisfactoria.

La viuda, con todo, no se arredraba por ello, sino que insistía una y otra vez con aquel juez a quien sólo le interesaban las cosas terrenales y los beneficios que podía obtener de su cargo, mientras la justicia le tenía sin cuidado.

Tanto dio la mujer que llegó un momento en que aquel hombre sin escrúpulos se sintió hastiado, con ganas de salir de una vez de aquella que no cesaba de importunarlo. Así, no por justicia, sino por simple interés de librarse de las molestias que la viuda le causaba, se decidió a hacerle justicia, sabiendo que era la única forma de quitársela de encima.

Dios, desde luego, no está bien representado en la parábola por el juez inicuo, pero lo que Jesús quiere enseñarnos es que debemos imitar la actitud de la viuda, clamando a Dios día y noche.

Esto supone una actitud de fe profunda, en la seguridad de que hemos de ser escuchados. Y Jesús nos dice que Dios hará caso a aquellos que así claman a El. Sin embargo, termina la parábola con una aguda pregunta: "Cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?"(18,8).

Sería bueno examinarnos para saber si realmente estamos orando con esa fe y si nuestra actitud ante Dios es de total confianza, aún cuando el Señor a veces nos haga esperar para concedernos lo que estamos pidiendo.

El que ora sin fe, por más que reciba nunca ha de reconocer lo que el Señor le ha regalado.

11.

"Saliendo, se fue, según costumbre, al monte de los Olivos, y le siguieron también sus discípulos. Llegado allí, les dijo: Oren para que no entren en tentación" (Lucas 22,39-40).

Por lo que nos dice Lucas se ve que aquel huerto, llamado Getsemaní, en el monte de los Olivos, era un lugar al que Jesús iba con frecuencia acompañado de sus apóstoles.

Debía ser un lugar ideal, ya que se encontraba bien cerca del Templo, al otro lado del torrente Cedrón, de modo que se podía pasar allí la noche y luego, bien temprano en la mañana, acudir a la Casa de Dios.

Por otro lado, dada su quietud, era también un lugar apropiado para la oración. No sería, pues, la primera ocasión que usaba este sitio para la comunicación con su Padre.

Esta vez, sin embargo, revestiría un carácter muy especial, pues se encontraban en vísperas de los acontecimientos que culminaróan la misión de Cristo en la tierra: su pasión, muerte y resurrección.

El Jesús que llega al huerto va a mostrar - como hombre que también era - sus debilidades como tal. Va a sentir miedo, más bien terror, frente a los sufrimientos horribles que sabe ha de padecer. Y acude "con grandes gritos y lágrimas a Aquel que podía salvarlo de la muerte" (Hebreos 5,7).

Con ello nos da también una muestra de cual debe ser nuestra actitud ante situaciones semejantes: la del hijo obediente a la voluntad de su Padre.

Efectivamente, Jesús pedía en su oración que, si era posible, le fuese permitido evitar beber aquel cáliz tan amargo, aunque añadiendo: "pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (22,42).

Tener miedo al sufrimiento y a la muerte es algo muy humano. Ya vemos como Cristo tambien lo padeció en su naturaleza humana. Con todo, nuestra fe nos asegura que Dios no ha de abandonarnos en esos momentos sino que, por el contrario, El estará a nuestro lado para confortarnos y llevarnos de la mano a través del valle tenebroso (Salmo 23), como buen pastor que es nuestro.

Jesús nos muestra una total confianza en su Padre. Oremos para que cuando nos toque sufrir, o en la hora suprema de nuestra vida, tengamos la misma confianza que mostró Jesús.

12.

"Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba, diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lucas 22,41-42).

Toda la vida de Jesús es un gran misterio para nosotros. Porque es imposible comprender cómo Aquel que era Dios pudiese, al mismo tiempo, ser uno como nosotros, haciéndose obediente a su Padre hasta llegar a la mayor humillación.

Ya esto lo pudo ver el profeta Isaías, cuya visión quedó para la posteridad en el libro que lleva su nombre: "Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba; no volví la cara ante los insultos y salivazos. El Señor me ayuda, por eso soportaba los ultrajes, por eso endurecí mi rostro como el pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado" (50,6-7).

Y es que si Dios pidió a Abraham que ofreciera a su hijo Isaac en el monte Moriah, para luego impedirle que lo sacrificara, muy cerca de allí, en el Calvario, entregaría a su Hijo a la muerte para nuestra salvación.

Jesús sabia de antemano cuál era la voluntad del Padre. No sólo eso, estaba dispuesto a cumplirla hasta el final. ¿Por qué ahora parece temblar y echarse hacia atrás?

No olvidemos que El era también hombre, y como tal sufría de los mismos miedos y terrores que cualquier otro ser humano. Aun confiando totalmente en la ayuda que habría de recibir de su Padre, siente angustia y la expresa en esa petición.

No es que esté arrepentido ante lo que el Padre le ha señalado. Es sólo una muestra de que su sufrimiento no es una apariencia, sino una realidad trágica. Pero sufre confiando no en sus propias fuerzas humanas, sino en la que ha de recibir de lo Alto.

Ese es el gran contraste con lo que tantas veces hacemos. Pues, como Pedro, pensamos a menudo que somos capaces de muchas cosas, sin que para ello tengamos que contar con la ayuda de Dios.

El hombre Jesús, por el contrario, no se fía en sus fuerzas humanas, sino que todo lo espera de su Padre. Su oración es un ponerse en sus manos, dispuesto a hacer su voluntad hasta la última gota de su sangre.

13.

"Preso de la angustia, oraba más intensamente, y le entró un sudor que chorreaba hasta el suelo, como si fueran gotas de sangre" (Lucas 22,44).

La angustia es un estado de aflicción que lleva al ser humano al decaimiento espiritual y a la depresión. Jesús también la padeció allá en el huerto.

Sin embargo - insiste Lucas - a pesar de ello aumentó el ritmo de su oración. Tal era la necesidad que en ese momento sentía de su Padre.

Es Lucas el único que nos habla de las gotas de sangre unidas al sudor. En esto tenía una ventaja sobre Mateo y Marcos, los otros que nos narran este momento dramático en la vida del Señor.

El era médico, y al recoger los relatos de la vida de Jesús de boca de los que fueron testigos presenciales, pudo observar algo que los otros pasaron por alto. Hoy los científicos concuerdan en la posibilidad de que una persona llegue a un sudor así en un momento de extrema sensibilidad producida por el miedo.

En momentos en que su divinidad parece oscurecerse totalmente, dejando prácticamente solo al hombre que había en él, Jesús oraba intensamente, a pesar de su estado de ánimo producto de su enfrentamiento con aquella prueba que habría de pasar.

Esto es una demostración de que Jesús, sin dejar de ser Dios, fue un verdadero hombre en todo el sentido de la palabra. A veces queremos oscurecer este hecho, y nos esforzamos por resaltar su divinidad. Pero es aquí donde aparece el amor que Dios ha tenido para con nosotros, pues como recuerda Pablo: "El cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres" (Filipenses 2,6-7).

En los momentos de mayores dificultades, cuando todo parece derrumbarse sobre nosotros, tenemos que acudir a Dios con la confianza de Jesús, aún sabiendo que el Padre no ha de ahorrarnos la prueba, pero seguros de que no seremos tentados por encima de nuestras fuerzas, pues El estará a nuestro lado para auxiliarnos y confortarnos.

14.

"Levantándose de la oración, vino a los discípulos, y encontrándolos adormilados por la tristeza, les dijo: ¿Por qué duermen? Levántense y oren para que no entren en tentación" (Lucas 22, 45-46).

Casi todos los que intentan entrar en una relación amorosa con Dios, dedicando tiempo a orar, se encuentran siempre con el mismo escollo: la distracción.

Por algo llamo santa Teresa a nuestra imaginación "la loca de la casa". Y es que si hay algo difícil para el espíritu humano es mantener la concentración en lo que hacemos.

Muchas personas ya ni lo intentan, pues acostumbrados como están a vivir distraí.dos, dejándose llevar de tantas atracciones para los sentidos del cuerpo, se dan por vencidos y creen que es imposible para ellos conseguir tal concentración. A eso se le llama disipación.

Y es que, efectivamente, se requiere de una serie de factores que nos ayuden a concentrarnos, evitando tener una actitud derrotista que conduce a la aniquilación de la vida interior.

Hoy vemos con frecuencia a estudiantes que, al mismo tiempo, pretenden estudiar mientras prestan atención a la televisión, la radio o un aparato de música. Pero desde antiguo se dice que es imposible hacer dos cosas bien al mismo tiempo. Uno podría tener como fondo una música suave, pero cuando "se presta atención" a algo, lo demás pasa a ser "música de fondo".

La oración exige atención, no puede ser un desmañado repetir palabras que no nos dicen nada, pues ni la mente ni el corazón están atentos a ellas.

Y si bien es cierto que en medio de una multitud vociferante podríamos orar, no es la mejor atmósfera para conseguir concentración. Lo normal es que ésta se dé cuando hay quietud, silencio, en suma, un clima de paz. Hasta la intensidad de la luz y la postura corporal pueden ser buenos aliados. En esto hay que dejar que cada uno descubra lo que mejor le ayuda.

Cuando estamos cargados de sueño, o preocupados, y no logramos encontrar el equilibrio interior, es probable que no logremos siquiera arrancar. Aún así es necesario perseverar. Lo único que no podemos hacer es darnos por derrotados sin intentarlo seriamente.

15.

"Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro publicano" (Lucas 18,10).

Con estas palabras comienza una parábola de Jesús. Quería enseñar con ella el verdadero espíritu que debe tener aquel que ora. Para ello pone en contraste la actitud de dos personas, un fariseo y un publicano.

Ambos representan a dos grupos de personas bien conocidos entre sus oyentes. Los fariseos eran un grupo influyente, muy religioso, pero fácilmente dado a las prácticas exteriores, por las que se creían superiores a los demás. Los publicanos eran los cobradores de impuestos, tenidos por todos como pecadores, fuese porque tenían fama de cobrar más de lo debido, o porque estaban al servicio del Imperio Romano.

El fariseo, en su oración, se ufana de cumplir la Ley con sumo cuidado, yendo hasta un poco más allá en sus obligaciones para con Dios. El publicano, en cambio, sólo pedía al Creador que tuviera piedad de él, que era un pecador.

La conclusión de la parábola es que este último salió del Templo justificado, mientras que al fariseo no le sirvió de nada su oración, pues le había faltado humildad en su trato con Dios.

Cuando entramos en la oración tenemos que reconocer la grandeza del Señor y nuestra propia pequeñez. El nos ha elevado a la dignidad de hijos suyos, dándonos el derecho de comunicarnos con El como los hijos con su Padre, con toda confianza.

No podemos, sin embargo, pretender que Dios nos oiga si en nuestro interior llevamos sentimientos de orgullo, superioridad o todavía peor, odio contra el hermano. Eso anularía toda posibilidad de comunicación, pues negaríamos nuestra condición de igualdad con el prójimo y nuestra confraternidad con él por compartir una misma filiación divina.

"Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes" (Santiago 4,6; 1ª Pedro 5,5). El que pretenda hablar con Dios desde un pedestal estaría equivocando totalmente los fundamentos de la oración. El que busca primero el perdón de sus culpas, dispuesto también a comprender y perdonar, está cumpliendo con la condición indispensable para llegar hasta el corazón mismo de su Padre.

16.

"Todos perseveraban unánimes en la oración, con algunas mujeres, con María la madre de Jesús y con los hermanos de éste" (Hechos 1,14).

Una de las características de los discípulos de Jesús es la oración. No es raro, pues, ver a esos primeros discípulos, junto a la madre del Señor, unidos en oración.

Acababan de participar en el último acto de la vida terrenal de Jesús. El Hijo de Dios ha vuelto a su Padre, ha subido al cielo desde donde había bajado.

Ellos se sentían tristes, no cabe duda, por el peso de esa soledad que están experimentando al sentirse ya sin la presencia física de su Maestro.

Pero al mismo tiempo esperanzados, pues sabían que en pocos días algo iba a ocurrir que sería trascendental en sus vidas. Y la mejor forma de prepararse a ese nuevo acontecimiento era orando, en esa comunión con Dios que les permitiese tener el corazón abierto y la mente ágil para recibir todos los dones que El tuviera a bien concederles.

Ya sabían, porque Jesús se los había revelado, que el Espíritu Santo se haría presente en cualquier momento. Y lo esperaban allí donde se produjo la Ultima Cena, en aquel "aposento alto" o piso superior donde se estaban albergando algunos de ellos. No podía faltar la presencia de la Madre. Ya sabían por testimonio de Juan y de las mujeres que allí se encontraban junto a la cruz, la forma en que Jesús se había dirigido al más joven, y por ello quizás más audaz, de los apóstoles, entregándole el cuidado de su Madre.

Ellos, con todo, sabían que ese legado también les pertenecía, pues se trataba más de un gesto simbólico en el que Juan los representaba a todos. Y en eso no hubo dudas por parte de nadie. María fue acogida entre ellos con gran cariño, y así la cuidarían y velarían por ella como Alguien que, en cierta forma, prolongaba la presencia física de Jesús.

La oración es un elemento obligado para todo aquel que quiera entrar en contacto con Dios. La oración es el alimento diario de todo creyente. La oración es parte de la vida de un cristiano. El que ora demuestra que es Dios mismo quien habita en El. Como dice Pablo: "Pues en El vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos 17, 24-28).

17.

"Pedro y Juan subían al Templo a la hora de la oración, hacias las tres de la tarde" (Hechos 3,1).

Esto ocurrió varios días después de la venida del Espíritu Santo. Ya los apóstoles se habían reintegrado a una vida normal, dejándose ver de todos, y sin miedo ya a ser señalados como discípulos de Aquel que fue crucificado.

Iban al Templo, porque en ningún momento Jesús les había enseñado que debían renegar de la fe de sus mayores, sino que debían aceptar el complemento a esa Revelacion que ya había comenzado desde que Abrahán fue llamado por Dios.

Lo que Jesús enseñó no fue que el Antiguo Testamento fuera falso, sino que era sólo parte del encuentro total entre Dios y los hombres. El pueblo de Israel había recibido una misión, la de preparar el advenimiento del Mesías. Llegado éste, ya dejaba de ser "el pueblo elegido" para convertirse en parte de una humanidad invitada, toda ella, a participar del plan salvador del Padre.

Ese pueblo no supo entender a Jesús. Tan preparado estaba para ver en el Mesías a un caudillo que devolvería a Israel su condición de pueblo independiente, libre del yugo opresor, en ese momento, del Imperio Romano, que no logró comprender en Jesús su condición de Cristo, de Ungido de Dios, de Mesías.

Los apóstoles, sin embargo, como también los primeros cristianos, demostraron claramente que no había en su actitud nada de ruptura ni con el Templo ni con la sinagoga.

Ellos seguirían acudiendo a ambos lugares, pues en ambos se alababa y enseñaba el amor del mismo Dios de cuyo conocimiento vino Jesús a ampliar los horizontes.

Claro que ahora irían con otro espíritu, tratando de hacerles comprender a sus compatriotas que sólo Jesús, y nadie más, era Aquel al que todos ellos habían estado esperando.

Su trabajo apostólico produciría frutos menguados, pero ellos seguirían perseverando. San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, siempre iría primero a la sinagoga, en ese esfuerzo porque Jesús fuera aceptado también por los judíos.

Con todo llegó un día, ya profetizado por Jesús (Juan 16,2), en que los cristianos serían expulsados de la sinagoga, y aquel Templo que a todos reunía quedaría reducido a escombros, como también el Maestro había anunciado (Lucas 21,5-6).

18.

"Al terminar su oración, el lugar en que estaban reunidos tembló; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y se pusieron a anunciar la palabra de Dios con toda valentía" (Hechos 4,31).

Los grandes momentos en la vida de los cristianos se preparan con oración. Eso es lo que nos enseña la Escritura y eso es lo que han practicado incluso los creyentes de otras religiones.

En el Antiguo Testamento vemos cómo la oración era parte importante en la vida del pueblo de Israel, y los grandes profetas fueron todos hombres de oración. Sin esa comunicación constante con Dios es imposible estar preparados para la recepción de sus mensajes.

No se podría concebir a un Isaías o a un Elías, por citar a dos de los más conocidos, sin ver en ellos a personas de intensa oración. Así también los apóstoles y otros discípulos, que junto a María esperaban la venida del Espíritu, se prepararon por medio de la oración.

Hay cristianos que se quejan de flojedad en su vida espiritual o de una fe débil, casi sin darse cuenta de que su gran problema estriba en su unión con Dios. Piensan que con la Misa del domingo y alguna que otra oración al levantarse o al irse a dormir ya tienen suficiente.

Pero no es así. El que quiera tener una vida espiritual intensa y una fe robusta debe seguir el ejemplo y los consejos del propio Jesús. Sin oración no hay vida interior y la fe se vuelve raquítica, pudiendo ser destruida por cualquier circunstancia adversa.

Incluso entre los budistas, los hindúes, los musulmanes y los judíos practicantes, la oración suele ser intensa y extensa. Esto lo entiende cualquiera que quiera tener una experiencia verdadera de Dios.

Los cristianos a veces nos dormimos en los laureles, pensando que teniendo los sacramentos y contando con la seguridad de que estamos en la Verdad, estamos más que salvados. Pero precisamente por todo lo que hemos recibido nuestra responsabilidad es mayor.

Si no cuidamos nuestro tesoro, dándonos seriamente a la oración, perderemos los dones recibidos, y el Espíritu Santo no se hará presente en nuestras vidas.

19.

"Por tanto, elijan entre ustedes, hermanos, siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encomendaremos este servicio, para que nosotros podamos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hechos 6,3-4).

Los apóstoles estaban conscientes de que su misión no era dedicarse a atender los problemas materiales de la comunidad, sino a un servicio mucho más alto y provechoso para todos: la oración y el ministerio de la Palabra.

Esto no significa, desde luego, que aquel que se ocupa de resolver los problemas materiales no tenga que orar, sino que en la comunidad, como claramente expone san Pablo en el capítulo 12 de la primera carta a los Corintios, hay distintos dones y carismas, y no todos podemos hacer de todo en la Iglesia.

Algo que distinguió a la Madre Teresa de Calcuta fue su dedicación abnegada a los más pobres de entre los pobres. Sin embargo, dedicaba no menos de cinco horas diarias a la oración, y así lo inculcó a las Hermanas de la Caridad, congregación por ella fundada.

Pio XII habló de la "herejía de la acción" para referirse a aquellos que en la Iglesia gastan todas sus energías en la actividad apostólica o en la actividad en favor de los necesitados, sin agregar a ello una intensa vida de oración.

Podemos estar seguros de que el ideal está en la conjunción de estas dos actividades, tal y como nos lo expresa la cita que comentamos: oración y apostolado.

Esto lo podríamos aplicar a toda acción que realice el cristiano. Incluso entre los contemplativos se impuso la fórmula benedictina: Ora et labora= Ora y trabaja.

No podría ser de otro modo si se trata de la obra de Señor. Los que dedican todos sus esfuerzos a propagar el Reino de Dios, no podrán olvidarse nunca de esta necesidad imperiosa de vivir una íntima comunicación con Aquel por quien trabajamos.

El que lo haga de otra forma podrá aparecer como un gran dirigente cristiano, pero sus esfuerzos serán a la larga inútiles, pues se apoyan sólo en fuerzas que no son las de Dios.

20.

"Los presentaron a los apóstoles, y ellos, después de orar, les impusieron las manos" (Hechos 6,6).

Para hacerse cargo de la acción social de la comunidad para con las viudas, los huérfanos los pobres en general, los apóstoles junto con los miembros de la misma, escogieron a siete hombres que serían los primeros diáconos.

Así se instituyó el primero de los tres niveles de que se compone el sacramento del Orden, pues los diáconos, al recibir la imposición de manos, fueron "ordenados" para el servicio del pueblo de Dios.

Los otros dos niveles, como sabemos, son el presbiterado y el episcopado. Los tres forman parte de un único sacramento. Todos los que lo reciben se comprometen, de una manera especial, a vivir una vida de entrega a Dios y de servicio a la comunidad según el don que les ha sido otorgado.

Si hay alguien, pues, obligado a la unión con el Señor es el ministro ordenado. Este sacramento lo convierte en "otro Cristo", pues aunque el bautismo también nos obliga a vivir "a la manera de Jesús", el ordenado es el que presta sus manos, pies y voz para que Cristo derrame sus gracias en medio de su pueblo.

El ministro ordenado - también el diácono - está al servicio del culto que ofrecemos a Dios - la Sagrada Liturgia -, que requiere un íntimo trato con lo sagrado. De ahí que deba prepararse a su actuación con esa vivencia interior de la presencia divina en su misma vida.

La liturgia es la oración por excelencia. Nos dice el Concilio Vaticano II: "Con razón, pues, se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y cada uno a su manera realiza la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro" ("Sacrosanctum Concilium, 7).

En la liturgia obispos, sacerdotes, diáconos y fieles se mezclan en una sola voz, unidos a Jesús, para orar, para alabar, para ofrecer al Padre, bajo la guía del Espíritu Santo, la adoración y la acción de gracias.

Es un regalo extraordinario poder participar de la Liturgia en forma activa, para que así nuestra vida se transforme en constante vivencia de la presencia de Dios.

21.

"Levántate, vete a la calle Recta, y busca en casa de Judas a un tal Saulo de Tarso. Está allí orando, y ha visto a un hombre llamado Ananías, que entra y le impone las manos para devolverle la vista" (Hechos 9,11-12).

Dios advierte a Ananías, un discípulo que vivía en Damasco, de la presencia de Saulo, el perseguidor de los cristianos, en la ciudad. Pero ya no como el enemigo al que había que temer, sino el converso listo para ser bautizado.

Sabemos por el mismo libro de los Hechos (9,1-9) que pocos días antes aquel Saulo que iba "respirando amenazas de muerte" había visto a Jesús en el camino, pues se le había aparecido, y ahora estaba ciego, pero dispuesto a cumplir la voluntad de Dios.

¿Por qué perseguía Saulo a los cristianos? ¿Era acaso un hombre malo? Todo lo contrario, lo que lo habia impulsado a obrar de aquella manera era su celo por la causa de Dios, en forma mal entendida, desde luego, como tantos que, a través del tiempo, han cometido el mismo error. Perseguir en nombre de la religión es un contrasentido.

Para Saulo orar no era algo nuevo. Desde que tenía uso de razón, como buen judío, solía hacerlo con frecuencia.

Sin embargo, su oración ahora, en la casa de aquel Judas, era totalmente diferente. Estaba arrobado todavía con aquella visión y aquellas palabras que había escuchado, y su espíritu sólo podía elevarse al Señor en acción de gracias por la elección de la que había sido objeto.

Si Dios lo había llamado era, precisamente, para que dedicara todo su celo a la causa de la salvación, enseñando a todos el Evangelio, la "buena nueva" de Jesús.

Saulo se entregaría a esa tarea con un amor apasionado, no sin antes, en la oración y la contemplación, prepararse por años a la misión que Jesús le había confiado: ser el apóstol de los no judíos, él que, por judío, había odiado el nombre de cristiano.

Dios no escoge a sus servidores a la manera humana. El, que nos conoce perfectamente, sabe para lo que da cada cual. Por eso llamó a Saulo, en forma sorpresiva, para que en su nombre llevase al mundo el mensaje de amor y salvación que nos había enviado en su Hijo. Saulo, convertido en Pablo, entregaría su vida a la evangelización de los pueblos.

22.

"Cornelio respondió: - Hace cuatro días, hacia las tres de la tarde, estaba yo rezando en mi casa, cuando apareció delante de mí un hombre con vestidos refulgentes y me dijo: "Cornelio, Dios ha escuchado tu oración y ha tenido en cuenta tus limosnas" (Hechos 10,30-31).

Cornelio era un romano, un militar, centurión o capitán, y pagano. Pero era también un hombre religioso, que en contacto con los judíos, pues estaba destacado en Cesarea Marítima, había conocido al verdadero Dios.

Era Cornelio, pues, un hombre de oración, como lo atestigua el libro de los Hechos. No sabemos si ya había oído hablar de Jesús, pero lo cierto es que oraba para conocer más de Dios y poder así servirlo mejor. Y Dios lo escuchó.

En aquella visión donde vio a un hombre con vestidos refulgentes, a Cornelio se le mandó a enviar por Pedro, que a la sazón se encontraba a un día de camino, en Joppe, también en la costa.

Pedro fue asimismo aleccionado en otra visión, en la que se le hizo ver un lienzo que bajaba y subía, lleno de animales consideraros impuros para los judíos, mientras una voz lo invitaba: - "Mata y come".

Pedro rechazaba aquello, dadas sus convicciones judías, cuando en eso llegaron los enviados de Cornelio, y así fue que el apóstol entendió de lo que se trataba: Dios envió a su Hijo no sólo para dar salvación a los judíos, sino también a los paganos, a todos los seres humanos.

Así invitó a los enviados a pasar allí la noche, y a la mañana siguiente se fue con ellos. Hasta entrar en una casa de paganos estaba prohibido a los judíos, pero ya Pedro no dudaría, y entraría, y hablaría evangelizando a aquella buena familia, con el centurión a la cabeza.

Hablando aún Pedro se hizo presente el Espíritu Santo que invadió a los presentes, y esto lo acabo de convencer. ¿Cómo negar el bautismo a los que ya habían sido confirmados?

Este es el gran poder de la oración. Incluso aquellos que no conocen al verdadero Dios, pero elevan su corazón a Aquel que intuyen dentro de ellos, reciben gracias de Dios cuando buscan esa unión íntima en la oración. Dios nunca dejará de escuchar a aquellos que lo invocan sinceramente.

23.

"A medianoche, Pablo y Silas oraban entonando himnos a Dios, mientras que los otros presos los escuchaban" (Hechos 16,25).

Hay quienes dudan que el canto pueda ser oración, pero san Agustín llega a decir: "El que bien canta reza dos veces".

No fue ciertamente el obispo de Hipona el que inventó la oración cantada. Desde el Antiguo Testamento vemos que los salmos estaban destinados al canto, tanto que en muchos de ellos se hacía esta observación: "Al Maestro del coro".

Todavía hoy, sobre todo en los monasterios y conventos, el rezo del Oficio Divino, que consta principalmente de himnos y salmos, se hace cantando o salmodiando. La salmodia es un canto en tono llano.

No tiene que extrañarnos, pues, que estando en la cárcel, Pablo y Silas orasen de esta manera, dejando extasiados a los otros presos, que probablemente nunca habían tenido una experiencia similar en su vida.

Por otro lado ellos habían sido testigos de cómo llegaron los dos apóstoles a la cárcel, después de haber recibido una tremenda golpiza por parte de paganos. Ver que todavía tenían ánimo para alabar a Dios tuvo que ser para ellos algo tan singular que se encontraban admirados.

Tan ensimismados estaban que casi ni cuenta se dieron de que había ocurrido un terremoto, que destruyó parte de la carcel, pues ninguno de los presos aprovechó la ocasión para escapar.

Y es que cuando los creyentes oran de verdad, ejercen un positivo influjo en aquellos que los rodean, no importa que sean personas no acostumbradas a comunicarse con Dios.

Fue tal la sorpresa que se llevó el carcelero, quien estuvo a punto de suicidarse al pensar que los presos se habían escapado, que al ver lo ocurrido se convirtió, recibiendo el bautismo de manos de Pablo junto a su familia.

La oración del creyente tiene mucho mayor poder que todos los sermones y discursos, al igual que su testimonio de amor a Dios y al prójimo. Podemos asegurar que ha habido mayor número de conversiones por la oración y el testimonio que por las palabras empleadas para convencer. Cuando cantemos pongamos toda nuestra atención en lo que hacemos, elevando nuestro corazón al que siempre nos escucha.

24.

"Su padre estaba entonces en cama, atacado de fiebre y disentería; Pablo lo visitó y, después de orar, lo curó imponiéndole las manos" (Hechos 28,8).

Aquí se hace referencia a la visita de Pablo al padre de Publio, principal de la isla de Malta, a donde habían llegado después del naufragio de la nave en la que él iba preso hacia Roma.

Una vez más se ve el poder de la oración por los enfermos, tal y como lo había enseñado Jesús a los discípulos: imponer las manos y orar por ellos.

Por el libro de los Hechos sabemos de los muchos milagros obrados por los apóstoles y otros discípulos con el poder de la oración en el nombre de Jesús. Y todo el que ora asiduamente podría testimoniar los muchos favores y señales del Señor en respuesta a la oración.

El apóstol Santiago dice en su carta: "¿Hay alguno enfermo? Llame a los responsables de la comunidad , que recen por él y lo unjan con aceite invocando al Señor. La oración hecha con fe dará la salud al enfermo y el Señor hará que se levante; si, además, tiene pecados, se le perdonarán" (5,14-15).

Aquí vemos los elementos de lo que hoy llamamos el sacramento de la Unción de los Enfermos.

Cuando Pablo visita al padre de Publio, éste no estaba bautizado, de modo que no podía recibir sacramento alguno, por lo que el apóstol se limitó a imponerle las manos y orar, como luego haría por otros muchos enfermos que le trajeron al ver la sanación de aquél.

Los sacerdotes podemos confirmar que en innumerables ocasiones los que reciben el sacramento se sanan o al menos se mejoran. Lástima que todavía muchos crean que hay que postergar el llamado al sacerdote hasta el último momento, cuando es probable que la oración no surta el efecto deseado.

Hemos de insistir en que la Unción no es para los moribundos, aunque también a éstos se les pueda administrar, sino para todo aquel que esté enfermo.

Por supuesto que cualquiera puede orar por los que están aquejados de alguna enfermedad, pues la oración del justo siempre es escuchada. Y si no se consigue exactamente lo que pedimos, podemos estar seguros que Dios concederá siempre lo que sea más conveniente.

25.

"No se priven el uno del otro, a no ser de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicarse a la oración" (1ª Corintios 7,5).

San Pablo, que tiene fama de ser rigorista, aquí se muestra profundo conocedor de las reglas que deben regir la vida de los esposos. Estos, a diferencia de los que han sido llamados por el camino de una vida consagrada totalmente a Dios, deben dedicarse al servicio del Señor de otra manera.

No es que los esposos no estén llamados a la santidad y a la vida de oración, pero deben también ocuparse de lo que es propio de su vocación.

Los esposos no pueden descuidar su vida íntima, para que su amor se mantenga fuerte y fresco, de modo que se evite el peligro de la infidelidad.

Esa es la razón por la que el apóstol les dice que, si bien puede ser conveniente que por algunos días se abstengan de la relación sexual, a fin de dedicarse a la oración y al acrecentamiento de su vida espiritual, que sólo sea por un corto tiempo, para que lo otro no quede descuidado.

El casado debe ocuparse de su cónyuge, sin olvidar a Dios. Lo que El quiere es que los esposos se hagan felices el uno al otro a fin de poder cumplir con sus obligaciones en el mundo, pues las tentaciones son muchas y las cargas difíciles.

¿Quién no reconoce que mantener un matrimonio sin claudicaciones es una tarea que exige esfuerzos y renuncias? ¿Quién duda que procrear y educar a los hijos - lo que es una de las prioridades de todo matrimonio - requiere tesón, sacrificios y mucho amor?

Esto, sin oración y unión con Dios, no sería posible. Por eso los esposos deben dedicar tiempo al Señor. Pero que, fuera de algún que otro corto tiempo para una mayor concentración espiritual, se haga sin olvidar que el fuego del amor conyugal debe ser preservado en el diario convivir, dándose el uno al otro muestras frecuentes de ternura y cariño, de gusto y pasión, que todo ello es parte de lo que Dios ha puesto al servicio de los esposos para su legítimo disfrute.

La oración no puede estar ausente de la vida de unos esposos cristianos, como tampoco la dedicación mutua en la entrega a los goces de alma y cuerpo.

26.

"Por su parte nos ayudarán con su oración, para que la gracia que Dios nos conceda por intercesión de muchos, sirva para que muchos den gracias a Dios por nuestra causa" (2ª Corintios 1,11).

Cada vez que recitamos la profesión de fe, el Credo, afirmamos la convicción de que entre nosotros existe la comunión de los santos, es decir, la íntima unión entre todos los que vivimos en gracia de Dios.

Esto nos permite interceder los unos por los otros, pues todos estamos intercomunicados, y cuando oramos por los hermanos que lo necesitan, los estamos ayudando a conseguir lo que buscan.

Por eso, ¡cuánta alegría cuando vemos que alguien por quien estábamos orando ha logrado superar una crisis en su matrimonio, o recobrar la salud, o dejar un vicio, o encontrar un trabajo!

Nuestro corazón se desborda en acción de gracias al ver que, efectivamente, nuestra oración ha sido un instrumento de salud espiritual, física o emocional para aquellos con problemas de cualquier índole.

Si esto podemos hacer nosotros los unos por los otros, como nos indica claramente Pablo, ¡con cuánta mayor razon pueden la Santísima Virgen y los santos del cielo interceder por nosotros! Ellos están cerca de Dios, contemplando su gloria, por lo que su oración es, necesariamente, mucho más eficaz.

¡Qué tonto sería, pues, privarnos de su ayuda! Cuando el Apóstol se encomienda a la oración de sus hermanos en la tierra, lo hace con la seguridad de que ellos le ayudarán a obtener la gracia que está pidiendo.

Lo mismo podemos decir de nuestra oración por los hermanos que están en el Purgatorio, para que alcancen pronto la dicha de disfrutar de la gloria en la Jerusalén Celestial.

E incluso la de ellos por nosotros, pues aunque se purifican, ya están confirmados en gracia, seguros de la eterna salvacion que tanto han esperado.

¡Qué bella es esta realidad que nos muestra esa auténtica confraternidad entre los hijos de Dios, y de nosotros con la Trinidad Santísima! ¡Qué alegría saber que contamos con tantos intercesores en el Cielo, en el Purgatorio y en la tierra!

27.

"Vivan en constante oración y súplica guiados por el Espíritu. Y renunciando incluso al sueño para ello, oren con la mayor insistencia por todos los creyentes y también por mí" (Efesios 6,18-19).

Fue el propio Jesús quien nos enseña a orar insistentemente (ver número 10). Y no sólo con su palabra, sino también con su ejemplo, pues dedicaba largo tiempo a orar.

Algunos creen que esto es, si no imposible, muy difícil de llevar a cabo, pues piensan que de esa forma no podrían hacer ninguna otra cosa.

Sin embargo, cuando mantenemos nuestra unión con Dios, y lo llevamos siempre en nuestro corazón, cualquier cosa que hagamos se convierte en oración.

Claro que no podemos tampoco caer en lo más fácil, algo que hacen muchos por aquello de la ley del menor esfuerzo. Veamos que san Pablo nos insiste que hasta debemos sacrificar el sueño a fin de sacar el tiempo para orar.

Algunos monjes suelen levantarse a medianoche, interrumpiendo el sueño, para un oficio comunitario que se llama "maitines", luego del cual vuelven a dormir. Otros se levantan muy de madrugada para comenzar el día con varias horas dedicadas a la oración. De una manera u otra todos podemos orar con insistencia, como nos lo pide Jesús.

Dice san Juan Crisóstomo: "Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las sutiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor" (PG 64,347).

Orar siempre es posible, porque es posible amar siempre, y la oración no es más que eso: amar. Cuando dedicamos tiempo a concentrarnos en la oración se nos hace mucho más fácil mantener ese espíritu de unión con Dios. Esto permitirá que condimentemos todo lo que hacemos con esa conciencia de que amamos a Dios y El vive en nosotros. Así estaremos orando sin cesar y casi sin darnos cuenta.

28.

"Que nada les angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias" (Filipenses 4,6).

Contrariamente a lo que algunos creen y afirman del cristianismo, al que acusan de producir complejos de culpa, Jesús nos enseña a liberarnos de toda angustia y temor, poniendo en El toda nuestra confianza.

Frente a cualquier situación en la que nos encontremos, la solución siempre será acudir a la oración, buscando en Dios la fuerza para obrar, confiando en que El llegará hasta donde nosotros no podemos.

Esto no significa, por supuesto, que dejemos de poner los medios ordinarios que se requieren para conseguir lo que nos proponemos.

Sería una acción temeraria dejar de acudir al médico cuando estamos enfermos, pensando que para nosotros los cristianos el único médico tiene que ser el Señor.

Eso no. Porque Dios nos ha dado la inteligencia para que la usemos, y es mandato suyo que el ser humano domine la tierra y la someta (ver Génesis 1,28).

Pretender que el Señor ha de hacerlo todo, tomando sobre sí la responsabilidad que a otros corresponde, es no haber entendido nada de su Revelación.

Mientras haya un recurso humano debemos hacer todo nuestro esfuerzo por usarlo. En una enfermedad, para seguir con el ejemplo anterior, aunque siempre podemos orar, hay que acudir a los que son ministros de Dios para la salud. Ellos pondrán su ciencia y su atención, como cooperadores que son del Señor, sean médicos, enfermeras o técnicos.

¿Por qué esperar milagros donde la acción de Dios puede realizarse por medios normales? Sólo cuando todo falla es legítimo pedir los milagros, siempre contando con que Dios sabe más que nosotros y nos dará lo que sea de verdad más conveniente para nosotros.

Pero si es bueno pedir y suplicar, más lo es el ser agradecidos, dando gloria a Dios, demostrando que sabemos apreciar lo que El nos da, sea por medios ordinarios como por los extraordinarios, pues "en El vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos 17,28).

29.

"Perseveren en la oración con espíritu vigilante y agradecido. Oren también por mí" (Colosenses 4,2-3).

Siguiendo las instrucciones de Jesús san Pablo insiste en que debemos orar perseverantemente.

Esto es quizás lo más difícil en la oración, pues muchos se quejan de distracciones y falta de concentración, a lo que atribuyen su poca oración.

La perseverancia no significa que no va a haber distracciones. Ya santa Teresa llamaba a la imaginación "la loca de la casa", pues siempre está de un lado para el otro.

Efectivamente, cuando oramos aparecen nuestras limitaciones humanas, y es bien difícil no ver la mente divagar sin sentido, hasta que caemos en la cuenta y volvemos a donde debemos estar.

Mantenernos en atención todo el tiempo es tarea ardua, y sólo se consigue - cuando se logra - a base de mucho esfuerzo y disciplina mental.

El que sea difícil no nos exime de hacer todo lo posible para evitar distracciones que nos alejen del punto central, que es nuestra convivencia con Dios. Pero, como para todo, en esto también debemos confiar sólo en la gracia del Señor.

La perseverancia es necesaria, más que nunca, cuando más obstáculos se nos presentan para orar.

Muchos hay que al ver que no consiguen mantener la atención se desaniman y se apartan, dejando a un lado su vida de oración. Esto sería ceder a una tentación todavía más peligrosa, pues si bien es entendible que nos distraigamos, no lo es el que, por distraernos, dejemos de orar.

A esto se refiere Pablo cuando habla de "espíritu vigilante". Hay que estar alerta para no dormirnos, ni distraernos, pues "el espíritu está pronto pero la carne es flaca" (Mateo 26,41). Pero sin desánimos, poniendo todo nuestro empeño y dejando lo que falte a la misericordia del Señor.

También requiere nuestra oración un "espíritu agradecido". Esto significa que debemos orar con el alma llena de acción de gracias por todo lo que de Dios recibimos. A veces sólo sabemos pedir, pero mucho más importante es agradecer, pues aún sin pedir, todo se nos da cuando de verdad buscamos al Señor y lo amamos con todo nuestro corazón.

30.

"Deseo, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando las manos limpias de ira y altercados" (1ª Timoteo 2,8).

Estos consejos que da san Pablo son muy oportunos, pues reafirman lo dicho por Jesús sobre el momento de la oración: que antes debemos reconciliarnos con el hermano para el que hayamos tenido alguna ofensa.

Primeramente vemos que nuestra oración debe y puede hacerse en cualquier lugar. No necesitamos, por supuesto, ir a una iglesia para orar. Si bien una iglesia o capilla seria un lugar especial y privilegiado de la presencia de Dios, con todo sabemos que Dios está dondequiera, por lo que puede escucharnos siempre que le hablemos.

Lo de levantar las manos perdió bastante su valor para el hombre moderno, aunque hoy ha vuelto a recuperarse en alguna medida. Con todo, esta forma de orar nunca dejó de usarse en la Iglesia, pues los sacerdotes, durante la celebración eucarística, levantan sus manos en varias ocasiones, y así lo pueden hacer también todos en el momento que lo deseen.

Orar con las manos levantadas - decía el Padre Joseph Gelineau - es como una demostración de que ante Dios nos presentamos con la actitud del necesitado que todo lo espera de El.

Eso sí, como recalca Pablo, debemos hacerlo con manos vacías de cosas negativas, como el odio, la ira, los deseos de venganza, en fin, de cerrazón frente a los hermanos, pues esto invalidaría en gran manera nuestra oración.

El que quiera orar debe sentirse libre para adoptar la postura que mejor le ayude. En modo alguno hay que hacer algo que a uno no le guste, sea levantar los brazos o mover el cuerpo. Todo esto es secundario y puede o no ayudar de acuerdo a la propia formación, el gusto y la personalidad de cada quien.

Lo que sí es imprescindible es nuestra actitud frente a Dios y a nuestro prójimo. En eso sí que no caben posturas ambiguas. Y no podemos disimular, pues si bien a los demás los podríamos engañar, no a ese Dios con el que pretendemos ponernos en comunicación.

Aprovechemos diversos momentos del día para buscar a Dios. Hagámoslo con un corazón humilde, en el que no caben los odios ni el desprecio por los hermanos.

31.

"Reconozcan, pues, mutuamente sus pecados y oren unos por otros para que sanen. Mucho puede la oración insistente del justo" (Santiago 5,16).

La oración implica, necesariamente, limpieza del corazón. El arrepentimiento de los pecados es, justamente, una forma de oración, pues nos dirigimos a Dios para pedirle perdón por ellos.

Podríamos agregar, por lo tanto, que la mejor preparación para acudir a la oración es habernos arrepentido y confesado nuestros pecados, pidiendo perdón por ellos, sin olvidarnos de perdonar a los que nos han ofendido.

Esta condición es puesta por el propio Jesús cuando nos dice: "Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mateo 5,23-24).

Si estas palabras son válidas para la presentación de las ofrendas, tienen que ser también válidas para la oración, pues nadie puede acudir a Dios con odios, rencores o deseos de venganza en su corazón.

Por otro lado, también el arrepentimiento y el perdón de los pecados es factor importante en la sanación de los enfermos, como expresa Jesús cuando, antes de sanar a un paralítico, le dice: "¡Ánimo!, hijo, tus pecados te son perdonados" (Mateo 9,2).

No es que necesariamente llegue la sanación sólo a quien está arrepentido, pues Dios puede obrar, y de suyo obra, milagros, sin que medie ningún tipo de condición. Pero la oración por un enfermo es mucho más efectiva si éste se encuentra abierto a la gracia de Dios y de antemano agradecido por lo que el Señor le va a conceder.

La oración de fe parte del principio de que Dios siempre nos oye, incluso cuando no nos concede exactamente aquello que le pedimos. Y es que la fe nos ayuda a descubrir, detrás de circunstancias adversas, que nuestro Padre nos ha de dar siempre lo mejor, aunque no lo podamos comprender. A veces nuestros deseos, sin saberlo, son contrarios a lo que Dios sabe es lo más conveniente y necesario para nosotros.

32.

"Se aproxima el fin de todas las cosas. Sean, pues, sensatos y vivan sobriamente para dedicarse a la oración" (1ª Pedro 4,7).

Hubo un momento en que algunos de los apóstoles, Pedro incluido, creyeron que el fin del mundo era inminente. Así parecen expresarlo en algunas cartas. Sin embargo, el propio Pedro, así como Pablo, reaccionaron ante esto, alertando a los cristianos a no dejarse llevar de un malentendido. Pedro dice en su Segunda Carta 3,8-10:

"Mas una cosa no pueden ustedes ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día. No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con ustedes, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión. El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá".

La mejor manera, pues, de estar preparados, es mantenernos siempre en la gracia de Dios, unidos a El por una vida de intensa oración.

El que así vive no tiene nada que temer, ni al fin del mundo, ni a la muerte, pues aguardará la venida del Señor sin angustias ni sobresaltos, sabiendo que cuando esto ocurra será para alcanzar una felicidad total y sin fin.

La única forma sensata e inteligente de vivir es la de aquel que sabe que está de paso, y que su máximo negocio en esta vida es alcanzar esa meta, que no está en la tierra, sino en la Casa de nuestro Padre. Los negocios de la tierra son legítimos si son honrados, pero ninguno de ellos puede ocupar nuestro corazón, sino que tienen que ser un medio para cumplir en nuestras vidas la voluntad de Dios. El que tenga habilidad para hacerlos, y conseguir muchas ganancias, tiene la misma necesidad de servir a Dios y buscar el Reino que el que debe conformarse con una profesión u oficio menos rentable.

Si descuida este último fin, habrá demostrado que su habilidad para los negocios de la tierra obnubiló su mente, hasta hacerle perder el fin último de la vida, con lo que habrá perdido el más importante de todos los negocios. Quería haber sido rico y poderoso, y se verá convertido en el más infeliz, pues ya nunca tendrá parte en la Salvación de Dios.

Ésta página ha sido visitada 1292 veces.



Página fue modificada: 20/09/2008 13:54

Inicio · Retroceder

Valid HTML 4.01 Strict