AB PADRE BAZAN

NUESTRA DEVOCIÓN A MARÍA

I. CÓMO ENTENDER LA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN

Sobre la devoción a María, la Madre de Jesús, hay lógicamente una doctrina aprobada por la Iglesia. Ahora bien, sin ir contra ella puede haber una gran variedad de opiniones que van del uno al otro extremo de la ortodoxia.

Se puede ser católico y estar en desacuerdo con las formas de interpretar y vivir aquellas cosas en las que no hay ninguna definición dogmática.

Así, la manera de vivir la devoción a María es muy diferente en unos católicos y otros, sin que pueda decirse que unos quieran a la Santísima Virgen más que los otros. En esta devoción hay unos que pueden hasta rozar el fanatismo, mientras que otros tratan de amoldar su cariño a María con las formas más en concordancia con la más sana Tradición de la Iglesia.

EL MENSAJE DE LA ESCRITURA

Si nos atenemos a lo que dice la Escritura tenemos que aceptar que la devoción a María es algo natural en los seguidores de Jesús. ¿Cómo no amar a aquella que no sólo dio a luz al Salvador, sino que también fue su más fiel seguidora?

María se presenta en los evangelios como la "sierva del Señor", obediente a su Palabra y siempre dispuesta a cumplir la voluntad divina. La vemos humilde y entregada, sin buscar reconocimiento de los privilegios que Dios le otorgara y que quedaron plasmados en las palabras del ángel y de Isabel, la madre de Juan el Bautista.

Nadie que lea desapasionadamente los relatos de Lucas podría pasar por alto que tanto Gabriel como Isabel hablaban hablaban en nombre de Dios y decían a María lo que Dios mismo quería transmitirle.

Veamos, por ejemplo, éstas: "Alégrate, favorecida, el Señor está contigo" (1,30).

O estas otras que el Espíritu Santo puso en boca de Isabel:

"¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?" (1,42).

Aquí se trastocan los términos. Se suponía que Isabel, por ser mayor, merecía el respeto y las felicitaciones de María. Sin embargo sucede lo contrario, pues Dios mismo hace que Isabel diga lo que nunca se le hubiera ocurrido de no ser por la inspiración divina.

De estas palabras, entrelazadas resultó luego una de las más conocidas antífonas dedicadas a María, que después, con otras que se agregaron, se convirtieron en la oración por excelencia a la Madre de Dios.

MARÍA EN LA LITURGIA

La Liturgia, con todo, ha sido muy parca a la hora de exaltar a María, pues, como sabemos, toda ella se dirige al Padre, por medio de Jesús en el Espíritu Santo, de modo que, aunque se le han dedicado muchas fiestas y existen muchos textos litúrgicos que la mencionan, ni en una sola ocasión se dirige la Iglesia oficialmente a Maria en forma directa.

Esto nos demuestra el sumo cuidado que la Iglesia siempre ha puesto en su oración oficial, dándonos con ello una pauta clara de lo que debe ser la verdadera devoción a nuestra Madre Santísima.

Si seguimos estos lineamientos no hay por qué caer en exageraciones ni poner ni quitar nada de lo que corresponde a María.

A ella la vemos adornada con todas las gracias y regalos que Dios ha querido otorgarle, al escogerla para ser la Madre de su Hijo. Pero en ella sólo podemos exaltar lo que Dios ha hecho, como ella misma se ocupa de enseñarnos al decir: "... porque se ha fijado en su humilde esclava" (Lucas 1,48).

Una verdadera devoción a María no es dedicarle el tiempo que debemos separar para Dios, sino unirnos a ella, imitándola en esa forma especial que ella tuvo para comunicarse con su Señor.

¿DEBEMOS REZAR A MARÍA?

No tenemos que poner en duda que a María podemos dirigirnos como hijos que somos, buscando su intercesión. Pero no debemos nunca olvidar, como nos enseñan los grandes maestros de la vida espiritual, que el objeto por excelencia de nuestra oración y contemplación debe ser el mismo Dios.

Incluso el rosario, como después explicaremos - que es la devoción mariana más extendida -, si lo miramos bien no está dirigido tanto a comunicarnos con María, por cuanto lo fundamental de esta devoción está en la contemplación de los diversos "misterios" de la vida de Jesús, por lo que sería más propio hablar de "oración con María", ya que, junto a ella, nos dirigimos a Dios por medio de esa reflexión en los grandes acontecimientos de nuestra Redención.

Con esto no estoy diciendo que no podamos rogar a María. La Iglesia sí que nos recomienda, en muchos documentos, esa devoción que incluye el pedir de ella su intercesión. Sabemos que como Madre ella tiene una gran influencia ante su Hijo, como lo demostró en las bodas de Caná,

por lo que siempre que acudimos a ella con sincero deseo de agradar a Dios, podemos estar seguros que conseguiremos lo que sea más conveniente. Ella nunca nos falla ni nos abandona.

El "Catecismo de la Iglesia Católica" habla así de ella: "María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos (Cf. Juan 19,27) a la Madre de Jesús, hecha madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y a ella. La oración de la Iglesia está sostenida por la oración de María. La Iglesia se une a María en la esperanza" (Número 2679).

II. FLOR DE LAS FLORES

El mes de mayo ha sido dedicado, desde hace mucho tiempo, a la Virgen. Esto tiene su explicación, pues en ese mes, en el hemisferio norte, se está en plena primavera, con flores brotando por todas partes.

La Iglesia ha considerado a la Santísima Virgen la Flor de las flores en el jardín de Dios, ya que quiso el Altísimo depositar en ella los mejores dones del Espíritu, haciéndola "favorecida" entre todas las mujeres.

El ofrecer flores a María es como un homenaje que hacemos al propio Creador, que se dignó regalarnos en la Virgen la Madre espiritual que tanto necesitamos.

EL ROSTRO FEMENINO DE DIOS

Sabemos que Dios no tiene sexo, que no es hombre ni mujer. Sin embargo, en la mente colectiva de los humanos la figura de Dios es concebida como la de un varón. Así nos lo muestran casi todas las representaciones pictóricas que se han hecho.

Con la incorporación de María al plan de salvación, Dios ha querido superar, de alguna manera, esta situación, haciendo que podamos ver en la Madre de Jesús la proyección amorosa de un Padre que nos ama, al mismo tiempo, con un amor paternal y maternal.

Esto es como salir al encuentro de las necesidades afectivas y sicológicas del ser humano, porque todos necesitamos de la presencia de una madre, y en nuestras relaciones con Dios la figura de María ocupa ese papel significativo que Dios ha querido otorgarle.

A JESÚS CON MARíA

En nuestra devoción a María no hay por qué andar confundidos. Los sectarios nos acusan de ser idólatras, o de colocar a la Virgen en un lugar que no le corresponde. Esto, tenemos que estar muy conscientes de ello, es falso.

Los católicos hacemos una clara profesión de fe. En primera persona decimos cada domingo: "Creo en un solo Dios". Excluimos, por tanto, que puedan existir otros dioses.

Nunca hemos comparado a la Madre de Jesús con el Creador ni le hemos rendido jamás un culto equivocado. María es sólo un instrumento de salvación, al que acudimos como medio para acercarnos más a su Divino Hijo, ya que es fácil acercarse a una madre, pues humana como nosotros, ha sufrido nuestros dolores y transmite nuestras penas al que puede resolverlas.

No se quiere decir con esto que tengamos que ir necesariamente a Jesús por María. Prefiero decir más bien que vamos a Jesús con María.

¿Podríamos desconocer acaso el papel que ella representó en la vida de su HIjo?

Ella, como alguien la llamó, es una "potencia suplicante". Acercarnos a la Virgen tiene que ser, siempre, un acercamiento a Jesús y a Dios, si lo hacemos con un sentido plenamente católico.

No tenemos la culpa de que algunos confundan las cosas, y conviertan la devoción a María en una superstición o una forma de sustituir prácticas paganas.

La Iglesia jamás ha enseñado a sus miembros que María tenga poder alguno, como no sea el de interceder. Si acudimos a Ella es porque sabemos que, dentro de la Comunión de los Santos, no hay como la Madre de Jesús para suplicar en favor de todos los seguidores de su Hijo.

No nos avergoncemos, como católicos, de nuestro cariño a María. Por el contrario, hemos de enorgullecernos de ser los que hemos recogido el legado que nos diera el propio Dios, y del que otros cristianos han hecho, lamentablemente, caso omiso.

Nada le quitamos a Dios cuando alabamos a María. ¿Acaso no dijo ella "me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho tanto en mí?" (Lucas 1,48-49).

III. LA MADRE

Hay personas que se empeñan en decir que María, la madre de Jesús, tuvo más hijos. Hasta quieren basar esta afirmación en los propios evangelios.

Leen, por ejemplo, en Mateo: "Pero antes de que vivieran juntos, quedó esperando por obra del Espíritu Santo" (1,18), o en Lucas algo sobre los "hermanos de Jesús" (8,19-21), y ya esto les resulta una prueba concluyente, que no deja lugar a dudas.

¡Qué manera de desconocer la indiscutible predilección que Dios demuestra por esa mujer que es María!

¿Cómo conciliar la vocación de Maria a ser la madre del Hijo de Dios, tan claramente expresada en el Evangelio, con la posibilidad de tener, posteriomente, otros hijos?

¿De modo que Dios la preserva del pecado original y la adorna con multitud de dones, y hace que en su vientre virginal germine la naturaleza humana del Mesías por obra del Espíritu Santo, para luego dedicarla a procrear y cuidar otros hijos, como si nada hubiera pasado?

Esto es inconcebible por absurdo. María agotó su capacidad maternal con la obra amorosa para la que Dios la destinó. No es que tengamos que rebajar la dignidad de la maternidad, sino de comprender que la de María fue única e irrepetible, ya que el útero que contuvo al Hijo Unigénito del Padre, hecho hombre, no podia albergar a nadie más.

Quien trate de decir lo contrario está guiado por prejuicios sectarios, con el único propósito de empañar la obra del propio Dios.

Pese a esa única posibilidad de concepción, podemos afirmar que María es el ejemplo por excelencia de maternidad, pues si bien no concibió por el amor a un hombre, lo hizo por una obediencia total a la voluntad de Dios, a quien ella amaba con todas las fuerzas de su ser.

Aunque hay muchas teorías al respecto, prefiero creer, mientras la Iglesia no diga lo contrario, que María y José sentían, el uno por el otro, un sincero amor que los llevó al compromiso solemne de los desposorios y a los preparativos de su boda.

Es en estas circunstancias que Dios deja conocer, primero a María y luego a José, los designios de su voluntad, que exigen de ambos renunciar a sus propios proyectos y orientar su mutuo amor a la obra de la redención de toda la humanidad.

No se trataba simplemente de procrear, de lo que José estaría totalmente ausente, como se lo expresa el ángel a María con toda claridad (Lucas 1,35), sino de consagrar su vida al Hijo que iba a nacer, lo que entrañaría, especialmente para ella, grandes dolores y sacrificios, como se los anunciara el anciano Simeón ( Ver Lucas 2,35).

Dios, que quiso que su Hijo, para realizar la obra de la redención de una humanidad corroída en lo más profundo por la soberbia, tomara una verdadera condición humana, necesitó de una mujer que lo albergara en su seno.

Pero esta mujer no podría, como no lo puede ninguna, realizar su tarea ella sola. Por eso Lucas subraya que el ángel Gabriel visitó a una virgen "desposada con un hombre llamado José" (1,27).

Es posible admitir que Jesús, siendo Dios, no necesitase de la educación de unos padres. A pesar de ello, el Padre así lo dispone, y José y María son encargados de brindarle amor y una auténtica experiencia de hogar, aunque entre ellos la relación sexual estuviese ausente.

El amor de José y María fue sublimado por la conciencia de su vocación específica, pero siguió siendo amor y amor conyugal, de tal manera que la Iglesia no duda en reconocer que su unión constituyó un verdadero y auténtico matrimonio.

No es el número de hijos lo que define una buena maternidad. María tuvo uno solo, pues se trataba del más grande de todos los hijos posibles. Pero ¡qué intensidad de entrega le exige Dios al elegirla para tal ministerio!

IV. LOS "OTROS"

HIJOS DE MARÍA

Si Ud. le pregunta a uno de esos cristianos que han hecho del ataque a la Iglesia Católica la principal de sus obligaciones, que cuántos hijos tuvo María, le dirá que por lo menos cuatro, aparte de Jesús.

¿En qué se basan esos confundidos cristianos para asegurarnos tal cosa?

Por supuesto que en la Biblia, dirán ellos. Bien clarito se habla en los evangelios de los hermanos y hermanas de Jesús, y hasta se dan nombres concretos: Santiago, José, Judas y Simón.

No podemos culparlos, pues es verdad que esos nombres aparecen y efectivamente se habla de hermanos y hermanas de Jesús.

Lo que ocurre es que esos cristianos se creen que la Biblia fue escrita con el lenguaje de nuestros días, y que han de tomarlo todo al pie de la letra. Y de este craso error es que sacan ellos sus equivocaciones.

EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA "HERMANO"

Lo primero que tenemos que recordar es que la Biblia fue escrita en otras idiomas distintos al nuestro, con otra mentalidad y en épocas muy diferentes.

Esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de estudiar un pasaje de la Escritura o comprender el significado de una palabra que pueda prestarse a confusión.

En el lenguaje de los tiempos de Jesús, y aún antes, la palabra hermano no significaba, necesariamente, "hermano carnal", sino que podía ser usada para designar también a los primos y parientes.

Un ejemplo clásico lo encontramos en el libro del Génesis. En 12,5 se dice que Abrán, al salir de su tierra nativa, se llevó consigo a Saray, su mujer y a Lot, su sobrino.

Más tarde, en 13,8, después de explicar las desavenencias que hubo entre los pastores de uno y otro, Abrán le dijo a Lot: "-No haya disputas entre nosotros dos ni entre nuestros pastores, pues somos hermanos".

En el Nuevo Testamento encontramos esta palabra, varias veces, con el significado de primos y parientes, a no ser que queramos darle un sentido literal para hacerla decir lo que más nos convenga.

LOS CUATRO HERMANOS

Los antes mencionados Santiago, José, Judas y Simón, ¿eran hijos de María, la madre de Jesús?

Claro que no. Sólo tenemos que escudriñar un poco en los evangelios para darnos cuenta de ello.

Veamos Marcos 15,40: "Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé..."

Aparece aquí una María que era la mamá de dos de ellos: Santiago y José. Ahora bien, ¿quién era esta María? ¿Se referirá el evangelista a la misma Virgen Santísima?

Desde luego que no. Pero, aunque Marcos no lo aclara, viene en nuestra ayuda otro evangelista, Juan, quien dice: "Estaban junto a la cruz de Jesús su madre; la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena" (19,25-26).

Quiere decir que esta María de Cleofás era la misma María de la que Marcos afirma que era la madre de Santiago y José. Es más, el mismo Marcos, en otras dos ocasiones, menciona a esta María llamándola "la de José" (15,27), y "la de Santiago" (16,1), refiriéndose a que era la madre de uno u otro.

También Lucas la llamará "la de Santiago" (24,10) y Mateo se referirá a ella, en dos ocasiones, como "la otra María" (27, 61 y 28,1).

HERMANA DE MARÍA

Y aquí, curiosamente, tenemos otra prueba del uso de la palabra hermano para designar a un pariente. Esta María, según Juan, era "la hermana de su madre".

¿Podríamos concebir que dos hermanas carnales lleven el mismo nombre de María, tan común por lo demás entre las judías de aquel tiempo?

Me parece que es muy poco probable, pues sería un motivo de confusión para todo el mundo.

Hay que suponer, por tanto, que esta María, esposa de Cleofás, era una prima o parienta de la Santísima Virgen.

EL MEJOR ARGUMENTO

Es bueno dar respuestas adecuadas a los que atacan las enseñanzas de la Iglesia usando las palabras de la Biblia.

El argumento más importante, como ya señalamos anteriormente, es el siguiente: María fue escogida por Dios para ser la madre de su Hijo. Ella fue visitada por el ángel Gabriel, quien le dijo que era "favorecida" de Dios y que iba a dar a luz un hijo que se llamaría Jesús. "Será grande, se llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David su antepasado; reinará para siempre en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin" (Lucas 1,32).

Luego, al visitar a su parienta Isabel, ésta dirá a María:

"-¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?" (Lucas 1,42).

¿Podría concebir alguien que tenga recta intención que esta mujer, que es favorecida con la gracia de Dios para dar a luz nada menos que al propio Hijo del Altísimo, por lo que es "bendita entre las mujeres" debido al fruto de sus entrañas, y la "madre de mi Señor", va luego a tener otros hijos como fruto de la unión con un hombre, por muy santa que sea la relación y muy santo el esposo?

Vamos, que habría que violentar demasiado las cosas y hacer caso omiso a todo el contexto en el que se desarrolló el plan amoroso de Dios para nuestra salvación.

El que no quiso que su Hijo tuviera un padre humano, y preservó a María en consideración de ese mismo Hijo, no iba a querer que luego fuese madre de otros.

La maternidad de María se agotó con Jesús. Un nacimiento así no podía sino sellar esa fuente de vida que había sido abierta con una sola finalidad y nada menos que por el Espíritu Santo.

Por lo tanto, y para concluir, debemos pensar que la Iglesia, al presentarnos a María como Virgen antes y después del parto, no hace sino interpretar lo que está muy claramente revelado en las páginas del Evangelio. Sólo quien quiera tergiversar las cosas podría pensar de otra manera.

V. EL CULTO A MARÍA

La devoción a María se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia, aun cuando no aparezca en el Nuevo Testamento.

Un testimonio importante de ello lo tenemos en los numerosos escritos que hoy conocemos como "apócrifos", en los que se habla ampliamente de María. Aunque la Iglesia no los aceptó como inspirados por Dios, es innegable que aportan datos estimables, aunque contengan también lamentables exageraciones.

Son, pues eso: un testimonio de algo que se sentía entre los cristianos, una gran admiración, un cariño especial, eso que llamamos devoción, por la Madre de Jesús.

MADRE DE DIOS

Con todo, pasará algún tiempo hasta que a la Virgen se le rinda un culto público y oficial, pues devociones paganas hubo, muy extendidas, a diosas-madres, por lo que podría prestarse a confusión y a distorsionar el legítimo respeto y amor que los discípulos de Cristo sentían por su madre.

Pronto, sin embargo, se entablaron discusiones sobre el papel de María y el lugar que le correspondía dentro del plan salvífico de Dios.

Nestorio, patriarca de Constantinopla, negaba que María fuese la Madre de Dios, título que popularmente se le daba, alegando que en Jesús había dos personas, una divina y otra humana, lo que iba en contra de la enseñanza de la Iglesia, que admitía en Cristo dos naturalezas pero una sola persona: la divina.

Nestorio fue condenado en el Concilio de Efeso, el año 431, donde la Iglesia defendió la legitimidad del título "Madre de Dios" dado a María, por ser la Madre de Cristo, Dios hecho hombre.

CULTO PÚBLICO Y OFICIAL

Esto, entre otras cosas, ayudó a que se fuese abriendo camino un culto oficial a María. Se comenzaron a usar en los templos imágenes de la Virgen y muchas iglesias fueron dedicadas a su nombre, mientras que, poco a poco, comenzaron a aparecer fiestas destinadas a resaltar los atributos o dones que ella había recibido de Dios.

Es importante resaltar que esto no significó, en ningún momento ni lugar, que se diera a María un culto idolátrico, ni siquiera que las iglesias dedicadas a su nombre fueran para realizar un culto exclusivo a su persona, como solía ocurrir en los templos paganos.

María siempre ha sido vista por la Iglesia como lo que es, la humilde muchacha de Nazareth, a la que Dios escogió, sin mérito alguno de su parte, para ser la Madre de su Hijo.

Fue el propio Dios quien la adornó y la llenó de gracias, y eso es lo que reconocemos en María, colocándola en el lugar que el Altísimo preparó para ella.

Aunque poco a poco muchas fiestas le fueron dedicadas, comenzando probablemente desde los finales del siglo IV, con la Anunciación, el Natalicio y la Asunción, los textos litúrgicos nunca se dirigen a María, sino a Dios, a quien se honra por los grandes favores que se dignó concederle.

Hoy en día la Liturgia de la Iglesia sigue destacando el lugar excepcional que María ocupa en la Historia de la Salvación, junto a su Divino Hijo. Con ello no se hace otra cosa sino seguir la larga tradición de aquellos que nos precedieron, desde los tiempos apostólicos.

CULTO DE HIPERDULÍA

Los teólogos llaman "hiperdulía" al culto que la Iglesia dedica a María, para destacar que se trata de algo diferente a aquel con el que se honra a los santos y al que llaman "dulía".

Ambos están muy lejos, desde luego, del culto de "latría" o adoración que sólo es ofrecido a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Dulía e hiperdulía son palabras que expresan el cariño y la veneración que debemos, en justicia, a María y a los santos, por su entrega tan especial, su total consagración a hacer la voluntad de Dios y su forma heróica de ejercitar las virtudes cristianas.

Por eso la liturgia recuerda, en las fiestas a ella dedicadas, los dones que Dios otorgó a María. No olvidemos, sin embargo, que todas las festividades de la Iglesia son un himno de alabanza a Dios, que ha hecho maravillas en los que ama.

LA VERDADERA DEVOCIÓN A MARÍA

Podemos decir, con toda exactitud, que la verdadera devoción a Maria y a los santos nos lleva necesariamente a Dios, pues ellos no son más que un reflejo de su grandeza y de lo que podemos llegar a ser nosotros también si, como ellos, estamos dispuestos a consagrar nuestras vidas a la gloria de Dios y bien de nuestros hermanos.

Una devoción a María que se quede en velas, flores y promesas, dejaría mucho que desear.

Si acudimos a María como si ella fuese el objeto final de nuestra fe y nuestro amor, de tal manera que lo esperáramos todo de ella, estaríamos subvertiendo los valores y convirtiéndola en una diosa pagana. Entonces sí estaríamos cometiendo el pecado de idolatría.

María sólo puede ser vista como un instrumento de misericordia divina. Mientras estuvo en la tierra cumplió admirablemente con lo que Dios pidió de ella, siendo, además, un ejemplo constante de esas virtudes domésticas y ordinarias que tanta falta nos hacen.

Allí, en Nazareth, podemos imaginarla como la mejor de las madres, de las esposas, amigas y vecinas. Siempre atenta a las necesidades de los demás, dispuesta a sacrificarse por el bien de los otros.

Ahora, desde el cielo, María vela por sus hijos, intercediendo por ellos y sirviendo de instrumento del Señor para atraer, con su amor maternal, a aquellos que se alejan de El.

Por eso es muy comprensible que Dios permita que se aparezca a personas humildes, recordándonos a todos, a través de Ella, cuál es el verdadero camino de salvación.

Amar y reverenciar a María, por tanto, es vivir con ella el camino de peregrinación que es esta vida. Tratar de imitarla es la mejor manera de demostrarle que la amamos.

VI. RECEMOS EL ROSARIO

CON MARÍA

Es innegable que una de las devociones marianas más extendidas y, al mismo tiempo, más bendecidas por la Iglesia, es el rezo del Rosario.

No podemos decir, sin embargo, que sea una de las más antiguas, aun cuando su origen data de hace unos diez siglos.

La Iglesia recibió en herencia del pueblo judío la costumbre de recitar los salmos, que junto con otros himnos propiamente cristianos, han formado, desde el principio, el centro de la oración comunitaria.

Los salmos se usaban no sólo en la celebración eucarística, sino también en un servicio de oración que solía hacerse, primero en las casas y luego en las iglesias, esto último sobre todo a partir del siglo IV, en la mañana y en la tarde. La asistencia a estos dos oficios fue ampliamente recomendada a todos los fieles.

SUSTITUTOS DE LOS SALMOS

Poco a poco estos oficios formaron parte importante de la vida de los monasterios, haciendo de los salmos una de las formas de oración preferida de los monjes.

Lamentablemente, al ir desapareciendo el latín como lengua viva, los fieles se fueron alejando de los oficios donde se empleaban los salmos, que en las sedes de las diócesis quedaron relegados a las catedrales, donde los canónigos tomaron la representación del pueblo.

Los fieles necesitaban, sin embargo, algo que llenara el vacío dejado por la dificultad de recitar los salmos en latín, ya que durante mucho tiempo no hubo traducciones de los mismos a las lenguas usadas por el pueblo. (Hablamos, desde luego, de lo que ocurrió en la Iglesia de rito latino).

Así fueron apareciendo distintas iniciativas. Una que fue, ciertamente, la precursora del Rosario, consistía en sustituir los ciento cincuenta salmos por la misma cantidad de "padrenuestros", que se iban recitando en distintos momentos del día.

Para contar los "padrenuestros" se utilizaron diversos métodos, como el uso de bolsas con piedrecitas, o cuerdas con nudos, que fueron las predecesoras del rosario como instrumento para contar las oraciones.

De la repetición de los "padrenuestros" se pasó a intercalar también algunas "avemarías", que al principio se recitaban sin ninguna especial división en misterios.

Sin embargo, algunos entendieron, con razón, que la simple repetición de las oraciones resultaba algo monótono, que podía hacer caer a los fieles en la rutina, por lo que comenzaron a agregar algunos pensamientos relacionados con los diversos momentos de la vida de Jesús.

Esto, posteriormente, llegó a ser codificado, sin que sepamos a ciencia cierta todos los pasos que se fueron dando para llegar a la elección de los misterios tal y como hoy los tenemos.

ORACIÓN VOCAL Y CONTEMPLACIÓN

El que esta devoción mariana se hiciera tan popular hay que atribuírselo a la labor de los padres dominicos, sobre todo después que el P. Alaine de la Roche, por el 1460, fundara la Confraternidad del Rosario, que atrajo un gran número de miembros. Esto, indiscutiblemente, dio una gran impulso a esta particular forma de oración.

Los papas vieron en ella una magnífica combinación, pues con la división en misterios, se unían dos formas importantes de comunicación con Dios: la oración vocal y la contemplación.

Tanto así que la simple repetición de las oraciones, sin que las acompañe la meditación en los misterios, no podría ser considerada, hoy en día, el verdadero rosario aprobado por la Iglesia.

El papa León XIII dedicó el mes de octubre a la Santísima Virgen, haciendo particular énfasis en el rezo del rosario durante el mismo. Con esto no hizo sino extender una fiesta establecida por san Pío V en honor a Nuestra Señora, la Virgen del Rosario, para reconocer la intercesión de María en la victoria obtenida por los cristianos en Lepanto, en contra de los turcos musulmanes, el año 1571. Esta fiesta se celebra el 7 de octubre.

REZAR CON MARÍA

Más que una devoción a María, el Rosario fue, desde sus comienzos, una manera de unión con Dios, sustituyendo los salmos bíblicos por la repetición de los padrenuestros y avemarías.

Lo que se dice vocalmente no es más que una ayuda a lo que se medita, de tal forma que la importancia radica, realmente, más en lo segundo que en lo primero.

Difícilmente podríamos poner tanto énfasis en esta devoción, como lo han hecho repetidamente varios Sumos Pontífices, si sólo se tratara de honrar a María. En realidad lo que hacemos es dirigirnos con ella al Padre por medio de su Hijo. Con ella nos unimos a las tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, de las que ella es hija, madre y esposa.

No sin razón se ha llamado al Rosario el "breviario" de los fieles. Así como los sacerdotes y personas consagradas deben recitar los salmos y otras oraciones en las distintas horas del Oficio Divino (llamado comúnmente "breviario"), de igual modo los fieles se unen a María para alabar a Dios.

Rezar con María supone tratar de imitar a nuestra madre espiritual en su devoción, su entrega y su compromiso, así como en su unión con el Señor.

Al meditar los misterios del Rosario recorremos los pasos más importantes en la vida de Jesús, poniéndonos en la presencia de Dios, para abandonarnos así a la contemplación de su amor.

No olvidemos que lo más importante en la oración no es lo que decimos, sino el modo en que lo hacemos. Si hay amor no importa repetir una y mil veces lo mismo. Sin amor las más bellas palabras dejan de tener sentido.

A continuación ofrecemos breves comentarios a cada uno de los VEINTE misterios del Santo Rosario:

MISTERIOS GOZOSOS

1) EL ANUNCIO DEL ÁNGEL A MARÍA

Fue el ángel Gabriel el encargado de avisar a María.

Ya antes había tenido otra encomienda importante: visitar al anciano sacerdote Zacarías en el Templo y anunciarle el nacimiento de un hijo, que sería un gran profeta, el Precursor del Mesías.

Pero ahora, ¡qué alegría! A Gabriel le tocaba visitar una humilde muchacha que había sido escogida para ser la madre del mismo Mesías.

Se llamaba María y vivía en un villorrio perdido de Galilea, cuyo nombre apenas aparecía en los mapas de la época, pero que lucía brillante en el mapa de Dios: Nazareth.

Con su visita iba a ocurrir algo trascendental, que sin apenas nadie saberlo, y de acuerdo a los planes secretos de Dios, transformaría la historia humana.

Con todo se necesitaba la aceptación de quien había sido elegida para tomar parte importante en el acontecimiento.

Y María, apenas sin comprender el profundo significado de las palabras que sus oídos escuchaban, pero sabiendo que venían de Dios, no pudo menos que decir: "Sí, hágase en mí según tu Palabra".

Y en aquel instante el Espíritu Santo realizó su obra, haciendo surgir en el seno de la virgen el germen de un cuerpo humano al que estaría unida la Persona del Hijo de Dios, para realizar así la obra que su Padre le encomendaba: la Redención de toda la humanidad.

2) LA VISITACIÓN DE MARÍA A ISABEL

No sabemos si fue una pura coincidencia o un designio divino, pero la mujer que llevaba en su seno al Precursor era parienta de María, la Madre del Mesías.

Tampoco sabemos con exactitud el grado de parentesco que unía a estas dos mujeres, pero alguna cercanía en el trato debió de existir, ya que María, después de conocer por Gabriel lo que ocurría a su parienta, partió presurosa hacia Judea, donde, en un pequeño pueblo de la montaña, posiblemente Ain Karim, vivían Isabel y Zacarías.

La llegada de María fue recibida con gran alborozo. Y allí entraron en contacto, por primera vez, en misterioso abrazo, el Mesías y su Precursor.

Así lo expresa Isabel, al señalar que apenas oyó la voz de María, el niño saltó en su vientre.

No hay dudas de que Isabel estaba en ese momento inspirada por el Espíritu Santo. Por eso pudo conocer el misterio de lo ocurrido a María, y saludarla con palabras que demuestran la altísima dignidad a la que había sido elevada por Dios: "¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme?

Pero María sabia muy bien que todo es gracia de Dios. Por eso responderá con toda humildad, alabando al Señor, porque ha hecho en mí maravillas".

Jesús dirá después: "El que se ensalza será humillado, y que que se humilla será ensalzado" (Mateo 23,12).

Si imitamos a María seremos enaltecidos por Dios.

3) EL NACIMIENTO DE JESÚS EN

BELÉN

Jesús nació en Belén. Cualquiera podría pensar que se trataba de una pura coincidencia, motivada por el capricho del emperador Augusto de conocer el número de súbditos que tenía en Palestina.

Dios, sin embargo, utiliza hasta los caprichos de un soberano pagano para realizar su plan.

Y Aquel que había prometido a David que uno de su linaje llegaría a ser rey eterno y universal, quiso que el Mesías naciera en el mismo sitio en que el otrora gran rey y profeta. En Belén, la "casa del pan", que es lo que tal nombre significa.

Una lección especial quiere darnos Dios con este nacimiento, pues su Hijo va a nacer en medio de la mayor pobreza, algo realmente increíble.

Un Rey que nace en una cueva, quizás rodeado de animales y teniendo como cuna un pesebre, que es donde come el ganado, no es algo que se vea todos los días.

Pero la presencia de María y de José sobran al Niño que nace, pues están con El su Padre y el Espíritu Santo.

Aunque sólo unos pocos se enteraron de su nacimiento, ya la Redención ha comenzado a funcionar. La humanidad conocerá el amor que Dios le tiene. Aquel Niño es su respuesta.

La nuestra debe ser ir a adorarlo y a prometerle que le seguiremos hasta el fin. El Espíritu Santo nos dará la fuerza que necesitamos para seguir las huellas de Jesús.

4. LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO

Era lo prescrito por la Ley. Todo primogénito varón debía ser tenido como propiedad de Dios. Pero los padres, a los cuarenta días del nacimiento, podían "rescatarlo", ofreciendo al Señor un cordero, una tórtola o un pichón, y, si eran pobres, sólo un par de tórtolas o dos pichones, que fue lo que hicieron con seguridad María y José.

Además, la madre tenía que ser purificada, según los preceptos de la Ley, lo que exigía otra ceremonia diferente.

Todo esto se celebraba en el Templo de Jerusalén, y allá fueron ellos, llenos de gozo en medio de su pobreza, pues estaban conscientes de que eran, sin merecerlo, instrumentos del Altísimo.

Lucas nos recoge la escena del encuentro de la Sagrada Familia con Simeón, aquel viejecito que había recibido la promesa del Espíritu Santo de no morir sin ver al Salvador, quien profetizó acerca de la misión de Jesús y de los sufrimientos que habría de padecer María: "Una espada de dolor atravesará tu alma".

Simeón enfatizó también el papel de Jesús como "luz de las naciones" con lo que significaba que aquel Niño había venido no sólo a iluminar a Israel, sino al mundo entero.

También se encontraba allí Ana, la anciana profetisa. Lo mismo que Simeón, ella reconocería en aquel Niño al Mesías prometido, y alabaría a Dios porque había concedido a la humanidad la gracia de la Redención.

5) EL NIÑO PERDIDO Y HALLADO EN EL TEMPLO

Bien sabía Jesús por donde andaba, y no era precisamente que estuviera perdido. Claro que para María y José fue un sufrimiento ver que el Niño no aparecía por ningún lado.

Seguramente no era la primera vez que Jesús asistía a una de las grandes fiestas, aunque sin la obligación de todos los judíos varones después de los trece años.

Lucas dice textualmente: "Cuando Jesús cumplió doce años" (2,42). Aunque los padres podían ir acompañados de los hijos pequeños, ya al cumplir los doce los llevaban para irlos acostumbrando a lo que sería una obligación a partir de los trece.

El Talmud establecía trece años como la edad en que se declaraba a un muchacho "hijo de la Ley". Esto es lo que todavía hoy se celebra con el nombre de "Bar Mitzwah".

Mientras María y José lo buscaban, Jesús estaba en el Templo, entre los doctores de la Ley, escuchándolos e interrrogándolos.

Parece que aquellos hombres sabios estaban admirados por la inteligencia y conocimiento que mostraba el muchacho.

Cuando, por fin, María y José lo encontraron, Jesús respondió a las angustiosas preguntas de su Madre: "¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo tenía que estar en la casa de mi Padre?" (Lucas 2,49).

Ellos tendrían que aprender a tratar, en adelante, a quien no era simplemente un hombre, sino, por encima de todo, el Hijo de Dios.

MISTERIOS DOLOROSOS

1) LA AGONÍA DE JESÚS EN EL HUERTO

Los evangelistas nos dicen que después de terminada la cena se fueron Jesús y sus discípulos al huerto llamado Getsemaní, que estaba situado en un montecito poblado de olivos.

Parece que era uno de los lugares preferidos por el Señor para retirarse a orar. No sabemos si pertenecía a algún amigo o si la costumbre permitía que cualquiera pudiese pasar allí la noche.

En cuanto llegaron, Jesús los invitó a orar. El, apártandose un poco de ellos, comenzó a pedir al Padre que, si era posible, pasase de El aquel cáliz de amargura que estaba supuesto a beber.

¡Qué momento aquel! Jesús, el hombre, se atemoriza ante el sufrimiento que ha de soportar. Quiere obedecer al Padre, y está dispuesto a hacer su voluntad, pero no deja de sentir el peso de su humanidad y el miedo que le produce la cercanía de los padecimientos y de la muerte.

Esto es un ejemplo para nosotros. Ante la adversidad, ante el dolor, en toda ocasión, debemos imitar a Cristo. Pedir, sí, que Dios nos ayude, pero también abandonarnos en sus manos.

El nos ofrece el remedio: la oración. Allí mismo dice a sus apóstoles que deben orar y velar para no caer en la peor tentación: la de abandonarlo todo cuando se presentan las dificultades o vienen las pruebas. Sólo resistiendo, con el corazón puesto en Dios, es que podremos perseverar.

2) LA FLAGELACIÓN DE JESÚS

Todo el proceso que se le sigue a Jesús rezuma injusticia. El primer convencido de su inocencia es el gobernador romano, Poncio Pilato. Pero para éste la política y las conveniencias personales estaban por encima de la justicia. ¿Qué más le daba a él aquel judío que es acusado por sus propios compatriotas?

Aquello no es mas que una parodia para dejar contentas a las autoridades judías. Pilato sabe que si lo acusan ante el Emperador puede perder su puesto. Es un astuto conocedor de intrigas palaciegas y de las consecuencias que podría ocasionarle un simple error diplomático.

Para Pilato la orden de azotar a Jesús fue una forma de "escarmiento". No entendía la causa de todo aquel alboroto y pensaba que, después de unos buenos azotes, todo el mundo quedaría contento, pues los enemigos lo verían castigado y humillado y los amigos pensarían que hubiera podido ser peor.

Por eso lo presenta ante el pueblo diciendo: "¡HE AQUÍ AL HOMBRE!". Pero la turba enardecida, dirigida maliciosamente por los dirigentes judíos, pedía su muerte.

Pilato se había equivocado. Los enemigos de Jesús sólo se saciarían viéndolo clavado en una cruz. Por eso vociferaban: "¡Crucifícale! ¡Crucifícale!" Pilato, cobardemente, se los entregaría.

Si hacer azotar a Jesús fue una bajeza imnperdonable, entregarlo a morir fue un crimen sin nombre.

3) LA CORONACIÓN DE ESPINAS

Coronar a Jesús fue un acto de burla. Aquí intervinieron los soldados romanos, como para que hubiese una representación del mundo pagano en este drama en el que estaba envuelta toda la humanidad.

¿A quién se le ocurrió tal crueldad?

Pues no se trataba de una corona de cartón, o de papel, con el simple objeto de mofarse del Señor, como hizo Herodes al ordenar que le echasen por encima un manto rojo, sino que buscaron unos bejucos espinosos e hicieron una especie de capacete que le cubriera la cabeza.

Es probable que las espinas fueran largas y puntiagudas, de modo que penetrarían la piel haciendo sangrar profusamente al Divino Maestro.

Si una pequeña punzada nos causa un vivo dolor, ¿cómo sería el sufrimiento de Jesús?

Pero los soldados no se contentaron con ponerle aquella especie de corona macabra, sino que luego le pegaron en la cabeza con una caña, lo que aumentaría grandemente su dolor.

Podemos pensar en lo crueles que fueron aquellos soldados, pero la triste verdad es que todos fuimos causantes de aquella barbarie.

Tenemos la oportunidad, sin embargo, de borrar la parte que nos corresponde, ayu-dando a nuestros hermanos a arrepentirse, aceptando la salvación que los sufrimientos de Cristo ganaron para todos.

4) JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS CAMINO DEL CALVARIO

Ya Jesús había hablado de la cruz. Y nos había dicho: "Si alguno quiere seguir detrás de mí, cargue con su cruz y sígame" (Mateo 16,24).

Es muy fácil lamentarnos, como lo hicieron las piadosas mujeres, al contemplar a Jesús cargando el trozo de madero que solían llevar los condenados, cayendo y levantándose en el camino al Calvario, molido por las torturas y los golpes recibidos.

Es fácil mirar aquel triste espectáculo de un inocente a quien casi todos han abandonado y dejado a merced de una jauría peor que la de perros salvajes.

Pero lo importante no es mirarlo ni compadecerlo, sino seguirlo.

Todos tenemos una cruz que cargar y un vía-crucis que recorrer. Esa cruz puede ser un instrumento eficaz de salvación o un medio de perdición.

Si la cargamos con amor y no la alargamos con nuestras lamentaciones y protestas, nos servirá para escalar hasta el Cielo. Si, por el contrario, la tiramos a un lado, o tratamos de acortarla para que nos resulte más llevadera, entonces no nos servirá sino para que seamos tenidos por Jesús como cobardes y desertores.

Carguemos nuestra cruz con amor, detrás del Señor. Seamos también "cirineos", ayudando al Jesús que se repite en nuestros hermanos más débiles y necesitados, a cargar con su cruz.

5) LA CRUCIFIXIÓN Y MUERTE DEL HIJO DE DIOS

Todas las escenas de la Pasión y Muerte de Jesús se producen en medio de un total desamparo.

El Maestro ha quedado completamente solo. Incluso parece sentir, en lo humano, el abandono de su propio Padre, al hacer suyas las palabras del salmo 22: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

Uno de sus discípulos y algunas mujeres, entre ellas su Madre, lo siguen y lloran, impotentes, por El.

En realidad, ¿qué podían hacer? Era llegada "la hora de las tinieblas".

Ya Jesús, en el huerto, había explicado a Pedro que si quería podía pedir al Padre "doce legiones de ángeles" para que lo ayudaran a salir de ese trance.

Pero la voluntad del Padre fue que aceptara el sufrimiento y la muerte por nuestra Redención.

El único objetivo de esa muerte era redimirnos. El había cargado sobre sí todas nuestras culpas. El tenía que pagar en nuestro lugar.

Ninguna otra muerte podría tener valor redentor. Por eso El había venido. Por eso había asumido la naturaleza humana. Y ahora, en la cruz, terminaba la encomienda. Por eso podría decir: "Todo está cumplido".

Y consciente de esa realidad se entrega completamente en las manos de Aquel que lo había enviado, con éstas, sus últimas palabras antes de morir: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

MISTERIOS GLORIOSOS

1) LA GLORIOSA RESURRECCIÓN DEL HIJO DE DIOS

Todo el mensaje de la salvación cristiana se centra en el hecho de la resurrección de Jesús. Porque, como dice san Pablo, "si el Mesías no ha resucitado, entonces nuestra predicación no tiene contenido ni la fe de ustedes tampoco" (1a. Corintios 15,14).

Los primeros que se mostraron incrédulos ante la resurrección fueron los propios apóstoles. En realidad era muy difícil creer que algo así pudiera suceder. Jesús tuvo que convencerlos apareciéndoseles y compartiendo con ellos. El colmo fue que Tomás ni siquiera creyó en el testimonio de los otros, y tuvo el mismo Jesús que invitarlo a que metiera sus dedos en las llagas, como el incrédulo apóstol había sugerido. ¡Jesús resucitó! Este es el gran mensaje de los apóstoles al mundo. Como dijo Pedro a la multitud reunida el día de Pentecostés: "Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos" (Hechos 2,32).

La resurrección fue la culminación de la misión de Cristo. Con su muerte y resurrección - el Misterio Pascual -, quedaron abiertos de nuevo los cielos. ¡Estamos salvados!

Hagámonos dignos de esa salvación si-guiendo a Jesús y poniendo en práctica su mandato de amor.

Siguiéndolo a El no caminaremos en tinieblas, sino que tendremos la luz que es vida.

"Si con El morimos, viviremos con El; si con El sufrimos, reinaremos con El" (2a. Timoteo 2,11-12).

2) LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR AL CIELO

Jesús permaneció en la tierra unos cuarenta días después de haber resucitado. Pocos, realmente, pudieron verlo. Unos quinientos, precisará el apóstol Pablo en 1a. Corintios 15,6.

Estos fueron los testigos elegidos por El para llevar al mundo "la buena noticia" de la salvación que todavía hoy se difunde por medio de los creyentes.

Jesús no vino a quedarse, sino que tenía que volver al Padre. Como anunció en la Ultima Cena:

"En el hogar de mi Padre hay vivienda para muchos; si no, se lo habría dicho. Y la prueba es que me voy a prepararles sitio. Además, cuando yo vaya y se lo prepare, vendré de nuevo y los acogeré conmigo; así, donde estoy yo, también estarán ustedes" (Juan 14,2-3).

Por eso, llegado el momento, congregó a sus discípulos para despedirse de ellos. Fue entonces que les dio la misión de ir por el mundo entero y llevar el mensaje a todos, haciendo discípulos y bautizando a todos los que creyesen.

Con esto nos dio a entender que si bien nuestra meta última es el cielo, para llegar hasta allá necesitamos cumplir primero con nuestros compromisos en la tierra. Así podremos subir a disfrutar con El del lugar que nos preparó en la Casa del Padre.

Nuestra misión es vivir en el amor a Dios y a los hermanos. Para eso estamos aquí. De lo que aquí hagamos dependerá lo que recibiremos después.

3) LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES

Jesús, en cierta forma, dejaría incompleta su obra. No era a El a quien el Padre había encomendado terminarla, sino a los apóstoles y discípulos que vinieran después. Pero éstos nada podrían hacer sin una ayuda especial.

Por eso Jesús les anunció:

"Recibirán una fuerza, el Espíritu Santo, que descenderá sobre ustedes para ser testigos míos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo" (Hechos 1,8).

Unos diez días después de la Ascensión se cumplió esta promesa. Estando reunidos los apóstoles y discípulos, contando seguramente con la presencia de María, y celebrando los judíos una fiesta dedicada a dar gracias a Dios por las cosechas y que llamaban Pentecostés, descendió sobre ellos el Espíritu Santo, viéndose como unas lenguas de fuego, posadas sobre cada uno de ellos.

Y ocurrió una transformación instantánea. Aquellos hombres y mujeres que, hasta entonces, y a pesar de haber visto al Señor resucitado, se mantenían apocados y llenos de miedo, se lanzaron a la calle proclamando las maravillas de Dios.

Ese día se realizaron ya las primeras conversiones. ¡Nacía la Iglesia! El Espíritu Santo comenzaba una tarea que no terminará sino cuando llegue el fin del mundo. En ella estamos comprometidos todos los cristianos. Esa es la misión que, como Iglesia que somos, hemos recibido.

4) LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN EN CUERPO Y ALMA AL CIELO

La última verdad de fe proclamada solemnemente por la Iglesia ha sido que María fue llevada en cuerpo y alma al cielo. Así lo declaró el papa Pío XII en el año 1950.

Se trataba, en realidad, de algo que fue creído desde los comienzos, y que es como una consecuencia directa de los muchos regalos que Dios hizo a la Madre de su Hijo.

Si María fue concebida sin pecado original, precisamente para que nada manchado hubiera en la que iba a ser la madre del Hijo de Dios, tampoco debió tocarla la corrupción del sepulcro, que es una consecuencia directa del pecado.

Por eso, después de su muerte, María fue llevada al cielo ya con un cuerpo glorioso. Así ella, que acompañó a su Divino Hijo desde la concepción hasta la muerte en cruz, también está junto a El en la gloria.

Cierto que esta verdad no aparece en ninguno de los libros del Nuevo Testamento, pero la Iglesia cuenta con el valioso testimonio de los cristianos de los primeros siglos, que nos aseguran que así lo creían quienes vivieron cerca de María, y no ha dudado en aceptarlo como verdadero.

¿Podríamos extrañarnos de que Dios usara su poder para hacer algo así, cuando un día todos sus hijos tendremos también un cuerpo glorioso en el cielo?

Lo único que hizo Dios fue adelantarle a María, por los méritos de Cristo, lo que nosotros, un dia, también recibiremos.

5) LA CORONACIÓN DE NUESTRA SEÑORA COMO REINA

La Iglesia usa, desde antiguo, el título de Reina para referirse a María.

Y no es que creamos que hubo en el cielo una especial coronación de la Virgen, sino que se le apropia el título debido a su Hijo, el Rey Eterno y Universal.

Este título nos ayuda a aproximarnos a una realidad mucho más excelsa. Se trata del Reino de Dios, en el que María, indiscutiblemente, ha alcanzado un lugar privilegiado, no por sus méritos, sino por pura gracia de Dios.

Ser reina, para María, es la consecuencia de todas las maravillas que Dios mismo hizo en ella.

Aquella muchacha humilde y sencilla fue elevada a la más alta dignidad que se pueda otorgar a criatura alguna.

¿Cómo no iba a ser reina aquella a quien se le otorgó el privilegio de llevar en su seno virginal, por obra del Espíritu Santo, nada menos que a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad?

Pero ella, como su Hijo, supieron conquistar tan excelso título por medio de su entrega total a la voluntad del Padre, para que así toda la humanidad pudiera encontrar el camino de la felicidad eterna.

Por eso la Iglesia aplica a María aquellos elogios que el pueblo de Israel tributó, en su momento, a Judit:

"Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres el orgullo de nuestra raza" (Judit 15,9). Y todo porque Dios "miró la humildad de su sierva".

MISTERIOS LUMINOSOS

1) EL BAUTISMO DE JESÚS EN EL JORDÁN

Unos seis meses antes que llegase el tiempo señalado para que el Hijo de Dios se hiciese hombre, es concebido, en la montaña de Judea, un niño escogido: Juan, el hijo de Isabel, parienta de María, y del sa-cerdote Zacarías.

Este nacimiento fue anunciado por el ángel Gabriel, apareciéndose a Zacarías cuando éste se encontraba oficiando en el Templo. Aquel niño había sido escogido para ser el Precursor de Jesús.

Y así, antes de que Jesús comenzara su actividad apostólica, ya Juan estaba predicando un bautismo de penitencia, para preparar los corazones a aceptarlo como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Juan fue el primer sorprendido cuando ve venir, junto a los muchos que entraban en las aguas del Jordán para ser bautizados, a ese Jesús a quien él no conocía bien, pese a que, inconsciente en el seno de su madre, había saltado de gozo al sentir la presencia del Mesías.

Pero el sí sabía que aquel que pedía el bautismo era el Enviado, el que bautizaría con Espíritu Santo y fuego.

Su convicción quedaría confirmada cuando, después de bautizar a Jesús, se vio al Espíritu Santo descender en forma de paloma, y se oyó la voz del Padre diciendo: "Este es mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto" (Mateo 3,17)

El que no tenía pecado cargó con los pecados de todos. El que no necesitaba el bautismo, se bautizó para recibir la unción que lo haría Salvador y Redentor del mundo.

2) LA BODAS DE CANÁ

Una boda es una fiesta de amor. Y más si en ella está presente Jesús. Aquellos novios de Caná fueron muy dichosos, no sólo porque al cambiar el agua en vino El les evitó un incidente desagradable, sino porque también santificó su amor y su unión matrimonial.

Dios quiso instituir el matrimonio como un medio de procurar felicidad al hombre y la mujer que, enamorados, se unen en un compromiso sagrado y permanente. Esa es su primera finalidad: el bien de la pareja. Luego vendrá la misión de engendrar y educar a los hijos, lo que constituye la segunda.

El milagro del agua convertida en vino no fue sino un signo. Lo importante es ese milagro constante de transformar la vida de dos seres que, por amor, se vuelven uno para toda la vida.

Es perpetuar en los seres humanos la realidad misma de Dios, que siendo Uno, es sin embargo una comunidad de Personas que conforman la Santísima Trinidad.

Si al principio el matrimonio fue una institución destinada a afianzar, por el amor, el cuidado mutuo de los que la forman, luego Cristo la elevaría a la condición de sacramento, para que fuese signo de su amor por la Iglesia.

Y así como El amó a la Iglesia, nosotros, hasta dar la vida por ella, para que fuese santa e inmaculada en su presencia, así el hombre y la mujer deben amarse el uno al otro de la misma manera.

Este es el reto que hoy muchos siguen asumiendo, pero sólo la presencia de Jesús, como en Caná, podrá asegurar que el agua del amor se convertirá en vino de gracia y felicidad.

3) JESÚS ANUNCIA LA BUENA NOTICIA DEL REINO Y NOS INVITA A LA CONVERSIÓN

La misión de Jesús en la tierra fue doble: primero, anunciar el Reino. Luego, hacerlo realidad.

Por eso dedica un espacio de tiempo que pudo llegar a los tres años, pero no hay seguridad en ello. Todo comienza con su bautismo en el Jordán, luego de lo cual se encaminará al desierto de Judea para un largo retiro espiritual.

Ya para entonces había abandonado definitivamente el hogar de Nazareth y la quietud junto a su amada Madre, para dedicarse totalmente a las cosas de su Padre.

Los primeros lugares que Jesús visitaba eran las sinagogas. En ellas, cada sabado, se reunían los judios para escuchar la Palabra de Dios, oír los comentarios de los entendidos e incluso de los invitados a hablar, y también para orar en comunidad.

Fue tal la realidad del contenido de su predicación que de inmediato captó la atención de la gente, por lo que, no más visitar un pueblo y asistir a la sinagoga, el encargado lo invitaba a leer y comentar la segunda lectura. Este fue el marco adecuado para poner en el "hoy" del plan de salvación lo que habían anunciado anteriormente los profetas.

Jesús predicaba y la gente, si bien no siempre comprendía sus palabras, entendía que nadie había hablado hasta entonces como El. De sus labios salía la sabiduría divina, impregnada de amor, con el fuego del Espíritu Santo. Sí, allí había Verdad, y por eso todos, menos los que no querían aceptar, asentían y se entusiasmaban.

¡Cómo no iba a entusiasmarles saber que Dios nos ama y quiere nuestra felicidad por toda la eternidad!

4) LA TRANSFIGURACIÓN

Se acercaban días difíciles, terribles. La pasión de Jesús estaba cociéndose en los círculos 8fariseos, herodianos y sacerdotales. Era necesario inyectar en sus discípulos entusiasmo y fortaleza.

Esa fue la idea al invitar a tres de sus apóstoles, indiscutibles líderes de los demás, a presenciar algo maravilloso e inédito: la transfiguración.

Como la palabra indica, fue sencillamente un cambio en que la figura de Jesús apareció resplandeciente, deslumbrante, hasta anonadar a los discípulos, que quedaron boquiabiertos.

Y para que se dieran cuenta de que la misión de Jesús estaba fuertemente ligada a lo acontecido anteriormente, pues todo era parte del mismo plan de Dios, aparecieron junto a El Moisés y Elías, caudillo el primero y profeta el segundo del pueblo elegido.

Fue un momento tan especial que Pedro sólo atinó a decir: "¡Qué bien estamos aquí!" Aquello fue un pedacito de cielo, un anticipo de la gloria.

Pero todo duró bien poco. Cuando pensaban alargar la escena y hasta quedarse allí por mucho tiempo, Jesús los sacó de su regocijo para volverlos a la realidad.

No había llegado la hora. Todo lo contrario, se avecinaban las tinieblas, el horror, la muerte en cruz.

Pero ellos debían sostener la fe de sus hermanos, ser los pilares de una esperanza que sólo se sostiene en la absoluta confianza en el amor de Dios.

Hoy muchos querrían ver a Jesús transfigurado, pero no hay que olvidar que aún somos peregrinos, viviendo de la fe en su Palabra. En el cielo, sí, tendremos ojos nuevos para verlo en su Gloria.

5) LA INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

Morir por el bien de otro será visto siempre como una heroicidad. Jesús murió por todos y cada uno de nosotros. El no lo hizo para que le tuviéramos como un héroe, sino para mostrarnos el amor que nos tiene, al salvarnos de la eterna condenación. Sólo por eso se hizo obediente al Padre, consciente de que únicamente El podía librarnos de las cadenas del pecado y de la muerte.

Para que todos pudiéramos acercarnos a este misterio de amor, que es su inmolación en el altar de la cruz, quiso dejarnos un memorial que nos congregara en una celebración en la que perpetuaríamos su sacrificio y lo renovaríamos sacramentalmente.

Usando pan y vino, en la Última Cena, Jesús hizo realidad lo que ya antes había anunciado: Su cuerpo seria verdadera comida y su sangre verdadera bebida.

Participar de la Eucaristía sería, pues, un acercamiento íntimo con Jesús, una Comunión, en la que no sólo nos hacemos uno con El sino también con los hermanos. Somos el Cuerpo de Cristo.

Ha sido un regalo de su generosidad que a pesar de los siglos transcurridos, los cristianos nos reunamos alrededor del altar del sacrificio que es, al mismo tiempo, mesa de banquete.

Sacrificio que actualiza su Muerte y Resurrección, banquete en que se nos ofrece en comida el mismo Cuerpo y Sangre del Salvador. Misterio de amor, de redención y de vida.

Participar en él es nuestro privilegio y deber. Pues El ha prometido: "Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Juan 6, 54).

Acercarse a la Eucaristía es ya vivir unido a Cristo, que "es la Resurrección y la Vida" (Juan 11,25).

Ésta página ha sido visitada 1478 veces.



Página fue modificada: 19/09/2008 18:32

Inicio · Retroceder

Valid HTML 4.01 Strict