AB PADRE BAZAN

Del Amor y El Matrimonio

1. POR QUÉ LA GENTE SE CASA

Pese a que hay tantos fracasos matrimoniales, que inducirían a pensar que no es posible conseguir la felicidad por ese camino, todo los años millones de parejas unen sus vidas con el propósito de compartirlas.

Esto significa que hay algo que puede más que el temor al fracaso, y es esa  innata vocación que tienen los seres humanos a la vida en común. La Escritura pone en boca de Dios estas palabras: "No es bueno que el hombre esté solo"  (Génesis 2,18).

El problema estriba en que muchos se equivocan al elegir al que ha de acompañarlos en esta comunión, mientras otros se aventuran alegre e irresponsablemente, sin aportar lo necesario para que su unión pueda ser estable.

Casarse es algo que la gente ha estado haciendo desde los comienzos de la humanidad, sin que, a pesar del tiempo transcurrido, se haya podido inventar otra cosa mejor. Todos los intentos a este respecto han sido meras imitaciones del matrimonio.

EL PLAN DE DIOS

La Palabra de Dios nos da la respuesta a esta interrogante, cuando nos expresa la manifiesta voluntad del Señor al crear dos sexos que fueran complementarios, no sólo en orden a la procreación, como sería en los animales, sino también para que exista una unión afectiva que permita a la pareja una íntima comunicación de sentimientos que les produzca gozo y felicidad.

La Biblia lo expresa con toda claridad: "Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne"  (Génesis 2,24).

Luego es ley de vida que, llegado el momento, hombre y mujer se encuentren en el amor y hagan de la unión de sus vidas un precioso medio de comunión y responsabilidades compartidas,  algo que forma parte del plan de Dios, aunque dejando al ser humano la suficiente autonomía para que, por sí mismo, decida sobre su consorte y corra hasta el riesgo de equivocarse y extraviarse en la búsqueda del verdadero amor.

EDUCACIÓN PARA EL AMOR

Esta es la principal razón por la que vemos que el matrimonio no funciona como un reloj, ni las apetencias sexuales están controladas totalmente, sino que se requiere una educación y una decisión personal que conduzcan al ser humano a ser dueño de sí mismo.

Hombre y mujer, dejados a su propio albedrío, tenderán fácilmente al amor libre y, por lo tanto, a la búsqueda del placer sin responsabilidades, ya que la ley del menor esfuerzo induce a encontrar los frutos sin trabajo previo.

Cuando hombre y mujer, engañados por sus apetitos carnales, simplemente se dejan llevar, sin intentar siquiera controlarlos, lo que resulta de ahí es el fenómeno que con tanta frecuencia vemos: mujeres abandonadas, niños infelices, abortos, infidelidades, suicidios y crímenes. El desenfreno conduce al desastre.

Por eso, para que exista el matrimonio, se requiere que haya una aceptación seria y responsable, por parte del hombre y de la mujer, de que se trata de algo querido por Dios y sujeto a sus leyes, para felicidad de la pareja y bien de los hijos.

Todos podrán decir que el libertinaje sexual produce placer, pero nadie sería capaz de afirmar que ha logrado hacer feliz a nadie. La mujer, en todo esto, suele ser la más perjudicada, por ser la de sentimientos más finos y físicamente más débil, lo que la hace propensa, como de hecho ocurre constantemente, a crueles abusos.

¿Quién sino la mujer es la que paga la consecuencia cuando queda embarazada y el hombre se desentiende? Claro que ella misma, con frecuencia, hará pagar al que es también fruto de su irresponsabilidad, destruyendo su vida antes del nacimiento, pero esto anadirá otro sufrimiento, físico y moral, a su ya desgraciada experiencia.

Hoy la facilidad con que se procuran los medios anticonceptivos ha permitido  a muchas jóvenes  entregarse sexualmente sin mayores miramientos, sólo para descubrir luego, con grandísima frecuencia, que han servido simplemente de instrumento de placer, de juguete carnal de los apetitos de unos egoístas en los que habían depositado, quizás por inexperiencia, toda su ilusión.

La exigencia de la moral cristiana de que el matrimonio sea el marco adecuado de las relaciones sexuales puede parecer demasiado anticuado a los que se han  acostumbrado a vivir únicamente para el placer, pero cuando se comprende que sólo el amor y el compromiso son los que dignifican la unión sexual y la hacen el vehículo de un gozo que llena toda la persona, somos capaces de aceptar que, efectivamente, el sexo sin amor es una ofensa al amor de Dios, que nos ha creado para algo mucho más importante que revolcarnos en el mero placer carnal.

2. CASARSE POR LA IGLESIA

Cuando una pareja pide el matrimonio por la Iglesia es normal que se indague su intención para hacerlo. Debe quedar bien claro que no se trata de algo que puede hacer cualquiera, pues aunque la Iglesia no es un "guetto", tampoco puede administrar los sacramentos sin las debidas condiciones.

Casarse es una cosa. Casarse por la Iglesia es otra. Y no es que se contrapongan. Simplemente que lo primero puede verse como lo normal para cualquier pareja que se ame, mientras que lo segundo lo es sólo para las parejas que, además de amarse, son personas que viven su fe cristiana.

Esto último significa que han aceptado conscientemente a Dios en sus vidas y tienen a Jesucristo como su Salvador, por lo que, habiendo recibido el Bautismo y la Confirmación,  están conscientes de su pertenencia a la Iglesia y son miembros activos de ella.

Esto último, por supuesto, excluye del matrimonio-sacramento a todos aquellos que, aun siendo buenas personas y amándose mucho, no están tratando de llevar una vida  cristiana  conforme a las enseñanzas de la Iglesia Católica.

MOTIVOS PARA CASARSE

No son pocos los que ven en la boda religiosa algo bonito y deseable,  sobre  todo  si se realiza en una iglesia hermosa. Esto jamás podrá ser un buen motivo para recibir el sacramento.

Tampoco lo sería, desde luego, el haberle prometido a padres o abuelos el casarse por la Iglesia, ya que si éstos son católicos saben muy bien que el motivo principal para casarse es el amor, pero para hacerlo por la Iglesia lo es  la fe vivida en la comunidad de la Iglesia.

Los sacramentos se nos dan para vivir la vida de la gracia divina. Se trata, por tanto, de algo que tiene que ver no sólo con este mundo, sino también con la pertenencia al Reino de Dios.

Por el Bautismo recibimos esta nueva vida, como dice claramente Jesús: "Quien no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios"  (Juan 3,5 ).

Los demás sacramentos están destinados a conservar esa vida nueva y hacerla crecer en nosotros. Pero esto no es algo automático, sino que requiere la aceptación consciente de cada quien.

¿Cómo podrá uno hacer crecer lo que no tiene? Si una persona, incluso si ha  sido bautizada y ha  recibido otros sacramentos, a la hora de su matrimonio está totalmente apartada de Cristo, por lo que no posee la gracia de Dios, tendría primero que pasar por un proceso de reconversión y de reinserción en la Iglesia, si es que quiere recibir el sacramento matrimonial.

Es indudable que son muchas las presiones sociales que surgen alrededor del matrimonio, ya que  hasta padres y familiares que no son católicos prácticos tratan, a veces, de que la pareja contraiga un matrimonio católico, por aquello del "qué dirán" y por aparentar que se está en lo que realmente no se está.

Hay que rechazar con energía - lo que lamentablemente no se hizo durante mucho tiempo -, todo intento de convertir los sacramentos en acontecimientos sociales o tradiciones familiares o nacionales. Aunque se hieran susceptibilidades, la Iglesia está obligada a decir NO cuando no haya una clara constancia de que los motivos por los que se pide el  sacramento son los correctos.

MATRIMONIOS MIXTOS

Puede darse el caso - con todo -, de que una persona católica se haya enamorado de un ateo, de un indiferente en materia religiosa o de alguien que practica otra religión.

Aunque estos matrimonios son en principio desaconsejables, a menudo es imposible impedirlos, por lo que la Iglesia acepta la posibilidad de que se produzcan.

Eso sí, en todos los casos, la parte no católica deberá aceptar ciertas condiciones que permitan a la católica seguir practicando su fe  y tener la oportunidad de educar a los hijos como católicos.

En un caso así tiene que quedar muy claro que la Iglesia actúa solamente en atención a la parte católica, que tiene derecho a casarse con aquel de quien está enamorada, aunque si lo hace con una persona no bautizada tal matrimonio se considerará válido pero no será un sacramento.

Para ello se requiere una dispensa especial que ha de conceder el Obispo a través del Tribunal Eclesiástico. La Iglesia nunca acepta como válido el matrimonio de un católico que se case sólo por lo civil o ante un ministro de otra religión, a menos que, en este último caso, se haya recibido la citada dispensa.

3. LOS CAMINOS DEL AMOR

Cuando un hombre y una mujer se dan cuenta de que mutuamente se atraen, no significa necesariamente que se aman. Esto podrá ser un primer paso, desde luego, pero que a lo mejor no conduce a nada.

Lo cierto es que si a esa atracción sigue un desarrollo de sentimientos más profundos que hacen que ambos logren afinar esa atracción hasta hacerla exclusiva, se produce una conclusión que puede ser expresada de esta forma: "Sin ti no puedo vivir".

A esta aseveración negativa tiene que seguir, necesariamente, otra positiva, que es como su complemento:  "Necesito compartir mi vida contigo".

Esto se entiende, por supuesto, no como una aventura sino como algo muy serio, pues el que siente el verdadero amor NO PUEDE MENOS DE querer que su encuentro sea  para siempre.

Muchos jóvenes hay que, dándoselas de libertinos, afirman que ellos nunca se casarán, pues es mucho más sabroso saborear las delicias del placer sexual con todas las mujeres que se pueda (o con cuanto hombre aparezca). Esto se termina, completamente, el día que llegan a enamorarse, pues sólo entonces logran comprender que frente a eso no hay opción mejor.

Claro que podría darse el caso de hombres y mujeres a los que yo llamo espiritualmente castrados, que son incapaces de llegar al verdadero amor, sin que se pueda descubrir siempre las razones que existen para ello.

EL DESARROLLO DE LA AFECTIVIDAD

El desarrollo sico-sexual de la persona llega a su maduración cuando es capaz de la exclusividad, es decir, cuando consigue la capacidad para el amor.

Para que esto se logre es necesario que exista un cambio radical en las relaciones del sujeto con sus padres. No porque se exija un rompimiento total, sino que su escala afectiva de valores no puede seguir coincidiendo con la que  tenía en la niñez. En los primeros años de la vida la dependencia afectiva de los hijos es total, de forma que sus padres  son para ellos prácticamente todo. Un niño podría decir, con toda razón, a cada uno de sus progenitores: "Sin ti no puedo vivir".

Una sana educación debe llevar a los hijos a colocar a sus padres, a su debido tiempo, en un segundo plano, para que así puedan ocupar el primero quienes han de ser el complemento de sus vidas.

Cuando esta reducción afectiva no se logra, se mantiene una situación de inmadurez que impide llegar a conclusiones definitivas. Un matrimonio realizado en estas circunstancias resultará, seguramente, un fracaso.

Un esposo o esposa jamás podrá decir: Para mí mi madre o mi padre es lo primero. Esto demostraría una inmadurez que atentaría directamente  contra la estabilidad del matrimonio y su permanencia.

Bien claramente se dice en la Escritura: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne"  (Genesis 2,24).   

Esto mismo valdría para el amor de los padres por los hijos. En modo alguno puede ser aceptado que uno de los progenitores diga: "Para mí los hijos están por encima de mi cónyuge".

Si de verdad el cónyuge siente así estaríamos ante un matrimonio donde existe un grave fallo. Si es algo que se dice sin verdaderamente sentirlo sería un error lamentable.

EL AMOR

No hay maneras de definir el amor. Por más que queramos ponerle una etiqueta tendremos siempre que concluir que es insuficiente. Es que algo que constituye tan grande y poderoso sentimiento es imposible de ser explicado por medio de palabras.

Lo más que podríamos decir es que el amor es demostrable, es decir, que aquel que ama se comporta de una manera muy especial con la persona amada.

Por otro lado, el enamorado ve que su vida se transforma, pues ya hay un aliciente poderoso que le hace mirar las cosas de otra forma, constituyendo un nuevo incentivo y razón para vivir.

Quien ama de verdad  ya no puede ser el mismo, pues todo su ser queda tocado, irremisiblemente, por aquello que siente.

Algunos, es muy cierto, tienen un mal juicio del amor, y hasta se atreven a afirmar que no existe o es un espejismo, una ilusión que engaña sólo por un tiempo.

Esto reafirma que el amor no es susceptible de ser definido, sino que ha de ser sentido, por lo que quien no lo conoce pensará que no existe o es un simple fantasma.

Otra opinión bastante extendida es que el amor no puede durar toda la vida. Si acaso algunos años. Y como demostración presentan la gran cantidad de parejas que fracasan en su sincero intento por compartir su vida sobre una base permanente.

Esto último sólo prueba que conservar el amor es algo difícil, pues se trata de un verdadero tesoro. El que muchos hayan perdido sus fortunas no quiere decir que éstas no hayan sido reales. Claro que es posible verificar el dinero que uno tenía en el banco, mientras que los sentimientos no pueden ser fotografiados ni rastreados por una computadora.

Es posible que sólo una minoría de  parejas hayan llegado a compartir toda la vida juntos. Es aceptable también que parte de ellas lo hayan logrado sólo por motivos sociales y no por verdadero amor, pero esto nunca será motivo para aseverar que el amor no puede durar el término de una vida humana, sino que ha de luchar contra enemigos poderosos, el mayor de los cuales es el propio  egoísmo.

Si alguien quiere saber si ama, sólo tiene que preguntarse hasta dónde está dispuesto a sacrificarse por el otro.

A lo largo de la Historia muchas mujeres han demostrado sus sentimientos entregándose ingenuamente a los hombres que amaban, sólo porque ellos les pedían esta prueba, sin dar nada a cambio.

Cuando un hombre exige una demostración semejante se está quitando la careta. Claro que muchas lo han llegado a saber demasiado tarde. A un hombre que ama jamás se le ocurriría enturbiar el agua que ha de beber.

4. EL NOVIAZGO

Podría decirse que el noviazgo es al matrimonio lo que los cimientos a un edificio. Mientras más alto y fuerte queremos que sea éste, más profundos y sólidos tendrán que ser aquellos.

Es muy probable que una de las causas más profundas de los fracasos matrimoniales sea que muchas parejas toman el noviazgo totalmente a la ligera, mirándolo más como un anticipo de los goces matrimoniales que como una preparación para el éxito de la mutua comunión.

En los momentos actuales todo parece contribuir a esta ligereza, pues por todos los medios disponibles se hace una feroz campaña en favor del placer sexual a como dé lugar, sin analizar para nada los desastrosos efectos que esto puede tener a largo alcance.

El éxito matrimonial es muy distinto a una simple aventura. Si lo que se busca es pasar un buen rato, una noche de placer o unas vacaciones sexuales, entonces no tenemos nada que decir, pues para esto no hace falta amor, ni responsabilidad, ni saber siquiera el nombre del compañero o compañera, ni sus cualidades   o   antecedentes,   y  cada  uno  llamará  "éxito"  a  la

consecución de lo que ande buscando.

Pero si lo que se busca es la integración de una comunión permanente entre dos personas, que porque sienten que se aman desean que su experiencia se prologue toda la vida, entonces se entenderá por éxito el haber logrado compartir toda una vida felizmente, con un amor que se renueva y se rejuvenece a pesar del progresivo envejecimiento físico de los cónyuges.

A este matrimonio indisoluble, al que debe tender no sólo el cristiano, sino también todo el que se siente realmente enamorado, sólo puede irse por el camino de una seria preparación, que incluye muchos sacrificios y renuncias, y que es lo que realmente llamamos NOVIAZGO.

Esos otros "noviazgos", que consisten en la mutua aceptación de una relaciones en las que prima la búsqueda del placer por encima de todo, sólo pueden conducir a períodos más o menos placenteros, que han de terminar, necesariamente, en el más absoluto fracaso, pues están basados en la pura atracción física que, sin la presencia de un auténtico amor, terminan por volverse rutinarios, aburridos y, por fin, insoportables.

Lo que mantiene a dos seres unidos por toda la vida no puede ser la atracción física, pues ésta tiende a disminuir con el tiempo, ya que abundan las tentaciones en este campo. Solamente el amor hace de la unión entre dos personas algo único e  irrepetible.

Con todo, tendríamos que decir que ni siquiera el amor verdadero es capaz de mantener unidas a dos personas, si no hay en ellas una verdadera decisión de conquistarse cada día hasta convertirlo en algo más y más profundo con el paso del tiempo. Y esto va a depender, en gran medida, de la capacidad de entrega y de sacrificio que tengan el uno por el otro.

IMPORTANCIA DE LA PREPARACIÓN

El éxito en todas las empresas de la vida depende de la preparación, del entrenamiento, del tiempo que previamente se ha dedicado al estudio y la planificación.

Muy rara vez se ha visto que nadie triunfe a base de la improvisación, y ésa es la última razón por la que muchos tienen necesariamente que fracasar en sus matrimonios, ya que se pasan el tiempo improvisando, pues han llegado al mismo totalmente impreparados.

Esos maravillosos movimientos de una ballerina; esa fantástica rapidez, agilidad y precisión que notamos en los dedos de un célebre pianista; esos seguros movimientos de un atleta famoso; nada de eso se consigue de la noche a la mañana, sino que son el producto de años de estudio y entrenamiento, de agotadores ejercicios y constantes ensayos para lograr la perfección más absoluta posible.

El joven que quiere  convertirse en un profesional sabe, de sobras, que primero tendrá que pasar por años de sacrificio, de pruebas, de abrumadores exámenes y noches de insomnio. Al final espera  ver premiados sus esfuerzos, pero sin éstos está seguro que nada conseguirá.

¿Por qué entonces encontramos tanta gente insensata, que piensa que al matrimonio se puede ir sin preparación alguna, aspirando al éxito sin haber hecho absolutamente nada para conseguirlo?

¿Por qué pueden pensar en el éxito si han  convertido el período del noviazgo en una constante experiencia sensual y sexual?

¿O es que no se dan cuenta de que tal manera de proceder  pone en grave riesgo sus posibilidades futuras, cuando ya no mande la pasión y se tengan que enfrentar a las realidades de los contratiempos y los problemas que plantea una vida en común?

A los jóvenes se les ha insistido demasiado - y en esto tienen la culpa hasta sus propios progenitores -, en que la vida es corta y que la época de la juventud hay que aprovecharla, pues ya nunca volverá.

APRENDER A VIVIR

Esto de aprovechar la juventud significa, en la mayoría de los casos, no dejar pasar una oportunidad para irse a la cama con la primera  que aparezca, aunque ésta sea la novia que ha escogido para, eventualmente, convertirla en su esposa.

Las muchachas no solían recibir antiguamente tales influencias,  al menos no tan directamente como hoy, en que todo conspira para que ellas también se sientan como unas antiguallas si no ceden a las presiones del ambiente.

Hemos de reconocer, con todo, que la tendencia a dejarse llevar por la pasión, y aplicar la ley del menor esfuerzo, han estado siempre presentes en las relaciones entre hombre y mujer.

Para lograr una preparación adecuada, que prepare el éxito matrimonial, no queda más remedio que utilizar la violencia contra uno mismo, amordazando los deseos e imponiéndose renuncias que son singularmente dolorosas.

Cada renuncia, cada triunfo sobre sí mismos, les demostrará que verdaderamente se aman, pues no están uno junto al otro por el placer que tal unión les proporciona, en sentido sexual, sino porque están dispuestos a hacer cualquier sacrificio con tal de construir unos lazos espirituales fuertes que los capaciten, en el futuro, para resistir toda tentación y vencer toda tormenta.

Es posible que alguien pueda decir que, después de un noviazgo lleno de fáciles rendiciones a la premura de la pasión, han conseguido un matrimonio exitoso. No hay por qué dudarlo, por cuanto siempre hay excepciones a las reglas.

Pero si aceptamos que triunfar en el matrimonio es de por sí difícil, no podemos negar que tiene que serlo muchísimo más cuando se va al mismo con las simples armas del deseo carnal, por más vivo que éste sea, y que puede hasta dar la impresión de que se trata de un verdadero amor.

Lo único que puede demostrar, antes del matrimonio, que lo que sienten el uno por el otro no es pura pasión, o una ilusión basada en el gusto sexual que sienten mutuamente, es la renuncia por amor.

Cuando el amor no es capaz de llevar a ambos al sacrificio consciente para preparar el bien futuro es porque, sencillamente, no existe. Lo que están asegurando es el fracaso.

El noviazgo es, pues, un período de siembra, no de cosecha; un período de estudio, no de vacaciones; un tiempo de esfuerzo, no de gratificaciones; un tiempo de lucha, no de victoria; un tiempo de preparación, no de acción; un período de planificación y no de realización.

Es el noviazgo la época en que se aprende a dialogar, a comprender, a disentir sin tragedias, a complacer, a soportar, a aceptarse el uno al otro a pesar de los defectos, a discutir sin pelear, a asentir sin humillaciones, a crear la necesaria armonía y a conocerse por dentro y no simplemente a flor de piel.

El noviazgo es, en fin, ese tiempo hermoso en que dos seres van construyendo los cimientos espirituales de un edificio indestructible, para que en su amor se realice lo que afirma la Escritura:

Grábame como un sello en tu brazo,
como un sello en tu corazón,
porque es fuerte el amor como la muerte,
es cruel la pasión como el abismo;
es centella de fuego, llamarada divina;
las aguas torrenciales no podrán
apagar el amor ni anegarlo los ríos.
Si alguien quisiera comprar el amor
con todas las riquezas de su casa,
se haría despreciable.

(Cantar de los Cantares 8,6-7).

5. LAS DIFERENCIAS ENTRE LOS SEXOS

A lo largo del tiempo se han exagerado, ciertamente, las diferencias entre el hombre y la mujer, concediéndole, sin razón alguna, ciertos privilegios al primero, como si así tuviera que ser.

Lo que dio preponderancia al varón fue, sin duda, su mayor fortaleza física, que sobre todo en edades primitivas, fue factor poderoso para el sometimiento de la hembra.

Esto creó un patrón de conducta que, prácticamente, ha durado hasta nuestros días, pues es conocido que, aún hoy, son muchos los lugares donde el hombre mantiene con la mujer una relación de opresor a oprimido.

Las diferencias anatómicas y fisiológicas entre el hombre y la mujer, si bien a primera vista aparecen como grandes, no lo son tanto en realidad, pues fuera de algunos órganos, todo lo demás es prácticamente igual. Lo mismo ocurre con las diferencias de tipo sicológico.  

Estas diferencias, tanto en lo físico como en lo espiritual, están destinadas a una complementación de los dos sexos, para que su mutua colaboración sea un enriquecimiento para ambos.

La distinta visión que hombre y mujer tienen de las cosas hace que la opinión de uno deba ser complementada con la del otro. Esto explicaría la pobreza y la falta de imaginación que caracterizaría un mundo donde haya sólo hombres o mujeres.

Diferencias no tiene que significar enfrentamiento. Las distintas capacidades y dones, por el contrario, suponen una posibilidad de  compartir algo y,   en  la unión, aportar cada uno lo suyo para el bien común.

Si las diferencias anatómicas son fáciles de definir y catalogar, no así las de tipo espiritual, afectivo o sicológico, las que no hay manera de distinguir si no es por medio de la observación de la conducta de los individuos.

Una cosa salta a la vista: muchas de las supuestas diferencias que existen entre los sexos no son consecuencias del ser hombre o mujer, sino de condicionamientos socio-culturales que han ido ejerciendo su influencia a lo largo de siglos.

Esto  es   fácil  de   demostrar,   pues  todavía   hoy  las  distintas culturas siguen presionando sobre los seres humanos, y no es lo mismo una persona nacida y criada en China que en México o en Francia.

A los varones se les ha criado con un concepto totalmente diferente al de las hembras, como si existiese un doble código. Para los primeros todo es permitido, mientras que a las segundas se les ha tratado, ordinariamente, más reciamente, a fin de que conserven lo que se supone es la virtud propia de las damas.

Muy frecuentemente se ha dicho a los muchachos: "Los hombres no lloran", siendo esto, sencillamente, un solemne disparate. Con todo, tales formas de actuar van influyendo en el sujeto, que por no parecer más flojo que los demás aprende a reprimir sus sentimientos, con grave riesgo para su salud afectiva.

Por otro lado, al hombre se le ha enseñado un concepto totalmente infundado de la virilidad, poniéndose el énfasis en la capacidad fisiológica sexual, reduciéndolo todo a algo físico y mecanicista, en lo que apenas tiene lugar el afecto o amor.

La mujer, en muchos casos, se convierte en un puro instrumento de placer, regalo apreciado al egoísmo del hombre, de modo que no es raro considerar que mientras más mujeres sea un hombre capaz de poseer más hombre será.

El rebajamiento de la mujer se ha completado con la socorrida creencia de que sus funciones son puramente secundarias, como cuidar de los niños, coser, lavar, cocinar y atender a los quehaceres domésticos.

El mundo perdió, durante siglos, por lo tanto, el magnífico aporte que la mujer podría haber proporcionado, y que el hombre consideraba algo de lo que muy bien se podría prescindir.

6. EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

Muchas personas no pueden entender por qué el matrimonio es un sacramento, ya que piensan que esta institución existía mucho antes de la venida de Cristo, concretamente desde la misma creación del ser humano.

Sin embargo, esta realidad no es  óbice  alguno para que  lo sea, por cuanto la institución matrimonial, precisamente por entrar desde los comienzos en el plan salvífico de Dios, estaba sólo aguardando a que Jesucristo la elevara a la categoría que, desde un principio, habría de corresponderle.

Aunque el matrimonio es ciertamente una realidad para el presente, pues como el propio Jesús dijo, en el cielo nadie se casará ( ver Mateo 22,30), no por ello deja de ser un instrumento de gracia y un vehículo del amor de Dios y de la acción del Espíritu Santo, que es lo que define un sacramento.

Así como la fe y la esperanza, también los sacramentos tienen como finalidad la consecución del Reino de Dios, aunque en el cielo ya no subsistirán ni las dos primeras virtudes teologales ni los sacramentos.

¿No es la Unción de los Enfermos, primordialmente, un medio para la salud física de quien lo recibe, aunque al mismo tiempo sirva como vehículo de la gracia?

Mientras en el Bautismo se usa el agua, en la Eucaristía el pan y el vino, en la Confirmación la imposición de manos y la unción con el Crisma, en el Matrimonio la materia del Sacramento es la intención misma de los esposos de permanecer amorosamente unidos para toda la vida, por lo que entregan, el uno al otro, todo lo que son y lo que tienen.

Curiosamente es éste el único sacramento en el que los que lo reciben son, al mismo tiempo, los ministros, ya que uno al otro se dan el vínculo sacramental que les confiere la gracia.

Por lo mismo, la forma sacramental la constituyen las promesas que los esposos usan para declarar que se amarán y serán fieles todos los días de sus vidas.

Este es un "sacramento de vivos", es decir, se ha de recibir en estado de gracia, pues de lo  contrario los efectos del sacramento quedan suspendidos hasta que reciban el perdón de los pecados.

Esto nos indica que cuando uno de los contrayentes no tiene fe, pese a estar bautizado, pero acepta casarse por la Iglesia sólo para complacer al otro, la gracia sacramental la recibe únicamente el cónyuge creyente. El otro la recibirá cuando se convierta debidamente y reciba la absolución de sus culpas.

Esto se debe a que nadie puede acrecentar lo que no tiene, y si en el Bautismo recibimos la nueva vida en el Espíritu, los demás sacramentos, con excepción de la Penitencia, lo que hacen es aumentar y mejorar esa vida en nosotros, al mismo tiempo que nos conceden gracias específicas para cumplir lo que el propio sacramento nos exige.

VALIDEZ DEL MATRIMONIO

La Iglesia sólo admite como verdadero, entre bautizados católicos, el matrimonio celebrado ante ella, de tal forma que concede autorización para que un católico se case con una persona que pertenezca a otra religión, o que simplemente no esté bautizado, en cuyo caso no sería sacramento, pero no permite que un católico se case ante un ministro no católico.

La presencia del sacerdote o el diácono es exigida para que sean "testigos cualificados" de la Iglesia. Hay casos, sin embargo, en que esto puede hacerse imposible, como por ejemplo en una guerra, por lo que sería válido hacerlo simplemente ante dos testigos, con tal de que se exprese la intención de contraer verdadero matrimonio y recibir el sacramento.

Para que el matrimonio sea válido se requiere que no exista ningún impedimento. A veces la presencia de estos impedimentos es desconocida, pues hoy se reconoce que hay inclinaciones o ineptitudes que sólo pueden ser descubiertas por la forma de actuar de los sujetos, lo que obliga a buscar ayuda profesional para analizar la situación y dar un diagnóstico.

En el caso que exista un verdadero impedimento, conocido o no, que invalide el matrimonio. hay la posibilidad de una revisión posterior, que la hará un Tribunal competente, llegándose, si así se comprueba, a una declaración de nulidad que permitiría a los contrayentes  casarse por la Iglesia con otras personas.

Podría darse el caso de que el impedimento persista para  uno de los contrayentes, por lo que  el Tribunal puede limitarle su derecho a volver a contraer matrimonio hasta que el mismo desaparezca completamente.

Lo más conveniente es evitar, por todos los medios posibles, que se realicen matrimonios inválidos. Esta ha sido la principal razón para exigir, casi por todas partes, que la ceremonia matrimonial sea precedida por varios meses de preparación, en la que se incluyen charlas, entrevistas con un sacerdote, pruebas y sesiones de reflexión que ayuden a la pareja a llegar a una decisión bien meditada y de ninguna manera precipitada.

7. EL MATRIMONIO EN LA BIBLIA

Por la misma Sagrada Escritura sabemos que Dios instituyó, desde los comienzos, la unión matrimonial, con el fin de proporcionar una ayuda razonable a la pareja y asegurar la procreación y la educación de los hijos.

Lo primero se nos dice cuando, después de haber creado al hombre vio Dios que no era bueno que el hombre estuviera solo (Ver Génesis 2,18).

Esta institución se mantuvo por siglos  en un plano exclusivamente humano, con fines específicos que tienen que ver únicamente con la vida en la tierra.

Pero cuando Dios envía a su Hijo para salvarnos, quiere hacernos partícipes de su vida divina y nos ofrece los medios adecuados para ello. La misma institución matrimonial pasa a ser, para los bautizados, un medio de obtener la gracia de Dios en orden a la santificación de la pareja y de su prole, de modo que adquiere un carácter sagrado.

La unión de los esposos pasa a ser un símbolo del amor de Jesucristo a su Iglesia, y la realización más auténtica de aquel hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Génesis 1,26), que hace al ser humano partícipe de la comunión en el amor que es  propio a las tres Divinas Personas.

"Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y  conservándola continuamente  en   el   ser,   Dios  inscribe  en  la humanidad del

hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión" (Juan Pablo II, Familiaris Consortio, Nº 11).

Hay sacramentos que están destinados a la santificación personal de cada ser humano en particular. El Orden Sagrado y el Matrimonio se dirigen a la santificación colectiva, sea de todo el pueblo de Dios o de esa "iglesia doméstica" que se constituye en la familia.

Aquello que ya existía, es decir, el compromiso formal de amor entre el hombre y la mujer, es elevado por Jesús para que realice a  plenitud  su  función  y  logre  más  fácilmente  sus  metas.  No olvidemos que, desde el principio, la unión del hombre y de la mujer forma parte del plan salvador del Divino Creador.

Así dice la Escritura: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne"  (Génesis 2,24).

Por ello afirma san Pablo: "Este misterio es muy grande y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia"  (Efesios 5,32).

Juan Pablo II ampliará más este aserto al decir: "La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha enseñado solemnemente y enseña que el matrimonio de los bautizados es uno de los siete sacramentos de la Nueva Alianza. En efecto, mediante el bautismo, el hombre y la mujer son incluidos definitivamente en la Nueva y Eterna Alianza, en la Alianza esponsal de Cristo con la Iglesia. Y debido a esta inserción indestructible, la comunidad íntima de vida y de amor conyugal, fundado por el Creador, es elevada y asumida en la caridad esponsal de Cristo, sostenida y enriquecida por su fuerza redentora. En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia. Los esposos son, por tanto, el recuerdo permanente, para la Iglesia, de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace partícipes" (Familiaris Consortio, Nº 13).

El sacramento, por tanto, puede considerarse como la corona sobrenatural que los casados bautizados reciben para completar lo que es exigido a todos los que quieran vivir un auténtico matrimonio.

Esto nos hace pensar que el sacramento no es garantía de éxito ni seguridad de mayores satisfacciones, sino la elevación de una institución con un fin exclusivamente terreno a canal de gracia y medio de santificación.

El mismo Jesús nos enseña que en el cielo no habrá matrimonio (Mateo 22,30), pero éste sí puede servir como camino para llegar al cielo.

8. CONDICIONES PARA EL ÉXITO MATRIMONIAL

Nadie se extraña de que, para tener éxito en cualquier empresa, se requiera una previa inversión, sea de capital, como de tiempo o de energía.

Algo por el estilo ocurre con el matrimonio, ya que los pasos previos son los que determinan, en gran manera, el posible éxito que pueda tener.

Podríamos tratar de definir primero lo que entendemos por éxito matrimonial. Este tendría que considerarse como la posibilidad de los esposos de vivir las promesas que ambos se dieron el día de sus bodas en la forma más plena posible.

Dicho en otras palabras, que los esposos se sientan felices de haberse casado el uno con el otro y estén satisfechos de la forma en que realizan su vida en común.

Las condiciones para el éxito pueden ser muchas, pero nos contentaremos con señalar sólo algunas que consideramos las más importantes: 1) Madurez  2) La correcta elección del consorte  3) El noviazgo  4) El mutuo respeto  5) El Diálogo.

1) MADUREZ

Se entiende por madurez la capacidad para poder comportarse en   forma  adulta,   siendo  sujeto  de  decisiones responsables y

actuaciones serias. Esto, ordinariamente, llega con la edad, aunque también requiere de una sana educación.

No es infrecuente encontrar personas que se apresuran demasiado con relación al matrimonio, como si fuesen a perder la mitad de la vida si no se casan lo más pronto posible.

Esto es un error, pues la vida matrimonial, como hemos dicho, requiere de una inversión previa que es la preparación, y es muy difícil estar seguros de que se ha hecho una buena elección si no se tiene una edad adecuada.

Desde antiguo la Iglesia puso unos límites a esto, que hoy podemos considerar totalmente inadecuados. No hay que olvidar que   en  otras  épocas  las  personas  vivían  relativamente poco tiempo, siendo frecuente que el promedio de vida no pasase de treinta y cinco años.

En esas condiciones era comprensible que las personas tuvieran mayor apuro en contraer matrimonio. Con los avances de la medicina y de otras ciencias el promedio de vida ha cambiado radicalmente, llegando en algunos países a más de setenta años. Esto exige también cambios en las regulaciones con respecto a la edad del matrimonio.

No es que se puedan tener edades ideales, pero es indudable que antes de los veinte años hay que considerar que una persona no está, por lo general,  suficientemente madura como para hacer decisiones trascendentales.

Si hay alguna decisión trascendental en la vida de un sujeto es ésta del matrimonio. Por eso no se puede andar con apuros. Si bien hay personas que, habiéndose casado muy jóvenes, han logrado el éxito matrimonial, tendremos que considerarlas una excepción. La regla es que llegar al matrimonio con poca edad supone, sobre todo en estos tiempos, un fracaso seguro.

Pero no es sólo cuestión de edad. También se requiere una sana educación. Y ésta se consigue, sobre todo, en un hogar estable, donde los padres sepan realizar su tarea, creando un clima de libertad y confianza para que los hijos puedan aprender a convivir en el amor y el mutuo respeto.

La siembra del hogar es indispensable, y de lo que se reciba en los primeros años va a depender lo que uno sea en el futuro. Muchas personas inmaduras son el fruto de hogares inmaduros. Cuando los padres no han actuado correctamente, sus hijos corren el grave riesgo de llegar a la edad de casarse sin haber desarrollado suficientemente su afectividad, lo que es un obstáculo serio a la felicidad conyugal.

2) LA CORRECTA ELECCIÓN DEL CONSORTE

Alguien decía que la buena digestión comienza en la cocina, pues mucho depende de los ingredientes empleados y de la forma en que los alimentos son cocinados, que éstos sean bien aceptados por el organismo.

De la misma forma el éxito matrimonial comienza con la elección del consorte.  De ello dependerá, en gran manera, que la pareja pueda compartir toda su vida común en forma satisfactoria.

No es posible que uno se case con "el primero que aparezca", sino que es necesario que existan ciertas condiciones que hagan posible la comunión entre el uno y el otro. Tiene que existir, por tanto, una cierta compatibilidad y afinidad que permita a ambos entenderse, aceptarse, comprenderse y colaborar mutuamente.

Hay muchos jóvenes que, debido quizás a su inmadurez, o porque se sienten presionados en el hogar, o porque se ven deslumbrados por falsas promesas de felicidad, lo cierto es que deciden contraer matrimonio en forma prematura y con quienes no deben.

A la larga esta precipitación se paga con el fracaso, pues es indudable que muchos divorcios tienen aquí su razón de ser.

3) EL NOVIAZGO

Aunque ya he hablado anteriormente del noviazgo, es conviente subrayar que su importancia es decisiva para el éxito matrimonial.

Por de pronto hay que advertir que el noviazgo tiene características propias si lo que se busca es la preparación para un verdadero matrimonio.

Muchos jóvenes hablan de "noviazgo" para referirse a un tipo de relación en que prima la búsqueda de sensaciones y hasta la posibilidad de encuentros sexuales más o menos completos, sin que ello implique, en manera alguna, que un futuro matrimonio sea la meta común.

Esto, es fácil advertirlo, no tiene nada que ver con el verdadero noviazgo, por cuanto se trata de un sucedáneo mal definido, que ha dejado, sobre todo a muchas muchachas, con sus ilusiones rotas, llenas de resentimiento y pasando por largos  períodos depresivos.

El matrimonio es como un edificio del que el noviazgo constituye el cimiento. Mientras más profundo y fuerte sea éste, más seguro será el edificio.

La base del matrimonio, no debemos olvidarlo, tiene que ser, más que nada, espiritual. Es ahí donde muchos se equivocan, pensando que lo mejor para ellos es buscar oportunidades para las concesiones de tipo carnal.

Si la pareja no está dispuesta, durante el noviazgo, a invertir para su felicidad futura, lo que está es cavando de antemano su fracaso. Esto, con toda seguridad, ha llevado a muchos a dar por terminada su relación al poco tiempo de comenzada, sencillamente porque agotaron todas las posibilidades por falta de cimientos.

Hemos de insistir en que el matrimonio debe ser una relación permanente que sólo es posible si existen en los esposos profundos lazos de unión, y esto es imposible de lograr sólo con el simple trato carnal.

Este, por el contrario, puede resultar un estorbo, ya que con frecuencia interfiere con el desarrollo de los lazos espirituales, por lo que es necesario que los futuros cónyuges estén dispuestos a ayudarse mutuamente a fin de lograr el mayor control posible, para que su noviazgo sirva a la profundización de su mutuo amor, dejando el encuentro sexual para su momento oportuno, es decir, después de la boda.

Lo que preserva la unión no es la atracción física ni el mutuo deseo carnal, pues tanto el uno como el otro sufren deterioro con el paso del tiempo. Sin profundos lazos espirituales la atracción física y el deseo carnal desaparecen totalmente en menos de lo que comúnmente se piensa.

4) EL MUTUO RESPETO

El trato entre esposos tiene que estar dirigido, por encima de todo, a agradar al otro. Esto sólo es posible si el cónyuge sigue siendo, todo el tiempo, la persona que ocupa el indiscutible primer lugar  en el corazón.

El amor no se muestra simplemente con palabras o caricias, sino con ese respeto que supone el reconocimiento de lo que el otro significa en la propia vida.

Cuando se olvidan estas premisas se llega, fácilmente, a lo que ha ocurrido en tantos matrimonios, que han fracasado porque uno de los cónyuges se ha sentido con derecho a mirar al otro como inferior.

El mutuo respeto supone que cada uno esté convencido de que el otro es su compañero, que ocupa un plano igual en todo sentido, no importando las diferencias que puedan existir en cuanto a edad, preparación intelectual, o situación social o económica.

Cada uno de los cónyuges sigue manteniendo, pese a su nueva condición, irrenunciables derechos que deben ser reconocidos por ambos en todo momento. Esto significa que siguen siendo sujetos de libres y personales decisiones, que han de ser supeditadas, desde luego, al bien de la pareja.

No se puede hacer feliz a nadie si queremos obligarlo, a toda costa, a realizar lo que no le agrada, no importa que no tenga motivos especiales para ello. Los gustos personales son un legítimo derecho, pues la comunión no comporta una unicidad de sentimientos, gustos o aficiones.

El marido, por ser hombre, no tiene más derechos que la mujer, ni se puede considerar un superior jerárquico de la misma, como si le debiera obediencia. Muchos hombres, ciertamente, han abusado de esto en el pasado, pero sólo por una interpretación equivocada de la Escritura, pues lo que san Pablo dice en su carta a los Efesios es que la mujer esté sometida al marido "como al Señor", es decir, por amor, como uno se somete al propio Cristo.

Respeto mutuo es no ofender jamás, ni nunca levantar las manos para intimidar al otro. Cuando se llega a estos extremos es porque todo está perdido y no hay maneras de entenderse, pues la violencia jamás podrá ser vehículo del amor.

5) EL DIÁLOGO

Una de las formas más humanas de comunicación la tenemos en el lenguaje. El ser humano es el único de los habitantes de nuestro planeta dotado de esta característica tan especial.

Pero sabemos que hablar no siempre significa entenderse, pues existen muchos idiomas y para poder comprender lo que se nos dice en un lenguaje extraño, hemos de comenzar por aprender lo que se nos quiere transmitir con los distintos sonidos.

También se da con frecuencia que, aunque se hable el mismo idioma no hay manera de comprenderse porque cada uno, o da un significado diferente a las palabras, o no quiere comprender los puntos de vista del otro.

Muchos esposos hablan, pero sin comprenderse mutuamente, pues o hablan al mismo tiempo, tratando de exponer al aire sus propias opiniones, o permiten una tregua sólo para pensar mejor lo que han de responder al cónyuge con el fin de rebatir mejor sus argumentos.

Esto nos da una idea de lo que el diálogo debe ser: no simplemente hablar, sino tambien escuchar, tratando de analizar lo que el otro dice, para aceptar o rechazar de acuerdo a lo que haya o no de razonable en ellos.

Ninguno de los cónyuges puede pensar que tiene siempre la razón o posee el monopolio de la verdad. Por el contrario, si ama y respeta al otro debe suponer que también hay cosas valiosas en sus puntos de vista, por lo que es conveniente, para ambos, oír con atención, para que entre los dos puedan sacar las mejores conclusiones.

Por otro lado, siempre tendrán los esposos la oportunidad de comunicarse a través de un diálogo sin palabras que es su entrega sexual. Ella debe ser vía para comunicarse sus más caros sentimientos y dedicar al otro lo mejor de sí mismo, con vistas a conseguir la mutua felicidad.

Muchos esposos se pierden lo mejor de su relación sexual, aun cuando lleguen a conocer el clímax, porque a éste no sigue esa íntima comunicación de las almas que ha sido precedida por la de los cuerpos.

Los expertos afirman que éste es el momento más oportuno para hacer crecer la comunión interior, ya que sin ésta la relación carnal llega a convertirse en algo meramente rutinario y hasta vulgar.

Finalizamos este capítulo recordando la importancia que tiene el diálogo con Dios como pareja. Dos esposos cristianos que se acostumbran a leer juntos la Palabra Divina y a orar en común tienen una mejor oportunidad para afianzar su relación conyugal y ahondar cada día en un amor sin limitaciones, que extiende la búsqueda de la felicidad mutua hasta la Vida Eterna.

9. EL AUTÉNTICO MATRIMONIO

De los millones de parejas que están unidas, ¿cuántas, realmente, viven un verdadero matrimonio?

Esta pregunta es muy difícil de contestar, pues muchas veces ni los mismos integrantes de la pareja saben con precisión lo que sienten el uno por el otro.

Con todo, hay maneras para saber cuándo una unión puede llamarse matrimonio o no.

El asunto está en descubrir si reúnen algunas características que definen el auténtico matrimonio y que son: 1) Amor verdadero;  2) Unidad;   3) Indisolubilidad;    4) Fidelidad;  5) Apertura a la vida y 6) La Educación de los hijos.

1) EL AMOR VERDADERO

Parecería una verdad de Perogrullo el que dos esposos tengan que amarse, pero no ha sido raro encontrar, en épocas y lugares, todo lo contrario, pues hasta llegó a considerarse que el amor era enemigo del matrimonio.

Esto, quizás, tuvo su explicación en épocas en que eran los padres o tutores los que se sentían con derecho a escoger los futuros consortes de sus hijos. ¿Cómo tener amor en circunstancias así?

Era lógico, pues, que se aceptara la costumbre de que un matrimonio era algo social, que se realizaba por intereses materiales o hasta políticos, por lo que los esposos tenían la libertad - reconocida indirectamente por la familia y la sociedad - de entregar su corazón, y hasta su cuerpo, a otra persona.

Al aceptar la infidelidad como cosa normal se estaba destruyendo la esencia misma del verdadero matrimonio, por lo  que la Iglesia nunca aceptó esta forma de pensar, aunque en la práctica la respaldó, ya que permitía que estos matrimonios sin amor se celebrasen como si fueran  válidos ante Dios.

Hoy en día esto ha sido superado, pues nadie puede contraer matrimonio en la Iglesia si no está totalmente libre de presiones para dar su consentimiento.

Es todavía verdad, sin embargo, que muchos que van al matrimonio, si bien por decisión propia, buscan la unión por motivos que nada tienen que ver con el amor, como el placer carnal, la posición social, el dinero, etc.

Un verdadero amor no es un simple sentimiento ni se puede confundir con la atracción carnal, sino que es algo que llena todo el ser y hace pensar que la vida no sería igual sin la otra persona. Esto conlleva, si en ambos  ocurre lo mismo, a planear una vida en común.

El amor verdadero tiene que ser entendido por los cristianos como una fuerza interior que obliga a buscar el bien del amado a cualquier precio: Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus  amigos  (Juan 15,13).

San Pablo dice al respecto:

"Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y la palabra. Se preparó así una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida; una Iglesia santa e inmaculada. Igualmente, los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama; pues nadie odia a su propio cuerpo, antes bien lo alimenta y lo cuida como hace Cristo con su Iglesia, que es su cuerpo, del cual nosotros somos miembros"  (Efesios 5,25-30).

Para poder estar seguros de un amor así se requiere madurez, por lo que es indispensable dar suficiente tiempo para que ésta llegue. No es aconsejable, en modo alguno, el matrimonio de personas muy jóvenes, pues podrían estar confundidos en sus verdaderas intenciones y sentimientos.

2) UNIDAD

Además de señalar que el matrimonio es la unión de UN hombre y UNA mujer, la unidad supone que los dos se hacen UNA sola cosa  (Génesis 2,24).

Con esto se realiza lo que llamamos COMUNIÓN, que es la forma de compartir totalmente, poniendo TODO EN COMÚN. Dios quiso hacer al hombre a su imagen y semejanza, y así como Dios es una comunión de personas, así el ser humano ha sido capacitado para entrar en comunión con otros, pero muy especialmente, por el amor, a formar una comunidad con su consorte.

Esta comunión, lógicamente, no lleva a destruir la identidad personal, ni a  hacer desaparecer la libertad de cada uno, sino a enriquecer a ambos haciéndolos, por lo mismo, más realizados. El amor es, indiscutiblemente, la forma  óptima de realización humana.

La comunión no requiere la uniformidad de pensamiento ni la afinidad de gustos e ideas, pero sí una voluntad decidida a compartir todo con el ser amado.

Esto no significa, por supuesto, que tengan los esposos que estar juntos todo el día, sino que nada se hará a espaldas del otro, pues todo ha de ser COMUNICADO.

Esta comunión encuentra una expresión especial en el lenguaje sexual, que es propio y legítimo en el matrimonio. En esa gozosa intimidad tienen los esposos que aprender a comunicarse sus verdaderos sentimientos, haciendo que el disfrute más pleno de este regalo de Dios los ayude a una cada vez mayor y mejor unión espiritual.

Lo sexual no sería auténtico si no condujera a una plena realización de la pareja, como tal, también en el plano espiritual.

3) INDISOLUBILIDAD

Que el matrimonio tiene que ser indisoluble es una exigencia de su propia autenticidad. Cristo lo afirmó claramente: "Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre"  (Mateo 19,6).

Es imposible que un amor auténtico se agote en poco tiempo. Cuanto esto ocurre es porque o la pareja sabía de antemano que su unión no tenía verdadera base, o se encontraba engañada confundiendo ilusión con amor.

El cristiano ve en la indisolubilidad una natural consecuencia de su amor y de su compromiso formal ante Dios, de tal forma que, como Hernán Cortés ante la ingente empresa de la conquista de México, está dispuesto a "quemar las naves", cortando toda retirada a la cobardía o al desaliento.

Toda pareja tiene que ir preparada a encontrar, en su vida común, muchísimos contratiempos y momentos de crisis, de los que saldrá airosa si ambos son capaces de superar el egoísmo y mantener intacta su generosa entrega al servicio del bien del otro.

4) FIDELIDAD

Esta otra característica es una consecuencia directa del verdadero amor, de la comunión y de la indisolubilidad.

Cuando uno se casa entrega al otro el derecho sobre el propio  cuerpo. Como dice san Pablo: La esposa no dispone de su propio cuerpo: el marido dispone de él. Del mismo modo, el marido no dispone de su propio cuerpo: la esposa dispone de él  (1a. Corintios 7,4).

Esto significa que la infidelidad es una especie de robo, pues sería usar el propio cuerpo, que ya no le pertenece a uno sino al cónyuge, con otra persona diferente.

La infidelidad ni siquiera es aceptable por el hecho de que el cónyuge acepte la ofensa, pues se trata de la ley de Dios y no de un  simple contrato entre dos personas.

En ninguna cabeza cabe, por otro lado, que una persona que verdaderamente ame esté dispuesta a compartir la persona amada. Tampoco que uno quiera justificar el adulterio diciendo que es algo normal, pues el auténtico matrimonio supone una formal promesa de fidelidad, según la fórmula sacramental: "Yo, N., te quiero a ti, N., como esposo (a), y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en  la enfermedad, todos los días de mi vida"

Es muy cierto que, desde muy antiguo, el hombre se arrogó el derecho a cometer adulterio o a repudiar a su mujer para así verse libre y unirse a otra.

Es más, resultaba bastante común en la Antigüedad que un hombre tuviera públicamente varias mujeres. Esto se veía, sobre todo, en los soberanos y personas importantes, incluso en el pueblo de Israel. Ni David escapó a esto, pues la Biblia consigna claramente el número de sus mujeres y concubinas, cosa que hace con casi todos los reyes de Judá e Israel.

Hoy en día no es difícil encontrar que un hombre tenga varias mujeres, aunque esto suele hacerse en una forma más discreta. Por supuesto que estos individuos están repudiando abiertamente, con sus actuaciones, el verdadero matrimonio.

Nada da derecho al hombre o a la mujer para la infidelidad, pero podríamos señalar, sin embargo, que el adulterio femenino suele presentar mayor gravedad por el hecho de su trascendencia. Como alguien dijo, "el adulterio del hombre comienza por la carne, el de la mujer por el corazón".

Esto no significa, por supuesto, que el hombre tenga por ello derecho a proceder infielmente, pues moralmente hay que considerar ambos adulterios como un grave pecado. Lo que se afirma es que cuando una mujer llega al adulterio es mucho más difícil la reconciliación, pues su entrega extra-matrimonial es una demostración palpable de que su amor por el marido ha pasado por un proceso de desgaste que podría ser irreversible.

Frente al adulterio no se debe proceder a la ligera, sino que el cónyuge ofendido tendrá que preguntarse hasta dónde ha podido ser también culpable y hacer un esfuerzo por perdonar y ofrecer una oportunidad de reconciliación.

5) APERTURA A LA VIDA

Con esta expresión queremos referirnos a uno de los más importantes fines que tiene el matrimonio dentro del plan de Dios: la procreación y educación de los hijos.

Un  matrimonio  que   rechazara   esta  tarea  tan  importante,  es  decir, que decidiera no tener hijos, habría que considerarlo, de acuerdo a la moral cristiana, como inválido.   

Por supuesto que, al hablar de hijos, no se afirma que tengan que ser tantos o mascuantos, sino que la pareja sea generosa a la hora de planificar su prole.

Es indiscutible que en la hora actual se nota una tendencia generalizada a tener no más de dos hijos. Esta uniformidad no parece responder a la verdadera capacidad de las parejas, pues se entiende que cada una de ellas debe decidir de acuerdo a lo que realmente puede y no a lo que hace la mayoría.

Es muy comprensible el pensar que la vida moderna ha complicado tanto las cosas que no es lo mismo que en épocas pasadas. Pero es imposible que esto pueda justificar el que las parejas acepten la ley del menor esfuerzo y no quieran tener más de dos hijos, cuando hay muchas que podrían procrear y educar un número mayor.

La falta de generosidad se traduce en algo todavía más terrible: los abortos.

Millones de seres indefensos son sacrificados en el vientre de sus madres sin que exista una sola excusa válida para ello. Pero muchos prefieren destruir una vida humana si con ello pueden conseguir mayor comodidad o sencillamente se evitan una complicación no deseada en sus vidas.

La moral cristiana no está en contra de una sana y responsable planificación de la prole, con tal de que se haga de acuerdo al plan de Dios, respetando la naturaleza misma del proceso procreativo.

Esa es la razón por la que la Iglesia ha insistido en la prohibición de los métodos artificiales y sólo ha dado luz verde a los naturales que, hoy por hoy, presentan un alto grado de seguridad cuando son utilizados en la forma correcta.

Los esposos tienen derecho a limitar su prole según sus propias capacidades, pero nunca recurriendo al aborto, sino utilizando aquellos métodos que no sean contrarios a los principios de la moral cristiana.

6) LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

La apertura a la vida supone también la tarea de la educación, que obliga a los padres a ocuparse con amor de la preparación de sus hijos para la vida futura.

No se trata sólo de procurar que los hijos no carezcan de lo necesario desde el punto de vista material, sino también que encuentren un ambiente apropiado para crecer sanamente en cuerpo y alma.

Pocas tareas hay en el mundo tan delicadas e importantes como formar a los hombres y mujeres del mañana. Esta tarea es la que Dios ha confiado a los esposos que, como fruto de su amor, se convierten en padres.

Nadie podrá decir que es un trabajo fácil, y menos ahora, cuando tantas influencias perniciosas fuera del hogar amenazan con pervertir a los niños desde la más tierna edad.

Nunca antes los padres habían enfrentado un reto tan formidable, que a veces da la impresión de sobrepasarlos y vencerlos.

Nunca antes la educación de los hijos había encontrado tantos obstáculos. Pero los padres cristianos, lejos de amilanarse, tienen que unirse para llevar adelante su tarea educadora, aun en medio de condiciones tan difíciles y desalentadoras.

Dios no abandonará a aquellos padres que han aceptado el reto y continúan trabajando con sus hijos para que puedan estar preparados para la vida en un mundo tan hostil a las enseñanzas morales de la doctrina cristiana.

Hoy los medios de comunicación han introducido dentro del propio hogar todo género de tentaciones, propagando las ideas que  parecen estar en boga, pero que no son precisamente las más conformes con lo que enseña la Iglesia a la luz del Evangelio de Jesucristo.

Hoy los padres cristianos son invitados por Dios a no cejar en la lucha y continuar su tarea evangelizadora en el propio hogar. Si sus hijos luego rechazan sus sanas enseñanzas, que no tengan la excusa de que sus padres, por cansancio, comodidad o  cobardía, desertaron de su misión y dejaron de cumplir con su sagrado deber.

10. LAS DECLARACIONES
                 DE NULIDAD

Siempre han existido matrimonios nulos. Lo que ocurre es que no siempre la Iglesia los ha reconocido así.

Pensemos, por ejemplo, en esas épocas en que la gente se casaba por la Iglesia, pero sin que existiera un verdadero asentimiento interior, pues faltaba el elemento más importante de todos, el amor, ya que eran los padres los que arreglaban todo lo concerniente a las bodas.

Multitud de esos matrimonios eran nulos por falta de un verdadero consentimiento, y sin embargo la Iglesia procedía a celebrarlos porque se habían convertido en algo "normal", ya que convenían a los intereses de las familias más favorecidas.

Hoy la vida se ha complicado tanto, y tanto ha cambiado la sociedad, que podríamos asegurar que estamos en una época muy proclive a que haya matrimonios nulos, no tanto porque los padres se entrometan, cuanto que  los jóvenes suelen llegar ahora a la edad matrimonial con más conocimientos científicos y mayor desarrollo de sus habilidades tecnológicas pero, posiblemente, con menos madurez afectiva.

Así las cosas no es de extrañar que, por más preparación que se exija, sigamos viendo que muchas parejas fracasan en su empeño, en buena parte sincero, por convivir juntos por toda la vida.

Por eso y porque hoy contamos con estudios más profundos y completos de la sicología humana, se deben tener en cuenta otras causales que antes ni se mencionaban, y que, efectivamente,   impiden   que  una pareja pueda funcionar como auténtico matrimonio.

MANDATOS Y COMPRENSIÓN

Las palabras de Cristo, "lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre", siguen siendo valederas. Esto no se discute. El problema está en saber a quiénes Dios ha unido  realmente.

Y hay que suponer que,  aunque aparentemente se den todas las condiciones para que un matrimonio pueda celebrarse, siempre puede haber factores ocultos que podrían ser los causantes de que la unión no funcione.

Todo ello permite pensar que cualquier matrimonio que haya fracasado, sobre todo en cosa de poco tiempo, puede haberse visto afectado desde el principio por alguno de ellos, lo que haría nula tal unión.

Hace algunos años, cuando algo así sucedía, la pareja tenía que pasar muchísimo trabajo y larguísimo tiempo - aparte de tener que gastar una considerable suma de dinero en los distintos trámites -, para conseguir una declaración de nulidad.

Esto, a todas luces, era una injusticia, pues sólo los pudientes podían afrontar tal situación, lo que llevaba a muchas parejas creyentes y bien intencionadas a volverse a casar sólo por lo civil, porque no había ninguna esperanza de que su caso pudiera ser revisado. Hoy en día, gracias a Dios, esto ha sido corregido.

Pedir a los tribunales matrimoniales - los hay habitualmente en cada diócesis -, que actúen con extrema seriedad y prudencia, parece muy correcto. Pero cerrar las puertas a la posibilidad de resolver con cierta facilidad el caso de aquellos que han fracasado, porque su matrimonio carecía de los elementos necesarios para que pudiese funcionar correctamente, sería, a mi juicio, volver a una injusticia que ya parecía totalmente superada.

La cosa, pues, es bien clara. Un matrimonio que se celebra en la Iglesia debe ser considerado válido mientras no se pruebe lo contrario.

Pero como cualquier persona o pareja puede cometer un error, aun creyendo de buena fe que todo va a marchar como se espera, no pocos matrimonios son celebrados sin que se tengan los elementos necesarios para que de veras pueda funcionar.

En esos casos, y después de una revisión a fondo que pruebe, en lo que humanamente sea posible, que no existían las condiciones indispensables, se debe proceder a la declaración de nulidad, para permitir a la pareja rehacer sus vidas, pues no han estado en realidad casados, por lo que casarse válidamente por la Iglesia será para ellos una opción abierta cuando llegue la ocasión.

Si una persona ha fracasado en su matrimonio debe hablar con un sacerdote de su parroquia, quien hará una primera revisión del caso, informando al interesado sobre los otros pasos a seguir.

Hay que tener en cuenta que lo que se ha de probar es que DESDE EL PRINCIPIO hubo causas que hicieron imposible que el matrimonio funcionara como tal. Para ello se requiere el testimonio de dos personas, quienes deberán responder a un amplio cuestionario, con absoluto apego a la verdad, dando fe de los problemas que aparecieron  y que demostraron la existencia de causas motivantes del fracaso total de la unión.

Yo aconsejo a cualquier católico que se encuentre en esa situación que no deje para luego su presentación del caso. En su propia parroquia encontrará laicos, además de los sacerdotes, dispuestos a ayudar. El Tribunal está en manos de personas competentes que examinan con todo cuidado los casos que se presentan.

Ellos están en la obligación de escudriñar a fondo para no emitir un juicio equivocado, pero son seres humanos que pueden cometer errores. Por eso cada caso es enviado en apelación a otro Tribunal para que lo vuelva a examinar, a fin de estar lo más seguro posible de que la sentencia es correcta.

No nos olvidemos de orar para que tengamos más y mejores matrimonios, pues no dudemos que el bien de la sociedad depende de las familias. Si no tenemos matrimonios bien unidos y familias bien fundadas nuestra sociedad seguirá a la deriva.

Y que no olviden tampoco los esposos de orar juntos, recordando aquella célebre frase del Padre Peyton: "FAMILIA QUE REZA UNIDA, PERMANECE UNIDA".

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Página fue modificada: 28/08/2008 17:52

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