AB PADRE BAZAN

La Misa

I. OÍR MISA

En el lenguaje popular de los católicos hay una expresión que fue acuñada hace mucho tiempo y que, sin embargo, encierra en sí misma una contradicción.

No es raro que todavía hoy muchos digan "voy a oír Misa", como también se hable de que los sacerdotes "dicen" la Misa.

Ciertamente nada es tan ajeno a la Misa como "decir" u "oír", porque aunque durante la misma se "dicen" y se "oyen" palabras, la esencia de lo que se realiza es algo que trasciende las palabras para llegar al profundo acto de amor y ofrecimiento que Jesús rinde a su Padre Celestial.

Si de analizar se trata, podríamos pensar que estas expresiones surgieron en la época en que se requería que para cumplir el precepto dominical la persona estuviera presente y pudiera simplemente "oír" la voz del sacerdote.

Así muchos se contentaron con esta cómoda postura que no suponía ningún compromiso especial, pues resulta mucho más fácil estar allí como mudos espectadores que como activos participantes.

La Misa, como acción litúrgica, es una reunión de personas totalmente conscientes de su condición: miembros del Pueblo de Dios. Esto supone, pues, que no es algo que se va a oír o a ver, sino una reunión en la que se va a "tomar parte", pues se trata de ejercitar el "real sacerdocio" que hemos recibido en el Bautismo.

Si en el Antiguo Testamento existía un Templo en el que los sacerdotes ofrecían sacrificios a Dios, en el Nuevo, aunque sigue habiendo un sacerdocio, se trata del de Jesucristo, el Único Sacerdote de la Nueva Alianza, del que participan sacerdotes y fieles, aunque en modo y grado diferentes.

MEMORIAL DE LA MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESÚS

Jesucristo ofreció por nosotros el único sacrificio agradable al Padre, como insiste el autor de la Carta a los Hebreos, dejando clausurado el sacerdocio antiguo y también todos los sacrificios, pues ya no se requieren para nada.

Ahora bien, Cristo ha querido perpetuar ese único sacrificio suyo por medio de un "memorial", como El muy bien expresó en el momento en que instituye el sacramento de la Eucaristía: Hagan esto en memoria mía.

Estas palabras fueron entendidas por los apóstoles y primeros discípulos como una clara disposición de que, aquello que el Maestro había realizado en la "Última Cena", debía ser renovado por ellos cada vez que se reuniesen en el nombre del Señor, "para recordar su muerte hasta que El vuelva".

No se trata, pues, de repetir un sacrificio, ya realizado una vez y para siempre, sino de renovar su memorial, su recuerdo, haciendo realidad sacramental, incruenta (sin sangre), lo que fue realizado en forma brutal y sangrienta en el ara de la cruz.

Esto nos permite ofrecer verdaderamente el sacrificio de Cristo una y otra vez, como medio de participación en el misterio de su Muerte y Resurrección y, al hacerlo, ejercitar el sacerdocio colectivo recibido en el bautismo.

Cristo, ayer y hoy, es el que se ofrece realmente, pues no hay otro Sacerdote sino El. Por eso cada Eucaristía requiere la presencia de alguien que, debidamente ordenado, haga las veces de Jesús, es decir, le sirva de instrumento. Esto es lo que llamamos "sacerdocio ministerial".

PARTICIPACIÓN ACTIVA Y CONSCIENTE

Nadie puede "estar" simplemente en una acción que requiere su consciente y activa participación. Quien se "encuentre" allí sin la debida disposición no recibe ni la gracia ni sus frutos. Es más, hasta podría cometer un "sacrilegio", como claramente advierte san Pablo. (Ver 1a. Corintios 11, 28-29).

Por otro lado, quien vaya a la Misa, única y exlusivamente, "a cumplir con un precepto", pero sin participar en lo que allí se celebra, y sin poner alma, corazón y vida en lo que se hace, demuestra que no tiene un idea muy clara de lo que significa la Eucaristía.

A la Misa, o se va a participar, o no se va a nada. Todavía en aquellos tiempos en que la celebración era en latín y la gente no entendía, se podían comprender las actitudes "pasivas" de muchos de los concurrentes. Pero eso, precisamente, fue lo que quiso cambiar el Concilio Vaticano II.

Así se expresa uno de sus documentos: Por tanto, la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la Palabra de Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él; se perfeccionen día a día por Cristo Mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos (Constitución "Sacrosanctum Concilium", num. 48).

No se trata, pues, como queda señalado, que los que van a Misa sólo entiendan lo que se dice porque se hace en su propia lengua, sino que sepan y comprendan también lo que se está realizando, para que su participación sea consciente.

La expresión "oír Misa" debería ser desterrada, pues tiene una connotación equivocada y no responde a la mentalidad que el Concilio ha querido infundir en la Iglesia, para que la celebración eucarística sea el verdadero memorial del Misterio Redentor de Cristo, en el cual todos participemos gozosamente, obteniendo así sus mejores frutos.

II. LA FUERZA DE LA MISA

Algo que tiene que llenar de admiración a quienes analizan las cosas sólo desde un punto de vista humano es que todavía hoy, después de casi dos mil años, la celebración de la Eucaristía - la Misa -, siga teniendo una fueza especial para millones de personas.

Hay que reconocer que esta fuerza no radica en la atracción que pueda ejercer la celebración en sí misma, pues si bien es cierto que hay lugares donde todos se sienten bien impresionados por el ambiente que se logra con la participación activa de la mayoría, los cantos y la presencia dinámica del que preside, en otros resulta, lamentablemente, todo lo contrario.

Pienso en los muchos miles de personas que asisten a Misa cada día, participando en algo que se repite una y otra vez, con excepción de las lecturas y algunas oraciones, y sin embargo no se cansan, porque lo que allí se realiza trasciende las formas humanas y pone en contacto el cielo con la tierra.

Si fuera un espectáculo, ya hace rato que nadie iría a Misa, sobre todo en los días de semana, pues no es precisamente un entretenimiento o una diversión. No, es algo que no tiene comparación. Es un contacto directo con Dios, que se hizo hombre y que ahora se hace pan y vino, dándonos la oportunidad de acercarnos a El y tener parte íntima con El.

UN MILAGRO DE DIOS

El católico que va a Misa con frecuencia sabe que su vida es diferente cuando logra ese coloquio profundo con el Padre por medio de Jesús, su Salvador, especialmente si la participación se completa con la comunión.

No podemos olvidar que la Misa ha pasado por múltiples vicisitudes a lo largo de los siglos, y que hoy estamos disfrutando de un momento especial de gracia, puesto que podemos participar activamente sin ningún obstáculo, entendiendo lo que se dice y lo que se hace.

Pensemos, sin embargo, en esos tiempos en que la Misa se celebraba en latín, a veces (muy lamentablemente por cierto), a toda prisa, sin que se tuviera la más mínima explicación, sin homilía ni lecturas inteligibles.

A pesar de todo allí también Jesús se hacía presente, y aunque los signos se volvían completamente oscuros y bien difíciles de comprender, la gracia fluía y llegaba a los que participaban, sobre todo a los que reemplazaban con piedad y devoción la falta de comprensión.

Y uno se pregunta: ¿Cómo algo así pudo sostenerse, a pesar de todo?

Pienso que esto es un milagro de Dios. Pues aunque ya es un prodigio extraordinario el que un pedazo de pan y un poco de vino se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, el que una celebración que se convirtió, por obra y arte de la negligencia de muchos en una pieza de museo, haya podido sobrevivir al impacto del tiempo, me parece también algo imposible de explicar.

QUEDA MUCHO POR HACER

No estoy diciendo con esto que todo haya cambiado para bien. Por el contrario, hemos de lamentar que todavía no se haya lo- grado, en la mayoría de las comunidades, una total transformación de lo que siempre debió haber sido una fiesta de liberación y de amor, con todas las connotaciones externas que tal concepto implica.

Con todo, hemos de sentirnos contentos de que en nuestro medio se puede ver que, casi por todas partes, se hacen esfuerzos para hacer de la Eucaristía, tanto dominical como diaria, una celebración digna del Dios a quien adoramos y de los asistentes que participamos.

Es lamentable que haya lugares en los que los cambios mandados por el Concilio Vaticano II sigan esperando a que aparezcan líderes dispuestos a ponerlos en práctica.

Quienes pierden son, sobre todo, los fieles, que salen de la Misa igual que salíamos nosotros cuando yo era niño, sin saber el por qué y el para qué de lo que habíamos hecho. Y así es como se van desnutriendo los católicos y muriendo los gérmenes de la vida cristiana.

III. EL NOMBRE "MISA"

Quizás no haya, en toda la historia de la Liturgia, un hecho tan curioso y significativo como la forma en que a la reunión principal de los cristianos llegó a dársele el nombre de "Misa".

Pero aunque resulte uno de esos casos de "aunque Ud. no lo crea", es rigurosamente cierto, y todavía hoy seguimos llamando así a la Asamblea en la que el Pueblo de Dios alaba, bendice y adora a Dios, al mismo tiempo que le ofrece, en forma sacramental, el sacrificio de su Hijo, memorial perpetuo de nuestra redención.

Como sabemos, en los primeros siglos la Iglesia sufrió numerosas persecuciones, mientras que, en tiempos de relativa paz, los cristianos vivían rodeados por gente con toda clase de creencias, algunas de ellas impregnadas de un materialismo grosero.

Esto los llevó a preservar sus reuniones de la contaminación de los los extraños, para evitar así influencias malsanas, por un lado, y malinterpretaciones de los signos sacramentales, por el otro.

Por la misma peligrosidad aneja a la condición de ser cristianos, los prosélitos fueron relativamente pocos durante los tres primeros siglos, por lo que los encargados de prepararlos para el bautismo podían atenderlos fácilmente. Durante la etapa preparatoria eran llamados "catecúmenos" voz proveniente del griego y que significa "ser instruido de viva voz". (La etapa pre-bautismal recibió el nombre de "catecumenado" ya que en ella se daba la "catequesis", que significa "instrucción de viva voz", siendo los "catequistas" los instructores y los "catecúmenos" quienes recibían la enseñanza pues se preparaban para el Bautismo).

Estos catecúmenos tenían sus reuniones especiales, consistentes en ritos de iniciación al Bautismo, oraciones, exorcismos, lecturas de las Escrituras e instrucción de los catequistas. Por supuesto que no participaban de la Asamblea propia de los bautizados o "fieles", es decir, la Eucaristía.

UN CAMBIO TOTAL

A partir del llamado "Edicto de Milán", que fue publicado realmente en Nicomedia en el año 313, llegó la ansiada paz para los cristianos, pues el emperador Constantino y su colega de Oriente se comprometieron a respetar a los seguidores de Jesús.

Esto trajo, como era de esperar, muchísimos cambios importantes en la vida de la Iglesia, pues ya no se la veía como una institución despreciable, ni como el grupo de los odiados seguidores de una secta que propugnaba toda clase de atrocidades, segun sus enemigos, sino como la mas respetable de todas las formas de culto y de vida.

Muchos fueron, pues, los que quisieron, en adelante, pertenecer a ella, y se hizo necesario tomar las medidas pertinentes para que una entrada masiva de nuevos adeptos no trajera como consecuencia relajamiento y caos.

Para evitarlo se reforzaron las exigencias previas al Bautismo y la preparación a este sacramento se intensificó y alargó, pues desde el primer momento se vio que no todos los que pedían el bautismo estaban realmente decididos a llevar a cabo una conversión en regla, por lo que, aunque no se los rechazaba, se los mantenía en la condición de "catecúmenos" hasta tanto se decidieran a seguir a Cristo incondicionalmente.

Esto planteó un problema: ¿Qué hacer con tantos catecúmenos?

Pues el número de catequistas disponible no siempre era suficiente y, por otro lado, no se podía estar perdiendo el tiempo con personas que no daban muestras de un cambio fundamental en sus creencias y formas de vida.

La solución que se dio al problema fue permitir que los catecúmenos participasen también en las reuniones oficiales, pero sólo en su primera parte, la que se conoce como "Liturgia de la Palabra". Con esto se conseguía que todos esos "simpatizantes" que aspiraban ser bautizados algun día, mantuviesen el contacto con la Palabra de Dios, recibieran la instrucción homilética y orasen junto a sus hermanos ya bautizados.

LA CAUSA DEL MALENTENDIDO

Finalizada esa primera parte se procedía a despedir a los catecúmenos, de modo que sólo quedaran en la reunión los bautizados, y a este sencillo rito se le llamó "Missa Cathecumenorum" que podríamos traducir por "Despedida de los Catecúmenos". Algo parecido se hacía al final de la reunión, cuando se tenía la "Missa Fidelium" o "despedida de los fieles".

¿Qué razones influyeron para que una palabra que significa "despedida" o quizás mejor "envío", y que se usaba en un momento de la celebración con un significado y propósito tan específico, pasara a ser usada para referirse a toda la celebración?

Hemos de suponer que en esto influyó, poderosamente, la constante declinación de la participación activa de los fieles, que se fueron apartando progresivamente del que presidía, hasta llegar a un lamentable "divorcio litúrgico" que permitió que unos y otros actuaran por su lado, creando una ignorancia generalizada sobre lo que era, en realidad, la celebración eucarística.

Pero pudo ser también que, al desaparecer el latín como lengua viva, la gente poco a poco fue usando la palabra sin saber exactamente lo que significaba, quedando lentamente acuñada sin ninguna razón aparente. Algo así como lo que ha ocurrido con muchas palabras en diversos pueblos. Recuerdo, por ejemplo, que en Cuba se usaba la palabra "gillette" como sinónimo de cuchilla de afeitar, o "frigidaire" como refrigerador, siendo que ambas eran marcas registradas de sendos artículos de uso común.

Misa, pues, no es la palabra más apropiada, ni mucho menos, pero con el uso de tantos siglos no es fácil borrarla y es posible que siga usándose todavía por un largo tiempo.

De todos modos, es totalmente lícito, al referirnos a la reunión cristiana por excelencia, usar de otras expresiones, mucho más antiguas y apropiadas, como Asamblea o Celebración Eucarística.

IV. ASAMBLEA DOMINICAL

La Misa es una Asamblea. Esto significa que es la reunión oficial de un grupo bien definido: el Pueblo de la Nueva Alianza.

Asistir, pues, a esta Asamblea, supone, por parte del que participa, una clara conciencia de que se trata de un compromiso serio y no de algo que se hace sólo cuando sobra tiempo o no hay otra cosa que hacer.

El que nunca va a la Misa dominical, o lo hace nada más que de vez en cuando, a impulsos del buen humor, no puede sentirse parte integrante de ese cuerpo, pues su asistencia es sólo un asunto individual, que se decide por las propias conveniencias y gustos.

Esto se da todavía, lamentablemente, con mucha frecuencia, y tiene sus causas en la ignorancia religiosa que existe entre muchos que se consideran católicos.

LA IGLESIA ES UNA COMUNIDAD

Sabemos que el ser humano es social por naturaleza. No hemos sido creados para que actuemos como islas, en forma egoísta. Y está claramente revelado que Cristo vino a salvarnos como parte de un pueblo, el de Dios.

Esa es la razón por la que, además de las devociones personales y del íntimo contacto individual con Dios, necesitamos de expresiones colectivas, formales, en las que renovemos nuestra conciencia de pertenencia a esa "comunidad de los salvados".

La Misa, pues, es una reunión familiar, en la que nos congregamos para ofrecer algo en forma común, y no individual, al Padre, por medio de Jesucristo, y bajo la moción del Espíritu Santo.

Las mismas actitudes de la gente nos dicen cuál es la idea que tiene sobre lo que van a hacer en la iglesia. Todavía hoy, después de más de treinta años del Concilio, hay quienes llegan y, sin mirar a nadie, se engolfan en sus devociones o en la lectura de algún libro piadoso. No son pocos los que llegan como si fuera a un cine, buscando un lugar bien alejado y apartado de los demás, cualquier rincón donde se sienten más a gusto mientras menos personas tengan cerca.

Estos, claramente, no van a reunirse, porque su actitud indica que "van a lo suyo", como si la Asamblea fuera un asunto individual y no común a todos los hijos de Dios.

ASAMBLEA SEMANAL

El ritmo semanal de vida se remonta a tiempos inmemoriales. Lo mismo el culto religioso. Reminiscencia de ello son los nombres de los días de la semana. El "Sunday", y lo pongo en inglés porque en español perdió esa forma, era el día dedicado por sus adoradores al dios Sol, lo mismo que el lunes lo era a la Luna, el martes a Marte,el miércoles a Mercurio, el jueves a Júpiter, el viernes a Venus y el sábado a Saturno (en inglés Saturday).

Para los israelitas sólo un día tenía nombre, que era el Sabbath, dedicado al Señor, como dice la Escritura: Fíjate en el sábado para santificarlo, durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el emigrante que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos, y el séptimo descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó (Exodo 20, 8-11).

Ese día era, pues, para descansar y alabar a Dios. Con este último fin se reunían los israelitas en un lugar especial, llamado "sinagoga", que viene a significar, precisamente, "lugar de reunión". Allí se leía la Palabra de Dios y se comentaba, se cantaban salmos y se oraba. Con ello se cumplía el precepto de santificar - separar de lo profano - todo un día de cada semana.

Nadie entendió nunca que durante todo ese día el Pueblo de Dios estuviera dedicado a la oración y la alabanza, pero sí a elevar el espíritu al apartarse de las actividades ordinarias, como el trabajo.

Los primeros cristianos recibieron la herencia del culto semanal como un rico tesoro, y supieron estimarlo adecuadamente. Muy al principio conservaron las prescripciones propias del Sabbath, mientras se reunían el "primer día de la semana" para celebrar la Eucaristía y así recordar la Muerte y Resurrección de Jesús, en la forma que El mismo había mandado.

Poco a poco se fueron convenciendo de que ese "primer día de la semana" había sido santificado en forma especial por la resurrección de Cristo y, expulsados además de las sinagogas, convinieron en seguir reuniéndose solamente en ese día que llegaría a recibir el nombre de "día del Señor", en latín "Dominica dies", de lo que salió posteriormente nuestro "domingo" en español.

V. LA PALABRA EN LA LITURGIA

El uso de la Palabra de Dios en la Liturgia viene de muy antiguo. Ya en el Antiguo Testamento encontramos, como ya he dicho, que los israelitas se reunían cada sábado en la sinagoga para escuchar dos lecturas y sus respectivos comentarios, amén de cantar salmos, orar juntos y sentirse parte del Pueblo de Dios.

De estas lecturas que se leían en la sinagoga la primera era tomada de los cinco primeros libros, conocidos como la Tora o la Ley, y la segunda de los libros de los Profetas.

La primera lectura estaba reservada a un rabino o doctor de la Ley siempre que era posible, que se encargaba, además, de su comentario. La segunda, por el contrario, podía ser leída por cualquiera de los presentes, quien a su vez la comentaba.

Recordemos que aunque hombres y mujeres acudían a la reunión sabatina de la sinagoga, sólo los hombres participaban realmente, pues la mujeres debían sentarse detrás y nunca tomaban parte en las lecturas y los comentarios.

Los cristianos siguieron frecuentando la sinagoga mientras pudieron, pero pronto entraron en conflicto con las autoridades judías y llegó un momento en que ni siquiera se les permitió participar en las reuniones, pues eran considerados como unos renegados.

UN TESTIMONIO IMPORTANTE

Un autor del siglo II, san Justino, nos ha dejado un testimonio de la forma en que, por aquel tiempo, se celebraba la Eucaristía: El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad que los que viven en el campo, y, según conviene, se leen los tratados de los apóstoles o los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita. Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables (Apología en defensa de los cristianos, cap. 67).

En los primeros tiempos las lecturas no se circunscribían a la Biblia, sino que se empleaban también escritos diversos y cartas enviadas sea por los apóstoles o por otros predicadores que querían comunicar su mensaje a la comunidad por este medio.

PRIMERAS REGLAS LITÚRGICAS

Posteriormente la Iglesia fue regulando todo lo relacionado con la Liturgia, por lo que restringió las lecturas a las estrictamente bíblicas, incluidas ya entre éstas las de los libros que conocemos como el Nuevo Testamento.

En cuanto al número de lecturas no hubo reglas fijas en un principio, aunque, por lo general, no pasaban de ser dos o tres. Con el tiempo se fue inclinando la balanza al número tres, para así escoger una del Antiguo Testamento, otra de las cartas y escritos apostólicos y la última sacada de los cuatro evangelios.

Hubo épocas y lugares en que cada lectura era seguida de una pequeña explicación u homilía.

APOGEO Y EMPOBRECIMIENTO LITÚRGICO

La Liturgia fue para los cristianos el acontecimiento central de la semana, por lo que, durante mucho tiempo, no les importaba pasar dos o tres horas en este quehacer semanal.

Algo que influyó poderosamente para que los fieles perdieran el gusto por su participación en la Liturgia fue el hecho de la supervivencia del latín como lengua del culto, por lo que los participantes se sentían ajenos a lo que se hacía, hasta llegar a considerarse más bien como mudos espectadores. Esto trajo como consecuencia el empobrecimiento de la vida litúrgica en las parroquias, la disminución de lecturas y la reducción de la celebración al mínimo de tiempo.

Todavía podemos recordar los tiempos en que los fieles se sentían agradecidos cuando un sacerdote poco cuidadoso les ofrecía el "regalo" de una misa dominical en quince minutos, lo que dejaba las conciencias tranquilas pues se había cumplido con el precepto, que era, en definitiva, lo que importaba.

En general, la gente salía de la Misa sin saber exactamente lo que había hecho, pues apenas recordaría lo que la Palabra de Dios les anunciaba.

Es verdad que muchos católicos usaban misales para resolver las deficiencias, pero éstos eran siempre una minoría comparados con el total de la feligresía.

Gracias a Dios que el Concilio resolvió de una vez por todas la triste situación, haciendo posible que los asistentes pudieran participar de forma inteligible y activa, como había sido durante los primeros siglos.

Lecturas y homilías eran, pues, como hemos visto, parte importante de la celebración, y constituían lo que conocemos como Liturgia de la Palabra", con la que se comenzaba la Asamblea.

Hoy ya tenemos la misma oportunidad que tuvieron los cristianos de los primeros siglos, y si un creyente participa en forma asidua en la Eucaristía y está atento a las lecturas y la homilía, podemos estar seguros de que irá adquiriendo un conocimiento profundo de la Palabra de Dios, para poder llegar así al ideal propuesto por Cristo en aquella frase: Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra (Lucas 11,28).

VI. LITURGIA DE LA PALABRA

Después del Concilio hemos vuelto a descubrir que la Misa, como Asamblea Eucarística, está formada por dos partes igualmente importantes: la Liturgia de la Palabra y la de la Eucaristía.

Con todo, son todavía muchos los católicos que no se han enterado de esta realidad, por lo que acostumbran a llegar a la hora que mejor les parece, ateniéndose a que uno cumple el precepto si logra oír el Evangelio.

En realidad, el precepto de la Iglesia obliga, como medio de cumplir el tercero de los mandamientos del Decálogo, a asistir regularmente a la Misa los domingos y fiestas de guardar.

No se supone que uno pueda llegar tarde a la celebración como cosa normal, sino que, por el contrario, se espera que todo buen católico haga su mejor esfuerzo para llegar a tiempo.

Claro que puede haber ocasiones, que serían las excepciones a la regla, en que uno llegue tarde por algun motivo, lo que estaría perfectamente justificado cuando, en forma habitual, se hace lo posible por estar presente desde el comienzo.

LAS LECTURAS

Después de las reformas del Concilio se instituyó un ciclo de tres años en que las lecturas dominicales, con excepción de algunas festividades, son diferentes. De esta manera, al cabo de los tres años, se han leído las partes más importantes de toda la Biblia.

Es innegable que el alimento primordial de un cristiano es la Palabra de Dios y la Eucaristía. Si se toma una y se descuida la otra hay el peligro de crear un desbalance espiritual que puede llevar a la apatía y hasta la pérdida de la fe.

Escuchar cada domingo la proclamación de las lecturas es una forma de ir conociendo más profundamente el mensaje de Dios, que poco a poco, y casi sin uno darse cuenta, irá convirtiéndose en parte de nuestra propia vida, de modo que tenga su aplicación en las diferentes circunstancias en las que uno se encuentra.

Rechazar de manera habitual este alimento sería temerario y peligroso, pues un cristiano que no conoce la Palabra no podrá apreciar debidamente los dones de Dios ni vivir de acuerdo a los criterios cristianos que de Ella se derivan.

Hay que escuchar las lecturas atentamente, tratando de captar su sentido, teniendo en cuenta que el tema principal de cada domingo lo dan la primera y la tercera lecturas, pues la segunda suele ser una lectura continuada de alguna carta apostólica, la que, ordinariamente, no guarda relación con lo que se dice en las otras.

En cuanto al salmo responsorial lo ideal es que se cante, pero hay lugares donde esto no es tan fácil, por no disponer de solistas que lleven las partes variables, ni un director que pueda enseñar la diversas respuestas.

LA HOMILÍA COMO PARTE DE LA PALABRA

Nadie pensará que lo que el sacerdote dice es Palabra de Dios. Sin embargo, la homilía es parte de la Liturgia y, como tal, refleja esa Palabra, cuando se ha transmitido de manera fiel el mensaje de la misma. Esa es la razón por la que, en toda celebración eucarística, pero sobre todo los domingos, nunca debe faltar la homilía.

Lo importante de la homilia no es que sea larga o corta, sino que ACTUALICE el tema dado por las lecturas, para poner en el HOY lo que fue dicho en el AYER.

Cuando los presentes sacan algunas ideas, pocas pero claras, salen de la celebración con un nuevo espíritu, dispuestos a vivir una una semana más en el amor y servicio a Dios y al prójimo.

De cómo sea la homilía va a depender, en gran parte, que los asistentes se sientan mejor o peor. No digo, desde luego, que vayan sólo por oír un buen orador, pero si el sacerdote no es capaz de hilvanar las ideas y transmitir un mensaje, la gente quedará a oscuras y su participación les parecerá rutinaria.

LA PALABRA COMO DON

La predicación ha sido uno de los dones especiales que el Espíritu Santo ha dado a su Pueblo.

Desde el tiempo de los Profetas, hablar en nombre de Dios ha sido una tarea importante, siempre reconocida como tal en las Escrituras.

Juan el Bautista se preparo en la oración y la penitencia, hasta que el Espíritu lo sacó de la soledad y lo llevó a predicar un bautismo de conversión.

Jesús enviaría a sus apóstoles y discípulos a predicar la Buena Noticia de la salvación que Dios quiere para todos sus hijos.

No todos los enviados, por supuesto, son grandes oradores. Jeremías se quejaba ante el Señor: Mira que no sé hablar, que soy un muchacho (1,6), pero Dios insistió: A donde yo te envíe, irás, lo que yo te mande, lo dirás (1,7).

El mismo Moisés no tenía mucha facilidad de palabra, por lo que Dios usó como portavoz a su hermano Aarón. De san Pablo se llegó a decir que no sabía hablar.

Pero no depende del que habla, sino del que lo ha escogido. Lo importante es que el predicador se deje guiar y sea fiel a lo que El Señor le transmita.

Claro que el predicador tiene que prepararse, primero por respeto a la Palabra de la que es portador, y después por respeto a la Asamblea de los que han de escucharle.

Pero si, después de haber hecho todo lo posible por cumplir con su deber, sobre todo con su oración sostenida, lo que dice resulta aburrido, o deshilvanado, hay que aceptarlo sin críticas, pues es un servidor cuya vocación viene del mismo Dios.

Críticas merece, desde luego, quien no hace un esfuerzo por preparar bien sus homilías, pues esta fallándole a Quien le confió tan importante ministerio.

VII. MANERAS DE CELEBRAR

La Misa tiene que ser un anticipo sacramental de la felicidad que disfrutaremos junto a Dios por toda la eternidad. ¿Cómo puede entender alguien que la vida junto a Dios sea algo tan maravilloso si su anticipo se vuelve tan soso que no entusiasma a nadie?

Muy cierto que después de las reformas del Vaticano II "la participación plena, consciente y activa" de la que nos habla la Constitución sobre la Liturgia (No. 14), se hace mucho más fácil.

LA NECESIDAD DE LA CATEQUESIS

Pero no bastan los documentos. Es necesario que la letra muerta se transforme en vida por la voluntad y la decisión de los pastores y de los fieles.

Por eso, aunque haya cambiado el idioma utilizado, todavía hoy, en muchas partes, se nota un marcado inmovilismo.

¿No es cierto que muchos fieles siguen sin entender lo que realmente van a hacer cada domingo en el templo? No es raro, pues, que sean tantos los que van sólo cuando buenamente se les ocurre, es decir, cuando están "de humor" para ir a pasar un rato en un culto religioso.

Las actitudes cristianas no nacen espontáneamente, sino que son el fruto de la evangelización y de la catequesis. La primera conduce a la conversión mientras que la segunda a la profundización en el conocimiento de la Divina Revelación.

La conversión supone un acto de amor total, que lleva al sujeto a un cambio profundo en sus maneras de pensar y de actuar. Una verdadera conversión crea actitudes esenciales y existenciales.

La catequesis dará la formación suficiente para permitir que esas nuevas actitudes tengan una base firme, de modo que no ocurra como a la semilla caída en el camino o entre piedras y zarzales.

Esta es la labor de todos los que llamamos "agentes de la pastoral", que incluye a los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, catequistas, ministros extraordinarios de la Eucaristía y a todos los laicos comprometidos con la misión de la Iglesia.

CADA UNO DEBE CONOCER SU FUNCIÓN

Es lógico que si los más llamados a dar realce a la celebración cumplen su parte en una forma poco edificante, serán los fieles los que sufran, y en lugar de participar de la fiesta gozosa de la salvación estarán siendo invitados a aburrirse soberanamente.

Es triste reconocer que no todos los que tienen a su cargo una función litúrgica la saben desempeñar a cabalidad y en la forma que cabría esperar de los mismos.

Los principales enemigos que tiene la dignidad de la Liturgia son la prisa y la rutina. Lo primero se debe al hecho de que hay ministros que piensan que si la celebración dura "más de la cuenta" muchos se irán antes de terminar o simplemente no vendrán.

Esto es un argumento falso. Claro que es necesario llegar a un consenso en cuanto al tiempo que debe durar la celebración. Pero ¿qué menos que una hora los domingos, tratándose de la acción litúrgica por excelencia del Pueblo de Dios?

Con media hora será suficiente para las Misas de la semana, y es lógico que cuando se trata de ocasiones especiales o de grupos particulares la duración no tiene que tener límites demasiado estrictos.

En cuanto a lo segundo es indiscutible que algunos dan la impresión de que actúan como actores que están representando un papel aprendido de memoria a fuerza de tanto repetirlo. Creo que un celebrante consciente, así como todo aquel que ejerza una función litúrgica, debe poner en ella alma, vida y corazón, como si fuera la primera o la última vez que la realizan, de modo que todo resulte para la mayor gloria de Dios y edificación espiritual de los participantes.

Si las cosas se hacen de esta manera podemos estar seguros que el tiempo pasará casi sin darse cuenta y habrá mayor conciencia en todos de que se trata de una Asamblea de creyentes y no un grupo que se reúne porque no le queda más remedio.

Quiero terminar este punto diciendo que veo con preocupación lo que considero un abuso de ciertos grupos, incluidos sacerdotes y personas consagradas.

Tratando de crear un ambiente más entusiasta, donde de verdad se alabe a Dios, están, a mi modo de ver, utilizando las celebraciones litúrgicas para hacer toda clase de cosas que estarían mucho mejor si se hicieran fuera de la celebración eucarística propiamente dicha..

VIII. EL ALTAR

Aunque muchos católicos todavía se acuerdan de los tiempos en que la Misa era prácticamente cosa de una sola persona - el sacerdote -, y de un solo lugar - el altar -, en toda celebración eucarística tenemos que destacar diversos lugares, que constituyen los focos de atención de la Asamblea.

El primer lugar, indiscutiblemente, lo constituye el altar. Debemos recordar, sin embargo, que la palabra "altar" ha sufrido una gran transformación semántica, ya que para muchos vino a significar el retablo donde se colocaban las imágenes sagradas.

En realidad el "altar" es mucho más antiguo que el Cristianismo. Podríamos remontarnos a los tiempos de Caín y Abel, según el libro del Génesis, para encontrar los primeros altares, es decir, los lugares sobre los que se ofrecían los sacrificios y ofrendas a Dios.

Toda religión ha tenido, de alguna manera, sus altares y sus sacrificios, y de ahí surgió la idea del "templo", que era, por encima de todo, el recinto sagrado en el que se colocaba el altar donde se sacrificaban las víctimas que se ofrecían a la divinidad.

Los israelitas, con toda seguridad, eran el único pueblo que no tenía ni altar ni templo, por lo que andaban tentados de ofrecer sacrificios a dioses falsos. Dios concedió a este pueblo, como una condescendencia propia de la pedagogía divina, tener posteriormente altar y templo, de modo que no se sintiera inferior a los demás, aunque limitándolo a uno solo, que quedó situado en Jerusalén. Todo otro lugar de sacrificio quedaba excluido.

Dije que hubo una condescendencia divina porque, en realidad, Dios no quería exigir de su pueblo unos sacrificios que en nada podían servir para la gloria divina ni a la santificación del género humano, sino, a lo más, para una purificación legal y externa.

Así lo expresa la Carta a los Hebreos: Es que es imposible que sangre de toros y cabras quite los pecados; por eso, al entrar en el mundo dice él: Sacrificio y ofrendas no los quisiste en vez de eso, me has dado un cuerpo a mí; holocaustos y víctimas expiatorias no te agradan, entonces dije: "Aquí estoy yo (en el libro hay un título que se refiere a mí) para realizar tu designio, Dios mío" (10,4-5).

Sin embargo, tanto el Templo de Jerusalén como los altares para ofrecer a Dios las ofrendas y sacrificios, eran parte de todo un proceso de preparación, para que cuando llegase el Mesías, realizase el único y verdadero sacrificio que haría posible la transformación de toda la humanidad.

Jesús, el Hijo de Dios, no se ofrecería en el Templo, ni en un altar de piedra, sino en el altar de la cruz, de una vez y para siempre.

Volvemos a la Carta a los Hebreos: El Mesías, en cambio, presentándose como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos, mediante el tabernáculo mayor y más perfecto, no hecho por hombres, es decir, no de este mundo creado, y por medio de sangre no de cabras y becerros, sino suya propia, entró de una vez para siempre al santuario, consiguiendo una liberación irrevocable (9,11-12).

Fue voluntad expresa del Señor que sus discípulos recordaran este ofrecimiento suyo, por medio, no ya de sacrificios sangrientos, sino de una celebración sacramental, en que, usando de las especies del pan y del vino, se renovara su sacrificio.

Pan y vino fueron convertidos, por su poder, en su cuerpo y su sangre, dando así a estos elementos la capacidad para significar, en forma sacramental, su entrega a la muerte y el derramamiento de su sangre, a fin de que el único sacrificio con fuerza redentora pudiera ser renovado para dar vida a los que en él participasen.

Así lo entendieron claramente los apóstoles y primeros discípulos, que se reunían para recordar la muerte del Señor. Así, el uso de una mesa sacrificial, de un altar, fue desde los comienzos una forma de dar a entender que ya todo sacrificio sangriento había quedado abolido, y que en la Nueva Alianza sólo cabía la renovación del único sacrificio, el de Jesús en la cruz, cuyo memorial El mismo nos dejó, instituido en la Última Cena.

El altar cristiano es, pues, una mesa, donde se realiza la consagración del pan y del vino, por medio de la cual Jesús renueva su ofrecimiento al Padre, usando como instrumento el ministro que lo representa.

Fue lamentable que al altar se le pusiera contra una pared y luego se le añadieran retablos que empobrecieron totalmente su significado.

Esto ocurrió porque en los monasterios, habiendo muchos sacerdotes, cada uno celebraba por su cuenta y en solitario, pues se había abandonado la concelebración en la iglesia latina, por lo que se colocaban altares en todos los rincones y, como no había otros participantes, les daba lo mismo ponerlos contra la pared.

Así fue que comenzó la costumbre lamentable de hacer lo mismo en las iglesias parroquiales y tuvimos que esperar a las reformas post-conciliares para volver a tener el altar como centro y lugar privilegiado de la celebración. No podía ser menos, pues la Eucaristía encuentra allí su perfecta realización. Por eso se le debe rodear del máximo respeto, utilizándolo sólo para la celebración eucarística, evitando cualquier abuso que pudiera oscurecer su preminencia y altísima dignidad.

IX. EUCARISTÍA Y PASCUA

Quizás para muchos no tenga ningún significado el hecho de que Jesús muriera durante los días más sagrados para los judíos, ya que celebraban su fiesta más importante, la Pascua.

Esta recordaba la liberación de la esclavitud que los antiguos israelitas sufrieron durante gran parte de los 430 años que pasaron en Egipto.

El rito más importante de la fiesta consistía en una cena, para de ese modo realizar lo mismo que hicieron los antepasados la noche de la primera Pascua.

Como señala el libro del Exodo, Moisés mandó, por orden de Dios, que cada familia o grupo de familias más pequeñas, matasen un cordero, que debía tener características especiales (Ver Exodo 12, 1-28).

La sangre del cordero se convirtió en señal de liberación al ser untada en las paredes y dinteles de las puertas. Su carne, junto con hierbas amargas y panes ázimos (sin levadura), sería el manjar de aquella primera cena pascual que marcaría el comienzo de la acción salvadora de Dios al sacar a su pueblo de la esclavitud egipcia.

Esta esclavitud temporal llevó a los israelitas a tomar conciencia de la necesidad que tenían de Dios, y a El clamaban, con la esperanza de romper sus cadenas y llegar a poseer la Tierra Prometida por Dios a Abraham.

Todo esto ocurrió cientos de años antes de la venida del Mesías, pero constituyó el anuncio de la suya, que sería la liberación más importante, pues duraría para siempre.

Por eso, en el marco de una fiesta pascual, Dios decide hacer realidad las promesas de redención, no sólo para el pueblo de Israel, destinatario primero de las promesas, sino para toda la humanidad, necesitada de una liberación mucho más profunda, trascendental y permanente.

LA FECHA DE LA PASCUA

Es así como Jesús escoge celebrar la Pascua con sus apóstoles en una forma anticipada, según algunos autores, utilizando un calendario más antiguo que solían usar los monjes esenios de la comunidad de Qumram, a orillas del Mar Muerto, y que había tenido anteriormente plena validez.

No se han podido poner de acuerdo los expertos sobre el día preciso de la Cena. Aunque la Iglesia celebra su conmemoración el Jueves Santo, no ha sido por motivos cronológicos.

Según los evangelistas la crucifixión ocurrió a la hora sexta, es decir, al mediodía del viernes, por lo que hubiera sido casi imposible que entre la medianoche y el mediodía ocurriesen todos los sucesos que acontecieron.

Parece más verosímil, pues, colocar la cena de Jesús con sus apóstoles en la noche del martes o del miércoles, aunque esta precisión tiene poca importancia a la hora de analizar el significado mismo de lo que en ella ocurrió.

Ardientemente había deseado Jesús ese momento solemne en que iba a instituir, como sacramento perpetuo, el memorial de su Muerte y Resurrección, acontecimiento supremo de la Historia, por cuanto por su medio iba Dios a reconciliar consigo a toda la humanidad.

EN MEMORIA SUYA

Esa noche enseñaría a sus discípulos que en adelante ya no tendrían que celebrar la Pascua antigua, ni comer del cordero cuya sangre fue símbolo de liberación, sino que recordarían la verdadera y definitiva Pascua, la que realizaría por medio de su Muerte y Resurrección, comiendo ellos de su propio Cuerpo y bebiendo de su propia Sangre.

Por eso, con toda razón, se ha dado en llamar "Última Cena" a la que Jesús comió con sus apóstoles, pues con ella se cerraba el ciclo de la Antigua Alianza y, al mismo tiempo, se abría la nueva era de la Alianza Eterna entre Dios y todos los que aceptaran la Redención alcanzada por su Hijo.

El hagan esto en memoria mía fue muy bien entendido por los apóstoles y primeros discípulos, quienes comprendieron, como dice san Pablo, que cada vez que comen ustedes de ese pan y beben de esa copa, proclaman la muerte del Señor, hasta que El vuelva (1a. Corintios 11,26).

Pascua y Eucaristía son, por tanto, una misma realidad, ya que la segunda es la renovación constante de la primera. Lo que celebramos los cristianos, cuando nos reunimos en la Misa, es la Muerte y Resurrección de Jesús.

Posteriormente otros ritos, lecturas, oraciones y cánticos completarían la celebración cristiana por excelencia, pero dejando bien claramente establecido que lo más importante era la renovación sacramental de la entrega de Cristo al Padre, sin la cual la Eucaristía carecería de todo su valor intrínseco.

La presencia real de Cristo se realiza, pues, primero para renovar el sacrificio y luego para hacer participar, a todos los que lo aceptan como su Salvador, del cuerpo inmolado y la sangre derramada para la redención de toda la humanidad. Esta es la comida sacramental que nos sostiene en el camino hacia la Patria prometida, donde la Fiesta Pascual será una realidad por los siglos de los siglos.

X. TRANSUBSTANCIACIÓN

Cuando algunos oyen esta palabra les suena a algo raro y se preguntan qué significará.

Se trata de una explicación filosófica de lo que aconteció la noche en que Jesús instituyó la Eucaristía en el marco de la Última Cena, cuando tomando un pedazo de pan y una copa de vino dijo las palabras transformadoras: Esto es mi cuerpo, Esta es mi sangre.

¿Qué pasó allí?, se preguntaron los filósofos cristianos con el correr de los tiempos. Pues aunque creemos que Jesús está presente y ese pan y ese vino son realmente su cuerpo y su sangre, con todo siguen apareciendo a nuestros ojos los accidentes del pan y del vino.

De esa reflexión resultó la palabra transubstanciación, que no es necesario entender, como tampoco es posible entender el misterio oculto en este sacramento que sintetiza el amor de Cristo por nosotros, pues nos amó hasta el extremo.

SUBSTANCIA Y ACCIDENTES

Según los filósofos una cosa es lo que es por un elemento abstracto y oculto que se llama substancia. Esta se define como lo que hace posible que una cosa sea lo que es.

Esto significa que un libro es libro no porque tenga páginas con muchas letras, sino porque tiene "substancia" de libro. Y así todo lo demás.

De esta manera entendemos que, cuando Jesús convirtió el pan en su cuerpo y el vino en su sangre, pero sin que se cambiaran las apariencias exteriores ni de uno ni de otro, lo que se cambió en realidad fue la substancia, ya que los accidentes continuaron existiendo.

Lo que se produjo fue, pues, un "cambio de substancia", que es lo que significa la palabra "transubstanciación", aunque lo que vemos y tocamos es el "signo" sacramental, es decir, los accidentes exteriores que nos hablan de la realidad que se oculta detrás de ellos.

LA FE DESCUBRE LO QUE LOS SENTIDOS IGNORAN

Como decía antes, ya resulta para nosotros bastante ininteligible la explicación filosófica, sobre todo si no estamos acostumbrados al lenguaje de los pensadores. ¿Qué será si queremos comprender la realidad misma del sacramento?

Lo único que funciona aquí es la fe. Sólo podemos responder con Pedro: Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios (Juan 6, 68-69).

¿Cómo podría alguien aceptar que ese pedazo de pan es el cuerpo de Cristo después de un análisis de laboratorio? Porque si llevamos a examinar el pan y el vino consagrados, los especialistas seguramente dirán: esto no es más que pan y vino.

Allí donde los sentidos se confunden, pues no saben comprender más allá de lo que pueden captar, es la fe la que tiene que suplir las limitaciones y descubrir la fuerza y el poder de Dios.

SIGNO DE AMOR Y DE UNIDAD

Cristo escogió con toda intención dos elementos muy comunes en la alimentación de muchos pueblos. Pero no lo hizo sólo por eso. Pan y vino, curiosamente, son el producto de la unión de muchos granos de trigo o de uva. Y esto también cuenta, pues El quiso dejarnos en el memorial de su Muerte y Resurrección un medio para conseguir la unidad de sus discípulos.

Uno de los aspectos más importantes de la Eucaristía, y que con frecuencia ha quedado olvidado o relegado, es el comunitario. No se trata simplemente de comer el cuerpo y beber la sangre de Jesús. Se trata de hacernos UNO con El.

Por eso se habla de COMUNIÓN, que no viene, como alguno pudiera pensar, de COMER, sino de la COMÚN UNIÓN que existe entre Jesús y cada uno de los comulgantes, y de éstos entre sí.

VIVIENDO EL CUERPO MÍSTICO

Ser uno con Cristo es quedar introducido en ese misterio de su Cuerpo Místico, del que Pablo dice que funciona como el cuerpo humano. (Ver 1a. Corintios 12).

Todos los que comulgan forman parte de él, y reciben, por lo mismo, los beneficios correspondientes.

Por eso, quedar "ex-comulgados", o sea, apartados de la comunión con Cristo y los hermanos, es el peor castigo que se pueda imponer a un católico. Claro que la Iglesia lo único que hace es ratificar con una sentencia - cada vez más raramente -, lo que todos los días muchos hacen voluntaria y conscientemente, pues lo que nos ex-comulga es el pecado.

Si bien no podríamos usar la palabra "transubstanciación" para explicar esta unión tan íntima con Cristo que nos hace ser "otro El", con todo, podemos decir que el ideal cristiano es llegar a compenetrarnos de tal manera con Cristo que se logre lo que Pablo decía: Ya no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí (Gálatas 2,20).

Este era y sigue siendo el ideal cristiano, del que la comunión es como su más alto signo. Porque lo que importa es que tengamos los criterios de Cristo, sus formas de pensar y de actuar, de tal modo que seamos realmente uno con El.

Esto es parte de un proceso que toma la vida entera, pues no es posible llegar a esa identificación en un período corto de tiempo. Tendremos que ser "discípulos", es decir "los que aprenden", hasta la muerte, pues Jesús es nuestro único Maestro, Camino, Verdad y Vida.

XI. SIGNOS Y SÍMBOLOS

La Liturgia nos habla frecuentemente con el lenguaje de los signos sacramentales.

El signo es una representación, una manera de idear lo sagrado en una forma humana, de modo que lo que vemos nos hable de la acción de Dios que no vemos.

Ha sido Dios quien ha querido hablarnos en forma simbólica, pues es la única manera de que, en nuestro estado actual, podamos comprender lo que El quiere enseñarnos.

La Misa es una celebración rica en símbolos. Es necesario señalar, sin embargo, que no todos los gestos, ritos o elementos usados han tenido el mismo significado desde el comienzo.

Como ya explicamos anterioremente, la materia del sacramento eucarístico la constituyen el pan y el vino, símbolo de la comida del Reino y, al mismo tiempo, de la unión de Cristo con sus discípulos y de éstos entre sí. El pan es formado por muchos granos de trigo que, después de molidos, producen la harina. El vino es también obtenido aplastando muchos granos de uva. Así como los diversos granos provienen de muchas partes, así somos todos invitados a la unión con Cristo.

Si estos dos serían los símbolos por excelencia, hay otros elementos a los que se les da valor simbólico: el altar, la cruz, el agua, los ornamentos, los colores liturgicos, el incienso, las velas y las acciones mismas, como las procesiones, la colecta, el lavatorio de las manos, la llamada conmixtion del vino con un poquito de agua y las diversas posturas observadas durante la celebración.

El ALTAR tiene también un valor simbólico, pues representa a Cristo y a su Iglesia, indivisiblemente unidos.

Por eso el altar tiene que ser construido de un solo bloque de piedra o mármol. De no poderse, hay que usar, siempre que sea posible, una pequeña ara que debe colocarse en el centro de la mesa de madera.

Al altar se le rodea de honores, se le besa y se le inciensa. Es el lugar donde Cristo se ofrece sacramentalmente, pero también el símbolo de su presencia, como la Roca espiritual, la Piedra Angular del edificio de su Iglesia.

La CRUZ fue uno de los primeros símbolos usados por los cristianos, con toda razón, pues Jesús murió por nosotros en una cruz.

En la Misa, además de introducirse con el tiempo la obligación de tener un crucifijo que esté en o cerca del altar, se fueron multiplicando las señales de la cruz que el celebrante debía hacer sobre sí mismo y sobre las ofrendas, llegándose a cierta exageración que ya ha sido subsanada.

El AGUA, que en pequeña cantidad se une al vino, representa nuestra humanidad, que en Cristo se une con la divinidad.

Los ORNAMENTOS fueron una imitación de las insignias de los sacerdotes del Templo de Jerusalén y también de los magistrados y oficiales del Imperio Romano. Son el símbolo de la autoridad.

Cada tiempo litúrgico tiene su COLOR especial, así como las principales fiestas del Año Litúrgico. Esto no fue siempre así, desde luego. En tiempos del papa Inocencio III, a finales del siglo XII, es que aparecen las primeras normas sobre el uso de los colores litúrgicos.

Mientras que el MORADO se usa en Adviento y Cuaresma, tiempos dedicados a la renovación interior, a la conversión y a la penitencia, el BLANCO será el símbolo de la alegría gozosa de la Pascua, cuando toda la Iglesia contempla radiante el triunfo de Jesús sobre la muerte y el mal. Se usa también en todas las fiestas alegres, como la Navidad y la Epifanía.

El ROJO, color de la sangre y del fuego, es usado en las fiestas de los mártires y en las celebraciones del Espíritu Santo.

El VERDE simboliza la esperanza cristiana y es utilizado durante todo el Tiempo Ordinario del Año, que abarca unas treinta y cuatro semanas.

El NEGRO, usado antiguamente en los ritos funerales, está hoy prácticamente en desuso, pues a estas celebraciones se les imprime actualmente un carácter pascual, que trata de sobreponer la alegría del triunfo de Cristo a la tristeza natural por la muerte de un ser querido.

Por último tenemos el AZUL, que es el color de la Virgen, sobre todo en la fiesta de la Inmaculada. Es el color del cielo, de la pureza y de la belleza espiritual.

Pasamos ahora a las VELAS, otro elemento muy usado en la Liturgia. Al principio no era más que algo puramente funcional, pues las reuniones cristianas solían ser de noche, y como es lógico, se requería iluminación.

Pronto se fue viendo en ellas un símbolo de Cristo y ya por el siglo V, en Jerusalén, se usaba el Cirio Pascual para representar a Cristo Resucitado. No tiene nada de extraño, pues Jesús se proclamó a sí mismo "Luz del Mundo".

Otro elemento que está presente en la celebración eucarística, sobre todo en las ocasiones más solemnes, es el INCIENSO. Al principio los cristianos fueron reacios a admitir el incienso, pues era muy usado en los ritos paganos. Parece que hacia el siglo IV se comienza a aceptar, pero más que nada para dar buen olor a los lugares de reunión. No debemos olvidar, con todo, que el incienso fue usado también por los judíos, y en el salmo 140,2, se le toma como símbolo de la oración del justo.

Dándole este mismo significado fue usado el incienso relativamente pronto en las comunidades cristianas orientales, aunque su uso en la Misa de rito latino parece no entró hasta el siglo IX.

En cuanto a las acciones comencemos por las posturas durante la celebración.

La más antigua y constante es, indudablemente, la de ESTAR DE PIE, pues el que celebra la Eucaristía es un pueblo en marcha, como el pueblo hebreo en la noche pascual.

Las primeras iglesias cristianas no tenían ni bancos ni sillas para sentarse, ni menos reclinatorios para arrodillarse. En algunas partes se usaron una especie de bastones que servían de apoyo para evitar el cansancio. Podemos pensar, con todo, que en las largas reuniones, que las había desde el principio, sería imposible permanecer de pie todo el tiempo, por lo que se sentarían en algunos momentos, en especial durante la predicación.

El ESTAR DE RODILLAS se introdujo posteriormente en señal de respeto y hasta como expresión penitencial, dando a entender con ello la indignidad de los fieles ante la grandeza del Sacramento Eucarístico.

De igual manera las PROCESIONES dentro de la Misa, en la que participan todos o una representacion de los presentes, simbolizan este pueblo en marcha hacia la Patria Prometida, Otra acción que cambió el significado de su simbolismo fue la llamada conmixtión. Se trata del momento en que el celebrante, habiendo partido la hostia, echa una partecita en el cáliz.

Cuando aparecieron las primeras comunidades esparcidas por el campo se hizo imposible al obispo atenderlas personalmente, por lo que enviaba en su lugar a un miembro de su Presbiterio - que era el grupo de hombres ordenados que lo ayudaban en sus funciones -, a quien daba una partecita de la hostia consagrada en su propia Eucaristía. El sacerdote, llegado el momento, la echaba en el cáliz, como símbolo de unidad de aquella comunidad con su Obispo.

Al desaparecer esta costumbre se mantuvo, sin embargo, la conmixtión, como se hace todavía hoy, pero dándole el significado de que tanto el pan como el vino conforman el único Cristo, todo entero en el sacramento.

Hubo épocas en que se dio sentido simbólico a casi todos los elementos, gestos, acciones y objetos usados en la celebración, pero esto fue una clara exageración. Creo que los señalados son los más importantes símbolos usados en la celebración de la Eucaristía en la actualidad.

XII. LA COMUNIÓN

La primera celebración eucarística fue, sin lugar a dudas, la que Jesús presidió en la Última Cena, rodeado de sus discípulos.

En esa ocasión El transformó el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, repartiéndolos luego entre los atónitos apóstoles.

Esa primera comunión la recibieron ellos estando reclinados, como parece haber sido la costumbre de entonces mientras se comía, pues no consta en el relato de los evangelistas que cambiaran de postura en aquel momento.

El pan, ciertamente, lo recibieron en las manos, aunque no está claro si Jesús les dio a cada uno un pedazo o si, después de partirlo, se lo dio a los que estaban a su lado para que lo fueran pasando sucesivamente. Es probable que la copa se la pasasen unos a otros.

MODOS DE HACER DE LA IGLESIA PRIMITIVA

Durante varios siglos no se hizo distinción entre los ministros ordenados y los simples fieles a la hora de recibir la comunión.

Como atestiguan los abundantes documentos que existen, todos recibían la comunión en las manos. Veamos lo que dice san Cirilo de Jerusalén, que murió en el año 386, en sus famosas Catequesis Mistagógicas:

"Cuando te acerques, no lo hagas con las manos extendidas o los dedos separados, sino haz con la izquierda un trono para la derecha, que ha de recibir al Rey, y luego con la palma de la mano forma un recipiente, recoge el Cuerpo del Señor y di Amén".

No se olvida el santo de recomendar a los fieles sumo cuidado para que nada se caiga al suelo, ya que deben tratar con gran respeto "lo que es más valioso que el oro y las piedras preciosas".

Llama poderosamente la atención lo que san Cirilo dice a propósito de la comunión con la Sangre del Señor, ya que después de señalar la forma en que se la ha de recibir, dice lo siguiente:

"Y cuando todavía estén húmedos tus labios, tócalos con las manos y santifica tus ojos, la frente y demás sentidos".

Esto último, seguramente, llenaría de estupor a muchos que hoy rechazan tocar con sus manos la hostia consagrada.

LA REVERENCIA CAMBIA EL RITO

Poco a poco, sin embargo, se fueron creando impedimentos, debido sobre todo al temor de que la Eucaristía sufriese profanaciones.

Así comenzaron en algunos lugares a exigir que los fieles se lavasen las manos antes de comulgar.

En las Galias, en el siglo VI, se obligaba a las mujeres a cubrirse la mano con un pañuelo blanco, a fin de que no recibieran el Cuerpo del Señor con la mano desnuda.

Por el siglo IX comienza a prohibirse que los laicos reciban la comunión en las manos. Esta nueva costumbre encuentra amplia acogida y ya en el siguiente siglo sólo los sacerdotes y diáconos pueden hacerlo.

En cuanto a la comunión con la especie del vino podemos decir que ésta perduró hasta el siglo XII, que fue cuando comienza a desaparecer, sobre todo porque, aparte de la razón ya mencionada, se tomó mayor conciencia de la presencia real de Cristo, todo entero, en cada una de las especies.

La comunión se recibió de pie al menos hasta el siglo XI, en que, por un sentido de mayor reverencia, se va introduciendo poco a poco el hacerlo de rodillas.

Estas actitudes llevaron a muchos a abandonar la comunión, que solo hacían, cuando más, una vez al año.

Explicar las muchas causas que contribuyeron a esto sería demasiado extenso. Podríamos recordar una, y fue que, durante un tiempo se insistió demasiado en la naturaleza divina de Cristo, dejando un poco de lado su humanidad, lo que llevó a muchos a considerar que eran indignos de acercarse a quien era realmente Dios.

Por otro lado diversas disposiciones de distintos Sínodos y Concilios exigían una preparación cada vez más cuidadosa, llegando hasta hacer obligatoria la confesión sacramental antes de cada comunión.

Si a esto añadimos la obligación del ayuno desde la medianoche anterior podemos entender la ausencia de los fieles en el comulgatorio.

EL REGRESO A LAS FUENTES

Hoy, gracias a Dios, podemos disfrutar de la comunión no sólo los domingos sino incluso todos los días, y en ocasiones, si tenemos la oportunidad de participar en dos celebraciones, dos veces en un mismo día.

Esto, por supuesto, nada tiene que ver con relajamiento de las normas por parte de la Iglesia sino, por el contrario, con una mejor comprensión del regalo de Dios, algo que entendieron muy bien los cristianos de los primeros siglos.

Sigue siendo verdad, desde luego, lo que nos dice el apóstol san Pablo: Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa, porque el que come y bebe sin apreciar el Cuerpo, se come y bebe su propia sentencia (1a. Corintios 11, 28-29).

Esto hay que interpretarlo como una invitación a que nos acerquemos a Jesús con una conciencia libre de pecado, pero sabiendo que el Dios que nos ama también nos libera y hace posible para nosotros este regalo maravilloso.

Jesús mismo es el que afirma: Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que come este pan vivirá para siempre (Juan 6,51). Y también el que nos urge: Si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes (Juan 6,53).

Esto basta para darnos cuenta de que no se trata de dignidad, sino de necesidad. Por eso decimos, tomando parte de las palabras del Centurión de Cafarnaún (Mateo 8,8): Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Si acudir al sacramento de la Penitencia es necesario para todo el que tenga conciencia de haber pecado gravemente, nadie está obligado, y no creo siquiera que sea aconsejable, ir a confesarse cada vez que va a comulgar. Esto sería caer en un escrúpulo totalmente innecesario.

NOTA: Siento que han quedado muchas cosas por decir, pero que excederían el espacio de este folleto. Si lo dicho ayuda a que celebremos mejor la Eucaristía, me sentiría más que satisfecho.

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