AB PADRE BAZAN

¿ESTÁ MAL HECHO EL MUNDO?

¿ESTÁ DIOS EN GUERRA CON EL HOMBRE?

No pocas veces se nos presenta la figura de Dios como si estuviese en guerra con el hombre. Es más, en ocasiones tal parece como si Dios fuera enemigo del ser humano.

¿Tiene alguna base tal presentación?

Una cosa es cierta. En un terreno puramente natural Dios se muestra, al menos en la apariencia, como neutral. El hombre se encuentra en lucha con los elementos que le rodean y debe llevar a cabo esta tarea prácticamente solo.

Desde luego que Dios ha dado al hombre los medios esenciales para librar la batalla y ganarla, como ha podido quedar demostrado por la misma historia humana.

Pero no hay base para afirmar que Dios se mezcla directamente con el trabajo asignado a su criatura, como no sea manteniendo el ritmo natural que permite la subsistencia de la humanidad.

Con todo, el hombre primitivo tuvo que explicar, a falta de mayores conocimientos, tales fenómenos, dando un valor sobrenatural a lo que pertenece estrictamente al dominio de la naturaleza.

Las tempestades, por ejemplo, fueron entendidas como la furia de los dioses, y las enfermedades y otras calamidades como castigo a las faltas de los hombres.

Esta mentalidad, a pesar de los avances obtenidos, sigue siendo la del humano de hoy hasta en ambientes no muy atrasados. Esto explica la gran cantidad de brujos, astrólogos y charlatanes de todo tipo que proliferan aún en los países que se consideran más adelantados.

Esta forma de pensar es proclive a la presentación de diversas fuerzas en pugna, quedando el hombre en medio de ellas, como una pelota que todos patean.

Es comprensible, desde luego, que los ignorantes puedan explicar los fenómenos desconocidos con la primera teoría que les venga a la cabeza. Pero el resultado deja en muy mal lugar a Dios.

¿Qué pensar de la divinidad que se ocupa de andar azotando a sus criaturas, con toda clase de males, por el menor asomo de desobediencia?

Lo cierto es que hay en esta explicación mucho de proyección de una realidad humana que ha podido ser verificada en diversos momentos de la historia.

El gobernante, el señor, ha sido figura temida por su crueldad y sus exigencias. Al concebir la autoridad, muchos hombres son incapaces de desligarla del abuso y la arbitrariedad.

No es difícil comprender que el primitivo asociara la figura de la divinidad con la del señor dominante, causa de muchos de sus infortunios.

Esto, en parte, tiene su razón de ser en la actuación de líderes religiosos de todos los tiempos que han pretendido ligar el poder temporal con la divinidad.

Ello así porque convenía a sus intereses personales, ya que sacaban privilegios y prebendas de sus formas de interpretar los principios religiosos.

Lo cierto es que la idea del castigo divino se ha visto popularmente ligada a un terremoto, a una epidemia o a cualquier otro acontecimiento calamitoso sea en el plano público o en el privado.

Este tipo de problemas se le presentó al propio Jesús en varias ocasiones. En una de ellas, mientras caminaba, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Sus discípulos, al verlo, le preguntaron: -Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres? Jesús respondió: -La causa de su ceguera no ha sido ni un pecado suyo ni el de sus padres. Nació así para que el poder de Dios pueda manifestarse en él- (Juan 9, 1-3).

Con esto Jesús negaba que una cosa tuviera que ver con la otra. Las enfermedades no son consecuencia directa de un pecado personal, aunque pueda decirse que todo mal nace, en general, del desorden que el pecado introdujo en la creación.

Las explicaciones de Jesús poco han valido para que muchos cristianos de hoy sigan adheridos a un extraño fatalismo, que tiene más de mentalidad primitiva que de pensamiento religioso evolucionado.

Por supuesto, no hay indicio en la Revelación de que exista alguna base para tal forma de pensar. Dios no está contra el hombre ni en lucha con él. Por el contrario, Dios confía al hombre la tarea de desarrollar la tierra y someterla.

En cuanto a un ulterior destino debemos guiarnos por la divina Revelación, pues por sola la razón no somos capaces de entender lo que pueda suceder más allá de esta vida. Lo podemos sospechar, pero nada más.

¿ESTÁ MAL HECHO EL MUNDO?

A veces a uno se le ocurre soñar y piensa, ¿cómo habría hecho yo el mundo si fuera Dios? Y trata uno de cambiar todo aquello que le resulta inadmisible.

Por de pronto suprimiría - piensa uno - las guerras, el hambre, la enfermedad, los terremotos, los huracanes, las penalidades de todo tipo y, por supuesto, la muerte.

Y es que las explicaciones que se dan a propósito de la existencia de todos los sufrimientos y miserias no encuentran una base lógica sobre las que sustentarse.

Si yo fuera Dios - sigue uno pensando - todos los humanos serían felices. El problema está en cómo conseguirlo.

Porque si le damos al hombre la libertad lo volvemos a rehabilitar para caer en los mismos errores. ¿No son las guerras, el hambre y las injusticias producto de las decisiones de los hombres?

Ciertamente sí. Pero, ¿qué relación tienen los terremotos, los huracanes, la enfermedad, la muerte misma, con el hombre? ¿Basta la explicación del pecado original para que lo entendamos?

¿Es justo un castigo tan severo? ¿Debe pender toda la humanidad de lo que hicieran sólo dos personas?

Si el mal uso de la libertad ha llevado al hombre por senderos de horror y lágrimas hay situaciones que no son fáciles de comprender.

¿Qué decir de otras calamidades que no son producto de la voluntad ni de las actuaciones del hombre?

Y ahí tenemos mil y un ejemplos que dejan perplejo a cualquiera que los mire con sincera objetividad.

El niño con un cáncer; los que nacen monstruos desde el seno de sus madres; los millares de víctimas de enfermedades de sus padres, etc., etc.

¿Todo eso puede ser explicado por el primer pecado?

La razón, ciertamente, no tiene nada con qué responder a tales interrogantes. Otra cosa es cuando se trata de algo en lo que la voluntad del hombre puede verse comprometida.

Pero, ¿y la muerte? ¿Podríamos encontrarle una explicación a la muerte?

Si yo fuera Dios - sigue uno pensando - nadie moriría. Todos viviríamos felices eternamente.

¿Y la libertad? ¿Qué haríamos con ella? ¿Podría el hombre ser feliz sin poseerla?

La felicidad en el cielo supone que los que la gozan tienen libertad, pero con un tal dominio de la misma que todo lo que hacen se adecúa perfectamente a la voluntad divina, de modo que sólo realizan lo que es conveniente y correcto.

¿No podría ser lo mismo en la tierra? ¿Por qué confiar una tan tremenda responsabilidad a quien es incapaz - por su conocida inclinación al mal - de obrar como más conviene?

El caso es que ninguno de nosotros puede ser Dios. Y el mundo existe de la manera que lo conocemos. ¿Cuáles son los motivos por los que Dios hizo el mundo así?

Dice Pablo: "¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios, cuán incomprensibles son sus juicios, cuán inapelables sus caminos! Porque, ¿quién ha conocido los designios del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién es el que le dio a él primero alguna cosa, para que pretenda ser por ello recompensado? Todas las cosas son de él, y todas son por él, y todas existen en él; a él sea la gloria por siempre jamás. Amén (Romanos 11, 33-36).

Es posible que de la mano de Dios hubiera podido salir un mundo mejor que este que tenemos, pero lo real es esto. Entonces, ¿tendrán algún significado todas las cosas que aparecen como errores? ¿Lo tendrán el sufrimiento, la enfermedad y la muerte?

Hemos de admitir que aún contando con los datos de la Revelación hay muchas cuestiones que escapan a nuestra comprensión racional.

Si Dios pudo hacer un mundo mejor, ¿por qué no lo hizo? ¿Seremos capaces de completar su obra cuando arrastramos pesadamente nuestra condición de mortales?

Son muchos los que andan disgustados por la situación especial que les ha tocado sobrellevar. Los ciegos, los mancos, los cojos, los dementes, los leprosos, los miserables de toda laya, ¿pueden estar contentos con su suerte? ¿Deberán agradecer a Dios por todos los bienes que les ha concedido? ¿Tenemos que agradecerle también los males?

¿Por qué Dios no hizo las cosas como nosotros las hubiéramos hecho de haber tenido su poder?

EL DESTINO

¿Quién ordena todo lo que sucede? ¿Tiene el hombre real facultad para decidir por sí mismo? En una palabra, ¿es el hombre totalmente libre?

Una explicación bastante común es que todo lo que uno hace viene ya ordenado de antemano. Esto, al menos a nivel popular, es casi creído al pie de la letra.

Mucha gente niega la responsabilidad de sus propias acciones. "Es el destino", explican.

Esta socorrida frase no tiene verdadera validez, pero es una creencia profundamente arraigada.

Esto hace que se acepten situaciones con una actitud resignada ante lo que parece ser un poder superior.

Nadie, de acuerdo a esta mentalidad, puede escaparse a su propio destino. Si naciste para pobre, así lo serás.

¿Puede un creyente conformarse con una tal explicación? Evidentemente que no, pero no debemos olvidar que hay una cantidad de "falsas verdades" que son difíciles de desarraigar de la mente popular.

Aceptar el destino sería echar por tierra la libertad humana. En ese caso haríamos responsable a Dios de todo lo que sucede. Esta actitud es francamente cómoda, pues nos libera de la carga de nuestro propio compromiso.

Ahora bien, como siempre ocurre, en toda creencia popular se encierra algo de verdadero. El pueblo intuye que hay circunstancias que escapan al propio dominio. Y hoy está demostrado que, efectivamente, no siempre se es tan libre como a simple vista puede parecer.

Así, hay personas que reciben desde temprano influencias perniciosas que las hacen más proclives a un comportamiento incorrecto.

¿Hasta dónde un criminal es culpable de sus delitos? ¿Qué regla podemos usar para medir la moralidad o licitud de los actos humanos?

Aquel que roba o mata puede haber tenido en su contra un sinnúmero de factores que les han hecho rodar por la pendiente de la delincuencia, sin que se le pueda atribuir una total responsabilidad.

Esto, a mi modo de ver, es lo que explica el por qué mucha gente recurre al destino para, de alguna manera, atenuar la responsabilidad propia en un caso determinado.

Así podríamos considerar el destino como sinónimo de causas o factores influyentes que deterioran la capacidad de decisión del individuo.

Toda historia de delincuencia nos lleva, necesariamente, al estudio de tales factores, so pena de cometer una gran injusticia al pretender atribuir a un sujeto cualquiera una falta de la que no es totalmente responsable.

La presencia de tal imperfección es una prueba de lo difícil que es al hombre cumplir a cabalidad con su cometido en la tierra. Al menos en esta etapa de nuestra existencia debe el hombre cargar con muchos fallos. Y uno de ellos es su incapacidad para obrar siempre con total lucidez.

La libertad es un don maravilloso que no siempre encuentra el receptor adecuado. ¿No supone un sujeto capaz de usarla racionalmente? Pero resulta que individuos así no son, precisamente, los que más abundan.

La mayoría absoluta de las personas muestra un deterioro en su capacidad de actuar con libertad. La educación recibida, en general, poco favorece una actuación responsable.

Recurrir al destino es, por tanto, como una confesión de la propia incapacidad. Y es que mucha gente se siente abrumada, totalmente aplastada, ante el enorme peso que supone hacer gravitar toda la eternidad de unas pocas acciones pecaminosas.

La predicación sobre el pecado ha tenido poco en cuenta tal realidad, al menos en el pasado. No es fácil aceptar, en un plano puramente racional, que de una sola acción pueda depender el futuro de la historia personal de un sujeto.

No me refiero tan sólo al problema del pecado original, sino a cualquier pecado cometido a nivel personal.

Ahora, tampoco es correcto recurrir al destino para buscar aprobación al desenfreno y la aberración.

Una cosa parece ser clara: ni existe un destino que nos convierta en autómatas, ni somos tan libres como para cargar solos con la enorme responsabilidad de existir.

DELITO Y CASTIGO

La fe está ligada, casi de manera necesaria, con la forma en que un sujeto cualquiera se plantea el futuro. Y hablo, claro está, de un futuro que traspone el umbral de la muerte, adentrándose en la eternidad.

Entiendo que un individuo que negara tal trascendencia difícilmente podría creer, de manera sincera, en un Dios amoroso, y menos aún comprometerse a guardar preceptos morales ligados a esa creencia.

Pero es el caso que a los creyentes se presenta, no sólo la realidad de una vida eterna, sino la posibilidad de que la existencia más allá de la muerte pueda ser feliz o desgraciada.

¿De qué dependería tal eventualidad? Pues de la manera en que nos hayamos comportado durante la presente etapa existencial.

Son del propio Jesús las palabras: E irán éstos (los malos) al castigo eterno y los justos a la vida eterna" (Mateo 25,46).

¿Quiénes son esos buenos y esos malos? No somos capaces de definirlo y se nos ha indicado - está en el Evangelio - que no debemos hacer juicios sobre la conducta ajena.

Aquí salta la razón: ¿Podría ser alguien merecedor de un castigo eterno?

Esto parece estar claro en las enseñanzas de Jesús, aunque en ningún momento especifica el Divino Maestro cuántos serán los que encontrarán tal castigo.

Pablo habla en términos generales: "¿No saben ustedes que los injustos no poseerán el reino de Dios? No quieran cegarse, hermanos míos: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avarientos, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que viven de rapiña, han de poseer el reino de Dios" (1ª Corintios 6,9-10).

Pero hemos de tomar estas palabras de Pablo con cuidado, pues podríamos hacerle decir más de lo que realmente quiso decir, si tomamos sus palabras al pie de la letra.

Ya sabemos que hasta los más grandes pecadores pueden encontrar el perdón de sus culpas, de modo que no podemos sacar en conclusión, en forma tajante, que todos aquellos que hayan cometido alguna vez uno de tales pecados tendrá que soportar una condenación segura.

El problema que se plantea de cara a los creyentes es lo que pasaría a alguien a quien la muerte sorprenda sin haber tenido tiempo de arrepentirse.

¿Sería justo que una persona llena de pecados, pero que logra arrepentirse a última hora, consiga la salvación, mientras que otra, que ha tratado de comportarse debidamente durante toda la vida, pero que incurre en pecado y muere sin arrepentimiento, se condene para siempre?

Es bien difícil poder medir con nuestros medios humanos la exactitud de la justicia divina. Lo que sí podemos afirmar es que cuando existe una actitud definida hacia Dios, ésta no va a ser borrada por una acción pecaminosa.

Es tal la limitación humana, hasta para pecar, que bien puede suceder, como de hecho muchas veces sucede, que alguien cometa una acción considerada pecaminosa, sin que su actitud hacia Dios haya cambiado.

Es decir, que esta persona, impulsada por una debilidad momentánea, consienta en una acción de la que ya, de antemano, se siente arrepentida. Lamentablemente ha podido en ella más su deseo o su pasión que el respeto a la ley de Dios a quien sinceramente ama.

No estoy diciendo con ello que la tal acción no se le impute como pecado, pues puede tener toda la lucidez necesaria como para considerársele responsable de la misma.

A lo que me refiero es a que esta persona, a pesar de su fallo, en ningún momento ha pretendido conscientemente ofender a Dios, sino satisfacer un deseo imperioso producto de su debilidad esencial.

Si no fuera así no encontraríamos en el Evangelio esas bellísimas páginas que nos hablan de misericordia y perdón. Y aunque se recomienda siempre no volver a pecar, se afirma tambien que se debe perdonar hasta "setenta veces siete" (Mateo 18,22). Y si eso se nos pide a nosotros es porque Dios está dispuesto a perdonar muchísimo más.

La condenación eterna, por tanto, requiere un grado de malicia que sólo la mirada infalible de Dios, que conoce hasta los más íntimos mecanismos de nuestra sicología, y los más ocultos secretos del corazón, puede aquilatar convenientemente.

Es curioso que la Iglesia, que a tantos ha concedido el título de santos, jamás se ha atrevido a estigmatizar a nadie con el veredicto de una eterna condenación. Por el contrario, siempre ha concedido la posibilidad de que hasta los hombres más criticados y condenados por la historia hayan podido encontrar lugar bajo el manto de la misericordia divina.

Entonces, ¿quiénes se condenan? Ese "fuego eterno" del que nos habla el Evangelio, ¿a quiénes está reservado? De eso nada sabemos, pero al creyente ha de tranquilizar la certeza de que nadie será condenado sin merecerlo totalmente.

Hay que reconocer que han existido épocas en que la realidad de un "fuego eterno" se utilizó como medio para atemorizar a los fieles, haciendo poco favor al Evangelio. Se pintaban las llamas eternas con tal efecto sicológico que se infundía terror en los humildes o pura rebeldía en los espíritus más cultivados.

La formulación de una realidad objetiva nunca puede ser causa de espanto, aunque existan frases duras en las Escrituras contra aquellos que desprecian los mandatos divinos.

Como afirma san Juan: En el amor no hay lugar para el temor. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección en el amor" (1ª Juan 4,18).

Lamentablemente ha habido quienes han querido arraigar la fe a base de un temor que nada tiene que ver con el que se considera un don del Espíritu.

LA MANO DE DIOS

Creo conveniente insistir en algo que, a veces, deja perplejo al creyente. ¿Cómo poder saber cuándo algo es voluntad divina?

Ya he insinuado que, aunque el hombre no siempre es totalmente libre, sin embargo su voluntad decide muchas de las cosas que le suceden. No es la criatura un autómata en manos de su Creador.

Achacar, por tanto, a la mano de Dios, lo que depende casi exclusivamente del hombre, sería incorrecto.

Mucha gente piensa que Dios actúa siempre, en lo bueno y en lo malo, en lo favorable y lo adverso.

Sin embargo El mismo ha puesto límites a su poder al decidir respetar la libertad del ser humano.

Por otro lado, al establecer leyes concretas a la Naturaleza, permite que éstas obren de forma adecuada.

No podemos imaginar, con mentalidad primitiva, a Dios dirigiendo por Sí mismo todos los movimientos cósmicos o todas las actuaciones de sus criaturas. Dios no está sentado ante un gran tablero lleno de botones planeando cada uno de los movimientos de todo lo que El ha creado.

Muchas de las cosas que atribuimos directamente a Dios parten de fuerzas puramente naturales o de la propia voluntad del hombre. Los terremotos, por ejemplo, obedecen a causas en las que, para nada, podemos invocar una actuación directa de Dios. Lo mismo ocurre con otros muchos fenómenos.

Es más, la acción del hombre sobre la tierra ha sido determinante en cuanto a modificaciones que han sufrido las leyes naturales. Al emprender su actividad transformadora el ser humano ha comprometido la estabilidad del orden natural.

Son muchos los ejemplos que podríamos traer a este respecto. La construcción de ciudades; la tala indiscriminada de los bosques; el uso de sustancias altamente nocivas; las mismas guerras, todo eso ha debido alterar los ciclos establecidos y el progreso mismo se ha visto comprometido.

Hoy nos quejamos de contaminación y de otros graves problemas que tienen que ver con el medio ambiente en que nos desenvolvemos, y todo ello ha sido causado, al menos indirectamente, por las actuaciones del hombre sobre la superficie del planeta que ha recibido como "habitat".

Muchas de las enfermedades que lamentamos tienen su causa directa en la acción del hombre. Y es curioso que después de miles de siglos de guerras y destrucción, la humanidad cuente con un número cada vez más grande de miembros.

Y ¿qué decir del hambre, de las injusticias, del imperio de la violencia en todas sus formas?

El hombre - al menos algunos hombres -, han ejercido su voluntad de tal manera que el bello plan trazado por Dios se ha ido abajo. Aún si negáramos un primer pecado estaría de sobras probado que el ser humano se convirtió, desde los comienzos de su existencia, en uno de sus principales enemigos.

¿Qué arma tan formidable había puesto el Creador en sus manos? ¿No se hacía corresponsable de lo que el hombre hiciera? ¿No era demasiado para una criatura endeble tanta responsabilidad?

La libertad, ese don prodigioso que hacía del hombre una criatura por encima de todas las otras que compartirían con él el mismo planeta, iba a ser su ruina o su gloria.

Dios quiso correr los riesgos y permitir al ser humano actuar por su cuenta. Lo que hiciera en la tierra sería responsabilidad suya. "Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra; y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias, y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra. Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; los creó varón y hembra. Y les echó Dios su bendición y dijo: Crezcan y multiplíquense, y llenen la tierra, y enseñoréense de ella, y dominen a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra" (Génesis 1,26-28).

Aceptado el proceder de Dios vemos las consecuencias de la actuación del hombre. Aunque, por una parte, se han conseguido resultados maravillosos, pues el progreso ha sido inconmensurable, teniendo en cuenta los rústicos comienzos, por la otra se pueden apreciar los desastres que no han podido esconder los avances de la civilización.

Hoy, a pesar de tantos adelantos en diversos campos, el hombre sigue siendo "lobo para el hombre". ¿No padecen dos terceras partes de la humanidad de hambre y miseria? ¿No pretenden unos imponer su voluntad sobre los otros? ¿No son miles de individuos, cada día, víctimas de la violencia y la ambición desenfrenadas?

El actual panorama no es nada bello si, dejando de lado las grandes conquistas, analizamos la situación desesperada de muchas personas.

¿Eran necesarios tantos riesgos para hacer del hombre el "rey de la Creación", al menos en lo que a la tierra respecta?

A esto podríamos responder con otra pregunta: ¿qué habría sido del hombre si lo hubieran colocado en la misma categoría del caballo o del perro?

De todos modos la responsabilidad del hombre ha de ser medida tomando en cuenta sus tremendas limitaciones. De lo contrario sería pedir demasiado a criatura tan endeble.

¿CÓMO ACTÚA DIOS?

¿Puede desprenderse de lo dicho anteriormente que Dios se encuentra alejado e inactivo frente al hombre? ¿En qué medida actúa Dios?

Podríamos asegurar que si la mirada del Creador no sostuviera el Universo, éste quedaría destruido. Pero no podemos afirmar que Dios se inmiscuya directamente en todo lo que es regido por la leyes dadas por El mismo.

El hombre puede hacer y deshacer a su antojo, que Dios no caerá sobre él para castigarlo. Eso sí, todos los actos humanos quedan consignados, indefectiblemente, en el libro de la vida.

Podríamos recordar, a este propósito, la parábola de Jesús conocida por "Los diez talentos": "Porque el Señor obrará como un hombre que, yéndose a lejanas tierras, convocó a sus criados y les entregó sus bienes. Dando al uno cinco talentos, a otro dos, y uno solo a otro, a cada uno según su capacidad, y se marchó inmediatamente. El que recibió cinco talentos fue, y negociando con ellos, sacó de ganancia otros cinco. De la misma suerte aquel que había recibido dos, ganó otros dos. Mas el que recibió uno, fue e hizo un hoyo en la tierra, y escondió el dinero de su señor. Pasado mucho tiempo, volvió el amo de dichos criados, y los llamó a cuentas. Llegando el que había recibido cinco talentos, le presentó otros cinco, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; he aquí otros cinco más que he ganado con ellos. Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno, siervo diligente y leal; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; ven a tomar parte en el gozo de tu señor. Se acercó después el que había recibido dos talentos, y dijo: Señor, dos talentos me diste; aquí te traigo otros dos que he ganado con ellos. Le dijo su amo: ¡Muy bien, siervo bueno y fiel!, pues has sido fiel en pocas cosas, yo te confiaré muchas más; ven a participar del gozo de tu señor. Por último, llegando el que había recibido un talento, dijo: Señor, yo sé que eres un hombre de recia condición, que siegas donde no has sembrado, y recoges donde no has esparcido: y así, temeroso de perderle, me fui y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Pero su amo le replicó y dijo: ¡Oh siervo malo y perezoso! Tú sabías que siego donde no siembro, y recojo donde nada he esparcido. Pues por eso mismo debías haber dado a los banqueros mi dinero, para que yo a la vuelta recobrase mi caudal con los intereses. Ea, pues, quítenle aquel talento, y dénselo al que tiene diez talentos. Porque a quien tiene, se le dará, y estará abundante o sobrado; mas a quien no tiene, se le quitará aun aquello que parece que tiene. Ahora bien, a ese siervo inútil arrojenlo a las tinieblas de afuera; allí será el llorar y el crujir de dientes" (Mateo 25,14-30).

En este parábola Jesús quiso mostrarnos el proceder de Dios. Este confía a sus criaturas el cuidado sobre los talentos o dones recibidos. Sólo al final, a su regreso, pide cuentas a sus siervos de la administración de lo que les ha sido confiado.

Esto significa que mientras tanto Dios permanece alejado, al menos en las apariencias, para al final exigir una declaración fidedigna del propio comportamiento.

Dios, como dice Isaías (45,15), gusta de permanecer escondido, mientras deja obrar a sus criaturas. No las abandona, pero aparece como si lo hiciera. Ha confiado a ellas una responsabilidad y espera que la cumplan.

Dios no tiene apuro: "... un día respecto de Dios es como mil años, y mil años como un día" (2ª Pedro 3,8).

Por eso difícilmente podríamos concebir a Dios en ese papel tan ingrato que la mente popular tantas veces le ha atribuido: Ese "ser" terrible que descarga constantemente castigos horrendos contra los que no obedecen sus mandatos.

Por el contrario, Jesús nos enseña que Dios es el Padre que "hace nacer su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos y pecadores" (Mateo 5,45).

Ese Dios vengativo que tan a menudo vemos aflorar en el Antiguo Testamento no es sino la expresión de una limitación del hombre en su conocimiento. El Dios que nos presenta Jesús, su propio Hijo, "el único que lo ha visto", es todo amor, Padre más que Creador de todas sus criaturas.

El las ha destinado para un fin trascendente, por lo que prefiere esperar el momento oportuno para entonces pedir cuentas sobre el comportamiento personal de cada quien.

Para que los hombres puedan tener un programa concreto de acción les ofrece una serie de preceptos que representan no sólo su voluntad sino la mejor manera de actuar en beneficio de sí mismos.

Por lo demás, siendo el hombre endeble en su naturaleza, a pesar de poseer inteligencia y voluntad, le concede el beneficio de una relación estrecha con El, a través del conocimiento de su Palabra.

La venida del Hijo de Dios tiene una función concreta: librar al hombre de su incapacidad de conseguir el fin eterno, al mismo tiempo que estrechar aún más los lazos de amor entre el Creador y sus criaturas, otorgando a estas relaciones el carácter propio de las de un padre con sus hijos.

Es Dios, por tanto, al mismo tiempo, un Ser lejano y cercano. Actúa con sus criaturas en un plano general, conservando todo el orden por El instaurado, mientras que permite a los humanos obrar por su cuenta y riesgo. Pero, consciente de la limitación humana, corre en su ayuda dándoles a conocer su Palabra y ofreciéndoles una ayuda capaz de iluminar su inteligencia y fortalecer su voluntad para que puedan cumplir mejor con los mandamientos que les ha dado.

¿CASTIGOS DE DIOS?

Dice un antiguo refrán que Dios castiga sin palo y sin piedra", lo que viene a significar que a El no le hace falta aterrorizar a los humanos para que le obedezcan.

No hemos podido, a pesar de veinte siglos de cristianismo, desembarazarnos totalmente de la influencia de una mentalidad pagana que ve una directa intervención de Dios en todos los acontecimientos de la vida, buenos o malos.

Esta es la razón por la que, cuando algo bueno ocurre solemos decir: "gracias a Dios", lo mismo que si se trata de algo malo algunos piensan que es un castigo o, al menos, una prueba que Dios ha mandado.

Aunque Dios tiene una constante intervención en la vida de sus criaturas, no se dedica a trazar nuestras vidas ni influye directamente en todo lo que ocurre.

Nunca debemos olvidar que Dios es la "Causa Primera" de todo, pero respeta lo que podríamos llamar las "causas segundas".

DIOS RESPETA LAS LEYES NATURALES

Si bien existimos porque Dios así lo ha querido, en la gran mayoría de los acontecimientos diarios se cumplen las leyes naturales que dictara el propio Creador.

Pongamos un ejemplo: Bebo un agua que está contaminada. Yo no puedo saberlo porque el agua parece limpia. La cosa es que me enfermo. Si no hubiera bebido el agua nada me hubiera pasado. Lo mismo que si el agua no hubiera estado contaminada.

Ahora bien, para resolver el problema que me aqueja, es decir, mi enfermedad, puedo ir al médico o simplemente rezar a Dios para que me cure.

Aunque nunca está mal rezar a Dios y pedirle que nos ayude, lo más conveniente es ir al médico o probar con alguna medicina casera si se tratara de algo ya conocido. Fueron "causas segundas" las que provocaron mi enfermedad. Debo combatirla también haciendo uso de "causas segundas", es decir, de la ciencia y de las medicinas.

USAR DE LA PROPIA INTELIGENCIA

Dios ha dado al hombre inteligencia para que vaya descubriendo los secretos de la naturaleza y logre someterlos para su beneficio.

Si una persona, por considerarse muy religiosa, rehusara tomar medicinas y se contentara con rezar, esperando un milagro, estaría obrando en forma imprudente y con ello demostraría una mentalidad pagana, ya que estaría tomando a Dios en forma utilitaria.

Aún lo primitivos, que rodeaban sus acciones con signos religiosos, no dejaban de utilizar remedios que eran, en definitiva, los que obraban efectos positivos en contra de las enfermedades.

No podemos esperar que Dios oiga nuestras oraciones si no ponemos los mismos medios que El ha querido para el hombre, pues sería muy cómodo de nuestra parte pretender que El nos lo resuelva todo.

Sin embargo, cuando una persona toma una medicina y se sana no hay derecho a decir: "-No tengo que darle gracias a Dios por cuanto esto lo resolví con un medicamento". En definitiva las medicinas existen porque Dios ha creado sus ingredientes, y el hombre ha logrado descubrir sus benéficos efectos.

No podemos decir lo mismo de los acontecimientos negativos. Un ejemplo: Se cae un avión y mueren todos los pasajeros. ¿Qué ocurrió? ¿Fue Dios quien decretó su caída? De ninguna manera. Si investigamos cada caso podríamos descubrir, siempre que sea posible, que hubo una "causa segunda" envuelta en el asunto. Un fallo humano o mecánico, ordinariamente, es el que produce los accidentes, cuando no un acto terrorista u otro hecho premeditado. Nunca Dios.

Todas las enfermedades tienen una "causa segunda" como origen, y no la acción de un espíritu malo, como suponían los primitivos. Claro que ellos, a supuestas "causas sobrenaturales" anteponían "soluciones sobrenaturales". Todo, sin embargo, no pasaba de ser natural, aunque su ignorancia no les permitiera descubrirlo.

Esto, lamentablemente, sigue ocurriendo ahora, en que nos creemos más civilizados. Por eso es importante que tengamos ideas claras, para no estar echando a Dios las culpas de todo lo que ocurre, como si El estuviera jugando con nosotros, haciéndonos pasar malos ratos sólo para divertirse.

EDUCAR EN EL AMOR, NO EN EL TEMOR

Muchos padres, a veces en forma inconsciente, amenazan a sus hijos con que "Dios los va a castigar" si hacen esto o lo otro. Esta es una pésima manera de señalar la influencia que el Creador tiene en nuestras vidas, y una verdadera desorientación en la mente de los niños.

El que crece con esa mentalidad va luego a atribuir a Dios, fácilmente, todo lo que le pase, con lo que también se puede crear la idea de que de nada somos responsables, pues todo lo que hacemos ocurre porque Dios así lo quiere.

¿No andan por ahí algunos matando gente y atribuyendo sus acciones a una orden directa del Altísimo?

A los niños hay que educarlos en el amor y el santo temor de Dios, pero nunca en supercherías. Y de esa mentalidad pagana es que han surgido todas las monsergas y supersticiones que tanto hacen sufrir a muchísimas personas.

Ese es el caldo de cultivo de los charlatanes, que usando de su habilidad y hasta de verdaderos dones naturales, se dedican a sacar partido de las aflicciones ajenas, haciéndoles ver que esto les ocurre porque les han echado brujerías o les han hecho "mal de ojo".

No son pocos, desgraciadamente, los que asisten a la Iglesia y viven dependiendo de todas esas falsas creencias. En mucha gente sobrevive una mentalidad pagana que se mezcla con sus convicciones cristianas, provocando una confusión que se traduce en sus formas de actuar en un momento dado.

Nada de creer, pues, en que Dios nos castiga. La tierra es nuestra y debemos cumplir responsablemente con nuestra tarea. Al final daremos cuentas a Dios y cada uno recibirá "según sus obras".

LA EXPERIENCIA DEL DOLOR

Una cosa es cierta: todos tenemos que sufrir. Unos más, otros menos, pero nadie puede escaparse a lo que parece ser parte integrante de toda vida humana.

Sin embargo, detestamos el dolor. Unos pocos, quizás, lo saborean, por un profundo desequilibrio sicológico, pero los más lo rechazamos desde lo más hondo de nuestro ser.

Detestar el dolor, que es algo tan humano, no impide que lleguemos a reconocer sus valores y hasta su necesidad. No olvidemos que Cristo también sintió, como hombre, el miedo al sufrimiento, y pidió al Padre que, si era posible, apartara de El tal cáliz de amargura.

Hay dolores físicos y dolores morales. Quizás estos últimos son los más terribles, como cuando se sufre una decepción en el amor o se nos muere alguien muy querido.

Muchas han sido las fórmulas que desde antiguo han aparecido para vencer el dolor, pero lo más que consiguen es apaciguarlo o adormilarlo. El dolor nos acecha y, a la larga, termina por mordernos, dejando con frecuencia las huellas de sus desgarraduras.

Pero, ¿es que el dolor sirve para algo?

Lo primero que hay que decir es que el dolor es un misterio que, humanamente, no podemos comprender, aunque todo nos hace pensar que tiene que tener un valor en los planes de Dios.

Porque, si no, ¿qué explicación podemos dar al sufrimiento aparentemente inútil de las semanas o meses previos a la muerte?

El valor del dolor sólo puede entenderse en clave de fe. De lo contrario, sería lo más absurdo y terrible que pueda existir, lo que explica la desesperación de mucha gente y como algunos llegan al suicidio antes que soportarlo.

EL SIERVO SUFRIENTE

Cuando vemos que Dios envía a su Hijo a sufrir por nosotros una muerte humillante y horrenda, es que podemos comenzar a entender que algo grande debe tener el dolor cuando el Altísimo lo ha querido hacer instrumento de redención y salvación.

Muy bien entendió san Pablo la dificultad de comprender el sufrimiento cuando dijo: Nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura; en cambio, para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y saber de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios más potente que los hombres" (1ª Corintios 1,24-25).

El mismo apóstol se encarga de decirnos: "Ahora, si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías; y el compartir sus sufrimientos es señal de que compartiremos también su gloria" (Romanos 8,17).

Y también: "Sostengo, además, que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros" (Romanos 8,18).

PASARLO BIEN

Desde la más remota antigüedad una de las tentaciones más comunes ha sido "pasarlo bien a como dé lugar", tratando de poner en práctica aquel lema de los epicúreos: "Comamos y bebamos que mañana moriremos".

Pese a lo dicho, no es fácil a todos eso de "pasarlo bien" y muchos, por el contrario, parecen haber nacido para sufrir. Una buena parte de la humanidad no sabe ni lo que significa "pasarlo bien". Muchos viven en medio de la mayor miseria, teniendo que sufrir toda clase de penalidades.

Esto es otro argumento a favor del valor del dolor, a menos que concluyamos que esta vida es un gran absurdo y no vale para nada.

LA LUCHA CONTRA EL DOLOR

Pienso que reconocer el valor del dolor no significa exaltarlo ni buscarlo a propósito. La Iglesia enseña que comete pecado aquel que pone en riesgo, innecesariamente, su vida y aun su integridad física.

No somos masoquistas a quienes nos gusta el dolor. Podemos y debemos combatirlo, especialmente cuando es producto de la injusticia y la maldad de seres sin escrúpulos.

Pero sabemos que, pese a todo, el sufrimiento seguirá cerca de nosotros hasta que lleguemos a la "morada de Dios con los hombres".

Allí, como nos dice el libro del Apocalipsis, "El enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte ni luto ni llanto ni dolor, pues lo de antes ha pasado" (21,4).

Descubramos las causas del dolor para combatirlo en cuanto sea posible, pero también su valor para aceptarlo cuando se vea que es parte de un plan misterioso, pero amoroso, de Dios.

ACEPTAR EL DOLOR

Ante el dolor sólo nos queda rechazarlo o aceptarlo. Lo primero, como bien sabemos, no siempre es posible. Hay veces que el dolor nos agobia, sin que encontremos el medio de dominarlo.

Existen multitud de analgésicos, pero todos, llegado el momento, fracasan en quitar el dolor, y hay que acudir a una dosis más fuerte de otro medicamento al que el organismo no esté acostumbrado.

Por otro lado, ¿cómo suprimir el dolor moral? ¿Cómo aquietar el corazón en medio del sufrimiento causado por una desilusión, una traición o la ausencia de alguien muy querido?

Por eso es importante y necesario aprender a aceptar el dolor unidos a Cristo que se hizo "obediente hasta la muerte".

No importa que no entendamos. Recordemos que "Dios sabe escribir derecho con renglones torcidos".

UN SACRAMENTO PARA LA SALUD

Casi he visto el terror en los ojos de alguna gente. Piensan que les estoy ofreciendo una muerte rápida. Algo así como un "suicidio asistido", pero con la bendición de Dios.

Y es que el mismo nombre antiguo del sacramento le daba un aire de cosa final: "extrema-unción". Todavía suena peor en inglés: "last rites", que lamentablemente muchos siguen usando, lo que parece como una sentencia de muerte asegurada.

He podido comprender que para los que no han recibido una catequesis sobre este sacramento, que hoy llamamos con más propiedad "unción de los enfermos", muchos lo rechacen como si se tratara de algo que no desean recibir sino cuando no les quede más remedio.

LAS PALABRAS DE SANTIAGO

La Iglesia se basa en las palabras del apóstol Santiago para creer que el rito de la Unción de los enfermos es uno de los siete sacramentos o fuentes de la gracia divina.

En su carta nos dice: "¿Hay alguien enfermo? Llame a los responsables de la comunidad, que recen por él y lo unjan con aceite invocando al Señor. La oración de fe dará salud al enfermo y el Señor hará que se levante; si, además, tiene pecados, se le perdonarán" (5,14-15).

En ningún momento habla el apóstol de gente que se está muriendo, sino de enfermos. No dice siquiera que tenga que ser una enfermedad seria que conlleve peligro de muerte, aunque es de suponer que no por cualquier malestar se ha de acudir a este sacramento.

Bien claramente lo entendió la Iglesia durante siglos, yendo junto a los enfermos para orar por ellos y ungirlos con aceite en el nombre del Señor. Muchos quedan curados. Otros se mejoran o, al menos, reciben la fuerza necesaria para aceptar la enfermedad con alegría interior.

EXTREMA-UNCIÓN

Este nombre dado al sacramento creó ciertas confusiones, ya que muchos llegaron a pensar que se trataba de uno que debía ser recibido "in extremis", es decir, cuando la muerte estaba ya cerca.

Como ya hemos visto no es así. Lo que ocurre es que de todos los sacramentos sólo se usan aceites en el bautismo, la confirmación, el orden sagrado y el de los enfermos.

Con el nombre lo que se quería era hacer ver que ésta era la última unción sacramental que recibía ordinariamente el cristiano al encontrarse seriamente enfermo. En modo alguno implicaba que tuviera que recibirse cuando se estaba para morir.

Pero, como ocurre frecuentemente, algunos comenzaron a verlo como el sacramento de los moribundos, y cuando algo entra en la mente colectiva es muy difícil hacerlo salir.

Esto es lo que hace que quizás la mayoría espere a última hora para llamar al sacerdote. Claro que de esto suelen ocuparse los familiares, que por lo general se deciden a llamar cuando ya el enfermo está en coma o a punto de expirar. Por eso no pocas veces lo que encuentra el sacerdote es un cadáver.

¿POR QUÉ A MÍ?

¿No nos resulta familiar esta pregunta? Es la que mucha gente, incluyendo a algunos que se consideran católicos, se hacen ante cualquier cosa desagradable que les ocurre.

Por ejemplo, cuando recibimos la noticia de la muerte violenta de un ser querido o el diagnóstico maligno de una enfermedad.

Es como si fuéramos los intocables, y lo que nos pasa debería haber sido asignado a otros menos favorecidos.

¿No es esto una forma de exagerado egoísmo?

Podría decir alguno: "Bueno, pero yo no quiero que a nadie le toque lo que no quiero para mí, sólo que no entiendo por qué tengo que ser yo el de la mala suerte".

DESGRACIAS QUE NO LO SON

Mirando desde un punto de vista muy humano estamos inclinados a mirar como mala suerte todo lo desagradable que nos ocurre, sobre todo si se trata de una enfermedad incurable.

Pero cuando aplicamos una visión más acorde con el punto de vista divino podríamos descubrir que aquello que consideramos una desgracia puede que sea todo lo contrario.

Para los que sólo ven lo presente, toda enfermedad es una desgracia, como lo son las vicisitudes por las que frecuentemente tenemos que pasar. Ellos sólo ven como bueno el éxito, la salud, el tener dinero, el disfrutar de un buen empleo o cosas por el estilo.

He conocido casos de personas que, habiéndoseles diagnosticado una enfermedad mortal, se han suicidado. Ya para ellos la vida no tenía ningún objeto, pues se les convirtió en una carga demasiado pesada, pues no pudieron comprender el por qué tenían que aceptar sufrimientos y dolores cuando, de todos modos, tenían que morir.

Esto tiene su lógica humana, que choca, sin embargo, con la realidad de lo que constantemente estamos confrontando.

Porque tiene que haber una explicación al sufrimiento que, por regla general, acompaña los finales de la presente vida. ¿Qué sentido tiene soportar el dolor si no se va a conseguir, a cambio, una mejoría?

La ciencia no nos va a ayudar en nada a conseguir las respuestas. Sólo a buscar paliativos a los dolores o a aplicar métodos para alargar, a veces de forma innecesaria y hasta cruel, una vida que se va.

Sólo Dios es capaz de darnos una respuesta y de hacernos comprender que, a veces, aquello que vemos como una desgracia, es el mejor regalo que El puede hacernos.

EN LOS PLANES DE DIOS

Es innegable que el sufrimiento está dentro de los planes de Dios. La demostración más palpable de ello, como ya se dijo, la tenemos en el hecho de que envió a su Hijo a sufrir por nosotros como medio de conseguirnos la salvación.

Y no es que digamos que la vida humana tiene que ser un constante sufrir. Nada de eso. Por el contrario, hemos de disfrutar con alegría de todas las cosas buenas que tiene nuestra experiencia presente, y que fueron hechas por Dios para darnos un poco de felicidad en medio de las dificultades propias de nuestro paso por la tierra.

Pero, querámoslo o no, tenemos que sufrir. Y no lo vamos a poder evitar por más que luchemos. Habrá maneras de paliarlo un poco, pero a la larga nos vencerá.

¿Para qué quiere Dios que suframos? Buena pregunta. Que podríamos responder diciendo que para que la experiencia del dolor no sólo nos purifique, sino que nos amolde y transforme, a fin de poder prepararnos a disfrutar de la felicidad que El nos tiene reservada.

Sufrir para gozar es una constante en la vida del ser humano. Como si tuviéramos que pagar un alto precio por la felicidad.

Nadie consigue la cosecha sin antes sembrar. No se logran los diplomas sin estudio. No se cobra el salario sin trabajar.

UNA REALIDAD INCOMPRENSIBLE

Eso sí, por más que nos esforcemos, no podremos nunca entender el dolor. Es parte del misterio de Dios.

Esa es la razón por la que nos rebelamos ante El, echándole a veces las culpas, como si se tratara de un castigo que nos inflige por algún error cometido.

Nada de eso. El sufrimiento es más bien una gracia, un peldaño que nos permite subir, una ayuda para elevarnos.

Por eso cuando la gente entiende al menos que el sufrimiento tiene un valor, lo acepta con amor y lo ofrece generosamente.

Así hacen los verdaderos cristianos cuando les toca sufrir. No refunfuñan ni patalean. No acusan ni maldicen, sino que dan gracias a Dios que les permite esa oportunidad de salvación.

La única manera de entender el sufrimiento es cuando lo colocamos en su justo sitio: en el mundo de la gracia.

Si sólo lo vemos con ojos humanos tendremos siempre que considerarlo absurdo e inaceptable. Por eso los que carecen de fe se desesperan y tratan de acallar el dolor de cualquier forma, aunque sea por medio del escape del suicidio.

En la perspectiva cristiana sufrir siempre será desagradable, pero nunca inútil ni absurdo. "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere - decía Jesús - no produce ningún fruto" (Juan 12,24).

Una enfermedad o cualquier otra experiencia dolorosa puede ser un tesoro inimaginable, sobre todo para quienes la viven junto a Cristo, tratando de aceptar, como Abraham, las pruebas que Dios permite, aunque sin comprender el por qué de las mismas.

Si nos preguntamos: ¿Por qué a mí?, siempre podremos responder, con ayuda de la fe, que Dios nos dará la fuerza para superar todo lo que se presente.

Algún día sabremos las muchas oportunidades que hemos perdido por rechazar esos momentos de gracia que, con frecuencia, aparecen en nuestra vida. Algun día comprenderemos que Dios sabe hacer maravillas hasta con las aparentes desgracias.

EL MIEDO A MORIR

En lo más profundo de nosotros algo nos empuja hacia la vida. Queremos vivir y vivir para siempre. Y es que hemos sido creados para la eternidad. Esa ansia de felicidad y de vida es algo innato, puesto por Dios en lo más íntimo de nuestro ser.

Por esa misma razón tememos a la muerte. Esta nos repele. Huímos de ella como el diablo de la cruz.

Y no es nada raro que así ocurra. Por el contrario, la Escritura nos presenta la muerte como uno de nuestros enemigos. San Pablo dice: "Porque el pecado paga con muerte, mientras Dios regala vida eterna por medio del Mesías Jesús, Señor nuestro" (Romanos 6,23).

Pecado y muerte van juntos, como también vida y gracia de Dios. Por eso no es extraño que la muerte nos parezca algo terrible, pues es un enemigo al que hay que vencer.

LA MUERTE HA SIDO VENCIDA

Pero la muerte fue vencida por Dios. El envió a su Hijo para que nos librara del poder del pecado y de la muerte. Multitud de textos del Nuevo Testamento así lo confirman.

Veamos uno de Pablo: "Ahora bien, por haber muerto el Mesías, creemos que también viviremos con él, y sabemos que el Mesías resucitado de la muerte no muere ya más, que la muerte no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; en cambio, su vivir es un vivir para Dios. Pues lo mismo: ustedes ténganse por muertos al pecado y vivos para Dios mediante el Mesías Jesús" (Romanos 6,8-11).

Jesús mismo lo dijo en varias ocasiones: que El había venido para que tuviésemos vida abundante. Y prometió la vida eterna a los que lo sigan. Como cuando afirma: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre" (Juan 6,51).

Esto lo sabemos por fe y lo creemos como cristianos que somos. Pero, con todo, no por ello podemos evitar que nos moleste el pensamiento de que hemos de morir, y eso hace que querramos postergar ese momento lo más que se pueda.

UNA REALIDAD INELUCTABLE

Sabemos que contra la muerte no se puede luchar. Llegará cuando menos la esperemos.

Esa es la razón por la que algunos tratan de conjurar su presencia por medio del olvido. Piensan que mientras menos la evoquen más lejos estará.

Lo que está reñido con el consejo que daban los sabios cristianos de otros tiempos: "Acuérdate de tus postrimerías y no pecarás".

Es decir que, para éstos, el pensamiento de la muerte y de lo que a ella ha de seguir es algo saludable, puesto que nos ayuda a ver las cosas de este mundo de otra manera.

Y así tiene que ser. Cuando uno se olvida que va a morir, fácilmente se envalentona creyéndose dueño y señor de las cosas. Así se opone a Dios y a los demás, tratando de pasarlo lo mejor posible aunque sea a costa de sus prójimos.

Así le pasó a aquel hombre al que alude Jesús en una de sus parábolas: "Un hombre rico tuvo una extraordinaria cosecha de frutos en su heredad; y discurría para consigo, diciendo: ¿Qué haré, que no tengo sitio para encerrar mis granos? Al fin dijo: Haré esto: Derribaré mis graneros, y construiré otros mayores, donde almacenaré todos mis productos y mis bienes, con lo que diré a mi alma: ¡Oh alma mía!, ya tienes muchos bienes de repuesto para muchísimos años: Descansa, come, bebe, y date buena vida. Pero le dijo Dios: ¡Insensato!, esta misma noche han de exigir de ti la entrega de tu alma; ¿de quién será cuanto has almacenado?" (Lucas 12,16-20).

VIVIR PARA MORIR

Podría parecer absurdo que se diga que hay que vivir para morir, pero es que no hay cosa más cierta en este mundo. Todo lo que hacemos debe ser en función del momento en que, terminado el tiempo, nos enfrentemos con la eternidad.

Es entonces cuando llegamos al real momento de la verdad, cuando todo cobra su verdadero significado. Porque es allí donde lo único que vale es lo que hayamos hecho, no lo que hayamos aparentado.

Y es también cuando vamos a dar cuentas de la manera en que hemos aprovechado este tiempo precioso que es la vida sobre la tierra.

Uno, ciertamente, estudia para saber, pero es indiscutible que los exámenes siempre están en la mente del estudiante. Hay que estudiar, también, para pasar los exámenes.

Se vive, pues, en función de ese examen final que Dios nos hará, y del cual va a depender nuestro futuro.

Lo bueno para nosotros es que la mayor parte está hecha, pues ha sido Jesús quien pagó por nosotros el precio de la salvación. Sólo tenemos que demostrar que hemos vivido ansiando esa salvación que El nos ofrece.

APRENDER A MORIR

Olvidándonos de la muerte no vamos a conseguir sino poner la eterna salvación en un gran peligro.

Por el contrario, si nos acostumbramos a la idea de la muerte, sin caer en pensamientos macabros ni angustias inútiles, vamos aprendiendo a despegarnos y a confiar más en Dios, que será el único que nos pueda ayudar en ese difícil trance.

Pienso que lo más difícil de aceptar es que hemos de dejar a los que aquí amamos y las cosas que tenemos. Quiérase o no, nos vamos apegando a ellos y ellas, a veces en demasía.

Pero, además, tenemos un instinto de conservación bien arraigado y fuerte. Sólo cuando vamos convirtiendo el corazón y entregándolo más y más al Señor es que podemos aceptar la idea de que todo lo que aquí tenemos, incluyendo el cariño de los seres queridos, no es nada en comparación con lo que nos aguarda.

Por otro lado, si bien las cosas materiales nos han de parecer tonterías vanas, el cariño nunca se ha de perder. Más allá de esta vida seguiremos amando a los que aquí hemos amado, aunque sea de otra manera.

¡Qué bello sería que todos pudiésemos llamar a la muerte, como San Francisco, "la hermana muerte"! Una gracia más que podemos pedir.

CÓMO ENFRENTAR LA MUERTE

La sola mención de la muerte parece infundir temor en muchas personas. Sin embargo, nadie puede, por más que quisiera, soslayarla. Todos sabemos que hemos de morir, irremisiblemente.

La forma de enfrentar la muerte es lo que, en verdad, divide a los hombres en creyentes o incrédulos.

Si uno piensa que la muerte es el final de todo, ¿podría aceptar la existencia de un Dios de amor?

Por otro lado, pensar en la muerte como el único final posible de nuestra existencia natural puede llevar a terribles conclusiones.

Si no hay nada más allá de la muerte no tendremos que dar cuentas a nadie de lo que hayamos hecho en la tierra. Sería, pues, tonto, perder este "único" tiempo que tenemos dedicándolo a hacer un bien del que nada vamos a sacar.

EL SENTIDO DE LA VIDA PRESENTE

Si la muerte fuera ese "callejón sin salida", los únicos que sabrían vivir serían aquellos que sólo se dedican a disfrutar sin importarles las consecuencias.

¿Para qué sacrificarnos si estamos condenados a la nada?

Mucha gente vive convencida de que la presente vida no tiene otro final que la muerte. No debe extranarnos, pues, que haya tantos a quienes les importa poco hacer daño a los demás con tal de conseguir sus objetivos personales.

Sin embargo, la razón misma rechaza la idea de una muerte sin esperanza, porque en ese caso la vida actual sería una terrible trampa tendida al ser humano, ya que está condenado a sentir, conscientemente, cómo la vida se le escapa entre los dedos con el correr de los días.

Algo allí dentro de nosotros, sin embargo, nos dice que debe existir una felicidad muy grande que no podemos explicar, pero que intuimos en lo más íntimo de nuestro ser.

No es posible concebir que sean los malvados los que tengan la razón, pues si no existiera otra cosa que la muerte, como un trágico salto al no ser, sólo ellos estarían obrando inteligentemente.

Los antiguos epicúreos decían: "Comamos y bebamos, que mañana moriremos". Los que hoy son como ellos parecen decir: "Puesto que la muerte nos espera para lanzarnos al vacío de la nada, raptemos, violemos, asesinemos, acabemos hasta con la paz de los sepulcros, si con ello conseguimos disfrutar de los placeres que apetecemos".

¿Para qué trabajar si es más facil robar, o dedicarse al tráfico de drogas o a actividades delictuosas que suelen ser bastante productivas?

¿Para qué tener hijos y pasar una gran parte de la vida criándolos, educándolos, luchando para que lleguen a algo en la vida, si es más placentero vivir sin responsabilidades?

La razón se niega a aceptar que los que han optado por la vida fácil del robo, la prostitución, las drogas o el crimen sean lo que se lleven el premio y los únicos que, en realidad, sepan vivir en este mundo.

LAS PROMESAS DEL SEÑOR

La gran luz que vino a traer Jesús nos permite entender las cosas en su justo significado. Porque si la muerte es un trago amargo, no es, ni mucho menos, la última tragedia en la que ha de desembocar nuestra existencia.

Jesús dijo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y el que haya creído en mí no morirá para siempre" (Juan 11,25).

Toda la predicación del Divino Maestro fue dirigida a enseñarnos la "Buena Noticia" de la eterna salvación, entregándose a la muerte para arrancarnos de su poder.

Jesús resucitó, demostrándonos con ello la veracidad de su mensaje y la seguridad de sus promesas. Los que lo llamamos Salvador estamos convencidos de que El no vino para que comiéramos más ni tuviéramos mejor suerte en la tierra. Su misión era trascendental, ya que tenía que ver con lo que hay más allá de la muerte.

Por eso dijo: "¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida?" (Marcos 8,36).

Aunque pudiésemos conseguir las mayores riquezas, y disfrutar de toda clase de placeres, ¿qué habríamos logrado si vamos a terminar, de todas maneras, en el vacío y la nada?

¿Qué les tocaría, además, a toda esa inmensa mayoría de personas que, a través de la historia humana, ha tenido que cargar siempre con la peor parte?

El Evangelio de Jesús es la única respuesta veraz al problema de la muerte. Su mensaje vuelve lógico este paso inevitable y da sentido a todo el plan de Dios, que "no es Dios de muertos, sino de vivos" (Mateo 22,32).

Nadie duda que hemos de morir. Pero Jesús nos asegura que, más allá, lograremos recoger lo que aquí hayamos sembrado.

Entonces los papeles estarán cambiados. Los que aquí recibieron el premio quedarán excluidos del Reino, mientras que los sufridos, los sacrificados, los luchadores por el bien ajeno, los que han tenido espíritu de pobre no apegándose a las riquezas, y todos los perseguidos por el bien, recibirán la gran bienvenida: "Vengan, benditos de mi Padre; hereden el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo" (Mateo 25, 34).

MORIR CON DIGNIDAD

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, se meten en nuestra cultura errores fundamentales que fácilmente pueden hacer mella hasta en los cristianos.

Tenemos, por ejemplo, el valor de la vida. Cuando vemos la forma en que nos "predican", por activa y por pasiva, a través de los medios de comunicación, con referencia al valor de la vida, nos damos cuenta del por qué, para muchas personas, vivir o morir se convierte en algo indiferente.

Toda esa violencia en el cine y la televisión, que parece ir ganando terreno, cada vez con técnicas más sofisticadas, va dejando su sedimento.

Matar a un no nacido se ha vuelto una nimiedad. Deshacerse de uno que estorba es una forma "normal" de defenderse de algo indeseable. ¿Cómo no terminar con la vida de uno que sufre sin remedio? ¿Cómo no acabar con la propia vida cuando se está cansado de luchar y de vivir?

SUICIDIO: ¿HEROICIDAD O COBARDíA?

Tanto están dándole al asunto que tal parece que la nueva forma de ser valientes es pegarse un tiro o usar de cualquiera de los mil medios que se han inventado para suicidarse.

Sin embargo, no. No puede ser un héroe quien huye del dolor y del sufrimiento. No puede ser un héroe quien se escapa por la primera puerta que se le ofrece. Y aunque algunos dirán que no les interesa ser héroes, lo importante es saber si escapándose van a llegar a alguna parte que valga la pena.

Pienso que la génesis del suicidio radica en una enfermedad mental o en la desesperación nacida de la incredulidad. Sólo una persona sin fe puede defender el suicidio como un valor.

He conocido personas buenas que se han suicidado o al menos lo han intentado. Su mente estaba padeciendo de un constante asedio, debido quizás a complejos de culpa o a una profunda depresión que los llevó a la auto-destrucción.

Dejo a los expertos analizar las posibles causas de este fenómeno, pero es indiscutible que muchos suicidas no son personas normales, sino enfermos mentales cuyos deseos de matarse son un síntoma fatal de lo que están padeciendo.

Hay otros que buscan el suicidio como una liberación a una situación insostenible y desesperada. Pero, en estos casos, habría que conocer hasta qué punto tiene que ver la falta de fe o algún secreto enemigo escondido en el sub-consciente. No hay maneras de analizar los motivos del que ya está muerto. No hay autopsias mentales.

MORIR EN EL SEÑOR

Para un cristiano morir con dignidad significa morir en paz con Dios y con los demás. Es el encuentro con el Padre. Es la Pascua. El sufrimiento es para un creyente un instrumento de purificación y crecimiento más que de tortura.

No podríamos entender de otra manera, a la luz de la fe, la usual forma en que las personas terminan sus días.

Sabemos que, con frecuencia, las semanas y hasta los meses previos a la muerte son de dolor. Esto depende de muchos factores, porque hay enfermedades que son más terribles que otras. Pero, de todas maneras, el dolor acompaña a una buena parte de las personas antes del último suspiro.

¿Por qué? ¿Hay alguna explicación a todo esto?

El incrédulo responde que no, porque es ridículo sufrir sin ninguna esperanza, y ya que en su opinión no existe nada después de la muerte, lo mejor es terminar lo antes posible.

Pero el cristiano dirá que sí, que el dolor es un medio, duro y difícil, pero medio al fin, para curar muchos de nuestros egoísmos y sanar muchas de nuestras flaquezas.

A EJEMPLO DE JESUCRISTO

Sólo hay que mirar a la cruz para comprender que el dolor entra de lleno en el plan de Dios.

¿Es que podremos comprenderlo? Sólo la fe nos descubre, en medio de las tinieblas presentes, que el amor puede tener, momentáneamente, una cara muy fea, cuando se necesita para nuestro bien.

La madre que tiene que dar a su hijo una medicina amarga, o contempla horrorizada como el niño se retuerce de dolor cuando lo pinchan con largas agujas, no por ello intenta convencer a los médicos de que no lo hagan, pues sabe que ese es el camino para la salud.

Dios nos demuestra su amor entregándonos a su Hijo. Y para que veamos que permite el sufrimiento porque nos ama, envía a ese HIjo a sufrir como pocos lo han hecho.

Sufrimientos físicos y morales, humillación y muerte horrible. Pero a través del dolor y de la cruz es que Jesús conquista para nosotros la eterna salvación.

Es muy comprensible que gritemos y sintamos miedo al dolor. También Cristo nos dio ejemplo de ello en Getsemaní.

Pero, aunque pidió que, "si era posible", le fuese dado el alivio de no tener que beber el amargo cáliz, se puso completamente en las manos del Padre.

Esta es la única actitud correcta para un creyente. Y aunque comprendamos los mil y un motivos que puedan tener los enfermos mentales o los incrédulos, no podemos aceptar como buena la solución del suicidio.

Sólo Dios, que nos dio la vida, tiene el derecho a quitárnosla. El nos dará la fuerza para soportar el dolor. El hará que el sufrimiento se transforme en gozo, total y definitivo, con dimensión de eternidad.

Entonces sabremos que el mundo sí estuvo bien hecho y hecho con mucho amor. Que hasta los males han sido parte de un plan para que logremos amar y ser felices como Dios quiere.

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