AB PADRE BAZAN

Jesús, Maestro Y Salvador

EL ODIADO INVASOR

Pocos pueblos han conocido más vicisitudes que el israelita o judío, sobre todo después que en el siglo VIII a.C. los del reino de Israel fueron llevados a Asiria, y en el VI a.C. los de Judá a Babilonia. Ya nunca ese pueblo volvió a ser lo que había sido.

A pesar de todo se mantenía unido por su fe en el único Dios verdadero, su cohesión como raza y su conciencia de pueblo elegido.

Así tuvo que soportar invasiones y gobiernos despóticos, hasta que, poco menos de un siglo antes de la venida del Salvador, le llegó el turno de sumarse a las muchas naciones dominadas por el Imperio Romano.

Los romanos fueron invasores que permitían ciertas libertades a los pueblos por ellos dominados, siempre y cuando aceptasen sus reglas y pagasen los consabidos impuestos.

Entre los judíos hubo hasta cierto aire de independencia con la existencia de reyes nominales, como Herodes el Grande, a quien los judíos también consideraban un extranjero, o sus hijos los tetrarcas, pero eso era pura fachada, pues los que en verdad mandaban eran los romanos.

Esta situación resultaba especialmente dolorosa para quienes eran conscientes de ser "el Pueblo de Dios", pero nada podían hacer como no fuera mostrar su descontento con esporádicas protestas que a veces terminaban en un baño de sangre.

EL MESÍAS PROMETIDO

Si hay algo claro en el Antiguo Testamento es que Dios escogió un pueblo, encabezado por Abraham, para preparar la venida del Salvador.

Todo fue hecho en función de futuro, pues el Altísimo realizó un pacto o Alianza perpetua con ese pueblo al que pertenecerían, primero, sólo los israelitas, para luego, llegado el momento, agregar también a todos los seres humanos que la aceptasen.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad (1a, Timoteo 2,4) es una idea constantemente presente en las páginas de la Escritura.

La carta a los Hebreos trata de demostrar, precisamente, que en Cristo se cumplen las promesas de la Antigua Alianza, algo que encontramos también en los evangelios, cuyos autores resaltan, a cada paso, que Jesús actúa para que se cumplan las Escrituras.

La primera promesa de redención aparece en el mismo jardín del Edén, cuando Dios condena a la serpiente y dice: Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; ésta te pisará la cabeza mientras tú te abalanzarás sobre su talón (Génesis 3,15). A estas palabras del primer libro de la Biblia se les ha llamado el "proto-evangelio" o primer anuncio de la salvación.

Es muy cierto que los mensajes más claros sobre el Mesías lo encontramos en los profetas, ya que éstos, hablando en nombre de Dios y usando de un lenguaje simbólico, animan al pueblo a la perseverancia, con la confianza en los tiempos mejores que han de venir.

Así dirá Jeremías, como Palabra del Señor: Porque yo sé muy bien lo que haré por ustedes; les quiero dar paz y no desgracia y un porvenir lleno de esperanza - palabra de Yavé (29-11).

Quizás quien describe con mayor claridad la misión del Mesías es el profeta Isaías, ya que hasta anunció la forma en que realizaría la tarea que se le había encomendado:

Despreciado y tenido como la basura de los hombres, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, estaba despreciado y no hemos hecho caso de él. Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban y en nosotros lo creímos azotado por Dios, castigado y humillado. Ha sido tratado como culpable a causa de nuestras rebeldías y aplastado por nuestros pecados. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados. Todos andábamos como ovejas errantes, cada cual seguía su propio camino, y Yavé descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue maltratado y él se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan. Fue detenido y enjuiciado injustamente sin que nadie se preocupara de él. Fue arrancado del mundo de los vivos, y herido de muerte por los crímenes de su pueblo. Fue sepultado junto a los malhechores y su tumba quedó junto a los ricos, a pesar de que nunca cometió una violencia ni nunca salió una mentira de su boca. Quiso Yavé destrozarlo con padecimientos, y él ofreció su vida como sacrificio por el pecado. Por esto, verá a sus descendientes y tendrá larga vida, y por él se cumplirá lo que Dios quiere. Después de las amarguras que haya padecido su alma, verá la luz y será colmado. Por su conocimiento, mi siervo justificará a muchos y cargará con todas sus culpas. Por eso le daré en herencia muchedumbres y recibirá los premios de los vencedores. Se ha negado a sí mismo hasta la muerte, y ha sido contado entre los pecadores, cuando en realidad llevaba sobre sí los pecados de muchos, e intercedía por los pecadores (53,3-12).

Muchos otros textos podrían ofrecerse, pero creo que no es necesario. La enseñanza del Antiguo Testamento la sintetiza Juan el Bautista, que fue designado por Dios como profeta y precursor del Mesías (Ver Lucas 1, 76-77).

El, predicando en el desierto, afirmará categóricamente: Yo bautizo con agua, pero pronto va a venir el que es más poderoso que yo, al que no soy digno de soltarle los cordones de un zapato; él los bautizara con el Espiritu Santo y en el fuego. Tiene en la mano la pala para limpiar el trigo en su era y recogerlo después en su granero. Pero la paja, la quemará en el fuego que no se apaga (Lucas 3,17).

EL PRECURSOR

Una de las figuras más interesantes y poderosas de todo el Nuevo Testamento es, sin duda, la de Juan el Bautista.

En él como que se resumen todos los profetas del Antiguo Testamento. Por algo recibió el más grande elogio del propio Jesús: Entonces, ¿qué fueron ustedes a ver? ¿Un profeta? Eso sí, y les declaro que Juan es más que un profeta, pues se refiere a Juan esta profecía: "Mira que mando a mi mensajero delante de ti, para que te prepare el camino". Yo les aseguro que, entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan (Lucas 7,26-28).

Su nacimiento aparece como un don especial de Dios ya que ha de ser grande ante el Señor y estará lleno del Espíritu Santo, ya desde el seno de su madre. Hará que muchos hijos de Israel vuelvan al Señor, su Dios, y lo verán caminar delante de Dios con el espíritu y el poder del profeta Elías para reconciliar a los padres con los hijos (Lucas 1, 15-17).

Desde temprano Juan se marchará al desierto, posiblemente cerca del Mar Muerto. A lo mejor tomó allí contacto con una secta de hombres contemplativos que vivían en gran austeridad dedicados al trabajo y la oración: los esenios. De esto no tenemos ningún testimonio seguro.

Por los evangelistas sabemos que, llegada la hora, Juan comenzó a predicar por toda la zona del río Jordan, invitando a todos a recibir un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

La labor de Juan tuvo que ser muy buena, por cuanto logró suscitar el odio de los poderosos, sobre todo del rey Herodes Antipas y de la mujer con quien vivía unido en forma ilegítima.

A él acudían grandes cantidades de judíos, atraídos por el fuego de su palabra y la gracia que, evidentemente, el Señor derramaba por su intermedio. A todos alentaba a ser sinceros y a cambiar sus vidas, compartiendo lo que cada uno tenía y evitando los abusos contra el prójimo.

Bien claramente expone Juan su condición de precursor cuando es preguntado sobre su identidad. Yo no soy el Mesías, responde. Y agregará: Yo bautizo con agua, pero pronto va a venir el que es más poderoso que yo, al que no soy digno de soltarle los cordones de un zapato; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego (Lucas 3,16).

Al día siguiente - escribe Juan, el evangelista - vio Juan a Jesús que venía a encontrarle, y dijo: He aquí el cordero de Dios, ved aquí el que quita los pecados del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Detrás de mí viene un varón, el cual ha sido preferido a mí; por cuanto era antes que yo. Yo no le conocía; pero yo he venido a bautizar con agua; para que él sea reconocido por Mesías en Israel (1,29-31.

La misión de Juan queda coronada cuando Jesús se acerca a él y le pide ser bautizado. No sin reservas acepta el Bautista la encomienda, sabiendo que se trata del Mesías. Juan fue el instrumento de Dios para ungir a Jesús el hombre, como el Enviado del Padre a quien el Espíritu Santo daría en ese momento toda la fuerza necesaria para su labor. Con esta unción bautismal en el Jordán comienza la misión pública de Jesús mientras se eclipsa la de Juan.

Así lo notan al poco tiempo sus discípulos, quienes le reclaman a su Maestro que todo el mundo se va detrás de Jesús, y él, humildemente, reconoce: No puede el hombre atribuirse nada, si no le es dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que he dicho: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él como precursor suyo (Juan 3,27-28).

Herodías, la mujer del rey, no había perdonado a Juan la pública denuncia que el profeta había hecho de su vida en adulterio, y logra, primero, convencer a Herodes que lo ponga en prisión. Es allí donde se presentan a Juan ciertas dudas sobre la verdadera identidad de Jesús, y para estar seguro le envía a algunos de sus discípulos a preguntarle si era él quien había de venir o habría que esperar por otro. Jesús no responde directamente, sino que dice: Vayan y cuenten a Juan lo que han oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia el mensaje de salvación a los pobres; y bienaventurado aquel que no tomare de mí ocasión de escándalo (Mateo 11, 2-5).

LA MADRE

Hay cosas que ni el mismo Dios puede hacer. Una de ellas fue que su Hijo viniera al mundo y se hiciera hombre sin el concurso de una mujer.

Ciertamente Dios pudo evitar esto haciendo que el Hijo apareciera "en forma de hombre", sin que nadie conociera su origen o lugar de nacimiento, pero ya en este caso no hubiera sido un verdadero hombre, alguien, como dice Pablo nacido de mujer (Gálatas 4,4). No hubiera sido, realmente, uno de nosotros.

Y eso era, precisamente, lo que Dios quería, que su Hijo se hiciera uno de nosotros.

Por eso necesitaba de una mujer. ¿Cómo la escogería?

La misma elegida nos dirá el secreto de su elección: Porque ha mirado la humildad de su sierva (Lucas 1,48).

Efectivamente, las formas en que Dios actúa son incomprensibles. No se fue a los grandes palacios, ni siquiera a las grandes familias judías, y tampoco miró hacia la capital, Jerusalén, sino que se dirigió a un villorrio perdido en Galilea, a Nazareth, que tenía tan pésima estima que más tarde un futuro apóstol preguntaría con desdén al saber que Jesús era de alli:

¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno? (Juan 1,46).

A Dios no lo pueden encandilar los oros ni las perlas, pero siente predilección por la sencillez del corazón. Y por eso allá envió al arcángel Gabriel a anunciar a la doncella elegida que era ella, y no otra, la que el propio Creador había señalado para albergar en su seno al Hijo del Altísimo.

Por aquel entonces aquella muchacha de nombre María tendría unos catorce años, poco más o menos, pues era costumbre que para esa edad ya las jóvenes judías estuvieran prometidas en matrimonio.

Y el ángel le dijo lo que ninguna otra mujer ha podido oír jamás: Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. El será grande, será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin (Lucas 1,31-33).

Todo esto era como para asustar a cualquiera, y claro que María se asustó. Sólo se le ocurrió balbucear algunas palabras: ¿Cómo podrá ser esto, si no conozco varón? (Lucas 1, 34 ).

El ángel se encargó de tranquilizarla. Lo que de ella nacería no sería el fruto del amor con un hombre, sino la obra del Espíritu Santo. Dios, que la necesitaba para que su Hijo fuera un verdadero hombre, no quería que nadie fuera a sustituirlo en la paternidad. Permitiría tan sólo que un hombre hiciera sus veces legalmente, pero nada más.

Y así fue como María, humilde muchacha judía, pasó a ser, de una de tantas en un pueblo sin importancia, la más grande mujer que haya pisado suelo, por obra y gracia de esa especial elección que Dios hizo de ella.

No por eso ella se sintió superior a ninguna otra. Su humildad no sufrió variación alguna. Siempre se comportaría como la humilde sierva que se sabía del Señor.

Por eso María fue un ejemplo constante de hija, esposa, madre, vecina, amiga, con su disposición al trabajo, al servicio desinteresado, a la entrega absoluta a la voluntad de Dios.

Ella no tuvo otra respuesta al anuncio que recibió del ángel sino: Hágase en mí según tu palabra (Lucas 1,38). Y esa actitud la acompañaría siempre, aun cuando la misión que le había sido encomendada trajera consigo renunciación, angustia y sufrimiento.

No pasaría mucho tiempo sin que comenzara a sentir lo que esto significaba. El propio José, siempre tan bueno, tendría que pasar por una noche oscura al conocer de su embarazo, llegando hasta pensar en abandonarla secretamente. Ella dejó que Dios se encargara de aclarárselo todo.

Luego la marcha hacia Belén, viéndose rechazados en un pueblo donde nadie los conocía, y teniendo que refugiarse en una cueva, donde se produciría el acontecimiento maravilloso del nacimiento del Salvador.

A los pocos días de esto alguien se encargaría de advertirle lo que ella ya íntimamente sospechaba: ... y a ti una espada te atravesará el corazón (Lucas 2, 35), le diría aquel anciano, Simeón, que los encontró en el Templo cuando fueron a presentar al Niño según los preceptos de la Ley.

María aprendió a callar y a obedecer. Sabía que aquel Hijo no le pertenecía. Sólo podría disfrutar de su cariño, pero a conciencia de que nadie poseería jamás su corazón. Era, sí, un hombre, pero en El primaba su condición de Dios. Misterio insondable del que Ella respiraba sin nada comprender.

Por eso se dedicó a obrar en el silencio, en la oscuridad, aún cuando su Hijo comenzara su labor apostólica y saliera a la luz. Ella se mantuvo en Nazaret, siguiendo de lejos sus pasos, pero sin apenas intervenir, como no fuera en aquella ocasión en que intercedió ante El para ayudar a unos novios en Caná.

Eso sí, ¡qué cerca estarían el uno del otro! Pues su amor de madre la conduciría siempre junto a El, teniéndolo constantemente en su pensamiento y su alma, y El correspondería como un hijo amoroso, aunque distante, por estar ocupado en las cosas de su Padre.

Cuando El la necesitara, allí estaría ella dispuesta a hacer lo que le pidiese. Y así se mantuvo junto a El, firme aunque destrozada por el dolor, en los momentos terribles de su pasión y su muerte, sin reclamar nunca nada para sí, sino dispuesta a rogar por todos los que ya sentía en verdad sus hijos, la humanidad toda que ella estaba ayudando a salvar.

La gloria de María no fue para disfrutarse en la tierra, sino para cosecharla luego en el cielo, donde fue llevada junto a su Hijo, para seguir intercediendo por todo el que la invoca con amor filial.

EL PADRE LEGAL

Si María es figura imprescindible en el relato del nacimiento del Salvador, hay alguien que tampoco puede faltar, a pesar de que no jugó el papel normal del hombre en la concepción de un nuevo ser.

Dios no tenía necesidad de un padre carnal para "su Hijo", pero no pudo evitar, sin embargo, que los humanos tomaran a mal que ese Hijo naciera de una madre sola, a la que habrían considerado una "cualquiera".

Fue, pues, para proteger el buen nombre de la madre, y también el del Hijo, que Dios hubo de otorgar a José un papel importante en el misterio de la Encarnación.

En realidad, ¿qué se hubiera hecho María sin la ayuda de un hombre como él a su lado? Pues eran tiempos difíciles para la mujer, a quien apenas se le tomaba en cuenta y no tenía las posibilidades que disfrutan las mujeres de nuestro tiempo.

José realizó un magnífico papel como protector y guardián, aparte de que, legalmente, protegió a María y a Jesús de la maledicencia pública, que si hoy todavía existe, en aquellos tiempos era algo terrible.

Hemos de suponer que todo esto lo hizo José por amor a Dios y a María. Hombre justo y creyente, aceptó esta tarea subordinada, ese papel secundario en el drama de la salvación, y lo hizo a la perfección.

Se mantuvo siempre en un segundo plano, consciente de que era un instrumento en las manos de Dios. Es verdad que al principio tuvo sus dudas, pues no hay ser humano que pueda comprender lo que el Altísimo tiene planeado. Pero luego de conocer su voluntad ya toda duda quedó disipada y José se prestó a hacer lo que Dios le pedía.

¿QUIÉN ERA JOSÉ?

Viejo y viudo lo presenta el llamado "Protoevangelio de Santiago el Menor", (8,13) considerado apócrifo o falso por la Iglesia, restándole así méritos a su decisión y su entrega. El "Evangelio del nacimiento de María", también apócrifo, lo presenta como muy entrado en años, pero sin mencionar la condición de viudo (6,1).

José estaba "desposado" con María, término que significaba que ya estaban seriamente comprometidos y decididos a llevar adelante su matrimonio.

Sabemos que muchas muchachas judías se casaban más por cumplir una obligación que por amor, aunque las había también que se casaban con el hombre que su corazón había elegido.

Es de suponer que entre José y María habría un puro y sincero amor, aunque el "Protoevangelio" antes aludido presenta a José como alguien a quien los sacerdotes del Templo buscaron para que, a sabiendas, protegiera la integridad de la virgen madre del Mesías.

Yo prefiero suponer que ambos jóvenes estaban realmente enamorados, y que sólo cuando conocieron la voluntad de Dios es que cambiaron sus planes humanos por los divinos. De cualquier manera fue una gran ayuda para María que, de seguro, lo querría mucho.

EL CARPINTERO JOSÉ

Cuando Mateo y Lucas hacen referencia al hombre con quien María estaba desposada sólo mencionan su nombre: José. Nada dicen acerca de su oficio.

Después aparece en Mateo y Marcos una referencia que nos habla de esto. En Mateo, cuando algunos preguntan en Nazaret, asombrados por el saber y el poder de hacer milagros que Jesús tenía, dicen: ¿No es éste el hijo del carpintero? (13,55).

Marcos, sin embargo, narrando la misma escena, pone la frase de otra manera: - ¡Si es el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón! (6,3).

En el "Protoevangelio de Santiago el Menor" se presenta a José como un viudo con hijos, pero no dice que fuese carpintero, sino que se dedicaba a la construcción de casas.

Es posible que el oficio de José fuese reparar artefactos de madera, lo mismo que a trabajar en la construcción como carpintero, pues la gente de su pueblo lo tenía por tal, y así lo ha mantenido la tradición.

SANTIDAD DE JOSÉ

La importancia, desde luego, no radica en el oficio, sino en el hecho de que José era un hombre bueno y honrado. Así lo atestigua Mateo al hablar de la incertidumbre que José padeció al descubrir el embarazo de María: Su esposo, José, que era hombre recto y no quería manchar su fama, decidió romper con ella en secreto (1,19).

Sabemos que José era descendiente de David, lo que haría a Jesús, al menos legalmente, de la familia del rey profeta. Hay, sin embargo, una divergencia entre Mateo y Lucas, pues aunque ambos publican la genealogía de Jesús, Mateo dice: ... y Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado el Mesías (1,16), mientras que Lucas escribe: Este era Jesús, que al empezar tenía treinta años, y se pensaba que era hijo de José, que a su vez lo era de Helí... (3,23).

¿Quién tiene la razón? Son de esas cosas que no están claras en los evangelios. Recordemos, sin embargo, que los evangelistas nunca pretendieron hacer historia en el sentido moderno, sino transmitir un mensaje, aunque el relato pueda contener incorrecciones.

De lo que nada sabemos es de lo que pasó a José luego de la visita que hiciera Jesús al Templo a los trece años. Esta es la última vez que se menciona a José en los evangelios. Es posible que haya muerto durante los años que se llaman "vida oculta de Jesús" desde los trece a los treinta años.

LOS HERMANOS DE JESÚS

Cuando uno lee la Biblia no lo puede hacer con prejuicios, sino con la mente y el corazón abiertos a lo que el Señor quiera decirnos. Esto no significa, desde luego, que vayamos a interpretar lo que leamos de acuerdo a nuestros propios pensamientos, pues, en ese caso, podríamos hacerle decir lo que más nos conviene o interesa.

Por otro lado, la Biblia hay que leerla teniendo en cuenta una serie de factores que nos pueden ayudar a comprender mejor el sentido de lo que se dice.

Pensar, por ejemplo, que se puede tomar cada palabra con el sentido preciso que hoy le damos sería un craso error, por cuanto fueron escritas con otra mentalidad y en circunstancias muy diversas. Ello nos obliga a tomarlas en su justo valor, usando de la ayuda de los peritos y del Magisterio de la Iglesia.

VIRGINIDAD DE MARÍA

Una cosa está bien clara en las páginas del Nuevo Testamento: María fue virgen antes de dar a luz a Jesús. Eso no creo pueda discutirlo ningún cristiano.

El problema estriba en que no queda tan claro que haya seguido siendo virgen después del parto, no porque se diga algo que lo ponga en duda, sino porque no se dice nada al respecto.

Para un cristiano bien intencionado esto no sería necesario. La voluntad de Dios en relación con María quedó bien aclarada en las palabras del ángel Gabriel: El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios (Lucas 1,35).

Por otro lado, los católicos tenemos una ayuda inestimable que los protestantes rechazan: la Tradición. Y fue algo comúnmente aceptado desde los primeros tiempos, como ha sido confirmado por numerosos escritos, que María no sólo fue virgen antes del parto, sino también después.

Su maternidad quedó totalmente realizada dando a luz al Hijo de Dios. ¿Qué más se podía pedir? ¿Cabe en la mente de alguien que la madre de un tal Hijo pueda ser madre de otros, y que después de haber concebido por obra del Espíritu Santo pudiera volver a concebir por obra de varón?

Pero ya sabemos que entre nuestros "hermanos separados" los hay que tienen una virulencia tremenda contra las enseñanzas de la Iglesia, y se ensañan, de manera especial, con el cariño que tenemos por María. Por eso se empeñan en despretigiarla lo más posible, tratando de reducirla a una figura común y sin importancia.

Se han olvidado de que en la Escritura aparecen las propias palabras de María donde anuncia, proféticamente: Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso (Lucas 1,48).

HERMANOS Y PARIENTES

Estos cristianos con ganas de corregir la plana a Dios tendrían que borrar el saludo del arcángel Gabriel que llama a María "favorecida" (Lucas 1,28) y le dice: Dios te ha concedido su favor (1,30), e ignorar las palabras de Isabel que llena del Espíritu Santo saluda a María diciendo: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre (1,41-42) y la llama también la madre de mi Señor (1,43).

Pero deberían también averiguar lo que la palabra "hermano" significaba entre los judíos. En su lengua, como atestiguan los entendidos, no existía la palabra "primo", por lo que usaban la palabra "hermanos" para referirse, indistintamente, a los que lo eran por ser hijos de los mismos padres, o a los que sólo resultaban parientes, miembros de la misma familia.

Si María hubiera tenido otros hijos, ¿cómo es que Jesús se la entrega a Juan, poco antes de expirar en la cruz, diciéndole primero a la madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo, y luego, dirigiéndose al discípulo: Ahí tienes a tu madre? (Juan 19,27). Es muy significativo lo que el propio Juan agrega en el mismo versículo 27: Y desde aquella hora la acogió el discípulo en su casa.

CON NOMBRES PROPIOS

Cuatro supuestos "hermanos de Jesús" aparecen en los evangelios. Los mencionan por sus nombres Mateo (13,55) y Marcos (6,3) y los llaman: Santiago, José, Simón y Judas.

Los propios evangelistas se encargan de mencionar el nombre de la madre de, al menos, dos de ellos.

Con ocasión de la crucifixión de Jesús, Mateo dice que entre las mujeres que allí se encontraban, observando desde lejos, estaba María la madre de Santiago y José (27,56).

Marcos, por su parte, dice algo muy parecido: Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé... (15,40).

Juan nos ayudara a entender de quien se trata, y es un testigo excepcional, por cuanto fue el único discípulo que se encontraba cerca. En su evangelio dice:

Estaban de pie junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena (19,25).

Parece, pues, que la santísima Virgen tenía una hermana llamada tambien María, nombre muy común entre los judíos, esposa de un tal Cleofás, y ésta sería la madre de dos de los mencionados "hermanos", que por tanto eran "primos" de Jesús. ¿O quizás emplea aquí el evangelista la palabra "hermana" para referirse a una parienta de María? No lo sabemos.

Podemos deducir que los otros dos pertenecían también a la familia. Y aunque algunos han querido ver en los "hermanos de Jesús" a los supuestos hijos de José, viudo y con hijos, basados en el Protoevangelio de Santiago, creo que la explicación ofrecida es la más aceptable.

DE LA OSCURIDAD A LA POPULARIDAD

Durante sus primeros treinta años, aproximadamente, Jesús fue conocido sólo por un puñadito de personas, aquellos que vivían a su alrededor.

No olvidemos que Nazaret era un simple villorrio que no aparecía en mapa alguno de aquellos tiempos, por lo que podemos deducir que se trataba de una aldea insignificante.

Pero después que se acerca al río Jordán, donde Juan estaba predicando, para ser allí bautizado, y luego de pasar cuarenta días en el desierto en profundo retiro espiritual como preparación para su misión, comienza a predicar y a hacer milagros, entonces todo cambió como por arte de magia.

La gente comienza a hablar de él. Se hace popular, como lo recoge Lucas con estas palabras: Con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Galilea, y llegó noticia de él a toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos se hacían lenguas de él (14,14-15).

Prácticamente se convierte en un personaje, un maestro o "rabbi", que tiene sus propios discípulos, a quien las multitudes siguen por todas partes, no solo para oírlo, sino también para verle realizar milagros. Quizás más lo segundo que lo primero, aunque su forma de hablar despierta interés en casi todos.

POPULARIDAD DE JESÚS

El mismo Jesús se refiere al afán de la gente por verle hacer milagros cuando, visitando por primera vez la sinagoga de Nazaret, después de haber abandonado definitivamente aquel que era su pueblo, se dirige a los presentes con estos términos: Seguro que ustedes me aplicarán el proverbio aquel:

"Médico, cúrate a ti mismo"; todo lo que, según hemos oído, has hecho en Cafarnaum, hazlo también aquí en tu tierra (Lucas 4,23).

Si aceptamos, pues, lo que dicen los evangelistas, no podemos dudar que Jesús se iba haciendo ampliamente conocido entre la gente. Esto, en realidad, fue lo que le ganó la enemistad de las autoridades judías, ya que no lo hubieran considerado peligroso de no arrastrar a muchos y tener buena influencia sobre ellos.

Veamos lo que dice Juan: Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces una sesión del Consejo y decían: -¿Qué hacemos? Porque ese hombre realiza muchas señales. Si lo dejamos seguir así, todos van a darle su adhesión y vendrán los romanos y quitarán de en medio nuestro lugar sagrado e incluso nuestra nación (11,47-48).

La preocupación de los dirigentes es, pues, justificada, de acuerdo a sus propios criterios y ambiciones. Se trata de alguien que amenaza sus posiciones, y su única fuerza es el arraigo popular, pues ni tiene riquezas ni sus seguidores son gente de guerra dispuesta a armar una revolución violenta.

UN CAMBIO DE ACTITUD

Después de haber movido multitudes, Jesús se vio solo, abandonado, sin apenas nadie que sacara la cara para defenderlo.

¿No resulta raro todo esto? ¿A qué se debió ese cambio imprevisto? ¿No parecía que el pueblo le daba su apoyo y creía en sus enseñanzas?

Hoy podemos analizar los hechos a la luz de la sicología de las masas y tenemos elementos de juicio suficientes para concluir que se trató de una decepción colectiva ante el aparente fracaso de aquel en quien se habían puesto todas las esperanzas.

A ese pueblo lo cogió desprevenida la venida del Mesías, pues estaba demasiado materializado esperando un caudillo que pusiera fin a la dominación romana y creyeron que el momento había llegado con la aparición de este predicador y taumatugo que tantas simpatías había despertado.

Seguían al hombre correcto pero en forma incorrecta. Y no fueron capaces de rectificar a tiempo su error.

Hasta sus propios apóstoles habían visto en El al Mesías por tanto tiempo esperado, pero con una interpretación temporal que desfiguraba totalmente la misión salvadora de su Maestro. Por eso casi todos ellos se sumaron a los que, a la hora buena, lo abandonaron. Sólo que después de la resurrección se arrepintieron, con la excepción de Judas.

EL VERDADERO MESÍAS

¿Quién va a seguir a un fracasado? ¿Quién está dispuesto a arriesgar la vida por un iluso que pretende ser el Mesías?

Esa fue la actitud de apóstoles, discípulos y seguidores en general.

Dejemos hablar a los dos de Emaús, contestando al propio Jesús que les preguntó por el camino de qué tema conversaban: De lo de Jesús Nazareno, que resultó ser un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo: de cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte. Y lo crucificaron, cuando nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel (Lucas 24, 19-21).

Muchos hoy, por desgracia, siguen también a Cristo esperando de El no ya la liberación eterna, que fue la única que vino a darnos, por ser nosotros incapaces de conseguirla, sino la solución de los problemas de este mundo, la curación de las enfermedades o el alivio de las presiones económicas o de otro género.

Pablo vio claro ese terrible error. Por eso no duda en decir: Si la esperanza que tenemos en el Mesías es sólo para esta vida, somos los más desgraciados de los hombres (1ª Corintios 15,19).

EL HIJO DE DIOS

Si reducimos a Jesús a la condición de un simple hombre - por más importante, inteligente, bueno e influyente que haya sido - no podríamos entender en modo alguno su personalidad.

El, si bien trató por todos los medios de que su personalidad divina se mantuviese oculta, no dejó de presentarse como Hijo de Dios, de tal forma que sus enemigos encontraron suficientes motivos para acusarlo.

Habiéndolo llevado ante el Consejo o Sanedrín, después de apresarlo, el Sumo Sacerdote dijo a Jesús: - Yo te conjuro de

parte de Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo o Mesías, el Hijo de Dios. Le respondió Jesús: Tú lo has dicho. Y aún les declaro, que verán después a este Hijo del hombre, que tienen delante, sentado a la diestra de la majestad de Dios, venir sobre las nubes del cielo (Mateo 26,63-64).

Luego los jefes judíos dirán ante Pilato, el gobernador romano:

- Nosotros tenemos una ley, y según esta ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios (Juan 19,7).

Los evangelistas recogen varias ocasiones en que Jesús expresa, casi sin ambages, su condición divina, como cuando en discusión con autoridades judías, a propósito de Abraham, dice claramente: - En verdad, en verdad les digo, que antes que Abrahán naciera, yo existo (Juan 8,58).

¿Que pasaría si, pese a todas estas manifestaciones, tuviésemos que concluir que Jesús fue sólo un simple hombre?

Pues que entonces no lo podríamos considerar siquiera como un ejemplar humano, alguien que ha sido guía e inspiración para millones de personas, sino un charlatán, un embaucador, un perverso mentiroso que engañó a sus discípulos y les hizo creer en una monstruosa fantasía producto de una cabeza alocada o malintencionada.

No creo que esto pueda ser siquiera considerado con seriedad, ya que ningún loco es capaz de inspirar tanta bondad, como ha hecho Jesús, y no ha habido líder por quien tantos millones hayan estado dispuestos a morir.

Nadie, por otro lado, se atrevió nunca a decir de sí mismo lo que Jesús. Ni siquiera los fundadores de otras grandes religiones. Todos ellos se presentaron como profetas o enviados, pero ninguno dijo que había venido como Hijo de Dios a realizar el designio salvador que el Padre tenía desde el principio de los siglos.

Hojeando los evangelios podemos encontrar multitud de frases donde Jesús se presenta como la única opción posible: - Yo soy el camino, la verdad, y la vida: Nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14,6). O esta otra: - Quien me ve a mí, ve también al Padre (Juan 14,9).

Es indiscutible, pues, que Jesús no sólo tenía una clara idea de la misión que el Padre le había encomendado, sino que además quería enseñar lo que El era a todos los que quisiesen escucharlo.

A muchos reprocharía su falta de fe, como a los apóstoles en la Última Cena: - ¿No creen que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les hablo, no las hablo de mí mismo. El Padre que está en mí, él mismo hace conmigo las obras que yo hago. ¿Cómo no creen que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Créanlo al menos por las obras que yo hago (Juan 14,10-11).

Por otro lado, en Jesús todo encuentra una explicación y todo adquiere sentido. Su mensaje es el más completo y su doctrina la respuesta más convincente a los problemas humanos. Esto no puede entenderse si se tratara de un simple hombre.

Juan, en el prólogo de su evangelio, se referirá a El como el Verbo de Dios y dirá: Todo se hizo por El y sin El no existe nada de lo que se ha hecho (1,3). Y luego agregará: Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la que corresponde al Hijo Unico del Padre: en él todo era amor y fidelidad (1,14).

Es innegable que la fe de los apóstoles y su conciencia de la realidad divina de Jesús fue creciendo paulatinamente, sobre todo después que recibieron el Espíritu Santo que El mismo les había prometido enviar desde el seno del Padre.

Pablo podrá exclamar: El (Jesús) que era de condición divina, no se aferró celoso a su igualdad con Dios sino que se rebajó a sí mismo hasta ya no ser nada, tomando la condición de esclavo, y llegó a ser semejante a los hombres. Habiéndose comportado como hombre, se humilló, y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de una cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le concedió el Nombre que está sobre todo otro nombre, para que ante el Nombre de Jesús todos se arrodillen en los cielos, en la tierra y entre los muertos. Y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para la gloria de Dios Padre (Filipenses 2,6-11).

EL HIJO DEL HOMBRE

Es muchísimo más fácil probar que Jesús fue verdadero hombre que verdadero Dios. El problema estaría, más bien, en conjugar ambas realidades en una misma persona.

De todos modos, también algunos han negado hasta la misma existencia histórica de Jesús, basados en la escasa o nula información que sobre él dan los cronistas de la época, o en prejuicios ateizantes que pretenden colocar a Jesús en la categoría de los mitos.

Aunque es muy cierto que la única fuente de información que poseemos sobre Jesús son los escritos del Nuevo Testamento, especialmente los cuatro evangelios, ya que las referencias de otros escritores de la época son casi nulas y se refieren, sobre todo, a sus discípulos, esto no tiene por qué significar que tales escritos sean un conjunto de mentiras.

Los judíos eran, por aquellas fechas, un pueblo pequeño, dominado políticamente por la primera potencia de la época, el Imperio Romano. Era tan escasa su infuencia en el mundo de entonces que lo que pasaba entre ellos apenas tenía resonancia.

No es extraño, pues, que la aparición de Jesús pasase inadvertida para escritores no judíos, pues no daban ninguna importancia a "discusiones religiosas" internas de un pueblo subyugado.

Cristo, lo sabemos por la fe, no vino a convencer por sus dotes de orador ni tan siquiera por sus milagros. De haber sido así habría buscado otro escenario más propicio y hubiese usado una personalidad a lo "superman", de forma que nadie tuviera dudas de su poderío y su relación directa con Dios.

Sin embargo, se presenta en medio de un pueblo que, por aquel entonces, apenas tenía importancia política, y lo hace en medio de una familia pobre y sin recursos de ninguna especie. Sus propios contemporáneos dudarán de él porque es "el hijo del carpintero", cuya "madre y hermanos son bien conocidos".

Del total de los años de su vida, que parece fueron unos treinta y tres, sólo unos pocos de ellos, quizás tres, los dedicó a la predicación de su mensaje y a darse ampliamente a conocer por los rincones de Palestina.

La mayor parte del tiempo lo pasa en la región de Galilea, que era la menos judía de las dos en que había quedado concentrada la mayor parte de los descendientes de Abraham. Se le llamaba "Galilea de los gentiles" por esta razón.

Fueron galileos sus apóstoles y más allegados discípulos, que no eran, precisamente, de lo más selecto de la población, sino en su mayoría rudos pescadores del lago de Genesaret, con escasa cultura y casi ningún reconocimiento social.

Estos mismos discípulos, que disfrutaron extensamente de su compañía y de su enseñanza, viéndole hacer milagros y grandes prodigios, llegada la hora lo abandonaron cobardemente, dudando luego de la posibilidad de su resurrección.

Tuvo Jesús que convencerlos con pruebas irrefutables para que creyeran, y luego les envía el Espíritu Santo que les dará la fortaleza para cumplir la misión que su Maestro les había encomendado.

Fue sólo después de este hecho que los apóstoles y discípulos se decidieron a predicar, corriendo toda clase de peligros hasta caer casi todos víctimas de la persecución contra ellos desatada, primero por las autoridades judías y luego por los emperadores romanos, pero demostrando con ello que su testimonio era verdadero.

Aquel Jesús del que apenas nadie habló durante su paso por la tierra iba, con todo, a estremecer las raíces mismas de la Historia, haciendo que su aparente débil mensaje de salvación, o Buena Noticia (Evangelio), cruzara los límites palestinos y llegara a los parajes más recónditos, cambiando los corazones y provocando reacciones disímiles: en unos la disposición a morir por su causa, en otros un rechazo tal que se convierte en odio y persecución a muerte.

CRISTO: SU OBRA Y SU MENSAJE

Dios envía su Hijo a la tierra con un solo propósito: salvar al hombre, a toda la humanidad, del poder del mal y de la eterna condenación que el mismo conllevaba.

Todo lo prepara por cientos de años, hasta que, llegado el momento por El escogido, hace realidad las promesas tantas veces anunciadas: Les ha nacido un Salvador (Lucas 2,11).

La historia humana del Hijo de Dios comienza en apariencias como la de cualquier otro hombre, ya que apenas dos personas conocieron entonces la realidad de la concepción virginal obrada en María, en cuyo vientre el Espíritu Santo obró el prodigio de la Encarnación.

BELÉN DE JUDÁ

Es significativo, sin embargo, que el nacimiento tenga lugar en un sitio diferente a aquel en que, habitualmente, vivían José y María. Dios hace coincidir su voluntad con un capricho de César Augusto, el emperador romano, quien manda que se realice un censo de todos los habitantes de Palestina. Esto obliga a María y José, descendientes ambos de David, a viajar hasta Belén (que significa "casa del pan"), pequeña población donde el gran rey y profeta había nacido.

Ya esto lo había profetizado Miqueas al decir: Y tú, Belén, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel (5,1).

Quiso Dios, por este hecho, enfatizar que en Jesús se cumplían las profecías y las promesas hechas a David, al mismo tiempo que obliga a que Jesús nazca en la más estricta pobreza, en condiciones bien difíciles, para subrayar la total gratuidad del designio salvador, que no ha de depender de ningún recurso humano ni de ningún poder terreno.

LA INFANCIA

Poco sabemos de la infancia de Jesús. Lucas destaca sobre todo el nacimiento, la presentación en el Templo a los cuarenta días de nacido y más tarde la primera vez que participara en la fiesta de Pascua, eso después de haber cumplido la edad reglamentaria, los trece años.

Es Mateo quien se encarga de narrarnos, con detalles, la visita de unos magos de Oriente y la huida a Egipto, de lo que Lucas no parece haber tenido noticia. Esto último no sería raro, ya que es muy probable que el evangelista haya tratado de reconstruir la infancia de Jesús a través de los relatos que pudo recopilar, y ciertos hechos pudieron escapar a su investigación.

No estamos, en modo alguno, ante una biografía tal y como hoy se considera este género literario.

LA JUVENTUD

Si de la infancia sabemos poco, de la juventud es casi nada. A lo más podemos sacar algunas conjeturas, que en modo alguno dan pie para ciertas fantasías, como la de aquellos que pretenden hacer creer que Jesús anduvo viajando por la India y otros lugares, y regresó lleno de conocimientos que fueron los que le permitieron asombrar a sus coterráneos con su elocuencia y sabiduría.

De ser esto así lo habrían sabido sus primeros discípulos, y ya sabemos que éstos, en modo alguno, se muestran demasiado crédulos, sino todo lo contrario.

Los evangelistas recogen más bien que los vecinos de Nazaret, ante la inesperada fama de Jesús, se asombran y dicen: - ¿De dónde saca éste ese saber y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¡Si su madre es María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas! ¡Si sus hermanas viven todas aquí! ¿De dónde saca entonces todo eso? (Mateo 13,55-56).

Jesús, en el silencio y la oración, se preparaba para cumplir la misión que el Padre le había encomendado. Poco importa si, como hombre, fue tomando poco a poco conciencia de su condición mesiánica o ya lo sabía todo desde un comienzo. Esto se lo dejamos a la consideración de los teólogos, aunque pensamos que no es muy fácil entender las relaciones que, entre divinidad y humanidad, se daban en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre.

LA UNCIÓN DEL ELEGIDO

Lo cierto es que, llegada la hora, cuando tendría unos treinta años, Jesús abandona Nazaret y se dirige a la región del Jordán donde Juan bautizaba. Allí va a encontrarse con quien era su Precursor, y se hará bautizar por él.

Este hecho marcará un hito importante: Jesús, en el agua, después de recibir el bautismo, será ungido por el Espíritu Santo que se aparecerá en forma de una paloma, mientras se deja escuchar la voz del Padre: Este es mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto (Mateo 3,17).

En adelante será el Espíritu quien lo guiará, como dice Mateo a propósito de su estadía en el desierto durante cuarenta días: El Espíritu condujo a Jesús al desierto para que el diablo lo pusiera a prueba (4,1).

Desde entonces su principal actividad será predicar, enseñando a todo el que quiera escucharle el mensaje de la salvación y del amor. Con palabras sencillas develará el corazón de Dios, Padre amoroso que desea la salvación para todos sus hijos, al mismo tiempo que cuenta con ellos para darles una eternidad feliz.

Esto hace que descubra también la misión que tiene el hombre en la tierra, el sentido de su vida, de sus luchas y sufrimientos, de su pasión y de su muerte.

LOS MILAGROS

Su enseñanza se verá reforzada por hechos prodigiosos, milagros y curaciones que demostrarán su vinculación con el Padre y un poder que sólo puede emanar de Dios.

Muchos han querido minimizar la importancia de estos signos, diciendo que no todos fueron milagros y que aún los que hizo fueron muy pocos. El mismo Jesús, según el testimonio de los evangelistas, tampoco parece darles demasiada importancia, por cuanto en muchos casos insiste en que no se les dé publicidad.

Los milagros de Jesús, muchos o pocos, hay que verlos como una forma de reforzar sus palabras, pero en modo alguno como un medio para llamar la atención sobre su persona.

Es innegable que si Dios hubiera querido, Jesús se habría presentado en el mundo como una especie de "superman" capaz de resolver todos los problemas, sanando lo que estaba podrido y haciendo realidad todos los sueños de los seres humanos. Pero su misión, como sabemos, tenía una trascendencia mucho mayor.

Una cosa es clara: Jesús no vino para resolver los problemas materiales de los seres humanos, sino para dar a cada uno la oportunidad de salvación eterna, ofreciéndola a todos sin distinción, pero exigiendo a quien quiera salvarse la transformación de sus vidas y el cumplimiento, lo más perfecto posible, de la voluntad de Dios.

No nos exige, con todo, impecabilidad, ya que no sólo anunció el perdón de los pecados, sino la oportunidad de contar con la misericordia de Dios todas las veces que hiciere falta.

ACTIVIDAD Y VIDA PÚBLICA

El centro de la misión de Jesús se desarrollará no en poder sino en debilidad, no en riqueza sino en pobreza, no en esplendor sino en humillación.

Lo que ocurre en su nacimiento es un preludio. Toda su vida será pobre en el más estricto sentido de la palabra, invitándonos a no depender de las cosas materiales sino a confiar en la Providencia divina.

Los evangelistas nos presentan los últimos años de Jesús como de constante actividad apostólica, trasladándose de un lugar a otro, reuniéndose con diversos grupos de personas que, a veces, tanto por su número como por su insistencia, no le dan tiempo ni para descansar.

Esto, al menos aparentemente, le gana muchos amigos, pero también enemigos. Sus formas de actuar, pero sobre todo sus maneras de hablar y su misma enseñanza, van en contra de muchas de las cosas que las autoridades judías (sacerdotes, escribas, fariseos y saduceos, que forman la élite del poder, del saber y de la economía del pueblo judío en tiempos de Jesús), se empeñan en defender y mantener.

EL MENSAJE

Cristo vino a predicar y, sobre todo, instaurar un nuevo orden, concorde con la Nueva Alianza que ha de establecer entre Dios y los hombres. Esto significa no tanto destruir la Ley antigua - No piensen que he venido a derogar la Ley o los profetas (Mateo 5,17) -, sino a exigir una conversión de mentes y corazones, lo que supone un ejercicio de humildad, a fin de llegar a la "negación de sí mismo" y a poner la voluntad de Dios por encima de la propia.

Las autoridades judías, sobre todo, ven en El un peligro, pues comprenden que de realizarse lo que El predica y anuncia, su poder quedaría virtualmente destruido. Esto los lleva a defenderse tenazmente, tratando de buscar los medios para acusarlo y perderlo.

La tarea les hubiera resultado mucho más fácil si su autoridad hubiese sido omnímoda, pero en aquellos momentos otro poder superior estaba sobre el de ellos: el Imperio Romano.

Aunque la política de los emperadores fue muy cautelosa en cuanto a las costumbres y actividad interna de los pueblos conquistados, se reservaban todo lo que podía poner en riesgo su dominio, como el juicio de los casos que ameritaran, por ejemplo, pena de muerte.

POR VOLUNTAD DE DIOS

Con todo, Jesús, en varias ocasiones, hace ver claramente que él daría su vida libremente, sin que lo tengan que obligar a ello, y sólo cuando llegue el momento conveniente.

En una ocasión, estando en Nazaret, sus antiguos convecinos, quizás incitados por algunos de sus enemigos, se sintieron muy irritados con sus palabras y trataron de despeñarlo. Lucas nos dice que El se dejó llevar hasta la orilla del precipicio, pero luego dio media vuelta, y caminó en medio de ellos sin que nadie pudiera detenerlo (4,28-30).

Juan nos narra que en el huerto de Getsemaní Jesús preguntó a los que iban a prenderlo: - ¿A quién buscan ustedes?, y al responderles ellos que a Jesús Nazareno, El les respondió: Yo soy. Al oír esto ellos dieron un paso atrás y cayeron a tierra (18.4-6).

UN PROCURADOR ALTANERO

Después de la muerte de Herodes el Grande y del fracaso de su hijo Arquelao como rey de Judea, Roma no quiso correr riesgos con un pueblo tan difícil de gobernar, pues en los ojos de aquellos judíos testarudos podía notarse el orgullo de raza y el rechazo a la dominación extranjera.

En el año 26 d.C. fue nombrado como procurador o Prefecto un protegido de Sejano, administrador del Imperio en tiempos de Tiberio. Amparado en ese padrinazgo el nuevo procurador demostró desde su cargo no tener ninguna simpatía por aquellos a quienes debía gobernar, mostrando además mano de hierro y hasta crueldad cuando se presentaba la oportunidad.

Parece ser que Poncio Pilato no tenía escrúpulos para dominar una situación a sangre y fuego, si así era preciso, según su parecer. Por otro lado, irritaba a los judíos por su falta de respeto hacia la religión, lo que le valió no pocas críticas y acusaciones.

Quizás por todo esto, cuando los dirigentes judíos le presentan a Jesús para que lo juzgase, a Pilato se le ocurre que es una buena ocasión para vengarse de ellos, negándose a secundar sus planes de hacer desaparecer al predicador galileo.

LA FUERZA PUESTA A PRUEBA

Es posible que en esta ocasión el Procurador subestimase la perspicacia de sus adversarios, que utilizaron un arma muy eficaz para ganarle la partida. Esta fue presentar a Jesús como un revolucionario, uno de esos terribles "zelotes", patriotas a ultranza que buscaban la liberación del yugo opresor por medio de la violencia y la sedición.

Lo que era algo de carácter religioso se tornó político. No se acusaba a Jesús de ser un reformador de las creencias y las prácticas religiosas, sino de querer subvertir el orden establecido por los romanos, para alzarse con el poder y declararse independiente del Imperio.

Sabemos por los evangelios que en ninguna ocasión mostró Jesús un deseo semejante, pero para los dirigentes judíos lo importante era destruirlo, aunque para ello hubiese que usar de la calumnia y la mentira.

Para lograrlo se propusieron intimidar al Procurador. Y ¡vaya si lo consiguieron! Ningún argumento podía ser mejor que éste, pues en política nadie se siente seguro, especialmente cuando se está al arbitrio del capricho de hombres tan volubles como emperadores o tiranos. Tiberio no era precisamente la excepción.

UN COBARDE Y NADA MÁS

Si Pilato se arrepintió después de su cobardía, no lo sabemos. Pero nada nos autoriza a ver en él a un hombre honesto, dispuesto a defender a Jesús porque lo considerara realmente inocente.

Lo que Pilato quería era ganarle el juego político a los dirigentes judíos, pero esta vez salió perdiendo. Su amabilidad con Jesús fue sólo aparente, pues aún antes de decidir su suerte y entregarle a muerte ignominiosa, lo hizo azotar salvajemente, permitiendo además que sus soldados cometieran toda clase de atropellos contra él.

Es más, hasta quiso usar de la figura de Jesús para congraciarse con Herodes Antipas, el tetrarca de Galilea, con quien parece se encontraba disgustado, quizás en un intento de buscar apoyo.

Su gesto dramático de lavarse las manos, para significar que no era culpable de la muerte de Jesús, fue sólo una manera de despreciar a los judíos, que lo habían humillado al salirse con la suya. Nada más.

Su vida terminaría en forma parecida a la de Judas. Aunque no hay confirmación de lo ocurrido, parece ser que después que fuera destituido de su puesto por nuevas acusaciones de crueldad contra los judíos, viéndose en desgracia y desterrado, se quitó la vida.

Triste destino para quien no supo aprovechar la gran oportunidad de verdadera grandeza que Dios puso en sus manos.

EL FRACASO DE LA CRUZ Y EL TRIUNFO DE LA RESURRECCIÓN

El punto central de toda la vida de Jesús está en su pasión, muerte y resurrección. Llegada la hora, aquel profeta y taumaturgo que parecía tener el mismo poder para sanar un enfermo que para calmar las aguas enfurecidas del lago, como también para resucitar un muerto, se encontrará, al menos aparentemente, desprovisto de toda fuerza.

El va a conservar, eso sí, toda su dignidad a través del proceso que ha de sufrir. En el huerto no se dejará detener sin poner en claro delante de aquella turba que se entrega voluntariamente. Luego en casa de Anás y en presencia del Sumo Pontífice, Caifás, y del Sanedrín, se defenderá cuando es injustamente abofeteado o calumniosamente acusado.

Frente a Pilato mantendrá la misma calma, y ante Herodes, el corrupto asesino de Juan el Bautista, ni siquiera abrirá la boca.

Después de esto soportará todo el sufrimiento sin una queja. Ninguna vejación será ya contestada. Y en la cruz demostrará el valor supremo pidiendo perdón para sus enemigos y verdugos.

Sólo parece quejarse ante su Padre al recitar el salmo 22: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

La muerte de Jesús aparece ante todos como el gran fracaso de uno que pretendió llegar al poder y resultó fatalmente derrotado. Pero como El mismo había declarado en varias ocasiones, fue precisamente todo lo contrario. Las formas de actuar de Dios son el reverso de las del hombre. Humillándose, Jesús fue enaltecido (Ver Filipenses 2, 8-11).

Si Jesús hubiera quedado muerto toda su obra habría resultado un verdadero fracaso. Así lo reconoce san Pablo: Y si Cristo no resucitó, ustedes no pueden esperar nada de su fe y siguen con sus pecados. Y también los que entraron en el descanso junto a Cristo están perdidos. Y si sólo para esta vida esperamos en Cristo, somos los más infelices de todos los hombres. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, y resucitó como primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los que duermen (1ª Corintios 15,17-20).

Así lo afirmaron también aquellos ángeles que vieron las mujeres al llegar al sepulcro: - ¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí. Resucitó. Acuérdense de los que les dijo cuando todavía estaba en Galilea: El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de gente pecadora y ser crucificado, pero al tercer día resucitará (Lucas 24, 6-7).

Efectivamente, Jesús había predicho que resucitaría. Los evangelistas recogen tres ocasiones en que había anunciado a sus discípulos que tenía que padecer y morir, pero que al tercer día volvería a vivir.

Veamos como nos lo reporta san Mateo:

1) En 16,21: A partir de ese día, Jesucristo comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalen y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley lo iban a hacer sufrir mucho. Les dijo también que iba a ser condenado a muerte y que resucitaría al tercer día.
2) En 17,9: Después de la transfiguración Jesús dijo a Pedro, Santiago y Juan, mientras bajaban del monte: No hablen a nadie de lo que acaban de ver, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.
3) En 20,17-19: Jesús, al empezar el viaje a Jerusalén, tomó aparte a los Doce y les dijo en el camino: -Miren, estamos subiendo a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre deber ser entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la Ley, que lo condenarán a muerte. Lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen. Pero él resucitará al tercer día.

Lo raro es que ellos no se acordaron para nada de sus palabras, quizás porque las oyeron sin prestarles mucha atención, o porque creyeron que se trataba de una forma de hablar usada por Jesús para que no se formaran una falsa idea de lo que podían esperar de él.

De acuerdo al relato de los evangelistas, casi ninguno de entre los discípulos estaba convencido de que su Maestro volvería a la vida. Aunque es posible que sintieran en el fondo del alma la esperanza de que todo lo que habían visto terminaría felizmente, sus almas estaban anonadadas ante el peso de la evidencia.

Jesús había muerto de una manera de lo más bochornosa. Todo el poder que había exhibido mientras hacía milagros o predicaba se le había esfumado, y sus enemigos hicieron de él lo que les vino en ganas.

Esto los aterrorizó, pues pensaban, con toda razón, que si se mostraban en público como los seguidores del Ajusticiado, podrían pasarlas muy mal.

Esto fue lo que, a fin de cuentas, llevó a Pedro a negar a Jesús por tres veces en el atrio de la casa del Sumo Pontífice, cuando algunos criados se dieron cuenta de su presencia y lo acusaron de ser un seguidor del que estaba siendo juzgado.

Por eso se escondieron, buscando también evitar la vergüenza de tener que presentarse ante la gente como los amigos del taumaturgo fracasado.

En realidad, si los hombres que seguían a Jesús se portaron cobardemente, con la excepción de Juan, podemos admirar la fortaleza de aquellas mujeres discípulas de Jesús.

La mujer ha sido siempre vista como un ser débil, y de suyo lo es en muchos sentidos. Pero, ¡qué fuerte resulta la mujer cuando ama! Por eso es capaz de los mayores sacrificios cuando obra por amor.

El hombre podrá ser un héroe, capaz de las mayores hazañas, pero raras veces llega a la sublime forma de entrega que tiene la mujer, sobre todo cuando es una de verdad, y no de esas que han trastocado sus más delicados sentimientos por habérseles atrofiado y pervertido el corazón.

LOS TESTIGOS

Fueron mujeres las primeras testigos del hecho más trascendental de la historia humana. Ellas, no lo olvidemos, fueron también las que acompañaron a Jesús - con la excepción ya mencionada - hasta el último momento de su vida. ¿Acaso no merecían ser las primeras en verlo resucitado?

Algo que llama realmente la atención es que a Cristo resucitado sólo lo vieron un puñado de personas. San Pablo dice en su 1ª Carta a los Corintios: Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez; la mayor parte viven todavía, aunque algunos han muerto (15,6).

Uno podría preguntarse, ¿por qué? Pues si se trataba de que todos creyeran en El, la mejor prueba hubiera sido que todo el mundo lo viera resucitado.

Se supone que en Jerusalén, para las grandes fiestas, se reunían hasta medio millón de personas, siendo su población normal unos cien mil. Como Jesús fue crucificado en vísperas de la fiesta de Pascua, las más importante de todas, podríamos calcular que la ciudad estaría atestada de gente que, de seguro, no querría perderse el espectáculo de ver clavado en la cruz a quien había llegado a ser famoso por su predicación y sus milagros.

¿Podríamos imaginarnos qué hubiera ocurrido si Jesús, condenado por la autoridad romana al suplicio más humillante, pues era reservado para los esclavos rebeldes o los sediciosos que trataban de soliviantar las colonias en contra de Roma, se hubiera presentado luego, resucitado, no sólo ante los judíos, sino también en la misma capital del Imperio, para decirles: "Ya ven que lo que yo les decía es la pura verdad"?

Ya entonces no correría peligro alguno, puesto que, siendo su cuerpo glorioso, nadie podría hacerle nada, por lo que hasta tendría la posibilidad de dar demostraciones de la diferencia entre un cuerpo carnal y otro glorioso.

En realidad hubiera sido un gran espectáculo, del que habrían hablado por todas partes, sin que nadie pudiera negarlo, pues estaba a la vista de todos y a prueba de trucos.

¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué Jesús prefirió el sigilo, dedicando los cuarenta días posteriores a su resurrección a aparecerse en secreto sólo a los que de verdad habían creído en El?

Hoy es casi imposible encontrar un documento o escrito de su tiempo, fuera de los evangelios y las escrituras cristianas, que hable de El. Sin embargo, todo habria sido diferente si se hubiera aparecido ante todos, sobre todo en la misma Roma. Podemos estar seguros de que la mayoría de los escritores de aquel tiempo le habrían dedicado algunas páginas, consignando el hecho de su resurrección como uno de los más grandes, si no el mayor y más extraordinario de los ocurridos en la Historia.

Todo esto, lógicamente, hubiera sido muy bonito de acuerdo a nuestra mentalidad y también a la lógica de las modernas técnicas publicitarias, pero no según la mente de Dios.

Podríamos recordar que cuando Jesús fue tentado en el desierto, el diablo "lo llevó" al pináculo del Templo, diciéndole que se lanzara hacia abajo, dándole a entender que, como no le pasaría nada, todo el mundo iba a creer en él. Sin embargo, Jesús rechazó de plano la idea. No era por la vía fácil de la publicidad y el espectáculo que El iba a proclamar su mensaje de salvación.

Dios podría convencernos fácilmente a todos de la verdad. El podría darnos pruebas inequívocas de todo aquello que nos invita a creer, hasta el punto de no poder tener duda alguna de ello. Sin embargo, no lo ha hecho.

Su Revelación ha sido lenta y parca. En el Antiguo Testamento, a pesar de los siglos transcurridos, poco era lo que sabían los judíos acerca de Dios, de tal modo que algunos de entre ellos, incluso sacerdotes y dirigentes, como el grupo de los saduceos, negaban que existiera vida después de la muerte.

El mismo libro del Eclesiastés, pese a estar incluido en el canon de las Santas Escrituras, es bastante pesimista, y no permite vislumbrar nuevos horizontes que entrañen una esperanza de salvación eterna.

Jesús, si bien nos aclaró todo el sentido del Antiguo Testamento, no utilizó todos sus recursos para convencer, en forma absoluta, de las verdades que proclamaba. Muchos de sus milagros apenas fueron conocidos por un pequeño grupo, pues El hasta prohibía que los divulgasen.

¿Cómo entender todo esto?

La única explicación posible a esta situación es que la salvación, siendo gratuita, debe lograrse a través de la fe.

Se trata de dar nuestro asentimiento personal a la Palabra de Dios. Y esto ha ocurrido así desde el principio. Adán y Eva, según el relato bíblico, tuvieron que "definirse" ante Dios. Lo mismo ocurriría luego con Abraham, a quien se exige una fe absoluta.

Eso lleva a Pablo a decir: Porque, si Abraham fue rehabilitado por sus obras, tiene que estar orgulloso. Sí, pero con Dios no hubo tales; a ver, ¿qué dice la Escritura? "Abraham confió en Dios y eso le valió la rehabilitación" (Romanos 4,2-3).

Así tiene que pasar con nosotros. Por eso sigue diciendo Pablo: Pero ese "le valió" no se escribió sólo para él, sino también para nosotros; nos valdrá a nosotros porque tenemos fe en el que resucitó de la muerte a Jesús Señor nuestro, entregado por nuestros delitos y resucitado para nuestra rehabilitación (4,23-25).

Este es el único camino. Mucho más difícil y complicado, pues es como si tuviéramos que batallar constantemente en contra de las tinieblas que nos envuelven y nos hacen dudar.

¡Qué fácil hubiera sido que Jesús se dejara ver cada día de nosotros! Que al momento de la consagración pudiéramos verlo a El y no a un pedazo de pan y un poco de vino que "creemos" es su Cuerpo y su Sangre.

Pero sólo en la fe encontramos la senda que nos conduce hacia Jesús y la vida eterna que El nos ganó con su muerte y resurrección.

EPÍLOGO

El sistema de valores de cada persona depende, en gran manera, de la visión que se tenga de la vida. Sobre todo de lo que cada uno piensa acerca de la futura inmortalidad.

Para nosotros, cristianos, la fe en Jesús da a la vida un valor extraordinario, pues sabemos que nuestra permanencia en la tierra es sólo el preámbulo de una existencia que se irá superando hasta alcanzar la plenitud en la resurrección.

Lamentablemente muchos estiman que la vida en la tierra es lo único que pueden esperar y se lanzan, desesperadamente, a la búsqueda de satisfacciones corporales, el placer sexual o a la posesión de bienes materiales.

La enseñanza de Jesús nos lleva por un camino totalmente diferente, pues comienza por revelarnos el amor de un Padre que nos ama y quiere para nosotros sólo lo mejor.

Los que piensan que la muerte es el final de todo hacen derivar su teoría de la suposición de que o Dios no existe o El no se ocupa de los humanos.

Los ateos, en realidad, aparecen como más lógicos, pues al negar la existencia del Creador son incapaces de concebir que la vida pueda tener trascendencia alguna.

Lo asombroso es encontrar personas que admiten la existencia de Dios y, con todo, piensan al mismo tiempo que el Creador ha sido tan ridículamente tacaño que nos ha reducido a una existencia temporal, sin categoría suficiente para llenar los profundos anhelos que sentimos en el alma.

Porque hay algo que nadie puede negar, y es que todo ser humano lleva dentro de sí, como marcada al fuego, un ansia de perfección y felicidad que no hay manera de saciar en la tierra.

Esta vida sin Dios es imposible de ser concebida, pues no hay forma de explicar las maravillas del Universo sin pensar en Alguien que las hiciera posibles.

Pero esta vida, limitada a la etapa terrenal, con Dios, sería todavía más difícil de concebir, pues tendríamos que aceptar la existencia de un Ser superior lleno de maldad, dispuesto a destruir, para siempre, a los que concibió hambrientos de inmortalidad.

¿Qué Dios sería ése?

Al Dios, al verdadero, sólo lo podemos concebir como es: tal y como se nos ha revelado, primero a través de los patriarcas y profetas de Israel y luego, en forma más completa, por la presencia de su Hijo encarnado, Jesús, nuestro Redentor.

Es entonces cuando descubrimos que el mal no es la obra de Dios sino del hombre, que creado libre y destinado a gozar para siempre, se rebela contra su Creador y pretende suplantarlo.

La soberbia pierde al hombre y lo enfrenta a quien sólo busca ser su Padre. Desobediente, la criatura reclama para sí el poder de gobernarse y sólo encuentra muerte y perdición.

Pero no por ello deja Dios de amar al hombre. Todo lo contrario, aunque podría destruirlo o doblegarlo, espera pacientemente la oportunidad de salvarlo. En todo momento el Creador respeta la libertad de su criatura. Como dice san Agustín: Aquel que te creó sin ti no te salvará sin ti.

¿Cómo ha de salvar Dios al hombre? De la forma más inconcebible, pero que ha de probar, de manera indiscutible, que su amor es incomparable.

Ahí tenemos a Dios que, en la Persona del Hijo, desciende de la máxima altura hasta la humillación suprema. El Creador compartiendo la mísera condición en que se hallaba la criatura.

Jesús, al hacerse hombre, demuestra lo que Dios es capaz de hacer para vencer la resistencia de la soberbia humana. El hombre quiso ser Dios y es Este el que se abaja, haciéndose hombre, para curar definitivamente la locura que lo pierde con falsos sueños de grandeza.

Queden, pues, atrás, las fantasías que los humanos sin fe fabrican para olvidarse que viven en un mundo sin esperanzas.

Jesús dice: Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y el que haya creído en mí no morirá para siempre (Juan 11,25).

Por eso la gran noticia que los cristianos tenemos que dar al mundo es que Jesús de Nazaret, ha resucitado.

Esa es nuestra tarea y nuestra obligación. Esa es la misión de la Iglesia y de cada uno de sus miembros: Ir por el mundo y proclamar la Buena Noticia del amor de Dios y su designio salvador para todos y cada uno de los que habitamos este planeta.

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