AB PADRE BAZAN

Padre Félix Varela

SOBRE LOS CONCEPTOS PATRIOTA Y SANTO

Cuando afirmamos que el Padre Félix Varela fue un patriota, podemos contar con el aval de todos aquellos que lo han dicho mucho antes que yo, incluyendo a nuestro José Martí, que no duda en llamarlo "patriota entero".

Y es que fue él, en realidad, el que despertó en los cubanos el concepto de Patria para designar a su isla, y el que de muchas maneras orientó a sus compatriotas a buscar la independencia de la misma, de modo que Cuba fuese una nación en todo el sentido de la palabra.

Por aquel entonces no todo el mundo podía entender el reclamo vareliano, pues muchos, desde la perspectiva de la colonia, no se imaginaban que fuera posible un sueño así. Cierto que ya algunas de las que también fueron colonias en el sur de América se estaban liberando de las cadenas metropolitanas, pero dada la situación de Cuba no era muy fácil concebir que en ella pudiera lograrse la independencia.

Fue Varela, pues, si no el primero, indiscutiblemente uno de los primeros que no sólo soñó, sino que también abogó y luchó para que Cuba fuera, como él mismo expresara, tan independiente políticamente como lo era naturalmente.

En cuanto a santo es algo que nadie nos prohíbe mencionar al tratarse de Varela, como de cualquier otra persona de la que se han conocido virtudes eminentes.

Cierto que para que la Iglesia lo considere santo, en el sentido de ofrecerlo a la piedad de los fieles como un ejemplo y un intercesor, se requiere una declaración oficial, que sigue un proceso y unos pasos.

Ya desde algunos años ese proceso fue comenzado, y pudiéramos decir que se está en el primero de esos pasos, cuando a Varela le corresponde ya el título de Siervo de Dios. Luego, si este proceso continúa su trayectoria positiva, llegará la beatificación y la canonización.

Pero sin querer adelantarnos a la declaración de la Iglesia, todos tenemos derecho a considerar santos a los que conocimos como personas virtuosas, de las que estamos seguros fueron ejemplos de cristianismo y hoy gozan de la visión beatífica en el cielo.

¿No llama acaso Pablo "santos" a los propios cristianos? ¿No consiste la santidad en mantener esa gracia santificante que recibimos en el bautismo?

Se queja con justa razón monseñor Raúl del Valle, quien fuera uno de los grandes luchadores por la causa vareliana, de la falta de reconocimiento que ha tenido la santidad del Padre.

En una Conferencia pronunciada el 21 de abril de 1988, en el Seminario de San Carlos en La Habana, con ocasión del bicentenario del natalicio de Varela, dijo:

La vida de Varela como educador, filósofo y patriota es bien conocida y apreciada. Sin embargo, su fascinante personalidad como sacerdote, la santidad de su vida, no ha recibido la debida atención. Esta es una gran laguna en la amplia literatura vareliana.

Luego añadirá:

No está fuera de lugar señalar aquí que existe una tendencia a secularizar la figura de Varela, presentándolo como educador, filósofo y patriota, sin referencia a su carácter sacerdotal. Esta tendencia no es nada nueva. Desde el siglo pasado han existido admiradores de Varela que, teniendo una filosofía agnóstica y positivista, han sido incapaces de apreciar debidamente la importancia de su fe religiosa y de sus virtudes sacerdotales. En cierto modo, estos intelectuales no católicos se apropiaron de la figura de Varela, presentándolo como símbolo de nobleza y patriotismo, sin referencia a su fe religiosa y su carácter sacerdotal. Como consecuencia, la figura de Varela como hombre de Dios, como hombre santo, aparece en un plano subalterno en la imaginación popular. Esto ha sido posible, en gran manera, debido al silencio injustificable de la Iglesia de Cuba respecto al más ilustre y santo de sus sacerdotes.

Afortunadamente, en los últimos años, la Conferencia Episcopal Cubana ha tomado la iniciativa para reivindicar la figura de Varela, haciendo resaltar su carácter sacerdotal y su santidad de vida. ¡Enhorabuena!

Quien conoce la vida del Padre Varela, podríamos agregar, tiene que exclamar, como lo hizo Martí, como lo han hecho tantos, que era un santo. "El santo cubano", lo llamó el Apóstol.

En este sentido he querido titular este folleto dedicado a honrar al "primero que nos enseñó a pensar", en frase lapidaria de José de la Luz y Caballero.

EL POR QUÉ DE ESTE FOLLETO

El deseo de escribir este folleto surgió de mi admiración por el Padre Varela. Me pareció que debía honrar, como cubano y sacerdote, al que, habiendo recibido la misma ordenación, fue además el precursor de esa independencia que Martí lograra impulsar con su inaudito esfuerzo, y que otros muchos, con Gómez y Maceo a la cabeza, llevarían a cabo para alegría de todos los cubanos y gloria de la Patria.

Sé que otros han escrito sobre Varela con más propiedad que yo. Pero eso no obsta para que pueda presentar estas páginas con dignidad, pues no se trata en realidad de agregar nada nuevo, sino de aportar un nuevo vehículo, bien sencillo por cierto, para que la obra vareliana sea conocida por todos los que hoy somos, en cierta forma, sus hijos espirituales.

UN CRIOLLO DE LA HABANA

Criollos, como todos sabemos, eran aquellos que, hijos de españoles, habían nacido en América. En realidad, Félix fue hijo de español y cubana, pues su madre, María Josefa Morales, había nacido en Santiago de Cuba de padres españoles.

Siendo su padre un militar, el teniente coronel Bartolomé Morales, no es de extrañar que casase con otro miembro de la milicia, y así se produjo su enlace con el teniente Francisco Varela en la iglesia del Espíritu Santo, en La Habana, el año 1783.

En poco tiempo la casa se llenó con el llanto y el bullicio de tres criaturas, dos hembras y un varón, que no dieron tiempo a su madre a disfrutar la alegría, pues murió a escasos años de su boda.

CUBA, A FINALES DEL SIGLO XVIII

Cuando Félix nació el 20 de noviembre de 1788 Cuba estaba todavía bastante despoblada. En el censo que se hizo en el año 1774 la población era de 171,620 habitantes, de los cuales 44,333 esclavos negros y mulatos. La Habana tenia 75,000 habitantes.

Doce años atrás había nacido una nueva nación, Estados Unidos de América, que fue proclamada independiente de Inglaterra el 4 de julio de 1776.

En España todavía reinaba Carlos III, pero el monarca moriría unos días después, el 14 de diciembre del mismo año.

En Cuba, después de un gobernador bastante popular por sus actuaciones en pro del progreso de la Isla, Felipe Fondesviela, marqués de la Torre, se sucedieron varios en el cargo: el teniente general Diego Navarro, en junio de 1777. A éste le sustituyó Juan Manuel de Cajigal, el 4 de junio de 1781. Luego tomó la posición José de Gálvez, en febrero de 1785. De éste se esperaban muchas cosas, pero a los dos meses fue nombrado Virrey en México y hubo de sustituirlo José de Espeleta, quien era el gobernador al momento del nacimiento de Félix. Aquél dio paso a otro de los gobernadores más renombrados y queridos de todos los que pasaron por Cuba: Don Luis de las Casas.

Anteriormente, en 1787, se había dividido en dos la hasta entonces diócesis de Cuba: la occidental con sede en La Habana y la oriental con la suya en Santiago de Cuba.

El último obispo de la diócesis de Cuba lo fue, curiosamente, el segundo prelado nacido en la isla, Santiago José de Hechavarría, natural de Santiago de Cuba. El primer nativo lo había sido Dionisio Rezino y Ormaechea, quien nació en La Habana, siendo nombrado obispo auxiliar del obispo de la Isla de Cuba y consagrado en 1707 en Mérida, Yucatán.

Fue el obispo Hechavarría quien fundó el Real Colegio de San Carlos y San Ambrosio el año 1773.

Al nacer Varela era obispo de La Habana Felipe José de Trespalacios, quien lo había sido anteriormente de Puerto Rico. Este tuvo a su cargo la organización de la nueva diócesis, la terminación de la nueva Catedral y otras iglesias.

Aunque era amigo del boato y no disfrutaba de un carácter muy afable, parece ser que se distinguió por su amor a los pobres, sabiendo ayudar a los más necesitados, que fueron los que más lloraron su muerte, como consta en el epitafio colocado sobre su sepulcro. Murió en octubre de 1799.

La ciudad de La Habana no era muy bella que digamos al nacer Varela. Uno de sus biógrafos, Antonio Hernández Travieso, dice: En fin, La Habana era una ciudad a medio hacer, sucia, pequeña, encinturada de murallas, que repentinamente había adquirido importancia comercial y se iba enlodando y ensuciando más con el tráfico de carretas, quitrines y volantas de anchos ejes, que difícilmente podían doblar en las esquinas. ("El Padre Varela", edición de 1984, página 21).

Un problema que inquietaría y sería una de las causas por las que Varela lucharía, se vería agravado al año escaso de su nacimiento: la esclavitud.

Ramiro Guerra, en su Manual de Historia de Cuba (Ediciones R, Madrid, 1975), nos dice al respecto:

La esclavitud había tomado un vuelo enorme en Cuba a partir de 1789. La vida del esclavo, por otra parte, se había hecho más miserable y dura en los ingenios (pag. 242).

Más adelante el propio autor dirá:

El esclavo de Cuba tuvo, antes de 1789... una posición privilegiada sobre el de las colonias de las demás naciones europeas en las Antillas, pero la libertad de especular con la venta de africanos y de importarlos, colocó rápidamente al siervo cubano en la horrible posición de sus hermanos de raza de las Antillas Menores, Haití y Jamaica (pag. 242).

Es que, como el mismo Guerra explica en su obra, antes, cuando había restricciones en el comercio de esclavos y, por otro lado, escaseaba el dinero con qué comprarlos, los dueños los cuidaban como algo valioso, mientras que luego, al poderlos cambiar fácilmente, ya que su precio había disminuido y el flujo de dinero había aumentado, el esclavo que moría aniquilado por la carga de sufrimiento y de trabajo, era sustituido con la misma indiferencia con que se reemplazaba una pieza de la maquinaria destruida por el uso (pag. 242).

Poco a poco esta situación provocaría la rebeldía de los esclavos hasta empujarlos a la idea de la sublevación. En 1812 una conspiración, dirigida por José Antonio Aponte, un negro libre, acabaría en desastre, al ser descubierta y duramente reprimida.

NIÑEZ Y JUVENTUD

Volviendo a Varela, era Félix el menor de los hermanos, de modo que quedó huerfano cuando apenas tenía cuatro años.

El padre buscó consuelo en un nuevo matrimonio, no poniendo objeción a que el pequeño Félix marchase con su abuelo materno a San Agustín de la Florida, a donde había sido asignado con el grado de coronel, después que España recuperó la soberanía de esa parte del Nuevo Mundo, que con el tiempo se convertiría en un estado de la nación norteamericana.

El viaje ocurre en el año 1791 y en La Florida permanecerá Félix hasta comienzos del siglo XIX.

En San Agustín tiene como preceptor a un sacerdote irlandés, el Padre Michael O'Reilly, quien no sólo le enseñaría sino lo ayudaría a formar su carácter y a convertirse en un joven lleno de aspiraciones no sólo en la ciencia sino también en el desarrollo de su vida espiritual.

Así llegaría a ser un individuo polifacético, pues se destacaría en varias ramas del saber y hasta de las artes. Si no descollaba por su esbeltez y buena mozura, en otros aspectos alcanzaría muy altos vuelos.

Su abuelo, por supuesto, soñaba que un día sería militar como él y como su padre. Seguramente pensaría en ello cuando veía a su adorado nieto deambular por el fuerte de San Marcos, sin sospechar siquiera que en el alma de Félix ya se iba desarrollando la idea de ser sacerdote.

Fue una sorpresa, pues, no muy de su agrado, el que el muchacho, ya con unos catorce años, le confiara que lo suyo no eran las armas. Se han recogido estas palabras suyas en respuesta al abuelo: Quiero ser soldado de Jesucristo, porque lo mío no es matar hombres, sino salvar almas.

Lo que no sospechó el jovencito Varela, antes de regresar a La Habana natal, fue que su vida terminaría en aquella misma ciudad en que había pasado la mayor parte de su infancia y su primera adolescencia, y que el amado terruño al que ahora regresaba sería para el fuente de desvelos y tierra de promisión, al que ya nunca le sería dado volver después que, en misión de obediencia, marchase de él por la segunda vez.

EL SEMINARIO

La estancia de Félix en la Florida sería de unos diez años. Ya para el 1802, poco más o menos, lo vemos de nuevo en La Habana, ya con catorce años, dispuesto a comenzar sus estudios para llegar a ser un sacerdote de Jesucristo, ideal que mantendría incólume hasta su muerte, dando ejemplo de abnegación total y acendrado amor a esa vocación que había nacido en él por gracia divina. Muchos años después, en sus "Cartas a Elpidio", dirigiéndose a su imaginario interlocutor dirá: Treinta y tres años en los cuales no ha habido un solo momento en que me haya pesado ser eclesiástico y muchos en que me he gloriado de serlo.

A su regreso de San Agustín gobernaba en Cuba don Luis de las Casas, quien había tomado posesión de su cargo el 8 de julio de 1790 y se había ganado las simpatías de la población.

Dice Ramiro Guerra: El gobierno de Luis de las Casas se considera, generalmente, como uno de los más notables que tuvo Cuba. Debe reconocerse, sin disminuir los méritos de Las Casas, que el alto precio del azúcar y el comercio extranjero, autorizado a virtud de la guerra, fueron los dos factores más importantes del buen éxito del gobernador (Obra citada, páginas 210-211).

Por otro lado, en España, se sentaba en el trono Carlos IV, hijo de Carlos III, quien para nada había heredado la energía de su padre, pues carecía de las cualidades propias para el cargo. Quizás, consciente de ello, se confió en demasía a un protegido de la reina, Manuel de Godoy, quien llevaba el gobierno para mal del rey y del reino.

En 1794 Francia había invadido España y desde entonces ésta se hallaba sometida al poder francés. Muchos consideraban a Godoy como vendido a Francia, lo que le trajo muchos enemigos, los que complotarían luego contra él y contra Carlos. Pero de esto ya hablaremos más tarde.

En lo eclesiástico tenemos que ese año había tomado posesión como nuevo obispo de la diócesis habanera el Ilustrísimo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, quien llegaría a ser considerado como uno de los más grandes prelados que haya tenido la misma.

Volvamos al joven Félix, quien ingresa al Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana ese mismo año de su regreso, 1802, lleno de ideales y deseos de aprender.

Había tenido en San Agustín un buen preceptor en el Padre O'Reilly, quien lo inició en el camino de las letras y del latín, lengua que todos atestiguan llegó a conocer como la suya propia.

En este Seminario, ya famoso por su magnífico profesorado y sus avances pedagógicos, completaría Félix su formación filosófica y teológica, dedicando todos sus esfuerzos al estudio y la vida espiritual.

El Seminario, como ya se dijo, fue fundado unos años atrás por el obispo Hechavarría, quien le dio el nombre de "Colegio Real de San Carlos y San Ambrosio", pues como ocurría en aquellos tiempos, tuvo antes que obtener la aprobación regia que llegó por Real Orden del 14 de agosto de 1768.

La idea no era sólo formar sacerdotes, pues aunque también sería un Seminario Conciliar en todo el sentido de la palabra, podían allí cursar sus estudios aún aquellos que no tenían puestas sus miras en el servicio del altar. Lamentablemente, y esto era una muestra de la época, no se permitía el ingreso a todos, pues existía discriminación racial y social.

En la introducción de su reglamento el obispo señalaba lo siguiente: Su designado principal ha sido formar un taller en que se labren hombres verdaderamente útiles a la Iglesia y al Estado; hombres que por su probidad y literatura, sean capaces en cualquier ministerio sagrado o profano de hacer el servicio de ambas majestades, y contribuir a la felicidad de los pueblos (Citado por Teresa Fernández Soneira: Cuba: Historia de la Educación Católica. 1582-1961, Pag. 107).

Los que conocieron al joven Varela por aquel tiempo pudieron testimoniar sus grandes dotes intelectuales, pero también su aplicación. Devoraba cuanto libro caía en sus manos y, sin descuidar los textos propios de los cursos que estudiaba, se mantenía al tanto, con la ayuda de algunos profesores eminentes, de los adelantos científicos de la época.

Es bueno consignar algunos nombres, como el de los sacerdotes José Agustín Caballero, Juan Bernardo O'Gavan, José Ricardo Ramírez, y el dominico fray Remigio Cernadas, entre otros.

De ellos cabe destacar al presbítero Dr. José Agustín Caballero, conocido por todos como el Padre Agustín. Este fue un forjador de hombres nuevos, insuflándoles un espíritu cristiano y patriótico, con nuevas ideas de progreso y libertad.

Fue él quien introdujo la filosofía moderna en Cuba, dejando a un lado métodos arcaicos, poniendo así en circulación las ideas de filósofos como el francés Condillac o el inglés John Locke. De él bebió ciertamente Varela lo que luego, con luz propia, se encargaría de desarrollar.

Comentando unos elogios de José de la Luz y Caballero a su tío, el Padre Agustín, Varela escribirá más tarde: Debió Ud. haber dicho que Caballero fue uno de los hombres de gran mérito, con gran influencia y en constante ejercicio de ella, que ha vivido... y ha muerto sin enemigos. Aquí está, querido Luz, aquí está el gran prodigio y el mayor elogio que puede hacérsele al incomparable Caballero (Citado por el Padre Ismael Testé, Historia Eclesiástica de Cuba, II, pag. 168).

El Padre Caballero había nacido en La Habana el 28 de agosto de 1762 y fue ordenado en 1785.

Por todo esto podemos decir que la formación básica recibida por Félix esos años tuvo que ser muy sólida, pues más tarde despuntaría como un portento en todas las materias en las que tuvo la oportunidad de demostrar sus conocimientos.

Es de destacar que Varela llegó a ser preceptor de latinidad antes de ser ordenado, aunque provisionalmente, y concurrió a oposiciones para la cátedra de teología siendo todavía subdiácono, frente a sacerdotes con mayor experiencia que él, saliendo airoso en cuanto a aprobación, aunque no lograra conquistar, por entonces, la ansiada oportunidad de enseñanza que tanto anhelaba. Hay que hacer notar que de antemano sabía Varela que no iba a ganarla, pues uno de los contendientes era, precisamente, uno de sus profesores, José Ricardo Ramírez, quien sería el que la obtendría. Fue sólo una manera de probarse a sí mismo al tener que pasar por exámenes tan difíciles.

Se había despertado en él una clara vocación pedagógica, pues había comprendido la gran influencia que podría ejercer sobre los educandos, usando nuevos métodos de enseñanza que ya bullían en su mente.

Lógicamente, tendría todavía mucho que aprender, pues si bien la ciencia se logra en las clases y los libros, la experiencia no se improvisa.

Y como la experiencia también se logra en lo negativo, otro fracaso lo vendría a probar en su temple y decisión de dedicarse a enseñar. Aquella cátedra de latín que se le había asignado en forma provisional fue sacada a oposición, la que tuvo lugar poco después de su ordenación de diácono, orden que recibió el 22 de diciembre de 1810. Pese a ser buen latinista, no ganó, lo que de seguro llenó su alma de desencanto, pero sólo por poco tiempo, ya que en todo veía la mano de Dios.

EL OBISPO ESPADA

No creo se haya enfatizado lo suficiente la gran influencia que tuvo el obispo de La Habana Mons. Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, sobre el futuro ministerio del P.Félix Varela.

Había llegado a La Habana desde su España natal, ya ordenado obispo, a principios de 1802, para hacerse cargo de su diócesis. Venía con ansias de poner en práctica todas las ideas que tenía, producto de su contacto con lo más avanzado de lo que se cocía en la aulas europeas.

Todo eso por poco queda frustrado casi al comienzo, por cuanto pudo ser víctima fatal del vómito negro, como entonces se llamaba a la fiebre amarilla, que hizo estragos en la capital de la provincia española que era por entonces Cuba.

Pero por designio divino sobrevivió, y pienso que para mucho bien, pues pese a haber sido acusado en más de una ocasión de toda clase de errores, su nombre ha pasado a la historia como uno de los más grandes obispos que ha tenido la sede habanera.

En cuanto a lo que a nosotros toca, ¿hubiera sido Varela el mismo si no hubiera contado con la comprensión, apoyo e impulso que en todo momento, desde antes de su ordenación, le dio un Obispo que lejos de mirar en él una sombra, descubrió su talento y lo alentó a ponerlo al servicio de las mejores causas?

¡Cuánto talento y celo apostólico se ha visto desperdiciar en la Iglesia por culpa de la miopía de prelados y superiores!

Pero Espada no era de esos espíritus mediocres que no pueden soportar que alguien con méritos pueda amenazar sus posiciones. Por el contrario, consciente de su deber pastoral, hizo lo que debía hacer con el joven Varela, en quien vio madera de líder y de apóstol.

Por eso me atrevo a asegurar que, si bien otros muchos influyeron para que el hombre que abrió los caminos a la idea de una Cuba independiente, y dedicó sus más grandes esfuerzos por lograrlo, no con las armas en la mano, sino desde el púlpito, la cátedra, los libros, la prensa y hasta la política, la presencia del Obispo Espada en su vida fue decisiva para que pudiera desarrollarse en él esa vocación que lo elevaría a una altura privilegiada entre sus compatriotas.

SACERDOTE PARA SIEMPRE

La formación espiritual e intelectual de Varela tuvo que ser profunda, pese a que terminó sus estudios sacerdotales sin contar siquiera la edad canónica requerida.

Pero algo bullía en su mente, y era poder dar a su abuelo, Don Bartolomé, quien había sido para él más que un padre, el consuelo de verlo ordenado sacerdote antes de partir definitivamente de este mundo, ya que no pudo complacerlo abrazando la carrera militar.

Eso lo llevó a rogar al Obispo Espada que pidiera a Roma la necesaria dispensa, a lo que éste accedió gustoso, pues había tomado gran afecto por aquel seminarista que demostraba un tesón admirable y una fe sincera, amén de una preparación académica de primera clase.

Así fue ordenado sacerdote en la catedral habanera, el 21 de diciembre de 1811, casi al año exacto de su ordenación de diácono.

Su Primera Misa la celebró al día siguiente en la iglesia del convento de Santa Teresa, pues su tía María era monja carmelita y de esa manera podría participar de las primicias del ministerio sacerdotal de su sobrino. De seguro la ofrecería también por su otra tía, Rita, quien era también su madrina, y que había muerto en San Agustín, donde su cuerpo esperaría que algun día estuviese también muy cerca el de su querido ahijado, en el mismo cementerio de Tolomato.

UNA VOCACIÓN DEFINIDA

Si algo intuyó claramente el obispo Espada de este nuevo sacerdote que ordenaba para la diócesis habanera es que tenía, aparte de una piedad transparente y una inteligencia excepcional, una vocación definida para la enseñanza.

Así lo había demostrado ya desde sus tiempos de seminarista, por lo que no quiso tronchar tales aspiraciones sino que más bien las apoyó para que de aquel Félix Varela saliera lo mejor que él podría dar.

Y así fue como, por pura decisión suya, el nuevo sacerdote se vio frente a la catedra de Filosofía, sustituyendo nada menos que a dos probados profesores que lo fueron los padres Agustín Caballero y Juan Bernardo O'Gavan, que hasta entonces habían estado al cargo de los estudios filosóficos en el Seminario.

Fue para Varela una gran satisfacción, pero al mismo tiempo una tremenda responsabilidad, de la que hubo de salir airoso, pues pese al poco tiempo que pudo desempeñar la cátedra, demostró no sólo estar preparado académicamente, sino ser capaz de inaugurar una nueva forma de enseñanza, hasta entonces inédita.

En esto se hizo famoso, y fueron muchos los que desearon asistir a sus clases, rodeándose así de una pléyade de jóvenes cubanos muy valiosos, entre los que habían de destacarse, entre otros, José de la Luz y Caballero, Antonio Saco, Antonio Bachiller y Morales, Nicolás Manuel de Escobedo, Anacleto Bermúdez, por sólo citar unos pocos.

Estos serían los que luego habrían de recoger el reto de su maestro, cuando éste tuvo que abandonar el suelo natal del que se vería obligado, por fuerza de crueles circunstancias, a vivir alejado para siempre.

Estos serían los que con su proceder pondrían en alto el nombre de Varela, como aquel que prendió en ellos la llama de la fe y la devoción, al mismo tiempo que el patriotismo más acendrado y el amor a una Cuba a la que quería independiente de todo yugo exterior e interior.

UN GENIO POLIFACÉTICO

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que Félix Varela fue una de las inteligencias más claras que haya dado Cuba al mundo.

Se destacó en el manejo de las lenguas, pues hablaba latín en forma elegante, pese a que fue el primero en introducir el castellano en sus clases. Luego hablaría el inglés como si fuese su lengua materna. Parece que también conocía el italiano y el francés, y al menos podía leer otros idiomas. En New York tendría oportunidad de hablar hasta su poco de alemán y de polaco.

También fue músico y tocaba el violín con maestría, siendo él quien lanzara la idea de formar una Orquesta Sinfónica en la que, por supuesto, tomaría parte.

Fue Varela un filósofo en toda la extensión de la palabra. Prueba de ello fueron sus escritos publicados, como sus "Lecciones de Filosofía", o su "Miscelánea Filosófica". La primera obra llego a tener varias ediciones, siendo usada como texto en muchas Universidades y Seminarios de toda América.

De haber podido dedicarse por más tiempo a esta ciencia es muy probable que hubiese llegado a escalar un alto sitial entre los grandes. Pero otras ocupaciones también importantes le hicieron apartarse de la cátedra y, aunque conservó su amor por la Filosofía, ya no pudo dedicarse a la labor académica como hubiera querido.

Fue también escritor. Su obra más conocida, aparte de las ya mencionadas, fue su "Cartas a Elpidio", que planeó publicar en tres volúmenes, pero no intentó siquiera escribir el tercero, quizás porque el segundo le trajo muchos sinsabores y malos entendidos.

Y es que allí se trataba de enseñar a la juventud cubana a estar en guardia contra tres de los grandes males que pueden acechar al ser humano: la impiedad, la superstición y el fanatismo.

Fue Varela también periodista, no sólo en español, sino también en inglés, destacándose igualmente como editor. Su "El Habanero" sigue siendo un monumento a su amor por Cuba y su dignidad de patriota que prefiere el destierro antes que vivir en una Patria mancillada.

Fue Varela un maestro como pocos. No sólo impartía sus cátedras, fuesen de latín, de retórica, de filosofía como luego también de Constitución, sino que lograba insuflar en sus alumnos la pasión por el estudio y el amor a Dios y a la Patria. Su método didáctico se apartó de lo acostumbrado para interesar al alumno, haciéndolo tomar parte, de modo que fuese un intercambio entre el profesor y sus estudiantes, para así poder llegar al conocimiento de lo que se quería enseñar.

Poseía una aptitud especial para la oratoria. Varios de sus sermones fueron justamente aclamados. Y en las Cortes españolas, a las que hubo de pertenecer por elección libre de sus conciudadanos, hizo gala de sus cualidades para defender las mejores causas y los derechos de los que vivían relegados en las provincias españolas de Ultramar.

¿Y qué decir de su fibra apostólica, que lo llevó a desempeñarse como pastor en varias parroquias de Nueva York?

Allí Varela demostraría que no era sólo sacerdote para la cátedra y el púlpito, sino también para compartir con los necesitados y llevar aliento a los inmigrantes que llegaban a América desde la lejana Irlanda, trayendo consigo su fe católica.

Por ser fue hasta inventor. Se sabe que desarrolló un sistema de enfriamiento que no logró prosperar de seguro por falta de recursos para llevarlo adelante. E intentó también con una rueda especial que evitaría los ruidos, pero ésa tampoco prosperó.

Si, además, queremos adentrarnos en sus actividades políticas y patrióticas, tendremos enfrente a uno de los hombres que más ha amado a Cuba y ha hecho más por su libertad, pese a haber vivido casi toda su vida alejado de ella.

No por casualidad uno de sus discípulos, José de la Luz y Caballero, quien brillaría luego con luz propia en la historia de la educación en Cuba, le dedicó este elogio que ha logrado acuñarse: El primero que nos enseñó a pensar. Otros lo llamarían el Padre de la Patria.

SITUACIÓN POLÍTICA

Cuba, como es sabido, era una colonia de España, que dependía de las políticas dictadas desde Madrid. Aunque algunas instituciones gozaban de cierta autonomía, el que realmente mandaba era el Capitán General de turno, enviado desde la metrópoli, verdadero representante del rey.

En España existía una monarquía, amenazada por las pretensiones de Napoleón de apoderarse de Europa. Ya vimos como Carlos IV sucede a su padre, Carlos III, entregando el poder real a su valido Manuel Godoy. En realidad ambos estaban aliados con Napoleón, quien en esos momentos estaba en el apogeo de su gloria, quizás por el miedo a perderlo todo, de modo que en España las cosas se hacían de acuerdo a los deseos del emperador.

Los enemigos del rey y de Godoy, en marzo de 1808, se sublevaron en Aranjuez, lugar donde residía la Corte, obligando a Carlos a abdicar en favor de su hijo, quien ocuparía el trono como Fernando VII.

Pero esas no eran las aspiraciones de Napoleón, de modo que los depuso a ambos para colocar en el trono español a su hermano José, apodado por los españoles "Pepe Botella". Ambos, Carlos y Fernando, pasaron a ser prisioneros de Napoleón en diversos lugares de Francia.

El emperador, sin embargo, no contaba con el pueblo español y éste se levantó ante la idea de tener un soberano extranjero. Así, el 2 de mayo de 1808 se produjo la famosa sublevación del pueblo de Madrid, que fue sofocada atrozmente por las tropas francesas.

Así comenzaría una guerra de Independencia que duraría hasta 1814, con apoyo de los ingleses.

Los españoles se organizaron en Juntas, que fueron locales y provinciales, reconociendo a Fernando como el legítimo soberano, a quien querían de nuevo en España. De ahí que se le diera el título de "El Deseado".

Las Juntas regionales determinaron tener una Central, que luego daría paso al llamado Consejo de Regencia, que ejercería el gobierno provisionalmente, comprometidos con los liberales a convocar a unas Cortes que funcionarían como un Parlamento, compuestas por diputados elegidos por el pueblo.

Más tarde las Cortes, reunidas en Cádiz, en el año 1811, redactaron y aprobaron una Constitución que entraría en vigor a comienzos de 1812 y que estaba basada en los principios de la Revolución Francesa, con una declaración de los derechos individuales de los ciudadanos.

Todos estos hechos tendrían gran impacto en América, por cuanto las colonias españolas habían quedado bastante aisladas de la metrópoli y, por otro lado, el hecho de integrarse también Juntas en ellas y verse prácticamente sin un verdadero rey que las gobernase, fue levantando el espíritu de independencia que culminó con la emancipación de casi todas ellas.

Napoleón vio con malos ojos el paso dado en España hacia una monarquía parlamentaria, por lo que, en 1813, permitió a Fernando volver, con el apoyo del ejército francés, retornando España al absolutismo, cosa que para el rey fue de mucho agrado.

Pero los liberales no perdieron el tiempo y junto con algunos militares conspiraron contra el rey para restaurar la Constitución.

Hacia fines de 1819 se reunieron en Cádiz y sus poblaciones cercanas gran cantidad de tropas, pues Fernando estaba empeñado en recuperar aquellas colonias americanas que se habían declarado rebeldes.

Esto permitió que algunos oficiales, encabezados por Rafael de Riego, convencieran a los soldados de ponerse de parte de un movimiento para restaurar la Constitución de 1812 y las libertades obtenidas por este medio.

Esto ocurre el 1 de enero de 1820 y abriría el camino a una nueva Asamblea Parlamentaria que daría a España un viso de democracia y modernidad. A Fernando no le quedó más remedio que aceptarla, aunque de mala gana.

Luego, en 1823, el rey Luis XVIII de Francia, quizás a pedidos secretos de Fernando, enviaría un ejército para que pudiera de nuevo reinar el absolutismo, y el rey español, ni corto ni perezoso, suprimió de nuevo la Constitución y las Cortes y persiguió con saña a sus enemigos políticos.

Pero estos acontecimientos los veremos más adelante. Lo cierto es que el restablecimiento de la Constitución daría un rumbo diferente a la vida de Varela, quien, insospechadamente, sería lanzado a una nueva etapa en la que no faltarían momentos gloriosos como muchas penas y sufrimientos.

VARELA, POLÍTICO

Lo primero fue la idea del obispo Espada de crear una cátedra de Constitución en el Colegio-Seminario, para formar en las ideas de la libertad a los jóvenes cubanos.

Se abrieron las oposiciones para la misma, presentándose, junto a Félix, José Antonio Saco, Nicolás M. Escovedo y Prudencio Echavarrría, ganándolas el primero.

Este abrió la nueva Cátedra en enero de 1821, teniendo nada menos que 191 alumnos, lo que demuestra el gran interés de la juventud por el tema.

Pero luego, una vez más, entra en juego el genio vivo del obispo Espada, quien, viendo las posibilidades que ofrecía para la Iglesia y para Cuba tener a un hombre como Varela en las Cortes españolas, lo anima a presentarse como candidato.

No creo que Varela lo hubiera hecho nunca de no haber sido impelido por el deseo de agradar a quien, de tantas maneras diferentes, le había apoyado.

Bien sabía él que la política española estaba al arbitrio de un rey que, como Fernando VII, no entendía ni quería entender de democracia. Ya había desconocido la Constitución y decretado antes, en 1813, el cese de las Cortes, y ahora no le había quedado más remedio que soportar ese instrumento que le negaba el absolutismo de su mandato.

Por obediencia, pues, se presenta como candidato y gana un puesto en las Cortes para representar a la provincia cubana de Ultramar. Junto a él fueron también elegidos Nicolás Ruiz, José del Castillo y el brigadier Gonzalo de Aróstegui.

Si él hubiera sabido. Pero no era adivino, desde luego, como tampoco lo era el obispo Espada, quien pese a su gran visión, empujó a Varela a una tarea que llevaría consigo perderlo por siempre para la diócesis habanera.

Porque eso fue exactamente lo que pasó.

VARELA EN ESPAÑA

Después de llegado a España surgen problemas que le impiden tomar posesión de su cargo, pues se alegaron irregularidades en las elecciones. El grupo de los comerciantes, que había pretendido monopolizarlas a su favor, sólo consiguió un diputado, por lo que impugnó las mismas. Así pasó varios meses en la capital española, nunca ocioso pero sí falto casi de medios para su subsistencia.

Podemos suponer que algo que nunca faltaría en su vida sería el tiempo para la oración y la celebración de la Eucaristía, aunque no tenemos documentación al respecto.

Lo que sí sabemos es que aprovechó para familiarizarse con el procedimiento de las Cortes y para editar su "Miscelánea Filosófica".

Por fin, después de varios meses, en noviembre de aquel año 1821, en una nueva elección vuelven a elegirlo, junto a tres diferentes de los anteriores: José de las Cuevas, Tomás Gener y Leonardo Santos Suárez, éste último discípulo de Varela.

Todavía tendrían Varela y los otros que esperar hasta el 3 de octubre de 1822 para prestar su juramento como diputados. Pero ya entonces sí se lanza a escribir y ganar apoyo para varios proyectos que tiene en su mente. Es necesario crear nuevas leyes para las provincias de Ultramar, incluyendo a Filipinas y Puerto Rico. También abrir caminos para que las ya independientes naciones americanas, en lugar de ser vistas como enemigas por los españoles, pudieran ser reconocidas, y así crear con ellas una nueva forma de cooperación y buenas relaciones.

Y, por supuesto, el tema de la esclavitud, que le era tan querido, pues estaba decididamente opuesto a ella, por lo que quería hacer todos los esfuerzos para lograr su total abolición.

Los pocos meses pasados como diputado en las Cortes fueron de mucho trabajo, siempre con la mente puesta en Cuba y en las otras colonias que aún le quedaban a España. Y su voz se dejaría oír repetidas veces para abrir la mente de sus colegas, al igual que había hecho desde sus cátedras de La Habana.

No todos pudieron comprender sus puntos de vista, dada la lejanía y el desconocimiento que había entre los españoles de la realidad de América. Algo que hemos de consignar es que por aquellas fechas las logias masónicas tenían una fuerza enorme en España. Prácticamente la mayoría de los miembros de las Cortes pertenecía a alguna de ellas. Y esto sería una experiencia negativa que luego llevaría a Varela a repudiar de ellas.

Con todo, el proyecto de una nueva política para Ultramar iba logrando avanzar, viéndose cada vez más cerca de su aprobación.

Lo de la abolición de la esclavitud tuvo mucho menos suerte. Muchos intereses creados pugnaban en contra y no logró el eco necesario entre los miembros de las Cortes. Ni siquiera en Cuba estaban preparados los ánimos para aceptarla, lo que no era un secreto para Varela, que estaba consciente de que el profeta no está para decir lo que la gente quiera oír, sino para defender lo que sea justo a la luz de los mandamientos divinos.

Lamentablemente España no era una democracia, sino una monarquía que aparentaba ser parlamentaria. Las Cortes pendían de un hilo, pues en Europa el concepto no era totalmente aceptado, y otras monarquías suspiraban porque el intento fracasase.

Un rey inepto pero ambicioso como Fernando VII no lograba hacerse a la idea de compartir el poder absoluto. Aceptó la Constitución y las Cortes de muy mala gana, pero cuando encontró la oportunidad dió al traste con el anhelo democrático de una buena parte de sus súbditos, y las Cortes fueron abolidas.

Ya para entonces los diputados, ante el peligro de invasión francesa, se habían trasladado, y casi obligado al rey a hacer lo mismo, hacia Cádiz. Quizás fue esto lo que salvó de la muerte a Varela y a otros muchos colegas, pues lograron llegar al cercano Estrecho de Gibraltar donde se acogieron al asilo de las leyes británicas.

Pena de muerte pesó sobre ellos, pues Fernando no quiso perdonar el deseo de la mayoría de destituirlo y hasta de dejar abolida la monarquía, que era más un estorbo a los planes democráticos que una ayuda para alcanzar la ansiada libertad política.

Allí quedaron truncos todos los proyectos. Y a nuestro héroe le llegó la convicción de lo que sería luego uno de los motivos más caros de su existencia: Cuba no podía seguir dependiendo de los caprichos de un rey o de los vaivenes de una política que le había sido tan adversa. Su único camino era la independencia.

Pero tendrían que pasar muchos años antes de que estos sueños pudiesen concretarse. Para Varela su escape de la muerte le valdría, en cambio, verse condenado a nunca más volver a ver a su amada Cuba.

EN TIERRAS AMERICANAS

Junto a Varela se salvaron también otros diputados cubanos, Gener y Santos Suárez. Los tres decidieron marchar a las tierras de América, quizás para estar más cerca de una Cuba a la que, por el momento, les estaría prohibido regresar.

Así embarcaron en el vapor Draper C. Thorndike que los llevaría a Nueva York. Allí desembarcarían el 15 de diciembre de 1823. Varela había partido de la Habana el 28 de abril de 1821. Poco más de dos años permaneció en España.

¡Cuánto frío había en aquella ciudad extraña! ¡Y cuánta incertidumbre en sus corazones! Llegaban vencidos y desilusionados. Pero fueron bien recibidos por algunos compatriotas e incluso por españoles que los consideraban casi unos héroes. Que lo eran en realidad. Por lo que hasta se propuso hacerles un homenaje, que ellos rechazaron.

Para Varela lo importante, ahora, era comenzar a trabajar. Tendría que luchar, también, con el idioma. En esos tiempos eran pocos los que, en Estados Unidos, hablaban español, y si quería hacer algo tendría que ser en el idioma del país al que había recalado buscando un refugio seguro, pues hasta su vida estaba en peligro.

Cierto que durante un tiempo había estado alejado del ministerio. Hasta entonces se había dedicado más a las tareas de enseñanza y a la política, algo que consideraba un deber también como sacerdote. Pero ahora, visto el fracaso de sus empeños, deseaba consagrarse más de lleno a la labor pastoral.

En realidad hasta ese momento no había tenido mucha oportunidad para adquirir experiencia en este sentido, pues después de su ordenación fue destinado al Seminario y , aunque allí ejerció una gran influencia positiva sobre una buena cantidad de jóvenes, nunca había trabajado en una parroquia. Ahora tendría oportunidad de hacerlo.

Pero antes de que pudiera siquiera pensarlo se presentaron ante él algunos de sus antiguos discípulos con una encomienda: que se pusiera al frente del movimiento en busca de la libertad de Cuba.

Era algo serio lo que le proponían, y él sabía de las muchas dificultades que confrontaría, pero ante todo estaba su amor a la Patria y su compromiso con aquellos que él mismo forjó en las ideas de patriotismo y de libertad para los pueblos.

Por eso daría su sí, no sin antes presentar algunas condiciones. Una de ellas era consecuencia de su experiencia por tierras españolas: nada de ingerencia en este movimiento de las logias masónicas.

Como contraparte sus discípulos, más cercanos a la realidad de Cuba, por haberla vivido en los últimos tiempos, le pidieron que no se tocara por el momento el tema de la abolición de la esclavitud, pues era algo que veían como la razón para que muchos en Cuba creyeran que la independencia sería un verdadero peligro para sus intereses económicos.

No es que esos jóvenes discípulos estuviesen de acuerdo. Era, simplemente, aceptar una realidad. Cuando llegase el momento la abolición se realizaría porque era parte del verdadero proyecto de liberación de la Isla.

Varela aceptó. Se dio cuenta de que habría que esperar tiempos mejores para lograr el ideal. Mientras, lucharía con ellos para lograr lo que ya otras naciones hispano-americanas habían conseguido: independizarse del yugo español.

Para Varela se abría un nuevo capítulo para el que su cuerpo no estaba totalmente preparado. No gozaba de buena salud, pues desde mucho padecía de asma. Y el frío glacial de Nueva York en invierno era demasiado para él.

No tardaría en enfermar, pero nada le arredró, pues en dos cosas quería de inmediato trabajar: en la libertad de la Patria y en el ejercicio de su amado sacerdocio.

En adelante tendría que sufrir muchos quebrantos en su salud, pero eso no significaría que iba a disminuir su ritmo de trabajo. En realidad se creó un círculo vicioso, pues si bien su cuerpo era débil, él tampoco lo cuidaba en demasía. Por el contrario, dormía poco, comía mal y trabajaba demasiado.

EL HABANERO

Buscando alivio a su asma, y en general a su débil salud, Varela decide ir a Filadelfia en el año 1824, quizás por consejo de algún médico amigo o de alguna persona que consideraba mejor el clima de aquella ciudad.

Fue allí que se realiza la idea de editar un periódico político y cultural, mientras se mejora y logra, además, las necesarias licencias para ejercer su ministerio en la diócesis de New York.

Así nace "El Habanero". Pienso que el título retrata a su autor, que siempre se consideró un criollo de La Habana.

Sólo siete números tendría, en los que mezclaría la crítica política con artículos de interés general. El lo subtitula "Papel Político, Científico y Literario". Y de suyo de todo eso tendría, aunque a partir del segundo número se centrará más y más en los problemas de Cuba.

El será quien escriba todos los artículos, con pocas excepciones, como el escrito por un enemigo, y que publica para demostrar que no teme a las críticas, pues está seguro en sus convicciones. Las páginas de "El Habanero" las dirige sobre todo a sus discípulos, que habían sido muchos, aunque también a toda la juventud cubana, en la que se encontraban las mejores esperanzas de una Patria independiente. Así lo aclara al final del primer artículo del primer número, titulado "Máscaras Políticas": Siempre abundan estos enmascarados, porque siempre hay hombres infames, para quienes las voces patria y virtud nada significan, pero en los cambios políticos es cuando más se presentan, porque entonces hay más proporción para sus especulaciones. Nada hay más fácil que conocerlos si se tiene alguna práctica en observar a los hombres. Esta es la que yo recomiendo a la juventud para quien principalmente escribo.

En sus artículos, sobre todo los políticos, demuestra Varela garra periodística así como madurez de conceptos. En esas páginas casi no hablará de religión, como no sea para iluminar los acontecimientos desde la luz de la fe. Pero la religión estará siempre presente, pues sus criterios no podían ser otros que los que se desprenden de una convicción y una actuación cristianas.

Será mordaz y también veraz. Pretende iluminar las conciencias sin tapujos. Sabe que sus escritos encenderán chispas en los corazones abiertos a las ansias de libertad, no sólo del pueblo cubano sino de todo el Continente, empeñado en romper las cadenas que le atan.

Y sus enseñanzas no pasarán desapercibidas. Hasta en España las páginas del periódico crearán inquietud, pues se sabe que en Cuba son leídas con avidez por muchos, a pesar del empeño de las autoridades por hacerlo imposible.

Si no fuera así nadie les habría hecho caso. Pero se ve que se estaba logrando el efecto que pretendían cuando por una Real Orden se prohíbe la introducción de "El Habanero" en todas las posesiones españolas.

Es que en sus páginas se habla abiertamente de independencia, como la mejor solución para Cuba, cuando todavía en la Isla la mayoría de los que ejercían alguna influencia consideraba esta idea como funesta o al menos inconveniente.

Por eso levantaría ronchas en unos y en otros, pues Varela no se detiene, a la hora de analizar, en lo que otros piensen, sino en lo que él considera lo mejor para la Patria. En realidad "El Habanero" es un manual de buen patriotismo, de libertad y democracia, donde se plantea, claramente, la independencia de Cuba.

Eso sí, no se hace muchas ilusiones. Así, en el mismo primer número, en un artículo titulado "Consideraciones sobre el estado actual de la isla de Cuba", dice: Es preciso no perder de vista que en la isla de Cuba no hay opinión política, no hay otra opinión que la mercantil. En los muelles y almacenes se resuelven todas las cuestiones de Estado.

Un poco más adelante añade: Sólo el ataque de las bolsas puede alterar el orden político de la Isla, y como éste no dista mucho, pues que ya empieza a sentirse, es claro que el actual gobierno tiene mucho que temer.

Luego prosigue diciendo: ... y es de temer que los que antes eran más anti independientes sean los más acalorados protectores de la independencia de la Isla, si consideran que sólo de ese modo están seguros.

Luego dirá una frase que tiene un gran dejo de amargura: Es preciso no equivocarse. En la isla de Cuba no hay amor a España, ni a Colombia, ni a México, ni a nadie más que a las cajas de azúcar y a los sacos de café.

Tremenda crítica que de seguro irritaría por igual a españoles y criollos. Pero así era Varela, un hombre a todo dar, sin miedo a la hora de decir la verdad. Como él mismo había escrito antes, al despedirse de la tierra cubana para ir a servir como diputado en las Cortes españolas, en el "Diario del Gobierno Constitucional", el 18 de abril de 1821: Ya sea que el árbitro de los destinos separándome de los mortales, me prepare una mansión funesta en las inmensas olas, ya los tiranos para oprimir a España ejerzan todo su poder contra el Augusto Congreso en que os habéis dignado colocarme, nada importa: un hijo de la libertad, un alma americana, desconoce el miedo.

Esto no lo dijo por casualidad. Lo demostraría en cada momento de su vida.

En "El Habanero" abundan frases que demuestran lo convencido que Varela estaba, ya en 1824, cuando comienza a publicarlo, de la necesidad de que Cuba sea independiente. Sólo citaré algunas de ellas, pero invito a mis lectores a tomar contacto directo con esas páginas que son el fruto maduro de quien nos trazó el camino correcto.

Los americanos nacen con el amor a la independencia. He aquí una verdad evidente. Aún los que por intereses personales se envilecen con una baja adulación al poder, en un momento de descuido abren el pecho y se lee: INDEPENDENCIA. ¿Y a qué hombre no le inspira la naturaleza este sentimiento? ¿Quién desea ver a su país dominado y sirviendo sólo para las utilidades de otro pueblo?

(Número II: Amor de los Americanos a la Independencia).

¿Quién podrá, pues, dudar de que la opinión general de los americanos está por su independencia? ¿En qué puede fundarse la descabellada, o más bien ridícula suposición, de que sólo un corto número como dicen de criollos está por la independencia, y que el pueblo americano quiere ser esclavo?

(Ibidem)

No hay que alucinarse. Yo soy el primero que estoy contra la unión de la Isla a ningún gobierno, y desearía verla tan Isla en política como lo es en la naturaleza; pero no puedo persuadirme de que si llegase a efectuarse la unión con Colombia, no fuese por la voluntad del pueblo, sino por una conquista.

(Número III: Paralelo entre la revolución que puede formarse en la Isla de Cuba por sus mismo habitantes, y la que se formara por la invasión de tropas extranjeras).

La España no es el territorio, son los españoles; y los españoles de América han determinado separarse de los de Europa, y yo estoy muy conforme con la separación que asegura la libertad de los pueblos. Sí, mi amigo, las repúblicas del continente americano son la España libre, que para serlo ha sacudido el yugo de un amo, y ha jurado no sufrirlo jamás. Esta es mi patria, y aun cuando no lo fuera, yo la adoptaría, renunciando la que es y será siempre la mansión del despotismo.

(Número III: Diálogo que han tenido en esta ciudad un español partidario de la Independencia de la Isla de Cuba y un paisano suyo anti independiente).

Creo que, para muestra, es suficiente. Todo el que lea "El Habanero" podrá enterarse de la clase de hombre y de patriota que era Félix Varela.

Fue tal el miedo que causaron sus páginas en las autoridades cubanas, que en 1825 el gobernador Francisco Dionisio Vives envió un matón, conocido como "el tuerto Morejón" para que asesinara a su autor, hazaña por la que le pagarían treinta mil pesos. Pero Dios velaba por su siervo y nada pasó. De esto habló Varela en el cuarto número de "El Habanero".

Este siguió publicándose, irregularmente, de acuerdo al tiempo y recursos económicos de que disponía. Los tres primeros números los publicó en Filadelfia entre 1824 y 1825, pero habiendo decidido trasladarse a Nueva York para allí desempeñar su ministerio pastoral, hubo de seguirlos publicando, hasta el número de siete, en aquella ciudad en la que tendría su domicilio durante varios años.

LA IGLESIA EN LOS ESTADOS UNIDOS

Cuando Varela llega a los Estados Unidos el Catolicismo estaba todavía en pañales. No olvidemos que este país fue colonizado al principio por ingleses, que eran por entonces, en su gran mayoría, protestantes.

Las leyes coloniales eran muy duras en contra de los católicos, lo que influyó para que no hubiera conversiones, aparte de que el número de sacerdotes era casi inexistente.

Fue sólo en noviembre de 1790 que Pío VI crea la primera diócesis que hubo en los Estados Unidos, Baltimore, con su primer obispo, John Carroll tomando posesión el 12 de diciembre del mismo año.

El número total de católicos, de los que el futuro obispo Carroll tenía noticia cuando hizo un primer estimado para la Santa Sede en marzo de 1785, era de 25 mil, en su mayor parte viviendo en Maryland y Pennsylvania. Estos dos estados, además, habían reconocido, desde 1776, la libertad de religión, lo que no fue hecho, hasta mucho más tarde, en los demás.

Otro reporte hecho en 1785 decía que había en todo el país 24 sacerdotes, de los que dos eran mayores de 70 años y tres estaban cerca de esa edad.

El Catolicismo permaneció desconocido, sospechoso, y algo foráneo en la imaginación de una absoluta mayoría de aproximadamente cuatro millones de americanos que componían la nueva nación al comienzo de la presidencia de George Washington. De muchas formas, la hostilidad de los colonos de los primeros años del siglo XVII hacia la Iglesia, basada como era en opiniones, prejuicios y modos de pensar del inglés de aquel tiempo, era aún evidente al final del siglo XVIII (New Catholic Encyclopedia, XIV, página 425).

Los acontecimientos ocurridos en Francia con motivo de la Revolución Francesa, y la obligación de los sacerdotes de jurar una Constitución Civil del Clero, llevaron a muchos a preferir el exilio, y esto trajo a varios a las tierras americanas. Entre ellos llegaron a Baltimore cuatro padres sulpicianos con cinco estudiantes, los que fundaron el primer Seminario, Saint Mary, en octubre de 1791.

Cuando el obispo Carroll murió en 1815 ya se habían ordenado treinta sacerdotes salidos de dicho Seminario.

Lamentablemente no todos los sacerdotes que llegaron de Europa tuvieron una actuación positiva. Algunos causaron muchos problemas, apoyándose en la costumbre, usada desde mucho antes en las iglesias protestantes, de que eran laicos los verdaderos dueños de las mismas, los llamados trustees. Encontrando apoyo en los nombrados, se rebelaron contra los obispos y algunos hasta lograron separar a sus comunidades de la obediencia al prelado, lo que causó serios trastornos en una Iglesia a la que ya sobraban problemas.

Hubo ocasiones en que los "trustees" llegaron hasta invocar la ley civil, que los reconocía por encima de los obispos, para despedir a pastores que no eran de su agrado por no pertenecer a su etnia.

Hubo lugares en que hasta se unieron a grupos anti-católicos, como los llamados "Know Nothing", para conseguir la aprobación de leyes civiles que pudieran ser favorables a su causa.

Sólo poco a poco pudieron los obispos asentar su autoridad y ser reconocidos como los únicos que legítimamente podían nombrar los pastores, según la Ley de la Iglesia.

Otro problema era que la gran mayoría de los sacerdotes que servían en las primeras diócesis eran extranjeros. Para 1815 ejercían en la ya Arquidiócesis de Baltimore 52 sacerdotes, de los cuales sólo 12 eran nativos.

Después de 1830 fue que se incrementó grandemente el número de católicos por la masiva inmigración de irlandeses, alemanes y franceses, lo que obligó al aumento de diócesis, pero el número de sacerdotes seguía siendo insuficiente.

El incremento de la inmigración trajo consigo una reacción negativa por parte de los protestantes, que desataron una campaña anti-católica de grandes proporciones.

Fueron muchos los fanáticos, atizados por pastores y líderes laicos, que llevaron el asunto a mayores, como el incendio provocado en el Convento y escuela de las Ursulinas, ocurrido en Charlestown, Massachusetts, en agosto de 1834, y del que el Padre Varela fue testigo presencial.

Más tarde, en 1844, se produjeron motines en Kensington, PA, con un saldo de 13 muertos y más de cincuenta heridos. Hay que hacer constar que la Iglesia siempre trató de evitar enfrentamientos y luchó para que hubiera tolerancia y mutuo respeto.

MINISTERIO EN NUEVA YORK

La diócesis de Nueva York, donde había decidido trabajar el Padre Varela, fue creada por Pío VII el 8 de abril de 1808. Ocupaba lo que es hoy el estado de Nueva York y aún parte del de New Jersey.

Al reportarse al ministerio en 1825, había en la diócesis unos 35 mil católicos y poco más de una veintena de sacerdotes para atender tan extenso territorio. En la ciudad sólo cinco para servir a dos iglesias. Al año siguiente era nombrado un nuevo obispo, el francés John Dubois, quien tomó posesión el 11 de noviembre de 1826.

Era muchísimo el trabajo que había que realizar. Pero Félix no se arredró. Sólo se dispuso a trabajar con todas sus ganas. Primero como asistente en la parroquia de St. Peter, hasta que logró, con ayuda de amigos, comprar una iglesia protestante que estaba en venta y en la que fue nombrado su primer párroco: "Christ's Church", que fue la primera en ponerse bajo la custodia del obispo. Era el año 1827.

El hecho de que Varela prescindiera de los "trustees" le causó muchos problemas, aunque no tanto a él como al obispo Dubois, a cuyo nombre estaba el templo según la más pura tradición de la Iglesia.

Los partidarios del "trusteeism" quisieron hacer ver que el templo iría a parar a manos de los herederos del prelado. Este tuvo que escribir una Carta Pastoral explicando a los fieles lo que era normal en cualquier parte del mundo, que el obispo es el administrador de los bienes de la diócesis, en modo alguno su dueño.

Pero Varela no dejó que este asunto influyera en su trabajo, atendiendo las necesidades espirituales de los fieles y preocupándose también por sus necesidades materiales. Ahí se le veía luchar para que los niños tuvieran escuelas, y los pobres trabajo o un refugio donde guarecerse.

Fueron incontables sus obras de caridad. Nos recuerda Monseñor Teodoro de la Torre en su folleto dedicado a exaltar su santidad de vida: Otra virtud eminente en Varela era su celo apostólico, sobre todo para los enfermos. En 1832 hubo en New York una epidemia de cólera. Cundió el miedo al contagio. Los que pudieron hacerlo huyeron de la ciudad. Hubo iglesias cerradas; pero el clero católico, para edificación de todos, inclusive de los protestantes, permaneció en su puesto. En el elogio fúnebre del padre Varela, publicado veinte años después en el "Freeman's Journal", se recordaba que durante la epidemia, el heroico ministro del Señor "vivió virtualmente en los hospitales". También visitaba los barcos de inmigrantes, arriesgando así la ira de los que creían que a ellos se debía la introducción de la peste en América" (Félix Varela. Vida Ejemplar. Página 16).

Todos sus biógrafos concuerdan en que sus obras de caridad fueron incontables, haciendo el bien sin mirar a quien, atendiendo a los que realmente necesitaban su ayuda. Dice, por ejemplo Hernández Travieso: Entró 1830 y Varela en él con una bien cimentada reputación de sacerdote, tan consagrado a sus fieles, de tan ilimitada caridad como armonioso entendimiento, pues todo el mundo le quería, desde los cuarentenados en Ellis Island, hasta el pobre viudo que dejaba a su nene seguro y bien cuidado mientras salía a librar el sustento con el sudor de su frente en el más alto sentido de la palabra. Le querían los niños, le querían los padres irlandeses que podían educar a sus hijas norteamericanas en costumbres y hábitos de refinamientos tan buenos como los de cualquier damita empingorotada de la ciudad, ya que en la escuelita del "Reverend doctor Varela: aprendían piano, bordado y francés, como pudieran aprenderlo las hijas del rico hotelero Astor o del acaudalado propietario de Delmonico's (obra citada, página 363).

Es clásica la anécdota de la pobre viejecita que recibió del Padre una cuchara de plata, pues no tenía dinero que ofrecerle, y al tratar la señora de venderla para poder resolver sus agobios económicos, cayó en sospechas y tuvo el propio sacerdote que aclarar la situación.

Se habla también de otra mujer que tiritaba de frío en una calle newyorkina, donde pedía limosna. Pasando el Padre por su lado se conmovió de su triste condición y despojándose de su capa, cual otro Martín de Tours, se la entregó sin titubeos.

Y sus famosos relojes, que regalaba a quien los necesitaba para intercambiar por dinero, y de los que amigos y discípulos volvían a proveerle a sabiendas de que volvería a regalarlos. Todo esto habla de su gran corazón de cristiano.

Por otro lado se esforzó por aprender un buen inglés y poder así escribir en el idioma que usaba entonces la gran mayoría.

Su labor periodística fue enorme. No sólo escribía, sino que llegó a fundar y editar varios periódicos, en español y en inglés, y aún tuvo tiempo para hacer varias traducciones, como la que hizo del "Manual de Práctica Parlamentaria" de Thomas Jefferson, y escribir dos tomos de su obra cumbre: "Cartas a Elpidio", que planeó en tres para combatir la impiedad, la superstición y el fanatismo.

Este último pudo él conocerlo en forma directa, pues hubo de ser testigo del incendio de la iglesia de St. Mary, como también del de un convento del que ya hablamos, y de hostiles demostraciones anticatólicas por parte de fanáticos protestantes. La suya, Christ's Church, ardió también, aunque no parece que haya sido por obra de manos sacrílegas.

Pero el tomo dedicado a este tema nunca llegó a ver la luz, ni parece siquiera que el Padre hubiera llegado a escribirlo, pues el segundo tomo, dedicado a la superstición, y publicado en 1838, no tuvo en Cuba la misma acogida que el primero, que vio la luz en 1836, sobre la impiedad, que hasta conoció una segunda edición en Madrid a cargo de algunos de sus discípulos.

Por entonces gobernaba en Cuba un dictador, Miguel Tacón (1834-1838), que fue de lo peor que España envió a Cuba, atizando los odios de los criollos y provocando que los sentimientos independentistas se hicieran más fuertes entre la mayoría de los que estaban más dispuestos a sentir a Cuba como su Patria.

Las "Cartas a Elpidio" fueron dirigidas a la juventud cubana. Así lo expresaba su autor: No ignoras que si circunstancias inevitables me separan para siempre de mi patria, sabes también que la juventud a quien consagré en otro tiempo mis desvelos, me conserva en su memoria, y dícenme que la naciente no oye con indiferencia mi nombre. Te encargo, pues, que seas órgano de mis sentimientos y que procures de todos modos, separararlas del escollo de la irreligiosidad. Si mi experiencia puede dar algún paso a mis razones, diles que un hombre de cuya ingenuidad no creo que dudan, y que por desgracia o por fortuna conoce a fondo a los impíos, puede asegurarles que son unos desgraciados y les advierte y suplica que eviten tan funesto precipicio. Diles que ellos son la dulce esperanza de la patria.

Los liberales españoles, que lograron en 1836, una vez más, que la Constitución de 1812 fuera restaurada, y que exigían reformas políticas para el país, se negaban a considerar a las colonias como parte del mismo, pues debían regirse por leyes especiales. Esto favoreció a Tacón, que con más firmeza continuó oprimiendo a los cubanos, para mal de España.

Pero Varela, que conocía de sobras lo que se podía esperar del gobierno de Madrid, ya había decidido mucho antes no regresar a la Patria, pese a que una amplia amnistía le ofreció tal oportunidad, pues consideraba infamante aceptar el perdón por una culpa de la que no se sentía responsable. Tampoco quiso, por ser fiel a Cuba, hacerse nunca ciudadano de los Estados Unidos.

Y así se entregó totalmente a su tarea sacerdotal, que iba siendo cada vez más apreciada entre los feligreses de New York.

Gustaba de atender a la gente, confesando y aconsejando, aunque siempre sacaba tiempo para orar, pues Varela era un hombre en íntima comunicación con Dios. Hablando de un Asilo que él había fundado pero que ahora se había trasladado a otro sitio bajo la dirección de las Hermanas de la Caridad, decía el periódico "The Teller" en agosto de 1933: Esta institución fue establecida sobre las cenizas, si es válida la expresión, de la otra que originalmente se desarrolló bajo la guía y asistencia de ese clérigo tan extraordinariamente piadoso como caritativo que es el doctor Varela (Citado por A. Hernández Travieso, obra citada, páginas 389-390).

Después del incendio de Christ's Church logró fundar en 1836, con la ayuda de fieles irlandeses y de sus amigos, entre ellos John Delmónico, quien aportó una cantidad sustancial, una nueva parroquia que se llamó "Transfiguration", situada muy cerca de Broadway. En ella desplegaría todo su celo, demostrando siempre esa abnegación, ese servicio desinteresado, esa calidad de entrega a la causa del Evangelio.

Su trabajo con los emigrantes y sus polémicas al mismo tiempo firmes pero respetuosas con los protestantes, le fueron dando justa fama de pastor y de teólogo.

Así no dudó el obispo Dubois, ya en 1929, nombrarlo uno de sus vicarios generales, junto al sacerdote irlandés John Power. Con éste llevó con éxito la diócesis newyorkina en ausencia del obispo, que pasó dos años en Europa buscando recursos para la construcción de un seminario.

Llegó incluso Varela a participar como teólogo en algunos de los Concilios Provinciales celebrados en Baltimore y hasta representó en una ocasión al obispo Dubois en uno de ellos. El sucesor de Dubois, John Hughes, quien llegaría a ser el primer arzobispo al ser promovida Nueva York a Arquidiócesis en 1850, continuó confiando tanto en Power como en Varela, a los que ratificó en sus cargos.

Pero la salud de Varela, que nunca fue muy buena, sufrió un recrudecimiento a causa del asma. Es muy posible que la mala acogida al segundo tomo de sus "Cartas a Elpidio" influyeran en esto. A finales de 1838 se llegó a hablar en Cuba de su muerte y él tuvo que desmentirlo en una carta que escribió a sus hermanas.

Como en otras ocasiones se recuperó para seguir su incansable trabajo. Hughes, por ese tiempo, era obispo coadjutor, pero llevaba las riendas, y al ausentarse por varios meses con ocasión de un viaje que hizo a Roma lo dejo como vicario, al cargo del gobierno de la diócesis.

Al mismo tiempo siguó con sus labores periodísticas. ¡Qué espíritu indomable! A principios de 1839 logra sacar nada menos que dos nuevas publicaciones: una dirigida a los niños, a la que llamó "The Chidren's Catholic Magazine", y otra de información y formación: "The New York Catholic Register" que era semanal y en la que defendió a los indios nativos por los abusos que sufrían de parte de los ciudadanos de ascendencia europea. Este periódico duró hasta diciembre de 1840 en que se fundió con el "New York Freeman's Journal" y con el cual ya Varela no tuvo nada que ver.

No sabemos cómo podía sacar tiempo para tanto, pues, casi al mismo tiempo, en junio de 1840, funda y preside una organización para personas con problemas de alcoholismo, y que llamó "New York Catholic Temperance Association", que llegó a tener miles de miembros, y que luchaba por una mayor templanza, sin que sus miembros tuvieran que prometer una abstinencia absoluta en todos los casos.

Por otro lado, aunque dejó de publicarse el "Catholic Register" no por ello se le apagaron sus ansias de utilizar la prensa como medio de evangelización. Así, en abril de 1841, él y un cultísimo sacerdote que había participado con él y otros en anteriores polémicas con los protestantes, el ítalo-americano Charles Constantine Pise, comienzan la publicación de una revista, "The Catholic Expositor", donde saldrían muchos trabajos suyos sobre Sagrada Escritura, Filosofía y otros temas. Esta revista se mantuvo hasta el año 1844.

En 1846 vemos a Varela marchar, una vez más, para participar como teólogo, junto al obispo Hughes, en el VI Concilio Provincial de Baltimore.

AL CAER LA TARDE

Si su mente se mantenía clara y su ardor apostólico se resistía a resquebrajarse, no así su cuerpo. A principios de 1847 se agravaron sus males y hubo de marchar a Charleston, Carolina del Sur y aunque regresó a New York en junio tuvo que huir de nuevo del frío en noviembre de ese año, para acogerse al clima más cálido de Charleston, para luego seguir más al sur, hasta recalar en San Agustín, del que guardaba tantos recuerdos de sus primeros años. Claro que ya no era el mismo, pues aunque la ciudad no habría cambiado mucho, no era entonces española, sino parte de los Estados Unidos, que había comprado Florida a España en febrero de 1821.

Varela tenía 61 años y estaba consciente de que su fin se estaba aproximando. Así llegó a decir en carta a su discípulo Cristóbal Madán: No me va muy bien de salud, y me iría peor si no fuese por este clima. En New York, acaso hubiera muerto (Citado por Hernández Travieso, obra citada, página 447).

Era entonces párroco de San Agustín el padre Edmond Aubril, quien lo acogió con cariño y lo alojó en una habitación al fondo de la escuela, la que se encontraba al lado de la iglesia.

Allí hacía lo que podía ayudando al párroco y cuando tenía humor, dedicaba su atención a los niños de la escuela, deleitándolos con su violín, que fue una de las pocas pertenencias que llevó desde New York. ¡Tal era su afición por la música!

Visitando un día el cementerio de Tolomato con el Padre Aubril, donde estaba enterrada Rita Morales, su tía y madrina, le expresó al párroco su deseo de ser inhumado junto a ella. Esto luego lo usaría el pastor para evitar que sus restos fuesen llevados a Cuba.

Uno de sus discípulos, Lorenzo de Allo, aprovecha un viaje a Charleston para desde allí trasladarse a San Agustín y visitar a su viejo profesor. Era la Navidad de 1852.

La impresión que sacó fue tal que se sintió muy conmovido por el estado de postración del ilustre enfermo, considerándose obligado a hacer algo por él. Así escribe a un condiscípulo, ahora sacerdote, Francisco Ruiz, quien ostenta además la Cátedra de Filosofía que otrora fuese0 de su Maestro, para pedirle que se le ayudase económicamente. Este se movió y logró conseguir algunos recursos que fueron confiados a José María Casal.

Al mismo tiempo se hicieron gestiones en New York, pues la situación financiera de Varela, en esos momentos, era deplorable, por más que no le faltaba lo necesario gracias al cariño del Padre Aubril y de los feligreses de San Agustín.

Pero todo fue inútil, pues cuando Casal llegó con su esposa a dicha ciudad, ya Varela había muerto, el 25 de febrero de 1853 y sepultado al día siguiente, tal y como había pedido, al lado de su tía, en el cementerio local de Tolomato.

Fue entonces cuando Casal se empeñó en organizar el traslado de sus restos, pero el párroco le hizo ver que esa no era la voluntad del occiso. Y si en Cuba sus discípulos y los muchos admiradores que tenía hubieran rodeado los restos de su Maestro y amigo con grandes muestras de cariño, no fueron menores las que le prodigaron los feligreses de San Agustín.

Algo que sí logró Casal, con el dinero que había traído, fue levantar una capilla a la que se trasladaron los restos el 13 de abril del mismo año y que todavía se conserva en Tolomato, aunque ya no con los restos del "santo cubano" que, supuestamente, reposan junto a su busto en la Universidad de La Habana.

Volviendo un poco atrás, recordemos los últimos momentos de Varela, que fueron contados por el propio Casal después de haber recogido los relatos de boca del párroco y de algunos feligreses, que lo consideraban un verdadero santo.

En la mañana del 25 de marzo, sintiendo ya cercana la muerte, pidió al Padre Aubril que le llevara el Santo Viático. Cuando el párroco lo hizo le acompañaban tantas personas que no cupieron en la estrecha habitación.

Antes de recibir la comunión Varela dijo: Tengo que cumplir una promesa que hice mucho tiempo antes de ahora. Tengo que hacer en este momento, en el momento de mi muerte, como lo he hecho durante mi vida, una profesión de fe en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía. Creo firmemente que esta hostia, que Ud. tiene en sus manos, es el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo bajo la apariencia de pan. Ven a mí Señor.

Ese mismo día, entre las personas que allí se encontraban, dos mujeres, una de ellas protestante, le pidieron que bendijera a sus hijos, lo cual hizo con cariño. La no católica se convirtió luego, lo que fue quizás el primer milagro de Varela.

Murió a las ocho y treinta de la noche de ese día.

Quisiera terminar este homenaje a quien fue grande como hombre, sacerdote, patriota y santo, con las palabras que le dedicara, todavía en vida, el "Catholic Freeman's", en 1847. Esto demuestra que, efectivamente, todos coincidían en New York en considerar a Félix Varela como alguien que aunaba en su persona una gran inteligencia y una capacidad enorme de trabajo con una caridad sin límites, una piedad auténtica y un celo apostólico a toda prueba.

Las recoge Hernández Travieso en las páginas 433 al 435 de su obra, de las que escojo los siguientes párrafos:

No hay duda, él es padre y amigo. El pobre que acude en sus necesidades y el afligido por sus tristezas, se despiden siempre confortados. Cuanto posee lo da con tal munificencia, que en ocasiones carece de lo imprescindible para mantener lo más común y elemental al sostenimiento de su vida.

A todos brinda consejo o admonición, pero sin palabra afectada, ni en tono ni en gesto. Por eso sus consejos se atesoran con el corazón y aún sus admoniciones son recibidas con tanta gratitud.

Sin embargo, no son inveteradamente el pobre y el ignorante los que acuden en busca de su parecer. Nuestro caballero de humilde porte, está dotado de un talento de primerísimo orden, tan cultivado en los conocimientos de los hechos pretéritos, como enterado de los actuales, y provisto de un discernimiento tan perspicaz en los negocios del mundo, como candorosa es la simplicidad de su alma.

Sobre todo, su mente es clara y singular entre las materias que conciernen a su sagrado ministerio. Por eso, dentro de su hábito cotidiano está escuchar a sus hermanos en vocación, que también acuden a consultarle. Podría hacerse orgulloso por esto, pero no pierde su disposición humilde porque sus opiniones las sigan con señalada preferencia algunos a quienes la estimación mundana coloca por encima de él.

Y no se juzgue arbitrario el escorzo de débil trazo que emprendimos del humilde y laborioso, del pío, del caritativo, culto sacerdote, fiel seguidor del manso y humillado Maestro, cuyo retrato hemos realizado con suma imperfección para que semeje en algo a la disposición y el carácter del doctor Varela, bienamado pastor de la Iglesia de la Transfiguración.

Sólo nos resta decir: AMEN.

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Página fue modificada: 29/08/2008 17:38

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