AB PADRE BAZAN

LA CUARESMA: CAMINO HACIA LA PASCUA

Este tiempo sagrado que prepara a los cristianos para la fructífera celebración de la fiesta de Pascua comenzó, desde muy antiguo, como parte del proceso de formación de los catecúmenos para el Bautismo y, más tarde, como tiempo penitencial de los pecadores públicos.

Dado que el sacramento bautismal solía administrarse en la noche de Pascua, los candidatos recibían la instrucción y los ritos preparatorios en las semanas precedentes.

Poco a poco se fue utilizando también este tiempo como el más apropiado para la penitencia de los que, habiendo cometido graves pecados, se sometían a la disciplina eclesial.

Así nació el "Miércoles de Ceniza" como día inaugural en que se imponía la ceniza en la cabeza de los pecadores arrepentidos, los que debían pasar por un rígido período de pública humillación antes de ser reconciliados.

La estructura final de la Cuaresma, o sea, cuarenta días antes de la Pascua, respondió al deseo de que fuera semejante al tiempo que pasó Jesús en el desierto ayunando (ver Mateo 4,2).

El rito de la ceniza fue mantenido, hasta el siglo X, como exclusivo de los penitentes públicos, de modo que sólo ellos la recibían en sus cabezas.

Hemos de recordar que el uso de la ceniza es bien antiguo, como parte, sobre todo, de los ritos funerarios. Acostarse sobre ceniza era, al parecer, una señal de duelo (ver Ester 4,3 y Isaías 58,5).

También era común el uso de un vestido burdo llamado sayal, para demostrar el arrepentimiento. Así vemos que cuando el profeta Jonás predicó en Nínive que dentro de cuarenta días la ciudad sería arrasada, "creyeron a Dios los ninivitas, proclamaron un ayuno y se vistieron de sayal pequeños y grandes" (Jonás 3,5).

Durante varios siglos, los que habían cometido graves pecados y se sentían arrepentidos, se reunían en la iglesia el día inaugural de la Cuaresma vestidos de sayal. Allí recibían la ceniza sobre sus cabezas y no volvían a ser admitidos a las asambleas de la comunidad hasta el día de la reconciliación, la mañana del Jueves Santo.

Durante todo el período cuaresmal se mantenían fuera de los templos, ayunando y mortificándose, dando así público testimonio de su arrepentimiento.

No nos es fácil a nosotros, hijos de otra época, juzgar adecuadamente aquel rigor que la Iglesia usó durante varios siglos, pues resulta increíble hasta pensar que los hombres de ahora acepten semejante penitencia.

De hecho, esta práctica fue desapareciendo, poco a poco, por dos razones fundamentales, la más importante de las cuales fue el cada vez menor número de pecadores dispuestos a someterse a los rigores de la misma. La otra tuvo que ver con la mayor conciencia que la comunidad eclesial fue adquiriendo de la necesidad que todos, y no sólo unos pocos, tenemos de hacer penitencia.

Así se llegó a la Cuaresma como expresión colectiva de conversión siempre renovada, como paso previo para participar en el Misterio Pascual de Cristo.

Esa es la causa por la que, actualmente, la Iglesia invita a todos a iniciar este tiempo litúrgico con la imposición de la ceniza.

No se trata, desde luego, de un rito sin sentido. Poner, aunque sea una simple señal con ceniza sobre la frente, que a eso ha quedado reducido en la práctica, tiene que responder a una sincera decisión personal de rectificar nuestra vida conforme a los principios del Evangelio.

Ni que decir tiene que si uno, por las razones que sea, no ha podido recibir la ceniza, también puede celebrar la Cuaresma, pues lo que realmente importa es la actitud de conversión que cada uno tenga y no el rito de la ceniza en sí mismo.

Hoy, realmente, la Iglesia ha atenuado al máximo el rigor de la Cuaresma, porque somos cada vez más flojos en una sociedad que adora la comodidad y se desvive por el placer fácil y las satisfacciones instantáneas.

Ahora tenemos únicamente dos días de ayuno y abstinencia por obligación, para los mayores de catorce años y menores de sesenta. Todos los viernes de este período son solamente días de abstinencia de carne.

Es posible que haya personas que todavía lo consideren demasiado estricto, pero conformarse con sólo eso no sería, en realidad, entender el verdadero espíritu cuaresmal.

Se trata de fortalecer nuestra fe por medio de la oración y el ayuno, a fin de poner en práctica lo que Jesús nos mandó. Esto último es lo más importante.

Y es que al Señor no le gusta un ayuno que no vaya acompañado de la misericordia con los hermanos. Por eso debemos poner mucho énfasis en el compartir con auténtico amor (ver Isaías 58).

Cuando a Jesús lo acusan de andar con pecadores y descreídos, El responde: "Vayan mejor a aprender lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios" (Mateo 9,13).

La Cuaresma tiene que servirnos para descubrir los auténticos valores y rechazar la falsa escala que, de los mismos, nos presenta el mundo.

No haríamos nada si nuestra mortificación, ayunos, abstinencias y otras prácticas se redujeran a un simple cumplir, en forma mecánica, los preceptos recibidos.

A nuestro lado, aquí mismo, hay gente que sufre, que no tiene trabajo, que ha perdido, quizás, a un ser querido o tiene problemas de cualquier otra índole.

El Señor quiere que vayamos a compartir con ellos, a darles de nuestro tiempo y de lo que tengamos, a anunciarles que Jesús murió y resucitó para que todos fuésemos hijos de Dios y pudiéramos disfrutar de una vida eterna.

Estamos, pues, ante una magnífica oportunidad de dar alegría y felicidad a los que nos rodean, porque cuando encarnamos el Evangelio de Jesús somos testigos del gran amor que Dios nos tiene y lo hacemos palpable ante los ojos de los demás.

CARACTERÍSTICAS DE LA CUARESMA

Este tiempo, como sabemos, es uno especialmente dedicado a preparar la más grande de las fiestas del año: la Pascua. Pero también nos sirve para reparar las grietas que el tiempo va abriendo en el alma, producto de nuestro descuido y nuestro contacto con el pecado.

En Cuaresma se nos invita a cambiar, a trabajar, a colaborar con la obra del Espíritu en nosotros, a crecer espiritualmente para estar más cerca de Dios y de los demás.

Para ello la Iglesia nos ofrece los medios propios de lo que se llama la ascética cristiana, como son la oración, el ayuno, la abstinencia de carne, la limosna, la mortificación y guarda de los sentidos para lograr el control del cuerpo y la supremacía del espíritu.

Sin estos medios, y otros que ciertamente podríamos agregar, no hay por qué extrañarse de que uno se encuentre en las antípodas del ideal cristiano. ¡No se puede pedir peras al olmo!

LA ORACIÓN

Este es el medio principal, el más elevado, y también el más recomendado por el propio Jesús. El nos exhorta a que oremos, y a que lo hagamos con insistencia, como cuando dice: "-Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos si ellos le gritan día y noche?, o ¿les hará esperar? Les digo que les hará justicia sin tardar" (Lucas 18, 7-8).

El mismo Jesús, además, nos dio ejemplo de oración. En varias ocasiones los evangelistas mencionan que "se retiraba a orar", estando algunas veces largas horas en oración, como ocurrió en el huerto de los Olivos.

¿Cómo podríamos llamarnos cristianos si no dedicamos, cada día, algún rato a la oración?

La oración es al cristiano como la respiración al cuerpo. Sin ella no podemos vivir esa otra vida que se nos dio en el Bautismo, la que nos ha elevado a la categoría de hijos de Dios y de coherederos con Cristo de la eterna gloria.

Cierto que algunos dicen que eso de rezar les parece algo aburrido, pero es que sólo se les ocurre repetir, machaconamente, cosas aprendidas de memoria.

Todo el que ora sabe, por experiencia propia, que en la oración encuentra paz y amor, respuesta a sus problemas y un gozo que no se puede comparar con las alegrías de este mundo.

Lo que ocurre es que muchas personas temen adentrarse en este camino de unión con Dios, pues consideran que eso está reservado a unos pocos iniciados. ¡Craso error!

Orar es comunicarnos con Alguien que sabemos que nos ama, hablando con El con toda sencillez, como nos enseñan los maestros de oración. Para hablar con Dios no hay que complicarse innecesariamente. Orar no es simplemente hablar. A veces el hablar puede ser enemigo del orar. Lo importante en la oración no son las palabras, sino los movimientos del corazón. Orar es, sobre todo, entregarnos a amar a Dios y dejarnos amar por El.

¡Qué gran actividad, pues, para dedicarle todo el tiempo que podamos! La Cuaresma tiene que servirnos para ejercitarnos en esta actividad y así aprender a orar más y mejor.

Nadie que vaya a visitar a un amigo tiene que procurarse un libro para poder comunicarse con él. ¿Por qué hacemos de la comunicación con Dios algo tan complicado?

Algo diferente es cuando participamos de la Liturgia. Siendo oración oficial de la comunidad, se requieren libros para que haya cierta uniformidad, pero en la oración personal debemos sentirnos libres para presentarnos ante Dios tal como somos, sin necesidad de protocolos ni etiquetas.

Dice a este propósito el gran doctor san Juan Crisóstomo:

"El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con El: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón: que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción. Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor" (Homilía 6 sobre la oración).

EL AYUNO

Otra de las prácticas recomendadas durante la Cuaresma es el ayuno. En el Nuevo Testamento vemos el ejemplo de Jesús que, antes de comenzar su misión, pasa una cuarentena de días en ayuno, allá en el desierto de Judea.

Hoy en día hemos dejado escapar el espíritu propio del ayuno, para en su lugar hacer dieta. Oímos más fácilmente los anuncios de la televisión que la voz de los profetas. Y somos capaces, para permanecer esbeltos y en "la línea", de tragarnos montones de pastillas y de batidos sin sabor, cuando desde antiguo se nos fue recomendado que nos moderemos en el comer para tener más fuerte el espíritu.

Ayunar no hace daño a nadie. Uno puede morirse de hambre o de indigestión, pero nunca por moderarse en la ingestión de alimentos. Cuando nos descuidamos en esto viene la obesidad y un montón de desagradables consecuencias.

Inyectemos espíritu a las dietas, y no lo hagamos sólo por mantener la salud física, sino también la espiritual.

Ayunemos, además, con espíritu cuaresmal, pensando en los que nada tienen. Que al abstenernos de algún plato sea para compartirlo con algún necesitado.

El ayuno agradable al Señor - lo decía varios siglos antes de Cristo el profeta Isaías - es éste: "Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne" (58,6).

Esto significa que de nada vale que ayunemos si seguimos en las mismas actitudes negativas con el prójimo, y no nos esforzamos por descubrir las necesidades de los demás, no importa quiénes éstos sean.

Si hacemos trampas en nuestros negocios, o vivimos una vida llena de engaños o infidelidades, o tenemos un trato amargo u arrogante con los otros, u ofendemos con facilidad, o nos nos importa un comino lo que le pase a la gente, entonces no vale la pena que andemos ayunando.

Si somos dictadores con los que nos rodean, o hablamos con insultos, o perdemos la paciencia con facilidad, o nos molesta todo lo que nos hacen y andamos echando pestes al que juzgamos culpable, entonces el ayuno es una pérdida de tiempo. Esto lo dice el Señor. Y El nos invita a que ayunemos, pero con un nuevo espiritu, para que purificando nuestra relación con los demás, podamos estar listos para entrar en una mejor relación con El. No es posible orar con el corazón si éste anda cargado con los pecados que cometemos contra el prójimo.

Tenemos primero que aligerar su carga, para entonces sentirnos cerca del que nos quiere hermanos los unos de los otros.

Dejemos hablar a san Pedro Crisólogo:

"El ayuno no germina si la misericordia no lo fecunda: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no consechará fruto alguno. Tú, que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayunas sin misericordia; lo que siembras en misericordia eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti" (Sermón 43).

OTRA CLASE DE AYUNOS

Por todo lo que se ha dicho podemos colegir que lo más importante en el ayuno no es dejar de comer, sino compartir con el hermano, mejorando al mismo tiempo nuestra dedicación y compromiso con el Señor.

Por eso podríamos añadir otra clase de ayunos que nos ayudarán en gran medida a vivir una Cuaresma llena de frutos espirituales.

Así podríamos tener ayuno de televisión. ¡Qué bien nos haría apagar los televisores completamente, o al menos reducir el tiempo que dedicamos a dicho aparato!

La televisión, aparte de que en sus programas - los hay muy buenos - abunda el veneno, también constituye un obstáculo a la comunicación familiar.

Visitamos un hogar y ahí está prendido el televisor, sin que se pueda tener una conversación amigable, porque lo más importante es ver aquello que se esté presentando, bueno o malo.

Tal parece como si el aparato se convirtiera en el dictador al que todos parecemos estar sometidos de alguna manera.

Otro ayuno podría ser el de las palabras. ¡Cuántas palabras ociosas decimos cada día! Y muchas de ellas hasta resultan ofensivas o vulgares, cuando no portadoras de un lenguaje obsceno y hasta lujurioso.

Si cerráramos la boca y tratáramos de hablar mucho menos para pensar mucho más, estaríamos haciendo un ayuno muy provechoso.

Ni que decir tiene que otro ayuno muy oportuno sería el de los chismes, el hablar mal de otros, el juzgar al prójimo, en fin, el uso de la lengua para hacer daño.

Ayuno muy bueno sería abstenernos de los arranques de ira o rabia que tanto mal ocasionan, en primer lugar, al mismo que se deja llevar por ellos. No pocos han estado al borde de un ataque cardíaco, o han muerto de uno de ellos, producto de un momento de ira externada con violencia.

La lista podría ser mucho más larga, pero dejo a los lectores el hacer la suya propia, para que en la Cuaresma nos empeñemos en ir suprimiendo todo lo que nos empequeñece y nos aparta de la comunión con Dios y con los hermanos.

LA ABSTINENCIA

Abstenerse de carne puede que no sea hoy, como lo fue otro tiempo en algunas partes, un gran sacrificio. En realidad, el cumplimiento de la abstinencia puede variar de un sitio a otro, aunque la ley de la Iglesia no ha tenido muy en cuenta eso, y sigue permitiendo, por ejemplo, que se coma pescado o mariscos en lugar de carne.

Si pensamos bien nos daríamos cuenta de que eso es hoy, en muchas partes, como un contrasentido, por cuanto resulta más caro un plato de mariscos que uno de carne, siendo también, para algunos, mucho más sabroso.

Se puede dar el caso, por tanto, de que en un viernes de Cuaresma cumplamos la "letra de la ley" disfrutando de una buena langosta, mientras que cometeríamos pecado si, con advertencia, nos comemos una vulgar hamburguesa.

Es innegable que si lo que queremos es ofrecerle algo al Señor, y no sólo cumplir la letra de la ley, debemos abstenernos de la carne, pero, al mismo tiempo, hacer uso del pescado en forma penitencial, es decir, sin entender que es un buen día para una mariscada o algo semejante.

Lo que de verdad funciona en todo esto es el espíritu con que vivamos la Cuaresma, pues de lo contrario se trataría de un puro formalismo que no vale para nada.

LA MORTIFICACIÓN

Tenemos que estar claros que Jesús nunca quiso que sus discípulos fueran masoquistas o algo por el estilo. No nos gusta el dolor. No nos gusta sufrir.

Entonces, ¿por qué buscar, deliberada y conscientemente, cierto sufrimiento?

Porque cuando nosotros aceptamos con paciencia las cosas que se nos presentan, ofreciéndolo a Dios, nos estamos asemejando a Cristo sufriente, y estamos participando de los méritos de su Pasión.

San Pablo escribe: "Ahora, si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo; y al compartir sus sufrimientos es señal de que compartiremos también su gloria" (Romanos 8,17).

Hay dolores que no podemos evitar. Aceptémoslos. Hay situaciones que se presentan aunque no las queramos. Siempre que sea posible, soportémoslas. Me refiero a un dolor de muelas, como ejemplo del primer caso, o a un insulto que alguien nos infiere, en el segundo. Son momentos para merecer y fortificarnos espiritualmente.

Hay también la posibilidad de negarnos a cosas que nos agradan mucho, como el comer un dulce exquisito, bebernos una cerveza cuando hace calor, o disfrutar de un sabrosísimo helado. Todas son cosas muy legítimas, pero que, ofrecidas, nos ayudan a luchar mejor contra otras atracciones que nos ponen en peligro de apartarnos de la gracia divina.

La mortificación ha sido, desde antiguo, una práctica muy recomendada, porque el cristiano conoce que todo sufrimiento, si es aceptado con alegría, tiene un valor redentor, sea para nosotros o para otros.

No en balde Cristo sufrió y murió por nosotros, pues a través de sus sufrimientos fuimos salvados para siempre.

San Basilio el Magno nos ilumina con estas palabras:

"¿De qué manera podremos reproducir en nosotros la muerte de Cristo? Sepultándonos con El por el bautismo. ¿En qué consiste este modo de sepultura, y de que nos sirve el imitarla? En primer lugar, es necesario cortar con la vida anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regeneración, como su mismo nombre indica, es el comienzo de una vida nueva. Por esto, antes de comenzar esta vida nueva, es necesario poner fin a la anterior. En esto sucede lo mismo que con los que corren en el estadio: éstos, al llegar al fin de la primera parte de la carrera, antes de girar en redondo, necesitan hacer una pequeña parada o pausa, para reemprender luego el camino de vuelta; así también, en este cambio de vida, era necesario interponer la muerte entre la primera vida y la posterior, muerte que pone fin a los actos precedentes y da comienzo a los subsiguientes" (Libro sobre el Espíritu Santo, cap.15).

LA LIMOSNA

Esta palabra se ha ido degradando con el mal uso que le damos. Sin embargo, es clásica, y aparece constantemente en los escritos de los Padres de la Iglesia.

Pese a lo primero podemos darle hoy un nuevo sentido a la limosna. Si la palabra perdió su primer significado fue porque se usaba para señalar un gesto paternalista de muchos que, pudiendo, daban a otros una ayuda, pero sin el debido espíritu cristiano.

No pocas veces la limosna ha servido para hacer propaganda o buscar aplausos, olvidando las palabras de Jesús: "Cuando des limosna no lo anuncies a toque de trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en la calle para que la gente los alabe. Ya han cobrado su recompensa, se lo aseguro. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede escondida; y tu Padre, que ve lo escondido, te recompensará" (Mateo 6,2-4).

La limosna es acudir en ayuda de la gente más necesitada, pero en forma tal que no se vea como un insulto a los que la reciben, sino como un verdadero compartir de hermanos.

Así lo entendió la primera comunidad de Jerusalén, como nos dice el libro de los Hechos: "Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno" (2. 44-45).

Hoy en día esto podría parecer un ideal imposible de llevar a cabo. En realidad esa es la vida de las comunidades religiosas de hombres y mujeres, aunque hay que admitir que resultaría mucho más difícil para personas casadas.

Con todo, hay experiencias de ello. En Palestina, por ejemplo, existen lo que los judíos llaman kibutz, que son comunidades de hombres y mujeres, solteros y casados, donde todos trabajan, pero reciben de acuerdo a sus necesidades. Y esto funciona perfectamente.

El principio, pues, sigue siendo el mismo: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, etc. Es decir, las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Pero todo eso con amor, con espíritu de solidaridad y fraternidad en Cristo, pues por El hemos sido hechos miembros de una sola familia, la de los hijos de Dios.

El gran doctor san Gregorio Nacianceno aconseja:

"Visitemos a Cristo mientras nos sea posible, curémoslo, no dejemos de alimentarlo o de vestirlo; acojamos y honremos a Cristo, no en la mesa solamente, como algunos, no con unguentos, como María, ni con el sepulcro, como José de Arimatea, ni con lo necesario para la sepultura, como aquel mediocre amigo, Nicodemo, ni, en fin, con oro, incienso y mirra, como los Magos, antes que todos los mencionados, sino que, puesto que el Señor de todas las cosas lo que quiere es misericordia y no sacrificio, y la compasión supera en valor a todos los rebaños imaginables, presentémosle ésta mediante la solicitud para con los pobres y humillados, de modo que cuando nos vayamos de aquí, nos reciban en los eternos tabernáculos, por el mismo Cristo, nuestro Señor, a quien sea dada la gloria por los siglos" (Sermón 14, sobre el amor a los pobres).

CUARESMA Y BAUTISMO

Si la Cuaresma sirvió durante algún tiempo como medio de reconciliación para los pecadores públicos, también lo fue como tiempo especial de preparación para el Bautismo.

Si bien al principio mismo del Cristianismo los bautismos se hacían en cualquier lugar y día, pues los bautizados eran, ordinariamente, judíos, conocedores del verdadero Dios que sólo necesitaban aceptar a Jesús como su Mesías Redentor, más tarde se dio preferencia para la celebración de este sacramento a las vigilias de Pascua y Pentecostés.

Al comenzar la evangelización de los pueblos paganos, llamados "gentiles" por los judíos, se hizo más necesario una verdadera preparación de aquellos que, evangelizados, pedían el Bautismo.

Así surgió el llamado "Catecumenado", que era el período de tiempo en el que los neófitos, es decir, aspirantes a ser bautizados, recibían la instrucción sobre la doctrina de Jesús.

Era precisamente durante la Cuaresma que se solía hacer esta preparación bautismal, incluyendo algunos ritos iniciales, como ciertas unciones y exorcismos, amén de oraciones e imposición de manos.

Esto fue celosamente observado por la Iglesia, que dio mucha importancia a la preparación adecuada de los candidatos y a su sincera conversión.

Los primeros siglos de la Iglesia fueron marcados por diversas persecuciones a las que resultaron sometidos los discípulos de Jesús, primero por los judíos, pero sobre todo por el poderoso Imperio Romano.

Se habla de diez diversas persecuciones, todas ellas muy sangrientas, en las que murieron miles de cristianos, padeciendo torturas y crueles tormentos, hasta terminar descuartizados por los dientes de las fieras en los circos, o clavados en una cruz como su Maestro.

Fue al principio del siglo cuarto que los cristianos pudieron gozar de paz y libertad para vivir su fe sin ser perseguidos, gracias a un Edicto, el de Milán, en el año 313, por el que el Emperador Constantino dio fin a las persecuciones. Posteriormente los cristianos habrían de sufrir algunas más.

La libertad de culto trajo también una cierta "moda" de querer ser cristianos, y fueron muchos, ya sin el temor de ser perseguidos, los que pidieron el Bautismo.

La Iglesia no cayó en la trampa de abrir la puertas fácilmente, pues sabía que no todos los que lo pedían estaban preparados para recibirlo. Muchos no se sentían realmente dispuestos a renunciar a sus prácticas paganas, a su vida licenciosa y a sus costumbres no conformes con el Evangelio.

Por eso la institución del Catecumenado fue reforzada, haciéndose mucho más larga, pues había catecúmenos que no demostraban su sincera intención de vivir de acuerdo a los principios del Cristianismo. De ahí que, sin ser rechazados, se pasaban mucho tiempo antes de ser admitidos al Bautismo.

Todos los años, durante la Cuaresma, se escogían aquellos que ya demostraban las condiciones necesarias, y éstos eran llamados los "electi" o elegidos, que recibirían las últimas instrucciones y serían bautizados en la Vigilia Pascual.

Toda la Iglesia tiene que vivir la Cuaresma en ese espíritu de preparación para la renovación bautismal. El día de Pascua es ocasión propicia para que todos los cristianos renovemos las gracias de nuestro Bautismo, de ahí que se nos invite a repetir las promesas bautismales, de modo que sintamos el serio compromiso de vivir de acuerdo al don que recibimos: ser hijos de Dios conscientemente y a cabalidad.

Hoy también hay adultos que finalizan su preparación para recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana: Bautismo, Confirmación y Comunión.

Debemos acompañarlos con nuestra oración y nuestro aliento, especialmente si en nuestras parroquias hay un grupo que está viviendo su Catecumenado previo a la recepción de dichos sacramentos. Todos los miembros de la comunidad son responsables de que esos nuevos cristianos puedan serlo de verdad, apoyándolos en la fe y en el amor, brindándoles el ejemplo de lo que es ser verdaderos discípulos de Jesús.

LOS OTROS

Durante la Cuaresma somos invitados a la extraordinaria aventura de descubrir a "los otros".

¿Quiénes son ellos?

Para muchas personas "los otros" no existen, pues en la práctica apenas si se ocupan de algo que no sea su propio interés.

"Otros", para los tales, son si acaso todos los que forman parte de su propio grupo familiar o clase social. Son todos aquellos con quienes se comparte. Mas allá sólo hay tinieblas.

¿No nos pasa, frecuentemente, que al saber una noticia sólo nos interesamos si es algo que nos atañe de una manera u otra?

"Se mataron veinte en un choque de trenes" no nos suena igual si el suceso ocurre entre nosotros o en la India.

"Los otros", ciertamente, no están tan lejos. A veces compartimos con ellos el mismo techo o hasta la misma casa, sin darnos cabal cuenta de sus necesidades, sus problemas, sus íntimas preocupaciones.

Lo que vemos fácilmente, eso sí, son los defectos, a los que solemos ponerles el cristal de aumento de nuestros enfoques prejuiciados, porque nos sirve de

magnífica justificación para, en unos casos, despreciarlos, y en otros, simplemente, ignorarlos.

Sin embargo, querámoslo o no, las vidas de muchos seres humanos se entrelazan constantemente, pues es imposible que nos independicemos totalmente de los demás.

"Los otros" son parte importante de nuestra vida aunque, por la manera tan estrecha que a veces tenemos de mirar, no lo aceptemos fácilmente.

Fijémonos, por un momento, en lo que llevamos puesto: la ropa, los zapatos, el reloj, los anillos y otros adornos, una pluma, la cartera, los billetes, el cuaderno de apuntes o agenda.

Todo eso lo llevamos encima, porque es lo normal, y es casi seguro que nos pusimos cada pieza en forma automática, sin pensar en las diversas procedencias de cada una ni en las muchas personas que, en muy distintos lugares, intervinieron para hacerlas posibles.

Una simple cartera de cuero podría llevarnos a un país lejano donde un pobre hombre lleno de problemas decidió un día vender el único animal que poseía para poder resolver algunos.

¿Por cuántas manos hubo de pasar el cuadrúpedo hasta que su cuero, debidamente curado y repujado, se vio convertido en la flamante cartera donde hoy, mecánicamente, conservas tus billetes, tarjetas, fotos y documentos, cada uno de los cuales tiene, a su vez, su propia historia?

Tan sencillo como eso, pues el pan que te llevas a la boca, la leche que bebes, el dulce que saboreas o el helado que deliciosamente paladeas han llegado hasta ti por la intervención de un sinnúmero de "otros".

La música que escuchas, los perfumes que regalan tu olfato, los programas que ves y oyes, los bellos cuadros que contemplas, los mil y un detalles que cada día sirven para hacer tu vida más confortable y agradable, aparte de Dios, se deben a "los otros".

Sin embargo, ¡qué poco pensamos en ellos! Todo lo recibimos como si lo mereciéramos, sin acordarnos siquiera que muchos hasta exponen su vida en trabajos peligrosos para que podamos disfrutar de sus beneficios.

Millones de seres humanos trabajan en condiciones miserables, en muchas partes del mundo, incluyendo el país en que nos encontramos, para que podamos tener las cosas que necesitamos o simplemente disfrutamos.

Mientras tú duermes hay cientos, miles, millones de personas trabajando para que, cuando despiertes, puedas encontrar con qué desayunar, la electricidad para cocinar, el agua que sale por los grifos y que te servirán para el aseo matinal, y tengas a mano las últimas noticias en la prensa, la radio o la televisión.

Esos seres desconocidos, dirás, están cumpliendo un deber y ganan, además, su dinero. Es cierto, pero no lo es menos que, sin ellos, te verías reducido a la impotencia. No tendrías ni agua para lavarte ni tan siquiera un pedazo de pan para comer.

Todos somos parte de un enjambre inmenso en que cada uno tiene un papel que cumplir y un servicio que prestar.

Hasta aquellos que parecen los desechos de la sociedad, delincuentes, amorales, truhanes de toda especie y viciosos de la peor ralea, son seres que merecen, al menos, la oportunidad de rehabilitarse y el respeto a su dignidad humana, aunque ésta se encuentre en ellos muy disminuida.

¿No será, en parte, que el ambiente y las influencias recibidas los inclinaron a seguir lo mismos caminos torcidos que hubiéramos tomado nosotros de estar en su lugar?

¿Qué hubiera pasado de haber nacido nosotros en un hogar como el de ellos o haber recibido la educación que ellos recibieron o dejaron de recibir?

"Los otros" no son mejores ni peores, sino, sencillamente, seres humanos, hermanos nuestros, de quienes recibimos mucho más de lo que solemos pensar.

Dios, al crearnos, ha querido darnos diferentes cualidades y aptitudes diversas para que, complementándonos, fuésemos capaces de colaborar estrechamente y beneficiarnos los unos a los otros.

¿Por qué nuestros empeño en volver la espalda a una realidad que no nos puede ser ajena? "Los otros" son parte nuestra. Aceptándolo, estaremos en armonía con el plan de un Padre que ama a todos sus hijos por igual. Rechazándolo, estaremos perdiendo la oportunidad de construir un mundo nuevo en el que no existan injusticias ni discriminaciones y en el que servir sea la consigna básica de sus habitantes.

¿No fue eso, acaso, la tarea que Jesús nos encomendó?

LA LOCURA DE LA CRUZ

Eso de que Dios se deje matar por salvar a la humanidad es algo que no se entiende fácilmente. Es, como quien dice, algo de locos. Por lo que san Pablo no duda en reconocer que, para los incrédulos, se trata ciertamente de una locura (ver 1a. Corintios 1,18).

Sólo por la fe podemos aceptar, sin comprender, la forma en que Dios decide sacar al hombre de su situacion miserable, condenado irremisiblemente al eterno fracaso.

No debemos olvidar, sin embargo, que los caminos de Dios son incomprensibles, y que su amor por la humanidad es algo imposible de medir humanamente.

Porque si pensamos bien las cosas, no se trata de locura, sino de amor, de ese que es capaz de cualquier cosa por la felicidad de los que son su objeto predilecto. Para los egoistas el amor ha de verse como una gran locura.

CONTRA SOBERBIA: HUMILLACIÓN

Es muy cierto que Dios pudo haber escogido otras formas para llevar a cabo la liberación del hombre, pero concibió una que no dejara sombra de dudas sobre lo que siente por nosotros.

El pecado del ser humano consiste, fundamentalmente, en la soberbia, que lo lleva a pretender ser su propio dios. Desde el Jardín del Edén hasta nuestros días ése ha sido su constante problema.

Adán pecó porque pensó, equivocadamente, que si se rebelaba contra Dios se liberaría de la tutela del Creador, Esa fue la tentación que el Maligno deslizó en su mente: "Si desobedeces, serás como Dios".

Esa es la misma tentación que el ser humano ha estado conociendo, de una forma u otra, a través de los siglos. "-Te lo daré todo si, postrándote, me adoras" (Mateo 4,9). Pero al pretender ser su propio dios el hombre se hunde en el abismo y se esclaviza, pues se rinde ante otro señor, que es el Maligno. Sólo hay liberación en la verdad, y al apartarse de Dios y de sus mandatos el hombre se pierde en un mundo de falsedad y mentira.

La respuesta que Dios da a la soberbia del hombre es formidable. Envía a su propio Hijo para que se abaje hasta nuestra miseria y se haga uno de nosotros. Puesto que, pretendiendo ser dios, el hombre se esclaviza, Dios se hace hombre para liberarlo.

EL SIERVO SUFRIENTE

Pero no basta con eso. Es necesario que en el Hijo de Dios se cumpla todo lo que la humanidad merece por sus pecados. Y Aquel que no permitió que

Abrahán sacrificara a su hijo Isaac, entrega el suyo a la muerte, haciéndolo reo de los delitos que todos los otros, menos El, habíamos cometido. "A El, que soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, lo tuvimos por un contagiado, herido de Dios y afligido. El, en cambio, fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Sobre el descargó el castigo que nos sana y con sus cicatrices nos hemos curado" (Isaías 53,4-5).

El Padre no escatima nada, ni se deja convencer por las lágrimas que su Hijo, verdadero Dios pero también verdadero hombre, derrama en Getsemaní. Le hará beber el cáliz de la amargura hasta el final. Lo obligará a bajar la cabeza y humillarse hasta el polvo. Será sometido a crueles torturas físicas, pero, sobre todo, a las más perversas demostraciones del atrevimiento y el desenfreno de que somos capaces los hombres. Todo ello para que aprendamos, de una vez por todas, que sin Dios nada somos y estamos condenados sin remedio.

AMOR CON AMOR SE PAGA

Lamentablemente no hemos visto que la humanidad haya aprendido la lección. Seguimos contemplando a la humanidad correr, más que caminar, hacia el abismo. Los sufrimientos de todo un Dios no han podido conmoverla e impulsarla al arrepentimiento.

Frente a la locura del amor de Dios se yergue, desafiante, la locura de los hombres que, soberbios, galopan con la guadaña de la muerte en la mano, sembrando odios, desamor, ruindades y corrupciones, abriendo ríos de sangre cuyo caudal amenaza con anegar el mundo.

Para esa terrible enfermedad del ser humano no hay sino un remedio: dejarse vencer por la locura de la cruz.

Si no somos capaces de reaccionar a tiempo y aprender que sin cruz no hay redención y sin sufrimiento no existe la posibilidad del perdón, seguiremos dando tumbos hasta encontrarnos de lleno en el horrible lago de la muerte eterna, donde se revuelven para siempre los condenados en la miseria de su egoísmo.

POR LA CRUZ A LA LUZ

Cristo ha trazado un camino poco atractivo para almas cobardes, porque se requiere, para enfrentarlo, que nuestra razón esté iluminada por la poderosa luz de su doctrina, y nuestra voluntad se vea reforzada con el vigor de los dones del Espíritu.

El gran problema de los hombres no es que seamos pecadores sino que huimos de la cruz. Por lo primero vino Cristo al mundo. Pero El nos exige que estemos dispuestos a completar en nosotros su propia pasión, aceptando, como El, la voluntad de Dios, por dura y amarga que ésta nos parezca.

No se trata de una lucha entre dolor y placer, como si tuviéramos que buscar el primero y huir del segundo. Dolor y placer tienen su lugar y momento en la vida del ser humano y ambos deben ser aceptados, a su debido tiempo, como dones de Dios.

Sin embargo, cuando hacemos del placer el fin de nuestra vida y declaramos al sufrimiento nuestro principal enemigo, imitamos al Adán soberbio y rechazamos al Cristo obediente hasta la muerte en cruz.

El cristiano es, sencillamente, aquel que ha aceptado cargar amorosamente su cruz. Sin decir que es fácil ni alardear de héroe. Sólo comprendiendo que, en el deber de cada día, ésta es la única fórmula para triunfar con Cristo, para con la cruz llegar a la LUZ.

PEDRO Y JUDAS

En los días de la Semana Santa surge fácilmente la comparación entre dos personajes que estuvieron muy cerca del principal protagonista de los acontecimientos que celebramos en tal ocasión: los apóstoles Pedro y Judas.

Ellos podrían servirnos como prototipos de los dos principales motivos para la infidelidad al Señor: la debilidad y la corrupción del pecado.

Efectivamente, ambos fueron infieles a quien los había llamado, traicionándolo a la hora de la verdad, cuando su Maestro se encontraba perseguido a muerte.

Ambos, creo que podemos afirmarlo, recibieron la invitación de Jesús con gozo, y lo siguieron con entusiasmo, aunque es muy posible que la idea que, al principio, ellos tuvieron de su Maestro, fuese muy dife- rente a la realidad.

Como muchos judíos, casi todos los apóstoles seguramente pensaban que el Mesías sería un rey poderoso que sacaría a Israel de su estado de dependencia y lo levantaría a la gloria de los tiempos de David y Salomón.

Por tal motivo es muy posible pensar que lo que los apóstoles se imaginaron fue que compartirían el triunfo de Jesús cuanta éste derrotara a sus enemigos.

Pero los tres años de preparación junto al Maestro fueron suficientes para convencerlos de que estaban totalmente equivocados.

Aun así, poco antes de la Pasión vemos que Juan y Santiago convencieron a su madre para que los acompañara a ir donde Jesús a pedir para ellos los primeros puestos en el Reino (ver Mateo 20,20-23), gráfico ejemplo de lo dicho anteriormente.

Judas, quizás el más codicioso de todos, había visto claro una cosa: la predicación del Maestro y sus acciones no iban dirigidas a preparar una revolución o a constituir un reino terrenal. Por el contrario, todo parecía indicar que, al final, resultaría aplastado por sus poderosos enemigos dentro del propio pueblo judío.

Así, la ambición que impulsó a Judas al seguimiento de Jesús se convirtió en frustración. Su corazón, corrompido

por las ansias de poder y de felicidad material, que se mostraba en sus tendencias a sustraer a escondidas del magro capital de la comunidad (Juan, en su evangelio, 12,6, lo cataloga de ladrón), se sintió destrozado ante la evidencia de que el Maestro predicaba un Reino espiritual y ultraterreno.

Lo que lleva a Judas a confabularse con escribas y fariseos no fue tanto el deseo de conseguir unas monedas, sino sus ansias de venganza, pues se creyó engañado por aquel que lo llamó a compartir una aventura que, según él, iba a terminar en el mayor fracaso.

Por eso, a tiempo, quiere ponerse al lado de los triunfadores, y acude a ellos en plan de amigo y confidente. De paso, trataría de sacar alguna ventaja. Treinta monedas le serían suficientes.

El caso de Pedro es bien diferente. En él no existe ambición, pues habiendo comprendido que el Maestro corre un serio peligro de morir se ofrece, generoso, a acompañarlo.

Pero Pedro es fanfarrón y no mide sus fuerzas. Se empeña en aparecer más fuerte que los otros y perjura: "-Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré" (Mateo 26,33).

Sin embargo, ¿qué le ocurre cuando se ve solo y rodeado de caras hostiles que allá, en el atrio de la casa del Sumo Pontífice, lo miran acusadoramente?

Todas las fuerzas de Pedro se desintegran y, lleno de espanto, reniega de Aquel a quien había jurado amor y fidelidad. Su "no lo conozco, no se quién es ese hombre" le acompañará toda la vida, pero el pecado habrá quedado perdonado después que muchas lágrimas de sincero arrepentimiento le hubieron lavado, junto con la sangre que el Señor derramara en la cruz.

Esto nos demuestra que es posible pecar incluso sin dejar de amar totalmente, cuando por debilidad ante la tentación o por miedo ante lo que nos amenaza, buscamos nuestro aparente bien o nos alejamos del camino, mientras en nuestro interior seguimos clamando por Jesús que nos ha salvado.

El pecado de debilidad es aquel del que uno ya está arrepentido aún antes de haberlo cometido. Este siempre deja abierto el camino del retorno.

Pero cuando se peca porque el corazón está aprisionado por la ambición, o corrompido por un sórdido egoísmo, como parece ocurrió en el caso de Judas, resulta inevitable la desesperación y la ruina espiritual.

Nadie es capaz de decir que Judas se haya condenado. Los caminos de la misericordia de nuestro Dios son infinitos. Pero es indudable que de Pedro sí sabemos, sin lugar a dudas, que pasó la prueba del amor (ver Juan 21, 15-17). Sobre Judas pesan estas terribles palabras de Jesús que recoge Mateo: "Uno que ha mojado en la misma fuente que yo me va a entregar. Este Hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de ese que va a entregar a este Hombre! Mas le valdría a ese individuo no haber nacido" (26,23-24). La Iglesia, sin embargo, nunca se ha atrevido a afirmar que Judas se condenó.

Pedro y Judas: dos estilos diferentes de vivir la experiencia del pecado. Dos ejemplos de lo que es capaz el ser humano y de cómo Dios nos da siempre la oportunidad de volver a El y encontrar su perdón.

LA FECHA DE LA PASCUA

La fiesta de la Pascua fue, sin duda, la más importante de todas las celebradas por los cristianos desde el principio. La Resurrección de Jesús era el punto de apoyo sobre el que giraba toda la fe.

Claro que, para los cristianos, la Pascua iba a tener un nuevo sabor, pues ya sabemos que esta fiesta era celebrada por los judíos, recordando con ella la liberación del pueblo de Israel esclavo en Egipto.

Fue en el marco de la fiesta pascual que Jesús quiso realizar la redención, entregándose a la muerte por voluntad del Padre. Y esto no fue una simple coincidencia. Por el contrario, se trataba de una afirmación, ya que con su muerte y resurrección Jesús iba a dar cumplimiento al verdadero significado de la Pascua.

La primera Pascua fue como un anticipo, una figura, un anuncio. La liberación de los israelitas esclavos en Egipto no sería sino algo temporal, pero sería tomado como un punto de partida a fin de preparar la verdadera liberación de la humanidad toda.

LA PASCUA TOTAL

Si Pascua significa "paso" de esclavitud a libertad, de muerte a vida, es con el sacrificio de Jesús que esto se realiza en forma total. De ahí que El anticipase la comida pascual con sus discípulos para darle un carácter eucarístico, al convertir la Cena en un memorial perenne, no ya de la Pascua antigua, sino de la Nueva, de aquella que iba a otorgar a la humanidad su liberación definitiva y completa.

Si lo que se comía en la Cena de Pascua era un cordero, figura del Mesías inmolado, en adelante el pueblo de la Nueva Alianza comería de la propia víctima, Jesús, presente en las especies del pan y del vino.

Esto fue lo que El habia anunciado al decir: "-Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre. Pero, además, el pan que yo voy a dar es mi carne, para que el mundo viva" (Juan 6,51).

Esto fue lo que El hizo realidad en la Última Cena, llamada así porque con ella se cumplió el ciclo de la Antigua Alianza y se comenzó una Nueva.

Mientras cenaba con sus discípulos tomó pan y vino y declaró solemnemente: "-Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes" (Lucas 22,19-20).

La intención de Jesús fue, ciertamente, la de acentuar el carácter sacrificial de lo que estaba haciendo, y la institución de una Alianza que abriría una nueva era en las relaciones entre Dios y los seres humanos. El cambio principal es que este pacto ya no sería realizado con un solo pueblo, sino con toda la humanidad.

CELEBRACIÓN PASCUAL

De fiesta principal de los judíos la Pascua pasó a ser, también, la festividad más importante de los cristianos, y la única que se celebró durante mucho tiempo.

Por eso, desde los comienzos, se trató de celebrar la Pascua, a ser posible, en una fecha cercana a la que la celebraban los judíos, es decir, el 14 del mes de Nisán.

Sin embargo, mientras en las comunidades de Asia se hacía coincidir la celebración de la Muerte del Señor con ese día, en Roma, aunque tenían en cuenta la fecha aludida, para hacer énfasis en la Resurrección de Jesús, celebraban la Pascua el domingo siguiente, aunque usando, como veremos, un sistema de computación diferente al de los judíos.

Esto trajo ciertas disensiones entre las iglesias, pues los de Asia querían que los romanos aceptasen su costumbre de celebrar la fiesta el 14 de Nisán, no importando el día en que cayese, mientras que en Roma se mantuvieron intransigentes. Poco a poco también las iglesias de Asia adoptaron el uso romano de celebrar la Pascua en un domingo.

EL CÓMPUTO PARA LA FECHA DE PASCUA

Otro problema que surgió fue determinar en qué domingo debía celebrarse la fiesta.

A nosotros nos puede parecer ahora una gran tontería que discutiesen sobre eso, pero eran otras épocas y otra la mentalidad. También resulta bastante difícil de entender cómo hacían los cómputos para determinar la fecha exacta de Pascua que, como sabemos, varía bastante de año en año.

La discusión existió entre la iglesia de Siria, cuya cabeza era Antioquía, y las de Roma y Alejandría. Mientras la primera usaba el cómputo judío, las otras seguían un sistema propio. El asunto era que no había forma de ponerse de acuerdo, por lo que tuvo que ser en un Concilio, el de Nicea, en el 325, que se zanjaron las disputas con una decisión terminante.

Como recoge Mario Righetti en su "Historia de la Liturgia", el pensamiento del Concilio era el siguiente:

"a) que la Pascua debía caer siempre en domingo.

b) que no sea celebrada nunca el mismo día que la Pascua judía;

c) que debe fijarse la fecha en la primera domínica después del 14 de Nisán, computado no con el sistema judío, sino de forma que no pueda nunca anticiparse al equinoccio de primavera" (pag.832).

Esto de los cómputos fue otro tema de discusión posterior, por lo que no se logró llegar a un acuerdo sino hasta el siglo VIII en el que, por fin, se consigue la unanimidad sobre la fecha de la Pascua en toda la Iglesia.

Así quedó fijado para la domínica que sigue el plenilunio posterior al equinoccio de primavera (21 de marzo), por lo que la fecha puede oscilar bastante.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

En nuestro idioma español ocurre algo singular con la palabra Pascua, y es que se usa, en plural, para designar las fiestas navideñas, mientras que, cuando se refiere a la más importante de todas las del año se le añade un adjetivo que la califique, para que no haya confusiones.

Lo correcto debería ser que llamásemos Navidad a la fiesta del nacimiento de Jesús, como ocurre en los demás idiomas, y que usemos la palabra Pascua cuando se trata de la celebración de la muerte y la resurrección de Jesús.

Desde el primer momento Pascua tuvo una connotación de liberación y tránsito. Fue el pueblo israelita el que celebró, la noche en que salió de su larga esclavitud en Egipto, la primera Pascua de la historia.

Esa noche famosa, en que Dios actuó en favor de su pueblo, se dio el gran paso hacia la libertad, y por eso era recordada solemnemente, cada año, como la principal fiesta del calendario israelita.

No fue casualidad que, en una fiesta de Pascua, Jesús entregara su vida y diera cumplimiento al designio salvador del Padre, realizando, con su muerte y su resurrección, la redención de toda la humanidad.

Si este acontecimiento tiene lugar en una fiesta de Pascua es porque lo que los israelitas recordaban no era más que un anticipo o figura de lo que Jesús llevaría a su total realidad: la verdadera Pascua había llegado.

Si Moisés guió al pueblo de Israel, por mandato expreso del Señor, de la esclavitud en Egipto a la libertad del desierto, como paso previo para su instalación en la Tierra Prometida, así Jesús, con su muerte y resurrección - lo que la Iglesia llama el "misterio pascual" de Cristo -, llevaría a la humanidad de la muerte en el pecado y la esclavitud del mal a la nueva vida de la gracia y la libertad de los hijos de Dios, como paso previo a la total felicidad del Reino, la verdadera "Tierra Prometida".

Ya en la Última Cena, llamada así porque sería la última vez que Jesús comiera la cena pascual judía con sus discípulos, Jesús establece el ritual para la nueva Pascua. Este no consistiría en comer un cordero asado, sino la carne y la sangre del verdadero "Cordero de Dios que quitó los pecados del mundo" como fue Jesús señalado por Juan el Bautista a orillas del río Jordán (ver Juan 1,29).

Este memorial perpetuo, "hasta que El vuelva" (1a, Corintios 11,26) es el rito de la Nueva Alianza que Dios ha establecido con su pueblo, la Iglesia, al que han sido llamados todos los pueblos de la tierra, a condición de que acepten a Jesús como el verdadero Mesías Salvador.

Este Jesús, siendo Dios, no tuvo a menos rebajarse hasta nuestra condición humana, haciéndose obediente hasta la muerte (Filipenses 2,6-8), siendo engrandecido por el Padre, que lo resucitó de entre los muertos para que todos tuviésemos, por El, vida eterna.

La Pascua es, pues, la fiesta del triunfo de Cristo y, con El, de toda la humanidad, sobre la muerte y el pecado. Por eso Pablo dice: "Cristo resucitó de entre los muertos, y resucitó como primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los que duermen. Es que la muerte vino por un hombre, y por eso también la resurreción de los muertos viene por medio de un hombre. Todos mueren por ser de Adán, y todos también recibirán la vida por ser de Cristo" (1a. Corintios 15,20-22).

Esta es la razón por la que la Pascua ocupa el lugar preferencial en todas las fiestas celebradas por los cristianos. En realidad, lo único que la Iglesia celebra constantemente es la muerte y la resurrección del Señor, pues por su "misterio pascual" se realizan en nosotros todas las promesas divinas.

No en balde el pueblo cristiano ha sentido especial júbilo en la celebración de esta fiesta, que merece, como ninguna otra, que mutuamente nos felicitemos, ya que gracias a Cristo podremos llegar a la total y verdadera felicidad.

¿Cómo no alegrarnos sabiendo que resucitaremos? ¿Cómo no regocijarnos al saber que no estamos condenados a ser reducidos a la nada, sino que seremos hijos de Dios para siempre?

¡HA RESUCITADO!

La gran noticia que los cristianos tenemos que dar al mundo es que Jesús, nuestro Maestro, ha resucitado.

Eso lo convierte en el Salvador que el mundo esperaba, pues con su sacrificio en la cruz conquistó la libertad para una humanidad hundida en el pecado y con su resurrección demostró que era muy real lo que afirmaba de sí mismo.

La gran preocupación de los dirigentes judíos después de muerto Jesús era que, pese a la terrible pasión sufrida, éste fuera capaz de resucitar.

Dice Mateo: "Al día siguiente (era el día después de la preparación de la Pascua) los jefes de los sacerdotes y los fariseos se presentaron juntos ante Pilato pra decirle: "-Señor, nos hemos acordado de que ese mentiroso dijo cuando todavía vivía: Después de tres días resucitaré. Por eso, manda que sea asegurado el sepulcro hasta el tercer día: no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Este sería un engaño más perjudicial que el primero". Pilato les respondió: "Ahí tienen los soldados, vayan y tomen todas las precauciones que crean conveniente". Ellos, pues, fueron al sepulcro y lo aseguraron, sellando la piedra y poniendo centinelas" (27,62-66).

Lo que ellos temían fue lo que realmente ocurrió. Por eso, al no tener más remedio que aceptar la verdad, tomaron las precauciones que consideraron oportunas, como atestigua el propio evangelista: "...algunos de los guardias fueron a la ciudad a contar a los jefes de los sacerdotes todo lo que había pasado. Ellos se reunieron con las autoridades judías y acordaron dar a los soldados una buena cantidad de dinero, junto con esta orden: "Digan que mientras dormían vinieron de noche los discípulos y robaron el cuerpo de Jesús. Si esto llega a oídos de Pilato, nosotros lo calmaremos y les evitaremos molestias a ustedes". Los soldados recibieron el dinero y siguieron las instrucciones. Esta mentira corrió entre los judíos y dura hasta hoy" (Mateo 28,11-15).

En realidad, Jesús no tenía el menor interés en hacer de su resurrección un espectáculo que resultara la prueba convincente que necesitaban los incrédulos para deponer su actitud. Para creer no bastan los milagros.

Ya una vez Satanás había invitado a Jesús a demostrar su identidad de Hijo de Dios lanzándose desde lo más alto del templo, en la seguridad de que nada le pasaría (Mateo 4, 5-7). El rechazó tal forma de convencimiento.

Por eso, si antes había predicado delante de todos, llevando su palabra a través de los polvorientos caminos de Palestina, después de resucitado sólo un número relativamente corto de personas lograría ser testigo del acontecimiento más trascendental de la Historia.

Pablo dice: "En primer lugar les he transmitido la enseñanza que yo mismo recibí, a saber: que Cristo murió por nuestros pecados, tal como lo dicen las Escrituras; que fue sepultado; que resucitó al tercer día como lo dicen también las Escrituras; que se apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se hizo presente a más de quinientos hermanos reunidos, la mayoría de ellos vive todavía y algunos ya entraron en el descanso. Enseguida se hizo presente a Santiago, y luego a todos los apóstoles. Y después de todos se me presentó también a mí, el que de ellos nació como un aborto" (1a. Corintios 15,3-8).

Es curioso notar que los primeros a quienes costó trabajo creer en la resurrección fueron los propios apóstoles y discípulos más cercanos.

Los mismos evangelistas testifican, en forma admirable, la confusión de los que habían compartido tan íntimamente con Jesús y a quienes El les había advertido, en varias ocasiones, lo que tenía que ocurrir (ver Mateo 16,21; 17,22 y 20,18-19).

Ciertamente los apóstoles llegaron a considerar puro cuento el relato que les hicieron algunas mujeres que, muy temprano, el primer día de la semana, habían ido a embalsamar el cadáver del Maestro.

Narra Lucas: "A la vuelta del sepulcro, les contaron a los Once y a todos los demás lo que les había pasado. Eran María de Magdala, Juan y María, madre de Santiago. También las demás mujeres que estaban con ellas decían lo mismo a los apóstoles. Los relatos de las mujeres les parecieron puros cuentos y no les hicieron caso" (24,9-11).

Más tarde dirá Pedro, en su primer discurso público, lleno ya del Espíritu Santo, y delante de una multitud de judíos: "A Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos" (Hechos 2, 32).

Dios quiso que la resurreción de Jesús fuera un hecho cierto e indiscutible para los que creyeron en El, de forma que, por su testimonio, encontráramos los demás el camino de la fe.

Quinientas personas son, por otro lado, un número más que suficiente de testigos. Y lo que es más importante, todos ellos estuvieron dispuestos a sostener dicha afirmación con su propia sangre.

¿Qué provecho material sacaron los apóstoles y discípulos por testificar la resurrección de Jesús?

Podría hacérsenos sospechoso que un grupo se hubiera puesto de acuerdo para propalar una mentira, si de ello hubiera conseguido buenas ganancias en dinero o poder. Pero sabemos que fue exactamente lo contrario, por cuanto apóstoles y discípulos tuvieron que sufrir toda suerte de persecuciones y muchos de ellos entregaron con el martirio el supremo testimonio.

A gente así no podemos menos que creerles lo que nos transmiten como verdad.

Aparte de eso, tendríamos que pensar que si Cristo no resucitó, en lugar de Salvador habría que considerarlo como el más grande charlatán que ha existido sobre la tierra, pues ha sido el único que se ha atrevido a afirmar que vino para darnos una vida eterna.

"Pero no - exclama Pablo - Cristo resucitó de entre los muertos y resucitó como primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los que duermen" (1a. Corintios 15,20).

Toda la enseñanza de Jesus y toda su vida estuvo orientada a convencer a la humanidad de que no hemos sido creados para desaparecer ni estamos en la tierra sin un objetivo preciso.

La vida del hombre sin la presencia de Jesús Resucitado sería lo más amargo que pudiera pensarse. La terrible conclusión a la que tendríamos que llegar es que sólo los malos saben vivir en la tierra.

¿Para qué sirven los sacrificios de tantos? ¿A qué vienen los desvelos de las madres? ¿De qué valen los esfuerzos y sinsabores? ¿Qué sentido tiene el dolor y la enfermedad? Lo único sensato sería tratar de pasarlo lo mejor posible, aunque para ello tengamos que oprimir, explotar, engañar, destruir, robar, matar. Total, ¿a quién vamos a tener que dar cuentas?

Si no hubo un Cristo muerto y resucitado, ¿qué más da ser buenos que malos?

Mejor, en este caso, es ser malos que buenos, pues las mayores posibilidades de disfrutar de lo que esta vida nos ofrece la tienen, sobre todo, los más perversos.

¿Tiene lágica esto? ¿Tendremos que derribar todo monumento al esfuerzo, al sacrificio y a la lucha por el bien, para levantar uno bien grande a los criminales y malhechores de todos los tiempos?

La sangre de los apóstoles y los mártires nos grita: ¡No, porque CRISTO HA RESUCITADO!

Los millones de seres humanos que padecen sin esperanza humana, víctimas de injusticias y miserias sin cuento nos gritan: ¡No, porque CRISTO HA RESUCITADO!

La multitud de creyentes anónimos que desde sus días hasta hoy han hecho de Jesús su Salvador nos gritan: ¡No, porque CRISTO HA RESUCITADO!

Alegrémonos, pues, porque el triunfo de Jesús sobre la muerte es el que da sentido a nuestra vida y asegura nuestra propia resurrección.

REFLEXIÓN ANTE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Que Jesús tenía que resucitar era evidente, o de lo contrario toda su vida hubiese sido un pérdida, toda su predicación una cháchara inútil, todo su sufrimiento un vano empeño en luchar contra lo imposible.

Del Mesías se había anunciado: "No dejarás a tu fiel conocer la corrupción" (Salmo 16,10).

Jesús también había predicho que resucitaría. Los evangelistas recogen tres ocasiones en que había dicho a los discípulos que tenía que padecer y morir, pero que al tercer día volvería a vivir.

Mateo las reporta de esta manera: "(1) Desde ese día Jesucristo comenzó a explicar a los discípulos que debía ir a Jerusalén y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la ley lo iban a hacer sufrir mucho. Les dijo también que iba a ser condenado a muerte y que resucitaría al tercer día" (16,21).

(2) "Después de la transfiguración Jesús dijo a Pedro, Santiago y Juan, mientras bajaban del monte: "No hablen a nadie de lo que acaban de ver, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos" (17,9).

(3) "Jesús, al empezar el viaje a Jerusalén, tomó aparte a los Doce y les dijo en el camino: "Miren: estamos subiendo a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre debe ser entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley, que lo condenarán a muerte. Lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen. Pero él resucitará al tercer día" (20, 17-19).

Lo raro es que ellos no se acordaron para nada de sus palabras, quizás porque las oyeron sin prestarles mucha atención, o tal vez porque creyeron que todo era una forma de hablar para darles ánimos ante unos acontecimientos para los que ellos no estaban preparados.

LOS INCRÉDULOS

De acuerdo al relato de los evangelistas, parece que ninguno de los discípulos estaba convencido de que su Maestro volvería a la vida. Aunque es posible que sintieran en el fondo del alma la esperanza de que todo terminaría felizmente, tal y como Jesús les había dicho, sus almas estaban anonadadas ante el peso de la evidencia.

Jesús había muerto de la manera más horrorosa. Todo el poder que había exhibido se le había esfumado, y los enemigos hicieron de él cuánto quisieron.

Esto los llenó de miedo, pensando que correrían la misma suerte que su Maestro. O temían la vergüenza de ser señalados como los seguidores de un predicador fracasado.

LA MAÑANA DEL PRIMER DÍA

La mujer ha sido siempre vista como un ser débil, y de suyo lo es en muchos sentidos. Pero, ¡qué fuerte resulta, sobre todo cuando ama! Por eso se vuelve fiera para defender a un hijo en peligro, y es capaz de los mayores sacrificios para demostrar lo que siente. El hombre podrá ser un héroe, capaz de las mayores hazañas, pero raras veces llega a la sublime forma de entrega que demuestra una mujer cuando lo es de verdad.

Hay discrepancias entre los evangelistas sobre quiénes fueron las primeras en visitar el sepulcro. Todos, sin embargo, mencionan los nombres de mujeres. Mateo dirá que fueron María Magdalena y la otra María (28,11); Marcos nombra a María Magdalena, María la de Santiago y Salomé (16,1); Lucas habla de "las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea" (23,55); aunque poco más adelante dirá: "Fueron María Magdalena, Juana, María la de Santiago y las demás mujeres que estaban con ellas las que comunicaron estas cosas a los apóstoles" (24,10). Juan sólo menciona a María Magdalena (20,1).

Algo que salta a la vista es que ninguno de ellos menciona a María, la Madre. Ella, callada y discreta, prefirió aguardar en silencio la resurrección del Hijo, sin intentar detener a las que iban emocionadas a poner unguentos y aromas en un cuerpo que ya no estaba en el sepulcro.

Lo más probable es que recibiese una visita especial de Jesús, dado el singular amor que tenía por su Madre, aunque todo quedaría en el secreto, pues si la hubo se ve que María jamás lo divulgó, ausente como estaba de todo interés publicitario.

Fueron, pues, las mujeres, las primeras testigos del hecho más trascendental de la historia humana: la resurrección del Hijo de Dios, el Salvador que haciéndose obediente a su Padre hasta la muerte en cruz dio a todos los humanos la posibilidad de ser hijos de Dios.

Ellas, no lo olvidemos, fueron también las que acompañaron a Jesús - sólo Juan fue la excepción entre los hombres - hasta el último momento de su pasión y muerte. ¿No merecían acaso ser las primeras en verlo resucitado?

LOS POCOS TESTIGOS

Lo más impresionante de los relatos de la resurrección es que Jesús ya no quiso dejarse ver de todo el mundo, sino sólo de unos pocos testigos, alrededor de quinientos.

¿Se habrían convertido Pilato y la guarnición romana de haber visto a Jesús por las calles de Jerusalén? ¿Se convertirían Anás, Caifás y aquellos que en el Sanedrín lo habían condenado? ¿Habrían cambiado sus vidas los que sólo lo buscaron por los hechos milagrosos? Podemos estar seguros que no.

De seguro se habrían inventado alguna excusa para rechazarlo, y hasta dirían que era otro y que todo resultó un gran engaño para hacer aparecer a Jesús como resucitado.

Por eso Dios actúa discretamente, ya que sólo los humildes y limpios de corazón pueden creer. Jesús lo dijo ante la incredulidad de su apóstol Tomás: "-Bienaventurados los que creerán sin ver" (Juan 20,29).

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