AB PADRE BAZAN

EL BAUTISMO

PARA EMPEZAR

El bautismo es uno de los siete sacramentos de la Iglesia. Eso lo aprenden todos los niños que van al Catecismo pero, lamentablemente, no lo saben todos los que desean bautizar a sus hijos. Además, lo que muchos aprenden, siendo niños, lo olvidan luego fácilmente.

Por otro lado, con saber que el bautismo es un sacramento no hemos adelantado gran cosa, pues habría que saber primero lo que es un sacramento y lo que cada uno de ellos significa en la vida del cristiano.

Lo cierto es que nos encontramos con muchísima gente que está bautizada, pero no sabe realmente por qué lo está.

Hemos llegado a un punto en el que gran número de personas relacionan el bautismo con una serie de ritos que se practican alguna vez en la vida, porque eso es lo tradicional, la costumbre que, con el tiempo, se ha impuesto entre nosotros.

Si a muchas de estas personas se les dijese que no pueden bautizar a sus hijos o ahijados sin antes pasar por unas clases que los capaciten mejor, no entienden y hasta se quejan de que se les está exigiendo demasiado.

El hecho de que durante mucho tiempo no se exigiera nada o muy poco para bautizar a un niño no significa que siempre haya sido así. Por el contrario, durante siglos la práctica de la Iglesia fue muy severa a este respecto.

Lejos de ponernos a lamentar por lo que no se hizo, lo que interesa es que hagamos lo que se necesita para devolver al bautismo la importancia que tiene en la vida de los cristianos.

Este folleto tratará de explicar algunos puntos que toda persona debe saber si quiere pedir el sacramento para sus hijos, o quiere comprometerse como padrino en el mismo.

EL BAUTISMO DE JUAN

Los evangelistas nos presentan a Juan, pariente de Jesús, bautizando en las orillas del río Jordán, cerca de Jerusalén, la ciudad sagrada de los judíos.

No había nada raro en una ceremonia de este género, ya que los judíos eran dados a hacer abluciones y tenían un lavatorio especial de purificación que se aplicaba a aquellos que, sin ser judíos de raza, querían pertenecer a la religión de Moisés.

Fuera del judaísmo podemos encontrar también baños rituales que implican un significado de purificación, encontrando en varios lugares ríos considerados sagrados, como el Ganges en la India, en los que la gente se introduce, sobre todo en ciertas fiestas del año, a fin de librarse de impurezas espirituales.

Juan, llamado el Bautista por el rito que usaba con los que sentían convertidos por su predicación, vivía en el desierto, en forma austera, comiendo lo que encontraba y vistiéndose con una piel de camello. Su figura debía resultar impresionante, pero más sus palabras llenas del Espíritu de Dios.

Como un estribillo repetía: "Arrepiéntanse, porque el Reino de Dios está cerca".

Los oyentes de Juan se sumaban por miles, y muchos se hacían bautizar por él. Pero, ya entonces, había exigencias y compromisos. El que no estaba arrepentido de sus pecados y no quería cambiar su vida no podía ser admitido al bautismo.

Por eso no parece que los fariseos, miembros de un grupo selecto que se creían más sabios y santos que los demás, se acercaran demasiado. A lo más, escucharían las palabras de Juan y se alejarían haciendo señales de desaprobación.

Y es que las palabras de Juan eran fuego hirviente: "- Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que evitarán el castigo que se acerca? Muestren los frutos de una sincera conver-sión..." (Lucas 3,7-8).

Pero Juan estaba consciente de que lo que él hacía no era lo definitivo. Por eso, en varias ocasiones anunció que "pronto va a venir el que es más poderoso que yo, al que no soy digno de desatarle los cordones de su zapato; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego." (Lucas 3,16).

Aunque el bautismo de Juan no tenía categoría de sacramento, por cuanto no transformaba al individuo que lo recibía en hijo de Dios, ni otorgaba el don del Espíritu Santo, hemos de ver en él una forma de preparación a los misterios que se avecinaban.

El propio Jesús se presenta ante Juan para ser bautizado, antes de que el Divino Maestro comenzara de manera formal su predicación entre los judíos.

Fue precisamente en esa ocasión que se produce un acontecimiento misterioso, signo claro de la misión que el Padre había conferido a su Hijo. Al salir del agua, una vez bautizado, se abrió el cielo encima de él y vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre él. Y se oyó una voz celestial que decía: Este es mi Hijo el Amado, al que miro con cariño (Mateo 3,16-17).

Posiblemente con este gesto de humildad quiso Jesús dar a entender que ya el bautismo de Juan había cumplido su papel. En adelante El tomaría su lugar para comenzar a realizar lo que Juan había estado anunciando.

EL PECADO

La necesidad de una conversión nos habla de un camino torcido. El que anda por la vida correcta no necesita cambiar.

La Biblia nos dice que Dios creó al hombre, y lo hizo semejante a El. Sin embargo, pronto el hombre se desvió del plan divino, haciendo lo que al Creador disgustaba.

Para explicarnos el pecado, el autor del libro del Génesis se vale de una parábola, parecida a las tantas que luego Jesús inventaría para hacer más comprensible su mensaje.

Es lógico suponer que después de miles de años de sucedido, nadie podía saber la forma en que el hombre había desobedecido los mandatos divinos. Por eso el autor del Génesis, para explicarnos el hecho de la rebeldía humana ante su Creador, nos propone la "parábola del árbol de la ciencia del bien y del mal", de cuyo fruto el hombre comió, a pesar de que Dios se lo había expresamente prohibido.

¿En qué consistió realmente el pecado? No lo sabemos. Hubo, eso sí, una desobediencia, un acto rebelde a la voluntad divina, producto de la soberbia que se asentó en el corazón del hombre. Eso es, en esencia, todo pecado.

Dios pudo habernos hecho impecables, pero entonces no hubiésemos disfrutado de ese don especial por el que el hombre es imagen del Creador: la libertad.

Si no tuviésemos la oportunidad de desobedecer no pecaríamos, pero no sería por un acto libérrimo de nuestra voluntad, sino por incapacidad real para hacerlo.

Los animales, por ejemplo nunca tienen responsabilidad de sus actos. Ninguno de ellos se les imputa como pecado, porque no tienen libertad. Pueden moverse de un sitio a otro, comer esto o aquello, pero sin tener conciencia de lo que hacen.

Algo incomprensible para nosotros es el hecho de que Dios dejara al hombre caminar durante miles de años por su cuenta, sin darle a conocer la verdad ni enseñarle sus caminos. ¿Cuál fue la razón para que Dios obrara así? No la sabemos.

Es posible que Dios quisiera que el hombre fuese avanzando lentamente, tropezando con multitud de obstáculos, hasta alcanzar nuevamente aquello que había perdido. Pero todo lo que digamos sobre esto es pura conjetura. Los caminos de Dios son un intrincado laberinto para la mente humana.

Lo que sí sabemos es que Dios no se desentiende jamás de sus criaturas. Y que El, a pesar de las apariencias, mantendría su vista puesta en esos hombres y mujeres que con tanto trabajo luchaban sobre la tierra.

EL ÚLTIMO PROFETA

Llegado el momento oportuno Dios quiso elegir a alguien que preparara de manera más inmediata la venida del Salvador. Por ello, su designación estuvo marcada por una especial predilección, que se notó en las circunstancias mismas de su nacimiento.

De ello nos habla el evangelista Lucas, quien comienza su relato con la visión que Zacarías, padre del futuro Bautista, tuvo en el Templo. Allí el ángel Gabriel le anunció el nacimiento de Juan, que sería un profeta del Altísimo.

Poco es lo que sabemos de la infancia y juventud de Juan. Algunos suponen que estuvo ligado al grupo llamado de los esenios, que eran como unos monjes que vivían en comunidad cerca del mar Muerto. Pero esto no ha podido ser suficientemente aclarado.

Lo que sabemos de cierto se encuentra en los evangelios. Vivía en el desierto, con gran austeridad, alimentándose de lo que encontraba y vistiendo pobremente, apenas con una piel de camello para preservarse de los rigores del clima.

Su ascética figura, su santidad y elocuencia le ganaron amplia fama, lo que le valió tener numerosos discípulos. Pero también suscitó el furor de los que se sentían molestos por sus palabras, en especial Herodes el tetrarca, que daba mal ejemplo al vivir públicamente con la mujer de su hermano.

Juan, reviviendo la tradición de los antiguos profetas, fustigó duramente la conducta del reyezuelo, por lo que fue aprehendido y luego ejecutado. Ya para entonces había cumplido a cabalidad la misión que Dios le había encomendado.

De él hizo Jesús el mayor elogio, al afirmar que de "entre los nacidos de mujer ninguno es mayor que Juan" (Mateo 11,11).

HA LLEGADO LA SALVACIÓN

El Mesías llegó sin que apenas nadie lo advirtiera. Sólo unos pocos se enteraron de su llegada.

A una humilde muchacha de Nazaret, un villorrio situado en Galilea, en el norte de Palestina, se presentó un día un ángel del Señor, anunciándole que iba a ser madre, pese a que no convivía con el hombre con quien se había desposado.

Era costumbre entre los judíos tener primero una ceremonia llamada desposorios, luego de la cual solía pasar un intervalo de tiempo, alrededor de un año, hasta que los dos esposos, celebrada la fiesta de bodas, comenzaban su vida en común.

Fue durante ese tiempo que María recibió la visita del ángel, quien le explicó que el que de ella nacería iba a ser el Hijo de Dios, por lo que su concepción sería totalmente excepcional. María, por tanto, seguiría siendo virgen, aunque su esposo José figuraría como padre legal del hijo.

José aceptó la difícil misión que se le encomendaba, y fue desde entonces celoso guardián de la Madre y del Hijo.

Por aquel entonces el pueblo judío estaba sometido al Imperio Romano, como muchas otras naciones de Europa, Asia y Africa.

Un edicto imperial convocando un censo obligó a José y María a trasladarse a Belén, lugar de sus antepasados, pues descendían de la familia de David.

Fue en Belén, el mismo sitio donde otrora había nacido el gran rey, que nació el Salvador. Así lo había predicho, siglos atrás, el profeta Miqueas: "Y tú Belén Efrata, pueblo pequeño entre todos los pueblos de Judá, de ti me ha de salir Aquel que ha de dominar en Israel, y cuyo origen viene de los tiempos pasados desde los días más antiguos" (5,2).

A esta profecía se refirieron los doctores de la Ley cuando unos magos del Oriente arribaron a Jerusalén preguntando por el lugar donde había nacido el Rey de los judíos.

De Belén tuvieron José y María que buscar refugio, posiblemente en una cueva que serviría de establo, pues todas las casas estaban atestadas de gente debido al censo, y ellos, posiblemente, se tardaron más que los otros en llegar, debido al avanzado estado de gravidez que presentaba María.

Todo ello convenía a los planes de Dios. El quería que su Hijo naciera en la absoluta pobreza, para demostrar que no necesita de los valores materiales a los que damos tanta importancia. La salvación, en modo alguno, está ligada a las riquezas. Es un don gratuito del amor y la misericordia divinas.

EL DESCONOCIDO

Pocos fueron los que conocieron el nacimiento de Jesús. Sólo unos pastores que cuidaban sus rebaños cerca de Belén recibieron el anuncio de unos ángeles, y ellos, presurosos, se acercaron a donde el Mesías había nacido.

Luego vinieron unos magos que, procedentes de un lugar lejano, también reconocieron en aquel Niño al Hijo de Dios.

Más tarde, cuando Jesús fue presentado en el Templo, a los cuarenta días de nacido, como prescribía la Ley, un anciano de nombre Simeón lo reconocería, pues había recibido del Espíritu Santo la promesa de que no moriría sin haber visto al Mesías. También Ana, una anciana profetisa, tuvo el privilegio de saber, en el Templo mismo, de quién se trataba.

Pero Jesús crecía como un niño cualquiera, y los habitantes de Nazaret, el pueblo de sus padres, a donde ellos volvieron después de una breve estancia en Egipto, lo llamaban el hijo del carpintero, aludiendo a la profesión de José.

Sólo un destello de su divinidad. Fue a los trece años, cuando acudió con sus padres al Templo para participar de la Pascua, una de las tres grandes fiestas judías. Allí se les perdió por tres días, al cabo de los cuales apareció escuchando a graves doctores. Las palabras que pronunció al responder al reproche de su madre dieron a entender lo que El realmente era (ver Lucas 2, 49).

Pero no hubo más durante todo el tiempo de su juventud, mientras se maduraba como hombre y se preparaba a cumplir la gran misión que su Padre le había encomendado.

Terminado el tiempo de su vida conocida como oculta, Jesús decidió comenzar su actividad pública, que va a tener como prólogo el bautismo que recibiría de manos de Juan. Con ello significaba que había llegado su hora, y que en adelante tomaría el papel principal en la obra salvadora.

JESÚS, MAESTRO

La característica más importante de los años que iban a seguir sería la de preparar el hecho cumbre de su misión. Jesús se dedicaría, incansablemente, a la tarea de enseñar.

Para ello aprovecharía toda oportunidad que se le presentase. Cuando los sábados, como todo judío, acudía a la sinagoga, edificio donde se celebraban las reuniones del pueblo, hablaría de los nuevos tiempos que habían llegado, basándose en las palabras de los profetas.

En los campos, junto al mar o en cualquier parte siempre parecía estar presto a abrir los misterios del Reino de Dios ante sus numerosos oyentes.

De entre los que le seguían escogería un pequeño grupo de doce hombres que le acompañarían por todas partes, siendo testigos fieles de su predicación y sus hechos.

El centro de la predicación del que todos llamaban rabí, palabra que significa maestro, era el Reino de Dios. No ya un reino temporal y terreno, como muchos pensaban vendría a instaurar el Mesías, sino uno trascendente, que tendría su culminación más allá de la muerte.

Muchas de sus palabras se encerraban en bellas comparaciones o parábolas, con las que se hacía entender mejor de los humildes que lo buscaban por doquier.

En ellas se mostraba a sí mismo como el Buen Pastor que está dispuesto a dar la vida por la salvación de sus ovejas. Con ello quería preparar los ánimos para cuando llegara el acontecimiento final de su misión y se entregara a la muerte para realizar la obra salvadora que era la meta de su venida.

A su predicación unía Jesús una serie de hechos extraordinarios que daban mayor fuerza a sus palabras. Con ellos pretendía reforzar la fe de sus oyentes, pues su doctrina tenía que resultarles harto extraña.

Muchos fueron los ciegos, paralíticos, cojos, sordomudos y otros enfermos los que recobraron la salud. Hasta realizó tres grandes prodigios al resucitar a una niña, hija de un hombre prominente, a un joven, hijo de una pobre viuda y a su ámigo Lázaro.

Todos estos milagros le consiguieron una fama enorme por todos los confines de Palestina, dando pie a que se llenaran de odio aquellos a quienes su doctrina molestaba en sumo grado.

Eran ellos los que formaban la élite del poder y de la sabiduría: los escribas, fariseos, sacerdotes y doctores de la Ley, que se sentían amenazados por la creciente popularidad de quien ellos consideraban, más bien, un simple intruso.

NICODEMO

No todos los fariseos, sin embargo, estaban igualmente en su contra. Al menos uno, de nombre Nicodemo, se sentía atraído por sus hermosas enseñanzas, por lo que decidió ir a visitarlo, aunque de noche, para que así no se enteraran sus colegas de los sentimientos que albergaba en su corazón.

Fue a Nicodemo, según nos relata el evangelista Juan, a quien Jesús explicó por primera vez lo esencial de su bautismo.

"-En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede volver a nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Cómo va a volver otra vez al seno de su madre?" (3,3-4).

La noticia sobre este nuevo nacimiento intrigó sobremanera a Nicodemo, pues se había imaginado, en forma gráfica, que se trataba de un volver al útero materno. Sin embargo Jesús le aclara:" -En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios" (3,5).

De esta manera indicaba la naturaleza del bautismo cristiano, que consistiría en un renacimiento espiritual que transformaría totalmente al sujeto que lo recibiere.

EL AGUA VIVA

Aunque no con la claridad con que le habló a Nicodemo, Jesús se dirigió también a una mujer samaritana, a la que expuso algo de su doctrina junto al pozo de Jacob, cerca de la población de Sicar, en la región de Samaria.

El Maestro había quedado solo, junto al pozo, mientras sus discípulos fueron al pueblo en busca de algo para comer, pues era cerca del mediodía. En eso llegó una mujer samaritana a sacar agua y Jesús le pidió que le diera un poco para beber.

La recién llegada se sorprendió de que un judío le dirigiera la palabra, pues no se trataban judíos y samaritanos, por lo que se lo hizo saber. Jesús le contestó: "- Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú misma me pedirías a mí, y yo te daría Agua Viva" (Juan 4,10).

No podemos asegurar que en esta ocasión se refería Jesús al bautismo, pero ciertamente habló de lo que por él recibimos: la gracia divina que nos otorga la vida eterna.

Por eso añade: "- El que bebe de esta agua (la del pozo) vuelve a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré se hará en él manantial de agua que brotará para la vida eterna" (Juan 4,13-14).

Más tarde, celebrando una de las grandes fiestas en Jerusalén, Jesús gritó a la multitud congregada en el patio del Templo: "- Si alguien tiene sed venga a Mí y beba. Si alguien cree en mí el agua brotará en él según lo anunció la Escritura" (Juan 7,38).

En estas y otras claras expresiones de Jesús podemos ver que la misión que El había recibido del Padre tenía como finalidad lograr para nosotros una salvación eterna.

Esta salvación, por tanto, no estaría ligada a un mejor medio de vida en la tierra, ya que mientras vivamos esta etapa de la existencia humana estamos solamente en el camino. Aquí sólo somos peregrinos.

Para alcanzar la vida eterna necesitamos del Agua Viva que Jesús nos ofrece por medio de su bautismo, que no es otra cosa que la gracia de Dios que nos permite vivir como hijos suyos.

Esto significa que el Bautismo nos devuelve la gracia perdida en el paraíso, aquel don precioso que el ser humano había recibido como su más inestimable tesoro.

Pero para que tuviera lugar ese renacimiento en nosotros, era preciso que el Hijo de Dios se entregara a la muerte, como culminación de su obra redentora.

JESÚS REDENTOR

Es difícil entender por qué el Padre quiso que su Hijo padeciese afrentas y humillaciones hasta sucumbir ignominiosamente en el altar de la cruz. Esto entra dentro de sus misterios más inescrutables. Lo cierto es que si Cristo no hubiese muerto y resucitado aún estaríamos en nuestros pecados y la muerte sería nuestra mayor desgracia.

Pero, como afirma san Pablo, "por El quiso Dios reconciliar consigo todo lo que existe, y por El, por su sangre derramada en la cruz, Dios establece la paz tanto sobre la tierra como en el cielo" (Colosenses 1,20).

Esto lo hace el Padre únicamente por amor, aunque hubiésemos podido pensar que el aparente olvido en que tenía a la humanidad durante tantos milenios hubiera significado todo lo contrario. Dice san Juan:

"Envió Dios a su Hijo único a este mundo para darnos la Vida por medio de El; así se manifestó el amor de Dios entre nosotros. No somos nosotros los que hemos amado a Dios sino que El nos amó primero y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados: en esto está el amor" (1ª. Juan 4,10).

Este amor, por supuesto, es difícil de entender. Los seres humanos estamos tentados a pensar que el camino escogido por Dios para salvar a los hombres es cosa de locos, pues habría podido encontrar otras muchas maneras para realizar la redención. Sobre esto habla san Pablo: "Los judíos esperan grandes milagros y los griegos buscan un saber superior. Mientras tanto nosotros proclamamos a un Cristo crucificado. Los judíos dicen: ¡Qué vergüenza! Los griegos: ¡Qué locura! Pero aquellos que Dios ha llamado, sea de entre los judíos o de entre los griegos, encuentran en Cristo la fuerza y la sabiduría de Dios" (1ª Corintios 1,22-24).

El hombre moderno, por otra parte, piensa que su salvación está en las grandes conquistas de la tecnología o del humano saber. Vuelven a mostrarse claramente las antiguas tentaciones. Sin embargo, la salvación eterna sólo puede provenir del Padre, que tuvo a bien aceptar como válida la entrega de su Hijo.

PASIÓN Y MUERTE

Los relatos de la pasión y muerte de Jesús constituyen un documento único, transmitido por los que fueron sus testigos oculares. En ellos podemos notar tanto la fortaleza de Jesús como la debilidad de sus discípulos, quienes, a pesar de haber estado junto a El tanto tiempo, escuchando sus palabras y contemplando sus numerosos milagros, no fueron capaces de acompañarlo en los momentos supremos.

Jesús, por tanto, tuvo que enfrentarse solo a sus enemigos. Y esto, porque así convenía a los designios del Padre. Cuando, en el momento del arresto, Pedro demuestra una momentánea decisión de defenderlo, atacando con una espada que había llevado consigo, Jesús se le enfrenta:" -¿No crees que puedo llamar a mi Padre y al momento me mandaría más de doce legiones de ángeles? Pues entonces no se cumplirían las Escrituras, que dicen que ha de suceder así" (Mateo 26,53-54).

Quedó bien claro que fue una entrega espontánea. En otros muchos momentos trataron de hacerle daño, pero El no permitió que los enemigos lograsen sus propósitos. Ahora había llegado su hora.

Su muerte, por tanto, no fue el fruto de las intrigas de sus adversarios, aunque éstos actuaron cegados por el odio que les inspiraba la doctrina predicada por el Maestro. Por eso, ya en la cruz, Jesús suplicaría: "- Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23,34).

No es que pensemos que los escribas, fariseos y saduceos, sacerdotes y soldados, y todos los que de alguna manera tuvieron que ver en el proceso de Jesús fueran ciegos instrumentos en manos de un poder superior que los guiaba por el camino del mal. Ellos actuaban usando de su responsabilidad, por lo que no podemos decir que eran autómatas inconscientes exentos de culpa.

Sin embargo, de esas circunstancias se valió Dios, cuando así lo dispuso, para consumar la obra salvadora que había encomendado a su Hijo.

LA CENA PASCUAL

Pero Jesús no realizó su obra de liberación solamente con su muerte. Todo el misterio salvador está con-tenido en el paso de la muerte a la vida, como ya antes se había prefigurado en la salida del pueblo de Israel, esclavo en Egipto, hacia la libertad simbolizada por la Tierra Prometida.

Por eso, la muerte de Cristo se realiza en una fiesta de Pascua, aquella que recordaba la liberación del pueblo hebreo. Jesús quiso declarar públicamente, al celebrar la cena pascual con sus discípulos, que la antigua Pascua había cesado y una nueva alianza entre Dios y los hombres se abría camino.

Al hacerlo nos dejó un recuerdo o memorial perpetuo, realizando lo que antes había anunciado: su cuerpo y su sangre, destinados al sacrificio, se harían presentes en el pan

y en el vino cuando sus discípulos se reunieran para celebrar la Pascua de esa Nueva Alianza. Ese pan y ese vino, realmente su Cuerpo y su Sangre, servirían de comida indispensable para todos aquellos que peregrinan en busca del Reino de Dios.

Dice san Pablo: "Por eso cada vez que comen de este pan y beben de la copa, están anunciando la muerte del Señor hasta que venga" (1ª Corintios 11,26).

Es en esta reunión, a la que comúnmente llamamos Misa, en la que los bautizados renuevan la fe y la gracia recibida por medio del agua. La asamblea de los bautizados sirve como medio eficaz para mantener el entusiasmo por la búsqueda del Reino, pues en ella es el mismo Dios quien nos instruye por medio de su Palabra, solemnemente proclamada, al mismo tiempo que se realiza la ofrenda del pan y del vino consagrados, lo que actualiza el misterio salvador de Cristo muerto y resucitado.

LA RESURRECCIÓN

Nos dice san Pablo: "Porque, hay que decirlo, Cristo resucitó de entre los muertos, y resucitó como primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los que duermen" (1ª Corintios 15,20).

Así se cumplieron en El todas las profecías y sus promesas no resultaron fallidas.

Es bien cierto que los primeros que se mostraron cautelosos en aceptar la resurrección del Señor fueron los propios apóstoles, algunos de los cuales pensaron al principio que lo que algunas mujeres afirmaban que habían visto eran sólo visiones.

Sin embargo, el propio Maestro se encargó de traerlos a la realidad, recordándoles que ya El se los había anunciado de forma clara y categórica. Y esta verdad fue luego defendida por ellos de tal manera, que ninguno dudó en dejarse matar antes que negar que Cristo había resucitado. ¡Tan seguros estaban del acontecimiento clave del misterio cristiano!

Porque ¿qué hubiera pasado si Cristo no hubiese resucitado? Pues que toda su doctrina se habría derrumbado y su figura sólo tendría vigencia como la de un bienintencionado más de esos que aparecen de vez en cuando.

Sin embargo, lo que hace posible nuestra fe en la redención es que Cristo murió y resucitó. Así lo reconocía san Pablo, quien afirmaba: "Pero si Cristo no resucitó nuestra predicación ya no contiene nada ni queda nada de lo que creen ustedes. Y se sigue además que nosotros somos falsos testigos de Dios, puesto que hemos afirmado de parte de Dios que resucitó a Cristo, siendo que no lo resucitó, si es cierto que los muertos no resucitan. Y si Cristo no resucitó, no pueden ustedes esperar nada de su fe y siguen en sus pecados. Y también los que entraron en el descanso junto a Cristo están perdidos. Y si sólo para esta vida esperamos en Cristo, somos los más infelices de todos los hombres" (1ª Corintios 15,14-19).

Muy importantes son estas palabras, porque nos hacen comprender donde se encuentra el principal sostén de nuestra fe. No hemos sido rescatados, simplemente, para que vivamos mejor en esta tierra, a la que hemos de considerar etapa de trabajo y lucha, sino para alcanzar una vida eterna, gozando de la gloria que Cristo conquistó para nosotros.

Esta es meta de todo nuestro esfuerzo presente, por la que bien vale la pena el sacrificio y la renuncia. Este es el ideal que modela toda nuestra vida cristiana.

BAUTISMO ES RESURRECCIÓN

En realidad, hemos sido llamados a resucitar ya desde ahora por medio del Bautismo. En este sacramento, como enseñó el propio Jesús a Nicodemo, se realiza un nuevo nacimiento espiritual, que nos hace hombres y mujeres nuevos.

Así, san Pablo dice: "O, ¿acaso no se han dado cuenta que los que hemos recibido el bautismo de Cristo, hemos sido sumergidos con El para participar en su muerte? Así, pues, por el Bautismo fuimos enterrados junto con Cristo para compartir su muerte para que, igual que Cristo, que fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, asimismo nosotros vayamos a vivir una vida nueva. Porque si de verdad nos unimos con Cristo por la semejanza en su muerte, así nos uniremos a El en su resurrección" (Romanos 6,3-5).

Esta consecuencia del Bautismo estaba bien expresada en las ceremonias que se realizaban en los primeros siglos. Siendo adultos la mayoría de los que se acercaban al sacramento, era más fácil el rito de la inmersión en el agua, mientras los gestos hablaban por sí solos.

Se reunían los candidatos alrededor de una especie de piscina y se zambullían por tres veces, después de haber proclamado su fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Luego salían del agua como verdaderos renacidos.

De todas formas, lo que importa no es tanto el rito sino la realidad producida por el sacramento. Niño o adulto, se opera en el bautizado una resurrección porque se renace a una vida nueva de hijos de Dios, pasando de la muerte del pecado a la vida de la gracia divina.

FE Y SACRAMENTO

Antes de subir al cielo Jesús encargó a sus apóstoles: "Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado" (Mateo 28,18-20).

Para esa misión El los había preparado. Con todo, aun les faltaba recibir el Espíritu Santo para estar listos a cumplirla. Pero luego que reunidos en la fiesta de Pentecostés, una de las tres grandes solemnidades de los judíos, el Espíritu Santo descendió sobre ellos en forma de lenguas de fuego, su ánimo quedó fortalecido y ese mismo día comenzaron, ya sin miedo alguno, a dar cumplimiento a la palabra del Maestro.

El libro de los Hechos de los Apóstoles recoge el discurso que Pedro dirigió a miles de personas, y cómo todos los presentes, aún los que no conocían el arameo, le entendían perfectamente en su propia lengua. De aquella predicación se recogió hermoso fruto. Los que creyeron fueron bautizados y en aquel día se les unieron alrededor de tres mil personas ( 2,41).

La fe es el asentimiento voluntario y consciente a la Palabra de Dios. Pero la fe no puede confundirse con el sentimiento religioso, que está presente en la mayoría de las personas. Fuera del pueblo judío también existía la religión. La gente creía en fuerzas superiores y en falsas divinidades, pero no tenía la fe porque no había encontrado la Verdad que Dios había revelado.

"¿Cómo creer en El si antes no oyeron hablar de El? Y, ¿cómo oír si no hay quien predique? y ¿cómo irán a predicar sin ser enviados?" (Romanos 10,14). Así se expresa Pablo, agregando más adelante: "Por tanto la fe nace de una predicación y lo que se proclama es la Palabra de Cristo" (10,17).

Hoy mucha gente tampoco tiene fe, aunque posee el espíritu religioso que le hace buscar a Dios. La falta de predicadores hace que el nombre de Dios sea desconocido para infinidad de personas que, sin embargo, anhelan llegar a conocer la verdad.

El Bautismo siempre estuvo ligado al conocimiento de la Palabra divina. Muchos ejemplos nos ofrece el libro de los Hechos que confirman esta regla, conforme al mandato de Cristo a sus discípulos.

EL CATECUMENADO

Aunque fueron muchos los bautizados después de la predicación de los apóstoles, aceptando la Buena Nueva que Jesús había enseñado y realizado con su muerte y resurrección, pronto llegó el tiempo en que se necesitó de una mayor preparación para los que pedían el sacramento.

La Iglesia, consciente de que la fe sólo podía asegurarse por el conocimiento de la doctrina de Cristo, instituyó un medio de preparación para los candidatos al Bautismo.

Pensemos en los muchos peligros que circundan al cristiano, atraído por mil tentaciones tanto ideológicas como materiales. Esto obligó a la Iglesia a ocuparse de una formación más prolongada de los que pedían su entrada en la misma.

Ya en el principio se comienza a exigir este período de prueba, que por el siglo III se institucionaliza con el nombre de Catecumenado. Esta palabra proviene de catequesis, que en griego significa resonar, y que se aplica a la instrucción dada de viva voz a los catecúmenos o neófitos.

El objetivo de este período era, además, dar suficiente tiempo al candidato para que se entrenara en el ejercicio de la vida cristiana, a fin de que luego no fuese un mal ejemplo dentro de la comunidad.

Esto explica el que, en muchos casos, el Catecumenado se alargase a varios años, y sólo cuando el catecúmeno daba muestras de estar bien preparado, era elegido para recibir el sacramento.

Los que iban a ser bautizados en la Noche Pascual, que era la ocasión preferida para la administración del sacramento, se preparaban especialmente durante la Cuaresma, con algunas reuniones por semana, en las que se realizaban ciertos ritos que luego pasaron a formar parte de lo que hoy se hace, aunque reducidamente, en el bautismo de los niños.

Exorcismos, signaciones, imposición de manos y unciones con óleo eran parte de las reuniones que se tenían con los "elegidos", dejando el rito del agua para la Noche Pascual. También en esta oportunidad se ungía al nuevo bautizado con el santo crisma y se le vestía con una túnica blanca, símbolo de la nueva vida que había recibido.

Hoy, cuando un adulto pide el Bautismo, se le exige una preparación suficiente, que va recibiendo durante el Catecumenado, en el que, por varios meses, se le prepara para la recepción de los sacramentos de la Iniciación, que son, aparte del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

BAUTISMO Y VIDA

Todos los sacramentos que Jesús instituyó y dejó a su Iglesia, para que fuesen administrados en beneficio de los seres humanos, suponen la fe. ¿De qué vale que uno se acerque a recibir un sacramento sin la debida disposición interior?

La Iglesia considera que aquel que no está debidamente preparado se expone a cometer un grave sacrilegio, que es lo mismo que una profanación de lo sagrado. Este pecado podría ser cometido también por los padres y padrinos, que son los responsables directos de la educación cristiana de sus hijos y ahijados, si no cumplen con los compromisos contraídos solemnemente con respecto a los mismos.

El Bautismo es no sólo el sacramento por el que renacemos a la vida de la gracia divina, quedando limpios de todo pecado, sea el original o cualquier otro que uno haya podido cometer, sino que es el medio por el que somos introducidos en la Iglesia, como miembros del Pueblo de Dios.

De ninguna manera se puede aceptar el Bautismo como un simple gesto supersticioso, que permite a los padres estar tranquilos pensando que ya sus hijos no tendrán peligro de ser embrujados, o de ser perseguidos por la mala suerte, o cosas por el estilo.

Tampoco se puede tomar este sacramento como un pretexto para organizar una fiesta, donde lo más importante es el baile, la comedera o bebedera. Esto sería una verdadera profanación.

El Bautismo de cualquiera, niño o adulto, mira a la vida. Si no es para vivir la vida cristiana, dentro de la comunidad de la Iglesia, el sacramento pierde todo su significado y eficacia. Por ello se ha ido haciendo cada vez más presente, en la conciencia de muchos pastores - obispos y sacerdotes - la realidad imperante entre nosotros, que hace dudosa la conveniencia de que todos los que son presentados sean bautizados sin mayores problemas.

La experiencia nos habla claramente de que son muchos los padres que sólo piensan en lo circunstancial y accesorio cuando se plantean el Bautismo de sus hijos. Eso hace que demoren la recepción del sacramento, hasta por años, sólo porque han escogido unos padrinos que viven lejos, o hay que esperar por un tiempo económicamente más próspero que permita una celebración por todo lo alto, sin que falte nada de lo que se supone constituye una fiesta bien celebrada.

Padres y padrinos, en muchas ocasiones, viven totalmente alejados de toda práctica religiosa. Algunos hasta llevan una vida escandalosa, siendo los peores ejemplos que se pueden ofrecer a hijos y ahijados.

No parece que, en casos así, la Iglesia deba acceder fácilmente al Bautismo de tales niños. Y aunque estamos conscientes del peligro de que muchos niños podrían morir sin haber recibido el sacramento, en ningún lugar del Nuevo Testamento se habla de bautizar a los niños a como dé lugar, sin importar la disposición de sus padres.

EL BAUTISMO DE LOS NIÑOS

No es que la Iglesia sea opuesta a recibir a los niños y administrarles el sacramento en la más tierna edad. Esto ha sido práctica común a partir del siglo VI, y aún antes. Cuando lo más frecuente era el bautismo de adultos también se administraba a los niños.

Aunque en ningún momento lo dice explícitamente la Escritura, sin embargo, es justo colegir que en aquellos casos citados en el libro de los Hechos de los Apóstoles en que se bautizaba a todos los miembros de una familia, quedaban también incluidos los niños, aún los más pequeños.

Pero esto se hacía porque sus padres daban garantías suficientes de que la semilla que en ellos se depositaba encontraría ambiente favorable para fructificar. La gracia opera de manera discreta entre nosotros, y es necesario que preparemos el terreno, pues la Palabra de Dios no puede germinar si no es en tierra buena.

Unos niños cuyos padres no van a la iglesia, ni están casados sacramentalmente, ni viven en contacto con Dios, lo más probable es que, cuando sean mayores, imiten a sus progenitores, viviendo sin una proyección cristiana.

Esto explica que, en casi todos los países de América Latina, donde tenemos un elevado porcentaje de bautizados, que en algunos lugares llega a más del 95%, baja el índice aceleradamente cuando se trata de la Confirmación, la Eucaristía y el Matrimonio.

Muchos niños hay que, recibido el Bautismo, jamás toman nuevo contacto con la Iglesia, a no ser de manera muy esporádica y superficial. Llegados a la vida adulta se mantendrán indiferentes, aunque hayan sido sellados con la marca de Cristo, y hayan encontrado en el Bautismo un Padre del que luego no se acordarán, a no ser en momentos de angustia y necesidad.

EL RITO SACRAMENTAL

Ya se dijo que en los primeros tiempos el Bautismo se reducía a la inmersión del candidato en el agua. Así lo vemos repetidas veces en los Hechos de los Apóstoles.

Prontamente, sin embargo, la Iglesia enriqueció el sacramento con otros ritos que explicitaban, de manera positiva, aquello que se realizaba en el sujeto que lo recibía.

Vimos también que hubo una época en la que los candidatos eran mantenidos en un período de observación y preparación, hasta que eran admitidos definitivamente al sacramento. Mientras se les preparaba, especialmente durante el tiempo de Cuaresma, se iban realizando diversos ritos preparatorios, que hoy constituyen una sola ceremonia en el caso de los niños.

Cada uno de estos ritos tiene su especial importancia, por lo que es conveniente que los vayamos explicando uno a uno.

Después de una introducción de acogida, se comenzará a recalcar el compromiso que padres y padrinos contraen al pedir a la Iglesia que bautice a los niños que ellos presentan.

Así, el celebrante - sacerdote o diácono -, dice a los padres:

"- Al pedir el Bautismo para sus hijos, ¿saben ustedes que se obligan a educarlos en la fe, para que estos niños, guardando los mandamientos de Dios, amen al Señor y al prójimo como Cristo nos enseña en el Evangelio?"

Después de escuchar la respuesta afirmativa de los padres, el que preside se dirige a los padrinos:

"- ¿Están ustedes dispuestos a ayudar a sus padres en esta tarea?"

Es de antemano sabido que los padres y padrinos contestarán que sí sin escrúpulo alguno.

Sin embargo la experiencia enseña que estas preguntas son contestadas, en muchos casos, sin ninguna reflexión, ya que luego ni unos ni otros cumplen con cuidar que los niños reciban una verdadera iniciación en la fe.

Todo esto, para un buen número de padres y padrinos, queda olvidado desde que ponen los pies fuera del templo.

LA SEÑAL DE LA CRUZ

El celebrante, después de señalar en la frente a los niños con la señal de la cruz, invita a los padres y padrinos a que hagan otro tanto. Con ello se quiere recordar que sólo porque Jesús murió en la cruz es posible que consigamos la eterna salvación.

El cristiano está invitado a cargar con su cruz, lo que deberá tener presente desde el día de su Bautismo, pues allí se le confía la responsabilidad de vivir de acuerdo con la doctrina de Jesús.

Esto incluye la difícil tarea de negarse a sí mismo, estando dispuesto a aceptar, con buen ánimo y en todo momento, la voluntad divina. El cristiano está llamado a completar en su cuerpo lo que le falta a la pasión del Señor.

LA PALABRA DE DIOS

Cuando el sacramento se realiza fuera de la asamblea a la que comúnmente llamamos Misa, se insertan unas lecturas de la Sagrada Escritura que nos hablan expresamente del Bautismo. Todo lo que se hace en la Iglesia está inspirado en lo que Dios mismo nos ha revelado.

Es bueno recalcar que el Bautismo no es una invención humana, sino el medio salvífico querido por el Padre para aplicarnos, de manera directa y personal, los méritos conseguidos por la muerte y resurrección de su Hijo.

Por ello, al escuchar las lecturas y la homilía, se nos da una oportunidad para reflexionar sobre el gran acontecimiento que se va a realizar, de manera misteriosa pero real, en aquellos niños que han de ser bautizados.

LA ORACIÓN

Todo el rito bautismal tiene que estar rodeado de un clima de oración. El que preside tendrá a su cargo dirigir a Dios una serie de oraciones a las que los presentes deben asentir respondiendo Amén u otra exclamación.

Después de la homilía se dedica un momento - la Oración de los fieles - para pedir por los niños que están siendo bautizados, por sus padres y padrinos y por todo el pueblo de Dios.

Por los primeros, para que recibiendo la nueva vida se incorporen a la Iglesia de Cristo, siendo capaces de mostrarse discípulos fieles y dar testimonio de su fe en el mundo. Y por los padres y padrinos, para que sean ejemplo de fe viva, y consigan crear un ambiente favorable en el hogar, que permita que la semilla depositada en los niños pueda germinar y crecer en forma conveniente.

LA UNCIÓN DEL COMBATE

En el Bautismo son utilizados el Oleo de los Catecúmenos y el Santo Crisma, aceites que han sido previamente bendecidos por el Obispo, en solemne ceremonia durante la Semana Santa.

Con el primero se unge a los niños en el pecho, mientras se ruega que el poder de Cristo Salvador los fortalezca.

El cristiano es un luchador, un militante, que está enrolado en el gran ejercito del bien. Su guerra no es con balas y fusiles, sino con el ejercicio práctico del amor. Todo bautizado debe saber que su enemigo no es el pecador sino el pecado, contra el que tendrá que mantenerse en constante batalla.

El mal, en sus múltiples facetas, debe ser combatido. Por eso el cristiano debe mostrarse comprometido con todas las causas buenas y justas, aceptando las incomodidades y los peligros que una postura valiente pueda acarrearle. No hay que olvidar que el propio Jesús advirtió a sus discípulos que serían perseguidos a causa de su nombre.

Esto último no siempre se da de manera directa, pero es posible que también dependa de la postura que adopte el cristiano ante los acontecimientos que le toque vivir. Si cobardemente se adapta a las circunstancias, lo más probable es que se vea libre de problemas, pero a costa de no cumplir con la misión que se le ha confiado.

Por eso, desde el primer momento, quiere la Iglesia auxiliarlo con la gracia divina, para que el poder de Dios le ayude a responder convenientemente cuando así lo requieran las circunstancias.

Además, el cristiano debe ser un imitador de su Maestro, y de este dice san Pedro que "pasó haciendo el bien" (Hechos 10,38). Así mismo debería hablarse de todo discípulo, pues su tarea no es tan sólo combatir el mal sino, sobre todo, hacer el bien dondequiera que se encuentre.

EL AGUA

De todos los dones materiales que Dios ha dado al hombre, es posiblemente el agua uno de los más útiles en todo sentido. Nuestro organismo requiere de él, de tal ma-nera que no puede pasar mucho tiempo sin sentir su necesidad. Más fácilmente pasa el hombre sin alimentos que sin agua.

Pero, además, el agua nos brinda una multitud de servicios nada despreciables.

AGUA Y VIDA

¡En el principio el espíritu del Señor aleteaba sobre la superficie de las aguas! Estas son de las primeras palabras que leemos en el primer libro de la Biblia, el Génesis (1,2). Hoy los científicos hablan de que primero hubo vida en el agua, y luego de allí salieron las distintas especies vivientes.

No está lejos, en realidad, este concepto de lo que nos dice la Escritura. De acuerdo a las páginas sagradas, los primeros animales poblaron los océanos.

El agua serviría también como instrumento de purificación. Los humanos, tiempo después de haber Dios formado la primera pareja, eran numerosos sobre la tierra, y cometían toda suerte de pecados y liviandades, de tal forma que el Creador se sintió arrepentido de su obra.

Por ello decidió destruir lo que había hecho, decretando un diluvio que arrasaría con todos los vivientes, excepción hecha de Noé y su familia (Ver Génesis, capítulos 6-9).

El agua lavó los pecados, aunque después los humanos volverían a sus andanzas, desistiendo de tomar por el camino correcto.

LA SALVACIÓN POR CRISTO

Como una prueba de su amor total y definitivo por nosotros, Jesús entregó su vida en el Calvario. Y allí, inmediatamente después de su muerte, dejó escapar de su costado, atravesado por una lanza, unas gotas de sangre y de agua.

En ello han visto los comentaristas un símbolo de los dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía.

En realidad, si no hubiera sido por la muerte del Señor, el agua no tendría ningún poder salvífico para nosotros. Como las antiguas abluciones judías, o el mismo bautismo de Juan, sólo hubiera significado nuestro arrepentimiento por nuestros pecados.

Pero el agua del Bautismo tiene un poder salvador porque en su aplicación se encuentra la acción vivi-ficante del Espíritu Santo, que permite que seamos lavados interiormente y renazcamos a una vida en libertad como hijos de Dios.

RENUNCIA Y COMPROMISO

Como los niños no tienen capacidad para entender el gran regalo que reciben de Dios, son los padres y los padrinos, estos últimos como representantes de la comunidad de la Iglesia, los que actúan por ellos.

San Agustín, refiriéndose a esto decía: "La Madre Iglesia presta a los niños su boca maternal, a fin de que sean abrevados en los santos misterios, ya que ellos no pueden todavía creer con su propio corazón para la justicia, ni confesar la fe para la salud por su propia boca" (De los méritos y los propios pecados).

Por eso, antes de recibir el agua regeneradora, se invita a los padres y padrinos, en nombre de los niños, a comprometerse solemnemente, renunciando a las obras del mal y confesando su fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El pecado significa esclavitud. De ella nos libró Jesús con su muerte y resurrección. El pecado significa la adoración a las criaturas y la renuncia a la gracia de Dios.

Hoy en día estamos, como lo estaban los hebreos en los tiempos antiguos, inclinados a imitar las acciones de los paganos, que adoran ídolos falsos como si fueran verdaderos dioses.

La idolatría sigue siendo una constante tentación en nuestro camino. Hoy hay otros ídolos: el lujo, el dinero, los placeres, el sexo ilícito y otras atracciones que toman el mismo lugar de los ídolos. El mundo sigue siendo pagano.

El cristiano debe estar dispuesto a apartarse del uso irracional de las cosas que Dios ha creado, utilizándolas con el recto sentido de instrumentos para nuestro bien.

Mirándolo correctamente, nada es malo, pues todo ha sido creado por Dios. Pero la situación malsana con que a veces desviamos la finalidad de las cosas, las convierten en obstáculos a la santidad de vida, que es consecuencia directa de nuestra filiación divina.

El mal nos seduce y nos domina. Tiene agradable aroma y disfraces multicolores que dislocan nuestros sentidos y nuestra mente. Si no cuidamos la gracia recibida, fácilmente nos encontramos intercambiándola por cualquier espejismo que se nos ofrece como si fuera el motivo de nuestra felicidad.

Por eso el cristiano debe vivir alerta, como nos amonestaba san Pedro: "Sean sobrios y estén despiertos, porque su enemigo, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quien devorar. Resístanle firmes en la fe, sabiendo que nuestros hermanos dispersos por todo el mundo enfrentan semejantes persecuciones" (1a. Pedro 5,8-9).

Hemos sido llamados a la santidad: "El que a ustedes los llamó es Santo, y también ustedes han de ser santos en toda su conducta, según dice la Escritura: Ustedes serán santos porque Yo lo soy" (1a. Pedro 1,15-16).

Esta santidad de vida ha de mostrarse sobre todo en la práctica del amor. Así nos lo hace ver el propio Jesús infinidad de veces, cuando nos muestra que el Reino de los Cielos es hacer la voluntad del Padre. Claramente nos habla de que cuando llegue el Juicio Final tendrá validez aquello que hayamos hecho con nuestros prójimos, sin importar que sean pequeños, inválidos o infelices.

San Juan afirma: "El que dice: "Yo amo a Dios", y odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios a quien no ve, si no ama a Dios, a quien ve? El mismo nos ordenó: El que ame a Dios ame también a su hermano" (1a. Juan 4,20-21).

CREER ES COMPROMETERSE

No son pocos los que afirman que creen, sin saber, a ciencia cierta, lo que están diciendo. Cuando se hurga un poco en su interior, nos enteramos de que no tienen un conocimiento claro del objeto de su fe.

Ya sabemos que la Iglesia ha ido por pasos, como lo mandó el Señor. Por eso la labor primera es la evangelización. Esta consiste en el anuncio de la Buena Noticia de nuestra salvación a través de Jesucristo, que por nosotros murió y resucitó.

Pero luego se requiere completar este principio con una enseñanza más amplia de las verdades reveladas por el propio Dios, y que la Iglesia ha recibido como un sagrado depósito, para darlas a conocer a los hombres.

Por eso se necesita de la catequesis, que como ya dijimos, tiene que ver con la instrucción de viva voz que se ofrece a los que se preparan para recibir el Bautismo.

Para los niños, lógicamente, es imprescindible aplazar esto para una época posterior. Por eso los adultos que los representan, padres y padrinos, adquieren la grave responsabilidad de que, llegado el tiempo, aquellos reciban la suficiente instrucción que los capacite para seguir avanzando en el conocimiento de Dios y su relación con El.

Por eso es requisito indispensable que padres y padrinos sean creyentes, o de lo contrario puede asegurarse de antemano que tal compromiso no va a ser cumplido de ninguna manera.

Esa es la razón por la que, en el rito sacramental, hay un momento especial en el que padres y padrinos confiesan su fe en la Santísima Trinidad y en las principales verdades que la Iglesia nos enseña.

No podemos creer, con todo, en la veracidad de esa profesión de fe si los responsables del niño no viven cristianamente. Porque, y esto es bueno recalcarlo, creer es comprometerse. Por ello, todo el que afirma tener fe ha de demostrarlo con sus obras.

Así dice Santiago: "Hermanos, ¿qué provecho saca uno cuando dice que tiene fe, pero no la demuestra en su manera de actuar? ¿Acaso lo puede salvar su fe? Si a un hermano o a una hermana les falta la ropa y el pan de cada día, y uno de ustedes le dice: "¡Que les vaya bien; que no sientan frío ni hambre!", sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe si no se demuestra por la manera de actuar: está completamente muerta" (2,14-17).

Pasa con demasiada frecuencia que, después que un niño es bautizado, ya no vuelve a entrar en contacto con la Palabra de Dios ni con un ambiente cristiano, porque ni los padres ni los padrinos se ocupan de instruirlo ni de darle ejemplos de vida cristiana. Entonces sucede que la semilla divina que en ellos quedó depositada se pierde casi irremisiblemente.

LA SANTA IGLESIA

La vida pública de Jesús estuvo dirigida, en buena parte, a preparar a los que habían de constituir su Iglesia después que El ascendiera al Padre.

La palabra "iglesia" proviene del griego, y significa asamblea o reunión. Con ella designamos al Pueblo de Dios, reunido por la convocación de la Palabra divina.

Jesús escogió, de entre sus discípulos, a doce de ellos, a quienes llamó apóstoles o enviados. Así como el Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento estuvo sustentado en las doce tribus de Israel, como doce eran los hijos varones de Jacob, así también Jesús quiso que el Pueblo de la Nueva Alianza tuviera su base en los doce apóstoles.

De entre ellos eligió a Pedro para que fuera como la cabeza visible de la naciente Iglesia.

En una ocasión Jesús preguntó a los doce sobre la opinión que la gente tenía de él. Luego de la respuesta, Jesús volvió a preguntar: "- Y ustedes, ¿quién dice que soy Yo? Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mateo 16,15-19).

Era lógico que un organismo vivo, como el Pueblo de Dios, debía tener una estructura, con dirigentes responsables de mantener la enseñanza de la Palabra divina y de afirmar la unidad en la misma fe.

Se entiende que la Iglesia nació el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió en forma de lenguas de fuego sobre los discípulos. Y ese mismo día comenzó su crecimiento cuando unos tres mil aceptaron la Palabra de Dios predicada por Pedro y los otros apóstoles, y fueron bautizados.

Pero posteriormente la Iglesia tuvo que enfrentarse a multitud de obstáculos, que incluyeron terribles persecuciones, tal y como lo había anunciado el propio Jesús. La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, diría Tertuliano.

En los primeros tiempos la Iglesia se distinguió por la vida comunitaria de sus miembros. Entre ellos reinaba el amor y lo que tenían lo compartían con los más pobres. Este ideal, lamentablemente, no siempre ha podido ser mantenido.

La unión de toda la Iglesia se expresaba por la celebración de la Eucaristía, asamblea en la que los cristianos se reunían para dar gracias a Dios, escuchar su Palabra, orar en común y renovar el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, tal y como El había ordenado. De esta asamblea sacaban la fuerza para continuar adelante a pesar de todas las dificultades que se les presentaban.

Posteriormente la Iglesia llegó a ser una institución fuerte y respetada. Los mismos ideales primeros la animaban, aunque se fueron notando ciertas resquebrajaduras, producto de la naturaleza pecadora de sus miembros.

Y es que la Iglesia, aunque santa por la asistencia del Espíritu y la presencia de Jesús, es también humana y por tanto limitada como todos los que la forman.

Pero, a pesar de todas las manchas que notamos en la historia de veinte siglos, podemos confiar en que las promesas del Señor se han cumplido totalmente en Ella. Cualquier otra institución hubiera desaparecido al tener que pasar por tantas vicisitudes. Pero la Iglesia, lejos de desaparecer, emerge de cada crisis siempre más fuerte y restablecida, especialmente para brindar a los seres humanos el servicio de su misión salvadora.

Hoy, aunque muchos viven alejados de Ella, se la mira con respeto. No todos tienen una idea clara de su naturaleza, y sólo se fijan, quizás, en algunas características que la hacen aparecer demasiado humana, con todos los defectos que esto conlleva. Pero, fundamentalmente, la Iglesia sigue siendo el Pueblo de Dios en marcha hacia la Patria Prometida, el Reino de Dios.

Por eso creemos en la Iglesia Santa, ya que ella es signo vital, sacramento de Cristo, medio maravilloso por el que Dios nos conduce hacia la eterna salvación.

Creer en la Iglesia es, más que nada, pertenecer conscientemente a Ella. Bautizarse es también comenzar a ser miembro de ese Pueblo de Dios. El cristiano debe vivir los ideales de Cristo, participando dentro de una comunidad concreta, que unida a todas las otras que forman la Unica Iglesia, por el amor, la esperanza y la fe, proclaman a un solo Señor a Quien adoran y sirven.

EL PERDÓN DE LOS PECADOS

El pecado constituye la mayor tragedia espiritual en la vida de un ser humano. Por eso vemos sus terribles consecuencias aún en otros aspectos de la vida de los hombres.

Por el pecado la humanidad quedó separada de Dios, y sólo el sacrificio redentor de Cristo hizo posible el reencuentro entre el Creador y su criatura.

Es difícil que podamos comprender el verdadero alcance del pecado, ya que viéndolo bien constituye un misterio. ¿Cómo puede el hombre cometer una ofensa tan grande a Dios siendo él comparativamente tan insignificante al lado del Altísimo?

Desde el punto de vista humano el pecado es miseria. Pero constituye una realidad tan desagradable a los ojos divinos que adquiere dimensión de ofensa insoportable.

Si no fuera por la misericordia de Dios el pecado constituiría una ruina irreparable. "Señor, si no te olvidas de las faltas, ¿quién podrá subsistir? Mas el perdón se encuentra junto a Ti: por eso te veneran" (Salmo 129).

Dios ha querido darnos una serie de normas que, bien analizadas, representan el mejor camino para la felicidad. Alguien decía: Si Dios prohíbe algo es porque es malo, no es que algo sea malo porque Dios lo prohíba. Esto significa que lo que el Señor nos manda o nos prohíbe es para nuestro bien.

Cuando el hombre pretende saber más que su Creador, y se rebela ante sus justos designios, se convierte en un pecador. El pecado es ejercer la propia voluntad en contra de la divina.

Por eso, para que exista verdadero pecado se requiere que el hombre sea capaz de decisión libre. Cuando alguien hace algo en contra de su voluntad, sin consentir internamente en aquello que realiza, no se le puede imputar verdadero pecado.

Con todo, Dios comprende las li-mitaciones de sus criaturas. El, que nos ha hecho, sabe del pie que cojeamos. Por eso está atento al arrepentimiento y siempre perdona. Así lo vemos en la parábola del Hijo Pródigo.

Por muy grandes que sean los pecados de un ser humano, siempre habrá posibilidad de reconciliación. Jesús sólo exceptúa el pecado contra el Espíritu Santo, que consistiría en un rechazo consciente a la misericordia divina. Nadie puede ser perdonado si se niega a arrepentirse.

En eso creemos, porque así nos lo ha enseñado el propio Jesús. "Entonces Pedro se acercó y le dijo: -"Señor, ¿cuántas veces debo perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?" Jesús le contestó: - "No digas siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mateo 18,21).

Es decir, que no sólo debemos estar prestos a pedir perdón sino a perdonar a aquellos que nos ofenden. La oración que Jesús puso como modelo a sus discípulos se dirige por este camino: "Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden" (Mateo 5,12).

El reconocimiento de los propios pecados es una forma de andar en la verdad. "Si decimos: Nosotros no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la Verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, El, por ser fiel y justo, nos perdonará nuestros pecados, y nos limpiará de toda maldad. Decir que no hemos pecado sería afirmar que Dios miente: entonces su palabra no estaría en nosotros" (1a. Juan 1,9-10).

El que ama a Dios y reconoce con humildad sus pecados encuentra en El el perdón y la paz.

LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

Podría afirmarse, sin lugar a dudas, que la resurrección de los muertos constituye el eje principal de la fe, al menos desde un punto de vista lógico.

Porque, si la muerte fuera el final de todo, de modo que más allá sólo existiera la nada, la misma vida sería un absurdo, algo sin razón de ser.

Lastimosamente tendríamos que concluir, si aceptáramos tal premisa, que todo esfuerzo sería inútil. Los malvados tendrían razón, y sólo ellos sabrían vivir. Los demás, los que tratan de cumplir con sus deberes y llevar una vida digna de hijos de Dios serían unos insensatos, condenados a desaparecer irremisiblemente igual que los otros.

Ya los antiguos incrédulos tenían una máxima que compendia esta forma de pensar: "Comamos y bebamos que mañana moriremos".

La corriente materialista que invade hoy muchos ambientes se adhiere a esta verdad. De ahí que esté de moda entre muchos el llamado"hedonismo", que consiste en la búsqueda del placer a como dé lugar.

Ya de ello se percató san Pablo al afirmar: "Y si sólo para esta vida esperamos en Cristo, somos los más infelices de todos los hombres" (1ª Corintios 15,19).

Por eso el apóstol insiste en su 1ª Carta a los Corintios sobre esta verdad, síntesis de todas las promesas hechas por Dios a los hombres. La misma venida de Cristo habría sido completamente inútil si la muerte se llevara, al final, la suprema victoria.

"Pues bien, si se predica que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo algunos de ustedes dicen que los muertos no resucitan? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Pero si Cristo no fue resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada ni queda nada de lo que ustedes creen. Y se sigue, además, que nosotros somos falsos testigos de Dios, puesto que hemos afirmado de parte de Dios que resucitó a Cristo, siendo que no lo resucitó, si es cierto que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco resucitó Cristo. Y si Cristo no resucitó, no pueden esperar nada y ustedes siguen en sus pecados" (15,12-17).

Es bueno hacer constar que los judíos, influenciados por diversas corrientes ideológicas provenientes de los pueblos paganos, andaban divididos a este respecto. Los fariseos creían en la resurrección, pero no así los saduceos, unos y otros formando importantes grupos entre los judíos del tiempo de Jesús.

Estos últimos trataron en una ocasión de poner a Jesús en ridículo, preguntándole sobre este particular. Y El, luego de contestarles según el ejemplo que le habían presentado, afirmó tajantemente: "Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo da a entender en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven por él" (Lucas 20,37-38).

Hablando con Marta, la hermana de Lázaro, a quien había de resucitar instantes después, Jesús afirma: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y el que vive y cree en mí no morirá para siempre" (Juan 11,25-26).

La resurrección, como vemos, está claramente expresada en las Escrituras. Y los cristianos de los primeros tiempos hacen gala de esa fe en la resurrección al dejarse matar antes que renunciar a la creencia que había abierto nuevos horizontes en sus vidas.

Bien claro queda, pues, que sería totalmente incompatible el llamarse uno cristiano y rechazar la verdad que da valor a todas las otras, pues, como se dijo, todas las enseñanzas acerca de Dios y de la vida sobrenatural carecerían de importancia. ¿Cómo creer y menos amar a un Dios que nos crea para luego condenarnos a desaparecer irremisiblemente?

No tendría ningún sentido el culto cristiano, ni las iglesias, ni las ceremonias, ni los ayunos y oraciones. ¿Qué buscamos con ello si la nada nos espera al cruzar el umbral de la muerte?

¿Para qué sacrificarse si, al final, malos y buenos serán medidos con el mismo rasero? Por eso es lógico que un pagano huya del esfuerzo, se entregue a todo tipo de excesos, y haga rodar su vida por la pendiente del libertinaje. Ciertamente admirable es la actitud de aquellos que, aún negando la resurrección, se afanan por cumplir con su deber y luchan por algo que consideran un ideal, por el que a veces son capaces de entregar la vida.

El saber que vamos a resucitar es un poderoso estímulo para aceptar penalidades y privaciones, renunciando a las tentaciones de la vida fácil y comprometiéndonos a una entrega amorosa por el bien de los hermanos. Sabemos que no combatimos por algo que se marchita, sino por la corona inmarcesible de la gloria (1ª Corintios 9,25).

LA VIDA ETERNA

Nuestra existencia actual pertenece, como parte de un todo, a una vida que, si bien ha tenido principio, se nos ha prometido que no tendrá fin. Nuestra capacidad limitada de comprensión no puede hoy entender completamente esta verdad, ya que más allá de la muerte la vida se dilata en una dimensión desconocida e inexplorada por el ser humano.

Por eso todo lo que se diga acerca de la vida eterna sería un pálido reflejo de esa realidad, ya que mientras estemos en la tierra nos vemos imposibilitados de captar algo tan diferente a lo que ahora experimentamos.

Jesús es el único que nos puede hablar de lo que hay más allá de la muerte, ya que El ha sido el que ha bajado del cielo. Sin embargo, sólo lo hace en parte, dado que sería imposible expresar con palabras lo que nosotros ni siquiera podemos imaginar. El nos enseña de acuerdo al grado de captación que tenemos, de modo que la gran mayoría de las cosas han quedado en penumbras, aguardando el día en que podamos conocerlas directamente.

San Pablo, como si hablara de una tercera persona, nos expone que le fue concedido experimentar la gloria de los bienaventurados, para concluir que no tiene palabras para explicarnos lo que vio y oyó.

"De cierto creyente sé esto: hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo. Si fue en el cuerpo o fuera del cuerpo, eso no lo sé, lo sabe Dios. Y yo sé que ese hombre, sea con cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, lo sabe Dios, fue arrebatado al paraíso donde oyó palabras que no se pueden decir: son cosas que superan la capacidad del hombre" (2ª Corintios 12,2-4).

Lo que sí sabemos es que el Reino de los Cielos tiene que ser algo que llene todas nuestras aspiraciones y deseos. Allí quedará colmada nuestra ansia de felicidad y se nos dará una alegría que nadie jamás nos podrá quitar.

De ese Reino de los Cielos es de lo que nos habla constantemente Jesús en las páginas de los evangelios. A darnos a conocer sus grandezas dedica casi toda su predicación. Lo compara a un tesoro escondido en un campo, que habiendo sido encontrado por uno que pasaba, va y vende todo lo que tiene para poder comprar el campo y quedarse con el tesoro.

Esto significa que el Reino de los Cielos es el único tesoro por el que bien vale la pena perderlo todo. Porque, poseyéndolo, nada más nos es necesario.

Tan acostumbrados estamos a encontrarle un sitio a cada cosa, que entendemos que el cielo o su antítesis, el infierno o Reino del mal, están en lugares perfectamente ubicables. Este es un concepto errado, puesto que en esa dimensión que llamamos la vida eterna no habrá ni tiempo, ni espacio, ni lugar. De forma que no podemos decir que el cielo se encuentre en un sitio determinado.

Hoy, para que lo comprendamos mejor, se habla de un estado, de una existencia totalmente diferente a la actual, en la que todo será perfección, en el caso del cielo, y no nos veremos limitados por pesas y medidas.

A pesar de su lenguaje algo misterioso, es el libro del Apocalipsis o Revelación el que con más optimismo se refiere al siglo futuro. Y es que este último libro de las Sagradas Escrituras es un canto al triunfo definitivo de Cristo y a la instauración de su Reino eterno y universal.

Especialmente todo el capítulo 21 es una bellísima descripción de la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén, en la que podemos descubrir, aunque todavía con las sombras de las limitaciones materiales, la grandeza de lo que es y será la morada de Dios y de los hombres. Pero es bueno recordar que al final se consigna: "No, no entrarán los que cometen maldad y mentira, sino solamente los que están escritos en el Libro de la Vida del Cordero" (versículo 27).

Por eso Cristo no se cansa de avisarnos que debemos vivir preparados, para que cuando llegue el Hijo del Hombre nos encuentre aguardándolo y podamos entrar con El a disfrutar de la gran fiesta eterna.

Nuestro premio será poder ver a Dios cara a cara y disfrutar de esa plenitud de amor que ahora nos es imposible alcanzar, inclinados como estamos al egoísmo y la propia complacencia.

Todo ello constituye el motivo de nuestra esperanza, y el mejor acicate en medio de los trabajos de la vida. Así podremos llegar un día a ser testigos de aquello que nos refiere Pablo: "En aquel día el Señor dará a ver su gloria en medio de sus santos, mostrando las maravillas que hizo para todos los creyentes: entre los cuales están ustedes que han recibido nuestro testimonio" (2ª Tesalonicenses 1,10).

POR EL AGUA Y LA PALABRA

Ya se dijo que lo usual en los primeros siglos era el bautismo por inmersión, que se realizaba, ordinariamente, en una especie de piscina o pileta especialmente preparada para estos casos.

Hoy, lo más corriente es el bautismo por aspersión, que consiste en derramar sobre la cabeza del bautizando por tres veces el agua, mientras se pronuncian las palabras: "N. Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo".

Esto no significa que no se pueda usar la inmersión, pero por razones prácticas se prefiere el otro sistema, aúun cuando el primero tenga más riqueza en su simbolismo.

De todas maneras, lo fundamental no es el rito exterior, sino la transformación interna que se opera en el sujeto, de la que el rito es sólo una expresión sensible.

Esto es lo que sucede con todos los sacramentos, y por eso han sido definidos como los signos sensibles que significan y producen la gracia. El lenguaje de los ritos nos habla de la actuación de Dios en el interior del individuo. Como ésta no puede verse, las ceremonias se encargan de proyectanos su realización.

Así lo que vemos no es lo importante. Lo que no vemos lo es. Pero como seres humanos que somos necesi-tamos ver y oír para de alguna manera comprender lo que Dios realiza.

Aunque en el Bautismo solemne el agua que se usa es la bendecida en la Vigilia Pascual o la que el celebrante bendice durante la celebración misma del Bautismo, cuando existe peligro de muerte cualquiera puede bautizar usando agua natural, que no ha de estar bendecida, con tal de que se tenga la intención de hacer lo que la Iglesia hace y pronunciar las palabras que ya antes mencionamos, mientras, al mismo tiempo, se derrama agua por tres veces sobre la cabeza del bautizando.

En el Bautismo solemne el ministro suele ser el obispo, el sacerdote o el diácono. En el Bautismo realizado en peligro de muerte cualquier persona, hombre o mujer, no importa siquiera que esté bautizada o no, tiene la capacidad para ejercer este ministerio.

EL SANTO CRISMA

Después de la aspersión el ministro unge la cabeza del bautizado con otro de los aceites bendecidos por el Obispo durante la Semana Santa. Se trata del Santo Crisma, que es una mezcla de aceite y perfumes, y que significa la consagración del bautizado como miembro del pueblo de Dios.

Esta unción recuerda las que, en el Antiguo Testamento, se hacían a los profetas, a los reyes y a los sacerdotes, ya que el cristiano pertenece a una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios eligió para que fuera suyo y proclamara sus maravillas (ver 1ª Pedro 2,9).

Ya el nuevo bautizado tiene derecho a proclamar las maravillas de Dios y a ofrecer, juntamente con Cristo, el sacrificio eucarístico, renovación sacramental del ofrecimiento de Jesús en el Calvario. El bautismo da derecho al cristiano a comer del alimento sagrado que el Maestro dejara como prenda de futura salvación y sostén durante el presente peregrinaje, sus propios Cuerpo y Sangre, presentes bajo las especies de pan y vino.

Esto nos da una idea de la tremenda dignidad del cristiano, y también de su gran responsabilidad.

Esa unción es como un sello sagrado que dará caracter permanente a la condición del bautizado. Su consagración solemne como templo de Dios tendrá que recordarle, día a día, que tiene una misión que cumplir.

Nos llamamos cristianos, así, a la ligera, pero en ocasiones damos testimonios negativos cuando hacemos tan poco para transformar el ambiente en que nos toca vivir.

Pretendemos conformar naciones cristianas, cuando la realidad social que presentamos es con frecuencia totalmente contraria al espíritu del Evangelio. Odios, egoísmos, ambiciones, corrupción, injusticia y otros males de sobra conocidos imperan en países donde se habla de la existencia de una mayoría de cristianos.

¿Qué podrán pensar de nosotros los que no lo son? Pues que el llamarse cristiano es una mera fórmula que nada resuelve, pues en la práctica vivimos como si fuéramos paganos.

Nos declaramos seguidores de Quien dijo: "Ámense los unos a los otros", pero muy lejos estamos de ofrecer un cuadro alentador al respecto. Nuestras llamadas naciones cristianas adolecen de profundos defectos que demuestran a las claras que sus gobernantes y ciudadanos no ponen en práctica las enseñanzas del Divino Maestro.

Estamos malgastando la sal que debemos ser, ya que no hemos podido dar buen sabor al ambiente en que vivimos. Nos engañamos terriblemente si pretendemos aparentar lo que no somos, en absoluto, capaces de ser.

Si fuéramos de verdad cristianos nuestras naciones aparecerían como modelos ante las demás. Ridículo sería que afirmásemos siquiera algo parecido. Y todo eso, porque olvidamos con demasiada frecuencia que haber sido consagrados en el Bautismo implica un comportamiento, una manera de pensar y unas actitudes concretas, según lo que Jesús enseñara para ser cumplido por sus verdaderos discípulos.

LA VESTIDURA BLANCA

Fue costumbre primitiva el que al nuevo cristiano se le revistiera, luego de salir del agua, con una vestidura blanca, figura del hombre nuevo en el que había sido transformado por la acción de Dios.

El hecho de ser blanca parece que se explica porque de ese color eran, según la descripción de Lucas, las ropas de Jesús en el momento de la transfiguración: "Y mientras estaba orando, su cara cambió de aspecto y sus ropas se pusieron blancas y brillantes" (9,29).

San Juan, en su Apocalipsis, dirá que los elegidos vestirán de blanco en el Reino: "Después de esto vi un gentío inmenso imposible de contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua que estaba de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de blanco" (7,9).

El bautizado, habiendo resucitado con Cristo, debe vivir como ciudadano del cielo. Y aunque sus ropas habituales puedan ser de cualquier color, debe esforzarse por mantener una integridad y pureza en todas sus acciones que sean dignas de los que adoran al Cordero.

Por su parte san Pablo nos explica que "todos ustedes fueron bautizados en Cristo y se revistieron de Cristo" (Gálatas 3,27), dándonos a entender que el haber recibido la vestidura blanca es símbolo de un revestimiento interior que nos permite actuar como si fuésemos otros Cristos.

Es bueno aclarar que en la primitiva Iglesia los bautizandos, antes de entrar en el agua, se despojaban de todo lo que llevaban encima, anunciando con ello su deseo de renunciar a todo lo que significaba su pertenencia al hombre viejo. Este gesto implicaba un cambio de mentalidad, una conversión de vida que iba a hacer realidad el propio sacramento.

Vestirse de la nueva ropa, símbolo de Cristo, era aceptar una vivencia distinta a la anterior. Lo que importa, en definitiva, no es el traje, sino el compromiso interno de vivir como resucitados.

LUZ DE CRISTO

Uno de los últimos ritos bautismales es la entrega de un cirio encendido. Con ello se quiere recordar al bautizado que deberá vivir siempre preparado para la venida del Señor.

Este rito hace referencia a aquella parábola de Jesús en la que relata que diez muchachas fueron invitadas a formar parte de la corte de honor en una fiesta de bodas. Debían recibir al novio, y como éste llegaría tarde en la noche, tenían que esperarlo con lámparas en sus manos. De las diez, cinco eran inteligentes y cinco tontas. Las primeras llevaron sus lámparas con suficiente aceite. Las otras no se preocuparon y acudieron impreparadas. Cuando a la medianoche llegó el novio, sólo las inteligentes pudieron acompañarlo, mientras las tontas iban a buscar el aceite que les faltaba. Al regresar, la puerta se había cerrado. Ellas gritaron: - ¡Señor! ¡Señor!, ábrenos. Pero el respondió: En verdad no las conozco. La conclusión de Jesús fue: Por eso, permanezcan vigilantes, ya que no saben ni el día ni la hora (ver Mateo 25, 1-15).

También la entrega del cirio hace referencia a las palabras de Jesús: "Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8,12). En el mismo cirio podemos ver un símbolo de Jesucristo, que muriendo y resucitando nos permite pasar de la oscuridad del pecado a la luz de la libertad.

Pablo, recordando que Jesús había dicho también a sus discípulos: "Ustedes son la luz del mundo" (Mateo 5,14), nos dice que "en otro tiempo ustedes eran tinieblas, pero en el presente son luz en el Señor. Pórtense como hijos de la luz: los frutos que produce la luz son la bondad, la justicia y la verdad bajo todas sus formas" (Efesios 8,8-9).

Una vez más, por tanto, se hace hincapié en la responsabilidad del cristiano. Tiene que ser luz, iluminando como Cristo a los demás, con las buenas obras, que no deben ser para ocultarlas, sino para que inspiren a los demás a hacer lo mismo.

Desde luego que hay un peligro cuando realizamos una buena acción sólo para que los demás nos vean. Esto sería burdo exhibicionismo para conseguir aplausos o alabanzas. No se trata de eso, sino de que confesemos nuestra fe, públicamente, actuando en consecuencia con lo que creemos.

El ejemplo del cristiano al obrar conforme al espíritu del Evangelio debe ser una luz poderosa que ayude a los incrédulos. Por el contrario las malas acciones de los discípulos de Cristo constituyen un antitestimonio que puede acarrear graves daños a quienes las contemplan.

EL PADRE NUESTRO

Por el Bautismo el cristiano ha quedado incorporado a la familia de los hijos de Dios. En adelante uno será su Padre, el que está en el cielo.

Esta filiación divina que se alcanza por el sacramento es el mayor don que el Señor concede a los que han sido rescatados por la preciosa Sangre de su Hijo Unigénito.

San Pedro nos dice: "Ustedes llaman Padre al que no hace diferencia entre las personas, sino que juzga a cada uno según sus obras; tomen en serio estos años en que viven fuera de la Patria". (1ª Pedro 1,17).

Y san Pablo: "Ustedes no recibieron un espíritu de esclavos para volver al temor, sino que recibieron el Espíritu que los hace hijos adoptivos, y que los mueve a exclamar: Abba, Padre. El mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos. Nuestra será la herencia de Dios, y la compartiremos con Cristo; pues si ahora sufrimos con El, con El recibiremos la gloria" (Romanos 8,15-17).

Así se cumple aquello que dice san Juan en el prólogo de su evangelio: "Pero a todos los que lo han recibido y que creen en su nombre, les ha dado poder para llegar a ser hijos de Dios, pues El no nació de la carne ni de la sangre, sino que ha nacido de Dios" (1,12-13).

El cristiano debe por tanto estar consciente de que ya no es una oveja perdida, sino que cuenta con un Padre amoroso que quiere su salvación eterna. Este Padre, queriéndonos salvos, envió a su Unico Hijo para que, haciéndose hombre como nosotros, cargara sobre sí los pecados de la humanidad, y entregándose en la cruz al poder de la muerte, destruyera la esclavitud que pesaba sobre los nacidos de mujer.

Criaturas de Dios, hemos sido elevados a la altísima condición de hijos de un Padre que, al crear al hombre, lo hizo a su imagen y semejanza. Esto, desde luego, sin mérito propio alguno, sino únicamente en virtud de la bondad y generosidad de Dios.

El hombre difícilmente puede calibrar en toda su dimensión esta dignidad especial. Por eso tan fácilmente se aleja, como hijo pródigo, de la casa paterna. La fascinación que ejerce el pecado lo hace capaz de renegar, aunque sea por momentos, del que le ha dado todo a cambio de nada.

Al final del rito bautismal se quiere recalcar esta verdad de la filiación divina al recitar, padres y padrinos en nombre de los niños, la oración que el mismo Cristo enseñara a sus apóstoles: el Padre Nuestro.

Con ello unos y otros se compro-meten a transmitir, a su debido tiempo, esta verdad fundamental a los que Dios y la Iglesia ponen bajo su cuidado.

BENDICIÓN FINAL

La ceremonia del sacramento bautismal termina con varias bendiciones que el ministro pronuncia sobre las madres, los padres, los padrinos y todos los fieles reunidos.

En ellas se pide para que las madres, al mismo tiempo que agradecen el nacimiento de sus retoños, gocen contemplando su crecimiento físico y espiritual.

Para que los padres, que comparten la grave responsabilidad de ser representantes de Dios, principio y modelo de toda paternidad, puedan conducir a sus hijos hasta la plenitud del compromiso cristianos.

Y para que todos, padrinos y fieles, se vean libres del mal y vivan en la paz y la felicidad.

LA OFRENDA POR EL BAUTISMO

¿Se paga el Bautismo? ¿Es que acaso la sangre de Cristo puede ser comprada? En realidad son muchos los que piensan de la Iglesia y sus sacramentos con una mentalidad mercantilista. Esto se debe, en parte, a que ha faltado, quizás, un trabajo que haga conscientes, a todos los cristianos, de la seria obligación que tienen de sostener los gastos que origina la constante atención espiritual que la Iglesia les brinda.

Para que la Iglesia pueda desempeñarse dentro del ministerio que le ha sido asignado por el propio Cristo, y pueda tener un servicio permanente a todos los que buscan en Ella la Palabra de la Verdad y la luz de la Fe, se necesita del apoyo de los creyentes.

Pero esta obligación es bastante olvidada por algunos que, faltos de formación, no están dispuestos a cooperar económicamente en la medida de sus posibilidades.

De ahí resulta que a la Iglesia no le haya quedado más remedio, en muchos lugares, que aprovechar, para hacer cumplir a los fieles sus obligaciones económicas, los grandes momentos en los que todos suelen participar: Bautismo, Matrimonio y funerales.

Con todo, siempre será preferible que cada familia, en nombre del niño, ofrezca la ofrenda que buenamente pueda, libre y espontáneamente, pero sin pensar que está pagando por algo a lo que jamás nadie podría poner precio.

Como decía san Pedro: "No olviden que han sido liberados... no con algún rescate material de oro o plata, sino con la sangre preciosa del Cordero sin mancha ni defecto" (1ª Pedro 1,18).

LA PARTIDA DE BAUTISMO

Data de muy antiguo la costumbre de anotar cada uno de los Bautismos que se realizan, a fin de llevar una relación pormenorizada de los mismos. Por ello, en todas las parroquias se guardan gruesos libros que contienen los datos personales de los cristianos.

Esta tarea organizativa rinde sus beneficios en muchas ocasiones, aparte de que es una constancia del permanente crecimiento de la Iglesia.

Su principal aplicación, en términos generales, es asegurar que sin el Bautismo alguien pueda recibir los otros sacramentos. Pueden darse casos en los que existan serias dudas de que el Bautismo haya sido administrado, lo que puede ser aclarado fácilmente mediante la presentación de la partida correspondiente.

También es importante, en cuanto a otros sacramentos se refiere, porque en la partida debe aparecer una nota marginal si es que la persona ha contraído matrimonio o ha recibido las Ordenes Sagradas. Su ausencia supone que no existe impedimento en el caso de que la persona quiera recibir el sacramento matrimonial.

Por supuesto que puede haber errores, pero éstos, ordinariamente, son las excepciones.

LA VIDA CRISTIANA EN COMUNIDAD

Como colofón de todo lo que hemos dicho hasta ahora, es conveniente recordar que siendo el Bautismo el sacramento que nos introduce como miembros del Pueblo de Dios, su efecto quedaría totalmente anulado si el nuevo cristiano vive luego desvinculado de la vida de la Iglesia.

No se trata simplemente de cumplir con el llamado precepto dominical, porque hay personas que asisten regularmente a Misa, pero lo hacen como si se tratara de una devoción particular, pasada la cual no queda ningún lazo ni relación con los demás miembros de la comunidad.

El cristianismo, desde sus comienzos, estuvo marcado por su espíritu comunitario. La base de la Iglesia fue la pequeña comunidad que formaban Jesús y sus apóstoles. Luego, lentamente, se fue ensanchando esta base a medida que aumentaba el número de los creyentes, pero manteniendo siempre la estructura comunitaria.

Las cartas de san Pablo a los grupos cristianos de diversas ciudades, además de las narraciones del libro de los Hechos de los Apóstoles, son prueba fehaciente de esta verdad.

Esta estructura se perdió, lamentablemente, con el correr de los años. Y aunque siempre se conservó juridicamente, ya que se entiende que las parroquias son las comunidades que forman la Iglesia diocesana, en la práctica dista mucho de ser cierto, por cuanto las parroquias agrupan a muchas personas que jamás se relacionan entre sí.

Es posible que este nexo entre parroquia y comunidad se mantenga en algunas partes, pero lo corriente es que cada parroquia sea un conglomerado demasiado grande para que podamos aceptarlo como sinónimo de comunidad.

Por eso es tan importante la existencia de pequeños grupos activos que, dentro de una misma parroquia, permitan a todos los que así lo desean, realizar el ideal cristiano en una forma más comprometida.

Podemos asegurar que un niño perteneciente a una familia integrada en una comunidad eclesial encontrará mejores oportunidades de vivir la doctrina de Jesús que aquellos que, aún siendo miembros de familias cristianas, no pueden encontrar en ellas los necesarios lazos con una comunidad concreta.

Eso de andar saltando de una comunidad a otra, de una iglesia a otra, es vivir descentrados y faltos de una conciencia bien formada. La vida cristiana, hoy como ayer, necesita de una encarnación que sólo se realiza convenientemente dentro del marco de la comunidad, en la que el creyente se encuentra comprometido con sus hermanos para actuar en consecuencia con la fe que profesa.

Los bautizados tienen que ser fermento en la masa, sal de la tierra y luz del mundo. Todo esto es posible si unidos ponen por obra las palabras del Maestro, recordando que él dijo que son bienaventurados no simplemente los que oyen la Palabra de Dios sino los que la practican.

Si queremos cumplir el papel que nos corresponde como hijos de Dios y miembros de la Iglesia, comencemos por cumplir, como miembros conscientes de la comunidad a la que pertenecemos, la difícil tarea de ser los seres nuevos que el Señor creara en la fuente del Bautismo.

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Página fue modificada: 05/09/2008 15:04

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