AB PADRE BAZAN

Curso Breve de Formación Litúrgica

LA REFORMA LITÚRGICA

Si hay algo que causó autentica alegría a los católicos del mundo entero fue la reforma litúrgica decretada por el Papa y los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965).

No dudo que, efectivamente, fuera así para una gran mayoría, hambrienta de la Palabra de Dios y de un culto inteligible en que pudiera participar con gozo y plenamente.

¿Qué nos trajo la reforma litúrgica?

Yo creo que, ante todo, un poner las cosas en su sitio, pues si la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza (Constitución "Sacrosanctum Concilium", num.10), era absurdo que existiera un divorcio entre ella y los fieles.

Recuerdo perfectamente lo que la gente hacía durante las cele-braciones litúrgicas y, sobre todo, la Santa Misa: rezar el rosario, leer libros piadosos, pensar en las musarañas o cuchichear con el que se tenía al lado. Eran muchos los que iban a la iglesia, sencillamente, a aburrirse.J

Recuerdo también los cantos que, fuera de la Misa Solemne, se cantaban en lengua vernácula. ¡Qué de letras bobaliconas y de música almibarada! Y sin que hubiera relación alguna entre lo que se cantaba y lo que sucedía en el altar.

Por supuesto que la gente sólo entendía el sermón, pues lo demás era en latín, de modo que, desde muy atrás, se fueron desarrollando diversas devociones al margen de la Misa, para "mantener entretenida" a la gente. Eso era, literalmente, lo que se buscaba.

Gracias a Dios llegó la hora del cambio, no para empezar algo nuevo, sino para volver a la observancia más original. La regla fue, desde el primer momento, que todos participasen con entusiasmo, y no que se comportasen como mudos espectadores, ajenos a la acción de los pastores. Por eso en cada lugar se usaba la lengua hablada por el pueblo. Si el latín prevaleció en una parte de la Iglesia fue porque era la lengua oficial del Imperio Romano y la misma se extendió al compás de las conquistas de las legiones.

El que el latín se mantuviera hasta poco después del Concilio no significa que tuviera un carácter sagrado que la hiciera preferible a las otras, sino que, cuando las nuevas lenguas, derivadas del latín, llegaron a su completo desarrollo, ya la mayoría había perdido el interés por la Liturgia y se necesitaba de un movimiento renovador que hiciera ver la necesidad del cambio.

Como siempre ocurre, no todo el mundo es capaz de caminar a la misma velocidad, y eso explica la renuencia de algunos por aceptar lo que era una necesidad para la vida misma de la Iglesia.

Con todo, es indiscutible que en estas últimas décadas se han estado recogiendo frutos hermosos y que hoy contamos con una más efectiva participación del pueblo en las acciones sagradas, que ya es capaz de saborear lo que se realiza para honra y gloria de Dios.

El nivel de participación depende en gran parte de los pastores. Una reforma en la Iglesia no funciona por decreto, sino que se pone en práctica, sobre todo, por el convecimiento de los miembros de la comunidad.

Estos, debido a siglos de inmovilidad, no son capaces por sí solos de cambiar, sino que necesitan de una catequesis previa que prepare sus corazones para entender lo que en la Liturgia se realiza.

Esta quiere ser también la intención de esta obrita que ponemos en las manos de sacerdotes y laicos. No es una obra erudita, dirigida a especialistas, sino al pueblo sencillo que necesita conocer lo esencial de ese maravilloso regalo que hemos recibido como una herencia, desde los primeros tiempos del cristianismo.

Espero que sea útil, sobre todo, a aquellos que ejercen una función litúrgica, aparte de los obispos, sacerdotes y diáconos, como son los ministros extraordinarios de la Eucaristia, los lectores, los miembros de los coros, los monaguillos, y todos aquellos que están envueltos en la buena marcha de una Liturgia verdaderamente "cumbre y fuente", como lo quiere la Iglesia.

QUÉ ES LA LITURGIA

La palabra Liturgia tuvo en la Antigüedad muchos significados. Se empleaba incluso para designar oficios públicos.

Hoy se le emplea en la Iglesia con un significado muy concreto. "Es el culto público y oficial que la misma rinde a Dios".

Recalquemos la palabra oficial: No todo culto público es Liturgia.

Si un grupo de cristianos se reúne en una iglesia para rezar, digamos, el Rosario, o un Vía Crucis, realizarán magníficas devociones aprobadas por la Iglesia, pero no Liturgia.

Lo que define la Liturgia es que sea oficial, lo que asegura que hay una presencia especial de Cristo, quien actualiza su obra redentora para hacernos partícipes de ella.

Así dice el Concilio Vaticano II: "Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro" (Sacrosanctum Concilium, número 7).

Sin la presencia de Cristo en las acciones litúrgicas todo se convertiría en una pantomima sin sentido. Pero también lo sería si los que participan en ellas no lo hacen con espíritu de fe.

Así tenemos que muchos que piden los sacramentos lo hacen por pura costumbre, pero sin que signifiquen para ellos una acción en la que Cristo actúa para su salvación, quedando comprometidos al cumplimiento de sus enseñanzas y preceptos.

Siglos de inercia han creado bautizados que no son verdaderos cristianos.

Participar en la Liturgia supone, pues, que se ha oído el mensaje y se le ha acepado - evangelización -, y luego se han recibido las instrucciones necesarias - catequesis -, a fin de vivir de acuerdo a lo que las acciones salvíficas de Cristo - los sacramentos - significan y producen.

CULTO PÚBLICO Y CULTO PRIVADO

Cuando hablamos de "culto" nos estamos refiriendo a acciones que tienden a exteriorizar nuestrá fe y amor a Dios, reconociéndolo como nuestro Creador, Señor y Padre.

Rendimos culto cuando oramos, cuando participamos en una acción sagrada, cuando asistimos a la celebración de la Eucaristía, cuando practicamos nuestros devociones particulares.

Ahora bien, no todo esto significa participar en la Liturgia, ya que como se ha dicho, no todo culto es Liturgia.

Así tenemos otra distinción: culto privado y culto público.

El primero se realiza cuando uno o varios cristianos oran, no importa que sea públicamente, o hacen una "devoción" que, aunque aprobada oficialmente, no constituye un acto "oficial".

Volviendo al ejemplo antes citado, si se reúnen en una iglesia para rezar el Rosario o el Vía Crucis, se está realizando un culto privado, aunque se haga "en público".

El culto "oficial" será siempre "público", aunque se haga "en privado", ya que lo realiza el Cuerpo místico, es decir, Jesús, que es la Cabeza, y sus miembros, los discípulos, aunque sólo uno lo esté realizando. Esto es la Liturgia. Sea que asistamos a la Misa, o a un sacramento, o participemos del Oficio Divino o Liturgia de las Horas, estamos haciendo Liturgia.

Incluso aquellos que han sido designados por la Iglesia para orar en nombre de todos, como lo hacen los sacerdotes, cuando están rezando "en privado" el Oficio Divino, están haciendo un "culto público", es decir, Liturgia.

Otra cosa es cuando el Papa, los obispos, los sacerdotes y otros miembros de la Iglesia oran privadamente. Allí lo harán en nombre propio, lo que no implica una acción litúrgica.

PUEBLO SACERDOTAL

Decía el Concilio que "la Liturgia es considerada el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo".

Es en la Carta a los Hebreos donde mejor vemos desarrollado el tema de Jesús como Sacerdote. Para acomodarse a la terminología del Antiguo Testamento el autor lo llama Sumo Sacerdote.

Y explica que todo sumo sacerdote se escoge siempre entre los hombres y se establece para que los represente ante Dios y ofrezca dones y sacrificios por los pecados (5,1).

Efectivamente, la función no sólo del Sumo Sacerdote, sino del sacerdocio del Antiguo Testamento, era actuar en el marco del único Templo, el de Jerusalén, como en los tiempos anteriores lo habían hecho en la Tienda que era símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Los sacerdotes actuaban en nombre de Dios pero también representaban al pueblo. Eran los puentes entre Dios y los hombres.

Para este cargo fueron designados desde los comienzos en el desierto, Aarón, el hermano de Moisés, y sus hijos. Pero fue también Dios quien designó al Mesías Jesús para con su presencia dar por finalizado el sacerdocio de la Antigua Alianza, para abrir con su ofrecimiento supremo el inicio de una Nueva.

Para significarlo se anuncia su venida con estas palabras del salmo 110,4: "Tú eres sacerdote perpetuo en la línea de Melquisedec".

Luego recordará que este Melquisedec fue aquel sacerdote del Altísimo que se encontró con Abraham y lo bendijo (7,1).

En Génesis 14,17-20 se dice que Melquisedec usó pan y vino, quizás una figura remota de las especies que Jesús usaría para, convertidos en su Cuerpo y su Sangre, renovar así, como memorial perpetuo, su sacrificio redentor y su resurrección gloriosa.

Así lo vieron también algunos santos Padres, como Clemente de Alejandría y san Cipriano. También en la I Oración Eucarística se hace de ello mención. Aunque no así el autor de la Carta a los Hebreos.

En ella más bien se recalca el hecho de que Abrahan pagara a Melquisedec el diezmo de todo lo que había conseguido como botín de guerra (7,4).

De ahí que deduzca que siendo Melquisedec el que bendice a Abrahán, el depositario de las promesas (7,8), es porque posee un sacerdocio superior al que luego tendrían los hijos de Leví, la tribu sacerdotal.

Esto lleva a considerar con cuánta mayor razón ha de ser superior el sacerdocio de Jesús. El suyo nada tiene que ver con el instituido en el Antiguo Testamento, pues Jesús no pertenecía a la tribu consagrada al servicio del Templo.

El pertenecía a la de Judá, no a la de Leví. El suyo, pues, no es una continuación del sacerdocio del Antiguo Testamento, aunque tampoco puede afirmarse que exista conexión alguna con el de Melquisedec. Este sólo es una figura del Mesías, sobre todo porque era al mismo tiempo rey y sacerdote, nada menos que de Salem, que algunos identifican con Jerusalem.

El sacerdocio de la Antigua Alianza era algo temporal, en espera del de Cristo, en el cual podrían participar todos los que creyesen en El.

San Pedro, en su primera carta, recordará a los cristianos: "Ustedes, en cambio, son linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios, para publicar las proezas del que les llamó de las tinieblas a su maravillosa luz" (2,9).

Por el Bautismo hemos sido capacitados para participar del sacerdocio de Jesús, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "Incorporados a la Iglesia por el Bautismo, los fieles han recibido el carácter sacramental que los consagra para el culto religioso cristiano (LG11). El sello bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz" (N° 1273).

Este texto está inspirado en los números 10 y 11 de la Constitución Conciliar "Lumen Gentium" sobre la Iglesia, donde se comentan los textos bíblicos antes citados, al igual que otros que completan estas ideas.

Y si bien este sacerdocio común de los fieles hay que distinguirlo del que ejercen aquellos que reciben el sacramento del Orden, no es menos cierto que unos y otros participan, aunque cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo (Ver número 10).

PARTICIPACIÓN

Como vemos, la Liturgia misma exige una participación activa, propia de un pueblo consciente de lo que es y de lo que hace.

Lamentablemente durante varios siglos se cayó en una pasividad absurda, producto de diversas razones, que podríamos resumir en una palabra: ignorancia.

Esta llegó a todos los niveles: jerarquía, clero y laicos. Prueba de ello es que hubo que esperar al Concilio Vaticano II, ya en la segunda mitad del siglo XX (1962-1965), para que las cosas cambiasen.

Siempre hubo quienes estuvieron conscientes de lo que ocurría, pero constituían una minoría que nada podía decidir.Con todo, poco a poco, se fue formando lo que se llamó el "Movimiento Litúrgico", que trabajando desde abajo hizo posible los grandes cambios que el Concilio aprobó.

Tal era la ignorancia que hubo quienes pensaron que se cambiaba lo que era esencial, creyendo que siempre había sido así. Suponían erróneamente que a los laicos les había tocado ser parte pasiva de la celebración desde los comienzos.

Sin embargo era todo lo contrario. Por supuesto que desde el principio hubo una bastante clara distinción entre los que ejercían solamente el sacerdocio bautismal y aquellos que habían recibido, además, el sacramento del Orden.

Pero cada quien tenía un oficio que ejercer y la participación era de todos.

Algo que influyó notablemente en el interés de los fieles, al menos en la Iglesia de rito latino, fue la permanencia del latín como lengua litúrgica.

Fue un principio reconocido desde los comienzos que la celebración se hacía en la lengua hablada por el pueblo.

Así se fueron formando los distintos ritos, algunos de los cuales existen todavía.

En Jerusalén, a los comienzos, ya hubo dos comunidades bien definidas: la de lengua aramea y la de lengua griega. A los miembros de esta última se les llamaba helenistas.

El libro de los Hechos nos refiere cómo se instituyó el diaconado para la comunidad de lengua griega (6,1-6), aunque no sabemos si los había ya en la de lengua hebrea o fueron ordenados después.

Cuando el mensaje cristiano llegó a Roma los primeros en recibirlo fueron libertos y hasta esclavos de origen griego, por lo que la liturgia la celebraban en su lengua. Más tarde se usaría también el latín para los que lo hablaban.

Con la expansión del Imperio Romano, el latín se fue imponiendo como la lengua usada en todo el territorio. No hay que dudar de que, a pesar de todo, donde aún no se hablaba latín y había cristianos, la liturgia se celebraría en la lengua usada por la mayoría.

Dice muy bien san Pablo en su 1ª Carta a los Corintios, hablando sobre el llamado don de lenguas, algo que puede aplicarse al tema que nos ocupa: Vamos a ver, hermanos: "si yo les hiciera una visita hablando en lenguas de ésas, ¿de que les serviría, si mis palabras no les transmitían ninguna revelación, saber, inspiración o doctrina?" (14,6).

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Poco más adelante afirma: Pues lo mismo ustedes con la lengua: "Si no pronuncian palabras reconocibles, ¿cómo va a entenderse lo que hablan? Estarán ustedes hablando al aire. Vete a saber cuántos lenguajes habrá en el mundo, y ninguno carece de sentido; de todos modos, si uno habla un lenguaje que yo no conozco, mis palabras serán un galimatías para él y las suyas para mí"; (14,9-11).

Podemos imaginar cuánto perdieron esos cristianos que durante varios siglos tuvieron que contentarse con oír una lengua extraña, el latín, sin nada entender, lo que les hacía imposible una participación activa en algo que sabían sublime pero incomprensible.

No es extraño, pues, que devociones no tan sólidas y a veces hasta supersticiosas, tomaran el lugar de lo que siempre debió ser fuente inagotable para saciar la sed espiritual de los discípulos de Jesús.

Gracias al Concilio Vaticano II se puso fin a ese desacierto que influyó en gran manera al alejamiento de los fieles de la Sagrada Liturgia.

Hoy en día, pues, nadie tiene excusas para no participar. Y ¡qué bello resulta cuando vemos una comunidad participante! Podríamos decir que entonces sí se siente un reflejo de lo que es la Liturgia del cielo.

EL DOMINGO

En el Antiguo Testamento vemos que Dios separa un día en el que manda a los israelitas descansar para renovar las fuerzas. Ese día era celosamente guardado y se llamaba sábado, de la palabra hebrea shabbat, que significa cesar, desistir.

Era una forma de imitar el descanso de Dios después de la Creación, del que habla Génesis 2,2.

También tenía un significado religioso, pues se tomaba como día sagrado, dedicado al Señor. Los judíos lo observaban con gran rigor, e incluso hoy lo siguen haciendo los que se precian de ser ortodoxos.

En él no se podía hacer ningún trabajo. M

En el siglo VI a.C. los habitantes de Judea, el reino de Judá, fueron obligados a abandonar su tierra y marchar al exilio en Babilonia.

Fue durante este período que se comenzó a usar el sábado también como el día de reunión. Es en Babilonia que nace la sinagoga. El pueblo de Dios se reunía para orar, escuchar la Palabra de Dios y recibir la instrucción de los doctores o maestros de la Ley que dedicaban su vida al estudio de la Palabra Divina.

Incluso cualquiera de los presente podía ser invitado a leer y a comentar la segunda lectura, que era tomada de los libros proféticos, ya que la primera, de los libros de la Torá o de la Ley, estaba reservada a los doctores o Maestros (ver Lucas 4, 16-30).

Jesús se opuso al excesivo rigorismo con que, sobre todo los fariseos, observaban el sábado, lo que le ganó varias veces las críticas de éstos , por hacer milagros en ese día (ver Marcos 2,27).

Con todo, El mismo acudía regularmente a la sinagoga y nunca enseñó a sus discípulos nada en contra de la guarda del sábado.

Así vemos que, aunque después de la Ascensión de su Maestro, los apóstoles y discípulos se reúnen el día siguiente al sábado (primer día de la semana que luego vendría a llamarse "día del Señor" o domingo en español), también siguen guardando el descanso sabático y acudiendo a las sinagogas (Ver Hechos 13,14; 16,13; 17,2; 18,4).

Poco a poco se va formando en los cristianos la conciencia de que el "primer día de la semana" debe ocupar el lugar del sábado, por ser el día en el que Jesús resucitó y se reunió con sus discípulos.

Así lo atestiguan diversos documentos de los primeros siglos, donde se ve claramente la transformación operada. El domingo, pues, reemplazará al sábado, no porque se quiera ir contra la tradición judía, pues para los cristianos el Antiguo Testamento sigue siendo, junto al Nuevo, el libro más importante de todos los que existen.

De la sinagoga tomaríamos los cristianos la costumbre de leer y comentar la Palabra de Dios, y al igual que los judíos, nos reunimos una vez a la semana para honrar a Dios y escuchar su Palabra.

El Domingo es día de fiesta del Señor, en el que descansamos de las fatigas de la semana anterior, cumpliendo así con el precepto divino. Además, acudimos a la iglesia para, reunidos con los hermanos, participar del Memorial que Jesús nos dejó "hasta que El vuelva".

SIGNOS Y SÍMBOLOS

El signo es una representación, una manera de idear lo sagrado en una forma humana, de modo que lo que vemos nos hable de la acción de Dios que no vemos.

Ha sido Dios quien ha querido hablarnos en forma simbólica, pues es la única manera de que, en nuestro estado actual, podamos comprender lo que El nos transmite.

La Liturgia es rica en símbolos y signos. Es necesario señalar, sin embargo, que no todos los gestos, ritos o elementos simbólicos fueron usados desde el comienzo, ni siempre han sido utilizados dándoles el mismo significado.

En el Antiguo Testamento existía una liturgia muy elaborada que se desarrollaba en el Templo de Jerusalén.

Esta consistía en diversas ceremonias y oraciones, que incluían sacrificios de animales, uso del incienso, abluciones y purificaciones, y un sinnúmero de bendiciones para las diferentes ocasiones.

Allí actuaban los sacerdotes y los levitas, usando bellísimos ornamentos y actuando en una forma solemne, como requería el honor que se tributaba a Dios.

Era en el Templo donde se celebraban las grandes fiestas del año, pero cada día había reuniones de oración y sacrificios por diversos motivos.

Era obligación de cada israelita acudir al Templo en ocasión de las grandes fiestas. Esto lo tomaban muy en serio.

Aparte de eso tenían también que asistir cuando determinadas ceremonias así lo requerían. Por ejemplo la presentación y rescate de los primogénitos, o la purificación de las madres después de cada parto.

Otras ceremonias, como la circuncisión, se podían hacer en las propias casas. Así también las bodas, aunque el rabino solía bendecir las parejas como parte del rito. En la sinagoga se tenían las reuniones semanales sabatinas, pero allí no ser realizaba una liturgia propiamente dicha.

Los cristianos, al principio, por ser todos judíos, siguieron acudiendo al Templo y a la sinagoga. Con todo, el domingo tenían sus reuniones propias, usando para ello las casas más apropiadas de los miembros de la comunidad cristiana.

La liturgia era bien simple, consistiendo, sobre todo, en el memorial de la Muerte y Resurrección de Jesús, con la oración eucarística que incluía la consagración del pan y el vino.

Durante largo tiempo sólo el domingo fue el día litúrgico. Poco a poco, sin embargo, se iría extendiendo el culto público y oficial a los demas días de la semana, conservando el domingo su categoría de día litúrgico por excelencia.

Como se dijo la Liturgia ha usado siempre signos y símbolos que representan la invisible presencia y actuación de Dios.

Bien claramente quedó establecido que lo importante no es lo que se ve, sino lo que no se ve. Los signos visibles nos llevan al conocimiento de las realidades invisibles.

Decía san Ambrosio:"No creas, pues, solamente lo que ven tus ojos corporales; más segura es la visión de lo invisible, porque lo que se ve es temporal, lo que no se ve eterno. La visión interna de la mente es superior a la mera visión ocular" ("Sobre los Misterios": Nº 14).

Esto de los signos y símbolos es exigido por la misma condición humana. No podemos ver a Dios ni sus acciones. Por eso tenemos que representarlas de alguna forma.

El mismo Dios dio al pueblo de Israel algunos de estos signos de su presencia, como la nube que acompaño a los israelitas en su camino por el desierto, los rayos y truenos en el monte Sinaí, la tienda donde se colocaba el Arca de la Alianza, etc.

Jesus aportó otros signos que constituyen los sacramentos, como el agua, la imposición de manos, las unciones, el pan y el vino.

Otros fueron tomados de las costumbres de Israel, como el uso del incienso para la adoración, o las cenizas que cubrían la cabeza en señal de arrepentimiento, los que ya se usaban en el Antiguo Testamento.

Estos signos tienen que ser aprendidos para poder entender su verdadero significado, pues de lo contrario se les puede dar un valor que no tienen, lo que fácilmente conduce a la superstición.

El agua bendita, por ejemplo, es un signo del Bautismo. Cuando la usamos, queremos significar el deseo de purificarnos como lo fuimos el día del Bautismo. Hay personas, con todo, que la usan creyendo que el agua tiene un poder mágico, con lo que le hacen perder su verdadera eficacia.

Los signos son un rico lenguaje a través del cual nos acercamos al conocimiento, la presencia y el amor de Dios.

Aparte de los sacramentos, cuyos ritos están llenos de signos sagrados, tenemos también los sacramentales, que son como una prolongación de los primeros, pues lo que buscan es hacer realidad diaria lo que aquellos produjeron en nuestras vidas.

En ellos usamos el agua bendita, sobre todo para las distintas bendiciones que existen, pues si somos santificados por el agua bautismal, aquélla es signo de la santificación que Dios otorga a todas las cosas creadas por El. Todo puede ser bendecido para dedicarlo al Señor.

La señal de la cruz, que tanto se usa en los sacramentos y sacramentales, nos recuerda que la salvación nos viene por la Muerte redentora de Cristo en la cruz.

El agua, ya mencionada, nos habla de limpieza. La usamos para bañarnos, para lavar la ropa o limpiar las casas. Muy acertadamente se usa para significar la limpieza espiritual, fruto de la acción del Espíritu Santo.

Los aceites nos recuerdan el uso que de ellos hacían los atletas para fortalecer y preparar los músculos para el fuerte desempeño de los deportes. Dice Pablo que debemos hacer como los atletas en el estadio, que se ejercitan para ganar una corona, mientras que nosotros luchamos para ganar una corona inmarcesible, es decir, que no se marchita (ver 1ª Corintios 9,24-25).

También los aceites nos recuerdan la medicina que nos viene del poder de Dios.

El pan y el vino tienen un significado importante, pues nos evocan la alimentación espiritual que Dios nos da en la Eucaristía, y la unidad con Cristo y los hermanos. Esto último por el hecho de que ambos elementos son el producto de muchas uvas y muchos granos de trigo que se convierten en una sola realidad.

La luz representa a Cristo que vino a iluminar al mundo, y nos recuerda a todos que debemos ser luz para los demás.

El fuego sirve para significar la acción del Espíritu Santo, que como fuego devorador todo lo purifica.

Un elemento hoy muy usado en la Liturgia es el incienso. Al principio los cristianos fueron reacios a admitirlo, pues era utilizado en los ritos paganos. Parece que hacia el siglo IV se comienza a aceptar, pero más que nada como medio de dar buen olor a los lugares de reunión. No debemos olvidar, con todo, que el incienso fue usado también por los judíos, y en el salmo 140,2, se le toma como símbolo de la oración del justo. Dándole este mismo significado el incienso fue usado relativamente pronto en las comunidades cristianas orientales, aunque su uso en la Misa de rito latino parece no entró hasta el siglo IX.

Incluso las imágenes nos hablan de la necesidad de acercarnos a Dios para participar de su santidad.

Los gestos y las posturas corporales denotan nuestro grado de participación en la celebración. Hablemos un poco de esto.

La más antigua de las últimas fue la de ESTAR DE PIE, pues el que celebra la Eucaristía es un pueblo en marcha, como el hebreo en la noche pascual.

Las primeras iglesias cristianas no tenían ni bancos ni sillas para sentarse, ni menos reclinatorios para arrodillarse. En algunas partes se usaron una especie de bastones que servían de apoyo para evitar el cansancio.

El estar de rodillas se introdujo posteriormente en señal de respeto y hasta como expresión penitencial, dando a entender con ello la indignidad de los fieles ante la grandeza del Sacramento.

Poco a poco se fue agregando, también, la posibilidad de estar sentados, sobre todo durante algunas lecturas y la homilía, pues una posición cómoda ayuda a mantener mejor la atención.

Los ornamentos no existieron al principio. Más tarde, al cambiarse las modas del vestir, los antiguos trajes se quedaron en la celebración, para darle mayor solemnidad y seriedad. Hoy constituyen un símbolo de la autoridad de los que presiden, pues lo hacen en nombre de Cristo.

Cada tiempo litúrgico tiene su color especial, así como las principales fiestas. Fue en tiempos del papa Inocencio III, a fines del siglo XII, en que aparecen las primeras normas sobre el uso de los colores litúrgicos.

De los gestos el elevar las manos es uno de los más comunes, aunque usado sobre todo por el celebrante. Hoy muchos fieles lo utilizan también, sobre todo durante el rezo del Padre Nuestro.

San Pablo exhorta a los cristianos a hacer uso de este gesto: Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones (1ª Timoteo 2,8).

LA PALABRA EN LA LITURGIA

Quizás por una reacción frente a los grupos cristianos que redujeron casi todo el culto a la lectura y predicación de la Palabra, descuidando o abandonando por completo otros aspectos de la Liturgia, en la Iglesia se produjo lo contrario.

Se acentuaron los ritos solemnes y hasta la música, pero se descuidó la Palabra, que anque siempre fue leída en la MIsa, no gozaba de un lugar preponderante y hasta desapareció casi por completo en la administración de algunos sacramentos.

Esto, y la falta de una predicación adecuada y de una catequesis suficiente, provocaron una gran ignorancia entre los fieles.

Esto fue rectificado por el Concilio Vaticano II, que insistió en la importancia de la Palabra en todas las celebraciones litúrgicas. Dice así el Concilio:

En la celebración litúrgica, la importancia de la Sagrada Escritura es sumamente grande, pues de ella se toman las lecturas que luego se explican en la homilía, y los salmos que se cantan, las preces, oraciones e himnos están penetrados de su espíritu, y de ella reciben su significado las acciones y los signos (Sacrosanctum Concilium No. 24).

La reforma litúrgica promulgada por el Concilio y los decretos subsiguientes, emanados de la Santa Sede, han ido subsanando esto. Con todo, es importante que nos demos cuenta de que, para comprender los mismos ritos litúrgicos y las lecturas que en ellos se escuchan, es necesario poner énfasis en una lectura asidua de la Biblia por parte de todos.

Esto es como con la oración. Si nos contentamos con las oraciones o las lecturas de la Misa dominical, y no dedicamos tiempo, durante la semana, a la oración personal o al estudio de la Palabra, no es posible lograr los frutos que Dios quiere que produzcamos.

Para que los católicos logren un mayor conocimiento de la Palabra de Dios se dividieron las lecturas en tres siglos dominicales: A,B y C. Cada domingo se leen tres lecturas diferentes como también se recita un salmo responsorial después de la primera.

Durante estos tres años los que participan en la celebración eucarística pueden escuchar las partes más importantes de la Escritura Sagrada.

Para aquellos que participan en la celebracion diaria de la Misa hay un ciclo de dos años en que varía solamente la primera lectura y el salmo, conservando los mismos párrafos escogidos del Evangelio.

Una parte importante de la celebración, como complemento indispensable a las lecturas, lo constituye la homilía, que es la explicación o aplicación que hace, ordinariamente, el que preside, aunque éste puede delegar esta función en un sacerdote o diácono.

La homilía debe centrarse en la actualización de la Palabra escuchada, para poner en el "hoy" lo que fue anunciado y escrito en el pasado.

En cuanto a las lecturas, éstas pueden ser leídas por los laicos, con excepción del evangelio, cuya lectura correspondería, preferentemente, al diácono o, en su lugar, al sacerdote.

Tan importante es el lugar de la Palabra en toda celebración litúrgica, que su lectura debe ser realizada con mucho amor y cuidado.

Los lectores deben leer pausadamente, dando importancia a cada palabra y frase. Que todos puedan entender lo que se lee.

En cuanto al salmo responsorial, lo ideal es que se cante, aunque las estrofas lo sean por un solista y la antífona repetida por todos. Donde esto no sea posible, que el lector dé a la lectura del salmo un tono especial, como si se tratara de un canto recitado.

LA ASAMBLEA

Cuando hablamos de "iglesia" estamos usando una palabra que significa asamblea o congregración.

Es que los cristianos tenemos un alto sentido de lo que significa reunirse, congregarse, pues estamos conscientes de que formamos una familia, la de los hijos de Dios.

Esto no es una novedad del cristianismo, sino que lo hemos recibido del Antiguo Testamento y del pueblo judío.

Todas las religiones han celebrado fiestas y han tenido lugares donde sus fieles se reúnen en ocasiones. Pero los templos paganos nunca fueron concebidos para que allí se reuniera la comunidad formando una asamblea.

Ni siquiera el pueblo de Israel tuvo esto en mente durante siglos. Es verdad que existió desde los tiempos de Exodo un lugar especial que marcaba la presencia de Dios en medio de su pueblo. Este fue la Tienda de campaña donde se colocaba el Arca de la Alianza y los panes de la proposición, y que constituyó una precursora del Templo. Este se construyó en tiempos del rey Salomón.

Tanto en la una como en el otro el pueblo acudía, en forma colectiva o individual, pero sólo en ocasiones señaladas, aunque muchos de los que vivían en Jerusalén después de construido en Templo allí acudían incluso a diario.

Jesús tuvo la clara intención de hacer que sus discípulos formasen una comunidad. El así lo había expresado en diferentes maneras. Por ejemplo cuando dijo: Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre allí estaré yo en medio de ellos (Mateo 12,20).

En la Última Cena nos dejó el mandato de celebrar "el memorial" de su Muerte y Resurrección, es decir, la Eucaristía.

No es de extrañar que después de la venida del Espíritu Santo se vea a los discípulos formar una comunidad, tal y como recoge el libro de los Hechos: Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la comunidad de vida, en el partir el pan y en la oraciones (2,42). Poco más adelante dice: A diario frecuentaban el Templo en grupo; partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón, siendo bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando al grupo a los que se iban salvando (2,46-47).

Esto significaba un compartir, no sólo en la oración, sino también en la mutua ayuda. Se reunían, pues, con frecuencia. Al principio siguieron asistiendo al Templo y a la sinagoga, pero participando en las casas del "partir el pan", es decir, del Memorial que pronto se conocería como Eucaristía.

(Se podrían agregar los versículos 32 al 45 del capítulo cuarto del libro de los Hechos).

Como puede verse en los textos señalados, al principio no hubo preocupación alguna por el sitio donde debía reunirse la comunidad. Las casas de los cristianos fueron durante un tiempo los lugares donde se celebraba la Eucaristía.

Poco a poco, sin embargo, se hizo necesario construir lugares propios, dado que el número de los fieles fue aumentando.

Pero las persecuciones anunciadas por Jesús (ver Mateo 10,16-25) irrumpieron con fuerza, sobre todo en los territorios dominados por el Imperio Romano, siendo destruidas las iglesias, muchos cristianos fueron asesinados, obligando por tanto a una práctica clandestina allí donde estos hechos ocurrían.

Esto obligó a reunirse de noche y en secreto, pero la presencia de Jesús y la fuerza del Espíritu sostenía a los fieles en su fidelidad a las promesas bautismales.

De esto se conservan muchos testimonios, no sólo de aquellos primeros tiempos, sino de todos los difíciles momentos en que, a lo largo de la Historia, los cristianos han tenido que sufrir.

Las tumbas de los mártires sirvieron no pocas veces como altar. Hoy, en cada altar consagrado, se conservan, en una pequena cajita allí incrustada, reliquias de mártires.

LOS MINISTERIOS

Dice san Pablo que existen muchos carismas en la Iglesia (ver 1ª Corintios 12). Con todo, tratándose de la Liturgia tenemos que reducir estos ministerios a aquellos que están relacionados directamente con el culto divino.

Por supuesto que todo el pueblo de Dios participa de alguna forma en el mismo, como ya se ha explicado, siendo, como es, un pueblo sacerdotal. Pero ésta es una participación colectiva. Los individuos que han recibido un ministerio litúrgico, ordenados o no, son varios. Tratemos de identificarlos.

El Obispo. Por ser el que representa a Cristo en su diócesis, ostenta el título de liturgo por excelencia.

En los primeros tiempos era él quien presidía la Eucaristía, auxiliado por los presbíteros y diáconos.

Cuando se fueron multiplicando las comunidades, se hizo imposible al obispo estar presente en todas, por lo que comenzó a delegar en los presbíteros para que presidieran la Eucaristía en su nombre.

Para recalcar, con todo, su calidad de pastor, y señalar de alguna forma su presencia, entregaba al presbítero que había de representarlo, un pequeño trozo de la hostia por él consagrada, al que se llamó "fermentum". Este se dejaba caer en el cáliz en el momento en que se preparaban las hostias para su distribución, mientras  se cantaba el "Cordero de Dios", lo que se hace todavía hoy.

Sigue siendo verdad que los presbíteros o sacerdotes representan al obispo, de quien son los delegados.

El Presbítero o sacerdote. Por la ordenación recibida tiene un importante ministerio litúrgico, pues aunque el obispo es el pastor de toda la diócesis, le es imposible estar en todas las comunidades. El sacerdote, por tanto, ha de presidir la mayor parte de las funciones litúrgicas en las parroquias y otros lugares.

No olvidemos que en los sacramentos se distingue entre ministros ordinarios y extraordinarios. Hay funciones que sólo pueden ejercer aquellos ministros capacitados para ello por la recepción del sacramento del Orden, o por una designación oficial de la Iglesia.

En el Orden tenemos tres grados: episcopado, presbiterado y diaconado.

El único ministro ordinario del sacramento del Orden es el obispo, que puede ordenar otros obispos, y a los presbíteros y diáconos. Para este sacramento no existen ministros extraordinarios.

Los obispos y sacerdotes son los ministros ordinarios de la Eucaristía. Los diáconos sólo lo son para la distribución de la Comunión. Cualquier laico puede ser delegado como  ministro extraordinario para dar la comunión.

Obispos, sacerdotes y diáconos ejercen el ministerio ordinario del Bautismo, pero cualquier persona, incluso sin ser cristiano, pero llevando a cabo el rito fundamental con la pronunciación de las palabras que lo acompañan, y con la intención de hacer lo que la Iglesia realiza, puede bautizar en peligro de muerte del bautizando.

El obispo es el ministro ordinario de la Confirmación, pero podría delegar en un sacerdote, que en este caso sería ministro extraordinario. Ya existe, de suyo, esta delegación, cuando un presbítero bautiza a un adulto, que recibe al mismo tiempo los tres sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

Obispos y sacerdotes son los únicos ministros de la Unción de los Enfermos.

Con el Matrimonio se da una situación especial, pues los ministros de este sacramento son los mismos que lo contraen, administrándoselo el uno al otro. Obispos, sacerdotes y diáconos puede presidir la ceremonia y ser testigos cualificados de la Iglesia.

Desde antiguo existían otros ministerios que conllevaban una ordenación llamada menor: Ostiario, lector, exorcista y acólito. Estas han desaparecido con excepción del acolitado y del lectorado, que en la mayoría de los casos son un paso al sacerdocio y se reciben algún tiempo antes del diaconado.

De todos modos los laicos son admitidos a los ministerios litúrgicos que no comportan ordenación.

Dice el Canon 230, a.1. del Derecho Canónico: "Los varones laicos que tengan la edad y condiciones determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser llamados para el ministerio estable de lector y acólito mediante el rito litúrgico prescrito...

a.2: Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en las ceremonias litúrgicas; asimismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor y otras, a tenor de la norma del Derecho.

a.3: Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la Palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el Bautismo y dar la Sagrada Comunión, según las prescripciones del Derecho".

Como vemos esto da pie para que, en la práctica, los laicos puedan ejercer, como de suyo ejercen por casi todas partes, un verdadero oficio litúrgico.

Comentadores, lectores, cantores y músicos, ujieres y acólitos o monaguillos, amén de los ministros extraordinarios de la Comunión, están colaborando al esplendor de la Liturgia y ayudando a que exista una mayor participación de todos los fieles en la misma.

Esto obliga, desde luego, como el canon 231 recuerda, a que todos los que reciben ese encargo se preparen bien y se esfuercen por cumplir a cabalidad con lo que de ellos se espera.

LUGARES DE LA CELEBRACIÓN

Es claro que para que haya una celebración los participantes deben reunirse en algún lugar.

Al principio las celebraciones litúrgicas, como se ha dicho,  se hacían en casas particulares. Pero luego se hizo necesario contar con espacios más amplios, por lo que se comenzaron a construir las primeras iglesias.

En tiempos de persecución, lógicamente, la comunidad tenía que reunirse clandestinamente, en cualquier lugar que resultara apropiado.

Así surgieron en Roma las basílicas y en otras partes iglesias que respondían a la cultura y mentalidad de los distintos pueblos.

Estas iglesias representaron desde siempre la Casa de Dios, la Jerusalén celeste.

Con todo, lo importante es reconocer que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, la componen las piedras vivas que son los cristianos, templos ellos mismos del Espíritu Santo.

El templo cristiano es, ante todo, lugar de reunión y comunión, donde acuden los fieles para, como Pueblo de Dios, adorar al Padre, por medio de Jesús, en el Espíritu Santo.

Allí se ora, se renueva el sacrificio de Cristo, se canta la gloria divina, se celebran los sacramentos que dan a los creyentes la gracia santificante y los adornan con los dones del Espíritu.

Al mismo tiempo acogen a los que desean expresar, en forma privada, su devoción y unión con Dios, por medio de la oración y la contemplación.

En las iglesias o templos se distinguen los lugares más importantes de la celebración. En primer lugar el Altar, donde se renueva y actualiza el Sacrificio Redentor.

Es, al mismo tiempo, la Mesa donde se celebra la Cena del Señor, de la que participamos en el momento de la comunión.

Luego tenemos el Ambón, lugar de la Palabra. Desde allí se proclaman las lecturas de la Escritura Santa y se predican las enseñanzas del Divino Maestro.

No es pues el lugar para dar avisos, ni siquiera para las moniciones que puedan hacerse durante la Asamblea. Esto deberá hacerse desde otro lugar.

La Sede es desde donde preside aquel que hace las veces de Cristo, el obispo o el sacerdote. El celebrante real siempre será Jesús, a quien el ministro presente representa.

Aparte de estos tres lugares principales, podemos destacar otros:

El Sagrario, donde se reserva la Eucaristía, la presencia real de Jesús en medio de los suyos. Sería preferible, allí donde sea posible,  tener el sagrario en una capilla adjunta a la iglesia, bien adecuada para la oración de los fieles y digna de la presencia de la Divina Majestad.

La Fuente Bautismal, donde la Madre Iglesia da a luz a los que nacen de nuevo por el agua, la Palabra y la acción del Espíritu Santo.

En las iglesias católicas suele haber otros elementos que ayudan a los fieles en su caminar. Por ejemplo las estaciones del Via-Crucia, ejercicio muy apropiado para la meditación de la Pasión y Muerte de Cristo.

También las imágenes de Jesús, María y los santos, que deben ser pocas y dignas, para alentar la piedad de los fieles, pero sin descentrar su atención que ha de dirigirse, primordialmente, a la unión con las tres Divinas Personas.

El Coro. Este es un sitio sumamente importante, pues es desde donde se canta y se anima al pueblo a cantar las alabanzas del Señor. Siendo la música y el canto algo tan apreciado desde muy antiguo en las celebraciones litúrgicas, vamos a hablar de ello a continuación.

LA MÚSICA Y EL CANTO

"Podríamos afirmar que la música ha sido, desde siempre, parte de la Liturgia de la Iglesia. Ya en el Antiguo Testamento esto era común:

El salterio es la colección de cantos religiosos de Israel. Sabemos , por otra parte, que entre el personal del Templo figuraban los cantores y, si bien éstos no son mencionados explícitamente hasta después del Destierro, es cierto que existieron desde el principio. Las fiestas de Yahvé se celebraban con danzas y coros (ver Jueces 21,19-21; 2º Samuel 6,15.16). Según Amós 5,23, los sacrificios se acompañaban con cánticos y, puesto que el palacio real tenía sus cantores en tiempo de David, el templo de Salomón debió de tener los suyos, como todos los grandes santuarios orientales" (Introducción a los Salmos. Biblia de Jerusalén).

Los cristianos hemos seguido utilizando los salmos hasta el día de hoy, aunque hace ya mucho tiempo que nadie conoce las melodías originales. Otras han ido reemplazándolas.

San Pablo nos exhorta: "Reciten entre ustedes salmos, himnos y cánticos inspirados; canten y salmodien en su corazón al Señor" (Efesios 5,19).

Lo mismo hace en Colosenses 3,16. "No hay por qué dudar que en las reuniones litúrgicas primitivas el canto era parte de las mismas. Con el desarrollo de distintas tradiciones litúrgicas se fueron formando distintos tipos de ritmos usados en las mismas, aunque usando textos inspirados en las Escrituras o sacados de ellas".

Según Mario Righetti (Historia de la Liturgia I, pag. 295) el Concilio de Laodicea (hacia el 360) prescribe que los cantores litúrgicos canten sobre el pergamino. En la misma página se dice que el canto responsorial se remonta a la misma liturgia apostólica.

Puede decirse que el tipo de salmodia que llamamos "responsorial" es la más antigua de las que se usaron en la Iglesia.

Dice san Juan Crisóstomo (murió en el 407): "Iniciado el salmo todas las voces se unen, formando un armonioso coro. Jóvenes y viejos, ricos y pobres, mujeres y hombres, esclavos y libres, todos tomamos parte en la melodía. En el palacio de los reyes, todos están en silencio, pero aquí, cuando el profeta habla, todos cantamos" (Sobre el salmo 145).

Así como en los ritos y la lengua, también en la música y los cantos hay grandes diferencias entre las distintas tradiciones litúrgicas. En la Iglesia latina se desarrolló bastante el canto litúrgico, llegando a su máximo esplendor con la reforma hecha por el papa san Gregorio I (papa del 590 al 604), al que se atribuye la institución del llamado, por lo mismo, canto gregoriano.

En esto, como en la Liturgia en general, se le reconoce a san Gregorio I una labor importantísima. Todavía hoy el canto gregoriano es muy apreciado y se utiliza sobre todo en los monasterios.

Hace poco se volvieron célebres estas melodias antíquisimas con la producción de varios discos que resultaron muy vendidos.

Lamentablemente el hecho de que sus letras sean en latín hace que su uso se reduzca a los lugares donde pueden ser entendidas.

Lógicamente, con el tiempo, otras formas musicales fueron abriéndose paso hasta ser admitidas en la Liturgia, especialmente la llamada polifonía, que logró gran esplendor por las obras de renombrados compositores.

En cuanto a instrumentos se sabe que, pese a ser usados en las religiones no cristianas, incluso el judaísmo, encontró al principio un rechazo en la Iglesia y en los Santos Padres.

El primer instrumento musical en ser admitido fue el órgano, que parece haber sido inventado en el siglo II a.C. No se sabe exactamente dónde y cuándo se comenzó su uso en la Iglesia, pero sería probablemente hacia el siglo V d.C.

No fue hasta mucho después que se aceptaron otros instrumentos. Más tarde incluso se llegaron a ciertos abusos con el uso de orquestas durante las celebraciones litúrgicas.

Hoy en día hay una gran floración de música litúrgica en casi todas las lenguas. Con todo, impera también bastante confusión, pues con frecuencia la elección de los cantos queda al capricho de los directores de coros.

Es importante señalar que no todo canto considerado "religioso" es apto para su uso en la Liturgia. Debe evitarse a toda costa que cantos propios de reuniones de grupos o movimientos sean empleados en las celebraciones litúrgicas.

Los directores de coros deben informarse de los cantos que son apropiados, a fin de que mantengan la dignidad propia exigida por la música litúrgica.

Del mismo modo, se debe en todo momento tratar de lograr que el pueblo cante. Esa es la principal función del coro: ser un interlocutor del pueblo en el canto litúrgico.

Por eso, los cantos deben ser aquellos que el pueblo es capaz de cantar. Hay que procurar que los cánticos nuevos se vayan introduciendo poco a poco, para darle tiempo al pueblo a aprendérselos. Es sabido lo difícil que resulta sacar tiempo para ensayar con los fieles, pues muchos llegan a veces con el tiempo justo o incluso tarde a la celebración.

El uso de solistas es totalmente legítimo, siempre que sea con la misma finalidad: apoyar el canto de la Asamblea. Hay momentos en que el coro o un solista pueden entonar un cántico apropiado, sin la participación del pueblo, pero esto no puede ser en forma alguna la norma general.

EL AÑO LITÚRGICO

Podemos entender perfectamente que la primitiva comunidad cristiana sólo tenía una única celebración central: la Muerte y Resurrección de Jesús.

Cada domingo eran renovados estos acontecimientos cumbres de la vida del Señor, con la celebración del Memorial que El mismo nos dejara: la Eucaristía.

Hay que hacer notar que durante un largo tiempo los demas días de la semana fueron alitúrgicos, es decir, que en ellos no se realizaba ninguna actividad litúrgica.

Poco a poco fue naciendo la idea de conmemorar anualmente la Resurrección de Jesús, y así nació la Pascua, en el mismo primer siglo. Esta fiesta se iniciaría en la noche del sábado con una larga vigilia en la que, poco a poco, se fueron introduciendo diversos elementos, como la bendición del fuego nuevo, el Cirio Pascual, el pregón de Pascua, así como la celebración de los bautismos y la confirmación de los catecúmenos que se habían preparado para recibirlos.

Todo culminaría con la Eucaristía, en la cual los nuevos cristianos recibirían, por primera vez, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Luego, en la mañana, la Eucaristía revistiría un carácter triunfal, acorde con el acontecimiento que se conmemoraba, pues la Resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe y la causa principal de nuestra esperanza.

Desde el comienzo la Pascua ha sido la fiesta cristiana por excelencia, el punto central y focal de todo el Año Litúrgico.

Aunque el Sábado Santo propiamente tal siempre se mantuvo alitúrgico, en la Edad Media, lamentablemente, se introdujo la costumbre de adelantar la Misa de Resurrección a la tarde de dicho día. Parece que esto comenzó en Milán en el siglo XI. Luego se llegó hasta celebrarla en la mañana, con lo que se desvirtuó completamente todo el sentido litúrgico de la fiesta. Así se empezó a llamar "Sábado de Gloria" al que debió ser siempre día de recogimiento y oración.

Hubo de esperarse hasta el 1958, en que el papa Pío XII promulgó la reforma de la Semana Santa, preludio de las reformas litúrgicas que llevaría a cabo el Concilio Vaticano II.

El Viernes Santo fue también, desde muy antiguo, un día sin Liturgia. Fue posiblemente en Jerusalén que se comienza, por el siglo V o antes, un servicio litúrgico, que se realizaba hacia las tres de la tarde (hora de nona) en que murió nuestro Salvador.

Por mucho tiempo se le llamó la "Misa de los Presantificados", pues no había consagración, sino que la comunión se hacía con las hostias consagradas el Jueves Santo.

En realidad algo que llegó hasta la reforma de Pío XII fue que sólo los ministros ordenados recibían la comunión. Después de ésta, aunque se conservó el esquema de la celebración, se le dejó de llamar "Misa", pues no es una Eucaristía como tal, y se ordenó que todos los fieles que estuvieran debidamente preparados pudieran comulgar.

Pese a no ser una Eucaristía, el oficio solemne del Viernes Santo es uno de los más impresionantes de toda la Liturgia.

Consta de tres partes: Las lecturas y la Oración de los fieles, la solemne adoración de la Cruz y el rito de la Comunión.

El Jueves Santo fue después agregado para conformar el llamado Triduo Sacro, y así celebrar también la Última Cena del Señor con sus discípulos y la institución de los sacramentos de la Eucaristía y el Orden Sagrado.

Más tarde se completaría el escenario con la recordación, el domingo anterior, de la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén, imitando la acción de los que aclamaron al Señor  con ramos en sus manos. Así se tendría la Semana Santa.

A la fiesta Pascual, por su decisiva importancia, se le hizo preceder de un tiempo de preparación, consistente en cuarenta días de recogimiento, oración y penitencia, a imitación de la cuarentena que pasó Jesús en el desierto de Judea.

La Cuaresma sirvió, además, como el tiempo en el que se instruía a los catecúmenos que serían bautizados la noche pascual.

Hubo épocas en que la Cuaresma era un tiempo sumamente riguroso, con muchos días de ayuno y asistencia requerida a muchas celebraciones litúrgicas. Hoy en día, aunque el espíritu de penitencia se conserva, se deja más a la decisión de cada cristiano los días de ayuno y otras penitencias que quiera realizar, y el tiempo que desea dedicar a la oración y la contemplación. Han quedado solamente dos días oficiales de ayuno, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y todos los viernes como días de abstinencia de carne.

El ambiente pagano que reina en nuestros días es un grave desafío a los cristianos. Esto no puede ser una excusa para dejar a un lado el esfuerzo ascético al que la Iglesia nos invita para prepararnos a la celebración cumbre: la Muerte y Resurrección de Jesús.

Pero el Año Litúrgico no es sólo la Pascua, aunque todo él está marcado por el acontecimiento que recuerda y actualiza nuestra Redención.

Hay en él tiempos fuertes y tiempos débiles, lo que no significa que estos últimos sean una excusa para dejarse llevar por la pereza espiritual o abandonar la obligación que todos tenemos de velar por la santificación de nuestra vida. Quien así lo entienda estaría cometiendo un grave error.

Aparte del tiempo pascual, que comenzando con el Triduo Sacro culmina en la fiesta de Pentecostés, tenemos también otro tiempo fuerte, que es el ciclo Navidad-Epifanía. Son éstas quizás las fiestas que despiertan mayor entusiasmo por su colorido y porque todo el ambiente ayuda al mantenimiento de un clima festivo.

Con todo, si bien esto podría ser una ventaja, no deja de ser, a veces, todo lo contrario, pues en su afán mercantilista, muchos han convertido la Navidad en unos días de jolgorio en los que Jesús está completamente ausente.

Ya desde antes de llegar diciembre se multiplican los cantos más o menos ligados a la fiesta, propagados por los poderosos medios de comunicación.

Así es muy difícil vivir el espíritu propio del Adviento, el tiempo que prepara los corazones para una adecuada celebración espiritual de la Navidad, con el recogimiento, oración y espíritu de caridad que son elementos propios de este santo tiempo.

Quiere decir, por tanto, que los tiempos fuertes de la Liturgia serían: Cuaresma, como preparación a la Pascua; el Tiempo Pascual, desde el Jueves Santo hasta la fiesta de Pentecostés. El Adviento, como preparación a la Navidad. El ciclo Navidad - Epifanía, hasta la fiesta del Bautismo de Jesús.

Luego tenemos los tiempos débiles, que son llamados, en general, Tiempo Ordinario, dividido en dos partes: desde el día siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el martes antes del Miércoles de Ceniza, y desde el día siguiente a la fiesta de Pentecostés, hasta el sábado previo al primer domingo de Adviento.

Como se dijo antes, no se trata de tiempos que el cristiano debe considerar de menor importancia, pues cada día del año debe ser una oportunidad para acercarnos a Dios y rendirle un culto en espíritu y en verdad.

Durante el Año Litúrgico se suceden, además, diversas fiestas o celebraciones, en honor a la Santísima Trinidad, al Señor Jesucristo, a algún Misterio especial de nuestra Salvación, a la Virgen y a los santos.

Estas se distinguen, de acuerdo a su importancia, en Solemnidades, Fiestas y Memorias. Estas últimas pueden ser obligatorias o libres.

Hay solemnidades especiales que, aunque no caigan en domingo, se consideran de precepto, es decir, que hay obligacion de participar en la Eucaristía.

Por razón de las leyes civiles que no privilegian estas fiestas, en algunos países varias han sido trasladadas al domingo más próximo, pues sería muy difícil a la mayoría participar en las mismas a causa de su trabajo.

Existe un calendario oficial que señala las celebraciones de acuerdo a su categoría.

EL SAGRARIO

Es bastante frecuente ver a muchos católicos pasar por delante del sagrario sin percatarse siquiera de su presencia, pese a que suele estar en lugar distinguido y hasta tener una luz permanente a su lado.

Esa caja dorada (aunque no siempre tiene la misma figura y a veces está cubierda con una prenda de tela, del color del tiempo litúrgico correspondiente, a la que se llama "conopeo",contiene la presencia de Jesús sacramentado, por lo que está mandado que al pasar frente a ella se haga una genuflexión, lo que significa doblar una rodilla en señal de adoración.

Estamos conscientes de la gran ignorancia religiosa que tiene mucha gente que acude a los templos sólo en ocasiones especiales del año. Pero es triste consignar que también personas que comulgan con frecuencia pasan frente al sagrario como si tal cosa.

PRESENCIA REAL

Una verdad de fe creída sin discusión alguna desde los primeros tiempos fue la de que el pan eucarístico, o sea, aquel que ha sido consagrado por un ministro debidamente ordenado, ya no es propiamente pan, sino el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo.

Esta verdad nace de las propias palabras de Cristo en la Última Cena, aunque ya había sido anunciada por El en el discurso que Juan recoge en el capítulo sexto de su evangelio. Allí el Maestro habla del "Pan de Vida", y que su  su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida.

Por esa razón, los cristianos vieron en el pan eucarístico algo muy especial, que tenían que tratar con sumo respeto, pues se trataba del Cuerpo mismo de su Maestro.

San Pablo saldrá al encuentro de abusos que ya se cometían en su tiempo, teniendo que afirmar: Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia sentencia (1a. Corintios 11,28-29).

San Justino Mártir, en su primera Apología en defensa de los cristianos, dice claramente: "Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que, así como Cristo, nuestro Salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tuvo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera, hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó"; (Capítulo 66. Escrito en el siglo II).

LA RESERVA EUCARÍSTICA

Sabemos que los primeros cristianos no tuvieron iglesias propiamente dichas, y que la Eucaristía se celebraba donde se podía, preferiblemente en casas particulares.

Está bien atestiguado que fue constumbre el que los bautizados llevasen el pan eucarístico a sus casas, para que así pudiesen comulgar durante los días de la semana, ya que en éstos, durante largo tiempo, no se celebraba la reunión eclesial.

Además, era responsabilidad de los diáconos conservar formas consagradas para llevarlas a los imposibilitados, como los enfermos y los presos. A estos últimos, sobre todo en épocas de persecu-ciones, se las llevaba el que tuviese mayor facilidad para hacerlo.

Cuando pudieron construirse iglesias, pronto hubo un sitio dedicado a conservar la Eucaristía, sobre todo para el fin indicado. Solía ser un pequeño cofre guardado en algún sitio seguro. Desde el principio, de eso podemos estar seguros, la presencia de Jesús llevó a los fieles a tener un máximo respeto y grandísima veneración por el pan consagrado. La forma de los sagrarios o tabernáculos, nombres con los que se les designó, entre otros, fue muy diversa, según los países y épocas. Desde la cajita pequeña que ya mencionamos, pasando por las palomas eucarísticas y los tabernáculos murales, hasta los monumentales edículos del Sacramento, esto último sobre todo en Alemania, Holanda, Bélgica y norte de Francia.

ADORACIÓN Y VISITAS AL SANTÍSIMO

Sabemos que el objetivo principal de la presencia de Jesús en la Eucaristía no es ser adorado, sino presidir la renovación de su propio Misterio Pascual, su Muerte y Resurrección, de las que el sacramento es un memorial.

Jesús se hace presente en el momento en que el ministro, sea obispo o sacerdote (presbítero), repite las palabras de la Última Cena, teniendo como materias pan de trigo y vino de uvas. Aquello que era pan se transforma en su Cuerpo y aquello que era vino en su Sangre, sin que exista cambio en las apariencias o accidentes.

Después del ofrecimiento se realiza la comunión. Cristo dijo: Tomen y coman, tomen y beban. Se trata, pues, de un memorial en el que se incluye el comer y beber del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Ahora bien, ¿qué pasa con las formas que sobran después que todos los que están preparados para hacerlo han recibido la comunión?

Está claro que la presencia de Jesús perdura más allá de la celebración, por lo que esas formas se guardan para llevar a los enfermos e impedidos.

Y si Jesús esta allí presente, es lógico que lo adoremos en el Sacramento y lo visitemos para prolongar nuestra comunión con El.

Si creemos en esa presencia eso es lo más natural. Y así lo entendió la Iglesia, que siempre trató con exquisito respeto el Sacramento y lo rodeó de un ambiente propicio para la oracion y la adoración.

Por Cristo vamos al Padre en el Espíritu Santo. El nos invita: Vengan a Mí. Acudamos, pues, a Jesús. El nos espera en el Sagrario, pero sobre todo, cada día, y especialmente los domingos, para que junto a El celebremos el memorial que es fiesta de vida y salvación.

MARÍA EN LA LITURGIA

La devoción a María se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia, aun cuando no aparezca muy claramente en el Nuevo Testamento.

Un testimonio importante de ello lo tenemos en los numerosos escritos que hoy conocemos como apócrifos, en los que se habla ampliamente de María. Aunque la Iglesia no los aceptó como inspirados por Dios, es innegable que aportan datos estimables aunque contengan también lamentables exageraciones.

Son, pues, eso: un testimonio de algo que se sentía entre los cristianos, una gran admiración, un cariño especial, eso que llamamos devoción, por la Madre de Jesús.

MADRE DE DIOS

Con todo tuvo que pasar algún tiempo hasta que a la Virgen se le rindiera un culto público y oficial, pues devociones paganas hubo, muy extendidas, a diosas-madres, por lo que podría prestarse a confusión y a distorsionar el legítimo respeto y amor que los discípulos de Cristo sentían por su Madre. Pronto, sin embargo,  se entablaron discusiones sobre el papel de María y el lugar que le correspondía dentro del plan salvífico de Dios.

Nestorio, patriarca de Constantinopla, negaba que María fuese la Madre de Dios, título que popularmente se le daba, alegando que en Jesús habia dos personas, una divina y otra humana, lo que iba en contra de la enseñanza de la Iglesia, que admitía en Cristo dos naturalezas pero una sola persona, la divina.

Nestorio fue condenado en el Concilio de Éfeso, el año 431, donde la Iglesia defendió la legitimidad del título Madre de Dios dado a María, por ser la Madre de Cristo, Dios hecho hombre.

CULTO PÚBLICO Y OFICIAL

Esto, entre otras cosas, ayudó a que se fuese abriendo camino un culto oficial a María. Se comenzaron a usar en los templos imágenes de la Virgen y muchas iglesias fueron dedicadas a su nombre, mientras que, poco a poco, comenzaron a aparecer fiestas destinadas a resaltar los atributos o dones que ella había recibido de Dios.

Es importante resaltar  que esto no significó, en ningún momento ni lugar, que se diera a María un culto idolátrico, ni siquiera que las iglesias dedicadas a ella fueran para realizar un culto exclusivo a su persona, como solía ocurrir con los templos paganos.

María siempre ha sido vista por la Iglesia como lo que es, la humilde muchacha de Nazaret, a la que Dios escogió, sin mérito alguno de su parte, para ser la Madre de su Hijo.

Fue el propio Dios quien la adornó y la llenó de gracia, y eso es lo que reonocemos en María, colocándola en el lugar que el Altísimo preparó para ella.

Aunque poco a poco muchas fiestas le fueron dedicadas, comenzando probablemente desde los finales del siglo IV, los textos litúrgicos NUNCA se dirigen a María, sino a Dios, a quien se honra por las grandes obras que se dignó hacer en ella.

Hoy en día la Liturgia de la Iglesia sigue destacando el lugar excepcional que María ocupa en la Historia de la Salvación, junto a su Divino Hijo. Con ello no hace otra cosa sino seguir la larga tradición de aquellos que nos precedieron, desde los tiempos apostólicos.

CULTO DE HIPERDULÍA

Los teólogos llaman hiperdulía al culto que la Iglesia dedica a María, para destacar que se trata de algo diferente a aquel con el que se honra a los santos y al que llaman dulía.

Ambos están muy lejos, desde luego, del culto de latría o adoración que sólo es ofrecido a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Hiperdulía y dulía son palabras que expresan el cariño y la veneración que debemos, en justicia, a María y a los santos, por su entrega tan especial, su total consagración a hacer la voluntad de Dios y su forma heróica de jercitar las virtudes cristianas.

Por eso la Liturgia recuerda, en las fiestas a ella dedicadas, los dones que Dios otorgó a María. No olvidemos, sin embargo, que todas las festividades de la Iglesia son un himno de alabanza a Dios, que ha hecho maravillas en los que ama y lo aman.

LA VERDADERA DEVOCIÓN A MARÍA

Podemos decir, con toda exactitud, que la verdadera devoción a María y a los santos nos lleva necesariamente a Dios, pues ellos no son más que un reflejo de su grandeza y de lo que podemos llegar a ser nosotros también si, como ellos, estamos dispuestos a consagrar nuestras vidas a la gloria de Dios y el bien de nuestros hermanos.

Una devoción a María que se quede en velas, flores y promesas, dejaría mucho que desear. Si acudimos a ella como si ella fuese el objeto final de nuestra fe y nuestro amor, de tal manera que lo esperáramos todo de ella, estaríamos subvertiendo los valores y convirtiéndola en una diosa pagana. Entonces sí estaríamos cometiendo un pecado de idolatría.

María sólo puede ser vista como un isntrumento de la misericordia divina. Mientras estuvo en la tierra cumplió admirablemente con lo que Dios pidió de ella, siendo, además, un ejemplo constante de esas virtudes domésticas y ordinarias que tanta falta nos hacen.

Allí, en Nazaret, podemos imaginarla como la mejor de las madres, de las esposas, amigas y vecinas. Siempre atenta a las necesidades de los demás, dispuesta a sacrificarse por el bien de los otros.

Ahora, desde el cielo, María vela por sus hijos, intercediendo por ellos y sirviendo de instrumento del Señor para atraer, con su amor maternal, a aquellos que se alejan de El.

Amar y reverenciar a María, por tanto, es vivir con ella el camino de peregrinación que es esta vida. Tratar de imitarla es la mejor manera de demostrarle que la amamos.

NORMAS PARA LOS QUE EJERCEN UN OFICIO LITÚRGICO

La proclamación de la Palabra de Dios es esencial a toda celebración litúrgica. La misma es hecha por los lectores y el diácono, o en su falta por el sacerdote.

Es importante que todo el que ejerce el oficio de lector se haya preparado convenientemente, para que la lectura resulte fácil de entender por la soltura en la dicción y el volumen de la voz.

Toca al lector comenzar por enunciar el título de la lectura, sin añadir capítulo y versículos de la misma, sin cambiar nada de lo que esté en el Leccionario. Este debe ser usado siempre, a no ser que en el lugar no haya los libros oficiales para las lecturas.

La lectura debe ser hecha pausadamente, a fin de que se resalten todas y cada una de las palabras, de modo que puedan ser captadas por todos los oyentes.

Al final de la lectura, después de una pausa, el lector debe decir: PALABRA DE DIOS, a lo que el pueblo responde: TE ALABAMOS, SEÑOR.

Entre la primera lectura y el salmo, así como entre el salmo y la segunda lectura (en caso de que la haya), debe haber un silencio de al menos medio minuto, para permitir a los participantes meditar por unos instantes en lo leído o cantado.

Los lectores deberán ayudar a los participantes a mantener las posturas adecuadas en cada momento de la celebración.

El salmo responsorial es un cántico, y el más importante de la Liturgia de la Palabra. Es al mismo tiempo  el que presenta mayores dificultades, puesto que hay que variar la antífona y hasta el mismo salmo, y no todos los coros están capacitados para hacerlo.

Lo ideal sería que un cantor o el mismo coro cantase las estrofas del salmo y los participantes respondiesen cantando la antífona. Pero de no ser esto posible, un lector se ocupará de leer el salmo. Primero invitará a los fieles a responder, leyendo la primera vez la antífona, y luego dejando que el pueblo la repita. Después de cada estrofa permitirá que el pueblo responda, permaneciendo callado, a no ser que la poca respuesta demuestre que los presentes no han captado bien la letra de la antífona.

Entre la primera lectura y el salmo, así como entre el salmo y la segunda lectura, debe haber una pausa de al menos medio minuto, para permitir a los fieles reflexionar por unos instantes en lo que se ha leído o cantado.

Después de la segunda lectura, y luego de una pausa, se entonará el Aleluya, que es el canto propio para la aclamación del Evangelio. Sólo en Cuaresma se entonará otro canto, apropiado a este tiempo litúrgico. El Aleluya, sin adición de ninguna otra letra, será seguido de la lectura o canto del versículo cuyo texto aparece en el Leccionario, luego del cual se vuelve a cantar Aleluya. En Cuaresma se intercalará el texto entre dos repeticiones del breve canto apropiado a este tiempo.

El comentarista tendrá a su cargo la monición inicial, antes de la procesión de entrada, en que se da el tema principal de las lecturas y se prepara a los fieles para una participación activa. También podrá ocuparse, al final, de los avisos que haya, y si no hay diácono, podrá él u otro lector, leer las intenciones en la Oración de los fieles. Sería preferible que el comentarista no tuviera ninguna otra intervención, pero si la tiene antes de las lecturas, que sea algo muy breve y sin dar el título de la lectura, algo que le corresponde al lector de la misma.

Como norma general es conveniente que todos los que ejerzan una función liturgica, se vistan correctamente, es decir, con ropas adecuadas a la importancia del ministerio que ejercen. En las celebraciones solemnes sería conveniente, si es posible, que los hombres usaran saco y corbata.

Los coros y sus miembros tienen una función insustituible en la celebración, pues el canto ha sido desde siempre un acompañamiento esencial a las celebraciones solemnes.

Eso sí, el coro debe ser siempre un soporte de la Liturgia y no un estorbo a la participación de los fieles. No se trata de lucirse, o de dar un "show", sino de ser parte de un acto comunitario. El coro que no tiene en cuenta la participación del pueblo no está ejerciendo bien lo que de él se espera en la Liturgia. Es importante también que el volumen de los instrumentos no opaque a los que cantan o al pueblo.

Es sumamente importante que los cantos que se escojan para cada celebración sean adecuados al momento y a los tiempos litúrgicos.

Hay que saber distinguir entre cantos apropiados a la Liturgia y cantos que son propios para reuniones de grupos o movimientos. No todo lo que se canta en los grupos, por muy bueno y bonito, es apropiado para acompañar la acción litúrgica.

El encargado deberá tomar esto muy en cuenta a la hora de escoger los cantos de entrada, de ofrendas, de la comunión o de salida, que deberán ser apropiados para acompañar estas acciones litúrgicas. Después de terminadas éstas el canto debe cesar.

En modo alguno deberá escogerse un canto para que suplante el Gloria, el Credo, el Santo o el Cordero de Dios, no importa que sea una paráfrasis de su letra. Que  se entienda bien claro que aquellos cantos que no respeten la letra de estos cantos NO PUEDEN CANTARSE. Hay suficientes composiciones en español que sí respetan la letra de los mismos, de modo que no habría excusas para cantar otros, por muy bonitos que sean y muy inspiradas que sean sus letras.

El saludo de la paz no tiene que ser acompañado por ningún canto. Esos cantos de paz que se suelen cantar lo que hacen es entorpecer la simple acción del saludo, rompiendo el ritmo de la celebración. Si de todos modos se cantan se debe finalizar cuando termine el saludo. Este debe darse sólo a los que están a los lados, pues no es momento para buscar y saludar a los conocidos  que estén presentes. El canto propio de la paz es el Cordero de Dios, que debe ser entonado no en el momento del saludo, sino terminado éste.

Durante la consagración no debe cantarse nada en absoluto. En ese momento debe sólo reinar un profundo silencio, de modo que se escuche únicamente la voz del que preside.  Luego todos podrán responder, recitando o cantando, la aclamación del que preside.

Se debe estar de pie desde que se inicia la celebración hasta que va a comenzar la primera lectura. Luego se vuelve a estar de pie para el  Aleluya  y  la  lectura  del   Evangelio,   y   de   nuevo   todos  se sientan durante la homilía.

Se está de pie durante el Credo y la Oración de los fieles, y sentados durante la presentación de ofrendas.  Volverán a ponerse de pie después que se ha respondido a la invitación del sacerdote a que todos oren, pues la Oración sobre las ofrendas es presidencial y esto requiere que toda la Asamblea esté de pie.

Es conveniente que todos estén de rodillas durante la consagración, a menos que no existan las condiciones para que esto se haga sin inconvenientes.

Después de la consagración, si se han arrodillado, se vuelven todos a poner de pie, y así hasta que se ha comulgado, en que se pueden sentar. Se ponen de pie para la Oración después de la Comunión y así se quedan hasta el final, a no ser que haya avisos y se quiera estar sentados durante los mismos.

Los cantos a la Virgen tendrán su mejor lugar al final de la celebración, como cantos de salida. En sus fiestas podrán cantarse también como entrada o durante las ofrendas.

Durante la comunión y como canto de meditación deberán usarse sólo cantos eucarísticos apropiados.

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