AB PADRE BAZAN

SABOREANDO LA PALABRA:

EL ESPIRITU SANTO

1.

"-No temas, Zacarías, tu petición ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo al que pondrás por nombre Juan. ... será grande ante el Señor... quedará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre" (Lucas 1,13.15).

Aunque era desconocido para el pueblo de Israel, el Espíritu Santo existió desde siempre, pues es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

Al comienzo mismo de los tiempos, como dice el libro del Génesis: el Espíritu aleteaba sobre las aguas (Ver 1,2).

Con todo, es en el Nuevo Testamento en el que se nos revela la existencia y presencia del Espíritu, aunque ya era, por demás, bien conocida de los profetas, que actuaban inspirados por su especial acción.

No podía ser menos con el último de los profetas de la Antigua Alianza y el precursor del Mesías.

Y si dice el segundo libro de Samuel que al ungir el profeta a David éste fue lleno del Espíritu, en el caso de Juan la unción le llegó en el mismo seno de su madre.

Parece ser que esta ocasión llegó cuando María fue a visitar a Isabel, y ésta confesó: "Porque en cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno" (Lucas 1,44).

Lo cierto es que, desde el primer momento, Juan fue un elegido, un ungido que sería guiado en todos sus pasos por el Espíritu Santo, para cumplir la misión que le había sido encargada desde lo Alto.

Y no es que digamos que Juan actuó como un autómata o un simple títere en manos de Dios. Así no hubiera tenido ningún mérito.

Por el contrario, sus acciones, aunque inspiradas y dirigidas por el Paráclito, fueron también decisiones suyas, dócil a las mociones del Cielo.

Dios no actúa en nosotros por presión, sino por amor. El nos llama, nos elige, nos guía y orienta, pero somos nosotros los que damos nuestro sí y nos hacemos responsables de las propias decisiones.

Cuando nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, como lo hizo Juan, podemos estar seguros de que estamos haciendo lo que más conviene a nuestra propia salvación y al plan salvador de Dios para los demás.

2.

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios" (Lucas 1,35).

En todos los símbolos de fe que se utilizan en la Iglesia se destaca siempre esta verdad revelada: Jesús fue concebido en el seno de María por obra del Espíritu Santo.

Y es que no podríamos, sin tergiversar las palabras del texto sagrado, afirmar otra cosa.

Lucas, sobre todo, aunque también Mateo - los únicos evangelistas que hablan sobre el nacimiento de Jesús - son claros en este punto. María era virgen cuando concibió por obra del Espíritu Santo.

Y es que no podía ser de otro modo. Aunque Dios necesitaba de una mujer para que el Hijo asumiera la naturaleza humana en forma verdadera, y no como una simple ilusión, no necesitaba ciertamente de un padre, pues para eso le sobraba poder.

Y, efectivamente, el poder de Dios se hizo presente en María, haciendo que lo que parecía imposible fuese una realidad en ella: una virgen era también madre.

Pero es que no se trataba de un hijo cualquiera, sino nada menos que de el Hijo de Dios Altísimo, Dios mismo El también, que se hizo hombre por nuestra salvación.

Aunque podemos pensar que las tres divinas Personas actúan al unísono, con todo, se atribuye a la acción del Espíritu Santo la encarnación del Verbo.

Jesús iba a ser el Ungido de Dios - el Cristo o Mesías -, por lo que, como hombre, iba a tener desde el comienzo una especial ayuda del Espíritu.

El guiaría sus pasos, lo conduciría desde la cuna hasta la muerte en cruz, sostendría su debilidad humana y estaría junto a él para darle fuerzas y valor.

Ese mismo Espíritu que El luego nos enviaría para que hiciera con nosotros lo mismo que hizo con él durante su estancia en la tierra: ser la fuerza que nos permitiera ser sus testigos ante los hombres como El lo fue del amor del Padre.

María es llamada con justa razón "Esposa del Espíritu Santo". La concepción de su Hijo se debió no a la acción de un hombre, sino del propio Dios.

3.

"Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó a grandes voces: -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre" (Lucas 1, 41-42).

Cuando María fue a visitar a Isabel ésta no podía en modo alguno conocer lo que estaba ocurriendo con su parienta.

Hacía sólo pocos días que aquella había recibido el maravilloso anuncio que fue, al mismo tiempo, el obrar del Espíritu en ella. Fue entonces que, por la acción divina, en su vientre comenzó a desarrollarse el extraordinario misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

Ciertamente el ángel, como lo consigna Lucas, informó a María de algo que ella, dadas las distancias y las dificultades en las comunicaciones, no conocía: aquella parienta suya, Isabel, esperaba un hijo.

No sabemos, realmente, qué grado de parentesco había entre ambas, pero dada la premura que tuvo María para ir a visitarla, es de suponer que existía entre ellas una relación bastante cercana.

¿Como podría María siquiera suponer que iba a verse saludada por Isabel como "la madre de mi Señor"?

Esto, sólo el Espíritu Santo podía revelárselo, como lo hizo, pues como sabemos, apenas llegada María, después de viajar largo trecho - unos ciento cincuenta kilómetros - Isabel la recibió con grandes muestras de cariño y de admiración, sabiendo íntimamente que también en su parienta de Nazaret se estaban obrando grandes prodigios de la misericordia de Dios.

Las palabras que puso el Espíritu en boca de Isabel son bien reveladoras. Nos muestran la verdadera grandeza de María, que, sin mérito alguno de su parte, se vio exaltada por Dios para que fuese digna morada de su Hijo.

No es por casualidad que la Iglesia tributa a María tan grandes honores, al reconocer lo que el Altisimo obró en ella.

Y con Isabel la saludamos como "bendita entre las mujeres" ya que es "bendito el fruto de su vientre".

Vemos, sin embargo, que María no se deja llevar por los elogios, pues aún reconociendo la grandeza a la que ha sido llamada, sólo piensa que Dios la escogió porque vio su gran humildad.

Eso fue lo que le mereció la predilección del Padre. Un día dirá Jesús: "El que se humilla será enaltecido" (Lucas 8,14).

4.

"Zacarías, su padre, se llenó del Espíritu Santo y profetizó" (Lucas 1, 67).

Desde el Antiguo Testamento el don de profecía estuvo ligado a la acción del Espíritu de Dios.

No se hablaba concretamente del Espíritu Santo, pues todavía no había sido revelada la Trinidad de Dios, pero sí se hablaba concretamente del Espíritu. Por eso se usaba la expresión "llenarse del Espiritu".

En la Escritura aparece por primera vez en el libro de los Números, cuando se dice que el Señor mandó a Moisés que reuniera a los setenta ancianos o dirigentes del pueblo en la Tienda del Encuentro, y allí el Señor "apartando parte del espíritu que poseía (Moisés), se lo pasó a los setenta dirigentes del pueblo. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, una sola vez" (11,25).

Lo curioso fue que dos de los ancianos no pudieron ir a la Tienda, habiéndose quedado en el campamento, y también sobre ellos se posó el espíritu y se pusieron a profetizar. Algunos se sintieron molestos por ello, incluso Josué, por lo que Moisés le respondió a éste: "-¿Estás celoso de mí? ¿Ojalá que todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!" (24,29).

Sería Joel quien anunciaría: "Después derramaré mi espíritu sobre todos: sus hijos e hijas profetizarán, sus ancianos soñarán sueños, sus jóvenes verán visiones. También sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu aquel día" (3,1).

Estas palabras serían recordadas por Pedro el día de Pentecostés, para explicar el fenómeno que estaban experimentando: la venida del Espíritu Santo.

Desde entonces todos los renacidos por el bautismo y fortalecidos con la confirmación, recibimos el don del Espíritu para profetizar, es decir, para hablar en nombre de Dios. Esa fuerza de gracia nos ayuda también a ser testigos vivos de Jesús ante el mundo.

No es de extrañar, por tanto, que el padre de aquel que iba a estar lleno del Espíritu Santo para ser el precursor de Jesús, preparando sus caminos, recibiera el don de profecía para decir a todos que había llegado ya el tiempo esperado, del que su hijo sería el Heraldo, señalando a Aquel que era el Cordero de Dios que venía a quitar el pecado del mundo.

5.

"El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo" (Mateo 1,18).

Lo que le había dicho el ángel a María se cumplió a su debido tiempo. Aquel que fue concebido por obra del Espíritu nació en Belén como fruto santo del vientre de la Virgen.

Si Lucas nos narra los detalles de la Anunciación, Mateo se conforma con darnos los efectos de aquel anuncio: la Encarnación del Verbo. Lo que no cabe duda es que la Revelación es clarísima en afirmar que Jesús no tomó cuerpo en el seno de María sino por una especial intervención de Dios.

No podía ser de otro modo, pues se trataba de iniciar la salvación de la humanidad haciendo que una de las tres divinas Personas, la Segunda, asumiese la naturaleza humana, haciéndose un hombre igual que cualquier otro en todo menos en el pecado.

"Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" como dirá Juan (1,14). Ese Dios que se hace hombre tenía necesidad de una madre, so pena de aparecerse solamente como tal, pero sin haber nacido realmente de un vientre humano, después de haber pasado todo el normal proceso desde la concepción hasta el parto.

Lo que no necesitaba, lógicamente, era de un padre humano, pues ya lo tenía en su propia naturaleza divina: el Padre.

Y si bien Dios, con todo su poder, no pudo evitar el acudir al auxilio de una mujer para que su Hijo bienamado pudiera hacerse uno con la humanidad pecadora, y así cumplir con sus designios salvadores, sí pudo soslayar el que un hombre tomara parte en la concepción de su Hijo.

Claro que esto es imposible de creer para los que no tienen fe, y podrán pensar que se trata de una fábula. Con todo, la propia razón nos dice que es lógico que el Creador procediera de tal forma, pues si bien no habría madre digna para tal Hijo, y tuvo El que adornarla con toda clase de dones para que lo

fuese, en el caso del padre sencillamente no era necesario.

Allí se mostró el poder de Dios, y el Espíritu Santo obró en María en forma misteriosa, para que todo sucediese conforme al plan divino y pudiésenos ser anunciado: En Belén de Judá les ha nacido un Salvador (Ver Lucas 2,11)

6.

"Estando él en este pensamiento, he aquí que un ángel del Señor le apareció en sueños diciendo: José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María tu esposa en tu casa, porque lo que se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo" (Mateo 1,20).

Conociendo, por lo que nos dicen los evangelios, de la calidad humana y espiritual de José, podemos deducir lo mucho que sufrió durante los días que permaneció en esa tortura de saber que María estaba encinta y no poder descifrar el misterio.

Por un lado no lograba entender que alguien a quien consideraba dotada de una gran santidad y pureza de alma pudiera haber actuado en forma indebida. Por otro lado, el embarazo era ya un hecho innegable.

Podemos estar seguros que José rogó fervorosamente a Dios que lo ayudara a encontrar una respuesta. Mientras, se preparó para abandonar en secreto a María, de modo que si lo peor hubiera pasado, que no fuera a tener consecuencias nefastas para ella, pues amaba a su desposada con todo el corazón.

Esa generosidad lo retrata de cuerpo entero. Duda de lo ocurrido, pero no puede considerar culpable a quien tanto ama, por lo que decide hacer recaer toda la responsabilidad sobre sí mismo.

Es posible deducir que Dios quiso - como tantas veces vemos en la Escritura - probar a José con esos días de incertidumbre. Luego aclararía su mente por medio de un mensaje en sueños: "No temas, que todo es obra mía", le diría el Señor. Y la tristeza se convirtió en gozo.

Con cuanto cariño - ya descrifrado el misterio - se desviviría José por atender a María, sabiendo ahora que lo que guardaba en su purísimo vientre era nada menos que el prometido Mesías.

No cabría de satisfacción un hombre como él, de una vida espiritual intensa, alimento de una fe bien arraigada.

Ciertamente le tocaba renunciar al amor de su vida. Ya María no sería para el más que una reina a quien cuidar, sin que pudiera haber entre ellos la intimidad que todo hombre ansía disfrutar con la mujer que ama.

Pero todo quedaría compensado al saberse también parte del proyecto de Dios, que sólo iría conociendo poco a poco, con el devenir de los días.

7.

"Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba con él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías enviado por el Señor" (Lucas 2,25-26).

Poco es en realidad lo que sabemos de este anciano que aparece en el Templo cuando María y José llevan al Niño para cumplir con lo establecido por la Ley.

Pero lo que nos dice Lucas es suficiente para deducir que se trataba, si no de un profeta, que hacía mucho tiempo no había ninguno en Israel, sí de una persona santa y llena de Dios.

De suyo también a él le fue dado a conocer por el Espíritu Santo que la venida del Mesías estaba muy cerca y que él, Simeón, tendría la oportunidad de verlo con sus propios ojos.

¿Cuándo supo esto Simeón? No lo sabemos. Pudo ser en su juventud, o quizás después. Lo cierto es que cuando sintió la presencia de Jesús, su espíritu se regocijó y de inmediato supo que había llegado la hora por tanto tiempo esperada.

Fue entonces cuando sus ojos se iluminaron y todo su ser se llenó de gozo, pues la promesa recibida se estaba cumpliendo. Por eso no dudó en alabar a Dios y exclamar: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar que tu siervo muera en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador" (2,29-30).

¿Cómo no iba a estar dispuesto a morir quien ya había logrado el mejor premio en esta vida: ver al mismo Dios hecho hombre?

Simeón recibió en ese momento el don de profecía. Así pudo alertar a María y a José de que su misión, aparentemente tan fácil, no lo sería en absoluto, pues Aquel que la madre estrechaba entre sus brazos sería un signo de contradicción, lo que venía a significar que si bien muchos lo seguirían y lo amarían, otros lo odiarían y perseguirían.

También para María tendría palabras que sonarían como presagio terrible en sus oídos: "A ti misma una espada te atravesará el corazón" (2,35).

¿Estaría María preparada para recibir aquel anuncio o fue entonces que Dios le reveló lo que le esperaba? De todos modos ella confiaba en su Señor, y con su fuerza perseveraría hasta el final.

8.

"Juan prosiguió: - Yo he visto que el Espíritu bajaba desde el cielo como una paloma y permanecía sobre él. Yo mismo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien bautizará con Espíritu Santo" (Juan 1, 32-33).

Casi todos los evangelistas narran el bautismo de Jesús y la venida del Espíritu Santo sobre El, aunque de distinta manera.

De todos modos, está bien claro que se trató de un momento especial bien definido, con clara intención de parte de Dios de manifestar el carácter mesiánico de Jesús.

Lo que no está muy claro es si todos los presentes pudieron ver el prodigio o sólo Juan se percató del mismo.

Desde luego que para el Bautista el vuelo de una sencilla paloma no fue una pura coincidencia ni menos algo sin trascendencia, sino que ya había sido avisado de que esto ocurriría, por lo que supo, sin duda alguna, que se trataba del Espíritu Santo.

Sabemos, además, que la voz del Padre se dejó escuchar señalando a Jesús como a su Hijo amado. Fue, en fin, una maravillosa teofanía, en la que Dios se hace presente de forma sensible, pues se pudo ver la paloma y oír la voz del Padre.

Lo más probable es que la mayoría de las personas que allí estaban, junto al río, no vieran ni oyeran nada, y si lo hicieron es posible que nada entendieran de lo que estaba pasando.

Hay que pensar que aquí se trataba de un anuncio dirigido en ese momento sólo a Juan, para que no dudara y supiera que allí, a su lado, pidiendo el bautismo de penitencia, estaba nada menos que el propio Hijo de Dios.

Luego Juan transmitiría esto a sus discípulos y por ellos hemos conocido ese momento trascendental en la vida de Jesús, cuando el Espíritu unge solemnemente su naturaleza humana para darle toda la fuerza que requeriría la misión que el Padre le había encomendado como el Cristo, el Ungido, el Mesías.

Si sacerdotes y profetas eran ungidos para desempeñar su papel, en este caso fue directamente el propio Espíritu el que se hace presente para ungir a Jesús.

No se necesitaban más testigos. Sólo Juan. El fue privilegiado al reconocer que allí estaba ocurriendo algo extraordinario que habría de cambiar el futuro de toda la humanidad.

9.

Juan ..."viendo que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: -... Yo los bautizo con agua para que se conviertan... El los bautizará con Espíritu Santo y fuego" (Mateo 3, 7.11).

La mayoría de los fariseos y saduceos que acudieron donde Juan iban guiados más por la curiosidad que por el verdadero deseo de cambiar su vida.

En realidad ellos estaban convencidos de que nada tenían que cambiar, pues, como claramente se los hará ver luego Jesús, se creían mejores que los demás (ver Lucas 18,9).

Por eso Juan les advirtió que aquello no era un juego ni un espectáculo, sino algo muy serio. Todo el que quisiera bautizarse tenía que estar dispuesto a la conversión.

Les explicó, además, que su bautismo era sólo con agua, algo así como una preparación, pues el verdadero bautismo vendría después, cuando llegase el momento de Aquel que bautizaría con Espíritu Santo y fuego.

En verdad Juan fue duro con los fariseos y saduceos. Nada menos que les gritó raza de víboras, ya que si bien se las daban de muy santos, no llevaban una vida verdaderamente santa.

Después Jesús completará el desenmascaramiento de los fariseos y saduceos, e inclusive de los Maestros de la Ley y los mismos sacerdotes, entablando duras discusiones con ellos por causa de su hipocresía y su ambición de poder y riquezas.

El bautismo de Juan era sólo una demostración que hacía cada individuo de su deseo de salvación y su sincero arrepentimiento. Pero no producía transformación alguna ni daba ninguna gracia especial.

Sería el bautismo instituido por Jesús el que transformaría al sujeto de simple criatura en hijo de Dios. Era lógico, pues para que pudiésemos serlo todavía se necesitaba de la entrega total del Hijo a la voluntad salvífica del Padre, haciéndola realidad con su muerte en la cruz.

El mismo Jesús permitiría que sus discípulos administraran ese bautismo preliminar iniciado por Juan, pero sólo como un anticipo, una preparación (Ver Juan 3,22 y 4,1-2).

María, los apóstoles y otros discípulos recibieron el bautismo directamente del Espíritu el día de Pentecostés. Luego, ese mismo día, comenzarían a bautizar, para que los convertidos recibieran así la nueva vida de hijos de Dios (Ver Hechos 2,41).

10.

"Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba" (Mateo 4,1).

Todo lo que Jesús hizo como hombre fue por inspiración del Espíritu Santo, que moraba en él.

Acababa de ser ungido en las aguas del Jordán, que fue como la inauguración solemne de su ministerio público. Pero antes necesitaba prepararse templando su alma en las arideces del desierto.

Y allá lo llevó el Espíritu, para que, luego de un retiro espiritual que duró largos cuarenta días en los que no probó alimento, todo su ser estuviera listo para la dura batalla que tendría que enfrentar. La misión que el Padre le había encomendado sólo era posible con un auxilio especial de lo alto.

Nunca debemos olvidar que si bien el Hijo en ningún momento dejó de ser lo que era, Segunda Persona divina, su humanidad tomó el protagonismo para cumplir el mandato redentor con el que había sido investida.

Por eso el Espíritu estará siempre al lado de Jesús, para guiarlo y sostenerlo con su gracia.

Allá en el desierto aparecería el Maligno. Los sinópticos nos narran las tres tentaciones a las que somete a Cristo, como para asegurarse, él también, de que efectivamente se encuentra ante el verdadero Mesías.

Después de las tentaciones y sus correspondientes rechazos, ya Satanás no tiene la menor duda. Tendrá que habérselas con una fuerza superior. Ha llegado Aquel al que ya temía sin conocerlo, el que arrebataría todo su poder y lo dejaría sin fuerza alguna.

Claro que su reino del mal no desaparecería sin más ni más. El seguirá reinando, en cierto modo, hasta el final de los tiempos, cuando su poderío quedará totalmente destruido y arrasado.

Por eso se afana sin cesar para conseguir pequeñas victorias sobre todos los espíritus débiles que no quieren someterse al poder de Dios, ni aceptar a Jesús como el verdadero Salvador.

Su arma, ya la conocemos, es la mentira. Ofrece villas y castillas sin tener nada que dar. Pero con eso engaña a muchos, que se dejan convencer por sus artimañas.

Para vencer a Satanás sólo tenemos un camino: acudir al Espíritu Santo. Con su fuerza no hay obstáculo que no podamos vencer.

11.

"En verdad les digo, añadió, que todos los pecados se perdonarán fácilmente a los hijos de los hombres, y aún las blasfemias que dijeren; pero el que blasfema contra el Espíritu Santo, no tendrá jamás perdón, sino que será reo de eterno juicio o condenación" (Marcos 3,28-29).

Jesús enseñó que Dios es un Padre amoroso que está siempre dispuesto a perdonar. Llegó a decir que habría más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que se mantengan en penitencia (Lucas 15,7).

Además repartió el perdón entre los pecadores en forma constante. Una de sus parábolas contrapone la actitud de un fariseo con la de un publicano (Lucas 18,10-14). Ambos oraban en el Templo, pero mientras el primero se ufanaba de lo bien que cumplía los preceptos de la Ley, el segundo sólo clamaba para que Dios tuviera piedad de él, que era un pecador.

Sin embargo, en este pasaje habla de un pecado imperdonable. Y le da un nombre: "blasfemia contra el Espíritu Santo".

La blasfemia se tiene, ordinariamente, por una muestra de desprecio hacia Dios o algo sagrado, como una injuria o palabra grosera usando el nombre divino o algo relacionado con El.

En este caso no sería simplemente una expresión hablada, sino algo mucho más profundo. Hay personas que blasfeman por un mal hábito contraído, sin que realmente pretendan ofender a Dios. La blasfemia contra el Espíritu Santo supone un desprecio consciente a la gracia de Dios, un rechazo deliberado a la acción santificante del Espíritu Santo.

Aunque no podemos asegurar su eterna condenación, un ejemplo de esto, al menos en las apariencias, podría ser el de Judas. Recibió todas las gracias necesarias para la salvación, de una forma realmente privilegiada, y sin embargo rechazó los dones del Señor, llegando a cerrar su corazón de tal manera que luego de su pecado nunca llegó al sincero arrepentimiento. Se desesperó, más bien, lo que lo llevó a cometer suicidio.

Nadie puede ser perdonado si no quiere el perdón. La gracia no obra en contra de la voluntad personal. Por eso el arrepentimiento es la llave para recibir la gracia sanadora que borra todo pecado. La blasfemia contra el Espíritu Santo sería, pues, el rechazo consciente al amor de Dios.

Recordemos la frase de san Agustín: "Aquel que te creó sin ti no te salvará sin ti".

12.

"En verdad, en verdad te digo, respondió Jesús, que quien no renaciere por el agua y el Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios" (Juan 3,5).

Volver a nacer. Algo desconocido. Cierto que en algunos lugares ya se hablaba de reencarnar, pero lo que dice Jesús es completamente inédito.

Los creyentes en la reencarnación piensan que, después de morir, una persona puede reencarnar en otra persona, o en un animal o cosa. Lo que enseña Jesús es que tenemos que renacer espiritualmente, es decir, a una vida nueva que sólo puede darnos el Espíritu Santo.

Esta vida, que nada quita a la que ya tenemos, se nos da en el bautismo, pues por medio de ese baño reparador se nos aplican los méritos de la Pasión y Muerte de Jesús, transformándonos de simples criaturas en hijos de Dios.

Cuando nacemos a esta vida somos sólo eso: criaturas de Dios. Pero El ha querido que los seres humanos - y quizás otros seres en otros mundos desconocidos para nosotros - seamos elevados a una dignidad nueva, la de ser hijos suyos.

Quiere esto decir que el Espíritu Santo obra en nosotros para que recibamos ese don vital que nos incorpora a Dios, de una manera tan íntima, que somos en realidad sus hijos adoptivos.

No podría ser de otra manera, ya que naturalmente no podemos ser hijos de Dios. La nueva vida que se nos da es algo que no nos corresponde realmente, pero, como dice Juan, "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (3,16).

Esta nueva vida es un regalo de amor de Dios, que no sólo nos hace hijos, sino también herederos, "herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Romanos 8,17).

El bautismo es la primera obra del Espíritu en nosotros. Luego, en la confirmación, acrecentará su gracia para que podamos ser testigos de Jesús en el mundo, y apóstoles de su Reino.

¡Cuántos bautizados hay que nunca han sospechado siquiera qué altísima dignidad han recibido al poderse llamar y ser hijos de Dios!

Por eso la vida nueva que recibieron nunca ha crecido ni se ha desarrollado. Esa es nuestra responsabilidad: cooperar con el Espíritu para que podamos dar frutos para la eternidad.

13.

"Jesús, pues, lleno del Espíritu Santo, partió del Jordán, y fue conducido por el mismo Espíritu al desierto" (Lucas 4,1).

La expresión "lleno del Espíritu Santo" nos da a entender la unción que Jesús había recibido luego de su bautismo por Juan en el río Jordán.

Claro que como Dios El estaba en unión especialísima con el Padre y el Espíritu Santo, pero aquí más bien se trata de la humanidad de Jesús, que es la que recibe la acción del Espíritu para poder cumplir a cabalidad la misión recibida del Padre.

Desde ese momento el Espíritu conducirá a Jesús, el hombre, como ahora hace al llevarlo al desierto de Judea, donde permanecerá cuarenta días en ayuno y oración.

Es muy difícil para nosotros, tan limitados como estamos, poder comprender la doble naturaleza de Jesús en la sola persona del Hijo. Y no debemos preocuparnos demasiado por tratar de entender, pues nunca lo lograremos.

Tenemos que aceptar, simple y sencillamente, lo que se nos ha revelado. Y asimilar la personalidad de Jesús desde la perpectiva única en que podemos, que es la de la fe.

Lo cierto es que en el Jordán, casi sin que nadie se diese cuenta, se produce un momento trascendental en la vida de Jesús. Hasta entonces ha actuado como uno más, sin que se notase ningún tipo de diferencias, como no fuese su manera de proceder siempre impecable, dedicado a servir con amor a sus semejantes.

Pero ahora que ha sido ungido - recordemos que la palabra Mesías, traducida al griego por Cristo, significa "el Ungido" - ya todo cambiará para El. Ha comenzado su actividad pública, su ministerio apostólico.

Pero antes de comenzarlo ha de fortificar su voluntad humana para los difíciles días que vendrán. Porque nada será fácil para El. Ciertamente tendrá momentos en que se verá rodeado de multitudes que, incluso, querrán aclamarlo como rey.

Gozará de gran popularidad y fama, más que nada por los muchos prodigios y milagros que realizará, y también por su forma única y nueva de hablar.

Pero también tendrá que enfrentar a enemigos poderosos, a lo que se agregará la cobardía de los suyos y la apatía de los más. Por todo ello irá al desierto, para con ayuno y oración lograr la fuerza que necesitará para cumplir la voluntad del Padre.

14.

"Entonces Jesús por impulso del Espíritu retornó a Galilea, y corrió luego su fama por toda la comarca" (Lucas 4,14).

El Espíritu Santo ungió a Jesús en el Jordán y ahora lo dirige en sus acciones. Por eso, después de pasar cuarenta días de oración y ayuno en el desierto, el Señor se encamina a Galilea, que será el primer centro de sus actividades apostólicas.

Así lo reconocerá Pedro en casa de Cornelio, el primer pagano en ser bautizado, como nos lo narra el Libro de los Hechos (10,37).

¿Por qué Galilea? ¿Por qué casi todos los apóstoles serán galileos? ¿Por qué esa predilección por una región que ni siquiera era la más judía, alejada como estaba del centro de la nación, Jerusalén y su Templo?

Quizás la respuesta está precisamente en esto: los que están muy cerca de las cosas de Dios pueden creer que se las saben todas, y que ya nada tienen que aprender. No así aquellos que, por estar más alejados, tienen sus corazones abiertos a nuevas enseñanzas.

Podemos descubrir en los evangelios que los más reacios a recibir el mensaje de Jesús fueron los que más cerca estaban del servicio divino: los sacerdotes y maestros de la Ley, los fariseos y saduceos, quienes eran sin duda los más instruidos en la Palabra de Dios.

Es posible que esto fuera lo que decidiera la elección de Galilea como el primer lugar donde debía ser predicada la Buena Noticia ignorada por la humanidad: la salvación que el Padre tiene reservada para todos - no sólo para los judíos - que lo amen y sirvan.

Claro que Judea no podía quedar fuera de los planes del Espíritu, y allí encaminará luego a Jesús, pues si bien se comienza en Galilea todo terminará en Jerusalén, para dejar bien sentado que la Nueva Alianza que la Muerte y Resurrección de Jesus van a dejar establecida, no es contraria a la Antigua, sino su culminación y perfeccionamiento.

No se puede afirmar que los galileos hayan recibido el mensaje mejor que los otros judíos. Eso ha dependido - ayer como hoy - de la buena disposición interior y de la humildad de cada persona.

La fe no puede florecer y fructificar en un corazón engreído ni en un alma pervertida. Y buenas personas las hay dondequiera, y a ésas las busca Dios en el lugar en que se encuentren, pues para El no hay diferencias, pues todos somos sus hijos.

15.

"En el último día de la fiesta, que es el más solemne, Jesús se puso en pie, y en alta voz decía: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba. Del seno de aquel que cree en mí, manarán, como dice la Escritura, ríos de agua viva. Esto lo dijo por el Espíritu Santo, que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no se había comunicado el Espíritu Santo, porque Jesús todavía no estaba en su gloria" (Juan 7,37-39).

Las relaciones de las tres divinas Personas con los seres humanos nunca interfieren las unas con las otras sino que, por el contrario, se complementan admirablemente.

Esa es la razón por la que la Iglesia menciona constantemente en la liturgia la acción benefactora del Padre, redentora del Hijo y vivificante del Espíritu Santo.

Si Jesús fue engendrado en el seno de María por obra del Espíritu, aquél prepara en los corazones de sus discípulos una acción mucho más directa y profunda del que es anunciado como el Paráclito, palabra que significa algo así como "abogado" o "asistente".

Es obvio, pues, que si bien Jesús ha de estar presente en medio de los suyos en diversas formas, pero sobre todo en la Eucaristía, el papel principal en cuanto a vivificar, transformar y guiar a sus discípulos lo tomará el Espíritu Santo, quien se constituirá en el "alma de la Iglesia".

Esa acción vivificante la señala Jesús por medio de la metáfora del "agua viva" que tendrán aquellos que abran sus corazones a la acción del Espíritu y se dejen guiar por El.

Esa presencia del Paráclito es no sólo importante, sino totalmente necesaria para que la comunidad de los discípulos de Jesús, la Iglesia, pueda cumplir su misión.

Lamentablemente muchos cristianos se olvidan fácilmente de esto, y toman a la ligera la presencia del Espíritu en sus vidas. Muchos ni siquiera han recibido el sacramento de la Confirmación, que permite una recepción más completa de los dones del Espíritu, que se nos dan para que actuemos en el mundo en nombre de Jesús.

La salvación no es una acción aislada de una de las tres divinas Personas, sino de las tres en común. Somos creados, salvados y santificados por la acción amorosa de la Trinidad Santísima.

16.

"En aquel mismo punto Jesús manifestó un extraordinario gozo, al impulso del Espíritu Santo, y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has encubierto estas cosas a los sabios y prudentes del siglo, y las has descubierto a los humildes y pequeños. Así es, ¡oh Padre!, porque así fue tu beneplácito" (Lucas 10,21).

Lucas nos señala cómo el Espíritu Santo iba guiando a Jesús, como una muestra de lo que también haría con nosotros.

San Pablo nos dirá que "los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios" (Romanos 8,14). Y Jesús fue siempre fiel a las inspiraciones que recibía, por lo que estaba en constante comunicación con su Padre.

Es imposible para nosotros poder comprender estas especiales mociones, y menos todavía la categoría única en la que hemos de colocar a Jesús, el hombre, unido sustancialmente a la Persona del Hijo.

Pero lo que sabemos es que, así como en él actuaba el Espíritu, así también en todos los que hemos recibido por el bautismo la nueva vida que nos permite llamar también a Dios nuestro Padre.

Nuestra filiación, lógicamente, no es natural sino adoptiva, pero eso no obsta para que podamos hacerlo, como acertadamente Pablo nos enseña: "Porque ustedes no han recibido ahora el espíritu de servidumbre para obrar todavía solamente por temor como esclavos, sino que han recibido el espíritu de adopción de hijos en virtud del cual clamamos con toda confianza: Abba, esto es, ¡oh Padre mío!" (Romanos 8,15).

No es a los sabios de este mundo a los que Dios concede ese privilegio especial de conocerlo y amarlo, sino sólo a aquellos que se dejan guiar por el Espíritu, como nos lo enseño a hacer Jesús con su ejemplo.

Es entonces cuando podemos disfrutar del gozo inefable de sentirnos hijos y herederos, y es así que la vida se transforma en una peregrinación y una búsqueda de horizontes más amplios y cumbres más altas, y sentimos la alegría de caminar hacia Dios porque el Espíritu es el que nos impulsa a ello.

El está ahí a nuestro alcance. El se nos ha dado para que nos guíe y santifique. Debemos pues hacer uso de sus dones para, como Jesús, clamar al Padre y sentir su amor.

17.

"Cuando los conduzcan a las sinagogas, y a los magistrados y potestades, no se preocupen por lo que, o como han de responder. Porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel trance lo que deben decir" (Lucas 11,11-12).

El cristiano, no sólo en los primeros tiempos, sino también ahora, está abocado a ser perseguido por causa del Reino.

Son muchas las maneras en que puede manifestarse esta persecución. No siempre es algo abierto. Por el contrario, la mayor parte de las veces se expresa en forma encubierta y sutil, como cuando se es calumniado o despiadadamente criticado.

No todos tenemos la ocasión de ser llevados ante un tribunal por ser seguidores de Jesús. Millones lo han sido. Pero la promesa del Señor no es sólo para cuando tengamos que enfrentarnos a un trance así, sino también cuando debamos confrontar las críticas o las insidias de alguien.

Quiere decir que no debemos preocuparnos por nada, pues lo peor que nos podría pasar en este mundo sería ser muertos por la causa del Reino, y en ese caso estaríamos asegurando la vida por toda la eternidad.

Ante los posibles peligros que supone llevar el nombre de Cristo, que son diversos y reales, el cristiano debe confiar en que siempre tendrá a su lado la presencia bienhechora, inspiradora y protectora del Espíritu Santo.

No es que la acción del Paráclito nos va a librar de sufrimientos y persecuciones, como podemos notar por la experiencia de tantos millones de mártires y de testigos que, aunque no hayan muerto como tales, han sufrido de otras maneras por ser seguidores de Cristo.

Lo que se nos asegura es que siempre contaremos con la fortaleza para enfrentarnos a los perseguidores, saber contestar a los que nos acusan falsamente, y tener palabras para todo aquel que merezca una respuesta de nuestra parte.

Y si llegara la ocasión de derramar la sangre, también el Espíritu nos va a confortar y alentar para que, dejando a un lado nuestras cobardías, sepamos proceder conforme a lo que se espera de alguien que está profundamente comprometido con el Evangelio.

No hay que temer. Como dice Pablo, "¿Quién, pues, podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Será la tribulación?, ¿o la angustia?, ¿o el hambre?, ¿o la desnudez?, ¿o el riesgo?, ¿o la persecución?, ¿o el cuchillo?" (Romanos 8,35).

18.

"David mismo dijo, inspirado por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies" (Marcos 12,36).

El propio Jesús confirma que la acción del Espíritu Santo entre nosotros no comienza, ni mucho menos, el día de Pentecostés.

Ya vimos en el Génesis que se dice que "el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas" (1,2).

Pero la presencia del Espíritu como Persona individual, formando parte de una Trinidad divina, no fue revelada en el Antiguo Testamento, aunque los efectos de sus inspiraciones y acciones se dejaban sentir en el pueblo de Dios.

Los israelitas estaban conscientes de que algo muy especial ocurría cuando alguien era sometido a la acción del Espíritu, y se conocen de muchas manifestaciones incluso externas de este fenómeno, sobre todo el don de profecía, que en ocasiones se realizaba unido a la glosolalia o "hablar en lenguas".

Para poner un ejemplo recordemos lo que ocurrió después que Saúl, buscando unas burras que se le habían perdido, se encontró con Samuel, el profeta, y éste lo ungió como el primer rey de Israel.

Samuel le advirtió que ese día le ocurrirían varias cosas que serían señales de la elección que Dios hacía de él. Y, efectivamente, así sucedió. "De allí fueron a Loma, y de pronto dieron con un grupo de profetas. El espíritu de Dios invadió a Saúl y se puso a danzar entre ellos. Los que lo conocían de antes y lo veían danzando con los profetas, comentaban: -¿Qué le pasa al hijo de Quis? ¡Hasta Saúl anda con los profetas!" (1ª Samuel 10,10-11).

El pueblo de Israel fue recibiendo la Revelación divina poco a poco, pero no fue hasta la llegada de Jesús que pudimos conocer la realidad trinitaria de Dios y la presencia salvífica e inspiradora del Espíritu Santo.

Con todo, hoy sabemos que todos los libros de la Escritura, como nos enseña la Iglesia, fueron inspirados por el Espíritu, que obraba antiguamente con la misma fuerza que hoy, aunque los receptores de sus inspiraciones no estuvieran conscientes de ello.

Así dice Pedro: "...pues ninguna profecía procede de la voluntad humana, sino que, impulsados por el Espíritu Santo, algunos hombres hablaron de parte de Dios" (2 Pedro 1,21).

19.

"Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos; y yo rogaré al Padre para que les envíe otro Paráclito, para que esté siempre ustedes. Es el Espíritu de la verdad que no puede recibir el mundo, porque ni lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive en ustedes, y está en ustedes" (Juan 14,15-17).

Jesús pone como condición, para quepodamos recibir al Espíritu Santo, que lo amemos y lo aceptemos primero a él. Por otro lado, aceptándolo a él estamos igualmente aceptando al Padre.

Esta aceptación se demuestra en la forma en que observamos los mandatos que El nos dió, en especial el del amor, que es el "vínculo de la perfección", como dirá Pablo (Colosenses 3,14).

Sin amor a Dios y al prójimo es imposible recibir esa presencia maravillosa de Dios en nosotros. El Espíritu sólo puede morar en aquellos que aman y demuestran su amor en el esfuerzo diario por cumplir los mandatos divinos.

Eso es lo que quiere decir Jesús al afirmar que "el mundo no lo puede recibir", porque en él lo que reina es el odio y el desamor y no es capaz de reconocer la acción del Espíritu.

Los que pertenecen al mundo se rigen por los criterios del mundo y tienen como abogado al diablo, que es en realidad su maestro y su dios.

Los discípulos de Jesús, ¡qué dicha tan enorme!, hemos recibido el Espíritu Santo, el abogado y consolador, el que nos guía en los momentos de incertidumbre y de prueba.

Si pensásemos por un momento en que el Espíritu mora en nosotros, que somos en realidad su templo, nuestra vida sería muy diferente, pues estaríamos entregados a conocer sus inspiraciones y nos dejaríamos guiar por El.

Pero, ¿no es cierto que muchas veces ignoramos esta presencia y hacemos oídos sordos a las mociones del Espíritu?

Cuando esto ocurre perdemos la paz y el gozo, que son frutos del Espíritu, y nos sentimos desasosegados y lejos del Señor, como si anduviésemos extraviados, porque en verdad lo estamos hasta que volvemos a encontrar el camino de la gracia de Dios.

El mejor regalo que nos ha dado Jesús ha sido enviarnos el Espíritu Santo. El sabía que sin su fuerza no podríamos poner en práctica sus enseñanzas. Apreciemos este don siendo dignos de la presencia del Espíritu, para que en todo obremos conforme a lo que Jesus espera de nosotros.

20.

"Estas cosas se las he dicho, conversando con ustedes. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, que mi Padre enviará en mi nombre, se lo enseñará todo, y les recordará cuantas cosas les tengo dichas" (Juan 14,26).

San Juan de la Cruz, en una bella página, nos dice que ya todo lo que debíamos saber nos lo enseñó Dios por medio de su Hijo, que es su Palabra, y no tiene otra.

¿Cómo entonces dice Jesús que es el Espíritu Santo quien nos lo enseñará todo?

Bien claramente podemos colegir por lo dicho en la Escritura que con la venida del Paráclito no hemos recibido ninguna enseñanza nueva, nada que no hubiera ya enseñado Jesús.

Pero con la gracia del Espíritu es que podemos asimilar esas enseñanzas y, sobre todo, ponerlas en práctica.

Ese sería el sentido de las últimas palabras del párrafo, en que Jesús señala que El "les recordará cuantas cosas les tengo dichas".

Todos sabemos que no basta leer un libro o escuchar un sermón, ni tan siquiera seguir todo un curso para decir que hemos aprendido algo. Al igual que con el proceso digestivo, en el que entra no sólo la ingestión de los alimentos, sino también la asimilación y la eliminación, así con nuestros conocimientos en general y nuestro saber de Dios en particular.

Jesús nos dio el alimento que es capaz de nutrir nuestras mentes para que exista un cambio en nuestras formas de pensar y de actuar. Luego el Espíritu completa todo esto, ayudándonos a asimilar lo recibido y a distinguir entre el trigo y la cizaña, para eliminar aquello que no pertenezca a las enseñanzas del Maestro.

Como el alumno que necesita un profesor que le "repase" lo que otro ha enseñado, así el Espíritu nos va guiando para que aceptemos sólo lo que es de Jesús y rechacemos lo que no lo es.

Claro que la acción del Espíritu se dirige, en primer lugar, a la misma Iglesia, depositaria de la Verdad revelada por Jesús, para que, por medio de sus pastores, a quienes corresponde el magisterio en nombre del Señor, mantenga incólume la unidad de la fe y la preserve del error.

El Espíritu actúa en cada uno de nosotros para que discernamos lo correcto de lo falso, acatando con humildad lo que la Iglesia nos señala como auténtica doctrina cristiana.

21.

"Mas yo les digo la verdad, a ustedes les conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador o abogado no vendrá a ustedes; pero si me voy, se lo enviaré" (Juan 16,7).

Jesús no vino a quedarse indefinidamente en la tierra. Su misión era específica: revelarnos el amor de Dios y su plan de salvación, para luego realizar la redención por medio de su sacrificio cruento.

El dejaría preparado el terreno para que Otro, el Espíritu Santo, completara su tarea. Por eso nos dice que nos conviene que El se vaya, porque al irse es que se producirá la venida del Paráclito.

Era lógico que los apóstoles y discípulos se sintieran tristes ante la inminente partida de su Maestro. Estaban gozando como nunca de su presencia, luego que se sintieran desconsolados y abandonados al ver su aparente fracaso colgando de una cruz.

Pese a que sólo podían disfrutar de la compañía de Jesús en contados momentos, pues después de la resurrección ya nunca fue como antes, que estaban siempre con El, sino que ahora se les aparecía en la ocasión menos esperada, ya se sentían seguros y llenos de una alegría muy difícil de explicar.

Era menester, pues, que recibieran esas palabras de aliento que les diera la seguridad de que no quedarían solos, sino que tendrían siempre con ellos la compañía de Alguien que los alentaría, guiaría y les daría fuerzas para enfrentar hasta lo peor: la tortura y la muerte violenta.

¿Cómo se explicaría, si no, que aquel grupo de cobardes, que ante la persecución abandonaron a su líder y Maestro, luego estuvieran dispuestos a arrostrar los mayores sufrimientos, y a preferir la muerte antes que volver a traicionarlo?

Sabemos que ni siquiera la visión de Jesús Resucitado pudo infundirles tanto valor. El libro de los Hechos recalca que el día de Pentecostés, "estando todos juntos en el mismo lugar" (2,1) se produjo la Venida tan esperada.

Fue después de este suceso, ya con la fuerza recibida de lo alto por la infusión de los dones del Espíritu, que dejaron su escondite y se lanzaron a la calle, dispuestos a predicar la Buena Noticia y darla a conocer a todos, aunque ello les acarreara persecución y sufrimiento.

Jesús cumplió su palabra: El Paráclito tomó las riendas del rebaño para producir maravillas.

22.

"Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá" (Juan 20, 22-23).

El gesto de Jesús es significativo: Sopló sobre ellos, con lo que quiso significar que la presencia del Espíritu se siente como un aire suave, un soplo.

Sabemos que Jesús usó muchas veces de estos gestos, y al dejarnos los sacramentos también utiliza gestos externos o señales que nos ayudan a entender el significado más profundo de aquello que se hace.

Es que somos en la tierra seres de carne y espíritu, que no podemos comprender del todo las cosas sobrenaturales, aquellas que pertenecen a la nueva vida que El nos da, sin la ayuda de estos recursos externos, sensibles, materiales, que hablan a nuestros sentidos corporales y permiten a los espirituales comprender un poco mejor.

Aquí nos está dejando, en realidad, uno de los siete sacramentos: la Reconciliación, Penitencia o confesión, como queramos llamarle. Y podemos descubrir que en todos los sacramentos ha de estar presente el Espíritu, pues, en lo adelante, todo lo que se haga en la comunidad eclesial fundada por Jesús será bajo su guía e inspiración.

La fuerza del Espíritu presente en los sucesores de los apóstoles y los que ellos designen con la imposición de manos, propia de la ordenación presbiteral, es la que permite que sean instrumentos de la acción divina para el perdón de los pecados.

Pero no sólo para el perdón, sino también para la retención de los mismos, como el propio Jesús señala. Pues el que funge de ministro externo de los sacramentos, en representación de Jesús, tiene que comprobar la buena intención y la sinceridad del que se acerca a confesar sus pecados.

Es posible que en ocasiones ese ministro tenga que negar la absolución a quien sólo se acerca como quien cumple un requisito, o no muestra su deseo de acercarse verdaderamente a Dios.

Para eso tendrá la guía del Espíritu Santo, que le dará lo que se llama "gracia de estado", para discernir la condición del sujeto.

Todo el que acude al sacramento con sana intención no sólo no será rechazado, sino que recibirá ciertamente el perdón de sus culpas.

23.

"-Dios me ha dado autoridad plena sobre cielo y tierra. Pónganse, pues, en camino, hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado" (Mateo 28,18-20).

Esos años, que muchos consideran fueron tres, en los que Jesús estuvo instruyendo a la gente, pero en especial a sus doce apóstoles, fueron de una intensa preparación que les permitiera luego continuar la obra de su Maestro.

La mayoría de la gente escuchaba a Jesús con interés, pero en forma esporádica, y buscando más los efectos espectaculares de sus milagros y curaciones, que la enseñanza de nuevos conceptos que muchas veces ni entendían.

Pese a que Jesús fue un pedagogo en el más amplio sentido de la palabra, un Maestro que sabía llegar a sus oyentes, muchos no lograron captar, y ni siquiera totalmente sus apóstoles, el verdadero significado de lo que les quería enseñar.

La capacidad de entendimiento de la gente, en general, es bien limitada, y cuando se trata de las verdades de la fe, es más fácil aceptar supercherías que la Verdad.

Sólo con los dones del Espíritu pudieron los apóstoles asimilar lo que Jesús les había enseñado, y fue entonces cuando comprendieron el significado de muchas de sus palabras.

Ellos eran, junto con los discípulos de la primera hora, los "quinientos hermanos" de los que habla Pablo en 1ª Corintios 15,6, los encargados de transmitir el mensaje, de llevar a todos los pueblos la Buena Noticia de la salvación por el amoroso designio de Dios y la entrega de Jesús al sacrificio de la cruz.

No se trataba de convencer por la fuerza, sino de proponer por la predicación del mensaje, siguiendo el ejemplo del Maestro, que durante esos años recorrió junto a ellos los caminos de Palestina anunciando el Reino de Dios.

Aquellos que oyendo aceptasen el mensaje deberían ser consagrados por medio del Bautismo, dedicando sus vidas al amor y adoración de la Santísima Trinidad, y al servicio desinteresado de sus semejantes.

A esos nuevos discípulos correspondería, como compromiso individual y al mismo tiempo comunitario, practicar lo que se les había enseñado, para preparar el momento en que serían llamados a gozar de las promesas que también habían recibido.

24.

"Y por último, comiendo con ellos, les mandó que no partiesen de Jerusalén, sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre, la cual, dijo, oyeron de mi boca, y es que Juan bautizó con el agua, mas ustedes han de ser bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días" (Hechos 1,4-5).

"La promesa del Padre". Así se llama a la venida del Espíritu Santo que ha de venir a completar la obra de Jesús.

Recordemos que los apóstoles eran como extranjeros en Jerusalén, pues todos ellos eran galileos. Se encontraban en Ciudad Santa porque, como marcaba la Ley, debían participar en la fiesta de Pascua, una de las tres grandes celebraciones anuales judías.

Para estas fiestas la Ley señalaba como obligación para todos los israelitas varones la obligación de "subir" a Jerusalén.

Sabemos que Jesús quiso, intencionadamente, celebrar la Nueva Alianza de Dios con la humanidad en el marco de una fiesta pascual, para dejar cerrada la Antigua, en la que sólo participaba el pueblo de Israel.

Fue durante esta fiesta que ocurrió el gran acontecimiento de nuestra salvación: la muerte y resurrección del Mesías, el Cristo. Y esa fue la razón principal por la que aquellos galileos debieron quedarse tanto tiempo en Jerusalén.

Después de la resurrección del Maestro volvieron a Galilea. Allí Jesús se comunicó con ellos. Y hasta tuvieron tiempo de salir a pescar.

Fue junto al lago de Tiberiades - Juan narra esta deliciosa escena - que se les apareció y, después de haber pescado siguiendo sus instrucciones, se reunieron en la orilla para saborear un momento de paz e intimidad espiritual.

Después de comer ocurre la triple pregunta a Pedro, como para borrar sus tres negaciones, y la triple confesión de amor del discípulo llamado a ser el mayor entre los hermanos.

Pero ellos volvieron a Jerusalén por mandato del Señor. Era en la Ciudad Santa donde ocurriría la Ascensión y la Venida del Espíritu. Y allí, quizás en el mismo lugar de la Última Cena, se prepararon en oración para recibir la promesa del Padre.

Iban a ser bautizados en el Espíritu Santo, lo que los llenaría de gozo y de fuerza para proclamar, ya sin miedos, que Jesús es el Mesías y Dios el Padre de todos sin excepción.

25.

"Recibirán, sí, la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre ustedes, y me servirán de testigos en Jerusalén, y en toda la Judea, y Samaria, y hasta el confín del mundo (Hechos 1,7-8).

La promesa que hace Jesús de enviar el Espíritu a sus discípulos conlleva el recibir sus dones, en especial esa "fuerza" que nos permite ser testigos del Maestro en todas partes.

¿Por qué esa fuerza? Porque sin ella nos sería imposible funcionar como verdaderos cristianos.

Si aún con los dones del Espíritu nos vemos a veces en dificultades para poner en práctica las enseñanzas de Jesús, ¿qué sería si no la tuviésemos?

Jesús sabía muy bien de las limitaciones de los seres humanos. Hasta las pudo experimentar en carne propia, al asumir la naturaleza humana en el gran misterio de la Encarnación.

Por eso estaba consciente de que no le sería fácil a sus discípulos tratar de vivir en la forma que El indicó, y de que necesitarían algo más que buenos deseos para obrar conforme a los dictados de su Evangelio.

Ser testigo de Jesús no consiste sólo en proclamarlo, en el interior de nuestra conciencia, como Salvador y Maestro. Se necesita mucho más.

Todo cristiano ha recibido una misión, que es la de la propia Iglesia: llevar el anuncio de la salvación hasta los últimos rincones. Esto se hace, lógicamente, con la palabra, pero más efectivamente todavía con la forma en que se vive.

El propio Jesús nos lo enseña: "Brille de tal modo su luz delante de los hombres que, al ver sus buenas obras, den gloria a su Padre que está en los cielos" (Mateo 4,16).

Ser testigos, pues, significa vivir de una manera diferente, guiados no por los criterios que prevalecen en el mundo, sino teniendo como consigna el Evangelio y como guía el Espíritu Santo. El nos ha sido dado para que podamos poner en práctica la voluntad de Dios en nuestra vida.

Esta voluntad muchas veces se opone a lo que más nos agrada o inclusive al estilo de vida que estamos llevando, por lo que necesitaríamos rectificar y cambiar.

Nadie podría hacerlo si no se abre a la acción del Espíritu y deja que sean sus inspiraciones, no las propias preferencias, las que lo impulsen a actuar para hacer lo que más conviene.

26.

"Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo los movía a expresarse" (Hechos 2,4).

Uno de los frutos principales del Espíritu Santo es la unidad de todos los seres humanos como miembros de una familia, la de los hijos de Dios.

Esto no se consigue automáticamente, sino como consecuencia de la aceptación de la gracia que de El recibimos. Como dice Pablo: "Ustedes han recibido un Espíritu que los hace hijos adoptivos y les permite exclamar "Abba", es decir "Padre"" (Romanos 8,7).

Por eso el día de Pentecostés ocurre lo que podríamos llamar el "anti-Babel". Según el relato del Génesis (11, 1-9), fue en Babel que se produjo la confusión de lenguas que impidió a la gente entenderse y compartir.

En Pentecostés sucede todo lo contrario. Los apóstoles y los discípulos que los acompañaban, después de recibir el Espíritu Santo, alababan a Dios y todos los entendían en su propia lengua. Entre los presentes había judíos venidos de diversos países y regiones, que habían perdido el uso de la lengua hebrea o aramea. Sin embargo, todos pudieron entender lo que los apóstoles y discípulos decían.

Este fenómeno fue algo que se dio, al parecer, una sola vez, y nada tiene que ver con ese otro don que se llama "hablar en lenguas", y del que nos habla san Pablo en la 1ª Corintios, capítulo 14. Este don sería algo muy diferente, pues es un orar bajo la inspiración del Espíritu, sin que el sujeto que lo tiene ni los que lo oyen entiendan nada, pues no se trata de un idioma inteligible, sino de "cosas misteriosas que nadie entiende".

Sólo quien tenga el don de interpretación podría "traducir" un mensaje que alguien transmitiera "en lenguas". Por eso no podemos confundir lo ocurrido en Pentecostés con ese don que Dios da, más que nada, para que sea el Espíritu Santo quien ore en nuestro lugar.

La mejor comprensión de unos y otros, de modo que aún con lenguajes distintos pueda haber una buena comunicación, es el resultado del mejor de todos los dones del Espíritu, que es el amor (1a. Corintios 13,13).

Donde hay amor hay también unidad, armonía y paz y allí reina el Señor.

27.

"Nosotros somos testigos de estas verdades, y lo es también el Espíritu Santo, que Dios ha dado a todos los que le obedecen" (Hechos 5,32).

Ser testigos debía ser el fruto de la venida del Espíritu. Así lo anunció Jesús a los apóstoles poco antes de su ascensión a la diestra del Padre: "Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra" (Hechos 1,8).

Un testigo es alguien que puede hablar sobre un acontecimiento en el que ha estado presente o sobre lo que ha visto u oído. Los apóstoles fueron testigos elegidos por Jesús para que, después de haberlo acompañado, y haber visto los signos por El realizados, pudieran dar testimonio de los mismos.

Pero ellos solos - bien lo sabía Jesús - no serían capaces de hacerlo, por lo que necesitaban de la fuerza de ese testigo especial que el Padre enviaría: el Espíritu Santo.

Ese es el significado del énfasis que pone Pedro al hablar delante del Sanedrín o senado judío, dando a conocer esa presencia de la que hasta entonces los israelitas sólo tenían una noción lejana, la del Espíritu de Dios.

Ellos, los apóstoles, seguirían predicando - así lo declaran tanto Pedro como los demás - pues todos fueron aprehendidos por orden del Sumo Pontífice, agregando que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (5,29).

Y no les quedó a los miembros del Sanedrín otro remedio, pese a su intenso deseo de acabar de una vez por todas con ese grupo, de dejarlos ir, no sin antes azotarlos, pues se dieron cuenta de que perdían su tiempo en querer acallar a los seguidores de Aquel al que ellos mismos enviaron a morir ignominiosamente.

Fue Gamaliel, uno de los más respetados doctores de aquel tiempo, quien intuyó que aquellos hombres hablaban con una firmeza poco común, y que algo muy especial debían tener cuando se atrevían a desafiar a tan alto tribunal con tal valentía.

El no podía conocer que se trataba del Espíritu Santo que en ellos actuaba, pero se levantó y dirigió al Sanedrín estas palabras: "Mi consejo es que no se preocupen de estos hombres y los dejen en paz; porque si su empresa y su obra es humana, se desvanecerá; pero si procede de Dios, no podrán destruirla. No corran el riesgo de luchar contra Dios" (5,38-39).

28.

"Mas Esteban, estando lleno del Espíritu Santo, y fijando los ojos en el cielo vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios. Y dijo: Estoy viendo ahora los cielos abiertos, y al Hijo del hombre sentado a la diestra de Dios" (Hechos 7,55).

Un verdadero discípulo de Jesús, y Esteban lo era, sabía muy bien que seguir a tal Maestro comportaba riesgos, incluso el de perder la vida.

Eso El lo había enseñado claramente, advirtiendo a los que quisieran ir detrás suyo que tenían que cargar cada uno con su cruz, y esperar primero persecuciones y dificultades antes de poder entrar en la gloria.

San Pablo, que también lo había comprendido muy bien, pues tuvo que sufrir infinidad de pruebas en carne propia, nos dejó escrito: "Es doctrina segura: Si con El morimos, viviremos con El; si con El sufrimos, reinaremos con El; si lo negamos, también El nos

negará; si somos infieles, El permanece fiel, porque no puede negarse a Sí mismo"

(2 Timoteo 2, 11-13).

Estas palabras las escribió Pablo después de la muerte de Esteban, pero la doctrina ya era conocida, pues brotó de los labios del propio Jesús.

Pero El sabía que no todos tendrían la valentía para llegar a ese testimonio final, el que se firma con la propia sangre. Por eso prometió y envió el Espiritu Santo, pues sin su fuerza no seríamos capaces de morir por Cristo.

Esa es la razón por la que Lucas recalca que Esteban estaba "lleno del Espíritu Santo". Fue esa presencia divina en quien iba a ser el primer mártir cristiano la que le permitió poder dar ese testimonio supremo. Además, Esteban recibió el regalo de ver a Jesús junto a su Padre, lo que lo confortó y fortaleció para no tener miedo ante aquellos que injustamente lo apedreaban con intención de hacerlo morir. Esteban se entregó a Dios, sabiendo que su misión había concluido. También el podría decir como Jesús: "Todo está consumado".

Es el Espíritu Santo el que ha dado fuerzas a los apóstoles y testigos, a través de la Historia, para hablar en nombre de Cristo y transmitir su mensaje salvador. Con su gracia millones han preferido dar la vida antes que traicionar a su Maestro. Millones están dispuestos a darla hoy por la causa del Evangelio.

29.

"Sabiendo, pues, los apóstoles, que estaban en Jerusalén, que los samaritanos habían recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos, en llegando, hicieron oración por ellos a fin de que recibiesen el Espíritu Santo. Porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos, y luego recibían el Espíritu Santo" (Hechos 8,14-17).

Este texto nos muestra cómo desde el principio existió una clara distinción entre el bautismo y la confirmación.

Si bien en el bautismo el Espíritu Santo está presente y obra en los sujetos con una gracia transformante que nos convierte de simples criaturas en hijos de Dios, en la confirmación hay una presencia diferente, pues se trata de hacer que aquel que nació llegue a su completa maduración en la relación con Dios.

Esa es la razón por la cual la Iglesia ha considerado como sacramentos diferentes estos dos acontecimientos importantes en la vida del cristiano: nacer a la vida del Espíritu y recibir luego la fuerza que le permita ser un testigo y profeta de Cristo en este mundo.

La confirmación supone un "descendimiento" del Espíritu Santo sobre aquel que lo recibe, algo distinto de lo que ocurre con el bautismo. Pero ordinariamente son signos que se administraron desde el principio - en el caso de los adultos -, al mismo tiempo.

El hecho de que fue el diácono Felipe - uno de los siete primeros - quien actuó en el bautismo de los samaritanos convertidos al cristianismo, nos da a conocer que desde el comienzo se pensó que sólo los apóstoles podían imponer las manos para que el Espíritu Santo bajara sobre los que habían sido bautizados.

Todavía hoy el ministro ordinario del sacramento es el obispo, sucesor de los apóstoles, aunque éste puede delegar en un sacerdote que lo represente.

La confirmación es considerada uno de los tres sacramentos de la iniciación cristiana, con el bautismo y la eucaristía, y quien quiera considerarse un cristiano adulto en la fe debe haberlo recibido, algo que también se deduce del pasaje que comentamos.

La confirmación es como un Pentecostés personal, donde el Espíritu derrama sus dones para hacernos mejores discípulos de Jesús y servidores de nuestros hermanos.

30.

"Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se impartía el Espíritu Santo, les ofreció dinero y les dijo: -Denme también a mí ese poder, para que aquellos a quienes yo imponga las manos reciban el Espíritu Santo" (Hechos 8,18-19).

El caso de Simón, llamado "el mago", es muy curioso. Era uno de esos charlatanes que embaucaba a la gente con sus habilidades y sus "magias", hasta que llegó a Samaria el Evangelio en la persona del diácono Felipe.

Muchas personas se convirtieron, y hasta el propio Simón se arrepintió y recibió el bautismo. Eso fue antes de que Pedro y Juan llegaran a la ciudad, pues los convertidos de Samaria sólo habían recibido el bautismo, pues Felipe, por ser sólo diácono, no tenía la autoridad de imponer las manos para que recibieran el Espíritu Santo.

Ya desde antes Simón estaba maravillado por los muchos prodigios que Dios realizaba por medio de Felipe. Quizás esa fue la principal razón de su conversión, pues había encontrado a alguien que podía hacer lo que él nunca se había imaginado era posible.

Ahora, al ver cómo el Espíritu Santo descendía sobre aquellos a quienes Pedro y Juan imponían las manos, creyó haber encontrado el medio - podemos sospecharlo -, para ganar mucho más de lo que antes lograba con sus embustes.

Llevado por la ambición se atrevió a sugerir a Pedro que le diera ese poder a cambio de dinero. Esto, lógicamente, hizo encender en el apóstol una santa ira que lo llevó a rechazar con fuertes palabras el ofrecimiento sacrílego de Simón: "-Al infierno tú con tu dinero, por pensar que el don de Dios se puede comprar. No tienes parte ni herencia en este don, pues tus intenciones son torcidas a los ojos de Dios" (8,20-21).

El caso de Simón se asemeja al de muchos que creen haberse convertido y hasta reciben el bautismo, pero luego no siguen progresando en el conocimiento de Dios y se quedan a la mitad.

Parece ser que ante tal reprimenda de Pedro la reacción de Simón fue muy positiva, pues pidió a los apóstoles que rogasen por él para ser perdonado, ya que estaba asustado por lo que Pedro le había anunciado.

Hoy se llama "simonía" a la venta de lo sagrado.

31.

"Todavía estaba hablando Pedro, cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban el mensaje. Los creyentes judíos que habían venido con Pedro quedaron asombrados de que el don del Espíritu Santo se hubiera derramado también sobre los paganos" (Hechos 10,44-45).

Esto ocurrió en la ciudad de Cesarea, a donde Pedro había acudido llamado por un capitán romano, Cornelio, que era un hombre que buscaba sinceramente a Dios. Había tenido una visión (10,3-6) y en ella un ángel le dijo que enviara a buscar a Pedro.

Casi al mismo tiempo el apóstol había tenido otra visión (10,9-16), donde se le preparó, sin que se le dijera nada de la misión que tendría por delante, para que pudiera comprender lo que Dios quería de él.

Cuando Pedro llegó a casa de Cornelio, éste le explicó lo que le había ocurrido, y fue entonces cuando Pedro entendió lo que se le había querido enseñar: que la salvación era no sólo para los judíos, sino para todo hombre o mujer que quisiera aceptar el mensaje salvador de Jesús.

Allí, en casa de aquel pagano, Pedro tuvo su primer discurso evangelizador a los no judíos, y el Espíritu Santo corroboró las palabras del apóstol haciéndose presente con sus dones sobre aquellos que, junto a Cornelio, escuchaban atentos y con el corazón abierto a la gracia.

Aquellas personas - Cornelio había reunido a sus parientes y amigos íntimos - no habían sido bautizadas, pero el Espíritu "sopla donde quiere" (Juan 3,8) y nadie puede ponerle cortapisas.

Allí, ante el estupor de los creyentes judíos, se hizo ver el poder de Dios, que no tiene acepción de personas, sino que quiere "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1ª Timoteo 2,4). Aquellos hombres y mujeres habían sido confirmados sin recibir siquiera el bautismo, y los oían hablar en lenguas y ensalzar la grandeza de Dios (Hechos 10,46).

Tuvo Pedro que reconocer lo que Dios estaba realizando con aquellos paganos, por lo que dijo: "-¿Se puede negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros? Y ordenó bautizarlos en el nombre de Jesucristo" (10,47-48).

¡Cuántas maravillas hace el amor de Dios con los que se dejan amar por El!

32.

"Apenas había comenzado yo a hablar, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos, lo mismo que sobre nosotros al principio. Entonces recordé aquello que había dicho el Señor: "Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con Espíritu Santo". Por tanto, si Dios les había dado a ellos el mismo don que a nosotros por creer en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?" (Hechos 11,15-17).

Es Pedro quien habla. Se dirige a los otros apóstoles y algunos discípulos principales que se habían reunido en Jerusalén, pues ya comenzaban los problemas con un grupo de judíos convertidos que defendían, a toda costa, que los preceptos dados por Dios al pueblo de Israel debían seguir observándose también por los cristianos venidos del paganismo.

Reprochaban a Pedro, como nos dice Hechos, que hubiese entrado en casa de no judíos y hubiese comido con ellos. Es que, pese a las claras palabras de Jesús, todavía la mayoría de los discípulos no se habían convencido de que los paganos también estaban llamados a la salvación.

Pablo luego tendría bastantes problemas con los llamados "judaizantes", defendiendo siempre el derecho de los convertidos del paganismo a no seguir los preceptos que fueron dados al pueblo judío y que de ninguna manera regían para los demás, como el caso de la circuncisión, que era donde más énfasis ponían.

Dios a veces se vale de efectos contundentes para convencer a los recalcitrantes. Ya sabemos que el mismo Pedro tuvo sus vacilaciones, pese a la experiencia tenida en casa de Cornelio, por lo que tuvo que ser reprendido por Pablo (Ver Gálatas 2,11-14).

Para que no hubiera dudas sobre lo que era la voluntad de Dios, el Espíritu Santo se hizo sentir en casa de Cornelio. Esto sentó la doctrina clara de que judíos y gentiles, griegos y romanos, esclavos o libres, todos están llamados a vivir esa nueva vida, la de los hijos de Dios, que nos fue dada por voluntad de la Santísima Trinidad al enviarnos, en la persona del Hijo, a un Mesías salvador.

El Espíritu Santo quiere reinar en todos los corazones. El obra maravillas en los que se le entregan y se dejan guiar por sus inspiraciones.

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