AB PADRE BAZAN

SABOREANDO LA PALABRA:

EVANGELIO DE LA INFANCIA

1.

"Y Jacob engendró a José, el esposo de María de la que nació Jesús" (Mateo 1,16).

Una genealogía es como una larga lista en la que aparecen los ascendientes directos de una persona.

Dos de los evangelistas, Mateo y Lucas, incluyen en su obra genealogías de Jesús. Esto lo hicieron para demostrar que El era, realmente, un descendiente de David, el profeta y rey.

Las dos genealogías son diferentes, pues no necesariamente coinciden los nombres, pero lo importante es que ambas demuestran la línea davídica de Jesús. Ordinariamente las genealogías, en ese tiempo, seguían la línea de los ascendientes varones, lo que era lo ordinario en casi todas partes.

Aunque José no fue realmente el padre de Jesús, sí lo fue legalmente, por lo que recibe todo el derecho de ser tenido en cuenta en dicha genealogía.

Mientras Mateo comienza la suya en Abrahán, continuando en forma descendente, Lucas empieza con el propio Jesús y, por su padre legal, hace llegar la genealogía hasta Adán.

Curiosamente entre los ascendientes de Jesús, según la del primero, aparecen cuatro mujeres, tres de ellas extranjeras, y algunas no de muy buena conducta.

La primera es Tamar, nuera de Judá, que concibió con é un hijo adulterino. La segunda es Rahab, la prostituta que dio albergue en su casa de Jericó a los dos espías israelitas enviados por Josué. También los ayudó a escapar. Ella luego se casó con un israelita llamado Salmón con el que tuvo a Booz.

Por su parte Booz, obligado por la ley del levirato, tomó como esposa a Rut, que era moabita, viuda sin hijos de un pariente suyo, con la que tuvo a Obed.

La última mencionada en la lista, aunque no por su nombre, de la que Mateo sólo dice que era "la mujer de Urías", una extranjera, fue Betsabé, con la que David cometió adulterio y luego tuvo con ella a Salomón, que sería el heredero de su padre.

Esto nos indica que todos, hasta Jesús, tenemos entre nuestros acendientes y parientes que no fueron buenos ejemplos en sus comportamientos.

Ni que decir tiene que el propio David, a quien se prometió un descendiente que sería rey eterno y universal, es decir, Jesús, cometió muchos pecados en su vida, pero Dios lo miró con ojos de misericordia porque siempre le fue fiel y nunca adoró dioses falsos, sino sólo al que se reveló a Abrahán, Isaac y Jacob.

2.

"Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lucas 1,26-27).

El mismo ángel Gabriel, a quien se le confió la tarea de anunciar a Zacarias que iba a tener un hijo, Juan, que sería elegido por Dios para preparar el camino al Mesías, fue quien vuelve de nuevo para esta vez, a los seis meses del encargo anterior, anunciar a María que iba a ser la madre del Mesías.

¿Quién era María? Una muchacha de unos catorce años, de familia pobre, que vivía en una tan pequeña población, Nazaret, que ni siquiera aparecía en los mapas de la época. Lucas le regaló el título de ciudad sin merecerlo.

Se especifica que era una virgen que estaba desposada. Esto significa que si bien María nunca había tenido relaciones con un hombre, estaba ya seriamente comprometida para casarse con José. Quiere decir que ya habían pasado por el solemne compromiso de los "desposorios", que los judíos tomaban muy en serio, de tal forma que era casi como si estuvieran casados. Ordinariamente se esperaba un año para la ceremonia de la boda, pero no era raro que algunos vivieran ya juntos antes de la fecha, obviando quizás los gastos de una fiesta nupcial.

¿Es que María amaba a José y se preparaba con ilusión a la cercana fecha del matrimonio? Debió ser lo más probable, pues era casi impensable a una muchacha judía, tener otro tipo de planes. Hasta el momento en que el ángel irrumpe en su vida, María fue una muchacha normal, muy llena de Dios, sencilla y buena, pero sin conocer en absoluto lo que Dios reservaba para ella.

Algo que se resalta también es que José pertenecía a la casa de David, lo que daría al hijo, al menos legalmente, la pertenencia a la misma casa del antiguo rey y profeta. Aunque en ningún momento los evangelios hablan de que María también fuera descendiente de David, hay indicios de que podría haberlo sido también.

La elección de Dios podría parecer absurda a los ojos de los que ignoran su manera de actuar. No cayó en una muchacha noble, ni de familia rica, ni de casta sacerdotal, ni siquiera viviendo en una ciudad de las importantes de Israel. Pero Dios ve diferente a los humanos. El descubrió lo que luego ella reconocería: la humildad de su sierva.

El conocía bien a quién escogio, y porque la escogió la exaltó, adornándola con toda clase de dones sobrenaturales, para que fuese digna madre de quien era el Hijo de Dios.

3.

"Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo" (Lucas 1,28-29).

No ha habido en el mundo nadie a quien un ángel haya saludado con palabras tan hermosas y llenas de contenido.

¿Por qué debía alegrarse María?

Por dos cosas fundamentales: Porque Dios la había llenado de gracia y el Señor estaba con ella.

¿Puede haber algo más grandioso?

Ese "llena de gracia" significaba que María estaba completamente santificada, si bien no por méritos propios, sino en previsión de los de Aquel a quien habría de llevar en su vientre. Así nos lo enseña la Iglesia.

Porque, efectivamente, María no podría alegar ningún merecimiento ante Dios, pues sabemos que sólo por gracia suya es que somos enaltecidos y salvados.

Claro que era buena María. No se podría encontrar en el mundo alguien con un corazón como el suyo. Por algo la escogió Dios para una tarea tan especial: ser la madre de su Hijo.

Pero esa elección recayó en ella sólo por dignación del Señor. Nadie es capaz de merecer una gracia tan elevada. Ni siquiera ella.

Por eso se conturbó, pues se sabía inmerecedora de una saludo tan extraordinario e inaudito. Una muchacha de apenas catorce años, que aunque piadosa y creyente, no podría haber siquiera sospechado que Dios pusiera sus ojos en ella, no podía menos que sentirse anonadada.

¿A qué venía todo aquello? se preguntaría en su interior, en el poco espacio de tiempo que medió entre el saludo del ángel y sus posteriores palabras.

Y si el saludo la conturbó, cuánto más el anuncio que luego recibiría. ¿Podría algún ser humano concebir algo de tal magnitud?

Muy cierto que el pueblo judío esperaba al Mesías, pero para esas fechas la mayoría lo imaginaba como un nuevo David, un caudillo poderoso, que devolvería a Israel sus glorias de antaño, ahora que se encontraba nuevamente sometido a un poder extranjero que lo avasallaba.

Para María fue, pues, la gran sorpresa. Ella, acostumbrada a vivir en la pobreza, nunca pudo sospechar que Dios se dignara fijarse en ella. Pero los ojos de Dios miran de una manera muy diferente a los nuestros. El supo descubrir en María a la persona ideal para ser una digna madre de su amado Hijo.

4.

"El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús" (Lucas 1,30-31).

La gracia de Dios nunca puede ser causa de temor. Por eso el ángel tranquiliza a quien, por ser tan joven, se había turbado a causa de su saludo.

Ser elegida por el Omnipotente para una misión tan importante tenía que producir un escozor en el alma de cualquiera. María estaba acostumbrada, precisamente por su humildad, a considerarse indigna de ser tenida en cuenta.

Dios, con todo, y quizás precisamente por ello, la había escogida a ella por encima de todas las mujeres. Una sola podría llenar ese cometido, y esa sola era ella y nadie más.

Todas las jóvenes israelitas, desde muchos siglos antes, habían considerado la maternidad como un especial regalo de Dios. Ser estéril era signo de que Dios, por alguna razón, negaba a esa persona el simpar privilegio de ser madre.

Cuando Isabel, la parienta de María, concibió a quien luego sería el profeta Juan, el Bautista, a pesar de que ya se había hecho a la idea de quedar estéril, pues su edad era como para perder las esperanzas, reaccionó con estas palabras: "Esto se lo debo al Señor, que ahora se ha preocupado de librarme de esta vergüenza mía ante la gente" (Lucas 1,25).

Era, pues, una vergüenza no tener hijos, en la mentalidad judía. De esto surgió también la ley del levirato, por la que si un judío casado moría sin descendencia, el pariente más cercano que estuviera soltero debía casarse con la viuda y el primer hijo se le contaba al difunto.

No era pues, María, ajena a ese deseo de encontrar gracia a los ojos de Dios y tener descendencia. Una muchacha judía no podría haber pensado de otro modo. Por eso el ángel recalca: "has hallado gracia delante de Dios".

Y vaya si fue gracia elevada aquella, pues no se trataba de un hijo cualquiera, sino Aquel que había sido prometido a Abrahán, y luego a David, de quienes sería descendiente.

Era costumbre que el nombre lo pusiera el padre, casi siempre significando un deseo para el recién nacido. Pero el nombre de este hijo que María concebiría estaba dado ya de antemano por el que era su único Padre: Dios. De ahí que el ángel le dijera que su nombre sería Jesús, que en habreo significa Dios salva. El sería el Salvador por tanto siglos esperado.

5.

" Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin" (Lucas 1,32-33).

En la descripción que hace el ángel del futuro reinado del Mesías, se mezclan las aspiraciones mesiánicas del pueblo de Israel con las promesas de que el Mesías sería el salvador de toda la humanidad.

No se trata, en modo alguno de un reino terreno, como ya después se encargaría de aclarar el propio Jesús durante sus años de ministerio público.

Su reino no es de este mundo, dirá El.

Claro que los judíos, por pertenecer al pueblo elegido por Dios para preparar su advenimiento, serán los primeros invitados a la mesa de ese Reino.

Así lo harán ver los apóstoles y primeros predicadores, al dirigirse, en primer lugar, a los propios conciudadanos, para anunciarles que ya aquel Mesías que aguardaban había llegado en la persona de Jesús.

Así Pedro, el día de Pentecostés, dijo a una multitud: "Hermanos, permítanme hablarles con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, cuando dijo que "no lo abandonaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción", hablaba previendo la resurrección del Mesías" (Hechos 2, 29,31).

Este reino, ciertamente, no era sólo para los judíos, sino para todos los que quieran salvarse.

Pablo aclarará que ya no hay distinción entre judío y griego, porque uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan; porque "todo el que invoca el nombre del Señor se salvará" (aquí cita Pablo a Joel 3,5) (Romanos 10, 12-13).

El mismo apóstol de los gentiles dirá también que "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad" (1ª Timoteo 2,4).

Todo el mensaje del Nuevo Testamento es un canto de esperanza de que la salvación de Cristo nos alcanza a todos, pues El ha de reinar para todos cuando lleguemos a la plenitud de los tiempos.

Ese Rey no se presenta como un soberano que somete a sus súbditos por la fuerza, sino como un servidor dispuesto a dar la vida por todos aquellos que quieran seguirlo.

No exige de nadie sacrificios que El no haya afrontado primero. El va delante, derramando su sangre por la salvación de todos.

6.

"María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios" (Lucas 1,34-35).

En estos dos versículos queda bien aclarada la concepción virginal de Jesús en María.

Ella, desposada con un hombre llamado José, no había tenido relaciones con él. Los desposorios eran, ciertamente, una ceremonia importante, en la que los desposados contraían obligaciones mutuas de fidelidad. Pero esto no les daba derecho a la mutua convivencia, aunque había casos en los que no se aguardaba el año normal para efectuar la boda, y los simples desposados comenzaban a vivir juntos como marido y mujer. Esto, aunque no aplaudido, era comúnmente aceptado.

No fue tal el caso de María y José. Ellos, aunque enamorados el uno del otro, o al menos resignados a la decisión que otros habían tomado por ellos, pues era normal que fueran los padres los que se pusieran de acuerdo sobre el matrimonio, como jóvenes piadosos y cumplidores de los mandatos divinos, aguardaban pacientemente el día de la fiesta nupcial.

Pero otros planes tenía Dios para ellos. Eso sí, ambos tendrían que aceptar, voluntariamente, su colaboración con Dios.

Aquí a María se le están revelando esos planes. Más tarde le tocará a José conocerlos.

Pero María se sorprende. Nadie nunca antes había oído hablar de un embarazo en el que no mediara la convivencia íntima de dos personas, hombre y mujer. Por eso declara inocentemente su condición virginal, pensando, con lógica humana, en la imposibilidad de que esto ocurriera de otra forma.

Y aquí el ángel le da una respuesta que sigue asombrando hoy: Lo que de ella naceria sería obra del Espíritu Santo. El niño concebido sería el Hijo de Dios. No necesitaba de padre humano, como no fuera para cumplir los requisitos legales.

San Mateo añadirá (1,23) que esto ya lo había anunciado el profeta Isaías al decir: "Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá de nombre Enmanue"l (7,14).

Esta palabra significa: Dios con nosotros. Y eso era, precisamente, lo que estaba ocurriendo. Dios se hacía uno como nosotros, en la Persona del Hijo, para que la divinidad se acercase a la humanidad y ésta a la divinidad. ¡Qué maravilla!

7.

"Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios" (Lucas 1,36-37).

Por el propio Lucas conocíamos ya de la existencia de Isabel. No sólo eso, pues también sabíamos que la parienta de María era una mujer ya entrada en años, esposa de un sacerdote de nombre Zacarías, a quien el mismo ángel Gabriel le había anunciado que, pese a su edad, la que creían esteril iba a tener un hijo.

Ese será nada menos que Juan, el futuro Bautista, que tendrá como misión preparar el camino al Mesías, es decir, a Jesús.

Nada se nos dice sobre el grado de parentesco de María con Isabel. Parece, sin embargo, que entre esta última, considerada vieja en aquellos tiempos, y la joven virgen, había no sólo lazos familiares sino también un trato cercano.

Lo que el ángel le dice de su parienta es una sorpresa para ella. Pese a haber pasado seis meses desde el comienzo del embarazo, no eran fáciles las comunicaciones en aquellos tiempos, y la noticia no había llegado aún a Nazaret desde las montañas de Judea donde vivían Isabel y Zacarías.

Y aquí se juntan dos cosas aparentemente imposibles: que una virgen y una persona de cierta edad considerada estéril pudieran concebir. Pero recalca el ángel: Para Dios no hay nada imposible.

Escoger los padres para el precursor y la madre para el Salvador fue la tarea de Dios. Y El hizo posible lo imposible para que todo saliera a su manera.

Y es que Dios tiene un gusto exquisito, pero muy diferente del nuestro. No se trata de belleza física o de atributos personales a los que son tan adictos los seres humanos. Nada de abolengo ni de riquezas. Nada de títulos ni de cuentas bancarias. Sólo corazones llenos de amor.

Isabel y Zacarías eran una pareja de seres humanos maravillosos. También lo eran María y Jose. Por eso merecieron ese don de ser los elegidos por Dios para tan alta misión.

A Isabel la probó con su aparente esterilidad. A Zacarías lo dejó sin voz durante el embarazo de su esposa porque había dudado. A María y a José les exigió la renuncia de su amor carnal para que todo quedará sublimado con un amor más tierno y generoso, más rico y profundo.

Cuando tengamos dudas, cuando nos asalte el temor, cuando pensemos en nuestra indignidad, no vacilemos. Dios lo puede todo y El hará maravillas en nosotros si somos fieles a El.

8.

"Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel, dejándola, se fue" (Lucas 1,38).

Pese a su corta edad, pues sólo tendría unos catorce años, María era ya una jovencita llena de Dios. Aunque no sabemos si para entonces sabría leer, pues el analfabetismo era entonces bastante extendido, y más todavía entre la mujeres, sí conocía profundamente las Escrituras.

Es cierto que las mujeres no tenían obligacion de asistir a la sinagoga los sábados, y si iban eran relegadas a la parte de atrás, sin derecho a intervenir, pero de María podemos estar seguros que iría con suma devoción, escucharía atentamente las lecturas y comentarios, se uniría a las plegarias, y su alma estaría muy unida a ese Dios que se había revelado a Abrahán, Isaac y Jacob.

De modo que cuando oye, nada menos que de un ángel, las palabras que la consagran como elegida por el Altísimo para ser la madre del Mesías, no puede menos que sentir un gozo profundísimo y en su humildad, un sentimiento de indignidad indefinible.

Pero no podía rechazar lo que venía directamente de Dios. Ella siempre se había sentido una sierva suya. Y ahora que se sabía escogida para un misión cuya alcance no podía vislumbrar, no puede menos que aceptar con los ojos cerrados, guiada por la fe y la confianza en ese Dios providentísimo que había derramado tantas gracias sobre su pueblo.

Ser esclava de Dios no podía ser humillante para quien entendía que el amor divino sólo trae felicidad y dicha a los corazones. Ella aceptaba, abriendo su corazón a la gratitud. ¿Quién era ella para merecer tan alto privilegio?

Pero también aceptaba porque a Dios nada se le puede negar cuando uno lo ama como El exigía del pueblo de Israel: "Escucha, ¡oh Israel! El Señor Dios nuestro es el solo y único Dios y Señor. Amarás, pues, al Señor Dios tuyo, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas" (Deuteronomio 6,4-5).

En un alma como la de María estas palabras estaban grabadas en lo más profundo. Su amor por Dios no cedía al de ninguna otra persona en sinceridad y entrega.

Ahora, pues, que ha recibido este mensaje inaudito a los oídos humanos, ella no se cree mejor que ninguna otra, pero sabe que Dios espera una respuesta positiva de ella, aunque dada con toda libertad.

Ahí está su Sí, sin dudas ni condiciones. Ella es la esclava. Que en ella se cumpla la voluntad de su Señor.

9.

"En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel" (Lucas 1, 39-40).

Como sabemos, fue el propio ángel Gabriel quien anunció a María que su parienta Isabel estaba encinta. Algo insólito, dado su edad, pero para Dios nada hay imposible.

Esta noticia, ciertamente, llenó de gozo a María, sea porque quería mucho a Isabel, o porque también ella sentía pena por aquella mujer tan piadosa, casada con un sacerdote, y que, sin embargo, no había tenido hijos. Algo que llenaba de vergüenza a las estériles.

De ahí que, poco después de recibir la gran noticia de su elección para ser la madre del Salvador, María, olvidándose de sí misma, se decidió a dar el viaje para visitar a Isabel.

Lucas recalca que se "fue con prontitud", es decir, aprisa, pues aunque sabía que todavía faltaban tres meses para el esperado alumbramiento, no quiso aguardar más tiempo para compartir con alguien toda la alegría que sentía su corazón.

Llena, pues, de contento, consciente de que llevaba en su seno nada menos que al Hijo de Dios, María quiere seguir siendo, con todo, la servidora del Señor y de sus prójimos. Supuso que en esos últimos meses de embarazo Isabel requeriría de especiales cuidados, y ella estaba lista para dárselos.

Con cuánto amor iría por el camino pensando en la amorosa providencia de Dios y sus inescrutables designios. A esa hora, por lo visto, no había podido compartir con nadie lo que guardaba su corazón.

De sus padres no sabemos si todavía vivían. A José nada podía decirle. Ese trance difícil se lo había dejado al Señor. Pensó, pues, que no habría persona mejor para compartir su secreto que con aquella que, aparte de ser su parienta, era también recipiente de grandes gracias de lo alto.

Unos ciento cincuenta quilómetros distaban entre Nazaret y Ain Karim, en la montaña de Judea, frente a Jerusalén. Si sus pies los recorrieron, su alma volaba sin sentir ningún cansancio ni pena. Todo le parecía más hermoso. Todo le sonreía y le gritaba el gran amor de Dios por la humanidad.

Así llegó a casa de Isabel. No sospechaba que le aguardaba una sorpresa. El secreto tan bien guardado ya le había sido revelado a su parienta. El Espíritu Santo se encargó de ello.

10.

"En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?" (Lucas 1, 41-43).

El encuentro de estas dos mujeres, una ya de cierta edad y otra muy joven, pero ambas portando en sus vientres una al Precursor y otra al Redentor, fue de un gozo inmenso.

Y es que el Espíritu Santo había ya revelado a Isabel la verdadera realidad de María.

¿Pudo el futuro Bautista estar ya consciente en el seno de su madre de la presencia del Salvador? No es necesario creerlo. Pero el gozo de la madre pudo reflejarse en el subconsciente del hijo y crear ese salto de júbilo.

Mucho más tarde estos dos mismos hijos, el de Isabel y el de María, se volverían a encontrar en las aguas del Jordán, y allí el Precursor reconocerá en Jesús, de boca del Padre, que Jesús era el Hijo amado del Altísimo.

Jesús también diría iun día de Juan que de los nacidos de mujer no hay ninguno que se le asemeje.

Pero ahora son las madres las que se encuentran, las que se reconocen dichosas por haber sido elegidas, cada una en forma diferente, a participar tan de cerca del misterio de la Redención.

Es Isabel la primera que habla para expresar su indignidad ante la presencia de "la madre de su Señor". ¿De dónde a mí? es el reconocimiento primero que hace alguien de la alta gracia que María ha recibido. Es ella, y no otra, la madre del Señor.

Pero María no se ufana vanamente con las palabras de Isabel. Esta es una de las características de la verdadera santidad, y ambas mujeres estaban llenas de la gracia de Dios. Por eso rebosan, una y otra, de amor y humildad. Ninguna quiere ser más que la otra, pues las dos han recibido una prueba de la predilección del Senor.

Los santos sienten profundamente la realidad de sus vidas, y saben agradecer la bondad del Altísimo que ha derramado sobre ellos los dones preciosos de su amor.

Isabel y María, dos mujeres, escogidas ambas para darnos como fruto de sus vientres a los protagonistas del Misterio. Uno que prepara y otro que realiza la obra salvadora de Dios.

11.

"Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lucas 1,44-45).

Isabel, llena de felicidad por la visita de María, no cabía en sí. Fue ese gozo, quizás, el que la llevó a interpretar que un salto del bebé que anidaba en su seno era signo de la alegría que el niño sentía.

No estaría del todo fuera de lugar, si nos atenemos a lo que hoy dicen los sicólogos. Si ya un bebé puede captar en su subconsciente lo que está a su alrededor, el sonido de la voz materna, y hasta si es querido o rechazado, podemos deducir que si no conscientemente, el futuro profeta estaría -inconscientemente - experimentando gozo por la presencia del Salvador y su Madre.

Ese gozo pudo ser transmitido directamente por Isabel, que, emocionadísima, llena del Espíritu Santo, recibía la revelación de lo que Dios había realizado en María su parienta.

Por otro lado, hay la opinión seria de que, en ese preciso momento, Juan fue santificado, es decir, Dios lo purificó de la raiz del mal en el seno de su madre.

Si para Dios nada hay imposible, ¿por qué no creer que aquel que había sido elegido para la altísima misión de preparar los caminos al Mesías, fuese santificado en aquel solemne momento del encuentro de su madre con María?

Isabel completa su saludo con esas bellas palabras que hablan de la fe de María en las promesas recibidas del Altísimo.

Ciertamente María se sentía feliz con su situacion inesperada. Lo que estaba experimentando era algo increíble y sin embargo real. Se encontraba embarazada por obra del Espíritu Santo. El hijo que ya intuía en sus entrañas era nada menos que el Hijo de Dios. Y eso no podía producirle sino un gozo incontenible, algo que la acompañaría a lo largo de todos sus días en la tierra.

En medio de la duras pruebas por las que tendría que atravesar, la fe de María en las promesas del Señor la sostendría.

Pese a los sufrimientos físicos y morales, la alegría nunca se apartaría de ella, pues la fuente de la que manaba estaba en esa unión íntima de su alma con su Padre y Señor.

Dias negros vendrían para ella, con sus angustias y penas, pero en el corazón no cabría el desaliento ni la turbación. Saberse parte de la misión de su Hijo le daba seguridad. El tendría que sufrir mucho más. Y ella se alegraba de poder compartir la vida de su Hijo desde la concepción hasta la resurrección y mucho más.

12.

"Y dijo María: «Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada" (Lucas 1,46-48).

Lejos de permitir que su alma se hinchase vanamente con las palabras que había escuchado de labios de su parienta Isabel, María respondió a ellas con ese bello cántico inspirado que conocemos como el Magníficat.

Allí su espíritu se desborda de agradecimiento a Dios por lo bueno que ha sido con ella, escogiéndola entre todas las posibles como la madre de su Hijo.

Ella se siente dichosa, pero sabe que como simple persona humana, nada tiene de grande que pueda merecer tan incomparable designio. Ella es sólo una pobre muchacha, buena, sí, pero sin mérito alguno.

Todo lo que ha recibido ha sido pura gracia del Altísimo. ¿Qué ha visto El en ella?

Pues su pequeñez, su sencillez, su amor sin límites, su humildad, su obediencia incondicional a la voluntad de su Señor.

Y por eso - y aquí habla proféticamente... "todas las naciones me llamarán bienaventurada".

¿Quién podría imaginar en esos momentos que la jovencita de Nazaret llegaría a ser conocida en el mundo entero? ¿Quién la creería alabada y reverenciada por millones de personas que verían en ella una verdadera madre por ser la Madre de Jesús?

Mas de veinte siglos han pasado y María sigue siendo hoy la mujer por excelencia, la que invocan en sus desgracias, como potencia suplicante ante su Hijo, los niños, los adultos, los ancianos, los pobres, los ricos, todas las razas y aún gentes de credos religiosos que no reconocen a su Hijo como salvador?

¿No ocupa también un lugar María en el corazón de muchos seguidores de Mahoma? ¿No le dedicó éste a ella todo un capítulo de su Corán?

Ahí tenemos, pues, bien cumplidas, las palabras que María pronunciara en casa de Isabel. Y es que era el propio Espíritu Santo el que hablaba por ella, y rezaba con ella, alabando a Dios por las múltiples gracias que sobre ella derramaba para que fuese digna morada del Mesías Salvador.

13.

"María se quedó con ella unos tres meses, y luego se volvió a su casa" (Lucas 1,56).

El mismo ángel Gabriel le había dicho a María que Isabel tenía ya seis meses de embarazo. Ella, por tanto, fue a visitar a su prima dispuesta a ayudarla en esos últimos meses que, por regla general, suelen ser los más delicados.

No se trataba de una nueva disposición de su ánimo, pues aunque su vida había sido transformada totalmente desde la visita de Gabriel, el espíritu de servicio la había acompañado desde que era muy pequeña.

Podríamos imaginarnos cómo era ella en su hogar de Nazaret, obediente a sus padres, siempre lista para hacer lo que a ellos agradase, trabajadora infatigable sin buscar elogios ni aplausos.

Sus vecinos, que eran prácticamente todos los habitantes de Nazaret, que por entonces sería un pueblito insignificante que ni aparecía en los mapas de la época, conocerían de su bondad, de sus deseos de agradar, de sus buenas maneras y su disposición al servicio, sobre todo de los más necesitados.

¿Cómo no iría ella - como dice Lucas, de prisa, a auxiliar a aquella parienta que sólo podría contar con los vecinos para recibir ayuda?

Esos tres meses los pasaría ella, aparte de las tareas propias de un hogar y del cuidado de Isabel, en constante coloquio con Dios y con ese Hijo que latía en sus entrañas.

Poco a poco iría descubriendo su crecimiento, sintiendo que su vientre, aunque casi imperceptiblemente, se abultaba. La felicidad la inundaría y no pocas veces las lágrimas acudirían a sus ojos desbordada por el gozo.

También habría largas pláticas entre las dos mujeres, de eso no hay duda. Sus corazones se habían estrechado como nunca antes, pues ahora las dos compartían la dicha de saberse instrumentos de Dios para la obra maravillosa de dar a luz a dos de los protagonistas del misterio de la salvación.

Esos tres meses correrían casi sin darse cuenta. Pero es posible que, de vez en cuando, la alegría se nublase ante la perspectiva de tener que decir a José lo que ningún hombre estaría dispuesto a creer.

Con todo, confiaba totalmente en el Señor. El se encargaría de despejar las dudas y aclarar el camino. Confiaba también en José, que había sido siempre tan bueno. No, no había que preocuparse. Ya Dios lo arreglaría todo. El sabe como hacerlo todo mucho mejor que nosotros.

14.

"El origen de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo" (Mateo 1,18).

Son Mateo y Lucas los únicos evangelistas que nos hablan de la concepción y nacimiento de Jesús. No siempre coinciden en los datos, pues sus fuentes serían diferentes. Lucas nos habla más de los comienzos. Mateo agregará la visita de los magos y la huida a Egipto.

Pero ambos señalan que María, cuando concibió a Jesús, por obra del Espíritu Santo, estaba desposada con José.

¿Quién era él realmente? Pues un hombre justo y trabajador, que ganaba honradamente el pan como carpintero, que así lo conocen los habitantes de Nazaret. Su edad sería la normal para un hombre casarse, entre veinticinco y treinta años.

Hay un evangelio apócrifo que lo presenta como un individuo de cierta edad, viudo y con cuatro hijos, pero esto nunca ha sido admitido oficialmente por la Iglesia.

En esos tiempos la decisión de casarse implicaba a veces seguir la voluntad de terceros, pues los padres solían arreglar las cosas a veces con ayuda de alguna "casamentera".

¿Fue así en el caso de José y María? No lo sabemos. Lo cierto es que cuando él angel la visita ya había pasado la ceremonia de los "desposorios", por lo que la fecha de la boda podría estar cerca.

Es entonces cuando irrumpe Dios para hacerles ver a ambos que habían sido elegidos por El para un alta misión. Ella sería la madre del Mesías, el mismo Hijo de Dios. El sería considerado el padre legal y tendría que proteger tanto al Hijo como a la madre.

Por Lucas sabemos que María pasó tres meses en casa de Isabel y Zacarías. Luego, al regresar, tuvo que confrontar su realidad ante José. ¿Le dijo algo María? ¿Se dio cuenta él de la situación de su amada?

Para José vinieron horas de duda, de desolación, de amarga desilusión. Pensó abandonarla secretamente. No podía comprender lo que había pasado. Y no era para menos. ¿Quién podría imaginarse lo que estaba realmente ocurriendo?

Lo cierto es que José demostró ser un hombre lleno de Dios, un varón justo, que ya antes de saber la verdad no podía creer en una infidelidad de la que había de ser pronto su esposa.

El Altísimo le revelaría la verdad. La prueba tendría su recompensa. Y José comprenderia y aceptaria con amor el encargo divino.

15.

"El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo" (Mateo 1,20).

Dios actúa como El quiere. Y sus motivos no siempre nos son conocidos.

¿Por qué a Zacarías le mandó un angel para que le anunciara el nacimiento de Juan? ¿Por qué a José lo dejó varios dias con esa gran amargura de no saber lo que pasaba en María? ¿Por qué al final sólo el ángel se le aparece en sueños?

Estas preguntas quedan sin respuesta. Todo lo que podamos decir serían simples conjeturas. Los "por qués" los ignoramos.

¿Quiso el Señor probar la humildad de José? ¿Quiso hacerle ver desde el principio que la misión a la que era llamado resultaría harto difícil?

Todo eso es posible. Nada más.

Lo que sabemos es que José llegó al punto de pensar en abandonar secretamente a María, para que así las sospechas recayeran sobre él y ella se viera libre de una muerte horrible, apedreada, que era la pena que caía sobre las adúlteras. Pues, lógicamente, ese embarazo la hacía culpable.

¡Qué alivio sentiría al despertar! La horrible pesadilla que despierto bullía en su cabeza se había deshecho. Ahora ya estaba todo claro. Había sido Dios mismo quien obraba en ella para que se cumplieran las promesas dadas a Abraham. Lo del Mesías no era un cuento, sino una realidad que florecía en el seno de quien sería su esposa.

Y ya José no dudó. Estaba consciente de que aquella joven en quien él había puesto su amor y sus ilusiones de hombre ya no sería para él. A Dios pertenecía. Pero él tendría que cuidar de ella y del Hijo. Ya el Altísimo se encargaría de darle las fuerzas para cumplir. Pues no sería nada fácil.

Nadie nos ha dicho si hubo una fiesta de bodas. Era normal que las parejas, quizás para evitar los gastos que ello suponía, se pusieran a vivir juntos obviando la ceremonia formal. Tal cosa era aceptada. Y es posible que así fuera con José y María.

Cumpliendo lo mandado José llevaría a su esposa a su casa, preparándose para el día en que naciera aquel Niño bendito que Dios enviaba al mundo. Mientras, el mundo seguiría girando, y la gente viviría ignorante de lo que en un pequeño pueblo de Galilea se gestaba.

Dios obra de una forma extraña. Está claro que no le gustan los lujos ni el boato. Lo sencillo le atrae mucho más.

16.

Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mateo 1,21).

Dar a luz en una función biológica reservada a la mujer. Si bien el hombre, ordinariamente, tiene que colaborar, es la mujer la que tiene que realizar la mayor parte de la tarea.

La única excepción a esta regla lo fue María, que sin concurso de varón, sino por especial intervención del Espíritu Santo, concibió en su seno al Hijo de Dios.

Esta prerrogativa femenina le confiere a la mujer una misión muy especial. Será ella, en primer lugar, quien ha de proteger y ofrecer seguridad a esa vida que late en sus entrañas. De ahí el terrible crimen que es el aborto, pues constituye el rechazo a esa sublime tarea de asegurar que una nueva vida pueda ver la luz.

En el caso de María "dar a luz" fue mucho más, pues ella daría a luz al que era la Luz. Así lo afirmaría El posteriormente: - "Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas" (Juan 8,12).

Como era prerrogativa del padre poner el nombre al hijo, casi siempre con un significado, es el propio Dios quien nombra a su Hijo con el nombre de JESÚS, que significa Dios salva.

El era el enviado, el Ungido o Mesías, el que salvaría a la humanidad toda de la esclavitud del pecado y de la muerte.

Y es que para Jesús su pueblo no era tan sólo el de Israel. Cierto que por la carne era descendiente de Abraham, pero fue al propio patriarca al que se le prometió que su descendencia sería "más numerosa que las estrellas del cielo y las arenas del mar" (Génesis 22,17). Sería precisamente por Jesús, su descendiente en la carne, que se cumpliría esta promesa dada a Abraham unos mil ochecientos años antes.

Jesús vino a invitar a todos los pueblos a ser hijos de Dios. Como El diría a sus apóstoles al enviarlos a predicar: "Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a todos los pueblos. El que crea y se bautice será salvado, el que se resista a creer será condenado" (Marcos 16,16).

Si Abraham es el padre de todos los creyentes, por la fe en Jesús todos los pueblos de la tierra vienen a ser hijos de Abraham. Eso fue lo que significó el que Dios le cambiara el nombre de Abram = padre de pueblos, en Abraham = padre de numerosos pueblos (Ver Génesis 17,4-5).

Dios no hace las cosas de improviso. Sus planes son concebidos desde la eternidad. El tiempo preciso llega. El no tiene prisa. El tiene el control del tiempo y la eternidad.

17.

"Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta" (Lucas 2,4-5).

Viviendo José y María en Nazaret, en Galilea, era muy improbable que Jesús naciera en otro sitio. Pero "para Dios nada hay imposible".

Ya Miqueas había profetizado que el Mesías nacería en Belén, con estas palabras:

"Y tú, Belén, tierra de Judá,no eres ni mucho menos la última

de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe

que será pastor de mi pueblo, Israel" (5,1).

¿Por qué Belén? Pues porque allí había nacido David, y para hacer más dramático el cumplimiento de la promesa que Dios hiciera al rey profeta, quiso que el Mesías naciera también allí.

Para lograrlo, usó de un empadronamiento ordenado desde Roma, que obligaba a todos los habitantes a acudir a su lugar de origen. Esa fue la razón por la que José y María tuvieron que subir de Nazaret a Belén, a más de ciento cincuenta kilómetros de distancia, para cumplir lo ordenado.

Este viaje coincide con los últimos días del embarazo de María, por lo que debió resultar penoso para ella, dado que las condiciones del transporte en aquella época no eran nada cómodas. Quizás hizo el viaje en un burro u otro animal, pues dudamos que pudiera hacerlo a pie dada su situación.

Por aquel tiempo Belén sería un villorrio pequeño, parecido en tamaño a Nazaret. Y hay que suponer que aunque descendientes ambos de David, ya no tendrían parientes conocidos, por lo que se presentaba el problema del alojamiento.

Muchos han querido ver la dificultad de encontrarlo como una muestra de poca hospitalidad de los belemitas. Es inverosímil, con todo, pensar que algo así haya sucedido, pues por entonces era proverbial la amabilidad conque se recibía a los peregrinos, más tratándose de una mujer encinta.

Es de suponer que cuando María y José llegaron a Belén no había realmente sitio en ninguna casa ni lugares de hospedaje, pues siendo Belén muy pequeño las posibilidades no eran realmente muchas.

Pero aún esa difícil situación fue usada por Dios para darnos a todos una lección. Si el gran pecado del hombre es la soberbia, el Altísimo haría nacer a su Hijo en la mayor pobreza, signo de humildad de un Dios que se abaja para llegar hasta nosotros.

18.

Mientras estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue (Lucas 2,6-7).

Lucas es escueto, pues no nos informa acerca del número de días que habían pasado María y José en Belén cuando se le presentaron a ella los primeros síntomas inminentes de que iba a dar a luz.

Tampoco sabemos si hasta ese momento lo pasaron a la intemperie, recostados en algún rincón del pueblo, lo que no era raro en aquellos tiempos.

Pero las complicaciones de un parto no son como para estar a la vista de todos, ni tampoco en un sitio sin resguardo alguno. Y aunque es muy probable que María no requiriera ayuda alguna de parte de una comadrona, tuvieron que buscar algún sitio donde estar más cómodo y al abrigo de miradas curiosas.

Dada la tradicional hospitalidad que solían brindar los moradores de cualquier pueblo judío, hay que presumir que no habían encontrado albergue por encontrarse Belén atestado de gentes de muchas partes, y es posible que alguien les indicara un buen lugar, que sería una de aquellas cuevas cercanas usadas como establos.

Hacia allá se dirigieron y pronto se acomodaron, sin importarles las dificultades que estaban pasando, pues la alegría ser protagonistas de un acontecimiento tan formidable les hacía olvidar molestias y sinsabores.

¿Fue acaso coincidencia o el cumplimiento de la expresa voluntad de Dios?

Hay que pensar que en todo esto había un plan divino, que hace nacer al Hijo en un lugar humilde y sin pretensiones, pobre y quizás hasta con no muy buenos olores, pero que se convertía en catedral, en santuario, en templo, ante la llegada del Salvador.

Dios nos enseña el camino de la pobreza y la austeridad a través de la vida de Jesús. En ella nunca hubo lujos ni ostentación, no hubo riqueza ni fasto.

Y es que Jesús vino a sanar a la humanidad de su orgullo, arrogancia y soberbia. El hombre se había llegado a creer que no necesitaba de Dios. Más bien quería ser su propio dios. O los fabricaba a su imagen y semejanza.

Dios viene a curarnos de esos pecados a través de lo que tanto nos horroriza: la pobreza, el sufrimiento, la humildad y la entrega a la voluntad de Dios. De principio a fin Jesús se hizo obediente a su Padre. Obediente hasta la muerte ignominiosa en una cruz.

19.

"Cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vamos a Belén a ver lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.» Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre" (Lucas 2,15-16).

Lucas nos narra que así como Zacarías y María conocieron por boca del ángel Gabriel la noticia de la concepción de Juan y de Jesús, respectivamente, así unos humildes pastores conocerían, también de unos ángeles, que en Belén les había nacido un Salvador.

Esa fue la gran noticia que toda la humanidad hubiera estado esperando de no estar entregada a las serviles preocupaciones de la tierra.

En realidad, sólo unos pocos justos deseaban ardientemente que les viniese ayuda de lo alto. Los más esperaban que les llegase un caudillo militar, un rey terreno, alguien con poder que les diese mejores posibilidades de vida en la tierra.

Si los paganos esperaban soluciones a sus problemas materiales, como todavía lo siguen esperando de los falsos dioses en los que creen, los judíos de entonces tampoco miraban al Mesías que Dios les había prometido, como un verdadero Salvador que trajese a la tierra vida abundante y eterna junto al Creador y Señor.

Acostumbrados por siglos a invasiones extranjeras que los sometían a los caprichos de gobernantes foráneos, no vivían entonces en mejores condiciones bajo la férula del emperador romano.

Subyugados, esperaban tiempos mejores, con el advenimiento de un David que los llevara de nuevo a la independencia y al florecimiento que una vez conocieron sus antepasados.

Por eso el anuncio del ángel a los pastores tenía que inundarlos de gozo: "Les anuncio un noticia que ha de ser de gran alegría para todo el pueblo. En Belén de Judá les ha nacido un Salvador".

Sin entender totalmente aquellas palabras, pero llenos de una emoción que nunca antes habían experimentado, los pastores se pusieron en camino hacia el cercano Belén. Sabían que el anuncio venía de Dios. Por eso no dudaron. Algo grande estaba ocurriendo.

Cuando llegaron sólo encontraron a un hombre y una mujer junto a un niño que dormía plácidamente en el pesebre, lugar donde se pone la comida al ganado.

Lo que vieron no parecía corresponder a la grandeza del anuncio, pero ellos no se desanimaron. En su corazón sabían que no se habían equivocado. Aquel Niño era verdaderamente Dios con nosotros, el gran regalo venido de lo Alto.

20.

"María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lucas 2,19).

¿Quién podría medir todas las emociones y sentimientos que pasaron por María desde que el ángel irrumpiera en su vida para cambiarla por completo?

Aquella muchacha que era ella fue viviendo día a día de sorpresa en sorpresa. A veces creería que se le iba a reventar el corazón. Pero la calma la acompañaba, pues todo ocurría por obra de Dios y el Espíritu Santo tenía su templo en ella.

Esas impresiones que iba experimentando dejaban una huella profunda en su alma. ¿Cómo olvidar las palabras del ángel? ¿Cómo las inspiradas de su parienta Isabel?

Y ahora también los comentarios de los pastores, pobres como ella, que tuvieron el privilegio de conocer del gran acontecimiento nada menos que por medio de unos ángeles.

Ellos fueron los primeros extraños en ver el rostro de Jesús. Y estarían tan encantados que no querrían irse a pesar de lo miserable que les parecería aquella cueva para el nacimiento de un Rey.

No, María no se olvidaba. En su mente y en su corazón todo iba quedando grabado profundamente. Y era motivo constante de meditación para ella, que iría descubriendo, con la ayuda del Espíritu, los maravillosos regalos que estaba recibiendo no sólo ella, sino toda la humanidad.

Pues ella entendió perfectamente, desde el primer momento, que aquel Hijo de sus entrañas, que era al mismo tiempo el Hijo de Dios, no había venido sólo para salvar a su pueblo, sino a la humanidad entera.

Ella también recordaba las promesas hechas a Abraham. Bien que conocía lo prometido a David. Y sabía que si bien los primeros destinatarios de las promesas eran los descendientes carnales del Patriarca, todos los pueblos, por su Hijo, se convertirían en hijos de Abraham por la fe.

Para poder comprender las cosas de Dios hay que adentrarlas muy dentro en el alma. En la oración y la reflexión se van descubriendo los planes salvíficos del Altísimo. Y eso es lo que hacía María, guardando y meditando todo lo que iba ocurriendo, intuyendo que aquellos acontecimientos pertenecían a una historia universal que sería escrita, sobre todo, en los corazones de los que aman.

Sí, Dios ama a la humanidad. Para ella toda envió a su Hijo. Nos lo dio por medio de María. Y ahora sigue dándonoslo por medio de la Iglesia. Ambas Madres reflejan al amor maternal de Dios.

21.

"Llegado el día octavo en que debía ser circuncidado el niño, le fue puesto por nombre Jesús, nombre que le puso el ángel antes que fuese concebido" (Lucas 2,21).

Para el pueblo de Israel la circuncisión se habia convertido, ya en tiempos de Abrahán, además de una medida higiénica en un rito obligatorio.

Otros pueblos usaban también la circuncisión, pero ésta se hacía, ordinariamente, al comienzo de la pubertad de los varones. Era como un rito para señalar su pertenencia a la comunidad.

En el caso de los israelitas fue una orden que Dios dio a Abrahán. Así leemos en el libro del Génesis: "Todo varón entre ustedess será circuncidado: Circuncidarán su carne, en señal de la alianza contraída entre mí y ustedess. Entre ustedess todos los infantes del sexo masculino a los ocho días de nacidos serán circuncidados" (17,10-12).

Este rito lo podía realizar cualquiera, aunque a veces se prefiriera que lo hiciera un rabino u otra persona entrenada para el caso.

Algo muy importante que se realizaba junto a la circuncisión era poner el nombre al niño. Casi siempre con un significado. Ya el mismo Señor había escogido el nombre para su Hijo, y así se lo había dicho el ángel a María: "a quien pondrás por nombre Jesús".

Este nombre, así como lo pronunciamos, deriva del griego. Pero en hebreo se pronunciaría muy distinto, y vendría a significar "Yavhé salva o da la salvación".

Eso era lo que precisamente venía a hacer Jesús: salvar a la humanidad del pecado y de la muerte.

Posteriormente los cristianos dejarán de dar importancia a la circuncisión ya que Jesús se encargaría de darnos otro signo ritual en el sacramento del bautismo. Esto sería como una circuncisión del corazón, una real transformación en hijos de Dios.

Así lo expresa Pablo en su carta a los Colosenses: "En el cual (Jesús) fueron ustedes también circuncidados, con circuncisión no carnal o hecha por mano que cercena la carne del cuerpo, sino con la circuncisión de Cristo, siendo sepultados con él por el bautismo, y con él resucitados a la vida de la gracia por la fe que tenéis del poder de Dios, que le resucitó de la muerte" (2,11-12).

Es por el Hijo que Dios nos dio en María que la salvación se ha extendido a todo ser nacido de mujer. Nadie queda fuera como no sea por voluntad propia. La sangre de Cristo fue derramada para darnos una vida eterna. Sólo los que se resistan a creer y dediquen su vida al mal perderán ese don maravilloso que Dios nos regala por medio de su Hijo.

22.

"Cumplido asimismo el tiempo de la purificación de la madre, según la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén, para presentarle al Señor, como está escrito en la ley del Señor" (Lucas 2, 22-23).

El libro del Levítico contiene leyes precisas casi para cada momento de la vida. Una de esas (12,4-6) se refiere a la purificación de la madre después del parto. En caso de un varón tenía que permanecer purificándose por treinta y tres días y si era una hembra sesenta y seis.

Estas leyes, convertidas en algo ritual y religioso, eran más bien higiénicas, para evitar complicaciones que son tan frecuentes después de un parto. No se explica por qué el nacimiento de una hija requiriera mayor purificación. Hay que recordar que una interpretación literal del libro del Génesis llevaba a creer que la mujer había sido la primera en pecar, por lo que, quizás, esta ley exigía mayor tiempo para la total limpieza.

Si se trataba del primer hijo varón había otro rito a cumplir. Era el rescate del primogénito. En el capítulo 13 del libro del Exodo se recoge esta ley que regía para todos los israelitas.

En recuerdo de lo que ocurrió en Egipto con la última plaga y la celebración de la Pascua, Dios decretó que todos los primogénitos de hombres y animales serían suyos, pero debían ser rescatados en el primer caso y podrían serlo en el segundo.

Esa fue la razón por la que, a los cuarenta días de nacido Jesús, tuvieron que acudir, María y José, a cumplir con ambos ritos. Esto implicaba, además, una ofrenda, que solía hacerse, de acuerdo a las posibilidades, en dinero o animales.

Ellos, por supuesto, acudieron gozosos a cumplir la ley, pues era una oportunidad para acercarse a Dios, renovando en su corazón todo el agradecimiento que sentían por los innumerables dones de que habían sido colmados.

Podemos afirmar que María y José vivían unos días de felicidad interior, de un gozo espiritual intenso, pues estaban conscientes que participaban en el misterioso designio de Dios.

Aquel Hijo que Dios les había entregado para que fuesen madre y tutor era algo muy especial.

Lo mirarían tan chiquito, tan endeble, tan niño, que les costaría trabajo entender que era, al mismo tiempo, Dios.

Pero lo sabían y lo creían. Su fe se agigantaba con el paso del tiempo. Si bien no poseían nada material, se sentían inmensamente ricos, pues junto a ellos habitaba la divinidad hecha hombre.

23.

"Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.» (Lucas 2,33-35).

El anciano Simeón era un hombre justo que había recibido de Dios la promesa de que no moriría sin ver al Mesías.

Era asiduo en sus visitas al Templo, quizás esperando que así le sería más fácil al Altísimo cumplir su promesa.

Lo cierto es que cuando vio a María y José con el Niño sintió en su corazón y en su mente la certeza de que estaba ante la presencia de Aquel que el mundo, casi inconscientemente, aguardaba.

Por eso se adelantó y les rogó con los ojos que le dejasen cargar al Niño, a lo que accedieron gustosos.

¡Qué alegría sentiría aquel buen anciano al tener en sus brazos al Hijo de Dios!

Aquella emoción tan profunda cedió el paso a la inspiración del Espíritu Santo, y de sus labios salieron palabras proféticas sobre el Niño y su Madre.

De Jesús dijo que era un signo de contradicción, lo que después Jesús recalcaría al decir: "Quien no está por mí, está contra mí; y quien no recoge conmigo, desparrama" (Lucas 11,23).

Jesús exige una identificación con El. No podemos servir a dos señores. No podemos estar en la cuerda floja, pretendiendo seguir a Jesús y estar, al mismo tiempo, con el enemigo.

Por eso dijo Simeón que "éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel?". Y podríamos agregar: y en el mundo entero.

En cuanto a María Simeón le anuncia los sufrimientos que ha de experimentar precisamente por ser la madre del Mesías.

Esto fue realmente una sorpresa. Hasta entonces, es cierto, había pasado, junto a José, privaciones, dificultades y pruebas, pero todo fue paliado por la alegría de saber que estaban cumpliendo la volundad de Dios.

El ángel nada había dicho de sufrimientos. Y he aquí que este anciano le anuncia una espada que atravesaría su alma.

Ya tendría tiempo María para comprobar la certeza de las palabras de Simeón. El estaba realmente inspirado por el Espíritu Santo y no podía decir falsedades.

María estaba llamada a sufrir junto a su Hijo. A apurar el cáliz del dolor. A ver realizarse en ella, con todo rigor, la penetración de la espada que desgarraría su corazón.

24.

"Habiendo, pues, nacido Jesús en Belén de Judá, reinando Herodes, he aquí que unos magos vinieron del oriente a Jerusalén, preguntando: ¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Porque nosotros vimos en oriente su estrella, y hemos venido con el fin de adorarle" (Mateo 2,1-2).

El único de los evangelistas que nos narra la visita de los magos es Mateo. Puede que las fuentes de este apóstol no fueran accesibles a los otros evangelistas, pero el relato es bien detallado, incluso nombrando a Herodes e involucrándolo en el mismo.

¿Quiénes eran estos sujetos? ¿Qué fue lo que realmente vieron?

Una leyenda los convirtió en reyes y les puso nombres, dándoles también el número de tres. Pero Mateo nos dice escuetamente que eran "unos magos de Oriente".

Lo que realmente nos interesa es que Dios les hizo ver, a través de una señal en el cielo, que en la tierra de los judíos había nacido un rey que tendría importancia también para ellos.

Esa señal pudo ser un cometa o simplemente algo que les guió hasta Jerusalén. Dios no necesita romper el ritmo astronómico para hacer llegar su mensaje.

Y ellos lo creyeron y se pusieron en camino. No sabemos si vivían en el mismo lugar y se comunicaban entre sí, o si recibieron el mensaje individualmente y se encontraron por el camino.

Dedujeron, con toda lógica humana, que si se trataba de un rey debía haber nacido en la capital y en casa del monarca reinante, Herodes. Pero el primer sorprendido fue éste, tanto que se sobresaltó, y tuvo que consultar a los sabios para enterarse de que el profeta Miqueas ya había anunciado que, en Belén de Judá, nacería el "pastor de Israel" (5,1).

Herodes era un hombre sin escrúpulos, acostumbrado a matar. Ya anteriormente su furia había llegado a una de sus esposas, Marianne, y a sus tres hijos, que murieron asesinados por orden suya. Por eso no es raro que de inmediato haya comenzado a planear la muerte de ese futuro rey del que no tenía noticia.

Pensó que sería un serio peligro para él y sus descendientes, por lo que había que actuar de inmediato.

Por eso fingió estar contento con la noticia que los magos traían, y les sugirió que volviesen donde él para luego ir también a rendirle homenaje.

Falló, eso sí, por designio de Dios, pues no envió ningún espía a seguir a los magos. Estos, posteriormente, serían avisados de no volver a Herodes, evitando así que el instinto criminal del rey descargara su golpe contra el recién nacido Redentor.

25.

"Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra" (Mateo 2,11).

¿Cuándo llegaron los magos a Belén? No lo sabemos. Sólo podemos deducir, por lo que luego decidirá Herodes, que sería menos de dos años del nacimiento de Jesús.

El evangelista nos da una pista al decir: Entraron en la casa. Lo cual significa que para esa fecha ya no estaban en un establo ni en una cueva.

Es posible que, al tener que esperar para presentar al Niño en el Templo a los cuarenta días reglamentarios, entretanto se presentara a José alguna oportunidad de trabajo y decidieran quedarse en Belén. No hay nada seguro en ello.

Lo importante es que cuando entraron y vieron al Niño con su madre, reconocieron en El al que andaban buscando. De ahí que lo adoraran. Esto, lo más probable, no fue un gesto de adoración como si se tratase de Dios, pues no parece que hayan recibido ninguna revelación al respecto. Pero, ciertamente, quedaron impresionados y satisfechos, dando por bueno todos los esfuerzos que habían realizado para llegar hasta allí.

Para ellos no se trataba de un niño cualquiera, sino de Alguien que había sido enviado, sin duda alguna, por Dios, con una misión muy especial.

Y siendo como eran gentiles, es decir, no judíos, sabían que venía a dar esperanza no sólo al pueblo de Israel, sino a todos los pueblos de la tierra.

No dudaron, pues, en ofrecerle a Jesús los regalos que habían traído. Oro, incienso y mirra eran dones propios de un rey. Estos tres eran entonces muy apreciados y de gran valor.

De estos tres dones, quizás, se dedujo que debieron ser tres los magos. Es posible.

Lo que más destaca la Iglesia, en la fiesta que dedica a este acontecimiento, y que llamamos Epifanía, o manifestación, es que estos tres personajes representaban a todo el pueblo no judío. Fueron ellos los primeros en reconocer en Jesús al Rey prometido. Fueron los primeros en tener fe.

¿Qué pasó después con ellos? ¿Irían a su tierra a anunciar la Buena Noticia del nacimiento del Salvador? Es muy probable, aunque de una forma muy limitada, pues todavía Jesús no se había revelado como lo que era, y habrían de pasar varios años para que esto ocurriera.

26.

"Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estáte allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.» (Mateo 2,13).

Algo curioso que aparece en los relatos de los comienzos de la vida de Jesús, es que Mateo pone énfasis en José como el padre legal, quizás por dirigirse principalmente a lectores judíos, mientras que Lucas pone más el acento en María. (De paso decimos que Mateo escribió su evangelio en arameo, los otros en griego).

Sobre esto han discutido los expertos y se piensa que los dos evangelistas escribieron en forma totalmente independiente, y que sus fuentes fueron diversas. De ahí las diferencias.

Por ejemplo, Mateo es el único que nos habla de la visita de los magos y la huída a Egipto. Lucas, por su parte, es el que nos relata la anunciación. la visita a Isabel y la presentación en el templo.

Otro dato curioso es que Mateo, en tres ocasiones, relata los mensajes que José recibe, siempre en sueños. Lo mismo el que reciben los magos para no volver a Herodes.

Que Herodes tuviera deseos de eliminar a quien pudiera destronar en el futuro a uno de sus hijos no hay por qué dudarlo. Ya se dijo que había mandado eliminar a un hermano suyo, a su esposa Marianne, y a tres de sus hijos, quizás porque sospechaba que complotaban contra él.

Por eso, al no poder averiguar dónde se encontraba el Niño, sabiendo sólo que se encontraba en Belén, pensó asegurar su muerte eliminando a los niños varones menores de dos años.

Hay que suponer que siendo entonces Belén una pequeña población de no más de dos mil habitantes, los niños muertos fueron menos de veinte.

Pero Dios se ocupó de evitar la muerte de su Hijo. Ya tendría tiempo de ofrecer su vida, y entonces lo haría sin ahorrar siquiera una gota de sangre, muriendo ignominiosamente clavado en una cruz.

El ángel le informa a José que debe huir a Egipto, quizás porque allí tenían muchos compatriotas. El historiador hebreo Flavio Josefo afirma que vivían en aquella nación no menos de un millón de judíos.

Este viaje sería penosísimo. Se ha calculado que pudo durar unos catorce días. Los medios de transportación serían a pie o quizás acomodados en algún animal que pudieron conseguir con el oro que les había regalado uno de los magos.

Desde el principio la vida de Jesús nos enseña que el camino de la salvación pasa por sinsabores, pruebas y sufrimiento.

27.

"Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto" (Mateo 2,14).

En todo el evangelio José demuestra ser el compañero ideal para María. Un esposo que, sin poder mirar a su esposa sino como a la madre del Hijo de Dios, la ama intensamente, y está dispuesto a hacer por ella y por su Hijo cualquier cosa.

José es un ejemplo de servidor desinteresado, de hombre fuerte que sabe poner sus propias apetencias y deseos al servicio de la voluntad de Dios.

Como hombre no le fue fácil aceptar la difícil encomienda que el Altísimo ponía sobre sus hombros. Hombre joven y enamorado tenía sus ilusiones como cualquier otro. Disfrutar con su esposa de su cariño y su ternura. Ser el uno para el otro en todo. Encontrar la felicidad en el encuentro mutuo de su intimidad.

Pero Dios le ofrece otro camino en su vida. El de la renuncia a lo carnal, sin que por ello tuviera que renunciar a compartir en otros aspectos la vida con su amada.

Ya ella había sido separada para Dios. No cabía pensar en una vida conyugal como la de los otros. Pero José tendría que desempeñar un papel que el mismo Dios le ofrecía. Y él aceptó, no muy gustosamente al principio, pero con profundo agradecimiento cuando pudo entender la grandeza a la que había sido llamado.

Y entonces José se convirtió en guardián celoso, en defensor vigoroso, en protector y padre, como cabeza de la Sagrada Familia.

El da la cara y ofrece el sustento. Representa a Dios legalmente para que María no quedara desprotegida ante la Ley y la crueldad de los humanos.

Cuando pensamos en todo esto la figura de José se agiganta y no podemos regatearle nuestra admiración y cariño. Que un hombre ponga sus ilusiones al servicio de una alta vocación siempre será un ejemplo que inspira a los demás.

Que nadie piense en José como hombre débil, quizás un anciano que ya no tenía aspiraciones en la vida.

Sin ambiciones, sabiendo sus limitaciones como hombre pobre, artesano que ganaba el pan con grandes sudores, no pretendía sino una vida tranquila en familia.

Dios le proporcionó, no sin sacrificios de su parte, ser miembro de la familia más importante que haya habido en la historia, pues en ella estaba el Dios con nosotros, el Hijo que asumió nuestra condición humana para ser el que nos diera la Vida Eterna que Dios tiene reservada a los que, por El, somos sus hijos.

28.

"Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel, pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.» Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel" (Mateo 2, 19-22).

No sabemos cuánto duró el exilio de la Sagrada Familia en Egipto. Hay diversas opiniones al respecto, pero pudo ser hasta unos cuatro años.

Lo cierto es que allí vivieron, allí José conseguiría algún trabajo de su profesión, y allí asistirían cada sábado, como todos los judíos que por por esas tierras vivían, a la sinagoga.

La muerte de Herodes les llegó como una noticia jubilosa. Nadie se entristece con la desaparición de los malvados. Y esa muerte, señalan los historiadores, fue una tortura terrible para aquel rey criminal, que llegó a su fin en medio de horribles dolores y consumido por gusanos.

Fue el mismo Dios quien, por un ángel, avisa a José que ya el peligro ha pasado y pueden volver a la tierra de Israel. Y José, de inmediato, prepara el viaje de regreso, confiando en la amorosa Providencia de Dios.

Si no lo habían pasado mal en Egipto, no hay cosa mejor para un exiliado que volver a la tierra que lo vio nacer. Por eso caminaban contentos, deseosos de contemplar de nuevo a Jerusalén y su Templo, recordando tiempos mejores.

Otro aviso del cielo les llegaría, sin embargo, de que fueran directamente a Nazaret, pues en Judea reinaba Arquelao, tan malo como su padre. Así que a Galilea se dirigieron, donde estaba aquel pueblito en el que vivían plácidamente antes de que Dios cambiara a ambos todos sus planes humanos.

Así, olvidado de todos, sin que nadie pudiera sospechar la grandeza del que habitaba entre ellos, transcurrirían los largos días de la infancia y juventud de Jesús. Allí, en Nazaret, se haría un hombre, trabajando junto a José, como un obrero más.

Allí aprendería a conocer mejor a los seres humanos en carne propia, El que siendo Dios, quiso hacerse uno de nosotros en todo menos en el pecado.

Allí todos le querían porque era un modelo en todo. No había nadie que pudiera asemejársele. Sólo María y José sabían de El, pero guardaban su secreto celosamente. Cuando luego comience a predicar, todos en Nazaret quedarían asombrados, pues nunca se imaginaron que entre ellos vivía el Mesías que tanto esperaban.

29.

"Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió los doce años, subieron como de costumbre a la fiesta. Al volverse ellos pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo su padres" (Lucas 2, 41-43).

A los trece años los varones judíos eran admitidos como miembros de la comunidad y comenzaban a estar sometidos a la Ley. Ya a los doce años, sin embargo, se comenzaban a observar diversas prescripciones, como la de subir a Jerusalén en las tres grandes fiestas, para que se fueran acostumbrando.

Aunque las mujeres no estaban obligadas, muchas subían también. De modo que, en esta ocasión, la Sagrada Familia sube a celebrar la Pascua, la más grande de todas las fiestas judías.

Ello así porque se conmemoraba la liberación del pueblo de Israel, esclavizado en Egipto, y de cuya situación fue sacado por Dios usando a Moisés como líder.

En días así, de todas partes de Palestina acudían caravanas, hombres y mujeres aparte, que convergían en la capital, multiplicando el número de sus habitantes. Como no era posible tener albergue para tantos, la gente se las arreglaba como podía. Al fin era sólo una semana, de modo que podía pasarse incluso a la intemperie.

Ya con doce años Jesús gozaría de cierta libertad para estar con los niños de su edad. Y como durante la estadía en Jerusalén estaba con ellos, la preocupación no comenzó hasta después de un día del viaje de regreso.

Al principio no notaron su ausencia. Bien podía estar con uno o con otro, de modo que ambos se tranquilizarían pensando que Jesús estaría junto a uno de ellos. Además estaban seguros de que sabría comportarse y no estaría en peligro de perderse.

Pero llegó el momento en que se dieron cuenta de que Jesús, con toda seguridad, se había quedado en Jerusalén. Fue entonces que se asustaron y volvieron presurosos a la Ciudad Santa.

No podían imaginarse dónde podría encontrarse, pues recorrer la ciudad a pie no era fácil. Tampoco sospechaban que Jesús hubiese decidido quedarse. No podrían creer algo así.

Quizás pasó por sus cabezas la idea de que alguien pudiera haberlo retenido en contra de su voluntad. Recordando lo pasado con Herodes bien pudo ser que alguien tratara de hacerle daño.

Fueron, ciertamente, momentos de angustia para María y José. Pero luego todo se convertiría en gozo cuando lo encontraron de nuevo en el lugar menos esperado.

30.

"Al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas, todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas" (Lucas 2, 46-47).

No pudo pasarles por la cabeza a María y José, pese a conocer muy bien a Jesús, que lo encontrarían precisamente en el Templo.

Por supuesto que nada extraño había en ello, ya que de sobra sabían ambos que aquel Niño, pese a comportarse como tal, era el Hijo de Dios.

Pero lo que más les sorprendió fue encontrarlo, precisamente, sentado junto a un grupo de doctores de la Ley, que estaban admirados en extremo de la forma en que aquel niño se desenvolvía.

Estos sí que nada sabían de la real personalidad de Jesús, por lo que ni sospechar podían de que estaban ante la presencia nada menos que del Hijo de Dios.

No vayamos a creer, con todo, que las preguntas o respuestas de Jesús eran algo fuera de lo común. Lo eran para un niño de doce años, y esto fue lo que los tenía estupefactos. Pero en ningún momento el niño que era Jesús se comportó como Hijo de Dios.

Tanto entonces como en toda su adolescencia, juventud y comienzos de la edad madura, El aparecería ante todos como un ser humano común y corriente.

Nadie, fuera de María y José, conocerían antes del comienzo de su actuación apostólica, lo que se escondía detrás de aquel cuerpo humano que la divinidad había asumido.

Los pastores, los magos, el anciano Simeón y la profetisa Ana vieron parte de esa verdad, pero ninguno de ellos pudo verla en toda su magnitud.

Tampoco los doctores y sabios que se encontraban en el Templo sacaron conclusión alguna. Siempre ha habido niños precoces y hasta genios, que impresionan sobremanera por la forma en que aprenden mucho más aprisa que los demás.

Los que sí estaban encantados con lo que veían fueron María y José, pues nunca antes habían escuchado a Jesús pronunciar palabras elocuentes o demostrar una inteligencia muy superior a los niños de su edad.

No es que dudaran de lo que El era, pero ahora se les mostraba una faceta que antes no habían conocido. Sabían sí que algun día tendría que comenzar su misión. Y luego comprenderían que lo que aquel día había ocurrido en el Templo fue sólo, quizás, un ejercicio de lo que sería su vida cuando llegase su hora.

31.

"Al verle, pues, sus padres quedaron maravillados; y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo llenos de aflicción te hemos andado buscando" (Lucas 2,48).

Fue un reproche, quizás salido espontáneamente del corazón de la madre. Después de tres días de pensar que se les había perdido, no era para menos.

Por un momento, quizás, se olvidaron de que Jesús no era un niño como otro cualquiera. Pero, al fin y al cabo, era un niño de doce años, y ellos eran los responsables de cuidarlo y protegerlo.

Como cualquier madre que ve a su hijo en un peligro, María regañó a Jesús por haberse desaparecido sin previo aviso. Se había portado mal, según su opinión.

Y, de suyo, cualquier padre o madre estaría de acuerdo en señalar que si un niño hace eso merecería al menos una reprensión.

¿La mereció Jesús?

Bueno, no es fácil decirlo. Quizás la única explicación que podríamos dar, desde el punto de vista humano, es que el niño que era Jesús pudo pensar que, tratándose del Templo era un lugar seguro para quedarse, pues allí no correría ningún peligro.

Aquí nos enfrentamos a algo que se ha discutido mucho en teología. ¿La humanidad de Jesús, asumida por su divinidad, hizo a Jesús, el hombre, totalmente consciente de lo que era, o fue adquiriendo esa conciencia paulatinamente?

Para tener una respuesta correcta tendríamos que haber recibido una revelación clara de Dios, y ésta no existe, sino que tal asunto entra dentro del misterio divino.

De modo que si se puede considerar que Jesús, el niño, actuaba como tal, habría que definir su acción como una travesura. Pero si a esa edad estaba totalmente consciente de que era Dios hecho hombre, su decisión fue tomada con el fin de hacer ver a José y María que había otros intereses a los que El tenía que prestar atención.

A renglón seguido veremos su respuesta. Pero podemos adelantar que, en ningún momento, el haber quedado rezagado fue una declaración de independencia ni una desobediencia deliberada.

El no pretendía adelantar su hora y comenzar, ya, su actuación pública. Fue sólo un anticipo. Algo dirigido, quizás, a preparar a María y José para lo que tendría que venir.

El amor tiene para todo una explicación. Y María y José comprenderían muy bien que su aflicción de esos días valió la pena.

32.

"Y él les respondió: ¿Cómo es que me buscaban? ¿No sabían que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre? Mas ellos por entonces no comprendieron el sentido de la respuesta. En seguida se fue con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre conservaba todas estas cosas en su corazón" (Lucas 2, 49-51).

Al reproche de Maria contesta Jesus con una pregunta cortante. Ya para esa fecha ellos debian conocer que El no era un simple hombre, y que debia ocuparse de cosas mas altas en las que ellos no podrian intervenir.

Por lo visto, pese a las revelaciones tenidas antes de la concepcion y nacimiento de Jesus, que posiblemente no volvieron a repetirse, ellos no tenian una idea clara de todo. De modo que su respuesta los dejo confusos.

Asi lo expresa el evangelista al decir que no comprendieron.

Los humanos, incluso los muy santos, somos tardos para comprender lo que tiene como objeto a Dios. Es nuestra limitacion humana. Pasara mas tarde tambien con los apostoles, que por mas que Jesus les dijera, muchas veces se quedaban sin entender.

De modo que a Maria y Jose solo les quedaria aceptar que estaban ante la presencia de Alguien que les daria muchas sorpresas en el futuro.

Pero ellos no se desanimaron. Ellos sabian que nunca podrian hacer un papel perfecto como madre y tutor de tal Hijo. Si bien trataban de ensenarle, sabian que eran ellos los que tendrian que aprender de El.

Sin embargo, Jesus no demostro una actitud de hombre mayor, sino que, por el contrario, como recalca Lucas, se mantuvo sujeto a su autoridad. Y es posible que, quizas hasta el comienzo de su mision, Jesus nunca volveria a hablar del tema, ni mostraria su condicion divina en ninguna ocasion.

"Les estaba sujeto" significa que, como siempre, seria un nino, un adolescente y un joven obediente a su madre y su tutor. Ellos habian recibido esa mision del Padre y El lo aceptaba, pues se habia hecho obediente hasta la muerte.

Para Maria fue especialmente sensible la escena del reencuentro con Jesus. Si es cierto lo que algunos piensan de que fue ella la que narro a Lucas los pormenores de la infancia de su Hijo, de seguro expresaria al evangelista lo que sintio su corazon.

Todo eso lo guardaria ella muy hondamente, y seria tema de meditacion y oracion cada dia de su vida.

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Página fue modificada: 20/09/2008 9:24

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