AB PADRE BAZAN

SABOREANDO LA PALABRA:

LA EUCARISTÍA

1.

"Afánense , no por la comida de un día, sino por otra comida que permanece y da vida eterna: es la que les dará el Hijo del Hombre" (Juan 6,27).

Una de las enseñanzas que Jesús nos vino a dar fue que este mundo pasa, por lo que no podemos poner nuestras ilusiones ni esperanzas en él.

Ciertamente tenemos que comer. El mismo nos enseñó a pedir al Padre el pan nuestro de cada día. Pero si mientras estemos en la tierra es importante el pan material, El también nos vino a enseñar que hay otro pan, que no es material, y que tiene que ser para nosotros el más importante.

El ser humano lucha y trabaja, en primer lugar, para sobrevivir. Para eso necesita alimento. Gran parte del salario de una persona se gasta en comida.

Pero Jesús nos dice que nuestro afán debe ponerse en un alimento que da vida eterna, no en la que sólo sostiene la vida física por un período de tiempo.

Por eso nos revela que sólo El tiene este pan. Y que este pan será nada menos que El mismo. Y promete que nos dará este pan para que tengamos vida eterna, es decir, una que nunca termina.

No podemos juzgar la extrañeza que sus palabras causaron en sus oyentes. Si hubiéramos estado presentes seguramente nos habría ocurrido lo mismo.

Se trata de algo tan inaudito y extraordinario, que no lo podemos concebir así de pronto. En primer lugar tenemos que aceptar que quien nos habla de este otro pan tiene poder para dárnoslo. De ahí que sólo podemos estar capacitados para entender que esto es posible, si aceptamos que quien nos lo dice es Dios.

Sólo la fe en Jesucristo es la que nos capacita para creer que un pedazo de pan, no importa la forma que tenga, puede ser transformado en algo más que un producto hecho con harina de trigo.

Sólo la fe nos abre los ojos interiores para descubrir lo dichosos que somos, al poder recibir este pan que nos da un ansia incontenible de vida abundante en Dios. Este pan sólo nos lo da Jesús.

2.

"Mi Padre es el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es éste que ha bajado del cielo y que da vida al mundo" (Juan 6, 32-33).

En el capítulo 6 del evangelio de san Juan se presenta una confrontación entre algunos fariseos y otros de parecida mentalidad y Jesús. Le están pidiendo que ofrezca pruebas de quién es El, pues alegan que no las ha dado.

Para confirmar su acusación, le recuerdan que Dios hizo signos maravillosos en favor del pueblo de Israel, entre ellos, el famoso maná que cada día bajaba como caído del cielo. Con esa especie parecida al pan Dios alimentó a su pueblo por espacio de cuarenta años.

Pero Jesús les replica que, si bien es cierto que el maná era un regalo de Dios, no se trataba realmente de un pan bajado del cielo, pues se debía a circunstancias naturales que el Señor permitió juntar para que esa especie de lluvia alimenticia llegara al suelo.

Su argumento va más allá. Aquel pan sólo quitaba el hambre temporalmente, mientras que el verdadero pan del cielo la quita para siempre.

Si todo alimento sirve para dar la vida al cuerpo, ese otro que es el verdadero pan del cielo, da una vida que no es de este mundo. Es una vida que nos permite disfrutar de la eternidad con Dios.

Este pan no tiene nada que ver con el alimento que consumimos para subsistir en la tierra. Ni siquiera es algo material, aunque va a aparecer bajo signos materiales.

Ya estamos ante el anuncio de lo que sería un sacramento, algo que vemos pero que no es en sí mismo la realidad, sino el medio para descubrir la realidad.

En un sacramento lo importante no es lo que vemos, sino lo que no vemos. El habla de un pan bajado del cielo, para luego afirmar que El es ese pan.

Cuando al fin instituya el sacramento que conocemos como la Eucaristía, lo que vemos son los signos sacramentales, pan y vino, pero lo que no vemos es lo importante: la presencia real y verdadera de Jesús, con su cuerpo, su alma y su divinidad. Todo El en forma sacramental, para ser el alimento que da la vida al mundo.

3.

"Jesús les dijo: Yo soy el Pan de Vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre, el que cree en mí nunca tendrá sed" (Juan 6, 35).

Los oyentes de Jesús - hemos de admitirlo - tuvieron que sentir que aquello que sus oídos oían era algo inédito, inaudito y totalmente extraño.

¿A quién se le puede ocurrir llamarse a sí mismo "pan de vida"? ¿No es esto algo que parece provenir de un loco?

Ya sabemos que los dementes suelen creerse que son esto o lo otro, sea un personaje histórico o incluso un animal o un objeto.

No, no vayamos a juzgar severamente a los oyentes de Jesús, como de seguro no lo hizo el Señor. El conocía de sobras que lo que estaba diciendo era algo totalmente incomprensible a los oídos humanos.

Con todo, El sabía lo que decía. Por eso esperó algún tiempo antes de hacer realidad lo que ahora, en cierta forma, sólo estaba anunciando.

Por más extraño que pareciese, Jesús tenía todo el poder para hacer realidad esas palabras que nadie, nunca antes, se había atrevido a proferir.

Creer que alguien pueda ser "pan de vida" está por encima de nuestras capacidades naturales. Se requiere de una convicción interior muy profunda que sólo proviene de la acción del Espíritu Santo.

Hubo un momento anterior en el diálogo entre Jesús y los que con El conversaban, en que éstos le hacen una pregunta: - ¿Qué haremos para hacer las obras de Dios? A lo que el Divino Maestro respondió: La obra de Dios es que crean en Aquel que El ha enviado (Juan 6.29).

Efectivamente, sin la fe total en Jesús como el enviado del Padre, no habría manera de aceptar sus palabras sobre el pan de vida.

Creer en algo así es sólo posible cuando uno está convencido de que ahí hay Alguien capaz de hacer prodigios por el poder del Altísimo.

No en balde a una mayoría les fue imposible aceptar lo que Jesús les decía. Sencillamente no creían en El.

4.

"Los judíos criticaban porque Jesús había dicho: "Yo soy el pan que ha bajado del cielo" (Juan 41).

A la extrañeza siguió la crítica. Era la reacción lógica, y no creo que Jesús los condenara por ello.

Se trataba realmente de algo tan fuera de lo común, que los judíos, por más cerca de Dios que estuviesen, no podían aceptar sin más ni más.

Ni siquiera sus discípulos más cercanos estaban preparados para ello. Incluso ahora muchos cristianos rechazan totalmente que esto sea posible.

La llamada reforma protestante del siglo XVI, liderada por Lutero, Calvino y otros, trajo como consecuencia un abandono de la Eucaristía por parte de la mayoría.

Si bien Lutero la siguió admitiendo como un sacramento, que junto al bautismo fueron los dos únicos admitidos por él, la mayoría de los "reformadores" sólo aceptaron la Eucaristía como un puro símbolo, pero que no conllevaba la presencia real de Cristo en el pan y el vino.

Los calvinistas, por ejemplo, sólo permitieron la celebración de la cena cuatro veces al año, suprimiendo totalmente lo que los católicos llamamos Misa. Y en la cena sólo se compartía el pan y el vino en forma simbólica.

Esto nos demuestra la dificultad que entraña la aceptación de las palabras de Jesús. Y aunque está más que documentado que los apóstoles y primeros cristianos creyeron que las palabras de Jesús se referían a su presencia real, hoy muchos cristianos de diferentes denominaciones lo niegan totalmente.

¿Podríamos exigir por tanto que los judíos, que por primera vez oían a Jesus hablar de ello, se extrañaran o rehusaran aceptar lo que oían?

Se necesitaría de una conversión total que aceptara a Jesús como verdadero Mesías e Hijo de Dios para que esto fuera posible.

Hoy sólo los católicos, los ortodoxos y algunas denomi-naciones protestantes creemos lo que Jesús dijo realmente. Este es uno de los puntos más importantes que nos separan, cuando debía ser todo lo contrario. ¡El sacramento de la unidad convertido en signo de desunión!

5.

"Yo soy el pan de vida. Sus antepasados, que comieron el maná en el desierto, murieron. Aquí tienen el pan que bajó del cielo para que el que lo coma no muera" (Juan 6,48-50).

Las palabras de Jesús no dejan lugar a dudas. El no es un loco o un parlanchín dispuesto a engañar a la gente con palabras ininteligibles. El es el Hijo de Dios.

Por eso cuando afirma que es el pan de vida tenemos que tomarlo muy en serio.

Y si no, ¿para qué usó una frase así? ¿Sería para suscitar falsas esperanzas o para confundir a los que lo escuchaban?

Aquí no hay vuelta de hoja: o lo tomamos como suena o se trata de una engañifa intolerable.

Porque, además, no se trata de un pan cualquiera, sino uno que confiere al que lo come inmortalidad.

Y para que no queden dudas lo compara a aquel otro pan que fue el maná.

Dice el libro del Exodo: Yahvé dijo a Moisés:"Voy a hacerles llover comida de lo alto de los cielos. El pueblo saldrá a recoger cada día la porción necesaria para ponerle yo a prueba, viendo si marcha o no según la ley" (16, 4-5).

Y poco más adelante: "Los israelitas dieron a este alimento el nombre de "maná". Era parecido a la semilla del cilantro, blanco, y tenía un sabor como de torta de harina de trigo amasada con miel" (16,31).

Este fue el alimento que, por cuarenta años, comieron los israelitas durante su travesía por el desierto.

Se ha visto en él una figura de la Eucaristía, pues así como tal alimento sostuvo a los israelitas en su peregrinación, así también el pan eucarístico es el sostén de los cristianos en su caminar hacia la verdadera Patria Prometida, es decir, la Casa de Dios, el Cielo.

No juega Jesús con palabras bonitas para ganar discípulos. Nunca ha habido líder alguno que haya sido más claro en sus proposiciones.

El nos ofrece la Gloria, pero también el sufrimiento, la persecución, las calumnias y hasta la muerte. Alguien así no podía decirnos una cosa por otra. Pan de Vida significa sólo eso. Jesús es el que da la vida verdadera a quien la busque.

6.

"Yo soy el pan vivo bajado del cielo, para que el que lo coma no muera" (Juan 6,50).

De una manera afirmativa, como nunca nadie se ha atrevido a hablar jamás, Jesús afirma de sí mismo que es el pan vivo bajado del cielo.

De no haber sido dicho por quien era realmente el Hijo de Dios, tendríamos que creer que fue un loco de remate, pues no afirma en este momento que es Dios o Hijo de Dios, sino que El es pan.

Pero cuando Jesús dijo tal cosa nadie lo tomó por loco, aunque no pudieran entender sus palabras.

Todos allí sabían que aquel Hombre que hablaba de una manera tan incomprensible era alguien especial, de ninguna manera un loco. Y si muchos lo rechazaron fue porque no les cabía en la cabeza que alguien tan cuerdo pudiera afirmar una cosa así.

Esto nos demuestra que Jesús no hablaba en un sentido metafórico o simbólico, sino totalmente real. Había que tomar sus palabras en el verdadero sentido o rechazarlas. Y eso último fue lo que la mayoría hizo.

Que ahora vengan algunos a decirnos que la Eucaristía es sólo un símbolo, algo que de alguna manera significa la presencia de Jesús entre nosotros, es olvidar ese momento solemne en que sus palabras fueron rechazadas porque tenían un sentido totalmente real.

Es casi seguro de que si Jesús hubiera hablado figuradamente, dando a entender que se trataba de un símbolo y no de una realidad, todos aquellos judíos lo hubieran aceptado sin más.

Por eso, desde los comienzos, los primeros cristianos entendieron muy claramente que las palabras de Cristo significaban que un pedazo de pan se había convertido realmente en su Cuerpo y un poco de vino en su Sangre. No había otra manera de entenderlo.

En la Eucaristía, aunque no físicamente, como cuando vivía en la tierra, Jesús está realmente presente en el pan y el vino consagrados. Su presencia es misteriosa, pues no podemos verlo, pero la fe lo descubre en esas especies que lo velan a nuestros ojos.

7.

"Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo les daré es mi carne, vida del mundo" (Juan 6, 51).

Si antes había dicho que el que come de este pan no morirá, ahora agrega otra afirmación: vivirá para siempre.

Con todo, existir eternamente no es necesariamente lo mejor que nos puede pasar. El mismo Jesús nos enseña que los condenados vivirán eterna e infelizmente.

Así lo dice al final de su anuncio del Juicio Final, cuando El mismo separará a los justos de los malvados. "Y éstos - afirma - irán al suplicio eterno y los buenos a la vida eterna" (Mateo 25, 46).

Por eso este pan que es El mismo, es "pan vivo" o "pan de vida", pues el que lo come no sólo no muere, sino que vivirá eternamente feliz.

Y qué cosa es este pan nos lo dice El mismo: El pan que yo les daré es mi carne.

¿Puede dudarse de la intención con que Jesús pronuncia estas palabras?

¿Podemos nosotros afirmar que eso no fue lo que quiso decir, sino que era sólo un símbolo o signo de su carne, pero no "realmente" su carne?

Sólo cambiando las palabras de la Escritura, que todos los cristianos afirmamos que es Palabra de Dios, podríamos decir semejante cosa.

Lo que Jesús dijo es lo que tenemos que creer sus discípulos. Lo otro es querer tergiversar sus palabras para hacerle decir lo que humanamente se nos ocurre.

La fe no es acomodar la enseñanza recibida por Revelación divina para que resulte más facil de asimilar en nuestra mente.

La fe no busca explicaciones científicas ni razonamientos humanos, pues no puede haberlos.

La fe es aceptar. No importa lo difícil que resulte creer lo que se nos dice. No nos basamos sino en la Palabra eterna de Dios.

Y Jesús es la Palabra del Padre. Aceptar esa Palabra es, verdaderamente, en lo que consiste la fe.

8.

"Discutían entre sí los judíos, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" (Juan 6, 52).

Comer carne humana es para nosotros, como lo era para los judíos, algo detestable e inconcebible.

No así, sin embargo, en algunas culturas, donde la antropofagia o comer carne humana es algo totalmente natural.

Es más, hay lugares donde comer la carne de una persona sabia o santa es considerada como participar en la sabiduría y santidad de la misma.

Lo que Jesús en realidad propuso no fue antropofagia, ya que en ningún momento El habló de que se comiera su carne como se come la carne de un animal.

Su primera afirmación fue que El era el pan vivo. Habló, pues, de una forma nueva de comer su carne, no físicamente, sino por medio de un sacramento, en que el pan y el vino serían los signos visibles de su presencia con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.

La pregunta que se hacían los judíos era realmente fundada. Cuando alguien te dice que has de comer su carne, de inmediato uno se imagina dando dentelladas a esa carne.

No podían siquiera pensar, pues era algo inaudito e inédito, que Jesús iba, cuando llegara el momento, a convertir un pedazo de pan en su carne y el vino que contenía una copa en su sangre.

Ellos todavía no creían que El tuviera el poder para hacerlo, pues para ello se necesitaba creer que Jesús era Dios. Sólo Dios puede hacer algo así.

Sólo los apóstoles ya intuían el poder de Jesús demostrado a través de sus milagros. Y por eso aceptaban sin entender.

Y es que, todavía hoy, no entendemos, pues si entendiéramos, ¿para qué necesitaríamos la fe?

Efectivamente, es por la fe que aceptamos lo incomprensible. Es por fe que creemos en el modo en que Jesús hace posible que podamos comer su carne y beber su sangre. Para llegar a eso, al igual que los judíos de aquel tiempo, necesitamos conversión, aceptando a Jesús como el Hijo de Dios.

9.

"Jesús les dijo: En verdad les digo que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes" (Juan 6, 53).

En esta frase recalca Jesús la necesidad que tenemos de un alimento, que nada tiene que ver con el que necesitamos para sostener nuestros cuerpos.

Esto no significa que El desdeñe tal forma de nutrición, pues nos enseñó a orar pidiendo por el pan de cada día. Hubo, incluso, dos momentos de su ministerio público, en que multiplicó panes y peces para alimentar a una multitud hambrienta.

Pero si el cuerpo tiene exigencias, también las tiene el alma transformada por la gracia de Dios.

Requiere de otro alimento, que sólo Jesús puede ofrecernos. De ahí que diga que si queremos tener vida debemos comer su carne y beber su sangre.

Aunque se han dado casos de personas, pocas, que han vivido sin ingerir otro alimento que la hostia, como se afirma de la santa Ana Catalina Emmerich, no fue el intento del Divino Maestro hacer de la Eucaristía un nutrimento para el cuerpo.

El nos habla de una vida que debe ser alimentada, y es la nueva que El nos dio al rescatarnos del pecado y de la muerte.

Esa nueva vida, vida en el espíritu, se alimenta de la unión con Dios. Va creciendo y fortaleciéndose en la medida en que nos acercamos a El y creamos una íntima comunión con El.

Puede ser la oración, o las prácticas de piedad, o la penitencia y la mortificación, pero, sobre todo, la recepción de la Carne y la Sangre de Cristo presentes en el pan y el vino eucarísticos.

Cuando una persona descuida estos medios está matando la vida espiritual y su alma languidece por falta de alimento. Esa alma estaría gritando, si la persona en cuestión tuviera la conciencia alerta, como gritan aquellos que sufren de hambre material.

¡Qué lástima que haya tantos cristianos que apenas dan importancia a esta vida que Jesús nos ha regalado!

10.

"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resucitaré el último día" (Juan 6, 54).

La propuesta de Jesús es tajante: si queremos tener vida eterna hemos de comer su carne y beber su sangre.

Podríamos preguntarnos: ¿Cómo beber la sangre del Señor si ordinariamente comulgamos sólo con el pan consagrado?

Esto ha sido motivo de polémicas y hasta de separaciones.

Los seguidores de Jan Huss, (husitas), reclamaban la participación en el cáliz para todos los fieles. Esto a principios del siglo XV. También lo hicieron otros de los llamados reformadores.

No les faltaba razón a tales reclamos, y hemos visto como el Concilio Vaticano II, por fin, abrió el camino para que todos los fieles pudieran recibir la Eucaristía con las dos especies de pan y vino, tal y como se hacía al comienzo.

Pero eso no significa que la Iglesia estuviera equivocada en los principios. Realmente Jesús está presente, todo El, en las dos especies consagradas. Por tanto, aunque siempre se consideró necesario, para la validez del sacramento, que hubiera la consagración de ambas especies, y de que al menos el celebrante comulgara con ambas, se podía disponer que los fieles sólo lo hicieran con el pan.

Esto ocurrió realmente en la iglesia de rito latino, pues en las de ritos orientales siempre hubo la posibilidad de que los laicos comulgaran con las dos especies.

Y aunque hubo razones de tipo práctico, como la posibilidad de profanación o de mal uso, o hasta de escasez de vino en algunas regiones, hay que reconocer que lo más propio, para la riqueza misma de los signos litúrgicos, es que todos puedan comulgar con el pan y el vino consagrados, algo que ahora es posible gracias al Vaticano II.

Lo triste es recordar que durante varios siglos, por una mal entendida piedad y respeto a la presencia de Cristo, los fieles se vieron alejados de la comunión sacramental, teniendo la Iglesia que hacerlo obligatorio al menos una vez al año.

Cristo no ha querido ser recibido sólo por personas selectas. Claro que hay que estar preparados, pero El quiere que todos, sin excepción, entren en comunión con El.

11.

"Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida" (Juan 6, 55).

Carne=Comida. Sangre=Bebida.

No se podrían entender de otra manera las palabras de Jesús, que como las entendieron los apóstoles y primeros discípulos.

Es la forma en la que las ha entendido la Iglesia desde sus comienzos.

Ahora bien, esta comida y bebida tiene una función muy distinta a la comida y bebida habituales. Se trata de un alimento para la vida de relación con Dios, aquella que recibimos en el bautismo y que nos hace hijos suyos.

Sabiendo Jesús lo difícil que nos resulta mantener viva esta vida, nos dio un medio que fuera, al mismo tiempo, signo de nuestra unión con El y con los demás miembros de la familia de Dios.

Comulgar no es sólo recibir realmente a Cristo, sino que es una común-unión con El y con los hermanos.

Dice Juan Pablo II: "Con la comunión eucarística la Iglesia consolida también su unidad como cuerpo de Cristo. San Pablo se refiere a esta eficacia unificadora de la participación en el banquete eucarístico cuando escribe a los Corintios: "Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan" (1 Cor. 10,16-17).

Luego el Papa nos trae un comentario de san Juan Crisóstomo, detallado y profundo: "¿Qué es, en efecto, el pan? Es el cuerpo de Cristo. ¿En qué se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no muchos cuerpos sino un solo cuerpo. En efecto, como el pan es sólo uno, por más que esté compuesto de muchos granos de trigo y éstos se encuentren en él, aunque no se vean, de tal modo que su diversidad desaparece en virtud de su perfecta fusión; de la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente unos a otros y, todos juntos, con Cristo" (Ecclesia de Eucharistia, número 23).

Comemos, pues, el cuerpo de Cristo para ser uno con El y con todos los miembros de la Iglesia.

12.

"El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él" (Juan 6, 56).

La consecuencia más importante de la comunión es precisamente ésa: la íntima y profunda unión que se realiza entre el comulgante y Jesús.

Pero, no nos engañemos. Esta unión es también comunitaria, pues todos aquellos que comulgan entran en comunión los unos con los otros.

Hay, pues, una dimensión individual y otra comunitaria. Todos nos hacemos UNO con Cristo.

Tal clase de unión no admite egoísmos. No participamos de la Eucaristía como individuos aislados, sino como parte de un pueblo, una familia, pueblo y familia de Dios.

Esto es lo que conforma la verdadera Iglesia, la que se compone de hombres y mujeres unidos y comprometidos con Jesús y unidos y comprometidos entre sí.

Cuando tomamos el cristianismo como si fuese una religión pagana, en la que cada uno busca a su manera entrar en contacto con la divinidad, nos hemos equivocado de medio a medio.

Ya lo afirmaba san Juan: "El que dice: "Yo amo a Dios", y odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano, a quien ve?" (1a. Juan 4, 20-21).

La Eucaristía es, por excelencia, el sacramento del amor, de ese amor sin medida que es el mandato mismo de Jesús. De ahí que se acerquen a comulgar lo mismo el rico que el pobre, el viejo que el joven, el hombre como la mujer, el sano como el enfermo, el negro, el blanco, el amarillo, el mestizo. Aquí no caben discriminaciones ni escalafones. Ante Dios todos somos iguales.

Las diferencias que existen entre nosotros no pueden ser obstáculo al amor. Sólo los empecinados en mantener posiciones particulares, en alejarse de la esencia del Evangelio, rompen esa unidad exigida por Cristo.

El nos enseña que somos todos hijos de un mismo Padre, llamados todos a gozar de su herencia por siempre. Quien se crea diferente estará en peligro de perder lo que el amor del Padre le tiene reservado.

13.

"Así como el Padre que vive me envió, y yo vivo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí" (Juan 6, 57).

En el Credo Niceno-Constantinopolitano se afirma: "Creemos en un solo Señor, Jesucristo, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero".

A ese Hijo el Padre lo envió como Redentor nuestro. Algo inaudito que sólo puede explicar el amor. Como dice Juan: "Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Único, para que todo el que cree en El no se pierda, sino que tenga la Vida Eterna" (3,16).

Es por el Hijo, que asumiendo nuestra naturaleza humana en el seno de María, hemos recibido la nueva vida que nos hace hijos de Dios.

Por eso vivimos en El y para El. Por lo que necesitamos mantener nuestra unión con El.

La Eucaristía nos ofrece esa oportunidad de estar unidos a Cristo como El lo está con el Padre.

Jesús dijo en la Última Cena, respondiendo al apóstol Felipe: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo, pues, dices: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre esta en mí?" (Juan 14,9).

Pero también, en la misma ocasión, delante de sus apóstoles, Jesús se dirigió al Padre y dijo como parte de una larga oración: "- Que todos sean uno como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti. Sean también uno en nosotros: así el mundo creerá que Tú me has enviado" (Juan 17,21).

Por eso la comunión no se puede tomar a la ligera. No podemos recibir a Jesús si no estamos en real unión con Dios. No podemos tomarlo como si fuera una cosa sin importancia, como hacen algunos. Es preferible no comulgar que hacerlo sin verdadera preparación.

Por supuesto que tampoco podemos caer en exageraciones escrupulosas. Si de verdad sentimos en nosotros el hambre de Dios y al mismo tiempo sabemos que estamos limpios de pecado, no dudemos en acercarnos a comulgar.

Es Jesús quien nos invita. El quiere que vivamos en El. El quiere que seamos uno como lo son El y el Padre.

14.

"Este es el pan bajado del cielo, no como el pan que comieron los padres y murieron; el que come este pan vivirá para siempre" (Juan 6,58).

Es interesante notar que aquí hay como una contraposición: por un lado el "maná" que comieron los judíos en el desierto y por otro el pan que Jesús nos ofrece.

El "maná" fue el alimento que comieron los israelitas durante los cuarenta años que duró su estancia en el desierto, después de haber sido liberados de su esclavitud en Egipto, y antes de que entraran en la tierra prometida.

Aunque se han dado explicaciones que hacen ver que aquello no fue precisamente un milagro, sino un fenómeno natural, los judíos lo tenían como algo extraordinario que permitió a sus antepasados sobrevivir en las duras condiciones en que se encontraban.

Este nuevo pan, el que nos da Jesús, que es nada menos que su propio Cuerpo, tiene la finalidad de mantenernos firmes y fuertes en nuestro peregrinar por la vida. No es un alimento para el cuerpo, sino para el alma.

En el cielo ya no habrá Eucaristía, pues estaremos siempre en la presencia de Dios. Es, pues, un regalo que se nos da para que, en esta vida terrena, no perdamos la VIDA que nos aguarda en el cielo.

Si bien los israelitas sobrevivieron, al final sólo unos pocos llegaron a la tierra prometida. Murieron antes de entrar. Aquí se trata de lo contrario. Este pan es el que sostiene la vida que hemos recibido en el Bautismo, la que nos ha elevado de simples criaturas a hijos de Dios.

La Eucaristía es el banquete donde la familia de Dios es alimentada con un doble pan del cielo: el pan de la Palabra y el Pan y el Vino en que recibimos a Cristo, para hacernos UNO con El.

Ambos nos son necesarios, ya que Cristo es la Palabra del Padre, y El se hace presente en las especies de pan y vino para instruirnos y alimentarnos.

Por El conocemos la Verdad. Por El somos transformados en poco menos que seres divinos, deificados, que podremos gozar de la dicha de ver a Dios cara a cara, allí donde no habrá llanto, ni muerte, ni luto, ni dolor (ver Ap. 21,4).

15.

"Luego de haberle oído, muchos de sus discípulos dijeron: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? Conociendo Jesús que murmuraban de esto sus discípulos les dijo: - ¿Esto los escandaliza? Pues, ¿qué sería si vieran al Hijo del hombre subir allí a donde estaba antes?" (Juan 6, 60-62).

Si escandalizados quedaron muchos discípulos cuando Jesús dijo estas palabras, escandalizados están otros discípulos de ahora que se niegan a aceptar lo que aquellos tampoco aceptaron.

Si Jesús hubiera hablado en un sentido simbólico, nadie tenía por qué escandalizarse. Se ve que entendieron muy bien lo que Jesús les decía.

Lo que resultaba insólito e incomprensible para ellos, era que tuvieran que comer la carne de aquel a quien tenían por profeta o, al menos, como un hombre de Dios.

Por más que le habían visto realizar milagros, esto de comer su carne no les cabía en la cabeza. Y eso que Jesús no habló realmente de masticar su carne, sino comerla como un "pan vivo".

Se trata, pues, de una realidad, no un simbolismo, aunque en una forma sacramental. El pan y el vino, tal y como Jesús dijo al entregárselos a sus apóstoles, se convierten, por poder divino, en su Cuerpo y su Sangre.

Claro que en todo esto existe un elemento simbólico. No está presente Jesús como lo estuvo mientras vivió en la tierra. El simbolismo está en la forma especial de su presencia.

San Justino lo explica de este modo: "Porque estas cosas no las tomamos como pan común ni bebida ordinaria, sino que así como Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación; así se nos ha enseñado que, por virtud de la oración al Verbo que de Dios procede, el alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias - alimento de que, por transformación, se nutren nuestra sangre y nuestra carne - es la carne y la sangre de aquel mismo Jesús encarnado. Pues los apóstoles, en los Recuerdos por ellos compuestos llamados Evangelios, nos transmitieron que así les había sido mandado" (Apología II dirigida a los emperadores, en el siglo II).

16.

"El espíritu es el que da vida; la carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo les he hablado son espíritu y son vida" (Juan 6,63).

Para que nadie pudiera confundirse en cuanto al significado del alimento que El ofrece, al decir que tenemos que comer su carne, Jesús agrega estas palabras que dan todo el sentido a su afirmación.

El no ha venido a alimentar nuestra carne corporal, pues este cuerpo está destinado a la destrucción.

Ciertamente El nos promete una resurrección, pero como Pablo se ocupa de explicarnos, de ningún modo será con este mismo cuerpo, sino con un nuevo, glorificado, propio de la vida que tendremos en la eternidad.

Dice el Apóstol: Yo les declaro que no entrará al Reino de Dios lo que en el hombre es carne y sangre. Eso que va a la muerte no puede tener parte en el Reino, donde no se puede morir (1a. Corintios 15,50).

Jesús ha venido a darnos una salvación, por tanto, en la que no ha de participar este cuerpo actual. Seremos salvados en lo que es la esencia de nuestra individualidad, que radica en el alma.

Cuando ésta se separa del cuerpo en la muerte natural, sólo el cuerpo muere. Nuestro espíritu seguirá viviendo. Sobre esto insiste Pablo: Sabemos que, mientras habitamos en este cuerpo, estamos distantes del Señor y fuera de nuestra patria (porque caminamos hacia él por la fe, y no le vemos todavía claramente). En esta confianza que tenemos, preferimos más ser separados del cuerpo, a fin de gozar de la vista del Señor. Por esta razón todo nuestro deseo consiste en hacernos agradables al Señor, ora habitemos en el cuerpo, ora salgamos de él, para irnos con Dios, siendo como es forzoso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones que habrá hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo (2a. Corintios 5,6-10).

Debemos, pues, alimentar el alma. Para eso tenemos la Palabra y la Eucaristía. Ambas son parte de la celebración que llamamos Misa. Participar en ella es un privilegio. Nuestra asidua participación nos hace crecer espiritual-mente. ¡Pobres de aquellos que, materializados, dan más importancia a lo que agrada al cuerpo!

17.

"Y decía: "Por esto les dije que nadie puede venir a mí si no le es dado de mi Padre". Desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían" (Juan 6, 65-66).

Nadie ha sido nunca discriminado por Dios. El no rechaza a nadie. Pablo dice: EL (Dios) quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad (1a.Timoteo 2,4).

Con todo, El respeta nuestra libertad, y deja que nosotros decidamos sobre lo que consideremos mejor.

Ciertamente hay muchas cosas que influyen en nosotros y que nos alejan de Dios y de su Palabra, que es la Verdad.

Entre ellas la formación que cada uno haya recibido. Si se nos ha enseñado desde niños que una cosa es de tal modo, lo más probable es que nos resistamos a creer en algo que pueda ser lo contrario.

Los israelitas recibían una formación sostenida fundada en la Palabra de las Escrituras, aunque no siempre interpretada de manera correcta. Les costaba trabajo aceptar, por lo mismo, las nuevas enseñanzas de Jesús.

La mayoría de los que seguían al Divino Maestro era porque hacía milagros y curaciones. De ahí que le llevaran toda clase de enfermos para que los sanara (Ver Mateo 8,16).

Con todo, tratándose de enseñanzas, poco era lo que conservaban. De ahí la ironía que, a veces, usaba Jesús, como cuando dijo: ...de modo que viendo, vean y no reparen; y oyendo, oigan y no entiendan, por miedo de llegar a convertirse, y de que se les perdonen los pecados (Marcos 4, 12).

El Padre envió a su Hijo para que completara la revelación que había comenzado con Abrahán. Pero esto crearía un revuelo. De ahí que los judíos, en general, rechazaran las enseñanzas de Jesús y se mantuvieran fuera de la Nueva Alianza que El había venido a establecer.

Aunque muchos lo miraban con simpatía, cuando llegó la hora en que sus enemigos lo apresaron, casi nadie se atrevió a defenderlo. Entonces se produjo la desbandada, pues hasta sus discípulos más cercanos le fallaron.

El anuncio de la Eucaristía ya había provocado, en su momento, que muchos se alejaran y no le siguieran. Lamentablemente también hoy sigue ocurriendo lo mismo.

18.

"Jesús preguntó a los doce: "- ¿Acaso también ustedes quieren dejarme?" Pedro contestó: "- Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de Vida Eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Juan 6, 67-69).

La misma pregunta que Jesús hizo a los apóstoles nos la hace hoy a nosotros. Frente a sus palabras tenemos que definirnos.

Si decimos que creemos en El, porque sabemos que El es Dios, pero pensamos que El no tiene poder para estar presente en un pedazo de pan y una copa de vino, y que éstos, después de consagrados, no son su Cuerpo y su Sangre, sino un símbolo de ellos, entonces nuestra fe en El se vuelve agua.

¿Cómo hacer más caso a aquellos que se les ocurrió decir, varios siglos después, que esto era sólo un símbolo de la Cena del Señor, que a los millones de cristianos que, desde el principio, creyeron lo mismo que los apóstoles?

Y los apóstoles creyeron que cuando Jesús tomó el pan y el vino no estaba hablando de símbolos, sino de una realidad.

Muy cierto que el pan y el vino son signos visibles de la realidad invisible. Pero, como en todo signo sagrado, lo importante no es lo que vemos, sino lo que no vemos.

Lo que vemos, ciertamente, parece pan y vino. Lo que no vemos, pues está escondido bajo esas apariencias, es la presencia real de Cristo en cuerpo y sangre, alma y divinidad.

Muy cierto que Cristo hoy no está físicamente presente entre nosotros, como lo estuvo durante unos treinta y tres años. Pero El está presente en el pan y el vino de un modo admirable, sacramental.

Nos recuerda el Catecismo: Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión (Número 1375).

Es un regalo admirable de Dios que Jesús pueda ser nuestro alimento. Sin El nada somos. Por el contrario diremos con san Pablo: Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Filipenses 4,13).

19.

"El primer día de la fiesta en que se comía pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: "- ¿Dónde quieres que te preparemos la cena pascual?" (Mateo 26,17).

No fue una simple coincidencia que Jesús culminara su misión salvadora en una fiesta de Pascua. Todo pertenecía al plan divino, pues lo que ocurrió unos doce siglos atrás no fue sino un tipo o anuncio de lo que Jesús realizaría con su muerte y resurrección.

Pascua significa paso. Los israelitas se encontraban esclavos en Egipto. No siempre fue así. Habían llegado cuatrocientos años antes unas pocas personas, la familia de Jacob, llamado también Israel. Allí se aposentaron libremente y disfrutaron su estancia. Pero llegó un momento no precisado en que las cosas cambiaron. Como eran un pueblo distinto al egipcio, el faraón o rey de Egipto declaró que podrían ser peligrosos y se les esclavizó.

Dios, con el tiempo, suscita a un caudillo, Moisés, que sería el encargado de llevar al pueblo de Israel a la libertad. Poco antes de salir de aquel país que había sido su hogar durante cuatro siglos, se realizó una ceremonia, que consistió en una comida frugal, con un cordero como alimento principal, acompañado de pan ácimo (sin levadura), yerbas amargas y vino.

Este fue el paso de la esclavitud a la libertad, simbolizado por esa comida. Pero sin que ellos lo supieran, aquello era también un anuncio de lo que ocurriría mucho después.

Jesús vino a realizar el verdadero paso al entregar su vida para darnos la posibilidad de pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte, a la libertad de hijos de Dios y a una vida eterna con El.

Por esa razón la muerte y resurrección de Jesús no podían realizarse sino en el marco de la fiesta pascual, pues la nueva Pascua que Jesús instauraría haría obsoleta la anterior. Para recordarla ya no habría que comer de la carne de un cordero. La Nueva Pascua no sólo se recordaría, sino que se actualizaría sacramentalmente, comiendo el Cuerpo y bebiendo la Sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

20.

"Entonces Jesús mandó a dos de sus discípulos y les dijo: "Vayan a la ciudad; les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y donde entre, digan al dueño de la casa: El Maestro dice: ¿Dónde está mi pieza para celebrar la cena de Pascua con mis discípulos? El les mostrará en el piso superior una pieza grande, amueblada, ya lista; preparen allí nuestra cena" (Marcos 14, 13-15).

¿Cuándo celebró Jesús la Pascua con sus discípulos? Los evangelistas parecen usar distintas fechas, de acuerdo a las costumbres de fariseos y saduceos.

Lo cierto es que si medimos el tiempo que va desde el final de la Cena hasta la crucifixión de Jesús, hemos de concluir que no podría ser el jueves, como ahora celebramos la institución de la Eucaristía.

Es probable que, sabiendo Jesús que habría de morir en vísperas del sábado, determinase hacerlo un martes o un miércoles. Aceptándolo así no habría problemas de tiempo, pues todos los acontecimientos que van desde la Cena a la crucifixión, al mediodía del viernes, son muchos para que hayan podido realizarse en tan corto espacio.

Los evangelistas escriben varios años después de lo acontecido, y nunca se ocuparon demasiado por la cronología. Si hoy celebramos la institución de la Eucaristía el Jueves Santo es porque, al principio, la única celebración litúrgica era la Pascua, que se comenzaba en la noche, vísperas del Domingo de Resurrección.

Más tarde se agregaría el Viernes, recordando la Pasión y Muerte. Por último se le agregó un día más, para conformar, con el Jueves, el llamado Triduo Pascual.

Nadie puede asegurar exactamente el día real de la Cena, pero es indiscutible que Jesús convocó a sus apóstoles para que esta fuese la Última de la Antigua Alianza y la Primera de la Nueva.

Allí haría realidad lo que antes fue sólo anuncio. Y allí también nos dejaría el Memorial de su Muerte y Resurrección, convirtiendo el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Misterio de Fe que la mayoría de los cristianos ha creído sin duda alguna.

21.

"Llegada la tarde, se sentó a la mesa con los Doce" (Mateo 26, 20).

¿Qué hora sería? Recordemos que los judíos comenzaban el día no a las doce de la noche, como nosotros, sino al caer de la tarde, de modo que si era un miércoles en la tarde, es decir, pasadas las seis, ya se computaba como jueves.

Es posible que fuera en esa víspera del jueves, que ellos llamaban el quinto día de la semana, que Jesús se reuniera con sus discípulos, ya cuando el crepúsculo anuncia la entrada de la noche.

Mateo recalca que sólo estuvieron presentes los doce apóstoles. Allí no estaban, pues, ni la Santísima Virgen ni ninguna otra persona, aunque sí estaba presente el traidor Judas.

Lo más probable es que todo estuviese preparado de antemano, de modo que ningún sirviente participase de las palabras y acciones que Jesús había de decir y realizar.

El quiso estar a solas con sus más íntimos colaboradores, a quienes iba a entregar la misión de continuar su obra, siendo los primeros obispos o vigilantes, los líderes y pilares del nuevo pueblo de Dios que sería la Iglesia.

Esa noche, ante ellos, aunque quizás ya sin la presencia del traidor, iba a instituir el sacramento por excelencia, el memorial de su Muerte y Resurrección, la Eucaristía.

Y, por ende, los iba a constituir a ellos sacerdotes de la Nueva Alianza, con el poder de repetir lo que El hiciera, y en su nombre perdonar los pecados, e imponer las manos sobre otros para hacerlos sucesores o colaboradores suyos.

Noche especial de confidencias y de vaticinios. En ella Jesús les abriría su corazón para decirles cuánto les amaba.

En ella les iba a descubrir el corazón del Padre, que quiere que todos seamos uno en El.

En ella les iba a anunciar que no todo sería gloria en su ministerio, pues aunque se les daban extraordinarios poderes, no serían los de este mundo. Más bien por lo mismo serían perseguidos, calumniados, humillados, encarcelados y hasta asesinados.

Su suerte sería la de su Maestro, pues eran consagrados para ser corredentores con El.

22.

"Mientras comían, Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "- Tomen y coman; esto es mi cuerpo" (Mateo 26, 26).

Fue en medio de aquella cena, conmemorativa del acontecimiento salvífico ocurrido en Egipto muchos siglos antes, que Jesús instituye el sacramento eucarístico.

Se trataba de dar fin a una Alianza, aquella que había hecho Dios con Abrahán y sus descendientes, y luego ratificada en el monte Sinaí con Moisés y el pueblo de Israel.

Jesús iba a inaugurar, en esa misma comida, la Nueva Alianza, la de Dios con toda la humanidad por medio de su Hijo.

Si en las dos primeras manifestaciones de la Antigua Alianza hubo un sacrificio, también en ésta lo habría. La sangre como testigo del compromiso por parte de Dios y por parte de los seres humanos.

Abrahán ofreció a Dios una ternera, una cabra y un carnero, todos de tres años, además de una paloma y una tórtola (ver Génesis 15, 9-10).

Moisés ofreció doce novillos, cuya sangre fue derramada parte sobre un altar que mandó edificar, y parte sobre el pueblo (ver Exodo 24,4-8). Desde entonces se instituiría en el pueblo de Israel el sacrificio de animales como ofrenda a Dios, aunque parte de las víctimas era consumida por los sacerdotes y los oferentes.

Jesus se ofrecería a sí mismo en el altar de la cruz, y en la Cena instituiría el memorial de su Muerte y Resurrección, para que todos los que busquen la salvación puedan comer de la víctima ofrecida, El mismo, en las especies de pan y de vino, que son verdaderamente su Cuerpo y su Sangre.

La Antigua Alianza preparó la Nueva. Todo encuentra su explicación en las enseñanzas de Jesús, que nos reveló lo que faltaba saber, para que toda la humanidad conociera del amor de Dios y de su plan de salvación.

Participar de la Eucaristía es hacer presente el sacrificio de Jesús. Los que lo hacen reciben en la comunión un anticipo sacramental de la Gloria.

23.

"Después, tomando una copa de vino y dando gracias, se la dio, diciendo: "- Beban todos, porque esta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por los hombres, para que se les perdonen sus pecados" (Mateo 26, 27-28).

Jesús nos da a beber su sangre. Esa misma sangre que El derramó abundantemente por todos nosotros.

Es precisamente a través de la intimidad que se produce cuando recibimos a Cristo, que nos vamos transformando en El, para que logremos, como El quiere, que nuestros pensamientos, palabras y obras sean de su agrado.

Que esto no es fácil ya lo sabemos. Pero nos es mucho más difícil cuando abandonamos la comunión y nos damos a una vida de pecado. Es entonces cuando todo se trastorna en nosotros.

Recibir el cáliz del Señor no es necesario para que entremos en comunión con El. Sabemos que el signo sacramental del pan y el vino transformados en su Cuerpo y Sangre nos ofrece una realidad actualizada de su Pasión y Muerte. Cuerpo que se entrega + Sangre derramada = Sacrificio Redentor.

Estos dos signos tienen que estar presentes en cada Eucaristía, aunque no todos participen del cáliz. Cristo está todo El en el pan y en el vino.

No hay duda que cuando todos comulgan bajo las dos especies, el signo se realiza de modo más claro y hermoso. Así se manifiesta con mayor esplandor esa íntima comunión que se produce entre Jesús y nosotros y entre todos los participantes entre sí.

Hoy ya esto es posible litúrgicamente. Depende de cada lugar el que se haga de una forma u otra. Los fieles tienen derecho a pedir que, al menos con cierta frecuencia, el cáliz llegue a todos los que deseen recibirlo.

Pero lo más importante no es la comunión del cáliz en sí misma, sino la transformación que la presencia de Cristo debe efectuar en nosotros. Y esto sólo puede lograrse si existe una disposición real para dejar que el Espíritu Santo trabaje en nuestro interior, para que podamos decir con san Pablo: "Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20).

24.

"Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con sus apóstoles. Les dijo: "En verdad he deseado muchísimo comer esta Pascua con ustedes antes de padecer" (Lucas 22,14-15).

Lucas agrega a lo dicho por Mateo esta bella frase en la que se demuestra, por un lado, el amor que sentía Jesús por sus apóstoles y, por el otro, el deseo de cumplir la voluntad del Padre.

Esta voluntad no era otra sino que su Hijo apurara el cáliz de la pasión, entregándose a una muerte que terminaría con el poder del pecado y de la muerte sobre los seres humanos.

Pascua tuvo, desde Egipto, significado de liberación. Pero ya sabemos que, luego de liberados, los israelitas sufrieron con frecuencia la tentación de volver a la esclavitud, ya que les daba seguridad.

La libertad es sólo apreciada por los humanos cuando es casi sinónimo de libertinaje. Pero cuando se trata de liberarnos del poder del mal, que nos esclaviza interiormente, somos poco proclives al sacrificio que ello conlleva.

Si los tiranos ofrecieran, como los antiguos emperadores romanos, "pan y circo" a sus subordinados, de seguro que la gran mayoría se sentiría a gusto en la esclavitud.

La liberación verdadera del hombre se realiza en su interior. Es cuando la Pascua tiene lugar. Si lo que celebramos es un recuerdo de lo que hizo Jesús, pero no lo hacemos nuestro, con un compromiso firme de romper las cadenas que nos atan al mal, todo queda en el exterior y seguimos siendo esclavos. La sangre de Cristo se derramó en vano por nosotros.

La Pascua que Jesús quiere comer con sus discípulos es la Eucaristía que nos libera del odio, de los prejuicios, de los rencores, de la presunción y del orgullo, de la lujuria y la avaricia, de las ambiciones que nos llevan a explotar y abusar del prójimo, de toda la gama amplia de pecados que cometemos por doquier.

Una Eucaristía que no nos haga cada vez mejores cristianos, es una burla a la Pasión y Muerte del Salvador.

25.

"Siguiendo con mis advertencias, no los puedo alabar porque sus reuniones les hacen más mal que bien. Primeramente, según lo que oí, cuando se reúnen en asamblea hay divisiones entre ustedes" (1a. Corintios 11, 17-18).

El apóstol Pablo, pese a que no fue uno de los doce y ni siquiera conoció a Jesus, recibió del propio Maestro todo lo que sabía, segun su propia confesión (ver Gálatas 1,11-12). El hace hincapié en la necesidad de celebrar la Eucaristía dignamente, y habiéndose enterado de lo que estaba ocurriendo en Corinto, una de las comunidades por él fundadas, le llama la atención con este serio reproche.

Parece ser que en Corinto fue que se comenzó la costumbre de anticipar la Eucaristía con una comida fraternal que culminaba con la celebración propiamente dicha. Le llamaron ágape.

Una idea realmente bella, pero que pronto fue objeto de abusos. Se suponía que cada uno llevase lo que podía, y todos compartían sin distinción alguna. Pero se fueron formando grupos de acuerdo a la propia condición social, lo que destruía el verdadero significado de lo que hacían.

Esa fue la razón por la que Pablo trató de subsanar este error antes que fuera demasiado tarde. De suyo, poco a poco el ágape fue desapareciendo, evitando que se convirtiera en la negación del espíritu cristiano.

Así somos los seres humanos. Queremos ser cristianos, pero no nos acabamos de convertir a la idea de que esto significa ser todos UNO en Cristo, sin distinción de raza, lengua o condición social.

La Eucaristía tiene que ser un centro de unidad y de amor entre unos y otros. Si no lo es, entonces pierde todo su sentido. Como dijo Pablo, sería mejor que cada uno se quede en su casa.

En la Eucaristía caben todos. No puede haber distinción de personas ni nadie puede sentirse discriminado. Al recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús nos hacemos UNO con El y UNO entre todos. Algo que nos recuerda que en el Cielo todos seremos UNO. ¿No es realmente bello comenzar a vivir en la tierra lo que seremos en el Cielo?

26.

"De manera que su reunión ya no es la Cena del Señor, pues cada uno se adelanta a tomar su propia comida, y mientras uno pasa hambre otro se embriaga" (1a. Corintios 11,20-21).

Lo que debe caracterizar la Asamblea Eucarística, o como la llamamos más comúnmente, la Misa, es el espíritu de unión que debe reinar entre todos los participantes.

Aunque ya no tengamos el ágape propiamente dicho, hay lugares en que, hoy en dia, se celebra algo parecido, ordinariamente después de la Misa. No es que lo hagan todos los domingos, aunque hay incluso parroquias en que se realiza semanalmente.

Es un medio de poder enlazar más los miembros de la comunidad con el mayor conocimiento entre unos y otros.

Reunirse no es, necesariamente, coincidir en un lugar. En un cine, por ejemplo, la gente no está reunida. Cada uno va por su cuenta a ver una película. Entran y salen sin que tengan siquiera que saludarse unos y otros.

A veces nuestras iglesias parecen salas de cine. La gente se aglomera en los últimos bancos, listos para salir lo antes posible. Es frecuente que en Misas con poca asistencia los bancos delanteros se queden vacíos.

Esto demuestra que el espíritu con que se va no es necesariamente el de reunirse, sino, quizás, cumplir una obligación o realizar un acto de devoción a Dios, pero individualmente, sin tener en cuenta a los demás.

Falta entonces el sentido de comunidad, de pertenencia a un pueblo, que es la familia de Dios. Incluso hay quienes se niegan a dar la paz al que está a su lado, pues creen que esto es contrario a la seriedad que suponen debe existir en una iglesia.

Y lo que no saben es que la misma palabra "iglesia" significa asamblea, es decir, reunión. El templo católico es el lugar donde el pueblo de Dios se reúne para celebrar su amor por nosotros al enviarnos a su Hijo. Con este Hijo actualizamos el sacrificio que fue la causa de nuestra salvación, realizando así el Memorial que El nos dejara hasta que vuelva. Nada. pues. de devociones particulares durante la Misa. Todo debe ser hecho con sentido comunitario.

27.

"Yo recibí del Señor mismo lo que a mi vez les he enseñado. Que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan y después de dar gracias lo partió diciendo: "Esto es mi cuerpo que es entregado por ustedes: hagan esto en memoria mía" (1a Corintios 11, 23-24.

Pablo no conoció a Jesús personalmente. Fue, como él dice, el último de los apóstoles, a quien el Señor se le apareció camino de Damasco para hacerlo un instrumento suyo de salvación.

Pablo confiesa que ha recibido todo lo que sabe no de ningún otro ser humano, sino del propio Jesús (ver Gálatas 11-12).

Sobre la Eucaristía también recibió del propio Señor lo que El hizo en la Última Cena, la noche en que fue entregado. Y nos describe, como lo hacen los tres evangelistas sinópticos, la institución de la Eucaristía.

Lógicamente que Lucas aprendió de Pablo, por ser su discípulo, muchas de las cosas que narra en su evangelio y en el libro de los Hechos.

Es indiscutible que Pablo da una importancia tremenda a la Eucaristía, y da por sentado que al decir Jesús que aquel pedazo de pan que tenía en sus manos era su Cuerpo, no estaba hablando de un simple símbolo, sino de una realidad.

El quería que todos pudiéramos entrar en una íntima comunión con El, para lo que ideó y realizó ese medio, ingenioso por demás, de darnos a comer su carne y beber su sangre.

O ¿es que acaso no tenía poder para hacerlo? Dice Juan en el prólogo de su evangelio que Jesús es el Verbo, la Palabra de Dios. Y que por El fueron hechas todas las cosas (1.1-3).

Por eso los cristianos, no importa lo difícil que sea para el entendimiento humano, creyeron desde el principio lo que transmitieron los apóstoles.

Ese gesto suyo en la Última Cena no fue casual ni carente de importancia. Fue un gesto trascendente que actualiza el más grande acontecimiento de la Historia: la Muerte y la Resurrección del Señor de la Historia.

28.

"La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Uno es el pan y por eso formamos todos un solo cuerpo, porque participamos todos del mismo pan" (1a. Corintios 10, 16-17).

Pablo está hablando en este capítulo de aquellos que ofrecen víctimas a los ídolos y luego comen parte de la víctima ofrecida. Y advierte a los cristianos que no es posible hacer tales cosas y luego participar también del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Más adelante, en el versículo 20 dirá: "No pueden ustedes beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios".

Participar de la Eucaristía, para Pablo, es una gran responsabilidad que no podemos tomar a la ligera. Se trata de un privilegio que exige preparación y gracia de Dios.

No podemos caer en la exageración de los jansenistas de otros tiempos, que de tanto exigir limpieza interior alejaron a muchos de la comunión. Pero es cierto que hay quienes se pasan años sin acercarse al sacramento de la Reconciliación, y sin embargo comulgan tan tranquilos, aún habiendo cometido pecados graves. Esto es algo muy serio.

En los primeros tiempos ni siquiera se permitía la entrada a donde se celebraba la Eucaristía a quienes no habían sido bautizados. Hoy nuestras iglesias están abiertas a todos. Lo que no significa que todos tengan el derecho a recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Cada uno, desde luego, tiene que ser el juez de su propia conciencia. Pero admitir que todo lo que se hace está bien y que la confesion de los pecados es algo innecesario, nos convierte en seres insensibles, para quienes lo más sagrado ha dejado de tener verdadera importancia.

Puede ser que un ignorante, que muchos los hay, se acerque a recibir la Comunión sin saber lo que está haciendo. Pero en un católico, que se supone que ha recibido la suficiente instrucción para saber que no se trata de un pan o un vino cualesquiera, no cabe la superficialidad ni la irresponsabilidad.

Acerquémonos al Sacramento con corazón limpio.

29.

"Así pues, cada vez que comen de este pan y beben de la copa, están anunciando la muerte del Señor hasta que venga" (1a. Corintios 11, 26).

Pablo insiste en el carácter de memorial que tiene la Eucaristía. Estamos actualizando lo que Jesús hiciera una vez en el Calvario y completara con su resurrección. No es necesario que repitamos su sacrificio, pues ya eso es imposible. Pero lo hacemos presente y realidad cuando se consagra el pan y el vino, convirtiéndose ese pan y ese vino, realmente, en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

No nos olvidemos, pues, de que somos cristianos, herederos de la gloria, única y exclusivamente, porque Jesús murió y resucitó. Esto es lo que llamamos "el Misterio Pascual".

San Pedro lo recuerda al decirnos: "No olviden que han sido liberados de la vida inútil que llevaban antes, imitando a sus padres, no con algún rescate material de oro o plata, sino con la sangre preciosa del Cordero sin mancha ni defecto" (1a. 1,18-19).

Y Pablo insiste: "Los judíos esperan grandes milagros y los griegos buscan un saber superior. Mientras tanto, nosotros proclamamos un Cristo crucificado" (1a. Corintios 1.22-23).

Sí, vamos anunciando la muerte de Cristo. La vivimos en la Eucaristía al renovar lo que por nosotros sufriera en el Calvario. Pero, como los apóstoles, como Pablo, como tantos y tantos cristianos que dieron su vida por la causa del Evangelio, creemos en un Cristo que murió y resucitó.

Ese Misterio Pascual, causa de nuestra salvación, es lo que celebramos una y otra vez, desde la aurora hasta el ocaso, en los miles de altares que hay en el mundo.

No para gozarnos en el sufrimiento, sino para alegrarnos por haber sido salvados y dar gracias (Eucaristía) por el beneficio maravilloso de ser los hijos de Dios.

Eso es lo que, gozosos, vamos a celebrar cada domingo, e incluso cada día, en las parroquias e iglesias del mundo. Fuente de amor y de consuelo, manantial de fe y de esperanza, río de agua viva que se derrama para que nunca más tengamos sed, como dijo Jesús: "Si alguien tiene sed, que venga a Mí y beba" (Juan 7,38).

30.

"Por lo tanto, si alguien come el pan y bebe de la copa del Señor indignamente, peca contra el cuerpo y la sangre del Señor" (1a Corintios 11,27).

La frase de Pablo es tajante: No puede uno acercarse a comultar indignamente.

Esto significa, lógicamente, haber perdido la gracia bautismal por efecto de algún pecado grave.

Pensemos por un momento: Si no existiera una verdadera presencia de Jesús en el pan y en el vino, y si esto fuera sólo un símbolo, ¿habría hablado Pablo de una forma tan radical?

Pues no podemos menos que aceptar que sus palabras son muy serias. Se trata de pecar contra el cuerpo y la sangre del Señor.

Un simple acto simbólico, en el que comeríamos de un pan y beberíamos de un vino que no han sido transformados en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, no conllevaría tanta gravedad, pues prácticamente Pablo nos está hablando de un sacrilegio, que es la palabra usada por la Iglesia para referirse a una comunión realizada indignamente.

Según la frase del Apóstol, es una responsabilidad seria de todo cristiano examinarse a conciencia antes de acercarse a la Comunión. No para que caigamos en escrúpulos que nos alejaran innecesariamente de la recepción del sacramento. ni por sentimientos de indignidad exagerados.

Aquel que tenga conciencia de que ha cometido un pecado mortal debe abstenerse de comulgar.

Si el deseo de hacerlo fuera acompañado de la imposibilidad de confesarse, debería hacer un acto de contricción lo más perfecto posible, lo que supone la intención cierta de confesarse lo antes posible.

En los primeros tiempos se aseguraba que nadie participara de la Eucaristía si no estaba bautizado. Hoy, que no se impide a nadie entrar en una iglesia, hay quienes, quizás por ignorancia, se acercan a comulgar sin saber lo que hacen.

Pero un cristiano que tenga conciencia de lo que es recibir a Jesús, debería pensarlo bien antes de acercarse a esa íntima comunión sin estar debidamente preparado.

31.

"Por esto, que cada uno examine su conciencia cuando va a comer del pan y a beber de la copa. De otra manera, come y bebe su propia condenación al no reconocer el Cuerpo" (1a Corintios 11, 28-29).

Pablo se expresa muy seriamente cuando se trata de la recepción de la Eucaristía. Y no podríamos imaginarlo de otra forma, pues acercarse a comulgar es un acto trascendental en la vida de un cristiano.

No se trata de un simple recuerdo que hacemos presente comiendo y bebiendo de un pan y un vino cualesquiera. Es algo mucho más real y profundo.

Jesús quiso que sus discípulos nos hicieramos UNO con El, así como El es UNO con el Padre.

De ahí que nos dejara los medios para lograrlo. Y usó de dos elementos que son, en sí mismos, signos de unidad. El pan que es como la reunión de muchos granos de trigo triturados, y el vino que es la bebida producida exprimiendo y dejando fermentar el jugo de muchas uvas.

Así nosotros, niños, viejos, jóvenes, saludables o enfermos, pobres o ricos, negros, blancos, mestizos, amarillos, o cobrizos, sin distinción alguna, nos hacemos UNO cuando entramos en comunión con El.

Pero hemos de tomar esta COMUNIÓN con mucha seriedad, haciéndonos dignos de ella. No podemos acercarnos con rencores y menos con odios en el corazón. No podemos acercarnos manchados por el pecado. No podemos jugar con el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Eso es lo que nos advierte Pablo, por lo que nos dice que examinemos nuestra conciencia antes de comulgar.

No es para que sintamos escrúpulos creyéndonos indignos. Es Dios quien nos hace dignos por medio de su gracia. Si no estamos seguros de haberla perdido, podemos acercarnos, dejando a un lado complejos de indignidad.

Si estamos en pecado, ahí tenemos ese otro gran sacramento de la misericordia de Dios. Ahí, en la Penitencia, confesando humildemente nuestros pecados, siempre recibiremos de vuelta la vestidura bautismal, la gracia necesaria para participar en el banquete eucarístico y ser de nuevo parte de la familia de Dios, la Iglesia.

32.

"Por eso precisamente hay tantos enfermos entre ustedes, y tantos que son débiles, y varios han muerto. Si nosotros tuviéramos más cuidado, el Señor no tendría que intervenir en contra nuestra. El Señor interviene para corregirnos, a fin de que no seamos condenados junto con este mundo" (1a. Corintios 11, 33-34).

Necesitamos de la Eucaristía. Es nuestro alimento en la travesía por la vida. Al igual que lo fue el "maná" para los israelitas en el desierto, camino de la Tierra Prometida, así nosotros hemos recibido esta comida, "pan vivo bajado del Cielo", para sostenernos en el camino.

Hay muchos que no se sirven de este alimento. Por eso dice Pablo que "hay tantos enfermos entre ustedes, y tantos que son débiles, y varios han muerto".

Cuando dejamos de comulgar nos desnutrimos espiritualmente y cualquier cosa puede pasar con nuestra fe y nuestra unión con Dios.

Hubo tiempos en que se trató de restringir la comunión frecuente, sobre todo por la influencia de un obispo francés, Cornelio Jansenio y de sus seguidores, que exigían duras penitencias y gran preparación para comulgar.

La Iglesia tuvo que condenar las exageraciones de los jansenistas, pero no pudo evitar que éstas arraigaran en una gran parte de los católicos, influidos también por otras ideas provenientes, sobre todo, de los calvinistas.

Así se pasaron varios siglos en que el número de comulgantes decreció tremendamente. Lo que provocó, por supuesto, que muchos miraran hacia Dios como un juez severo y no como el Padre amoroso que nos presentó Jesús.

Hoy, esto, gracias al Señor, ha desaparecido. Puede que hoy tengamos otra exageración, y es la de aquellos que se acercan a comulgar sin la debida preparación. Esto obliga a una constante catequesis.

La comunión forma parte de una verdadera participación en la Eucaristía. Sin ella quedamos a merced del enemigo. Pues sólo unidos a Jesucristo podemos caminar sin miedo por la vida. El es el Pastor que nos conduce a la morada del Padre.

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