AB PADRE BAZAN

Los Mandamientos

INTRODUCCIÓN

El Señor, podemos entenderlo, conoce de sobras a sus criaturas, los seres humanos, y nuestra perenne inclinación a hacer lo que no nos conviene.

Por esa razón, y mirando al bien nuestro, el Señor decidió dictar ciertas leyes que sirvieran al ser humano como guía del buen vivir.

Estos mandamientos fueron grabados, primeramente, en el corazón de cada hombre. Es lo que se llama la "ley natural". Pero habiéndose distinguido el ser humano por su desobediencia, como lo atestigua la Escritura desde sus primeros capítulos, se hizo necesaria una promulgación solemne de los mandamientos de Dios, tal como vemos en el capitulo XX del libro del Exodo.

Allí se nos dice que, entre rayos y truenos, Dios esculpió en tablas de piedra sus mandatos, para que el ser humano tuviera conocimiento exacto de lo que era la voluntad de su Creador.

NO SON UNA CARGA

Es importante aclarar que estos mandamientos no son una carga negativa, sino una forma de evitar todo aquello que permite la presencia del mal en el mundo, para poder llevar a cabo lo que es bueno para la humanidad en general.

Como alguien decía: Nada es malo porque Dios lo prohíba, sino que Dios prohíbe lo que es malo.

Si nos fijamos bien, esos sencillos diez mandamientos resolverían muchos de los problemas del mundo, ya que bastaría con que todos los cumpliéramos para que la humanidad viviera en una situación totalmente diferente.

¿No hemos soñado todos, de alguna manera, con un mundo en que no hicieran falta las cárceles, ni tuviéramos que vivir con el miedo de ser asaltados, robados o en peligro de ser lesionados o hasta perder la vida?

¡Qué bueno sería el mundo si pudiéramos salir de nuestra casa y dejar las puertas abiertas, sin correr riesgo alguno! ¡Qué bello sería que ningún ser humano tuviera miedo de sus semejantes!

Sin embargo, la realidad nos enseña otra cosa totalmente distinta. Por más policías que se dediquen a perseguir a los delincuentes y por más leyes que se inventen los hombres, la situación es muy triste, pues los sencillos mandatos de Dios son totalmente olvidados, lo que nos lleva a la ruina general, a las guerras, a los enfrentamientos constantes, a hacer realidad aquello de que "el hombre es un lobo para el hombre".

Sólo hay que recordar que el ser humano es el único capaz de matar a un semejante. Eso no se ve en los animales, que, en general, aceptan un código instintivo que les impide ser asesinos de sus congéneres.

VIGENCIA DE LOS MANDAMIENTOS

Los mandamientos de la ley de Dios siguen estando en vigencia, y son la mejor guía que tenemos para convivir armoniosamente los unos con los otros.

Cristo dijo que El no había venido a abolir la Ley, sino a perfeccionarla (Mateo 5,17). El Divino Maestro nos enseñó a mirar la Ley con ojos diferentes, de tal forma que todo se viera bajo el prisma del amor.

Así, cuando alguien le pregunta sobre el más importante de los mandamientos, El no duda en contestar: El primero es: "Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas". El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 12, 29-31).

Esto no significa, en modo alguno, una reducción de la Ley, de forma que haya mandamientos que dejen de tener importancia, sino una óptica nueva por la que comprendemos que, si amamos, somos capaces de cumplir los mandamientos sin que se nos presione, sino de forma espontánea, libre y gozosa.

No se cansa la Escritura de exaltar los mandamientos, y san Pablo reafirma la enseñanza de Jesús, insistiendo en la primacía del amor por encima de la Ley: A nadie le queden debiendo nada, fuera del amor mutuo, pues el que ama al otro tiene cumplida la Ley. De hecho, el "no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás" y cualquier otro mandamiento que haya se resume en esta frase: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". El amor no causa daño al prójimo y, por tanto, el cumplimiento de la Ley es el amor (Romanos 13, 8-10).

Nada hay contradictorio en ello. Si ustedes me aman - dice el Señor - guardarán mis mandamientos (Juan 14,15).

Al analizar uno por uno los mandamientos, como pretendo hacer en este folleto, no debemos olvidar en ningún momento que todos ellos están orientados a hacer realidad el amor a Dios, nuestro Creador y Dueño, y el amor al prójimo, ser humano como nosotros, llamado también a compartir un Reino de amor para siempre. Si vamos a estar juntos en el cielo - alguien afirmó alguna vez - ¿cómo no comenzar a estarlo ya en la tierra?

PRIMER MANDAMIENTO: AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS

En el libro del Deuteronomio, como coronación de la nueva formulación que en este libro se hace del Decálogo aparecido en Exodo XX, se dice: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas (6,4-5).

El propio Jesús usará luego de estas palabras para recalcar el "primero" de todos los mandamientos (ver Mateo 22,34; Marcos 12,28-31; Lucas 10,25).

Siendo éste el primero y más importante, no deja de ser, también, uno de los más difíciles de guardar, sobre todo porque, siéndonos imposible ver a Dios, frecuentemente nos cuesta trabajo aceptar que sea El nuestro Padre y que esté tan cerca de nosotros.

Sin embargo, El nos amó primero (1ª Juan 4,19). Por eso no sólo tenemos que amarlo a El, sino amarnos los unos a los otros porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (Idem 4,7).

Es más, la demostración más palpable de nuestro amor a Dios es que hemos aprendido a amar, y somos capaces de hacer efectivo ese amor en obras concretas por los hermanos.

El que dice: "Yo amo a Dios", y odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano, a quien ve? El mismo nos ordenó: El que ame a Dios, ame también a su hermano (Idem 4,20-21).

DIOS NOS AMA COMO A HIJOS

Dios demuestra su amor por nosotros de muchas maneras. Nos creó por amor y por amor nos llama a ser sus hijos. En el evangelio de Juan leemos estas bellas palabras: Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo Unico, para que todo el que crea en El no se pierda, sino que tenga Vida Eterna (3,16).

Lo que nunca hará Dios es imponernos, a la fuerza, su amor. El respeta nuestra libertad y nos pide que la usemos para el bien, demostrando que reconocemos su bondad y su amor por nosotros amándolo a El por encima de todo. Pero permitirá que nosotros le rechacemos y nos alejemos de El.

Mucha gente no quiere aceptar que Dios nos ama, porque piensan que El es el culpable del mal que existe en el mundo. Esto puede ser una buena excusa para no amarlo, pero si se examinan bien las cosas, podremos darnos cuenta de que únicamente los seres humanos hemos sido los culpables de los males que nos atormentan.

Con todo, es muy cierto que la bondad de Dios, si miramos sólo a esta vida terrena, es difícil descubrirla del todo, ya que su designio de felicidad total para nosotros es posterior a esta vida. Aquí todavía no estamos en el paraíso. Sólo en el cielo podremos gozar de una alegría imperecedera.

¿CÓMO SE AMA A DIOS?

Cuando se trata de amar a una persona humana la cosa es fácil. Cuando esta persona nos atrae o nos cae simpática sentimos como un vivo deseo de hacerla feliz.

Nuestro amor a Dios debe traducirse en un deseo de agradarlo y hacer lo que a El le gusta. Dice san Juan: Sabemos que amamos a los hermanos cuando amamos a Dios cumpliendo sus mandamientos, porque amar a Dios significa cumplir sus mandamientos (1ª Juan 5,2-3).

Este amor puede llegar a sentirse muy íntimamente, como un gozo profundo, cuando uno logra experimentar la presencia del Señor. Esto suele ser un regalo más bien raro, pero que muchos reciben, al menos algunas veces en sus vidas. Con todo, lo ordinario es que el amor de Dios lo sintamos en el gozo del servicio y del ejercicio del bien. Por esta vía Dios suele regalar a quienes lo aman y están dispuestos a demostrárselo.

EL CULTO DEBIDO A DIOS

Desde la más remota antigüedad vemos que los seres humanos han tratado de reverenciar, de diversas maneras, a lo que han considerado "la divinidad", sean dioses o simples fuerzas que influyen sobre nosotros.

En la Biblia se nos habla del culto temprano de Caín y Abel. Ambos hermanos presentaban sus ofrendas al Creador, aunque las del primero eran rechazadas por su falta de amor al ofrecerlas.

Con la elección de Abraham y sus descendientes como el "Pueblo de Dios", se inicia también un nuevo culto, basado en una Alianza entre Dios y los miembros de dicho pueblo. Al principio eran ofrendas esporádicas y holocaustos de animales, pero luego, cuando se realiza la Alianza definitiva en el monte Sinaí, este culto se reglamenta de forma que se establece como algo sistemático que debe realizar el pueblo a través de los miembros de la tribu de Leví, una de las doce que lo componían.

Algo que queda totalmente claro es que sólo a Dios se puede rendir un culto de adoración (ver Exodo 20,22-24). Ninguna criatura puede ser adorada ni reconocida como digna de culto, para evitar, precisamente, que el pueblo elegido sucumbiera ante las constantes tentaciones que tendría que sufrir por estar rodeado de pueblos idólatras.

Esto, como sabemos por la Biblia, pocas veces fue mantenido con fidelidad, pues los israelitas pecaron con suma frecuencia, pensando que al rendir culto a dioses extraños podrían conseguir beneficios que no lograban a través del verdadero Dios. Algo que se sigue repitiendo aún entre muchos que se llaman cristianos.

La Iglesia mantuvo sin alteraciones estos principios, pues Jesús en forma alguna los cambió, sino que los reafirmó al anunciar la llegada de un nuevo culto: Pero se acerca la hora o, mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto verdadero adorarán al Padre con Espíritu y lealtad, pues el Padre busca hombres que lo adoren así (Juan 4,23).

Si bien la Iglesia acepta un culto de reverencia y cariño a María y a los santos, se trata de un reconocimiento de lo que Dios hizo en ellos y de lo que ellos fueron capaces de hacer por amor a Dios.

Muy lejos está en la mente de la Iglesia el pensar siquiera que María o los santos merezcan adoración, pues está rectamente establecido que la adoración es un culto exclusivo a Dios, a quien se reconoce como Creador, Padre, Señor y Dueño de todo y de todos.

LAS IMÁGENES

Aquellos que dicen que el primer mandamiento no es bien enunciado por los católicos sólo afirman una falsedad.

Es muy cierto que en el libro del Exodo leemos: Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud. No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás esculturas, ni de lo que hay en el cielo, ni de lo que hay en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No las adorarás ni les rendirás culto: Yo soy el Señor Dios tuyo, fuerte y celoso (20,2-5).

¿Qué nos quiere decir este primer mandamiento?

Que sólo hay un Dios verdadero y, por tanto, rendir culto a cualquier otro ser o cosa es una idolatría, un grave pecado.

Con todo, debemos distinguir lo que conserva actualmente su vigencia y aquello que sólo fue dicho, directamente, al pueblo de Israel.

Es innegable que el espíritu de la ley sigue siendo actual, aunque no sus especificaciones. Por eso, cuando a Jesús le preguntaron: - ¿Cuál es el principal mandamiento de la Ley?, El respondió: - "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente". Este es el mandamiento principal y el primero, pero hay un segundo no menos importante: "Amarás a tu projimo como a ti mismo". De estos dos mandamientos penden la Ley entera y los profetas (Mateo 22, 36-40).

Prohibir la fabricación de imágenes fue una medida preventiva que ayudaría al pueblo de Israel, rodeado de pueblos idólatras, a evitar la tentación en la que, por otra parte, tantas veces cayó: la idolatría.

Después de la venida de Jesús sus discípulos contaron ya con una doctrina clara y un mensaje salvador único que no dejaba lugar a dudas. El peligro de idolatría, al menos directamente hacia objetos o representaciones, se reduciría bastante.

LA NUEVA LEY

Los cristianos, casi desde los primeros tiempos, así como vieron desaparecer la circuncisión y otros preceptos, como la observancia del sábado, vigentes por siglos en el pueblo de Israel, también comprendieron que el uso de representaciones dejó de estar prohibido, por cuanto la finalidad de dicha ley era evitar la idolatría y esto ya podía ser conseguido sin tanta rigidez.

Testimonio de ello son las pinturas que todavía se conservan en las catacumbas romanas, donde aparecen figuras orantes, imágenes de Cristo y de María, así como otras figuras que hubieran estado prohibidas de seguir vigente el texto original del Exodo en toda su extensión.

No pasó mucho tiempo, sin embargo, para que apareciera el primer grupo de fanáticos que, así como los judaizantes tantas veces criticados por Pablo, quisieron revivir antiguas ordenanzas. Así surgen los iconoclastas, que como su nombre indica, se dedicaron a la destrucción de imágenes, al igual que hacen hoy sus modernos imitadores.

Quizás como reacción a la acción iconoclasta es que se desata en la Iglesia el afán de multiplicar imágenes, llegándose a evidentes exageraciones, como tener una gran cantidad de ellas en la mayoría de los templos, lo que fue usual hasta la llegada del Concilio Vaticano II.

EL REAL ALCANCE DEL PRECEPTO

Es necesario reflexionar sobre el alcance que algunos dan a las palabras del Exodo, porque tal parece como si allí se hablase sólo de imágenes de Jesús y de los santos, y no de toda representación de lo que está en el cielo, como los astros, o de lo que existe en la tierra y en el agua, como las personas, animales y cosas.

Esto significa que si hemos de dar real vigencia a las palabras de la Biblia tendríamos que suprimir, prácticamente, todas las manifestaciones del arte a través de los siglos, como esculturas y pinturas, además de las fotografías y las películas.

¿Cómo es posible que se diga que no podemos tener una imagen de Jesús o de los santos y sí un retrato de cualquier otra persona? ¿Por qué prohibir que se tengan esculturas en las iglesias y admitir que en los parques haya estatuas de hombres y mujeres ilustres? Estas son incongruencias que muchos cometen al abogar por la supresión de las imágenes religiosas.

LA ENSEÑANZA DE LA IGLESIA

La Iglesia enseña que si alguien, por ignorancia o lo que sea, rindiese a un santo o a su imagen un culto reservado a Dios, cometería un pecado de idolatría. Pero que a las imágenes de los santos las debemos considerar de la misma forma que a los retratos de los miembros de la familia, o a las esculturas de patriotas o personas meritorias por sus esfuerzos en bien de la nación.

Pretender poner en vigencia la original versión del primer mandamiento obligaría - es necesario dejarlo bien aclarado -, a destruir toda representación de personas, animales o cosas, y no simplemente, como algunos quieren, las imágenes de los santos.

Esto último es una muestra evidente de fanatismo, que no se ajusta con la práctica que han tenido los cristianos desde los comienzos de la Iglesia.

Dios prohíbe la idolatría. Dios quiere reservarse el primer lugar en el corazón de sus criaturas conscientes. Los católicos sólo adoramos a Dios y rechazamos todo tipo de idolatría. Es injusto que se nos acuse de idólatras por representar a Jesús, a María y a los santos, de modo que sus imágenes sean un cosntante recuerdo de su vida y sus ejemplos. Esto es, en realidad, su principal finalidad.

El uso de las imágenes con un fin perverso es totalmente ajeno a la enseñanza de la Iglesia. Por el contrario, ésta jamás ha aprobado nada que vaya en contra del verdadero espíritu del primer mandamiento.

SEGUNDO MANDAMIENTO: NO TOMARÁS EL NOMBRE DE DIOS EN VANO

El nombre de Dios era considerado tan sagrado para los israelitas que jamás lo pronunciaban. De ahí que buscaran sustitutos, como el Eterno, el Más Alto, etc. Si en las páginas del Antiguo Testamento aparecía el nombre de Yahvé, nadie osaba mencionarlo en alta voz. Esto era señal del gran respeto que se tenía por el nombre del Creador y Señor.

Con la venida de Jesús ocurre un cambio radical, pues El vino para enseñarnos una nueva relación con Quien es nuestro Padre. Por eso el nombre de Dios es usado normalmente por los cristianos.

En Exodo 20, 7 se nos dice: Yahvé no dejará sin castigo al que tome en vano su nombre.

Nombrar a Dios en forma irrespetuosa demuestra una actitud, una forma de pensar y actuar contraria al amor que le debemos como Creador y Padre.

JURAR USANDO EL NOMBRE DE DIOS

Si entre los latinoamericanos es raro escuchar una blasfemia, no lo es tanto ver mencionado el nombre de Dios en relación a los juramentos, pese a que el mismo Jesús nos pone en guardia contra ello cuando dice: No juren en forma alguna, ni por el cielo que es el trono de Dios, ni por la tierra que es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran rey; ni jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes hacer un solo cabello ni blanco ni negro. Sea su modo de hablar sí, sí; no, no. Lo que pase de ahí es cosa del Maligno (Mateo 5, 34-37).

Pese a los dos mil años transcurridos, mucha gente no ha asimilado esta sencilla enseñanza de Jesús, y pretende reforzar con sus juramentos aquello que afirman, como si no tuvieran seguridad en sí mismos ni confianza en los otros.

Por eso se hace también frecuente que alguno, dudando del otro, le exija: Júralo por Dios o por tu madre.

Cuando se hace un juramento de esta especie hay que suponer que se está quebrantando el segundo mandamiento. Es también una forma de tomar el nombre de Dios en vano.

Otra cosa es cuando uno jura "ante Dios" que algo es cierto, como se hace en los tribunales o en las ceremonias de investidura de ciertos cargos, en que el sujeto se compromete ante Dios a ejercerlo honestamente.

La diferencia parece sutil, pero es real. El juramento que se hace "por Dios", en forma ligera, dista mucho de ser la declaración solemne de que se dice la verdad "ante Dios', pues en este último caso se está ante un asunto serio y el nombre de Dios no es motivo de broma ni se utiliza vanamente.

Pecado grave sería el perjurio, que es cuando uno, habiendo hecho un compromiso ante Dios, mostrara luego que había actuado con engaño.

A esto podrían equipararse las promesas que se hacen a Dios, sobre todo en momentos de apuro, y que después se olvidan, como si se pudiera jugar con estas cosas. Aquel que prevea que no va a poder cumplir una promesa no debe hacerla. Por lo general toda promesa debe hacerse después de consultar con el confesor, para estar seguro de que se hace con la debida reflexión.

El nombre de Dios es sagrado. Debemos usarlo sólo cuando sea para bien. Que jamás nuestra lengua lo pronuncie sin el respeto que merece Aquel que es el Dueño de cielos y tierra.

TERCER MANDAMIENTO: SANTIFICAR LAS FIESTAS

Prácticamente desde que el hombre organizó su vida comenzó a utilizar lo que llamamos mes, ya que su duración estaba en consonancia con los movimientos de la luna. Alrededor de veintiocho días dura este satélite natural en dar una vuelta completa a la tierra, atravesando, más o menos cada siete días, por un cambio o fase. Esto último dio lugar a la semana.

En la Biblia encontramos, además, una explicación religiosa. Dios hizo todas las cosas en seis días y destinó el séptimo al descanso. De la misma manera los israelitas debían trabajar seis días y descansar el séptimo.

Así leemos en el libro del Exodo: Acuérdate del día del sábado, para santificarlo. Trabaja seis días, y en ellos haz todas tus faenas. Pero el día séptimo es día de descanso, consagrado a Yahvé, tu Dios. Que nadie trabaje... (20, 8-11). (Ver también Levítico 23,1-3).

EL CULTO AL SEÑOR

Lo que al principio era sólo descanso, luego se fue completando con la idea del culto a Dios, de modo que los israelitas establecieron que ese día habría una reunión especial, que tenía lugar en la sinagoga, lugar destinado a las reuniones de la comunidad. Esto parece haber comenzado durante el exilio en Babilonia.

Aparte de este culto sinagogal, que consistía en lecturas, cantos y oraciones, el pueblo de Israel celebraba, a través del año, grandes fiestas en honor a Dios. En algunas todos los varones mayores de 13 años tenían la obligación de acudir a Jerusalén y adorar al Señor en el Templo.

SÁBADO Y DOMINGO

Fue el espíritu de la Ley de Dios que cada semana hubiera un día dedicado al descanso y la oración. Durante el Antiguo Testamento este día señalado fue el sábado, o séptimo día, en recordación del descanso de Dios.

En el Nuevo Testamento, sin embargo, se produce un cambio significativo. Los cristianos comenzaron a tener sus reuniones propias el primer día de la semana, en recuerdo de la resurrección de Jesús y sus dos primeras apariciones a los discípulos (Ver Juan 10,19; 20,1 y 20,26).

Mientras pudieron, estos discípulos, que al principio eran todos judíos, mantuvieron también su fidelidad al sábado, día en el que acudían a las sinagogas con los demás israelitas. Luego, cuando fueron expulsados de éstas, se reunieron solamente el primer día de la semana que, con el tiempo, tomó el nombre de Día del Señor, en latín Domínica dies, lo que en español se transformó en domingo (Ver Hechos 2,46; 3,1; 5,42; 13,5; 13,13; 13,15 y 14,1).

El espíritu de la Ley, indiscutiblemente, se mantuvo intacto. Los cristianos, con la autoridad que la Iglesia recibió del propio Jesús, no hicieron más que escoger un día más acorde con la realidad de la Nueva Alianza.

OBLIGACIÓN DE LA ASAMBLEA DOMINICAL

A semejanza del Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, los cristianos mantuvieron una asamblea semanal o reunión de la comunidad, para alabar y dar gracias al Señor, al mismo tiempo que escuchar y comentar su Palabra. A esto se agregó, como algo nuevo, la celebración del memorial que Jesús había encomendado en la Última Cena.

La Iglesia ha decretado que es una grave obligación participar en esta asamblea, pues es lo menos que podemos hacer para demostrar el agradecimiento que debemos a Dios, no sólo por los beneficios materiales que de El recibimos, sino, sobre todo, por habernos hecho hijos suyos por medio de la Muerte y Resurrección de su Hijo.

La participación en la Asamblea dominical, o Misa, es un acto de amor. Cuando uno busca pretextos fútiles para no asistir es porque Dios no está ocupando el lugar que le corresponde en su vida. Pero si hay razones válidas, faltar a Misa no constituye ningún pecado. Podríamos pensar en quien está enfermo, o viajando. También en las madres que cuidan niños pequeños sin tener con quién dejarlos, o en los que no tienen una iglesia cerca y carecen de transporte. Cada uno sabrá las razones que lo obligan a faltar.

Pero para cumplir este mandamiento no basta con asistir a la Misa. Es importante, también, dedicar el domingo al descanso, a no ser que se tenga que realizar un trabajo necesario. Son muchos los servicios que no se pueden interrumpir pero, en este caso, quienes tienen que trabajar deberán participar en la Misa y descansar otro día. Así, si no se cumple con la letra, al menos se cumplirá con el espíritu de la ley, y podremos mantenernos unidos a Dios como miembros de su Pueblo.

CUARTO MANDAMIENTO: HONRAR PADRE Y MADRE

Es natural que los que comienzan por ser esposos se conviertan pronto en padres, ya que sus relaciones más íntimas no sólo están destinadas a producir un placer físico y un gozo espiritual que ayuda a la pareja a mantener su amor, sino que, por medio de ellas, tienen la oportunidad de colaborar con Dios en lo que llamamos procreación.

La procreación, ciertamente, no se reduce al acontecimiento de traer al mundo un nuevo ser, sino que debe ser entendida como algo mucho más completo, lo que incluye, necesariamente, la educación de la prole.

La educación de los hijos es, sin género de dudas, una de las actividades humanas más importantes, pues de lo que ésta sea va a depender, en gran parte, que el sujeto que la recibe sea capaz de relacionarse correctamente con sus semejantes y de aportar valores positivos a la sociedad a la que pertenece.

LOS PROS Y LOS CONTRAS

Esto, desde luego, muchos padres no lo comprenden, y por esa razón se atreven a tener hijos de cualquier manera, con lo que hacen un grave daño no sólo a su descendencia sino también a toda la humanidad.

Padres hay que en lugar de cosechar amor se han ganado, con toda razón, la antipatía y el rechazo de sus hijos, por cuanto es imposible recoger donde sólo se han puesto piedras, cardos y espinas.

Pero no siempre los hijos saben comprender la labor de sus padres y exigen, a menudo, más de la cuenta de ellos, como si fuera tan fácil, a veces sin verdaderos medios, levantar una familia.

Lo que define a unos padres buenos es únicamente el amor con que han trabajado por sus hijos y el empeño que han puesto en sacarlos adelante en medio de las peores circunstancias.

Esto no impide que muchos progenitores, quizas una mayoría, cometan grandes errores en su labor como educadores, ya que en esto casi ninguno ha podido contar con una verdadera ayuda, pues no hay libros ni escuelas que puedan enseñarlos a ser buenos padres.

Hay quienes se equivocan de la mejor buena voluntad, pues creen que con su forma de actuar están haciendo lo mejor para sus hijos. ¿Cómo no pasar por alto sus errores?

Lo que los padres no pueden hacer sin perder el título de tales es abandonar el deber, desertando del esfuerzo por estar junto a su prole en los difíciles momentos del aprendizaje.

OBLIGACIONES FILIALES

Los hijos tienen la obligación de honrar a sus padres, lo que significa también atenderlos en sus necesidades y no abandonarlos cuando sean viejos.

Esto último no comprende, necesariamente, que los hijos tengan que llevar a sus padres a vivir con ellos cuando éstos no puedan valerse por sí mismos, ya que tal cosa no siempre es practicable, por un lado, y por el otro pudiera ocasionar problemas serios en unos u otros.

De ser posible, claro está, sería magnífico, pero no hay que culpar a los hijos que colocan a sus padres en alguna institución confiable, siempre que estén bien atendidos y los visiten con la debida frecuencia.

Claro que las obligaciones de los hijos no son sólo para cuando los padres se encuentren en la recta final. Mucho antes, cuando todavía son niños, están en la obligación de obedecerlos y respetarlos, lo mismo que cooperar con todo lo que significa el bien del hogar.

Muchos hijos hay que, mientras viven con sus padres, se creen que todo se lo merecen, y no hacen nada por ayudar. A veces, cuando sin haberse independizado, comienzan a trabajar, todo se lo gastan en caprichos y no dan nada para ayudar al sostenimiento de los gastos comunes.

El buen hijo no es aquel que nunca disiente de sus padres, pues los hijos tienen también derecho, sobre todo cuando ya no son unos chiquillos, a plantear sus puntos de vista y ser escuchados.

Pero un buen hijo siempre tratará a sus padres con consideración, incluso si piensa que están equivocados. Podrán mantener sus opiniones, pero con respeto y cariño, sin alzarles nunca la voz ni mucho menos ofenderlos de palabra u obra.

Sería muy triste que los hijos se dieran cuenta de lo que valen sus padres sólo después de su muerte, cuando ya no hay nada que se pueda hacer por ellos, como no sea rezar.

Lamentablemente, sabemos que, muchas veces, sólo se puede aprender a valorar a los padres cuando uno mismo tiene hijos y debe luchar para sacarlos adelante.

Por eso es tan importante este mandamiento, que nos recuerda a todos, que mucho de lo que somos y tenemos se lo debemos al sacrificio y al desvelo de nuestros padres, pues aunque hayan cometido errores, han sabido también dar lo mejor de sí para cumplir con su responsabilidad ante Dios y la humanidad.

QUINTO MANDAMIENTO: ALGO MÁS QUE NO MATAR

Es frecuente oír decir a algunas personas que ellas son realmente buenas puesto que nunca han matado a nadie. Parece muy bien, desde luego, pero el cumplimiento del quinto mandamiento no es algo tan simple como no matar.

Este mandamiento, sin duda, tiene que ver con el bienestar e integridad física y espiritual de las personas, de modo que serían muchas las maneras de violarlo.

Trataré, por tanto, de ofrecer una visión amplia de los posibles pecados contra este quinto mandamiento, habida cuenta de que su cumplimiento exige un respeto total no sólo por la vida de los semejantes, sino por su dignidad como personas e hijos de Dios.

Como principales pecados podríamos señalar: a) el asesinato, b) el suicidio, c) el aborto, d) la eutanasia, e) la tortura, f) las peleas, g) la borrachera, h) el tráfico y el uso de drogas, i) el odio, j) el duelo, k) el terrorismo.

a) EL ASESINATO, llamado también homicidio, consiste en dar muerte a una persona, en forma deliberada y sin que la otra parte haya intentado agredir primero. Cuando una persona mata a otra se pueden encontrar causas atenuantes o agravantes, pero el pecado, lógicamente, no está ligado a la decisión de un tribunal, sino a la verdadera intención del agente.

Hay casos en que una persona, aún habiendo procurado la muerte de otra, puede no ser culpable de pecado alguno. Por ejemplo, cuando lo hace en defensa propia y sin posibilidad razonable de otra cosa.

También cuando se participa en una guerra en la que uno no puede menos que disparar sus armas contra el supuesto enemigo.

El homicidio, como pecado, será mayor o menor en la medida en que existan causas agravantes o atenuantes. Actuar a sangre fría y con premeditación, indiscutiblemente, es siempre un grave pecado.

b). El suicidio. Algunos creen que está mal que uno mate a otro, pero tratándose de la propia vida no habría problemas, ya que es a uno mismo a quien se inflige el daño.

Esto es falso. Nuestra vida es un don de Dios y no tenemos ningún derecho a disponer de ella a nuestro capricho. Este quinto mandamiento obliga al cuidado, no sólo de la vida e integridad física de los otros sino también, lógicamente, de las propias.

Cristo dijo que todos los mandamientos pueden reducirse a dos, y que el segundo es semejante al primero: Amarás al prójimo como a ti mismo (Marcos 12,31). Es imposible amar a otros si no comenzamos por amarnos a nosotros mismos. Por eso veremos que, además del suicidio, hay otros pecados en los que se atenta contra la propia salud y que deben ser considerados graves atentados contra la integridad física y espiritual del sujeto.

Es bueno aclarar, sin embargo, que en el suicidio no es fácil llegar a juicios objetivos, por cuanto está comprobado que, en buena parte de los casos, existe un grave desorden de la personalidad que tiende a la autodestrucción. Son estados llamados "maníaco-depresivos" que, sin un adecuado y eficaz tratamiento profesional, alcanzan muchas veces el paroxismo en el suicidio.

Esa es la razón por la que se han suavizado las normas de la Iglesia con respecto a los funerales de los suicidas, pues es razonable suponer que existen, al menos, serias sospechas de que la persona pudo estar bajo la influencia de trastornos sicológicos graves.

c). Sobre el ABORTO se han escrito millones de páginas, unas abogando por su defensa y otras por su condenación. Lo que hace posible esta pugna es la diferente visión que se tiene con referencia al valor de una vida humana dentro del vientre materno y los derechos inalienables de esa "otra" persona que ya existe.

Muchos, sobre todo los que niegan la existencia de Dios y su directa relación con los seres humanos, insisten en que, mientras la persona no nace, hay que considerarla una masa de células que nada valen.

Esto, aún desde el punto de vista científico, habría que tenerlo como algo totalmente falso, por cuanto es innegable que cada uno de nosotros tuvo un principio en la unión de los gametos masculino y femenino - espermatozoide y óvulo -, y todo el proceso de gestación no es más que una etapa de nuestra vida total.

Ya hoy sería posible agregar, en el album fotográfico individual, aquellas fotos que podrían haber sido tomadas desde poco después de la concepción hasta el nacimiento. Al contemplarlas en conjunto, después de algunos años, cualquiera podría comentar: "-Ese era yo cuando tenía dos años. Aquí estoy junto a mi madre en mi primer cumpleaños. Este era "yo" con cinco meses de concebido".

¿Era o no la misma persona? ¿Por qué considerar un crimen la supresión de una vida humana desde el mismo día del nacimiento, como hace hoy la mayor parte de los códigos, y no desde el primer momento en que comenzamos a realizar la maravillosa trayectoria humana?

En los países donde se ha aprobado el aborto, más o menos ampliamente, se ha hecho, más que nada, cediendo a presiones de intereses y no a la recta razón. Un cristiano no puede menos que ver, ya desde la concepción, la obra de Dios en cada ser humano, por lo que la Iglesia ha defendido y seguirá defendiendo la vida de los inocentes, amenazados nada menos que por quienes deberían ser para ellos su mayor protección: sus propios padres.

Claro que detrás de la mayoría de los abortos hay muchos secretos más o menos escondidos, como adulterios o relaciones pre-matrimoniales. Es decir, que se decide sobre la vida de un ser humano por puro egoísmo.

Hay casos en que las razones son más comprensibles, como cuando una mujer queda embarazada a causa de una violación, o cuando hay real peligro para la vida de la madre.

La Iglesia enseña, en el primer caso, que nunca sería lícito atentar contra alguien que es totalmente inocente de lo ocurrido. En el segundo, que sólo cuando se busca un segundo efecto, del que no tenga necesariamente que derivarse la muerte del feto, se podría arriesgar su vida, pues se trataría de una acción legítima que sólo busca, deliberadamente, la salud de ambos.

La muerte provocada de un inocente todavía en el seno materno ha de considerarse, de acuerdo a los principios de la moral cristiana, un crimen semejante al de matar a cualquier otro ser humano, lo único que de una forma mucho más cobarde.

d). La EUTANASIA es defendida por algunos como un acto de compasión. Sin embargo, es imposible aceptarla de acuerdo a la moral cristiana, porque nadie está autorizado a quitar la vida o acelerar la muerte de una persona con el fin de que no sufra, sea la soledad de la vejez o los dolores de la enfermedad.

La eutanasia también suele practicarse con recién nacidos que traen malformaciones congénitas. En este caso se busca evitar problemas a los padres y a los mismos hijos cuando sean mayores.

Con todo nunca se puede aceptar la eutanasia como si fuera lícita, por cuanto, en el primer caso sería negar el valor sacrificial y redentor del sufrimiento, cuyo significado ciertamente no podemos comprender ahora totalmente, pero es innegable que entra dentro de los planes de Dios.

En el segundo tendríamos un ejemplo de abandono de una grave responsabilidad por parte de los padres, quienes no sólo pueden y deben aceptar los hijos que nazcan saludables, sino también aquellos que vengan con problemas, aunque éstos sean graves.

La eutanasia suele ser practicada por médicos, enfermeras o personal paramédico, a veces sin consentimiento alguno de los familiares. Pero aunque los padres o hasta los mismos sujetos estén de acuerdo, no sería lícita, por cuanto nadie, ni siquiera uno mismo, tiene derecho a decretar la muerte.

Otra cosa sería el no procurar auxilios especiales o extraordinarios para alargar la vida de una persona que se sabe irremisiblemente deshauciada. Es totalmente lícito, por lo mismo, cesar estas ayudas especiales cuando se ve que no conducen a nada. Esta decisión la podrían tomar tanto los médicos, como los familiares o hasta el paciente mismo, si estuviera en condiciones de hacerlo, pues en este caso no se estaría atentando contra ningún mandamiento, sino omitiendo lo que hay razones suficientes para creer que es inútil.

e). La TORTURA es empleada, desde muy antiguo, como arma coercitiva, sobre todo para sacar confesiones de los sospechosos.

De este procedimiento se ha abusado, sobre todo, en los regímenes dictatoriales o tiránicos, con el fin de descubrir planes subversivos y sus posibles agentes.

Hay torturas que son usadas por simples particulares contra personas a quienes odian, y tienen como fin hacerlas sufrir espantosamente como una forma de terrible venganza.

El Estado, que tiene el derecho de suprimir, con suma cautela, la vida de un delincuente al que se considera un verdadero peligro público, no lo tiene, sin embargo, para hacerlo sufrir, ni siquiera en procura de confesiones que podrían ayudar a encarcelar a sus cómplices.

Menos todavía lo tiene un régimen dictatorial cuyo propósito sería usar la tortura para conseguir bochornosas delaciones que le permita perseguir a sus enemigos políticos.

En el caso de un particular que, por venganza, hiciere sufrir cruelmente a un supuesto enemigo, habría que considerarlo una infamia propia de personas sin escrúpulos, por cuanto es principio aceptado que nadie tiene el derecho de tomarse la justicia por su mano.

La tortura es una palpable demostración de los extremos a los que puede llegar el ser humano en desafío a todas la leyes divinas. Es un grave atentado contra la dignidad de la persona humana y la integridad física del individuo.

Esto vale también para las torturas de tipo sicológico, que aunque no producen dolor físico directo, pueden tener consecuencias más desastrosas por cuanto dejarían al individuo gravemente afectado en su personalidad.

Podríamos agregar las torturas infligidas a los animales. Cuando éstas se hacen por pura crueldad son un pecado. Cuando se hace sufrir a un animal como medio de investigación, siempre que se haga todo lo posible por evitarle dolores innecesarios, es algo legítimo, pues ellos están al servicio del ser humano.

f) Las PELEAS, como se sabe, son un elemento constante en la vida de muchos pueblos, de manera que no es raro que haya personas que, con bastante frecuencia, se vean envueltas en luchas a trompadas o, todavía peor, con palos, piedras, cuchillos o armas de fuego.

Existen, sobre todo en las grandes ciudades, verdaderas pandillas de delincuentes dedicadas a provocar a personas inocentes, unas veces con el fin de robarles y otras, simplemente, con el afán de divertirse.

Estas personas imponen el terror en ciertos barrios, impidiendo hasta el libre movimiento, sin que las autoridades puedan o quieran, a veces, poner coto a sus desmanes.

Sólo es lícito golpear a una persona en caso de legítima defensa, pero hay que considerarlo un delito cuando se provoca una pelea, o se golpea a otra persona sin justificación alguna. Más todavía cuando ésta se encuentra desamparada o en condiciones de franca desventaja.

Otra cosa serían las peleas entre muchachos que, si son realmente infantiles, no suelen convertirse en un peligro público.

g) Las BORRACHERAS Y EL FUMAR. Hoy se considera el alcoholismo como una enfermedad. Hay países donde se bebe en demasía, ya que se insiste, por todos los medios, en la propaganda de las bebidas alcohólicas. Si una persona tiene tendencia al alcoholismo esta insistencia lo pondrá en el camino para su ruina moral, espiritual y hasta física.

Los efectos del alcohol, cuando no existe control, son desvastadores. Lo que produce en el sujeto es la pérdida a veces total de la conciencia, siendo capaces de hacer y decir cosas que no se les ocurriría estando sobrios.

Todos hemos visto carreras destruidas, fortunas arruinadas, divorcios, crímenes, accidentes. ¿Para qué más?

El cristiano tiene que estar claro ante el uso y abuso de la bebida. Se impone la virtud de la sobriedad. Si uno es capaz de beber algunos tragos sin problemas no hay nada que reprochar. Pero si su tendencia alcohólica lo lleva a no poder detenerse, tiene que procurar, contando con la gracia de Dios, evitar a toda costa llevarse un solo trago a los labios.

Algo parecido tendríamos que decir sobre el fumar. Los males causados por el uso de tabaco no son tan amplios ni suelen engendrar graves tragedias, pero es innegable, como la ciencia ya lo ha probado sin lugar a dudas, que el fumar daña nuestro organismo.

La salud del que fuma, y aún de los que están a su lado, puede verse en peligro, lo que va directamente contra el plan de Dios.

No es fácil decir hasta dónde el fumar es pecado ni cuál sería el límite permisible. No todas las personas tienen la misma resistencia. Pero, en principio, hemos de rechazar la idea del "fumador empedernido", que es capaz de cualquier cosa con tal de fumar, y está siempre obsesionado por la idea de "prender un cigarrillo".

Fumar con moderación sería aceptable. Pero lo aconsejable es que el que fuma trate de dejarlo. Eso sería lo mejor desde todo punto de vista.

No rechazamos la idea de que "fumar es un placer", pero también una forma de envenenar unos órganos - los pulmones -, que Dios nos ha dado, precisamente, para purificar nuestro organismo de toxinas. Fumar, pues, es hasta un contrasentido natural. Y, como tal, deberíamos evitarlo.

h. Todo lo que se ha dicho sobre el beber tendríamos que repetirlo, pero elevándolo al cubo, con relación al TRÁFICO Y USO DE LAS DROGAS ALUCINÓGENAS O ESTUPEFACIENTES.

Desde hace cientos de años se han conocido substancias que producen sueños y alucinaciones, pero sólo en el siglo XX, ya cuando éste se encontraba avanzado, es que las drogas llegaron a un extremo tal que su tráfico y uso se han convertido en uno de los más serios problemas que enfrenta, en el presente, la sociedad humana.

Todo el desarrollo de la drogadicción tiene como motor el dinero. Desde que algunos descubrieron que podrían hacer un buen negocio con este comercio, nunca ha cesado de crecer. Hoy en día los estupefacientes mueven miles de millones de dólares y, lo que es muchísimo peor, causan terribles estragos físicos, espirituales y morales en millones de seres humanos.

Mientras los traficantes andan, casi única y exclusivamente, detrás de las fabulosas ganancias que pueden obtener, las infelices víctimas de las drogas buscan un escape debido a una situación sicológica inestable, o una fuente de sensaciones fuertes e instantáneas que ya no consiguen por los métodos acostumbrados.

Es impresionante ver el número de personas, sobre todo jóvenes, que están envueltos, de alguna manera, en el consumo de las drogas. Las consecuencias de ello son incalculables, pues todavía no se ha logrado evaluar con exactitud los daños que se puede hacer a los individuos y a la misma sociedad, sobre todo mirando al futuro.

La lucha es tremendamente desigual. El dinero tiene un poder innegable y la ambición por poseerlo lleva a muchos a involucrarse en el tráfico, llegándose a extremos horrendos, como aquellos que son capaces de tragar bolsitas de plástico llenas de estupefacientes para poder pasarlas a otros países, aunque esto obligue a una operación quirúrgica para extraerlas de su estómago.

Por otro lado, no en todos los países se lucha con la misma decisión, pues hay lugares donde se han visto envueltos en el tráfico hasta altos funcionarios de los respectivos gobiernos.

Los esfuerzos que se hacen, desde el punto de vista oficial, con la persecución de los traficantes, aunque han dado algunos resultados, no parecen conducir a la esperanza de que el problema será totalmente extirpado en un futuro próximo.

Es indiscutible que los verdaderos culpables del problema de las drogas son los traficantes. Los otros, aunque no pueden ser totalmente exonerados, son más bien víctimas de sus problemas sicológicos o de una mala educación, que los lleva a buscar en los estupefacientes una puerta de escape a su realidad.

Con los primeros no se pueden usar paliativos. Los ciudadanos tienen la obligación de cooperar con las autoridades para combatir el tráfico de drogas.

Con los segundos hay que usar de comprensión y debemos tenderles una mano cuando todavía hay tiempo. Los esfuerzos que se hacen en este sentido, tanto por agencias oficiales como instituciones privadas, son muy plausibles.

Pero no podemos quedarnos en el simple auxilio a los que ya han caído en el uso de las drogas. Es necesario mantener una constante campaña de profilaxis que permita evitar este pernicioso cáncer moral que mina la salud espiritual de la sociedad, y en especial de sus miembros más jóvenes.

i) El ODIO es, realmente, la raíz de todos los delitos contra este mandamiento.

Hay personas que viven tranquilas porque no han matado a nadie, quizás sin caer en la cuenta de que el que odia es un asesino, como dice san Juan (1ª 3,15).

La razon es muy clara. Cuando yo odio pongo al otro en una lista negra, la de aquellos que no valen ya nada para mí. Es como si los echara fuera de mi corazón. Realmente los he asesinado moral y espiritualmente.

Si el amor se demuestra por el bien que hacemos al otro, así mismo el odio por el daño que le hacemos. Una persona, en un momento dado, puede afirmar que odia a otro sin ser verdad. Las palabras poco importan en este caso, sino las acciones.

Cristo nos manda amar a todos, no simplemente a aquellos que nos caen simpáticos o son nuestros amigos. Yo les digo, amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores. Así serán hijos de su Padre que está en los cielos (Mateo 5,44-55).

Amar es una afirmación, odiar una negación. Si Cristo nos manda amar hasta a los enemigos, no se trata de que los mismos nos tengan que caer simpáticos, sino que tenemos que hacerles el bien aun cuando ellos nos hagan el mal. Esa es la diferencia principal que caracteriza a los discípulos de Jesús.

j) El DUELO es una confrontación entre dos personas, armas en mano, con el fin de dilucidar de esa forma algún conflicto. En otros tiempos, cuando uno se sentía ofendido, enviaba al supuesto ofensor sus padrinos, lo que significaba que lo estaba retando a un duelo.

Esto fue condenado por la Iglesia, pues existía un real peligro de muerte, ya que el duelo solía hacerse con armas de fuego o espadas, siendo frecuente que uno de los contendientes muriese a consecuencia de las heridas recibidas.

Hoy en día el duelo prácticamente ha desaparecido, pero es bueno recordar que todo enfrentamiento que tenga como motivo el odio o la venganza es igualmente condenable.

Nadie tiene derecho a tomarse la justicia por su mano, y la mejor manera de demostrar la propia hombría no es empuñando un arma, sino perdonando de corazón las ofensas recibidas. Esto es lo que nos enseña Jesucristo, quien estuvo dispuesto a perdonar, y hasta pidió a su Padre, desde la cruz, que perdonara a aquellos que lo maltrataban porque no saben lo que hacen (Lucas 23,34).

k) La VENGANZA es un sentimiento que se presenta, sobre todo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente. Pensamos que no es posible pasar por alto una ofensa, pues esto va en contra del honor o del propio valor.

Sin embargo, al responder al ofensor con una acción semejante a la suya nos convertimos, a nuestra vez, en ofensores, con lo que perdemos todo derecho a reclamar justicia.

¿Cómo podríamos acusar o condenar a otro por un delito que estamos también dispuestos a cometer o efectivamente cometemos? ¿Cómo podríamos llamar criminales a quienes han matado a alguien si nosotros, para saldar esa cuenta, matamos a nuestra vez?

El cristiano tiene que estar siempre dispuesto a ser ofendido antes que ofender, a ser la víctima antes que el verdugo. Hacer lo contrario es rechazar el Evangelio.

Es cierto que no siempre la justicia humana funciona correctamente. Es sabido que muchos delincuentes quedan sueltos y nunca son castigados convenientemente. Pero si queremos hacer funcionar la justicia por nuestra mano lo único que conseguimos es aumentar el número de delincuentes y nunca el establecimiento de la justicia.

El cristiano tiene total derecho a acudir a los tribunales para hacer valer sus derechos y puede luchar para que la justicia humana sea eficaz, pero si no logra conseguirlo, jamás obrará contrariamente a los principios del Evangelio, sino que dejará que sea Dios el que, en último término, dé a cada uno según corresponde.

l) El TERRORISMO es una terrible plaga de los tiempos modernos. Es raro que pase un día sin que se cometan, por aquí o por allá, actos que buscan un objetivo por la imposición del terror.

El terrorismo, ciertamente, tiene con frecuencia implicaciones de tipo político, pero también ocurren casos en los que su principal causa son las ambiciones personales.

Hoy existen verdaderas organizaciones dedicadas al terrorismo. A veces éstas son financiadas y motivadas por los aparatos represivos de distintos gobiernos o sus contrarios. Otras veces se trata de pandillas de delincuentes cuyo fin es conseguir dinero.

Las formas más usadas por los terroristas son los atentados y los secuestros. Los primeros han ocasionado millares de víctimas inocentes, pues sus autores no paran mientes para descargar sus golpes, aunque esto ocasione muertes y mutilaciones en niños, mujeres y ancianos.

Han sido célebres los atentados personales perpetrados contra figuras prominentes, que a veces han respondido a las perturbaciones mentales de sus autores y otras a maquinaciones bien planeadas de organizaciones o gobiernos.

El atentar contra la persona de un tirano podría ser moralmente aceptable cuando de ello se puede derivar el bien de toda una nación y no hay otra salida a una situación opresiva.

Jamás, sin embargo, será aceptable, desde un punto de vista cristiano, el atentado dirigido contra una persona, aunque se le pueda acusar de delitos, y menos todavía contra grupos indiscriminados, pues estas muertes nunca podrán lograr el triunfo de una causa, por justa que ésta sea.

Los motivos de los terroristas pueden ser honestos, pero sus acciones, al poner en peligro vidas humanas, nunca lo serán.

En el caso de los secuestros, sea de personas particulares o de aviones, acción esta que ha estado en boga últimamente, hay que afirmar lo mismo. Nadie tiene derecho a privar de su libertad a una persona, quebrantando sus legítimos derechos, con el fin de pedir un rescate o exigir demandas, no importa lo justo que sean.

Esta acción será más grave si la intención de los ejecutores es llegar al crimen, como frecuentemente se ha hecho, si las exigencias no son atendidas.

El terrorismo debe merecer siempre nuestro máximo repudio.

SEXTO MANDAMIENTO: EL RESPETO AL CUERPO

La presentación de este mandamiento no ha sido siempre de lo más adecuada. Muchos hasta han llegado a la conclusión de que todo lo que tiene que ver con el sexo es algo negativo y feo ante la moral cristiana. Esto sería una pobre manera de entender la voluntad de Dios.

Por otro lado nos permite concluir que este es el mandamiento más importante del Decálogo, como parece se ha interpretado en ciertas épocas, en que se puso demasiado énfasis en el "pecado sexual" que era como si no hubiese otro igual. El Evangelio no parece ser de la misma opinión.

Los mandamientos, pese a cierto tono de prohibición, son altamente positivos, y todos buscan, sin lugar a dudas, el bien personal y colectivo de los seres humanos.

Con ellos Dios nos hace ver el verdadero camino que conduce hacia la felicidad, no solamente eterna, sino tambié0n presente durante la vida terrena.

EL HOMBRE COMO SER RESPONSABLE

Lo que Dios quiere con este precepto es que no veamos en nuestros órganos genitales y el impulso sexual un intrumento destinado exclusivamente al placer, sino un don especial sobre el que tenemos una delicada responsabilidad, ya que exige, para su verdadero rendimiento, de un cuidado y un control que pone a prueba nuestra capacidad de ser dueños de nuestros actos.

Los hombres no somos como los animales, que están controlados automáticamente por los instintos y actúan sin conciencia alguna, por lo que no son responsables de nada de lo que hacen.

Para los animales el sexo es algo puramente físico, destinado a un solo fin: la procreación. Es innegable que los animales disfrutan de un placer en aquello que hacen, pero sin captar, en ningún momento, el por qué ni el cómo, ya que, por carecer de conciencia o capacidad para "darse cuenta" de lo que hacen, sólo actúan por reflejos condicionados al instinto.

Los niños pequeños, aunque sin compararlos ni mucho menos a los animales, están en una etapa en que su conciencia no está desarrollada. Su mente es controlada, únicamente, por lo que llamamos "subsconsciente" o "inconsciente". Esto hace que reaccione físicamente sólo por los estímulos que percibe, aceptando los agradables y rechazando los desagradables.

Cuando llegamos a adquirir conciencia hemos de aprender a valorar los estímulos, para no hacernos esclavos de ellos. Es imposible actuar "inconscientemente", aceptando siempre lo agradable y rechazando lo que no lo es. Hay que distinguir, responsablemente, aquello que conviene, porque es bueno, o hay que rechazar porque es inconveniente o malo.

LAS DIFICULTADES DEL CONTROL PERSONAL

Un principio de conducta podría ser que lo bueno es lo que hace bien tanto a la misma persona como a los demás, mientras que lo malo es lo que ocasiona daño personal o colectivo.

Sin embargo, no siempre somos capaces, dadas nuestras limitaciones, de comprender lo que es bueno y lo que es malo siguiendo este principio, pues frecuentemente no vemos las implicaciones que nuestras acciones puedan tener y creemos que si nos agrada es porque nos hace bien, lo mismo que si agrada a los demás.

En el campo de lo sexual esto es muy posible, como podemos ver en un ejemplo: Un joven propone a una muchacha salir juntos con el fin de acariciarse mutuamente. Ella acepta porque aquel joven le gusta y, llevada de su inclinación al placer, olvida toda otra implicación. En medio de las caricias llegan a un punto que no pueden controlar y se produce el acto sexual, con la consecuencia de que la muchacha queda embarazada.

Aquello que "parecía" bueno a ambos, ya que no pensaban que tendría mayores consecuencias, sino que era un simple "pasar un rato agradable", puede convertirse en una pesadilla, sobre todo para la muchacha que, atemorizada, podría verse impulsada a buscar en el aborto la salida a su situación.

La falta de control y de correcta valoración puede llevar a acciones desastrosas, por lo que a veces no queda otro remedio que tratar de cumplir los preceptos sin discutir el por qué de los mismos. Dios sabe más que nosotros.

REVOLUCIÓN SEXUAL: CAUSAS Y CONSECUENCIAS

Hemos de reconocer, sin embargo, que sobre el sexo se han dado recetas francamente exageradas, y que no siempre se ha orientado convenientemente a los adolescentes y jóvenes a descubrir lo positivo que hay en los mandatos divinos.

Nadie mejor que Dios conoce nuestro organismo y nuestras capacidades. El es nuestro Creador. No hay que olvidarlo. Y así como haría muy mal una persona que usara un aparato en contra de las instrucciones de sus constructores, así haríamos mal si no ponemos atención a Dios en lo que concierne a nuestro cuerpo.

La segunda parte del siglo XX vivió una tremenda conmoción con la llamada "revolución sexual" que parecía resolver todos los problemas y lograr la ansiada felicidad que se andaba buscando.

A bombos y platillos se proclamaron, casi por todas partes, nuevos preceptos que llevaban a la absoluta permisibilidad en materia sexual, derribando verdaderos pero, también, falsos tabúes.

El resultado ha sido evidente. Hoy podemos afirmar que la tal "revolución" ha sido un completo fracaso, pues se trataba, más bien, de una reacción, completamente comprensible por otro lado, contra siglos de ignorancia y de inaceptable represión.

Con todo, no se puede ir impunemente contra la naturaleza de las cosas que Dios ha creado, para cuyo uso los mandamientos son una guía sabia y confiable.

Es lógico que tratemos de saber hasta dónde puede llegar la permisibilidad sexual. Pero lo primero que debemos aprender es que sexual no es sinónimo de físico, y que cada vez que lo reducimos a esa categoría lo estamos empequeñeciendo y profanando.

PECADO SEXUAL

El pecado, por tanto, es trastornar la finalidad del sexo, que es vehículo de encuentro con la persona amada a fin de disfrutar junto a ella, con ella y por la felicidad de ambos, de un regalo que Dios les entrega con el fin de mantener su unión y poder cumplir, adecuadamente, con la misión que El les confía.

Esta misión es doble: como esposos, la de ayudarse mutuamente a fin de realizarse como personas. Como padres de familia la de procrear y educar a los hijos.

Esta doble tarea exige muchos esfuerzos, por lo que Dios ha dispuesto que la mutua satisfacción que encuentran hombre y mujer en su encuentro amoroso les permita estar más capacitados para enfrentarse a la tarea con alegría y entusiasmo.

Es distinto cuando lo sexual se reduce a la búsqueda de satisfacciones en las que el amor está ausente. Esta forma de actuar deja siempre un vacío que incapacita al ser humano para sentirse realizado, por lo que su rendimiento como persona tiene que ser mucho menor.

Por otro lado, al faltar el amor, es imposible conseguir la permanencia. En este tipo de relación en que sólo se busca el placer físico que la misma produce, todo sentido de misión queda excluido, pues no existe el más mínimo compromiso mutuo, y cuando se llega a la procreación es por descuido y se le considera una desgracia que hay que solucionar por cualquier vía.

El verdadero amor lleva a ambos cónyuges al sacrificio por el bien de su unión. Su gozo mayor estará en buscar la felicidad en el otro y por el otro, y no en el simple placer carnal.

Eso sí, una satisfacción plena en este sentido dará a la unión la serenidad necesaria, pues lo carnal entra también en el plan de Dios. Cuerpo y alma están unidos. La felicidad conyugal supone una satisfacción completa de la persona como un todo. Excluir uno de los elementos es destruir la posibilidad de una unión estable y duradera, con las nefastas consecuencias que ello traería tanto para la pareja como para sus hijos.

OCTAVO MANDAMIENTO: EL COMPROMISO CON LA VERDAD

Al hablar de la verdad no siempre nos ponemos de acuerdo. Como decía el poeta español Campoamor: Nada es verdad ni mentira, sino todo es del color del cristal con que se mira.

Hay, ciertamente, una verdad inmutable y única, la que llamamos "verdad objetiva", que es la que se identifica con la misma realidad. Pero los seres humanos podemos tener distintas maneras de percibir la realidad. De ahí es de donde salen las medias verdades o las falsedades que aceptamos como si fueran verdad.

Esto nos obliga a aceptar que no siempre la mentira es pecado, pues hay veces que estamos tan convencidos de ella que la confundimos con la realidad.

ORIGEN Y FUNDAMENTO DE LA VERDAD

Nuestro compromiso con la verdad significa que tenemos que adecuar nuestras vidas a la realidad, aunque no siempre lo logremos, dadas nuestras limitaciones. Hemos de andar, al menos, continuamente detrás de ella.

La VERDAD absoluta es Dios. La posesión de esta Verdad es imposible para nosotros, ya que no podremos jamás comprender al Creador.

Toda verdad tiene su origen en Dios, que es su autor. Pero el ser humano, al percibir la realidad, no siempre es capaz de captarla plenamente. Esto se hace mucho más notorio cuando se trata de verdades reveladas que no nos es posible captar por los sentidos materiales o espirituales, y cuya aceptación depende de nuestra fe.

La limitación que padecemos no nos hace culpables de aceptar una mentira como verdad, siempre que actuemos con sinceridad y sin negligencia. Pero jamás podremos aceptar la mentira conscientemente, ni podemos hacerla formar parte de nuestro lenguaje, aunque sirva para un aparente bien.

Es el propio Jesús quien dice de sí mismo que es Camino, Verdad y Vida (Juan 14,6), mientras que afirma de Satanás que es el padre de la mentira (Juan 6,44).

NATURALEZA, CAUSAS Y GRAVEDAD DE LA MENTIRA

La mentira, de ordinario, es provocada por el miedo o el interés. Muchas personas buscan excusas para mentir porque con ello están consiguiendo algún tipo de ganancia.

La mentira más común es la que se emplea con el fin de ganar dinero. Esta tiene una gran variedad de matices y es diversa es su gravedad. Muchos comerciantes, por ejemplo, engañan abiertamente pidiéndoles a los clientes, de primera intención, un precio exagerado. Aunque es cierto que hay clientes que regatean y llegan a conseguir un precio adecuado, en la mayoría de estos casos se cobra más de lo razonable, por lo que la mentira se convierte en un robo.

Esto nos indica que la mentira ha sido aceptada, en forma generalizada, como un recurso utilitario, del que son víctimas los más débiles.

EXTENSIÓN DE LA MENTIRA

Lamentablemente, las relaciones entre los mismos Estados están basadas, con frecuencia, en la mentira. ¿Quién cree en los partes oficiales de algunos países? ¿No se considera la diplomacia, en muchas ocasiones, como el arte de mentir finamente?

Los políticos mienten con frecuencia durante las campañas electorales, con tal de conseguir el voto de los ciudadanos. Los gobernantes mienten tratando de desviar la atención pública de sus errores, o tratando de justificar los desatinos cometidos.Los medios de comunicación social son frecuentes malos ejemplos de mentiras o medias verdades. La publicidad es una ciencia y un arte que se basa, muchas veces, en la presentación mentirosa de un producto con el fin de que se venda.

Tal parece como si, en este mundo, la mentira estuviera autorizada cuando se trata de conseguir un fin, el que sea, con tal de que sirva a los que la dicen.

PECADO CONTRA EL PRÓJIMO

El problema estriba en que toda verdadera mentira supone un daño a las víctimas del engaño. El que paga más por un producto, o compra algo que realmente no necesita, o se ve perjudicado por una falsa información o una manera errónea de presentar las cosas, sufre las consecuencias de las mentiras, y ese daño no puede justificarse.

La calumnia es una forma grave de mentira, ya que se afirma de una persona algo que no es cierto, destruyendo con ello su buena fama delante de los demás.

Esto podría ser causa de daños imprevisibles, como la ruina económica y hasta la eventual muerte del sujeto en cuestión. La calumnia ha sido un arma usada frecuentemente para destruir a un contrario, y su eficacia queda expresada en esta frase de Voltaire: Calumnia, que algo queda.

Es extremadamente fácil destruir un edificio que ha costado millones de dólares y años de labor. En unos pocos minutos, con técnicas apropiadas, todo un rascacielos puede venir al suelo. Así es el efecto de la calumnia.

La mentira está, más que nada, en la intención. Uno puede decir algo falso creyendo que es verdad. También se puede decir una cosa falsa sólo por broma, lo que no significaría falta alguna.

Ahora, cuando uno, deliberada y conscientemente, presenta el error como verdad con el fin de conseguir algún aparente beneficio, aunque esto conlleve daño al prójimo, estamos ante una grave violación que jamás puede aceptarse, no importa lo arraigado que ello esté en el espíritu humano.

La Sagrada Escritura es pródiga de afirmaciones contrarias a la mentira. Recordemos, para finalizar, al menos una de ellas:

El Señor aborrece el labio embustero, el hombre sincero obtiene su favor (Proverbios 12,23).

SÉPTIMO Y DÉCIMO MANDAMIENTOS:NO ROBAR - NO CODICIAR LOS BIENES AJENOS

Es un derecho inalienable de toda persona humana poseer aquello que necesita para trabajar y vivir decorosamente. Cuando no se respeta este derecho tenemos entonces una situación de injusticia.

Una persona que quita a otra lo que le pertenece está cometiendo un delito sancionado por la ley de Dios, pues en respetar el derecho ajeno descansa la tranquilidad de los ciudadanos y la paz social.

Así dice el libro del Exodo: No robarás (20,15), y también: No codiciarás los bienes de tu prójimo; ... ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que sea de él (20,17).

Claro que tendríamos que distinguir la gravedad del pecado de acuerdo al volumen de lo robado o al daño que se ha causado.

Puede haber, incluso, algún caso en que coger algo ajeno, aun sin el consentimiento del dueño, no constituya pecado alguno, como cuando una persona hambrienta toma algo para comer de lo que a otro le sobra. Aquí el derecho a la vida está por encima del derecho a la propiedad. Este caso, desde luego, es totalmente extremo.

Ordinariamente el que coge lo ajeno lo hace sin verdadera necesidad, sólo porque es mejor así que ganarlo trabajando. Se trata de un puro abuso.

El que coge algo ajeno tiene la obligación de devolverlo. Es posible que esto resulte virtualmente imposible en muchos casos, pues podría conllevar una acción legal, ya que al devolver algo robado, el sujeto en cuestión se estaría acusando de un delito.

El que está en esta situación no por ello debe sentirse con derecho a quedarse con lo robado, sino que debe tratar de devolverlo indirectamente, si no puede a sus legítimos propietarios, con alguna donación a alguna institución benéfica o a personas necesitadas.

El derecho de los bienes de la tierra se lo da al hombre su propia condición de ser humano y el trabajo realizado. Es lógico que toda persona humana tiene el derecho a la vida, a tener un trabajo con el que pueda ganar honradamente su sustento diario.

Cuando una persona quita a otra aquello a lo que tiene derecho, estamos, con toda evidencia, ante una flagrante violación. A través de la historia hemos visto que se atenta contra el derecho a la propiedad de muchas maneras, unas veces en forma violenta y otras abusando de la debilidad del otro.

Hay una forma de robo que cometen ciudadanos aparentemente decentes, quienes buscan excusas para coger lo que no les pertenece en tiendas o mercados, alegando que en ellos se roba también.

Otras veces se roba de una manera más solapada, al dejar de pagar los impuestos que nos corresponden y que son necesarios para que el Estado pueda cumplir con sus obligaciones en favor de toda la comunidad.

O empleando mal el tiempo, trabajando con negligencia en perjuicio de las empresas para las que se trabaja.

Una forma muy común de robo la constituye, sin duda alguna, la evidente injusticia que cometen los empresarios cuando dejan de pagar a sus obreros y empleados lo que en justicia les corresponde.

Esto último es lo que se llama explotación, y constituye un delito muy pocas veces castigado, por cuanto existen suficientes subterfugios legales que permiten a los explotadores hacerlo impunemente.

La injusticia social es una situación de violencia institucionalizada que prevalece en gran número de países. Frente a ella surgió el llamado socialismo, que tiene su formulación más rígida y extrema en el comunismo, aunque puede considerarse una respuesta acep-table en sus formas democráticas.

La Iglesia ha condenado una y otra vez tanto al capitalismo explotador como al sistema comunista, ya que uno y otro deshumanizan la persona humana y la convierten en esclava, el primero del dinero y el segundo del Estado.

NOVENO MANDAMIENTO:EL ADULTERIO

Aunque la formulación clásica de este mandamiento es: No desearás la mujer de tu prójimo, evidentemente no ha sido la intención del Señor reducir este precepto a los hombres solamente, sino que se trata de algo que obliga a hombres y mujeres por igual.

Pese a lo dicho anteriormente, es innegable que la valoración que se ha al adulterio ha sido muy diferente cuando se trata del marido o de la esposa.

Dada la cultura hebrea, el adulterio se ve considerado en el texto del libro del Exodo como una violación a la propiedad ajena, pues se suponía que la mujer pertenecía al marido. Por eso, quizás, se enfatiza la masculinidad del precepto.

Así dice en 20,4:

No cometerás adulterio.

Para luego decir en 20,17:

No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.

Sin embargo leemos en Levítico 20,10:

Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte.

También leemos en el Deuteronomio:

Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos; el que se acostó con ella y la mujer. Así extirparás la maldad de ti (22,22).

Es innegable que dentro de la moral cristiana no hay diferencia alguna en cuanto a la gravedad intrínseca del adulterio. Jesús, contestando a una pregunta de sus discípulos con respecto a la posibilidad de divorcio aclara:

- Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio (Marcos 10,11-12).

Jesús todavía llega a más, pues hace depender el adulterio no solamente de hechos físicos sino hasta de escondidos deseos:

-Les han enseñado que se mandó: "No cometerás adulterio". Pues yo les digo: Todo el que mira a una mujer casada excitando su deseo por ella, ya ha cometido adulterio con ella en su interior (Mateo 5,27-28).

No hay, pues, motivos para dudar que en la Escritura al adulterio se le toma como algo muy serio, y que sigue siendo un mandamiento cuya transgresión reviste un carácter de suma gravedad.

Hoy sabemos, sin embargo, que aunque no hay diferencia alguna en cuanto a la seriedad del pecado, sí la puede haber en cuanto a las consecuencias del pecado.

Pese a que en el Antiguo Testamento se castiga por igual - nada menos que con la muerte - al adulterio masculino y femenino, en la práctica era difícil ver que al hombre se le castigase igual que a la mujer.

En un caso que nos relata Juan (8,1-11), vemos que a Jesús le llevan a una mujer sorprendida en adulterio, tratando de buscar un pretexto para acusarlo, pues aquellos hombres ya habían decidido cumplir con el precepto de matarla a pedradas.

En ningún momento se habla allí del hombre que pecaba con ella. Sólo la mujer, al parecer, era reo del delito.

La compasión de Jesús y su delicada intervención salvan a la mujer de una muerte segura, mientras hace ver a los hombres que la acusaban de que también ellos eran culpables de algún delito, por lo que no merecían lanzar una piedra contra ella.

No es fácil saber cuántas mujeres murieron por esta causa, pero es casi seguro que muy pocos hombres, si es que hubo alguno, fueron ajusticiados por lo mismo.

Esto nos demuestra que desde muy antiguo se tuvo al adulterio femenino como algo peor que el masculino, por aquello del machismo, desde luego, pero también porque, en el fondo, se podía descubrir que las consecuencias no siempre eran las mismas.

Al hombre se le tuvo como un ser más promiscuo, fácil a caer en una tentación carnal sin que su corazón se viese envuelto, mientras que la mujer, por esa especial constitución sicológica de su ser, le es más dificil esa distorsión. Cuando se entrega, generalmente, es porque siente interés afectivo por el hombre.

Aún los cristianos han de luchar hoy contra siglos de "condicionamientos sicológicos" que son un fuerte estímulo para ver la relación sexual del hombre como más naturalmente promiscua, lo que hace que al hombre se le dificulte más la fidelidad.

La mujer ha sido mejor preparada para cumplir el primigenio plan de Dios, ya que desde un principio todo le exigió fidelidad. Una mujer adúltera, aunque fuese con un hombre soltero, ha sido mirada casi siempre como una persona sin conceptos. Una pecadora.

Los pecados contra la fidelidad son mucho mejor aceptados en el hombre.

En realidad, una mujer casada que esté enamorada de su marido y sea feliz junto a él, parece no tener tantas tentaciones a la infidelidad como el esposo en las mismas condiciones.

Por el contrario, cuando la mujer casada ha fracasado afectivamente con su marido tendrá que hacer grandes esfuerzos para no compro-meter su corazón con otra persona.

El adulterio femenino se dice que empieza por el corazón.

El adulterio del hombre, parece comprobado, comienza por la carne. Por eso no suele tener tanta trascendencia, ya que, ordinariamente, es cuestión de un momento de pasión.

Esto no da derecho, desde luego, a ningún hombre, a sentirse libre para la infidelidad, pues tal actuación traicionaría directamente las promesas del matrimonio y abriría el camino para considerar a su esposa como indigna de poseer todo su corazón, lo que sería el primer paso para un rompimiento total.

Generalmente, y quizás por lo que acabamos de decir, el hombre suele tener una gran responsabilidad en el adulterio de su esposa. No son pocos los que, con un proceder libertino, las desencantan totalmente, empujándolas a la infidelidad.

No es menos cierto que, con frecuencia, también la mujer es causa de los engaños del marido, por cuanto muchas parecen olvidar factores elementales que permiten al hombre mantenerse permanentemente enamorados y sentirse felices junto a la esposa.

Es necesario reafirmar que la fidelidad es posible, tanto para el hombre como para la mujer.

La mayor permisibilidad de la sociedad, tanto antigua como contemporánea, no debe ser obstáculo para que el hombre, que ordinariamente exige tanto el cumplimiento de estas promesas por parte de la esposa, trate de hacer lo mismo.

No es verdad que el hombre demuestra su virilidad por el número de relaciones con diferentes mujeres, sino por su capacidad de hacer feliz a la que afirma amar.

Es posible que la raíz del adulterio esté, tanto en el hombre como la mujer, en la incapacidad manifiesta que muchos demuestran para descubrir la forma de hacer feliz al cónyuge y disfrutar al máximo el amor que ambos se tienen.

De lo contrario sería difícil que nadie fuera a pedir prestado lo que ya tiene, y en abundancia, en el propio hogar. Sólo un enfermo o un corrupto caería en tal absurdo.

Después de lo dicho sólo quedaría una cuestión: ¿qué hacer en caso de que el cónyuge cometa adulterio?

A muchos hombres, sobre todo, se les hace difícil que pueda haber otra solución que el total abandono si se trata de buscar una salida civilizada.

Su orgullo herido y los miles de años de machismo concentrados, influyen poderosamente en este asunto.

Ahora bien, no siempre el adulterio tiene que significar el fin de una unión que, quizás, comenzó con los mejores augurios y luego, poco a poco, fue cayendo en la mediocridad.

En el caso del adulterio masculino, la esposa debe tratar de comprender a quien, ordinariamente, le demuestra su amor y trata de hacerla feliz.

Es imposible aceptar una situación extra-conyugal permanente, pero una eventual caída no debe ser motivo de una tragedia.

No es que la esposa tenga que aplaudir a su cónyuge, pero tampoco debe echarle los trastes a la cabeza cuando es algo que evidentemente no ha pasado de una aventura sin mayor consecuencia.

Sabemos que en el caso del adulterio femenino puede haber siempre mayor trascendencia, por aquello de que el corazón suele estar envuelto, pero, aún así, debe el esposo tratar de hacer un esfuerzo y recapacitar y comprender que, quizás, él mismo pudo haber sido el principal culpable del error cometido por su cónyuge.

Otra cosa importante es constatar hasta dónde ha llegado el daño a la unión de ambos, y si es posible volver al punto en que se encontraban antes de la crisis que culminó con el adulterio de la esposa.

El hombre se crece con sus maneras razonables de actuar, y no cuando lo hace por orgullo o simple cuestión de machismo.

Más todavía si se es cristiano hay una obligación moral de perdonar y olvidar.

Las heridas provocadas por el adulterio pueden ser muy profundas. No son pocas las parejas que por esta causa han llegado a un punto del que no pueden regresar.

Es importante, por eso, poner en práctica aquel refrán: Más vale precaver que tener después que lamentar.

El mejor antídoto contra el adulterio es, lógicamente, el amor, cuando éste se traduce en actuaciones concretas para que la persona amada pueda sentirse feliz.

Hombres y mujeres juegan frecuentemente con su felicidad relegando a un segundo plano al que dicen amar. Cuando quieren reaccionar puede ser demasiado tarde.

Y no olvidemos que la guarda de todos estos mandamientos sería imposible si no ponemos los medios sobrenaturales para lograrlo.

Sólo en la unión con Dios, a través de la oración y de la práctica de los sacramentos, podremos encontrar la fuerza para perseverar en su amor y su gracia. Cuando se presenta la tentación hay que buscar la fuerza en el Señor, invocando al Espíritu Santo. No nos engañemos confiando en nosotros mismos. Sólo Dios es la Roca que nos sostiene y fortalece.

Ésta página ha sido visitada 1296 veces.



Página fue modificada: 30/08/2008 8:28

Inicio · Retroceder

Valid HTML 4.01 Strict