AB PADRE BAZAN

Descendemos Del Mono

INTRODUCCIÓN

El mensaje del papa Juan Pablo II a los miembros de la Academia Pontificia de Ciencias, reunidos en Roma para su Asamblea Plenaria, el 22 de octubre  de 1996, fue muy bien recibido en  los círculos científicos católicos, aunque también tergiversado, mal interpretado y  criticado, sobre todo  por los que quieren mantener a toda costa una forma literal  de interpretar la Sagrada Escritura.

Muchos ni siquiera se  habían percatado de que ésa había sido ya, por muchos años, la manera de pensar de la mayoría de los teólogos y pastores, y, en la práctica, la enseñanza oficial de la jerarquía católica mundial.

Lo que quiso hacer el Papa fue respaldar con su autoridad una teoría que ya casi nadie pone en duda en el campo científico y que, por otro lado, en nada se tiene que contraponer al dato revelado por Dios, pues lo que éste enseña no son los detalles, sino la verdad de que Dios creó todo lo que existe.

En la Biblia el modo cómo lo hizo aparece sólo en un género literario que, usando de alegorías, nos da una imagen de lo que pudo haber sido.

¿Cuál es la causa de que mucha gente hasta se haya escandalizado por la declaración del Papa?

Una sola: que todavía muchos no se han enterado de que la Biblia no es un libro de ciencia, sino que recoge la Revelación de Dios sobre su plan amoroso de eterna salvación para la humanidad.

Muchos cristianos, incluso entre los católicos, consideran a la Biblia como un conjunto de libros que fueron escritos por distintos autores bajo el dictado directo de Dios.

De ser así, todo lo que se dice literalmente en la Biblia tiene que ser necesariamente verdad, pues Dios ni se engaña ni puede engañarnos.

Como la ciencia, incluso bíblica, ha tenido un lento progreso, durante muchos siglos se aceptó sin discusión esa suposición, y se daba por hecho que todo lo que decía la Biblia tenía que creerse al pie de la letra, sin que pudiera caber ningún tipo de disensión en lo que decían los libros sagrados.

Prácticamente todos los cristianos eran como los fundamentalistas de hoy en su forma de interpretar la Sagrada Escritura.

Sin embargo, poco a poco se fue creando una ciencia bíblica, que trataba de investigar el cómo fueron surgiendo los distintos libros, cuáles fueron sus autores, dónde y con qué medios se escribieron, y qué se pretendía con su escritura.

Así fueron surgiendo un sinnúmero de preguntas que debieron encontrar una respuesta adecuada.

Al principio muchas de estas respuestas fueron reo de vista religioso, pero luego se fueron abriendo paso hasta llegarse al convencimiento de que la Biblia, sin dejar de ser Palabra de Dios, es, al mismo tiempo, palabra de hombre, chazadas  como heréticas o descabelladas desde el puntpues Dios inspiró a los autores, pero sin dictarles lo que debían escribir, ni forzar su propia idiosincracia, conocimientos y formas de narrar las cosas.

Esto, sobre todo, porque los avances de la ciencia en otros campos permitió a los escrituristas adentrarse en la búsqueda de la verdad y tratar de conciliar lo que ciencia y fe tenían que decir desde sus distintas posiciones.

¿ESTÁ LA FE EN CONTRA DE LA CIENCIA?

Definitivamente no. Lo que ocurre es que caminan por senderos paralelos que no necesariamente se entrecruzan ni se juntan, sino que mantienen una total autonomía por razón de sus fines.

El objeto de la ciencia está circunscrito a todo lo que el hombre pueda aprender dentro del Universo, es decir, aquello que logra alcanzar con sus capacidades puramente naturales.

La fe va mucho más allá, pues trata de descubrir lo que no es posible alcanzar con las propias fuerzas naturales, por lo que tiene que confiar en la Revelación de Dios.

Como sabemos, el hombre, desde muy antiguo, ha estado en búsqueda de respuestas a inquietudes que atenazan su alma y que no hay manera de responder con la ayuda de la ciencia.

Por ejemplo: ¿Qué hay más allá del universo creado? ¿Qué existe más allá de la muerte? ¿Existe Dios? ¿Dónde habita Dios?

Estas y otras muchas preguntas quedan fuera del alcance de la ciencia, pues pertenecen al terreno de la religión.

Es ésta la que ha tratado de dar respuestas a todas esas preguntas a las que la ciencia es incapaz de responder. Pero, sin la Revelación de Dios, la misma religión se ve impedida de llegar a la verdad, pues sin ella se reduce a un esfuerzo humano para encontrar a Quien intuye sin conocer.

Sólo El puede salirnos al encuentro y dársenos a conocer, y eso es lo que realmente hizo al revelarse primero a los patriarcas y profetas del pueblo de Israel, y luego, por medio de Jesucristo, a todos los hombres y mujeres que quieran aceptar su mensaje.

¿Por qué unos aceptan el mensaje y otros no?

Pues porque esta revelación no se nos da acompañada de pruebas irrefutables, sino que exige de nosotros un asentimiento basado en nuestra confianza de que Dios no puede engañarnos. Hay quienes la aceptan y tienen fe, y hay otros que la rechazan por falta de la misma.

En el caso de la ciencia es diferente. Aquí sí que no cabe la fe. Nadie "cree" en los científicos. Estos tienen que probar sus asertos de un modo indiscutible. Y mientras sus teorías permanecen en una etapa especulativa cada uno tiene derecho a aceptarlas o no, pues se ha dado muy frecuentemente que afirmaciones que fueron tenidas como verdades científicas luego se descubren como falsas y hay que dar marcha atrás.

Ese ha sido el peligro de convertir a la Biblia en un libro de ciencia, pues resulta que muchas de las cosas que allí se dicen luego se ha descubierto que no eran así, y entonces tendríamos que concluir, como erróneamente han concluido muchos, que todo es una falsedad y de nada servía.

Pero, como ya se dijo, la Biblia no es un libro científico, sino religioso, es decir, que apela a la aceptación no después de haber ofrecido pruebas irrefutables de lo que se ofrece como verdad, sino que reclama la fe del creyente para ser aceptado.

Si la Biblia fuera un libro de ciencia ya hace ya mucho rato que hubiera sido desechado como inservible, como tantos y tantos que un día fueron tenidos como los más avanzados y hoy han quedado totalmente obsoletos y guardados, si acaso, como una curiosidad, en los anaqueles de alguna biblioteca importante.

Sin embargo, la Biblia sigue teniendo su misma fuerza, su mismo frescor y vitalidad, pues posee esa virtud que no tiene nada que ver con la inteligencia o las capacidades del ser humano, sino con el hecho mismo de constituir la Palabra de Dios que fue escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Dadas estas premisas, tenemos que decir que cuando la Biblia habla tenemos que escucharla con fe, mientras que cuando los científicos hablan tenemos que prestarles atencion a ver si lo que dicen queda probado con hechos incontrovertibles, pues sólo nos convencerán con pruebas totalmente irrefutables.

No es, pues, que haya una guerra entre ciencia y religión. Por el contrario, ambas pueden complementarse en su afán de descubrir la obra de Dios y las maravillas de su creación.

¿PODEMOS DESCENDER DEL MONO?

Hay mucha gente a quien le repugna sobremanera la idea de que descendamos de los monos, ya que piensan que, en ese caso, nuestro origen sería realmente humilde y pobre, y llevados de cierto prurito por el abolengo, desearían que las cosas fuesen de otro modo.

Sin embargo la Biblia hace salir al hombre del barro de la tierra, de puro fango, lo que no es, en modo alguno, un linaje digno de tenerse en cuenta.

El problema estriba en que si bien el cuerpo pudo haber tenido un origen bien humilde, el alma fue creada especial y directamente por Dios, haciendo que aquello tan humilde se transformara en su obra maestra por excelencia.

Está muy claro que no todos los monos pudieron ser el origen del ser humano en cuanto al cuerpo, pues sigue habiendo monos de diversas clases y todos ellos siguen haciendo las mismas monerías, sin que ninguno de ellos pueda mostrar un signo real de inteligencia verdadera.

Pero,  ¿podríamos poner nosotros cortapisas a Dios? ¿No es posible que  El decidiera que una clase específica de monos, o de otra especie semejante, comenzara a existir en una forma pre-humana, hasta llegar el momento en que le infundiera el "espíritu de vida" para transformarlo de un simple animal o "algo" en un hombre o "alguien".

Esta es la explicación que dio, por ejemplo, el Catecismo Holandés, publicado en el año 1969:

Los hallazgos de cráneos y esqueletos han puesto en evidencia algo que antes no sabía aún nadie, y es que, cuanto más profundamente descendemos en el pasado, tanto más primitiva aparece la forma del hombre.

La ciencia conoce, antes del homo sapiens (el hombre actual), al hombre de Neanderthal con frente y mentón hundidos. Antes de él - este período se remonta a los 200,000 mil años - las diversas formas de anthropus, con muy reducido ángulo facial, pero ya erguido. Aquellos homínidos manejaban groseros utensilios de piedra; cazaban, aunque no sabemos cómo. Si se retrocede aun trescientos mil años - es decir, medio millón de años antes de nuestra época - puede distinguirse una forma todavía más primitiva, el australopithecus, un ser de caracteres simiescos, pero más cercano al hombre que los monos actuales.

Así pues, casi todo es incierto: las fechas y los períodos, los eslabones entre las distintas fases. Sin embargo, una línea muy notable se dibuja con creciente claridad: una especie animal que vive en bosques y llanos va ascendiendo, en lenta evolución, hasta nosotros.

La vida, pues, que late en mí procede del animal. Esto extrañaba mucho a la gente en otro tiempo, y acaso no tanto porque la cosa parezca indigna, pues la Sagrada Escritura hace descender al hombre de algo muy inferior, a saber, del barro. La causa del choque fue más bien el contraste con el relato de la Escritura. Por aquellos tiempos se veía demasiado la Sagrada Escritura como un libro de historia natural, y no como una narración, escrita para iluminar con la luz de Dios al mundo existente.

Esta dificultad ha desaparecido hoy día por una mejor inteligencia de la Sagrada Escritura. Además los hallazgos en la tierra se multiplican; cada vez vemos mejor el grandioso espectáculo: la columna vertebral que se va enderezando lentamente, el cráneo que va creciendo en tamaño y contenido, el animal que se yergue hasta convertirse en hombre.

El conjunto parece apuntar a una especie de respuesta. La vida tiene una dirección: de una forma u otra, tiene un sentido. Pero esto no es una respuesta clara. El origen de la humanidad permanece fuera del alcance de nuestra percepción. ¿Cuándo comenzó el hombre? ¿Era ya el australopithecus uno de nosotros? ¿Quizás el anthropopithecus?

Naturalmente, la humanidad hubo de comenzar un día en unos primeros hombres. Aunque la transición se muestra como gradual ante una observación exterior, la hominización, sin embargo, representa respecto del animal un modo de existir tan radicalmente nuevo, que tuvo que haber un momento determinado en que ciertos seres vivientes dejaron de ser "algo" y empezaron a ser "alguien". Este comienzo ha desaparecido para siempre en la oscuridad de la historia (Versión castellana. Editorial Herder. Barcelona, 1969, páginas 11-12).

¿QUIÉN CAUSÓ TANTO REVUELO?

Sabemos muy bien que los seres humanos que vivían hace nada más que dos siglos estaban muy atrasados con respecto a nosotros desde el punto de vista científico.

Por eso no entraban a discutir si los datos de la Biblia podrían estar equivocados o no. Pero así como en otros temas la ciencia poco a poco fue dando explicaciones y cambiando muchas creencias que se tenían por seguras, así llegó el momento en que alguien comenzó a observar con detenimiento una serie de fenómenos que lo llevaron a hacerse preguntas conducentes a desarrollar y tratar de probar la teoría de que los seres vivientes han llegado a la forma que hoy tiene después de un largo proceso evolutivo.

Muy cierto que antes que él hubo otros que lanzaron hipótesis más o menos correctas sobre el tema, pero nadie había podido ofrecer pruebas contundentes que permitieran creer  que se trataba al menos de una teoría con muchas posibilidades de estar correcta.

Ese alguien lo fue Charles Robert Darwin, quien nació en Inglaterra el 12 de febrero de 1809.

Este hombre, que llegó a ser un naturalista reconocido, y que con su teoría evolutiva lanzó un reto que representó un avance notable en el conocimiento del ser humano, parecía ser, en su juventud, un completo fracaso.

Aunque desde niño mostraba interés por la investigación, pues gustaba de coleccionar cosas, no convencía a su propio padre, quien tenía de él  una mala opinión. Así llegó a decirle: 'Serás una desgracia para ti y tu familia".

Pese a los fracasos que tuvo como estudiante, persistió en su empeño de convertirse en naturalista, y cuando el Almirantazgo inglés decidió enviar un buque de la Armada Real, el Beagle, al mando del capitan Robert Fitzroy, para examinar las costas de Patagonia, la Tierra del Fuego, Chile y Perú, visitar algunas islas en el Pacífico, y establecer una cadena de estaciones cronométricas alrededor del mundo, uno de sus profesores, que intuía su talento,  lo recomendó y fue aceptado como parte de la expedición.

Este histórico viaje del HMS Beagle comenzó el 27 de diciembre de 1831 y se prolongaría por cinco años. Esta fue la gran oportunidad que Darwin necesitaba para poner a trabajar su espíritu de observación.

Con gran paciencia se dedicó a estudiar la flora, la fauna y otros factores de los lugares visitados, lo que le produjo una gran inquietud y la formulación de mil preguntas que trató de responder por todos los medios a su alcance.

Esto fue lo que, mucho más tarde, lo llevó a la elaboración de su hipótesis sobre la evolución, que trató de demostrar convincentemente con pruebas decididamente científicas.

Esa fue la razón por la que trabajó en silencio, casi sin comunicar a nadie sus hallazgos, hasta que, después de algunas publicaciones preliminares, sacó a la luz su obra El Origen de las Especies el 24 de noviembre de 1859.

Ni que decir tiene que desde que salió tuvo un gran éxito de venta, aunque también provocó un gran sobresalto y mucha controversia.

Como ya se ha dicho, el mayor problema radicaba en la interpretación casi literal que se daba a los textos de la Sagrada Escritura, lo que trajo un verdadero choque, pues por entonces no se había dilucidado las diferencias de objetivos entre la ciencia y la religión, lo que llevó a una condenación casi generalizada entre los círculos religiosos de la época.

La teoría de Darwin formuló claramente algo que  por entonces no estaban los teólogos preparados para aceptar: si la evolución es verdadera, entonces el relato de la Creación es falso o al menos no se puede interpretar literalmente.

Esto ocasionó un cisma aparentemente irreconciliable entre la ciencia y la religión que ha tardado años en ir desapareciendo.

El mismo Darwin, pese a que en su juventud estuvo pensando seriamente acceder a las órdenes sagradas en la Iglesia Anglicana, se convirtió en un agnóstico, y yo pienso que ocurrió, sobre todo, porque los teólogos de su tiempo no supieron entablar un diálogo armonioso con él y sus seguidores.

¿DE DONDE VIENE EL HOMBRE?

Esta es la pregunta fundamental que se hace Darwin, la que más nos interesa a nosotros, y que él trata de responder en su libro The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex (El Origen del hombre y la Selección en Relación al Sexo), aparecido en 1871. (Usaré la traducción publicada por Editorial Diana, S.A. México. 9a. Impresión. Mayo 1971).

Dejando de lado los cientos de páginas que el autor dedica al tema, me voy a concentrar en lo que considero más importante con respecto a lo que estamos tratando, es decir, la conexión entre estas teorías y la fe cristiana.

Es en el capítulo XXI, donde Darwin da un Resumen General y una Conclusión a todo lo expuesto por él en dicha obra.

Después de aceptar que puede estar equivocado en algunas de sus especulaciones, el autor nos dice:

La principal conclusión a que aquí hemos llegado, y que hoy día la mantienen muchos naturalistas muy autorizados, es que el hombre desciende de un tipo de organización inferior (pag. 775).

Pasa luego Darwin a tratar de probar el por qué de esta aseveración, que resultaba tan radical en aquellos tiempos, pues se estaba ahondando, casi por primera vez, en un punto en el que la mayoría o no tenía una idea clara, o se aferraba a lo dicho por la Biblia al pie de la letra.

Sin embargo, no hay que pensar que Darwin rechazaba "a priori" la creación, sino que consideraba que la evolución podía ser, como ahora ya se acepta, parte del plan de Dios.

Así afirma: Aquel que no se satisface, cual el salvaje, de ver a todos los fenómenos de la Naturaleza como si estuvieran dislocados e inconexos, no puede por mucho tiempo seguir creyendo que el hombre es fruto de un acto separado de la creación (pag. 775).

No podemos exigir de un científico que haga teología. Darwin era un naturalista, y como tal se propone averiguar y probar lo que cree haber descubierto.

Es indiscutible que podemos encontrar errores en su obra, sobre todo cuando se adentra en terrenos que no son de su incumbencia, como sucede en algunas páginas de este capítulo.

Con todo, no le falta razón cuando dice: Sé muy bien que las conclusiones a que hemos llegado en esta obra serán tildadas por alguno de altamente irreligiosas. Mas el que tal haga, comprométase a demostrar por que razón es más irreligiosa la explicación del origen del hombre como especie distinta, de una forma inferior, mediante las leyes de la variación y selección natural, que aquella otra del nacimiento del individuo por las leyes de la reproducción ordinaria. Ambos nacimientos del individuo y la especie son partes iguales de esa gran sucesión de fenómenos que nuestro espíritu rehusa considerar cual obra del ciego azar. El entendimiento se rebela contra semejante conclusión, podamos o no podamos creer que la más pequeña variación de estructura - la unión de cada par en el matrimonio, la diseminación de cada semilla - y otras eventualidades como éstas, hayan sido ordenadas todas con cierto fin especial  (pag. 783-784).

En realidad hubo aquí como una intuición, pues el creyente  hoy puede aceptar que el plan de Dios fue desarrollándose desde un comienzo humilde, avanzando poco a poco, hasta llegar al momento en que El  determinó "insuflar al hombre el espíritu de vida" que es lo que nos dice el libro del Génesis.

Hasta en el lenguaje cotidiano encontramos a veces frases como éstas: Tenemos una fiera dentro, o a veces me sale lo que tengo de animal.

Es que, efectivamente, desde el punto de vista de la naturaleza de nuestro cuerpo, todo parece indicar que lo hemos recibido después de un proceso evolutivo de millones de años, que preparó el momento en el que Dios nos elevó a esa condición especial de "seres humanos" al darnos un alma inmortal.

¿Qué más da que en el cuerpo descendamos de monos, o de otros animales o, como dice el propio Darwin, de un mamífero velludo, con rabo y orejas puntiagudas, arbóreo probablemente en sus hábitos y habitante del mundo antiguo (pag. 778).

Lo cierto es que somos ahora totalmente diferentes a cualquier animal, pues tenemos un alma, y con ella las posibilidades de un desarrollo muy superior, debido a todas sus potencialidades. Tener alma es tener voluntad para tomar decisiones, es poder amar, es estar conscientes de lo que somos y queremos. Somos los sujetos de nuestra propia historia. Como diría el Salmo 8: Nos hiciste poco inferior a los ángeles...

Por eso podemos decir que aceptamos la evolución, pues es un hecho probado por la ciencia, sin que tengamos que temer que esto contradiga lo que nos dice la Biblia.

LA LÓGICA DEL RELATO BÍBLICO

Sabemos, como ya se ha dicho, que la Biblia fue escrita por hombres, que eran en esos tiempos muy ignorantes de lo que hoy llamaríamos "ciencia".

Sin embargo, estos hombres tenían un auxilio muy especial, que era la inspiración divina.

Cuando el autor o autores de las primeras páginas del libro del Génesis tratan de narrarnos, a su manera, los pormenores de la Creación, usan de una forma gradual, de menor a mayor, que muy bien pudo ser la usada por Dios a través de la evolución.

Vemos que primero es el caos, y luego todo va adquiriendo un orden. Se hace la luz, pero también el sol y las estrellas, la luna y los planetas y astros. Se crea el agua, y en ella comienzan a vivir los primeros seres. Luego también la tierra se va cubriendo de vegetación y aparecen los primeros animales. Sólo al final es que hace su presentación el hombre, para convertirse en el verdadero rey en la tierra.

¿No es ésta, más o menos, la visión de la ciencia?

Claro que no hay que creer que los "días" que allí se mencionan tienen que ser como los días actuales. Dar a entender eso, con toda probabilidad, no fue la intención de los que escribieron, sino que se trataba de una forma de expresión con la que querían señalar lo que Dios fue haciendo, sin precisar realmente el tiempo que todo se demoró para llegar a su total desarrollo. ¿Es que acaso hemos llegado al total desarrollo de la creación?

¿Cambiamos con ello lo que dice la Biblia?

Para muchos, que están acostumbrados a mirar las páginas de la Escritura como un dictado de Dios al pie de la letra, claro que cualquier interpretación que no sea literal sería una blasfemia. Pero para los que vemos las cosas de otro modo, como lo hace la Iglesia, no es posible entender lo que dice la Biblia de esa manera, sino que debemos tener en cuenta que Dios respetó las formas culturales, la idiosincracia y las peculiaridades étnicas de aquellos que escribieron bajo su inspiración.

Las alegorías  usadas  en  los primeros capítulos del Génesis son una implícita confesión de que los autores no conocían los detalles del hecho creador, y tuvieron que valerse de este recurso para hacer llegar a sus lectores la idea del "cómo" Dios actuó. Esto resulta muy verosímil, pues es lo que realmente se refleja en una lectura despojada de fanatismo.

LA VISIÓN DE TEILHARD DE CHARDIN

Pierre Teilhard de Chardin fue, además de sacerdote, un notable paleontólogo (científico que estudia las formas de vida del pasado, especialmente las prehistóricas, a través del estudio de los fósiles),  además de filósofo.

Había nacido en Sarcenat, Francia, en el año 1881, y a los 18 años entró en la Compañía de Jesús. Ordenado sacerdote en 1911, tuvo que intervenir, como asistente de enfermería, en la I Guerra Mundial.

Después de eso llegó a ser profesor en el famoso Instituto Católico de Francia, pero sus ideas sobre la evolución y sus escritos, lo hicieron sospechoso de heterodoxia y tuvo que dejar la enseñanza.

Fue entonces cuando se dedica de lleno a las investigaciones paleontológicas en China, donde vivió veinte años. Y aunque no se le permitía publicar sus escritos filosóficos, no dejó por ello de continuar su tarea de tratar de armonizar la teoría de la evolución con los postulados cristianos.

Aunque no haya que estar de acuerdo con todas sus teorías, hoy se le puede tener, al menos, como un gran pionero en el campo católico, pues abrió los caminos para una mayor comprensión del problema de la evolución y de como ésta no tiene por qué estar en contra de la fe, si se sabe armonizar con una cabal interpretación de las enseñanzas de la Escritura.

Cuando muchos veían la evolución como algo irreconciliable con la doctrina cristiana, Teilhard tuvo, y éste es su mayor mérito, la visión necesaria para comprender que algo que se consideraba científicamente probado no podía estar en contra de las verdades de la fe.

En su obras Teilhard proyecta una hermosa teoría, en que ve al hombre avanzar desde las brumas de la prehistoria, en constante evolución, desarrollándose tanto en lo físico, como en lo social, lo intelectual y lo espiritual, hasta que logre alcanzar el punto Omega, que sería ya la unión con Dios más allá de esta vida.

Si bien sus escritos causaron resquemor en otras épocas, en las que no se tenía una idea muy clara de la forma de interpretar la Biblia, hoy son muchos los que admiran a Teilhard y lo consideran un maestro que, aceptando humildemente lo que sus superiores dispusieron, negándole la oportunidad de publicar los frutos de sus pensamientos filosóficos, no dejó con todo de usar su talento para clarificar el concepto cristiano con respecto a la evolución.

¿QUÉ DIJO EL PAPA?

Las afirmaciones de Juan Pablo II en su Mensaje a los miembros de la Academia Pontificia de Ciencias,  no cambia en nada, como ya dije, lo que la Iglesia ha venido enseñando en los últimos tiempos con respecto a la evolución.

Sin embargo, podríamos decir que, tomando este tema del que muchos hablan erróneamente, tanto en el campo científico como en el religioso, trata de poner énfasis en que la evolución no es un tema tabú, ni la Iglesia tiene por qué temerle a la verdad.

Así dice en el número 2:

Me alegra el primer tema que ustedes han elegido, el del origen de la vida, tema esencial que interesa mucho a la Iglesia, puesto que la Revelación, por su parte, contiene enseñanzas relativas a la naturaleza y a los orígenes del hombre. ¿Coinciden las conclusiones a las que llegan las diversas disciplinas científicas con las que contiene el mensaje de la Revelación? Si, a primera vista, puede parecer que se encuentran oposiciones, ¿en qué dirección hay que buscar su solución? Sabemos que la verdad no puede contradecir a la verdad.

Tanto la ciencia como la Sagrada Escritura hablan de los orígenes de la vida. Aparentemente no concuerdan la una con la otra, sobre todo porque la segunda ha sido interpretada con demasiada frecuencia en una clave que no le corresponde. Esto lo dirá más tarde Juan Pablo cuando afirma en el número 3: Conviene delimitar bien el sentido propio de la Escritura, descartando interpretaciones indebidas que le hacen decir lo que no tiene intención de decir.

Este ha sido, desde el principio, el primer obstáculo para poder dialogar con la ciencia, lo que en modo alguno significa ceder ante la misma, adaptando la doctrina de modo que no haya ningún punto de contradicción entre la una y la otra.

Esto sería traicionar la intención del propio Dios al revelársenos, como lo es cuando, por ignorancia de lo que los textos quieren decir, o por simple fanatismo, nos aferramos a una interpretación literal que en nada se aviene no ya con la ciencia que podríamos llamar secular, sino con  la misma ciencia bíblica, aquella que estudia y analiza los textos teniendo en cuenta el sinnúmero de detalles que se requieren para poder interpretarlos correctamente.

EL DIÁLOGO CON LA CIENCIA

Sigue diciendo Juan Pablo en el número 2:

Tanto en el campo de la naturaleza inanimada como en el de la animada, la evolución de la ciencia y de sus aplicaciones plantea interrogantes nuevos. La Iglesia podrá comprender mejor su alcance en la medida en que conozca sus aspectos esenciales. Así, según su misión específica, podrá brindar criterios para discernir los comportamientos morales a los que todo hombre está llamado, con vistas a su salvación integral.

Nadie duda que el ser humano ha ido pasando poco a poco, a través de un lento proceso, de una ignorancia total sobre sí mismo, a un cada vez mayor conocimiento de lo que es y de lo que le rodea.

También en esto ha habido una evolución. Lo que hoy sabemos sobre la creación de Dios es infinitamente superior a lo que, si acaso, intuían los seres humanos contemporáneos de Jesús.

Nada se conocía propiamente del cuerpo humano. La gente sabía de la sangre, pero no de su composición, de sus propiedades, de cómo circulaba, de la función del corazón, de las venas y las arterias, así como de otros órganos que están constantemente trabajando para que la misma se mantenga limpia y bien oxigenada. Todo esto era, sencillamente, un misterio para ellos.

Jesús en ningún momento pretendió dárselas de cientifico  abriendo caminos en este sentido. Siempre se comportó como un hombre - que también lo era - de su tiempo, por tanto, ignorante como los demás de todos los asuntos relacionados con la ciencia.

¿Esto significa que sus discípulos no tengan ahora que ocuparse de estos asuntos? Claro que no. Lo que ocurre es que a medida que los seres humanos van avanzando en sus conocimientos, como dice el Papa, se van abriendo nuevos interrogantes, que han de encontrar respuestas de la Iglesia en aquello que es su específica misión: llevar a los hombres a su salvación integral.

Aunque la Iglesia ha contado entre sus filas a eminentes científicos en distintos campos, no es a ella a quien compete la investigación científica, aunque sus miembros puedan y deban hacerlo como individuos.

Pero la Iglesia no puede desconocer lo que está ocurriendo, por lo que su discurso tendrá que  ser adaptado a los tiempos, pues si bien la Verdad nunca podrá cambiar, sí lo puede la forma de conocerla e interpretarla.

Pongamos un ejemplo: En los tiempos de Jesús la gente creía que las enfermedades eran causadas por espíritus malignos. Esa era una verdad que no se discutía. El propio Jesús no quiso entrar en un tema que no era el momento de descubrir, pues el ser humano tiene como tarea propia el irse abriendo camino, por sí mismo, aunque sustentado por Dios, y lo que corresponde a las realidades de este mundo no son objeto directo de la Revelación divina.

Con el paso del tiempo el ser humano fue aprendiendo y descubriendo. La ciencia fue evolucionando, es decir, avanzando, y llego un día en que se supo que todas las enfermedades tenían causas naturales, es decir, que no estaban asociadas a ningún agente sobrenatural, como serían los supuestos "espíritus malignos" que antaño se creía que las causaban.

¿Tuvo este descubrimiento que ocasionar un estremecimiento en la fe de los creyentes?

Decididamente no, aunque en la práctica esto ocurre con mucha frecuencia, porque no es fácil aceptar lo nuevo, que a los ojos de muchos se presenta con la etiqueta de maligno.

Pero la Iglesia, que es la Maestra puesta por Dios para darnos una auténtica interpretación de su Revelación, asistida siempre por el Espíritu Santo, no podía desconocer los nuevos descubrimientos, y tenía que buscar solución a la aparente contradicción que podría haber.

Aunque el diálogo entre ciencia y fe ha tenido que recorrer un largo camino, poco a poco se ha ido entablando en forma más armónica, para no hacer decir a Dios lo que en modo alguno El pudo alguna vez decir. ¿Podría la Verdad misma contradecir la verdad que los seres humanos han ido descubriendo?

Fue el caso de Galileo Galilei, que el propio Juan Pablo II, con innegable sentido de justicia, rehabilitó plenamente.

Este es otro ejemplo de las dificultades del diálogo. Este creyente y científico se adelantó a su tiempo, por lo que no pudo ser comprendido por sus contemporáneos, y los teólogos consideraron sus teorías como contrarias a las enseñanzas de la Iglesia.

No había tal. Simplemente se trataba de ignorancia, queriendo hacer decir a la Escritura lo que no fue nunca la  intención de su Autor principal.

PIO XII Y "LA HUMANI GENERIS"

En el número 3 de su mensaje, Juan Pablo II ha querido recordar lo que sobre esta materia dijera uno de los grandes Papas de este siglo.

Citemos sus palabras:

En su encíclica Humani generis (1950), mi predecesor Pío XII ya había afirmado que no había oposición entre la evolución y la doctrina de fe sobre el hombre y su vocación, con tal de no perder de vista algunos puntos firmes.

Por supuesto que en tiempos de Pío XII todavía no se había logrado un estudio tan profundo sobre el tema que pudiese llevar al Papa a las conclusiones que luego fueron tomando distintos teólogos y que Juan Pablo II acaba de sancionar.

Así, en la encíclica citada, Pío XII afirma:

Algunos imprudente e indiscretamente mantienen que la evolución, la cual no ha sido totalmente probada aún en el dominio de las ciencias naturales, explica el origen de todas las cosas, y audazmente apoya la opinión monista y panteísta de que el mundo está en una continua evolución  (Número 5).

Más adelante, en el número 62, hablará  Pío XII sobre las distintas teorías que existían en su tiempo y que oponían la ciencia con la fe. Se expresa así:

Nos queda ahora hablar sobre aquellas cuestiones que, aunque pertenecen a las ciencias positivas, están, sin embargo, más o menos conectadas con las verdades de la fe cristiana. De hecho, no pocos demandan insistentemente que la religión católica tome estas ciencias en cuenta lo más posible. Esto ciertamente puede ser laudable en el caso de hechos claramente probados; pero hay que usar de cautela cuando se trata de una  cuestión de hipótesis, que tiene cierto fundamento científico, en la cual está envuelta la doctrina contenida en la Sagrada Escritura o la Tradición. Si, a pesar de todo, tales opiniones hipotéticas están opuestas sea directa o indirectamente a la doctrina revelada por Dios, en modo alguno  puede ser admitido el reclamo de que sean reconocidas.

Pasando al número 64, allí la Humani Generis se referirá directamente a la evolución, que es lo que Juan Pablo II comenta en el párrafo que antes hemos citado. Dice así:

Por estas razones la Autoridad Docente de la Iglesia no prohíbe que, en conformidad con el  presente estado  de las ciencias humanas y de la sagrada teología, tengan lugar investigaciones y discusiones por parte de hombres experimentados en ambos campos con respecto a la doctrina de la evolución, sobre lo que indaga en relación al origen del cuerpo humano como proveniente de una materia pre-existente y viva - ya que la fe católica nos obliga a sostener que las almas son creadas inmediatamente por Dios. Sin embargo, esto debe ser hecho de tal manera que las razones para ambas opiniones, esto es, las favorables y las desfavorables a la evolución, sean pesadas y juzgadas con las necesarias seriedad, moderación y medida, estando todos dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a la que Cristo ha dado la misión de interpretar auténticamente las Sagradas Escituras y de defender los dogmas de la fe.

A continuación Pío XII dirá algo que hace ver la gran distancia que existe entre 1950 y 1996  en relación con las investigaciones sobre este tema.

Número 65:

Algunos, sin embargo, transgreden temerariamente esta libertad de discusión cuando actúan como si el origen del cuerpo humano desde una materia pre-existente y viva fuese ya completamente cierto y probado por los hechos que han sido descubiertos hasta ahora, razonando sobre esos hechos como si no hubiese nada en las fuentes de la divina revelación que demandase la más grande moderación y cautela en esta cuestión.

Sobre este particular Juan Pablo II comenta en el número 4 de su Mensaje a los miembros de la Academia Pontificia de Ciencias:

Teniendo en cuenta el estado de las investigaciones científicas de esa época y también las exigencias propias de la teología, la encíclica Humani Generis consideraba la doctrina del "evolucionismo" como una hipótesis seria, digna de una investigación y de una reflexión profundas, al igual que la hipótesis opuesta. Pío XII añadía dos condiciones de orden metodológico: que no se adoptara esta opinión como si se tratara de una doctrina cierta y demostrada, y como si se pudiera hacer totalmente abstracción de la Revelación a propósito de las cuestiones que esta doctrina plantea.

Como ya dije la Iglesia tiene que tomar en cuenta los avances de la ciencia, pero con cuidado, pues cualquier hipótesis o teoría que aparece encuentra siempre, en el mismo terreno científico, quienes la desafían y hasta desvirtúan completamente.

A todos los pioneros les ha pasado lo mismo, pues es casi imposible que un solo hombre logre, en el corto período activo de su vida, un conocimiento o dominio total en alguna rama y pueda darse por descontado que sus afirmaciones están absolutamente demostradas.

Hoy muchas de las opiniones que formulara Sigmund Freud a propósito de la mente y el inconsciente han sido desechadas por incompletas, aun cuando pueda reconocérsele al famoso siquiatra vienés su contribución al descubrimiento de las capacidades inauditas de los mismos.

Todos los días  nuevos descubrimientos están ampliando los horizontes del ser humano en todos los sentidos. En cosa de pocos años se han tenido que cambiar los datos que se creían ciertos, pues han ido quedando obsoletos ante la aparición de nuevas pruebas que anulaban lo anteriormente aceptado.

Así ha ocurrido también con las teorías de Darwin, a las que se les sigue considerando importantes, pero no todas han sido,  necesariamente, demostradas en su totalidad. Otros naturalistas han aportado ideas y teorías que completan la obra del que indiscutiblemente fuera un pionero.

Juan Pablo II reconoce que se requería aguardar los avances de la ciencia misma para llegar a conclusiones más razonadas y aceptables. Por eso sigue diciendo en el mismo número 4:

Hoy, casi medio siglo después de la publicación de la encíclica, nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis. En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto paulatinamente al espíritu de los investigadores, a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia, de ningún modo buscada o provocada, de los resultados de trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría.

Como vemos, la Iglesia ha ido analizando los avances de la ciencia, para no lanzarse a aceptar algo que no esté debidamente comprobado.

Aunque los libros de Darwin pudieran ofrecer una demostración de la teoría evolutiva, era necesario hurgar más y lograr que las conclusiones fueran definitivas. El mismo Darwin, en su obra El Origen del Hombre y la Selección en Relación al Sexo antes citada, dice en el capítulo XXI, en el que hace un resumen general y llega a una conclusión, (Pag. 774):

Muchas de las ideas expuestas tienen marcado sabor especulativo, y de algunas, ciertamente, se probará que son erróneas: siempre, empero, me esforcé en presentar las razones que me impulsaban a una opinión más que a otras.

Juan Pablo II piensa que ya se ha llegado a ese momento en el que las ciencias han dado una palabra definitiva, no con relación a la obra de Darwin directamente, sino  en el sentido de que la evolución es un hecho innegable.

¿Se desmorona con esto algo de la doctrina cristiana? Por supuesto que no, pues como ya se ha dicho, en los libros sagrados no se ha revelado nada específicamente científico, lo que Dios ha dejado a la investigación del mismo ser humano,  sino que sólo se nos da a conocer su amor salvífico que ha llamado a hombres y mujeres a ser algo más que los productos más depurados de un proceso evolutivo, sino que hemos sido  invitados a participar de su propia vida como hijos adoptivos suyos.

HACER DECIR A LA BIBLIA LO QUE NO DICE

El choque lo pueden tener aquellos que se aferran a la letra de la Escritura, y llevados por su ignorancia de la misma se empeñan en hacerle decir lo que nunca fue la intención ni de Dios ni de los autores sagrados.

Que Dios se pusiera, hace ya tanto tiempo, a querer enseñar al pueblo de Israel, sobre un proceso tan complicado que aún hoy día es tema sólo para especialistas, pues aunque cualquiera puede darse cuenta de que la evolución ha existido, la explicación de ese proceso sólo puede ser comprendida por quienes tienen un amplio conocimiento de las ciencias de la naturaleza, es algo que no tiene sentido alguno.

Mucho menos cuando tendría que utilizar, para dar a conocer su mensaje, a personas ignorantes, como fueron los autores biblicos. No olvidemos que si bien las primeras teorías sobre la evolución ya existieron desde hace siglos, como pura especulación, es Darwin, a mediados del siglo pasado, el primero que  la aborda con verdadero rigor.

¿Sería justa una crítica a la Iglesia desde el fundamentalismo, en el sentido de que ha traicionado la Palabra para aceptar teorías puramente humanas?

Claro que no. La Iglesia es la depositaria del tesoro de la Revelación, y cuenta con la asistencia del Espíritu Santo para dar una interpretación que sea totalmente acorde con la Verdad. Tiene que ser verdad lo que está tan bien demostrado tanto por las ciencias bíblicas como por las naturales.

Las primeras han logrado descubrir que es imposible el literalismo como modo de interpretación de la Escritura. Las segundas nos han hecho ver que el proceso evolutivo es algo  sobre lo que ya no cabe discusión alguna.

LOS LÍMITES DE LA CIENCIA

Así como los creyentes hemos tenido que aceptar la limitación que confrontamos, de no contar con una revelación detallada de la creación y los orígenes del hombre, y que la fe y la ciencia van por caminos diferentes, sin que necesariamente sean contrapuestos, así también la ciencia tiene que reconocer sus propias limitaciones.

Llegar a la conclusión, por ejemplo, de que la demostración de la teoría de la evolución concluye que todo lo que existe es producto de un proceso en el que no ha intervenido ningún Creador ni obedece a un plan previamente concebido, es ir mucho más allá de lo que la ciencia puede descubrir.

Sin embargo, muchos autores científicos, llevados no de pruebas irrefutables sino de puras especulaciones que nada tienen de científicas, pues son producto  de las creencias de los mismos investigadores, lanzan afirmaciones como éstas:

Nuestra concepción actual del mundo está fundada sobre la certeza de que el Universo, las estrellas, la tierra y el conjunto del mundo viviente han seguido una larga evolución, que no ha obedecido a ningún programa pre-establecido, y se ha desarrollado progresivamente, según una serie de fenómenos resultantes de las leyes ordinarias de la física. Esto es verdadero tanto de la evolución cósmica como de la evolución biológica  (Ernst Mayr, en The Evolution, Scientific American 1980).

Como vemos, el autor, que refleja el pensamiento de muchos científicos modernos, llega a la conclusión "científica" de que, al haber logrado la ciencia probar que la evolución es un hecho incontrovertible, ya podemos también "demostrar" que Dios nada tuvo que ver con la creación. De ahí a negar su existencia no hay más que un paso.

En ese mismo artículo se dice:

Las creencias de los pueblos primitivos y la mayor parte de los dogmas religiosos reposan sobre la concepción de un mundo esencialmente estático, inmutable después de su creación, considerada ésta, por lo demás, como relativamente reciente.

En el siglo XVII, el obispo Ussher había calculado la fecha de la creación del mundo; el resultado que él obtuvo, 4,004 años antes de Jesucristo, no era ridículo en esa época sino por el exceso de precisión de los únicos testimonios escritos y de tradición oral, que no permitían remontarse muy lejos en el pasado (Obra citada).

Las primeras afirmaciones son, a todas luces, un craso error, pues ya hoy, fuera de los fundamentalistas, nadie considera que el mundo se haya mantenido estático e inmutable, pues para probarlo no hay siquiera que entrar en complicadas demostraciones científicas, sino tener un poco de sentido común.

No se puede aplicar el mismo criterio del obispo Ussher allí mencionado, como si la teología no hubiera también evolucionado para entender las cosas de otro modo. Habría que ser muy ignorante para seguir aplicando esos conceptos en el momento presente. Y algunos científicos, cuando se adentran en terrenos que no les son familiares, fácilmente desbarran y cometen los mismos errores que critican en otros, al afirmar cosas de las que no tienen ningún fundamento experimental.

Veamos, a manera de  ejemplo, la explicación que sobre este particular  da la Biblia llamada "latinoamericana", que está dirigida a un público no especializado. Dice así en su introducción:

Este Universo cambia a cada momento. Las galaxias se alejan unas de otras con velocidades de millares de kilómetros por segundo. Estrellas, polvo espacial, agregados de materia, el mundo entero parece ser los pedazos lanzados por una gigantesca explosión. Los sabios se atreven a fijar aproximadamente la fecha en que pudo haber estallado esta superbomba atómica: como diez a veinte mil millones de años atrás. Esta sería la edad de la creación (Pag. 7, LXVI Edición. 1986).

Luego, en la página 9, siempre aceptando la evolución como teoría correcta, pero no las conclusiones a las que algunos  científicos han querido llegar sin prueba alguna, agrega:

Durante largos siglos el hombre no cambió mucho la faz del mundo. Su espíritu llevaba la imagen de Dios, pero su cuerpo y su manera de vivir apenas lo diferenciaban de esos antropomorfos de los que había salido (no digamos "había nacido", pues realmente su personalidad nace de Dios). Familias, grupos humanos, vivían en estado primitivo, se alojaban en cavernas, cazaban en la selva, semejantes a algunas tribus que permanecen hasta hoy.

Acusar, pues, a los creyentes, católicos o no, de cosas que hace tiempo han sido desechadas debido a una mejor comprensión de la doctrina revelada y de las mismas ciencias, es una majadería maliciosa en la que se gozan algunos científicos para justificar su irreligiosidad o su ateísmo.

Esto no significa que la Verdad pueda cambiar, sino que el ser humano tiene muchas limitaciones para entender esa Verdad, y Dios, que se ha revelado, no lo ha hecho de tal forma que tengamos una total evidencia, sino que sigue exigiéndonos la fe como un medio para adentrarnos en su conocimiento y su amor.

Nos toca a nosotros hacer el trabajo. Ese es el método pedagógico que Dios usa para enseñarnos. Y aunque es difícil, nos da la oportunidad de actuar por nosotros mismos en la búsqueda del conocimiento de lo humano y lo divino.

Cierro este capítulo con las agudas palabras de un científico, Max Aron, que ha sido suficientemente humilde para reconocer los límites de la ciencia:

Aunque hayamos tratado de comprender cómo los vertebrados han sucedido a los invertebrados, cómo los pájaros han nacido a partir de los reptiles, queda todavía por explorar por qué la evolución se ha cumplido en un sentido progresivo. La supremacía del hombre, su singularidad dentro de la escala animal, el desarrollo de su cerebro, escapan a las especulaciones biológicas (Problèmes de la vie, página 230).

CUERPOS Y ALMAS

Del análisis de todo lo anterior se desprende que la Iglesia no tiene ninguna dificultad en admitir que la evolución pueda ser un hecho, y que no hay por qué rechazar que los orígenes del mundo y del ser humano han debido atravesar por una lenta evolución querida y establecida por Dios.

Esto último es lo que es materia de la fe, y la ciencia no tiene medios de probarlo o rechazarlo.

Tendrían razón los científicos si dijeran: No podemos demostrar la existencia de Dios ni su gesto creador.

Pero cuando los científicos "a priori", es decir, desde sus propios prejuicios o creencias ateas, niegan a Dios y la posibilidad de que El haya sido el Creador, planificando ese lento progreso que llamamos "evolución", dejan de ser científicos para convertirse en militantes de la causa "anti-Dios".

El mismo relato bíblico, sin tener que ser tomado al pie de la letra, como ya se dijo, ni buscar en él una comprobación cientifica, nos dice algo que concuerda plenamente con los hallazgos de la ciencia.

Vemos como, al ir describiendo los diferentes "días" de la creación, nos va señalando un progreso hasta llegar al ser humano. No se presenta allí al hombre como el primer ser viviente, sino que vemos aparecer la luz y las tinieblas, la tierra y el agua, las plantas y sus frutos, los peces y otros animales en el mar, los lagos y los ríos,  y luego los pájaros, los ganados, los reptiles y las bestias. Sólo después que todo eso estuvo hecho fue que Dios crea al hombre, dándole el dominio sobre todo lo que ya existía sobre la faz de la tierra.

El mismo relato, escrito bajo la inspiración de Dios, pero por un ser humano totalmente ignorante de lo que hoy llamaríamos ciencia, nos está hablando de un progreso, de una evolución, aunque allí aparezca como si todo se hubiese hecho en un instante.

Lo único que interesa al creyente es si Dios actuó o no. Y tendríamos que concluir que es mucho más fácil creer en lo primero que en lo segundo.

Si no existía previamente un Ser que pudo planearlo todo con tanto lujo de detalles, que todavía hoy nos siguen maravillando, entonces todo ha sido producto de un gran azar que, sin orden ni concierto, ha llegado a la realización de un Universo que sabemos imposible de explicar.

Esto traería como consecuencia una realidad muy triste y descorazonadora: Todo lo que existe no tiene ningún objetivo práctico, pues vamos a desaparecer y volver a la no existencia sin lograr descifrar el misterio de lo que nos rodea.

Frente a esa monstruosidad que sería un mundo sin Dios y una creación sin objetivo alguno, pues todo es producto del azar y la necesidad, como diría Jacques Monod, todos nuestros anhelos de felicidad quedarían truncados y el ser humano tendrá que aceptar que su vida en la tierra es un absurdo, una burla del destino, que le ha permitido vislumbrar la eternidad para luego desaparecer irremisiblemente sin haber alcanzado un ápice de la felicidad que se transparenta en lontananza.

¿Es esto lógico? ¿Tendremos alguna escapatoria?

Es allí, donde la ciencia calla porque no tiene ninguna respuesta que ofrecernos, que contamos con el auxilio de la fe basada en la Revelación de Dios.

¿CAMBIAMOS LA ESCRITURA PARA ACOMODARNOS A LA CIENCIA?

De ninguna manera. Lo que ocurre es que, así como aceptamos que haya habido una evolución querida por Dios en todo el proceso de la Creación, así también esta evolución existe en el desarrollo mismo de los seres humanos.

De nuestros primeros padres hasta nosotros ha habido un largo trecho por recorrer, y se ha visto como el hombre ha avanzado lentamente, ampliando sus conocimientos y sus maneras de entender las cosas.

Hubo milenios en que el avance apenas se podría notar. Actualmente todo parece ir a una velocidad increíble, en que un invento trae nuevos inventos, un descubrimiento otros descubrimientos, pues todo parece concatenarse para ofrecer al ser humano innumerables posibilidades en su búsqueda de ese Bien Supremo que ha puesto en nuestros corazones el ansia de encontrarlo.

El hombre ha sido un perfecto ignorante de sí mismo hasta hace relativamente muy poco. De la circulación de la sangre, por ejemplo, no se sabía casi nada. El nombre "arteria" viene del concepto  que se tuvo por siglos de que por allí lo que circulaba era aire. Esto lo aclaró el célebre Galeno unos cuatrocientos años antes de Cristo. Pero lo que no pudo este gran médico fue descubrir que era el corazón, y no el hígado, como él creía, el principal órgano de la circulación.

Fue en el año 1628 que el médico inglés William Harvey, publicó un libro, fruto de sus investigaciones sobre el tema, la traducción de cuyo título viene a ser "Sobre el movimiento del corazón y de la sangre en los animales", donde el científico ofrece una exacta descripción del sistema circulatorio, eliminando falsos conceptos que hasta entonces estaban en boga, y de paso corrigiendo el error de Galeno.

Cada vez que un científico ha adelantado una hipótesis tratando de demostrar algo contrario a lo que generalmente se cree, ha despertado, al menos al principio, un sinnúmero de comentarios adversos y de críticas a veces acerbas, pero al final la verdad se impone.

¿Cómo no iba a ocurrir lo mismo con las teorías de Darwin y sus demostraciones, bastante palpables, de que la evolución es un hecho al menos posible?

Claro que en este tema entraban en consideración otros delicados problemas, pues aparentemente tal cosa estaba en contradicción con lo dicho en la Sagrada Escritura.

Algo por el estilo ocurrió en el caso de Galileo Galilei. Este sabio, nacido el 15 de febrero de 1564, era un devoto católico. Pero sus investigaciones lo llevaron a chocar contra los conceptos más en boga en su época, prefiriendo por ejemplo, la teoría de Copérnico de que la tierra giraba alrededor del sol y no lo que por entonces se creía de que la tierra era el centro del Universo. Por ello tuvo que sufrir, ya que fue llevado ante el tribunal de la Inquisición acusado de herejia. Fue condenado injustamente por personas que querian convertir las teorías científicas en verdades de fe, o hacer de la Biblia un libro de ciencia. Esto ocurrió en 1633.

Fue el papa Juan Pablo II quien, en octubre de 1992, después de trescientos cincuenta y nueve años, absolvió a Galileo, reconociendo el error cometido en contra suya.

Como vemos, aquel dicho de que "nada es verdad ni mentira, sino todo es el color del cristal con que se mira", puede considerarse cierto cuando se trata de actividades o juicios humanos. Las equivocaciones de los hombres no significan errores de Dios, sino confirman nuestras múltiples limitaciones en todo sentido.

También hubo un progreso lento y difícil en la comprensión de las Escrituras. Ya están lejos los tiempos en que, por ignorancia, se interpretaba todo al pie de la letra, como si cada palabra significara exactamente lo que hoy queremos decir con ellas.

Claro que todavía quedan quienes siguen haciendo lo mismo, prolongando una ignorancia que no tiene razón de ser.

Dios, al revelársenos, utilizó hombres de carne y hueso, y respetó su cultura, su idiosincracia y sus limitaciones. Si bien se encargó de inspirar el contenido, dejó a los escritores escoger por sí mismos el ropaje literario, de acuerdo a su diverso talento y a sus formas propias de decir las cosas.

Si entendiéramos la Biblia al pie de la letra tendríamos que concluir que ésta dice cosas que están en absoluta contradicción con lo que enseña la ciencia.

¿Quién tiene la razón? ¿Se equivocan las Escrituras?

A través de ambos caminos podemos llegar a conocer la Verdad de Dios. El prefiere que seamos nosotros los que vayamos descubriendo, poco a poco, lo que debemos saber de su creación, mientras nos revela aquello que nos es necesario para la eterna salvación.

Por eso no hay que quitar nada en las Escrituras, pero tampoco hay que convertir sus palabras en verdades científicas, que no lo son ni nunca lo pretendieron.

Tomemos los primeros capítulos del libro del Génesis. Si lo leemos al pie de la letra tendríamos que concluir que el mundo sólo tiene unos pocos miles de años, y Dios actuó de forma instantánea, creándolo todo en seis días de veinticuatro horas como los que conocemos.

¿Pudo hacerlo Dios? Pues claro que sí, que para El nada hay imposible. Pero lo cierto es que no quiso hacerlo, y la ciencia nos ayuda a comprender esto, sin por ello rebajar nada de lo que nos enseña la Biblia.

Detrás del ropaje literario del que se ocuparon los autores humanos, estaba El inspirando las verdades que son las que pretendía recalcar: su presencia en el mundo, su amor por lo creado y por cada una de sus criaturas, su misericordia y su bondad.

Busquemos pues, en la Escritura, la fuente que alimenta nuestra fe, esperanza y amor, y acudamos a la ciencia para que desentrañe los misterios de la Creación, que ésa es la tarea que Dios nos mandó llevar a cabo, para que al descubrir su obra, podamos llegar al amor del Creador.

RESUMIENDO

Quisiera resumir todo lo dicho hasta aquí en una serie de preguntas y respuestas que ayuden a los lectores a clarificar sus conocimientos sobre el tema de la evolución.

1. ¿Puede un católico aceptar la evolución?

No sólo puede, sino que debe aceptarla, pues esto en nada contradice lo revelado por Dios. Los datos de la ciencia completan lo que dice la Escritura, y por  ellos sabemos que Dios quiso hacer las cosas sin apuro, como solazándose en la obra creadora.

En realidad ésta no ha terminado, sino que se prolonga a lo largo de los miles de millones de años que hasta ahora ha durado. ¿Acaso no dice san Pedro que para Dios un minuto es como mil años y mil años como un minuto?

2. ¿Se deben condenar las doctrinas de Darwin?

Al igual que lo ocurrido con Galileo, también muchos se apresuraron a condenar a Darwin, aun cuando contra él nunca hubo una sentencia directa de la Iglesia.

Pero, al igual que en el caso de Galileo, se trataba de hombres de su época, que no podían comprender a quien se les adelantaba en el tiempo, descubriendo algo que hasta entonces sólo algunos habían podido vislumbrar, pero nadie se había atrevido a estudiar a fondo.

Creo que hoy hemos de reconocer las valiosas aportaciones de  este científico que supo  defender sus descubrimientos ante una sociedad todavía no preparada para comprenderlos a cabalidad.

Así ha sido siempre, pero es la forma en que el espíritu y el entendimiento humanos van progresando, lenta pero inexorablemente, hacia las alturas a las que Dios nos ha llamado.

Sólo en medio de conflictos, errores y descubrimientos es que podemos lograr ese progreso que es la verdadera misión del hombre sobre la tierra, según el propio designio del Creador, cuando dijo:  Crezcan y multiplíquense, y llenen la tierra, y sométanla, y dominen a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra (Génesis 1,28).

3. Si aceptamos la evolución, ¿qué pasa con la doctrina del pecado original?

Como ya se ha explicado, el proceso evolutivo llegó a un punto en el que Dios procede a hacer que aquello que hasta entonces no era humano, dé un salto cualitativo, o como diría el Papa "un salto ontológico" (Num. 6).

Este es el momento narrado por el Génesis:

Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra; y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias, y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra.

Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; los creó varón y hembra.

Y les echó Dios su bendición y dijo: Crezcan y multiplíquense, y  llenen la tierra, y sométanla, y dominen a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra (1,26-28).

Recordemos que hasta ese momento no existía propiamente el hombre, sino un animal que fue progresando hasta llegar al punto en el que Dios interviene para realizar el "salto ontológico" del que resulta el hombre.

Que el autor lo diga en esa forma, no tiene por qué negar los hechos demostrados por la ciencia, pues lo que aquí se resalta es que Dios es quien creó desde el principio y actúa en este momento especial para hacer un ser nuevo a quien entrega la responsabilidad de la tierra.

Es desde allí, y nunca antes,  que el hombre se convierte en sujeto de elección, por lo que la tentación de optar entre el bien y el mal pudo llevarlo al deseo de ser todavía más, igual a Dios, lo que le impulsa a desobedecerlo y a rebelarse contra El.

Pablo presenta la doctrina del pecado original en su carta a los Romanos 3, 12-19, de esta manera:

Por tanto, así como por un solo hombre entró el pecado en este mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte se fue propagando en todos los hombres, por aquel solo Adán en quien todos pecaron.

Así que el pecado ha estado siempre en el mundo hasta el tiempo de la ley; mas como entonces no había ley escrita, el pecado no se imputaba como transgresión de ella.

Con todo eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no pecaron con una transgresión de la ley de Dios semejante a la de Adán, el cual es figura del segundo Adán que había de venir.

Pero no ha sucedido en la gracia, así como en el pecado; porque si por el pecado de uno solo murieron muchos,  más copiosamente se ha derramado sobre muchos la misericordia y el don de Dios por la gracia de un solo hombre, que es Jesucristo.

Ni pasa lo mismo en este don de la gracia, que lo que vemos en el pecado. Porque nosotros hemos sido condenados en el juicio de Dios por un solo pecado, en lugar de que seamos justificados por la gracia después de muchos pecados.

Pues como por el pecado de uno solo ha reinado la muerte por un solo hombre que es Adán, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia, y de los dones, y de la justicia, reinarán en la vida por solo un hombre que es Jesucristo.

En conclusión, así como el delito de uno solo atrajo la condenación de muerte a todos los hombres, así también la justicia de uno solo ha merecido a todos los hombres la justificación que da vida al alma.

Pues a la manera que por la desobediencia de un solo hombre fueron muchos constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo serán muchos constituidos justos.

¿Podríamos encontrar alguna contradicción entre la teoría de la evolución y las palabras de Pablo? Pienso que no, pues todo eso se refiere a algo ocurrido posteriormente al momento en que el hombre comienza propiamente a existir. De modo que la doctrina del pecado original, tal como la enseña la Iglesia, queda totalmente intacta aún aceptando el proceso evolutivo.

4. ¿No resulta repugnante el pensamiento de que podemos descender de animales?

El ser humano es muy superior a los animales por muchos motivos. Pero su grandeza no está en su cuerpo, sino en su alma, en la que habitan sus facultades espirituales, su inteligencia, su voluntad.

Que tengamos en común con algunos animales la estructura de nuestro cuerpo, formado de músculos, carne, cartílagos y huesos,  así como diversos sistemas,  como el respiratorio, el circulatorio, el digestivo, etc. no disminuye en nada esa grandeza, sino que muestra la especial predilección de Dios por esta criatura que ha recibido el don de ser el amo y señor de la tierra y de todo lo aquí creado.

Como ya se dijo, cuando el autor sagrado narra el origen del hombre, no dice que provenga de los animales, pues la inspiración de Dios no llega a abrir su entendimiento a verdades científicas desconocidas en esos tiempos, sino que el Creador tomó un poco de barro de la tierra. ¿Es acaso éste un origen superior a que descendamos de algún tipo de animal?

Somos criaturas de Dios. Hemos de reconocer su soberanía sobre nosotros y respetar sus designios. Lo que El hizo fue todo bueno, de modo que de nada tenemos que avergonzarnos. También en los animales encontramos multitud de maravillas, pues Dios todo lo creó con amor y delicadeza.

Los científicos nos señalan que hay una multitud de semejanzas entre el cuerpo del ser humano y el de los animales, sobre todo de aquellos más parecidos al hombre, por lo que hay que llegar a la conclusión de que tuvieron un mismo origen, es decir, se fueron formando a partir de especies inferiores que en lenta evolución llegaron a  una forma ya muy cercana a la actual.

Ya hemos explicado que lo que cambia todo es la intervención especial de Dios para crear el alma humana. Desde ese momento aparece el verdadero hombre, el ser humano, sujeto de conciencia, de derechos y deberes, dotado de especiales cualidades que ningún animal ha tenido jamás.

Desde entonces el progreso del hombre ha sido siempre hacia arriba, hacia lo alto, en una constante superación que jamás se ha visto en especie alguna en la tierra. Esto, a pesar de que hay seres humanos que se empeñan en degradarse y hasta animalizarse con actos que empañan su alta dignidad de criaturas privilegiadas.

La evolución no existe por puro azar, sino es parte de un  plan preconcebido por Dios. El Creador actúa sin apuro, y con el hombre se esmera para hacerlo digno de Sí, su criatura por excelencia. Sin alma el hombre sería un puro animal, sin ningún atributo que pudiera hacerlo rey de la creación. Porque posee un alma inmortal el hombre, con cuerpo animal, está llamado a elevarse a lo más alto de los cielos.

Pablo dirá con una intuición maravillosa:

Así sucederá también en la resurrección de los muertos. El cuerpo, a manera de una semilla, es puesto en la tierra en estado de corrupción, y resucitará incorruptible.

Es puesto en la tierra todo disforme, y resucitará glorioso. Es puesto en tierra privado de movimiento y resucitará lleno de vigor.

Es puesto en tierra como un cuerpo animal, y resucitará como un cuerpo todo espiritual*. Porque así como hay cuerpo animal, lo hay también espiritual, según está escrito:

El primer hombre Adán fue formado con alma viviente; el último Adán, Jesucristo, ha sido llenado de un espíritu vivificante.

Pero no es el cuerpo espiritual el que ha sido formado primero, sino el cuerpo animal, y en seguida el espiritual.

El primer hombre es el terreno, formado de la tierra; y el segundo hombre es el celestial, que viene del cielo.

Así como el primer hombre ha sido terreno, han sido también terrenos sus hijos; y así como es celestial el segundo hombre, son también celestiales sus hijos.

Según esto, así como hemos llevado grabada la imagen del hombre terreno, llevemos también la imagen del hombre celestial.

Digo esto, hermanos míos, porque la carne y sangre, o los hombres carnales, no pueden poseer el reino de Dios, ni la corrupción poseerá esta herencia incorruptible (1a. Corintios 15, 42-50).

Este cuerpo animal nos ha sido dado sólo para la tierra. El día de la resurrección recibiremos un cuerpo glorioso, que no habrá evolucionado del animal, sino que será especialmente creado, y entonces la humanidad llegará al culmen de su desarrollo, a su realización plena, al "punto Omega" vislumbrado por Teilhard de Chardin.

5. ¿SE HA ADAPTADO LA IGLESIA A LA ENSEÑANZA DE LOS CIENTÍFICOS PARA MANTENER SU VIGENCIA?

Nadie podrá acusar a la Iglesia de adaptar su doctrina a la enseñanza de los científicos, pues su misión no tiene que ver directamente con la ciencia. Ella está para conservar el tesoro de la Revelación divina e interpretar la Palabra de Dios correctamente, pero no para adentrarse en terrenos que no le corresponden, como sería la labor de investigación científica. Eso le toca realizarlo a los seres humanos con dotes y cualidades para ello.

La Iglesia no desdeña la ciencia ni la ignora, sino que se vale de ella como un instrumento más en su labor evangelizadora.

Por eso alienta el estudio y la investigación, sea en el campo de la teología, la filosofía, las Escrituras o la moral, como en las ciencias que podríamos llamar seculares.

Pero la enseñanza de la Iglesia está basada fundamentalmente en la Biblia y la Tradición, las dos fuentes de la Revelación, y, como complemento importante, en los escritos de los Santos Padres y en los Documentos pontificios.

Hubo épocas en que los hombres que dirigían la Iglesia no supieron descubrir la interdependencia entre la ciencia y la teología, lo mismo que su independencia en cuanto a los métodos y objetivos.

Esa fue la razón principal de que se interpretaran como errores teológicos o teorías peligrosas lo que no pasaba de ser un intento correcto de encontrar la explicación a los enigmas que existen en la Creación.

Hoy las cosas son muy diferentes, y podemos ver que existe un respeto por la labor de los investigadores, sin dejar de exigirles que se ciñan al marco propio de su trabajo, sin tratar de pasar a un campo que como el de las verdades de la fe no les corresponde en absoluto.

Cuando la Iglesia ha llegado a la conclusión de que una interpretación de las verdades de la fe ha sido incorrecta, como lo fue el caso de Galileo, por sólo citar uno, no lo hace para congraciarse con la ciencia, sino para someterse a los dictados de la justicia.

La Iglesia no tiene por qué temer a la Verdad. Pero esa Verdad, precisamente por las limitaciones propias del ser humano, no siempre se ve con la claridad que desearíamos. También en esto hemos tenido un gran progreso, y hoy muchas cosas se ven de distinta manera, porque contamos con mejores medios para lograrlo.

Eso, sin embargo, nunca ha significado un cambio en las verdades mismas, que por serlo, son inmutables y no podrían variar jamás.

CONCLUSIÓN

Pese a todo lo dicho hasta aquí sé que habrá personas que se sienten molestos con sólo pensar que descendemos de seres inferiores. Sin embargo, lo razonable sería decir no que descendemos, sino que ascendemos, pues lo que podemos ver en toda la obra de Dios, expresada en el proceso evolutivo, es una constante ascensión, que sólo concluirá con el triunfo definitivo de la estirpe humana cuando llegue a encontrarse en esa Patria a la que el Creador la ha destinado.

Por eso, el título de este folleto puede ser ahora leído de otro modo. No descendemos del mono ni de ningún otro animal, sino de Dios, que es nuestro Creador. El hizo que fuéramos ascendiendo poco a poco, desde orígenes humildes y limitados, para irnos desarrollando, hasta llegar a convertirnos en seres  capaces de lo mejor y de lo peor.

Cuando elegimos lo peor nos apartamos irremisiblemente de El y nos convertimos en nuestros peores enemigos. Sólo hay que ver las tristes consecuencias de nuestra rebeldía en tantos delitos y atrocidades como a diario se cometen, para desgracia de la misma humanidad.

Sin embargo, cuando elegimos lo mejor, somos capaces de transformar el mundo y acercarnos a Dios. Es entonces que nos elevamos por encima de las miserias de las que emergimos para alcanzar alturas impensables, tanto en lo espiritual, como en lo cultural, lo tecnológico o lo artístico.

El amor humano, cuando es verdadero, no puede ser comparado a nada animal. Las maravillas que muestran los que tratan de servir y de aportar al mundo sus talentos, son un buen anticipo de la grandeza a la que el Creador nos ha llamado.

Sí, hemos recibido una vocación para seguir transformándonos, en  constante superación, fruto del esfuerzo por cumplir en nuestra vida el plan de Dios. Esa es la evolución que Dios desea, siempre hacia arriba, siempre en ascenso, hasta  llegar, junto a El,  a la Gloria.

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