AB PADRE BAZAN

Martí Y La Libertad

A MODO DE PRÓLOGO

Escribir sobre José Martí constituye un gran honor y placer para cualquiera. Para un cubano es, además, un deber, pues debemos gratitud a quien tanto hiciera para ver a nuestra Patria libre del yugo extranjero.

Su figura y su obra han tratado de ser utilizadas por quienes convirtieron a Cuba en una horrorosa cárcel. Pero esto sólo puede hacer mella en quienes no conozcan la trayectoria de un hombre que, desde joven, vivió únicamente para luchar por la libertad de los seres humanos.

Y es que Martí se convirtió en un personaje universal, que supo defender los derechos de todos sin excepción. En sus escritos podemos descubrir esta vocación universalista, aunque marcadamente americanista, pues dedica sus principales esfuerzos, desde luego, a la causa de la libertad sobre todo en los pueblos al sur del Río Bravo.

Que Martí fue un hombre excepcional, nadie lo duda. Negar que haya cometido errores sería mitificarlo. Manchar su memoria haciéndolo cómplice de la tiranía castrista una abominable traición a sus ideas.

Y es que las ideas de Martí están bien claras, pues nos legó una obra literaria que abarca distintas facetas, en forma dispar, pero casi siempre notable.

Martí fue, ante todo, un periodista y un poeta, pero se debe destacar también su garra al escribir memorables discursos que luego hacían vibrar los auditorios con su verbo elegante y convincente.

Es lógico que sus escritos más importantes, desde el punto de vista del cubano, sean los que dedicó a la situación de la Patria y a su esfuerzo por liberarla.

Pero la sensibilidad de Martí llega hasta la ternura exquisita que pone en sus escritos dirigidos a los niños, como lo atestigua su "La Edad de Oro".

De todos modos, la figura de Martí se agiganta cuando hablamos de su patriotismo. Ahí todo queda postergado a un segundo plano. Pues como él mismo diría, la Patria se

le convirtió en "agonía y deber".

Ese es el Martí que dedica los últimos años de su vida a preparar la guerra final por la independencia de Cuba, y el que entrega su vida para conseguir tal ideal.

No se contentó con encender la llama, sino que quiso personalmente llevarla al suelo patrio, quizás para que nadie pudiera confundir sus intenciones y tuviera derecho a acusarlo de cobarde.

Así, casi sin justificación, pues su obra más importante debió haberla hecho en la retaguardia, se lanzó al combate, sin haber tenido la debida preparación militar que le permitiera hacer el papel de un buen soldado.

Le sobraba corazón, pero su falta de pericia lo llevó a morir en la primera escaramuza en la que participó, quizás porque sus ansias de libertad espolearon su caballo en el intento de precipitar el advenimiento de una nueva aurora para la Patria.

Y allí, de cara al sol, como él mismo pensaba que morían los valientes, cayó atravesado, haciendo que su sangre regara el suelo amado para hacer germinar la obra de quien no podría ver con sus ojos el fruto de sus titánicos esfuerzos.

Honrar a Martí en nada disminuye la devoción y el reconocimiento que debemos a todos nuestros patriotas. Creo que no hay cubano que sienta remordimientos en este sentido, pues todos los que se sacrificaron por la independencia cubana merecen nuestro amor y gratitud.

¿Cómo no estremecernos ante las hazañas de un Máximo Gómez, un Antonio Maceo o un Ignacio Agramonte, por sólo citar a tres de los más bravos generales de nuestras contiendas?

Cuba ha tenido la suerte de contar con una pléyade de hombres y mujeres que en el pasado lo dieron todo por ella. Que haya habido también quienes se empeñaron en destruir en lugar de completar la obra no es su culpa.

Pero lo que sea Cuba en el futuro se deberá, en gran parte, a lo que hoy hagamos para devolverle la lozanía que tanta sangre costó a nuestros mambises.

Los cubanos tenemos una gran deuda de gratitud con todos ellos, y la mejor manera de pagarla no será haciendo homenajes vacíos, sino imitando su grandioso ejemplo.

Este es el fin de esta pequeña obrita, que pongo en manos de los lectores como un granito de arena al conocimiento de las ideas que dieron lugar a la independencia de Cuba.

INTRODUCCIÓN

Cualquier desconocedor de la historia de Cuba podría pensar que, pese al ejemplo dado por la mayoría de las naciones de Norte y Sur América, faltó empuje y decisión a los cubanos para emanciparse del yugo español, ya que todavía a fines del siglo pasado la isla seguía siendo una colonia española.

Sin embargo, en Cuba, como en cualquier otra parte, no dejaron de hacerse sentir los aires que comenzaron a correr por el mundo con dos sucesos importantes ocurridos a finales del siglo XVIII: la independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa.

Lo que sucedió fue que en Cuba, pese al desencanto inicial de los españoles, que después del descubrimiento la dejaron prácticamente abandonada para colonizar primero a La Española, y luego la convirtieron en una mera estación de tránsito entre las colonias del continente y la metrópoli (`1) llegó a ser, por imperativos históricos, la joya más preciada, a la que se propusieron defender con todas las fuerzas.

PRIMEROS INTENTOS

Hay que aclarar que los primeros intentos de rebelión no fueron dirigidos contra el dominio español, sino buscando el abolicionismo, ya que la esclavitud era una de las peores lacras existentes en el coloniaje americano del Norte, Centro y Sur, incluyendo las Antillas.

Con todo, la primera conspiración de que se tiene noticia, a pesar de estar encabezada por un negro, Nicolás Morales, allá por el año 1795, en la región de Bayamo, no

se le puede tachar de racista, ya que en ella figuraban blancos, negros y mulatos. La suerte de Morales quedó en el misterio.

En la primera mitad del siglo XIX las ideas de los abolicionistas ingleses se propagaron en Cuba, a través de hojas sueltas con dibujos y versos alusivos a la situación de los esclavos. Se les instaba, directa y claramente, a rebelarse.

Pero la abolición tenía como principales enemigos a las propias autoridades españolas, que recibían enormes sumas de los negreros. Uno solo de entre los capitanes generales que tuvo la isla, Miguel Tacón, sacó de Cuba cerca de medio millón de pesos como producto de su parte en las armazones o cargamentos de negros que entraron bajo su mando (2).

Por otro lado, es conocido que uno de los propósitos del monarca español Fernando VII fue reconquistar las colonias del continente americano. Esto permitió que, a principios del siglo XIX Cuba se convirtiera en punta de lanza para sus proyectos, recibiendo de España millares de soldados que luego fueron empleados en varias acciones catastróficas en Venezuela y México.

Puede decirse, sin lugar a dudas, que al cerrarse el primer cuarto del siglo XIX la gran mayoría de los cubanos, dentro y fuera de la isla, eran partidarios de la independencia o, por lo menos, estaban en contra del estado imperante en ella.

Aunque no podríamos hablar de intentos por fraguar una liberación, pese a que hubo esperanzas antes de frustrarse el Congreso de Panamá convocado por Bolívar en 1826, sí existieron varias conspiraciones y episodios aislados que nos demuestran que la idea independentista estaba abierta a numerosos cubanos.

Es cierto, sin embargo, que al igual que en varios países hermanos, la población en general, como muy bien pudo darse cuenta el padre Félix Varela, no estaba dispuesta todavía a comprar la libertad al precio de grandes sacrificios (3), lo que hizo que el propio Varela, ya en 1826, se apartara de las actividades políticas que desarrollaba desde su exilio en los Estados Unidos.

Lejos de aprender las lecciones que le daba la Historia, los dirigentes españoles muy poco entendieron, en la metrópoli, que lo que se necesitaba para conservar a Cuba era una política de tolerancia, concediendo ciertas libertades que eran exigidas urgentemente.

Lejos de ello, enviaron a Cuba hombres despóticos que, como Miguel Tacón, lograron que los cubanos odiasen cada vez más al régimen colonial.

Ese señor capitán general, que había conocido la derrota como oficial del ejército de su país en las guerras independentistas del sur de América, no veía con buenos ojos a los cubanos criollos, a quienes consideraba enemigos de la integridad nacional, por tener en la masa de la sangre el deseo de la independencia (4).

Demostración clara del desconocimiento y abandono en que la metrópoli tenía a Cuba fue el hecho de que, al final de su mandato en 1838, se le diera el título de "Marqués de la Unión de Cuba", cuando en realidad lo que sembró fue desunión y esclavitud.

Si Vives forjó las cadenas que habían de esclavizar a Cuba, el general Miguel Tacón y Rosique las consolidó definitivamente. Tacón reprimió con dureza la conspiración de los Soles de la Libertad, desterró a José Antonio Saco, cuyas ideas seguía la juventud cubana con entusiasmo; y al impedir la restauración de la Constitución de Cádiz en Cuba, y conseguir que los diputados cubanos fueran rechazados por las Cortes españolas en 1837, hizo que la Isla perdiera su condición de provincia española, pasando a la condición de colonia sin voz ni voto en los asuntos de la nación (5)

No menos despótico que Tacón lo fue Leopoldo O'Donnell, quien sustituyó al general Jerónimo Valdés y se hizo cargo del gobierno de Cuba a finales de 1843.

Las facultades onnímodas concedidas a los capitanes generales de Cuba, en manos de O'Donnell habrían de ser instrumento de abusos y crueldades inolvidables (6).

Fue O'Donnell el que reprimió, a sangre y fuego, la llamada "Conspiración de la Escalera", una de cuyas

víctimas más famosas lo fue el poeta Gabriel de la Concepción Valdés, más conocido como Plácido.

Aunque la presunta conspiración tenía carácter abolicionista, O'Donnell se aprovechó de ella para inmiscuir a todo el que se había manifestado en cualquier momento contra el régimen colonial. Fue tal la represión que un ilustre cubano de aquel tiempo, Domingo del Monte, afirmó de ella:

Horrible carnicería, increíble en el siglo XIX, si la naturaleza humana no fuese la misma en todos los siglos, cuando la trabajan causas idénticas de embrutecimiento y barbarie (7).

ANEXIONISMO

Ya para mediados del siglo XIX, junto a los independentistas, aparecen los cubanos que siguen una tendencia anexionista como solución salvadora a los problemas planteados por el coloniaje español. Para ese entonces los Estados Unidos se perfilaban como la gran potencia que llegaría a ser en pocos años. Y algunos cubanos, encabezados por Gaspar Betancourt Cisneros, conocido como El Lugareño, consideraron que eran muchas las ventajas de que disfrutarían los cubanos si lograban ser admitidos como un nuevo estado de la Unión.

Los anexionistas se agruparon en el llamado "Club de La Habana" que disponía de mucho dinero, por ser sus miembros hombres de grandes recursos en su gran mayoría. Tanto así que llegaron a ofrecer tres millones de pesos a un general norteamericano para que, usando soldados licenciados en el Norte, invadiese a Cuba para anexarla, posteriomente, a los Estados Unidos.

Paralelamente, el general venezolano Narciso López, quien en su patria había luchado en contra de los libertadores como oficial del ejército español, pero que en Cuba, parece que en parte por sus nuevas simpatías independentistas y también porque O'Donnell lo había dejado sin el mando que ostentaba en la parte central de la isla, se decidió a apoyar la lucha contra la metrópoli, y

organizó grupos de cubanos que preparaban un alzamiento.

La nueva conspiración, conocida como de "Manicaragua" o de la "Mina de la Rosa Cubana" fue descubierta, y su jefe escapó a los Estados Unidos.

En verdad, los gobernantes norteamericanos, a pesar de conocer los deseos anexionistas de numerosos cubanos, se mostraron opuestos a cualquier tipo de ayuda, directa o indirecta. A lo único que llegaron fue proponer a España la compra de Cuba.

Frente a la anexión se alzaron, por aquellos tiempos, algunas voces importantes, entre las que cabe destacar la de José Antonio Saco, uno de los más ilustres cubanos de esa época, quien, entre otras cosas, dijo: La anexión, en último resultado, no sería anexión, sino absorción de Cuba por los Estados Unidos. Verdad es que la isla, geográficamente considerada, no desaparecería del grupo de las Antillas; pero yo quisiera que, si Cuba se separase, por cualquier evento, del tronco a que pertenece, siempre quedase para los cubanos y no para una raza extranjera (8).

Después de su primer fracaso, volvió Narciso López a enarbolar la bandera de la guerra, aunque sus intentos no tuvieron el éxito soñado.

Dos expediciones preparadas por él, con la ayuda, sobre todo, de norteamericanos entusiastas de la anexión, fueron detenidas por el propio gobierno norteamericano. La tercera pudo por fin zarpar, con el mayor sigilo, y dirigirse a Cuba.

Pero era un grupo demasiado heterogéneo, compuesto de aventureros de varias nacionalidades, los más norteamericanos. Solamente cinco, de un total que sobrepasaba los seiscientos, eran cubanos.

Significativo fue que, a pesar de todo, pudieron tomar la ciudad de Cárdenas, al norte de Cuba, izándose por primera vez la bandera que Narciso López había adoptado y que luego sería la enseña nacional: la de las barras azules y blancas, con el triángulo rojo y la estrella solitaria.

Una pocas horas nada más estuvo la ciudad en manos de los invasores, ya que López se sintió desanimado al no encontrar la ayuda que supuso en los pobladores. Volvió a embarcar a su gente en el vapor que los había traído, el Creole, que luego de ser puesto a flote tras un encallamiento, tuvo que buscar refugio en Cayo Hueso al ser perseguido por un crucero español.

Aunque en las apariencias el desembarco de López fue un fracaso, el conocimiento del mismo sirvió para que el sentimiento antiespañol de los cubanos obtuviera un nuevo impulso.

ESPÍRITU INDEPENDENTISTA

Poco tiempo atrás, y esto es bueno resaltarlo, el capitán general que sustituyera a O'Donnell, Federico Roncali, obtuvo autorización del gobierno de Madrid para formar una milicia con voluntarios peninsulares, o sea, españoles radicados en Cuba. Estos voluntarios iban a ser protagonistas, más de una vez, de desagradables incidentes que ayudarían a aumentar el espíritu independentista y revolucionario de los criollos.

Ya a principios de la segunda mitad del siglo XIX puede afirmarse que eran muchos los cubanos que estaban dispuestos a jugarse el todo por el todo para ver a su Patria independiente, aunque sus deseos y esfuerzos no iban a encontrar siempre la misma favorable acogida de sus compatriotas.

Varias intentonas fueron perfectas locuras, pero demuestran que, para esas fechas, existían los desesperados que no podían seguir viendo tanto despotismo, abuso y corrupción.

(Abro aquí un paréntesis: ¿No es cierto que esa misma pasividad que existía en el siglo pasado es la que ha dominado a la mayoría de los cubanos en estas últimas décadas de régimen castro-comunista? Parece como si la historia volviera a repetirse.)

Así, en julio de 1851, se alzó en Cascorro, provincia de Camagüey, Joaquín de Agüero con un puñado de partidarios. Después de algunas peripecias y convencidos de que, sin ayuda exterior nada podrían hacer, decidieron embarcarse hacia el extranjero. Agüero y varios de sus compañeros fueron capturados, siendo ajusticiados tanto él como tres de sus lugartenientes. Su muerte, si bien representó un duro golpe a las aspiraciones independentistas, sirvió para acrecentar la hoguera patriótica.

En la región de Trinidad, en las Villas, también en ese año, se alzó un grupo de hombres cuya única proclama anunciaba que su movimiento tenía por objeto "la santa causa de la independencia y de la libertad de Cuba". Sus principales jefes, con Isidoro Armenteros a la cabeza, fueron capturados y ejecutados en agosto de 1851.

Mientras, el infatigable Narciso López agregó una cuarta tentativa de invasión, otra vez contando con expedicionarios extranjeros en su mayoría. López, que conocía los alzamientos de Agüero y Armenteros, esperaba encontrar la isla en plena efervescencia, lo que demuestra hasta qué punto son indispensables las comunicaciones en las acciones de guerra.

Esta vez López, a pesar de algunas batallas victoriosas, por no encontrar ayuda en la población, se vio precisado a esconderse, mientras que sus hombres sufrían una atroz persecución de la que pocos lograron escapar.

El hombre que preparó cuatro expediciones en cuatro años, y que lo dio todo por Cuba, a pesar de no ser cubano, murió agarrotado el primero de septiembre de 1851. Dos semanas antes habían sido fusilados cincuenta de los hombres que con él habían intentado liberar a Cuba.

Año trágico éste de 1851 para la causa de la independencia cubana.

JOSÉ MARTÍ

Así las cosas, el 28 de enero de 1853 nacía, en la ciudad de La Habana, quien habría de ser, cuarenta y dos años después, el que conduciría a sus compatriotas por el camino de la victoria definitiva. Antes, muchos acontecimientos tendrían que ocurrir, pues las autoridades españolas, lejos de ceder y atender los justos reclamos de los cubanos, se empecinaban en hacer más difícil el entendimiento entre criollos y peninsulares.

Los acontecimientos relatados anteriormente fueron los antecedentes que llevarían a este hijo de españoles a convertirse en el enemigo número uno del régimen colonial español.

La adolescencia de Martí se vio impregnada de fuertes sentimientos separatistas. En el Instituto de La Habana, por ejemplo, los estudiantes se dividían en "gorriones" y "bijiritas". Los primeros eran los hijos de los peninsulares. Los segundos los de los criollos. Sin embargo nuestro José se afilia a los segundos.

Buen discípulo de Rafael María Mendive, a cuyo colegio "San Pablo" había asistido durante la primaria, siente Martí en su pecho la necesidad de una patria cubana.

Junto a su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez, hacía lo que entonces podía hacer: escribir. Sacaron manuscritos que circulaban entre sus compañeros. Llegan a publicar el único número de "La Patria Libre", el 23 de enero de 1869, donde aparece el poema dramático "Abdala", en el que Martí narra la epopeya de un pueblo valeroso que combatió y venció a los invasores (9).

Precisamente un día antes de esa fecha, en una función que se ofrecía en el Teatro Villanueva de La Habana, se produjo un tumulto en el que intervinieron los famosos "voluntarios" antes citados. Esto dio pie a que hubiese motines en toda la ciudad. Ya para estas fechas Cuba se encontraba en armas, después del "Grito de Yara" dado por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868.

Uno de los complicados en el tumulto lo fue el maestro de Martí, Rafael María Mendive, a quien el joven discípulo consiguió visitar muy frecuentemente mientras estuvo preso en el Castillo del Príncipe. Posteriormente Mendive sería deportado a España.

PRESIDIO POLÍTICO

Pocos meses después, tanto Martí como su compañero Fermín Valdés Domínguez caen presos por una carta escrita a un condiscípulo, donde lo acusan de apóstata por haber ingresado en el ejército español. El 4 de marzo de 1870 se celebra consejo de guerra, y durante el mismo fue tal la vehemencia de Martí para convencer a sus jueces de ser el autor de la carta, que no valieron los argumentos de Fermín que afirmaba otro tanto.

De este modo la sentencia fue de seis años de prisión para Martí y de seis meses de arresto mayor para Valdés.

Con poco más de diecisiete años ingresa Martí en el presidio departamental con el número 113. Destinado a la cantera de San Lázaro, pasaría varios meses de infamia y de tortura que han de servirle para templar su espíritu y convencerle, mucho más de lo que estaba, de la necesidad de libertar a Cuba.

Todo lo que allí pasó lo denunciaría más tarde en su corto ensayo "El Presidio Político en Cuba". Cosa curiosa, sin embargo, muy de José Martí, fue que nunca en su alma hubo lugar para los malos sentimientos. Ni en medio de los mayores sufrimientos es capaz de maldecir a sus verdugos. "Si yo odiara a alguien - diría -, me odiaría por ello a mí mismo". Esta forma de pensar la conservaría toda su vida.

Pudieron conseguir los padres de Martí, transidos de dolor por ver a su hijo ponerse en contra de la Madre Patria, que se atendiesen a sus súplicas de clemencia. Primero, en octubre de 1870, es llevado a Isla de Pinos, donde la vida se le hizo más tolerable. Luego, el 15 de enero de 1871 salía deportado con destino a España.

DEPORTACIÓN

Su estancia en la metrópoli la aprovecharía el joven Martí para estudiar, sin por ello dejar de pensar en los acontecimientos que se desarrollaban en su amada Patria. Su afición por la literatura le lleva a escribir, prontamente, en periódicos de tendencia republicana. Algunos trabajos suyos comenzaron a molestar a los enemigos de la independencia cubana.

Hemos de recordar que la estadía de Martí en la Madre Patria no fue un calvario, pero tampoco un lecho de rosas. Vivía muy pobremente, tanto que cuando su gran amigo Fermín Valdés Domínguez sale también deportado de Cuba, lo encuentra viviendo en una buhardilla y con la salud muy delicada.

Fue por Valdés que se entera Martí de los detalles del inicuo fusilamiento de ocho estudiantes de medicina, acusados del "tremendo crimen" de haber rayado un cristal en la tumba de un español llamado Gonzalo Castañón. Este fusilamiento fue en gran parte exigido por los "voluntarios" que en La Habana, especialmente, mantenían en constante jaque a los revolucionarios.

A este hecho dedicará más tarde Martí una elegía titulada "A mis hermanos muertos el 27 de noviembre". Está fechada en Madrid, 1872. En sus versos aquel joven de diecinueve años expresa el rugir de su corazón y la impotencia que se siente de no poder hacer nada para remediar la infamia. Pero ya en su vida la suerte estaba echada. El no dudaba en entregarla a la causa de la libertad:

¡Y yo juré! Fue tal un juramento
que si el fervor patriótico muriera,
si Dios puede morir, nuevo surgiera
al soplo arrebatado de su aliento.

Tal fue, que si el honor y la venganza
y la indomable furia
perdieran su poder y su pujanza;
y el odio se extinguese, y de la injuria
los recuerdos ardientes se extraviaran,
de mi fiera promesa surgirían,
y con nuevo poder se levantaran,
e indómita pujanza cobrarían.

EL INSURRECTO

Por aquel entonces existían en España luchas intestinas que culminan con el triunfo de la República. Piensa Martí que este hecho ha de significar nuevas esperanzas para Cuba. Por ello se decide a escribir un folleto titulado "La República Española ante la Revolución Cubana", que fue publicado el 15 de febrero de 1873. En sus páginas aboga porque las libertades que se buscan para España no se nieguen a Cuba.

Así dice: Hombre de buena voluntad, saludo a la República que triunfa, la saludo hoy como la maldeciré mañana cuando una república ahogue a otra república... Si la libertad de la tiranía es tremenda, la tiranía de la libertad repugna, estremece, espanta (10).

A pesar de que su estado de salud no es bueno, pues le persiguen las huellas de las penurias pasadas en el presidio, Martí mantiene una constante actividad, estudiando, escribiendo, asistiendo a conciertos y obras de teatro, visitando museos y bibliotecas. En Zaragoza, en cuya Universidad estudió, le llamaban sus amigos, cariñosamente, "el Insurrecto".

Los intentos republicanos fracasaron en España y la restauración monárquica trajo como resultado el cese de las libertades públicas. Ya a Martí se le hace imposible escribir en los periódicos y ventilar así, en la propia España, la causa de Cuba.

Por ello decide escapar, pero antes tiene que finalizar sus estudios. El 30 de junio de 1874 obtiene el título de licenciado en Derecho Civil y Canónico y en octubre 4 se gradúa de licenciado en Filosofía y Letras.

De Cuba le siguen llegando malas noticias. Primero la caída en combate de Ignacio Agramonte, el líder camagüeyano que tantas esperanzas suscitara en los partidarios de la independencia, por su verbo convincente, su valor a toda prueba, y su pericia para organizar y dirigir los hombres a su mando.

Luego la muerte del hombre que había iniciado la revolución del 68, Carlos Manuel de Céspedes. Más tarde la deportación del general Calixto García, quien antes de ser apresado había intentado suicidarse, salvando milagrosamente la vida.

Sin embargo, la guerra seguía adelante, bajo la hábil dirección del héroe dominicano general Máximo Gómez, con la ayuda eficaz de Antonio Maceo, Flor Crombet, Guillermo Moncada, Julio Sanguily y otros nombres de prestigio semejante.

Pudieron salir de España Martí y Valdés Domínguez, aunque este último, después de acompañar a su fiel amigo en un viaje por varias ciudades europeas, tuvo que regresar a España a finalizar sus estudios, mientras Martí se embarca rumbo a Mexico.

EN MÉXICO

Al poco tiempo de llegar a la patria de Hidalgo, donde residían por ese tiempo sus padres y hermanas, comienza a escribir para "La Revista Universal", donde publica la traducción de la novela de Víctor Hugo "Mis Hijos" y artículos de interés general.

Inquieto como siempre, aunque más tranquilo y sosegado por estar cerca de sus seres queridos y por encontrar algún modo de vida decoroso, se desenvolvía en constante actividad, a pesar de que poco podía hacer directamente por la libertad de Cuba.

La "Guerra de los Diez Años" iba languideciendo, en gran parte por la incapacidad de los cubanos para mantener la unidad entre ellos mismos. Los divisionismos y las luchas internas acabaron por minar el espíritu de la revolución, hasta que se vio paralizado, haciendo inútiles tantos esfuerzos como se habían desplegado a lo largo de toda una década.

CUBA - GUATEMALA - CUBA

A principios de 1877 consiguió Martí un pasaporte expedido a nombre de Julián Pérez, sus segundos nombre y apellido, pues quería visitar, aunque fuera brevemente, su tierra natal, y poder enterarse, personalmente, de la marcha de los acontecimientos. Lo que vio en Cuba lo dejó profundamente decepcionado, tanto que decidió cambiar el ritmo de su vida y pasar de México a Guatemala. En esa tierra hermana trabajó como profesor, labor que mucho le agradaba. Sus alumnos llegaron a sentir profunda admiración por el maestro.

Con todo, no se detiene allí su actividad. Siempre incansable, alterna la cátedra con su labor de conferencista y escritor. Pero en la política se mantiene escéptico, más aún cuando se entera del término de la guerra libertadora y la firma del llamado "Pacto del Zanjón", con la protesta de Antonio Maceo y la negativa de Gómez a firmar, decidiéndose éste por abandonar la isla.

Martí decide volver a La Habana, después de un incidente que lo obliga a renunciar, por solidaridad con el compatriota que lo había acogido y ayudado, a su cátedra en la Escuela Normal, de la que el otro era director.

En La Habana encuentra un clima decididamente partidario a la autonomía, lo que significaba seguir bajo el yugo español, pero con una serie de libertades que incluían la de imprenta, la inviolabilidad del domicilio, del individuo y de la correspondencia, además de la abolición de la esclavitud.

Teniendo que mantener esposa e hijo, pues se había casado en México antes de irse a Guatemala, y el hijo le nació al poco tiempo de su regreso a la Patria, le resulta difícil a Martí conseguir empleo en La Habana, pues ni se le permite ejercer la abogacia, ni tampoco puede dictar cátedras, ya que tenía para ello que agenciar el envío de sus títulos universitarios, lo que en esos tiempos costaba bastante dinero.

Pero va tirando pobremente con los empleos que consigue, pues nunca aspiró a lujos ni cosas grandes, y sólo su mujer, orgullosa camagüeyana, era un poco exigente, dado que sus padres disfrutaban de una posición acaudalada.

Muchos cubanos, engañados por las promesas del Pacto del Zanjón, se fueron convenciendo de que nunca se conseguiría ni siquiera una verdadera autonomía, con leyes propias para la isla. Al contacto con el lar nativo, Martí ve reverdecer sus ímpetus y su fervor patriótico. Y así comienza para él una nueva etapa que ha de culminar con su muerte.

Tiene numerosas ocasiones para hablar y expresar sus ideas libertarias. El, que hasta entonces era para sus compatriotas prácticamente un desconocido, se va ganando simpatías por su verbo elocuente. Fue famoso el brindis que pronunciara el 26 de abril de 1879 en un banquete ofrecido por el Partido Liberal, de tendencia autonomista, al periodista Adolfo Márquez Sterling. En él se muestra partidario de la independencia, no gustando del todo sus palabras a los organizadores del acto.

Al día siguiente, otro discurso suyo en el Liceo de Guanabacoa, elogiando al violinista Díaz Albertini, y contando con la presencia del Capitán General Ramón Blanco Arenas, hizo luego comentar a éste: Quiero no recordar lo que he oído. No concebí nunca se dijera delante de mí, representante del gobierno español. Voy a pensar que Martí es un loco... pero un loco peligroso (11).

Poco a poco la conspiración va tomando auge y Martí es elegido Presidente de la Junta Central de La Habana. Por su parte, el Comité de New York había nombrado a Martí sub-delegado en La Habana. La obra principal, por el momento, es recoger fondos que se van enviando a New York para la compra de armas.

Los acontecimientos se precipitan. A finales de agosto estalla en Oriente la llamada "Guerra Chiquita" comandada por Belisario Grave de Peralta en Holguín y Gibara y por los generales José Maceo y Guillermo Moncada y el coronel Quintín Banderas en Santiago.

En La Habana se produce una redada de sospechosos, varios de los cuales son deportados. A Martí, después de rechazar una oferta que le hace por vías de terceros el mismo Capitán General, contestándole que "Martí no es de raza vendible", le envían deportado, por segunda vez, hacia España.

DE NUEVO EL EXILIO

Este Martí que tiene nuevamente que abandonar la Patria, dejando atrás esposa e hijo, es ya todo un hombre, con un propósito formado y un supremo ideal: la libertad de Cuba (12).

Varios problemas tiene por delante. Ha de sostenerse económicamente trabajando en lo que puede. Por otro lado su esposa, que nunca llegará a entender claramente la vocación de este hombre atormentado por la situación de su Patria y decidido a ofrendar la vida a la causa de la libertad, le enoja con sus cartas llenas de reproches. En España, además, no encuentra ambiente propicio para laborar por el bien de Cuba.

Todo ello le decide intentar marchar a los Estados Unidos, lo que consigue, burlando la no muy estricta vigilancia sobre su persona. Al comenzar el año 1880 Martí se encuentra en New York, donde hallará un poco de paz para su alma angustiada.

No pasa mucho tiempo sin que emprenda algunas actividades revolucionarias. Junto al veterano Calixto García, con quien traba sincera amistad, se dedica a trabajar en la organización del Comité Revolucionario de New York. Mientras tanto trata de aprender el inglés lo más perfectamente posible, para poder desempeñarse como periodista en ese idioma. El director del diario "The Sun" le ofrece trabajo, no sólo porque aprecia su talento, sino porque simpatiza con la causa de la independencia cubana.

Empeñados los patriotas en llevar adelante una guerra que cada día se hace más difícil, no descansa Martí para cumplir los compromisos contraídos de enviarles ayuda.

A finales de 1880 se ve obligado a enviar una carta, como máximo dirigente de la Junta Revolucionaria de New York, al general Emilio Núñez, el único que mantiene sobre las armas a un pequeño grupo de rebeldes.

En ella Martí revela su prudencia, su madurez y su alto grado de humanidad.

Creo que es estéril - para Ud. y para nuestra tierra - la permanencia de Ud. y sus compañeros en el campo de batalla. Más adelante continúa: Hombres como Uds. y como yo hemos de querer para nuestra tierra una redención radical y solemne; impuesta, si es necesario, y si es posible, hoy, mañana y siempre, por la fuerza; pero inspirada en propósitos grandiosos, suficientes a reconstruir el país que nos preparamos a destruir.

Algo que mucho preocupa a Martí es que la victoria pueda servir para llevar al poder a hombres ambiciosos. Le deja saber, por tanto, al general amigo, que por el momento lo que se busca, es decir, la independencia, está fuera del alcance de sus manos.

Para luego añadir: Nuestra misma honra, y nuestra causa misma, exigen que abandonemos el campo de la lucha armada. No merecemos ser, ni hemos de ser tenidos por revolucionarios de oficio, por espíritus turbulentos y ciegos, por hombres empedernidos y vulgares, capaces de sacrificar vidas nobles al sostenimiento de un propósito - único honrado en Cuba - cuyo triunfo no es ahora probable (13).

Otra carga se aumenta a Martí con la llegada de su esposa e hijo a New York. El piensa que la alegría de tener un hogar puede mitigar el dolor que sufre por ver los descalabros de la causa libertaria. Pero hombre y mujer marchan por distintos caminos. Martí sueña con la liberación de la Patria y la dignidad del hombre. Carmen, con el provenir del hijo y la paz hogareña (14).

Esta desarmonía impulsa a la esposa exigente a volver a Cuba, junto a los suyos. Martí, desalentado después del fracaso de la "Guerra Chiquita" decide partir hacia la tierra de Bolívar. Allí vuelva a las tareas de antaño: comparte su tiempo entre las cátedras, el periodismo y la oratoria.

Pero no tardó en meterse en líos, gobernando en Venezuela el dictador Guzmán Blanco. En el acto de inauguración de un busto de Cecilio Acosta, pocos días después de su muerte, pronunciá Martí un discurso de exaltación del prominente abogado y poeta, a quien había conocido un tiempo antes.

Siendo Acosta un destacado opositor de Guzmán Blanco, éste no perdonó a Martí los elogios póstumos que le hiciera, y no pudiendo conseguir del cubano algún artículo adulatorio en el periódico para el que escribía, parece que ordenó su salida del país.

Estos breves meses pasados en Venezuela ayudan a convertir en americanista su labor revolucionaria. Esto lo comprenderán diversas organizaciones y hasta distintos países latinoamericanos, que lo harán su representante y cónsul en New York. A todas estas labores tendrá luego que renunciar, para entregarse por entero a la causa libertaria.

FRENTE A MÁXIMO GÓMEZ

En el año 1884 llegan a New York tres grandes de la guerra del 68: Máximo Gómez, Antonio Maceo y Flor Crombet. Los tres se reúnen con Martí, a quien reconocen su labor por la libertad de Cuba. Pero los trabajos organizativos no eran el fuerte del gran banilejo. En una reunión que tuvieron para concertar planes referentes a una futura lucha armada se suscitaron desavenencias y malentendidos que dejaron a Martí muy resentido.

Pero como en su corazón no podían albergarse rencores ni equívocos, decide hablar claramente al querido viejo, y hacerle ver sus errores en el trato con los hombres.

De su pluma sale una carta que, en mi opinión, retrata de cuerpo entero y da a conocer la grandeza de espíritu que había en Martí. Me permito entresacar de ella algunos párrafos que considero sumamente importantes para comprender a nuestro Apóstol:

Es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

Más adelante: ¿Qué somos, general?, ¿los servidores heróicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, lo amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse en él?

Y también: Porque tal como es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ellas exponga la vida. El dar la vida sólo constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.

No es que Martí no reconozca la bondad de aquel hombre, y su entrega ilimitada a la causa de Cuba, hecho más que demostrado con sus hazañas en diez años de dura campaña. Pero tal y como se han presentado las cosas, no quiere que queden dudas por el medio sobre la causa por la que él está dispuesto a morir. Y aún a riesgo de ofender a uno de los hombres más dignos entre los oficiales del ejército cubano, se atreve a decirle unas cuantas verdades a quien fácilmente podría responderle recordándole que, hasta el momento, muy poco ha hecho por la libertad de Cuba, como no sea escribir y hablar desde la seguridad del exilio.

No conozco la respuesta que Gómez diera a esta carta, si es que alguna vez lo hizo, pero es posible que la lectura de la carta de Martí haya calado hondamente en un espíritu tan grande. Aparte de que luego, a los años, habría de aceptar el encargo de luchar junto a Martí.

Después de concluida la guerra, y conseguida ya la independencia, supo dar Gómez un ejemplo de desinterés al apartarse de todo cargo o prebenda, que era el mejor homenaje que podía ofrendar a la memoria de quien le había escrito con tanta franqueza y valentía.

MARTÍ INFATIGABLE

Al no secundar por aquel entonces, hablo de 1884, los planes de Gómez y Maceo, pasó Martí por un período duro de su vida, incomprendido por muchos de sus compatriotas.

No pudiendo soportar por más tiempo aquella situación, el 23 de junio de 1885 se dirige Martí a los cubanos de Nueva York, citándolos, en una hoja impresa, a que asistan a una reunión donde responderá a todos los cargos que quieran hacerle sus conciudadanos. Los asistentes quedaron complacidos con sus respuestas.

Mientras, sigue en su trabajo literario y periodístico, con el que se mantiene.

Algo retraído de las actividades políticas, vuelve a la carga el 10 de octubre de 1887, pronunciando un discurso en conmemoración del inicio de la guerra de los Diez Años, ante un numeroso público que colmaba el Masonic Temple de New York.

Por este tiempo dirige otra de sus famosas cartas al director del diario "The Evening Post", para responder a los insultos que el periódico de Filadelfia "The Manufacturer" hace al pueblo cubano a propósito del asunto de la compra de Cuba por los Estados Unidos.

En ella va refutando, punto por punto, los conceptos denigrantes del diario filadelfiano, mostrándose digno representante de lo mejor de su país, al expresar con orgullo preferir mil veces ser libre y pobre que no rico, pero anexado a una nación poderosa.

Termina diciendo, después de haber lanzado un centenar de verdades como puños: Sólo la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad. Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, con toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para una patria extranjera, o la ocasión de una burla para "The Manufacturer" de Filadelfia (15).

El nombre de Martí, en el año 1891, ya es bien conocido de los cubanos emigrados. Su constante prédica en favor de la liberación de Cuba había convertido su nombre en signo de rebeldía que ardía en el corazón de los cubanos amantes de la libertad. Martí se ha ganado la admiración y el respeto de los emigrados, que le llaman el "Maestro (16).

EL APÓSTOL

No sólo en Nueva York. También a Tampa y Cayo Hueso, bastiones del exilio cubano, acude Martí a enardecer los ánimos y levantar el espíritu patriótico con su encendido verbo.

Son famosos sus discursos de esta época, como el titulado "Con todos y para el bien de todos", pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa el 26 de noviembre de 1891. Sus primeras frases: Cubanos: Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella (17), todavía causan emoción en el corazón de cualquiera de sus actuales compatriotas.

En esa pieza oratoria dejó Martí sentados una serie de principios que son característicos de su doctrina política. Por ejemplo cuando dice: Porque si en las cosas de mi Patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros, ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre (18).

O también: Cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos (19).

Qué bien entendía Martí que la auténtica democracia no puede fructificar donde las mayorías no gozan de todos los atributos propios de la dignidad del hombre. Por eso defiende mil veces al negro, al que algunos miran con recelo, y prefieren mantenerlo esclavo antes que verlo erguirse, altivo, con la libertad recién conseguida.

También a este tema dedica un párrafo, que luego volverá a tocar en el célebre Manifesto de Montecristi: ¿Al que más ha sufrido en Cuba por la privación de la libertad le tendremos miedo, en el país donde la sangre que derramó por ella se la ha hecho amar demasiado para amenazarla? ¿Le tendremos miedo al negro, al negro generoso, al hermano negro, que en los cubanos que murieron por él ha perdonado para siempre a los cubanos que todavía lo maltratan?

Al día siguiente, 27 de noviembre de 1891, en el mismo Liceo Cubano de Tampa, otro discurso memorable, conocido como "Los Pinos Nuevos" en conmemoración del fusilamiento de los estudiantes.

Su palabra ganó para la causa independentista a los cubanos de Tampa, como habría de hacerlo, poco después, con sus compatriotas de Cayo Hueso. Fue en este último lugar donde nace el Partido Revolucionario Cubano, que habría de echar sobre sus hombros el sagrado compromiso de encender en Cuba la llama de la guerra emancipadora.

ANTE LA CRÍTICA

Con todo, sus discursos de Tampa crearon resentimiento en algunos cubanos, patriotas de gran mérito, como Enrique Collazo, quien publicó una carta dirigida a Martí, en la que prácticamente lo insulta, diciéndole, entre otras cosas, lo siguiente: Si de nuevo llegase la hora del sacrificio, tal vez no podríamos estrechar la mano de usted en la manigua de Cuba; seguramente, porque entonces continuaría usted dando lecciones de patriotismo en la emigración, a la sombra de la bandera americana (20).

Después de leer y pensar en lo dicho por Collazo, Martí contestó con toda dignidad, de cuya carta destacamos esta frase: Creo, señor Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto un hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor para morir en su defensa (21).

No sabría nunca Collazo el daño que hacía con sus palabras. Muchos han pensado que el empeño de Martí por ir personalmente al combate se debía a su interés en demostrar que no era sólo con palabras, sino también con su presencia en el campo de batalla, que debía dar lecciones a los demás, para que así nadie pudiera nunca acusarlo de embarcar a otros y quedarse él a buen recaudo.

No dejaron de aparecer quienes, después de la carta, defendieran a Martí. El, con todo, no se amilana, y sigue su febril actividad. Habla por aquí y por allá, escribe y organiza. Esta labor era tan importante como la guerra misma, pero algunos no saben mirar sino el trabajo propio.

El 14 de marzo de 1892 aparece el primer número del periódico "Patria", que saldría primero una vez a la semana y luego bisemanalmente.

El 10 de abril del mismo año se efectuó la proclamación del Partido Revolucionario Cubano y la elección de Martí como su Delegado, que era el título correspondiente a la jefatura suprema.

CON MANO FRANCA

Ya apenas descansa. El 9 de septiembre sale con destino a la República Dominicana, para entrevistarse con Máximo Gómez. Tres días duraron las conversaciones entre los dos grandes. Habían quedado atrás los antiguos agravios.

Es desde la ciudad de Santiago de los Caballeros, a la que llegó acompañado por el propio Gómez, que escribe, el 13 de septiembre de 1892, una carta al viejo general, donde Martí expone lo que es su concepto de la guerra revolucionaria, para terminar con palabras que no ofrecen lugar a dudas sobre su cariño y admiración por el héroe valeroso al que una vez llegara a advertir los peligros de su grandeza.

Así en su penúltimo párrafo leemos:

Los tiempos grandes requieren grandes sacrificios; y yo vengo confiado a pedir a Ud. que deje en manos de sus hijos nacientes y de su compañera abandonada la fortuna que les está levantando con rudo trabajo, para ayudar a Cuba a conquistar su libertad, con riesgo de la muerte: vengo a pedirle que cambie el orgullo de su bienestar y la paz gloriosa de su descanso por los azares de la revolución, y la amargura de la vida consagrada al servicio de los hombres. Y yo no dudo, señor Mayor General, que el Partido Revolucionario Cubano, que es hoy cuanto hay de visible de la revolución en que Ud. sangró y triunfó, obtendrá sus servicios en el ramo que le ofrece, a fin de ordenar, con el ejemplo de su abnegación y su pericia reconocida, la guerra republicana que el Partido está en la obligación de preparar, de acuerdo con la Isla, para la libertad y el bienestar de todos sus habitantes, y la independencia definitiva de las Antillas (22).

La respuesta de Gómez no se hizo esperar, como cabía en un hombre que, en los años de lucha, había aprendido a amar a Cuba tanto como a su propia Patria. En estas escuetas palabras está él por entero: Desde ahora puede Ud. contar con mis servicios.

Después de Gómez intenta Martí, por todos los medios a su alcance, asegurar la adhesión de los grandes de la guerra anterior, encontrando favorable acogida en casi todos ellos. Conseguir la unión de todos los revolucionarios va a ser su principal labor de ahí en adelante. A ello se empeñará en lo que queda del 92 y también en el 93, sin darse descanso y sin temer a los que le amenazan por sus actividades contrarias a la dominación española en Cuba.

Hay que organizar, recoger dinero, hacer propaganda, levantar los ánimos caídos, encender la idea en los de espíritu apagado.

Ya a finales de 1893 se van concretando los planes. Gómez, desde Montecristi, va dando órdenes a los que han de ser sus principales colaboradores en los campos de batalla.

PENSAMIENTO Y ACCIÓN

Las ideas de Martí sobre la Patria y la entrega que exige de sus hijos se mantienen constantemente acrisoladas.

En una carta a su amigo José Dolores Poyo, ya a finales del 93, Martí vuelve a retratarse de cuerpo entero:

... el que sirve a su patria debe estar siempre dispuesto a ser su víctima... Podemos y debemos. Yo, por mi parte, no temo pararme en puntos ni miedos futuros. Sea yo potro o fusil, y hagan de mí después lo que quieran. Los pueblos se amasan con sangre de hombres (23).

1894 comenzó con un conflicto laboral en que obreros cubanos en Cayo Hueso, posiblemente los que más contribuyeron para la causa de la revolución, se encuentran en huelga y en peligro de perder sus trabajos.

Martí no se olvida de esos amigos y compatriotas y les envía un asesor legal, mientras él continúa su incansable labor.

El 8 de abril de ese año, con la presencia de Máximo Gómez, el Partido Revolucionario Cubano reelige a Martí como su Delegado. Luego éste inicia una gira por los lugares donde puede encontrar ayuda para la causa cubana, comenzando por los Estados Unidos para luego seguir a Costa Rica, Panamá y Jamaica. Poco después de su regreso a Nueva York sale nuevamente de viaje con destino a México, donde poco es lo que consigue.

Fue significativo el encuentro que tuvieron Martí y ese otro gran cubano que fuera Enrique Collazo, delegado del Partido en Occidente. Collazo lamenta su torpeza y pide excusas a Martí por la forma en que lo trató en su famosa carta. Todo queda olvidado. En el Apóstol de la independencia cubana no caben mezquinos sentimientos.

Todos los revolucionarios, comenzando por el propio Martí, estaban ya impacientes por comenzar las operaciones.

En diciembre de 1894 todo está listo para poner a funcionar el llamado "Plan Fernandina", que consistió en la contratación de tres buques que saldrían del puerto floridano de ese nombre, con armas camufladas, y dispuestos a recoger, en los distintos sitios donde se encontraban, a los jefes insurrectos.

Pero alguien, no hay seguridad si por imprudencia o deslealtad, puso sobre la pista a las autoridades norteamericanas, quienes confiscaron las armas y pertrechos que tantos sudores habían costado. El "Plan de Fernandina" fracasó de esa manera.

Pero ese rudo golpe, que significó la mar de contratiempos, no arredró el espiritu de los hombres, dentro y fuera de Cuba. Ante la impaciencia de los primeros, el Partido, a través de sus primeras figuras, concede autorización a los comprometidos dentro de la isla para iniciar el alzamiento, dentro de las normas exigidas por la prudencia.

MONTECRISTI

El 30 de enero de 1895 abandona Martí Nueva York para reunirse en Montecristi con Máximo Gómez. Será en esa ciudad dominicana donde los dos adalides firmarán el famoso Manifiesto de Montecristi, el 25 de marzo.

En este documento, redactado por Martí, se hace ver que la guerra ya comenzada en Cuba el 24 de febrero, no es una "tentativa caprichosa", ni es "contra el español", ni la humillación de un grupo de cubanos por otros.

La guerra tiene un solo fin: ... crear una patria más a la libertad del pensamiento, la equidad de las costumbres y la paz del trabajo (24).

Ese mismo día escribe Martí una carta a Federico Henríquez y Carvajal, ilustre dominicano a quien él llama su amigo y su hermano. Ella es conocida como el testamento político de Martí.

En sus palabras demuestra el Apóstol su preocupación por cumplir bien con el deber que se ha impuesto, y especialmente no dar la impresión de que, alentando a otros a ir a la guerra, y arrancando al General Gómez de junto a la tranquilidad con los suyos, no ofrezca él también su pecho, generosamente, por la libertad de Cuba.

El sabe que no es hombre de guerra, sino de organización, pero cree su deber, al menos en los primeros momentos, dar con su ejemplo un aliento a los hombres que han puesto en él su confianza.

Por otro lado, el gran político que era Martí estaba siempre pensando en lo que habría de suceder después. No era sólo el momento presente.

Bellas palabras salen de su pluma: Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar. Para mí, la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber.

Le preocupa tambien el expansionismo norteamericano: Las Antillas libres salvarán la independencia de América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.

Esa independencia, a la que tanto ama, es la que lo impele a cumplir el supremo deber: Yo obedezco, y aún diré que acato como superior dispensación, y como ley americana, la necesidad feliz de partir, al amparo de Santo Domingo, para la guerra de libertad de Cuba.

Lo que no le preocupa es morir, que ya está entregado, y su sacrificio estará bien pagado si consigue lo que desea: Levante bien la voz: que si caigo, será también por la independencia de su patria (25).

A esa valiente misiva agregó otra carta dirigida a su madre, de la que extracto una sola frase: Y, ¿por qué nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio? (26).

POR FIN: EN CUBA

Ya estaba listo para partir. El último capítulo de su vida ha comenzado. Después de muchas peripecias, empapado y transido de frío y de angustias, pero con la alegría de estar en suelo amado, logra pisar, junto a Máximo Gómez y otros cuatro compañeros, la tierra cubana.

Desde ese 11 de abril de 1895 los días se sucederán con rapidez, pues espíritus infatigables como los de ellos no dan tregua al deber. Martí saca tiempo hasta para escribir, bellamente, a los amigos entrañables que había dejado en tierra mexicana.

De esos días se conservan algunas órdenes militares y varias cartas. En una de las primeras afirma rotundamente: El que de cualquier modo permite o ayuda a proveer al enemigo es su cómplice (27).

La última de las segundas quedó inconclusa, e iba dirigida a un amigo mexicano, Manuel Mercado, fechada 18 de mayo, un día antes de su muerte, en el Campamento de Dos Ríos.

En ella demuestra su clarividencia al enjuiciar el deseo de muchos norteamericanos, que sólo ven en el sur de su territorio un espacio donde expandir sus ambiciones.

Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber, puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizar lo de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es por eso.

Y aún agrega palabras más fuertes: Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos - como ese de Ud. y mío - (se refiere a México, lógicamente) más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia, les habría impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato y de ellos (28).

Es lógico que Martí estuviera muy disgustado con unos Estados Unidos, país en el que había vivido por años,

pues las autoridades no mucho antes habían impedido que el Plan de Fernandina tuviera éxito. Además, bien se sabe que por aquel entonces muchos había que deseaban que Cuba se convirtiera en un pedazo más de la Unión, algo que no se llevó a cabo quizás por la decisión manifiesta de los cubanos de no dejarse anexar sino hacer realidad el sueño independentista que se había ido forjando, desde el Padre Varela, a base de sangre y múltiples sacrificios.

DE CARA AL SOL

Puede decirse, sin lugar a dudas, que Martí murió con dos espinas clavadas en su pecho: la posibilidad de que Cuba siguiera siendo española o que pudiera pasar a ser un estado más de los Estados Unidos.

Contra ambas posibilidades había desatado la guerra. Porque él no creía en una independencia mediatizada, ni en una libertad comprometida con potencias extrañas.

Para que Cuba, y los otros pueblos de América, en especial ese espacio tan amado de las Antillas españolas, que completan República Dominicana y Puerto Rico, a las que menciona expresamente en más de una ocasión, puedan ser totalmente libres, se adelanta Martí aquel día aciago del 19 de mayo de 1895, y allí, en plena manigua cubana, de cara al sol, se enfrenta al enemigo usurpador y cae con el corazón traspasado, nutriendo con su sangre ese anhelo de libertad que tantas veces quedará oculto a muchos por la ignorancia o la inconsciencia.

Ese día aquel gran corazón dejó de latir. Estaba muerto, que ya herido lo traía desde hacía mucho tiempo. Así diría en uno de sus versos sencillos:

Oculto en mi pecho bravo
la pena que me lo hiere:
el hijo de un pueblo esclavo
vive por él, calla y muere (29).

NOTAS

Nota: Las citas que aparecen sin número fueron tomadas de "La Gran Enciclopedia Martiana" . Editorial Martiana, Inc. 1978. Miami, Florida.

PUNTO FINAL

He querido dedicar estas páginas a un hombre a quien desde niño siempre admiré, pues todo cubano aprendió a amar a los hombres que hicieron posible la libertad de la Patria, y de entre ellos Martí es uno de los más grandes.

No creo haber dicho nada nuevo, ni haber descubierto ninguna faceta desconocida en la vida de nuestro Apóstol. Sólo he querido resaltar su amor por la libertad, a la que dedicó no sólo su vida, sino también su muerte.

Hoy, que los cubanos estamos de nuevo sin libertad, lo que sufren especialmente aquellos compatriotas que viven en la Patria, pero como extranjeros, como si fueran exiliados dentro de la bella isla que los vio nacer, tiene que ser Martí y su pasión por ese tesoro concedido por Dios al ser humano, un faro que nos ilumine.

Al Señor pedimos, por intercesión de la Madre de la Caridad, que pronto pueda hacerse realidad lo que Martí tanto deseó para sus compatriotas, una Patria con todos y para el bien de todos.

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Página fue modificada: 30/08/2008 8:34

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