AB PADRE BAZAN

¿ES DIFÍCIL CREER?

Aceptar realidades que trascienden la propia posibilidad experimental siempre resulta difícil.

Creer es aceptar ciertos hechos sin más prueba que la que nos ofrece el que de ellos nos habla.

Estamos dispuestos a reconocer como verdad lo que otros, a quienes consideramos con suficiente autoridad, nos afirman. Múltiples acontecimientos del pasado son creíbles porque confiamos en la veracidad de los que los han consignado.

Dentro del marco de las ciencias hay demostraciones que resultan irrefutables. Las matemáticas nos ofrecen claros ejemplos de ello. Dos más dos seguirán siendo cuatro por siempre.

Pero los científicos, a pesar de trabajar sobre datos tangibles y experimentables, no siempre encuentran el camino de una demostración eficiente, teniendo que continuar la lucha por desentrañar el misterio que los envuelve.

Si bien parecería acertado afirmar que la ciencia es capaz de un progreso constante, de manera que puede llegar el día en que la naturaleza haya revelado el último de sus secretos, tal cosa cae dentro del marco de las conjeturas.

El hombre, a pesar de sus fantásticos progresos, sigue teniendo por delante un ilimitado horizonte. Mientras más cosas descubre, más perspectivas se abren a su inacabable ansia de aprender.

Pero el hombre es un ser limitado. Sabe que el Universo material en el que se encuentra inmerso aún le reserva un gran cúmulo de enseñanzas imposibles de predecir.

Sin embargo, el ser humano se halla preocupado, casi desde sus comienzos, por ese otro mundo distinto que es incapaz de asir con sus sentidos.

Por más que interroga y se esfuerza, no encuentra respuestas convincentes. Su razón se muestra incapaz de penetrar el muro que nos separa de ese mundo que vislumbra sin conocer, y acaba por rendirse ante la evidencia.

Si hay algo, ¡que se muestre!

Sí, creer, cuando depende de algo que aparece con evidencia más o menos aceptable, resulta fácil. Pero cuando trasciende los límites de la propia razón requiere de una ayuda, de una iluminación, sin la cual hay que rendirse ante la propia limitación.

GRADOS DEL CREER

No todas las verdades que suponemos pertenecen a un mundo sobrenatural encuentran, con todo, las mismas dificultades para ser aceptadas.

Así, aunque no se haya podido conocer a un ser con características especiales y poderes muy superiores a los del hombre, éste ha intuido desde siempre la posibilidad de su existencia.

La figura de Dios, o de un grupo de dioses, a los que se atribuye todo un cúmulo de cualidades propias, está ligada al hombre desde los albores de su presencia en la tierra.

Esto es explicable. El hombre primitivo no comprendía - no podía comprender -, el origen de las cosas que veía. Todavía hoy, a pesar de las teorías que han tratado de elaborarse a partir del supuesto de la inexistencia de Dios, la presencia de un ser superior, dotado de inteligencia y cualidades muy especiales, es la única capaz de explicar la existencia del Universo.

Por otro lado, aun para los primitivos, la cortedad de la vida humana parecía reclamar una existencia más completa, capaz de trasponer los límites naturales que la muerte parece poner.

Estas dos verdades al menos, la existencia de la divinidad y la trascendencia de la vida humana, si no encontraban una explicación comprobable, eran aceptadas como una posibilidad razonable.

Quedaba mucho camino por recorrer. El mismo mundo material que se desplegaba ante el hombre tenía multitud de aspectos inquietantes que resultaban un reto a su capacidad de investigación y comprensión.

EL MISTERIO

El hombre, a través del tiempo, ha tenido ocasión de poner a prueba su inteligencia, su voluntad, en fin, su verdadera capacidad.

Ha quedado claro para él que todo lo que pertenece al mundo circundante, el Universo material, puede ser objeto de estudio directo y de posible experimentación. Teniendo ese Universo dimensiones fantásticas que aturden la mente humana, es absurdo siquiera pensar que el ser humano pueda llegar a sus confines. Penetrar en las entrañas de las estrellas sería una hazaña fuera de lugar.

Pero, aunque se habla de los misterios de la naturaleza, de algún modo se confía en poder ir descubriendo sus secretos, aunque sea en una lenta progresión.

No sucede así con el mundo sobrenatural, que el hombre ha vislumbrado, de una forma u otra, desde sus remotos orígenes. Aquí se topa con lo impenetrable. Su razón sólo es capaz de suponer y deducir acerca de su existencia, pero no sobre su esencia.

Por ello acepta la presencia del misterio que, por sí mismo, nunca le será dado revelar. Sólo la divinidad podrá venir en su ayuda.

Esto es lo que han creído las religiones más desarrolladas: que Dios se ha manifestado no sólo en su Creación, prueba inequívoca de su existencia, sino también de otras maneras más claras, permitiendo al hombre conocer, si no todo, al menos parte de lo que ese mundo sobrenatural significa.

Los hebreos fueron los primeros en poseer la certeza de una revelación. Sin que se pueda tener una idea exacta de la composición de los primeros escritos, lo cierto es que lograron poseer una serie de libros que eran tenidos como Palabra de Dios. Estos forman lo que hoy conocemos como Antiguo Testamento de la Biblia.

Estos libros contienen enseñanzas que primero fueron transmitidas oralmente y más tarde transcritas por diversos escritores a los que se consideró inspirados por el propio Dios. En el pueblo hebreo con frecuencia aparecían hombres dotados de un especial carisma, que hablaban a sus compatriotas en nombre de Dios y les anunciaban sus deseos. Estos profetas participaron activamente en un largo periodo de la historia de Israel, hasta que hizo su aparición Jesús, el Mesías anunciado con mucha anterioridad, y que se llamó a Sí mismo Hijo de Dios.

En adelante algunos judíos y otras muchas personas pertenecientes a distintas razas siguieron las enseñanzas de Jesús, llamándose posteriormente cristianos, ya que a su Maestro lo llamaban el Cristo o Ungido. Los judíos creyentes que no se convirtieron a la nueva doctrina mantuvieron casi todas sus creencias anteriores.

Los cristianos recibieron algunos nuevos libros escritos por discípulos muy allegados a Jesús o a alguno de sus apóstoles, los que conformaron el llamado Nuevo Testamento de la Biblia. En ellos vieron una continuación de la Revelación y los aceptaron al igual que los del Antiguo, como Palabra de Dios.

No fueron los judíos y cristianos los únicos en proclamar ser agraciados con una revelación divina. En la India aparecieron libros considerados sagrados, como los Vedanta, que gozan de gran veneración por parte de los creyentes.

Y la religión fundada por Mahoma, el Islam, de fuerte arraigo entre los pueblos árabes, presenta al Corán como directa revelación recibida del arcángel Gabriel por orden de Dios, a quien llaman Alá.

Nos encontramos, por tanto, con tres cuerpos de escrituras considerados frutos de una revelación, y cada grupo diferente de creyentes asegura que las suyas son, efectivamente, la Palabra de Dios.

¿A quién creer?

Tal cosa depende de la propia actitud personal, incluyendo la formación recibida y aún la raza a la que se pertenece y la región del globo en la que se ha nacido.

En materia religiosa también estamos sometidos a nuestras circunstancias periféricas. Pero corresponde al propio interés por indagar la verdad el certificar personalmente nuestra adhesión a lo que creamos realmente se ajusta mejor a la Verdad.

La actitud de las mayorías, lamentablemente, ha sido conformista. Se han apegado, en general, a lo que recibieron de sus mayores. Han aceptado en bloque sus creencias porque les ha faltado sentido crítico para analizar personalmente la situación.

RELIGIOSIDAD Y RELIGIÓN

Así, encontramos personas que, habiendo nacido en un hogar judío, han vivido toda su existencia sin la más mínima preocupación. Han practicado sus ritos y elevado sus oraciones de acuerdo a lo aprendido, aunque en su actitud se note, a veces, un cierto mecanicismo no exento de apatía.

Así sucede con casi todas las religiones conocidas, y aun la indiferencia en esta materia responde a una inercia y no a una actitud concebida críticamente.

Cuando ésta tiene lugar es que podemos hablar propiamente de fe, pues ésta se identifica con una actitud personal consciente frente al hecho religioso. Lo contrario sería escepticismo, indiferencia o irreligiosidad que responden, quizás, a un análisis excesivamente crítico del fenómeno.

Es frecuente constatar que en las masas populares existe una religiosidad heredada del pasado, que aunque campo apropiado para el despertar de la fe, no siempre culmina en tal meta, pues se mantiene alejada de la reflexión y del análisis.

Esta religiosidad desprovista del conocimiento de verdades superiores que ayudarían a superarla, con frecuencia se desvía por los terrenos de la superstición y la charlatanería.

Aun en las religiones que poseen una revelación, y por tanto un marco de referencia preciso en materia de fe, sucede a menudo que sus adeptos no pasan de ser meros sujetos pasivos, que si bien proclaman su adhesión a las verdades predicadas, no saben exactamente ni el por qué creen ni en lo que efectivamente creen.

No parece que haya motivos razonables para suponer que esta situación ha de cambiar. Las mayorías seguirán creyendo de acuerdo a lo que se les enseñe desde pequeños. Ya se han dado casos de cambios masivos de religión, debido especialmente a imposiciones de los gobernantes. El sentido crítico, en esto como en todo, suele corresponder a una minoría.

LA TOMA DE CONCIENCIA

Es importante señalar que la fe no significa, necesariamente, poseer el conocimiento de un grupo de verdades. Puede un individuo conocer a fondo los enunciados doctrinales de la religión y mantener una actitud indiferente y hasta contraria a la fe.

Lo que quiero decir es que la fe presupone un grado mínimo de conciencia ante el hecho religioso. Como decía antes, puede darse una práctica ritual desvinculada de una actitud firme en lo interior, lo que explicaría la facilidad con que muchas personas cambian de religión o simplemente la abandonan.

No hay, por supuesto, que generalizar. Pueden darse casos en que a una actitud consciente de fe suceda un período de ausencia de la misma. La pérdida de la fe es una realidad constatable en cualquier momento.

Tener fe no es llegar a comprender un cierto número de verdades, sino tomar conciencia de lo fundamental. Puede darse el caso de que una persona con fe no conozca siquiera todas las verdades enseñadas por el Cristianismo. Por eso se supone que existan verdades fundamentales que constituyen el objeto primordial de la adhesión del creyente, aunque de las otras no tenga siquiera una vaga idea.

De no ser así tendríamos que rechazar del número de los creyentes a una gran cantidad de personas que se adhieren profundamente a la verdad fundamental, pero desconocen la existencia de otras muchas cuestiones relacionadas con ella.

La verdad fundamental que todo creyente debe aceptar de modo consciente es la existencia de Dios como un ser personal y la relación de la Persona divina con sus criaturas, lo que incluye el destino trascendente de éstas.

¿Cómo podría llamarse creyente el que toma una actitud indiferente para con Dios sin relacionarlo con su propia existencia?

El creyente es el individuo que adopta una postura consciente ante Dios. Esto, desde luego, le llevará a asumir responsabilidades frente a las realidades que le rodean.

¿DÓNDE ESTÁ LA VERDAD?

Es tarea personal abrirse camino hacia la verdad. Así como el progreso ha supuesto el empeño decidido de cada persona, por lo que notamos, no siempre por su culpa, una gran desproporción entre los logros de unos y de otros, de la misma manera el grado de conciencia religiosa dependerá de la propia forma de enfrentarse a la verdad.

Aunque aceptemos la realidad de una Revelación y supongamos una autoridad divina que asegura la veracidad de la misma, está claro que ni todos han podido llegar a conocer esa Revelación ni todos han tenido la oportunidad de ser iniciados en ella.

La verdad puede ser objetiva y subjetiva. La verdad objetiva es inmutable y única. La subjetiva es la forma en que adecuamos mentalmente la verdad objetiva.

Esto significa que aunque algo sea cierto y verdadero, tenga este o aquel color, posea formas determinadas, yo podría imaginármelo de otra forma y pensar de ello de una manera totalmente divorciada de la realidad.

El hecho de que algo exista no depende de que uno apruebe o no su existencia. Si existe ya pueden todos los hombres negarlo, que no por ello cambiará un ápice. Lo mismo sucedería al contrario, pues nada podrá llegar a la realidad por el simple hecho de que todos los seres humanos afirmen su existencia.

Entonces, ¿dónde esta la verdad?

Esta terrible interrogación es causa de angustia para muchos. El hombre, mientras viva, seguirá perseguido por ella.

No basta que haya leído libros tenidos como revelados, ni iglesias que certifiquen la verdad. El hombre, en última instancia, es el que tiene que enfrentarse, por sí mismo, a todas las opciones que se le ofrecen y adoptar una postura personal.

Es a esto a lo que parece referirse la conocida parábola de los talentos que aparece en el Evangelio (Ver Mateo 25, 14-30 y Lucas 19, 11-27). Dios es presentado como un hombre que debiendo emprender un largo viaje, deja a sus empleados la responsabilidad de administrar los bienes que les entrega. Sólo el que no se arriesga por temor a equivocarse es el que resulta condenado a la vuelta de su empleador.

Muchas veces se ha querido presentar la fe como una actitud sumisa ante una serie de verdades proclamadas. Pero la responsabilidad de cada individuo particular no puede ser desconocida.

Como creyente podría decir que es más grata a los ojos de Dios la actitud del que busca sinceramente la verdad, aunque se equivoque, que la del conformista que acepta con facilidad la adhesión a una doctrina para evitar complicaciones y sentirse seguro ante el riesgo de cometer error.

Tenemos que saber confesar, humildemente, que si bien la verdad siempre será única, la manera personal de concebirla nunca podrá estar libre de riesgos.

EL AGUIJÓN DE LA DUDA

¿Quién, en un período de su vida más o menos largo, no ha sentido la sensasión de estar equivocado?

Sólo los tontos o los engreídos consideran sus convicciones irremisiblemente firmes.

En la vida de todo creyente el aguijón de la duda es un ingrediente normal. ¿No reprochó Jesus repetidas veces a sus apóstoles por su poca fe? (Véase, por ejemplo, Mateo 8,26).

El hombre vive inmerso en un mundo de oscuridades. La aceptación personal de la verdad revelada no siempre lo capacitan para evitar la irrupción del desaliento.

La fe padece, por momentos, sus angustias y sus conflictos. No debemos olvidar las limitaciones personales y las dificultades sicológicas de cada persona.

Yo entiendo que lo mismo que sucede al creyente también pasará al incrédulo que sea sincero en la búsqueda de la verdad. A muchos ateos se les escapa a veces decir: "Si Dios existe..."

Pero si bien el aguijón de la duda ha de tomarse como parte de nuestra actual manera de existencia, no por ello tiene que hacer, necesariamente, una mella importante en las propias creencias. Más bien debe constituir un reto para una constante profundización de la propia fe.

Pero el riesgo de la tentación no puede crear en el ánimo una sensación de miedo que obstaculice la identificación interna con la verdad.

Fruto de ese miedo ha sido en muchos creyentes el encastillamiento, la cerrazón de miras, el quietismo. De esa forma se mira todo bajo un prisma mutilado, y la actitud de los otros puede resultarnos totalmente inaceptable.

El miedo ha llevado a muchos a evadir toda responsabilidad de investigación. Por el temor a perder la fe se han cerrado el camino a un enriquecimiento cada vez mayor. Y han adoptado posturas intransigentes con aquellos que no mantenían las mismas opiniones.

Sin confesarlo, en muchos creyentes ha existido el temor a estar equivocados y han preferido tapar los oídos a toda idea que pudiera sonarles a heterodoxa.

¿No adoptó la Iglesia, durante mucho tiempo, una disciplina cerrada que impedía la lectura de ciertos libros y hasta el diálogo con los que no estaban en comunión con ella?

Cuando la fe llega a un nivel consciente es preciso tener la suficiente humildad para saber reconocer las propias flaquezas, recordando la advertencia de Pablo : El que crea estar seguro cuide de no caer (1a. Corintios 10,12).

Cada día el creyente deberá renovar su profesión de fe, pero, al mismo tiempo, exclamar como el hombre del Evangelio: Creo, Señor, pero aumenta mi fe (Marcos 9,24).

Si apuntamos hacia un objetivo inmutable, como es la Verdad, lo hacemos a través de un instrumento que adolece de muchas imperfecciones. Basta que una causa cualquiera perturbe el ánimo para que las nubosidades oscurezcan el panorama.

Por otro lado, aunque el creyente acepte como por descontado que está adherido a la verdad revelada, no recibe de ésta una luz que le permita ver las cosas con claridad meridiana. La fe se sustenta de la autoridad divina y no de evidencias. Si así fuera ya no sería fe.

LA RAZÓN DE LOS INCRÉDULOS

Entre las muchas personas que se declaran ateas, incrédulas o simplemente indiferentes en el aspecto religioso, no todas ellas lo hacen por querer abiertamente ir contra toda verdad trascendente. Una buena parte busca con sinceridad la verdad sin lograr conocerla.

No debemos olvidar que la fe del creyente es, ante todo, una gracia divina. No podemos afirmar, sin embargo, que los incrédulos hayan sido excluidos de ella, especialmente si se afanan por encontrar la Verdad.

Es posible que a muchos no les haya llegado la transmisión del mensaje, o lo han recibido en forma distorsionada.

Hay que confesar que no siempre se ha logrado una presentación correcta de Dios y de su mensaje. Por otra parte, a veces el testimonio cristiano en la aplicación práctica de la doctrina en la vida diaria, ha dejado mucho que desear.

Sin pecar de ligeros ni de ingénuos, es preciso señalar que a muchos individuos se les hace difícil creer viendo la forma de vida de muchos que se llaman creyentes.

Traigo a este propósito una anécdota de cuya autenticidad no puedo dar garantías, pero que es muy verosímil.

Se cuenta que el cacique Hatuey, habiéndose escapado de Quisqueya huyendo de los españoles, fue a parar a Cuba. Allí cayó por fin en las manos de sus perseguidores, quienes lo condenaron a morir en la hoguera. A punto de cumplirse la sentencia, uno de los sacerdotes que allí se encontraban le exhortó al arrepentimiento y aceptar el bautismo, para así ser perdonado por Dios y entrar en el cielo. Hatuey, cuya ignorancia del cristianismo es presumible, preguntó al sacerdote si aquellos que lo torturaban tambien irían allá. De acuerdo a lo narrado la respuesta fue afirmativa, negando entonces el cacique - con mucha razón, agrego yo -, el deseo de encontrarse con sus verdugos aún más allá de la muerte.

Podría aducirse el simplismo del sacerdote en su respuesta, si ésta fuera cierta, pero no cabe duda que muchas veces se incurre en tal cortedad de visión al tratar de presentar el mensaje cristiano.

Sin que tenga una relación directa con la misma veracidad de las proposiciones doctrinales, el testimonio de vida de los cristianos es fundamental para las mayorías, que están mucho más capacitadas para aceptar lo que ven que lo que analizan con un pensamiento crítico.

No es casualidad que muchas objeciones presentadas contra la Iglesia vayan por este camino. Así se habla mucho de las riquezas vaticanas, del boato, de la moralidad de los sacerdotes, de la preferencia por los ricos, etc., mucho más que de cuestiones estrictamente doctrinales.

Tenemos la afirmación atribuida al Mahatma Gandhi: Creo en Cristo pero no creo en los cristianos.

Por lo visto este hombre, a quien difícilmente se pueda acusar de irreligión, no podía relacionar armónicamente la doctrina de Cristo con la vida de sus seguidores y, por eso, prefería hacer tal abstracción.

REPRESIÓN DOCTRINAL

Ahora bien, siempre existen minorías preocupadas por el pensamiento y la investigación, a quienes se plantea el problema de distinta manera.

Es sabido el calvario que han tenido que soportar, dentro de la Iglesia, aquellos escritores o pensadores que se apartaban de la doctrina considerada como oficial. Cuando llegó a su apogeo la represión, muchos pagaron con sus vidas su rebeldía intelectual.

Esta persecución alcanzó en ocasiones a hombres que no pertenecían propiamente a la Iglesia, pero vivían en lugares donde ésta tenía suficiente influencia.

Los negros tiempos de la Inquisición asoman en la historia como una fea mancha de la que no se ha podido librar del todo la Iglesia de los tiempos modernos.

El fin perseguido con estos medios de terror era preservar a los hombres del error, cosa que necesariamente tiene que repugnar a la conciencia libre. ¿Cómo justificar crímenes, torturas y persecuciones, en nombre de una supuesta defensa de la verdad?

Esta aberración fue como una puñalada desgarrante que hizo antipático a muchos el magisterio eclesiástico. Se hizo muy difícil doblegar a hombres que exigían pensar libremente sin tutelas asfixiantes.

La ruptura entre los intelectuales y la fe se hizo cada día más visible, y fue producto, a mi modo de ver, de un prurito exagerado de la Jerarquía por controlar las mismas normas del pensamiento.

La Iglesia, destinada a ser medio de salvación, por esa obstinada propensión al autoritarismo de algunos dirigentes, puede convertirse en un serio obstáculo a la fe de muchos.

La descristianización que se opera es un tremendo reto a una Iglesia que no puede cerrar los ojos a sus propios errores. Al querer adoptar una postura inquisitorial cierra las puertas a mucha gente que quisiera una opción fe, pero sin entregar la libertad de su pensamiento.

La realidad de hoy nos presenta un mundo divorciado de la Iglesia, que ha perdido no sólo los poderes temporales sino la aceptación general como magisterio indiscutido.

Las encuestas hablan del poco caso que hasta muchos considerados católicos hacen de las normas oficiales. El porcentaje de asistencia a la Misa dominical ha bajado en forma alarmante por casi todas partes. Las parejas católicas optan por actuar en disconformidad con el pensamiento oficial en materia de planificación familiar. El mundo del cine, de los espectáculos, de la prensa, de las publicaciones, tiene en poca cuenta las enseñanzas de la Iglesia.

Vivimos en un mundo, más que arreligioso, a-eclesiástico. Se vive al margen de la Iglesia.

No es que yo afirme que la incredulidad es producto de los errores que sus dirigentes o miembros hayan podido cometer, pero no podemos condenar, sin más, a los que se apartan, sin tratar de comprender sus motivaciones, legítimas o no.

AL MARGEN DE LA IGLESIA

Si el mundo vive al margen de la Iglesia, con la que no se cuenta casi para nada en multitud de aspectos, ¿no es un signo para preocuparnos?

¿Puede la Iglesia encastillarse, sin más, en la Verdad que posee, y aceptar que las grandes mayorías están equivocadas y caminan irremisiblemente hacia su perdición?

¿No se decía antes que "la voz del pueblo es la voz de Dios"?

Si no podemos aceptar que la verdad dependa de lo que piense la mayoría, al menos es un signo de los tiempos esa realidad desgarrante de un mundo que ya no pretende tanto destruir la Iglesia como ponerla a un lado para que no moleste.

¿Por qué la Iglesia es considerada por muchos como un lastre innecesario?

Creo entender que a fuerza de subrayar la autoridad dentro de ella, se ha llegado a un momento de saturación que imposibilita a muchos su comprensión como comunidad de los creyentes. Se identifica Iglesia y Jerarquía, de tal manera que se pierde el sentido de su verdadera identidad.

No sería aventurado decir que "aquellos polvos trajeron estos lodos". La actual situación es el resultado de siglos de estricto control en los que la Iglesia, abusando de las amenazas de una eterna condenación, mantuvo cerrado el camino a todo empeño de libertad.

Hoy, cuando ya los gobiernos están en manos laicas, sin ninguna disposición a acatar normas superiores, y cuando el descreimiento de tantos hace insatisfactoria toda alusión a una eterna condenación, la Iglesia tiene la obligación de plantearse seriamente si puede, en nombre de Dios y de la verdad, lanzar un terrible anatema contra todos, o planificar el rescate, no de las posiciones perdidas, sino de las ovejas que se han separado, con métodos más evangélicos y menos autoritarios.

¿No sigue siendo válido el que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1a. Timoteo 2,4)?

Si esto es así, la Iglesia, como Madre y Maestra, no puede sino lanzarse a la búsqueda de los ausentes sin más bagaje que su amor.

El Padre del hijo pródigo no lanzó rayos y truenos contra el descarriado, sino que supo esperar con paciencia la hora de la reconciliación.

La misión de la Iglesia, si bien no le permite aceptar el error como verdad, tampoco la autoriza a adoptar posturas autoritarias que empobrecen su imagen y la hacen lejana a la comprensión de los hombres.

La pastoral no puede utilizarse para poner "camisas de fuerza" al pensamiento, sino para exponer la enseñanza de Cristo en toda su profundidad, pero sin alardes de un control extremista.

INCREDULIDAD ACOMODATICIA

Como ya dije, no podemos ser tan ingenuos como para hacer culpable de todo a la Iglesia, ya que si bien sus errores pueden haber influido en las desviaciones religiosas de mucha gente, no constituyen, ni con mucho, los únicos motivos de incredulidad.

Hay individuos que consideran la fe como un peligroso factor de freno a sus apetencias materialistas y esto los llevará a adoptar una postura puramente acomodaticia.

En este caso tenemos la barata filosofía de los que afirman que "lo bueno es lo que me agrada". Si afirmar creencias les resulta adecuado, en un momento dado, para conseguir algún beneficio, no dudarán en aceptar semejante proceder, aun cuando interiormente rechacen todo asentimiento verdadero.

La frase "París bien vale una Misa" atribuida a Enrique IV de Francia, puede invocarse como ejemplo de la posición referida.

Muchos se autoproclaman ateos o incrédulos porque les molesta la presencia de alguien que pueda controlar sus actos o a Quien haya que dar cuenta de los mismos al final de la vida.

Prefieren no tocar el tema de Dios. Lo reprimen, para así dar rienda suelta a sus apetitos. A veces sentirán "cosquilleos" en la conciencia, quizás producidos por una enseñanza moral recibida en la niñez, pero logran disipar tales escrúpulos con suma facilidad.

No dudaría en afirmar que, aunque resulte un motivo demasiado grosero, éste que señalamos es bastante común en muchos incrédulos. Su miedo a un compromiso moral, a una constante superación en todos los aspectos, lo que supone esfuerzos y sacrificios, resulta demasiado duro para ellos y terminan por desertar de toda actividad religiosa y abandonarse a una vida desprovista de todo sentido moral.

INCREDULIDAD ERUDITA

Los incrédulos más sesudos, desde luego, son aquellos que se apoyan en argumentos filosóficos, científicos o intelectuales para negar la existencia de Dios y la importancia de la religión.

Del fluir de sus propias ideas y de las de otros a quienes siguen, concluyen su incredulidad.

Muchos de ellos adoptan su postura con una marcada sinceridad. A veces no tienen siquiera reproches para los que creen, y hasta sienten pesar de no poder pensar de la misma manera.

Otros, sin embargo, llegan al análisis destructivo de la religión, a la que consideran elemento pernicioso y alienante contra el que es menester combatir.

Estos últimos se sienten obligados a una militancia antirreligiosa, tratando de destruir los fundamentos de la fe, de los que se ríen descaradamente.

No hay que deducir, necesariamente, de semejante postura, una malicia abyecta en tales opositores de la religión. Muchos de ellos creen, sinceramente, en los postulados que sostienen.

Ni que decir tiene que el enfrentarse a sus críticas puede ser de gran ayuda al creyente, ya que le obligan a profundizar en sus propios conceptos y a contestar los ataques con argumentos sólidamente estructurados.

La existencia de los incrédulos de todo tipo constituye un reto a la comunidad creyente. No se trata, desde luego, de adoptar una postura estrictamente defensiva, ni de enarbolar histéricamente las banderas de un ejército presto a la lucha.

Se trata, más bien, de analizar serenamente, sin miedo alguno, las propias posiciones y la de los contrarios. Más que una guerra lo que conviene es el diálogo constructivo, que permita a unos y otros comprenderse mejor y lograr un acercamiento en base a aquellos puntos que resulten aceptables para unos y otros.

PERSECUCIÓN DOCTRINAL

Lo que es inaceptable desde todo punto de vista es la preponderancia de las propias ideas apoyadas en la fuerza política, militar o económica que se posea.

Ya he reprochado a la Iglesia el haber abusado del poder para someter a los disidentes. La prisión, las torturas, la muerte, fueron aliados de un dogmatismo exagerado, algo totalmente innecesario cuando de hacer prevalecer la verdad se trata.

No aprendieron sus dirigentes de los errores cometidos primero por los judíos y luego por los gobernantes romanos, al perseguir despiadadamente al Cristianismo sin resultado alguno.

No aprendieron del hermoso argumento de Gamaliel, en el Sanedrín judío, cuando pedía a sus colegas terminar con la persecución a los cristianos:

Pero levantándose en el concilio un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, hombre respetado de todo el pueblo, mandó que se retirasen afuera por un breve rato a aquellos hombres. Y entonces dijo a los del concilio: ¡Oh israelitas!, considerad bien lo que vais a hacer con estos hombres.

Sabéis que hace poco se levantó un tal Teodas, que se vendía por persona de mucha importancia, al cual se asociaron cerca de cuatrocientos hombres: él fue muerto, y todos los que le creían se dispersaron y redujeron a nada.

Después de éste surgió Judas Galileo en tiempo del empadronamiento, y arrastró tras sí al pueblo: éste pereció del mismo modo, y todos sus secuaces quedaron disipados. Ahora, pues, os aconsejo que no os metáis con esos hombres, y que los dejéis; porque si este designio o empresa es obra de hombres, ella misma se desvanecerá;pero si es cosa de Dios no podréis destruirla, y os expondríais a ir contra Dios. Todos adhirieron a este parecer.

Y llamando a los apóstoles, después de haberlos hecho azotar, les dijeron que no hablasen más ni poco ni mucho en el Nombre de Jesús; y los dejaron ir (5,34-40).

Lejos de eso, los dirigentes de la Iglesia la hicieron asumir un papel que le era totalmente impropio. De perseguida la convirtieron en perseguidora.

Eran otros tiempos, se dirá, y la mentalidad asumida era muy distinta a la nuestra. Esto puede ser un argumento conveniente para una mejor comprensión del fenómeno, pero en modo alguno puede servir para justificarlo.

De todas maneras, y aunque ello no pueda servir de excusa válida, no ha sido la Iglesia la inventora de las persecuciones ideológicas ni la única en practicarla. Más bien, por haber sido primeramente víctima de ellas, se puede deducir que su error al tomar tal papel se debió al deseo de sus dirigentes de dar el primer golpe y evitar así los pasados sufrimientos.

Manera, desde luego, totalmente inconsecuente con su propia doctrina, ya que su misión está claramente delineada por Jesús como una empresa de amor y no de coacción ni de intimidación.

La consigna del Maestro apunta a preferir la persecución y la muerte antes que claudicar, no perseguir a su vez a los contrarios para así evitar el peligro de claudicación.

Es consecuencia directa de su misión no el perseguir, sino ser perseguida. Esto se ha demostrado innumerables veces a lo largo de su historia.

¿Por qué este germen provocativo que incita en otros el deseo de su destrucción?

Porque la Iglesia se debe colocar delante de todos, con absoluta independencia, alumbrando un camino que a veces resulta demasiado molesto. Debe defender a los pobres, a los oprimidos y explotados sin demagogia alguna, sabiendo anteponer la justicia y la verdad a cualquier tipo de negligente complacencia con los unos y los otros.

Esta postura, que en modo alguno es nadar entre dos aguas, aunque a menudo pueda dar esa impresión, la hace asumir un papel incómodo que provoca las iras de los que no son capaces de aceptar la presencia de un índice acusador ni una conciencia vigilante ante todos los problemas humanos.

No sería aventurado decir que cuando la Iglesia es fiel a la misión recibida, casi necesariamente suscita la persecución de los que se ven amenazados por la doctrina que predica.

Y es que "no pudiendo ser el discípulo más que su Maestro", toca a los que siguen a Jesús la parte correspondiente a sus dolores y sufrimientos.

Cuando la Iglesia no confronta ningún problema, fácilmente se desliza a la comodidad y la complacencia, desafinando con la original partitura recibida de su Fundador.

No es que yo asuma la certeza de que en todo momento la Iglesia debe ser perseguida en forma sangrienta para ser digna de su altísima tarea, pero sus actuaciones han de causar, al menos, escozor en el corazón de los seres humanos.

Ella debe representar al bien, sin pretender su monopolio. El mal, que lamentablemente en toda época deja sentir su presencia, hará todo lo posible por destruirla o hacerla claudicar. Si bien lo primero es imposible, sí ha logrado, en ocasiones, hacerla tambalear por la flaqueza humana de sus dirigentes y miembros en general.

¿CIENCIA CONTRA FE?

Existen los científicos que aceptan sus limitaciones, y los hay que presuponen fantasiosamente que tienen en sus manos la clave de todos los conflictos y la solución de todos los problemas.

La ciencia es una gran conquista de la inteligencia humana que no podemos desdeñar. Granito a granito, a lo largo del tiempo, ha sido construida como un magnífico edificio al que algo siempre se le puede agregar.

Pero la ciencia, hay que reconocerlo, tiene sus límites, y no puede pasar del área de lo experimentable. Cuando, a través de sus investigaciones, quiere seguir más allá del horizonte lógico de sus conclusiones, se presta a desbarrar irremediablemente.

No hay que negar que algunos han querido ver una confrontación entre la fe y la ciencia, pretendiendo derrotar a la primera con sólidos argumentos considerados incontrastables. Pero tal cosa no existe. La ciencia y la fe circulan por dos vías que si bien no resultan incompatibles, no son necesariamente paralelas ni convergentes.

La fe se apoya en la razón iluminada por la Revelación divina. La ciencia es el producto de la experimentación comprobable en medios puramente humanos.

Esto no indica que lo descubierto por la ciencia se oponga a lo revelado, sino que esto último llega mucho más allá de los límites a los que tiene acceso la ciencia.

Una cosa comprobada y verificada científicamente nunca estará en contradicción con la verdad revelada. Puede existir tal situación cuando, en nombre de la ciencia, se pretende rebasar aquel perímetro admisible a la misma.

De un dato comprobable se quiere pasar, muchas veces, a meras suposiciones teoréticas que sólo prueban un hinchamiento excesivo de sus proponentes.

Es completamente seguro que nunca nadie podrá encontrar argumentos sólidos para destruir los fundamentos de la fe. Las pretensiones en este sentido, que han sido muchas con el correr del tiempo, se estrellan irremisiblemente contra una roca indestructible.

Fe y ciencia pueden darse perfectamente la mano, ya que no tienen por qué mantenerse enemistadas. Son sólo algunos individuos los que quisieran tal situación en nombre de sus propias ideas.

La fe no tiene que temer de la verdadera ciencia. Por el contrario, mientras más amplio sea el conocimiento que el hombre posea de sí mismo y de lo que le rodea, más fácil le será acercarse a su Creador.

El hombre moderno está en una situación mucho más favorable para adoptar una actitud crítica y consciente ante el hecho religioso que sus antepasados de hace siglos.

El mismo Dios demuestra un método pedagógico en su forma de comunicarse y revelarse a los hombres, ya que avanza por etapas, dejando ver que no estaba el hombre preparado para recibir ciertas verdades en un tiempo determinado.

Y aunque se acepte que la Revelación propiamente dicha, según la concepción cristiana, terminó con la muerte del último de los apóstoles, a lo largo del tiempo se ha ido realizando una profundización doctrinal, en la que han influido las conquistas científicas y los avances obtenidos en todos los campos.

La ciencia colabora con la fe. La reflexión del creyente recibe un gran aporte de los conocimientos que adquiere dentro de una categoría puramente humana.

Está demostrado que aunque el saber no se identifica con el creer, la conciencia de la fe y la profundización en la doctrina son más factibles al individuo humanamente desarrollado.

El que algunos científicos profesen incredulidad sólo prueba que, despistados por su prurito de precisión en las conclusiones experimentales, han llegado a un racionalismo negativo que minimiza sus posibilidades de proyección más allá del campo de lo permisible a la ciencia pura.

Pero esto no quita para afirmar que el desarrollo integral de la persona, que permite una mayor amplitud intelectual y una visión más clara del Universo, es un paso importante para la profundización de la fe.

IGNORANCIA RELIGIOSA

Es fácilmente constatable - dato que debe preocupar enormemente a todos los agentes de la pastoral -, la ignorancia religiosa que existe aún entre los cristianos que asisten habitualmente a las reuniones litúrgicas.

La causa de esta situación no puede ser achacable sino a los encargados de la enseñanza doctrinal, que incluye a todos los dirigentes de la Iglesia.

Lo que interesa no es perder el tiempo en pesquisas estériles para descubrir culpables, sino en aportar soluciones prácticas que superen las anteriores deficiencias.

Desde sus comienzos la Iglesia comprendió claramente la necesidad de una enseñanza sistematizada de su doctrina. Aunque los miembros de la comunidad debían reunirse cada semana para celebrar la liturgia eucarística, que incluye una parte dedicada a oír la Palabra de Dios y comentarla, se dedujo prontamente que esto no era suficiente.

Por de pronto, las mismas lecturas bíblicas y el lenguaje litúrgico necesitaban de una iniciación que permitiera su comprensión a los participantes.

De ahí que luego de anunciada la "Buena Nueva" de la salvación por Cristo, a los convertidos se les sometiese a un adoctrinamiento más o menos intensivo que les diese una vision global de Jesús y sus enseñanzas.

Este adoctrinamiento fue conocido como "catequesis" - palabra que viene a significar "hacer resonar" o "comunicar de viva voz". Esto, aunque con altibajos, ha llegado hasta nosotros como el método fundamental usado por la Iglesia para la iniciación de los adultos antes del bautismo, y de los niños y jóvenes bautizados para la preparación de su primera comunión y confirmación.

Esta catequesis no responde, en muchos casos, a las exigencias de un verdadero adoctrinamiento, ya que se realiza con frecuencia en forma superficial, como para salir del paso, y no llega a formar criterios cristianos en los catecúmenos.

La principal causa de este fallo se encuentra en la falta de personal idóneo para realizar esta tarea. Frecuentemente se confía en la buena voluntad de los que se ofrecen para trabajar en este apostolado, sin que posean conocimientos suficientes ni entrenamiento apropiado para desempeñar con eficacia su labor.

Aunque se hacen esfuerzos para corregir estos males, no es fácil conseguir soluciones a corto plazo.

De todo ello se desprende una ignorancia generalizada que inclina al confucionismo, a la religión fetichista, a la superstición y al sincretismo.

Por todas partes vemos gente que hasta hizo su primera comunión, pero carece de unos elementos básicos doctrinales por los que pueda deducirse que conocen el cristianismo. Lo más común es, por tanto, encontrarnos con cristianos que bien pudieran llamarse budistas o mahometanos, ya que saben bien poco tanto de lo uno como de lo otro.

Con semejante situación, que es general en muchos de los países con mayoría supuestamente cristiana, no queda otro remedio a la Iglesia que un replanteamiento de toda la enseñanza religiosa, haciendo hincapié en la formación de líderes capaces de un adoctrinamiento sustancial y profundo que permita, con el tiempo, una mayor conciencia a nivel general.

Es lástima que muchos instrumentos idóneos para aumentar esta conciencia se descuiden con tanta facilidad. Las ultreyas semanales de los cursillistas de Cristiandad, por poner un ejemplo, si hubieran mantenido el plan original de ser una escuela para afianzar los conocimientos logrados en el mismo cursillo, no hubieran quizás declinado hasta casi desaparecer como ha ocurrido tan tanta frecuencia.

Así otras oportunidades deberían ser aprovechadas al máximo para, dentro de un clima de libertad por las opciones de cada cual, se ofrezca la oportunidad al creyente de una constante superación en sus conocimientos y una mayor toma de conciencia de sus propias convicciones y creencias.

TESTIMONIO APOSTÓLICO

Creer en Cristo es aceptar lo que nos fue transmitido por sus discípulos más adictos: los apóstoles.

Los historiadores de su tiempo, con alguna excepción, ignoran totalmente su vida y su obra. Sin embargo, su presencia - aun desde el punto de vista de la Historia -, iba a ser decisiva, pues la cortaría en dos pedazos.

¿Es creíble el testimonio de los apóstoles?

Sabemos que Jesús no escribió nada. Todo lo que de El sabemos está contenido en los libros que componen el Nuevo Testamento y en algunos documentos de los primeros siglos.

Es preciso señalar la pobreza de medios que parece escoger Dios en todo lo referente a su Hijo. Nace en el seno de una humilde familia que ni siquiera encuentra un lugar aceptable a la hora del parto. Luego su vida transcurre en la más completa oscuridad, y cuando emerge a la actividad pública se rodea de hombres insignificantes, ignorantes y rudos.

Lo único que le distingue y le convierte en una celebridad entre los israelitas es su verbo encendido, su sabiduría y los numerosos milagros que efectúa y que llenan de perplejidad a todos.

Sus actuaciones llenan de miedo a los poderosos de Israel, que temen un levantamiento sedicioso que los barra de en medio. No quieren arriesgarse a ello y se adelantan, decretando su muerte, a sabiendas de que nada malo ha hecho.

Y aquel que profería hermosos discursos, sanaba a los enfermos y resucitaba muertos, se verá de pronto impotente para contrarrestar la saña de sus enemigos. Ha llegado la hora del poder de las tinieblas.

Por otra parte, la actitud de sus apóstoles nunca ha sido absolutamente definida. Su misma ignorancia los mantiene confundidos sobre los reales propósitos de su Maestro. Entre ellos existe la casi convicción de que restituirá la gloria a Israel, proclamándose rey y combatiendo el dominio ejercido sobre su pueblo por el Imperio Romano.

Ya sueñan con días de gloria y puestos de honor. No sólo es Judas - el que acabaría traicionándolo - el único en pensar de este modo. Todos, de una manera u otra, estan imbuidos de afanes materialistas.

Han de irse convirtiendo, poco a poco, a la idea de que su misión nada tiene que ver con reinos terrenales, sino que supone una entrega total a la construcción del Reino de Dios.

Al contemplar la realidad de los hechos, y a su Maestro clavado en la cruz, abandonado por ellos, que no supieron sobreponerse al terror que les dominaba - con la excepción de Juan -, su espíritu cayó abatido por la más horrible decepción. Su promesa de resurrección parecía haber caído en saco roto.

Estos, los mismos que iban a ser los testigos de su vida, de su muerte y resurrección, fueron los primeros en poner en duda la posibilidad de que la promesa se realizara.

Así reciben tímidamente los primeros síntomas de que su Maestro había vencido a la muerte. La actitud de Tomás, negando lo que sus otros compañeros afirmaban, es elocuente y demuestra los sentimientos que embargaban a todos. Los discípulos que iban camino a Emaús adoptaron una postura parecida.

¿Cómo estos hombres, que habían demostrado palpablemente su cobardía, se transforman en testigos celosos de la resurrección? No podemos creer que los animaba un interés material. Arriesgaban demasiado.

El que tantos se hubieran confabulado para sacar partido a una situación es posible, pero sólo si en ello no pusieran en peligro su vida.

Por el contrario, todo hace suponer que lo único que los animaba era una fuerza superior y una fe absoluta en las verdades que sostenían. Todos ellos estuvieron dispuestos a defender sus creencias con la vida. Testigos que firman con su sangre son dignos de crédito y respeto.

Por otra parte, ellos hablaban de hechos sucedidos recientemente. Su líder había muerto ignominiosamente. Todos los que abrazaban la fe corrían igual riesgo de ser perseguidos o muertos. Sólo una asistencia superior explica el fenómeno de la expansión de la doctrina del Crucificado.

Esta doctrina, en toda su pureza, es la que ha cautivado a miles de millones de seres humanos, haciendo de Cristo el centro de sus vidas. Ni las persecuciones, ni la muerte, ni los escándalos y defecciones en las propias filas, han podido destruir la firmeza de la institución por El fundada.

Para el cristiano, el testimonio de los apóstoles resulta convincente. Sus escritos tenidos como verdad, no porque ellos hayan mostrado valentía o santidad, sino porque se han visto asistidos por una gracia de lo alto.

De ahí que el Nuevo Testamento sea aceptado como Palabra de Dios dirigida a los hombres de todos los tiempos.

CREDIBILIDAD DEL MENSAJE

El sujeto pagano que recibe la invitación a adherirse a los enunciados de la doctrina cristiana bien puede formularse esta pregunta: ¿Será verdad lo que dicen? ¿En qué fundamentarse para aceptar tal cosa?

La presentación del mensaje cristiano se realiza, principalmente, a través del testimonio personal del creyente: "-Te anuncio esto como verdad salvadora porque yo lo creo".

La aceptación por parte del receptor es un "fiarse" del testimonio presentado que hace referencia a la persona de Cristo. De modo que creer, en sentido cristiano, significa aceptar como verdadera la realidad de Jesucristo como Hijo de Dios que ha hablado a los hombres en nombre de su Padre.

Toda verdad encuentra siempre la dificultad de su aceptación. Aun las realidades experimentales pueden ser objeto de discusión. Cuando lo que está en juego es la aceptación de algo no susceptible de experimentación, aumenta el riesgo de ser rechazado.

Queda, pues, a la libre determinación del sujeto el aceptar o rechazar el mensaje cristiano.

De todas maneras le es necesaria al creyente una ayuda externa, una iluminación especial, que lo haga capaz de un asentimiento a algo que está por encima de su capacidad cognoscitiva.

En la experiencia de los apóstoles vimos una transformación operada por la venida del Espíritu Santo. Su indecisión y hasta su incredulidad desaparecieron para dar paso a una fe dispuesta al testimonio total: el martirio.

No les bastó la evidencia de la resurreccion, al poder compartir con Cristo después de su vuelta a la vida, para sentirse capaces de anunciar el mensaje. No fueron realmente testigos hasta no recibir el auxilio de lo alto.

¿Significa que los incrédulos han sido rechazados por Dios caprichosamente, de modo que al ser excluidos de la fe están imposibilitados de la salvación?

Dice Pablo: Dios... quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1ª Timoteo 2,4).

Es realmente significativo que, a pesar de ello, veamos un positivo rechazo en muchos individuos a la verdad emanada de Dios. Es esto parte del misterio y no tenemos motivo alguno para afirmar la subjetiva maldad del que no confiesa su fe.

Por otro lado Cristo afirma: El que crea y se bautice, se salvará, pero el que no crea, se condenará (Marcos 16,16).

¿Cómo compaginar la voluntad y designio salvífico de Dios con las palabras de Cristo?

No es fácil sacar conclusiones. La fe presupone la predicación del mensaje. Así nos dice Pablo:

Porque es necesario creer de corazón para justificarse, y confesar la fe con las palabras u obras para salvarse. Por esto dice la Escritura: Cuantos creen en él, no serán confundidos. Puesto que no hay distinción de judío y de gentil; por cuanto uno mismo es el Señor de todos, rico para con todos aquellos que le invocan. Porque todo aquel que invocare de veras el nombre del Señor, será salvo. Mas ¿cómo le han de invocar, si no creen en él? O ¿cómo creerán en él, si de él nada han oído hablar? Y ¿cómo oirán hablar de él, si no se les predica? Y ¿cómo habrá predicadores, si nadie los envía?, según aquello que está escrito: ¡Qué feliz es la llegada de los que anuncian la buena nueva de la paz, de los que anuncian los verdaderos bienes! (Romanos 10,10-15).

Pero, ¿es siempre este mensaje lo suficientemente claro como para que no quede duda alguna sobre la obligación de aceptarlo?

En otra palabras, ¿es el hombre totalmente libre como para rechazar la salvación que se presenta en una forma incomprensible para su intelecto?

Es imposible externar un juicio sobre la responsabilidad que cabe personalmente al incrédulo por rechazar el anuncio de salvación. Sabemos que no siempre sus motivaciones pueden considerarse como una mala voluntad sino como fruto de sus propias limitaciones.

Por otro lado, existen millones de individuos que creen en Dios de una manera diferente a los cristianos, y hasta entre estos últimos hay diversidad de formas en el creer. Esto nos indica la real dificultad que existe cuando se trata de la fe.

La interpretación de las señales que nos hablan de Dios puede tener diversas claves ininteligibles entre sí. De Dios hablará el hindú, el judío, el musulmán o el cristiano transmitiendo en diferentes frecuencias.

Además, existen otras "escrituras" aparte de la Biblia. Los creyentes que prefieren la aceptación de esas "otras" formas de hablar de Dios tendrán una visión de lo divino y lo humano muy distinta de la que pueda tener un judío o un cristiano.

Lo que nos importa, más que nada, es fijar claramente una conclusión a propósito de la fe del creyente cristiano.¿Es creíble el mensaje apostólico? ¿Merece su aceptación? ¿O repugna a la inteligencia porque está vacío de objetividad?

Aunque toda proposición de una verdad no experimentable puede considerarse difícil de digerir a la luz de los conceptos puramente racionales, hemos de confesar que el mensaje cristiano tiene una relación lógica y una línea de continuidad que lo hace creíble.

No se trata de la enseñanza de alguien que irrumpe en la historia intempestivamente, sino de Aquel que había sido anunciado y esperado durante siglos.

La pobreza de medios usados, en general, con la excepción de los milagros, plantea un desarrollo planificado en concordancia con lo enseñado anteriormente. No se trata de convencer las inteligencias sino de transformar los corazones, realizando una Redención que sobrepasa los límites de lo temporal para introducir al hombre en una dimensión eterna.

La figura de Cristo se presenta no tanto como la de un profeta o taumaturgo, cuanto como la del Hijo de Dios en que han de cumplirse todas las promesas anunciadas desde antiguo.

Hemos advertido que todo lo relacionado con Dios no repugna a la inteligencia del hombre, ya que sin esfuerzo alguno la idea de Dios brota espontáneamente. Muchas de las tentativas para destruir la credibilidad en Dios son el fruto de un intelectualismo racional, empeñado en "liberar" al hombre de toda dependencia. Con ello se crea el mito del hombre increado, que nada debe a nadie y todo lo realiza por su propio esfuerzo.

Algunos prefieren, con tal de suprimir a Dios, hablar de azar, como si no fuera más repugnante a la inteligencia aceptar que todo lo que existe, el prodigioso ordenamiento y las maravillas todas del Universo, la misma actividad inteligente de los humanos, pudieran ser explicadas por algo tan sin sentido como el simple azar o la pura casualidad.

Pero los prejuicio ateístas de algunos científicos les hacen buscar las cinco patas al gato.

LA LÓGICA CREYENTE

Aceptado como creíble el mensaje cristiano, aunque muchos se nieguen a aceptarlo, lo que es perfectamente compatible, encontramos lógicas las formas de creer.

El creyente cristiano, más que a una serie de verdades, se adhiere a la persona de Jesús, al que ha aceptado como su Salvador. Este se convierte en la razón de su existir, su Camino, Verdad y Vida.

Por este motivo, lo que Cristo ha enseñado es considerado como un reflejo auténtico de la Verdad Divina y creer en ello es consecuencia obligada.

No es que digamos que para ser cristiano se requiera saber "todo" lo enseñado por Cristo y transmitido por sus apóstoles. Pero el creyente aceptará globalmen te toda su doctrina, que ha sido compendiada por la Iglesia en las llamadas "profesiones de fe", símbolos o credos.

El cristiano une su fe en Cristo a un seguimiento militante. Fruto de ello es su pertenencia a la Iglesia, de la que recibe, como prolongación de la obra de Jesús, una enseñanza, unos sacramentos, una experiencia comunitaria.

El creyente, consciente de las dificultades del creer, acepta la autoridad apostólica, transmitida por sucesión a los obispos, quienes son los encargados de mantener la sana doctrina frente a los posibles errores y desviaciones.

La existencia de esta autoridad ha ayudado a mantener la unidad en una misma fe, y si bien se ha acusado un cierto exceso en la misma, no significa que su presencia, como tal, no haya sido necesaria.

El creyente, aun conociendo los riesgos que entraña el creer y la grave responsabilidad que supone asumir un seguimiento consciente de Jesús, puede sentir que su fe no es un absurdo desde ningún punto de vista.

Desde luego, el cristiano está convencido de su condición de caminante, de peregrino, y esto supone un constante avanzar, profundizar, descubrir, escalar, en busca del Reino.

Esta situación presente que le impone el "creer sin ver" es lo que en realidad constituye la fe. Si el creyente viviera de evidencias, la fe no tendría razón de ser.

Todo el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos es un himno a la fe que comienza así: Es, pues, la fe el fundamento o firme persuasión de las cosas que se esperan, y un convencimiento de las cosas que no se ven (11,1).

Llegará el momento, como dice Pablo, en que sólo el amor permanecerá. (1ª Corintios 13, 8). La fe y la esperanza habrán cumplido su misión, que es la de sostener en la prueba al hombre peregrino.

¿UN MUNDO SIN DIOS?

Aunque son muchos los que afirman, apoyados en argumentos considerados científicos, que la creencia en Dios es una estupidez producto de la ignorancia, no parece que sus teorías lleguen a solucionar las grandes interrogantes que la misma existencia plantea al ser humano.

Es concebible que la ignorancia popular quiera asignar a Dios un papel que no le corresponde, para explicar muchos de los fenómenos que contempla.

El que se atribuyera al poder de espíritus malignos el origen de las enfermedades, y se pensara que Dios tiene una intervención directa y constante en todos los acontecimientos es una prueba de ello.

Pero esto no justifica, en modo alguno, que se pretenda suprimir a Dios de un plumazo, como si una interpretación desmedida de su actuación diera argumentos suficientes para sacar conclusiones favorables a su negación.

Cualquiera tiene derecho a afirmar lo que buenamente le parezca, y es comprensible que un individuo que, por las razones que sea, se declara ateo, trate de explicarse todas las cosas sin Dios. Pero sus argumentos serán, ante todo, frutos de una necesidad imperiosa de justificar su ateísmo. Sería muy extraño que un ateo, y más todavía si es un investigador científico, fuera a admitir que el Universo fue creado por Dios.

Lo que quiero decir es que es imposible que aparezca un ateo que lo sea porque ha llegado a la conclusión científica de que Dios no existe. Por el contrario, partiendo de su ateísmo, es que forma sus teorías y llega a sus conclusiones.

Por más que se empeñe el científico nunca podrá llegar a certificar solemnemente: Dios no existe, ya que tenemos todas las pruebas a la mano para demostrarlo.

A lo más podrá decir: la ciencia no cuenta con medios para afirmar la existencia de Dios, aunque hay indicios claros de la presencia de una inteligencia superior que ha ordenado todo lo existente.

El creyente, desde luego, no busca argumentos científicos para probar la existencia de Dios, aunque no desdeñe aquellas pistas que lo conduzcan a un mejor conocimiento de El.

Lo que hace al creyente es la aceptación del mensaje, de la Revelación: Nadie ha subido al cielo, a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre (Juan 3,13).

Las afirmaciones de que es posible un mundo sin Dios se estrellan contra la multitud de interrogantes que plantean las maravillas del Universo.

Mirándolo desde un punto estrictamente racional, las teorías ateízantes lucen más absurdas que las intuiciones de los primitivos.

¡Allá los que se quieran convencer de la lógica de sus razonamientos y destierren a Dios de sus vidas! Pero, ¡que no vengan a querernos convencer de que han encontrado la fórmula para explicar todos los misterios! ¡Bastante tenemos ya con la complicada intríngulis de la propia naturaleza humana!

¿PODEMOS ESTAR SEGUROS DE NUESTRA FE?

Ya he tocado el tema de las dudas que asaltan de tanto en tanto a todo creyente. La pregunta ahora formulada va más allá. ¿Es capaz el cristiano de estar seguro de que mantendrá su fe a lo largo de la vida?

Muchas personas sienten angustia al pensar en la posibilidad de que algo llegue a perturbar su mente y le haga cambiar sus criterios. No es aventurado afirmar que tal riesgo es verdadero, pues no son pocos los que han perdido la fe o apostatado de ella.

Ciertamente estamos tentados de exigirnos un convencimiento sin flaquezas, pensando que esto es posible sin una gracia especial. Lo verdaderamente hermoso dentro de una vivencia creyente es ese abandono en Dios a pesar de las propias deficiencias.

Por mucho que uno sepa de teología hay momentos en que sólo queda confesar humildemente que nada se comprende y que todo parece estar en penumbras. La fe no se sustenta con deducciones matemáticas, sino con la garantía de verdad que encontramos en Dios.

Ningún santo puede afirmarse libre de culpa. La santidad humana es participación de la divina, por un don gratuito que recibimos por la redención de Cristo. Ningún creyente puede negar su tendencia a la incredulidad, porque su fe no es algo meritorio sino una gracia que debe a Dios.

Cuando un creyente dice: "No siento la fe", lo que está es exigiendo evidencias sensibles que le libren del miedo a la incredulidad. Pero este miedo es connatural al hombre peregrino que avanza en medio de las tinieblas orientado sólo por la Palabra divina.

En esos momentos en que parece fallar la fe, el creyente debe recordar las hermosas palabras del salmista: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan ( Salmo 23,4).

El creyente, a quien es posible constatar en otros terrenos sus puros conocimientos humanos, debe comportarse como el niño que confía en la seguridad de su padre, a quien se abandona, cuando se trata de penetrar en el ámbito de los inexperimentable e inexpresable.

No hay que ver en ello ningún infantilismo. El fatuo orgullo de creer que mucho se sabe es capaz de perder al hombre. Este tiene una enorme capacidad para progresar cuando pisa sobre el terreno de lo que es su dominio. Pero más allá de sus límites debe acudir a la ayuda divina, como el inexperto explorador acepta la colaboración de los guías hábiles que conocen el terreno por el que se pretende avanzar.

La fe nos es posible sin una gran dosis de humildad. Recordemos lo dicho por Pedro: Dios resiste a los soberbios, pero concede su favor a los humildes (1ª Pedro 5,5).

UN RETO A LOS CREYENTES

Las afirmaciones de los incrédulos y su testimonio de vida constituyen un reto a la conciencia creyente.

Aunque se han dicho y escrito muchas tonterías sobre la religión en nombre de la ciencia, no siempre los ataques o críticas de los incrédulos carecen de objetividad. También nosotros, en nombre de la religión, solemos hablar más de la cuenta y combatir los argumentos contrarios sin verdaderas bases sólidas.

Unos y otros cometemos, con demasiada frecuencia, el error de partir de prejuicios y no de un análisis objetivo de las opiniones adversas. Si ya vamos, de antemano, dispuestos a mantener, contra viento y marea, la validez de nuestros principios, todo diálogo resulta imposible. Lo más probable es que unos y otros nos estemos perdiendo de un mutuo enriquecimiento por una testadurez e intransigencia que nada tiene de plausible.

Afirmamos estar convencidos de nuestros propios argumentos, pero fácilmente nos alteramos cuando otros pretenden demostrar lo contrario de lo que creemos. E inmediatamente surge una especie de antipatía rayana en el odio que nos impulsa a acoger los ataques, no como una invitación a una mayor profundización y ampliación de las propias ideas, sino como un reto a muerte que debe terminar con la destrucción de uno de los contrarios.

¿Por qué esa manía de defender la verdad con el celo de un cruzado? ¿No será que, en el fondo, tememos ver destruidos algunos de los pilares donde hemos colocado la base de nuestras creencias?

El creyente, ya lo he dicho, nada tiene que temer a los descubrimientos verdaderamente científicos. Por el contrario, mientras más se agranda la visión humana, más capaces somos de entender el misterio revelado.

Es aceptado que, si bien la Revelación terminó con la muerte del último de los apóstoles, quedan muchísimos aspectos que, aunque incluidos en ella, han de ser comprendidos mejor a medida que ampliamos nuestros horizontes intelectuales.

Los creyentes de hoy tenemos de la religión una visión mucho más profunda y amplia que la que tuvieron los que vivieron hace quince siglos, aunque su fe pudiera ser más firme que la nuestra. Esto último no hay manera de medirlo.

Hoy se admiten conceptos que hace unos pocos años parecerían una herejía perniciosa. Los mismos teólogos se sienten más libres para investigar y ahondar en los esquemas teóricos que tenemos sobre Dios. Y esto resulta grandemente positivo.

El oscurantismo imperante en la Edad Media trajo consigo una represión a las ideas que impidio una mejor comprensión de los asuntos. Hombres honestos, como Galileo, por sólo dar un nombre, se vieron perseguidos por defender doctrinas consideradas erróneas, ya que entonces existía un método demasiado rígido y estrecho para apreciar las investigaciones de los sabios.

A pesar de lo equivocadas que estaban las autoridades de aquellos tiempos, hemos de admitir que no hemos logrado desembarazarnos del todo de los métodos represivos. Los gobiernos de corte totalitario son hoy tanto o más celosos que lo fuera la Inquisición al perseguir ideas contrarias a lo establecido. Lo que antes se hacía en nombre de la religión, hoy se hace en nombre de la revolución o por razones de Estado. El libre juego de las ideas sigue siendo peligroso para algunas mentes.

Pero de la discusión sale la luz. Las muchas teorías que se han formulado han servido de peldaño para nuevas investigaciones y descubrimientos. Lo que afirmaba Galileo hoy resulta atrasado y en muchos aspectos erróneo. Pero no por ello hay que dejar de reconocer que sus opiniones ayudaron al progreso de la ciencia.

Si el aparato de los hermanos Wright resulta un esperpento al lado de los grandes "jets" de líneas majestuosas, no por ello se les deja de considerar los padres de la aviación, ya que sus trabajos dieron inicio a investigaciones posteriores que, basándose en sus principios, los superaron y perfeccionaron.

Los grandes pensadores, filósofos y escritores de los últimos tiempos han tenido una gran libertad para hablar, y han planteado teorías que necesitan ser estudiadas y analizadas por los creyentes. De esta revisión cuidadosa puede salir mucha luz. Nada que tenga que ver con la Verdad intangible se verá en peligro. Pero es posible que algunas formas de captar esa Verdad puedan ser modificadas para beneficio de los propios creyentes.

El reto que nos lanzan los incrédulos debe ser aceptado con optimismo y gran sentido de humildad.

En cuanto al testimonio de vida sería conveniente que modificáramos nuestros conceptos, pues tenemos la tendencia a considerar que todos los incrédulos, siguiendo una línea lógica, deben actuar en consonancia con sus ideas.

Tales incrédulos presentan muchas veces una faceta ilógica, digna de admirarse, pues muchos son ejemplo de civismo, de abnegación y de entrega a los demás. Esto debe movernos a un mayor compromiso y un mayor entusiasmo por la causa de la salvación de los hermanos. Si algunos, sin fe, están dispuestos a grandes sacrificios por la transformación del mundo, con cuánta mayor razón debemos hacerlo nosotros, creyentes, que además de perseguir un mundo mejor, aspiramos a su coronamiento con una existencia de plenitud en el Reino del Padre.

Es posible que si dejando de lado algunos inveterados prejuicios, analizácemos con interés los elementos positivos que nos presentan los incrédulos, estaríamos más capacitados para descubir la propia riqueza de nuestros planteamientos.

¿SON LOS CREYENTES UNOS ILUSOS?

Fue Sigmund Freud uno de los que nos habló de la religión como una ilusión. El padre del sicoanálisis, llevado más por prejuicios que por conclusiones científicas, arremete contra las creencias religiosas especialmente en sus obras "Totem y Tabú" y "El Futuro de una Ilusión".

No es mi propósito analizar las críticas del médico vienés - admirado por otra parte por muchos motivos -, sino tratar de explicar lo que puede encerrarse en el término ilusión aplicado a los creyentes.

Una ilusión es algo irreal, que sólo existe en nuestra mente provocado por el deseo.

El creyente no se ha forjado, en modo alguno, tal ilusión con respecto a Dios. Si cree en El lo hace primero porque es la única forma de explicar el origen de lo que vemos sin recurrir a la absurda teoría del azar o la casualidad. Esto es lo que determina esa propensión de los primitivos a creer en un ser divino, lo que todavía hoy no ha sido superado, pues la ciencia no ha podido, ni podrá nunca, aportar algo más convincente.

Pero, aparte del raciocinio propio del intelecto, el creyente acepta el mensaje de la Revelación, que muestra a Dios en diálogo con el hombre. No se basa la fe, por tanto, en un puro deseo producto de su mente, sino en la Palabra divina que proporciona los objetos de la fe.

No puede acusarse de ilusos a los que aseguran la existencia de Dios, pues la misma naturaleza nos ofrece suficientes motivos de admiración con toda su grandeza, por lo que nada tiene de extraño que exista una mente superior capaz de organizar tales maravillas.

Tampoco es ridículo ni ilusorio pensar en una existencia más plena después de la muerte, pues todo parece indicar un constante progreso que fácilmente alude a un perfeccionamiento ulterior.

El mismo Freud habla de la religión como una enfermedad, y deduce - muy poco científicamente por cierto - que sólo los débiles e ignorantes pueden creer en ella.

Aceptamos de buen grado que los incrédulos expongan sus ideas sobre la religión y sus críticas a los creyentes. Creo, como ya he dicho, que un diálogo fecundo puede resultar muy interesante y fructífero, pero hay que descartar el que la fe tenga nada que ver con lo ilusorio o irreal.

Es bien cierto que la experiencia religiosa no es experimentable sino por aquel que la vive. Muchos también hay que niegan la existencia del amor, porque lo desconocen, y también lo llaman ilusión.

Si hay que aceptar que muchas ideas de tipo religioso son infantiles, fruto de una desviación introducida por la ignorancia y la superstición, nada hay que justifique la afirmación de que la religión está ligada a lo ilusorio. Por el contrario, hasta desde el punto de vista puramente racional, la referencia a Dios se presenta como algo totalmente normal, una deducción lógica que nada tiene de fantástico ni provocada por una mente enferma.

La fe se basa en algo real como lo es la persona de Cristo y su mensaje. Y aun en los no cristianos la religión es una experiencia vivida plena y conscientemente, sin que haya derecho a confundirla con un trastorno puramente sicológico.

causas PARA LA INCREDULIDAD

Yo estimo que si muchos incrédulos lo son precisamente porque están llenos de prejuicios contra la religión, también muchos creyentes prejuzgan las actitudes de los incrédulos, como si todos ellos respondieran a una maldad interior.

¿Qué derecho tiene el creyente a lanzar anatemas sin conocer siquiera toda la lucha interior que puede existir en un alma? La mente humana es tan complicada que una tontería cualquiera puede causar una catástrofe espiritual.

Me recuerdo de un caso que puede venir a colacion. Un domingo del año 1961 me encontraba confesando en una iglesia de La Habana, después de haber presidido la Eucaristía, cuando un hombre se me acercó y me presentó un caso que, a mis ojos, era bien sencillo, pero que para él habia supuesto una tormento terrible por más de treinta años.

¿Qué le habia sucedido a este hombre? Siendo niño servía de monaguillo en una iglesia. Un día, ayudando en la Misa, y mientras el sacerdote repartía la comunión, una hostia cayó al suelo y él, llevado del primer impulso, se apresuró a recogerla. El celebrante lo llenó de inmediato de improperios por atreverse a tocar algo tan sagrado y esta reacción provocó en el niño una impresión tan imperecedera que desde ese momento sintió que había cometido una gravísimo pecado imposible de ser perdonado: estaba condenado irremisiblemente.

¡Qué alegría de resucitado cuando le hice ver que en aquella acción suya de niño no había habido ninguna falta y que el exabrupto del sacerdote sólo era comprensible por la forma de pensar de aquellos tiempos, o por una manera grosera de comportarse, de la que los sacerdotes no somos inmunes.

Con este caso quiero resaltar los negativos efectos que puede producir algo tan simple. Yo me pregunto si con mis maneras de actuar no habré alejado a algunas personas de la comunión con Dios. Y así tendríamos que hacer todos los creyentes.

En muchas oportunidades, lo que produce incredulidad no es una reflexión de tipo ideológico, sino el efecto de un mal ejemplo o de algo por el estilo. Así lo demuestra el que cuando se habla de religión se discute más sobre hechos que sobre verdades.

Muchas veces he oído decir: "No vuelvo más a la iglesia porque el Padre X es de esta forma o de la otra". Bonita excusa, quizás, para tener un pretexto que exonere de obligaciones consideradas onerosas, pero que muestra que los hechos pueden más que las palabras.

Y esto nos recuerda la delicada obligación que tenemos los creyentes de dar buen ejemplo y ofrecer un testimonio constante. Aunque siempre se corre el riesgo del escándalo farisáico. Este consiste en ofenderse sin motivo alguno ante una acción o palabra considerada subjetivamente incorrecta. Lo que sucedía con los fariseos, que se escandalizaban con algunas enseñanzas y hechos de Jesús.

Cumplir con el deber tiene también sus complicaciones, y no siempre se es capaz de acertar a la hora de poner las cosas en su sitio. Pero estoy convencido de que siempre aparecerán personas que se han de escandalizar, farisáicamente por supuesto, y van a poner el grito en el cielo si se les exige un mínimo de condiciones.

Sabemos que muchos se acercan a la Iglesia guiados más por tradiciones y hasta supersticiones, que por convicciones profundas. La ignorancia les hace creer que las cosas han de ser como ellas dicen, y cuando alguien trata de hacerles comprender, casi nunca son capaces de aceptar razones.

Los que quieren una religión acomodaticia, libre de compromisos y fácil de llevar, no son sinceros al buscar la Verdad. Los tales pretenden quedarse en lo superficial. Con ellos no hay nada que hacer. Mientras no cambien su actitud, cualquiera que les predique la verdad será mal recibido. Como los fariseos, dan más importancia a lo de afuera que a lo de dentro. Cristo no tuvo reparos en señalar que el escándalo de los fariseos no tenía verdadero fundamento.

El creyente no tiene que sentirse culpable de la incredulidad de nadie, a no ser que su testimonio sea efectivamente negativo. Si ha de cuidar el trato con los demás no debe transigir con los que de la religión sólo aceptan el caparazón. Si éstos se escandalizan ¡allá ellos! El que busca la verdad sinceramente, es capaz de descubrirla mas allá de las contingencias humanas. El que tiene dificultades para creer porque no puede entender, debe ser comprendido. Pero al que sólo anda criticando lo que otros hacen, para así tener una excusa a su pretendida incredulidad, se le debe incluir en el catálogo de los fariseos.

¡No hay peor ciego que el que no quiere ver!

EL CREYENTE ANTE LA INCREDULIDAD

El hecho de que exista la incredulidad tiene que ser aceptado como un fenómeno normal que pertenece a los mismos riesgos del existir. Para mí, creyente, sería lo ideal que todos pudieran compartir mi experiencia de fe. Sin embargo, ¿qué puedo hacer ante esta realidad indiscutible de que muchos niegan hasta la misma existencia de Dios?

Esta misma situación tuvieron que afrontarla los apóstoles y los primeros discípulos, cuando eran un pequeño grupito portador de la Verdad del Evangelio en medio de una enorme masa de individuos que, o no profesaban religión ni creencia alguna, o se aferraban a las ideas aprendidas de antiguo.

Sin ningún aire de superioridad supieron pregonar las enseñanzas cristianas, dando testimonio inquebrantable de su fe. No se atemorizaron de que fueran tantos los que no compartían sus ideas ni trataron de imponerlas a nadie por la fuerza.

Simplemente trabajaron con entusiasmo, viendo que lentamente la semilla por ellos sembrada iba dando su fruto.

Es cierto que era de esperar que a estas horas la doctrina cristiana hubiera sido aceptada por la mayoría de los seres humanos. Sin embargo constatamos un retroceso. Ni siquiera entre los millones que contamos como cristianos podemos afirmar que existe un firme arraigo del mensaje evangélico.

Distintas encuestas que se han hecho demuestran que muchos llamados cristianos profesan ideas contrarias a la verdadera ortodoxia, llegando algunos hasta negar abiertamente la divinidad de Jesucristo o la vida más allá de la muerte.

¿Qué ha sucedido? El impulso de los primeros tiempos fue perdiéndose paulatinamente, debido sobre todo a la influencia del materialismo ambiental que incitaba a la corrupción.

Todos los errores cometidos trajeron como resultado una falta de conciencia y un divorcio entre la fe y la vida. Muchos llegaron a tomar la religión como un instrumento de sus intereses egoístas, o simplemente hacían una profesión de fe religiosa totalmente inconsistente.

Las crisis sufridas por la comunidad eclesial necesariamente han influido en la obra misionera y hasta en el mismo cuidado pastoral de los fieles, de modo que si por un lado se ha perdido la oportunidad de nuevas conquistas apostólicas, por el otro se ha dejado sin alimento sustancioso a muchos creyentes.

Esto no quita para que digamos que siempre ha habido un núcleo de creyentes bien formados y de vida santa. Pero humildemente debemos confesar que el mandato de Cristo no ha sido cumplido a cabalidad. Aquellas palabra suyas, Vayan y anuncien el Evangelio a toda criatura, siendo mis testigos hasta los confines de la tierra no siempre han sido consigna de los que se llaman sus discípulos.

Lamentarse del pasado no resuelve las cosas. Hoy como ayer estamos urgidos por la Palabra de Dios. El problema actual no es preguntarse qué hicieron o no hicieron los otros. Esto puede ser conveniente sólo para entender mejor la realidad. Nuestro compromiso, con todo, nos obliga a plantearnos qué hacer para que la fe en Cristo se propague de acuerdo a su expreso deseo.

Es seguro que si actuamos al igual que los apóstoles y discípulos de los primeros tiempos, sin preocuparnos de la cantidad de los incrédulos, sino de trabajar y formar comunidades que vivan su fe auténticamente, la semilla volverá a fructificar.

Esto es sumamente importante, pues la fe, siendo un asunto personal, apunta a una experiencia comunitaria, ya que por el Bautismo fuimos consagrados como miembros del Pueblo de Dios en marcha hacia la Patria prometida.

En la medida en que nuestra vivencia de la fe penetre en todas las manifestaciones de nuestra existencia seremos ese fermento que irá transformando la masa.

Pero, ¿no dijo Jesús que la mala levadura sólo sirve para botarla? ¿No preguntaba que si la sal se dañaba con qué se salaría? ¿No enseñó que la luz había que colocarla en lo alto para que alumbrara a todos?

No siempre los cristianos hemos cumplido nuestra misión de ser levadura, sal y luz. Las metas esperadas no han sido alcanzadas. Toca a nosotros continuar la tarea, empuñando el arado sin mirar hacia atrás.

Por lo demás, sólo se nos pedirá cuenta de lo que hayamos hecho y no de lo que hayamos conseguido.

El creyente debe pues trabajar sin desmayo, con el auxilio de la oración y la fuerza de los sacramentos. De nosotros depende la transformación del mundo.

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Página fue modificada: 29/08/2008 17:23

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