AB PADRE BAZAN

Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS...

EL ADVIENTO

Esperar es muy propio del ser humano. Desde niños nos movemos impulsados por algo que anhelamos. Algo nos ilusiona y creemos que, cuando llegue el día en que lo consigamos, todo cambiará.

Esperar es, pues, una constante actitud de nuestra vida. Y cada vez que llega aquello que aguardamos, sufrimos una desilusión, pues nos convencemos de que no era lo que podía llenarnos, y tenemos que seguir esperando por otra cosa.

Dicen que el "que espera, desespera", sobre todo cuando nos vemos impotentes, sin nada que hacer para vencer el aburrimiento. Así hay muchos en este mundo. Han llegado a la conclusión de que no pueden esperar nada, como no sea la muerte, y se sienten totalmente frustrados.

Estos, muchas veces, buscan escapar de la situación, tratando, equivocadamente, de encontrar en los vicios una puerta de salida que les permita olvidarse de que están esperando. Cuando la frustración se vuelve mayor, su puerta de escape será el suicidio.

ADVIENTO ES ESPERA

El tiempo de Adviento es como una escuela donde aprendemos a esperar. Cierto que también es una preparación inmediata a la solemne y bella fiesta de Navidad, pero dando énfasis a la idea de que el Salvador, cuyo nacimiento recordamos, volverá para darnos participación en la gloria que conquistara con su Muerte y Resurrección.

En Adviento retomamos la actitud del pueblo de Israel, esclavo en Egipto, que consciente de su desgracia, clamaba a Dios que enviara a alguien a redimirlo.

Volvemos a sentir la angustia de ese mismo pueblo, exiliado posteriormente en Babilonia, y que sólo encuentra consuelo en las palabras de los profetas que lo alientan con la esperanza de un Mesías que ha de venir.

Nos unimos a la espera de un pequeño grupo de verdaderos creyentes, el "resto" de Israel, que nunca dejó de aguardar el día en que las promesas del Señor se cumpliesen.

Y adoptamos la postura humilde de María que, sorprendida por el anuncio del ángel, se dedica a esperar, llena de gozo, la llegada del que iba a ser Redentor del mundo.

ESPERANDO AL SALVADOR

Hace ya muchos siglos que Dios hizo ver al hombre que no lo había creado para que luego terminara en una fosa. Y sembró en la mente del pueblo de Israel el sentido de una sana espera, la del que sabe que después de la dura faena vendrá una abundante cosecha.

Siglos duró la espera, es cierto, pero, al final, apareció el Salvador. Es verdad que muchos de los que lo aguardaban también quedaron frustrados, desilusionados, pues habían desviado los objetivos y pensaban sólo en una salvación pasajera y circunstancial, circunscrita a los ámbitos de esta tierra.

Pero el mundo entero pudo, al fin, conocer el plan de Dios, y una brisa celestial se esparció a lo largo y ancho del planeta.

No, no somos unos condenados a muerte que vagamos sin sentido de un lado para otro, esperando sólo el día de volver a la nada. Somos los hijos de Dios que aguardamos la aparición gloriosa de nuestro Salvador.

Cristo ya ha dado respuesta a todos nuestros interrogantes. Ese vacío interior que desde niños hemos experimentado se debe a que fuimos creados para llenar nuestro corazón totalmente, y en la tierra nada ni nadie nos ayudará a conseguirlo.

SOMOS PEREGRINOS

Pero la espera cristiana nada tiene de estática. No es un sentarse, con los brazos cruzados, a aguardar a que alguien venga a resolvernos los problemas.

Por el contrario, se trata de una peregrinación, como la de los israelitas por el desierto, animados siempre con la esperanza de la Tierra Prometida.

Esta peregrinación supone que no tenemos lugar fijo en la tierra. No nos instalamos, pues estamos conscientes de que no pertenecemos a este mundo, ya que nuestra meta final es esa Patria Prometida que nos aguarda.

Un peregrino no es un simple caminante que marcha sin rumbos ni objetivos. Es alguien que camina ilusionado, siempre alegre aunque esté pasando por las peores circunstancias, pues lo anima la meta a la que cada día se acerca.

Su tarea concreta es luchar porque la tierra se parezca al cielo, logrando que los seres humanos lo sean a plenitud, hijos de Dios que se saben hermanos y como tales se aman los unos a los otros.

Así hemos de vivir el Adviento. Aprendiendo a esperar. Aprendiendo a vivir con la mirada en la tierra, pero con el corazón en el cielo.

TIEMPO DE PREPARACIÓN

Cada año la llegada del Adviento plantea un problema a los cristianos: cómo superar la irrealidad de una fiesta que hay que preparar en medio de un ambiente que parece ya adelantar la fiesta misma.

Hasta en muchas iglesias se oyen cantos propios del tiempo de Navidad durante el Adviento, lo que en realidad ayuda poco a dar el verdadero sentido a lo que se celebra.

Adviento, hay que decirlo, no es la Navidad anticipada, sino un tiempo de preparación para esta fiesta especial en que recordamos el nacimiento del Hijo de Dios.

CARACTERÍSTICAS DEL ADVIENTO

Desde las primeras fechas de su introducción como tiempo litúrgico, allá por el siglo V, se consideró el Adviento como una segunda Cuaresma, lo que significa que se lo tenía como un período de penitencia para preparar la Navidad.

De ahí que se incluyese la práctica del ayuno, que en algunos momentos fue obligatoria durante las cuatro semanas anteriores a la fiesta, con excepción de los domingos. Esto, poco a poco, se fue mitigando, lo mismo que ocurrió con la Cuaresma.

Aunque en los comienzos del Adviento se enfatizaba el deseo de la venida del Salvador y la necesidad de la purificación para bien celebrar la Navidad, luego se marcó con un carácter más triste y penitencial, imponiéndose los ornamentos de color morado, al estilo cuaresmal, suprimiéndose el canto del Gloria y hasta el uso del órgano.

Esto de la tristeza, por suerte, ya no tiene vigencia hoy, aunque se conserve el color litúrgico y se siga dando a este tiempo un sello especial, que tampoco consiste en una explosión de alegría sino más bien de recogimiento y preparacion, pues esto permitará luego disfrutar más apropiadamente de todo el gozo que nos produce el recordar que nos nació un Salvador.

LA SEGUNDA VENIDA

Otra de las características propias del Adviento, y que formó parte de este período litúrgico desde su introducción, es la de servir de preparación remota a la segunda venida del Señor.

Se trata de hacer crecer la conciencia de los cristianos en torno a esta realidad de la 2vida, recordando que estamos aquí sólo de paso, y que debemos estar preparados para cuando el Señor vuelva.

Este pensamiento estaba bastante despierto entre los cristianos de los primeros tiempos, quizás porque, teniendo que enfrentar crueles persecuciones, pudieron creer que el fin del mundo era inminente.

A esto ayudaban, indiscutiblemente, algunos pasajes de las cartas del apóstol Pablo, que daban a entender que la segunda venida o "parusía", como se le llamaba también, no tardaría en llegar.

Veamos, por ejemplo, este párrafo de la primera carta a los Corintios: "Lo que afirmo es que el plazo se ha acortado; en adelante, los que tienen mujer pórtense como si no la tuvieran; los que sufren como si no sufrieran; los que gozan, como si no gozaran; los que adquieren, como si no poseyeran; los que sacan partido de este mundo, como si no disfrutaran, porque el papel de este mundo está para terminar" (7,29-31).

Con semejante consejo, que se repite en algunas otras cartas, no hay que dudar que los fieles sintieron que la segunda venida de Cristo estaba a las puertas.

Y no fue sólo Pablo. También Pedro, en su primera carta, dice: "Además, el final de todo está cerca; por tanto, calma y sobriedad para poder orar" 4,7).

Ambos apóstoles dieron luego marcha atrás, precisamente porque sus palabras fueron malinterpretadas, creándose confusiones en torno a un acontecimiento del que el propio Jesús afirmó que sólo el Padre sabía el día y la hora (Ver Mateo 24,36).

Así san Pablo, en su 2ª Carta a los Tesalonicenses dice: "A propósito de la venida de nuestro Señor, Jesús Mesías, y de nuestra reunión con El, les rogamos, hermanos, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmáramos que el día del Señor está encima. Que nadie en modo alguno los desoriente" (2, 1-3).

Y san Pedro, en su segunda carta, aclara: "Pero no olviden una cosa, amigos, que para el Señor un día es como mil años y mil años es como un día. No retrasa el Señor lo que prometió, aunque algunos lo estimen retraso: es que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, quiere que todos tengan tiempo para enmendarse"(3,8-9).

ESPERAR LA SALVACIÓN

Es innegable que la intención de la Iglesia al instituir el Adviento fue la de recordar a todos que, no importa el tiempo que falte, el Señor vendrá y nosotros debemos estar preparados, como El nos enseñó, para que su venida no nos sorprenda como un ladrón.

En realidad, el fin del mundo está cerca para cada uno de nosotros, pues llegará con nuestra muerte. Lo importante es que estemos preparados para que, cuando llegue, podamos salir al encuentro del Señor, con nuestras lámparas encendidas, y entremos con El a la fiesta eterna del Cielo.

Adviento es un tiempo para limpiar la casa, arreglar nuestra vida espiritual, examinar nuestras conciencias, poner en orden nuestras cosas. Así podremos estar mejor preparados para hacer de la Navidad una fiesta de primer orden, en la que sobresalgan los aspectos espirituales sobre los materiales, y el anhelo de amor, paz y unión sea una realidad en todos nosotros.

EL ADVIENTO DE MARÍA

El primer Adviento fue vivido por María. Ella comienza la feliz

espera el día en que el arcángel Gabriel, por orden de Dios, la visita en su casa de Nazaret.

¿Quién era María? Una sencilla muchacha que vivía en un insignificante villorrio de Galilea. ¡El gusto de Dios es tan diferente al nuestro!

Nosotros hubiéramos preferido la hija de algún poderoso, bien bella y distinguida, pero Dios se fija sólo en la humildad de su sierva. ¡Qué maravilla!

Y allí fue el mensajero celeste a anunciarle a María nada menos que era ella la elegida del Señor. ¡Qué turbación para la que se creía en verdad indigna de algo así y nunca hubiera soñado con un regalo semejante!

ADVIENTO ES ACEPTACIÓN

Pasado el primer estupor María cae en la cuenta de lo que el ángel le está diciendo. Dios pide algo de ella: ser instrumento del Espíritu Santo para que en su seno virginal se haga carne el Verbo de Dios.

Ella, educada en la más fiel tradición judía, debe aceptar los designios del Señor aunque no los entienda. Sencillamente se entrega a la voluntad de su Padre. Y se dispone a obedecer sin restricción alguna.

Su humilde aceptación del plan de Dios la eleva al plano más alto al que una persona humana haya podido llegar. Por eso la Iglesia le dedica las alabanzas con que otrora el pueblo de Israel felicitara a Judit: "Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres el honor de Israel, tú eres el orgullo de nuestra raza" (Judit 15,9).

Esa es la razón de nuestra admiración por María y lo que hace que la Iglesia la considere nuestro supremo ejemplo de persona comprometida con el cumplimiento de la voluntad de Dios. En ella vemos a la que el Señor escoge y por escogerla la adorna con toda clase de virtudes que la hacen "bendita entre todas las mujeres" (Lucas 1,42).

ADVIENTO ES COMPARTIR

Lo primero que hace María después de recibir el anuncio del ángel es prepararse para visitar a su parienta Isabel, ya que el mismo mensajero divino le ha informado de que pronto aquella dará a luz.

No sabemos cómo Maria realizó este viaje de más de cien kilómetros hasta las montañas de Judea, lugar donde se encontraba el pequeño pueblo de Ain Karim en que residían Isabel y su esposo, el sacerdote Zacarías.

Lo cierto es que nada más llegar y ya el Espíritu Santo se manifiesta a Isabel, dándole a conocer lo que estaba ocurriendo en María. El saludo de Isabel es elocuente: "¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme?" Con lo que reconoce la grandeza a la que María había sido elevada, pues en otras circunstancias nunca le habría dicho algo así.

María, por su parte, está consciente de que todo es obra de Dios. Sabe reconocer su propia pequeñez y así lo expresa en ese cántico que le sale del corazón: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque se ha fijado en su humilde esclava" (Lucas 1,46).

ADVIENTO ES PRUEBA Y DOLOR

Los meses que van desde el anuncio del ángel hasta el nacimiento fueron para María un tiempo de prueba y turbación, al mismo tiempo que de gozo y paz interiores. Las dudas de José fueron, ciertamente, una terrible agonía para ella, hasta que Dios se encargó de dejarlo todo aclarado.

No olvidemos que María era la prometida de José, y que la realidad que en ella comenzaba a notarse dejó en el ánimo del noble carpintero el dolor de la desconfianza. ¿Se atrevería María a decirle la verdad o dejaría a Dios que hablara por ella? Parece que fue por esto último que ella se decidió, de ahí las dudas de José.

Luego, cuando ya parecía cercano el alumbramiento, la sorpresa de un censo que los obliga a ir a Belén en medio del invierno. Un largo viaje lleno de dificultades que se corona con la imposiblidad de encontrar un sitio donde albergarse y el recurso de una cueva destinada al abrigo de los animales.

Pero todo ese dolor tendrá una recompensa. Y allí, en medio del silencio y la pobreza, comienzan a ocurrir los hechos más trascendentales de la Historia con el nacimiento del Hijo de Dios.

PREPARANDO LA NAVIDAD

La Navidad, nadie podrá negarlo, es la fiesta más bella del año, aun cuando no sea la más importante. Ya sabemos que el lugar de privilegio lo ocupa la Pascua, por cuanto la Muerte y Resurrección de Cristo son las que dan todo sentido a nuestra fe y nuestra esperanza.

Con todo, Navidad es una fiesta que inspira a casi todo el mundo, incluyendo a muchos que, aunque no creen en Jesucristo, disfrutan de la emoción de estos días.

Para poder celebrarla como es debido, es decir, cristianamente, hemos de tener muy presente lo que nos dice una frase que ya se ha acuñado en inglés, por cuanto juega bien con el sonido de las palabras: "JESUS IS THE REASON OF THE SEASON". Sería difícil traducirla literalmente, pero en definitiva quiere decir: "JESÚS ES LA RAZÓN DE LA NAVIDAD". O dicho de otra manera: "NAVIDAD SIN JESÚS NO ES NAVIDAD".

Si lo que celebramos es el nacimiento del Hijo de Dios, por más que nos empeñemos no podríamos quitarlo de en medio, a no ser que queramos vaciar la fiesta de todo su contenido.

Eso es lo que, efectivamente, hacen más de cuatro, pues para ellos Navidad no es más que una oportunidad para pasarlo bien, pero sin que la celebración tenga para ellos ningún impacto espiritual. Es la Navidad sin Jesús, es decir, NADA.

Claro que hay los que, con toda intención, quieren sacar a Jesús de su propia fiesta, y hasta han querido suplantarlo con ese simpático personaje que es Santa Claus.

¿Por qué?

Pues porque una Navidad con Jesús supone un compromiso, un tomarlo en serio, un darle importancia a lo esencial, y hay quienes desean que todo quede en lo superfluo y circunstancial.

De ahí que piensen sólo en los regalos, en la comida, en la bebida, en la música y la diversión. Y como hay que darle un aire especial, pues a poner a Santa para que protagonice lo que a OTRO corresponde.

Así no se vale, como dirían los niños cuando alquien quiere hacer trampas en el juego.

TENEMOS QUE RESCATAR LA NAVIDAD

Si la Navidad se nos ha ido de la mano a los cristianos, no nos queda más remedio que rescatarla, CRISTIANIZÁNDOLA.

Esto significa que tenemos que volver a poner a Jesús en el centro de la fiesta. ¿No nos damos cuenta de que hasta llamándola simplemente "SEASON" se le está paganizando? De ahí que veamos un montón de tarjetas en inglés que dicen SEASONS GREETINGS (Saludos de la Estación), sin más, dejando de lado la fiesta de Jesús. Ahí pueden aparecer arbolitos y guirnaldas, nieve y trineos, hasta el viejo Santa, pero nada de la real Navidad.

Ningún cristiano debería enviar una tarjeta en la que Jesús esté ausente. Esas con trineos y lucecitas dejémoslas en las tiendas, a ver si aprenden los comerciantes. Lo malo es que para la mayoría de nosotros eso no parece importar demasiado, y por eso las seguiremos viendo por los siglos de los siglos.

QUE CADA CASA TENGA SU NACIMIENTO

Hemos de hacer un esfuerzo por demostrar que formamos parte del Pueblo de Dios, y que el nuestro es un hogar cristiano. Ya hoy en día es raro visitar una casa que tenga algún signo cristiano. Podremos encontrar pinturas y figuras, pero lo religioso brilla por su ausencia con mucha frecuencia. Y esto es una verdadera pena.

Pues bien, durante los días navideños deberíamos señalar nuestra adhesión a Jesús, nuestro Salvador, con un signo externo. La presencia de un Nacimiento, con o sin árbol, puede ser una forma de predicar bien a las claras que nosotros creemos en la verdadera Navidad, en la de Jesús.

No hay que crearse complicaciones. Puede ser algo bien sencillo, que por ahí hay figuras para todos los gustos y presupuestos. Lo importante es que no nos falte ese detalle que, aunque parezca insignificante, dice mucho a los que nos visitan.

REGALAR CON MODERACIÓN

Uno de los dolores de cabeza de estos días son los regalos. Ya se ha hecho como una obligación el que hemos de obsequiar a familiares y amigos, esperando que ellos también lo hagan con nosotros.

Si todos nos pusiéramos de acuerdo para dejar a un lado esta costumbre sería una maravilla, pues en definitiva se dan y se reciben muchas cosas que luego no sabemos qué hacer con ellas. Por otro lado, el gasto que todo esto representa es enorme, sin que nadie, como no sean los comerciantes, saque un real beneficio.

Si es casi imposible cambiar los hábitos ya impuestos por muchos años de tradición, al menos podemos tratar de lograr una cierta moderación en nuestra forma de regalar, pensando más en la utilidad que pueda proporcionar a quienes regalamos, que en la satisfacción de quedar bien.

No olvidemos, por otro lado, que hay quienes sí necesitan de nuestra generosidad, que son los pobres, a quienes siempre tendremos con nosotros. Más cerca de lo que imaginamos hay personas con problemas. Quizás no nos sea posible socorrerlas personalmente, pero hay instituciones que pueden ocuparse de ello en nuestro nombre.

Dar a los necesitados es como un regalo al propio Jesús. Y si recordamos los regalos que el Niño Dios recibió de los pastores y los magos, hoy tenemos la oportunidad de ser nosotros los que se los ofrezcamos en la persona de los más necesitados.

Esos sí son regalos que gustan al Señor. Los otros traen ya consigo su propia recompensa, pero éstos sólo Dios los puede recompensar.

Si son muchos los que celebran estos días con jolgorio, música, regalos, comidas, etc., etc., son relativamente pocos los que viven la Navidad con el verdadero espíritu de una fiesta en la que Jesús es el centro.

LA NAVIDAD ES JESÚS

La primera Navidad, aquella en la que Cristo nació en la mayor pobreza y soledad, no tiene nada que ver con lo que muchos hoy celebran.

Pero, con todo, debemos felicitarnos de que, al menos indirectamente, se recuerden de que lo que da sentido a estas festividades es Jesús que nace para salvarnos.

Los cristianos estamos llamados a devolver a la Navidad, al menos en nuestro hogar y nuestras vidas, el profundo significado que debe tener.

No porque nos neguemos a participar de lo externo, que también es valioso, sino porque ponemos el énfasis en los valores espirituales y en el compromiso solemne de hacer de nuestras vidas una consagración al servicio de nuestros hermanos y de la salvación del mundo.

ORIGEN DE LA NAVIDAD

A nadie se le ocurrió averiguar el día exacto del nacimiento de Jesús. No existían por entonces los registros que hoy tenemos. Por otro lado, los primeros discípulos preferían recordar lo que era el centro y esencia de sus celebraciones: la muerte y resurrección de Cristo.

Así, pues, pasaron muchos años, sin que se echara de menos una fiesta especial para recordar el nacimiento del Salvador.

La idea la dieron los paganos. Estos celebraban cada año, el 25 de diciembre, el nacimiento del Sol Invicto, tenido como un dios, ya que la fecha coincidía con el solsticio de invierno, en que la duración de la noche llega a su máximo y comienza entonces el día, poco a poco, a crecer.

Parece que la fiesta adquirió gran magnitud y popularidad, lo que hizo sentir molestos a muchos cristianos, que veían tanto derroche festivo dirigido a honrar una falsa imagen de la divinidad.

Esto inspiró a algunos la idea de recordar en ese día la Natividad del Señor Jesús, el Sol de Justicia que vino para iluminar a toda la humanidad.

Si antaño se cristianizó lo pagano, en los tiempos presentes ha ocurrido todo lo contrario: lo cristiano se ha paganizado.

Y aunque no todo está perdido, desde luego, y mucho es lo que podemos aprovechar de todo este tremendo movimiento que generan las fiestas navideñas, es innegable que no podemos aceptar que el personaje principal sea Santa Claus, ni que el símbolo más importante resulte ser un árbol, por más adornado que esté.

Una forma, pues, de contrarrestar todo eso sería nuestra decisión de hacer que Jesús ocupe el lugar que le corresponde: el centro de toda la fiesta.

En primer lugar, poniendo un Nacimiento, por pequeño que sea, en nuestro hogar, junto al árbol tradicional. No hay que eliminar éste para poner aquél. Los dos caben y los dos pueden ser símbolos hermosos de lo que celebramos.

IGLESIA Y HOGAR

La Navidad debe centrarse en la iglesia y el hogar. Los cristianos debemos de insistir en que no puede haber una verdadera celebración si no participamos de la Liturgia propia de la fiesta, sea en la medianoche o durante el día.

Por otro lado, ésa es una ocasión especial para estar reunidos en familia, compartiendo alegremente todos los miembros de ella.

Hasta los regalos deben tener el sentido de símbolo del mayor regalo que todos hemos recibido de Dios: su propio Hijo, nuestro Salvador y Redentor.

Por eso es importante que esté presente en estas fiestas nuestra gratitud a Dios, nuestro reconocimiento de que sabemos lo que El nos ha dado en la persona de su Hijo.

Si la Navidad no nos ayuda a progresar y no deja a su paso un verdadero mejoramiento en nuestra vida cristiana, es que la hemos celebrado a medias, sin permitir que nos entregue sus mejores frutos.

EL GRAN AUSENTE

Cuando hablamos de la Navidad nos estamos refiriendo, necesariamente, al tiempo más bello del año. Esto es indiscutible.

Pero, ¿qué es lo que hace que estos días tengan esa gracia tan especial?

Desde tiempos muy antiguos muchos han ido contribuyendo a este esplendor maravilloso: pintores, músicos, escritores, poetas y artistas de otros géneros han aportado algo de su talento para hacer de la Navidad la fiesta más agradable del año.

¿Qué otra fiesta tiene a su alrededor un folklore tan organizado?

Sólo de oír una melodía decimos: ¡Estamos en Navidad!

Sólo al ver las guirnaldas y arbolitos exclamamos: ¡Estamos en Navidad!

Sólo al oler las comidas obligadas, propias de este tiempo, sabemos que: ¡Estamos en Navidad!

Sólo al gustar las ricas golosinas y las frutas tradicionales conocemos que ¡estamos en Navidad!

Sólo al sentir el frío en nuestra piel recordamos que: ¡estamos en Navidad!

Pero, ¡ojo!, la Navidad no es sólo la fiesta de los sentidos corporales. Si la redujéramos a eso la estaríamos empobreciendo considerablemente.8

Por desgracia, con todo lo bella que es esta fiesta, puede pasar sin verdadera trascendencia si nos empeñamos en convertirla en un pretexto para comer y beber, para divertirnos insensatamente, sin saber ni por qué ni para qué.

Nunca deberíamos olvidar que si esta fiesta ha despertado, a lo largo de tanto tiempo, la inspiración para tantas obras de arte es porque se trata de algo que trasciende los sentidos.

La Navidad tiene que ser, para lograr autenticidad, la fiesta del Espíritu. Eso ha sido, ciertamente, para muchos millones de personas.

Lo que celebramos es un cumpleaños, el aniversario de un nacimiento, pero es posible que, para algunos, tal cosa pase totalmente desapercibida.

Sin embargo, ¿piensan ustedes que un recuerdo tan constante, durante tantos siglos, no significa algo?

¿Podríamos suponer que otro personaje cualquiera, por importante que haya sido en la Historia, habría despertado tanto entusiasmo?

Estimo que no. Es indiscutible que han existido grandes luminarias en el humano saber, así como formidables estadistas, insignes guerreros y maravillosos artistas. Pero, ¿a quién se le ocurre dedicar, no sólo un día, sino toda una temporada del año, a celebrar su nacimiento?

Pese a todo, creo justo y verdadero señalar que en las fiestas de Navidad Jesús es el gran ausente.

Es muy cierto que se trata de su nacimiento lo que nosotros celebramos, pero se ha arrebatado a estas efemérides gran parte de su verdadero significado.

Parece como si la gran preocupación de estos días se cifrara en quedar bien con los amigos, a quienes tenemos que hacer algún regalo.

Esto es una trampa en la que hemos caído, al tambor batiente de la publicidad comercial interesada en aprovechar la temporada para vender más.

Pero, ¿qué es lo que nos pasa? Pues se supone que quien debería recibir los regalos es Aquel cuyo nacimiento celebramos.

¿No será que, a fuerza de no querer mirarlo, preferimos disimular intercambiando regalos que nada resuelven pero que, no pocas veces, ocasionan un desbarajuste en la economía familiar?

Jesús ya no está en su cuna. Es muy cierto. Ni necesita de corderos o quesos, como se supone le llevarían los pastores. Ni oro, incienso o mirra, como dice san Mateo que le obsequiaron los magos de Oriente.

El, en realidad, no quiere nuestros regalos, sino que lo aceptemos a El como el gran regalo que hace Dios a la humanidad.

Para eso ha nacido. Para eso ha venido. El es Aquel cuyo nacimiento fue anunciado por un ángel de esta manera: "- No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será también para todo el pueblo: Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor" (Lucas 2,10-11).

Vayamos también nosotros a adorarlo. No permitamos que Jesús sea el gran ausente de la Navidad.

LOS BUENOS DESEOS

Si alguna expresión se oye con frecuencia en estos días es, sin duda ¡MUCHAS FELICIDADES!

Hay que reconocer, sin embargo, que lo que pronuncian los labios no siempre coincide con lo que siente el corazón. ¿No es cierto que muchos de los que gritan ¡Felicidades! son los primeros que la hacen imposible?

El solo hecho de desear felicidad a otros supone un compromiso por hacerla realidad. Y aunque sabemos que es imposible en esta vida llegar al disfrute de una felicidad total, siempre se puede lograr, al menos, una parte de ella.

Uno no puede sentirse feliz si carece de amor o de los elementos materiales que son necesarios para llevar una vida digna de un ser humano.

El niño, desde que es concebido en el seno de su madre, necesita sentir que es aceptado y querido. El alma se nutre del cariño como el cuerpo del alimento.

Un niño es feliz si encuentra a su alrededor un ambiente propicio a su sano crecimiento, y eso se da, primeramente, cuando tiene unos padres que lo aman de veras.

Lamentablemente, millones de niños mueren cada año por falta de comida material, mientras otros, a quienes parece sobrar todo, mueren porque no son realmente amados.

Ambas cosas, el nutrimento espiritual y el alimento material, son necesarias para la felicidad del ser humano.

ENEMIGOS DE LA FELICIDAD

Nuestro mundo es un medio hostil y duro porque en él reina la injusticia y el odio. Por eso los deseos de felicidad se estrellan contra un muro casi infranqueable.

El egoísmo ha hecho presa de muchos de nosotros, impidiendo que seamos capaces de crear felicidad a nuestro alrededor.

Queremos ocultar esto lanzando al aire, como consignas, deseos de una felicidad que no propiciamos, mientras aprovechamos para hacer regalos que, en la mayoría de los casos, nada solucionan.

Pero a lo que huimos, como el diablo a la cruz, es al compromiso de hacer posible que este mundo sea habitable, y no nos queda otro remedio que mirar, con horror, cómo el vicio, el crimen, la maldad y las más sórdidas pasiones se enseñorean de nuestras calles, pueblos y ciudades.

El gran remedio que necesita la trágica enfermedad que padece el mundo lo dio Jesús hace ya mucho tiempo: "Amense unos a otros, como yo los amo a ustedes. No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos" (Juan 15,12-13).

Esta maravillosa medicina que recetó el Divino Maestro es muy alabada, pero muy poco usada. Si en lugar de hablar tanto de amor nos amásemos de verdad, el mundo sería diferente. Amamos, casi siempre, de dientes para afuera.

Como dice Santiago: "Si a un hermano o a una hermana les falta la ropa y el pan de cada día, y uno de ustedes les dice: "Que les vaya bien; que no sientan frío ni hambre", sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve?" (2,15-16).

Eso es lo que se vuelven muchos de los deseos de felicidad en estos días: palabras que se lleva el viento.

La realidad de nuestro mundo es aterradora, porque nos demuestra que mientras unos pocos se dan una vida llena de lujos, interpretando la felicidad como un absoluto desenfreno de todas las pasiones, los más carecen de lo indispensable para llevar una vida digna de seres humanos.

COMPROMISO CRISTIANO

Por supuesto que si esperamos que "los otros" hagan algo para resolver los problemas, la batalla la tenemos perdida de antemano.

Lo que importa es que nosotros, los cristianos, estemos dispuestos a cumplir con el mandamiento que Jesús nos dejó.

Yo, tú, cada uno de nosotros, somos responsables de una pequeña parcela de nuestro mundo. ¿Hay en ella felicidad?

Una gran excusa que a veces encontramos es que nada puede hacerse para remediar los males que nos rodean. Eso es falso. Mucho, en realidad, es lo que podemos y debemos hacer.

¿Son felices tu cónyuge, tus hijos, las personas que contigo conviven? Comencemos por el hogar, pues muchas veces queremos ser luz de la calle siendo oscuridad en la propia casa.

¿Haces todo lo posible para que los tuyos se sientan bien? ¿No serás culpable, con tus defectos, caprichos o debilidades, de que en tu hogar reine la desdicha?

Resolver eso no es tarea del vecino, ni de los políticos, ni de los líderes de la Iglesia, sino tuya. ¿No será que es más fácil criticar lo mal que andan las cosas en el mundo antes que ocuparte de lo que tienes más cerca?

Quizás pensamos que no hay pobres a nuestro lado y nos olvidamos del enfermo que nunca visitamos, o de los vecinos sin trabajo, o del amigo encarcelado. Tampoco nos acordamos de cooperar con los que se ocupan de ayudar a los que nada tienen.

Quizás pensamos que es bonito desear felicidad, pero nada hacemos para proporcionársela, aunque sea un poquito, a nuestros semejantes.

Cuando vayamos a decir: ¡Muchas felicidades!, recordemos que esa expresión no sirve de nada si no va acompañada de hechos. Pues como dice el refrán: "¡Obras son amores, que no buenas razones!"

¡AÑO NUEVO, VIDA NUEVA!

Es importante comenzar un nuevo año haciendo buenos propósitos, aun cuando sepamos que no vamos a poderlos cumplir todos.

El ser humano es olvidadizo por naturaleza, de manera que con el paso del tiempo se van dejando de lado todas aquellas buenas intenciones que teníamos, y la vida se nos complica en medio de toda clase de excusas y justificaciones.

¿Qué es un buen propósito? Aquel que se hace con el fin de corregir algún defecto o mejorar lo que hemos podido descuidar en nuestro diario trajinar.

El gran problema es llegar a reconocer que tenemos defectos, pues hay muchas personas que hasta tal punto se han convencido de que no tienen ninguno, que no ven la necesidad de hacer esfuerzo alguno por mejorar.

Estas personas son, ordinariamente, un trastorno en la comunidad, pues están siempre dispuestas a criticarlo todo, pero de ninguna manera permiten que se les critique a ellos.

RECONOCER LOS DEFECTOS

Está demostrado por la experiencia de los siglos, aparte de que es algo definido por el mismo Jesús, que todos somos imperfectos y pecadores.

Recordemos aquel momento impresionante en que el Divino Maestro, mirando hacia el suelo, lanzó el tremendo desafío: "El que esté libre de pecado que lance la primera piedra" (Juan 8,7).

Nadie se atrevió, por supuesto, a levantar siquiera un dedo contra aquella infeliz mujer sorprendida en adulterio, como tampoco lo osaríamos hoy, pues seguimos siendo los mismos pecadores que estamos sentados entre los acusados, por lo que no tenemos derecho a condenar ni juzgar a nadie.

Reconocer los defectos es síntoma de humildad y sinceridad. Es, además, muestra de que nos hemos acostumbrado a mirarnos por dentro, cosa harto difícil siempre, pues es mucho más fácil mirar hacia el exterior y fijarnos en los problemas, actitudes, defectos y dificultades de los demás, no siempre para ayudar, sino más bien para criticar y hasta condenar.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Desde muy antiguo los maestros de la vida espiritual han recomendado el examen de conciencia, esa revisión interior que nos permite saber por dónde andamos, de qué pie cojeamos, cuáles son nuestros puntos fuertes y débiles.

No se trata, ni mucho menos, de mirar sólo con ojos negativos, sino de conocer la verdad de lo que somos y de lo que tenemos, tanto en virtudes como en defectos.

Cuando uno se examina delante de Dios, sin tratar de engañarse a sí mismo, sino pretendiendo descubrir su exacta valoración ante el Señor, podemos estar seguros de que estamos aprendiendo a conocernos tal y como somos, y sabremos entonces aceptar que no somos tan malos como algunos puedan afirmar, pero que nos falta mucho para alcanzar la perfección que Cristo nos propone como meta en nuestro caminar.

"Conócete a ti mismo" era la máxima de Sócrates. Este auto-conocimiento es parte del esfuerzo de perfeccionamiento interior, pues es cuando estamos tomando parte activa para desarrollar al máximo nuestras capacidades y hacer desaparecer, poco a poco, los principales defectos.

PRODUCIR BUENOS FRUTOS

El esfuerzo en la vida espiritual no puede ser visto como algo meramente negativo. No estamos aquí sólo para recoger las hojas caídas ni para recortar y podar, sino también y sobre todo para dar frutos.

Por eso, cuando nos examinamos tenemos que pensar en los fallos y errores que hemos cometido, pero de igual manera en los triunfos que se han logrado.

Los buenos propósitos, de la misma manera, no pueden ser hechos mirando únicamente a corregir nuestros defectos, sino sobre todo a poner los medios para lograr rendir el máximo fruto posible.

Así estaremos progresando, y aunque sea en forma lenta, una pequeña mejoría siempre es más deseable que un retroceso.

Podemos estar seguros que muchas personas, especialmente las que con nosotros conviven, se sentirán muy contentas por los cambios que vayamos consiguiendo, ya que también ellas podrán respirar más tranquilas y felices, disfrutando del nuevo ambiente que vamos creando a nuestro alrededor.

UNOS MAGOS DE ORIENTE

Es san Mateo quien nos habla de unos extraños personajes que vinieron desde lejos a conocer al que sabían traía la salvación.

Dejemos hablar al evangelista: "Jesús nació en Belén, un pueblo de Judea, en tiempo del rey Herodes. Por entonces unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén, preguntando: -¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo?" (2,1-2).

Ha quedado en el misterio la identidad de estos extraños personajes. Sólo sabemos que eran hombres dedicados al estudio de las estrellas, tenidos como sabios y consultados como astrólogos.

Ni siquiera sabemos cuántos eran, ni como se llamaban, aunque por los regalos que ofrecieron al Niño, oro, incienso y mirra, se puede colegir que eran tres. Nadie habla de que fueran reyes, y no parece que en realidad lo fueran.

Habrían llegado a Jerusalén sin más brújula que una señal en el cielo, que ellos consideraban era una "estrella", aunque hoy sabemos que tuvo que ser un cometa, o bien pudo tratarse de algo que sólo ellos vieron por dignación de Dios.

Lo cierto es que se decidieron a un largo viaje pues habían conocido las profecías judías sobre el Mesías, y por algún medio Dios les inspiró para que reconocieran, en la señal que vieron, el momento preciso en que debían ir a conocer al Salvador.

No sabían nada acerca del lugar donde encontrarle, pero tratándose de un rey dedujeron lógicamente que sería en Jerusalén, la capital sagrada de los judíos, y de seguro que lo encontrarían en el palacio del monarca de aquella tierra.

Su llegada al palacio no fue sino de conmoción y preocupación extremas. Allí nada no se conocía sobre un recién nacido. No era desde luego un vástago del rey, sino alguien capaz de usurpar un día el trono.

Por eso, averiguado en las Escrituras, con ayuda de los doctores y sabios, el lugar aproximado del nacimiento, Herodes los envía con el secreto intento de conocer también el lugar y así poder eliminar al que pondría en peligro el futuro de su dinastía. El soñaba con dejar a sus hijos a cargo del reino.

¡Qué equivocado estaba! Aquel que había nacido no pretendía en modo alguno un reino terreno. Todo lo contrario, como bien claramente estaba profetizado, su reino sería universal y eterno.

Pero no era Herodes hombre de andarse por las ramas. Si había que matar, mataría, pues en eso ya tenía bastante experiencia. Hasta a su propia esposa, Marianme, y a algunos de sus hijos, sospechosos de complotar contra él, los había mandado asesinar.

¿Qué le importaba a él eliminar unos cuantos niños de Belén para estar seguro que la amenaza ominosa que pesaba sobre su reino, según sus propias deducciones, quedaba destruida completamente?

Así que luego de convencerse de que los magos lo habían engañado y no volverían para darle el paradero del supuesto futuro rey de los judíos, envió a sus sicarios con el fin de cumplir la sangrienta orden: todos los niños de dos años abajo fueron condenados a muerte.

Dios preservó a su Hijo, recién nacido como hombre, avisando a José de lo que ocurría y dándole órdenes de que llevara a María y al Niño a Egipto, aguardando allí por mejores tiempos.

De los magos no pudimos saber nada más. Pero, ¿es que en realidad hacía falta?

Estos hombres nos demuestran que para Dios lo importante no es la riqueza ni la pobreza, ni lo son los blasones de nobleza o la sencillez del pobre harapiento, sino la pureza del corazón de la gente.

Ellos vieron la señal en el cielo y creyeron. Ellos fueron los primeros no judíos elegidos para ser testigos del principio de la Redención.

Fue para ellos una "Epifanía", una manifestación, que es lo que esa palabra griega significa, dándoles a conocer que Dios, realmente, no tiene acepción de personas, sino que quiere "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1ª Timoteo 2,4).

Los magos de Oriente son parte de un folklore que cada año se renueva, en muchos países, con desfiles multicolores y regalos a los niños, sobre todo donde no ha hecho sus estrago la figura de Santa Claus. Todo eso está muy bien, pero el verdadero mensaje no puede quedarse en algo tan superficial.

Epifanía viene a ser el primer anuncio de que las promesas hechas por Dios a Abraham van a cumplirse en la persona de Jesús.

El no ha venido a salvar sólo al pueblo de Israel, sino a la humanidad entera. Por eso desde el principio se hizo necesario ese gesto delicado para con aquellos que, sin pertenecer al hasta entonces pueblo elegido, creían y esperaban.

Serían pocos, al principio, pero luego, por la predicación de los apóstoles y la acción del Espíritu Santo, esos pocos se multiplicarían hasta llegar a hacer resonar el mensaje de salvación en los últimos confines de la tierra.

Entonces la Iglesia se haría verdaderamente católica, es decir, universal, pues su misión sería proclamar la Buena Noticia a todas las razas y pueblos que conforman el globo terráqueo.

Muy cierto que no se ha logrado todavía cumplir totalmente tal misión. Los mismos encargados de ella han sido los primeros, muchas veces, en dormirse sobre los laureles y descansar en las hazañas de los que han estado dispuestos a entregarlo todo, incluso su sangre, para lograr el objetivo trazado.

Muy cierto que todavía hoy muchos pueblos y naciones no conocen a Jesús o simplemente no les interesa para nada la salvación que El nos ofrece.

Eso no quita un ápice a la bondad y misericordia de Dios, que sigue repartiendo sus gracias a todo el que, con corazón sincero, lo busca incansablemente.

El llamado sigue ahí. Dios continúa queriendo la salvación de todos. Dios sigue amando incluso a aquellos que no lo aman, dando a todos la oportunidad de encontrar el camino trazado por su Hijo.

Los Magos de Oriente abrieron el camino. Ellos fueron los primeros no judíos en creer y esperar. Los primeros en conocer a Jesús. Los primeros en recibir de El la salvación.

Detrás de ellos legiones interminables han seguido. Pues el corazón de Dios está abierto a todos sus hijos, y sólo se condena aquel que se empeña en apartarse del camino del amor y el servicio a sus hermanos.

Epifanía, con razón, es la fiesta que cierra el siglo navideño. Ella da con su fuerza un total sentido a la venida de Aquel que ha nacido para mostrar a la humanidad que no está perdida. Que tiene un Padre que la ama, de tal forma, que le entrega a su Hijo Unigénito para que la salve.

La misión de Jesús se completará con sus enseñanzas y su pasar haciendo el bien, como diría Pedro (Hechos 10,38), pero sobre todo con su obediencia total a la voluntad del Padre, haciendo realidad, con su Muerte y Resurrección, la Redención de todos y cada uno de los seres humanos que quieran acogerse a la amorosa Providencia divina.

¡Vaya si vale la pena hacer de estas fiestas, de Navidad a Epifanía, el gran jubileo de gracia y alegría que ellas pregonan!

Si las dejamos pasar perderemos la oportunidad de ser los beneficiarios de un regalo por el que bien vale la pena sacrificar hasta la propia vida.

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Página fue modificada: 20/09/2008 11:30

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